Introducción Tradicional
El Nombre. “Cohelet.”
Cohelet es el término con que los judíos designaron
al libro sapiencial que sigue en la Biblia a Proverbios. Es el apelativo que
el mismo texto sagrado da al autor de las sentencias que en él se contienen.
La explicación del término hebreo es una de las
tareas más difíciles de la filología bíblica. Para esclarecer su significado
convendrá precisar la raíz de que se deriva y tener en cuenta la forma femenina
que presenta, refiriéndose siempre a sujeto masculino.
1. Unos derivan de la raíz verbal cáhal, que
aparece en la forma hifil con la significación de “reunir,” “congregar,” y
traducen el participio cohelet por “el que convoca una asamblea”; y suponiendo
que la convocaba para hablar en ella, interpretan: “aquel que habla en la
reunión.” Lutero tradujo “el predicador,” y este matiz de orador o predicador
es retenido por la mayoría de los críticos (Üelitzsgh, Gletmann, Driver,
Barton).
2. Otros prefieren derivar del sustantivo
cáhal, “asamblea,” y dan al derivado cohelet la significación de “el hombre de
la asamblea,” “el que tiene un papel importante en ella,” “el que reúne en
torno suyo un auditorio que le escucha,” e interpretan, más bien que el
predicador, “el que enseña,” “el maestro que profiere sentencias” (Podechard,
Mlchaelis, Kxeiner, Konio).
La primera derivación responde mejor a la
etimología, pero tiene en contra que la raíz cáhal no se encuentra en la forma
qal, ni se explica fácilmente que ésta adquiera la significación de la forma
hifil; además no tiene la significación de hablar en las asambleas, ni entraña,
por tanto, el participio la de predicador. La segunda se aparta más de la
significación etimológica, pero está más de acuerdo con la ficción literaria
que atribuye el libro a Salomón, prototipo de la sabiduría bíblica, que compuso
muchas sentencias, y con el contenido del libro, que, más bien que un sermón,
presenta una serie de sentencias y reflexiones que Cohelet “investigó, compuso
y enseñó al pueblo”.
La forma femenina designando personas masculinas se
encuentra en la lengua árabe con matiz de intensidad, y en la Biblia cuando se
expresa el cargo u oficio. Estas formas femeninas debieron en un principio
expresar el carácter abstracto del concepto expresado y pasar después a
designar las personas concretas, como ha ocurrido en nuestras lenguas con los
términos santidad, excelencia, autoridad, etc. En nuestro caso, la forma
femenina indicaría que Cohelet era un sabio que se dedicaba a la composición de
sentencias.
Contenido y finalidad.
Se pregunta el autor del libro si el ser humano
puede encontrar en las cosas de la tierra esa felicidad plena que anhela su
corazón. Con el fin de hallar la respuesta, pasa revista a todas aquellas cosas
que parecen prometerla. El resultado de sus investigaciones es que son vanos,
como el perseguir al viento, los esfuerzos que el hombre pone en buscarla. Pero
ha descubierto que hay en la vida una felicidad relativa, que pueden
proporcionar la ciencia y las riquezas, los placeres de la mesa, las alegrías
de la juventud y el hogar, todo lo cual es un don de Dios, e invita a gozar de
ellas en los días de vida que el Señor le conceda.
Sobre todo en la segunda parte del libro, Cohelet
hace un elogio relativo de la sabiduría y su utilidad, y recomienda el temor de
Dios, que El no dejará sin recompensa. Ello da al libro un moderado optimismo
que atenúa las expresiones extremistas del autor al no dar en sus experiencias
con la ansiada felicidad. Varias veces afirma que Dios juzgará las obras de los
hombres, por lo que su conclusión es: gocemos de los bienes y alegrías que el
Señor nos conceda en los días de nuestra vida sobre la tierra, pero con cuidado
de no ofender a Dios, que nos pedirá cuentas de nuestra conducta.
Cohelet, en consecuencia, no es un pesimista
absoluto que, profundamente decepcionado tras sus experiencias, proclame que la
vida no vale la pena de vivirse. No se compagina tal manera de pensar con las
afirmaciones en que reconoce existe en la tierra una felicidad relativa que él
mismo invita a disfrutar. Tampoco un optimista que sonría a la vida como si
ésta ofreciese a cada paso la felicidad a su corazón o al menos las alegrías
que ella encierra. Tal tesis no se armoniza con el estribillo constante del
libro, que parece incluirlo todo bajo el “vanidad y persecución del viento” y
las afirmaciones en que refleja las profundas decepciones que sufrió en sus
pesquisas. Nuestro autor es sencillamente un realista, que juzga la vida tal
como se presentaba a un israelita de su época. Ignora la felicidad del más
allá, no la encuentra en esta vida y, naturalmente, siente desilusión. Vive en
una época social y políticamente deficiente, en que no era fácil conseguir ni
siquiera las alegrías que la vida puede ofrecer, lo que inclina la balanza un
poco hacia el pesimismo; pero su tesis es una posición media entre el pesimismo
declarado y el optimismo excesivo, y su recomendación, que gocemos de los
bienes que Dios nos proporciona sin darnos malos ratos en la búsqueda de una
felicidad plena, que no existe en las cosas de esta vida. Como sabio, no podía
omitir un elogio, aunque moderado, de la sabiduría, y, como judío, no podía menos
de recomendar el temor de Dios y advertir que juzgará las obras de los seres
humanos”
División
El libro del Eclesiastés se resiste a toda división
lógica, clara y precisa, pues las ideas se suceden y repiten sin orden alguno.
Si bien no puede presentar argumentos en su favor, muestra hasta qué punto son
ciertas las afirmaciones precedentes, la ingeniosa hipótesis del eminente semita
G. Bickell, quien afirmó que el Eclesiastés fue compuesto en cuatro
cuadernillos de ocho folios cada uno; el librito se esfolió y sus páginas se
trastocaron, quedando después colocadas en orden diverso al del autor. Para
atenuar las incoherencias, alguien añadió algunos versículos. Toda división
resultará superficial e hipotética.
La cuestión del autor
Hasta el siglo pasado, el libro del Eclesiastés fue
considerado como obra de Salomón. El mismo texto sagrado dio pie a esta
creencia, ya que el autor se presenta en como “hijo de David, rey de
Jerusalén,” y como “rey de Israel en Jerusalén.” Como a la muerte del rey sabio
sus dominios se dividieron en los reinos de Israel, con capital en Samaria, y
el reino de Judá, con capital en Jerusalén, el único “hijo de David con capital
en la Ciudad Santa” fue Salomón. Se dice, además, que el autor del libro se dio
a investigaciones y experiencias, llegando a ser más sabio que cuantos fueron
antes que él en Jerusalén, y que acumuló oro, plata y riquezas; que emprendió
grandes construcciones y tuvo gran número de siervos y siervas, cantores y cantoras,
princesas sin número. Todo lo cual difícilmente puede convenir a otro personaje
que al gran rey Salomón
Hoy nadie cree que el libro del Eclesiastés haya
sido compuesto por Salomón, y todos los autores ven en la atribución al rey
sabio una ficción literaria muy de acuerdo con los procedimientos literarios
del Antiguo Testamento.
1. Razones filológicas y de ambiente histórico
niegan la paternidad salomónica del libro. La lengua de Cohelet representa un
estadio muy posterior a la época de Salomón; dista mucho de la elegancia del
hebreo anteexílico, y los arameísmos y expresiones neohebraicas nos llevan a
los siglos anteriores a la era cristiana. “El Eclesiastés - escribe Kaulen - no
puede ser del tiempo del rey sabio, como la Vulgata no puede ser del tiempo de
Cicerón”. Ni cabe objetar la posibilidad de que la lengua de Cohelet haya sido
retocada en época posterior. Ningún indicio permite afirmarlo, y sería el único
caso en que un libro bíblico habría sufrido tal transformación. El ambiente
histórico en que se mueve el autor del libro es muy distinto del de los días de
Salomón. Durante el reinado del rey sabio, el pueblo gozó de gran paz y
prosperidad. Cohelet, en cambio, presenta un mundo socialmente perturbado, en
el que reinan la opresión y las injusticias; Israel ha perdido el esplendor de
sus tiempos áureos y se encuentra en un período de decadencia. Si Salomón
hubiese pintado un cuadro tan sombrío de su tiempo, habría sido injusto en
extremo. El argumento de la tradición judía y cristiana en favor de la atribución
salomónica no tiene gran valor, dado que comienza en el siglo II d.C. y no es
plenamente unánime. Se trata, por lo demás, de una cuestión histórico-literaria
en la que el testimonio de los Padres tiene sólo valor humano.
El autor ha utilizado una transparente ficción
literaria al presentarse en el libro como el sabio rey Salomón. Sabemos por
otros libros bíblicos que los títulos de los libros sagrados no son siempre
seguros, y varios autores (Siegfried, Zapletal, Barton) creen que el primer
versículo del libro no es de Cohelet. Además, al presentarse el autor como
superior a cuantos le precedieron en Jerusalén, él mismo da a entender que es
muy posterior a Salomón, lo que confirma el cuadro histórico que presenta a
partir del capítulo 3, tan distinto de la gloriosa época del gran rey. El mismo
epiloguista, en su presentación de Cohelet, no hace mención alguna a la supuesta
dignidad real salomónica, sino que lo coloca en el círculo de sabios, como uno
más, cuya actividad sapiencial él debía conocer.
La atribución del libro a Salomón es debida a un
procedimiento literario que aparece otras veces en el Antiguo Testamento. Comencemos
advirtiendo que, en la literatura rabínica y en la egipcia, los sabios son
llamados reyes y los escritos de los reyes se dicen escritos de sabios. Esto
pudo inducir al autor a presentarse como rey-sabio, que venía a equivaler a
sapientísimo y era el ideal de la época. Por otra parte, Salomón fue el gran
sabio de Israel. Como Moisés pasó a la posteridad como el legislador por
excelencia del pueblo israelita, y David su salmista, así Salomón fue
considerado como el prototipo de la sabiduría israelita. Y como se atribuyeron
al caudillo de Israel leyes que no fueron promulgadas por él y a David salmos
compuestos en tiempo muy posterior a su época, por el mismo procedimiento se
atribuyeron a Salomón los libros sapienciales compuestos en tiempos muy posteriores
a él.
Así pues, determinar la composición del libro del
Eclesiastés es uno de los problemas más arduos de la crítica literaria. La
dificultad proviene del desorden del contenido del libro y de las afirmaciones
contradictorias que parece contener respecto de la vanidad de las cosas, de la
sanción moral, de la sabiduría, del hálito vital, etc. Tres caminos diferentes
se han seguido en los intentos de dar solución al problema.
1. La mayoría de los autores afirman la unidad
de autor. Cohelet ha compuesto todo el libro, si exceptuamos tal vez el
epílogo. El desorden del libro lo explican unos diciendo que el autor consignó
sus reflexiones tal como fueron viniendo a su mente (Zapletal); otros,
afirmando que el Eclesiastés nos dejó el borrador de su obra, que quedó
incompleta (Schmidt, Cheyne). Las afirmaciones contrarias se explicarían por
los diversos estados de ánimo con que escribió las diversas partes del libro o
los diferentes puntos de vista o aspectos bajo los que puede considerarse una
misma cosa (Condamin, Motáis, Vagcari).
2. Otros opinan que el género literario del
Eclesiastés viene a coincidir con la “diatriba” de los escritores helenistas.
Fue la solución que con frecuencia siguieron los Padres, para quienes el autor
del libro va presentando opiniones erróneas, a veces quizá dudas y tentaciones
que asaltaban su espíritu, a que responde con la escasa luz que le comunicaba
la revelación sobre los destinos del hombre. Este procedimiento utilizaron para
resolver las dificultades que ofrecían las afirmaciones más atrevidas los
comentaristas de la Edad Media. Herder y Eichhorn propusieron a fines del siglo
XVIII y principios del XX la “teoría de las dos voces”: el Eclesiastés es una
conversación entre dos sabios en que uno expone las inquietudes de su espíritu
a las que el otro, maestro ponderado, va dando solución. “No hay, sin embargo -
escribe Eichhorn -, propiamente diálogo, ni preguntas ni respuestas, ni
objeciones y soluciones; es una composición artificial de un género único, del
que no conozco otro semejante.”
Recientemente el P. Serafín de Ausejo, en su
extenso y profundo estudio sobre el género de Cohelet, señala las
características de la diatriba de los escritores helenistas: el autor finge un
personaje, un sabio que con frecuencia se presenta como rey; es el único que
habla, sustituyendo a los interlocutores del diálogo, que se esfuma de tal modo
que sólo por el contexto se puede colegir si el autor habla en nombre propio o
en nombre de los interlocutores; el tema es generalmente filosófico-moral, y su
tendencia, moralizadora y popular. Todas ellas, afirma, se verifican en el
Eclesiastés, excepción hecha de la última, dado que su autor parece dirigirse
más bien a un círculo de discípulos amantes de la sabiduría. Por lo que asimila
el género literario de Cohelet a la diatriba de los helenistas.
3. Algunos comentaristas atribuyeron el libro de
Cohelet a varios autores, cada uno de los cuales consignó en él su diversa
manera de juzgar las cosas. El primero que dio forma definitiva a esta manera
de pensar fue Siegfried en 1898, el cual distinguió hasta nueve autores que fueron
sucesivamente corrigiendo las afirmaciones de los precedentes, que consideraban
erróneas o al menos insuficientes. Con más o menos reservas, fue admitida por
muchos liberales.
Dos autores católicos de nota, Podechard y Buzy,
han aceptado esta teoría en sus respectivos comentarios, pero reduciendo a
cuatro los autores del libro, dándole así más visos de probabilidad. Según
ellos: a) Cohelet es el autor del núcleo central del libro, en que pasa revista
a las cosas de la tierra en busca de la felicidad, concluyendo siempre que todo
esfuerzo encaminado a ese fin es vanidoso; no queda al hombre otro recurso que
gozar de las pequeñas alegrías que la vida le ofrece, b) Un discípulo suyo, el
epiloguista, añadió a la obra de su maestro los últimos versos del libro y
seguramente también 1:2 y 7:28-29. c) Un judío piadoso (hásid) creyó que el
temor de Dios y los sentimientos morales no ocupaban en la obra de Cohelet el
lugar que les corresponde, y, con el fin de adaptarla a las doctrinas
teológicas del judaismo, añadió aquellas sentencias que exaltan el temor de
Dios y el juicio de las obras buenas y malas. d) Finalmente, un sabio (hákám)
que juzgó no debidamente estimada la sabiduría, añadió las sentencias y fragmentos
en que se resalta el valor e importancia de la sabiduría.
No es preciso advertir que esta sentencia no ofende
el dogma de la inspiración. La unidad o pluralidad de autores respecto de un
libro sagrado es una cuestión meramente literaria, que está al margen de la fe.
En nuestro caso, Dios habría inspirado a los cuatro autores que dejaron plasmados,
bajo la inspiración del Espíritu Santo, sus encontrados sentimientos, dejando
patente la necesidad de ulteriores revelaciones sobre el más allá en orden a
dar solución a los problemas de la felicidad y sanción humanas, que el libro
deja sin resolver.
¿Qué opinar ante esta diversidad de opiniones?
No creemos necesario acudir a la “diatriba,” y
menos a la teoría de los cuatro autores, para resolver la composición del
libro, por lo que mantenemos, con la mayoría de los intérpretes, la unidad de
autor.
1. La teoría de la diatriba es ciertamente
sugestiva, y en todo tiempo hubo quienes, bajo una u otra forma, acudieron a
ella para resolver el problema. Pero no se ve por ninguna parte ese intercambio
de locutores, no aparece la proposición de la doctrina falsa y la refutación de
la misma, de modo que a veces no es posible determinar si habla el autor
sagrado, y, en consecuencia, Dios, o los supuestos adversarios, y, por lo
mismo, el error. En cuanto a la teoría de “los cuatro autores,” es posible que
un discípulo de Cohelet haya compuesto el epílogo e incluso añadido algunas
sentencias de su maestro. Pero no es preciso acudir a un sistema tan extraño
para explicar los enigmas del libro, como en seguida veremos. Cohelet, además
de sabio realista, es un judío profundamente religioso y un autor sapiencial,
el cual no podía omitir, sin hacer traición a su clase, la constatación de las
doctrinas fundamentales judaicas y el elogio, al menos moderado, de la
sabiduría.
La razón fuerte contra la unidad de autor radica en
las afirmaciones contrarias que encierra el libro, las cuales no parece puedan
proceder de la boca de un mismo autor. Opinamos que las mencionadas
afirmaciones no son más diferentes y contradictorias de lo que en tiempos de
Cohelet se presentaba la vida a un judío filósofo y sabio. En efecto, cuando
unas veces afirma que Dios juzgará las acciones de los hombres y otras constata
que no hay sanción moral en este mundo, no hace más que afirmar dos cosas que
le enseñaba, la primera la fe, la segunda la experiencia de cada día. Cohelet,
como todo mortal, ansiaba esa felicidad plena para la que Dios creó el corazón
humano, pero no la encuentra por parte alguna; enseña que hay que contentarse
con la felicidad relativa que pueden dar ciertas cosas de la tierra e invita a
disfrutar de ellas. No hay en esta actitud contradicción alguna y sí una buena
lógica. Por lo que toca a la sabiduría, es claro que ésta ni solucionaba los
problemas mencionados ni proporcionaba la felicidad completa; pero no es menos
cierto que sus enseñanzas proporcionan conocimientos muy útiles en orden a
conseguir y asegurar la pequeña felicidad posible en este mundo. Nuestro autor
constata sencillamente dos realidades en torno a la sabiduría. Cohelet, en fin,
ha constatado en su libro la vida tal como se presentaba en su época a un
espíritu observador y crítico, con sus anomalías y contradicciones, con sus
profundas desilusiones, que jamás hacen vacilar la fe inquebrantable del
Eclesiastés. Y estas constataciones hacían patente la necesidad de revelaciones
sobre los destinos y felicidad del más allá, a la vez que preparaban los
espíritus de los israelitas para aceptarlas con docilidad y prontitud.
Notemos también que los autores bíblicos, al
consignar sus observaciones y reflexiones, no escriben con la lógica de los
occidentales, que disponen sus obras sistemática y ordenadamente, siguiendo el
hilo del razonamiento. Los semitas conciben las cosas de una manera más concreta,
más personal; yuxtaponen las sentencias y documentos sin preocuparse de la
coherencia de los mismos. El autor del Génesis toma diversas narraciones sobre
el mismo tema, sin preocuparse de limar las divergencias; y los autores de
algunos sapienciales no son modelo de lógica en la ordenación de sus
proverbios. Pudiera ser también debido el desorden al epiloguista, que recogió
sentencias del maestro y las intercaló o yuxtapuso, sin cuidar demasiado del
orden lógico de las mismas.
Fecha y lugar de composición.
La lengua de Cohelet, con sus arameísmos y
expresiones neo-hebraicas, nos lleva a una época bastante posterior al
destierro. El ambiente histórico del libro no respira ni las guerras y
rebeliones del siglo IV, en que Antíoco III (358-338) reprimió duramente una
sublevación de los judíos y abundaron las luchas entre Egipto y Siria con
escenario en Palestina, ni la persecución religiosa y violencias del siglo II
con Antíoco Epífanes (175-164) y los reyes seléucidas que le siguieron. El
siglo intermedio, época de relativa tranquilidad bajo la dominación de los
Ptolomeos egipcios, presenta las condiciones sociales que refleja el libro.
Palestina está gobernada por el Gran Consejo, el sumo sacerdote y las
autoridades locales, con la sola condición de reconocer la soberanía de los reyes
de Egipto y pagarles un moderado tributo. No faltaban los abusos e injusticias
sociales, dado que los gobernantes de Palestina no disponían de una fuerza
material suficiente para imponer el orden en todas partes, y los egipcios, con
percibir el tributo, se daban por satisfechos. La relación con los otros
sapienciales confirma esas fechas: es posterior a Job (500-400) y Proverbios
(400-300), dada la crítica que hace de la retribución temporal, que los autores
de estos libros admiten; y anterior al Eclesiástico (hacia el 180), que depende
de él, y a la Sabiduría (hacia el 130), en que aparece claramente la
inmortalidad feliz del alma. Este conjunto de indicios nos lleva a colocar la
composición del Eclesiastés hacia el final del siglo III, en fecha próxima al
año 200.
2. En cuanto al lugar de composición, señalaron
algunos la ciudad de Alejandría, por la influencia helenista que quieren
descubrir en el libro y la interpretación de algunos pasajes que relacionan con
Egipto. Pero la influencia griega es tan poco perceptible y la interpretación
mencionada tan poco segura, que no dan base a tal opinión. Es más probable que
fuera escrito en Jerusalén, dadas las menciones que se hacen del Templo, de la
Ciudad Santa, de los sacrificios, del fácil acceso al sacerdote y del hecho de
que fuera compuesto en hebreo.
Doctrina religiosa
A) Dogmática: Dios. — Ha hecho todas las cosas y el
hombre no puede cambiar su obra. También el hombre es criatura de Dios, y El le
concede los días de vida que tiene, los bienes que posee y la facultad misma de
gozar de ellos. Dispone los bienes y los males, y de El, como de suprema
fuente, deriva toda sabiduría que el hombre alcanza. Dios gobierna el mundo, ha
señalado un curso constante a la naturaleza, su tiempo a todas las cosas. El
modo como Dios gobierna el mundo resulta al hombre incomprensible que no puede
por él colegir si es digno de amor o de odio ante El. Con su modo de obrar, el
Señor pretende que el ser humano sienta el temor de Dios.
El autor del libro presenta una visión más
universalista de la providencia de Dios que la de los profetas. Para éstos,
Yavé es el Dios trascendente que ha creado todas las cosas y gobierna todos los
pueblos, pero es sobre todo el Dios de Israel, su viña escogida. Los sabios se
preocupan más bien de la providencia de Dios sobre el hombre en general y de
las relaciones de éste para con Dios. Por ello, sin duda, le designan con el
nombre Elohim, y no con los términos que hacen referencia a las relaciones de
Dios con Israel. Esta concepción universalista es debida, sin duda, al carácter
internacional de los estudios de la sabiduría.
El Hombre. — Cohelet presenta la concepción
tricotómica del hombre. El cuerpo procede del polvo y a él vuelve. El alma baja
al seol. Del espíritu, una vez parece ignorar su suerte, en otra afirma que
vuelve a Dios. Dios hizo al hombre recto y quiso que sintiese el temor de Dios,
que le lleva al cumplimiento de los mandamientos. Pero él es capaz de
pervertirse, y el hecho de que no sea castigado el mal le induce a cometerlo,
de modo que no es fácil encontrar un hombre bueno, y menos todavía hallar una
mujer buena. Hay en el mundo muchas injusticias, algunas consecuencia de los
sistemas orientales de gobierno.
Ha puesto en su corazón el deseo de una felicidad
capaz de saciar plenamente su corazón. Pero Cohelet no la encuentra en ninguna
de las cosas de este mundo. Hay que conformarse con una felicidad relativa, que
Dios ha puesto en las cosas. El libro concluye sin que el autor tenga
conocimiento de la felicidad de la otra vida.
Las Postrimerías. — La muerte es cierta y
universal: muere el sabio y el necio. Aquél saca de ella profundas enseñanzas.
Nadie conoce cuándo ha de venir, ni puede en su día detenerla. No recibir
después de ella sepultura es una tremenda desgracia.
En cuanto a la sanción, Cohelet, como los autores
de los libros sagrados anteriores al Eclesiastés y el mismo Ben Sirac, no
conoció otro premio y otro castigo que los bienes y los males del presente
mundo. Pero su espíritu realista y observador advierte que tal doctrina no encuentra
siempre justificación en la realidad; muchas veces triunfan los malvados y son
oprimidos los buenos, lo que causa en su ánimo una dolorosa impresión.
¿No habrá un juicio en el mas allá, al que siga una
justa recompensa de las acciones buenas y malas de los hombres? Hay una serie
de textos en los que la perspectiva es meramente temporal. Hay otros en los que
parece vislumbrarse un juicio posterior a la muerte, y en este sentido los
interpretan algunos autores. Pero esta interpretación encuentra dos serias
dificultades: la primera, que Cohelet sigue fiel a la creencia en el seol,
adonde descienden las almas de cuantos mueren para llevar allí, sin distinción
alguna, una vida muy poco envidiable, de modo que con la muerte se cierran
todas las perspectivas de felicidad sin que se abra la puerta a esperanza
alguna en la otra vida. La segunda es que el autor del libro nunca hace uso de
tan luminosa doctrina para resolver el problema fundamental del libro sobre la
sanción y la felicidad y de tan poderoso estímulo para recomendar el bien
moral. Creemos que Cohelet, apoyado en la tesis tradicional, pero desconcertado
por la realidad de la vida, y careciendo de la revelación sobre los misterios
de ultratumba, se contenta con afirmar que Dios juzgará incluso las acciones
ocultas del hombre, sin atreverse a determinar las circunstancias de tiempo y
lugar que acompañarán dicho juicio.
B) Doctrina moral — El Eclesiastés no ha compuesto
un tratado completo de moral. Tenemos en su obra sólo elementos sueltos que
reflejan sentimientos morales cuya elevación no deja captar a veces su
pesimismo.
Recomienda el temor de Dios, es decir, la religión,
el culto a Dios, el cumplimiento de los mandamientos de Dios, la obediencia al
rey, comprensión con las faltas de los demás, la sobriedad, la sabiduría, que,
si no puede dar al hombre la felicidad plena, le puede asegurar el éxito en sus
empresas, con el que puede conseguir una felicidad relativa; el trabajo, la prudencia
en el hablar sobre el rey y los ricos. Tiene un vivo sentido de la justicia y
del derecho y le impresionan y entristecen las injusticias y opresiones.
¿Qué pensar de la moral de Cohelet? Es la misma de
los otros libros sapienciales, que es la que el estadio de la revelación en que
fueron escritos daba de sí. Desde luego, no es, como se dice a veces, una moral
vulgar, epicureísta, ni meramente naturalista; en el uso de los placeres
recomienda moderación; afirma que son un don de Dios, como también la facultad
misma de gozar de ellos, y condena cuanto va más allá de la ley moral. Pero
tampoco, claro está, una moral evangélica; no habrá cristiano que no se sienta
sorprendido al leer el libro del Eclesiastés. Como en el orden intelectual nos
encontramos todavía a medio camino en el progreso de la revelación, así ocurre
en el orden moral. La moral de Cohelet se encuentra en la misma línea de la
moral evangélica, pero a unos siglos de distancia, tanto en los consejos que da
como en los motivos que para su cumplimiento propone. Se contenta con el justo
medio incluso en la virtud; ni una palabra sobre la santidad, el amor al
prójimo, a los enemigos. Hay un juicio al que será sometida toda acción humana,
pero desconoce el amor de Dios manifestado en Cristo, el ejemplo del Redentor,
la felicidad del cielo y las penas del infierno. Viene muy bien aquí la atinada
observación de Leahy: “Nosotros, que, a pesar de poseer ya una revelación más
plena, nos encontramos a veces perplejos ante tantas anomalías e
inconsistencias de esta vida, debemos tener simpatía por aquellos primitivos
hebreos, que en sus penas y privaciones no tenían la esperanza de una
inmortalidad bienaventurada que los sostuviera.”
Los supuestos errores de Cohelet.
Ningún libro del Antiguo Testamento, si exceptuamos
tal vez el Cantar de los Cantares, se presta tanto a interpretaciones
desfavorables como el libro del Eclesiastés. Ciertamente que hay en él
expresiones no fáciles de interpretar, que a un espíritu superficial pueden
parecer ajenas a un libro inspirado. Ya los discípulos de Shammai quisieron
excluirlo del canon de los libros sagrados por creer que contenía cosas
heréticas. En nuestros tiempos, los racionalistas inculpan a Cohelet de los
errores que enumeramos a continuación, basándose en frases y perícopas que, interpretadas
fuera de su contexto, se prestan a equivocadas interpretaciones.
A) Pesimismo. — Los pesimistas modernos ven en el
Eclesiastés su predecesor. Para Schopenhauer, Cohelet es un filósofo genial.
Anna Tauber afirma que los primeros capítulos del libro son “un catecismo de
pesimismo,” y que el pesimismo de Job, Jeremías y el Eclesiastés no difiere
esencialmente del de Schopenhauer.
Nada más inexacto. El pesimismo de este y demás
filósofos pesimistas se funda en el ateísmo y juzga que el mundo actual es el
peor entre los posibles. Nuestro autor, en cambio, tiene una fe inquebrantable
en la existencia de Dios, esencialmente bueno, que rige el mundo con su
providencia, aunque ésta resulte muchas veces incomprensible al hombre.
Reconoce que no se encuentra en el mundo una felicidad plena y perfecta,
constata que las circunstancias de su tiempo eran desfavorables; pero sostiene
que existe y es asequible una felicidad relativa en este mundo. En cuanto a los
textos que parecen favorecer más la tesis pesimista, es de advertir que no se
trata de la preferencia de la muerte en general, sino de casos particulares.
Que haya desgracias ante las cuales es preferible la muerte, lo afirma
cualquiera y no hay en ello pesimismo. Cohelet desconocía el valor inmenso que
para la vida eterna tiene una vida llena de humillaciones y contrariedades, por
lo que no ve otra solución que la muerte, con la que aquéllas terminan.
B) Fatalismo o Determinismo. — Parece afirmar
Cohelet que Dios ha determinado los destinos de las cosas y del hombre, de modo
que no queda a éste otro remedio que seguirlos ciegamente.
El autor del libro afirma sencillamente que el
hombre tiene una naturaleza limitada y un final determinado; que nada puede
frente al curso de la naturaleza establecido por Dios; que ignora muchas leyes
que regulan los acontecimientos humanos, circunstancias que pueden hacer fallar
sus cálculos, por lo que muchas veces no puede asegurar el éxito de sus
acciones. Ninguna de estas afirmaciones supone fatalismo alguno. Por otra
parte, Cohelet admite el libre albedrío del hombre, a quien hace dueño de sus
obras, capaz de obrar bien o mal, y responsable de sus acciones, puesto que
afirma que un día Dios las juzgará. Por lo demás, afirmaciones como las de
Cohelet respecto de la libertad humana las hay, y más atrevidas, en otros
libros de la Sagrada Escritura.
G) Escepticismo. — Heine y Renán tildaron de
escepticismo al Eclesiastés. El primero designó su libro como “el Cántico de
los cánticos del escepticismo.” El segundo ve en él “un libro de escepticismo
elegante.” Los críticos lo consideran como tal.
El escepticismo niega el valor cognoscitivo de
nuestras facultades, la objetividad de nuestros conocimientos, el valor de las
cosas en orden a la felicidad, la existencia de sanción moral. Cohelet, por el
contrario, reconoce los límites de nuestras facultades cognoscitivas en orden a
penetrar los secretos de Dios y las leyes con que rige los destinos del hombre,
pero nunca niega el valor cognoscitivo de las mismas. Reconoce que las cosas no
pueden dar la felicidad perfecta, pero no les niega el poder proporcionar una
felicidad relativa. Afirma claramente la sanción divina; al ver que muchas
veces los malos triunfan y los buenos son oprimidos, no niega la sanción
divina, sino que la considera como algo misterioso que no sabe explicar. Más
bien que escéptico, diríamos que Cohelet es un realista que se siente
desconcertado ante las contradicciones que presenta la vida, pero sin que
vacile jamás su fe o deje de reconocer el lado bueno que tienen las cosas.
D) Epicureismo. — Hay en el libro frases
susceptibles de interpretación un poco epicureísta si no se consideran
atentamente o se las considera fuera del contexto de todo el libro.
Entre la doctrina de Epicuro y la del Eclesiastés
media un abismo. Aquélla se funda en el ateísmo, mientras que el Eclesiastés
tiene una fe inquebrantable en la existencia de Dios y su gobierno del mundo.
El epicureismo pone la suprema felicidad del hombre en el placer de los sentidos;
no hay otra moral. Para Cohelet, la felicidad no consiste en la entrega sin
medida a los placeres, sino en el gozar honesto y lícito de los bienes de este
mundo, que son, afirma más de una vez, un don de Dios, siempre dentro de la ley
moral.
Hay que tener en cuenta que los libros del Antiguo
Testamento no prometían al justo más bienes que los de orden natural.
Lógicamente, los sabios, que ignoraban los del más allá y su merecimiento
mediante la abnegación y sentían la inclinación a los placeres de los sentidos,
tenían que recomendar el disfrutar de los bienes de este mundo. Pero ello ha de
hacerse, enseñan, dentro de los límites de la ley moral para no incurrir en el
juicio de Dios. La perícopa 3:18-22 no es debida a la influencia de Epicuro,
sino debida más bien a Gen 2:7 y 3:19. Y en 5:17-19 no hay recomendación alguna
de la perfecta tranquilidad, que en tan alto grado estimaba Epicuro.
E) Materialismo. — La imputación de este error
proviene de la perícopa 3:19-21, en que el autor afirma que es una misma la
suerte de los hombres y la de las bestias; que no hay más que un hálito para
todos. Unos y otros, añade, van al mismo lugar; y ¿quién sabe, se pregunta, si
el hálito del hombre sube arriba y el de la bestia baja abajo, a la tierra?
Los autores más radicales (De Wette, Grátz, Reuss)
afirman que Cohelet negó la inmortalidad del alma. Parece más bien a otros
(Barton, Knobel, Nowack) que la puso en duda. Cayetano y Jahn creyeron que el
Eclesiastés quiso decir que no se puede probar por la sola razón, sin la
revelación, la inmortalidad del alma. Condamin y Zapletal pensaron que la duda
de Cohelet versaba entre la antigua concepción del seol y la inmortalidad del alma,
que acababa de ser propuesta, dicen, en su tiempo. El pensamiento del
Eclesiastés es el siguiente: afirma claramente la supervivencia de las almas al
sostener la existencia del seol, adonde, según la doctrina tradicional judaica,
iban las almas de los muertos; pero no conoció la inmortalidad del alma en su
relación con la retribución de ultratumba, es decir, de su felicidad o desgracia
eternas, ya que, si la hubiera conocido, habría dado un enfoque muy distinto a
su libro. La duda no versa sobre el alma, sino sobre el “hálito vital”, que,
conforme a la concepción tricotómica del hombre que profesa, concibe como algo
distinto del alma, y del que en otra parte afirma que retorna a Dios.
Canonicidad
1. La tradición judía considera como sagrado
el libro al menos desde el siglo I d.C., como consta por los testimonios de
Flavio Josefo (37-100 d.C.), del libro IV de Esdras (fines del s.I d.C.), del
Talmud (s.IV-V d.C.). Ello hace suponer que los judíos lo consideraron como tal
desde un principio, ya que debió de ser la autoridad del autor lo que los
indujo a incluirlo en el canon, más bien que la doctrina del libro, la cual
había de promover después discusiones en torno a la permanencia del libro en el
canon. En efecto, los fariseos, que profesaban la doctrina de la resurrección y
la retribución futura, se preguntaron si Cohelet merecía el honor de ser
contado entre los libros sagrados. En el concilio de Jamnia del año 90 d.C.
triunfa la opinión en favor de su permanencia en el canon; años más tarde
desaparece toda discusión y todos están de acuerdo en la permanencia de Cohelet
en el canon de libros sagrados.
2. La tradición cristiana siempre reconoció
unánimemente la inspiración del Eclesiastés, siendo enumerado entre los libros
protocanónicos. El primer testimonio explícito lo da San Melito (194-195 d.C.)
y el primero que lo cita con la fórmula “está escrito” fue Clemente de
Alejandría (150-116 d.C.). La única voz discordante es la de Teodoro de Mopsuestia
(350-428 d.C.), que afirmó una inspiración de grado inferior para el
Eclesiastés y Proverbios. Su opinión fue condenada en el concilio II de
Constantmopla el año 553 d.C. En los siglos siguientes, ni un solo escritor
eclesiástico puso en duda la inspiración del libro.
3. La razón de la inspiración del Eclesiastés no se
comprende fácilmente si lo consideramos aislado de los otros libros sagrados.
Pero, si lo estudiamos en el conjunto de la revelación, no es difícil captar la
finalidad por la que el Espíritu Santo inspiró esta obra. Al poner de manifiesto
que ni la razón humana ni las precedentes revelaciones resolvían los problemas
sobre la sanción moral y al dejar patente que el corazón humano no encuentra en
este mundo esa felicidad infinita cuyo deseo Dios ha puesto en él, el Espíritu
Santo preparaba las almas de los israelitas para revelaciones ulteriores, que
iluminarían sus mentes sobre la retribución futura y mostrarían a sus corazones
dónde encontrará el hombre su verdadera felicidad. “Si Dios dio a los hombres
la sensación intensa de la vanidad del mundo presente, es porque quería revelar
otro, y si los invitaba a medir la pequenez de las alegrías terrestres es
porque quería prepararlas para otras mayores.
Cohelet no pudo demostrar la existencia de
retribuciones futuras, pero estableció con vigor una de las conclusiones que
hacían necesaria esta conclusión”. Y así “la obra de Cohelet ha contribuido a
agrandar el alma judía, ha abierto en ella un abismo que sólo las esperanzas
eternas podían llenar” (Podechard).
Lengua y forma literaria.
1. Una tradición constante asegura que el
Eclesiastés compuso su libro en hebreo. La tesis de F. C. Burkitt, en que
intenta demostrar, mediante argumentos internos de orden filológico, que la
lengua original del libro fue el arameo, no ha tenido seguidores. Al
presentarse Cohelet como el rey Salomón, si quiso ser consecuente con su
artificio literario, tuvo que escribir en la lengua del rey sabio. Por lo
demás, la versión al hebreo no tendría explicación en los días en que fue
compuesto el libro, dado que la lengua que todos conocían y hablaban era el
arameo.
2. En cuanto a la forma literaria discrepan
bastante los autores en sus opiniones. Hay quienes afirman que Cohelet compuso
su libro en forma rigurosamente métrica (Papletal, Haupt), y quienes opinan que
lo escribió todo él en prosa, excepción hecha de algunos versículos sueltos que
presentan la forma típica de la poesía hebraica (Podechard, Lowth). Parece que
la mayor parte del libro fue compuesto en prosa, pero se intercalan en él de
vez en cuando frases y perícopas en forma poética, lo que no extraña si tenemos
en cuenta la libertad con que también los profetas alternan en sus obras la
prosa y el verso. De este parecer son Edwald, Delitzsgh, Renán, Driver, Barton.
Texto y versiones
El texto hebreo llegado a nosotros está, en
general, bien conservado. Los manuscritos existentes no parecen ser anteriores
al siglo XI. La versión de los LXX, literalista, privada de toda elegancia,
presenta características semejantes a la de Aquila, por lo que algunos han
opinado que la versión griega que contienen los LXX fue hecha por el discípulo
de Aqiba en el siglo I d.C. Los manuscritos sufrieron modificaciones
hexaplares. La Vulgata fue hecha por San Jerónimo directamente del texto
hebreo, que tradujo con cierta libertad. No obstante la prisa con que la hizo
(en menos de un día), la versión es en general muy buena.