VII
General
misionero
Lázaro Cárdenas
El
buen rey no excluye de su palacio al pobre ni al desamparado; presta atento
oído a las quejas de todos, no domina a sus subditos como esclavos, les
gobierna como hijos, Padre Juan de Mariana (siglo xvil)
Del regazo a la
Revolución
Jiquilpan,
Michoacán, 1908. Un grupo de parroquianos juega billar haciendo honor al nombre
del establecimiento que los acoge:
Reunión
de Amigos. Es una tienda de abarrotes que vende algo más valioso que abarrotes
y semillas: esparcimiento para las penas del alma y hierbas milagrosas para las
del cuerpo. Su propietario, don Dámaso Cárdenas Pinedo, vivía entre la bohemia
y la bonhomía. Como su padre, el mulato Francisco Cárdenas, y como muchas
familias jiquilpenses, había intentado dedicarse a la rebocería. Alguna vez fue
también mesonero y comerciante en pequeño. Pero en 1906 decide instalar, en uno
de los recintos de su casa, esta suerte de refugio donde no falta la
farmacopea. De ella extrae don Dámaso las recetas que suministra a la gente
humilde que lo visita y venera con devoción casi religiosa En la espaciosa casa
familiar, dotada del habitual huerto rodeado de arcadas, oficia otra persona:
su mujer, doña Felicitas del Río Amezcua. Originaria del aledaño pueblo de
Guarachita -siempre receloso y en pleito con la inmensa hacienda de Guaracha—,
doña Felícitas proviene de una familia de mayor lustre y recursos que la de don
Dámaso. Con sus ojos dulces y profundos, ayudada por su cuñada Angela, que ha
quedado muda desde hace algún tiempo, y por la nana Pachita, doña Felicitas
vigila con piedad cristiana los pasos de su numerosa prole: Margarita,
Angelina, Lázaro, Josefina, Alberto, Francisco, Dámaso y José Raymundo.
Mientras las mujeres dan la mano en el hogar y los más pequeños crecen, el hijo
mayor. Lázaro de apenas trece años, ha abandonado en el cuarto grado la escuela
oficial que dirige don Hilario de Jesús Fajardo. Allí ha aprendido que «el
árbol es el mejor amigo de los niños, los cobija con su sombra, da salud y
frutos y enriquece a los países», pero su aprendizaje en materias librescas ha
dejado que desear. Habrá que buscarle un trabajo de provecho. No será difícil.
Ha heredado los mejores rasgos de sus figuras tutelares: la bonhomía del padre,
la piedad de la madre, el silencio expectante, como de esfinge indígena, de la
madrina Angela.
Un
año después: 1909. El joven Lázaro Cárdenas ingresa como «meritorio» en la mesa
segunda de la Oficina de Rentas de Jiquilpan. De oficio en oficio perfecciona
la hermosa caligrafía «izquierdilla» que usará toda la vida. Su seriedad en el
trabajo no es ajena por completo a cierta ambición material: ha visto y
envidiado los caballos de lucir de algunos amigos. Muy pronto complementa sus
modestos ingresos con la paga de aprendiz en la imprenta La Económica que ha
instalado don Donaciano Carreón en el mismo edificio en que se encuentra la
Administración de Rentas. Allí aprende a lavar formas, limpiar máquinas y
«parar» textos lo mismo para folletos oficiales que para devocionarios.
Injustos reveses de fortuna lo separan de la Oficina de Rentas pero, al poco
tiempo, la misma fortuna le depara un suceso inverso: se vuelve socio de la
imprenta.
El
administrador de La Económica recordaría muchos años más tarde «al muchachito
aquel por quien no daba ni cuartilla ... siempre callado, serio, atento». Don
Donaciano Carreen lo había visto en muchas ocasiones con «el mentón sobre la
mano y los codos sobre la mesa, reflexionando con. ... mutismo». Alguna vez que
una pequeña compañía de teatro se presentó en Jiquilpan, el pequeño Lázaro
había intervenido como actor sólo para ganarse el apodo de «el Mudo». No es
casual que aquel talante reservado hallase expresión muy temprana en un diario
personal al que podía confiar sus vagas sospechas de una futura grandeza. «Mire
usted, Florentinita», reveló Lázaro años después a la mujer de Carreen, «yo de
chico me soñaba militar entrando a una población después de haberla tomado por
las armas, montando un caballo retinto.» Las primeras notas del Diario son de
mediados de 1911. Al año. Lázaro confiesa: «Creo que para algo nací ... Vivo
siempre fijo en la idea de que he de conquistar fama. ¿De qué modo? No lo sé».
A
la premonición sigue un sueño: «una noche borrascosa por las montañas», se ve a
la cabeza de una tropa numerosa «liberando a la patria del yugo que la
oprimía», y se pregunta: «¿Acaso se realizará este sueño? ... ¿De qué pues
lograré esta fama con que tanto sueño? Tan sólo de libertador de la patria. El
tiempo lo dirá» Para entonces la Reunión de Amigos se ha disuelto. Víctima de
un mal de la vista para el que su farmacopea no indica el remedio, don Dámaso
ha clausurado desde 1910 negocio y tertulia. Un año después, a los cincuenta y
ocho años de edad, muere, dejando a la familia en una situación que dista mucho
de desahogada. La parentela de doña Felicitas y algunos buenos amigos, como el
señor Múgica, de Zamora, se prestan a auxiliarla. Las circunstancias la obligan
a «coser ajeno» y recrudecen sus accesos de «paroxismo». Para colmo, Dámaso, su
hijo, se fuga temporalmente de la casa, pero en todo momento su apoyo mayor
será el adusto Lázaro, a quien los hermanos menores verán desde entonces como
un padre. De hecho, José Raymundo, el benjamín, le dirá «papá».
En
junio de 1913 la Revolución entra en Jiquilpan. Pedro Lemus, lugarteniente de
José Rentería Luviano, ocupa la ciudad y encarga a la imprenta La Económica la
publicación de un manifiesto. Lázaro y sus socios lo acatan. Días más tarde una
columna de rurales repele a Lemus y recupera Jiquilpan. Los huertistas acuden a
la imprenta, vuelcan las cajas, confiscan los impresos y queman el archivo.3 A
mediados de aquel mes, obedeciendo los deseos de la madre (que temía, quizá con
razón, por su vida), el joven Cárdenas sale de la ciudad «a pie», según
recuerda en su Diario, para refugiarse en la hacienda de La Concha, en
Apatzingán, de donde era administrador su tío materno.
No
sería pequeña la sorpresa de doña Felicitas al enterarse, al poco tiempo, de
que su amado Lázaro había terminado por refugiarse no con el tío sino con la
Revolución Un buen día de julio de 1913 Lázaro Cárdenas exhibió su hermosa
letra izquierdilla ante García Aragón y relató seguramente su experiencia como
impresor, oficinista y escribiente, todo lo cual le valió la incorporación al
estado mayor del jefe como capitán segundo encargado de la correspondencia.5
«En esta columna», escribiría con el tiempo en su Diario, «[era] más palpable
el sentido agrarista de la lucha armada.» Dos meses después Lázaro sufre su primera
paliza a manos del general huertista Rodrigo Paliza. El joven capitán segundo
—a quien desde entonces acompañaría la buena suerte— escapa en las ancas del
caballo de Ernesto Prado, futuro cacique que reclamaba la devolución de la
tierra usurpada a las comunidades indígenas de la cañada de Chilchota. Junto al
puntual aprendizaje de las formas militares bajo el mando disciplinado,
exigente, pero comedido, de García Aragón, el silencioso Lázaro presencia actos
que revelan, en la guerra, un sentido más allá de la guerra, como aquella
indeleble entrevista de García Aragón con Casimiro López Leco, caudillo de los
indígenas de Cherán levantado contra la compañía extranjera que explotaba los
bosques de la comunidad gracias a un concesión leonina.6 La guerra, con sus
palizas y enseñanzas, tomaría nuevo curso para Lázaro en octubre de ese año.
Mientras García Aragón optaba por internarse en Guerrero para unir sus fuerzas
a las de Ambrosio Figueroa (el acérrimo enemigo de su compadre Zapata), el
joven escribiente Cárdenas se integra a la columna de Martín Castrejón, con
quien los sustos están a la orden del día: combates, balaceras, corretizas.
Desde Apatzingán le llegan las primeras insinuaciones del indulto, que rehusa.
Hacia
noviembre de 1913 las endebles fuerzas de los «fronterizos» situados en
Michoacán vuelven a dispersarse. Esta vez el joven Lázaro deja cananas y
carrilleras y decide volver con su madre a Jiquilpan. El encuentro es breve
porque el ex escribiente está fichado. A los pocos días parte rumbo a Guadalajara,
donde vive cinco meses en el anonimato. Ha podido más la preocupación materna
que las incipientes aspiraciones de revolucionario. En marzo de 1914 Lázaro
trabaja de acomodador de botellas en la cervecería La Perla, de Guadalajara. En
mayo, la nostalgia por la madre lo lleva de nuevo a Jiquilpan. «Mi madre me
esperaba en la puerta», escribe en sus Apuntes, «tenía un rosario en la mano,
"bien, madrecita», y me abrazó.» Por desgracia, la consigna en su contra
en la Prefectura no ha desaparecido. Se esconde, primero en su casa y luego en
la huerta de unos amigos. Es aprehendido y escapa gracias a la ayuda de los
muchachos Medina, que le cubren las espaldas. Las peripecias, que tienen a doña
Felicitas «con el Jesús en la boca», no terminan sino hasta finales de junio de
1914, cuando los revolucionarios triunfantes toman plena posesión de la zona.
Un
año después del incidente de la imprenta, en que la Revolución había tocado
literalmente a su puerta, Lázaro podía presentir que aquellos sueños vertidos en
su Diario empezaban a configurarse vagamente: por devoción a la madre, por
responsabilidad de jefe de familia, por carecer del temple guerrero -nunca por
cobardía- había intentado esquivar la Revolución. Era inútil. Como un nuevo
llamado del destino, el 23 de junio sirve de enlace entre las fuerzas de los
jefes revolucionarios Morales y Zúñiga, este último antiguo lugarteniente de
García Aragón. Por fin se pliega a un destino casi explícito:
en
vísperas de las intensas y decisivas batallas del ejército constitucionalista
contra los federales en la región taparía, decide integrarse definitivamente a
la Revolución. Ante los desplantes violentos de Zúñiga (estuvo a punto de
fusilar a un sacerdote «por bonito y por cabrón»), doña Felicitas le ruega con
«lágrimas en los ojos ... no hagas eso tú»' No lo disuade de su decisión, pero
graba en él un mensaje perma^ nente contra los excesos sanguinarios de la
guerra El 8 de julio de 1914 Lázaro Cárdenas comanda el tercer escuadrón del
22.° Regimiento de la división de caballería, incorporada -bajo el mando de
Lucio Blanco- al cuerpo del Ejército del Noroeste. Aquel escuadrón es el
primero en entablar combate en Atequiza. Jalisco, con las fuerzas del general
José María Mier. La invicta división de Alvaro Obregón continúa su marcha hacia
la ciudad de México. Uno de los anónimos testigos de la firma de los Tratados
de Teoloyucan es el capitán Cárdenas. Momentos después, también es uno de los
primeros soldados en ocupar la capital. El 19 de septiembre le llega un merecido
ascenso a mayor. A los dos meses, cuando en el horizonte apunta claramente la
guerra civil entre Carranza y la Convención, el mayor Cárdenas, aún bajo las
órdenes de Lucio Blanco, marcha hacia Real del Oro, Acámbaro y Aguascalientes,
con destino final en Sonora.
Después
de llevarlo como testigo y actor por los escenarios y momentos decisivos de la
Revolución, el azar deposita al jiquilpense, con su 22.° Regimiento de
caballería, en territorio del general Plutarco Elias Calles, cuyas fuerzas
tenían asiento en Agua Prieta, Sonora. Allí, en la mañana del 28 de marzo de
1915, el duro, estricto y lúcido ex profesor de Guaymas estrecha por primera
vez la mano cordial del joven de apenas diecinueve años que, ya con el grado de
teniente coronel, comandaba el regimiento «michoacanojalisciense». Una comente
de mutua simpatía recorrió los dos semblantes: el maestro Calles andaba siempre
en busca de discípulos, el joven Cárdenas -desde la muerte del bueno de don
Dámaso y de todos sus jefes revolucionarios— era un militar en busca de padre.
A
partir de mayo la guerra adquiere una presencia más viva y cotidiana:
exploraciones, acosos, nobles encuentros con el enemigo. El 17 de julio en
Anivácachi, al mando de sólo quinientos hombres, Cárdenas logra evitar que
lleguen refuerzos para un enemigo cuatro veces más numeroso. Dos días más tarde
toma Naco en forma casi incruenta y hace desaparecer, por orden de Calles, todo
el alcohol.
A
mediados de septiembre al joven teniente coronel le tienden una emboscada en
Santa Bárbara. Resiste el ataque de ochocientos hombres de infantería
-incluyendo efectivos yaquis- por más de tres días sin tregua y sin víveres. En
esa batalla muere Cruz Gálvez, el lugarteniente a cuya memoria dedicará Calles
las escuelas que fundaría poco después como gobernador de Sonora Ante tal
despliegue de valor. Cárdenas recibió el grado de coronel.
Quizá
supo también que, en el informe que rindió al general Obregón, Calles se
refería a él como un «bravo jefe». El 1.° de noviembre Cárdenas -a quien el
jefe Calles comenzó a llamar «Chamaco»- tiene a su cargo el primer sector en la
defensa de Agua Prieta. Las fuerzas villistas se estrellan irremisiblemente
contra la población pertrechada.
El
día 5. en Gallardo, encuentra un buen cañoncito y trescientos caballos semimuertos...:
los restos del villismo derrotado. Al día siguiente conoce al general Obregón.
A fines de aquel año, reducida ya en Sonora la fuerza enemiga, hojea con
orgullo filial la Revista Ilustrada, cuya página central narra «la admirable
defensa de Agua Prieta» Tres fotografías ilustraban el reportaje: la de
Obregón, la de Calles y la suya. ¿Recordaría entonces sus sueños de 1912?
Quizá, pero sus preocupaciones eran muy distintas. En la primera oportunidad
que se presenta tras la derrota villista, el coronel Cárdenas regresa a
Jiquilpan.
Unos
días le bastan para disponer cambios radicales en la vida familiar: la madre
enferma se mudaría a Guadalajara. Los hermanos mayores -Dámaso, Alberto y
Francisco- se incorporarían a su estado mayor; José Raymundo estudiaría en
California. En marzo de 1916 regresa a Sonora, donde interviene en algunas
escaramuzas contra los yaquis y se admira del dinamismo reformador de su
general-maestropadre Calles. No tarda en solicitar su baja para atender
«asuntos de familia que le urgen», aduciendo que «gustoso volverá a estos
campos a luchar contra el invasor». Calles concede el permiso, pero lo retira
casi de inmediato. Hay un enemigo de mayor cuidado que el invasor y cuya
eliminación es más urgente que cualquier asunto de familia: Pancho Villa en su
madriguera de Chihuahua.
A
principios de 1917. el 22.° Regimiento de Lázaro Cárdenas, bajo el mando del
general Guillermo Chávez, entabla varios combates con las bandas de Villa. En
San Francisco, Durango, la lucha se libra contra el mismísimo Villa, convertido
nuevamente en temible bandolero Casi todo aquel año se agota en la búsqueda
infructuosa del guerra llero. En San Fermín, el 28 de octubre, la columna de
Cárdenas se emplea en una acción desigual, con resultados desastrosos. Comenzaba
a quedar claro que la prenda mayor de Cárdenas como militar no era la astucia
sino el arrojo.
Al
cabo de un mes, el joven coronel parte hacia Michoacán. Ha solicitado y se le
ha concedido el permiso de combatir a los feroces bandidos que asuelan su estado
natal. En el trayecto se detiene en Guadalajara, sólo para encontrar moribunda
a doña Felicitas. «Tuvo aliento de esperar mi llegada», escribiría en su
Diario. Antes de su muerte, que ocurrió el 21 de junio de 1916, ella tuvo
aliento también para encargarle que cuidara a la pequeña Alicia, la hija que
Cárdenas acaba de procrear con una mujer norteña.
La
pérdida de su madre, «mujer idolatrada» -como decía la letra de una de sus
canciones preferidas-, debió de inyectarle rabia en su combate con los tres azotes
de Michoacán: Jesús Cíntora, que operaba en la región de Balsas y Tierra
Caliente; José Altamirano, merodeador de las ciudades del centro, y el más
sanguinario de todos, Inés Chávez García, que asesinaba a cuchillo a sus
prisioneros y se solazaba contemplando las violaciones que perpetraba su
chusma. Por desgracia para Cárdenas, tampoco aquí la rabia y el valor se
tradujeron en victorias y sí estuvieron, en cambio, a punto de costarle la
vida.
El
24 de julio de 1918 enfrenta a Altamirano en una comarca muy peligrosa,
propicia para las emboscadas. Ha medido mal el terreno y sus efectivos. Su
tropa queda destrozada, los sobrevivientes se desbandan y él mismo debe huir
buscando la vía del ferrocarril. Con todo, hacia fines de 1918 Chávez y
Altamirano habían muerto Del inicio de 1919 hasta mediados de 1920, fiel a su
constante movilidad. Cárdenas muda de escenario. Los combates son ahora en las
Huastecas, donde, a las órdenes de un general muy cercano a Calles, Arnulfo R.
Gómez, asume el mando del sector de Tuxpan. Los enemigos son menos temibles que
los pelones federales, los zapatistas, Villa, los yaquis o los bandoleros de
Michoacán: el general Blanquet, que cae al poco tiempo, y el general Peláez,
consentido y consentidor de las compañías petroleras. El tiempo transcurre, en
relativa calma hasta que, en abril de 1920, el coronel Cárdenas secunda el
movimiento de Agua Prieta, encabezado por sus antiguos jefes sonorenses, contra
la «imposición carrancista». Según otros biógrafos no menos rendidos, Cárdenas
emite en Gutiérrez Zamora un manifiesto en que desconoce a Carranza e impone
préstamos forzosos a los ricos de Papantia para ayudar a la causa.
A
mediados de mayo, Cárdenas se entera de que la maltrecha columna del presidente
Carranza se interna en la zona que comanda. El 20 de mayo, un día antes de
cumplir los veinticinco años y ya con el grado de general brigadier, marcha
hacia la Sierra de Puebla para interceptar la columna. Su cometido es capturar
al presidente, pero el caudal del río El Espinal le impide el paso. Cuando al
fin la creciente cede, llega a Coyutia, ignorante de los sucesos de
Tlaxcalantongo. El 23 de mayo las fuerzas del general Herrero —que días antes
había recibido comunicaciones de Cárdenas instándolo a la sublevación— ven
destacarse al frente de la comitiva que los acoge a «un apuesto joven de
veinticuatro a veinticinco años, que demostraba ser un magnífico jinete». El 25
de mayo Cárdenas y Herrero entran festivamente a Papantla. Un día después, el
general Calles, ministro de Guerra en el gabinete provisional de Adolfo de la
Huerta, encomienda a su fiel «Chamaco» acompañar a Herrero hasta la ciudad de
México para rendir testimonio de los sucesos de Tlaxcalantongo. Camino a
México, pensó quizá en las mil peripecias que el destino le había deparado; en
.
los
diversos enemigos, escenarios, situaciones; en sus sueños de adolescente que
poco a poco se perfilaban. Sin embargo, a pesar de los riesgos en que por su
arrojo imprudente había incurrido y de la suerte de haberlos superado, Cárdenas
no valoraba aún su prenda más valiosa y extraña: su buena estrella. Si El
Espinal hubiera acarreado un caudal menor, ¿cómo hubiese enfrentado el joven
brigadier al anciano presidente?
Humanismo
militar
A
mediados de junio de 1920 Cárdenas vuelve a su terruño como flamante jefe de
operaciones militares y, por unos días, como gobernador sustituto. El resto del
año se le va en mediar en los conflictos electorales de su estado. Contienden
para la gubematura varios candidatos: Manuel Ortiz, Porfirio García de León -a
quien apoya la legislatura de Morelia- y el artífice ideológico de la
Constitución del 17, antiguo amigo de la familia Cárdenas: el general Francisco
J. Múgica. El tiempo alcanza apenas a Cárdenas para promulgar una ley de
salario mínimo y encarrilar a su amigo en la gubematura.
A
fines de 1921 se designa a Cárdenas jefe de operaciones militares en el Istmo.
La región vivía días inciertos y el gobierno requería tropas leales y
eficientes. En Tehuantepec, Cárdenas acentúa gustoso el rasgo que su amigo
Múgica llamaría «anarquía amorosa». Además de ganarse la voluntad de las lindas
tehuanas con su buen trato, se acerca a los comerciantes, vecinos y empleados
de la zona, desde Oaxaca a Puerto México, quienes motu propio solicitan el
ascenso de Cárdenas por su «labor pacificadora». En esos días inicia la
construcción de un hospital militar y escribe al general Calles pidiéndole el
puesto de comandante del Resguardo de Salina Cruz para una persona de su
absoluta confianza: su hermano Francisco. Y Calles, como era su costumbre
tratándose del «Chamaco», da curso a la recomendación.
En
1922 sigue la eterna mudanza. Ahora Cárdenas vuelve a Michoacán. Su amigo
Múgica ha entrado en conflicto directo con el poder central. Sus medidas
radicales, entre las que descuellan un incipiente reparto de tierras, un
anticlericalismo fiero y una avanzadísima Ley del Trabajo, atizan el fuego
hasta hacerlo lindar con la guerra civil. El ministro De la Huerta sugiere «la
resurrección de Lázaro» como única vía para solucionar el problema, pero el
presidente Obregón tiene otras ideas. A mediados de 1923 Cárdenas pasa de la
jefatura militar del Bajío a la de Michoacán. Meses después recibe
instrucciones de custodiar a Múgica hasta la ciudad de México. En el trayecto
lo sorprende un telegrama de Obregón: «Suyo de hoy, enterado que el general
Francisco J. Múgica fue muerto al pretender ser libertado por sus captores».
Imposible acatar la orden: Cárdenas no se da por enterado y propicia la
escapatoria de su amigo.
A
fines de 1923 estalla la rebelión delahuertista. Obregón manda a Cárdenas
hostilizar la retaguardia de uno de los generales más brillantes de la
Revolución: Rafael Bueina, «el Granito de Oro», que actuaba a las órdenes del
general Enrique Estrada. El 12 de diciembre Cárdenas sigue con sus dos mil
jinetes las huellas de Bueina que, más avanzado, prepara un movimiento de
atracción. Las instrucciones de Obregón han sido claras: hostilizar, no atacar.
Pero en Huejotitlán Cárdenas cae en la trampa, y es derrotado y herido.
Al
recibir la noticia de que Cárdenas estaba herido, Bueina envió al general
Arnáiz en su busca. Los biógrafos Nathaniel y Silvia Weyt narran la escena:
«El
general derrotado estaba tendido en un pequeño catre de campaña, tras de una
cerca de piedra, demudado, cubierto de sangre. Sin lanzar queja alguna, se
apretaba el vientre, donde tenía terrible herida, »-¿Con quién tengo el gusto
de hablar? -interrogó Cárdenas, interrumpiendo a Arnáiz.
»—Con
el general Amáiz —contestó éste.
"-Perdone,
compañero, que me encuentre en esta situación, pero creo que estoy bien...
-dijo Cárdenas, haciendo un visible esfuerzo por incorporarse.
»-Es
cosa que todos lamentamos, mi general -agregó Arnáiz.
»-Gracias,
quisiera hablar con Bueina antes de morir. Quiero que como soldado y como
caballero me prometa que mi gente será respetada. Todos no han hecho otra cosa
que cumplir con su deber y con mis órdenes. Yo soy el único responsable; y
adviértale que dispone de mi vida».
Los
designios de Bueina y de su jefe Estrada eran otros. El primero dispuso que
Cárdenas fuese transportado cuidadosamente desde la cumbre del cerro donde se
hallaba hasta el cuartel general, donde recibiría atención médica, para luego
trasladarlo a la capital de Jalisco.
Al
llegar a Guadalajara, Cárdenas fue internado en el hospital del doctor Carlos
Barriere, donde recibió el cuidado del doctor Alberto Onofre Ortega. Este
médico, masón (como ya lo eran el propio Cárdenas y su contrincante Bueina),
atribuía la salvación de Cárdenas justamente a los sentimientos de solidaridad
masónica. Lo más probable es que en la actitud de Estrada y Bueina hayan
influido motivaciones más llanamente humanitarias. Conocían la nobleza de
Cárdenas, su repulsión hacia los excesos sangrientos, su limpia trayectoria, su
juventud. ¿Quién no lo quería? No sólo el general Calles le envía «un saludo
cariñoso lleno de satisfacción por saber que se encuentra bien»:
en
la convalescencia se entera de que las señoras devotas de Jiquilpan, creyéndolo
muerto, habían «organizado rogativas públicas para que resucitase».'4 A poco
tiempo la suerte cambia de pronto los papeles y Cárdenas puede disponer en
Colima de la vida de Estrada. No lo hace, desde luego, sino que paga la deuda
franqueándole la salida al exilio. Igual hubiese hecho con el malogrado Bueina
de haber estado en sus manos. ¿Conoció Obregón los actos nobles de aquel
subordinado, a quien consideraba «cumplido pero incompetente»?.
Jiquilpan
lo recibió de plácemes y Cárdenas correspondió —en su carácter de jefe de
operaciones en Jalisco— con la creación de una escuela y el hermoseamiento de
la plaza. El 24 de marzo había ascendido a general de brigada.
El
1.° de marzo de 1925, a sabiendas de que la inminente Ley del Petróleo
provocaría reacciones imprevisibles de las compañías petroleras, el presidente
Calles designa a su fiel «Chamaco» jefe de operaciones militares en las
Huastecas y el Istmo, con cuartel general en Villa Cuauhtémoc, Veracruz. Allí
permanecería tres años. Al poco tiempo recibe una noticia que lo entusiasma: su
viejo amigo el general Mu:
gica,
separado por un tiempo del ejército, se ha asociado con Luis Cabrera para
explotar una pequeña concesión petrolera en la zona.
Llegaría
a Tuxpan a mediados de 1926.
Calles
había sido el maestro militar y político de Cárdenas, que admiraba en aquél su
fortaleza, su claridad de propósitos pero, sobre todo, su reformismo radical en
la gubematura de Sonora. Lo había visto discurrir y poner en vigor un alud de
decretos: agrarios, laborales, fiscales, anticlericales, jurídicos,
antialcohólicos, educativos, nacionalistas, socialistas. Sin embargo, ocupado
con el trajín de la guerra, Cárdenas había carec.do de maestro ideológico. Lo
encontró en Múgica: nuevo regalo de la Providencia.
Once
años mayor que Cárdenas y nativo de Tingüindín, Múgica era un hombre de pequeña
estatura, ágil, nervioso y fuerte. Tenía algo de ardilla en la expresión. Había
llegado hasta el nivel de teología en sus estudios como alumno externo en el
seminario diocesano de Zamora, pero «causas justificadas» obligaron al rector
Leonardo Castellanos a expulsarlo. Después de asimilar hasta el tuétano el
ideario social cristiano, gracias a la prédica del padre Galván, Múgica había
decidido en algún momento cambiar el credo cristiano por el socialista.
La
Revolución le cae de perlas: es firmante del Plan de Guadalupe, participa en el
primer reparto de tierras (que ejecutó Lucio Blanco, en la hacienda de Los
Borregos), se integra al gobierno de Carranza en Veracruz, ensaya medidas
radicales en Tabasco y —en su hora cumbre— es, junto con Andrés Molina
Enríquez, el alma ideológica de los artículos radicales de la Constitución de
1917. Su radicalismo anticlerical hacía palidecer al de los sonorenses —que ya
era decir— y llegó, como se ha visto, a malquistarlo con Obregón.
Este
hombre singular, no desprovisto de talento literario, era, según se recordará,
viejo conocido de la familia Cárdenas. Al reencontrar a su joven amigo, y en
los muchos viajes que emprenden juntos por el Panuco hasta Tampico, por San
Luis, Tuxpan, El Tajín o Tierra Blanca, Múgica tiene oportunidad de devolverle
los varios favores que había recibido de él en aquella azarosa gubematura
michoacana.
Lo
hace sometiéndolo a un aleccionamiento convincente: «el socialismo como
doctrina adecuada para resolver los conflictos de México». Múgica no comparte
con Cárdenas su pasión por Baudelaire o su pasmo luego de visitar a la viuda
del poeta Othón. Quizá tampoco lee en voz alta las páginas más literarias de su
Diario, las espléndidas acotaciones sobre la Huasteca de naturaleza africana: insectos,
plantas, huapangos, santuarios, costumbres. Aplaude, eso sí, la «anarquía
amorosa» de Cárdenas; como él, se enamora de bellezas «esbeltas, blancas,
cimbradoras»; y cada vez que puede señala a su pupilo los estragos de la
religión.
Hacia
1926, y gracias a Múgica, Cárdenas leía a Gustave Le Bon y a un autor un tanto
más conocido: Kari Marx.'8 También su jefe de Estado Mayor, Manuel Avila
Camacho, le proporcionaba lecturas de la Revolución francesa. Pero ningún libro
se equiparaba al privilegio de tener a la mano al primer ideólogo de la
Revolución.
Con
todo, su aprendizaje mayor en la región no vino sólo de la lectura de textos
ideológicos ni de la prédica de Múgica, sino de la observación directa del
comportamiento de las compañías petroleras que hacían alarde de contar «con
apoyos poderosos», sintiéndose en «tierras de conquista». Defraudaban al fisco
haciendo uso de instalaciones subterráneas conectadas al puerto. Nada bueno
habían dejado en los lugares de explotación: ni una escuela, ni un teatro, ni
un hospital.
Sólo
yermos.'9 A los pocos días de la llegada de Cárdenas a la zona, habían tratado
inútilmente de sobornarlo con cincuenta mil dólares y un lujoso Packard a la
puerta. De todo ello y más hablaban Cárdenas y Múgica en sus recorridos por la zona.
Múgica se dolía de la suerte de Cerro Azul: «Maravilla de la tierra mexicana
que enriquece a otras tierras». Cárdenas le relataba el conflicto que había
tenido que sortear días después de su arribo a Villa Cuauhtémoc.
El
incidente había ocurrido en mayo de 1925. Dos sindicatos se disputaban el
contrato de la Huasteca Petroleum Co.: el Sindicato Único, patrocinado por la
empresa, y el del Petróleo, de origen y dirección independientes. En una riña
intergremial había perdido la vida un miembro del sindicato libre. A instancias
de la empresa, el presidente Calles manda al general Cárdenas dar a ésta toda
clase de garantías. El sindicato agraviado declara un paro. Días después, en
conferencia con el presidente. Cárdenas sostiene que «el mayor número de agremiados
los tiene el Sindicato Petrolero» y que sus «directores», aunque «incompetentes
para dirigir la cuestión social ... han obrado de buena fe». En cambio, en los
del Sindicato Único «se respalda a la compañía para contrarrestar las
peticiones de los del Petróleo». Para zanjar la pugna, Calles propone volver al
statu quo anterior, el arbitraje federal y la posible fusión de los dos
sindicatos, pero Mister Green, director de la compañía, se opone a los tres
puntos. Su oferta es indemnizar, de acuerdo con la ley, a los obreros
huelguistas que considere necesario. El presidente contrapropone en términos
suaves, que incluyen alguna sanción a los rijosos del Sindicato Único, previo
arbitraje del general Cárdenas. El conflicto termina por resolverse parcialmente
tiempo después, sin la satisfacción de ninguna de-sus partes ni la intervención
federal.
Cárdenas
acariciará desde entonces la idea de expulsar a las compañías petroleras del
suelo mexicano y abolir la existencia de aquel «Estado dentro del Estado».
Michoacán:
ensayo de un gobierno
La
distinción de Octavio Paz entre revuelta, rebelión y revolución tuvo en México
una confirmación geográfica y cultural: el Morelos zapatista aportó la
revuelta, el reclamo violento del subsuelo indígena la voz del pasado. El norte
aportó la rebelión, la imposición igual^ mente violenta de un proyecto moderno,
la voz del futuro. Pero fue Michoacán, asiento del México viejo, el estado que
convirtió la lucha en «un cambio brusco y definitivo de los asuntos públicos».
«Ungida por la luz de la idea», escribe Paz, «la Revolución es filosofía en
acción, crítica convertida en acto, violencia lúcida.» Dos michoacanos típicos,
un ideólogo y un político, transformaron revuelta y rebelión en revolución:
Francisco J. Múgica y Lázaro Cárdenas. Del primero fue la idea, la crítica, la
filosofía, la luz y la lucidez. Del segundo, los actos plenos e irreversibles.
Michoacán
no había sido teatro siquiera secundario de la lucha militar, pero desde
principios del siglo xvm y durante todo el siglo XIX había sido escenario mayor
de otra querella: la de las ideas y las conciencias. «Morelia la doble»,
escribía en 1927 Múgica, «heroica en tu plebe, reaccionaria en tu élite.» No
sólo en Morelia sino en todo Michoacán la gente creía y asumía la dualidad.
«Católicos de Pedro el Ermitaño y jacobinos de época terciaria» se odiaban los
unos a los otros, pero no con buena fe. Ambos igualmente celosos, anverso y
reverso de la misma moneda, disputaban, con odio teológico, sobre cuestiones de
este mundo.
En
cuestiones de ideología social, los católicos habían tomado la iniciativa desde
principios del siglo xx. La encíclica Rerum Novarum de León XIII prescribía
salarios justos, asociaciones mutualistas, cajas de ahorro y subdivisión de la
propiedad agraria. En 1906, en la piadosísima ciudad de Zamora tiene lugar un
congreso sobre agricultura en que sacerdotes y terratenientes deliberan sobre
estos temas. Siete años mas tarde se celebra la Gran Dieta de la Confederación
de Círculos Obreros de México, organización fundada en 1912 que a la sazón
contaba ya con 50 agrupaciones y 15.9 miembros. Allí se oyeron discursos y
reivindicaciones del obrero junto con anatemas al individualismo liberal y al
socialismo. «La hartura de democracia tiene embriagado al pueblo mexicano»,
manifestó un prelado, pero sus efectos nocivos no podían compararse a los del
«monstruo que clava sus garras en el corazón de la Patria ... el terrible
azote... el cáncer: el socialismo.» «Los socialistas», decía la prédica, «con
astucia infernal pretenden pervertir el entendimiento del pueblo con funestos
errores y corromper su corazón con el odio de clases ... [lo representan]
maestros con pretensiones de redimir a la humanidad.”. En los años veinte, los
obispos michoacanos pasarían de modo aún más vigoroso a la acción: organizan
reuniones sobre temas agrarios, fundan sindicatos, revitalizan su sistema
escolar.
El
lado opuesto, el del «monstruo», no es menos activo, proselitista e
intolerante. Muchos de los militantes en el gobierno radical de Múgica habían
vivido en Veracruz hacia 1915. Uno de ellos recuerda su experiencia:
«Pronto
hicimos contacto con demagogos y agitadores del puerto. Herón Proal, un sastre
remendón que, andando el tiempo, llegó a ser famoso líder local ... nos
relacionó con ellos y con toda una serie abigarrada de extranjeros que llegaban
al país de contrabando. En su taller, que frecuentemente visitábamos, conocimos
toda una colección de tipos terribles: anarquistas, nihilinistas, ateos,
etcétera, procedentes de Italia, Cuba, Cataluña y principalmente de Rusia».
Con
su pequeño ejército de jóvenes radicales, pero sin una base social que lo
sustentara, en su breve gestión como gobernador del estado Múgica había
intentado el reparto de tierras y la emisión de una avanzada Ley del Trabajo.
Los fervorosos vecinos de la zona se enteraron de que una labor
«desfanatizadora» estaba siendo activada oficialmente por el gobierno de
Múgica. Por si fuera poco, en diciembre de 1922 un líder vinculado al Partido
Comunista, Primo Tapia, funda la Liga de Comunidades y Sindicatos Agrarios de
la Región de Michoacán. Su objetivo es un agrarismo radical. Aunque Tapia
caería asesinado en abril de 1926, la agitación —del campo y la ciudad, agraria
y sindical—, azuzada muchas veces por maestros y líderes mugiquistas, siguió
hasta confundirse con una efervescencia mucho más grave y generalizada: la de
la Cristiada. En Michoacán, en suma, la querella entre la Iglesia y el Estado
no era sólo cuestión de ideas sino de bases sociales que las apoyaran. La Iglesia
hablaba de grey; el Estado, de masas En este escenario de la más antigua e
intensa guerra ideológica, con el águila de general de división en el quepis y
con escasos treinta y dos años, Lázaro Cárdenas inicia su gira como candidato
único a la gubematura. El primero en enterarse de sus impresiones fue el mentor
ideológico, don Francisco J. Múgica:
«Aquí
me tiene ya con la capa en la mano esperando la embestida del mejor Miura ...
El teatro estaba lleno y parece pude hacer una exposición de las tendencias de
mi candidatura; creo que al estar hablando bailaba la pierna que descansaba
pero me dio valor recordar a Mirabeau».
¡Hasta
citas de la Revolución francesa! El mentor no podía estar más satisfecho del
pupilo. No habían perdido el tiempo en «Tuxpan de ideales»; de ideales
socialistas, constitucionalistas, radicales y anticlericales, por supuesto.
En
su manifiesto al pueblo de Michoacán, emitido desde Villa Cuauhtémoc, en
Veracruz, Cárdenas había declarado: «resolver el problema de la tierra es una
necesidad nacional y un impulso al desarrollo agrícola». Desde entonces
prometía acometer esta labor «sin vacilaciones». Impulsaría además,
«vigorosamente», la instrucción pública; y desarrollaría «una acción muy activa
para lograr el exterminio de los rebeldes fanáticos». La palabra «exterminio»
era una concesión al furibundo Múgica. Para alcanzar en la práctica los ideales
de Tuxpan que, desde luego, no objetaba, había que proceder positivamente y
crear «una organización campesina ... un solo frente ... que responda ... en la
lucha social». ¿Era Cárdenas plenamente consciente de la polarización
ideológica en su estado? Quizá no, pero no tenía que serlo para actuar al
respecto. Los odios teológicos le eran ajenos porque su talante no conocía el
odio —aunque sí la envidia y el resentimiento— y porque carecía de sensibilidad
y gusto por las ideas de cualquier índole, no se diga las teológicas. Su lugar
específico de nacimiento lo liberó también, inadvertidamente, de aquellos
extremos: Jiquilpan había sido hasta cierto punto, en palabras de Luis
González, «la oveja descarriada de la diócesis de Zamora», la oveja
burocrática, liberal, urbana, política de un entorno profundamente católico. Y
aunque suene paradójico, las herejías anticatólicas no partían de Jiquilpan.
Para ser fanáticamente radical, tenía que haber sido fanáticamente fanático, y
ese privilegio estaba reservado a los oriundos de Zamora, Cotija, Sahuayo o
Tingüindín..., como el ex seminarista Múgica. El celo de Cárdenas era otro,
complementario: traducir en política concreta -de grey, de masas— la doctrina
de Múgica.
La
fuente mayor de su experiencia política no fue derivada sino directa. Aun sin
formularlo, presentía que su trayectoria sintetizaba a la Revolución. La
Revolución así, sin más; la expresada en los artículos 3°, 27, 123 y 130. Había
en aquel Cárdenas candidato a gobernador un doble sentido -filial y paternal-
con respecto a esos ideales; era el legítimo heredero de Calles, de Múgica, de
la generación iniciadora de la Revolución. Pero era también el responsable del
cumplimiento de sus postulados: había luchado por ellos casi desde la
adolescencia.
A
la conciencia de encarnar una síntesis se aunaba en Cárdenas un sentido de
mando legítimo y casi ilimitado. ¿Cómo no iba a tenerlo si había combatido, en sincronía,
a federales, pelones, huertistas, zapatistas, villistas, yaquis, bandidos,
alzados; si había sido testigo de Teoloyucan y de la recuperación de la capital
por el constitucionalismo; si por un capricho de la fortuna se había librado de
ser el apresor de Carranza; si había caído gravemente herido en Huejotitlán
sólo para ser salvado, con nobleza y reconocimiento, por sus adversarios? Sin
embargo, aquel sentido casi ilimitado y providencial de mando no se traduciría,
en su caso, en actitudes personales de violencia radical. Cárdenas lamenta la
«fanatización» del pueblo. Su estilo es otro; la bonhomía de su padre
herbolario, la suavidad de su madre, la paciencia indígena de su tía Angela.
También su visión de los problemas sociales llega a ser un tanto diferente de
la de su mentor: menos profunda, pero más serena, equilibrada, amplia. No hay
en Cárdenas un ex seminarista, azote de las sotanas: hay un reformador firme y
marcial como Calles, un convencido de sus ideales como Múgica, un implacable
manipulador de masas, todo ello enmarcado por un temple humanitario y hasta
dulce: el político perfecto.
El
18 de enero de 1929 el general Múgica. director de la Colonia Penal de las
Islas Marías, recibe una invitación girada por instrucciones del gobernador
Cárdenas para asistir al Congreso de Unificación Obrera y Campesina que tendría
lugar a fines de ese mes en Pátzcuaro. Múgica se había enterado ya de la
activísima labor de pacificación desplegada por su discípulo y amigo en la zona
cristera desde el mes de septiembre de 1928, en que Cárdenas ocupa la
gubematura.
Ahora
veía con agrado -y quizá con nostalgia- que Cárdenas había experimentado en
cabeza ajena: la suya. No se repetirán los errores tácticos del mugiquismo en
1921. Esta vez el gobernador revolucionario crearía desde el principio su brazo
político. Jóvenes maestros que eran a su vez viejos mugiquistas, varios
miembros del Partido Comunista y de la desbandada liga de Primo Tapia
auxiliarían en la integración política e ideológica de la nueva organización:
Gabino Vázquez, Ernesto Soto Reyes, Alberto Coria, Antonio Mayes Navarro.
Bajo
el lema de «Unión, tierra, trabajo», y con el gobernador Cárdenas como
presidente honorario, nacía la poderosa CRMDT, Confederación Revolucionaria
Michoacana del Trabajo.
Su
programa agrario y obrero iba apenas adelante de lo dispuesto ya en la
Constitución y en la Ley del Trabajo aprobada en tiempos de Múgica: resolución
amplia del problema de tierras, mayor agilidad en los trámites, establecimiento
de bancos de refacción, jomada laboral de ocho horas, salario mínimo de 1.
pesos, asistencia médica y escuelas obligatorias en las haciendas. En caso de
reajustes, la confederación formaría consejos para trabajar y administrar por
su cuenta los centros paralizados. La conclusión sí rebasaba los límites
constitucionales: «Sólo una transformación del sistema capitalista existente
proporcionará al obrero su emancipación de la condición de pana».
La
grey social de la CRMDT la formaban empleados más que obreros: vendedores de
lotería, choferes, boleros, mozos y meseros.
Los
maestros, agrupados en el Bloque Estatal de Maestros Socialistas de Michoacán,
tuvieron desde el principio un papel dirigente. Las mujeres y los jóvenes
estaban representados también por sus respectivos bloques, pero el núcleo
central de la CRMDT lo constituyeron los agraristas. Cuatro años después de su
fundación, la poderosa organización contaba con cuatro mil comités agrarios y
cien mil miembros.
Era,
en la historia del país, la primera organización de masas inducida por el
gobierno y ligada verticalmente a él. La CRMDT fue, desde su inicio, un
apéndice del gobierno. Este la financiaba con partidas que no se registraban en
los libros oficiales. Una de las formas innovadoras de ayuda estatal consistió
-además de ponerle casa— en «proporcionar el transporte, regularmente por tren
de hasta 14 vagones, para el traslado de todas las delegaciones estatales». Los
ayuntamientos proporcionaban el hospedaje. Hacia 1930, un año después de su
fundación, la conseja oficial excluía de hecho a cualquier otra organización
representativa de los obreros y campesinos: la CRMDT era la «única institución
que respondía a los anhelos de los trabajadores michoacanos». Al frente de los
comisariados ejidales no había más ley que los confederados. «El
fortalecimiento de la CRMDT», escribe Maldonado, «la llevó a ocupar el 95 por
ciento de los puestos de elección popular, desde presidentes municipales,
encargados del orden, diputados federales y locales, hasta jueces menores de
instancia.» En 1931, el gobierno estatal dio un paso más, definitivo en el
fortalecimiento de su brazo político: «Dentro de comunidades agrarias no podrá
legalmente constituirse sindicato, ya que éste tiene por objeto la defensa
económica y social de los trabajadores contra el capitalista. Los ejidatarios
[en cambio] trabajan y administran por sí mismos los ejidos». En reciprocidad
con este inmenso apoyo oficial, la CRMDT trabajaba activamente en la fundación
de sindicatos y la «organización y transformación ideológica del campesino para
que solicitaran tierras ... apoyando las medidas legislativas del general
Cárdenas».
El
poder público tenía otro vértice: el gobernador. En Michoacán, Cárdenas comenzó
a labrar para sí un prestigio mesiánico. Allí donde su brazo político -la CRMDT-
agitaba, manipulaba, removía, Cárdenas acudía con el bálsamo de su presencia.
Victoriano Anguiano, joven abogado ex vasconcelista, hijo de un rico cacique
indígena de San Juan Parangaricutiro muerto en 1928 por los cristeros, solía
acompañarlo en sus giras por los pueblos indígenas, arengando a éstos en su
lengua nativa: el purépecha. Todos los pueblos de Michoacán fueron testigos de
su peregrinaje. Era campechano, cordial, afectuoso, atractivo, sedoso, y, sobre
todo, activísimo. Estampa típica: en Turicato hay fiesta por la visita del
gobernador. Sones de la tierra, corridos, orquesta típica lugareña, ricas
corundas, saboreo de chorupos, plática con los maestros, saludos a los adultos,
caricias a los niños. La simpatía del gobernador no desciende nunca a lo
chocarrero. Tienen un sentido estricto, casi litúrgico, de la solemnidad, como
lo prueba su atuendo: no se disfraza de campesino, lleva siempre traje oscuro.
Era hombre serio y que infundía respeto. Su principal virtud -herencia de la
muda y santa madrina Angela— es saber escuchar:
«Este
es mi deber y tengo que cumplirlo. Defraudaría las esperanzas de toda esa gente
que ha venido desde tan lejos a plantearme sus problemas, si yo turnara sus
asuntos a un ayudante. Aunque no siempre pueda darles satisfacción, sé que se
sentirán contentos con haberme hablado personalmente».
¿De
dónde ha sacado Cárdenas el sentido paternal y misericordioso del poder? Luis
González (oriundo de la misma zona y profundo conocedor así de la mentalidad
michoacana como de la vida del general Cárdenas) piensa que el origen está en
su trato desde tiempos infantiles con los sacerdotes de pueblo. Su figura no se
diferencia mucho de la del minucioso padre Othón, fundador de San José de
Gracia, que lo mismo construyó «el curato, la escuela y el templo» que «trajo
maestros, acarreó artesanos, usó la representación teatral y otros medios para
consolidar la doctrina cristiana en la feligresía; visitó a la gente, vapuleó a
los borrachos y jugadores; trató y contrató con los campesinos sobre tierras y
ganados». Tampoco se distingue la figura de Cárdenas de la de otro cura de San
José: Federico González, que igualmente fracciona tierras y atiende la escuela
como introduce en el pueblo variedades mejoradas de maíz, fruticultura, agua,
árboles de ornato y diversiones charras. El sacerdote como gestor no sólo de la
salvación espiritual sino del bienestar material de la comunidad.
Algo
tenía Cárdenas también de la constante movilidad que el famoso obispo Cázeres
había impuesto a los sacerdotes de su jurisdicción. Aquellos curas recordaban
en cierta manera a los misioneros del siglo xvi, pero su carácter era menos
evangélico, más práctico. Fue entonces, seguramente, cuando los indígenas
tarascos, de vida intacta desde tiempos de Vasco de Quiroga, pusieron al
gobernador el sobrenombre perfecto: «Tata Lázaro».
El
poder paternalista tenía, por desgracia, otra vertiente: la del sentido
absoluto. Cárdenas se mostraba casi impermeable a la crítica. Lo caracterizaba
un orgullo exacerbado. «Era muy difícil que reconociera sus equivocaciones, aun
cuando pasado algún tiempo las aceptara»:
«Cárdenas
intervenía», recuerda Anguiano, «en todos los ámbitos de la administración
pública, mezclándose en las atribuciones de los poderes judicial y legislativo.
En su afán de escuchar y atender a todo ser humilde que se acercaba a
plantearle sus querellas o sus problemas, se enteraba de las cuestiones
judiciales y ofrecía que había pronto y eficaz remedio a la queja que se le
alzaba, y daba o mandaba instrucciones a las autoridades judiciales. A los
componentes de la cámara local de diputados los trataba como simples empleados,
aniquilando toda iniciativa que pudieran tener. Se limitaban a votar sin
discusiones los decretos o leyes que les mandaba» En el campo político-electoral
se reflejaba este mismo criterio. Los miembros de la CRMDT, sus fundadores,
dirigentes o personas completamente identificadas con ella tenían preferencia
para los puestos de elección popular. Excepto cuando el gobernador quería
proteger a alguna gente con una curui, pues entonces, aunque no fuera de los
jerarcas de la Confederación, se le aceptaba, habilitándosele las ideas
revolucionarias de que podía carecer.
Durante
los cuatro años del gobierno del general Cárdenas, la cámara local de diputados
la integraron casi los mismos individuos. Es decir, como los diputados duraban
dos años en el ejercicio de sus funciones, los que entraron con él en
septiembre de 1928 se reeligieren en 1930. En la primera legislatura figuró su
hermano Dámaso, quien fue designado gobernador interino en 1929, cuando el
general Cárdenas fue nombrado jefe de la columna del noroeste para combatir la
rebelión escobarista, Por lo que respecta a los diputados locales y federales,
tenían también preferencia como candidatos los protegidos y amigos del
gobernador y los líderes de la Confederación, sin tomar en cuenta a los otros
sectores sociales que constituyen el pueblo en su totalidad. A algunas personas
que ni siquiera eran de los distritos (o, siéndolo, nunca hablan radicado en
ellos, y desconocían por completo sus problemas y necesidades) les tocaba la
gracia de una diputación federal.
Por
lo que respecta a los municipios, se cubría la fórmula de que las
organizaciones intervinieran de alguna manera en la elección de regidores. Pero
los líderes mayores y menores, y sus incondicionales, eran realmente los que
tomaban las decisiones; la verdadera mayoría o masa de trabajadores no estaba
en condiciones de deliberar para hacer selecciones y consentían a los
municipales que salían indicados.
Debido
a la división reinante en la mayoría de los municipios, a las pugnas
intergremiales o a la necesidad de que una persona «revolucionaria» y con
energía ayudara a realizar las ideas centrales del gobierno, se acudió a la
medida de mandar presidentes municipales de nombramiento, que muchas veces no
sólo no eran del municipio, sino ni siquiera del estado.
Se
registraba así el fenómeno de que las divisiones y luchas entre los grupos
imponían, como garantía o remedio a las graves consecuencias que generaban, la
solución de mandar una persona extraña y ajena a los bandos en contienda para
que ejerciera el gobierno municipal.
¿Conocía
Cárdenas los excesos de prepotencia y arbitrariedad que cometían los líderes
confederados? Seguramente, pero debió de considerarlos un mal menor. Antes que
velar por la libertad electoral o la división de poderes en cualquier nivel, el
Estado tenía una misión revolucionaria y tutelar. Cárdenas mismo lo resumió así
en su último informe de gobierno:
«No
es posible que el Estado, como organización de los servicios públicos,
permanezca inerte y frío, en posición estática frente al fenómeno social que se
desarrolla en su escenario. Es preciso que asuma una actitud dinámica y
consciente, proveyendo lo necesario para el justo encauzamiento de las masas
proletarias, señalando trayectorias para que el desarrollo de la lucha de
clases sea firme y progresista» Se trataba formalmente del Estado previsto en
la Constitución de 1917, aunque muy distinto en la práctica del que había
previsto Carranza o del que construían los sonorenses Calles y Obregón. En su
lógica política —que no en sus fines— se acercaba más al paternalismo integral
de Porfirio Díaz, pero los tintes radicales y las estructuras integristas con
que los dotó Cárdenas sólo eran imaginables en una región de raíces y tensiones
religiosas tan profundas como Michoacán. La Iglesia llevaba siglos congregando
-integrando- a su grey en todo el país: en la vida material y la espiritual, en
el ámbito local y el regional, en el campo y el círculo obrero. Pero en el
corazón del México viejo, su presencia era más viva y global que en otras
regiones. Debido a esa cercanía con la Iglesia, el nuevo edificio político que
construía Cárdenas tenía por fuerza que subrayar los elementos de conflicto y competencia
con aquel otro Estado. Y, lo que es más notable, aun de modo inconsciente tenía
que imitarlo. El Estado como Contraiglesia.
Estrechamente
ligado a los dos vértices —el frente único de trabajadores y el poder
ejecutivo—, un tercer vértice completaba el esquema, el brazo sacerdotal: los
maestros. Así como la Iglesia daba enorme importancia a sus escuelas y
seminarios, a sus plegarias y homilías, el nuevo Estado se empeñaría
vigorosamente en una educación social que permitiera a «los niños convertirse
en verdaderos seres humanos, en hombres de empresa y de acción». «El gobierno»,
decía Cárdenas, «considera como asunto de inaplazable solución orientar,
precisa y uniformemente, la educación pública en consonancia con las
necesidades colectivas y los deberes de solidaridad humana y ... de clase que
se impone en la etapa actual.» Había que «socializar la escuela» bajo normas
cooperativas y sindicales, imbuir en niños y adultos sentimientos de
fraternidad y solidaridad, dejar a un lado —en palabras de Cárdenas— «los
conocimientos inútiles y quintaesenciados transmitidos dogmática y cruelmente».
El brazo político, la CRMDT, declaraba: «Sólo el suministro de una educación
adecuada logrará liberarlos de la acción de los curas y sustraerse del yugo
capitalista». Los maestros, en suma, debían convertirse en agentes del cambio
social, en portadores de «la nueva ideología revolucionaria» El gobierno de
Cárdenas dedicó casi la mitad de su no muy abultado presupuesto a fomentar la
educación y, con la promulgación de la ley reglamentaria, en breve tiempo logró
que varias decenas de negociaciones y haciendas abrieran escuelas. Entre 1928 y
1932 se crearon, en conjunto, 472 escuelas. Para «modificar la actitud
espiritual de los individuos, para que se desplace de una vez por todas el
fanatismo». Cárdenas concentró sus esfuerzos a partir de 1929 en la antigua
zona cristera: Coalcomán, Apatzingán, Tierra Caliente.
Las
misiones culturales -calcadas de los maestros «saltimbanquis» inventados por
Vasconcelos- no se preocupaban ya por distribuir La Iliada o los Diálogos de
Platón. Su cometido principal era «desfanatizar» y «desalcoholizar». Lo
intentaban como los curas, mediante pequeñas representaciones teatrales. Esta
obra se complementaba con clases de jabonería, conservación de frutas y fomento
deportivo.
En
recuerdo quizá de su mentor político -el presidente Calles-, que en Sonora
había creado las escuelas prácticas Cruz Gálvez para varones y señoritas,
Cárdenas fundó en Morelia la Escuela Técnica Industrial Alvaro Obregón y la
Josefa Ortiz de Domínguez; como en sus homologas sonorenses, en las michoacanas
se enseñaba toda suerte de oficios: talabartería, forja, zapatería,
carpintería... En la zona cristera de Coalcomán y en el pueblo indígena de
Paracho el gobierno intentó también, con regular éxito, la apertura de este
tipo de centros.
La
capacitación ideológica de los maestros era un punto clave para el buen
resultado de la cruzada. Desde el inicio de su gestión. Cárdenas había separado
a la Normal de Maestros de la Universidad Nicolaíta, subordinando aquélla al
poder ejecutivo. En excelentes pupitres elaborados por los reos de las Islas
Marías, los maestros leían autores de «reconocido prestigio e ideología
revolucionaria». La Escuela Normal se hizo mixta -para horror de los mojigatos-
y de ella comenzaron a salir los bien remunerados cuadros para la CRMDT.
Además
de maestros, los maestros eran sobre todo agentes de cambio revolucionario,
expertos en asuntos sindicales y cooperativistas. «Dábamos», recuerda uno de
ellos, «cátedra de civismo avanzado ... así empezábamos a organizar, a
aconsejar mejor dicho, a los peones a que se organizaran y pidieran tierras y
se iban creando ejidos.» Los centros de enseñanza eran «focos de fermentación
ideológica» donde se distribuían las grandes ediciones de propaganda socialista
financiadas por el gobierno. A menudo, los maestros tenían que acudir armados a
las haciendas porque los hacendados y sus guardias no se cruzaban de brazos a
escuchar sus prédicas.
Los
esfuerzos positivos de alfabetización y enseñanza técnica dieron mejores frutos
que los empeños por desfanatizar y desalcoholizar.
El
caso de Zurumútaro, donde el profesor Múgica Martínez participó con la
comunidad en la quema de santos, fue sin duda excepcional.
Más
generalizada fue la experiencia del profesor Corona Núñez, que trabajó en la
escuela de Apatzingán en 1930: terminó por admitir los pobres resultados de la
campaña contra la embriaguez. «La gente», escribió, «era muy dada al alcohol,
además la mayoría estaba siempre amancebada y había gran cantidad de
adulterios, siempre se encontraban borrachos y con la mujer de otro.”..
No
sólo el alcohol, el fanatismo y los hacendados dificultaban la labor de los
maestros revolucionarios; también los maestros no revolucionarios: «Cárdenas
encontró», escribe Weyí, «que una gran proporción de los maestros se conducían
en forma absolutamente neutral con respecto a la religión en los salones de
clase y se negaban a adoctrinar a los educandos con teorías revolucionarias».
Ante esa situación, la CRMDT decidió llevar a cabo una depuración ideológica
dentro del ámbito normalista para excluir a todos los maestros que carecían de
una «ideología avanzada». Así llegó a crearse una «comisión depuradora»
encargada de investigar la posición ideológica de todos los maestros. En su
último informe de gobierno. Cárdenas dirigió a los equivocados un suave anatema
por no haber alcanzado «ni la influencia ni la consideración que debe a su
ministerio», y defendió al maestro como «guiador social»:
«...
el encauzador que defienda los intereses y aspiraciones del niño proletario en
el calor de la lucha social, porque tanto como saber modelar en forma integral
las aptitudes y funciones espirituales del niño, interesa el encarrilamiento
legal de poderes en la conquista cada vez más firme y dignificante de los
derechos del trabajador».
Frente
a la Universidad Nicolaíta, el gobernador mostró inicialmente recelo. Pensaba,
sin duda, que era encarnación de los «conocimientos inútiles y
quintaesenciados», prueba viva de la «mezquindad y egoísmo de las clases
cultas». Múgica le había aconsejado socializar las profesiones, pero por lo
pronto Cárdenas decidió socializar con los alumnos. La idea surtió efecto.
En
su último informe de gobierno, Cárdenas también se refirió a la alianza del
poder político con el estudiantil.
«Ni
engreídos con el poder, ni egoístas, los hombres de la Revolución tienden
fraternalmente la mano a los universitarios para mostrarles cuál ha sido el
camino que ya se recorrió y cuáles los campos que debe seguir cultivando la
humanidad en constante lucha por su mejoramiento.
Entre
esos campos estaba el problema agrario. Cárdenas propició la creación de un
instituto de investigaciones sociales y económicas con el fin de mejorar
científicamente los procedimientos del reparto agrario. Había que incrementar
la producción agrícola, pero limitar la «plétora» inútil de profesionistas. Por
eso Cárdenas destruyó la autonomía de la educación superior, aunque, según
Weyí, le dio un giro científico para contribuir a la reconstrucción técnica del
país.
También
el arte debía servir a los propósitos pedagógicos. En Jiquilpan se levantó, al
poco tiempo, la estatua de don Hilario de Jesús Fajardo, aquel maestro merced a
quien el gobernador había adquirido la devoción por los árboles. El pintor
Fermín Revueltas recibía la encomienda de pintar dos murales en el Palacio de
Gobierno; Encuentro de Hidalgo y Afórelos en Charo e Indaparapeo y Celebración
del Primer Congreso Constituyente en Apatzingán. Y desde la hermosa finca
Eréndira que poseía en Pátzcuaro, Cárdenas podría contemplar la inmensa figura
de Morelos que se erigía ya en la isla de Janitzio. Nuevas greyes, nuevos
sacerdotes, nuevos seminarios, nuevo Evangelio, nuevos santos, nuevos símbolos
sobre una misma mentalidad.
No
contento con la casi absoluta pacificación de la zona cristera a partir de los
arreglos de 1929 y la reapertura de las iglesias, Múgica incitaba en enero de
1930 a su querido «cabecilla» para que exterminara cualquier presencia del
clero: «... mientras estos individuos queden en sus puestos en donde agitaron y
revolucionaron, serán ellos los vencedores y no nosotros».
Desde
los últimos meses de la guerra cristera -los primeros de su gubernatura-, la
táctica de Cárdenas había sido la opuesta. En vez de colgar cristeros,
procuraba convencerlos, amnistiarlos, presionarlos. Así había logrado la
rendición del líder Simón Cortés, en diciembre de 1928. En Aguililla, Cárdenas
había convencido al padre Ríos de treparse en un avión y gestionar la rendición
de las tropas alzadas. Un hermoso testimonio popular recuerda los afanes de
Cárdenas y su carácter, muy claro, de guardián sacerdotal:
«Cárdenas
entregó el templo del Sagrado Corazón. Era teatro, allí estaba Hidalgo, Morelos
y Benito Juárez en bulto. Y como el padre Ceja era amigo de Cárdenas ...
»E1
general le dijo al padre Ceja »—Cejita, te voy a entregar tu templo. Pero ¿cómo
le vamos a hacer para los héroes que tenemos ahí de la patria?.
"Entonces
el padre se aflige y luego el que venía de asistente o compañero del general
dijo:
»—Yo
me encargo, yo le prometo que no sufren un desperfecto».
Fomentó
ampliamente la masonería, creando «el Gran Rito Nacional, logia herética que
habría de manejar con fines políticos». Quería «emancipar a los obreros y sus
familias para que, sin las tenazas del fanatismo confesional, puedan adentrarse
en los planos de sus luchas clasistas con plena libertad espiritual». A su
cercano lugarteniente Ernesto Soto Reyes le confesó alguna vez: la
desfanatización «no interesa, lo que me preocupa es la cuestión social». Con
todo, a mediados de 1932 Cárdenas introduce la ley reglamentaria del artículo
130 constitucional y limita a tres el número de ministros «de cualquier culto»
en cada uno de los 11 distritos. ¿Por qué lo hace? Desde las Islas Marías, Múgica
brinca de satisfacción: «incontrastable esfuerzo su gobierno para colocar
entidad michoacana a la altura de estados más cultos y revolucionarios». Pero
las razones de Cárdenas han sido otras: sus medidas agrarias... con la Iglesia
habían topado. El sólo reaccionaba en represalia.
Ante
su propio decreto, la actitud personal del gobernador era de tolerancia. Por
desgracia, el gobernador no tenía el don de la ubicuidad. Los maestros del
brazo político —la CRMDT— actuaban también, pero de modo agresivo. A ellos sí
les importaba, ante todo, la desfanatización, y Cárdenas los dejaba hacer. En
varias ocasiones la sangre llegó al río. En el pueblo indígena de Cherán, una
Semana Santa, el choque entre fanáticos desfanatizadores y fanáticos produjo
más de treinta muertos e incontables heridos Uno de los maestros radicales de
la CRMDT, Salvador Sotelo, recordaba muchos años después: «Teníamos que
representar un radicalismo, pues estaba muy metida la fama de los que se
creyeran comunistas». En su desempeño como maestro en Ario hacia 1930, Sotelo
tañía las campanas para desfanatizar y suministrar «sacramentos socialistas»;
«Recibe la miel que la laboriosa abeja, símbolo del obrero, extrae el néctar de
las flores, para que tu vida sea placentera». Diez años más tarde, desaparecida
—por orden del presidente Cárdenas— la CRMDT, el profesor Sotelo se sentiría
abandonado, traicionado: «Antes la fama de comunista ... pero no es posible ...
Ahora yo he sacado en consecuencia que la ideología del pueblo es de ser muy
adherida a la religión católica».
Entre
1917 y 1928 los gobiernos de la Revolución habían entregado en Michoacán 131.3
hectáreas a 124 pueblos. En sus cuatro años de gobierno, de septiembre de 1928
a septiembre de 1932, Cárdenas rebasó esas cifras: repartiría 141.3 hectáreas
ociosas. Durante su gestión expidió una ley de tierras ociosas destinada «a
aliviar la presión de solicitudes», otra de expropiación por causa de utilidad
pública y una más sobre contratos de arrendamiento en las comunidades indígenas
Mientras el Jefe Máximo declaraba en México que el ejido había fracasado.
Cárdenas afirmaba: «No hay fracaso ejidal; lo que falta es que los campesinos
cuenten con mayores elementos para cultivar la tierra ... el ejido ... será la
base de la prosperidad del país» Los primeros en oponerse a la política agraria
del gobernador fueron, por supuesto, los hacendados. A la mayoría no le asistía
la razón, pero le sobraban los recursos: salvaguarda de tierras fértiles,
buenos abogados, guardias blancas, sindicatos blancos, fraccionamientos
simulados o preventivos, etc. Cuando la Cámara de Comercio, Agrícola e
Industrial le pide en 1930 el cese del reparto, Cárdenas responde -siempre
firme pero comedido- que faltaba aún mucho por dotarse y conmina «a los
propietarios de dar facilidades al gobierno ...
convencidos
de que no existe otra solución al problema agrario en Michoacán y en la
República entera».
Tan
enérgica o más que la de los hacendados fue la oposición generalizada de los
sacerdotes. Un caso extremo: el padre Trinidad Barragán, de Sahuayo, imploró en
público a Dios que «la tierra se tragara a los agraristas». Con todo, había
otros sacerdotes contrarios al reparto ejidal -no al fraccionamiento- por
razones menos viscerales, En San José de Gracia, por ejemplo, desde 1926 el
padre Federico González había realizado por su cuenta el fraccionamiento en
parcelas de la hacienda El Sabino:
«El
padre Federico», escribe Luis González, «no considera herejes ni impíos ni
malvados a los agraristas; no juzga al agrarismo desde un punto de vista
religioso; lo condena apoyado en razones de índole económica y social. Basado
en la corta experiencia de la vida ejidal en su pueblo y en los lugares
próximos a él y en las opiniones adversas a la reforma agraria que propala la
prensa periódica, no cree en la eficacia del ejido; lo considera causa de tres
males mayores: la disminución de la productividad en las pequeñas propiedades;
el mal uso de la tierra por parte de los ejidatarios y la división social que
acompaña y sigue al reparto ... Se erige, pues, en apóstol de la pequeña
propiedad. Congrega a su alrededor y unifica a cuatrocientos propietarios con
el fin de contener el avance del agrarismo en la región de San José. Su lucha
es contra el agrarismo, no contra los agraristas; en favor del parvifündio, no
de la hacienda. Si presta su apoyo a los medianos propietarios es porque sabe
que sus hijos serán pequeños propietarios» Lo más extraño de todo, a los ojos
de Cárdenas, debió de ser la oposición de los propios peones acasillados al
reparto. «La acción política del gobernado?», escribe un estudioso del periodo,
«aunque beneficiaba a las masas campesinas, no tuvo eco en todas ellas.» En
Sahuayo, población de ocho mil habitantes, había 15 agraristas. En Jacona, el
agrarista Martín Rodríguez tuvo que traer gente fuereña para que aceptase las
tierras. En Zacán, un testigo recordaba el día en que «los del gobierno» se
habían apersonado para el reparto:
«Nosotros
no habíamos pedido eso del ejido, ni sabíamos qué era eso. Por eso cuando
llegaron los del gobierno pensamos que otra vez andaban buscando cristeros y no
les creíamos nada y no queríamos aceptar lo del ejido ... Pero ellos ahí
estuvieron hable y hable, cantándola finito, que si el gobierno era esto, que
si el gobierno era esto otro ... Hasta dos o tres días se quedaron y nos
dejaron los papeles» Pero el caso tal vez más dramático para Cárdenas fue el de
la enorme hacienda de Guaracha, contra la que habían litigado sus propios
antepasados maternos del pueblo de Guarachita. Las primeras solicitudes de
tierra en Guaracha las hace un grupo de «norteños» llegados a la zona a raíz de
la crisis del 29. Aunque los peones de Guaracha piden en masa que se castigue a
los fuereños solicitantes, el 23 de julio de 1931 se publica en el periódico
oficial la solicitud de dotación de ejidos a los vecinos de Guaracha. Por esos
días se aparece en la hacienda el mismísimo gobernador. Heriberto Moreno,39
autor de un estudio ejemplar sobre la hacienda de Guaracha, recogería muchos
años después los testimonios de primera mano:
«Vino
a un convivio y les habló que qué era lo que querían; pero como aquí todos
éramos católicos, rehusaron a ese reparto de tierras, sin saber si serían
beneficiados o no ... La gente lo trató bien pues en realidad la gente no
sentía odio ... el pueblo aclamó mucho a don Lázaro ... nomás se trataba de don
Lázaro y la gente estaba quieta ...
Frente
a él no se vido fsicj ninguna manifestación mala ... [aunque era natural que]
toda la gente que trabajaba a gusto tenía que estar disconforme con la proposición,
con lo que venía a ofrecer él».
«Alguien
recordaba», apunta Moreno, «que don Lázaro no quiso probar alimento.» Mientras
él les hablaba sobre la conveniencia del reparto -advirtiéndoles que, de no
aceptarlo, tendrían que trabajar como jornaleros para los peones de los
alrededores que ya estaban solicitando tierra-, la multitud en los pórticos
gritaba: «Nosotros no queremos tierra sino culto». Corre la leyenda de que la
vida de Cárdenas pendió de un hilo. No hay duda de que salió contrariado, pero
no derrotado. La demanda de tierras firmada por el puñado de agraristas siguió
su curso.
Antes
de que, por el censo oficial, se comprobara que la abrumadora mayoría de los
habitantes de Guaracha se oponía al reparto, la Comisión Agraria había recibido
27 pliegos con mil firmas censurando al zapatero Abel Prado -líder de tos
agraristas- y a sus 16 amigos:
«Los
agraristas no son ni seis y se dedican a otras cosas que no son la agncultura
... los que aparecen como agraristas son comerciantes, arrieros, zapateros ...
¿no tenemos derecho a ser escuchados y atendidos? ¿No es la voz del pueblo ...
a quien se debe escuchar?».
Era
la voz del pueblo pero, a juicio de la autoridad, la voz estaba equivocada o,
peor aún, manipulada por el capellán y el hacendado.
¿Se
oponían al reparto por miedo o por convicción? Lo cierto es que se oponían. El
caso se prolongó hasta que en 1935 Cárdenas visitó, ya como presidente, el
pueblo vecino de Totolán. Hasta allí llegaron los agraristas:
«Ya
fuimos a Totolán, Isaac Canela, Antonio Andrade y otros.
Pensamos
presentarnos primero a don Dámaso, que acompañaba a su hermano... Toda la gente
de Totolán parecía que nos quería comer con los ojos... No nos dejaban pasar
las mujeres... Entramos... Iba yo hasta temblando... Ya le hablamos al general.
Estuve a ofrecerles toda la tierra para no agarrarles ni un metro y no
quisieron...
»Y
uno gritó:
»—Sí,
general; y hasta lo querían matar.
"Entonces
ya me animé y dije:
"-Esas
gentes, como su ejército a usted, general, le son fieles a su patrón... Como el
combate que tuvo usted con Bueina acá para el lado de Colima, que murieron al
lado de usted todos los oficiales...
Así
considere esa gente que son muy ignorantes y no saben.
"Entonces
le habló don Dámaso... Mandó llamar a un ingeniero.
"—Dale
ejido a Guaracha... ¿Cuántos habitantes son? "—Cerca de ochocientos padres
de familia.
"—Dales
para trescientos cuarenta o trescientos cincuenta... ¡Vete; ya hay ejido!.
»No
hubo censo, no hubo política, no hubo nada; nada más una palabra de don
Lázaro».
Todavía
—agrega Moreno— cuando, el día 21 de octubre de 1935, se presentó «una nueva
solicitud de dotación de tierras, bajo el nombre de "Tenencia Emiliano
Zapata", fue difícil completar el número sugerido por "el
General" en Totolán. Aún para esa fecha los "acasillados" se
hallaban bajo el imperio de la duda y el temor de las amenazas...
¿Nunca
habrían deseado ni llegarían nunca a desear una tierra que siempre fue del amo?
El caso es que ninguno de sus antepasados había perdido el mínimo pedazo de
tierra frente a la hacienda. Nadie jamás había transmitido, con la protesta por
el despojo sufrido, el coraje por el rescate. No podían poseer una tierra que
había pasado a ser, en su inmensidad, la medida de su mundo laboral, social,
religioso y, para algunos, hasta físico. iQué difícil hubiera sido que
aspiraran a poseedores estos poseídos por la tierra!".
La
actitud de algunos se explica quizá con otra pregunta: ¿poseer una parcela
ejidal era, en verdad, poseer la tierra?.
Las
tierras que finalmente tocaron a la gente de Guaracha no fueron las mejores.
Algunos prosperarían, otros no. Con los «tiempos nuevos» vendrían nuevos males:
el abuso del crédito y el endeudamiento, la desigualdad entre ejidatarios como
consecuencia del acaparamiento de parcelas, el cierre del molino de la
hacienda, el desaliento, la emigración. Cuando crecía la Laguna de Chápala, la
gente dejaba que el agua inundara las tierras de la ex hacienda. En los
«tiempos viejos», recordaban los ancianos, la reacción había sido distinta: la
gente ponía diques y costales. Con todo, el ejido crecería.
Pronto
estarían las escuelas, los transportes, las clínicas y el ajetreo para
probarlo.
A
fines de 1913, en una de sus primeras correrías revolucionarias, Cárdenas había
asistido a una entrevista de su jefe, el ex zapatista Guillermo García Aragón,
con el cacique indígena de la zona de Cherán, Casimiro López Leco. Tuvo
entonces la primera noticia de los contratos leoninos celebrados por las
comunidades propietarias de los montes con el norteamericano Santiago Slade.
Bajo presión y amenaza de los prefectos porfiristas, los representantes
indígenas habían cedido su inmensa riqueza forestal por 99 años a precios
ridículos. Veinticinco años después, al llegar al poder. Cárdenas rescató de
manos extranjeras esa riqueza y la devolvió a sus dueños.
Sentía
amor auténtico por los indígenas. Según su propio testimonio, nacía del cariño
por su madrina, Angela, cuya madurez realzaba de modo dramático sus rasgos
indígenas. Como gobernador no escatimaba tiempo para escucharlos, aconsejarlos
y tratar de dirimir sus diferencias. Ya para finalizar su gestión, escribe a
Múgica desde Paracho:
«Siento
no poder permanecer mayor tiempo aquí. Pasaría con gusto un año. Ojalá y el
gobernante entrante tuviera en su programa dedicar todo el segundo o tercer año
de su gobierno estableciéndose en Paracho. Sería de enorme beneficio para la
clase indígena, que tiene serios problemas como es la falta de enseñanza
agrícola y su desarrollo industrial. Voy a dejar iniciada esta obra y la
recomendaré con todo calor».
Por
esas fechas la Estación de Cultura en Carapan había sido atacada con piedras y
armas de fuego por indígenas que temían el atropello a sus costumbres. Al
llegar Cárdenas, la plaza enmarcaba un espectáculo extraordinario:
«...
se destacaban los colores intensos de los rebozos azules, morados o de otros
tonos chillantes que enmarcaban los rostros morenos con los vientos albísimos
de las guares [señoras] y yuritzquiris [doncellas]; y de las fajas bordadas de
estambres que ciñen sobre la cintura de las mujeres, los rollos de paño de lana
auténtica, plisada, que llevan como enaguas ... Los hombres estoicos y
reservados parecían estar rememorando las gloriosas épocas del esplendor del
Tiriácuri en el Imperio purépecha. Me encargó el señor gobernador les explicara
que habían sido engañados por quienes les dijeron que aquellos misioneros de la
cultura iban a quitarles la religión católica. Y les hiciera ver las enseñanzas
que iban a impartirles a niños y adultos, para que vivieran mejor y con menos
insalubridad y miseria. Comencé mi arenga en español, pero bien pronto me di
cuenta que echaba agua al mar.
Entonces
comencé a explicarles en nuestro dulce y armonioso idioma purepecha y el efecto
fue mágico. Los rostros se transformaron en gestos de confianza, miradas de
comprensión y sonrisas de reconocimiento Y claro que entendieron y aceptaron mis explicaciones; y la reserva, la
duda y la desconfianza, con que ven siempre las gentes que descienden de las
culturas pre-colombinas a los mestizos, los blancos y sus acciones, se
convirtieron en alegría ingenua y confianza plena».
Anguiano
se engañaba un tanto: no era sólo el dulce idioma purepecha lo que disolvía la
reserva, la duda, la desconfianza, sino la mirada sincera del hombre a su lado:
«Tata Lázaro».
Como
buen discípulo del presidente Calles, el gobernador Cárdenas media el progreso
en metros lineales, cuadrados y cúbicos. Ejemplo de lo pnmero fue la extensa
red de carreteras y caminos que inauguró e inicio. Su orgullo, claro, lo
constituía la ruta México-Guadalajara que tocaría también Zitácuaro. Ciudad
Hidalgo, Zinapécuaro, Pátzcuaro Zamora, Jiquilpan. En su periodo se abrieron
las rutas de Morelia a Huetamo, Quiroga a La Huacana y Uruapan a Coalcomán. con
brecha hacia Balsas. Se proyectó además el tren Umapan-Zihuatanejo y se
terminaron campos de aterrizaje en varias ciudades.
Desde
las Islas Marías, Múgica redactaba -con regular ortografiasu felicitación al ex
discípulo: