Imperio y Papado- La Constitutio Romana
La importancia que el Emperador Luis
sentía por los intereses de la Iglesia, y la importancia que él le concedía a la
administración eclesiástica acorde a la vocación del sacerdocio cristiano, iban
en perfecta armonía lo mismo con las tradiciones establecidas por Carlomagno
como con la concepción universal de un Imperio en el cual los poderes civiles y
eclesiásticos andan íntimamente relacionados, si bien conservando la autoridad
imperial su autonomía frente al poder espiritual de la Iglesia. Nada más comenzar
su reinado Luis dejó bien claro que pretendía mantener su independencia y
prerrogativas imperiales incluso contra
el Papa de Roma. Cosa que Luis demostró al tomar en sus manos el asunto de la
relación sagrienta entre el Papa del momento, León III, y la nobleza romana. Descubierta
la conspiración contra su cabeza el obispo de Roma, usando toda su fuerza,
castigó a los conspiradores acorde a su poder y celo por su trono, condenando a
muerte a los conspiradores, sin el permiso del emperador, a quien, por la dignidad imperial, le correspondía
juzgar a sus vasallos señoriales. Estando el reino de Italia bajo la
Jurisdicción de su Imperium se podía considerar como un abuso de poder y una
ofensa contra la cabeza del Imperio la forma que tuvo León II de librarse de
los enemigos de la sujeción de la Iglesia Católica a la Corona de los Francos;
pues, como recordará quien haya leído la bío de León III, el Papa que coronó a
Carlo Magno, la rebelión de la que se habla fue el resultado de una alianza
entre obispos y nobles romanos en total desacuerdo con el rumbo que el Papa le
había dado al futuro de Italia y la Iglesia. Fueron muchas las cabezas de
obispos que rodaron ese año por las aguas del Tiber.
Louis, en consecuencia, creyendo que sus
derechos habían sido infringidos por la independencia de que había hecho gala
el Papa, le ordenó a Bernardo, rey de Italia, y a Geraldo, Conde de la Marca
Oriental, abrir una una investigación al
respecto. Dos enviados de la Santa Sede tuvieron que a acompañarlos ante el
Emperador a fin de presentar las excusas debidas y sostener sobre justicia la
conducta del Papa (815). Lo cual no quita que Bernardo, como rey, tuviera que
dejar de aplastar la revuelta contra la autoridad papal que tuvo lugar ese
mismo año en la provincia de Salerno, al sur de Italia, totalmente conectada
con los parientes de los ajusticiados por León III; Winichis, Duque de Spoleto,
bajo las órdenes de Bernardo, fue el encargado de ejecutar la orden.
Al poco León III murió, el 12 de junio del
816, y los romanos le eligieron como sucesor a Esteban IV. Esteban era miembro
de la nobleza italiana, aquélla nobleza que había cogido la Palabra de Dios, la
que dice.” Es más difícil que un rico entre en el reino de Dios que un elefante
entre por el ojo de una aguja”, y burlándose de Dios se había reservado la
Iglesia para su clase. ¡La sangre azul, ya se sabe, lo que no pueda la sangre
azul!
Esteban, digno sucesor de su predecesor,
no en vano sobrevivió a la purga de León III contra todos los obispos romanos
contrarios a la sujeción de la Iglesia al Imperio, se entregó a la causa de los
Francos con la obediencia debida que nace de la necesidad de un protector
contra la hostilidad de la Iglesia Católica Italiana, que seguía revuelta y no
aceptaba poner su independencia a los pies del rey de los francos, por muy hijo
de Carlo Magno que fuese Luis. Y en consecuencia el primer acto oficial de
Esteban fue arrodillarse ante el emperador, olvidando en él la iglesia romana
que no se puede servir a dos señores, etcétera. Acto que cerró con un juramento
de lealtad a la corona de Luis, despreciando, según el dicho: “O acabará
despreciando a uno”, la Palabra del Otro que dice: “No jurarás, ni por tu
cabeza”, etcétera”. Acto que había de encontrar en la Iglesia Católica una
oposición lógica y a la vez causar otra necesidad imperiosa, no otra que poner
de rodillas a toda la Iglesia Católica, juramento de lealtad que no parece,
como se verá de los hechos, que estuviesen los obispos italianos muy dispuestos
a poner en sus bocas, exceptuando los de Esteban, se entiende. Enfrentado a esta oposición de la Iglesia
Católica y previendo que no sin más sangre pudiese evitarse el conflicto que ya
tiñera de sangre Roma por orden de León III, su predecesor, Estaban su sucesor, solicitó una entrevista personal
con Luis a fin de poner las cartas sobre la mesa y obtener de su dignidad
imperial la gracia de proceder al aplastamiento de la oposición italiana al
señorío franco con las medidas que fueren necesarias.
Louis consintió de buena gana a
entrevistarse con Esteban, quien, al corriente de la causa, y de la oposición a
su viaje que le pondría una Iglesia Católica apoyada por la nobleza
independista italiana, Luis le ordenó a Bernardo que escoltase a Esteban hasta
Francia. Luis esperó en Reims al Papa. La
coronación imperial en mente Luis paseó a Esteban por la capital sagrada de su
reino y en plena pompa imperial lo condujo a la famosísima Abadía de San Remigio,
el apóstol de Clodoveo el Merovingio y el gran espíritu tras la formación del
reino de los Francos. En los días
siguientes Estaban y Luis charlaron sobre las cosas de Italia y de la Iglesia y
el asunto liquidado al gusto de ambos se procedió a la coronación imperial en
la Catedral de Nuestra Señora de Reims. El Papa ungió la cabeza de Louis al estilo
de Samuel y David y puso una diadema que él en persona trajo consigo de Roma.
La Emperatriz Ermengarda fue coronada y consagrada, y unos días más tarde,
terminado el teatro, Esteban, acompañado por un legado imperial y su
correspondiente escolda armada, puso rumnbo de vuelta a Roma. El precio que
Luis había pagado por la Coronación Esteban lo había cobrado en propiedades de
los Estados del Vaticano. Y con la firma de Papa y Emperador la alianza entre
Papado e Imperio quedaba cerrada. Por esta alianza el Papado se ganaba un Brazo
Protector y la Iglesia perdía su Independencia para la Administración de su
reino espiritual, en cuyos asuntos el Emperador había comprado todo el derecho
de intervenir cuando asi lo considerara, especialmente a la hora de la elección
y nombramiento de un nuevo Papa. ¿Quien gobierna la cabeza no gobierna su
cuerpo? La semilla del Conflicto de las Investiduras ya estaba sembrada. Pero
sigamos; la vida de Esteban IV y los problemas con los que lidió están escritos
en otra parte; si quereis un resumen podeis pasar por aquí.
Esteban IV murió el 24 de enero del 817.
Se deduce del mini-reinado de Esteban que la batalla de la Iglesia Católica y
la nobleza Italiana contra el Emperador, al que se le quería como amigo, no
como enemigo, seguía dando sus frutos de sangre, y que Esteban se equivocó al
ponerse en manos de un hombre en desprecio al Brazo de Dios. ¿O acaso porque la
distancia entre el Cielo y la Tierra sea insalvable tarda Dios más en cruzarla
que el Emperador los Alpes? Nadie sabe de qué murió Esteban, y puesto que la
ignorancia es el mejor silencio debemos creer que su muerte fue el resultado de
la batalla que León III abriera pero no
acabara. De hecho Esteban intentó atraerse a la Iglesia Católica a la causa del
Papa y, en su celo por el Emperador, le abrió los brazos a los supervivientes
que León no atrapara. Más de uno, creyendo que esta bondad era un regreso del
obispo romano a la comunión católica, le dio su voto para llegar a ser Papa y
desde esta posición comenzar a poner al
Emperador en su sitio. Mas Esteban traicionó estas esperanzas.
Luis, al que la muerte de su vasallo le
hizo comprender que la resistencia a su Mandato requería de medidas más
competentes, apenas elegido Pascual para Papa envió a su hijo Lotario a Italia.
En el nombre del padre, Lotario reafirmó la Alianza entre Emperador y Papa, y,
para que el cumplimiento fuese efectivo, el mismo hijo de Luis asumiría la
corona de Italia. Pero la coronación de Lotario como emperador asociado a su
padre, en el 823, no sólo no resultó aconsejable para el Papa sino que levantó
la hostilidad de la nobleza italiana que veía, como suele suceder siempre que
un rey extranjero se sienta en el trono de una nación extraña, una amenaza a su
status quo. La revuelta entre el partido proimperial y el partido
católico-nacionalista no tardó en derramar sangre y el primicerius Teodoro y su
yerno Leo, altos personajes al servicio de la iglesia romana, fueron las víctimas más notables de la sangrienmta
batalla entre bastidores; acusados de ser siervos del nuevo rey, cegados y
decapitados pasaron a mejor gloria. Contra lógica, Pascual fue acusado de haber
permitido y hasta pedido esta doble ejecución. Escandalizado, el emperador
envió dos legados a Roma con el propósito de castigar a os culpables y de
limpiar el buen nombre del Papa, que había sido mezclado en el crimen como
instigador. Partiendo de los hechos, podemos creer que nada más lejos de la
verdad. Lo prueba el que no sólo se demostró su fidelidad al emperador sino que
al poco el mismo Pascual pasó a mejor
gloria. Y si observamos más atentamente la sucesión de las matanzas veremos en
ella una irrebatible Lógica: León III descuartizó la oposición entre los
cardenales, Esteban se cebó en los obispos, y Pascual en los siervos de la Curia.
La limpieza no había podido ser más digna del Papado.
Tan pronto, pues, como el emperador puso
donde sus enemigos quitaron, Eugenius II, al servicio de su señor el emperador
y a cambio de sus Estados Pontificios, siempre, recibió a Lotario, que regresaba a Roma con el simple fin de someter la justicia italiana y los Estados
pontificios a la jurisdicción del imperio. Bajo esta situación era solamente
natural que Emperador y Papa firmasen una Constitutio Romana, en el 824, en
virtud de la cual “todo bicho viviente quedaba bajo la protección (autoridad)
del emperador y del Papa”. Tomando esta Constitutio como ley los jueces romanos
seguirían ejerciendo sus funciones, pero sujetos al control imperial. Los
romanos podían vivir bajo su ley, pero no sin prestar el dichoso juramento de
lealtad al Emperador que hasta ahora se habían negado y se hallaba en el origen
de la guerra entre el Papa, la Iglesia Católica y la nobleza. El Papa, por la
Constitutio elevado sobre todo hombre y sólo bajo el Emperador, no dudó en
firmar. Que dicha Constitutio era un sacrilegio a los ojos de la Iglesia
Católica se ve del hecho de la necesidad de confirmación de elección por el
Emperador que en adelante tuvo Roma.
Los vecinos, las fronteras orientales y los Sarracenos
Fuera de sus propios dominios, Louis no parece
haber hecho ninguna tentativa de ampliar su poder más allá de los límites
fijados por Carlomagno; Luis se contentó con mantener la supremacía de su
Imperio sobre las naciones con las que su reino tenía fronteras. Por lo general
éstas estuvieron inclinadas a convivir en buenas relaciones con su poderoso vecino.
El respeto que le tenían al sucesor de Carlemagno lo prueba las embajadas de
paz que continuamente le llegaban desde todas las naciones vecinas. En el 816, en Compiegne, los Eslovenos y los Obotritas,
y de nuevo en Herstall (818) y en Francfort (823); los búlgaros en varias
ocasiones; y en el 823 dos jefes de los Wiltzi, que se mataban por el poder, solicitaron
el arbitraje del Emperador. Los daneses les enviaron embajadores a Paderborn
(815), a Aix-la-Chapelle (817), a Compiegne (823) y a Thionville (831). Luis
recibió a los Sardos en el 815 y a los Árabes en el 816. En cuanto al Imperio de
Bizancio, los Basileus se mostraron siempre deseosos de mantener buenas
relaciones con Luis. En varias ocasiones sus embajadores se presentaron en su
corte; en Aix (817) para tratar el asunto de las fronteras de Dalmatia; en
Rouen, en el 824, para hablar de lo medidas que deberían tomarse acerca de la
controversia de las imágenes; en Compiegne, en el 827, para renovar la amistad.
Como dato curioso decir que fue un griego, el sacerdote Jorge, quien construyó
para Louis el primer órgano hidráulico usado en la Galia.
También desde el punto de vista militar
el reinado de Louis fue una continuación del de Carlos. Los daneses no salían
del temor que les infundiera el Gran Carlos. Y en sus luchas intestinas por el
Poder hasta uno de ellos, Harold, habiendo perdido la contienda del 814 a mano
de los hijos de Godofredo, su hermano, vino a refugiarse a Aix. Al año
siguiemnte Luis envió a Baldric al mando de tropas sajonas al norte con la
misión de subir al trono a Harold; los daneses prometieron que así lo harían,
pero aparte de las palabras, y porque nada hicieron, Harold tuvo que sentarse a
esperar mejores tiempos. Que vinieron cuando razones internas levantó la
revolución del 819 y los daneses le ofrecieron la corona, de la que le privaron
más tarde, por otra revolución interna, volviéndose Harold a refugiar en la
corte de Luis.
En lo que al Piadoso se refiere, Luis, de
acuerdo con el Papa Pascual, procuró convertir a los daneses al cristianismo. Y
buscando quién, eligieron a Ebbo, el Arzobispo de Rheims, para esta misión. Ebbo
partió en compañía de Halitgar, el Obispo de Cambrai, y se reunieron con Anskar
y sus compañeros, que ya estaban por la labor alrededor de la desembocadora del
Elba, entre sajones y escandinavos. El monasterio de Corvey (822) y el obispado
de Hamburgo (831) fueron fruto de este trabajo evangelizador. Cuando en el 826 el príncipe Harold vino para
ser bautizado en Maguncia con varios cientos de sus seguidores, la ocasión fue
celebrada con fiestas por todo lo alto y considerada un triunfo por los
círculos del Emperador. Así pues, exceptuando una invasión de piratas en el 820
contra Frisia, que fue rechazado por los habitantes y otra invasión de vikingos
en el 829 contra Saxonia, que no llegó a nada, se puede decir que la primera
parte del reinado de estuvo exenta de los estragos Vikingos, aunque ya que la
tempestad rabiaba furiosamente en el horizonte.
Las poblaciones Eslavas colindantes con la
Alemania del este permanecieron igualmente detrás de las fronteras. En el 816 fueron
obligados a renovar su juramentos de sumisión. La rebeldía del príncipe de los
Obotritas, (polacos eslavos), del 817 fue
aplastada por los Condes del Imperio y, hecho preso, fue llevado ante el
Emperadorl que le depuso y le dio su poder a Ceadrag (818), su rival y aliado
de Luis. Mas Ceadrag no tardó en seguir el camino de su predecesor, se alió con
los daneses y se lanzó a la lucha contra el Imperio.
Un enemigo aún más poderoso le salió por
esas mismas fechas a Luis, Liudevit, un príncipe que había tenido éxito en
reducir a su obediencia parte de la población de Pannonia (Hungría Occidental)
y amenazaba la frontera imperial entre el Drave y el Sava. Una expedición
enviada contra él a las órdenes del Marqués de Friuli, Cadolah, no tuvo éxito. Cadolah
murió durante la campaña, y los eslovenes invadieron el territorio imperial
(820). La victoria vino de una alianza con uno de los enemigos de Liudevit,
Bozna el Magnífico, Zupan de los croatas, con zuya ayuda el Imperio pagó ojo
por ojo y forzó la vuelta a la lealtad de las tribuis de las tribus de Carniola
y Carintia. El mismo Liudevit se rindió al año siguiente, y hasta el 827-8 la
paz se mantuvo en la frontera del Este, interrumpida sin embargo por una irrupción de los búlgaros
en Pannonia que requirió la presencia del otro hijo de Luis, Luis el Germáanico.
En lo que respecta a las fronteras del sur
italiano, los lombardos siguieron prácticamente independientes y Luis no se
molestó en imponerles un yugo distinto al de un tributo. El Príncipe Grimoaldo
de Benevento en el 814 se mantuvo en estos términos y su sucesor Sico no hizo
nada para cambiar la situación de
autonomía que gozaba su reino.
En la frontera del sudoeste del Imperio el
estado de guerra, o al menos de la escaramuza perpetua, continuó entre los Francos
y los Sarracenos de España. En el 815 las hostilidades estallado con el Emir
Hakam I, a quien los historiadores Francos llaman Abulaz. Al año siguiente al
llamado a la rebelión de Seguin (Sigiwin), el Duque de Gasconia, condujo una
rebelión de los vascos, que fue aplastada por los Condes de Luis. Dos años más
tarde (818) Luis se sintió lo bastante fuerte para desterrar a Lupus, hijo de
Centullus, héroe nacional de los Gascones, y en el 819 una expedición bajo Pipin
de Aquitania pacificacó temporalmente la provincia.
Siguiendo con la guerra en la asamblea
en Quierzy( 820)se decidió la renovar la guerra contra los Sarracenos. Si bien
los cronistas francos mencionan sólo una incursión de saqueo más allá del río
Segre (822), y en el 824 la derrota de dos Condes francos en Roncesvalles a su
rereso de una excursión de castigo contra Pamplona.
En el 826 la rebelión en la Marca
Hispánica de un jefe español de origen Gótico revolvió la paz imperial. Luis
envió un ejército, que, conducido por el Abad Elisacar, detuvo a los rebeldes,
al menos por el momento; pero éstos apelaron al Emir Abderrahmán, y las tropas musulmanas
bajo las órdenes de Abu-Marwan se plantaron delante de los muros de Zaragoza.
En el verano del 827 Luis decidió el envío de un nuevo ejército a este lado de
los Pirineos, pero los jefes al mando, Matfredo, Conde de Orleans, y Hugo,
Conde de Tours, pusieron una carencia tan falta de celo que mientras llegarban
o no llegaban Abu-Marwan se entretuvo saqueando y devastando a placer Barcelona
y Gerona. El paseo triunfal de pillaje y saqueo de los moros encontró en el Conde
de Barcelona, Bernardo de Septimania, el aguafiestas cristiano de turno. Lo que
no evitó que los moros regresasen a su tierra cubiertos de oro y la plata amontonada
durante el saqueo de la Marca Catalana. En el 828, Bonifacio, Marqués de la Toscana,
(capital Florencia) tomó la ofensiva contra los moros por su cuenta. Se puso a
la cabeza de una pequeña flotia, se lanzó contra los Piratas Musulmanes, destruyó
sus barcos en la vecindad de Córcega y Cerdeña, desembarcó en África y devastó el
país de Cartago.