Enrique
Krauze
BIOGRAFIA
DEL PODER
Caudillos
de la Revolucion Mexicana
CONTRAPORTADA.
Cierto
momento de la historia de México pareció reconciliar pasado, presente y futuro:
la Revolución mexicana (1910-1949); en realidad, expresaba la tensión de un
país desgarrado entre su cultura tradicional (indígena, católica, española) y
una apremiante vocación de modernidad.
A
diferencia de otras revoluciones, la mexicana se organizó en torno a los
carismáticos personajes que la guiaron: el espiritista Madero, prefiguración
mexicana de Gandhi; el legendario Zapata, anarquista natural en busca de un
paraíso mítico; el terrible Pancho Villa, sediento de sangre y justicia; el
patriarca Carranza, que encauzó la lucha por vías constitucionales; el invicto
general Obregón, enamorado de la muerte; el severo general Calles, reformista
implacable, enemigo de la iglesia Católica, y el humanitario presidente Lázaro
Cárdenas, militar con sayal de franciscano. A todos los impulsaba una similar
vocación mesiánica, el deseo de liberar, educar, proteger, redimir al pueblo.
Esta actitud, tan tentadora como peligrosa, no ha muerto. En México, la
Revolución conserva todavía un prestigio mítico, un aura religiosa. El pasado
no ha pasado; entenderlo es la única manera de superarlo.
Villa
cabalga todavía en el norte, en canciones y corridos; Zapata muere en cada
feria popular; Madero se asoma a los balcones agitando la bandera nacional;
Carranza y Obregón viajan aún en aquellos trenes revolucionarios, en un ir y
venir por todo el país, alborotando los gallineros femeninos y arrancando a los
jóvenes de la casa paterna.
Todos
los siguen: ¿adonde? Nadie lo sabe.
Es
la Revolución, la palabra mágica, la palabra que va a cambiarlo todo y que nos
va a dar una alegría inmensa y una muerte rápida. Por la Revolución el pueblo
mexicano se adentra en sí mismo, en su pasado y en su sustancia, para extraer
de su intimidad, de su entraña, su filiación.
Octavio
Paz, El laberinto de la soledad: El paisaje mexicano huele a sangre.
Eulalio
Gutiérrez
AGRADECIMIENTOS
Biografía del poder fue escrita entre 1982 y 1986, y publicada originalmente en
1987. La actual versión, corregida, anotada y aumentada, se preparó en 1996.
Fueron muchas las personas que contribuyeron a la obra en esos dos periodos.
Margarita de Orellana, Cayetano Reyes, Javier García-Diego y Aurelio de los
Reyes aportaron fuentes documentales e iconográficas invaluables para el
trabajo original. Aurelio Asiáin, Víctor Kuri y Francisco Muñoz revisaron la
primera edición; Femando García Ramírez, Alejandro Rosas y Rossana Reyes, la
segunda. Entre las personas cercanas a los protagonistas que me facilitaron
materiales de gran importancia quisiera destacar a doña Renée González, a don
Rafael Carranza y, sobre todo, a doña Hortensia Calles, viuda de Torreblanca.
Los historiadores Luis González y Moisés González Navarro aportaron valiosas
observaciones y críticas, lo mismo que mis amigos Fausto Zerón Medina,
Alejandro Rossi, Gabriel Zaid, Jean Meyer, José Manuel Valverde Garcés, Tulio Demichelli
y Julio Derbez.
Los
personajes centrales de mi biografía apoyaron esta biografía de mil modos: mi
esposa Isabel y mis hijos León y Daniel.
No
es una paradoja menor que fuera un futuro protagonista de la Biografía del
poder, el entonces presidente Miguel de la Madrid, quien tuvo la idea original
de este libro, si bien bajo la forma de una serie documental. Y es una
bendición mayor el haber estado cerca, durante todos estos años y hasta ahora,
del mayor escritor mexicano, el amigo a quien está dedicado este libro. Octavio
Paz.
Prólogo a esta
edición.
La Revolución
mexicana: mito y realidad.
La
Revolución —así, con mayúscula, como un mito de renovación histórica— ha
perdido el prestigio de sus mejores tiempos: nació en 1789, alcanzó su cénit en
1917 y murió en 1989. Pero hubo un país que conservó intacta la mitología
revolucionaria a todo lo largo de los siglos XIX y XX: México. Cada ciudad del
país y casi cada pueblo tienen al menos una calle que conmemora la Revolución.
La palabra se usa todavía con una carga de positividad casi religiosa, como
sinónimo de progreso social. Lo bueno es revolucionario, lo revolucionario es
bueno. El origen remoto de este prestigio está, por supuesto, en la
Independencia: México nació, literalmente, de la revolución encabezada por el
primer gran caudillo, el cura Hidalgo. Pero la consolidación definitiva del
mito advino con la Revolución mexicana.
El
movimiento armado duró diez años: desde 1910 hasta 1920. Durante las dos
décadas siguientes el país vivió una profunda mutación política, económica,
social y cultural inducida desde el Estado por los militares revolucionarios.
Hacia 1940, la palabra «revolución» había adquirido su significación ideológica
definitiva. Ya no era la revolución de un caudillo o de otro. La Revolución se
había vuelto un movimiento único y envolvente. No abarcaba sólo la lucha armada
de 1910 a 1920, sino la Constitución de 1917 y el proceso permanente de
transformación y creación de instituciones que derivaba de su programa.
Para
quienes habían sido sus protagonistas o simpatizantes, la Revolución quedaría
por siempre ligada a las imágenes épicas y anónimas de un pueblo en armas: el
hombre que en el paredón, a punto de ser fusilado, fuma tranquilamente su
cigarro; los cuerpos colgados de los postes de ferrocarril, como macabras
banderolas; la soldadera que sigue a su hombre («su Juan»), con el niño en la
espalda envuelto en su rebozo. El pueblo recordaba la Revolución de manera
distinta, no como un hecho perteneciente al orden humano sino al natural o
divino, como los temblores de tierra y las sequías, un cataclismo de
proporciones siderales y orígenes telúricos, algo que había estallado más allá
de la Historia, más acá de la Historia, y que cambió, para bien y para mal, la
vida de todos. En todo caso, en México, el «antes» y el «después» se medía a
partir de la Revolución: el 20 de noviembre de 1910 se convirtió en el
parteaguas de la nueva era.
Se
había creado una cultura revolucionaria. En la memoria musical habían quedado
grabados los famosos corridos como «La cucaracha» y «Jesusita en Chihuahua». La
Revolución era el tema predominante del arte público. ¿Quién no había visto los
murales alusivos a la epopeya de la Revolución que en los antiguos edificios
públicos (la Secretaría de Educación, la Escuela Nacional Preparatoria) habían
pintado desde los años veinte Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro
Siqueiros? En el cine, estaban de moda películas cuyo tema violento y ranchero
denotaba una fijación en torno al tema revolucionario. El género llamado
«novela de la Revolución» era muy leído. Lejos de idealizar la «gesta
revolucionaria», sus autores (José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Mariano
Azuela) tomaban en cuenta el punto de vista del pueblo que había sufrido la
guerra, presentaban una imagen amarga y ambigua de la lucha armada, y mantenían
una actitud crítica con respecto a los logros, reales o supuestos, de la
Revolución. Sin embargo, por encima de los matices, la Revolución -guerra civil
y proceso de transformación social- había adquirido un rango superior a todas
las otras etapas de la historia mexicana.
Al
panteón de la patria donde descansaban los aztecas, los insurgentes y los
liberales, comenzarían a llegar, en tropel y a caballo, los nuevos santos
laicos: los caudillos de la Revolución. El santoral cívico se ampliaría con sus
fechas de nacimiento y muerte y la conmemoración de sus hazañas. Ciudades,
pueblos, avenidas, barrios, escuelas, modificarían sus viejos nombres adoptando
los de los nuevos héroes.
Los
odios y rencillas que los habían separado en vida, hasta el extremo de matarse
entre sí, parecían meros accidentes frente al mito fundador que los vinculaba:
la Revolución, madre generosa, los reconciliaba a todos.
Más
allá del inmenso poder de su mitología, la Revolución mexicana fue, en efecto,
un vasto reajuste histórico en el cual la gravitación del pasado remoto de
México -indígena y virreinal- corrigió el apremio liberal y porfirista hacia el
porvenir.
En
su etapa armada, el número de combatientes nunca fue considerable. Incluso en
el periodo más intenso de las hostilidades (a mediados de 1915), los ejércitos
jamás sumaron más de cien mil hombres. La abrumadora mayoría de la población
nacional de quince millones perteneció a la categoría de los «pacíficos». La
lucha nunca cubrió el país entero. Las etapas militares principales estuvieron
bien localizadas. El estado de Morelos, cuna del zapatismo, y el territorio
villista de Chihuahua fueron escenarios permanentes. Hubo acción en el centro
del territorio, al oeste y -en grado algo menor- en la costa del golfo. La
capital vivió en estado de continua aprensión, «con el Jesús en la boca»,
ocupada alternativamente por ejércitos enfrentados que la consideraban su
premio mayor.
La
Revolución comenzó con un movimiento democrático moderno acompañado de una
añeja petición de tierras. Pese a su triunfo inicial, esta primera etapa
desencadenó una reacción autoritaria. La respuesta a esta contrarrevolución
generó fuerzas militares y sociales que, una vez triunfantes, no consiguieron alcanzar
un acuerdo que condujese a la restauración del orden. La disensión llevó a la
guerra y a una escisión centrífuga no muy diferente de la vivida por el país
durante la guerra de Independencia y en la primera mitad del siglo XIX. El
triunfo de una facción devolvió la corriente a su cauce. Las ideas y las
políticas fueron sustituyendo gradualmente a las balas. Durante las últimas dos
décadas del proceso, México fue un laboratorio de cambios revolucionarios bajo
los auspicios del nuevo Estado. Al término del ciclo, en 1940, se había
restablecido el orden en el país, en torno a un edificio político corporativo
muy semejante al virreinal.
Una
monarquía con ropajes republicanos y revolucionarios. El gobierno personal
seguía siendo -como en tiempos de don Porfirio- un rasgo esencial de la vida
política mexicana.
La
revolución encabezada por Madero estalló el 20 de noviembre de 1910 y en
cuestión de meses se extendió a varias zonas del país.
Los
principales centros de insurrección fueron los estados de Chihuahua y Morelos.
Francisco I. Madero dirigió en persona las operaciones en Chihuahua, auxiliado
por hombres que se volverían legendarios, como Pascual Orozco y Francisco
Villa. Los campesinos que siguieron a Emiliano Zapata combatieron en Morelos. A
principios de mayo de 1911, Orozco y Villa ocuparon Ciudad Juárez, vecina a El
Paso, Texas, y merced a esta ocupación obligaron al gobierno porfirista a
negociaciones que, al terminar el mes, provocaron la renuncia del dictador.
«Madero ha soltado el tigre», dijo Porfirio Díaz en Veracruz antes de
embarcarse en el Ypiranga, que lo conduciría al exilio.
Madero
sería derribado por un golpe militar debido al general Victonano Huerta. Fue
entonces cuando despertó realmente el «tigre» tan temido por don Porfirio. Se
organizó un movimiento militar de amplia base, destinado a oponerse al
usurpador, en tomo a Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, patriarca de
la Revolución Entre marzo de 1913 y julio de 1914, varios cuerpos del ejército
constitucíonalista -así llamado porque el movimiento aspiraba a restaurar el
orden constitucional violado por Huerta- reconocieron la autoridad de Carranza
como comandante en jefe.
Mientras
la guerra se concentró en derrotar a Huerta, Carranza mantuvo unidas las
facciones, pero no bien el usurpador renunció y partió al destierro (el 15 de
julio de 1914), la Revolución fue incapaz de administrar su propia victoria.
Ateniéndose más o menos al libreto de la Revolución francesa, los jefes
militares se reunieron en una convención (octubre de 1914) que se desarrolló en
la ciudad de Aguascahentes. Tenía por propósito elegir el nuevo gobierno y
definir la dirección futura de México. Para entonces era evidente el
enfrentamiento entre Villa y Carranza. La convención produjo un gobierno que
Carranza se negó a reconocer; inmediatamente estableció su propio gobierno en
el puerto de Veracruz. Los dirigentes tuvieron que escoger si estaban con Villa
o con Carranza. En aquel momento el movimiento zaparista rebasó su base en
Morelos y unió sus fuerzas a las de Villa. Ambos otorgaron su apoyo a Eulalio
González, el presidente designado por la convención. Alvaro Obregón y Francisco
Villa, dos colosos militares, habrían de enfrentarse -en la primavera de 1915-
en el Bajío, la meseta central de México. Con la aplastante victoria de
Obregón, el gobierno de la convención se deshizo y el nacionalista Venustiano
Carranza se convirtió en presidente.
Había
pasado la hora de los tres dirigentes revolucionarios de aquellos caudillos
cuyo propósito fue la «liberación» de México: Madero, «el Apóstol de la
Democracia», con su Plan de San Luis proyectado para salvar a México de la
dictadura; Zapata, «el Caudillo del Sur», cuyo Plan de Ayala intentaba devolver
la tierra a los campesinos; y Villa, «el Centauro del Norte», una fuerza ciega
que no se atenía propiamente a ningún programa sino a un afán implacable, y a
menudo sangriento, de «justicia».
Llegó
entonces la hora de los jefes, quienes procurarían encauzar el torrente de la
Revolución. Uno de ellos. Carranza, deseaba un México civilizado, bajo
gobernantes civiles. El otro, Obregón, quería un México civilizado bajo
gobierno militar. Por un tiempo trabajaron juntos. Carranza convocó un congreso
constituyente a principios de 1917, y en febrero del mismo año fue proclamada
en Querétaro una nueva Constitución genuinamente revolucionaria, que otorgaba
al Estado poderes políticos, responsabilidades sociales y jurisdicciones
económicas similares a los ostentados por la antigua monarquía española.
Carranza
ocupó la presidencia de 1917 a 1920. Cuando éste intentó hacer de un civil su
sucesor, el poderoso Ejército del Noreste -bajo el mando .aparente de Adolfo de
la Huerta (si bien el verdadero jefe era Alvaro Obregón)- se alzó contra él y
lo derrotó. A finales de mayo de 1920 los dirigentes militares oriundos de
Sonora asumirían el poder y lo conservarían quince años.
Alvaro
Obregón fue presidente de 1920 a 1924. Su empeño por mantenerse en el poder,
directa e indirectamente, desencadenaría una guerra civil entre los jefes
sonorenses. A fin de cuentas lo sucederían dos generales, más bien estadistas
que jefes o caudillos. Uno de ellos fue un austero maestro de escuela primaria,
elevado por la Revolución al grado de general, presidente de 1924 a 1928 y
después «Jefe Máximo» desde 1928 hasta 1934: Plutarco Elias Calles. El otro,
que ocupó el cargo en 1934, fue Lázaro Cárdenas, uno de los generales más
jóvenes de la Revolución. Al terminar su periodo, en 1940, el Estado mexicano
había alcanzado una configuración sólida: un presidente omnipotente elegido
cada seis años sin posibilidad de reelección pero con derecho de designar a su
sucesor dentro de la «familia revolucionaria», más un partido único (o casi)
que servía al monarca-presidente en múltiples funciones de control: social,
electoral y político.
Se
han organizado revoluciones en torno a ideas o ideales: libertad, igualdad,
nacionalismo, socialismo. La Revolución mexicana constituye una excepción por
haberse organizado, primordialmente, alrededor de personajes. Cada uno generaba
un «ismo» específico a su zaga: maderismo, zapatismo, villismo, carrancismo,
obregonismo, callismo, cardenismo. «¡Viva Madero!», proclamaba el lema pintado
inacabablemente en los muros del país. «¡Vamonos con Pancho Villa!», gritaban
los jinetes de la División del Norte, que seguían al «Centauro» impulsados por
apego directo a su persona. «¡Por mi general Zapata!» luchaban y morían los
campesinos de Morelos.
Este
elemento carismático fue menos intenso en el caso de Carranza, comandante en
jefe del ejército constitucionalista, o incluso en el del «invicto» general
Obregón, pero en sus ejércitos reinaban una disciplina y obediencia absolutas.
Con admiración y miedo, ambición y fe, los callistas eran leales a su Jefe
Máximo, así como los cardenistas siguieron al más popular «señor presidente»
que México haya visto jamás. Difícilmente podrá reducirse la Revolución
mexicana a las biografías de siete personas, pero sin el conocimiento de las
vidas específicas de estos personajes la Revolución mexicana se vuelve
incomprensible. Habría de repetirse la experiencia del siglo xix: el poder
encamado en figuras emblemáticas.
En
estos hombres algo había de peculiar, original e incluso inocente. No se
parecían a los conductores de otras revoluciones, que en nombre de la humanidad
defendían principios abstractos, amplios sistemas ideológicos, prescripciones
para la felicidad universal. Los caudillos, jefes y estadistas mexicanos
actuaron de acuerdo con las modestas categorías que les eran propias. No tenían
en cuenta la historia universal sino la historia de la patria. Exceptuando a
Madero, no eran leídos ni instruidos, no habían viajado por el mundo y ni
siquiera conocían por completo su propio país, sino apenas su propia región, su
propio estado, su propio suelo natal. Al igual que los sacerdotes insurgentes,
sus acciones estaban teñidas de actitud mesiánica: deseaban redimir, liberar,
imponer justicia, presidir el advenimiento final del buen gobierno. Las
historias locales de las cuales partieron, sus conflictos familiares, sus vidas
antes de elevarse al poder, sus más íntimas pasiones, todos éstos son factores
que podrían haber sido meramente anecdóticos de haberse encarnado en hombres
sin trascendencia pública o en políticos que operaban en una democracia. Pero
no pudieron serlo en México, donde la concentración del poder en una sola
persona (tlatoani, monarca, virrey, emperador, presidente, caudillo, jefe o
estadista) ha representado la norma histórica a lo largo de los siglos.