Introducción al Levítico LA ESPERANZA DE SALVACIÓN UNIVERSAL DE LA PLENITUD DE LAS NACIONES DEL GÉNERO HUMANO.
En efecto, sólo un
hombre pecó, y su pecado, sujeto al efecto dominó, se extendió por toda la
superficie de la Tierra. Así que al elevar al Trono del Juicio Universal a su
Hijo, Dios le volvió a glorificar otorgándole todos los poderes del Presidente de la
Corte Suprema de su Reino, entre cuyos poderes está el dictar Absolución para
el Acusado, en este caso Absolución Universal en base al Derecho de Redención
por Él mismo conquistado para el Género Humano.
Pues al ofrecernos la
Justicia de la Fe quedaron privados de la Gracia todos los pueblos nacidos ante
de Cristo; y, sin embargo, fuimos todas las naciones las que fuimos entregadas
a la Muerte por el pecado de un sólo hombre. Así que habiendo vivido bajo la
misma ignorancia que nos hizo a todos merecedores de la Gracia, en razón de la
Necesidad de la Muerte de Cristo nuestros padres quedaron privados de
Salvación.
Pero Dios, en su
maravillosa Justicia, elevando a la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia
de su Reino a su Hijo le concedió poderes infinitos y eternos para dictar
Sentencia según espíritu y verdad. Él puede ajustar su Veredicto Final a la
profecía en base a nuestra maldad, o a la Salud de su Paz en premio a nuestra
fe por creer que Él puede restaurar todas las almas a su condición natural de
bondad.
Nuestra bondad está en
creer que el ser humano jamás se hubiera apartado de su Creador de no haberse
interpuesto entre Dios y el Hombre la Traición de la Serpiente.
Nuestra victoria:
escribir en las páginas de la Historia Universal lo que creemos, con nuestros
hechos dándole cuerpo al argumento de la Defensa.
I
Acción de gracias
Bendito sea Dios
porque el amor no le detuvo y puso la Justicia sobre el amor, fundando de esta
manera, a los ojos de toda su Creación, su Reino en una Justicia Universal
cuyos principios no hace acepción de persona y cuya Ley no conoce la excepción.
La Inmunidad para sus actos que una parte de los hijos de Dios venía, de un
tiempo atrás hasta la creación del Hombre, pidiéndole al Dios de la Eternidad y
del Infinito, reclamación que devino pública cuando con una sola voz usaron a
Eva como beso de Judas y a Adán como lanza contra el pecho de Dios, su Padre, a
voces limpias reclamándole al Señor del Cosmos y los espacios infinitos que la
Casa de Yavé y Sión, -dioses e hijos de Dios, príncipes del Imperio del Cielo-,
formasen la excepción a la Ley, la acepción obligatoria ante la cual la
Justicia Divina se plegara y concediera libertad eterna y todopoderosa para
obrar a voluntad sin responder ante el Dios de dioses por sus pensamientos,
palabras y obras; esa Inmunidad infernal, demoníaca y maligna que pretendía
hacer de las Naciones del Universo ejércitos de soldaditos de plomo para
diversión de los dioses y príncipes de Sión, transformado para ellos en Olimpo,
y porque Dios ama sobre todas las cosas la Justicia, Dios, sobre el cadáver de
su hijo pequeño, nuestro Primer Padre, Adán, la negó de una vez y para siempre
por la eternidad de las eternidades, jurando por su Cabeza Omnisciente y
Gloriosa que todos los enemigos de su Justicia serían desterrados de su Reino y
Creación para siempre.
Grande y profundo fue
el dolor de aquel Padre a quien, mientras disfrutaba del Descanso, le mataron a
su hijo pequeño sin darle ocasión de defenderse. Y terrible el grito de dolor
que contra la casa rebelde se dejó oir a lo largo y ancho de los Cielos. Pero
aún estando traspasado su pecho por la lanza de la Traición el Todopoderoso y
Omnisciente Creador del Cosmos tenía sus manos y sus pies clavados a la Cruz de
su Justicia; porque si se bajaba sería el Espíritu Santo de la Justicia quien
bajaría al Infierno, y no cabiéndole en su Cabeza semejante Futuro para su
Reino, Dios Padre abandonó a la Muerte a su hijo pequeño, y con él a todos
nosotros, la Plenitud de las naciones del Género Humano, las que eran y las que
habíamos de nacer. Terrible sería la acusación de quienes levantarían contra Su
Justicia la crueldad de haber condenado a un mundo entero por el pecado de un
sólo hombre. Pero infinita su Bondad porque puso la Justicia sobre el Amor a
fin de que la Verdad reinase por siempre jamás. Bendito sea Dios Todopoderoso,
pues, porque pudiendo resucitar a su hijo Adán, al precio de quedar expuesta la
creación entera a la corrupción que nace de la Inmunidad Absoluta a favor de
quienes la gobiernan, arrojó lejos de sí una felicidad pasajera y eligió un
dolor presente, cuna de la gloria futura, arrojando lejos de sí aquélla al
infierno que tras el perdón escondía su fuego.
II
La Ley: Universal y
Eterna
El Caso era simple. Por
una parte estaba Dios, Creador de toda vida, la que ha florecido en la Tierra
como la que antes floreciera en otras partes de su Creación, y florecerá por su
Voluntad durante la Eternidad por todo el Universo. Mirando a la existencia
pacífica de todos los Pueblos de su Creación estableció Dios una Ley Eterna,
que impera sobre las leyes particulares y es el núcleo desde el que surgen esas
leyes particulares cual las ramas de un mismo tronco. Esta Ley no tiene
excepción, no concede Inmunidad a ninguna criatura, sea Hermano, Hijo, o Siervo
de Dios. Todo viviente, desde el que se sienta a la Derecha del Trono de Dios
hasta el ser más humilde del Paraíso, todos estamos sujetos a esta Ley por la
que cada cual es responsable de sus actos ante esta Justicia Universal que no
hace acepción de Hermano, Hijo o Siervo, y ante su Tribunal todas las criaturas
se presentan desnudas para ser juzgadas según sus pensamientos, palabras y
obras. No ha lugar a invocación a la Paternidad Divina. Y la raiz de esta
Justicia es la Verdad; su fruto, la Paz.
Del otro lado tenemos
una parte de los hijos de Dios, que no podían aceptar esta desnudez ad eternum
y reclamaban la inmunidad de dioses nacidos de un Dios Todopoderoso y Eterno a
quien nadie puede juzgar. Y como hijos de este Dios reclamaban el Todopoder que
le era natural al Dios de dioses, por este poder dando luz a la excepción,
que no concede la Ley.
La cuestión era cómo
arrancarle a Dios esta Inmunidad. Pues Dios no sólo no estaba dispuesto a dar
luz verde a la transformación de su Casa en un Olimpo de dioses fuera de la Ley
sino que, para zanjar la cuestión, públicamente y delante de toda su Casa,
personificada en su hijo menor, Adán, daba a conocer su última Palabra: "El
que coma de ese fruto, morirá, sin excepción". Y no quería volver a oir
hablar del asunto, ¡jamás!
La Ley es Universal y
permanecerá así por la Eternidad.
III
La Astucia de la
Serpiente
El pensamiento de
quienes no podían concebir la vida eterna en el seno de una Paz Universal
fundada en una Justicia Divina ante cuyo Tribunal todas las criaturas,
independientemente de la posición y origen, somos iguales ante la Ley; el
pensamiento de los tales, digo, y aún habiendo dado Dios su Última Palabra, y
precisamente porque la había dado, no sólo no se sujetó a la Necesidad, por no
hablar de la Bondad Infinita que el Verbo derramaba sobre el Futuro de la
Creación, sino que se dejó arrastrar a la Rebelión abierta en base a la
Decisión Final manifestada: "El día que de él comieres, ciertamente
morirás".
En su astucia maligna
el cabecilla y príncipe de los Rebeldes puso sobre la mesa de los Conjurados,
bajo el Signo de la Serpiente, la respuesta a su problema. Es evidente que la
Ley es todopoderosa mientras tiene en el Ser de Dios su Fuerza, ¿pero y si Dios
quedase esclavizado a su propia Palabra y por amor a su Libertad El mismo
debiera romperla? En este caso hipotético, ¿no quedaría en entredicho que el
Verbo sea Dios? Me explico:
La Ley es Todopoderosa
y no hace acepción. Adán come, Adán muere. Por el pecado de un sólo hombre,
Cabeza de su Mundo, pues "creó Dios al hombre a su imagen y
semejanza", todo el Mundo muere. Ahora bien, la Ley ata a Dios al Verbo, a su Palabra,
esclavizándole a consumar su Proyecto de Formación del Género Humano. De manera
que siendo el Verbo: Dios, la Ley ata a Dios al Mundo hasta que su Voluntad se
cumpla. Pero si esta Voluntad no se realiza jamás y por tanto el Género Humano no
alzanca nunca la condición de los hijos de Dios, Dios se vería obligado a
renunciar a su Voluntad, con lo cual la Divinidad de la Ley, a fin de quedar
Libre de su Palabra, tendría que ser por El mismo abolida. Obligado por su
Palabra, Dios tendría que intentarlo una vez y otra hasta que su Voluntad se
cumpliese... pero ¿y si no pudiera cumplirse... porque no haber... materia?
Luego todo lo que
había que hacer era usar a Adán como lanza contra el Verbo, hincarle la lanza en el
pecho a Dios, y a partir de ahí entregarse a la Destrucción del Género
Humano, de manera que no existiendo materia Dios se viera obligado a reconocer
que había sido vencido y en consecuencia tenía que otorgar la Excepcionalidad a
la Ley, imponiéndole la acepcionalidad a su Justicia. Es decir, el Monte de
Dios, Sión, tendría que evolucionar y transformarse en el Olimpo. La Creación
entera tendría que ajustarse a esta nueva Ley... y todos los Pueblos del
Universo... estarían a merced... de los Nuevos Dioses.
IV
LA BATALLA FINAL
Dios, como Padre de
Adán, se sintió herido hasta lo más profundo de su corazón. Como padre que al
regresar de un viaje se encuentra con el cadáver de su hijo aún fresco en el
jardín de su casa, Dios, como Señor, entró en cólera infinita a la manera que ese
padre descubre que el asesino de su hijo había sido aquél mismo a quien le
confiara su custodia mientras estaba de viaje.
Dios, como Juez
incorruptible, dictó sentencia contra todas las partes con la severidad que le
reclamaba la Justicia, imponiendo castigo sin mirar el origen y condición
social de los delincuentes.
Dios, en tanto que
Creador, se quedó maravillado ante la locura infinita que era a sus ojos la
declaración de guerra contra su Brazo que le lanzaba a pleno rostro una
criatura que El mismo había sacado del polvo y cuya existencia la podía borrar
El de la faz del Tiempo y del Espacio con un simple soplo.
Dios, en cuanto Dios,
no podía dejar de ver tras el movimiento en el Tablero de la Eternidad de estos
peones el rostro de su Verdadero Enemigo: la Muerte.
Durante muchas
eternidades, desde el mismo Día que El se lanzara a la conquista de la
Inmortalidad, primero, y vida eterna, finalmente, para todos los Vivientes,
-como habréis podido leer en la Tercera Parte de la Historia Divina-, la Muerte
había estado siguiéndole a Dios los pasos por todo el Infinito a fin de
obligarle a aceptar la Coexistencia sempiterna, como había sido desde el
principio sin principio de la Increación, de la Vida y la Muerte en el seno de
la Creación.
Dios se había limitado
a ignorar la existencia de la Muerte en tanto en cuanto Ente Increado y la
había considerado un fenómeno de carencia inherente a la Vida, que una vez
conquistada la Inmortalidad Indestructible que supone la vida eterna, dio por
finalizado y desterrado de su Mundo. La Alegría de la Transfiguración de Dios
en el Padre y el Hijo, la Alegría de la Creación del Universo y sus primeros
Mundos, la Alegría del crecimiento de su Paraíso en un Imperio Maravilloso
lleno de vitalidad, eran alegrías que se habían visto empañadas por las Guerras
del Cielo; mas como Dios ya había conocido la Ciencia del Bien y del Mal, El se
dispuso a extirpar de su Creación este Árbol maldito mediante la Ley, a fin de
que la Guerra, su Fruto, no extendiera su fuego sobre el Universo y el Infierno
se llevara su Obra a las tinieblas del olvido.
De pronto, con el
Espíritu en vilo y aunque sabía Dios que "aquel toro ya había acorneado
antes", por lo que le pone a todos sus hijos, sin excepción, la Ley como
yugo a fin de sujetarlos a todos a Obediencia, "aquel toro" se suelta
y se lanza contra un Adán sin ningún conocimiento del instinto asesino de la
Bestia, y la Bestia lo acornea hasta matarlo. Dios, se dice a sí mismo,
"Imposible"; alza la mirada y ve a su verdadero enemigo, la Muerte. Y
en su Dolor le planta cara, acepta la declaración de guerra y se lanza a la
Batalla Final entre Dios y el Infierno.
Despedida
El resto está escrito.
Hubo Redención porque
hubo Ignorancia; de manera que si por la Ignorancia vino la maldición: por esa
misma Ignorancia, porque la hubo, y de no haberla habido la redención no
hubiera sido posible por Ley, tuvo lugar la Redención recogida en la ley del Sacrificio
Expiatorio por los pecados. Ahora bien, la Ley de Moisés miraba al individuo y
en su faceta más abierta al sacrificio por los pecados del pueblo hebreo y
judío. Mas habiendo pecado todo el mundo y viviendo en el pecado a causa de la
Ignorancia de Adán, cuyo pecado lo sufrimos en nuestras carnes la Plenitud de
las Naciones del Género Humano, esta Ley Levítica era símbolo y anuncio del
Sacrificio Expiatorio de todos los pecados del Mundo que preparaba Dios. La
cuestión, a saber, ¿qué Cordero podía valer a los ojos de Dios tanto como para
quedar lavados en su Sangre los pecados de todo hombre?, y sus derivadas, son
preguntas que constan en la doctrina de la Santa Madre Iglesia Católica desde
los días de los Apóstoles.
Lo importante para
nosotros es que Dios asumiera nuestra Causa por propia y se responsabilizase de
la Caída en tanto en cuanto "sabiendo que aquél toro acorneaba"
expuso nuestro Futuro y el de la Creación entera a la Libertad, haciendo de
cuyo uso los Enemigos del Espíritu Santo hicieron de la Ignorancia de Adán
talón de aquiles contra el que lanzar la flecha de la Traición. Asumida, y
constando como figura el sacrificio levítico del Sacrificio Universal que Dios
consumaría en la sangre de su Cordero, la Cruz de Cristo devino figura de la
Cruz en la que los Príncipes del Infierno pretendieron crucificar al Espíritu
Santo, usando la muerte de Adán como moneda de cambio.
Era la guerra total.
Todas las partes así lo habían entendido. La Guerra era contra el Espíritu
Santo, que los hijos de Dios al frente de la Rebelión quisieron desterrar de
Dios, como si no fuera Dios. El Espíritu Santo de Dios era el Muro contra el
que se estrellaba la petición de los hijos de Dios a favor de la transformación
del Imperio de Dios en un Olimpo de dioses regido por un Dios de dioses a cuya
sombra los nuevos dioses quedaban constituidos en la Excepción a la Ley; Muro que,
por tanto, debían echar abajo. Lo cual nos lleva de nuevo a las puertas del
Edén, asunto que ya he tocado arriba pero siempre puede ser analizado desde un
nuevo ángulo.
Quiero decir, el
Dilema en el que los discípulos del Maligno, simbolizado por la Serpiente,
quisieron atrapar a Dios y entre los nudos del imposible laberinto gordiano
despojarlo de su Espíritu Santo, reduciendo la Divinidad al Poder, en virtud de
cuya nueva Realidad quedarían marginadas la Vertad, la Justicia y la Paz de la
estructura del Cosmos, ese Dilema pasaba por el Cómo separar de Dios el
Espíritu Santo. ¡Era solo natural! Era esta Propiedad del Ser la que se oponía a
un salto de tal naturaleza que, dejando atrás, la Verdad como raiz de la
Justicia, el Futuro pondría sus piernas sobre un Campo de Guerra Perpetua, cuya
conclusión final sería la Destrucción Absoluta de la propia Creación. Esto
desde la óptica del Espíritu Santo y de aquí que Dios se negase en rotundo a
acceder a la transformación de su reino en un Olimpo de dioses todos más allá
del Bien y del Mal, es decir, de la Justicia.
Pero desde la óptica
de la escuela maligna que defendía este nuevo status y negaba la Sabiduría de
Dios afirmando que el Dilema podría ser resuelto renunciando Dios a su Verdad,
es decir, despojándose de su Esencia Espiritual más Profunda, en virtud de la
cual, y aún su Creación arrojada al polvo, proclama en alto: "Sed santos,
porque yo soy santo", declarándole así la Guerra a los enemigos de su
Espíritu, con el que se hace una sola cosa, afirmando que la destrucción del
Espíritu Santo sería la Destrucción de Dios, un fin imposible de alcanzar pues
Dios es Indestructible por Naturaleza; y aún y a pesar de esto la escuela
maligna siguió luchando por separar Dios de Espíritu Santo, objetivo que
buscó, pues que no podía atacar a Dios directamente, centrando su ataque en la
Persona de su Hijo Jesús, nuestro Rey y Padre.
La estrategia de la
Muerte era clara. Incluso en el Acontecimiento de la Creación del Hombre
manifestó Dios su voluntad de dar a conocer a su Hijo la existencia del Bien y
del Mal en cuanto Ciencia, pero no en tanto que experiencia. Y de aquí que
simbolizara este Conocimiento en la forma de un Arbol. Es por Inteligencia Pura
que Dios le quiso dar a conocer a su Hijo la existencia del Bien y del Mal.
La estrategia de la
Muerte y su Príncipe de las Tinieblas centró entonces su astucia en darle a
probar al Hijo de Dios la fruta del Arbol de la Ciencia del Bien y del Mal, es
decir, la Guerra. La Astucia del Maligno estaba en seducir al Único que podía
lograr que Dios abriese en el cuerpo de la Ley una excepción, englobando en su
Olimpo a los dioses, o sea, a toda la Casa de Dios. ¿Qué pasaría si el Hijo de
Dios encontrara satisfacción en la Guerra como espectáculo y la Creación pasare
a transformarse en un Campo de Juego, con las criaturas como soldaditos de
plomo, sobre cuyos ejércitos los dioses dirigirían sus batallas virtuales?
(Virtuales, digo, porque siendo Inmortales, no pudiendo morir, la Guerra sería
sólo un Juego, un pasatiempo con el que divertirse en la larga Eternidad que
tenían por delante). ¿Cómo sabía nadie si al Hijo de Dios le gustaba o no le
gustaba la Ciencia del Bien y del Mal si aún no había probado su fruto? ¿Ante
la elección terminal que le supondría a Dios elegir entre su Santidad y su
Hijo...no perdería el Espíritu Santo la Batalla?
Este era el esquema
para locos que alzó el Maligno como sabiduría propia mediante la cual separar
Dios y Espíritu Santo. Cuando Dios descubrió su efecto y se vio ante los hechos
consumados, El vio por primera vez cara a cara a su Verdadero Enemigo, la
Muerte.
Estaba claro que Allí
había estado actuando una Fuerza no Creada, y pues que la única parte de la
Increación que no vino a formar parte de la Creación fue la Muerte, no podía
Dios seguir excusando el comportamiento de sus hijos en esto y aquello otro, ni
culpándose a sí mismo por haber minusvalorado el valor de su propia Victoria
contra la Muerte, a saber, la creación de vida a su imagen y semejanza. La
Muerte, esa realidad que en su día El definiera por la ausencia de vida eterna,
se le descubría en toda su Realidad Increada en esta Locura de la escuela de la
Serpiente, cuya cabeza era Satán, una criatura de sus propias manos, elevada al
rango de Familiar de Dios por adopción, deviniendo lo que era puro polvo de
estrellas en "hijo de Dios", cuya doctrina pretendía destruir el
Espíritu Santo utilizando al Hijo contra el Padre.
La Batalla pasó a ser,
entonces, Cósmica. Es la Creación entera la que se vio amenazada por la Muerte.
Espacio, Tiempo y Materia se vieron atacados directamente por la Fuerza Increada
contra la que se alzara Dios con su Modelo de Cosmos, un Nuevo Universo en el
que la Vida tiene su Origen en Dios, hereda su Inmortalidad y se hace un Arbol
cuyas ramas cubren con su fruto los Mundos, la Eternidad y el Infinito. Era
esta Nuevo Universo, en el que la Muerte ya no tenía parte, el que la Muerte
tenía que echar abajo sin causar su colapso mediante su integración Final en su
estructura de Crecimiento.
Mas la Muerte, como la
Vida, es una Fuerza Increada cuyo Origen es el Principio sin principio de la
Increación. Sólo Dios en persona podía alzarse contra esa Fuerza y Desterrarla
de su Creación. ¡Era la Hora de la Batalla Final de aquella Guerra que le
declarara Dios a la Muerte cuando por su Voluntad la Vida devino Inmortal! Si
hasta entonces Dios no había visto cara a cara al verdadero enemigo de su
Creación, una vez que la locura desplegada en el Edén se consumó, abrió Dios
los ojos y le vio el Rostro a la Muerte.
Toda cuestión quedaba
desde ese momento en suspense.
Es evidente que Aquel que una vez abriera en el Espacio la Fuente de la que manó toda la energía creadora del Cosmos, Ese mismo podía destruir todo lo creado, abrir un agujero negro en el Infinito y la Eternidad y arrojar a su Enemigo dentro, sellando la Eternidad y el Infinito esa Fosa. Pero esto se supone para un Dios que está solo y actúa acorde a sí mismo. Mas Dios no estaba solo. Lo que hasta que fuera Padre no tuvo jamás que hacer, explicarse, desde que el Padre y el Hijo eran, Dios ya no podía sencillamente actuar siguiendo su voluntad inmediata. ¡Cómo explicarle a su Hijo la destrucción masiva de todo un Cosmos sin fundar en El el Poder en el capricho de un Dios que se puede permitir hacer y deshacer a su antojo! La Muerte había atacado por donde creyó que su flecha pondría de rodillas a Dios. No se crea un Cosmos y de la noche a la mañana se decirle
borrarlo del mapa. Esto lo hacen los matemáticos y los locos. Nadie trabaja de
sol a sol durante un verano entero para dejar que la fruta se caiga al suelo
una vez que se halla madura. Su Hijo era ser de su ser. Lo primero que haría es
preguntarse por qué. Y después, el Hijo de Dios era Primogénito, es decir,
tenía Hermanos, a los que amaba como se ama a hermanos. No podía Dios limitarse
a coger del cuello a su Enemigo y arrojarlo al Seol. ¡Qué iba a explicarle a su
Hijo!
En la iconografía
dogmática nos ha quedado la Cólera de Dios, sentenciando a diestro y siniestro
por, oh Señor, haber comido una manzana. El origen de esta pintura fue la
Ignorancia. No se trata de justificar ni de pisar a nadie. De no haber habido
Ignorancia no hubiese sido posible la Redención mediante Sacrificio Expiatorio.
Porque hubo Ignorancia fue posible la Redención. Adán ignoraba todas las cosas
concerniente a los hijos de Dios, las Guerras del Cielo... Decir Adán es
comprender en su Ignorancia a todo su mundo. Y esa Ignorancia permaneció activa
a nivel mundial, en los Gentiles, y particular, en los Judíos.
Dios es el primero que
justifica a Adán por su Ignorancia, y al Mundo por la suya. Y escribe este
Levítico a fin de asentar la Ignorancia como Puerta a la Redención,
Sacrificio Expiatorio mediante, que se cumple cuando el Cordero de Dios es
sacrificado en el Gólgota y en su sangre expía Dios todos los pecados del mundo
cometidos en la ignorancia.
C.R.
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