La
Biblia es ante todo y sobre todo la Memoria de la Batalla
Final de una Guerra entre Dios y la Muerte, que venía
desde antes de la Creación del Hombre y tuvo su Origen
en el deseo que Dios concibiera respecto a la Inmortalidad
de todas las cosas existentes en su Universo. Desde el principio
del Libro hasta el Final cada uno de sus capítulos
y sus partes vienen firmados por esta Batalla Final de Dios
contra una de las Fuerzas Increadas, la Muerte, en su día
parte del Todo Cósmico en cuyo medio tuviera Dios
su Infancia y Adolescencia. La Inmortalidad como condición
sine qua non para la vida eterna de todos los vivientes
del Universo según Dios: implicaba el Destierro de
dicha Fuerza Increada de las fronteras de la Creación.
Este Destierro presuponía una Revolución en
el seno mismo del cuerpo de la Increación, que Dios
abrió el día que su Deseo devino Voluntad
y esta Voluntad demostró ser Dios, es decir: Indestructible.
Toda
la Biblia, por tanto, está condicionada, en cuanto
Memoria Biohistórica de dicha Batalla Final, por
dos hechos básicos. Uno: la Tierra deviene el campo
de guerra donde se decidiría la suerte de la Batalla
Final entre Dios y la Muerte. Dos: la imposibilidad de la
criatura para enfrentarse por sí sola a dicha Fuerza
Increada. Estos dos hechos determinarán, el primero,
la estructura de la Historia del Género Humano desde
la Caída hasta la Redención; y el segundo,
desde la Resurrección hasta nosotros.
La
moral conclusoria última que nos pone delante de
los ojos la Biblia se expresa en la Necesidad de la Muerte
de Cristo; cuya Necesidad, a su vez, fundamenta la imposibilidad
de toda criatura para enfrentarse a dicha Fuerza Increada.
De aquí que cayera el Primer Hombre y el Elegido
para Vengar su Caída fuera el mismísimo Hijo
Unigénito de Dios, esto es, quien tiene en el Ser
Increado Divino su Origen y participa de todo el Misterio
y la Gloria de su Ser.
El
resumen de toda la Biblia viene a traducirse en estas palabras.
Todo hombre, independiente de su nación y su condición,
expuesto a las circunstancias de Adán en el Edén,
hubiera sufrido la misma suerte, y todo pueblo, independientemente
de su origen etnográfico, se hubiera comportado durante
el tiempo entre la Caída y la Redención a
imagen y semejanza de cómo lo hiciera el pueblo hebreo
y la nación de los judíos. Estos hechos asumidos,
el enigma de la Sabiduría de los Profetas, es el
tintero en el que el espíritu de Dios moja su pluma
para escribir su Libro. Y descubrir los efectos de este
Enigma sobre la Historia de la Civilización es el
objeto de esta Introducción.
Hemos
visto -tratando el tema del profeta Daniel, Jefe de los
Magos de Babilonia durante el Imperio de los Caldeos, desde
Nabucodonosor a Nabónido- cómo el movimiento
de un sólo hombre, que El forma desde las entrañas
de su madre para ejecutar ése movimiento, le basta
a Dios para provocar un terremoto en la Historia Universal
y dirigir el curso del río de los siglos por el lecho
que El traza en el campo de los Milenios.
El
misterio de la Caída de Babilonia sin ofrecer el
rey Nabónido ni un sólo gramo de carne de
soldado frente al avance de Ciro, un príncipe menor
en el tablero de la geopolítica del momento, contra
el que se hubiera podido Nabónido unir a Astiages
y a Creso para destrozar el avance del Persa apenas en movimiento
contra la Media; y que, contra toda lógica imperial
la oposición de Nabónido fue la de no obstaculizar
el avance de Ciro contra su abuelo Astiages, ni aliarse
al Egipcio contra Ciro una vez conquistada Ecbatana y dirigirse
Ciro contra la Lidia de Creso, a sabiendas que el próximo
paso de Ciro sería la conquista de Babilonia, contra
la que Nabónido no sólo se prepara a la resistencia
sino que, increíblemente además, le abre las
puertas al Conquistador del momento; este misterio, que
ha tenido a los historiadores en trance y arrastró
a los propios sabios en ciencias sagradas a cuasi negar
la Historicidad del texto, hablando del decreto de Ciro
el Grande, reduciendo la Vuelta de la Cautividad a un evento
existente pero inexplicable desde las ciencias históricas;
este Misterio de la Confabulación de los tres príncipes,
el de Judá, el de Persia y el de Asiria para poner
en las manos del Elegido de Dios, nuestro Ciro, el Imperio,
queda por tanto resuelto. Y la Llave de todo el Misterio
es Daniel, el Jefe de los Magos bajo cuya tutela el Imperio
ponía la educación y formación de los
rehenes de los príncipes extranjeros sujetos al trono
por alianzas de paz y de vasallaje. En fin, en la lectura
introductoria a Daniel ya entramos en este tema, así
que no voy a machacar el asunto. En este capítulo
lo que vamnos a hacer es seguir la progresión del
acontecimiento de la Conspiración de los Príncipes
una vez realizado el Proyecto de creación del Imperio
de Ciro el Grande. Al fin y al cabo Esdras es eso, la continuación
de Daniel.
Y
lo es porque las medidas adoptadas por Daniel no sólo
le afectaron al mundo de su tiempo sino que puso en marcha
medidas que acabarían afectándole al curso
de la Historia de los Judíos. Es en Babilonia donde
comienza la Leyenda de los Magos y las Caravanas de los
Magos desde el Oriente a Jerusalén, como se ve en
Esdras: cargados de oro, incienco y mirra en ofrenda "de
los judíos del otro lado del río" al
Templo por la expiación de sus pecados y el rescate
de sus primogénitos. Sería en Babilonia donde
la Sinagoga abrió las entrañas y desde la
Gran Sinagoga de Oriente, fundada por nuestro Daniel, las
sinagogas se extenderían por todo el mundo, transformándose
con el paso del tiempo en fuentes de riquezas inagotables
haciendo su camino desde todas las partes del mundo hasta
Jerusalén.
Al
principio las caravanas de los Magos, cual se relata en
Esdras, tenían un objetivo sagrado: la reconstrucción
de Jerusalén, de su Templo, y el mantenimiento de
los repatriados, cuya existencia, aunque por decreto, no
podía contar con la complacencia de los moradores
en cuyas manos puso Nabucodonosor el reino de Judá.
La última de estas Caravanas murió a los pies
del Nacimiento, pero durante los siglos que le sucedieron
a la creación y expansión del sistema sinagogal
la evolución del Templo en una Cueva de ladrones
vino como consecuencia de la existencia de aquél
río de riquezas que, desde todos los puntos del mundo,
confluyeron hasta la Jerusalén de los sumos sacerdotes.
Administradores de aquél río de oro, incienso
y mirra que desde todas las partes del mundo donde los judíos
plantaron sus tiendas les llegaban a sus manos, sin que
tuvieran sus frentes que echar una gota de sudor, aquéllos
sacerdotes, en el origen llamados a servir a Dios, al cabo
se dedicaron a vivir del cuento, poniendo al servicio de
sus hijos y sus clanes aquella fuente de poder y riqueza.
Nada
más natural, como se ve en la Historia de los Macabeos,
que aquéllos clanes acabaran matándose entre
ellos y terminaren por transformar el Templo en aquélla
Cueva de ladrones contra la que se alzara Cristo Jesús,
y causara en Antíoco IV Epifanes la repugnancia debida
a la contemplación de una casa de criminales que,
contra la propia realidad, pretendía bendecir sus
crímenes en nombre de Dios.
Obviamente
en el ánimo fundacional del profeta Daniel la Sinagoga
no nació para conducir al Templo de Jerusalén
al punto de transformación que alcanzara en los tiempos
de Antíoco IV Epífanes. Esdras, como jefe
de la Gran Sinagoga del Oriente, sucesor natural del Profeta
Daniel, su Primer Jefe, viene a Jerusalén, como se
ve en el Libro, no a purificar a los repatriados y ver cómo
andan sino que viene a la cabeza de la Caravana de los Magos
a fin de cumplir la Ley que obligaba a todos los judíos
a rescatar a sus primogénitos y expiar sus pecados,
algo que sólo podía hacer el Templo. Una vez
en Jerusalén descubre Esdras cómo la naturaleza
judía había vuelto a sus fueros y la misma
vieja historia se había vuelto a echar a la carretera
de las infidelidades a la Ley de Moisés y las rebeliones
contra el Dios de los Patriarcas y los Profetas, por las
que, precisamente, fuera destruido su Reino, desterrados
de su Patria y sujetos a esclavitud por el rey de Babilonia.
Desde
estas claves el entendimiento de la Sacralidad de este libro
de Esdras deviene instintivo; y su exclusión del
Canon Divino, una ofensa contra el Autor de la Biblia.
C.R.