El motín en la cárcel de Mazar-i-Shariff (Fin del Talibán)

 

El motín se desató el domingo, cuando llegaron cientos de prisioneros paquistaníes, chechenos y árabes que habían peleado junto a los talibán, detenidos tras la toma de la ciudad de Kunduz, el último reducto que los milicianos islámicos controlaban en el norte hasta el fin de semana pasado.

La insurrección en la cárcel de Mazar-i-Shariff terminó en una masacre sobre la cual Amnesty Internacional exigió la apertura de una investigación, y en la que intervinieron no sólo soldados de la Alianza, sino también fuerzas especiales británicas (SAS) y norteamericanas, más los bombarderos de EE.UU. y agentes de la CIA que se encontraban en el lugar para interrogar a miembros de la red Al-Qaeda de Osama bin Laden.

Los tres días de guerra campal en la prisión de Qala-i-Jangi terminó con la muerte —según cifras de la Alianza— de 450 prisioneros, otros 40 milicianos antitalibán (además de 100 heridos graves) y de un agente de la CIA, Johnny "Mike" Spann, el primer estadounidense que oficialmente muere en acción en suelo afgano (ver Un agente...).

Pero este saldo no se produjo en combates abiertos, como insistió la versión oficial. El testimonio de los periodistas occidentales en el lugar, entre ellos la BBC de Londres, consignó la aparición de cadáveres con las manos atadas. Los milicianos de la Alianza del Norte usaron tijeras y cuchillos para cortar las ataduras de seda negra antes de entregar los cuerpos a la Cruz Roja. Todos los relatos sugieren una operación de ejecución .

Un fotógrafo de la agencia estadounidense Associated Press vio un campo con unos 50 cadáveres, en la parte sur del fuerte. Presenció cómo varios soldados de la Alianza cortaban las ataduras que demostraban que fueron fusilados, y cómo uno de ellos extrajo los dientes de oro de un cadáver.

El estado de los cuerpos era tal que la televisión norteamericana, al presentar la noticia, advirtió que las imágenes podían afectar la sensibilidad del espectador. Mostró los cadáveres de mujaidines desparramados en el polvo, por decenas, desmembrados.

El motín se extendió durante tres días. Los prisioneros, que según la versión oficial habían logrado capturar un poderoso armamento, recibieron en realidad un fuego permanente de Kalashnikov, granadas y morteros en una andanada que completó la aviación norteamericana con el bombardeo con misiles.

El general Rashid Dostum, uno de los comandantes de más peso de la Alianza, advirtió a los periodistas que se mantengan alejados de la sección del fuerte en la que estuvieron detenidos los prisioneros. Lo hizo con el pretexto de que sigue habiendo en libertad "personas peligrosas", que "podrían estar tendidas entre los cadáveres. Son personas suicidas y se puede esperar cualquier cosa de ellas". La explicación resultó sin embargo un esfuerzo para impedir que la prensa registre más excesos.

La revuelta habría comenzado por la imprudencia de dos agentes de la agencia de espionaje estadounidense, según cuenta el enviado de The Times, Oliver August, en un artículo titulado "Un error de la CIA encendió la revuelta talibán que se convirtió en un suicidio masivo".

Según esta reconstrucción, todo habría comenzado el domingo por la mañana, cuando dos agentes de la CIA fueron superados mientras, solos, interrogaban a algunos prisioneros. El fallecido Michael Spann le preguntó a un talibán por qué había ido a Afganistán, y éste le respondió: "Estamos aquí para matarte". Luego le saltó encima. El norteamericano sacó su arma y disparó, detonando un baño de sangre que duraría tres días enteros.

Un nutrido grupo de soldados de la Alianza ingresó ayer para retomar el control en el patio sembrado de cadáveres, cuando ya no había riesgos a la vista. Fue como entrar a una fiesta macabra en la que, según el relato del Times, "uno lanzó una granada contra un talibán muerto. Y un combatiente, probablemente checheno, aún respiraba. Los soldados de la Alianza lo remataron a pedradas".

El asesor político del general Dostun, Ali Razin, dijo con simple satisfacción que "la situación está completamente bajo control. Todos están muertos".

Algunos miembros de Al-Qaeda, la red de Osama bin Laden, que habían logrado escapar fueron acribillados a pocos metros. Así, en los alrededores de la prisión se podía ver a tres paquistaníes desmembrados en una zanja, uno de ellos al parecer estrangulado. Un lugareño se acercó, tomó de la ropa uno de los cuerpos por el simple placer de patearlo, según relató la BBC.

Los delegados de la Cruz Roja revisaron los cuerpos uno por uno, para tratar de identificar a los que portaran algún tipo de documentación, antes de llevarlos a su destino final en una fosa común en las afueras de la ciudad.

Bajo la supervisión de la Cruz Roja, los cuerpos desmembrados de los prisioneros fueron sacados del patio de la prisión en camillas hasta un camión que los arrojaría en la fosa. El corresponsal de la BCC en el lugar no pudo evitar describir el olor picante en el interior del complejo, además de insistir en el desorden de cuerpos, algunos apiñados en un rincón, cuadro al que se le sumó la patética imagen de caballos muertos despedazados por los bombardeos y escombros humeantes.

Muchos de los edificios en los que los amotinados se habían ocultado terminaron arrasados, atrapando a los prisioneros entre los escombros, astillas de madera y trozos de yeso. Algunos sobrevivieron, como el caso de dos talibán no afganos que —al ser descubiertos por la Alianza— recibieron el tiro de gracia de una granada, siempre según los relatos de los medios en el lugar.

Desde un principio, la revuelta quedó marcada por el descontrol de vidas humanas desperdiciadas por error o deliberadamente. Cuando se organizó el contraataque aéreo contra los prisioneros, uno de los misiles norteamericanos perdió su curso y dio contra un grupo de soldados aliados de la Alianza, mató a cuatro e hirió a cinco efectivos estadounidenses.

El motín de Qala-i-Jangi resulta el primer embate (al que tiene acceso la prensa) que las fuerzas terrestres norteamericanas y británicas tienen que enfrentar cara a cara en Afganistán. A los mil marines de EE.UU., en el sur del país, les aguarda un desafío mayor: expulsar a miles de talibán en su propio feudo y sede central de Kandahar. Las probabilidades pueden prometer otro baño de sangre.