La Alexiada
Libro I
Ana Comneno
ÚLTIMAS ETAPAS DE LA VIDA DE ALEJO PREVIAS A SU
PROCLAMACIÓN COMO EMPERADOR. INICIO DE LAS INVASIONES NORMANDAS
I. Primeras actuaciones de Alejo. Su
nombramiento como estratego autocrátor para combatir al rebelde Urselio.
1. El
emperador Alejo, mi padre, fue de gran utilidad al imperio de los romanos
incluso antes de haber asumido el cetro del imperio. Comenzó a salir en campaña
durante el reinado de Romano Diógenes. En opinión de quienes lo rodeaban
parecía un ser admirable y muy arrojado. Cuando contaba catorce años de edad
corría a acompañar al emperador Diógenes, que dirigía una expedición muy
importante contra los persas, y suponía una amenaza para ellos con su ímpetu,
ya que, si se enfrentaba a los bárbaros, su espada s emborracharía de sangre:
tan guerrero talante poseía este joven. Sin embargo, el soberano Diógenes no
cedió en aquella ocasión a sus deseos de acompañarlo, porque un dolor muy
profundo tenía sobrecogida a la madre de Alejo. Lloraba la muerte reciente de
su hijo primogénito Manuel, varón que había sido protagonista de grandes y
admirables hazañas para el imperio de los romanos. Y para que ella no se
quedara sin consuelo, al dejar ir a uno de sus hijos a la guerra sin saber aún
dónde iban a enterrar a otro, y temiendo que el joven sufriera alguna funesta
desgracia y no supiera ella en qué tierra había caído, por todas estas
consideraciones el emperador obligó al joven Alejo a regresar junto a su madre.
Entonces fue apartado, contra su voluntad, de los que marchaban a la campaña,
pero a continuación el tiempo le abrió inconmensurables posibilidades. Efectivamente, durante el reinado del emperador Miguel
Ducas, tras el derrocamiento del emperador Diógenes, la revuelta que dirigió
Urselio le dio motivos para demostrar de cuánto valor hacía gala.
2. Era
ése un celta que había estado sirviendo desde tiempo atrás en el ejército de
los romanos y que, envalentonado por su gran suerte, cuando hubo acumulado a su
alrededor poder y un ejército considerable, que había sido reclutado entre los
que eran oriundos de su mismo lugar de origen y los que provenían de cualquier
otra procedencia, desde ese momento logró convertirse en un grave provocador de
revueltas. Justo en el instante
en que el poderío de los romanos sufría numerosos reveses y los turcos
aplastaban con su suerte favorable la de los romanos, obligándolos a retroceder
como cuando la arena cede a los pies, en ese preciso instante atacó también él
al imperio de los romanos. Es más, por su muy despótico carácter se
inclinaba entonces con más claridad hacia la rebelión, aprovechando el mal
camino que llevaban los intereses del imperio y devastó casi todos los dominios
de oriente. Aunque les fuera confiada la guerra contra él a muchos generales
famosos por su valentía y que aportaban abundantísima experiencia sobre la
guerra y las batallas, éste, evidentemente, superaba la mucha experiencia de
aquéllos. Ya fuera recurriendo al ataque directo, a la retirada y posterior
ofensiva sobre sus adversarios con el ímpetu de un vendaval, ya fuera aceptando
la alianza de los turcos, era tan completamente irresistible cuando atacaba,
que llegaba a hacer prisioneros a algunos de los personajes más notables y
poner tumultuosamente en fuga sus falanges.
3.
Mientras mi padre Alejo estuvo a las órdenes de su hermano durante sus
funciones como general en jefe de todas las tropas de oriente y occidente, lo
hizo con el cargo de lugarteniente. Pero ante las difíciles circunstancias por
las que atravesaban los romanos a causa de las continuas incursiones con las
que, como un relámpago, nos acosaba ese bárbaro, se pensó en el admirado Alejo
para la confrontación bélica con éste, por lo que fue designado por el
emperador Miguel estratego autocrátor. Él, en efecto, puso en marcha toda su
inteligencia y experiencia estratégica y militar, que, además, había acumulado
en no mucho tiempo (por la esforzada actitud de este hombre y su espíritu
atento en toda ocasión les pareció a los militares más expertos de los romanos
que había llegado a la cima de la experiencia estratégica, tal como el famoso
romano Emilio, como Escipión, como Aníbal el cartaginés; era por aquel entonces
muy joven y con el bozo recién salido, como suelen decir) y capturando al dicho
Urselio, que continuamente acometía a los romanos, restableció el orden en
oriente sin necesitar mucho tiempo. Era, asimismo, sagaz para discernir lo que
era conveniente y muy sagaz para ponerlo en práctica. Cómo logró capturarlo, lo
cuenta con mayor detalle el césar en el segundo libro de su historia, aunque
también lo contaremos nosotros en cuanto que se trata de un episodio que
concierne a nuestra historia.
II.
Recursos de Alejo para capturar a Urselio.
1. El
bárbaro Tutac acababa de llegar de los confines de oriente con un muy numeroso
ejército para devastar los territorios de los romanos; entre tanto Urselio era
vencido gracias a las habilidades de mi padre Alejo, viéndose con frecuencia en
aprietos por causa del estratopedarca y perdiendo progresivamente una fortaleza
tras otra, aunque acaudillara un abundante ejército todo él brillante y
correctamente armado; por tanto, en ese momento le pareció conveniente buscar
una vía de escape con la maniobra que referiremos seguidamente. Ya que había
agotado hasta el límite todos sus recursos, tuvo un encuentro con Tutac, lo
convirtió en amigo y le suplicó que suscribiera una alianza con él.
2. Pero
el estratopedarca planeó a su vez una táctica contra aquella maniobra y, tras
llegar a una familiaridad con el bárbaro más cercana que la del otro, se lo
atrajo con palabras, regalos y toda clase de medios y argucias. Pues era más
astuto que ningún otro y hallaba alternativas a las situaciones más angustiosas.
Por tanto, en su opinión el plan más efectivo consistía, para decirlo con
brevedad, en acoger amistosamente a Tutac, y por ello le dijo: "Son ambos,
tu sultán y mi soberano, amigos mutuos. Sin embargo, ese bárbaro Urselio
levanta sus manos contra ambos y se erige en un enemigo muy peligroso para uno
y otro, ya que ataca al soberano y le arranca poco a poco partes del imperio de
los' romanos y, de otro lado, priva a Persia de las posesiones que le sería
legítimo gobernar. Y persigue todos sus propósitos con artimañas, amparándose
ahora bajo la sombra de tu fuerza, para en otro momento, cuando la ocasión se
le presente favorable y se vea libre de peligros, dejarme en paz y levantar
contra ti su mano desde el otro bando. No obstante, si me haces algún caso,
cuando se dirija nuevamente a vosotros, apresa a Urselio como contrapartida de
las muchas riquezas que te daré y envíanoslo prisionero. Pues" añadió
"de ello obtendrás tres ganancias: la pri-mera, una cantidad de riquezas
como nunca antes lograste; la otra, que te atraigas el favor de mi soberano,
con lo que habrás conseguido llegar a la cima de la felicidad, y la tercera,
que el sultán se regocije grandemente, al ser eliminado un peligroso enemigo
que está actuando contra unos y otros, romanos y turcos."
3. Con el envío simultáneo de esta embajada al
arriba citado Tutac y de algunos prestigiosos rehenes en una fecha convenida
junto con una cantidad de dinero, mi padre, y jefe en aquel entonces del
ejército romano, convenció a los bárbaros de Tutac para que apresaran a
Urselio. Cuando esta exigencia fue llevada a cabo, Tutac remitió el
prisionero al estratopedarca, que estaba en Amasea.
4. Sin
embargo, el dinero tardaba en llegar, Alejo no tenía fondos con los que cubrir
el pago y el que debía venir del emperador sufría las consecuencias de su
desidia; no era que, como dice la tragedia, marchara a paso lento, es que no
aparecía por ningún lado. Los hombres de Tutac lo presionaban reclamando su
parte del dinero o de lo contrario pondrían en libertad inmediatamente al
hombre que iban a vender y le permitirían regresar al lugar donde se le había
capturado; pero Alejo seguía sin tener fondos con los que pagar el precio del
hombre que había comprado. En medio de la angustia provocada por todas estas adversidades,
estuvo reflexionando durante toda una noche y decidió recolectar la suma entre
los habitantes de Amasea.
5.
Cuando amaneció el día, aunque le parecía difícil su plan, sin embargo convocó
a todos los habitantes, especialmente a los que ostentaban los primeros rangos
y los que poseían riquezas. Mirando principalmente a éstos, dijo: "Sabéis
todos cómo este bárbaro ha tratado a todas las ciudades del tema Armeníaco,
cuántas aldeas ha saqueado, a cuántos ha maltratado arrojándoles insoportables
desgracias y cuántas riquezas le habéis tenido que suministrar. Pero ha llegado
el momento de liberaros de los males que él origina, si es que así lo queréis.
Por tanto, debemos impedir que se nos escape. Estáis viendo que tenemos
prisionero a este bárbaro gracias al auxilio de Dios y a nuestros esfuerzos.
Sin embargo, Tutac, que es quien lo ha capturado, nos reclama el pago. Y
nosotros carecemos por completo de recursos, porque al estar en un país
extranjero y llevar luchando mucho tiempo contra los bárbaros, hemos agotado
los fondos. Si el emperador no estuviera tan lejos y el bárbaro diera un plazo
de espera, me hubiera apresurado a transportar el dinero desde la capital.
Pero, ya que ninguna de estas posibilidades es factible, como sabéis, tenéis
vosotros que aportar su precio con vuestro dinero, y acabaréis recobrando la
aportación entera a través de nosotros, que actuaremos como intermediarios del
emperador."
6. Nada
más decir esto, fue abucheado y se originó un violentísimo tumulto entre los
amasianos, que se decantaban por la rebelión. Pues había hombres muy pérfidos
que los incitaban al motín, agitadores que saben precipitar al pueblo en las
revueltas. Se levantó, entonces,
un gran tumulto, tanto por parte de los que querían quedarse con Urselio y
excitaban a la masa a apoderarse de él, como de los que pugnaban agitados (así
es la masa del populacho) por arrebatar a Urselio de su cautiverio y liberarlo
de las cadenas. El estratopedarca veía que el pueblo estaba tan
enloquecido y reconocía que su situación era completamente apurada, pero a
pesar de ello no se abatió lo más mínimo e infundiéndose valor, intentaba
silenciar con los gestos de su mano aquel tumulto.
7.
Cuando más tarde y con esfuerzo los hizo callar, les dirigió la palabra,
diciendo: "Me llena de asombro, amasianos, que no os percatéis en absoluto
de la treta de estas personas que os quieren engañar y que, comprando su propia
salvación con vuestra sangre, siempre os causan el mayor perjuicio. ¿Qué clase
de ventaja extraéis de la tiranía de Urselio, a no ser degüellos, cegueras y
mutilaciones de miembros? Éstos, que son para vosotros la causa de semejantes
desgracias, preservan intactas sus propiedades gracias a su servilismo para con
el bárbaro y, al mismo tiempo, se apropian de los regalos provenientes del
emperador, ganándose su gratitud por no haber abandonado ni a vosotros ni a la
ciudad de Amasea a merced del bárbaro; y esto sin haceros nunca ningún caso.
Por ello, mientras quieren conservar la tiranía adulando al tirano con
expectativas halagüeñas y mantener intactas sus propiedades, a la vez piden al
emperador honores y regalos. Pero si la situación sufriera algún tipo de
cambio, ellos abandonarían esta actitud e inflamarían el ánimo del emperador
contra vosotros.
Por
consiguiente, si queréis obedecerme, despedid por el momento a los que os
incitan al motín y que cada uno de vosotros analice en su casa lo que os he
dicho y os daréis cuenta de quién es el que os aconseja lo más
conveniente."
III. Alejo se hace con Urselio. Revelación
del ardid a Dociano.
1.
Cuando hubieron oído estas palabras, como una concha que cambia de lado al
caer, modificaron sus opiniones y se retiraron a casa. Pero el estratopedarca,
conocedor de que el pueblo suele cambiar de opinión en un instante, sobre todo
si está inspirado por gente maléfica, y temeroso de que durante la noche
pusieran en práctica su proyecto de ir contra él y dejasen escapar a Urselio
tras sacarlo de su prisión y liberarlo de sus cadenas, como carecía de suficientes
fuerzas para oponerse a tantos adversarios, concibió entonces un ardid propio
de Palamedes.
Mandó cegar, aparentemente, a Urselio: estaba
tendido en tierra, el verdugo le acercó el hierro y él gritaba y gemía como un
león rugidor. Pero todo este montaje de la privación de su vista era una
falacia; el que iba a ser cegado en apariencia fue advertido de que debía
gritar y vociferar y el encargado de simular la privación de su vista fue
también advertido de que debía dirigirle una agria mirada, ejecutar todos sus
actos con furia y, sobre todo, fingir la acción de cegarlo. Entonces, mientras aquél era cegado sin ser cegado,
el pueblo aplaudía y difundía por doquier que Urselio había sido privado de la
vista.
2. Esta
actuación, representada como si fuera sobre un escenario, convenció a toda la
muchedumbre, tanto la del lugar como la foránea, a aportar su donativo como
abejas. Y todo esto fue producto de la inteligencia de Alejo para que los
remisos a entregar dinero y los que pretendían liberar a Urselio de las manos
de Alejo, mi padre, perdieran las esperanzas en sus ya inútiles planes y se
pusieran inmediatamente de parte del estratopedarca, dado que sus primitivos
proyectos habían fracasado; actuando de esa manera se lo ganarían como amigo y
esquivarían las iras del emperador. De este modo, pues, el admirado general era
dueño de Urselio, a quien mantenía encerrado como un león en una jaula,
mientras aún llevaba sobre sus ojos las vendas que eran símbolo de su reciente
privación de la vista.
3. Sin
embargo, no estaba satisfecho con su labor, como tampoco se había desentendido
del resto de su misión por el simple hecho de haber logrado la gloria, antes
bien, recuperó y puso bajo la autoridad del imperio muchas otras ciudades y
fortalezas que habían tenido un comportamiento innoble durante el auge de
Urselio. Entonces, pues, volvió las riendas y se dirigió enseguida a la ciudad
imperial. En el camino llegó a la ciudad de su abuelo (6) y, mientras reposaban
de las muchas fatigas él mismo y todo su ejército, fue visto realizando una
hazaña parecida a la que hizo el famoso Heracles por Alcestis, la mujer de
Admeto.
4.
Cuando Dociano, sobrino del anterior emperador Isaac Comneno y primo de Alejo
(hombre que pertenecía a una clase ilustre por su linaje y posición social) vio
que Urselio mostraba las señales de haber sido cegado y que era conducido con
el auxilio de un hombre, profirió un hondo gemido y entre las lágrimas
provocadas por el estado de Urselio acusaba de crueldad al general. Le reprochaba en su enojo que hubiera dejado sin
vista a un hombre tan noble, a un auténtico héroe y merecedor de haber sido
preservado sin castigo; fue entonces cuando el general dijo: "Pronto
podrás enterarte de los motivos de la ceguera, querido primo."
Tras un
breve lapso de tiempo condujo a éste y a Urselio a una sala, donde le descubrió
el rostro y mostró los ojos de Urselio brillando fogosamente. Cuando Dociano
vio esto, se quedó estupefacto, asombrado, sin saber qué hacer ante la magnitud
del milagro. Al tiempo, se echó las manos a los ojos por si era algo parecido a
un sueño lo que estaba viendo o un prodigio mágico o algún raro y novedoso
artificio.
Cuando
se percató de la humanidad que había demostrado su primo para con ese hombre y
además de humanidad, de su astucia, le invadió la alegría y transformó el
asombro en gozo, mientras abrazaba y besaba repetidamente el rostro de su
primo. Los mismos sentimientos experimentaron la corte del emperador Miguel, el
emperador mismo y todo el mundo.
IV. Alejo es encargado de someter a
Nicéforo Brienio.
1.
Todavía se le encomendó a Alejo en occidente otra misión por el entonces
soberano Nicéforo, poseedor ahora del cetro de los romanos, esta vez contra
Nicéforo Brienio, que estaba agitando todo el occidente tras ceñirse la diadema
y autoproclamarse emperador de los romanos. El soberano Miguel Ducas acababa de
ser depuesto del trono y. de vestir en lugar de la diadema y la corona, la
indumentaria talar y la epómide arzobispal; Botaniates, tan pronto se hubo
sentado en el trono imperial, como nuestra obra expondrá en su desarrollo con
mayor detalle, desposó a la emperatriz María y se dispuso a dirigir los asuntos
del imperio.
2.
Nicéforo Brienio, siendo duque de Dirraquio en época del emperador Miguel,
antes del reinado de Nicéforo, comenzó a plantearse la posibilidad de acceder
al trono y organizó la rebelión contra Miguel. No hay razón para que
expliquemos aquí las causas y el modo como lo hizo, pues la historia escrita
por el césar ya hace constar las motivaciones de la rebelión. Pero sí hemos de
relatar brevemente el hecho de que, tomando como punto de partida la ciudad de
Dirraquio, recorriera desde allí los dominios de occidente para ponerlos bajo
su propio mando y cómo fue capturado. Al interesado en poseer más exactos
informes de este episodio lo remitimos al césar.
3. Este hombre merecía realmente el imperio por su
maestría en el arte de la guerra, por su pertenencia a uno de los linajes más
ilustres, y por las cualidades personales que lo adornaban: su elevada
estatura, la belleza de su rostro y la superioridad que manifestaba sobre sus
contemporáneos gracias a la seriedad de carácter y la fuerza de sus brazos. Era tan
diestro en persuadir a la gente y tan capaz de atraerse a todos desde su
primera mirada y su primera conversación, que todos en masa, soldados y
civiles, lo auparon a los primeros puestos y lo consideraron digno de reinar
sobre todos los dominios orientales y occidentales. Y efectivamente, cuando
marchaba sobre las ciudades, todas lo acogían con las manos alzadas y en medio
de los aplausos una ciudad dejaba paso a otra. Las noticias de estos
acontecimientos perturbaban a Botaniates, trastornaban también al ejército que
le era fiel y precipitaban al imperio entero en la inestabilidad.
4. Así
pues, se decidió enviar contra Brienio a mi padre Alejo Comneno, que acababa de
ser designado doméstico de las escolas, al frente de las fuerzas disponibles;
pues con esta coyuntura el imperio de los romanos había llegado a su punto
extremo. Los ejércitos de oriente estaban dispersos cada uno por un lado a
causa de la expansión de los turcos y su hegemonía sobre casi todo cuanto hay
entre el Ponto Euxino y el Helesponto, el Egeo y el mar de Siria, el Saro y los
demás ríos, especialmente, los que, surcando Panfilia y Cilicia, desembocan en
el mar de Egipto. Así se hallaban los ejércitos de oriente; los de occidente,
que se habían unido a Brienio, habían dejado al imperio de los romanos con un
ejército muy reducido y escaso. Le quedaban algunos inmortales, que, Como quien
dice, ayer mismo habían empuñado lanza y espada, unos pocos soldados de Coma y
un ejército celta, que se mantenía con unos pocos hombres. Estas fuerzas le
asignaron a mi padre y, mientras llamaban a aliados turcos, los generales del
emperador le ordenaron partir y enfrentarse a Brienio, confiando no tanto en el
ejército que lo seguía, como en la inteligencia del hombre y su habilidad para
hacer frente a guerras y batallas.
5. Pero
Alejo, al enterarse de que el enemigo avanzaba imparable, sin esperar a que se
ultimara la alianza con los turcos salió de la emperatriz de las ciudades tanto
él como sus hombres perfectamente armados y, cuando hubo llegado a Tracia,
acampó en torno al río Halmiro sin foso ni empalizada. Como sabía que Brienio estaba asentado en las
llanuras del Cedocto, deseaba que una distancia apreciable separara cada uno de
los dos ejércitos, el suyo y el de los adversarios.
En
efecto, no podía oponerse frontalmente a Brienio, ya que serían perceptibles
las características de sus fuerzas y suministraría al enemigo noción de las
dimensiones de su ejército. Pues iba a lanzarse con unos pocos contra muchos,
con bisoños contra veteranos; por ello quería arrebatarle por sorpresa la
victoria al enemigo sin recurrir a la audacia y al ataque frontal.
V. Encuentro bélico con las tropas de
Nicéforo Brienio. Valor de Alejo.
1.
Después de que mi relato ha situado en el momento del combate a estos dos
gallardos personajes, Brienio y mi padre Alejo (ninguno era inferior al otro en
valentía, ni el uno tenía menos experiencia que el otro), merece la pena
examinar el curso del combate, una vez estuvieron dispuestas las falanges y las
respectivas formaciones de batalla. Pues estos dos hombres eran nobles,
gallardos y parecidos en fuerza y experiencia, de modo que si se hubieran
colocado cada uno en un plato de la balanza, la hubieran equilibrado; pero
debemos ver de qué lado se inclinaron los designios de la fortuna. Brienio,
además de confiar en sus fuerzas y experiencia, era superior en el orden
correcto de su formación; Alejo, por otro lado, tenía pocas y muy escasas
esperanzas en cuanto a su ejército, pero era superior, a su vez, en el poder de
su habilidad y en los recursos de su sentido estratégico.
2.
Cuando se percataron de su mutua presencia y de que había llegado ya la ocasión
del combate, Brienio, enterado de que Alejo Comneno se adelantaba a cortar el
camino y que estaba acampado en Calaure, dispuso sus tropas en for-mación y
emprendió el ataque. Tras ordenar el ejército en sus alas derecha e izquierda,
confirió el mando de la derecha a su hermano Juan; cinco mil hombres eran los
que integraban esta parte, entre italianos, soldados de las tropas del célebre
Maniaces, jinetes de Tesalia en no menor cantidad y un sector no despreciable
de la hetería. De otra parte, el ala izquierda la constituían Catacalon
Tarcaniotes con macedonios y tracios perfectamente armados, sumando todos
juntos unos tres mil. Brienio en persona mandaba el centro de la falange
formada por macedonios, tracios y lo más selecto del arcontado en pleno. Todos iban cabalgando sobre sus caballos tesalios,
restellando con sus corazas de hierro y los yelmos de sus cabezas; y cuando los
caballos alzaban sus orejas y los escudos chocaban unos contra otros, ellos y
sus yelmos despedían terroríficamente un enorme fulgor. Evolucionando
en medio como un Ares o un Gigante, Brienio, que superaba en un codo a partir
de sus hombros a todos los demás, provocaba gran estupor y miedo a los que lo
observaban. Fuera de toda la formación, como a dos estadios de distancia, se
hallaban unos aliados escitas armados a la manera de los bárbaros. Se les había
ordenado que, una vez los enemigos se hicieran visibles y la trompeta diera la
señal del combate, cayeran sobre la retaguardia y se arrojaran sobre los
enemigos, mientras los acosaban con una densa y continua nube de dardos; luego
el resto del ejército, formado en filas compactas, atacaría con vigoroso
ímpetu.
3. Así
organizó Brienio a los suyos; mi padre Alejo Comneno, a su vez, tras
reflexionar sobre la índole del lugar, situó una parte del ejército en un
barranco y desplególa otra frente al ejército de Brienio. Cuando estuvieron
organizadas ambas partes y hubo alentado a cada hombre con sus palabras
animándolos a comportarse valerosamente, ordenó a la una, la sección emboscada,
que, cuando estuvieran a espaldas del enemigo, atacaran de improviso con el
mayor arrojo posible y concentraran sus esfuerzos sobre el ala derecha. A los
llamados inmortales y a algunos de los celtas los mantuvo a su lado para
ponerlos bajo su mando; emplazó a Catacalon como comandante de los Comatenos y
turcos y les encomendó que prestaran toda su atención al contingente escita a
fin de repeler sus embestidas.
4. Así
estaban las cosas. Tan pronto como el ejército de Brienio hubo llegado a la
altura del barranco, nada más dar mi padre la señal convenida saltaron entre
clamores y griteríos las tropas que estaban emboscadas y dejaron estupefactos a
los enemigos con su repentina intervención, circunstancia que aprovechó cada
uno acometiendo y matando al primero que encontraba hasta que los pusieron en
fuga.
Pero
Juan Brienio, hermano del caudillo, rememorando su ímpetu guerrero y su valor,
hizo volver su caballo con el freno, abatió de un único golpe al soldado de los
inmortales que lo seguía, detuvo a la falange que huía en plena confusión y,
tras reorganizarla, repelió a los enemigos. De ese modo, los inmortales
emprendieron la huida en desorden con un cierto desbarajuste, masacrados por los
soldados que iban siempre en pos de ellos.
5. Entonces mi padre se arrojó en medio de los
enemigos y, combatiendo valientemente, desbarató el orden de la formación en el
sector donde se había presentado, acometiendo a todo el que se le aproximaba y
derribándolo al punto. En la confianza de que algunos soldados lo
seguían para protegerlo sostenía incansable el combate. Pero, al darse cuenta
de que su falange había sido rota y estaba ahora dispersa por todas partes,
reagrupó a los de mayor presencia de ánimo (seis eran en total) y decidió que,
una vez estuvieran próximos a Brienio, cargarían contra él sin vacilación y, si
era necesario, aquéllos morirían con él. Sin embargo, Teodoto, un soldado que
había servido a mi padre desde pequeño, desaconsejó esa decisión, alegando que
el intento era manifiestamente descabellado. Cambió, pues, de opinión y
pretendía apartarse a corta distancia del ejército de Brienio para iniciar de
nuevo la acción, cuando hubiera reagrupado y reorganizado a algunos conocidos
de entre los soldados que se habían dispersado.
6. Aún
no se había apartado de allí mi padre y ya los escitas estaban desbaratando las
filas de los comatenos de Catacalon, mediante el empleo de un enorme griterío.
Una vez que los hubieron repelido y puesto fácilmente en fuga, dirigieron su
atención al pillaje; finalmente se fueron en busca de su campamento. Pues así
es la raza escita: cuando aún no han terminado de batir claramente al contrario
y poseer el dominio de la batalla, arruinan su victoria con el pillaje. Toda la
servidumbre que componía la retaguardia del ejército de Brienio se mezclaba con
las filas de sus soldados a causa del miedo a los es citas y para no sufrir
ninguna calamidad por culpa de ellos; como no paraba de presentarse gente que
huía de las manos escitas, se originó una no pequeña confusión en las filas de
Brienio, donde acabaron mezclándose unos estandartes con otros.
7.
Entre tanto mi padre, que estaba rodeado, como decíamos antes, por el ejército
de Brienio, vio a uno de los caballos imperiales, engalanado con el manto
púrpura y los fálaros dorados y también vio que los portadores de las picas
terminadas en doble hacha, los tradicionales acólitos del emperador, corrían
cerca de él. Al ver esto, ocultó su rostro con la visera que pendía en torno a
su casco y, lanzándose contra ellos con sus seis soldados, de los que antes
hemos dado cuenta, derribó al escudero, capturó el caballo imperial, arrebató
también al tiempo las hachas de doble filo e inadvertidamente abandonó el
ejército. Cuando estuvo fuera de peligro, despachó aquel caballo de dorados
fálaros y las picas con hachas de doble filo que marchan a ambos lados de la
imperial persona, junto con un heraldo de voz muy potente con la orden de que
recorriera todo el ejército gritando que Brienio había caído.
8. Esta estratagema, cuando fue realizada, logró que
se reagruparan soldados del disperso ejército de mi padre, el gran doméstico de
las escolas y los hizo retornar, mientras que animaba a otros a que se
mantuviesen firmes. Éstos se quedaron inmóviles en el lugar que
ocasionalmente ocupaban y, volviendo sus miradas hacia atrás, no daban crédito
a tan insólito espectáculo. Se pudo entonces obser-var la nueva situación que
se creó entre ellos: las cabezas de los caballos que montaban miraban hacia
adelante, pero sus rostros estaban vueltos hacia atrás, sin que avanzaran hacia
adelante y sin querer volver las riendas hacia atrás, por el contrario, estaban
estupefactos y como desorientados por lo que ocurría.
9. Los
escitas, que preferían regresar y emprendían la marcha hacia sus hogares, no
perdían el tiempo persiguiéndolos, y con su botín erraban por aquella zona
lejos de ambos ejércitos. El anuncio de que Brienio había sido capturado y
muerto iba envalentonando a los que hasta entonces se habían comportado como
cobardes y fugitivos; la noticia ofrecía las pruebas de su veracidad con la
presencia en todas partes del caballo adornado de insignias imperiales y con el
anuncio, que las solitarias picas con hachas de doble filo hacían, de que
Brienio, al que ésas velaban, había caído víctima de una mano enemiga.
VI. Victoria de Alejo y captura de Nicéforo
Brienio.
1.
Luego, la suerte del combate cambió de bando de la siguiente manera. Un
destacamento del contingente aliado turco alcanzó al doméstico de las escolas
Alejo y se percató de que había enderezado el curso del combate; mientras
pre-guntaban dónde estaban los enemigos acompañaron a Alejo Comneno, mi padre,
a una colina y a una señal de su mano sobre el ejercito enemigo lo contemplaron
como desde un puesto de observación; y éste era su estado: se hallaban
con-fundidos sin haberse reagrupado aún y se comportaban con altivez, porque
con la victoria ya lograda se creían fuera de peligro. Habían relajado su
ímpetu sobre todo cuando los francos que acompañaban a mi padre se pasaron a
Brienio durante la anterior desbandada. En efecto, cuando estos francos
hubieron bajado de los caballos y le ofrecieron la mano, como es costumbre. De
su patria a la hora de rendir vasallaje, cada uno desde su puesto acudió junto
a Brienio para observar lo que sucedía. Las trompetas proclamaron por todo el
ejército la noticia de que los francos se habían sumado a ellos tras abandonar
al general en jefe Alejo.
2. Cuando los hombres de mi padre y los turcos
recién llegados vieron que aquéllos estaban en una situación tan confusa, se
dividieron en tres secciones y ordenaron que las dos primeras permanecieran
emboscadas allí y que la tercera avanzara sobre el enemigo. Mi
padre fue el responsable de la totalidad de ese plan de combate.
3. Los
turcos no marchaban ordenadamente en falange, sino por separado y en grupos que
se mantenían por cada lado a cierta distancia unos de otros. Luego, cada
pelotón atacaba a los enemigos con una carga a caballo mientras lanzaban una
densa nube de flechas. Los acompañaba también mi padre Alejo, que había ideado
esa táctica completa, con todos los soldados que las circunstancias le habían
permitido reagrupar de entre los que estaban dispersos. Entonces, uno de los
inmortales que rodeaban a Alejo y que era valeroso y audaz se destacó con su
caballo del resto de la formación y avanzó a galope tendido directamente contra
Brienio y arremetió fuertemente con su lanza contra su pecho; pero Brienio
desenvainó vehementemente su espada cuando la lanza aún no había logrado
apoyarse con firmeza y la partió enseguida de un fuerte mandoble; al que
intenta-ba alcanzar lo atacó con su espada en la clavícula, le hizo impacto con
todo su poder y le seccionó el brazo entero, coraza incluida.
4. Los
turcos, que venían en oleadas, ensombrecían el ejército enemigo con sus
constantes disparos de dardos. Los hombres de Brienio estaban estupefactos por
este repentino ataque; sin embargo, tras reagruparse y recomponer las líneas,
encajaban la intensidad del combate exhortándose mutuamente a comportarse
valientemente. No obstante, los turcos y mi padre tras un breve enfrentamiento
con los enemigos fingieron huir, lo que arrastró pronto a los adversarios a una
emboscada gracias a la artimaña con que los estaban atrayendo. Una vez llegaron
al lugar donde estaba prevista la primera celada, de un giro se pusieron frente
a los hombres de Brienio y a una señal convenida, los emboscados salieron
inmediatamente cabalgando de todas partes como enjambres y con mucho griterío y
clamor y un constante lanzamiento de dardos ensordecieron los oídos de los
partidarios de Brienio y cubrieron de tinieblas sus ojos por el denso número de
dardos que llovía de todas partes.
5. Entonces, por la imposibilidad del ejército de
Brienio de ofrecer resistencia (todos los hombres y caballos estaban ya
heridos), éste inclinó su estandarte indicando la retirada y dio la espalda a
sus enemigos para que arremetiesen contra ella. Sin embargo, Brienio a
pesar del agotamiento del combate y de la intensa presión que sufría mostraba
su valor y su generosidad acometiendo sin cesar en una y otra dirección al
adversario y organizando también sin cesar las medidas precisas para la huida
de modo correcto y valeroso. Contendían, asimismo, a cada uno de sus lados su
hermano y su hijo, que en aquellos momentos dieron admirables muestras a los
enemigos de su heroico comportamiento.
6.
Cuando ya su caballo estaba exhausto y no podía emprender ni la fuga ni la
persecución (estaba próximo a expirar a causa de las sucesivas galopadas),
reteniéndolo con la brida como un valeroso atleta, se plantó en posición de
recibir y desafió a dos valientes turcos. Uno de ellos lo acometió con la
lanza, pero no logró darle un golpe decisivo e iba a recibir de la derecha del
turco otro más potente, cuando ya Brienio le había cortado con su espada la
mano, que rodó por tierra aferrada a la lanza. El otro, saltando de su caballo
como un leopardo, se precipitó sobre el caballo de Brienio y se agarró a su
costado. Aquél estaba firmemente enganchado a éste, procurando subírsele a la
espalda; y éste, revolviéndose como una fiera sobre sí mismo quería clavarle a
aquél su espada. Sin embargo, su empeño no encontraba la ocasión propicia y el
turco que estaba aferrado a su espalda se agachaba siempre y esquivaba los
mandobles. Finalmente, su derecha se dio por vencida de dar mandobles al aire y
el atleta renunció; se puso entonces por entero a disposición de sus enemigos.
Ellos lo cogieron y, como si hubieran alcanzado enorme gloria, lo llevaron a
Alejo Comneno, que no se había situado muy lejos del lugar donde se capturó a
Brienio y que estaba ordenando las falanges de los bárbaros y las suyas
propias, mientras las excitaba para el combate.
7.
Primero unos mensajeros habían anunciado a Alejo la captura de este hombre,
después lo presentaron al general; y era realmente un espectáculo temible tanto
durante la lucha, como cuando estaba cautivo. Dueño, pues, así de Brienio,
Alejo Comneno lo envió prisionero al emperador Botaniates, sin tocarle para
nada los ojos a este hombre. Pues no era Comneno de ese tipo de personas que se
ensañan con sus oponentes tras su captura y consideraba suficiente castigo ser
prisionero de guerra. Fueron, por tanto, sus grandes cualidades de nobleza,
humanidad y generosidad las que también mostró con Brienio.
8. En efecto, tras su captura, durante una ocasión
en que llegaron a un lugar llamado (...) después de haber recorrido un trecho
bastante grande de camino, le dijo a Brienio con intención de que el hombre se
recuperara de su pena dándole favorables expectativas: "Bajemos del
caballo y sentémonos un poco para descansar." Pero él, temeroso del
peligro que corría su vida, estaba como loco y no necesitaba reposo alguno. ¿Pues
cómo podría hacerlo quien da por perdida su propia existencia? No obstante,
pronto se doblegó al deseo del general. Pues si la persona sometida obedece a
todo lo ordenado, en el caso de que sea un prisionero de guerra, lo hace aún
más.
9. Los
caudillos, por consiguiente, desmontaron de los caballos; Alejo yacía recostado
sobre la verde hierba como sobre un lecho de follaje, y Brienio mantenía la
cabeza apoyada sobre la raíz de una encina de alta cabellera. El uno dormía y
al otro no lo vencía el dulce sueño, como se expresa la amable poesía. Pero se
fijó en la espada de Alejo y la estuvo contemplando colgada de las ramas; como
no veía a nadie por ningún lado en ese momento, rehaciéndose de su desazón, se
le ocurrió una idea bastante audaz que consistía en matar a mi padre.
Rápidamente hubiera llevado a cabo su resolución, si no hubiera sido porque una
fuerza divina procedente de lo alto se lo impidió, le calmó la furia de su
ánimo y lo inclinó a observar con benevolencia al general. Yo misma pude oírle
frecuentemente contar este relato. Le es legítimo, a quien quiera, pensar por
ello que Dios guardaba a Comneno para un puesto de mayor rango, ya que era su
deseo que el cetro de los romanos fuera honrosamente reclamando por él. Si le
ocurrió a Brienio después de esto alguna desgracia no deseada, es
responsabilidad de algunos que rodeaban al emperador. Mi padre es inocente.
VII. Basilacio se rebela contra Botaniates.
Alejo es encargado de someterlo.
1. Así
concluyó, por tanto, el episodio relacionado con Brienio; pero mi padre Alejo,
el gran doméstico, no iba a permanecer tranquilo e iría de contienda en
contienda. Borilo, el bárbaro más próximo a Botaniates de los que formaban su
círculo, salió de la ciudad, se encontró con mi padre, el gran doméstico, y
tras arrebatarle a Brienio de sus manos, hizo lo que hizo. Ordenó también a
Alejo de parte del emperador que marchara contra Basilacio, que ahora se ceñía
la diadema del imperio y sublevaba occidente sin cortapisas después de la
rebelión de Brienio.
En efecto, este Basilacio era uno de los hombres más
admirados por su valentía, coraje, audacia y fuerza; además, este hombre por
sus ansias de poder fue acaparando cargos y títulos de muy elevado rango,
intrigando para conseguir unos y usurpando otros. Cuando
Brienio fue sometido, Basilacio, como si fuese su sucesor, asumió todos los
presupuestos de la rebelión.
2.
Comenzando desde Epidamno (la capital del Ilírico) había llegado hasta la
ciudad de los tesalios, tras haber sometido por sí mismo toda la región y
haberse elegido y proclamado emperador, mientras trasladaba el ejército errante
de Brienio a donde quería. Este hombre era también admirado por las dimensiones
de su cuerpo, la fuerza de sus brazos, la severidad de su rostro, cualidades
que cautivan antes que otras a esa grosera clase de los soldados. Ésta no para
mientes en el alma, ni se fija en la virtud, sino que se detiene en las
virtudes del cuerpo admirando la osadía, la fuerza, la agilidad y la estatura,
juzgándolas dignas de la púrpura y de la diadema. Basilacio, que poseía estas
cualidades no sin nobleza, poseía también una valentía inconmovible; éste tenía
un cierto aire y aspecto digno por entero de ostentar el poder. Poseía una voz
tonante, capaz de aterrar a todo un ejército y un grito suficiente para
congelar el valor en el alma. Era invencible en sus arengas cuando intentaba,
indistintamente, animar al soldado al combate o desanimarlo para que huyera.
Como este hombre salió en campaña con tan ventajosas cualidades, tomó, como decíamos,
la ciudad de los tesalios y reunió en torno a sí un ejército imbatible.
3. Pero
mi padre Alejo Comneno, como si fuera a enfrentarse a un enorme Tifón o un
Gigante de cien brazos, tras despertar toda su astucia militar y su valiente
inteligencia, estaba listo para combatir con su contrincante. Y aunque todavía
no se había sacudido el polvo de sus últimas acciones ni había lavado la sangre
de la espada ni de sus manos, marchaba como un terrorífico león hacia
Basilacio, un jabalí de salientes colmillos, con su cólera despierta. Llegó, en
efecto, al río Bardario, pues así lo denominan en el lugar. Éste fluye desde lo
alto de los montes cercanos a Misia y tras cruzar muchos lugares y separar en
una parte oriental y otra occidental las cercanías de Berrea y Tesalónica,
desemboca en nuestro mar meridional. Algo semejante les ocurre a los ríos
mayores. Una vez que mediante un c mulo de tierras de aluvión ascienden a un
nivel importante, entonces fluyen sobre tierras bajas, como si cambiaran sus
primeros lechos, y abandonando su antiguo curso seco de humedad y falto de
agua, cubren el que recorren ahora de caudalosas corrientes.
4. Así pues, como existían dos cauces, el antiguo
lecho y el curso recién creado, después de contemplar el terreno entre ambos,
el gran estratega Alejo, mi padre, fijó como barrera de seguridad el torrente
del río y utilizó el antiguo curso, que se había convertido en un foso por el
flujo de la corriente, como una trinchera natural; tras esto montó el
campamento. No había más de dos o tres estadios de distancia entre uno y
otro cauce. Pronto todos estuvieron enterados de que el momento para descansar
sería el día, durante el que harían reposar sus cuerpos con el sueño y darían a
los caballos suficiente forraje, pues durante la noche permanecerían en vela
esperando un ataque por sorpresa de los enemigos.
5. Creo
que estas disposiciones las había adoptado mi padre por sospechar durante esa
noche alguna peligrosa tentativa proveniente de los enemigos. Esperaba que
éstos lo atacaran, ya sea porque lo previera gracias a su abundante
experiencia, ya sea por conjeturas de otra índole. El caso es que no dio largas
a las disposiciones que pedía su predicción, como tampoco sucedió que su
pronóstico no tuviera la contrapartida de la puesta en práctica de aquéllas, y
una vez levantada su tienda, salió al lado de sus hombres con armas, caballos y
toda la impedimenta necesaria para la batalla; dejó en el campamento lámparas
encendidas por todas partes y confió su tienda con su equipaje completo y con
el material que llevaba dentro y que precisaba para avituallarse a un tal
Yoanicio, uno de sus familiares más cercanos, que hacía tiempo había escogido
la vida monástica. El general se alejó un buen trecho y ocupó sus posiciones
con el ejército armado, aguardando el curso de los acontecimientos; había
tramado esto con idea de que Basilacio, cuando viera las hogueras encendidas
por todas partes y la tienda de mi padre iluminada, creyese que éste se
encontraba descansando en ella y, como consecuencia, que podía capturarlo y
someterlo.
VIII. Primer enfrentamiento con las tropas
de Basilacio tras una estratagema de Alejo.
1. No
erró mi padre en su predicción, tal como la hemos relatado. Efectivamente, como
se esperaba, Basilacio atacó de repente el campamento a la cabeza de un
ejército de jinetes e infantes que contaba con unos diez mil hombres
aproximadamente. Encontró por doquier tiendas iluminadas con hogueras y, cuando
vio también la tienda del general iluminada, entró con ímpetu en ella gritando
agitada y tumultuosamente. Como
no aparecía por ningún sitio la per-sona que esperaba hallar y no se
presentaban ni soldados ni general, sino unos pobres sirvientes abandonados,
todavía gritaba más y preguntaba estentóreamente: "¿Dónde está el
tartamudo?" Con esas palabras pretendía burlarse del gran
doméstico. Sin embargo, mi padre, con ser elocuente y original como ningún
orador en sus ocurrencias y argumentaciones, cuando pronunciaba la ere la
lengua se le descontrolaba levemente y se le replegaba de modo imperceptible;
en los demás sonidos hacía gala de una pronunciación fluida.
2.
Mientras Basilacio le gritaba esos insultos, buscaba y revolvía todas las
cosas, cofres, divanes, equipajes y hasta la propia cama de mi padre, no fuera
que el general estuviera oculto entre alguno de estos enseres. Simultáneamente,
miraba al monje llamado Yoanicio; en efecto, la madre de Alejo se preocupaba
afanosamente de que en todas sus campañas tuviera como compañero de tienda a
alguno de los más honorables monjes, y aquel complaciente hijo obedecía la
voluntad materna como lo había venido haciendo desde su infancia y su juventud
y hasta que se unió a una mujer. Basilacio buscaba entre todos los objetos de
la tienda y, según palabras de Aristófanes, mientras escudriñaba las tinieblas
del Erebo, no dejaba de interrogar a Yoanicio sobre el doméstico; pero el monje
sostenía con firmeza que había salido antes con todo el ejército. Cuando
reconoció que era víctima de un enorme error, se retractó de sus intenciones y
cambiando de un tono de voz a otro, gritaba: "Soldados y compañeros, hemos
sido engañados: el combate se entablará fuera de este sitio."
3. No
había concluido sus palabras, cuando mi padre Alejo Comneno los atacó mientras
estaban saliendo del campamento, asaltándolos enérgicamente con unos pocos
soldados de su ejército. Al percatarse de que alguien estaba colocando en orden
las falanges (en efecto, como la mayor parte de los soldados de Basilacio se
habían entregado al pillaje y a la recogida de botín -hecho que entraba dentro
de las primeras predicciones de mi padre-, aún no habían logrado reagruparse y
restablecer sus líneas, cuando desgraciadamente para ellos los atacó el gran
doméstico de improviso), una vez identificado el hombre que se dedicaba a
restablecer la formación, y pensando bien por su estatura bien por la
brillantez de sus armas (le refulgían las armas por el reflejo de las
estrellas) que aquél era el famoso Basilacio, se lanzó a su encuentro e
impetuosamente le alcanzó de un mandoble en la mano. Ésta, al instante, cayó
con la espada por tierra, lo que turbó grandemente a la falange. Pero no se
trataba de Basilacio, sino de uno de los más valientes partidarios de
Basilacio, que en nada desmerecía de Basilacio en las manifestaciones de su
valentía.
4. Así pues, Alejo se batía duramente contra ellos,
los alcanzaba con sus dardos, los hería con su lanza, profería aullidos de
guerra, se hundía en la noche, aprovechaba todo lugar, ocasión e instrumento
para imperturbable la victoria y se servía de todos estos recursos
valientemente, con prestancia y firme intención; y, aunque se encontraba con
gente que huía en todas direcciones, siempre sabía distinguir al enemigo del
amigo. Cuando
un capadocio llamado Gules, voluntarioso servidor de mi padre, diestro con su
mano, de ímpetu invencible en el combate vio a Basilacio y lo reconoció con
fiabilidad, le propinó un mandoble en. el yelmo. Pero le pasó lo que a Menelao
frente a Alejandro: su espada, rota en tres o cuatro partes, cayó de sus manos
dejando la empuñadura en la mano. Cuando el general lo vio, al momento se puso
a insultarlo por no tener espada y lo llamó cobarde; pero el soldado, mostrando
la empuñadura, lo único que le quedaba de su espada, procuraba calmar al gran
doméstico.
5.
Otro, un macedonio de nombre Pedro y de apellido Tornicio, cayó en medio de los
enemigos y mató a muchos de ellos. La falange de Basilacio seguía ignorando los
acontecimientos, pues, como el combate se había entablado en la oscuridad,
nadie era capaz de ver lo que estaba ocurriendo. Comneno se arrojó contra la
sección de la falange que aún no se había dispersado, hiriendo a los que se le
enfrentaban. Luego se volvió hacia sus soldados y de nuevo se afanaba para que
destruyeran lo que aún resistía de la falange de Basilacio, mientras mandaba
emisarios a los de retaguardia y les ordenaba no vacilar y que lo siguieran
rápi-damente hasta darle alcance.
6. En
esto, un celta de la guardia del doméstico, por contarlo brevemente, valeroso
soldado y lleno del espíritu de Ares, al ver que mi padre acababa de salir de
entre los enemigos, con la espada desnuda, exhalando una cálida transpiración
de sangre y, considerándolo uno de los enemigos, cayó a peso sobre él, lo
acometió con la lanza sobre el pecho y pronto hubiera desplazado al general de
la silla, si no es porque él mismo, simultáneamente, se afirmó en la silla y
llamó al celta por su nombre, amenazándolo con cortarle enseguida la cabeza con
su espada. Él siguió contándose entre los vivos gracias a que se excusó
alegando el desconocimiento de su identidad y la confusión provocada por la
noche y el combate.
IX.
Alejo derrota a Basilacio y es nombrado sebasto por el emperador.
1. Ésos
fueron los hechos que realizó de noche el doméstico de las escolas en
colaboración con unos pocos. Cuando acababa de sonreír el día y el sol
sobrepasaba el horizonte, los jefes de las falanges de Basilacio se afanaron
con todas sus fuerzas en reagrupar a los que se habían dedicado al pillaje y
habían abandonado la batalla. El gran doméstico, por su parte, había
recompuesto su ejército y se lanzaba de nuevo contra Basilacio. Los hombres del
doméstico vieron entonces de lejos a algunos soldados de Basilacio y tras una
impetuosa ofensiva, retornaron junto a su jefe trayendo consigo algunos
prisioneros.
2.
Manuel, el hermano de Basilacio, animaba al ejército desde una colina gritando
estentóreamente las siguientes palabras: "Hoy es el día de la victoria de
Basilacio." Un hombre llamado Basilio y de apellido Curticio, gran amigo
del famoso Nicéforo Brienio, cuyas peripecias ha contado nuestra historia y
como éste también incontenible cuando de la guerra se trataba, avanzó a la
carrera y dejó las filas de Comneno en dirección a la colina. Manuel Basilacio,
a su vez, sacó la espada de la vaina y, sueltas todas las riendas, se lanzó
impetuosamente contra él. Curticio le asestó un golpe en el yelmo no con la
espada, sino sacudiendo la maza que colgaba de su silla de montar y el
adversario al instante cayó derribado del caballo; luego, arrastrándolo
prisionero, se lo llevó a mi padre como botín. Entre tanto, los restos del
ejército de Basilacio, al ver que Comneno aparecía con sus propias tropas, se
dieron a la fuga tras una corta resistencia. Basilacio huía delante y Alejo
Comneno lo perseguía.
3.
Cuando alcanzaron Tesalónica, los tesalonicenses no vacilaron en acoger a
Basilacio y abrieron enseguida las puertas al general. Pero tampoco a pesar de
esta contrariedad desistió mi padre de su propósito, ni se desprendió de la
coraza, ni se despojó del yelmo, ni quitó el escudo de sus hombros, ni arrojó
la espada; por el contrario, tan pronto como hubo acampado, amenazó sin
miramientos a la ciudad con someterla al asedio y al pillaje. Como quería
salvar al hombre, le propuso la paz a Basilacio por mediación de su acompañante
Yoanicio (hombre de reconocida virtud) con unas condiciones que ofrecían a
Basilacio la seguridad de no sufrir ninguna represalia a cambio de su entrega y
la de Tesalónica. A pesar de la
desconfianza de Basilacio, los tesalonicenses decidieron dejar el paso franco a
Comneno por temor a que tomara la ciudad y a tener que soportar terribles
calamidades.
4. Sin
embargo, Basilacio, cuando se enteró de lo que estaba haciendo la población, se
trasladó a la acrópolis, a la que ascendió desde la ciudad. Y ni aún en estas
circunstancias renunciaba al combate y a las batallas, por más que el doméstico
le asegurara que no le sucedería nada irremediable. Antes al contrario,
Basilacio solía comportarse como un hombre íntegro en los momentos críticos y
apurados. No consintió en empañar su valor y gallardía, hasta que ocupantes y
defensores de la acrópolis, tras expulsarlo de común acuerdo, lo entregaron a
su pesar y por la fuerza al gran doméstico.
5.
Cuando Alejo hubo informado al emperador de la captura de Basilacio, permaneció
un poco de tiempo en Tesalónica y restableció la situación en la ciudad para
emprender finalmente el regreso brillantemente coronado. Pero unos enviados del
emperador llegaron a mi padre entre Filipos y Anfípolis y, tras ponerle en la
mano las órdenes dictadas por el emperador sobre aquel hombre, se hicieron
cargo de Basilacio, lo condujeron a un lugar llamado Clempina y cerca de la
fuente que hay allí lo privaron de la vista; desde el momento en que se produjo
este hecho y hasta hoy la fuente se llama fuente de Basilacio.
6. Éste
fue para el gran Alejo, como si fuera un Heracles, el tercer trabajo previo a
su ascenso al trono. No faltaríamos a la verdad si identificáramos a Basilacio
con el jabalí de Erimanto y a mi padre Alejo con un valerosísimo Heracles vivo
entre nosotros. Queden, pues, ahí los éxitos y las hazañas de Alejo Comneno,
por todos los cuales recibió como recompensa del soberano la dignidad de
sebasto con una proclamación pública de este cargo ante el senado.
X. Comienzo del análisis del peligro
normando. Descripción de Roberto Guiscardo.
1. Según creo, igual que hay cuerpos que padecen
enfermedades por causas externas e igual que en algunos otros las causas de las
enfermedades se generan en su mismo interior, y de acuerdo con uno u otro
motivo acusamos con frecuencia a las irregularidades del clima o a algunas
cualidades de los alimentos los orígenes de las fiebres y, en otras ocasiones,
achacamos la enfermedad a la descomposición de los humores, del mismo modo el
débil organismo de los romanos en aquella ocasión generó, como una mortal
enfermedad, o bien a esos mencionados hombres, es decir los Urselios,
Basilacios y cuantos componen la masa humana ansiosa de poder, o bien los
vaivenes de la fortuna nos trajeron del exterior a unos déspotas, como si
fueran un mal irremediable y una enfermedad incurable, es decir el famoso
Roberto, conocido por sus tiránicas intenciones, hombre jactancioso al que
generaron las tierras de Normandía y que parió y crió una perversidad sin límites.
2. El
imperio de los romanos se atrajo una enemistad de tal importancia por el
pretexto que le habían dado para sus guerras contra nosotros un compromiso
matrimonial concertado con los bárbaros y no ajustado a nuestros intereses y,
en especial, la negligencia del entonces reinante Miguel, perteneciente al
linaje de los Ducas. Y si acuso a algunos de mis parientes consanguíneos (en
efecto, la familia de mi madre procede de los Ducas), que nadie se enoje; he
decidido escribir la verdad de todos los acontecimientos y en lo que a ese
hombre respecta no hago más que reflejar los reproches que todos le han hecho.
Dicho soberano, Miguel Ducas, comprometió a la hija de ese bárbaro con su
propio hijo Constantino y este hecho fue el que provocó los ulteriores conflictos,
Sobre Constan tino, hijo de este emperador, sobre su compromiso matrimonial y,
en suma, sobre el matrimonio con la bárbara y, lógicamente, sobre qué grado de
belleza, qué estatura tenia este hombre, qué carácter y de qué clase,
hablaremos en su momento, cuando deba lamentar las desgracias que sufrí, es
decir, tan pronto como esté concluida la exposición de los hechos relacionados
con este matrimonio y con la destrucción total del poderío de los bárbaros,
seguida de la consiguiente ruina de los tiranos normandos, que fueron víctimas
de una irracionalidad que los alentaba a ir contra el imperio de los romanos.
3. Sin
embargo, antes debo volver atrás en la historia y detallar la peripecia vital
de Roberto, esto es, aclarar su linaje, su categoría social, el poder y el
rango a que lo elevó el curso de los acontecimientos, o por expresarme mejor y
de forma piadosa, el puesto hasta el que lo dejó avanzar la providencia,
consintiendo sus malas artes y tretas.
4, Roberto era de origen normando y de irrelevante
cuna; tenía pensamientos propios de un tirano, un temperamento astuto y una
fuerza considerable; era muy hábil para obtener la riqueza y el rango de las
personas importantes y el más irrefrenable a la hora de actuar por su
implacable persecución de los objetivos que se marcaba. En lo
relativo a su talla, su cuerpo era tan alto que superaba a los hombres de mayor
altura, su tez era rubicunda, su cabellera rubia, tenía anchas espaldas, sus
ojos eran (...), pero no sólo destellaba el fuego desde ellos. Donde la
naturaleza exigía anchura era proporcionado y donde exigía estrechez, se
conservaba la misma tendencia a la armonía, tal como he oído a muchos decir en
numerosas ocasiones. En cuanto a su voz, Homero dijo lo mismo respecto a
Aquiles: una vez que él había terminado de hablar, los que oían se quedaban con
la impresión de un tumulto producido por mucha gente y su grito, según dicen,
puso en fuga a millares de hombres. Gracias a estas cualidades, tanto físicas
como psicológicas, con que la fortuna lo había dotado, era indomable, como es
lógico, y no aceptaba ningún tipo de subordinación a nadie; pues estas son las
características que adornan a las personalidades fuertes, aunque sean de baja
extracción social.
XI. Inicios de las fechorías de Roberto Guiscardo.
La traición que cometió con su suegro Guillermo Mascabeles.
1. Como
tenía esa forma de ser y no soportaba que nadie lo mandase, partió de Normandía
con algunos caballeros (cinco eran los caballeros y treinta todos los
infantes), salió de su patria y se dedicó a merodear por las colinas, las
cuevas y los montes de Longibardía al mando de una partida de bandidos, con los
que asaltaba a los viandantes y tan pronto capturaba caballos, como otro botín
o armas. El pró-logo de su vida estuvo teñido de derramamientos de sangre y
denumerosos asesinatos.
2.
Mientras consumía el tiempo por los andurriales de Longibardía, reparó en él
Guillermo Mascabeles, que era en aquella época señor de la mayor parte de los
territorios colindantes con Longibardía y de donde recaudaba anualmente grandes
impuestos, con los que podía ejercer su autoridad sobre abundantes fuerzas
militares; era, en suma, un ilustre caudillo. Como se daba cuenta del tipo de
persona que era Roberto en ambos aspectos, es decir, su carácter y su físico,
se fue aproximando irreflexivamente a este hombre y acabó por comprometerlo con
una de sus hijas. Al poco tiempo de haberse celebrado el matrimonio y a pesar
de la admiración que Guillermo sentía por su temperamento y su experiencia de
los asuntos militares, fracasó sin remisión en los planes que había concebido.
3. En efecto, Guillermo le había regalado como dote
una ciudad y lo había honrado con otras muestras de amistad. Pero
Roberto, que abrigaba intenciones hostiles para con él, planeó una rebelión
contra su suegro; primero estuvo fingiendo su buena disposición, mientras
aumentaba sus fuerzas hasta triplicar el número de sus caballeros y procurarse
el doble de infantes de los que tenía antes. Tan pronto como hubo llegado a
este nivel de poder, empezó a agotarse la fuente de la que manaban sus buenas
disposiciones e iba desenmascarando paulatinamente su perversidad.
4. No
dejaba de dar y recibir motivos de escándalo y de tener continuamente actitudes
de las que suelen surgir luchas y guerras. Como el citado Guillermo Mascabeles
lo superaba holgadamente en riqueza y poder, Roberto rechazó la idea de hacerle
frente en una batalla cara a cara y tramó un malévolo plan. Simuló buena
voluntad, figuró arrepentimiento y planeó un ingenioso y pérfido engaño en
contra de su suegro que consistía en adueñarse de sus ciudades y convertirse en
señor de todas las posesiones de Mascabeles.
5.
Primeramente, pidió la paz y envió una embajada para concertar una reunión de
ambos frente a frente; Guillermo acogió favorablemente las propuestas de paz
por el extraordinario amor que sentía hacia su hija y concertó .el encuentro
para una fecha próxima. Roberto, a su vez, le señaló el lugar donde convendría
reunirse para dialogar y ponerse de acuerdo en los puntos concretos del
tratado. 'Era un sitio donde había dos colinas que sobresalían con pareja
altura sobre una llanura y que estaban opuestas diametralmente. La zona
intermedia era pantanos a y se proyectaba en ella la sombra de diversos árboles
y arbustos. En aquel mismo sitio emplazó Roberto a cuatro valerosos hombres
armados y emboscados con la orden de que vigilaran atentamente en todas
direcciones y cuando vieran que él reñía con Guillermo, saltaran inmediatamente
sobre éste sin la más mínima pérdida de tiempo. Una vez, pues, concluidos los preparativos de la
trampa, aquel malvadísimo Roberto abandonó una de las colinas, la que había
indicado a Mascabeles como apropiada para entablar las negociaciones, y se
apropió en cierto modo de la otra; tomó consigo quince jinetes y unos cincuenta
y seis infantes, ascendió a la colina, los organizó en esta posición, les
comunicó todo su plan a los más destacados de los soldados y le ordenó a uno
que llevara sus armas, es decir, su escudo, su yelmo y su espada, a fin de
poder armarse con facilidad llegado el momento; finalmente reiteró a los cuatro
emboscados la orden de que, cuando vieran que reñía con Mascabeles, corrieran
rápidamente hacia él.
6. En
el día señalado Guillermo llegó, con intención de ultimar su tratado con Roberto,
a las proximidades de la elevación que previamente éste le había indicado.
Cuando Roberto vio que aquél se iba acercando, salió a su encuentro montado en
su caballo y lo saludó abrazándolo muy calurosamente. Luego, ambos se situaron
en una pendiente que estaba un poco por debajo de la cima de la colina y
comenzaron a tratar lo que pensaban hacer. Aquel hábil Roberto iba consumiendo
el tiempo, entrelazando discurso tras discurso hasta que dijo a Guillermo:
"¿Por qué seguimos cansándonos montados a caballo? Desmontemos, sentémonos
en el suelo y trataremos con mayor comodidad los asuntos que sea
menester." Mascabeles secundó sus palabras, el ingenuo, desconociendo el
engaño y la trampa a que era llevado. Nada más ver a Roberto desmontar del
caballo, también él descendió a tierra, clavó su codo en el suelo y continuó la
con-versación. Roberto reconoció su vasallaje a Mascabeles y su fidelidad,
llamándolo señor y bienhechor. Algunos de los hombres de Mascabeles, tan pronto
como vieron que aquéllos desmontaban y que emprendían aparentemente otra
charla, ataron las riendas alrededor de las ramas de los arbustos y se
reclinaron en el suelo para refrescarse a la sombra de caballos y árboles,
fatigados por el calor y la falta de comida y bebida (era verano, la estación
en que el sol suele arrojar sus rayos en vertical y el calor se convierte en
insoportable) y otros se marcharon a casa.
7. Así
estaban los hombres de Mascabeles; a su vez, el siempre hábil Roberto, que
tenía prevista esta reacción, se precipitó de repente sobre Mascabeles,
abandonó la mirada que hasta entonces había mantenido, la cambió por otra llena
de furor y le puso encima a Mascabeles su mano asesina. Se produjo entonces una
refriega: tan pronto atacaba Roberto, como era atacado, o arrastraba y era
arrastrado; al final ambos cayeron rodando pendiente abajo. Cuando los cuatro
hombres emboscados los vieron, salieron del pantano y cayeron a la carrera
sobre Guillermo; una vez lo tuvieron bien atado, corrieron al encuentro de los
caballeros de Roberto situados en la otra elevación, si bien ellos ya venían
cabalgando en su dirección por la pendiente, seguidos a distancia por hombres
de Guillermo. Roberto subió al
caballo, tomó yelmo, lanza, los aferró fuertemente y, cubriéndose con el
escudo, se volvió y acometió con su lanza a uno de los hombres de Guillermo,
que perdió la vida al tiempo de recibir el lanzazo.
8. Tras
repeler en el mismo instante el ataque de los jinetes de su suegro y frustrar
el auxilio que venían a prestarle (los restantes dieron enseguida la espalda,
al ver que los jinetes de Roberto estaban por encima de sus cabezas y que
estaban apoyados por la naturaleza del terreno), tras frustrar de esta manera
Roberto el ataque de los caballeros de Mascabeles, éste fue conducido prisionero
y encadenado a la fortaleza que Mascabeles había dado a Roberto como regalo de
boda en el momento de comprometerlo con su hija. En consecuencia, la plaza
fuerte retuvo a su propio señor como cautivo, por lo que fue llamada Prisión,
como es lógico, a partir de aquel momento. Pero nada es peor que relatar la
crueldad de Roberto, porque, una vez convertido en dueño absoluto de
Mascabeles, se dedicó primero a arrancar le todos los dientes y a pedir por
cada uno de ellos una importante cantidad de monedas, al tiempo que se
informaba de dónde estaban depositadas. Como no cesó de desdentarlo hasta que
se hubo apropiado de todo su dinero, las riquezas y los dientes abandonaron
simultáneamente a Mascabeles; luego, fijó su mirada en los ojos de Guillermo y
lo privó de la vista, porque le envidiaba hasta la mirada.
XII. Roberto concibe el plan de apoderarse
del imperio y engaña a su gente para que lo secunden.
1. Una
vez convertido en dueño de todas las posesiones de su suegro, a partir de este
instante empezó a medrar día a día y, por su natural inclinación a acumular
mayor poder, iba sumando a las ciudades que ya poseía otras nuevas ciudades y a
sus riquezas otras riquezas. En breve ascendió a la dignidad de duque y se
denominaba duque de Longibardía. Como consecuencia, a partir de ese momento
todos se excitaban de envidia en contra de él. Pero Roberto, que era un hombre
inteligente, acabó por asumir el control total sobre Longibardía y sobre las
regiones colindantes, bien sirviéndose de la adulación con sus adversarios,
bien aplacando con regalos los tumultos del pueblo, o reprimiendo con su
ingenio la envidia de los notables contra él y, en alguna ocasión, apelando a
las armas.
2. Roberto, que siempre aspiraba a tener mayor poder
y que estaba proyectando sus pensamientos sobre el imperio de los romanos, con
el pretexto de su parentesco con el emperador Miguel, como dije, se lanzó a la
guerra contra los romanos. Habíamos dicho antes que el soberano
Miguel, no sé cómo, prometió a su hijo Constantino con la hija de ese tirano
(Helena se llamaba).
3. Me
emociono y se me turban el alma y los pensamientos, cada vez que me acuerdo de
este joven; pero dejo pendiente la narración de los hechos relacionados con él
hasta que llegue el momento oportuno. Solamente no me resisto a decir lo que
sigue, aunque esté fuera de lugar: aquel muchacho era un prodigio de la
naturaleza y un regalo de las manos de Dios, por así decir. En efecto, sólo con
mirarlo se hubiera llegado a la conclusión de que era una pervivencia de la poetizada
edad de oro de los griegos; tan arrebatadora belleza tenía. Cuando recuerdo a
este joven después de tantos años, yo me cubro de lágrimas; pero contengo mi
llanto y lo administro pensando en ocasiones más adecuadas y para no confundir
la historia mezclando los elogios dedicados a los míos con los relatos
históricos.
4. Este
joven, de quien hemos hablado aquí y en otras partes, era mayor que nosotros en
edad y antes de que nosotros viéramos la luz del sol, se convirtió en prometido
puro e inmaculado de Helena, la hija de Roberto; la promesa de matrimonio quedó
por escrito, a pesar de lo cual no llegó a cumplirse y quedó sólo en promesa,
ya que este muchacho era aún impúber por la edad que tenía. Dicha promesa fue
rota en el momento en que el emperador Nicéforo Botaniates accedió al imperio.
Pero me he desviado del curso de mi narración; volveré de nuevo al punto en que
me desvié.
5. En
suma, el famoso Roberto, que había pasado de tener un origen muy oscuro a ser
hombre de ilustre linaje y que había acumulado un inmenso poder en su persona,
conjuraba para convertirse en monarca de los romanos. Se inventó, en
consecuencia, una serie de pretextos creíbles para su odio y sus guerras contra
los romanos. De estos hechos se da una doble interpretación.
6. Una,
que corría de boca en boca hasta que llegó a nuestros oídos, decía que un monje
llamado Réctor, haciéndose pasar por el emperador Miguel, desertó al bando de
Roberto y en calidad de consuegro se lamentaba de sus personales desgracias. El citado Miguel había recogido el cetro de los
romanos tras el reinado de Diógenes y, después de estar al mando del imperio
durante un breve tiempo, fue derrocado por Botaniates, que se había rebelado
contra él; entró, entonces, en la vida monástica para posteriormente vestir el
hábito episcopal, la tiara y, si se quiere, incluso la epómide. Este
fue el consejo que le dio el césar Juan, su tío por parte de padre, que conocía
el carácter voluble del que entonces gobernaba y temía que Miguel sufriese
algún daño.
7. El
mencionado monje Réctor, al que llamaríamos mejor el actor más atrevido de
todos los tiempos, fingió ser Miguel. Acudió al lado de Roberto como consuegro
y lo puso al corriente de los hechos relacionados con la injusticia que se
había cometido contra él, es decir su derrocamiento del trono imperial y el
infortunio que lo tenía reducido al estado que presentaba. Por todos estos
agravios invocaba al bárbaro en su defensa; y añadió que había dejado sin
recursos y sin prometido alguno a la hermosa y joven doncella Helena, mientras
decía enojado que la emperatriz María y su hijo Constantino habían sido
arrastrados al partido de Bota-niates contra su voluntad y obligados por el
despotismo de éste. Con estas palabras iba excitando la cólera del bárbaro e
iba ofreciéndole las armas que precisaba para la guerra contra los romanos.
Cuando semejante relato llegó a mis oídos, no me asombré de que algunos
personajes de muy oscuro linaje se fingieran seres ilustres y de noble origen.
8.
Tengo presente, sin embargo, otra interpretación más creíble que proviene de
otras fuentes; no hubo ningún monje que se fingiera el emperador Miguel, ni
nada parecido que incitara a Roberto a combatir contra los romanos, sino que el
bárbaro mismo, que era muy astuto, elaboró el citado plan sin dificultad. Esta
versión continúa así: el mismo Roberto, según dicen, persona carente de
cualquier tipo de escrúpulos, había estado gestando la idea de emprender la
guerra contra los romanos y había estado preparándose desde mucho tiempo atrás
para el combate, pero algunos de sus más señalados partidarios, incluida Gaita,
su propia mujer, había puesto impedimentos a su plan porque pensaban que iba a
encabezar una guerra injusta y que estaba haciendo preparativos bélicos contra
cristianos; por ello debían retenerlo con frecuencia en el momento en que
estaba a punto de intentar semejante empresa. Roberto, a su vez, con el deseo
de dar un fundamento convincente a la excusa de la guerra, envió unos hombres a
Cotrone que estaban al corriente de sus secretos proyectos y que tenían órdenes
de acoger, confraternizar y conducir a su presencia al primer monje que vieran
con intención de cubrir la travesía hacia Italia, para ir en peregrinación al
templo de los dos principales apóstoles y patronos de Roma y que por su aspecto
no pareciera excesivamente vulgar. Tan
pronto como encontraron al citado Réctor, hombre taimado y de inigualable
perversidad, le indicaron por carta a Roberto, que estaba en Salerno, lo que
sigue: "Tu deudo Miguel, el que ha sido despojado del poder imperial, ha
llegado para solicitar tu auxilio." En efecto, Roberto les había ordenado
que redactaran en esos términos la carta que iba a ser dirigida a él.
9. Nada
más tenerla en sus manos, se la leyó inmediatamente a su esposa; luego convocó
a todos los condes y también les enseñó la carta a fin de verse libre de
obstáculos provenientes de ellos con el pretexto de haber asumido sin dilación
una causa justa. Muy pronto todos se nl0straron de acuerdo con la decisión de
Roberto y de este modo se presentó ante el monje y concluyó un convenio.
Roberto organizó entonces una auténtica obra de teatro con todos estos
elementos y montó una puesta en escena; fingió que aquel monje era el emperador
Miguel, que éste había sido despojado del trono, privado de su mujer, de su
hijo y de todos los demás bienes por el tirano de Botaniates y que,
in-justamente y contra toda razón justa, lo habían obligado a vestir el hábito
monástico en lugar de las bandas y la diadema. Finalmente, añadió: "Ahora
ha llegado suplicante a nuestra presencia."
10.
Roberto se expresaba así públicamente, mientras tomaba medidas para'
restituirlo en el imperio debido a su parentesco y mientras hacía diariamente a
aquel monje objeto de honores, como si se tratase en realidad del emperador,
concediéndole la presidencia en los actos públicos, los asientos de mayor
altura y extraordinarias muestras de respeto; y estructurando sus
intervenciones públicas de diversas maneras, tan pronto buscaba la compasión por
los sufrimientos de su hija, como deseaba ahorrar le a su consuegro el recuerdo
del daño que había sufrido o alentaba y excitaba a los bárbaros que lo rodeaban
para la guerra con astutas promesas de montañas de oro que, les anunciaba,
obtendrían del imperio de los romanos.
11. En
fin, gracias a que atrajo su atención, logró alzar en armas tanto a los más
ricos como a los más pobres de Longibardía y, aprovechando su caudillaje, se
apoderó de Salerno, la capital de Melfi, desde la que, tras ultimar las bodas
de sus otras hijas, planeó la guerra magníficamente. Respecto a sus hijas,
tenía dos aún con él, pues la tercera residía infeliz en la emperatriz de las
ciudades desde el mismo momento del matrimonio. Pues sucedió que Constantino,
dada su condición de impúber, escapó desde el principio de estas nupcias como
los niños pequeños escapan de los fantasmas. De las otras dos hijas, a una la
prometió a Raimundo, hijo del conde de Barcelona y a otra la casó con Eubulo,
también un conde muy ilustre. Ni
siquiera estos compromisos los planeaba Roberto sin sacarles provecho y por
todos los medios ganaba e incrementaba su poderío, ya fuera por el linaje, por
la prepotencia, por el parentesco, o por otros medios de diversa índole que
nadie podría siquiera imaginar.
XIII. Enfrentamiento entre el papa y el rey
de Alemania y el papel desempeñado por Roberto en este conflicto.
1.
Entre tanto se produjo también el siguiente suceso digno de relatarse, porque
se refiere a algo que incrementaba su buena suerte., Efectivamente, el hecho de
que todos los caudillos de occidente reprimieran cualquier tipo de actitud
contraria a él podemos incluirlo entre las causas que provocaron la gran
prosperidad de los intereses del bárbaro, ya que además la suerte era su
colaboradora, lo elevaba al poder y le facilitaba toda clase de ayuda.
Consecuentemente, el papa de Roma (que ejerce un cargo noble y reforzado por
ejércitos de toda índole), a causa de algunos conflictos que le habían surgido
con Enrique, el rey de Alemania quería atraerse a Roberto mediante una alianza
por la celebridad que había logrado y la aspiración que sentía de poseer
grandes dominios.
2. La
disputa entre el rey y el papa consistía aproximadamente en lo siguiente. Éste
acusaba al rey Enrique de no cederle gratuitamente el control de las iglesias,
de querer vendérselas a cambio de dinero y también de conferir en cierto modo
la dignidad de obispo a hombres indignos; éstas eran las reclamaciones que le
hacía el papa y por las que lo perseguía. El rey de Alemania, por su parte,
acusaba al papa de usurpación, ya que había arrebatado el trono apostólico sin
su consentimiento. Igualmente, adoptaba una actitud desvergonzada con el papa
amenazándolo muy osadamente con expulsarlo de su sede y humillarlo si no la
abandonaba de buen grado.
3. Cuando el papa se hubo enterado de estas
exigencias, no tardó en enfurecerse contra los embajadores, a quienes primero
torturó y luego les peló a rape la cabeza con unas tijeras y les rasuró las
barbas con una navaja de afeitar; finalmente, les permitió marcharse tras
realizar con ellos una última e insólita prueba de su iniquidad, que superaba
incluso a las vejaciones de las que suelen hacer gala los bárbaros. Yo
detallaría también este ultraje, si no n1e retuviera el pudor propio de una mujer
y de una princesa imperial. Porque
el acto que llevó a cabo no sólo era indigno de un pontífice, sino incluso de
cualquier persona que se hiciera llamar cristiano. Quedé
horrorizada cuando me enteré de cómo pensaba este bárbaro, más que por la propia
importancia del hecho en sí y por ello, si hubiera descrito en detalle aquel
acto, habría mancillado mis instrumentos de escritura. Baste como muestra del
ultraje que les infligió el bárbaro y de que el tiempo en su curso engendra
toda clase de caracteres humanos dispuestos a atreverse con la maldad más
absoluta, el que ni siquiera nosotros soportemos desvelar o narrar el más
mínimo detalle de lo que se realizó.
4. ¿y
éstos son los actos de un pontífice, oh justicia, éstos son los actos del
primer pontífice, éstos son los actos de la que es primera sede de todo el
mundo, según afirman y piensan los latinos, pues se jactan de ello? Cuando se
trasladaron de Roma a Constantinopla, a nuestra tierra y a nuestra ciudad
imperial, el cetro, el senado y, al mismo tiempo, la administración estatal, se
transformó también la jerarquía de las sedes episcopales. Los emperadores que
reinaron anteriormente concedieron la primacía a la sede de Constantinopla y,
principalmente, el sínodo de Calcedonia en pleno, que, al elevar el trono de
Constantinopla a la primerísima dignidad, le subordinó todas las diócesis del
mundo.
5. No
hay duda, pues, de que el ultraje iba dirigido no tanto contra los embajadores,
como contra el que los había enviado y por ello, además de castigarlos, el papa
en persona descubrió una especie de nuevo ultraje que empleó contra ellos. En
efecto, con sus actos comunicó, según creo, de forma simbólica al rey que las
exigencias planteadas le importaban un comino, igual que si un semidiós
pretendiera dialogar con un mulo a través de los embajadores que fueron
víctimas de la citada vejación.
6. Tan
pronto como el papa hubo concluido con estos actos, como dije, y hubo remitido
al rey sus embajadores reducidos a ese lamentable estado, le declaró una
violentísima guerra. Para evitar que el rey llegara a ser imbatible por su
unión con Roberto, se adelantó a proclamar sus pacíficas intenciones a Roberto,
cuando ni siquiera previamente poseía lazos de amistad con él. Al enterarse de
la llegada del duque Roberto a 8alerno, el papa partió de Roma y se presentó en
Benevento. Tras unas conversaciones a través de embajadores, concertaron un
encuentro personal. De
este modo después de que uno saliera de Benevento con su guardia y otro de
Salerno con un ejército, tan pronto como las tropas de ambos se hubieron
divisado a una prudente distancia, cada uno de ellos se destacó de sus filas,
se encontraron en un mismo sitio, se intercambiaron mutuos juramentos de
lealtad y se volvieron. El juramento establecía que el papa debía
conferir a Roberto la dignidad de rey y firmar con él una alianza en el momento
oportuno contra los romanos; el duque, a su vez, juró al papa, que lo apoyaría
en lo que deseara. Sin embargo, estos juramentos nunca se hicieron realidad. El
papa estaba muy enojado contra el rey y el enfrentamiento contra éste le corría
mucha prisa; y el duque Roberto, por su parte, tenía su mirada puesta sobre el
imperio de los romanos, contra el que rechinaba los dientes como un jabalí
salvaje y desfogaba su cólera; por tanto, los juramentos se quedaron sólo en
las palabras. Estos bárbaros no bien habían terminado de jurar el cumplimiento
de sus mutuos acuerdos, cuando ya los tenían revocados.
7. El
duque Roberto, volviendo riendas, se dirigió a Salerno y ese despreciable papa
(no sé de qué otro modo llamarlo ante el recuerdo de aquel inhumano ultraje a
los embajadores) marchó a la guerra, una guerra civil, asistido por la gracia
espiritual y la paz evangélica, con todo convencimiento y con todas sus fuerzas,
el muy déspota, el pacífico y el discípulo del pacífico. El papa pronto
despach., embajadores a los sajones y a Landulfo y Velco, caudillos de los
sajones, con promesas de muchos y diversos beneficios y con el anuncio de que
los haría reyes de todo el occidente; con dichas ofertas se atrajo a estos
hombres a su partido. Tan pronta tenía él su diestra para nombrar reyes,
haciendo oídos sordos, según parece, a San Pablo, cuando decía: "No
impongas a nadie las manos con ligereza." Ceñía la diadema al duque de
Longibardía y coronaba a aquellos sajones.
8.
Cuando ambos, Enrique, el rey de Alemania, y el papa coincidieron en el campo
de batalla con sus fuerzas y las tuvieron alineadas unas frente a otras, la
trompeta dio la señal convenida y la batalla provocó en cada uno de los dos
bandos un violento y continuo alboroto. Tan valientemente se portaban ambas
facciones y encajaban las heridas de lanzas y la nube de dardos, que en breve
toda la extensa llanura quedó encharcada con la sangre de la matanza hasta el
punto de que los supervivientes debían luchar nadando en una masa de sangre
mezclada con polvo. Incluso
en ocasiones, al pisar los cuerpos de los muertos, algunos caían y se ahogaban
en los ríos de sangre porque si es verdad, como dicen, que cayeron más de
treinta mil hombres en aquella batalla, qué grandes torrentes de sangre
debieron de fluir, qué gran extensión de tierra debió de manchar se con el
polvo y la sangre.
9.
Ambas partes estuvieron manteniendo las cabezas igualmente altas en el combate,
por decirlo de alguna manera, hasta que la muerte de Landulfo, el caudillo de
los sajones, decidió el final de la contienda. Tan pronto como éste recibió una
herida mortal y dejó de vivir, cedió la falange del papa y ofreció la espalda a
los enemigos en una huida no exenta de sangre ni de heridas. Lo siguió Enrique
excitando y animando a la persecución desde el mismo instante en que se enteró
de que Landulfo había caído por obra de una mano enemiga. Sin embargo, acabó
por detener su carrera y ordenar que su ejército descansara; cuando volvió a
armarse ya descansado, se apresuró en dirección a Roma con intención de
asediarla.
10.
Recordó entonces el papa los tratados y juramentos con Roberto y le mandó una
embajada para solicitar su ayuda. Y he aquí que, simultáneamente, también
Enrique buscó su apoyo con el envío de emisarios en el momento de marchar sobre
la vieja Roma. A Roberto, sin embargo, le parecieron ambos igualmente idiotas
al requerir un pacto de tal índole; entonces respondió al rey de palabra, sin
ningún escrito y al papa le redactó una carta. La carta decía, más o menos,
así: "Carta para el gran pontífice y señor mío, de Roberto, duque por la
gracia de Dios. Aunque conozco de oídas la ofensiva que unos enemigos han
realizado contra ti, no he dado ningún crédito a ese rumor, porque sé que nadie
se atrevería a levantarte la mano. ¿Quién, a no ser que estuviera loco,
intentaría algo contra tan magnífico padre? Por otra parte te comunico que yo
me estoy armando para una muy dura campaña contra un pueblo dificilísimo de
batir: los romanos, que han llenado toda la tierra y el mar con sus triunfos.
Sin embargo, soy deudo, desde el fondo de mi alma, de mi lealtad hacia ti, que
te brindaré cuando la ocasión lo requiera." De este modo despachó a los embajadores
de los gobernantes que solicitaban su auxilio, a unos lo hizo con esta carta, a
otros con una despedida repleta de buenas palabras.
XIV. Roberto se apresta a cruzar en
dirección a Aulón. Ac-tuaciones previas de su hijo Bohemundo en el Ilírico.
1. Pero no omitamos las acciones que realizó él en Longibardía hasta su llegada a Aulón acompañado del ejército. Porque era además una persona de carácter tiránico y muy cruel, fue en aquellos momentos cuando imitó la locura que arrebató a Herodes.