istoria Medieval Universal

Santiago MONTERO DÍAZ, Introducción al estudio de la Edad Media

CONCEPTO Y LÍMITES DE LA EDAD MEDIA.

El concepto y el término de Edad Media tienen su origen en los tratados de algunos humanistas italianos de la segunda mitad del siglo XV y del siglo XVI, y quedaron definitivamente consagrados en la historiografía europea con la escuela protestante alemana del siglo XVII y, muy en particular, merced a la obra de Cristóbal Keller o Cellarius, titulada Historia medii aevii a temporibus Constantini Magni ad Constantinopolim a Turcis captam, publicada en la ciudad alemana de Jena en 1688. Finalmente, fueron los pedagogos quienes a partir del siglo XVIII, y de forma mucho más significativa a lo largo de la centuria siguiente, y al compás de la introducción en los programas de enseñanza de una disciplina de historia general, impusieron de forma definitiva el concepto y el término de Edad Media, como resulta evidente en los manuales de Historia que se conservan de esa época. La Edad Media constituía el segundo período dentro del esquema de división tripartita de la Historia por entonces vigente, esquema que tenía su origen también en los humanistas italianos del siglo XV, y que estaba llamado a tener un gran éxito en el futuro.

1.    Periodización de la Historia. El esquema tripartito.

Pese a las dudas y a las reticencias que suscita, no cabe duda de que la práctica académica e investigadora obliga a una división de la Historia en períodos. Son muchos los historiadores que se han manifestado en este sentido: Châtelet considera que la periodización de la Historia surge de la necesidad que todo historiador tiene de manejar ciertas "categorías" que le permitan articular el objeto de sus investigaciones y exponer coherentemente sus resultados; Barraclough, por su parte, considera necesario descomponer el curso de la Historia en diversos períodos, y agrupar y clasificar en ellos los acontecimientos del pasado, con el fin de hacerlos inteligibles; Bauer señala la necesidad de acudir a la periodificación con el fin de "iluminar la oscura trama de los fenómenos históricos, de compendiar y ordenar la madeja de las relaciones históricas"; y para Ruiz de la Peña, por último, la periodización "es un concepto historiográfico fundamental que deriva de la esencia misma del suceder histórico y de su aprehensión por el historiador".

Por lo tanto, la periodización constituye una cuestión de fundamental importancia al tratar del concepto y de la metodología de la Historia. Como explican Lucien Fèbvre y Henri Berr, surge espontáneamente de la propia realidad histórica, ya que "no hay en el campo de la Historia un problema metodológico de mayor importancia que el de la periodización. No es meramente un problema exterior de arreglo y disposición por conveniencia, sino un problema básico capaz de recibir las más diversas soluciones". Para estos mismos autores, la estructuración del curso de la Historia en diversos períodos resulta absolutamente imprescindible para llegar a alcanzar una síntesis científica de los conocimientos históricos.

Consagrado el esquema de división tripartita de la Historia en el siglo XVII, desde la segunda mitad del siglo XIX surgieron las primeras críticas fundadas contra el mismo, dando origen a una viva polémica que perdura hasta nuestros días. Estas críticas provienen desde posiciones y escuelas historiográficas muy diversas, y obedecen a motivaciones también distintas. Si en unos casos derivan de la defensa de una concepción de la Historia como un "todo", en el que no cabría establecer períodos o compartimentos definidos, en otros casos las críticas van dirigidas contra el eurocentrismo que subyace en dicha división, alegando que no resulta válida ni para los pueblos eslavos, ni para el Islam, ni para las civilizaciones asiáticas, y que sólo de forma relativa podría ser considerada válida para una Historia Universal. En último término, como quiera que los períodos establecidos en el esquema de división tripartita de la Historia estaban fijados con arreglo a criterios únicamente de historia política, cuando, a raíz de su perfeccionamiento metodológico en los primeros decenios del siglo XX, la Historia amplió el campo de sus intereses -ya no limitados de forma exclusiva a los acontecimientos políticos-, diversos autores comenzaron también a cuestionar el tradicional esquema de periodización, alterando significativamente el comienzo y fin de los períodos, y hasta su carácter.

Las críticas se agudizaron a partir de mediados del siglo XX, en estrecha conexión con los progresos experimentados desde entonces por la investigación histórica. En la revisión del esquema de división tripartita de la Historia tuvo un papel fundamental la obra de Fernand Braudel, ya clásica en la historiografía del siglo XX, La Méditerranée et le monde méditerranéen à l'époque de Philippe II (París, 1966). En ella, Braudel mantiene un esquema de división de la Historia en tres grandes períodos, pero altera sustancialmente los espacios temporales, de forma que el segundo período o Edad Media, que en el esquema tradicional concluía a mediados del siglo XV, se extendería hasta el surgimiento de una edad capitalista o industrial, lo que no tendría lugar sino con las revoluciones burguesas del siglo XVIII. Este nuevo esquema fue asumido en buena medida por la Escuela Francesa de "Annales", de la que Braudel era ya por entonces uno de sus representantes más destacados; de este modo, si los historiadores de "Annales" admiten una división de la Historia en virtud de su utilidad académica, rechazan algunos de los límites periodológicos del tradicional esquema tripartito.

La historiografía marxista, por su parte, propuso otro modelo de división de la Historia que, como el de Braudel, es también ternario. Para los historiadores afectos al materialismo histórico el curso de la Historia se divide en tres grandes períodos, ligado cada uno de ellos a un determinado "modo de producción" -esclavista, feudal y capitalista-, lo que da lugar a tres diferentes "formaciones económico-sociales". La Edad Media quedaría englobada, así, en el segundo de los períodos -el correspondiente al "modo de producción" feudal-, que abarcaría desde las invasiones germánicas, que pusieron fin al Imperio Romano, hasta las revoluciones industrial y política del siglo XVIII, que dio paso a la modernidad capitalista, y que tuvo su precedente más inmediato en la revolución inglesa de mediados del siglo XVII.

En definitiva, uno y otro esquema, braudeliano y marxista, mantienen una división tripartita de la Historia, si bien alteran sustancialmente los hitos cronológicos admitidos hasta entonces.

Pero una vez señaladas de forma somera las revisiones más significativas que en los tiempos recientes se han hecho del tradicional esquema de división tripartita de la Historia, cabe plantearse, también de forma breve, qué valor y utilidad mantiene dicho esquema en el momento actual.

En primer lugar, es indudable que el esquema de división tripartita de la Historia goza aún de una indiscutible aceptación en la práctica docente e investigadora, si bien nadie defiende ya la existencia de cortes bruscos en el curso de la Historia; por el contrario, es comúnmente aceptado el criterio de introducir entre unos y otros grandes períodos históricos unas etapas intermedias que hacen las veces de lenta transición de unos a otros.

Del mismo modo, teniendo en cuenta la enorme amplitud de los campos temáticos de la Historia, resulta inevitable la existencia de periodizaciones especiales, tanto más necesarias cuanto más se reduzca el ámbito temático; en este sentido, no pueden ser idénticos los criterios de periodización utilizados, por ejemplo, por los historiadores de la economía que los utilizados por los historiadores del derecho y de las instituciones.

Por otra parte, no deben perderse de vista en ningún momento las limitaciones que para una concepción universalista de la Historia conlleva la utilización de un esquema de periodización establecido con criterios eminentemente eurocéntricos.

En cualquier caso hace ya bastantes decenios, y desde una posición eminentemente práctica, Lucien Fèbvre y Henri Berr coincidieron en señalar que no existía ninguna necesidad de modificar viejos conceptos que, como los de Antigüedad, Edad Media y Tiempos Modernos, estaban todavía en uso, y que debido a su utilización durante largo tiempo en los estudios y en los programas de Historia habían adquirido un indiscutible valor práctico. Por otra parte, el tradicional esquema tripartito es también aplicable al mundo extraeuropeo, siempre y cuando al estudiar universalmente la historia de pueblos no europeos se tenga en cuenta la distinta significación que dos hechos simultáneos pueden tener en distintas civilizaciones.

En definitiva, y siguiendo a Vercauteren, cabe afirmar que el tradicional esquema de división tripartita de la Historia conserva en la actualidad toda su vigencia, al menos por cuanto se refiere al ámbito cultural del Occidente europeo. En este mismo sentido se expresa Juan José Carreras cuando dice que "las modernas categorías historiográficas han alumbrado nuevos niveles, salvando cesuras que se creían insuperables. Pero en el nuevo universo histórico los términos antiguo, medieval y moderno siguen conservando su valor referente. En cierto sentido, aunque no en el suyo, tendría razón Croce cuando afirmaba que la división en tres edades es constitutiva de la historia europea".

2.    La periodización de la Historia Medieval.

Como señala E. Perroy en el capítulo introductorio al tercer volumen de la Historia General de las Civilizaciones, dedicado a la Edad Media, es éste uno de los períodos históricos que cuenta con unos límites temporales mejor definidos1. En términos relativos, cabe señalar que la Edad Media es el período que se extiende entre el final del Mundo Antiguo y el Renacimiento. Sin embargo, por lo que respecta a su cronología absoluta no existe unanimidad de criterio en los historiadores al valorar los acontecimientos que marcarían el paso de una época a otra. En realidad, cualquier hito que se señale es criticable, por mucho fundamento que tenga.

Desde los humanistas italianos de los siglos XV y XVI, los límites temporales de la Edad Media se fijaron en el fin del Imperio Romano de Occidente, el inicial, y en la caída de Constantinopla en poder de los turcos otomanos, el final; en definitiva, los límites de la Edad Media coincidirían, a grandes rasgos, con la existencia del Imperio de Bizancio. Con posterioridad, la escuela historiográfica alemana del siglo XVII mantuvo estos criterios cronológicos, de forma que Cristóbal Keller, quien centraba la Historia alrededor del Imperio Romano, en su Historia medii aevii a temporibus Constantini Magni ad Constantinopolim a Turcis captam (1688), fijó el límite inicial de la Edad Media en la división del Imperio por Constantino, y el final en la conquista de Constantinopla por los turcos.

La historiografía política posterior a Keller aceptó sin mayores reservas el límite final de la Edad Media, pero no el inicial que fijó en las invasiones germánicas, al considerarlas la auténtica causa de la ruptura con el Mundo Antiguo y el origen de los reinos germánicos que darían lugar a la mayor parte de las naciones europeas; la fecha que tuvo más éxito fue la del 476, cuando el caudillo de los hérulos Odoacro depuso al último de los emperadores romanos, Rómulo Augústulo, y envió las insignias imperiales a Oriente en señal de sumisión. Pese a que más tarde algunos historiadores negaran la existencia de una ruptura entre el Mundo Antiguo y el posterior a las invasiones germánicas, defendiendo la existencia de una continuidad entre la civilización romana del Bajo Imperio y la del Occidente europeo de los siglos V y VI y negando, en consecuencia, la teoría catastrofista, ello no les llevó a alterar el límite inicial de la Edad Media, que seguían fijando en las invasiones germánicas al considerarlas el inicio de las naciones europeas actuales.

En los primeros decenios del siglo XX el historiador belga Henri Pirenne comenzó a dar cuerpo a una nueva teoría en relación con el inicio de la Edad Media, que quedó plasmada en su obra póstuma Mahomet et Charlemagne (Bruselas, 1937), y que supone una reelaboración de la teoría catastrofista. Para Pirenne, el inicio de la Edad Media habría de fijarse a fines del siglo VII (entre la toma de Damasco por el califa Omar, en el 635, y la derrota de los musulmanes en la batalla de Poitiers a manos de los francos, en el 732), coincidiendo con la expansión musulmana por el Mediterráneo; según la tesis de Pirenne, en el momento en el que el Islam se apodera del norte de África, se produce una profunda fractura en la hasta entonces unitaria economía de las tierras que habían formado parte del Imperio Romano y desaparece el tráfico mercantil en el Mediterráneo, lo que dio lugar a una transformación definitiva en la organización económica del Mundo Antiguo. Frente a las razones políticas y culturales, que hasta entonces habían primado en la fijación del comienzo de la Edad Media, Pirenne, interesado de forma muy particular en el estudio del comercio y de la circulación monetaria, hace hincapié en causas económicas, lo que no es sino una consecuencia más del auge que por entonces estaba cobrando la historia económica.

La tesis de Pirenne ha sido objeto de un amplio debate historiográfico, si bien tanto los que la defienden como los que la critican coinciden en señalar como acertada la descripción que el historiador belga hace de la Europa de fines del siglo VII y de comienzos del VIII: ruralización de la sociedad como consecuencia de la huida de la población de las ciudades al campo, lo que da lugar a la desaparición de artesanos y mercaderes, y enrarecimiento del comercio. Pero si no existen discrepancias en relación con esta descripción de la Europa de fines del siglo VII, la cuestión de fondo consiste en determinar si estas circunstancias son una prolongación de un fenómeno que ya se daba en la Antigüedad tardía o si, por el contrario, surgen de forma brusca en el momento señalado por Pirenne; la cuestión no es nimia, ya que dichas circunstancias son, en definitiva, las que establecen la separación entre la Antigüedad y la Edad Media. En el momento actual la mayor parte de los medievalistas se decantan por la existencia de una continuidad entre el Mundo Antiguo y el Medievo, tanto en lo que respecta a la economía y la sociedad como en lo que atañe al derecho, a la cultura y a la espiritualidad; por lo tanto, se niega que tuviera lugar una ruptura brusca entre una y otra etapas históricas, y se insiste en que las características que Pirenne señalaba para la sociedad europea del siglo VIII ya pueden observarse, si bien atenuadas, en el Bajo Imperio Romano.

La negación de la existencia de rupturas bruscas entre unos y otros períodos históricos - criterio aceptado hoy en día de forma unánime entre los historiadores de las más diversas tendencias-, convierte en intento vano la fijación en un momento concreto y determinado de sus términos inicial y final; por el contrario, nadie pone en duda que los comienzos y los finales de las distintas etapas históricas consisten en unos períodos de transición, más o menos extensos. En este sentido, ningún inconveniente habría en aceptar que la Edad Media, propiamente dicha, tiene su inicio en el siglo VIII, que es el momento en el que los cambios señalados por Pirenne para la economía y la sociedad europeas son ya perfectamente nítidos, aun cuando no debe perderse de vista que desde el siglo IV se observan ya manifestaciones evidentes de esa nueva realidad. En definitiva, cabría hablar de un período de transición entre la Antigüedad y el Medievo, al que se ha definido de muy diversas formas: Antigüedad Tardía, Post Antigüedad, Primera Edad Media, Muy Alta Edad Media, etc. La historiografía marxista se ha referido también a esta cuestión, denominando a este período intermedio entre la Antigüedad y el Medievo como la transición del esclavismo al feudalismo, señalando como rasgos dominantes del mismo el predominio de la aristocracia como nuevo grupo dirigente, y la difusión de los vínculos de dependencia como sistema de articulación social.

Los problemas son muy similares por lo que respecta al término final de la Edad Media. Así, la referencia más común a la hora de marcar el fin del Medievo es el año 1453, cuando el sultán turco Mahomet II conquistó Constantinopla. Pero otros autores, utilizando criterios diferentes a los de la historia política destacan otros diferentes acontecimientos: la invención de la imprenta por Gutenberg, en 1455; el descubrimiento de América, en 1492; o la publicación en Wittenberg de las 95 tesis de Martín Lutero, en 1517. En cualquier caso, y pese a la enorme relevancia de todos estos acontecimientos, se trata de fechas aleatorias, y que son destacadas por los distintos autores en función de sus respectivos campos de interés. Así, si para quienes se interesan por la historia política la Edad Media concluiría con la constitución del estado nacional con las características propias que manifiesta en la Modernidad, los historiadores de la economía prestan más atención al resurgimiento del gran comercio internacional, los de la religión a la crisis de la Cristiandad occidental, y los de la cultura a la génesis del humanismo italiano; realidades todas ellas que tienen lugar a lo largo de los siglos XIV y XV, centurias estas que constituirían una especie de etapa de acomodo de las realidades medievales a la Modernidad. Porque tampoco en este caso parece razonable aceptar la existencia de un corte brusco o de una fractura violenta entre la Edad Media y la Modernidad, imponiéndose también la idea de una etapa de transición, que algunos autores llevan hasta el siglo XVI, hasta que se produce la ruptura de Europa entre Catolicismo y Protestantismo, o hasta el momento en el que tiene lugar el afianzamiento de las relaciones mercantiles entre Europa y América. Para la historiografía marxista este período de tránsito vendría marcado por la transición del feudalismo al capitalismo, como planteó hace ya varios decenios M. Dobb; la Edad Media se prolongaría hasta las revoluciones burguesas del siglo XVIII, con su precedente en la revolución inglesa de mediados del siglo XVII, que supondrían el fin del "modo de producción" feudal y su sustitución por el "modo de producción" capitalista. También Fernand Braudel propuso retrasar el fin de la Edad Media hasta las revoluciones burguesas del siglo XVIII, aunque desde unos presupuestos diferentes a los del materialismo histórico. La cuestión fue tratada más recientemente en el llamado Debate Brenner, ofreciendo una perspectiva innovadora. Otros autores, por el contrario, proponen adelantar el fin del Medievo en dos siglos con respecto a las fechas tradicionalmente aceptadas, de forma que consideran los siglos XIV y XV como una "Modernidad temprana" o un "Alto Renacimiento".

No obstante, y pese a las críticas que suscita, lo habitual es que, a efectos académicos, el límite final de la Edad Media se fije en la segunda mitad del siglo XV, lo que es aceptado por la mayor parte de los historiadores. Quizá lo más acertado sea admitir la existencia de una etapa de transición entre la Edad Media y la Modernidad, que se extendería entre mediados del siglo XV y mediados del XVI.

Aceptado este marco cronológico general, la Edad Media se extendería desde el siglo V hasta la segunda mitad del siglo XV, es decir a lo largo de más de mil años de historia. Se trata, por lo tanto, de un período extensísimo de tiempo que, de ninguna manera, constituye una unidad en la que todo permaneciera inalterable; así, pues, se han establecido ciertas periodizaciones internas, en las que se manifiestan las alteraciones que surgieron con el paso de los siglos. En general, la historiografía medievalista señala la existencia de tres grandes períodos dentro de la Edad Media: la Alta Edad Media, entre los siglos V y X; la Plena Edad Media o Edad Media Clásica, entre los siglos XI y XIII; y la Baja Edad Media, que se desarrollaría a lo largo de los siglos XIV y XV.

Pese a que esta periodización interna del Medievo es también discutible, no cabe duda de que permite la construcción de un discurso histórico coherente sobre los tiempos medievales, ya que se acomoda bien a los criterios que de forma habitual utilizan los historiadores para analizar el pasado.

3.    Periodización interna y caracterización del Medievo.

En este apartado se analizan las características generales de los distintos períodos en los que se estructura la Edad Media.

La Alta Edad Media consiste en el período más extenso cronológicamente, y es habitual su subdivisión en dos períodos definidos, que corresponderían a la Antigüedad Tardía o Temprana Edad Media y a la Alta Edad Media propiamente dicha. Siguiendo el criterio comúnmente admitido en la actual historiografía medievalista, que niega la antigua idea de una ruptura brusca entre la Antigüedad y el Medievo como consecuencia de las invasiones germánicas y que, por el contrario, afirma la existencia de un período de lento tránsito entre una y otra edades históricas, el término inicial o a quo de la Edad Media debe situarse en un período que iría desde fines del siglo III a fines del siglo V, coincidiendo con el proceso de crisis política del Imperio Romano. Teniendo en cuenta que en este proceso de crisis intervienen no sólo factores de índole política, sino también de naturaleza económica, social y cultural, todas las escuelas historiográficas coinciden en el momento actual en señalar a este período de dos siglos como el punto de arranque de la Edad Media.

Así, en tanto que para la historiografía marxista la crisis del Imperio Romano supone también la crisis del "modo de producción" esclavista y su sustitución por el "modo de producción" feudal, para un numeroso grupo de historiadores no afectos al materialismo histórico la civilización medieval se iniciaría en el momento en el que entran en contacto Roma, los pueblos germánicos y el cristianismo, que serían los elementos auténticamente protagonistas del primer Medievo europeo.

En definitiva, con la crisis del Imperio Romano se iniciaría un período de tránsito entre la Antigüedad y el Medievo, que se extendería a lo largo de los siglos V al VII. A lo largo de este período se asiste al paulatino declive del Imperio Romano, a la invasión de la parte occidental del Imperio por los pueblos germánicos, con el consiguiente reparto territorial, y a la lenta individualización de los protagonistas de este reparto. Con la progresiva fusión de los elementos romano y germano surgió una nueva sociedad, que puso las bases de la nueva civilización europea; es, en definitiva, una época de cambios y de reajustes, que se manifiestan en las importantes transformaciones sociales y económicas que tuvieron lugar tras la llegada de los invasores germanos, y en las nuevas formas político-jurídicas que surgieron en los reinos formados tras la desaparición del Imperio de Occidente. Al mismo tiempo, la Iglesia cristiana comenzó a ejercer un papel cada vez más importante en la dirección de la sociedad, en particular tras la conversión al cristianismo (o al catolicismo en el caso de los visigodos arrianos) de los príncipes de los reinos más importantes. En último término, es también un período marcado por el retroceso de la cultura laica, de forma que la producción intelectual se convierte en patrimonio eclesiástico.

Simultáneamente, el fracaso de los intentos de reconstrucción unitaria del Imperio protagonizados por los emperadores bizantinos, y el proceso de occidentalización de la Iglesia, dieron lugar a un paulatino, pero irreversible, proceso de distanciamiento entre Bizancio y Occidente.

El segundo período dentro de la Alta Edad Media lo constituyen los siglos VII a X. Es ahora cuando tiene lugar el segundo y definitivo reparto del Mediterráneo, como consecuencia de la irrupción en la Historia de un nuevo protagonista, el Islam, que desde la península Arábiga se extendió territorialmente, en un muy breve espacio de tiempo, por el Próximo Oriente, el Asia central, norte de África y la península Ibérica en los siglos VII y VIII; posteriormente, desde comienzos del siglo X se asiste a la fragmentación del mundo islámico, lo que obedece tanto a sus enormes dimensiones geográficas como a su incapacidad para dar un contenido homogéneo a las tierras dominadas, lo que conllevó su particularización y la paulatina pérdida de fuerza en el Mediterráneo. El nacimiento de la civilización islámica tuvo una enorme importancia en las más diversas facetas social, económica, religiosa y cultural.

La reacción frente al peligro islámico dio lugar, a su vez, a la aparición de nuevas formaciones políticas, que tenían como finalidad principal la concentración del poder: son la dinastía Isáurica en Bizancio (717-802), y el Imperio Carolingio en Occidente (coronación imperial de Carlomagno en la Navidad del año 800). Ya se ha hecho referencia más arriba a la tesis formulada por Henri Pirenne en el sentido de que fueron los musulmanes, y no las invasiones germánicas, quienes provocaron la ruptura de la unidad del mundo mediterráneo, y con ello el fin de la Antigüedad; según el gran historiador belga, al ocupar en el siglo VII la costa meridional mediterránea, los musulmanes obligaron al mundo cristiano occidental a orientarse hacia el norte, imponiendo a la civilización europea el carácter eminentemente continental que en adelante la caracterizará, frente a la tradicional proyección mediterránea y marítima de la Antigüedad.

El período que se extiende entre los siglos VIII al X (desde el siglo VII para el Próximo Oriente) es, así pues, el que se ha denominado, propiamente, Alta Edad Media. En una conocida síntesis acerca de la Historia Antigua y Medieval Universal, el profesor Suárez Fernández dio a esta etapa histórica el significativo título de "Los grandes Imperios", teniendo en cuenta que a fines del siglo VIII aparecen ya definitivamente configuradas las tres grandes unidades políticas que caracterizan a la Alta Edad Media: el Califato abasí musulmán, el Imperio bizantino y el Imperio carolingio. A lo largo de estas centurias, el impacto de la expansión musulmana, en primera instancia, y las llamadas "segundas invasiones", más tarde, provocaron sucesivos repliegues del mundo europeo, cuyo centro de gravedad se desplazó, como indicaba más arriba, desde el Mediterráneo hacia el interior del continente. Frente a las presiones externas y a la amenaza de disgregación interna surgieron dos grandes formaciones políticas de tendencia universalista: los Imperios carolingio y otónida.

Sin embargo, el Imperio carolingio se desintegró muy pronto, lo que obedece tanto a causas internas -la concepción patrimonialista del reino, que llevó a la división de las tierras del Imperio (tratado de Verdún, 843)- como externas -son las llamadas "segundas invasiones", protagonizadas por pueblos nórdicos (vikingos) y centro-orientales (magiares)-, que dieron lugar a cambios en la configuración política europea.

El mundo bizantino, por su parte, tras conocer un proceso de diversificación interna como consecuencia de la incorporación de los pueblos eslavos a su ámbito cultural, conoció entre mediados de los siglos X y XI, con la dinastía Macedónica (867-1056), una segunda "edad de Oro". Simultáneamente comenzaron a manifestarse profundas desavenencias entre las Iglesias de Oriente y Occidente, que provocarían la definitiva escisión de las Cristiandades latina y griega a mediados del siglo XI.

Es también en este período cuando se desarrolla el sistema feudal -en sus diversas dimensiones social, económica, institucional o política-, que constituirá uno de los elementos auténticamente configuradores de la civilización medieval europea.

Desde el punto de vista político, se comprueba la pervivencia de las estructuras de poder del Imperio Romano, que tuvieron una continuidad prácticamente directa en cuanto a las monarquías germánicas, y unos rasgos ya más evolucionados en el caso del Imperio carolingio.

Por lo que respecta a la economía, este período se caracteriza por una marcada debilidad; a la crisis y la regresión consiguiente de la época de las invasiones, siguió una fase de estancamiento que sólo comenzó a ser superada muy lentamente desde comienzos del siglo IX. La agricultura continuó siendo la principal fuente de actividad del hombre altomedieval, seguida muy de lejos por las actividades artesanales y mercantiles. A lo largo de este período toda la actividad económica aparece enmarcada en el señorío, y se orienta de forma casi absoluta a la autosubsistencia.

El papel desempeñado por la Iglesia en este momento merece una atención especial, tanto en lo que respecta a las relaciones entre el Pontificado y los poderes temporales, como a la expansión del cristianismo hacia el norte y este de Europa.

Por último, las manifestaciones culturales dan muestra de una voluntad de perpetuación del clasicismo, si bien los signos de desgaste resultan evidentes. Con el epígono de la cultura clásica convive una incipiente cultura prerrománica, ambas protagonizadas por eclesiásticos, siendo de destacar el primer intento de relanzamiento cultural que constituye el llamado "Renacimiento carolingio".

Desde mediados del siglo X se vislumbran algunos indicios que anuncian el comienzo de una nueva fase en la historia del Occidente cristiano, fase en la que tendrá lugar el auténtico nacimiento de Europa. Este nuevo período que apunta es el conocido como Plena Edad Media o Edad Media Clásica.

El nombre de "Plena Edad Media" con que se conoce al período comprendido entre los siglos XI al XIII quiere señalar, ante todo, que la mayor parte de los conceptos, de las imágenes y de los tópicos que se han formado sobre la sociedad, la cultura o el espíritu de la Edad Media surgieron a partir de realidades propias de este período. Es entonces cuando se consolidaron las incipientes naciones europeas, y cuando el equilibrio entre las tres grandes áreas de civilización, bizantina, islámica y occidental, se rompió definitivamente en beneficio de esta última. En tanto que Bizancio y el Islam quedaron estancados, o incluso entraron en una fase de repliegue, Europa conoció un extraordinario proceso de expansión, que se manifiestó tanto en el plano político y militar como en el económico, social o cultural.

Desde el punto de vista político, la Plena Edad Media viene marcada por el enfrentamiento entre el Pontificado y el Imperio por el dominium mundi, es decir por la supremacía universal. Surgen también ahora las llamadas monarquías feudales, nueva forma de articular el poder político siguiendo el ejemplo de la Francia de los Capeto y de la Inglaterra de los Anjou; son la primera manifestación de unas monarquías auténticamente nacionales, en las que se reglamenta la participación política de los tres órdenes o estamentos sociales -nobleza, clero y representantes de las ciudades- a través de las Cortes o Parlamentos.

En la península Ibérica los siglos de la Plenitud medieval fueron también decisivos, ya que en ellos los reinos cristianos tomaron definitivamente la iniciativa en sus relaciones con al-Andalus, pese a los intentos de reacción protagonizados por almorávides y almohades. A mediados del siglo XIII, y tras los grandes avances de Fernando III y Jaime I, el Islam español quedó prácticamente reducido al reino nazarí de Granada.

En la Europa centro-oriental se asiste a la paulatina consolidación de diversas nacionalidades, entre las que sobresalen las de búlgaros, polacos y bohemios, el reino de Hungría y los principados rusos de Novgorod y Kiev.

Por otra parte, el siglo XI conoció la consolidación del llamado "feudalismo clásico", como resultado del desarrollo de las instituciones feudo-vasalláticas surgidas en época carolingia; este sistema mantuvo toda su vigencia hasta el triunfo de unas nuevas concepciones jurídico-públicas, que permitirían el afianzamiento del autoritarismo monárquico.

En el terreno económico, la Plena Edad Media se caracteriza por un crecimiento generalizado en los más diversos órdenes, propiciado por una considerable expansión demográfica, hasta alcanzar la plenitud en el siglo XIII. Si la agricultura experimentó un considerable desarrollo, como consecuencia de la aplicación de nuevas y renovadoras técnicas de cultivo, así como por el perfeccionamiento del utillaje agrícola, el fin de los peligros exteriores y el relativo afianzamiento de la situación interior posibilitaron a partir del siglo XI una reactivación del comercio, lo que posibilitó que Europa comenzara a salir lentamente de la autarquía que había caracterizado su economía a lo largo de la Alta Edad Media. Este fenómeno estuvo ligado a transformaciones de fondo, como son el renacimiento de la vida urbana y el surgimiento de un nuevo grupo social, la burguesía, lo que supuso la ruptura del viejo orden trinitario –oratores (clérigos), bellatores (guerreros) y laboratores (campesinos)- según el que, idealmente, se organizaba la sociedad medieval hasta ese momento.

La Plena Edad Media es también la época de auténtico esplendor de la Iglesia y del Pontificado, y cuando se produce la reforma monástica protagonizada por Cluny y el Císter, que revitalizó la vida eclesiástica y la espiritualidad del Occidente europeo. El impulso de la Cristiandad en estos siglos tiene también una de sus más patentes manifestaciones en el fenómeno de las Cruzadas.

En el terreno cultural, tuvo lugar entonces una nueva eclosión, cuya manifestación más palpable es el llamado "Renacimiento del siglo XII". Por otra parte, de las escuelas catedralicias derivaron las Universidades –creación propiamente medieval, en íntima relación con el movimiento corporativo-, en las que la transmisión del conocimiento se sustentó en la escolástica. El progresivo desarrollo de una cultura urbana, una de las consecuencias del renacimiento de las ciudades, abrió nuevas posibilidades a la creación cultural. Desde el punto de vista del arte, el románico y el gótico son dos magníficas expresiones de una estética que fija su objetivo en la alabanza a Dios.

En definitiva, la Plena Edad Media se caracteriza por una expansión europea en los más diversos planos, que alcanzó sus cotas más elevadas en los siglos XII y XIII, y en cuya base se encuentra, entre otros diversos factores, el considerable crecimiento demográfico que conoció el Occidente europeo entre comienzos del siglo XI y mediados del XIV.

En el mundo islámico, la "época de los tres Califatos" (abasí de Bagdad, fatimí de Egipto y omeya de Córdoba) está marcada por la fragmentación política y por el empuje que sobre el

Próximo Oriente comenzaron a ejercer diversos pueblos centroasiáticos -turcos seldyúcidas y mongoles-, que estaban llamados a desempeñar en el futuro un papel histórico de primera importancia.

Bizancio, por su parte, debió hacer frente a las continuas amenazas de que era objeto por parte de varegos (vikingos suecos), turcos y cruzados, manifestándose como insuficientes los esfuerzos protagonizados por los Comneno, que dirigieron los destinos del Imperio entre 1081 y 1185.

Finalmente, el tercer gran período corresponde a la Baja Edad Media. Frente al equilibrio y al desarrollo generalizado que caracteriza la etapa anterior, la Baja Edad Media es considerada como la época de crisis de la sociedad medieval en sus más variados aspectos -demográfico, social, económico, político, cultural y espiritual-, por lo que no es extraño que para referirise a los dos siglos finales del Medievo se utilicen con frecuencia expresiones tales como "los tiempos difíciles" o "los siglos críticos"; es una crisis profunda que pone fin a la expansión anterior.

Los primeros síntomas de la crisis bajomedieval se dejan sentir ya en los últimos decenios del siglo XIII, agudizándose a partir de mediados de la siguiente centuria. La crisis demográfica, consecuencia de la acción combinada de las hambres, las pestes y las guerras, dio lugar a los primeros desajustes económicos, que se manifiestan en el retroceso de los cultivos y en el abandono de campos, aldeas y villas. A ello vino a unirse la situación de conflictividad bélica y social, la ruptura de las estructuras políticas y el cambio de mentalidad en la sociedad. No obstante, esta crisis generalizada presenta importantes diferencias regionales, por lo que su auténtico alcance es, todavía hoy, objeto de debate entre los especialistas.

Por lo que respecta a la política, concluido el enfrentamiento entre el Pontificado y el Imperio por la supremacía universal, las monarquías nacionales tienden a la configuración de un poder soberano y de unas administraciones centrales más desarrolladas, sentando el precedente de los estados modernos autoritarios.

Francia e Inglaterra salieron fortalecidas en sus instituciones de gobierno central de la Guerra de los Cien Años (13 39-1453), que marca en buena medida la historia político-militar de la Europa occidental en la Baja Edad Media; algo parecido sucede con España, en particular tras la unión de las coronas de Castilla y Aragón con ocasión del matrimonio de los Reyes Católicos (1469). Estas tres naciones se convirtieron a lo largo del siglo XV en los tres poderosos estados que protagonizarían la vida política de la Europa Moderna. En el Imperio se consolidó la casa de Habsburgo, también llamada a desempeñar un destacado protagonismo en la Modernidad, en tanto que en la Italia del norte se configuraron las ciudades-estado renacentistas.

Desde el punto de vista social, la Baja Edad Media está marcada por la crisis del feudalismo, si bien el régimen señorial se perpetuó hasta el siglo XVIII. En tanto que en la Europa occidental la situación evolucionó hacia una progresiva libertad en los regímenes de servidumbre, en la Europa oriental se produjo el fenómeno contrario, dando lugar a una segunda servidumbre que se prolongaría hasta los tiempos modernos. Al mismo tiempo, la mayor abundancia de documentación disponible para los siglos medievales, en relación con los tiempos pasados, permite un conocimiento más exacto acerca de las realidades sociales más próximas al individuo, como la familia, las distintas etapas del ciclo de la vida, o las múltiples facetas de la vida cotidiana.

A lo largo del siglo XV, en particular desde mediados de esta centuria, se asiste a la recuperación de la civilización europea, de forma que la economía del Alto Renacimiento conoció el desarrollo de la banca y de otras diversas técnicas financieras, que constituyen el germen de la economía capitalista, así como un considerable incremento de las actividades profesionales e industriales urbanas y la apertura de nuevas rutas comerciales. En definitiva la vida urbana, en sus múltiples manifestaciones, ostentó el auténtico protagonismo de la historia europea de fines de la Edad Media.

En el terreno cultural, aunque la Iglesia conservó un papel importante a lo largo de toda la Edad Media, el desarrollo del mundo ciudadano y el impulso dado por los príncipes en sus cortes a las distintas manifestaciones culturales dieron lugar a una paulatina secularización de la cultura, que constituye el fundamento de la cultura humanística. Simultáneamente las lenguas nacionales, después de ser reconocidas por las cancillerías regias como lenguas oficiales, comenzaron a competir con el latín como lenguas de cultura.

Por último, en cuanto a la religiosidad, tiene lugar en los Países Bajos y en otras áreas de la Europa central el desarrollo de unas nuevas manifestaciones de expresión religiosa y mística, más individual e intimista que, en cierto modo, anuncian ya la Reforma; es lo que se conoce como la devotio moderna.

En definitiva, en los siglos XIV y XV se asiste al surgimiento de un mundo diferente al de época plenomedieval, y en el que en muchas de sus manifestaciones pueden encontarse ya los gérmenes del mundo moderno. Por lo tanto, la Baja Edad Media se configura para el Occidente europeo como un período de transición a la Modernidad.

Entre tanto, en el mundo islámico desaparecían de forma definitiva los últimos restos del poder abasí, reducido en su etapa final a Egipto, al tiempo que se afirmaba con fuerza inusitada el Imperio Otomano que, tras poner fin al Imperio Bizantino con la toma de Constantinopla en 1453, daría inicio a una nueva época en el Mediterráneo oriental y constituiría una seria amenaza para Europa a lo largo del siglo XVI.

Ya se ha hecho referencia anteriormente a la cuestión del término final de la Edad Media y a las diferentes opiniones al respecto. La conclusión de la Edad Media puede situarse en torno al año 1500, momento en el que, en líneas generales, ha tenido ya lugar en el Occidente europeo un cambio de mentalidad y una renovación en las formas y géneros de vida. En cualquier caso, lo más acertado parece, sin duda, no desquiciar un problema cuya solución más apropiada consiste en la confluencia de medievalistas y modernistas en el estudio de una etapa histórica que interesa a unos y a otros. En este sentido, diversos autores han planteado el estudio unitario del período cronológico que se extiende entre los siglos XIV y XVI.

4.    El marco espacial.

Anteriormente se hacía referencia a que la periodificación de la Edad Media se ha hecho, con frecuencia, desde una perspectiva eurocéntrica, lo que, en principio, la privaría de una validez universal. Sin embargo, el concepto y el término de "Edad Media" son también aplicables a los mundos bizantino e islámico: al mundo bizantino porque si, como se señalaba en otro lugar, la Edad Media es el resultado de la fusión de los elementos romano, germano y cristiano, no es razonable excluir a Bizancio del mundo europeo; y al mundo islámico porque a lo largo de toda la Edad Media el Islam estuvo en contacto permanente con Occidente y con Bizancio. El mayor problema se plantea en relación con las civilizaciones del Extremo Oriente y del África subsahariana, ya que los contactos de Europa con estas culturas fueron muy escasos durante todo el Medievo. Pese a todo, también estas civilizaciones pueden participar, en cierto modo, del concepto de "Edad Media", si bien no perdiendo en ningún momento la perspectiva de su especificidad histórica, lo que implicaría disponer de una periodificación propia. En este sentido, el profesor Montero Díaz señaló hace ya unos decenios que el comienzo y el fin de la Edad Media en Occidente coincide, a grandes rasgos, con los de los otros grandes espacios de la geografía universal, pese a que el significado de Medievo sea muy diferente para una y otras áreas.

Por lo que se refiere a Occidente, es preciso delimitar los distintos espacios geográficos que lo integran, con el fin de facilitar el estudio de su pasado histórico sin renunciar a una visión de conjunto de Europa. A este fin, deben ser tenidas en cuenta las diferentes regiones naturales, así como las numerosas unidades del paisaje que conforman el continente europeo: a grandes rasgos, las penínsulas mediterráneas (Ibérica, Itálica y Balcánica), el arco alpino y las cadenas montañosas adheridas a él (Pirineos, Balcanes), la gran llanura central europea con su prolongación en las islas Británicas, y Escandinavia.

El historiador ha de interesarse por la acción humana sobre estos grandes espacios geográficos a lo largo de la Historia, lo que tiene su expresión tanto en las manifestaciones culturales y artísticas, como en el desarrollo político, económico y social. Como es normal, el mapa político de Europa conoció grandes alteraciones a lo largo de los diez siglos que comprende la historia medieval, desde el fin del Imperio Romano, cuando el limes (frontera) del Rhin y del Danubio separaba a Roma de los pueblos bárbaros, hasta la Europa del siglo XV, cuando el continente aparecía dividido en multitud de reinos y pequeños principados territoriales.

Dentro de Europa hay que distinguir, en primer lugar, un gran bloque constituido por las tierras occidentales, donde sobresalen los reinos de Francia e Inglaterra, con una serie de reinos menores y principados en torno a ellos, como el ducado de Borgoña, el condado de Flandes o el reino de Escocia; la península Ibérica constituiría un espacio estrechamente relacionado con los restantes territorios de la Europa occidental, si bien con matices diferenciadores propios de una región marginal, que deben ser tenidos en cuenta. Otro gran conjunto territorial es el formado por la Alemania imperial y por Italia, cuya historia marchó paralela a lo largo de buena parte de la Edad Media. Y un tercer ámbito es el que comprende el mundo escandinavo y las tierras situadas al este del río Elba con su prolongación en la civilización eslava; para la historiografía alemana de carácter nacional, estas tierras serían una especie de área de expansión de los grandes ducados alemanes que, con frecuencia, actuaron de forma independiente con arreglo a las directrices políticas del Imperio.

Por lo que respecta a Bizancio y el Islam, se trata de las referencias más próximas de Europa con Oriente. A la hora de estudiar las civilizaciones bizantina e islámica, el medievalista puede optar por analizarlas como fenómenos históricos en sí mismas o, por el contrario, por hacerlo en sus relaciones con Occidente. Pese a la falta de coincidencia en los ritmos históricos internos, lo que da lugar a diferentes periodizaciones, lo más acertado parece abordar el estudio de los mundos bizantino e islámico de forma simultánea e interrelacionada con la historia europea; en cualquier caso, es indudable que a medida que avanza la Edad Media, y coincidiendo con la progresiva decadencia bizantina y con el proceso de orientalización del Islam, su peso en el devenir de la historia de Occidente fue cada vez menor.

Bizancio se presenta a los ojos del historiador como una civilización puente entre Oriente y Occidente que, con frecuencia, ha sido considerada como una pervivencia medieval del antiguo