Hubo un tiempo,
hace no mucho, en que los intelectuales, que a sí
se llamaban los campeones del ateísmo científico,
durante las Edades de la Era Moderna, lo que tuvo lugar
en el cruce de los dos últimos siglos del segundo
milenio, cometieron un delito del que jamás han resarcido
a la Iglesia. Según aquéllos profetas de la
era de la ciencia inmaculada, antes de la Edad Atómica,
la Biblia era un libro para hacer uso de su papel donde
el papel pierde toda su condición de vehículo
de cultura y deviene residuo. Y lo demostraban, amén
de la imposibilidad de ver un atisbo de ciencia en la Creación
del Universo según el Génesis, en la montaña
de personajes veterotestamentarios sacados de la chistera
de una mundo que jamás existió, a no ser en
la malvada cabeza de aquéllos judíos, asesinos
de Cristo, y merecedores, en todo caso, de los hornos donde
el discípulo más aventajado del ateísmo
científico, el famoso Hitler, a todos les ayudó
a volver al polvo, pues que del polvo fueron tomados.
Argumentando su
locura discursos nobelescos, los mismos que predicaron la
Guerra como factor de evolución y bendijeron su declaración
a nivel mundial en la necesidad que tiene Natura de equilibrar
los presupuestos de la economía mundial, en razón
de lo cual ha dividido la raza humana en dos subespecies,
la de los fuertes y la de los débiles, originando
pobres y ricos; aquéllos mismos proclamaron a bombo
y platillo, con la anuencia de la Academia de los Nobeles,
que los personajes bíblicos referidos al Mundo Antiguo,
tal que el famoso Pula de los Asirios, es decir, desde Nabucodonosor
hacia atrás, todo ese mundo bíblico fue una
invención de los Judíos.
Según tales
lobos de la Humanidad: Nínive no existió jamás,
ni Sodoma ni Gomorra, ni hubo jamás murallas de Jericó.
Auuuuuuuuu.
Esto pasó,
porque pasó, antes que un loco millonario descubriera
el emplazamiento de las ruinas de la ciudad de Troya. Eran
días aquéllos en que los campeones de la ciencia,
cuyo único mérito era ser defensores violentos
de la Razón, contra la Fe, para la que pidieron una
solución final, sin excusas, -que el otro campeón
del Materialismo, Stalin, puso en ejecución-, a voces
y con los puños en alto clamaban por una Guerra Final
entre la Civilización y el Cristianismo, siendo uno
de sus argumentos este de la falsedad de la Biblia en cuanto
Espejo de la Historia.
Y por consiguiente
los locos, tipo aquél descubridor de la ciudad de
Troya, no debieran nacer y por ley tuviera que existir un
mecanismo de defensa de la humanidad enloquecida contra
el nacimiento de genios de su especie, que sin pedir permiso
ni ser científicos diplomados se atreven a dejar
a todos los científicos del ramo a la altura de sus
padres, los micos.
Dios, que tiene
una forma muy rara de responder a los insultos de sus criaturas,
y porque siempre mira al Futuro, avanzando a pesar de los
muros, calló la lengua malvada de semejante escuela
de borricos metiendo la mano en el desierto, de donde, en
silencio, pero con la autoridad que le es propia, le refregó
a toda la comunidad historiadora del mundo la Ciudad de
Nìnive. Y con ella vinieron a flote las ciudades
desaparecidas, y sus reyes, completando el círculo
la serie de docs, tipo Lista
Real Sumeria, ante cuya visión aquella escuela
de memos siguieron con su erre que erre sin pedir jamás
excusa ni hacerse responsable del daño infringido.
Este libro, el
de Jeremías, es un documento de un valor excepcional
a los ojos de la inteligencia porque nos descubre el Movimiento
de un Dios que pone y quita y dirige la Historia Universal
moviendo los actores acorde a sus planes eternos.
Antes de llegar
Nabuco a la cumbre de su poder ya ha movido Dios a Ciro,
cuando el príncipe de los persas no había
siquiera nacido. Y de aquí que la escuela moderna,
anticristiana hasta la médula, y por esta misma razón
incompetente para desde el cúmulo de sus prejuicios
abrir siquiera la boca delante de un tribunal histórico,
perfeccionara su demencia aduciendo que la imposibilidad
de que un hombre viera a Ciro cuando Nabuco no había
hecho más que empezar, y precisamente porque el profeta
ve el futuro; es prueba, según aquélla escuela,
de haber sido escritos los libros bíblicos, tipo
Jeremías, a posteriori, perdiendo por esta
posterioridad todo valor científico.
Que el Ateísmo,
enemigo de toda verdad externa al mundo sobre el que la
Ciencia ejerce su competencia teleonómica, y porque
no concibe nada fuera del poder científico, acusara
a la Fe de Neurosis y al Creyente de Loco Peligroso contra
el que ejercer la represión más firme, primero
contra el judío, y después contra el Cristiano,
invocando a Gog y Magog, en castellano, Hitler y Stalin,
a ejecutar la sentencia que la comunidad cientìfica
del XIX firmó en pleno; que el XX así lo hiciera,
no debe extrañarnos a los ciudadanos del XXI. Lo
que sí debe ponernos las pilas es que los discípulos
de aquélla escuela sigan vivos y estén pidiendo,
aunque envuelto el grito en sofismas neo-socialistas, el
regreso a los días de guerra de la Razón contra
la Fe.
Regresando al tema
de Jeremías:
El pueblo judío
no entiende a este Dios cuya mirada se pasea por los siglos
y tiene su pensamiento centrado en la Salvación de
su Creación. El pueblo judío no entiende que
su existencia es la del peón en el tablero de la
Guerra eterna entre el Cielo y el Infierno, frente al cual
Dios clama Victoria. El pueblo judío no entiende
que habiendo por el pecado de un sólo hombre, el
patriarca Adán, condenado Dios a todas las naciones
la envergadura de una Sentencia por la que Dios quedó
como Juez cruel e injusto delante de su Creación,
por fuerza de Derecho Mayor tenía que conducir a
todas las naciones a la Reconciliación con su Creador,
y en consecuencia pagar los hijos de Adán el delito
cometido contra Dios y la plenitud de las naciones humanas
por aquel patriarca del Paraíso.
Andando el tiempo,
cegado el pueblo judío por su incapacidad para comprender
al Dios que adoran llegaron al colmo de la irracionalidad
suicida mediante la afirmación de haber sido aquel
Adán el padre biológico de todas las etnias
del mundo, locura que aún hoy algunos de sus descendientes
sostienen. Más inocentes que éstos de hoy
son aquéllos de ayer, pues aquéllos no conocieron
el Origen del Hombre, pero éstos, aún conociéndolo,
y porque mantienen semejante locura desde esta locura acusan
a todo el mundo de padecer la locura que padecen ellos solos
a fin de quedar como únicos sabios sobre la faz del
mundo. Y aleluya.
De donde se ve
y se entiende que el Fin de la Historia Antigua estaba en
el Nacimiento de Cristo, cuyo Sacrificio Expiatorio debía
reconciliar a las Naciones con su Creador; en razón
de lo cual -el Sacrificio del Cordero de Dios- la escena
mundial tenía que se construida mirando a este Fin
y Principio, imagen y símbolo del Antes y Después
que Dios le había dado a su Creación a raiz
y como consecuencia, no como fruto, de la Caída.
Únicamente
los Profetas estaban en el secreto de este Misterio, Jeremías
uno de ellos, y porque Dios no se echara atrás ante
el dolor que había de causarle la Cruz de su Hijo,
según dijeron: "Se llorará
como se llora por el primogénito, y habrá
duelo como duelo por unigénito", los
Profetas pusieron sus vidas a los pies de Aquel que había
de entregar Cordero propio en expiación por todos
los pecados de todo el mundo.
No quisiera pasar
para adelante, aunque ya se me fue el paso, sin defender
la cuestión de lo que es hoy demencia a nuestros
ojos -la afirmación de haber sido aquel patriarca
Adán el padre biológico de todas las razas
humanas- y hasta ayer mismo fue un axioma dogmático
cuyo cuestionamiento si, contra la infalibilidad de los
pontífices de todas las iglesias, podía acarrearle
a uno un disgusto. No olvidemos que el conocimiento humano
ha ido creciendo de un nivel animal, o sea, cero, y que
este crecimiento ha escrito una página violentísimna
en los anales del pensamiento, hasta alcanzar el estadio
enque nos encontramos actualmente. Si recordáis dentro
escuchareis al Hijo de Dios lamentarse sobre la ignorancia
de sus contemporáneos, diciendo: Si hablando de cosas
terrena estais lelos ¡cómo entendereis las
de los cielos!
La Historia de
la Civilización Cristiana ha sido una batalla superdura
del ser humano por alcanzar esa capacidad de entendimiento
sobre cuya ausencia se lamentara Jesús y se alzó
su Cruz. De ochenta mil maneras podríamos medir la
distancia entre la inteligencia de un niño y la de
un hombre, pero sólo de una el abismo entre la Omnisciencia
Divina y la Ciencia del Hombre.
Si Jesucristo se
lamentó del estado de la inteligencia humana en sus
días, sería un ejercicio de demonismo patético
no ver a la Humanidad de los días de Jeremías,
incluyendo a los judíos, arrastrándose en
el fondo de un pozo de ignorancia desde cuya oscuridad el
futuro y el pasado eran enigmas sin solución posible.
Su mismo presente era un laberinto perdidos entre cuyas
esquinas los movimientos de la Humanidad era el típico
de una bestia herida siempre huyendo del enemigo y no encontrando
jamás dónde echarse a dormir para descansar
de tanta fatiga.
Es Historia de
la Humanidad, un reflejo de su tragedia atrapado en el espejo
de la Biblia, el recuerdo congelado de una travesía
dramática que se hace letras y viaja en la mente
del pueblo judío para la memoria de todas las naciones,
para recordarnos a todos qué fuimos, qué somos
sin Dios, y el fin de todo pueblo, sea judío, chino
o marciano, que se interna en el reino de la Ciencia del
bien y del mal.
C.R.