El ECLESIASTÉS

Introducción Tradicional

Introducción de Cristo Raúl al Eclesiastés de Salomón

 

 

Sobre la Sacralidad del Eclesiastés.

 

¿La fuerza está reñida con la Inteligencia? ¿Debe el hombre doblar sus rodillas ante el Poder por el mero hecho de su fuerza? ¿Y qué es la fuerza sino el Poder de aplastar la inteligencia y poner de rodillas a la verdad? ¿No es esta la lección sublime y suprema que Dios, en su Plenitud, nos dio, a nosotros y a la Creación entera, al hacerse Verdad y ponerse delante del Poder? ¿Qué es lo que hizo el Poder con la inteligencia de Dios?

Tenía Dios, pues, razones suficientes para quitarle el Reino a los Judíos y entregárselo a los Cristianos. El rechazo de Jerusalén a Jesús no fue sino la gota que derramó el vaso de la paciencia de Dios, que ya se veía venir, y sólo basta leer el Antiguo Testamento para maravillarse de la Paciencia tan infinita que tuvo Dios, siendo "el que es", con aquél pueblo de esclavos que apenas liberado de la esclavitud volvía una y otra vez la cabeza y echaba de menos las cadenas, y apenas había cruzado el Mar Rojo se hizo caca pantalones abajo delante del primer enemigo, miedo que le costó a los hebreos los famosos 40 años de burro alrededor del desierto y a su Profeta la pena de no poder vivir para disfrutar de la leche y la miel que manaba la tierra prometida.

La corrupción natural de aquel pueblo, "elegido" por tener por cabeza una piedra y por corazón una roca, tenía que desembocar con el tiempo en el terrible pecado de orgullo de creerse con poder para decir qué Libro de las Sagradas Escrituras Proféticas era Divino y cuál no. La cuestión a que se refieren los sabios en la Introducción Tradicional tiene que ver con el debate que los judíos abrieron tomando como regla de las Sagradas Escrituras su entendimiento. Aquel "poder" que los grandes maestros del Judaísmo le arrancaron a Dios, y contra Dios se permitieron anular la Palabra de Dios poniendo en su lugar las doctrinas de tales Rabinos, ése Poder fue el que se lanzó contra Jesús y lo llevó al patíbulo. En el Caso Jesús no sólo se atrevieron a poner las doctrinas rabínicas sobre las Sagradas Escrituras Proféticas sino que se rebelaron contra el Autor Universal del Antiguo testamento por atreverse a escribir un Nuevo Libro, con cuyo Guión ellos no estaban de acuerdo en absoluto. Y aunque El fuera Dios, no debía olvidar Dios que sin el Judío la Salvación del mundo quedaba sin efecto, y en consecuencia la Necesidad del Judío que tenía Dios le confería a Jerusalén el Poder para decir qué Libro era Sagrado y cuál no. Y a Dios sólo le quedaba callar y asentir o quedarse sin quién llevar a cabo su Famosa y Prometida Redención del Género Humano en el no menos famoso Hijo de Eva.

Basta esta incursión veloz como el rayo por los abismos de la mentalidad judía de aquéllos que cometieron el error de poner en práctica semejante doctrina, propia de demonios, para, desde mi posición personal, a la que nadie está obligado, pues que si el Cohelet fue Salomón o un descendiente suyo ni le quita ni le añade nada a la Salvación del Alma, pero que precisamente por su origen judío tardío, - el de la cuestión de la identificación del Cohelet - la posición de mi pensamiento es la de la nulidad absoluta de la Cuestión.

Cierto, quien ha estudiado mucho para alcanzar un título en divinidades y sentar su pensamiento en cierta cátedra teológica, por lógica consigo mismo tiene que entrar en la Cuestión y aportar su grano de arena. Independientemente de la buena fe que éstos sucesores, pero no herederos de aquéllos críticos de las Sagradas Escrituras, el hecho es que, con buena fe o sin ella, el error es el mismo.

Dios, que sepamos, y lo sabemos, se reunió en Concilio con todos sus siervos, y asentó la Sacralidad de todos los libros de la Biblia, extendiendo sobre todos los libros y cada uno de ellos su Autoría. Poderoso era Dios para borrar de su Libro cualquier Parte, sumarle otra, podar aquella, y establecer su Firma exclusivamente sobre el número de libros que en su Omnisciencia y con su Omnipotencia escribiera, y Poderoso era para apartar de su Mano la serie de apócrifos que ya desde los tiempos más antiguos venían buscando hacerse un hueco en las Sagradas Escrituras. Este Libro, el Eclesiastés, lo escribió Dio, lo mismo que el Génesis, y de aquí que en Concilio todos sus siervos pusiesen su Amén a la Firma de su Inclusión en la Biblia.

Dios rechazó a los Judíos por atreverse a enmendarle la plana. Si al principio ante la presencia del Espíritu de Dios el Hebreo se arrojaba cuerpo a tierra, al final el Judío se atrevía a decirle a Dios, "y tú te callas". Y de aquí la Cuestión del Autor del Eclesiastés.

Desde nadie se acordaba cuándo, porque jamás nadie se atrevió a poner en duda la identidad del Cohelet, se creía que el Eclesiastés surgió de la mano de Salomón, y Salomón surgió del Brazo de Dios, o sea, que era libro divino. Pero conforme el Hebreo fue muriendo y el Judío lo fue enterrando el beaterío hipócrita en extremo de las escuelas rabínicas del Periodo Heleno, que hasta a los propios gentiles les resultaba repugnante, causando en los tiempos seleúcidas pre-romanos aquél desprecio total hacia el Sacerdocio Judío en el origen de la Solución Final de Antioco IV Epifanes, y precisamente porque la Santidad de las Sagradas Escrituras era el fiscal más poderoso contra el Judaísmo, los Grandes Rabinos tenían que reducir la Escritura a simple obra humana, y por tanto otorgarse el poder de decir qué libro era objeto de veneración y cuál de simple superstición.

La sentencia de Dios contra aquellas escuelas que se atrevieron a enmendarle la plana a su Omnisciencia, llevando el orgullo hasta el confin de la maldad, al otro lado del cual sólo Satanás se había atrevido a poner su tienda, desencadenando la vorágine de la Solución Final Anticristiana, de la que Pablo fue el portador de la Muerte una milla antes de cruzar las puertas del Infierno, y porque Dios le devolvió en tiempos recientes la Maldad que concibieron los Judíos contra los Primeros Cristianos, purgando para siempre su delito en los hornos de un demente, haciendo así Dios perecer a un loco por la mano de otro tan loco; la Condena cumplida, libre ya de su delito, y porque la Justicia extiende su derecho sobre los descendientes de aquéllas generaciones judías, una vez habiéndose consumado el traspaso del Reino de un Pueblo a otro, nada queda a decir al respecto.

Lo que sí queda es el alucinamiento ante los sucesores de quienes se reunieron con su Señor en Concilio, y conociendo el precio que pagaran quienes les precedieron por incurrir en ese delito, andando el tiempo pusieron las distancias por testigo y han venido acusando a Dios y su Concilio de escribir en falso, atreviéndose a poner en tela de juicio la Autoría Divina de este libro, cosa que realizan al alienar a quien fue la mano de Dios, Salomón, del Brazo que firmara el mismo con el nombre de "El Cohelet". Pues sólo es de Dios lo que viene de Dios, y si este libro no vino de quien vino de Dios, su inclusión en la Biblia es un delito contra su Autor. Juicio que de ser cierto anularía la Divinidad del Concilio en el que se declaró Sagrado el mismo. Pero que al no serlo, pues Dios no puede errar, son falsos maestros todos los que ponen en duda la Identificación de Salomón con el Cohelet, el autor del Eclesiastés.

 

El espíritu de Dios en Salomón

 

¿Qué es, por tanto, el Eclesiastés? ¿Acaso no es el canto de quien se ha visto hundido, el regreso de quien fue dejado fuera de las puertas de la Sabiduría, arrojado al fango del paganismo, y sin embargo Dios, por amor de aquel a quien amara se vuelve a mirarlo, le abre su brazo, le alarga la mano, y por el amor que le tuvo lo saca del abismo idolátrico en que los cientos de princesas y concubinas de las que se jacta el Cohelet haber tenido, una vez, cuando fuera Salomón en su gloria, y desde la gloria de Salomón caído en los bajos abismos de la corrupción pagana más abominable a los ojos de la misma Sabiduría que, en los días de idilio le decía: "Son tus amores más deliciosos que el vino; son tus ungüentos agradables al olfato. Es tu nombre un perfume que se difunde; por eso te aman las doncellas". Y Salomón a la Sabiduría: "¡Qué hermosa eres, amada mía! ¡Qué hermosa eres! Tus ojos son palomas"...? ¿No lo estaba diciendo el propio Salomón, antes de venir a ser el Cohelet, "aquél que regresó a la asamblea", hablando del espíritu de la Sabiduría, diciendo que ella no puede habitar en cuerpo esclavo del pecado? ¿Y no dice la Escritura, hablando de Salomón, que le dio su cuerpo a los ídolos, haciéndose por sus sacrificios y su convivencia con el paganismo abominable a los ojos de Aquélla que en los días de idilio se deshiciera por aquél hijo de David, rey de Israel en Jerusalén, diciendo: "¡Cazadnos las raposas, las raposillas que destrozan las viñas, nuestras viñas en flor!"? ¿Es que Dios absuelve a un hijo por el delito en base al que condena al infierno a otro? ¿No tiene la Justicia Divina su Roca en la Incorruptibilidad de la Ley, cuya Sacralidad demostró su Todopoder ante el mismísimo Unigénito de Dios, pues diciendo la Ley: Todo el que haga algo en sábado lo colgarás, acaso por ser Jesús quien era, el Mesías, dejó la Ley de cumplirse? ¿Cómo, entonces, no pudiendo vivir la Sabiduría en cuerpo esclavo del pecado hubiera podido Salomón impedir que el espíritu de Dios se apartara de él y el Salomón de la leyenda se hundiera en los abismos de la idolatría a la que se entregara por pasión a sus setecientas princesas y ochocientas concubinas? ¿No es el juicio de la Sabiduría al final del Canto Séptimo, cuando dice: "Mi viña la tengo ante mis ojos. Para ti, Salomón, los mil (siclos), y doscientos para los que guardan su fruto", y Salomón le contesta: "Oh tú, que habitas en jardines, los compañeros atienden a tu voz: hazme oírla!"; no es definitivo el juicio de Dios contra su siervo, diciendo: "Huye, amado mío, semejante a la gacela o al cervatillo, por los montes de las balsameras"?. ¿O diremos que Dios es falaz y, aceptando en el hijo de David lo que no aceptó en ningún hijo de vecino, y porque en apariencia externa dejó sin castigo el delito de su siervo Salomón, debemos concluir que su Justicia es puro despotismo?

La interpretación de algunos sobre las palabras de Pablo cuando éste dice que Dios no da cuenta a nadie de sus juicios, arrastra a las inteligencias sin espíritu a igualar la Justicia de Dios con su Poder, haciendo venir la Ley de la Fuerza, confundiendo Omnipotencia con Tiranía. Pero Pablo habla sobre un Derecho Incorruptible en virtud del cual la Justicia Divina es Inmarcesible a toda crítica en razón de su Santidad. Incorruptibilidad, Inmarcesibilidad y Santidad por las que le fue aplastada la cabeza a la Serpiente del Edén, y que siendo la garantía ad eternum et ad infinitum de nuestra Libertad y Paz, y precisamente por serlo, era imposible que no cayese sobre el hombre más sabio de su tiempo, amadísimo en su juventud por el espíritu de la Sabiduría, que es el de Dios, precio de su caída en la idolatría pasional. Ese precio cayó, y el mismo que enseñara que "la Sabiduría no habitará en cuerpo esclavo del pecado", sufrió en sus propias carnes la veracidad de su juicio cuando el cuerpo que devino esclavo del pecado fue el suyo.

Fue el Cantar de los cantares el canto del cisne. ¿Dónde quedó la gloria de Salomón? Dios ya no podía sufrir más a quien amara como a un hijo y retiró de Salomón la que fuera su gloria más preciada, de la que en sus días de gozo dijera: "Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas, y las doncellas son sin número. Pero es única mi paloma, mi inmaculada; es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró". Y así comienza la historia del Cohelet, el día en que habiendo superado la pasión por la carne a la pasión por el Espíritu, aquel Salomón amado de la Sabiduría se despertara fuera del Palacio de su Amada, abandonado entre las sesenta reinas, las ochenta princesas y las concubinas sin número. Ya no se oyó en sus labios más juicios salomónicos. Salomón había muerto.

Sí, el hijo de David y Betsabé, el hijo de la pasión se sentaba en el trono de Israel en Jerusalén, pero aquel cuerpo estaba vacío, aquel cuerpo, otrora un Palacio de ciencia y conocimiento, entendimiento y fortaleza, era entonces un castillo vacío amenazando ruina. Los famosos juicios de Salomón y la fama del rey santo que inundó los confines del mundo dio paso a un silencio espectral, y la luz de Jerusalén, su rey, se transformó en una sombra cuyo viaje a los abismos era imparable, y su caída en los fangos de la corrupción pagana su destino cierto.

Idolatrado por el que fue, ¡el rey Salomón!, venerado por el que era, ¡el hijo de David!, el hombre que le había sumado a las sesenta otras seiscientas y a las ochenta otro millar, comenzó su hundimiento en el abismo al otro lado del último verso de su Canto: "Huye, amado mío, semejante a la gacela o al cervatillo, por los montes de las balsameras" ... porque la cólera de Dios lo perseguía.

Allí, hundido en aquéllos abismos del alma perdida en los fangos que jamás creyera pisar, y hacia los que en su juventud el hijo de David sintiera la repugnancia más espesa, allí nació el Cohelet, en la tumba donde murió la gloria del rey Salomón.

Pero Dios tuvo piedad de aquel que amó como a un hijo. Fue muy dura y grande la carga que puso sobre sus hombros. Había que ser un Dios en todos los aspectos para llevarla y no caer rendido del esfuerzo. ¿A quién se le dio jamás tanto conocimiento y poder para proyectarlo hasta los confines del mundo, y a quién se le prohibió, excepto tejer unos proverbios, coser sus labios y encadenar su lengua al cielo de su boca? ¿A quién le dio Dios jamás todo el poder y toda la gloria que habían estado soñando desde el alba de los siglos los hombres, y a quién le prohibió Dios cruzar la línea de la Heredad de Israel? ¡El Estado Militar más rico y poderoso de aquéllos días glorificado en su cabeza con un rey lleno de toda ciencia y sabiduría! ¿Qué pueblo, qué nación no se hubiera lanzado a la conquista del Imperio de hallarse con semejante cuerpo? Y sin embargo aquel hijo de Eva, hijo de Abraham, hijo de David, tenía que usar todo ese poder y esa riqueza para sostener las riendas de su nación, que en su ímpetu se salía de madre y pedía a gritos el Imperio. Las razones eran muchas y todas buenas. Pero "el Esposo" no cedía.

Y ni aún en sus días de soledad, cedió. Porque, abandonado por el Espíritu de Dios, pudo haber traicionado a la Sabiduría que tanto amara en su juventud, y poner su Riqueza y su Fuerza al servicio del grito de quienes no podían creer que el rey de Jerusalén no desplegase sus ejércitos a la conquista de un Egipto que ya estaba a sus pies, de una Asiria que no resistiría el empuje de un tiro de piedra del ejército hebreo, de una Babilonia cuyas murallas se caerían al solo sonido de las ruedas de los carros de Salomón. Pero no, aún en sus días de verguenza y de humillación, Salomón, el Esposo, le fue fiel a la la Esposa de sus días de gloria. Y ésta, viendo perderse al Esposo cuyos amores le fueran tan dulce, se le conmovieron las entrañas y, alargando su Brazo, tomó de la mano al rey de Jerusalén, el Cohelet, limpiando su alma del pecado.

Es evidente que se ama sólo una vez a la persona que se odiara, y se es una sola vez el que se fue. No era Salomón el que renacía, pues el árbol quemado no vuelve a reverdecer como si nada hubiera pasado. Las cicatrices son para siempre, y las heridas, aunque se curan, dejan huella. Era otro el que salía del fango y volvía a la vida del espíritu: Era el Cohelet.

El resto podeis ponerlo vosotros por vosotros mismos.