CRONICAS CAROLINGIAS

II

LAS GUERRAS DE LUIS EL PIADOSO

 

 

Imperio y Papado- La Constitutio Romana

 

La importancia que el Emperador Luis sentía por los intereses de la Iglesia, y la importancia que él le concedía a la administración eclesiástica acorde a la vocación del sacerdocio cristiano, iban en perfecta armonía lo mismo con las tradiciones establecidas por Carlomagno como con la concepción universal de un Imperio en el cual los poderes civiles y eclesiásticos andan íntimamente relacionados, si bien conservando la autoridad imperial su autonomía frente al poder espiritual de la Iglesia. Nada más comenzar su reinado Luis dejó bien claro que pretendía mantener su independencia y prerrogativas imperiales incluso  contra el Papa de Roma. Cosa que Luis demostró al tomar en sus manos el asunto de la relación sagrienta entre el Papa del momento, León III, y la nobleza romana. Descubierta la conspiración contra su cabeza el obispo de Roma, usando toda su fuerza, castigó a los conspiradores acorde a su poder y celo por su trono, condenando a muerte a los conspiradores, sin el permiso del emperador, a quien, por la dignidad imperial, le correspondía juzgar a sus vasallos señoriales. Estando el reino de Italia bajo la Jurisdicción de su Imperium se podía considerar como un abuso de poder y una ofensa contra la cabeza del Imperio la forma que tuvo León II de librarse de los enemigos de la sujeción de la Iglesia Católica a la Corona de los Francos; pues, como recordará quien haya leído la bío de León III, el Papa que coronó a Carlo Magno, la rebelión de la que se habla fue el resultado de una alianza entre obispos y nobles romanos en total desacuerdo con el rumbo que el Papa le había dado al futuro de Italia y la Iglesia. Fueron muchas las cabezas de obispos que rodaron ese año por las aguas del Tiber.

Louis, en consecuencia, creyendo que sus derechos habían sido infringidos por la independencia de que había hecho gala el Papa, le ordenó a Bernardo, rey de Italia, y a Geraldo, Conde de la Marca Oriental, abrir una  una investigación al respecto. Dos enviados de la Santa Sede tuvieron que a acompañarlos ante el Emperador a fin de presentar las excusas debidas y sostener sobre justicia la conducta del Papa (815). Lo cual no quita que Bernardo, como rey, tuviera que dejar de aplastar la revuelta contra la autoridad papal que tuvo lugar ese mismo año en la provincia de Salerno, al sur de Italia, totalmente conectada con los parientes de los ajusticiados por León III; Winichis, Duque de Spoleto, bajo las órdenes de Bernardo, fue el encargado de ejecutar la orden.

Al poco León III murió, el 12 de junio del 816, y los romanos le eligieron como sucesor a Esteban IV. Esteban era miembro de la nobleza italiana, aquélla nobleza que había cogido la Palabra de Dios, la que dice.” Es más difícil que un rico entre en el reino de Dios que un elefante entre por el ojo de una aguja”, y burlándose de Dios se había reservado la Iglesia para su clase. ¡La sangre azul, ya se sabe, lo que no pueda la sangre azul!

Esteban, digno sucesor de su predecesor, no en vano sobrevivió a la purga de León III contra todos los obispos romanos contrarios a la sujeción de la Iglesia al Imperio, se entregó a la causa de los Francos con la obediencia debida que nace de la necesidad de un protector contra la hostilidad de la Iglesia Católica Italiana, que seguía revuelta y no aceptaba poner su independencia a los pies del rey de los francos, por muy hijo de Carlo Magno que fuese Luis. Y en consecuencia el primer acto oficial de Esteban fue arrodillarse ante el emperador, olvidando en él la iglesia romana que no se puede servir a dos señores, etcétera. Acto que cerró con un juramento de lealtad a la corona de Luis, despreciando, según el dicho: “O acabará despreciando a uno”, la Palabra del Otro que dice: “No jurarás, ni por tu cabeza”, etcétera”. Acto que había de encontrar en la Iglesia Católica una oposición lógica y a la vez causar otra necesidad imperiosa, no otra que poner de rodillas a toda la Iglesia Católica, juramento de lealtad que no parece, como se verá de los hechos, que estuviesen los obispos italianos muy dispuestos a poner en sus bocas, exceptuando los de Esteban, se entiende.  Enfrentado a esta oposición de la Iglesia Católica y previendo que no sin más sangre pudiese evitarse el conflicto que ya tiñera de sangre Roma por orden de León III, su predecesor, Estaban  su sucesor, solicitó una entrevista personal con Luis a fin de poner las cartas sobre la mesa y obtener de su dignidad imperial la gracia de proceder al aplastamiento de la oposición italiana al señorío franco con las medidas que fueren necesarias.  

Louis consintió de buena gana a entrevistarse con Esteban, quien, al corriente de la causa, y de la oposición a su viaje que le pondría una Iglesia Católica apoyada por la nobleza independista italiana, Luis le ordenó a Bernardo que escoltase a Esteban hasta Francia.  Luis esperó en Reims al Papa. La coronación imperial en mente Luis paseó a Esteban por la capital sagrada de su reino y en plena pompa imperial lo condujo a la famosísima Abadía de San Remigio, el apóstol de Clodoveo el Merovingio y el gran espíritu tras la formación del reino de los Francos.  En los días siguientes Estaban y Luis charlaron sobre las cosas de Italia y de la Iglesia y el asunto liquidado al gusto de ambos se procedió a la coronación imperial en la Catedral de Nuestra Señora de Reims. El Papa ungió la cabeza de Louis al estilo de Samuel y David y puso una diadema que él en persona trajo consigo de Roma. La Emperatriz Ermengarda fue coronada y consagrada, y unos días más tarde, terminado el teatro, Esteban, acompañado por un legado imperial y su correspondiente escolda armada, puso rumnbo de vuelta a Roma. El precio que Luis había pagado por la Coronación Esteban lo había cobrado en propiedades de los Estados del Vaticano. Y con la firma de Papa y Emperador la alianza entre Papado e Imperio quedaba cerrada. Por esta alianza el Papado se ganaba un Brazo Protector y la Iglesia perdía su Independencia para la Administración de su reino espiritual, en cuyos asuntos el Emperador había comprado todo el derecho de intervenir cuando asi lo considerara, especialmente a la hora de la elección y nombramiento de un nuevo Papa. ¿Quien gobierna la cabeza no gobierna su cuerpo? La semilla del Conflicto de las Investiduras ya estaba sembrada. Pero sigamos; la vida de Esteban IV y los problemas con los que lidió están escritos en otra parte; si quereis un resumen podeis pasar por aquí.

Esteban IV murió el 24 de enero del 817. Se deduce del mini-reinado de Esteban que la batalla de la Iglesia Católica y la nobleza Italiana contra el Emperador, al que se le quería como amigo, no como enemigo, seguía dando sus frutos de sangre, y que Esteban se equivocó al ponerse en manos de un hombre en desprecio al Brazo de Dios. ¿O acaso porque la distancia entre el Cielo y la Tierra sea insalvable tarda Dios más en cruzarla que el Emperador los Alpes? Nadie sabe de qué murió Esteban, y puesto que la ignorancia es el mejor silencio debemos creer que su muerte fue el resultado de la batalla que León III  abriera pero no acabara. De hecho Esteban intentó atraerse a la Iglesia Católica a la causa del Papa y, en su celo por el Emperador, le abrió los brazos a los supervivientes que León no atrapara. Más de uno, creyendo que esta bondad era un regreso del obispo romano a la comunión católica, le dio su voto para llegar a ser Papa y desde esta posición comenzar a  poner al Emperador en su sitio. Mas Esteban traicionó estas esperanzas.

Luis, al que la muerte de su vasallo le hizo comprender que la resistencia a su Mandato requería de medidas más competentes, apenas elegido Pascual para Papa envió a su hijo Lotario a Italia. En el nombre del padre, Lotario reafirmó la Alianza entre Emperador y Papa, y, para que el cumplimiento fuese efectivo, el mismo hijo de Luis asumiría la corona de Italia. Pero la coronación de Lotario como emperador asociado a su padre, en el 823, no sólo no resultó aconsejable para el Papa sino que levantó la hostilidad de la nobleza italiana que veía, como suele suceder siempre que un rey extranjero se sienta en el trono de una nación extraña, una amenaza a su status quo. La revuelta entre el partido proimperial y el partido católico-nacionalista no tardó en derramar sangre y el primicerius Teodoro y su yerno Leo, altos personajes al servicio de la iglesia romana,  fueron las víctimas más notables de la sangrienmta batalla entre bastidores; acusados de ser siervos del nuevo rey, cegados y decapitados pasaron a mejor gloria. Contra lógica, Pascual fue acusado de haber permitido y hasta pedido esta doble ejecución. Escandalizado, el emperador envió dos legados a Roma con el propósito de castigar a os culpables y de limpiar el buen nombre del Papa, que había sido mezclado en el crimen como instigador. Partiendo de los hechos, podemos creer que nada más lejos de la verdad. Lo prueba el que no sólo se demostró su fidelidad al emperador sino que al poco el mismo Pascual  pasó a mejor gloria. Y si observamos más atentamente la sucesión de las matanzas veremos en ella una irrebatible Lógica: León III descuartizó la oposición entre los cardenales, Esteban se cebó en los obispos, y Pascual en los siervos de la Curia. La limpieza no había podido ser más digna del Papado.

Tan pronto, pues, como el emperador puso donde sus enemigos quitaron, Eugenius II, al servicio de su señor el emperador y a cambio de sus Estados Pontificios, siempre,  recibió a Lotario, que regresaba a Roma con el simple fin de  someter la justicia italiana y los Estados pontificios a la jurisdicción del imperio. Bajo esta situación era solamente natural que Emperador y Papa  firmasen una Constitutio Romana, en el 824, en virtud de la cual “todo bicho viviente quedaba bajo la protección (autoridad) del emperador y del Papa”. Tomando esta Constitutio como ley los jueces romanos seguirían ejerciendo sus funciones, pero sujetos al control imperial. Los romanos podían vivir bajo su ley, pero no sin prestar el dichoso juramento de lealtad al Emperador que hasta ahora se habían negado y se hallaba en el origen de la guerra entre el Papa, la Iglesia Católica y la nobleza. El Papa, por la Constitutio elevado sobre todo hombre y sólo bajo el Emperador, no dudó en firmar. Que dicha Constitutio era un sacrilegio a los ojos de la Iglesia Católica se ve del hecho de la necesidad de confirmación de elección por el Emperador que en adelante tuvo Roma.

 

Los vecinos, las fronteras orientales y  los Sarracenos

 

Fuera de sus propios dominios, Louis no parece haber hecho ninguna tentativa de ampliar su poder más allá de los límites fijados por Carlomagno; Luis se contentó con mantener la supremacía de su Imperio sobre las naciones con las que su reino tenía fronteras. Por lo general éstas estuvieron inclinadas a convivir en buenas relaciones con su poderoso vecino. El respeto que le tenían al sucesor de Carlemagno lo prueba las embajadas de paz que continuamente le llegaban desde todas las naciones vecinas.  En el 816, en Compiegne, los Eslovenos y los Obotritas, y de nuevo en Herstall (818) y en Francfort (823); los búlgaros en varias ocasiones; y en el 823 dos jefes de los Wiltzi, que se mataban por el poder, solicitaron el arbitraje del Emperador. Los daneses les enviaron embajadores a Paderborn (815), a Aix-la-Chapelle (817), a Compiegne (823) y a Thionville (831). Luis recibió a los Sardos en el 815 y a los Árabes en el 816. En cuanto al Imperio de Bizancio, los Basileus se mostraron siempre deseosos de mantener buenas relaciones con Luis. En varias ocasiones sus embajadores se presentaron en su corte; en Aix (817) para tratar el asunto de las fronteras de Dalmatia; en Rouen, en el 824, para hablar de lo medidas que deberían tomarse acerca de la controversia de las imágenes; en Compiegne, en el 827, para renovar la amistad. Como dato curioso decir que fue un griego, el sacerdote Jorge, quien construyó para Louis el primer órgano hidráulico usado en la Galia.

También desde el punto de vista militar el reinado de Louis fue una continuación del de Carlos. Los daneses no salían del temor que les infundiera el Gran Carlos. Y en sus luchas intestinas por el Poder hasta uno de ellos, Harold, habiendo perdido la contienda del 814 a mano de los hijos de Godofredo, su hermano, vino a refugiarse a Aix. Al año siguiemnte Luis envió a Baldric al mando de tropas sajonas al norte con la misión de subir al trono a Harold; los daneses prometieron que así lo harían, pero aparte de las palabras, y porque nada hicieron, Harold tuvo que sentarse a esperar mejores tiempos. Que vinieron cuando razones internas levantó la revolución del 819 y los daneses le ofrecieron la corona, de la que le privaron más tarde, por otra revolución interna, volviéndose Harold a refugiar en la corte de Luis.

En lo que al Piadoso se refiere, Luis, de acuerdo con el Papa Pascual, procuró convertir a los daneses al cristianismo. Y buscando quién, eligieron a Ebbo, el Arzobispo de Rheims, para esta misión. Ebbo partió en compañía de Halitgar, el Obispo de Cambrai, y se reunieron con Anskar y sus compañeros, que ya estaban por la labor alrededor de la desembocadora del Elba, entre sajones y escandinavos. El monasterio de Corvey (822) y el obispado de Hamburgo (831) fueron fruto de este trabajo evangelizador.  Cuando en el 826 el príncipe Harold vino para ser bautizado en Maguncia con varios cientos de sus seguidores, la ocasión fue celebrada con fiestas por todo lo alto y considerada un triunfo por los círculos del Emperador. Así pues, exceptuando una invasión de piratas en el 820 contra Frisia, que fue rechazado por los habitantes y otra invasión de vikingos en el 829 contra Saxonia, que no llegó a nada, se puede decir que la primera parte del reinado de estuvo exenta de los estragos Vikingos, aunque ya que la tempestad rabiaba furiosamente en el horizonte.

Las poblaciones Eslavas colindantes con la Alemania del este permanecieron igualmente detrás de las fronteras. En el 816 fueron obligados a renovar su juramentos de sumisión. La rebeldía del príncipe de los Obotritas, (polacos eslavos),  del 817 fue aplastada por los Condes del Imperio y, hecho preso, fue llevado ante el Emperadorl que le depuso y le dio su poder a Ceadrag (818), su rival y aliado de Luis. Mas Ceadrag no tardó en seguir el camino de su predecesor, se alió con los daneses y se lanzó a la lucha contra el Imperio.

Un enemigo aún más poderoso le salió por esas mismas fechas a Luis, Liudevit, un príncipe que había tenido éxito en reducir a su obediencia parte de la población de Pannonia (Hungría Occidental) y amenazaba la frontera imperial entre el Drave y el Sava. Una expedición enviada contra él a las órdenes del Marqués de Friuli, Cadolah, no tuvo éxito. Cadolah murió durante la campaña, y los eslovenes invadieron el territorio imperial (820). La victoria vino de una alianza con uno de los enemigos de Liudevit, Bozna el Magnífico, Zupan de los croatas, con zuya ayuda el Imperio pagó ojo por ojo y forzó la vuelta a la lealtad de las tribuis de las tribus de Carniola y Carintia. El mismo Liudevit se rindió al año siguiente, y hasta el 827-8 la paz se mantuvo en la frontera del Este, interrumpida  sin embargo por una irrupción de los búlgaros en Pannonia que requirió la presencia del otro hijo de Luis, Luis el Germáanico.

En lo que respecta a las fronteras del sur italiano, los lombardos siguieron prácticamente independientes y Luis no se molestó en imponerles un yugo distinto al de un tributo. El Príncipe Grimoaldo de Benevento en el 814 se mantuvo en estos términos y su sucesor Sico no hizo nada para cambiar  la situación de autonomía que gozaba su reino.

En la frontera del sudoeste del Imperio el estado de guerra, o al menos de la escaramuza perpetua, continuó entre los Francos y los Sarracenos de España. En el 815 las hostilidades estallado con el Emir Hakam I, a quien los historiadores Francos llaman Abulaz. Al año siguiente al llamado a la rebelión de Seguin (Sigiwin), el Duque de Gasconia, condujo una rebelión de los vascos, que fue aplastada por los Condes de Luis. Dos años más tarde (818) Luis se sintió lo bastante fuerte para desterrar a Lupus, hijo de Centullus, héroe nacional de los Gascones, y en el 819 una expedición bajo Pipin de Aquitania pacificacó temporalmente la provincia.

Siguiendo con la guerra en la asamblea en Quierzy( 820)se decidió la renovar la guerra contra los Sarracenos. Si bien los cronistas francos mencionan sólo una incursión de saqueo más allá del río Segre (822), y en el 824 la derrota de dos Condes francos en Roncesvalles a su rereso de una excursión de castigo contra Pamplona.

En el 826 la rebelión en la Marca Hispánica de un jefe español de origen Gótico revolvió la paz imperial. Luis envió un ejército, que, conducido por el Abad Elisacar, detuvo a los rebeldes, al menos por el momento; pero éstos apelaron al Emir Abderrahmán, y las tropas musulmanas bajo las órdenes de Abu-Marwan se plantaron delante de los muros de Zaragoza. En el verano del 827 Luis decidió el envío de un nuevo ejército a este lado de los Pirineos, pero los jefes al mando, Matfredo, Conde de Orleans, y Hugo, Conde de Tours, pusieron una carencia tan falta de celo que mientras llegarban o no llegaban Abu-Marwan se entretuvo saqueando y devastando a placer Barcelona y Gerona. El paseo triunfal de pillaje y saqueo de los moros encontró en el Conde de Barcelona, Bernardo de Septimania, el aguafiestas cristiano de turno. Lo que no evitó que los moros regresasen a su tierra cubiertos de oro y la plata amontonada durante el saqueo de la Marca Catalana. En el 828, Bonifacio, Marqués de la Toscana, (capital Florencia) tomó la ofensiva contra los moros por su cuenta. Se puso a la cabeza de una pequeña flotia, se lanzó contra los Piratas Musulmanes, destruyó sus barcos en la vecindad de Córcega y Cerdeña, desembarcó en África y devastó el país de  Cartago.