VII

General misionero

Lázaro Cárdenas

 

 

El buen rey no excluye de su palacio al pobre ni al desamparado; presta atento oído a las quejas de todos, no domina a sus subditos como esclavos, les gobierna como hijos, Padre Juan de Mariana (siglo xvil)


Del regazo a la Revolución

 

Jiquilpan, Michoacán, 1908. Un grupo de parroquianos juega billar haciendo honor al nombre del establecimiento que los acoge:

Reunión de Amigos. Es una tienda de abarrotes que vende algo más valioso que abarrotes y semillas: esparcimiento para las penas del alma y hierbas milagrosas para las del cuerpo. Su propietario, don Dámaso Cárdenas Pinedo, vivía entre la bohemia y la bonhomía. Como su padre, el mulato Francisco Cárdenas, y como muchas familias jiquilpenses, había intentado dedicarse a la rebocería. Alguna vez fue también mesonero y comerciante en pequeño. Pero en 1906 decide instalar, en uno de los recintos de su casa, esta suerte de refugio donde no falta la farmacopea. De ella extrae don Dámaso las recetas que suministra a la gente humilde que lo visita y venera con devoción casi religiosa En la espaciosa casa familiar, dotada del habitual huerto rodeado de arcadas, oficia otra persona: su mujer, doña Felicitas del Río Amezcua. Originaria del aledaño pueblo de Guarachita -siempre receloso y en pleito con la inmensa hacienda de Guaracha—, doña Felícitas proviene de una familia de mayor lustre y recursos que la de don Dámaso. Con sus ojos dulces y profundos, ayudada por su cuñada Angela, que ha quedado muda desde hace algún tiempo, y por la nana Pachita, doña Felicitas vigila con piedad cristiana los pasos de su numerosa prole: Margarita, Angelina, Lázaro, Josefina, Alberto, Francisco, Dámaso y José Raymundo. Mientras las mujeres dan la mano en el hogar y los más pequeños crecen, el hijo mayor. Lázaro de apenas trece años, ha abandonado en el cuarto grado la escuela oficial que dirige don Hilario de Jesús Fajardo. Allí ha aprendido que «el árbol es el mejor amigo de los niños, los cobija con su sombra, da salud y frutos y enriquece a los países», pero su aprendizaje en materias librescas ha dejado que desear. Habrá que buscarle un trabajo de provecho. No será difícil. Ha heredado los mejores rasgos de sus figuras tutelares: la bonhomía del padre, la piedad de la madre, el silencio expectante, como de esfinge indígena, de la madrina Angela.

Un año después: 1909. El joven Lázaro Cárdenas ingresa como «meritorio» en la mesa segunda de la Oficina de Rentas de Jiquilpan. De oficio en oficio perfecciona la hermosa caligrafía «izquierdilla» que usará toda la vida. Su seriedad en el trabajo no es ajena por completo a cierta ambición material: ha visto y envidiado los caballos de lucir de algunos amigos. Muy pronto complementa sus modestos ingresos con la paga de aprendiz en la imprenta La Económica que ha instalado don Donaciano Carreón en el mismo edificio en que se encuentra la Administración de Rentas. Allí aprende a lavar formas, limpiar máquinas y «parar» textos lo mismo para folletos oficiales que para devocionarios. Injustos reveses de fortuna lo separan de la Oficina de Rentas pero, al poco tiempo, la misma fortuna le depara un suceso inverso: se vuelve socio de la imprenta.

El administrador de La Económica recordaría muchos años más tarde «al muchachito aquel por quien no daba ni cuartilla ... siempre callado, serio, atento». Don Donaciano Carreen lo había visto en muchas ocasiones con «el mentón sobre la mano y los codos sobre la mesa, reflexionando con. ... mutismo». Alguna vez que una pequeña compañía de teatro se presentó en Jiquilpan, el pequeño Lázaro había intervenido como actor sólo para ganarse el apodo de «el Mudo». No es casual que aquel talante reservado hallase expresión muy temprana en un diario personal al que podía confiar sus vagas sospechas de una futura grandeza. «Mire usted, Florentinita», reveló Lázaro años después a la mujer de Carreen, «yo de chico me soñaba militar entrando a una población después de haberla tomado por las armas, montando un caballo retinto.» Las primeras notas del Diario son de mediados de 1911. Al año. Lázaro confiesa: «Creo que para algo nací ... Vivo siempre fijo en la idea de que he de conquistar fama. ¿De qué modo? No lo sé».

A la premonición sigue un sueño: «una noche borrascosa por las montañas», se ve a la cabeza de una tropa numerosa «liberando a la patria del yugo que la oprimía», y se pregunta: «¿Acaso se realizará este sueño? ... ¿De qué pues lograré esta fama con que tanto sueño? Tan sólo de libertador de la patria. El tiempo lo dirá» Para entonces la Reunión de Amigos se ha disuelto. Víctima de un mal de la vista para el que su farmacopea no indica el remedio, don Dámaso ha clausurado desde 1910 negocio y tertulia. Un año después, a los cincuenta y ocho años de edad, muere, dejando a la familia en una situación que dista mucho de desahogada. La parentela de doña Felicitas y algunos buenos amigos, como el señor Múgica, de Zamora, se prestan a auxiliarla. Las circunstancias la obligan a «coser ajeno» y recrudecen sus accesos de «paroxismo». Para colmo, Dámaso, su hijo, se fuga temporalmente de la casa, pero en todo momento su apoyo mayor será el adusto Lázaro, a quien los hermanos menores verán desde entonces como un padre. De hecho, José Raymundo, el benjamín, le dirá «papá».

En junio de 1913 la Revolución entra en Jiquilpan. Pedro Lemus, lugarteniente de José Rentería Luviano, ocupa la ciudad y encarga a la imprenta La Económica la publicación de un manifiesto. Lázaro y sus socios lo acatan. Días más tarde una columna de rurales repele a Lemus y recupera Jiquilpan. Los huertistas acuden a la imprenta, vuelcan las cajas, confiscan los impresos y queman el archivo.3 A mediados de aquel mes, obedeciendo los deseos de la madre (que temía, quizá con razón, por su vida), el joven Cárdenas sale de la ciudad «a pie», según recuerda en su Diario, para refugiarse en la hacienda de La Concha, en Apatzingán, de donde era administrador su tío materno.

No sería pequeña la sorpresa de doña Felicitas al enterarse, al poco tiempo, de que su amado Lázaro había terminado por refugiarse no con el tío sino con la Revolución Un buen día de julio de 1913 Lázaro Cárdenas exhibió su hermosa letra izquierdilla ante García Aragón y relató seguramente su experiencia como impresor, oficinista y escribiente, todo lo cual le valió la incorporación al estado mayor del jefe como capitán segundo encargado de la correspondencia.5 «En esta columna», escribiría con el tiempo en su Diario, «[era] más palpable el sentido agrarista de la lucha armada.» Dos meses después Lázaro sufre su primera paliza a manos del general huertista Rodrigo Paliza. El joven capitán segundo —a quien desde entonces acompañaría la buena suerte— escapa en las ancas del caballo de Ernesto Prado, futuro cacique que reclamaba la devolución de la tierra usurpada a las comunidades indígenas de la cañada de Chilchota. Junto al puntual aprendizaje de las formas militares bajo el mando disciplinado, exigente, pero comedido, de García Aragón, el silencioso Lázaro presencia actos que revelan, en la guerra, un sentido más allá de la guerra, como aquella indeleble entrevista de García Aragón con Casimiro López Leco, caudillo de los indígenas de Cherán levantado contra la compañía extranjera que explotaba los bosques de la comunidad gracias a un concesión leonina.6 La guerra, con sus palizas y enseñanzas, tomaría nuevo curso para Lázaro en octubre de ese año. Mientras García Aragón optaba por internarse en Guerrero para unir sus fuerzas a las de Ambrosio Figueroa (el acérrimo enemigo de su compadre Zapata), el joven escribiente Cárdenas se integra a la columna de Martín Castrejón, con quien los sustos están a la orden del día: combates, balaceras, corretizas. Desde Apatzingán le llegan las primeras insinuaciones del indulto, que rehusa.

Hacia noviembre de 1913 las endebles fuerzas de los «fronterizos» situados en Michoacán vuelven a dispersarse. Esta vez el joven Lázaro deja cananas y carrilleras y decide volver con su madre a Jiquilpan. El encuentro es breve porque el ex escribiente está fichado. A los pocos días parte rumbo a Guadalajara, donde vive cinco meses en el anonimato. Ha podido más la preocupación materna que las incipientes aspiraciones de revolucionario. En marzo de 1914 Lázaro trabaja de acomodador de botellas en la cervecería La Perla, de Guadalajara. En mayo, la nostalgia por la madre lo lleva de nuevo a Jiquilpan. «Mi madre me esperaba en la puerta», escribe en sus Apuntes, «tenía un rosario en la mano, "bien, madrecita», y me abrazó.» Por desgracia, la consigna en su contra en la Prefectura no ha desaparecido. Se esconde, primero en su casa y luego en la huerta de unos amigos. Es aprehendido y escapa gracias a la ayuda de los muchachos Medina, que le cubren las espaldas. Las peripecias, que tienen a doña Felicitas «con el Jesús en la boca», no terminan sino hasta finales de junio de 1914, cuando los revolucionarios triunfantes toman plena posesión de la zona.

Un año después del incidente de la imprenta, en que la Revolución había tocado literalmente a su puerta, Lázaro podía presentir que aquellos sueños vertidos en su Diario empezaban a configurarse vagamente: por devoción a la madre, por responsabilidad de jefe de familia, por carecer del temple guerrero -nunca por cobardía- había intentado esquivar la Revolución. Era inútil. Como un nuevo llamado del destino, el 23 de junio sirve de enlace entre las fuerzas de los jefes revolucionarios Morales y Zúñiga, este último antiguo lugarteniente de García Aragón. Por fin se pliega a un destino casi explícito:

en vísperas de las intensas y decisivas batallas del ejército constitucionalista contra los federales en la región taparía, decide integrarse definitivamente a la Revolución. Ante los desplantes violentos de Zúñiga (estuvo a punto de fusilar a un sacerdote «por bonito y por cabrón»), doña Felicitas le ruega con «lágrimas en los ojos ... no hagas eso tú»' No lo disuade de su decisión, pero graba en él un mensaje perma^ nente contra los excesos sanguinarios de la guerra El 8 de julio de 1914 Lázaro Cárdenas comanda el tercer escuadrón del 22.° Regimiento de la división de caballería, incorporada -bajo el mando de Lucio Blanco- al cuerpo del Ejército del Noroeste. Aquel escuadrón es el primero en entablar combate en Atequiza. Jalisco, con las fuerzas del general José María Mier. La invicta división de Alvaro Obregón continúa su marcha hacia la ciudad de México. Uno de los anónimos testigos de la firma de los Tratados de Teoloyucan es el capitán Cárdenas. Momentos después, también es uno de los primeros soldados en ocupar la capital. El 19 de septiembre le llega un merecido ascenso a mayor. A los dos meses, cuando en el horizonte apunta claramente la guerra civil entre Carranza y la Convención, el mayor Cárdenas, aún bajo las órdenes de Lucio Blanco, marcha hacia Real del Oro, Acámbaro y Aguascalientes, con destino final en Sonora.

Después de llevarlo como testigo y actor por los escenarios y momentos decisivos de la Revolución, el azar deposita al jiquilpense, con su 22.° Regimiento de caballería, en territorio del general Plutarco Elias Calles, cuyas fuerzas tenían asiento en Agua Prieta, Sonora. Allí, en la mañana del 28 de marzo de 1915, el duro, estricto y lúcido ex profesor de Guaymas estrecha por primera vez la mano cordial del joven de apenas diecinueve años que, ya con el grado de teniente coronel, comandaba el regimiento «michoacanojalisciense». Una comente de mutua simpatía recorrió los dos semblantes: el maestro Calles andaba siempre en busca de discípulos, el joven Cárdenas -desde la muerte del bueno de don Dámaso y de todos sus jefes revolucionarios— era un militar en busca de padre.

A partir de mayo la guerra adquiere una presencia más viva y cotidiana: exploraciones, acosos, nobles encuentros con el enemigo. El 17 de julio en Anivácachi, al mando de sólo quinientos hombres, Cárdenas logra evitar que lleguen refuerzos para un enemigo cuatro veces más numeroso. Dos días más tarde toma Naco en forma casi incruenta y hace desaparecer, por orden de Calles, todo el alcohol.

A mediados de septiembre al joven teniente coronel le tienden una emboscada en Santa Bárbara. Resiste el ataque de ochocientos hombres de infantería -incluyendo efectivos yaquis- por más de tres días sin tregua y sin víveres. En esa batalla muere Cruz Gálvez, el lugarteniente a cuya memoria dedicará Calles las escuelas que fundaría poco después como gobernador de Sonora Ante tal despliegue de valor. Cárdenas recibió el grado de coronel.

Quizá supo también que, en el informe que rindió al general Obregón, Calles se refería a él como un «bravo jefe». El 1.° de noviembre Cárdenas -a quien el jefe Calles comenzó a llamar «Chamaco»- tiene a su cargo el primer sector en la defensa de Agua Prieta. Las fuerzas villistas se estrellan irremisiblemente contra la población pertrechada.

El día 5. en Gallardo, encuentra un buen cañoncito y trescientos caballos semimuertos...: los restos del villismo derrotado. Al día siguiente conoce al general Obregón. A fines de aquel año, reducida ya en Sonora la fuerza enemiga, hojea con orgullo filial la Revista Ilustrada, cuya página central narra «la admirable defensa de Agua Prieta» Tres fotografías ilustraban el reportaje: la de Obregón, la de Calles y la suya. ¿Recordaría entonces sus sueños de 1912? Quizá, pero sus preocupaciones eran muy distintas. En la primera oportunidad que se presenta tras la derrota villista, el coronel Cárdenas regresa a Jiquilpan.

Unos días le bastan para disponer cambios radicales en la vida familiar: la madre enferma se mudaría a Guadalajara. Los hermanos mayores -Dámaso, Alberto y Francisco- se incorporarían a su estado mayor; José Raymundo estudiaría en California. En marzo de 1916 regresa a Sonora, donde interviene en algunas escaramuzas contra los yaquis y se admira del dinamismo reformador de su general-maestropadre Calles. No tarda en solicitar su baja para atender «asuntos de familia que le urgen», aduciendo que «gustoso volverá a estos campos a luchar contra el invasor». Calles concede el permiso, pero lo retira casi de inmediato. Hay un enemigo de mayor cuidado que el invasor y cuya eliminación es más urgente que cualquier asunto de familia: Pancho Villa en su madriguera de Chihuahua.

A principios de 1917. el 22.° Regimiento de Lázaro Cárdenas, bajo el mando del general Guillermo Chávez, entabla varios combates con las bandas de Villa. En San Francisco, Durango, la lucha se libra contra el mismísimo Villa, convertido nuevamente en temible bandolero Casi todo aquel año se agota en la búsqueda infructuosa del guerra llero. En San Fermín, el 28 de octubre, la columna de Cárdenas se emplea en una acción desigual, con resultados desastrosos. Comenzaba a quedar claro que la prenda mayor de Cárdenas como militar no era la astucia sino el arrojo.

Al cabo de un mes, el joven coronel parte hacia Michoacán. Ha solicitado y se le ha concedido el permiso de combatir a los feroces bandidos que asuelan su estado natal. En el trayecto se detiene en Guadalajara, sólo para encontrar moribunda a doña Felicitas. «Tuvo aliento de esperar mi llegada», escribiría en su Diario. Antes de su muerte, que ocurrió el 21 de junio de 1916, ella tuvo aliento también para encargarle que cuidara a la pequeña Alicia, la hija que Cárdenas acaba de procrear con una mujer norteña.

La pérdida de su madre, «mujer idolatrada» -como decía la letra de una de sus canciones preferidas-, debió de inyectarle rabia en su combate con los tres azotes de Michoacán: Jesús Cíntora, que operaba en la región de Balsas y Tierra Caliente; José Altamirano, merodeador de las ciudades del centro, y el más sanguinario de todos, Inés Chávez García, que asesinaba a cuchillo a sus prisioneros y se solazaba contemplando las violaciones que perpetraba su chusma. Por desgracia para Cárdenas, tampoco aquí la rabia y el valor se tradujeron en victorias y sí estuvieron, en cambio, a punto de costarle la vida.

El 24 de julio de 1918 enfrenta a Altamirano en una comarca muy peligrosa, propicia para las emboscadas. Ha medido mal el terreno y sus efectivos. Su tropa queda destrozada, los sobrevivientes se desbandan y él mismo debe huir buscando la vía del ferrocarril. Con todo, hacia fines de 1918 Chávez y Altamirano habían muerto Del inicio de 1919 hasta mediados de 1920, fiel a su constante movilidad. Cárdenas muda de escenario. Los combates son ahora en las Huastecas, donde, a las órdenes de un general muy cercano a Calles, Arnulfo R. Gómez, asume el mando del sector de Tuxpan. Los enemigos son menos temibles que los pelones federales, los zapatistas, Villa, los yaquis o los bandoleros de Michoacán: el general Blanquet, que cae al poco tiempo, y el general Peláez, consentido y consentidor de las compañías petroleras. El tiempo transcurre, en relativa calma hasta que, en abril de 1920, el coronel Cárdenas secunda el movimiento de Agua Prieta, encabezado por sus antiguos jefes sonorenses, contra la «imposición carrancista». Según otros biógrafos no menos rendidos, Cárdenas emite en Gutiérrez Zamora un manifiesto en que desconoce a Carranza e impone préstamos forzosos a los ricos de Papantia para ayudar a la causa.

A mediados de mayo, Cárdenas se entera de que la maltrecha columna del presidente Carranza se interna en la zona que comanda. El 20 de mayo, un día antes de cumplir los veinticinco años y ya con el grado de general brigadier, marcha hacia la Sierra de Puebla para interceptar la columna. Su cometido es capturar al presidente, pero el caudal del río El Espinal le impide el paso. Cuando al fin la creciente cede, llega a Coyutia, ignorante de los sucesos de Tlaxcalantongo. El 23 de mayo las fuerzas del general Herrero —que días antes había recibido comunicaciones de Cárdenas instándolo a la sublevación— ven destacarse al frente de la comitiva que los acoge a «un apuesto joven de veinticuatro a veinticinco años, que demostraba ser un magnífico jinete». El 25 de mayo Cárdenas y Herrero entran festivamente a Papantla. Un día después, el general Calles, ministro de Guerra en el gabinete provisional de Adolfo de la Huerta, encomienda a su fiel «Chamaco» acompañar a Herrero hasta la ciudad de México para rendir testimonio de los sucesos de Tlaxcalantongo. Camino a México, pensó quizá en las mil peripecias que el destino le había deparado; en .

los diversos enemigos, escenarios, situaciones; en sus sueños de adolescente que poco a poco se perfilaban. Sin embargo, a pesar de los riesgos en que por su arrojo imprudente había incurrido y de la suerte de haberlos superado, Cárdenas no valoraba aún su prenda más valiosa y extraña: su buena estrella. Si El Espinal hubiera acarreado un caudal menor, ¿cómo hubiese enfrentado el joven brigadier al anciano presidente?

 

Humanismo militar

 

A mediados de junio de 1920 Cárdenas vuelve a su terruño como flamante jefe de operaciones militares y, por unos días, como gobernador sustituto. El resto del año se le va en mediar en los conflictos electorales de su estado. Contienden para la gubematura varios candidatos: Manuel Ortiz, Porfirio García de León -a quien apoya la legislatura de Morelia- y el artífice ideológico de la Constitución del 17, antiguo amigo de la familia Cárdenas: el general Francisco J. Múgica. El tiempo alcanza apenas a Cárdenas para promulgar una ley de salario mínimo y encarrilar a su amigo en la gubematura.

A fines de 1921 se designa a Cárdenas jefe de operaciones militares en el Istmo. La región vivía días inciertos y el gobierno requería tropas leales y eficientes. En Tehuantepec, Cárdenas acentúa gustoso el rasgo que su amigo Múgica llamaría «anarquía amorosa». Además de ganarse la voluntad de las lindas tehuanas con su buen trato, se acerca a los comerciantes, vecinos y empleados de la zona, desde Oaxaca a Puerto México, quienes motu propio solicitan el ascenso de Cárdenas por su «labor pacificadora». En esos días inicia la construcción de un hospital militar y escribe al general Calles pidiéndole el puesto de comandante del Resguardo de Salina Cruz para una persona de su absoluta confianza: su hermano Francisco. Y Calles, como era su costumbre tratándose del «Chamaco», da curso a la recomendación.

En 1922 sigue la eterna mudanza. Ahora Cárdenas vuelve a Michoacán. Su amigo Múgica ha entrado en conflicto directo con el poder central. Sus medidas radicales, entre las que descuellan un incipiente reparto de tierras, un anticlericalismo fiero y una avanzadísima Ley del Trabajo, atizan el fuego hasta hacerlo lindar con la guerra civil. El ministro De la Huerta sugiere «la resurrección de Lázaro» como única vía para solucionar el problema, pero el presidente Obregón tiene otras ideas. A mediados de 1923 Cárdenas pasa de la jefatura militar del Bajío a la de Michoacán. Meses después recibe instrucciones de custodiar a Múgica hasta la ciudad de México. En el trayecto lo sorprende un telegrama de Obregón: «Suyo de hoy, enterado que el general Francisco J. Múgica fue muerto al pretender ser libertado por sus captores». Imposible acatar la orden: Cárdenas no se da por enterado y propicia la escapatoria de su amigo.

A fines de 1923 estalla la rebelión delahuertista. Obregón manda a Cárdenas hostilizar la retaguardia de uno de los generales más brillantes de la Revolución: Rafael Bueina, «el Granito de Oro», que actuaba a las órdenes del general Enrique Estrada. El 12 de diciembre Cárdenas sigue con sus dos mil jinetes las huellas de Bueina que, más avanzado, prepara un movimiento de atracción. Las instrucciones de Obregón han sido claras: hostilizar, no atacar. Pero en Huejotitlán Cárdenas cae en la trampa, y es derrotado y herido.

Al recibir la noticia de que Cárdenas estaba herido, Bueina envió al general Arnáiz en su busca. Los biógrafos Nathaniel y Silvia Weyt narran la escena:

«El general derrotado estaba tendido en un pequeño catre de campaña, tras de una cerca de piedra, demudado, cubierto de sangre. Sin lanzar queja alguna, se apretaba el vientre, donde tenía terrible herida, »-¿Con quién tengo el gusto de hablar? -interrogó Cárdenas, interrumpiendo a Arnáiz.

»—Con el general Amáiz —contestó éste.

"-Perdone, compañero, que me encuentre en esta situación, pero creo que estoy bien... -dijo Cárdenas, haciendo un visible esfuerzo por incorporarse.

»-Es cosa que todos lamentamos, mi general -agregó Arnáiz.

»-Gracias, quisiera hablar con Bueina antes de morir. Quiero que como soldado y como caballero me prometa que mi gente será respetada. Todos no han hecho otra cosa que cumplir con su deber y con mis órdenes. Yo soy el único responsable; y adviértale que dispone de mi vida».

Los designios de Bueina y de su jefe Estrada eran otros. El primero dispuso que Cárdenas fuese transportado cuidadosamente desde la cumbre del cerro donde se hallaba hasta el cuartel general, donde recibiría atención médica, para luego trasladarlo a la capital de Jalisco.

Al llegar a Guadalajara, Cárdenas fue internado en el hospital del doctor Carlos Barriere, donde recibió el cuidado del doctor Alberto Onofre Ortega. Este médico, masón (como ya lo eran el propio Cárdenas y su contrincante Bueina), atribuía la salvación de Cárdenas justamente a los sentimientos de solidaridad masónica. Lo más probable es que en la actitud de Estrada y Bueina hayan influido motivaciones más llanamente humanitarias. Conocían la nobleza de Cárdenas, su repulsión hacia los excesos sangrientos, su limpia trayectoria, su juventud. ¿Quién no lo quería? No sólo el general Calles le envía «un saludo cariñoso lleno de satisfacción por saber que se encuentra bien»:

en la convalescencia se entera de que las señoras devotas de Jiquilpan, creyéndolo muerto, habían «organizado rogativas públicas para que resucitase».'4 A poco tiempo la suerte cambia de pronto los papeles y Cárdenas puede disponer en Colima de la vida de Estrada. No lo hace, desde luego, sino que paga la deuda franqueándole la salida al exilio. Igual hubiese hecho con el malogrado Bueina de haber estado en sus manos. ¿Conoció Obregón los actos nobles de aquel subordinado, a quien consideraba «cumplido pero incompetente»?.

Jiquilpan lo recibió de plácemes y Cárdenas correspondió —en su carácter de jefe de operaciones en Jalisco— con la creación de una escuela y el hermoseamiento de la plaza. El 24 de marzo había ascendido a general de brigada.

El 1.° de marzo de 1925, a sabiendas de que la inminente Ley del Petróleo provocaría reacciones imprevisibles de las compañías petroleras, el presidente Calles designa a su fiel «Chamaco» jefe de operaciones militares en las Huastecas y el Istmo, con cuartel general en Villa Cuauhtémoc, Veracruz. Allí permanecería tres años. Al poco tiempo recibe una noticia que lo entusiasma: su viejo amigo el general Mu:

gica, separado por un tiempo del ejército, se ha asociado con Luis Cabrera para explotar una pequeña concesión petrolera en la zona.

Llegaría a Tuxpan a mediados de 1926.

Calles había sido el maestro militar y político de Cárdenas, que admiraba en aquél su fortaleza, su claridad de propósitos pero, sobre todo, su reformismo radical en la gubematura de Sonora. Lo había visto discurrir y poner en vigor un alud de decretos: agrarios, laborales, fiscales, anticlericales, jurídicos, antialcohólicos, educativos, nacionalistas, socialistas. Sin embargo, ocupado con el trajín de la guerra, Cárdenas había carec.do de maestro ideológico. Lo encontró en Múgica: nuevo regalo de la Providencia.

Once años mayor que Cárdenas y nativo de Tingüindín, Múgica era un hombre de pequeña estatura, ágil, nervioso y fuerte. Tenía algo de ardilla en la expresión. Había llegado hasta el nivel de teología en sus estudios como alumno externo en el seminario diocesano de Zamora, pero «causas justificadas» obligaron al rector Leonardo Castellanos a expulsarlo. Después de asimilar hasta el tuétano el ideario social cristiano, gracias a la prédica del padre Galván, Múgica había decidido en algún momento cambiar el credo cristiano por el socialista.

La Revolución le cae de perlas: es firmante del Plan de Guadalupe, participa en el primer reparto de tierras (que ejecutó Lucio Blanco, en la hacienda de Los Borregos), se integra al gobierno de Carranza en Veracruz, ensaya medidas radicales en Tabasco y —en su hora cumbre— es, junto con Andrés Molina Enríquez, el alma ideológica de los artículos radicales de la Constitución de 1917. Su radicalismo anticlerical hacía palidecer al de los sonorenses —que ya era decir— y llegó, como se ha visto, a malquistarlo con Obregón.

Este hombre singular, no desprovisto de talento literario, era, según se recordará, viejo conocido de la familia Cárdenas. Al reencontrar a su joven amigo, y en los muchos viajes que emprenden juntos por el Panuco hasta Tampico, por San Luis, Tuxpan, El Tajín o Tierra Blanca, Múgica tiene oportunidad de devolverle los varios favores que había recibido de él en aquella azarosa gubematura michoacana.

Lo hace sometiéndolo a un aleccionamiento convincente: «el socialismo como doctrina adecuada para resolver los conflictos de México». Múgica no comparte con Cárdenas su pasión por Baudelaire o su pasmo luego de visitar a la viuda del poeta Othón. Quizá tampoco lee en voz alta las páginas más literarias de su Diario, las espléndidas acotaciones sobre la Huasteca de naturaleza africana: insectos, plantas, huapangos, santuarios, costumbres. Aplaude, eso sí, la «anarquía amorosa» de Cárdenas; como él, se enamora de bellezas «esbeltas, blancas, cimbradoras»; y cada vez que puede señala a su pupilo los estragos de la religión.

Hacia 1926, y gracias a Múgica, Cárdenas leía a Gustave Le Bon y a un autor un tanto más conocido: Kari Marx.'8 También su jefe de Estado Mayor, Manuel Avila Camacho, le proporcionaba lecturas de la Revolución francesa. Pero ningún libro se equiparaba al privilegio de tener a la mano al primer ideólogo de la Revolución.

Con todo, su aprendizaje mayor en la región no vino sólo de la lectura de textos ideológicos ni de la prédica de Múgica, sino de la observación directa del comportamiento de las compañías petroleras que hacían alarde de contar «con apoyos poderosos», sintiéndose en «tierras de conquista». Defraudaban al fisco haciendo uso de instalaciones subterráneas conectadas al puerto. Nada bueno habían dejado en los lugares de explotación: ni una escuela, ni un teatro, ni un hospital.

Sólo yermos.'9 A los pocos días de la llegada de Cárdenas a la zona, habían tratado inútilmente de sobornarlo con cincuenta mil dólares y un lujoso Packard a la puerta. De todo ello y más hablaban Cárdenas y Múgica en sus recorridos por la zona. Múgica se dolía de la suerte de Cerro Azul: «Maravilla de la tierra mexicana que enriquece a otras tierras». Cárdenas le relataba el conflicto que había tenido que sortear días después de su arribo a Villa Cuauhtémoc.

El incidente había ocurrido en mayo de 1925. Dos sindicatos se disputaban el contrato de la Huasteca Petroleum Co.: el Sindicato Único, patrocinado por la empresa, y el del Petróleo, de origen y dirección independientes. En una riña intergremial había perdido la vida un miembro del sindicato libre. A instancias de la empresa, el presidente Calles manda al general Cárdenas dar a ésta toda clase de garantías. El sindicato agraviado declara un paro. Días después, en conferencia con el presidente. Cárdenas sostiene que «el mayor número de agremiados los tiene el Sindicato Petrolero» y que sus «directores», aunque «incompetentes para dirigir la cuestión social ... han obrado de buena fe». En cambio, en los del Sindicato Único «se respalda a la compañía para contrarrestar las peticiones de los del Petróleo». Para zanjar la pugna, Calles propone volver al statu quo anterior, el arbitraje federal y la posible fusión de los dos sindicatos, pero Mister Green, director de la compañía, se opone a los tres puntos. Su oferta es indemnizar, de acuerdo con la ley, a los obreros huelguistas que considere necesario. El presidente contrapropone en términos suaves, que incluyen alguna sanción a los rijosos del Sindicato Único, previo arbitraje del general Cárdenas. El conflicto termina por resolverse parcialmente tiempo después, sin la satisfacción de ninguna de-sus partes ni la intervención federal.

Cárdenas acariciará desde entonces la idea de expulsar a las compañías petroleras del suelo mexicano y abolir la existencia de aquel «Estado dentro del Estado».


Michoacán: ensayo de un gobierno

 

La distinción de Octavio Paz entre revuelta, rebelión y revolución tuvo en México una confirmación geográfica y cultural: el Morelos zapatista aportó la revuelta, el reclamo violento del subsuelo indígena la voz del pasado. El norte aportó la rebelión, la imposición igual^ mente violenta de un proyecto moderno, la voz del futuro. Pero fue Michoacán, asiento del México viejo, el estado que convirtió la lucha en «un cambio brusco y definitivo de los asuntos públicos». «Ungida por la luz de la idea», escribe Paz, «la Revolución es filosofía en acción, crítica convertida en acto, violencia lúcida.» Dos michoacanos típicos, un ideólogo y un político, transformaron revuelta y rebelión en revolución: Francisco J. Múgica y Lázaro Cárdenas. Del primero fue la idea, la crítica, la filosofía, la luz y la lucidez. Del segundo, los actos plenos e irreversibles.

Michoacán no había sido teatro siquiera secundario de la lucha militar, pero desde principios del siglo xvm y durante todo el siglo XIX había sido escenario mayor de otra querella: la de las ideas y las conciencias. «Morelia la doble», escribía en 1927 Múgica, «heroica en tu plebe, reaccionaria en tu élite.» No sólo en Morelia sino en todo Michoacán la gente creía y asumía la dualidad. «Católicos de Pedro el Ermitaño y jacobinos de época terciaria» se odiaban los unos a los otros, pero no con buena fe. Ambos igualmente celosos, anverso y reverso de la misma moneda, disputaban, con odio teológico, sobre cuestiones de este mundo.

En cuestiones de ideología social, los católicos habían tomado la iniciativa desde principios del siglo xx. La encíclica Rerum Novarum de León XIII prescribía salarios justos, asociaciones mutualistas, cajas de ahorro y subdivisión de la propiedad agraria. En 1906, en la piadosísima ciudad de Zamora tiene lugar un congreso sobre agricultura en que sacerdotes y terratenientes deliberan sobre estos temas. Siete años mas tarde se celebra la Gran Dieta de la Confederación de Círculos Obreros de México, organización fundada en 1912 que a la sazón contaba ya con 50 agrupaciones y 15.9 miembros. Allí se oyeron discursos y reivindicaciones del obrero junto con anatemas al individualismo liberal y al socialismo. «La hartura de democracia tiene embriagado al pueblo mexicano», manifestó un prelado, pero sus efectos nocivos no podían compararse a los del «monstruo que clava sus garras en el corazón de la Patria ... el terrible azote... el cáncer: el socialismo.» «Los socialistas», decía la prédica, «con astucia infernal pretenden pervertir el entendimiento del pueblo con funestos errores y corromper su corazón con el odio de clases ... [lo representan] maestros con pretensiones de redimir a la humanidad.”. En los años veinte, los obispos michoacanos pasarían de modo aún más vigoroso a la acción: organizan reuniones sobre temas agrarios, fundan sindicatos, revitalizan su sistema escolar.

El lado opuesto, el del «monstruo», no es menos activo, proselitista e intolerante. Muchos de los militantes en el gobierno radical de Múgica habían vivido en Veracruz hacia 1915. Uno de ellos recuerda su experiencia:

«Pronto hicimos contacto con demagogos y agitadores del puerto. Herón Proal, un sastre remendón que, andando el tiempo, llegó a ser famoso líder local ... nos relacionó con ellos y con toda una serie abigarrada de extranjeros que llegaban al país de contrabando. En su taller, que frecuentemente visitábamos, conocimos toda una colección de tipos terribles: anarquistas, nihilinistas, ateos, etcétera, procedentes de Italia, Cuba, Cataluña y principalmente de Rusia».

Con su pequeño ejército de jóvenes radicales, pero sin una base social que lo sustentara, en su breve gestión como gobernador del estado Múgica había intentado el reparto de tierras y la emisión de una avanzada Ley del Trabajo. Los fervorosos vecinos de la zona se enteraron de que una labor «desfanatizadora» estaba siendo activada oficialmente por el gobierno de Múgica. Por si fuera poco, en diciembre de 1922 un líder vinculado al Partido Comunista, Primo Tapia, funda la Liga de Comunidades y Sindicatos Agrarios de la Región de Michoacán. Su objetivo es un agrarismo radical. Aunque Tapia caería asesinado en abril de 1926, la agitación —del campo y la ciudad, agraria y sindical—, azuzada muchas veces por maestros y líderes mugiquistas, siguió hasta confundirse con una efervescencia mucho más grave y generalizada: la de la Cristiada. En Michoacán, en suma, la querella entre la Iglesia y el Estado no era sólo cuestión de ideas sino de bases sociales que las apoyaran. La Iglesia hablaba de grey; el Estado, de masas En este escenario de la más antigua e intensa guerra ideológica, con el águila de general de división en el quepis y con escasos treinta y dos años, Lázaro Cárdenas inicia su gira como candidato único a la gubematura. El primero en enterarse de sus impresiones fue el mentor ideológico, don Francisco J. Múgica:

«Aquí me tiene ya con la capa en la mano esperando la embestida del mejor Miura ... El teatro estaba lleno y parece pude hacer una exposición de las tendencias de mi candidatura; creo que al estar hablando bailaba la pierna que descansaba pero me dio valor recordar a Mirabeau».

¡Hasta citas de la Revolución francesa! El mentor no podía estar más satisfecho del pupilo. No habían perdido el tiempo en «Tuxpan de ideales»; de ideales socialistas, constitucionalistas, radicales y anticlericales, por supuesto.

En su manifiesto al pueblo de Michoacán, emitido desde Villa Cuauhtémoc, en Veracruz, Cárdenas había declarado: «resolver el problema de la tierra es una necesidad nacional y un impulso al desarrollo agrícola». Desde entonces prometía acometer esta labor «sin vacilaciones». Impulsaría además, «vigorosamente», la instrucción pública; y desarrollaría «una acción muy activa para lograr el exterminio de los rebeldes fanáticos». La palabra «exterminio» era una concesión al furibundo Múgica. Para alcanzar en la práctica los ideales de Tuxpan que, desde luego, no objetaba, había que proceder positivamente y crear «una organización campesina ... un solo frente ... que responda ... en la lucha social». ¿Era Cárdenas plenamente consciente de la polarización ideológica en su estado? Quizá no, pero no tenía que serlo para actuar al respecto. Los odios teológicos le eran ajenos porque su talante no conocía el odio —aunque sí la envidia y el resentimiento— y porque carecía de sensibilidad y gusto por las ideas de cualquier índole, no se diga las teológicas. Su lugar específico de nacimiento lo liberó también, inadvertidamente, de aquellos extremos: Jiquilpan había sido hasta cierto punto, en palabras de Luis González, «la oveja descarriada de la diócesis de Zamora», la oveja burocrática, liberal, urbana, política de un entorno profundamente católico. Y aunque suene paradójico, las herejías anticatólicas no partían de Jiquilpan. Para ser fanáticamente radical, tenía que haber sido fanáticamente fanático, y ese privilegio estaba reservado a los oriundos de Zamora, Cotija, Sahuayo o Tingüindín..., como el ex seminarista Múgica. El celo de Cárdenas era otro, complementario: traducir en política concreta -de grey, de masas— la doctrina de Múgica.

La fuente mayor de su experiencia política no fue derivada sino directa. Aun sin formularlo, presentía que su trayectoria sintetizaba a la Revolución. La Revolución así, sin más; la expresada en los artículos 3°, 27, 123 y 130. Había en aquel Cárdenas candidato a gobernador un doble sentido -filial y paternal- con respecto a esos ideales; era el legítimo heredero de Calles, de Múgica, de la generación iniciadora de la Revolución. Pero era también el responsable del cumplimiento de sus postulados: había luchado por ellos casi desde la adolescencia.

A la conciencia de encarnar una síntesis se aunaba en Cárdenas un sentido de mando legítimo y casi ilimitado. ¿Cómo no iba a tenerlo si había combatido, en sincronía, a federales, pelones, huertistas, zapatistas, villistas, yaquis, bandidos, alzados; si había sido testigo de Teoloyucan y de la recuperación de la capital por el constitucionalismo; si por un capricho de la fortuna se había librado de ser el apresor de Carranza; si había caído gravemente herido en Huejotitlán sólo para ser salvado, con nobleza y reconocimiento, por sus adversarios? Sin embargo, aquel sentido casi ilimitado y providencial de mando no se traduciría, en su caso, en actitudes personales de violencia radical. Cárdenas lamenta la «fanatización» del pueblo. Su estilo es otro; la bonhomía de su padre herbolario, la suavidad de su madre, la paciencia indígena de su tía Angela. También su visión de los problemas sociales llega a ser un tanto diferente de la de su mentor: menos profunda, pero más serena, equilibrada, amplia. No hay en Cárdenas un ex seminarista, azote de las sotanas: hay un reformador firme y marcial como Calles, un convencido de sus ideales como Múgica, un implacable manipulador de masas, todo ello enmarcado por un temple humanitario y hasta dulce: el político perfecto.

El 18 de enero de 1929 el general Múgica. director de la Colonia Penal de las Islas Marías, recibe una invitación girada por instrucciones del gobernador Cárdenas para asistir al Congreso de Unificación Obrera y Campesina que tendría lugar a fines de ese mes en Pátzcuaro. Múgica se había enterado ya de la activísima labor de pacificación desplegada por su discípulo y amigo en la zona cristera desde el mes de septiembre de 1928, en que Cárdenas ocupa la gubematura.

Ahora veía con agrado -y quizá con nostalgia- que Cárdenas había experimentado en cabeza ajena: la suya. No se repetirán los errores tácticos del mugiquismo en 1921. Esta vez el gobernador revolucionario crearía desde el principio su brazo político. Jóvenes maestros que eran a su vez viejos mugiquistas, varios miembros del Partido Comunista y de la desbandada liga de Primo Tapia auxiliarían en la integración política e ideológica de la nueva organización: Gabino Vázquez, Ernesto Soto Reyes, Alberto Coria, Antonio Mayes Navarro.

Bajo el lema de «Unión, tierra, trabajo», y con el gobernador Cárdenas como presidente honorario, nacía la poderosa CRMDT, Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo.

Su programa agrario y obrero iba apenas adelante de lo dispuesto ya en la Constitución y en la Ley del Trabajo aprobada en tiempos de Múgica: resolución amplia del problema de tierras, mayor agilidad en los trámites, establecimiento de bancos de refacción, jomada laboral de ocho horas, salario mínimo de 1. pesos, asistencia médica y escuelas obligatorias en las haciendas. En caso de reajustes, la confederación formaría consejos para trabajar y administrar por su cuenta los centros paralizados. La conclusión sí rebasaba los límites constitucionales: «Sólo una transformación del sistema capitalista existente proporcionará al obrero su emancipación de la condición de pana».

La grey social de la CRMDT la formaban empleados más que obreros: vendedores de lotería, choferes, boleros, mozos y meseros.

Los maestros, agrupados en el Bloque Estatal de Maestros Socialistas de Michoacán, tuvieron desde el principio un papel dirigente. Las mujeres y los jóvenes estaban representados también por sus respectivos bloques, pero el núcleo central de la CRMDT lo constituyeron los agraristas. Cuatro años después de su fundación, la poderosa organización contaba con cuatro mil comités agrarios y cien mil miembros.

Era, en la historia del país, la primera organización de masas inducida por el gobierno y ligada verticalmente a él. La CRMDT fue, desde su inicio, un apéndice del gobierno. Este la financiaba con partidas que no se registraban en los libros oficiales. Una de las formas innovadoras de ayuda estatal consistió -además de ponerle casa— en «proporcionar el transporte, regularmente por tren de hasta 14 vagones, para el traslado de todas las delegaciones estatales». Los ayuntamientos proporcionaban el hospedaje. Hacia 1930, un año después de su fundación, la conseja oficial excluía de hecho a cualquier otra organización representativa de los obreros y campesinos: la CRMDT era la «única institución que respondía a los anhelos de los trabajadores michoacanos». Al frente de los comisariados ejidales no había más ley que los confederados. «El fortalecimiento de la CRMDT», escribe Maldonado, «la llevó a ocupar el 95 por ciento de los puestos de elección popular, desde presidentes municipales, encargados del orden, diputados federales y locales, hasta jueces menores de instancia.» En 1931, el gobierno estatal dio un paso más, definitivo en el fortalecimiento de su brazo político: «Dentro de comunidades agrarias no podrá legalmente constituirse sindicato, ya que éste tiene por objeto la defensa económica y social de los trabajadores contra el capitalista. Los ejidatarios [en cambio] trabajan y administran por sí mismos los ejidos». En reciprocidad con este inmenso apoyo oficial, la CRMDT trabajaba activamente en la fundación de sindicatos y la «organización y transformación ideológica del campesino para que solicitaran tierras ... apoyando las medidas legislativas del general Cárdenas».

El poder público tenía otro vértice: el gobernador. En Michoacán, Cárdenas comenzó a labrar para sí un prestigio mesiánico. Allí donde su brazo político -la CRMDT- agitaba, manipulaba, removía, Cárdenas acudía con el bálsamo de su presencia. Victoriano Anguiano, joven abogado ex vasconcelista, hijo de un rico cacique indígena de San Juan Parangaricutiro muerto en 1928 por los cristeros, solía acompañarlo en sus giras por los pueblos indígenas, arengando a éstos en su lengua nativa: el purépecha. Todos los pueblos de Michoacán fueron testigos de su peregrinaje. Era campechano, cordial, afectuoso, atractivo, sedoso, y, sobre todo, activísimo. Estampa típica: en Turicato hay fiesta por la visita del gobernador. Sones de la tierra, corridos, orquesta típica lugareña, ricas corundas, saboreo de chorupos, plática con los maestros, saludos a los adultos, caricias a los niños. La simpatía del gobernador no desciende nunca a lo chocarrero. Tienen un sentido estricto, casi litúrgico, de la solemnidad, como lo prueba su atuendo: no se disfraza de campesino, lleva siempre traje oscuro. Era hombre serio y que infundía respeto. Su principal virtud -herencia de la muda y santa madrina Angela— es saber escuchar:

«Este es mi deber y tengo que cumplirlo. Defraudaría las esperanzas de toda esa gente que ha venido desde tan lejos a plantearme sus problemas, si yo turnara sus asuntos a un ayudante. Aunque no siempre pueda darles satisfacción, sé que se sentirán contentos con haberme hablado personalmente».

¿De dónde ha sacado Cárdenas el sentido paternal y misericordioso del poder? Luis González (oriundo de la misma zona y profundo conocedor así de la mentalidad michoacana como de la vida del general Cárdenas) piensa que el origen está en su trato desde tiempos infantiles con los sacerdotes de pueblo. Su figura no se diferencia mucho de la del minucioso padre Othón, fundador de San José de Gracia, que lo mismo construyó «el curato, la escuela y el templo» que «trajo maestros, acarreó artesanos, usó la representación teatral y otros medios para consolidar la doctrina cristiana en la feligresía; visitó a la gente, vapuleó a los borrachos y jugadores; trató y contrató con los campesinos sobre tierras y ganados». Tampoco se distingue la figura de Cárdenas de la de otro cura de San José: Federico González, que igualmente fracciona tierras y atiende la escuela como introduce en el pueblo variedades mejoradas de maíz, fruticultura, agua, árboles de ornato y diversiones charras. El sacerdote como gestor no sólo de la salvación espiritual sino del bienestar material de la comunidad.

Algo tenía Cárdenas también de la constante movilidad que el famoso obispo Cázeres había impuesto a los sacerdotes de su jurisdicción. Aquellos curas recordaban en cierta manera a los misioneros del siglo xvi, pero su carácter era menos evangélico, más práctico. Fue entonces, seguramente, cuando los indígenas tarascos, de vida intacta desde tiempos de Vasco de Quiroga, pusieron al gobernador el sobrenombre perfecto: «Tata Lázaro».

El poder paternalista tenía, por desgracia, otra vertiente: la del sentido absoluto. Cárdenas se mostraba casi impermeable a la crítica. Lo caracterizaba un orgullo exacerbado. «Era muy difícil que reconociera sus equivocaciones, aun cuando pasado algún tiempo las aceptara»:

«Cárdenas intervenía», recuerda Anguiano, «en todos los ámbitos de la administración pública, mezclándose en las atribuciones de los poderes judicial y legislativo. En su afán de escuchar y atender a todo ser humilde que se acercaba a plantearle sus querellas o sus problemas, se enteraba de las cuestiones judiciales y ofrecía que había pronto y eficaz remedio a la queja que se le alzaba, y daba o mandaba instrucciones a las autoridades judiciales. A los componentes de la cámara local de diputados los trataba como simples empleados, aniquilando toda iniciativa que pudieran tener. Se limitaban a votar sin discusiones los decretos o leyes que les mandaba» En el campo político-electoral se reflejaba este mismo criterio. Los miembros de la CRMDT, sus fundadores, dirigentes o personas completamente identificadas con ella tenían preferencia para los puestos de elección popular. Excepto cuando el gobernador quería proteger a alguna gente con una curui, pues entonces, aunque no fuera de los jerarcas de la Confederación, se le aceptaba, habilitándosele las ideas revolucionarias de que podía carecer.

Durante los cuatro años del gobierno del general Cárdenas, la cámara local de diputados la integraron casi los mismos individuos. Es decir, como los diputados duraban dos años en el ejercicio de sus funciones, los que entraron con él en septiembre de 1928 se reeligieren en 1930. En la primera legislatura figuró su hermano Dámaso, quien fue designado gobernador interino en 1929, cuando el general Cárdenas fue nombrado jefe de la columna del noroeste para combatir la rebelión escobarista, Por lo que respecta a los diputados locales y federales, tenían también preferencia como candidatos los protegidos y amigos del gobernador y los líderes de la Confederación, sin tomar en cuenta a los otros sectores sociales que constituyen el pueblo en su totalidad. A algunas personas que ni siquiera eran de los distritos (o, siéndolo, nunca hablan radicado en ellos, y desconocían por completo sus problemas y necesidades) les tocaba la gracia de una diputación federal.

Por lo que respecta a los municipios, se cubría la fórmula de que las organizaciones intervinieran de alguna manera en la elección de regidores. Pero los líderes mayores y menores, y sus incondicionales, eran realmente los que tomaban las decisiones; la verdadera mayoría o masa de trabajadores no estaba en condiciones de deliberar para hacer selecciones y consentían a los municipales que salían indicados.

Debido a la división reinante en la mayoría de los municipios, a las pugnas intergremiales o a la necesidad de que una persona «revolucionaria» y con energía ayudara a realizar las ideas centrales del gobierno, se acudió a la medida de mandar presidentes municipales de nombramiento, que muchas veces no sólo no eran del municipio, sino ni siquiera del estado.

Se registraba así el fenómeno de que las divisiones y luchas entre los grupos imponían, como garantía o remedio a las graves consecuencias que generaban, la solución de mandar una persona extraña y ajena a los bandos en contienda para que ejerciera el gobierno municipal.

¿Conocía Cárdenas los excesos de prepotencia y arbitrariedad que cometían los líderes confederados? Seguramente, pero debió de considerarlos un mal menor. Antes que velar por la libertad electoral o la división de poderes en cualquier nivel, el Estado tenía una misión revolucionaria y tutelar. Cárdenas mismo lo resumió así en su último informe de gobierno:

«No es posible que el Estado, como organización de los servicios públicos, permanezca inerte y frío, en posición estática frente al fenómeno social que se desarrolla en su escenario. Es preciso que asuma una actitud dinámica y consciente, proveyendo lo necesario para el justo encauzamiento de las masas proletarias, señalando trayectorias para que el desarrollo de la lucha de clases sea firme y progresista» Se trataba formalmente del Estado previsto en la Constitución de 1917, aunque muy distinto en la práctica del que había previsto Carranza o del que construían los sonorenses Calles y Obregón. En su lógica política —que no en sus fines— se acercaba más al paternalismo integral de Porfirio Díaz, pero los tintes radicales y las estructuras integristas con que los dotó Cárdenas sólo eran imaginables en una región de raíces y tensiones religiosas tan profundas como Michoacán. La Iglesia llevaba siglos congregando -integrando- a su grey en todo el país: en la vida material y la espiritual, en el ámbito local y el regional, en el campo y el círculo obrero. Pero en el corazón del México viejo, su presencia era más viva y global que en otras regiones. Debido a esa cercanía con la Iglesia, el nuevo edificio político que construía Cárdenas tenía por fuerza que subrayar los elementos de conflicto y competencia con aquel otro Estado. Y, lo que es más notable, aun de modo inconsciente tenía que imitarlo. El Estado como Contraiglesia.

Estrechamente ligado a los dos vértices —el frente único de trabajadores y el poder ejecutivo—, un tercer vértice completaba el esquema, el brazo sacerdotal: los maestros. Así como la Iglesia daba enorme importancia a sus escuelas y seminarios, a sus plegarias y homilías, el nuevo Estado se empeñaría vigorosamente en una educación social que permitiera a «los niños convertirse en verdaderos seres humanos, en hombres de empresa y de acción». «El gobierno», decía Cárdenas, «considera como asunto de inaplazable solución orientar, precisa y uniformemente, la educación pública en consonancia con las necesidades colectivas y los deberes de solidaridad humana y ... de clase que se impone en la etapa actual.» Había que «socializar la escuela» bajo normas cooperativas y sindicales, imbuir en niños y adultos sentimientos de fraternidad y solidaridad, dejar a un lado —en palabras de Cárdenas— «los conocimientos inútiles y quintaesenciados transmitidos dogmática y cruelmente». El brazo político, la CRMDT, declaraba: «Sólo el suministro de una educación adecuada logrará liberarlos de la acción de los curas y sustraerse del yugo capitalista». Los maestros, en suma, debían convertirse en agentes del cambio social, en portadores de «la nueva ideología revolucionaria» El gobierno de Cárdenas dedicó casi la mitad de su no muy abultado presupuesto a fomentar la educación y, con la promulgación de la ley reglamentaria, en breve tiempo logró que varias decenas de negociaciones y haciendas abrieran escuelas. Entre 1928 y 1932 se crearon, en conjunto, 472 escuelas. Para «modificar la actitud espiritual de los individuos, para que se desplace de una vez por todas el fanatismo». Cárdenas concentró sus esfuerzos a partir de 1929 en la antigua zona cristera: Coalcomán, Apatzingán, Tierra Caliente.

Las misiones culturales -calcadas de los maestros «saltimbanquis» inventados por Vasconcelos- no se preocupaban ya por distribuir La Iliada o los Diálogos de Platón. Su cometido principal era «desfanatizar» y «desalcoholizar». Lo intentaban como los curas, mediante pequeñas representaciones teatrales. Esta obra se complementaba con clases de jabonería, conservación de frutas y fomento deportivo.

En recuerdo quizá de su mentor político -el presidente Calles-, que en Sonora había creado las escuelas prácticas Cruz Gálvez para varones y señoritas, Cárdenas fundó en Morelia la Escuela Técnica Industrial Alvaro Obregón y la Josefa Ortiz de Domínguez; como en sus homologas sonorenses, en las michoacanas se enseñaba toda suerte de oficios: talabartería, forja, zapatería, carpintería... En la zona cristera de Coalcomán y en el pueblo indígena de Paracho el gobierno intentó también, con regular éxito, la apertura de este tipo de centros.

La capacitación ideológica de los maestros era un punto clave para el buen resultado de la cruzada. Desde el inicio de su gestión. Cárdenas había separado a la Normal de Maestros de la Universidad Nicolaíta, subordinando aquélla al poder ejecutivo. En excelentes pupitres elaborados por los reos de las Islas Marías, los maestros leían autores de «reconocido prestigio e ideología revolucionaria». La Escuela Normal se hizo mixta -para horror de los mojigatos- y de ella comenzaron a salir los bien remunerados cuadros para la CRMDT.

Además de maestros, los maestros eran sobre todo agentes de cambio revolucionario, expertos en asuntos sindicales y cooperativistas. «Dábamos», recuerda uno de ellos, «cátedra de civismo avanzado ... así empezábamos a organizar, a aconsejar mejor dicho, a los peones a que se organizaran y pidieran tierras y se iban creando ejidos.» Los centros de enseñanza eran «focos de fermentación ideológica» donde se distribuían las grandes ediciones de propaganda socialista financiadas por el gobierno. A menudo, los maestros tenían que acudir armados a las haciendas porque los hacendados y sus guardias no se cruzaban de brazos a escuchar sus prédicas.

Los esfuerzos positivos de alfabetización y enseñanza técnica dieron mejores frutos que los empeños por desfanatizar y desalcoholizar.

El caso de Zurumútaro, donde el profesor Múgica Martínez participó con la comunidad en la quema de santos, fue sin duda excepcional.

Más generalizada fue la experiencia del profesor Corona Núñez, que trabajó en la escuela de Apatzingán en 1930: terminó por admitir los pobres resultados de la campaña contra la embriaguez. «La gente», escribió, «era muy dada al alcohol, además la mayoría estaba siempre amancebada y había gran cantidad de adulterios, siempre se encontraban borrachos y con la mujer de otro.”..

No sólo el alcohol, el fanatismo y los hacendados dificultaban la labor de los maestros revolucionarios; también los maestros no revolucionarios: «Cárdenas encontró», escribe Weyí, «que una gran proporción de los maestros se conducían en forma absolutamente neutral con respecto a la religión en los salones de clase y se negaban a adoctrinar a los educandos con teorías revolucionarias». Ante esa situación, la CRMDT decidió llevar a cabo una depuración ideológica dentro del ámbito normalista para excluir a todos los maestros que carecían de una «ideología avanzada». Así llegó a crearse una «comisión depuradora» encargada de investigar la posición ideológica de todos los maestros. En su último informe de gobierno. Cárdenas dirigió a los equivocados un suave anatema por no haber alcanzado «ni la influencia ni la consideración que debe a su ministerio», y defendió al maestro como «guiador social»:

«... el encauzador que defienda los intereses y aspiraciones del niño proletario en el calor de la lucha social, porque tanto como saber modelar en forma integral las aptitudes y funciones espirituales del niño, interesa el encarrilamiento legal de poderes en la conquista cada vez más firme y dignificante de los derechos del trabajador».

Frente a la Universidad Nicolaíta, el gobernador mostró inicialmente recelo. Pensaba, sin duda, que era encarnación de los «conocimientos inútiles y quintaesenciados», prueba viva de la «mezquindad y egoísmo de las clases cultas». Múgica le había aconsejado socializar las profesiones, pero por lo pronto Cárdenas decidió socializar con los alumnos. La idea surtió efecto.

En su último informe de gobierno, Cárdenas también se refirió a la alianza del poder político con el estudiantil.

«Ni engreídos con el poder, ni egoístas, los hombres de la Revolución tienden fraternalmente la mano a los universitarios para mostrarles cuál ha sido el camino que ya se recorrió y cuáles los campos que debe seguir cultivando la humanidad en constante lucha por su mejoramiento.

Entre esos campos estaba el problema agrario. Cárdenas propició la creación de un instituto de investigaciones sociales y económicas con el fin de mejorar científicamente los procedimientos del reparto agrario. Había que incrementar la producción agrícola, pero limitar la «plétora» inútil de profesionistas. Por eso Cárdenas destruyó la autonomía de la educación superior, aunque, según Weyí, le dio un giro científico para contribuir a la reconstrucción técnica del país.

También el arte debía servir a los propósitos pedagógicos. En Jiquilpan se levantó, al poco tiempo, la estatua de don Hilario de Jesús Fajardo, aquel maestro merced a quien el gobernador había adquirido la devoción por los árboles. El pintor Fermín Revueltas recibía la encomienda de pintar dos murales en el Palacio de Gobierno; Encuentro de Hidalgo y Afórelos en Charo e Indaparapeo y Celebración del Primer Congreso Constituyente en Apatzingán. Y desde la hermosa finca Eréndira que poseía en Pátzcuaro, Cárdenas podría contemplar la inmensa figura de Morelos que se erigía ya en la isla de Janitzio. Nuevas greyes, nuevos sacerdotes, nuevos seminarios, nuevo Evangelio, nuevos santos, nuevos símbolos sobre una misma mentalidad.

No contento con la casi absoluta pacificación de la zona cristera a partir de los arreglos de 1929 y la reapertura de las iglesias, Múgica incitaba en enero de 1930 a su querido «cabecilla» para que exterminara cualquier presencia del clero: «... mientras estos individuos queden en sus puestos en donde agitaron y revolucionaron, serán ellos los vencedores y no nosotros».

Desde los últimos meses de la guerra cristera -los primeros de su gubernatura-, la táctica de Cárdenas había sido la opuesta. En vez de colgar cristeros, procuraba convencerlos, amnistiarlos, presionarlos. Así había logrado la rendición del líder Simón Cortés, en diciembre de 1928. En Aguililla, Cárdenas había convencido al padre Ríos de treparse en un avión y gestionar la rendición de las tropas alzadas. Un hermoso testimonio popular recuerda los afanes de Cárdenas y su carácter, muy claro, de guardián sacerdotal:

«Cárdenas entregó el templo del Sagrado Corazón. Era teatro, allí estaba Hidalgo, Morelos y Benito Juárez en bulto. Y como el padre Ceja era amigo de Cárdenas ...

»E1 general le dijo al padre Ceja »—Cejita, te voy a entregar tu templo. Pero ¿cómo le vamos a hacer para los héroes que tenemos ahí de la patria?.

"Entonces el padre se aflige y luego el que venía de asistente o compañero del general dijo:

»—Yo me encargo, yo le prometo que no sufren un desperfecto».

Fomentó ampliamente la masonería, creando «el Gran Rito Nacional, logia herética que habría de manejar con fines políticos». Quería «emancipar a los obreros y sus familias para que, sin las tenazas del fanatismo confesional, puedan adentrarse en los planos de sus luchas clasistas con plena libertad espiritual». A su cercano lugarteniente Ernesto Soto Reyes le confesó alguna vez: la desfanatización «no interesa, lo que me preocupa es la cuestión social». Con todo, a mediados de 1932 Cárdenas introduce la ley reglamentaria del artículo 130 constitucional y limita a tres el número de ministros «de cualquier culto» en cada uno de los 11 distritos. ¿Por qué lo hace? Desde las Islas Marías, Múgica brinca de satisfacción: «incontrastable esfuerzo su gobierno para colocar entidad michoacana a la altura de estados más cultos y revolucionarios». Pero las razones de Cárdenas han sido otras: sus medidas agrarias... con la Iglesia habían topado. El sólo reaccionaba en represalia.

Ante su propio decreto, la actitud personal del gobernador era de tolerancia. Por desgracia, el gobernador no tenía el don de la ubicuidad. Los maestros del brazo político —la CRMDT— actuaban también, pero de modo agresivo. A ellos sí les importaba, ante todo, la desfanatización, y Cárdenas los dejaba hacer. En varias ocasiones la sangre llegó al río. En el pueblo indígena de Cherán, una Semana Santa, el choque entre fanáticos desfanatizadores y fanáticos produjo más de treinta muertos e incontables heridos Uno de los maestros radicales de la CRMDT, Salvador Sotelo, recordaba muchos años después: «Teníamos que representar un radicalismo, pues estaba muy metida la fama de los que se creyeran comunistas». En su desempeño como maestro en Ario hacia 1930, Sotelo tañía las campanas para desfanatizar y suministrar «sacramentos socialistas»; «Recibe la miel que la laboriosa abeja, símbolo del obrero, extrae el néctar de las flores, para que tu vida sea placentera». Diez años más tarde, desaparecida —por orden del presidente Cárdenas— la CRMDT, el profesor Sotelo se sentiría abandonado, traicionado: «Antes la fama de comunista ... pero no es posible ... Ahora yo he sacado en consecuencia que la ideología del pueblo es de ser muy adherida a la religión católica».

Entre 1917 y 1928 los gobiernos de la Revolución habían entregado en Michoacán 131.3 hectáreas a 124 pueblos. En sus cuatro años de gobierno, de septiembre de 1928 a septiembre de 1932, Cárdenas rebasó esas cifras: repartiría 141.3 hectáreas ociosas. Durante su gestión expidió una ley de tierras ociosas destinada «a aliviar la presión de solicitudes», otra de expropiación por causa de utilidad pública y una más sobre contratos de arrendamiento en las comunidades indígenas Mientras el Jefe Máximo declaraba en México que el ejido había fracasado. Cárdenas afirmaba: «No hay fracaso ejidal; lo que falta es que los campesinos cuenten con mayores elementos para cultivar la tierra ... el ejido ... será la base de la prosperidad del país» Los primeros en oponerse a la política agraria del gobernador fueron, por supuesto, los hacendados. A la mayoría no le asistía la razón, pero le sobraban los recursos: salvaguarda de tierras fértiles, buenos abogados, guardias blancas, sindicatos blancos, fraccionamientos simulados o preventivos, etc. Cuando la Cámara de Comercio, Agrícola e Industrial le pide en 1930 el cese del reparto, Cárdenas responde -siempre firme pero comedido- que faltaba aún mucho por dotarse y conmina «a los propietarios de dar facilidades al gobierno ...

convencidos de que no existe otra solución al problema agrario en Michoacán y en la República entera».

Tan enérgica o más que la de los hacendados fue la oposición generalizada de los sacerdotes. Un caso extremo: el padre Trinidad Barragán, de Sahuayo, imploró en público a Dios que «la tierra se tragara a los agraristas». Con todo, había otros sacerdotes contrarios al reparto ejidal -no al fraccionamiento- por razones menos viscerales, En San José de Gracia, por ejemplo, desde 1926 el padre Federico González había realizado por su cuenta el fraccionamiento en parcelas de la hacienda El Sabino:

«El padre Federico», escribe Luis González, «no considera herejes ni impíos ni malvados a los agraristas; no juzga al agrarismo desde un punto de vista religioso; lo condena apoyado en razones de índole económica y social. Basado en la corta experiencia de la vida ejidal en su pueblo y en los lugares próximos a él y en las opiniones adversas a la reforma agraria que propala la prensa periódica, no cree en la eficacia del ejido; lo considera causa de tres males mayores: la disminución de la productividad en las pequeñas propiedades; el mal uso de la tierra por parte de los ejidatarios y la división social que acompaña y sigue al reparto ... Se erige, pues, en apóstol de la pequeña propiedad. Congrega a su alrededor y unifica a cuatrocientos propietarios con el fin de contener el avance del agrarismo en la región de San José. Su lucha es contra el agrarismo, no contra los agraristas; en favor del parvifündio, no de la hacienda. Si presta su apoyo a los medianos propietarios es porque sabe que sus hijos serán pequeños propietarios» Lo más extraño de todo, a los ojos de Cárdenas, debió de ser la oposición de los propios peones acasillados al reparto. «La acción política del gobernado?», escribe un estudioso del periodo, «aunque beneficiaba a las masas campesinas, no tuvo eco en todas ellas.» En Sahuayo, población de ocho mil habitantes, había 15 agraristas. En Jacona, el agrarista Martín Rodríguez tuvo que traer gente fuereña para que aceptase las tierras. En Zacán, un testigo recordaba el día en que «los del gobierno» se habían apersonado para el reparto:

«Nosotros no habíamos pedido eso del ejido, ni sabíamos qué era eso. Por eso cuando llegaron los del gobierno pensamos que otra vez andaban buscando cristeros y no les creíamos nada y no queríamos aceptar lo del ejido ... Pero ellos ahí estuvieron hable y hable, cantándola finito, que si el gobierno era esto, que si el gobierno era esto otro ... Hasta dos o tres días se quedaron y nos dejaron los papeles» Pero el caso tal vez más dramático para Cárdenas fue el de la enorme hacienda de Guaracha, contra la que habían litigado sus propios antepasados maternos del pueblo de Guarachita. Las primeras solicitudes de tierra en Guaracha las hace un grupo de «norteños» llegados a la zona a raíz de la crisis del 29. Aunque los peones de Guaracha piden en masa que se castigue a los fuereños solicitantes, el 23 de julio de 1931 se publica en el periódico oficial la solicitud de dotación de ejidos a los vecinos de Guaracha. Por esos días se aparece en la hacienda el mismísimo gobernador. Heriberto Moreno,39 autor de un estudio ejemplar sobre la hacienda de Guaracha, recogería muchos años después los testimonios de primera mano:

«Vino a un convivio y les habló que qué era lo que querían; pero como aquí todos éramos católicos, rehusaron a ese reparto de tierras, sin saber si serían beneficiados o no ... La gente lo trató bien pues en realidad la gente no sentía odio ... el pueblo aclamó mucho a don Lázaro ... nomás se trataba de don Lázaro y la gente estaba quieta ...

Frente a él no se vido fsicj ninguna manifestación mala ... [aunque era natural que] toda la gente que trabajaba a gusto tenía que estar disconforme con la proposición, con lo que venía a ofrecer él».

«Alguien recordaba», apunta Moreno, «que don Lázaro no quiso probar alimento.» Mientras él les hablaba sobre la conveniencia del reparto -advirtiéndoles que, de no aceptarlo, tendrían que trabajar como jornaleros para los peones de los alrededores que ya estaban solicitando tierra-, la multitud en los pórticos gritaba: «Nosotros no queremos tierra sino culto». Corre la leyenda de que la vida de Cárdenas pendió de un hilo. No hay duda de que salió contrariado, pero no derrotado. La demanda de tierras firmada por el puñado de agraristas siguió su curso.

Antes de que, por el censo oficial, se comprobara que la abrumadora mayoría de los habitantes de Guaracha se oponía al reparto, la Comisión Agraria había recibido 27 pliegos con mil firmas censurando al zapatero Abel Prado -líder de tos agraristas- y a sus 16 amigos:

«Los agraristas no son ni seis y se dedican a otras cosas que no son la agncultura ... los que aparecen como agraristas son comerciantes, arrieros, zapateros ... ¿no tenemos derecho a ser escuchados y atendidos? ¿No es la voz del pueblo ... a quien se debe escuchar?».

Era la voz del pueblo pero, a juicio de la autoridad, la voz estaba equivocada o, peor aún, manipulada por el capellán y el hacendado.

¿Se oponían al reparto por miedo o por convicción? Lo cierto es que se oponían. El caso se prolongó hasta que en 1935 Cárdenas visitó, ya como presidente, el pueblo vecino de Totolán. Hasta allí llegaron los agraristas:

«Ya fuimos a Totolán, Isaac Canela, Antonio Andrade y otros.

Pensamos presentarnos primero a don Dámaso, que acompañaba a su hermano... Toda la gente de Totolán parecía que nos quería comer con los ojos... No nos dejaban pasar las mujeres... Entramos... Iba yo hasta temblando... Ya le hablamos al general. Estuve a ofrecerles toda la tierra para no agarrarles ni un metro y no quisieron...

»Y uno gritó:

»—Sí, general; y hasta lo querían matar.

"Entonces ya me animé y dije:

"-Esas gentes, como su ejército a usted, general, le son fieles a su patrón... Como el combate que tuvo usted con Bueina acá para el lado de Colima, que murieron al lado de usted todos los oficiales...

Así considere esa gente que son muy ignorantes y no saben.

"Entonces le habló don Dámaso... Mandó llamar a un ingeniero.

"—Dale ejido a Guaracha... ¿Cuántos habitantes son? "—Cerca de ochocientos padres de familia.

"—Dales para trescientos cuarenta o trescientos cincuenta... ¡Vete; ya hay ejido!.

»No hubo censo, no hubo política, no hubo nada; nada más una palabra de don Lázaro».

Todavía —agrega Moreno— cuando, el día 21 de octubre de 1935, se presentó «una nueva solicitud de dotación de tierras, bajo el nombre de "Tenencia Emiliano Zapata", fue difícil completar el número sugerido por "el General" en Totolán. Aún para esa fecha los "acasillados" se hallaban bajo el imperio de la duda y el temor de las amenazas...

¿Nunca habrían deseado ni llegarían nunca a desear una tierra que siempre fue del amo? El caso es que ninguno de sus antepasados había perdido el mínimo pedazo de tierra frente a la hacienda. Nadie jamás había transmitido, con la protesta por el despojo sufrido, el coraje por el rescate. No podían poseer una tierra que había pasado a ser, en su inmensidad, la medida de su mundo laboral, social, religioso y, para algunos, hasta físico. iQué difícil hubiera sido que aspiraran a poseedores estos poseídos por la tierra!".

La actitud de algunos se explica quizá con otra pregunta: ¿poseer una parcela ejidal era, en verdad, poseer la tierra?.

Las tierras que finalmente tocaron a la gente de Guaracha no fueron las mejores. Algunos prosperarían, otros no. Con los «tiempos nuevos» vendrían nuevos males: el abuso del crédito y el endeudamiento, la desigualdad entre ejidatarios como consecuencia del acaparamiento de parcelas, el cierre del molino de la hacienda, el desaliento, la emigración. Cuando crecía la Laguna de Chápala, la gente dejaba que el agua inundara las tierras de la ex hacienda. En los «tiempos viejos», recordaban los ancianos, la reacción había sido distinta: la gente ponía diques y costales. Con todo, el ejido crecería.

Pronto estarían las escuelas, los transportes, las clínicas y el ajetreo para probarlo.

A fines de 1913, en una de sus primeras correrías revolucionarias, Cárdenas había asistido a una entrevista de su jefe, el ex zapatista Guillermo García Aragón, con el cacique indígena de la zona de Cherán, Casimiro López Leco. Tuvo entonces la primera noticia de los contratos leoninos celebrados por las comunidades propietarias de los montes con el norteamericano Santiago Slade. Bajo presión y amenaza de los prefectos porfiristas, los representantes indígenas habían cedido su inmensa riqueza forestal por 99 años a precios ridículos. Veinticinco años después, al llegar al poder. Cárdenas rescató de manos extranjeras esa riqueza y la devolvió a sus dueños.

Sentía amor auténtico por los indígenas. Según su propio testimonio, nacía del cariño por su madrina, Angela, cuya madurez realzaba de modo dramático sus rasgos indígenas. Como gobernador no escatimaba tiempo para escucharlos, aconsejarlos y tratar de dirimir sus diferencias. Ya para finalizar su gestión, escribe a Múgica desde Paracho:

«Siento no poder permanecer mayor tiempo aquí. Pasaría con gusto un año. Ojalá y el gobernante entrante tuviera en su programa dedicar todo el segundo o tercer año de su gobierno estableciéndose en Paracho. Sería de enorme beneficio para la clase indígena, que tiene serios problemas como es la falta de enseñanza agrícola y su desarrollo industrial. Voy a dejar iniciada esta obra y la recomendaré con todo calor».

Por esas fechas la Estación de Cultura en Carapan había sido atacada con piedras y armas de fuego por indígenas que temían el atropello a sus costumbres. Al llegar Cárdenas, la plaza enmarcaba un espectáculo extraordinario:

«... se destacaban los colores intensos de los rebozos azules, morados o de otros tonos chillantes que enmarcaban los rostros morenos con los vientos albísimos de las guares [señoras] y yuritzquiris [doncellas]; y de las fajas bordadas de estambres que ciñen sobre la cintura de las mujeres, los rollos de paño de lana auténtica, plisada, que llevan como enaguas ... Los hombres estoicos y reservados parecían estar rememorando las gloriosas épocas del esplendor del Tiriácuri en el Imperio purépecha. Me encargó el señor gobernador les explicara que habían sido engañados por quienes les dijeron que aquellos misioneros de la cultura iban a quitarles la religión católica. Y les hiciera ver las enseñanzas que iban a impartirles a niños y adultos, para que vivieran mejor y con menos insalubridad y miseria. Comencé mi arenga en español, pero bien pronto me di cuenta que echaba agua al mar.

Entonces comencé a explicarles en nuestro dulce y armonioso idioma purepecha y el efecto fue mágico. Los rostros se transformaron en gestos de confianza, miradas de comprensión y sonrisas de reconocimiento   Y claro que entendieron y aceptaron mis explicaciones; y la reserva, la duda y la desconfianza, con que ven siempre las gentes que descienden de las culturas pre-colombinas a los mestizos, los blancos y sus acciones, se convirtieron en alegría ingenua y confianza plena».

Anguiano se engañaba un tanto: no era sólo el dulce idioma purepecha lo que disolvía la reserva, la duda, la desconfianza, sino la mirada sincera del hombre a su lado: «Tata Lázaro».

Como buen discípulo del presidente Calles, el gobernador Cárdenas media el progreso en metros lineales, cuadrados y cúbicos. Ejemplo de lo pnmero fue la extensa red de carreteras y caminos que inauguró e inicio. Su orgullo, claro, lo constituía la ruta México-Guadalajara que tocaría también Zitácuaro. Ciudad Hidalgo, Zinapécuaro, Pátzcuaro Zamora, Jiquilpan. En su periodo se abrieron las rutas de Morelia a Huetamo, Quiroga a La Huacana y Uruapan a Coalcomán. con brecha hacia Balsas. Se proyectó además el tren Umapan-Zihuatanejo y se terminaron campos de aterrizaje en varias ciudades.

Desde las Islas Marías, Múgica redactaba -con regular ortografiasu felicitación al ex discípulo: