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Historia Medieval Universal
LA DESMITIFACIÓN DE LA EDAD
MEDIA
Julio Valdeón Baruque
"La
invención de la Edad Media" es el título de un libro publicado hace unos
años por el conocido historiador francés Jacques Heers. En
efecto, la Edad Media, no nos engañemos, es un concepto
elaborado por los seres humanos y utilizado para referirnos a un determinado
período del pasado de la humanidad. Ni que decir tiene que las gentes que vivieron en lo que denominamos hoy en día Edad
Media se quedarían enormemente sorprendidas al oír hablar de ese
concepto, que para ellas, por supuesto, nada les decía.
1.
DEL HUMANISMO A LA ILUSTRACIÓN.
UNA IMAGEN NEGATIVA DE LA EDAD MEDIA
Los primeros que comenzaron
a hablar de Edad Media, o más concretamente de expresiones como "media aetas" o "medium aevum",
fueron los humanistas italianos de las últimas
décadas del siglo XV. En concreto el primero que aludió al término Edad Media fue el obispo de Alesia, Gionanni Andrea dei
Bussi, el cual, en una carta fechada en el año 1469, hablaba de
"sed mediae tempestatis tum veteris, tum recentiores usque ad nostra
tempora". Con esa expresión se refería dicho prelado a una etapa situada
entre dos momentos brillantes de la
historia de la humanidad, los tiempos clásicos, por una parte, y la fase que los humanistas italianos estaban
protagonizando, por otra, en la cual se buscaba el retorno al cultivo de
las lenguas clásicas y, en general, de todos los valores propios de aquellos
lejanos tiempos. Esa etapa de la historia de la humanidad, o cuando menos de
Europa y de su entorno, que abarcaba más de un milenio, pues se extendía entre
las últimas fases del Imperio Romano y los años medios de la decimoquinta
centuria, se caracterizaba, según los
citados humanistas, por el brutal retroceso experimentado, sobre todo desde
el punto de vista de las manifestaciones culturales. Los tiempos medios eran,
por lo tanto, una fase rotundamente negativa
de la historia de la humanidad, pues en ellos habían predominado, como notas distintivas, la
ignorancia y la barbarie. Así pues, la génesis del concepto de Edad
Media iba acompañada de rasgos claramente nefastos.
Poco
tiempo después, en las primeras décadas del siglo XVI, se sumó otro componente negativo a la
visión que se había forjado del Medievo. En esta ocasión la crítica a los
tiempos medievales procedía del ámbito religioso, y en concreto de los
reformadores protestantes, los cuales reivindicaban el retorno al cristianismo
primitivo, echando por tierra, al mismo tiempo, las instituciones que la
Iglesia había mantenido en los pasados siglos.
Desde la perspectiva protestante los altos cargos de la Iglesia, entiéndase los
pontífices, los cardenales, los prelados, los abades de los monasterios,
los maestres de las Órdenes Militares,
etc., habían actuado, a lo largo de la Edad Media, de una manera brutal y despótica. En el fondo los grandes magnates de la
Iglesia católica, al menos así lo pensaban los protestantes, no se
diferenciaban nada de los señores feudales laicos.
No
obstante el momento más duro, por lo que a la concepción de los tiempos medievales
se refiere, fue, sin duda alguna, el siglo XVIII, llamado, como es sabido, de
la Ilustración o "de las luces". Los intelectuales dieciochescos
defendían, ante todo, la preminencia de la razón, virtud que,
según ellos, había estado plenamente ausente de la Europa del Medievo, caracterizada por el predominio de la más
brutal irracionalidad. Por lo demás los ilustrados presentaban a la Edad
Media como una época en la que unas minorías, los llamados señores feudales, a los que con frecuencia se definían como
"señores de horca y cuchillo", habían oprimido de manera
bestial a la mayoría de la población. De ahí la conocida expresión
"siervos de la gleba" que se aplicaba, en términos generales, a la
mayor parte del campesinado de los siglos
medievales. ¿Cómo olvidar, por acudir a un ejemplo significativo, el
"ius prima nocte", es decir el derecho que poseían los grandes
magnates nobiliarios a dormir con las
esposas de los labriegos que se hallaban bajo su dependencia nada más y nada menos que la noche de su boda?
Así pues, a la incultura de que hablaban los humanistas y a la opresión
de los dirigentes de la Iglesia, según el punto de vista expuesto por los protestantes, se añadía el terrible
avasallamiento en el que se encontraban los sectores populares por la
minoría de los poderosos que controlaban aquella sociedad. En definitiva, la
imagen que se tenía de la Edad Media en la Europa de la Ilustración era, en términos generales, profundamente negativa.
"La Ilustración fue ciega para los valores específicamente
medievales", escribió el profesor Santiago Montero Díaz en su libro
"Introducción al estudio de la
Edad Media", publicado en la ciudad de Murcia, en cuya Universidad
fue catedrático, en el año 1948.
Un ejemplo muy significativo
del punto de vista que los intelectuales del siglo XVIII poseían acerca del Medievo nos lo proporciona
Voltaire, sin duda uno de los más relevantes pensadores de aquella
época. Oigamos su opinión, recogida en su obra "Ensayo sobre la poesía épica y el gusto de los pueblos":
"Cuando el Imperio romano fue destruído por los bárbaros se
formaron muchas lenguas con los despojos del latín, como se elevaron muchos
reinos sobre las ruinas de Roma. Lo conquistadores llevaron por todo el Occidente su ignorancia y su barbarie. Todas las artes
perecieron: hasta ochocientos años después no comenzaron a renacer. Lo
que desgraciadamente nos resta de la arquitectura de la arquitectura y de la escultura de aquellos tiempos,
es un grotesco conjunto de groserías y de baratijas. Lo poco que
escribían era del mismo mal gusto. Los monjes conservaron la lengua latina para corromperla...".
Difícilmente podía sintetizarse de forma tan drástica la lamentable
imagen que se tenía en aquella época de lo que habían sido los tiempos medievales: una época de barbarie, de ignorancia, de
corrupción de la lengua latina, de existencia de restos artísticos de
todo punto deplorables, etc.
2.
EL SIGLO XIX: LA EXALTACIÓN DEL
MEDIEVO
El panorama que tan
sucintamente hemos presentado conoció un giro radical en la siguiente
centuria, es decir en el siglo XIX. La irrupción del romanticismo, fenómeno
cultural que ponía el acento en aspectos
como el sentimiento, la vuelta a la naturaleza, la fe o las virtudes heroicas, al tiempo que se alejaba
de las pautas que habían marcado el racionalismo ilustrado, se tradujo
en una progresiva exaltación de la Edad Media. Aquellos siglos, al menos así
los contemplaban los intelectuales románticos, habían visto el florecimiento de héroes y de santos, de entusiastas
combatientes y de defensores del amor cortés. El poeta alemán Heinrich
Heine expresó, con gran nitidez, el atractivo que en su época se sentía por el
Medievo europeo: "Tenía la arquitectura de la Edad Media igual carácter
que las otras artes, pues entonces todas las manifestaciones de la vida se
armonizaban entre sí de una manera
maravillosa.. .Cuando se examinan desde fuera esas catedrales góticas,
esos edificios inmensos de forma tan fina, tan transparente, tan aérea, que parecen recortados imitando los encajes de
Brabante en el mármol, sólo entonces se siente plenamente el poderío de aquellos tiempos que sabían agilizar la piedra,
animarla con una vida de fantasmas y hacer expresara esa materia los
impulsos del espiritualismo cristiano". ¡Qué
contraste tan rotundo entre las opiniones expresadas por Heine y las manifestaciones hechas, sólo unas décadas antes, por el francés Voltaire!
Ahora
bien, el giro copernicano que se produjo en el siglo XIX a propósito de la visión que se
tenía del Medievo no sólo obedecía a los impulsos del romanticismo. También tuvo su participación el fenómeno del
nacionalismo, estrechamente ligado a la consolidación de las naciones-estado, las cuales volvían la
mirada al pasado medieval, época en la que, indiscutiblemente, se habían
puesto sus cimientos. En el Medievo habían nacido las naciones-estado que se habían fortalecido en las primeras décadas del
siglo XIX, casos, por ejemplo, de
Francia o de Inglaterra, pero también había que tener en cuenta a aquellas naciones
que en esas fechas se hallaban sometidas a poderosos imperios, situación en la
que se hallaban diversos pueblos eslavos, incorporados al imperio turco. Por
otra parte Alemania, que, como es bien
sabido, no logró la unificación política hasta finales de la decimonovena
centuria, miraba con nostalgia, pero a la vez con orgullo, a la Edad Media, período
en el que su territorio había sido nada menos que el corazón del Sacro Imperio
Romano-Germánico, es decir la cabeza temporal de la Cristiandad.
¿Y qué decir de España? En
el transcurso del Medievo la idea de España, como horizonte de un pasado perdido, a raíz de la derrota del rey visigodo
Rodrigo ante los musulmanes en la batalla de Guadalete, pero a la vez
esperanza de un futuro unificado, estaba presente
en sus diversos núcleos políticos, desde los orientales hasta los occidentales,
o lo que es lo mismo desde Cataluña hasta Galicia, pasando por Aragón,
Navarra, Castilla y León. Esa diversidad de
entidades políticas autónomas entre sí explica que se utilizara con frecuencia
la expresión las "Españas medievales", manejada por diversos
escritores de aquellos tiempos, y
magistralmente analizada por el profesor José Antonio Maravall en su espléndido
libro "El concepto de España en la Edad Media". Pero quizá el ejemplo
más representativo de la mirada nostálgica al pasado medieval nos la
ofrece la Inglaterra del siglo XIX, la cual, orgullosa de la posición
hegemónica que ostentaba por aquellas fechas a nivel mundial, entendía que las
raíces de su superioridad se encontraban en el Medievo, época en la que puso en marcha el "common law", pero a la vez
el Parlamento y la "Carta Magna",
puntos de partida del liberalismo contemporáneo. El siglo XIX, en última instancia, fue testigo del paulatino interés despertado
por el "Volkgeist", o lo que es lo mismo el espíritu peculiar
de cada nación y de cada pueblo.
La Edad
Media había sido, al mismo tiempo, la etapa en la que la Iglesia católica había
alcanzado, sin duda alguna, su máximo esplendor. ¿No procedían de aquellos
tiempos, por ejemplo, el Derecho Canónico y la excepcional obra teológica de Santo
Tomás de Aquino? ¿Cómo olvidar, por otra
parte, los tiempos de las cruzadas hacia Tierra Santa o pontificados tan significativos como el de Inocencio
III? En contraste con un siglo XIX sumamente tormentoso para la Iglesia
católica, que vio la pérdida de los estados vaticanos, el Medievo, tiempo de la teocracia, ofrecía una imagen
poco menos que beatífica, pues en ella se había producido, sin fisuras
de ningún tipo, la perfecta armonía entre el trono y el altar. Pero incluso desde posiciones tan novedosas como los movimientos
políticos de signo radical se
buscaba en los tiempos medievales elementos adecuados a sus expectativas.
Recordemos, a este respecto, la utilización de la expresión medieval
"comuna", símbolo de la rebelión popular contra el dominio de los
señores feudales, para designar ni más ni menos a los revolucionarios
que triunfaron en París en el año 1870.
En
conclusión, las vías abiertas en el transcurso del siglo XIX desde distintas
perspectivas confluyeron en mirar a los tiempos medievales como una época de
sumo interés, por cuanto en ellos se encontraban las más variadas raíces del mundo
contemporáneo. Ese cambio, con respecto a la
imagen existente del Medievo un siglo atrás, lo registró magistralmente
el historiador alemán Luden, el cual, en su libro "Historia del pueblo
alemán", publicado en el año 1825,
escribía lo siguiente: "Hace una generación, la Edad Media parecía una
noche oscura, ahora...el encanto de lo que descubrimos ha fortalecido el deseo de
seguir investigando".
3.
EL ACERCAMIENTO A LA EDAD MEDIA POR EL CAMINO DE LA
INVESTIGACIÓN HISTÓRICA
Dos
imágenes contrapuestas, por lo tanto, se habían gestado acerca de la Edad
Media, una totalmente negativa, la otra, en cambio, francamente positiva.
Ahora bien, el conocimiento real de lo que había sido la historia de la
humanidad en aquellos tiempos, denominados medievales, procedía de la labor
que efectuaban los profesionales de esa materia, es decir los historiadores. En
el transcurso de los siglos XVI al XVIII, época en la que la disciplina de la
historia no había alcanzado todavía un rango académico reconocido, di-versos eruditos, al margen de las opiniones
imperantes en la sociedad de su tiempo sobre el Medievo, se dedicaron a
recoger fuentes de aquella época. Obras como los "Annales
eclesiastici", de César Baronius, las "Capitularia regum
francorum", de Baluze, los "Re-rum
italicarum scriptores", de Muratori, o las "Foedera, litterae,
conventiones et cuiscumque generis
acta publica", de Rymer, constituyen algunos de los testimonios fundamentales de esa interesante, y a la larga muy
provechosa, labor. Si prestamos nuestra atención al ámbito hispano nos
encontraremos con obras tan significativas como los "Anales de la Corona de Aragón", de Jerónimo Zurita, la
"España Sagrada", del padre Flórez, las "Antigüedades de
España", de Berganza o los Bularios de las Órdenes Militares. No es
posible olvidar, por otra parte, la
aparición, en la segunda mitad del siglo XVII, de la disciplina de la
Diplomática, consecuencia de la dura pugna mantenida, a propósito de la
interpretación de determinados documentos del Medievo, entre los benedictinos
de Saint-Maur y el grupo jesuita de los bolandistas. La obra del
benedictino francés Jean Mabillon, "De re diplomatica libri VI",
aparecida en el año 1681, constituye el punto de partida de la ciencia de la
Diplomática. A partir de ese momento, ahí radica la gran novedad, se disponía
de unos criterios precisos y rigurosos para el estudio de las fuentes escritas
que se habían conservado de los tiempos medievales.
No obstante, los pasos
ciertamente decisivos en orden a una reconstrucción objetiva de lo que fue la
Edad Media se dieron a partir del siglo XIX, época en la que la disciplina de
la historia adquirió carácter académico, siendo admitida plenamente en el mundo
universitario. Poco a poco fueron surgiendo
en Europa diversas escuelas históricas nacionales, caso de la alemana, la inglesa, la francesa o la
italiana. Sin duda la primera de todas fue la alemana, que tuvo como figura emblemática a Leopoldo von Ranke. En
Alemania, por otra parte, se puso en
marcha una impresionante colección documental. Me refiero a los "Monumenta
Germaniae historica", obra que abarcaba textos de los diversos pueblos germánicos entre los años 500 y 1500. El primer
tomo de dicha colección apareció en el año
1826, siendo obra del archivero-bibliotecario Georg Heinrich Pertz. España, no
podía ser de otra manera, también se sumó a esa corriente. Entre las ediciones
de fuentes relativas al Medievo cabe
destacar la publicación de las actas de las "Cortes de los antiguos reinos
de León y Castilla", que corrió a cargo de la Real Academia de la
Historia, las "Crónicas de los reyes de
Castilla, desde don Alfonso el Sabio hasta los Reyes Católicos", dirigidas
por Cayetano Rosell, o la colección de documentos del Archivo de la Corona de Aragón,
a cuyo frente se situó Próspero Bofarull.
Es
indudable que la historiografía ha experimentado, en el transcurso de los
siglos XIX y XX, notables cambios. Desde la concepción
"historicista", predominante en el siglo XIX,
hemos navegado hasta escuelas tan revolucionarias como la francesa de los
"Annales" o el materialismo histórico. El estudio del pasado, centrado
en sus primeros momentos básicamente en las
grandes figuras y en los sucesos más llamativos del ayer, fundamentalmente los relativos a las guerras y a las
paces, se ha ido extendiendo a otros muchos ámbitos, desde el económico
y el social hasta el de las mentalidades. Al mismo tiempo han ido surgiendo
nuevas orientaciones, ya se trate de la historia de la cultura popular, de la historia del género, de la
microhistoria o de la denominada "nueva narrativa". ¿Cómo olvidar, por otra parte, la
excepcional aportación efectuada por la arqueología medieval para un mejor conocimiento de la historia
de aquellos tiempos? No cabe duda de que esa diversidad de corrientes
interpretativas ha sido muy positiva para enriquecer nuestro
conocimiento del pasado histórico, y en concreto del Medievo.
Paralelamente
se fue generalizando el estudio de la historia, por supuesto centrada en la nación propia, en los niveles de la enseñanza secundaria. Así las
cosas, una buena parte de los ciudadanos tenía acceso al conocimiento, por
limitado que éste fuera, del pasado de su nación. El estudio de la historia
nacional era uno más de los recursos de que se valieron los políticos del siglo XIX para fortalecer a su propia nación.
Resulta muy significativo, a este respecto, lo que dijeron,
al final de la primera guerra mundial, diversos combatientes franceses, los
cuales indicaron que, gracias al estudio de la historia de su nación, mientras cursaban el
Bachillerato, habían luchado con mayor ardor para salir victoriosos en el conflicto bélico en el que se habían visto
envueltos. Eso sí, con frecuencia se exaltaba hasta límites increíbles
lo propio de cada nación, al tiempo que se denigraba al vecino. ¿Cómo olvidar,
por ejemplo, las alusiones que se hacían en España a la "pérfida
Albión" o a los "gavachos", referencias, respectivamente, de
Inglaterra y de Francia, países con los que habíamos mantenido frecuentes
pugnas?
4-LA VISION ACTUAL DE LA EDAD MEDIA. UNA IMAGEN DESMITIFICADA
No es nuestro propósito, ni
mucho menos, ofrecer una síntesis de lo que fue la historia de los tiempos
medievales. Lo que nos corresponde explicar, en esta fase última del trabajo
que presentamos en estas Jornadas dedicadas a la memoria del brillante profesor
e investigador Miguel Rodríguez Llopís,
que nos dejó cuando se hallaba en plena juventud, es poner de manifiesto
cómo, gracias a la labor efectuada por la historiografía en el transcurso de los siglos XIX y XX, poseemos hoy en día una
visión suficientemente objetiva de lo que
fue realmente el Medievo. ¿Hubo barbarie en la Edad Media? Por supuesto, como
en cualquier etapa de la historia de la humanidad. ¿Hubo heroismo en
aquellos tiempos? Obviamente, al igual que
en otras muchas fases del pasado histórico. Mas no se trata ni de denigrar
al Medievo ni de mitificarlo. Nuestro objetivo como medievalistas no es situar
a la Edad Media ni en el infierno ni en el
cielo. Lo esencial es entender cómo se desarrolló la vida de las
sociedades humanas en aquellos largos siglos.
Lo señalado no es óbice para
poner de manifiesto que, en nuestros días, continúan tanto la herencia de los que denigraron al Medievo como de quienes lo
exaltaron hasta límites inimaginables.
A nivel popular, no nos engañemos, sigue vigente la idea de situar a los tiempos
medievales, identificados con la opresión y la ignorancia, en el lado más
oscuro posible. Es muy significativo, a este
respecto, lo que cuenta J.Heers, en su libro antes citado de "La invención de la Edad
Media", a propósito de un periodista francés, el cual se hallaba,
hace unos años, en el Líbano. Dicho corresponsal, que iba informando de las
matanzas acaecidas en aquel país, afirma en un momento dado "y nos
hundimos todavía más en la Edad
Media". ¿No se escucha con frecuencia la frase "se diría que estamos
en la Edad Media", precisamente
para referirse a situaciones más o menos escandalosas? En otra parte de su libro Jacques Heers afirma que
lo medieval "se ha convertido en una especie de injuria". Pero quizá
su expresión más atinada, a la hora de recordar la mala imagen que aún subsiste del Medievo, es aquella que
indica "lo medieval da vergüenza, es detestable; y lo ´feudal´, su carta de visita para muchos, es todavía más
indignante". Conviene señalar, a este respecto, que en la Francia de la
década de los cincuenta del siglo XX, otra prueba más de la imagen
terrible que se tenía en la opinión pública del feudalismo, se contraponían
"la democracia francesa y la feudalidad argelina", o se hablaba del
"feudalismo, enfermedad infantil del Vietnam".
Pero al mismo tiempo
funciona una cierta imagen poco menos que sacral de los tiempos medievales. ¿No se pusieron de moda hace unos
años las "cenas medievales"? ¿No se realizan, con harta
frecuencia, "mercados medievales" en numerosas villas y ciudades de
nuestra geografía? ¿Cómo olvidar, por otra parte, el éxito rotundo que tuvo a
nivel internacional, no hace mucho tiempo,
un disco de los monjes del monasterio burgalés de Silos, dedicado al canto gregoriano, es decir a una
música típica de la Edad Media? ¿Y el espectacular triunfo que alcanzó
la novela del escritor y gramático italiano Umberto Eco, "El nombre de la rosa", que relata
acontecimientos acaecidos en los tiempos medievales? ¿Y el protagonismo
de determinados personajes originarios de la Edad Media, que suelen aparecer en los comics infantiles, como es el
caso del famoso Asterix? Más aún, con frecuencia elementos medievales
aparecen ligados al mundo del futuro en programas de televisión orientados a
los sectores infantiles, en los que se mezclan viajes siderales con castillos y
caballeros armados al modo de los guerreros del Medievo.
Mas,
independientemente de la persistencia de esas visiones, es indudable que la
historiografía
ha aportado una visión rigurosa y precisa de cómo se desarrolló la historia en
los siglos del Medievo. Situados como estamos
en el continente europeo, podemos afirmar, sin el más mínimo pudor, que
las raíces, tanto materiales como espirituales, de la Europa de nuestros días
se encuentra en la Edad Media. La descomposición del Imperio Romano, y la formación de núcleos políticos
independientes, dirigidos por los pueblos germánicos que en ellos se
asentaron, caso de los visigodos de Hispania o de los francos de la Galia, dieron paso a la gestación progresiva de Europa.
Paralelamente, como es sabido, se generalizaba por todo el continente
la religión cristiana, cuya cabeza indiscutible se hallaba en el pontífice romano. ¿Y el latín? La antigua
lengua del Imperio Romano siguió utilizándose, sobre todo como vehículo de comunicación en el ámbito de la
Iglesia. Pero no ello no impidió, por supuesto, que el latín
evolucionara, derivando en las lenguas romances, las cuales nacieron en el transcurso de los siglos altomedievales, aunque su
consolidación fuera más tardía. Si cambiamos de tema, encontraremos en
el Medievo multitud de elementos
característicos de la vida económica y social que en modo alguno podemos abandonar
si queremos entender cómo se ha construido el mundo en que vivimos. La articulación de la sociedad feudo-señorial, por de
pronto, constituye un puente, todo lo complejo que se quiera, entre el mundo
antiguo y la época contemporánea. El Medievo fue, asimismo, el período en el que surgieron, en el campo de
la vida financiera, los bancos o las letras de cambio. Desde la
perspectiva de las luchas sociales de nuestro tiempo se suele acudir al Medievo para detectar los primeros
movimientos de protesta a favor de un mundo más igualitario. ¿Qué decir, por
ejemplo, de revueltas como la de los payeses de remensa de Cataluña o
la de los irmandiños gallegos? ¿No fue la Edad Media, por otra parte, la época
en la que nacieron las Universidades, o mejor dicho los Estudios Generales, es decir los centros de enseñanza superior? Y si nos
trasladamos al terreno del pensamiento científico, ¿no se ha visto en
intelectuales como Guillermo de Ockam nada menos que las raíces indiscutibles de la ciencia moderna? La
obra de Ockam, dijo en su día muy significativamente el historiador
Gordon Leff, permitió que se abriera "una perspectiva más genuinamente
científica que en cualquier otra época desde la antigua Grecia".
La construcción en nuestros
días de la Unión Europa vuelve sus ojos, no podía ser de otra manera, a los
tiempos de Carlomagno, primer emperador de la Cristiandad de este continente.
¿No se ha presentado a Carlomagno nada menos que como el padre de Europa? El Medievo fue, asimismo, la etapa en la que
se gestaron las naciones-estado del viejo continente. Recordemos que en el concilio de Constanza, celebrado a comienzos
del siglo XV, asistieron representantes de cinco naciones europeas, Francia,
Inglaterra, Alemania, Italia y
España. En la Edad Media, por otra parte, nacieron los Parlamentos, las Cortes,
los Estados Generales o las Dietas,
términos alusivos a instituciones similares, las cuales, pese a los
cambios revolucionarios que con el tiempo se produjeron, son, sin duda alguna,
la base de los sistemas democráticos de nuestros días. Pero quizá lo más
significativo de aquellos lejanos siglos fue
la génesis del espíritu laico, surgido, como afirmara en su día el profesor Lagarde, en los tiempos bajomedievales.
Esa fue una conquista de gran valor, pues permitía separar con claridad
el ámbito específico de la vida en este mundo terrenal de las expectativas sobre otro posible mundo, o lo que es lo mismo el
plano temporal del espiritual, que durante tanto tiempo habían estado
estrechamente ligados. Ahí se encontraba, sin duda alguna, uno de los
fundamentos de la superioridad europea, pronto plasmada en su proyección
universal sobre los restantes continentes. ¿No era visible, por ejemplo, el contraste radical con el mundo
islámico, en el que parecía imposible la gestación de una sociedad
civil y la existencia de un espíritu laico?
Si fijamos nuestra mirada en
España no cabe duda de que llegaremos a idénticas conclusiones. ¿Sería posible comprender lo que supone el actual
"estado de las autonomías" si prescindiéramos de lo que fue la España
medieval? Es más, las fronteras de varias de las autonomías que hoy
funcionan en España son casi idénticas a las del lejano Medievo. Tal es el caso, por ejemplo, de los antiguos
territorios de la corona de Aragón, es decir Aragón propiamente dicho, Cataluña, Valencia y las islas
Baleares. Y Navarra y Galicia, por acudir a otros testimonios, ¿no
fueron asimismo reinos en la época medieval? En el Medievo se daban la mano en España la unidad, como
horizonte de un pasado perdido, pero a la vez de un hipotético futuro de
unión a lograr algún día, y la diversidad, plasmada en la existencia de un
mosaico de núcleos políticos, cada uno de ellos independiente de los demás. El cronista catalán de comienzos del siglo
XIV, Ramón Muntaner, no dudó en señalar que los diversos reinos de
España eran "una carne y una sangre", lo que ponía de relieve los evidentes lazos de aproximación que
existían entre ellos. En otro orden de cosas es necesario poner de
manifiesto que los tiempos medievales fueron testigos de la puesta en marcha de los concejos, es decir la
institución de carácter local. Los concejos son el punto de partida de
los municipios de nuestros días.
Ahora bien, el Medievo
hispano tuvo diferencias notables si lo comparamos con el de otras naciones
vecinas, debido, básicamente, a la larga presencia en su suelo de los musulmanes.
La huella que dejaron los islamitas, así como la comunidad judía, fue de gran
calado, pues todavía hoy la mantenemos en ámbitos tan diversos como el idioma
que hablamos y los nombres de numerosas
villas, ciudades o ríos de las tierras hispanas, pero a la vez en
aspectos relativos al folklore, a la gastronomía o a las costumbres de la vida cotidiana. ¿Cómo olvidar el atractivo que ejerció
en las tierras cristianas, por ejemplo, el denominado arte mudéjar? No se trata, ni mucho menos, de mitificar la
convivencia de las tres religiones, o "castas", como decía el
filólogo e historiador Américo Castro, de la España medieval, la cristiana, la musulmana y la judía, pero sí de
admitir la singularidad que ese mezcla supuso para el futuro de estas
tierras y de sus gentes. Afirmar que en el Medievo
los auténticos españoles eran los cristianos, y que los individuos de las
comunidades islamita y hebrea eran algo parecido a unos extranjeros, invasores
de este territorio, como afirmaba buena parte de la historiografía del siglo
XIX, es un craso error. ¿No procedía precisamente
de una familia judía, posteriormente convertida al cristianismo, nada menos que
santa Teresa de Jesús, la figura más notable del misticismo español?
Una
última reflexión queremos hacer antes de cerrar esta breve colaboración al homenaje dedicado
al profesor Rodríguez Llopis. Habida cuenta de que el conocimiento del mundo en que vivimos requiere trazar una
perspectiva hacia el pasado, y en ese pasado no podemos olvidar los
tiempos medievales, entiendo que es imprescindible que esa etapa del ayer de la humanidad no esté ausente de la
enseñanza dirigida al conjunto de los escolares. En los últimos años,
justo es reconocerlo, ha predominado de tal manera el contemporaneismo en la
enseñanza de la historia en los niveles secundarios que los muchachos apenas conocen nada del Medievo. Desde nuestro punto
de vista defendemos la idea de que, aunque
tenga más peso la historia reciente, no se olvide trazar una perspectiva que
arranque de los inicios de la
historia de la humanidad. Una parte de ese recorrido, que debe de seguir las pautas propias de la cronología, ha de
referirse, sin duda, al Medievo, período en el que, ya lo hemos dicho,
se hallan los orígenes del mundo en que nos hallamos, tanto a nivel español
como europeo. Que nadie piense que al defender esta opinión estoy actuando en
plan corporativista, como un profesor que soy del área de conocimiento de "historia medieval". Simplemente
pretendo ser lo más fiel posible a la realidad histórica de lo que esos
siglos, tan denigrados, nos han aportado.
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