CRISIS DEL MUNDO ANTIGUO E INICIOS DEL MEDIEVO

El reinado de Cómmodo:

subjetividad y objetividad en la antigua historiografía

 

Urbaro Espinosa Ruíz

 

Este estudio es el resultado de la investigación realizada en la Univ. de Paris-Sorbona durante los meses de enero y febrero de 1984, gracias a una beca concedida por el gobierno francés; agradecemos muy cordialmente al prof. André Chastagnol no sólo su hospitalidad, sino también sus orientaciones y consejos tras la lectura del manuscrito; igualmente nuestro reconocimiento al prof. Geza Alfóldy (Univ. Heidelberg) por sus correcciones y sugerencias.

 

Una atenta lectura de las fuentes mayores sobre Cómmodo (Dion Cassio, Herodiano y la Vita Commodi) concluye siempre dejando en la mente del lector un extraño poso, formado a medias por la sorpresa y la confusión. El personaje era poco más que un muchacho cuando ascendió al trono y todavía un joven de 32 cuando murió asesinado. Sus principios y su final se oponen en estridente contraste; destinado al imperio desde el nacimiento, al niño Cómmodo se le abrieron las puertas de los honores sacerdotales de mayor rango, se le confirieron títulos y magistraturas cuando aún no había vestido de adulto, a los 14 años fue asociado al trono por su padre Marco Aurelio y a los 19, cuando apenas empezaban a apuntarle las primeras pelusas de la barba, al decir de Herodiano, se había convertido en el único amo de Roma. Su proclamación como continuador de la dinastía antoniniana fue aceptada por todos y en la capital recibió el 180 una recepción sentida y jubilosa, como pocos emperadores habían obtenido antes de él.

Menos de trece años después moría estrangulado; recurso de urgencia en una conjura largamente planeada, el atleta y siervo Narciso acababa con la vida del porfirogéneta. Se le declaró enemigo público, su memoria fue execrada y su nombre borrado de la faz de la tierra. Una inmensa ola de odio se levantó contra él y la encolerizada multitud de Roma no pudo despedazarlo miembro a miembro porque, según Dion Cassio, el prudente Pertinax escamoteó el cadáver; despechada por ello, se entregó a denostarlo con los insultos más terribles.

El afecto primero había sido sustituido por el odio; ¿qué había ocurrido entre el 180 y el 192 para que se produjera tan portentosa mutación respecto al personaje? ¿Las fuentes ofrecen de forma razonada los pasos intermedios de ese cambio? Tememos que no; y, precisamente por eso lo decíamos al principio, la sorpresa y la confusión se adueñan del lector actual. En torno a ello vamos a centrar nuestras pesquisas.

Previamente hemos de formular una advertencia; los ejes directores de nuestro quehacer no serán ni la Quellenfrage de los textos ni la reconstrucción histórico-cronológica de los hechos, habida cuenta que ambos aspectos han recibido ya una notable dedicación de los estudiosos. Lo que nos interesará aquí es conocer la personalidad de los autores que escriben sobre Cómmodo, la naturaleza de sus eventuales contactos con él y desvelar en la medida de lo posible el personal punto de mira con que enfocan su narrativa; nos interesa la historiografia y su posición frente a los hechos que cuenta. La tradición literaria nos ha legado junto con los textos también sus contenidos y perspectivas. Iremos hasta el origen de ella para intentar comprobar sí surge de la vorágine misma de los acontecimientos y es, por tanto, sospechosa de parcialidad, o si es ajena a ellos y merece credibilidad.

 

I.-Una historiografla comprometida con su tiempo

 

Dion Cassio, Herodiano y el desconocido autor fuente de la Vita Commodi tuvieron directo contacto con los acontecimientos del reinado, pero sus relatos fueron escritos años después; es una historia post eventum, aunque en cierto sentido también pueda afirmarse que arranca desde los hechos mismos. El senador Dion y quizá también el desconocido autor-fuente de la Vita fueron animadores destacados de la ola anticommodiana del 193. Desde luego, ninguna duda cabe de ello respecto a Dion; en estrecha colaboración con Pertinax, que le alzó a la pretura, se debió entregar a fondo a la tarea de desmontar la obra de su predecesor con la animosidad propia de sus años mozos y de sus primeras ambiciones de promoción política.

Por ello, en algunos relatos sobre Cómmodo podemos tener el juicio que sobre él emite una parte de su sociedad contemporánea; probablemente dejan aflorar las tensiones y los problemas de ésta, las fobias y las filias del momento, los intereses y las luchas por el control del estado.

 

1.  Cómmodo en Dion Cassio

 

Quizá corresponda a Dion Cassio el primer puesto entre los autores citados en cuanto a grado de implicación directa en los acontecimientos. Era hijo de senador y fue traído a Roma por su padre el 180, cuando tenía 16/17 años; aquí se hallaba ya en octubre de ese año, cuando tuvo lugar el recibimiento a Cómmodo; Dion se reclama testigo presencial e, incluso, asegura haber escuchado la alocución que el nuevo emperador dirigió a la curia con motivo de su coronación. Salvo el corto periodo que acompañó a su padre a Cilicia (182-183), el resto del reinado debió permanecer en Roma. Por su nacimiento noble pronto se abrió paso hacia la vida pública, iniciándose en ella bajo Cómmodo; el 192 era ya senador, porque a partir de ahí comienza a referirse al senado en primera persona. Luego vendría una notable carrera pública hasta el segundo consulado, el 229; la curatela de Pérgamo y Esmirna, el gobierno de África proconsular, el de Dalmatia y el de la importante provincia de Pannonia fueron algunos de los cargos que obtuvo; fue amigo y colaborador de cuatro emperadores (Pertinax, Septimio Severo, Caracalla y Severo Alejandro) y uno de los miembros más activos del senado.

Escribe la biografia de Cómmodo, su comportamiento público y privado cuando ya posee un abultado bagaje de experiencias como hombre de gobierno. Corrían los tiempos de Macrino o algo después; hacía años que Cómmodo había muerto e incluso habían pasado ya la reposición de su memoria por Septimio Severo y el filo-commodianismo de Caracalla. Nada detiene el libre fluir de los sentimientos del senador y es un hecho a tener en cuenta si, como nos hemos propuesto, pretendemos descubrir el complejo juego entre la realidad de una época y las respuestas que genera un hombre vitalmente comprometido con ella. Dion es testigo y parte; el cronista es a la vez un hombre del partido anticommodiano.


En la consideración del texto dioneo hay que contar con la limitación de no haberse conservado el relato original; lo que tenemos hoy es una recomposición a partir de los excerpta de Constantino VII Porfirogéneta (945-959) y sobre todo del epítome de Xifilino en el siglo XI. Parte del contenido de la obra originaria se ha perdido, pero los epítomes recogen un bloque de información nada despreciable; sabemos que Xifilino seleccionó la temática dionea y añadió algo de su propia cosecha, aunque también es cierto que su fidelidad al original es notable en el material aceptado; la prueba es que conserva las menciones de Dion a sí mismo en primera persona y buena parte de su rico anecdotario personal.

Para conocer la actitud de Dion frente a Cómmodo, ni siquiera será necesario esperar a la biografia. Ya en la de Marco Aurelio se consagra a afirmar el profundo contraste existente entre las dos personalidades y, por ende, entre los dos reinados. Para ello anticipa algunas supuestas pruebas del carácter cruel de Cómmodo, la mayor de las cuales consiste en inculparle de la muerte del padre. Dion admira a Marco Aurelio y odia al hijo porque lo considera su contramodelo.

«Cómmodo, comienza Dion en la biografia, no era malvado en origen, sino sencillo como cualquier hombre; pero por su gran simplicidad, añadida a su cobardía, fue esclavo de sus compañeros»; bajo su influjo adquirió primero malos hábitos y luego degeneró hacia una naturaleza licenciosa y sanguinaria. Ya tenemos el perfil psicológico del biografiado: mente simple, cobardía de carácter, licenciosidad y sed de sangre; la última frase del primer capítulo completa el cuadro: aversión a todo esfuerzo y ansioso de la molicie propia de la vida urbana. Así era Cómmodo incluso antes de alzarse al trono; no responde a las señas de identidad del vir bonus romano.

Su primera decisión política es radicalmente contestado por Dion: «rechazó, dice, a los mejores hombres del senado» y no siguió sus consejos; firmó una ignominiosa paz con los bárbaros porque anhelaba los placeres de Roma, siendo así que podía haberlos vencido con facilidad.

De forma brusca, debido a la recomposición actual del texto, se nos informa que «mató a muchos»; es el cartel anunciador de la secuencia de crímenes que vienen a renglón seguido. Muchas fueron las conspiraciones que se llegaron a urdir y Cómmodo mató a cuantos se habían distinguido en algo bajo el reinado de M. Aurelio o bajo el suyo propio, a excepción de Pompeyano, Pertinax y Victorino. Salvo el prefecto Paterno, los nombres singularizados en la narrativa pertenecen al orden senatorial; el deseo del autor es mostrar el carácter criminal del emperador frente a la nobleza de sus víctimas. Cierra la ronda de asesinatos recurriendo a la hipérbole para transmitir la idea de que la proscripción contra los hombres del senado fue generalizada y sistemática.

Inmediatamente después se centra en la guerra de Britania del 184, intercalando un largo excursus sobre la personalidad del gobernador Ulpio Marcelo y un confuso relato sobre la agitación militar en la isla al año siguiente, cuya consecuencia sería el linchamiento del prefecto Perenne a manos de 1.500 soldados enviados en legación a Roma. Por permitir esto se acusa a Cómmodo de cobardía e ingratitud hacia quien le había servido eficaz y fielmente.

El periodo que va del 185 al 190 queda monopolizado en el relato dioneo por la figura de Cleandro y por los crímenes y depravaciones de un Cómmodo absentista de sus deberes de gobierno. El origen servil de Cleandro sirve de apoyo a Dion para confirmarse en la idea de una etapa en la que se acrecienta la maldad del emperador y el descalabro de la vida pública; Cleandro, dice, vendía la condición de senador, los gobiernos provinciales, los mandos militares, las procuratelas y los cargos todos; para obtener dinero extorsionaba a cuantos podía; la corrupción de tal gobierno provocó el hambre en Roma y la multitud exigió la vida del favorito. Igual que antes con Perenne, también ahora Cómmodo lo entregó a las turbas para su linchamiento; Dion no se recata en sus juicios.


Tras el insulto, nuestro historiador continúa así: «Cómmodo, cesando de sus diversiones y juegos, se dedicó a asesinar y matar a hombres nobles» y singulariza a algunos de ellos. La peste declarada en Roma, de la que asegura se cobró 2.000 victimas en un sólo día, y una ronda de envenenamientos a manos de criminales en todo el imperio, sirven a Dion para asegurar que, pese a su importancia, el monarca aún era peor calamidad para Roma.

Desde ahora en adelante ya no hallaremos mención alguna a acontecimientos de fuera de la Urbe; los últimos años del reinado de Cómmodo se nos narran con todo lujo de detalles: la carrera por la exagerada acumulación de títulos, la divinización hercúlea y sobre todo los juegos cirquenses y gladiatorios de los últimos días. Ahora aún se hace mayor la intensidad de los insultos y más manifiesto el odio al monarca; Dion lo ridiculiza con escarnio, lo rebaja a la condición de gladiador y lo califica dc «inmundicia»; de su pluma fluye una incontenible carga de rencor; es la respuesta por el miedo a muerte sentido por los senadores, por la humillación de verse obligados a la proskinesis en la exaltación commodiana y por la verguenza de tener que aclamar al emperador como a su déspota. El relato termina con la conjura cortesana y la muerte del monarca.

Una evaluación cabal del texto dioneo exige entender la importancia que revestía para el autor el que bajo Cómmodo se hiciera pedazos aquel cerrado consenso que durante la monarquía antoniniana se había producido entre aristocracia y emperador. Se nos pinta a un monarca como enemigo irreconciliable, porque los senadores fueron robados de sus competencias en favor del praef.  praetorio y de los cubicularii y porque la vida se les hizo peligrosa si pretendían oponerse a tal rumbo de cosas; durante Cómmodo parece que el senado quedó aislado y abandonado a su suerte; al menos al final del reinado, la política imperial se centró en ganarse al pueblo y a los pretorianos.

Estos factores son los que determinan la perspectiva desde la que Dion escribe; y es que su noción de crisis se formó a golpes en el yunque de sus propias experiencias. Por eso, nos depara una sucesión casi ininterrumpida de denuestos y descalificativos.

 

2.  El relato de Herodiano

 

La posición de Herodiano como escritor y hombre de su tiempo es notablemente diferente a la de Dion. Llegó a tener contacto directo con el reinado, pero no de forma tan comprometida y directa. Probablemente fue un liberto imperial de cuya vida sólo sabemos que desempeñó cargos cortesanos y públicos. Una referencia en primera persona del plural a los juegos de Cómmodo permite suponer que asistió a ellos porque se hallaba en Roma a fines del 192. Entonces era poco más que un chiquillo, razón por la cual su identidad madura se configuró sobre todo bajo la presión de los hechos posteriores, durante la dinastía severiana y durante la anarquía militar.

Debió escribir hacia el 244/250, circunstancia determinante para su visión específica de Cómmodo, ya que le anima otro sentimiento de crisis que a Dion Cassio. Sus Historias se inician con la muerte de M. Aurelio, no sólo porque hasta allí remontan los hechos acaecidos durante su vida, como dice, sino porque para él es el punto de arranque de la crisis que vive su época del siglo III. Escribe desde otra esfera ambiental, para otra clase social y también para otra generación que aquella a quien se dirigía el senador Dion. No existe unanimidad todavía hoy sobre su valor como fuente histórica; los trabajos de F. Cassola y E. Grosso tienden a reconocérselo elevado, los del grupo formado por E. Hohí, O. Alfoldy y F. Kolb tienden a resaltar el carácter novelesco de sus relatos, mientras que C. R. Whittaker mantiene una posición más ecléctica. Los acontecimientos danubianos que trajeron el cambio de titular en el trono son aprovechados por Herodiano para exponer su particular filosofia de la historia aplicada al reinado de Cómmodo; una filosofía que es en realidad un juicio global anticipado del mismo. Con retórica habilidad narra las sombrías meditaciones de M. Aurelio en sus últimos días al tener que transmitir el trono a un muchacho; la historia le trae al recuerdo malos presagios y Herodiano presenta a un veterano emperador que se debate angustiosamente por evitar a Roma una tiranía; y es que para el autor, lo había dicho poco antes, madurez fisica es sinónimo de responsabilidad y buen gobierno, mientras que juventud lo es de ligereza e irresponsable anhelo de cambios; es el eco de la opinión romana tradicional respecto a la juventud. En realidad las meditaciones de M. Aurelio son sólo las meditaciones de Herodiano sobre la difusa frontera entre tiranía y poder imperial; es tan difusa que sabe no será percibida por una mente joven. El hecho juvenil de Cómmodo determina la perspectiva de Herodiano, porque para él son directamente proporcionales edad y autoridad. Si eliminamos la hojarasca retórica de los primeros capítulos, nos queda la desnuda tesis central: la causa de un mal reinado es la juventud del ocupante del trono. Lo que tenía que haber sido conclusión tras una exposición objetivada de los actos de Cómmodo es un axioma apriorístico que determina el enjuiciamiento de los hechos; hipótesis y tesis se identifican y por eso la condena precede a aquéllos.


De la inmadurez juvenil derivan las dos constantes que presiden el mal reinado: el dominio de los favoritos y la inmoderada conciencia de superioridad del soberano; ambos operan desde el primer acto de gobierno de Cómmodo. «Los parásitos de su mesa y los que basan la felicidad en el estómago y en el comportamiento más obsceno», le convencieron para abandonar la dura vida del frente; todas las personas que luego se eleven al poder en el círculo del emperador serán enjuiciadas en lo básico con los mismos rasgos que ahora reserva a los domésticos del campo panonio; y es que el estereotipo del inestable e inexperto joven en el gobierno se complementa con el estereotipo del malévolo y pérfido privado de turno. La soberbia del joven aparece en su discurso de presentación a las tropas; Herodiano pone en su boca inmodestas autoproclamas de su condición superior respecto a todos los predecesores, porque se reconoce como el único que ha devenido a la vez hombre y emperador; es la herodianea forma de decirnos que su soberbia futura tenía ya lejano y profundo arraigo en el protagonista desde los años jóvenes.

El relato se compone, a nuestro entender, de 5 ó 6 «ámbitos de situación» bien individualizados, que se desarrollan como actos de un drama sobre un escenario de cambiantes decorados. El primero discurre en Pannonia y tiene por telón de fondo el cuartel general de M. Aurelio; incluye la enfermedad y la muerte, sus ultima verba, la presentación de Cómmodo al ejército, y finalmente la decisión del joven soberano de regresar a Roma en oposición al parecer de su consilium.

El segundo acto del drama podría enunciarse como el de la afirmación popular del monarca en Roma y la ruptura con la aristocracia senatorial. Para Herodiano la conjuración de Lucilla del 182, que tendría como causa una cuestión de celos, marca el comienzo de la ruptura entre senado y emperador; culpa de esa ruptura al prefecto Perenne porque abusó del adolescente emperador para adueñarse del estado y convencerlo que se diera al libertinaje y a las borracheras, podemos imaginar los negros caracteres con que se nos pinta a Perenne. Su ilícito poder le lleva a la soberbia de ambicionar el trono; el acto concluye con la supuesta conjura de éste y con las subsiguientes muertes en cadena.

El tercer acto responde al mismo esquema que el anterior, pero centrado en la figura del rebelde Materno: conjura fracasada contra Cómmodo y derramamiento final de sangre. El cuarto acto está dominado por la figura del cubiculario Cleandro; salvo por su origen servil en lo demás se nos proporciona el mismo retrato de Perenne; trama y desenlace responden también al esquema de los dos actos anteriores: auge, corrupción y ambición del favorito, conjura contra su señor y baño final de sangre.

En el quinto acto el protagonista es el propio monarca en un proceso de última degradación que culmina en la locura. Hasta ahora teníamos la imagen de un gobernante malo, pero contenido aún dentro de ciertos límites de moderación; en adelante lo lanza por la pendiente del vicio total. Lo rebaja a simple gladiador y corredor de carreras; «sus acciones no eran adecuadas a un emperador», nos dice; el gran incendio de Roma se interpreta como un mal signo. Cómmodo cae en el abismo de la demencia; empieza a imponer su nombre a todas las cosas, se identifica con Hércules y finalmente dedica costosos juegos para su divinización.


Tras el bullicio de la apoteosis imperial en el anfiteatro, Herodiano pasa al sexto y último acto con decorado interior de las habitaciones palaciegas; en ellas tiene lugar la conjura y la muerte; «al final se hizo necesaria la muerte de Cómmodo y la liberación de la Roma tiranizada»; los dos últimos capítulos narran el desenlace del drama commodiano.

El relato herodianeo presenta a un Cómmodo en un proceso de progresivo aislamiento. La desafección a su persona progresa en el sentido de mayor a menor rango social de los grupos. Cuando Pompeyano le argumentaba en Pannonia contra el deseo de regresar a Roma, recordaba: «aquí están contigo los más nobles del senado y toda la fuerza del ejército está dispuesta a proteger tu reinado»; al llegar a Roma también estaban con él todas las capas sociales. El abandono del frente y la compra de la paz le enajenó la adhesión del ejército y del consilium (el elemento más activo e influyente del senado). La represión de la conspiración de Lucilla le privó de las simpatias del resto del ordo senatorius; la condena de Perenne, la del ordo equester y la muerte de Cleandro, la de cubicularios y libertos. El último paso fue la consumación del divorcio con el pueblo, porque éste se avergonzó de ver a su protector luchando como un gladiador. El 192 es ya total el aislamiento; sólo queda a su lado un puñado de truhanes (bufones y comediantes), cuando el ideal de Cómmodo es vivir con y como los gladiadores. Es el momento de la gran soledad del héroe trágico.


Herodiano es un cronista distanciado de la época que acaba de narrar; quizá por ello su relato discurre por la indefinición cronológica, parece flotar en la intemporalidad. Ninguna presencia nueva de protagonistas es reconocida como solución de continuidad del anterior. Por ejemplo, Perenne emerge de forma súbita en posesión de todo el poder; a Cleandro se le cita casi cuando va a desaparecer y no se le reconoce como solución a la desaparición de Perenne, habida cuenta que entre ambos se intercala el relato de Materno. Herodiano parece apoyarse más en la anécdota misma que en el tiempo.

Por el distanciamiento emocional del autor respecto a los hechos podíamos esperar de él mayor objetividad que de las otras fuentes; no es así. La aparente ventaja es anulada por su peculiar concepto de crisis; juzga el reinado de Cómmodo con la conciencia crítica de un hombre de mediados del siglo III y por ello provoca distorsiones graves del pasado. Por ejemplo, cuando los trastornos callejeros de Roma al final de Cleandro (190), habla de auténticas batallas campales entre la población y las tropas pretorianas con un abultado saldo de muertos; Dion, que es testigo presencial, reduce considerablemente los límites del problema. Parece que Herodiano exagera porque tiene en mente las grandes luchas posteriores entre ejército y población civil; así, las habidas en el norte de Africa y otros lugares el año 238.

El tratamiento dado a los principales colaboradores de Cómmodo implica un alejamiento aún más grave de la verdad histórica. Perenne (ecuestre), Materno (desertor y bandido) y Cleandro (liberto), los tres sin excepción, son acusados de querer ser emperadores y de conspirar para lograrlo. En época commodiana tal idea no se le hubiera ocurrido ni a un demente; como máximo (caso de Lucilla) a un grupo de senadores influyentes, si previamente obtenían el apoyo de un miembro de la dinastía. Las imputaciones de Herodiano son falsas; Dion Cassio y el autor-fuente de la Vita nada dicen de ellas. Después de Severo Alejandro las usurpaciones se habían convertido casi en la regla general y cualquier ambicioso, del rango y origen que fuera, pudo hacerse con el trono. Por eso creemos que sobre Perenne, Materno y Cleandro proyecta Herodiano la sombra de su propio presente y nos depara un relato radicalmente falsificado.

En Herodiano el número de personas citadas con sus nombres es mucho más reducido que en Dion y en la Vita; es una limitación producto de su peculiar noción de historia; la concibe en forma parecida a un drama o novela histórica y por eso no precisa de muchos actores sobre el escenario para desarrollar la trama. Su historia es una representación retórica y por eso también retóricos son muchos de los detalles que incluye; no son detalles falsos, sino inespecíficos, tomados de la vida civil, religiosa o militar en general para dotar de artificiosa frescura al relato de Cómmodo, para el cual le faltan fuentes directas. Discursos y excursus eruditos frecuentes suplen la carencia de datos específicos.

 

3.  La «Vita Commodi»

 

La Vita Commodi presenta problemas historiográficos mayores y más complejos que los relatos de Dion y Herodiano. La colección de biografias, en la que se integra, fue dispuesta en la forma que la conocemos a fines del siglo IV o principios del siglo V. Hoy parece que tiene mayor crédito la tesis de que la fuente principal de la Vita Commodi es Mario Máximo, contemporáneo y de carrera paralela a Dion, frente a la que proponía a un autor Ignotus. Cualquier que sea el autor-fuente, podemos asentar una doble afirmación sobre él: ha vivido los acontecimientos de época commodiana y procede del medio senatorial. Sin embargo, no ha de descartarse que la integración de su biografia en la Historia Augusta haya implicado serias modificaciones; también es cierto, por otro lado, que la redacción actual contiene un ímportante legado documental contemporáneo a los hechos.

Los negativos retratos de Cómmodo, que deparan Herodiano y Dion, quedan empequeñecidos en la Vita. La primera frase de ella remite al relato de M. Aurelio; allí se había postulado la bastardía del niño Cómmodo, nacido del adulterio de Faustina con un gladiador; de un plumazo se sume al biografiado en el deshonor.

Recordados convenientemente estos precedentes, la Vita inicia sin más preámbulos su empeño biográfico. Cuando Cómmodo estaba aún en el vientre de la madre, algunos signos anunciaron por anticipado su futura ferocitas. Los prodigios y los signos no hablan en falso y los hombres no escapan al destino. Así se explica el fracaso de M. Aurelio al intentar imbuir en el muchacho los valores más elevados a través de los mejores preceptores y así también que desde su más tierna infancia fuera turpis, improhus, crudelis, libidinosus, ore quoque pollutus et constupratus. Ya tenemos las señas de identidad; en adelante los hechos del personaje hasta su muerte no serán otra cosa que exemplum tras exemplum con lo que corroborar la condición perversa grabada indeleblemente ab origine en el alma del nasciturus Cómmodo.

En efecto; el biógrafo es leal a sus convencimientos y por eso la descalificación del biografiado se hace sistemática, la inculpación y el insulto no dan tregua a la moderación. Lo que tenemos en la Vita es la imagen de un gigantesco monstruo, cargado de cuantos vicios la mente humana pueda imaginar y carente de la minima brizna de virtud. El sentido histórico de las acciones de Cómmodo es distorsionado por una interpretación conscientemente malévola hasta limites inimaginables.


De los 20 capítulos de la Vita, sólo en la mitad del segundo no existen juicios de valor, porque describe escuetamente el cursus del joven hasta la muerte de Marco Aurelio; en abierto contraste con el resto, es un breve paréntesis que se cierra muy pronto, porque en seguida el biógrafo retoma su tono habitual. La biografia se construye mediante la alternancia de una triple temática: las corrupciones del favorito de turno, los vicios del emperador y las rondas de crímenes en cadena. Desde el cap. 5 se retira a Cómmodo de los asuntos públicos y se le reduce a una vida personal depravada.

Después de pasar rápidamente por Perenne y por Cleandro, la Vita parece tener prisa por entrar a narrar la etapa final del reinado. Entonces logra cotas increíbles de maximalismo; frases breves y recortadas en interminable sucesión van exponiendo las maldades del emperador: era maníaco, sádico, sacrílego, sanguinario y cruel, glotón, impúdico, afeminado y homosexual, difamó y fue difamado, lanzó a muchos a las fieras, fue gladiador y conductor de carros, los festivales del circo y del anfiteatro los organizaba movido por sus licenciosidades y no por sentimientos religiosos, practicó excentricidades y licencias monstruosas, se vestía como una mujer, corrompió mediante venta la administración y las provincias, cambió vidas por dinero, arruinó las finanzas públicas con sus extravagantes derroches y favoritismos, humilló al senado y fue un demente capaz de depravaciones tales como mezclar en pretiosissimis cibis humana stercora.


No sin múltiples reiteraciones y con total caos cronológico, el biógrafo dedica más de media biografia, nada menos que ocho capítulos, a los dos últimos años del reinado; luego sigue una lista con los prodigios que anunciaban el final y uno más en que se narra la conjura, la muerte, la damnatio memoriae y la posterior rehabilitación ordenada por Severo. Un larguisimo epílogo cierra la Vita (dos capítulos completos), en el que se transcribe textualmente la letanía de imprecaciones contra Cómmodo pronunciada en el senado tras su muerte y que el cronista dice tomar de Mario Máximo, quien a su vez las copió de las acta Senatus; concluye con el cap. 20, reiterando algunos datos ya expuestos en el 17 sobre el destino del cadáver de Cómmodo y los decretos senatoriales de la damnatio.

Esto es lo que tenemos. Propiamente hablando, ni es biografia ni es una pieza de historia, aunque contenga elementos de una y otra. La cronología juega un papel secundario, y de ahí que haya tantos casos de anacronismo y caos expositivo; ni uno ni otro parecen preocupar al biógrafo. Está poseido por una obsesión: orientar todos los actos del soberano como exempla en apoyo de su tesis fundamentalista; el maniqueísmo, la dicotomización moral de la realidad desde el ultramontanismo senatorial es llevada por él a sus últimas consecuencias. El resultado es un panfleto delirante. El río de sangre y maldades que se nos cuenta es una tromba tal que no permite al lector el más mínimo respiro; llega a provocar hastío.

 

II. Una historiografia con diversidad de perspectivas

 

Dion Cassio tenía casi la misma edad que Cómmodo, Herodiano apenas sería 15 años más joven que ambos y la Vita tiene por fuente básica a un desconocido personaje contemporáneo a los hechos. El ámbito senatorial se descubre en Dion y en el autor-fuente de la Vita, mientras que el de las capas medias e inferiores del imperio aparece en Herodiano. No existe un testimonio literario salido del aula imperial o de sus aledaños, ausencia dificilmente compensada con los datos epigráficos, numismáticos o papirológicos.

Los retratos que hemos visto contienen muchos elementos en común pero era dificil esperar que se identificaran al completo en sus contenidos; divergen en aspectos importantes porque también son diferentes los mundos que inspiran a cada uno. Un notable bloque de aspectos separa a Herodiano de los otros autores: el concepto de verdad histórica, el tipo de público al que se dirige, la mentalidad que hay tras su obra y, ya lo hemos apuntado arriba, el concepto de crisis.

Difiere también en la importancia que da al rango social y al nacimiento. Para la mentalidad senatorial el nacimiento noble garantizaba el comportamiento virtuoso del hombre. Por eso la descalificación de Cómmodo plantea al senador un enrevesado problema de conciencia; ¿cómo puede ser monstruo quien procede de noble cuna? Dion Cassio no logra resolverlo con claridad, pese al recurso a las malas compañías como factor de corrupción en Cómmodo; en definitiva no cuestiona su condición de noble. La Vita Commodi lo resuelve de forma radical: Cómmodo es hijo bastardo y por eso fue lo que fue; salva el determinismo del nacimiento, pero cae en nueva contradicción que, esta vez, ya no puede resolver: ¿cómo se puede considerar a M. Aurelio como el emperador ideal si buscó la ruina de Roma imponiendo tal heredero? Es el punto de contradicción irresuelto en la Vita y en Dion, porque si sus convenciones senatoriales sobre el buen emperador se llevasen a las últimas consecuencias, cabría formular contra Marco Aurelio la acusación de actuar en contra de Roma, con lo cual dejaba de ser bueno. Dion no logra exonerar del todo al buen Marco, cuando argumenta que sabiendo la crueldad y cobardía del hijo, lo designó heredero para que el ejército no supiera que moría envenenado por él. Las contradicciones son la consecuencia de la distorsión moralizante de la realidad; el autor-fuente de la Vita y Dion se mueven en un entorno psicológico, el de la aristocracia, que les exigía dar respuestas al problema de cómo un gobernante ideal puede legar un heredero indigno. Desde el momento que se trata de una cuestión moral, la respuesta, cualquiera que fuere, sólo podía implicar deformación de los hechos.


Y en este punto regresamos de nuevo a Herodiano; en él observamos un obsesivo empeño por remarcar la cuna de Cómmodo; quiere contrarrestar otros relatos manifiestamente tendenciosos o falsos respecto a su nacimiento; por ejemplo, bien podría aludir a la tesis de la bastardía recogida en la Vita, cuando dice que con su obra quiere salir al paso de «algunos historiadores que por odio y aversión a los tiranos cuentan cosas en perjuicio de la verdad». En Herodiano tenemos también una descalificación global de Cómmodo, pero es más coherente que las otras fuentes. Logra dejar a salvo, sin incurrir en contradicciones, la figura de M. Aurelio; el único signo negativo que a éste le era dado prever en su hijo era su corta edad, hecho que compensó sabiamente encomendándolo al cuidado de los veteranos hombres del consilium. La ruptura con este último es el origen de los males posteriores; es producto del libre arbitrio del joven Cómmodo y de sus malos domésticos.

En general el trato que le depara es menos encarnizado y vehemente que en Dion y en la Vita; cuando en los espectáculos finales del anfiteatro Dion llega a calificarle de inmundicia, Herodiano se limita a lamentar que «no era propio de un emperador sensato» mostrarse como un gladiador y un conductor de carreras. La diferente posición de los autores en cuanto al rango social y al nacimiento están en la base de estas diferencias de enjuiciamiento.

Sin embargo, en lo relativo al tipo de historia, no puede atribuirse el mismo saldo favorable a Herodiano. Aunque sea desde la postura de odio al monarca, el relato de Dion revela una vitalidad y una frescura testimonial que falta totalmente en aquél; es un hecho perceptible incluso en el relato de los juegos del 192, de quienes sugiere Herodiano haber sido testigo presencial. El texto dioneo, pese a su fragmentación y contaminación actuales, está plagado de observaciones personales, de anécdotas y detalles sobre el mundillo político romano y de expresiones testimoniales valiosas sobre los acontecimientos que presenció. El puntillismo erudito de Herodiano, su recreación de discursos y frases textuales, sus ilustraciones sobre costumbres, ritos y mitos, tradiciones, etc., no dejan de constituir un recurso retóricamente bien ensamblado, que nada tiene que ver con la espontaneidad y el lenguaje directo de Dion. La Vita Commodi es otra cosa; su machacona yuxtaposición de exempla parece retrotraernos a los viejos esquemas de la analística; su exacerbado reduccionismo moral, quizá obra del redactor último, le ha matado lo que pudiera tener de pálpito originario para producir un relato cargado de histeria.

Hemos agrupado a Dion y a la Vita en el mismo bloque frente a Herodiano, en cuanto que ambos beben en los ambientes senatoriales. Pero ello no es sinónimo de identificación; al contrario, entre ambos existen al menos tantas diferencias como les separaban de Herodiano. En general, la valoración de estas diferencias arroja un saldo netamente favorable al senador Dion en cuanto a nivel historiográfico. Para éste la maldad de Cómmodo, aunque esencial, no es congénita como se defiende en la Vita; Dion reconoce al menos una acción positiva en el monarca (negarse a leer la correspondencia de Avidio Cassio); aquélla no; y lo mismo diríamos respecto a la figura del prefecto Perenne. Aunque Dion centra en Cómmodo la parte principal de su atención, a veces se interesa por hechos no cortesanos en función del interés que representan en sí mismos; por ejemplo, los tratados de paz con los bárbaros, en el 180, o la campaña de Britania del 184/5; nada de eso vemos en la Vita. En general, Dion es más contenido que el biógrafo en los improperios. Los insultos sistemáticos y la acumulación furibunda de inverosímiles actos del monarca llevan al segundo hasta el ridículo. Los insultos de Dion, aunque formalmente suavizados y numéricamente restringidos respecto a los de la Vita, son, en cambio, sólidas cargas de profundidad. En la Vita no se da, como en Dion, un esfuerzo por elevarse sobre el reduccionismo de sus prejuicios moralizantes; en este último encontramos múltiples elementos de realismo y racionalidad; se mueve entre categorías historiográficas, entendidas en el superior concepto de la antiguedad; son categorías que faltan en la Vita, porque su maximalismo es llevado hasta el absurdo. Y todo ello, repetimos, pese a que el odio y el rencor que Dion profesa a Cómmodo no sea en modo alguno menor que el que revela el autor de la biografia.

Hasta aquí algunas diferencias entre los autores que podríamos calificar como estructurales o globales. Existen otras que afectan al anecdotario de los hechos y cuyo número es amplísimo. Nos referimos a los múltiples detalles puntuales que se cuentan en unos textos pero faltan en otros, al diferente número de personajes citados en cada relato, a la variedad de versiones en los detalles de un mismo acontecimiento, a los hechos no citados por todos, etc. No nos detenemos en lo diferencial anecdótico, habida cuenta que no afecta a los objetivos del presente trabajo y que en buena medida ya ha recibido la atención de los estudiosos

 

III. La historiografía y Cómmodo: entre la realidad y la ficción

 

Tarea más necesaria es aplicar la crítica historiográfica a las convergencías sustanciales entre las fuentes, porque desde ellas se ha elaborado la imagen de Cómmodo que hoy poseemos. Interesa descubrir sí los autores convergen porque enjuician la realidad objetivamente o porque comulgan entre sí en valores subjetivos de enjuiciamiento; resolver la disyuntiva significará reconocer si aquella imagen responde al orden de los hechos o al de la ficción. Apuntemos algunos ejes de esa convergencia.

 

1.  Limitación temática y geográfica

 

Ninguno de los tres relatos que venimos comentando escapa a la ley de la tradicional historiografia romana, según la cual sólo son historia la res populi Romani (leyes, magistrados, guerras, triunfos, etc.); durante el principado nunca llegó a olvidarse esta concepción básica del relato analístico, pero tuvo que acomodar un espacio hegemónico al princeps, con él entran en la historíografía muchos elementos de la biografia. Por ello las fuentes sobre Cómmodo, como sobre cualquier otro reinado, no muestran interés por recoger todo lo importante que acaezca en el imperio. Los relatos están presididos por la figura del monarca, aunque también se hace desfilar junto a él a un reducido grupo de hombres: senadores, magistrados, prefectos del pretorio, cubicularios y pocos más.

En el caso de Herodiano y de la Vita, la geografía de la narrativa termina en la verja de palacio y en el entorno más próximo del monarca; no va más allá de los límites de la Urbe. El biógrafo de la Vita acentúa su desinterés por acontecimientos de fuera y, si alguna vez hace mención de ellos es menos por el interés que puedan tener en sí mismos que porque son susceptibles de esgrimirse en contra de Cómmodo. En Herodiano sólo el primer acto se desarrolla en escenario no romano, porque las demás se mueven entre los decorados de la capital. En Dion Cassio  vemos un consciente esfuerzo por no degradar su narrativa a simple biografía, como ocurre a los otros autores; es cierto que gira en torno a Cómmodo y a un reducido grupo de personas, pero da cabida a importantes hechos de fuera de la capital; pese a la recomposición fragmentada de su texto han sobrevivido valiosas noticias sobre la paz con los bárbaros o sobre las guerras de Britania.

Los relatos de Dion y de la Vita, por reflejar la psicología senatorial, están movidos por una preocupación central: las relaciones princeps-ordo senatorial son unas relaciones que se conciben catacterizadas más por rasgos personales que institucionales; el que bajo Cómmodo sean negativas, no impide que sigan siendo el motor principal de los relatos; la naturaleza positiva o negativa de la relación son anverso y reverso de una sola preocupación, el destino del orden senatorial; este último, con el princeps a la cabera, es, en el fondo, el único objeto de la historia porque se ve a sí mismo como el sujeto del acontecer, de ahí que época y emperador se midan con la absoluta regla de la propia individualidad senatorial.

El caso de Herodiano es diferente; comparte posición con Dion y la Vita en cuanto a la restricción temática y geográfica de su narrativa, pero se debe a motivos diferentes a aquéllos; para él las relaciones emperador-senadores ni son vivencía central ni son el eje del acontecer. Herodiano se circunscribe a Cómmodo y a su ámbito cortesano, igual que hace con los otros monarcas, porque el emperador centra la atención de las capas medias y bajas del imperio, para las cuales escribe, porque aquél es centro polarizador de espectativas y referencias de toda índole.  Es un tema de la vida diaria, caro y apetecido por sus lectores, en cuanto que contrapunto extraordinario, trascendente y supremo a las monotonías y problemas de la cotidianeidad, por eso, su narrativa toma inevitablemente muchos elementos de la novela histórica.

 

2. Un filtro para seleccionar ausencias y presencias en el escenario histórico

 

Los tres relatos giran en tomo a Cómmodo y, sin embargo, por paradójico que parezca, él es el gran ausente del hilo histórico en cuanto que gobernante y hombre de estado. Las tres biografías por igual nos presentan a un soberano absentista, reducido en privado a la práctica del mal. O si se quiere, su presencia es de tipo negativo: él decide la vergonzante renuncia a la guerra, a la victoria, (por tanto a uno de los atributos del cargo imperial); él elige a los colaboradores más indignos; él decide la marginación y condena a muerte  de los senadores y su inmoderación le lleva a poner en marcha un loco programa de autodivinización.  Sí exceptuamos la breve mención dionea de que no quiso leer la comprometida carta de Avidio Cassio, Commodo no existe como gobernante actuando constructivamente; los tres biógrafos atribuyen al favorito de turno el bloque principal de las decisiones políticas, el monarca es el gran ausente. ¿Quiénes son esos protagonistas de los que ahora se nos habla con intensidad?: las cúspides del orden ecuestre y de los libertos imperiales, praefectí praetorio y cubícularii respectivamente. Sus vidas y acciones se nos dibujan con parecidos rasgos morales que los de su amo y están movidos por iguales hilos de maldad; son como títeres de relleno necesario en el escenario dominado por el ausente y principal protagonista.


Llama la atención y provoca sospecha en la historiografía sobre Cómmodo la ausencia de individuos del orden senatorial implicados en las líneas de acción política del monarca. Cuando Dion cita senadores, casi siempre son agentes pasivos del acontecer. Aparte de sus anécdotas sobre los Quintili, sobre Victorino, etc., o las referencias a si mismo y a los senadores en el anfiteatro, la única presencia activa de hombres senatoriales es la de Sabiniano, que pacificó a los Dacios y la de Ulpio Marcelo, pacificador de Britania el 184/5, cuya cita se resuelve en la anécdota personal. Sólo en razón del posterior papel histórico cuenta Dion de Severo que se hallaba entre los 25 cónsules que Cleandro designó en un año. La presencia pasiva del senado o de los senadores es dominante en el relato; la vemos en la ruptura del monarca con el consilium de M. Aurelio, en la forzada colaboración con él, bajo amenaza y miedo, para el desarrollo de su programa teocrático y desde luego en los numerosos casos de proscripciones y muertes.

Algunas veces se cuentan éxitos militares en las fronteras protagonizados por senadores, pero el objetivo es contraponer su noble y valiente actuación a la desidia y corrupción de la corte; en los relatos existe una desequilibrada presencia de senadores actuando positivamente y sobre todo existe el interés de no hacerlos aparecer en ambientes cortesanos o en los centros de decisión. Sin embargo, sabemos que Pertinax, por sólo citar un caso, fue un íntimo colaborador de Cómmodo como praef. Urbi en la última etapa del reinado, precisamente la más denostada por los biógrafos; en los textos se oculta todo lo posible esta colaboración para evitar implicarle en un gobierno que juzgan moralmente depravado. No es el único caso distorsionador en este sentido: el mismo Dion Cassio debió recibir de Cómmodo la cuestura el 188/9 y con ella el acceso al senado; incluso si hacemos caso a su propio testimonio respecto al dominio absoluto del estado por Cleandro, concluiríamos que la promoción le llegó por instancia del denostado liberto, del que vendía y corrompía todo por dinero.

Sin duda alguna, no todos los senadores se alejaron a la vida privada, como Claudio Pompeyano; lo que ocurre es que para la historiografia senatorial, la ficticia ausencia de senadores en el relato es una forma de expresar otros problemas históricos que no se mencionan de manera directa: evita implicar a toda la aristocracia senatorial en un gobierno que descalifica absolutamente; por el contrario, implica en él a sus rivales políticos (los ecuestres) resaltando el engrandecimiento de poder de la prefectura del pretorio y finalmente simboliza la ruptura del consenso entre emperador y aristocracia.

Se nos está mostrando en clave ideológica lo que es un problema político de rivalidad entre grupos en torno al poder; la proscripción de todos los buenos hombres durante Cómmodo no es tal, sino sólo la marginación política de una facción de senadores, aunque fuera, eso sí, la más dinámica e influyente. No olvidemos que aquel juego simbolóco a través del lenguaje narrativo de las biografias y el maniqueísmo moral con el que están concebidas, provocan una grave distorsión: identificar facción con totalidad del ordo senatorius. La facción anticommodiana es la matriz de la que ha surgido la historiografía y la identificación con el todo que filtró en ella fue siempre un objetivo político estratégico en pro de la supervivencia política frente a las nuevas realidades de poder surgidas a partir de Cómmodo. La verdad es que el emperador recibió la colaboración de muchos senadores; no podía ser de otra manera; la reducción de las fuentes al esquema del doble bando, tal como lo formulan, sólo parcialmente se corresponde con la realidad.