CRONICAS CAROLINGIAS

 

Muerte de Carlomagno y Sucesión de Luis el Piadoso

 

Fue en invierno, a principios de febrero del 814, que Louis de Aquitania recibió la noticia de la muerte de su padre.  Los partidiarios de su sucesión imperial le habían pasado la noticia ta cual se produjo la muerte de Carlomagno, su padre. Nosotros, si tenemos en cuenta, partiendo de la experiencia, la naturaleza subjetiva de un biógrafo de corte, su pluma al servicio de quien le paga, su trabajo reducido al de un mercenario de las letras, sin libertad de ninguna clase para  asumir la verdad como método o siquiera como base de sus relatos, y esto aún cuando la mentira no fuera necesaria dado el carácter del personaje, superior a la realidad, por decirlo así; esto de un sitio. Y del otro sitio, sopesando el diluvio de calumnias contra el nuevo emperador que sus enemigos y  opuestos a su coronación pusieron en juego apenas muerto Carlos, estamos obligados a reconocer que la recreación objetiva de la verdadera personalidad de Luis no es fácil. Y en consecuencia, para solucionar el problema, y una vez relativizado el valor de los testimonios de partidiarios como enemigos, los primeros por estar movidos por el interés y los otros por el interés también, aunque de otra clase,  tenemos que basarnos en los hechos a la hora de formarnos una  idea lo más aproximada posible de Luis el Piadoso, o Ludovico Pío, como la Historia lo conoce.

Luis tenía para la fecha treinta y seis años. Se dice que Luis era un tipo alto y  fuerte, de espaldas anchas, trabajado por el ejercicio físico de las armas a que estaba obligado todo príncipe nacido en tales tiempos, y los nervios cultivados por la pasión que los ricos de entonces sentían por el deporte de la caza. El dominio del caballo y de las armas en plena carrera era un arte elevado a ciencia por la realidad de la guerra y todo hijo de rey que se preciara de ser el sucesor de su padre, caso Luis,  debía  ejercitarse en esta ciencia y dominarla tan bien como el mejor de sus caballeros.  Lo piadoso no quita lo guerrero, vino luego a convertirse en proverbio, sin duda tomando a Luis como referencia.  Sin embargo, y aquí radica todo el misterio del hijo y sucesor de Carlos, Luis no fue hombre de dejarse arrastrar por las pasiones cortesanas y los privilegios exclusivos de las clases altas de su época.

No sabemos a qué se debió este fenómeno. Es difícil ofrecer un diagnóstico, porque Luis no fue un caso patológico. Y no menos difícil adivinar dónde tuvo su fuente este manantial de Piedad que apenas subir al Trono dejó admirado a todo el mundo, poniendo sus miras no en su padre, que hubiera sido lo natural por común,  sino en el mismísimo Salomón. Como se verá en las líneas que sigue la comparación David-Salomón con Carlos-Luis no es un argumento original; pero el que, desgraciadamente, no se haya registrado con más frecuencia que a un padre dedicado a hacer la guerra le haya sucedido un hijo dedicado a hacer la paz, esta carencia en los Anales de las Naciones somete la comparación al capricho de la crítica, la cual, siguiendo la regla del biógrafo, sirve a quien le paga y jamás a la verdad, si bien en esta ley no repugna la excepción.

Luis, una vez establecido que lo cortés no quita lo belicoso, de otro modo ni Carlos hubiera elegido a Luis para sucederle ni sus guerreros hubieran aceptado por rey a un mequetrefe, un escuálido y enclenque sin fuerzas en los brazos para someter a su voluntad todo un imperio bailando en la cuerda floja entre Musulmanes y Normandos; Luis, como hombre, era un tipo culto, perfecto conocedor del Latín, capaz de escribir hasta en verso, conocedor del Idioma del Imperio de Bizancio, el Griego, y muy particularmente - de aquí su apodo para la posteridad, Luis el Piadoso, o Ludovico Pío – Luis era un teólogo católico consumado.

En cuanto persona, basando el historiador su descripción en los hechos, Luis era de un carácter modesto y por lo general amable, y constantemente dio pruebas de generosidad y compasión incluso hacia sus enemigos. Esa “piedad” a la cual le debe el título histórico:¡el Piadoso!, fue profunda y genuina, su origen fue el Cristianismo y Luis jamás le dio pie a nadie para para pensar lo contrario, ni de pensamiento, obra o palabra. La veracidad de su fe quedaba patente en su fiel y celosa observancia de las fiestas religiosas católicas y de su fervor natural por los ritos eclesiásticos. No es que este tipo de “piedad” fuera un portento. El “portento” era que un rey investido de la dignidad imperial mostrase en este tema el mismo celo y la misma fidelidad que un cristiano cualquiera. Obviamente aunque por su apego a las fiestas religiosas y a los ritos sacramentales católicos Luis se portara como una oveja, Luis era el emperador de Occidente y la Iglesia, su Unidad, su Pureza y su Progreso eran asunto personal suyo.  Que esta consciencia no tardara en ser proyectada hacia la Iglesia del Imperio no era más que natural, tan natural como que sale el sol por el Este y se acuesta por el Oeste.

Durante el tiempo que su padre le dio la Aquitania como ejercicio preparatorio para el gobierno del Imperio, Luis apoyó con todo el poder a su alcance, que no era poco, la reforma de los monasterios de la Septimania Franca que estaba llevando adelante  por ésos días el monje Benedicto de Aniane. Inútil resaltar que en aquéllos días la Iglesia y el Estado estaban tan estrechamente ligados en el cuerpo del Imperio que las medidas que, una vez emperador, Luis tomaría no fueron sino la lógica continuación de la actividad reformadora que ya emprendiera en Aquitania; reformas que demostraron ser más beneficiosas para la Iglesia en cuanto Reino de Dios que para el Imperio en tanto que reino de los Francos. Tomar  esta relación íntima entre Iglesia y Estado que Luis cultivó para acusar a Luis - como ya hicieron algunos - de no haber sido más que un monje con corona, es un juicio precipitado, enraizado en la ignorancia de los tiempos cuando no en la malicia de los historiadores. Rey de Aquitania desde el 781, y asociado al Imperio desde el 813, Luis se había hecho a la perspectiva de su ascenso al trono de Carlomagno y tuvo tiempo de meditar su actuación como emperador, y proyectar su visión sobre ambos campos de una actividad que en el propio Carlomagno, su padre, encontró amplia puerta. ¡De tal padre tal hijo, salvando las distancias!

 

Partes íntimas de una Coronación Anunciata

 

Algunos historiadores dicen que la noticia de la muerte de Carlos le cogió por sorpresa a Luis. Uno no sabe si  escribieron eso con aires de burla, de sorna o simplemente por darse aires de originalidad. También dijeron que a Carlos, un guerrero nato al que sólo una vez lo cogieron por sorpresa, en Roncesvalles, el Papa lo sorprendió con su Coronación Non Anunciata. Sorprende el aire de analfabetos que los historiadores del Pasado dirigieron hacia el futuro, olvidando que el Futuro es una incógnita y, tal cual se ve en la Naturaleza todo camina de lo poco a lo mucho, de lo pequeño a lo grande, e idem la ignorancia. Por culpa de este defecto el Futuro se ve obligado a revisar el Pasado, continuamente perdiendo el tiempo que el Presente le pide para  pintar en el horizonte una puerta de salida de este “Valle de lágrimas”.

Tampoco es que Luis supiera la hora exacta de la muerte de su padre. Aunque Piadoso no era Dios. Sencillamente estaba preparado para el evento. Carlos tenía ya sus setenta años, aproximadamente. Su cuerpo había dado de sí más de lo que hombre alguno hubiera podido soportar, permaneciendo en guerra constante la inmensa mayor parte de su vida, y quisiera o no lo quisiera el alma se le iba a pedazos del cuerpo. Luis sabía que su padre podía durar un poco, más o menos, pero  lo que no iba a cogerle el trono era arrastrándose por los suelos tras el harén de cortesanas en que últimamente se había convertido el Palacio del emperador en Aix-la-Chapelle (Aachen).  Luis estaba preparado para llevar a hombros el cadáver de su padre, y, concluídos los ritos, subirse al trono y comenzar a poner en marcha sus proyectos.  Aunque Luis no vivía en la Capital del Imperio  los partidiarios de su causa le tenían oficialmente al punto. Así que cuando Carlomagno se retiró al Paraíso de los héroes de su pueblo, cumplidos los pormenores de rigor y satisfechos los ritos funerarios, los signos de la pena más profunda y del dolor por la pérdida de un hombre excepcional, para más pena su padre, Luis, dejando ordenadas las misas debidas para el reposo del alma de los muertos, se encaminó derecho a Aix-la-Chapelle en compañía de su esposa e hijos, y los principales señores de su Corte.

Luis se dudaba mucho de las buenas intenciones respecto a su coronación por parte de algunos de los antiguos ministros de su padre. La “piedad” que le ganaba el corazón de quienes amaban la justicia y la paz era el vicio más odiado en casa de quienes tenían por virtud el desenfreno de las pasiones y por ley el capricho de la sangre.  No olvidemos que Carlos, además de un gran guerrero en toda la extensión de la palabra, fue un  bárbaro al estilo más puro. Dice su biógrafo sobre su héroe:

“por consejo de su madre, Carlos desposó a la hija del rey de los lombardos, Desiderio, a la que, sin que se sepa a ciencia cierta por qué, repudió al cabo de un año, y tomó en matrimonio a Hildegarda, mujer de elevada alcurnia del pueblo de los suabos. De ella tuvo tres hijos, a saber: Carlos, Pipino -o Pipin- y Luis, y otras tantas hijas: Rotruda, Berta y Gila. Tuvo también otras tres hijas, Teodrada, Hiltruda y Rodaida, las dos primeras de su esposa Fastrada, que pertenecía al pueblo de los francos orientales, o sea germánicos, y la tercera de una concubina, cuyo nombre no tengo presente en este momento. Tras la defunción de Fastrada, tomó como esposa a la alamana Liutgarda, de la que no tuvo hijos. Después de su muerte tuvo cuatro concubinas, a saber: Madelgarda, que le dio una hija de nombre Rotilda; Gersvinda, de estirpe sajona, de quien nació una hija de nombre Adaltruda; Regina, que le dio a Drogón y Hugo, y Adalinda, en quien engendró a Teodorico”. Lista de amores que, se entiende, no incluye “las canas al aire” tan lógicas en quienes tenían en sus manos el poder sobre la vida y la muerte. La Corte, pues, de Carlomagno era la corte de un rey bárbaro. Y siendo la cabeza de este cuerpo palaciego un “bárbaro” en toda la extensión de la palabra, aunque cristianizado, la imagen que mueve el ejemplo impuso en Aix-la-Chapelle un way of life  cuya ley de oro tuvo en el libertinaje de la carne y el desenfreno de las pasiones su máxima imperator. En una Corte así la sola idea de la Coronación de un “Piadoso” como Luis, hombre de una sola mujer, sin amores traviesos al margen, tan recto como el mismísimo San Pablo en cuestión de Moral y Dogma; pensar que ese Luis iba a privarles de su ley e imponerles la suya, por fuerza debía levantar el escándalo más incontrolable y el rechazo irracional más contundente.

En su vejez Carlos se vio impotente para ponerle freno a la orgía en que últimamente se había convertido su Palacio, y siendo el Palacio la Sede del Tribunal de Justicia del Imperio, esta incapacidad dio rienda suelta a una corrupción galopante que ya se había extendido por todas las provincias del reino. A ojos de un espíritu como el de Luis y su partido entre Aix-la-Chapelle y Gomorra ¿qué? Nada más natural que los magnates y los cortesanos y cortesanas que habían hecho de Aix su morada, conociendo el carácter de Luis, se dudaran igualmente mucho de las medidas que el nuevo emperador pensaba poner en marcha contra su way of life, y, previendo la lucha tras la muerte de Carlos se hubiesen preparado para una resistencia tal que, si hacía necesaria la rebelión, ¡al ataque!

 

Walas y los nietos de Carlos Martel

 

Luis avanzaba hacia Aix arrastrando la duda sobre la posición que tomaría Walas, el nieto de Carlos Martel, sobrino de Carlomagno, su favorito, y que por su fortaleza y su fidelidad se había ganado un peso importantísimo en la Corte en los últimos tiempos. La leyenda de Carlos Martel seguía siendo una realidad viva. La línea carlomartiense no carlomagniana había prosperado bajo el reinado de Carlos y llegado a formar una rama de poder muy fuerte, como lo demuestra el encumbramiento de Walas y la posición de sus hermanos y hermanas en Aix. Primo de sangre de Luis y jefe de la rama carlomartiense el posicionamiento de este Walas a favor o en contra de Luis podía ser la moneda que desequilibrara la balanza y podía sumergir el imperio en la guerra civil. La fidelidad de Walas a Carlos, su tío, jamas había sufrido mella. Pero su aceptación de Luis como sucesor contra la resistencia de su propia familia y el partido de las hijas de Carlomagno era un dilema no resuelto aún en la Corte. Al menos Walas mantuvo el enigma hasta el último momento. Pues sabía Walas que la traición formaba parte del día a día en la Corte de un rey bárbaro y bastaba el rumor para que la justicia del rey revolviera en desgracia el favor hasta entonces concedido sin medida.

Inquieto sobre el secreto de este enigma, Luis seguía haciendo su camino al frente de su ejército en dirección a Paris.

El temor de Luis se desvaneció en la niebla del río Loira. Los poderosos del reino acudieron en masa a jurarle lealtad al nuevo emperador, y entre ellos estaba Walas. Si alguna vez rondó la duda en el corazón de Walas no se supo nunca. El hecho es que el temor vivido Luis lo sufrió como ofensa y, aunque en justicia Luis no podía acusar de nada a su primo, cuando Walas se desterró solo de la Corte la verdad es que Luis tampoco abrió los labios para retenerlo a su lado. Y vete a saber si no lo obligó al destierro precisamente porque no abrió la boca para dirigirle la palabra más de lo justo. Un hombre como Walas, acostumbrado a ser la mano derecha del emperador, que de repente se ve relegado a la posicion de un príncipe de sangre que disfruta del Imperio cual caballo de los establos reales, aunque posición envidiable para cualquier otro hombre no podía sino resultarle humillante, insoportable, e incluso peligrosa. El caso es que muerto el emperador Walas acabó con el enigma sobre su posicionamiento con o contra Luis y dejó el partido contrario al nuevo emperador sin cabeza.

Dice el historiador que a tan rápida como entusiasta e inesperada bienvenida Teodolfo, famoso Obispo de Orleans, le dedicó poemas de altos vuelos en los que el alba del nuevo reinado amanecía pintado con los colores más sobresalientes y benditos. Walas, disipado el  temor infundado de su primo Luis, desde Herstall, la cuna de la dinastía de los Pipin, acompañó a su nuevo rey  a Paris, adonde Luis iba movido por el deseo de visitar los famosos monasterios de Saint-Denis y Saint-Germain-des-Pres. La gran mayoría de los señores se apresuró a seguir el ejemplo de Walas y del Loira hasta el Sena entretuvieron al emperador con su compañía.

Pero Luis tenía planes más fecundos que hacer de campo abierto sala para orgía de poderosos magnates celebrando el nacimiento de un nuevo reinado. El nuevo Emperador comenzó a hacerse cargo de las riendas del Imperio para ya y se abstuvo de poner rumbo a Aix mientras el partido contrario a su coronación no abandonase su oposición y saliese de la capital. Éstos, acostumbrados a la vida disoluta gomorriana, y contando con el apoyo de las familias de las hijas de Carlomagno, que no veían con buen ojo la coronación de un “monje”, viendo que rebelarse era la mejor forma de seguir con un way of life, que, con Luis, llegaba a su fin, se conjuraron para defenderse y ver si podían sumar a su rebelión mientras más descontentos mejor. Luis, ni corto ni perezoso, les envió a su primo Walas, ¡quién mejor!, a Lambert, Conde de Nantes, y al Conde Gamier para hacer entrar en razón a sus hermanas y a sus partidiarios. Los caballeros del nuevo rey cumplieron su misión y despejaron Aix imperial. No sin someter una resistencia que se cobró las vidas que dejaron de respirar.

 

Primeras medidas de Luis el Piadoso

 

Después de hacer su entrada en Aix, el 27 de febrero, entrada solemne acompañada de todos los gritos de júbilos al caso,  y los votos de obediencia a su corona por la parte de los restantes magnates del imperio, una vez asumido el gobierno, Luis mantuvo la misma dirección política contra la conducta inmoral de los cortesanos, tomando medidas para acabar con los escándalos, verdaderos o presuntos, que durante los años pasados habían deshonrado todos los sectores de la adminisración aprovechando la vejez del emperador. Sus hermanas, cuyas carencias de virtud soportaban un gran historial, fueron las primeras que vivieron la naturaleza de los nuevos vientos que su hermano Luis había levantado con su coronación. Teodrada fue retirada a la abadía de Argenteuil, con la herencia de una hija de Carlomagno; su otra hermana Rotaida lo fue a Faremoutier. Puesto que nada se sabe sobre Gisela y Berta, se supone que el destino de éstas dos hermanas fue más alegre.

Acto seguido fueron los comerciantes judíos y cristianos que se habían establecidos en palacio quienes fueron invitados  a marcharse, y lo mismo todas las cortesanas de postizo cuya presencia no cumplía ninguna función en la administración de la justicia palaciega.  Al mismo tiempo Luis conservó a su lado a sus hermanos no maternos, Hugo, Drogo y Teodorico. Pero en cuanto a los miembros de la sangre de Carlos Martel no carlomagniense Luis los sujetó al código de conducta moral propio, y exceptuando a Walas y a pesar de Walas, desterró a su hermano Adelardo, Abad de Corbie, a la isla de Noirmoutier, a su otro hermano Bernier lo confinó en Lerins, a vida monástica, por supuesto, y a su hermana Gundrada la envió al convento de San Radegund de Poitiers. Walas, ante este arranque de Luis, y,  temiendo un destino parecido, decidió retirarse a Corbie. Se hace obvio el porqué.

Contra el parecer de quien sostenga lo contrario mantengo que el título de Piadoso le vino a Luis más por estas medidas “antinaturales” en un emperador franco de estreno, que por su renombrado y grande celo eclesiástico. Observaré al lector que hasta Carlomagno la política de los emperadores era eliminar a todos loss familiares que pudieran levantar una espada, de esta manera tan divertida abortando la situación de posible guerra civil de un solo tajo. Hasta Carlo Magno se aplicó esta política costumbrista de los francos a rajatabla. Y Carlo Magno no la aplicó porque su hermano no le tenía aficción de ninguna clase al Poder, y esperar de él un levantamiento era tan impensable como esperar que un elefante se acostase con una mosca y pariesen unicornios.

Cuando, pues, los primos de Luis y las hermanas del nuevo emperador se encierran en Aix-la-Chapelle tenemos que ver la tensión en el ambiente. Es decir, ¿volvería Luis la mirada hacia el abuelo y arremetería contra su linaje a fin de quedar como único pura sangre del emperador legítimo? ¿No debían prepararse para luchar por sus vidas? La medida de piedad que Luis derramó en sus orejas a través de sus emisarios, aún en boca de Walas, debió sonarles a treta, y de aquí que el historiador reconozca que “alguna vida se perdiera durante la resistencia”. Fue Luis el primer rey de los Francos que desterró de su código de conducta personal la política fratricida costumbrista de los Francos. Si hubiera cambiado la horca por los palacios en lugar de por los conventos la Historia lo hubiera llamado Luis el Palaciego; pero como optó por los conventos, se le llamó el Piadoso. Al fin y al cabo los nietos de Carlos Martel y los esposos de las hijas de Carlomagno esperaban la muerte. El convento como tumba, oiga, y encima llevando consigo la herencia de sus padres, un buen negocio. ¡Luis el Piadoso! Y ahora volvemos al relato.

La de Luis no era la Piedad Cristiana del hipócrita. Mientras estuvo en Aquitania se le dio crédito a la propaganda de sus enemigos en la distancia sobre el ser su apoyo a la reforma monasteril un truco de magia con el que engañar al emperador y a todo el mundo. Mas cuando en el mismo año de su coronación Luis redactó unos decretales para ser llevados a todas las provincias de su imperio en razón de cuyo contenido se obligaba a reparar las injusticias cometidas en los últimos tiempos por los tribunales del imperio contra los pobres y los débiles, dando poder a las víctimas para la apelación y llevar su causa ante el emperador, dispuesto a devolver su patrimonio a los desheredados y consolar a los que habían padecido persecución por la injusticia de la justicia, el mundo entero convino en llamarle “el Piadoso”. Siguiendo con este celo por la verdad y la justicia, que restauraba el patrimonio a las víctimas de la Condes y le devolvía la libertad a quienes habían sido injustamente privado de ellas por los magnates, Luis extendió nuevos decretos a favor de los habitantes de la Marca Hispánica contra los Condes y señores Francos que, aprovechando nacionalidad y cargo, habían vejado y seguían vejando a la población nativa de la Hispania Cristiana.

En este estado de “piedad” estaba el nuevo Occidente de Luis cuando Bernardo, rey de Italia, sobrino del propio Luis, vino a Aix-la-Chapelle a jurarle a su tío el Piadoso la lealtal debida. El Emperador recibió a su sobrino con los brazos abiertos, lo enriqueció con regalos propios de un emperador, y le confirmó la corona de Italia, reservándose para él la dignidad imperial, de cuya emanación procedían todos los actos legislativos del reino.

Del tiempo de Luis, y durante la vida de Bernardo, viene la confirmación de los privilegios que gozaban ya las grandes abadías italianas.

Paralelamente Luis elevó a sus dos hijos mayores a la dignidad de reyes césares dependientes del augusto emperador, Lotario como rey de Baviera y Pipin como rey Aquitania. Siendo, sin embargo, demasiado jóvenes para ejercer el verdadero poder, Luis los colocó bajo la tutela de funcionarios francos fieles a su imperio. En cuanto a su hijo más pequeño, Luis como su padre, era demasiado joven para algo que no fuera el juego de los niños, y permaneció en palacio al cuidado de su madre.

No obstante la limpieza del palacio imperial que realizó, Luis mantuvo a su servicio muchos de los consejeros de su padre. Adelardo, Conde Palatino, e Hildeboldo, Arzobispo de Colonia, entre otros. Algunos de sus fieles consejeros de la época de Aquitania le siguieron a Aix y siguieron trabajando a su servicio. A Bego, por ejemplo, marido de su hija Alpais, y uno de los compañeros de su juventud, lo elevó a la condición de Conde de París. Como Canciller retuvo a Elisacar, hombre culto y patrón de las letras. Pero el hombre que jugó la parte principal durante los primeros años de su  reinado fue San Benedicto de Aniane, el reformador de los monasterios de Aquitania. El Emperador no perdió tiempo y lo convocó a su lado en Aix, deviniendo imprescindible en su corte. Benedicto fue a instalarse como Abad en Maursmanster de Alsacia, pero el Emperador, que no podìa pasarse sin él, sintiendo que estaba todavía demasiado lejos, se apresuró a construir para él el monasterio de Inden, en los bosques alrededor de Aix-la-Chapelle.

Fue, sin duda, la influencia del Abad de Inden el foco de inspiración de las medidas tomadas unos años más tarde (817) sobre el establecimiento de una regla universal, la de San Benedicto de Nursia, en todos los monasterios del Imperio; las regulaciones aplicadas a los cánones de iglesias catedralicias, a fin de completar el trabajo comenzado por San Crodegando, arzobispo de Metz (742-766); y la fijación de los deberes y derechos de obispos y personal eclesiástico con objeto de la impedir la secularización de sus propiedades.

Este San Crodegando fue el primer abad de la abadía de Lorsch, fundada en el 764 por el Conde Cancor y su madre, la viuda Williswinda, como iglesia particular y monasterio en sus dominios, Laurissa. Nacido el 712, hijo de una de las familias más ricas y poderosas de Austrasia, fue un íntimo colaborador de Carlos Martel, siendo nombrado obispo de Metz en el 740. Desde esta posición y siempre contando con el aoyo de los reyes Francos, Crodegando abrió, o deba decirse tal vez, continuó la ola de reformas eclesiásticas que desde los monasterios, gracias a Wilibordo y Bonifacio, extendían su influencias por todas las capas de la sociedad merovingia tardía y carolingia temprana; ola de espiritualismo revitalizante que se encargarían de mantener viva los Alcuino, Hrabanus Maurus, and Hincmar de Reims y Benedicto de Aniane, este último íntimo colaborador de Luis, como ya acabo de decir. La importancia de esta ola espiritual cristiana ha sido estudiada en bloque y en partes y destacada la importancia que tuvo aquél revival de la Primera Iglesia Gala dentro del proceso de formación del primer imperio europeo propiamente dicho. Puede que en otra ocasión ejercitemos la memoria trayendo a estrado el recueredo de aquéllas figuras de la Historia. Luis el Piadoso, sin ir más lejos por ahora, sería el fruto de aquélla ola que desde Carlos Martel anegaba la Europa Católica y le diera a su neo-estructura propiedades tan distintas si comparadas a las de los imperios y reinos contra los que chocaba o simplemente convivía el Mundo Católico Original. Crodegando o Clodegango, hay algunas variaciones al adaptar el nombre original, Chrodegang, al español actual, -volviendo ya al tema-, Crodegando aprovechó aquélla coyuntura histórica para fundar nuevos monasterios, por entonces, como sabemos, las únicas universidades existentes y sin cuya protecciónny enriquecimiento "los libros" no hubiesen evolucionado del simple pergamino a lo que luego vino a ser, Porque al tratar eltema de la evolución de las especies y d elas cosas los eminentes sabios, movidos por su sprejuicios laicos, se olvidan que "el libro" en cuanto especie tuvo su campo de adaptación y evolución entre las paredes de aquéllos monasterios, y que sus abades, caso de nuestro Crodegando, eran los sabios del momento. Despreciar sus genios por la compración con nuestro actual nivel de conocimiento es caer en un terrible error de principio, pues si mal no creo el Cerebro no ha experimentado ningún cambio filogenético o simplemente morfológico desde Cristo a nuestros días, de aquí que lo que nos diferencia sea el nivel de conocimiento, pero no la naturaleza de la inteligencia. ¿Hubiera nuestro famoso Newton, el Isaac británico, de haber contado con el volumen de conocimiento que tuvo a sus pies Einstein, por ejemplo, llegado a las conclusiones del siglo XX? Se me hace muy difícil creerlo, pero con esta puntilla sólo pretendo haceros coprender que una cosa es Conocimiento y otra es Inteligencia. El Conocimiento es la Información con la que trabaja la Inteligencia. La Inteligencia es una Creación Final, y es desde esta verdad innegociable desde mi óptica que mantengo que de estar Aristóteles vivo en nuestros días ¡qué pocos de los actuales sabios le llegarían a la altura de las rodillas! Y en fin, vuelvo otra vez al tema de nuestro santo.

Ampliacion al original

Devotos y fieles de este arzobispo de Metz, cuya fidelidad a Dios en sus costumbres y pensamientos había permanecido al margen de toda tentación y crítica, el Conde Cancor y su madre, fundadores de la abadía de Lorsch, le pidieron a nuestro Crodegando ser el primer Abad de su monasterio familiar. Nuestro arzobispo, aunque anciano, aceptó. Crodegando dedicó la iglesia y el monasterio a San Pedro. Movido por la piedad cristiana del arzobispo sus fundadores no pararon de enriquecer la nueva abadía otorgándole continuas donaciones. En el 766 Crodegando renunció al cargo de abad por sus importantes deberes como Arzobispo de Metz y eligió para sucederle en la abadía a su hermano Gundelando, al que le acompañaron a Lorsch catorce monjes benedictinos. Para hacer la abadía popular como santuario y lugar de peregrinaje, Crodegando obtuvo del Papa Pablo I el cuerpo de San Nazario, martirizado en Roma con tres compañeros bajo el reinado de Diocleciano. El 11 de Julio del 765 llegó la sagrada reliquia, y fue depositada con gran solemnidad en la basílica del monasterio. Consagrada por el arzobispo de Maguncia en el 774, en presencia de Carlomagno, se propagó pronto los muchos milagros por la intercepción de San Nazario de Lorsch, y de todas partes de Europa llegaron peregrinos para visitar el santuario. Papas y emperadores favorecieron repetidamente la abadía con privilegios y patrimonio que iban desde los Alpes al Mar del Norte, lo que hizo que en poco tiempo la abadía no fuese únicamente inmensamente rica, sino que además tuviese una gran influencia política. Por culpa de esta fama última la abadía pasó de las manos de su familia fundadora a las del emperador. Luis el Germánico, por ejemplo, quiso y fue enterrado en Lorsch.