VI

Reformar desde el origen

Plutarco Elias Calles

 

Su nacimiento fue irregular, de ahí que amara apasionadamente el orden, lo inviolable, lo que debe y no debe hacerse.

Thomas Mann, Los diez mandamientos de Moisés


Linaje perdido

 

«Elias» no era sólo un apellido en el estado de Sonora: era la divisa de una gran dinastía terrateniente que en sus múltiples ramas llegaría a poseer 250.0 hectáreas y a fundar otros troncos, no menos ilustres y poderosos: los Pesqueira y los Salido. El padre fundador, Francisco Elias González de Zayas, oriundo de La Rioja, España, había llegado a fines del siglo xvm y se había dedicado con gran éxito a la minería en Alamos y Arizpe. Su único hijo, José Francisco, recibió en herencia el amplio valle de San Pedro Palominas, que permaneció en abandono durante la primera mitad del siglo XIX, hasta que pasó a manos de su bisnieto, el coronel liberal José Juan Elias Pérez. Los tiempos, sin embargo, no eran propicios para hacer fructificar aquellas treinta mil hectáreas y otras haciendas menores propiedad de la familia. El coronel Elias, que en 1857 se había destacado en la batalla contra el filibustero norteamericano Henry A. Crabb, muere en 1865 tras un combate contra las fuerzas imperialistas de Maximiliano. Su esposa, Bernardina Lucero, quedaría a cargo de ocho hijos pequeños.' A partir de la muerte del coronel, la familia Elias Lucero enfrenta épocas difíciles. Plutarco, el hijo mayor, entonces de apenas dieciséis años, estudia leyes y hace una modesta carrera política, primero, en 1872, como diputado al congreso local por el distrito de Ures, y dos años después como prefecto de Guaymas. Pero su verdadera ocupación, abrumadora, es la de albacea de una herencia familiar mermada día con día por la desatención, los ataques apaches y el abigeato. En 1882, luego de desprenderse del rancho San Rafael del Valle, la familia Elias Lucero poseía aún 34.0 hectáreas en San Pedro Palominas y otras 39.0 divididas en varias haciendas, pero la Ley de Baldíos del año siguiente vuelve a mermar su patrimonio: sólo entre 1883 y 1884 pierde más de veinte mil hectáreas por inactividad. Al terminar el siglo, la Cananea Copper Co., la enorme empresa del coronel Greene, completa el desmembramiento comprando buena parte de San Pedro Palominas.

Sólo dos de los hijos del coronel Elias no pudieron abrirse un camino de reconstrucción familiar. Del pequeño Abundio, raptado por los apaches, no volvió a saberse. Plutarco, el mayor, inicia desde muy joven una honda caída en el agobio y el desánimo. Nunca se casó. En 1872, en Ures, procrea un hijo con Lydia Malvido: Arturo. Cuatro años más tarde, en Guaymas, se une temporalmente con María de Jesús Campuzano y tiene dos hijos: Plutarco, nacido el 25 de septiembre de 1877, y María Dolores. No tardaría en abandonar Guaymas y establecerse en San Pedro Palominas, dejando a sus hijos a la buena de Dios (en el que no creía). La economía familiar se le había venido encima como avalancha que nunca pudo detener. Desde joven encontró el mejor refugio en el alcohol.2 En cambio, tres de sus hermanos, Rafael, Alejandro y Manuel (nacidos en 1853, 1861 y 1862 respectivamente), levantarían cabeza. Alejandro llegaría a ser excelente administrador en Guaymas. En ausencia de Plutarco, él bautizó al pequeño Plutarco más de un año después del nacimiento de éste. Por su parte, Manuel regresa desde muy joven a San Pedro Palominas y se dedica a criar ganado, a plantar frutales y a vender vino y abarrotes. En 1893 adquiere extensos terrenos en el municipio de Fronteras. En 1894 se une con Francisca Pesqueira, con quien tiene un hijo y tres hijas, para los que construye en 1902 una espléndida casa en su hacienda de Fresnos. A principios de siglo, además de sus labores agrícolas, Manuel criaba ganado en grande, poseía una agencia aduanal en Douglas, Arizona, y comercios en Fronteras.

Era la imagen misma de la estable prosperidad. El otro hermano de Plutarco, Rafael, tuvo una vida casi legendaria, digna de una película de John Ford. En vez de regresar a San Pedro Palominas, cruza de muy chico la frontera hacia California. Pasa un tiempo en San Francisco; trabaja en una mina de plata en Baja California; en Pinos Altos, Chihuahua, lo contrata un minero inglés primo de la reina Victoria. En 1880, con un buen bagaje de aventuras y experiencias, regresa a San Pedro y se dedica a exportar leña a Bisbee, Arizona. Conoce tiempos de cosecha y tiempos de sequía. En 1885 se acerca al célebre indio Gerónimo y presencia mutilaciones de apaches y cristianos. En 1895 se casa con Celsa Pesqueira y procrea tres hijos y una hija. Como el de su hermano Manuel, su ascenso económico es vertical: en lugar de vender su porción de San Pedro Palominas, permuta una parte por un rancho estupendo. San Rafael. Con el tiempo seguiría dando pruebas de su inmensa vitalidad: morirá en 1953, a los cien años.

El pequeño hijo de Plutarco Elias Lucero, nacido en Guaymas, no que imparte en 1888 el profesor Benigno López y Serra en la Academia de Profesores. Observa de cerca el conflicto educacional entre la Iglesia y el gobierno. Es, por convicción, festivamente ateo. («De niño, cuando fui monaguillo», recordaría decenios más tarde, «me robaba la limosna para comprar dulces.») La profesión que escoge, la de maestro, es una de las más prestigiadas en aquella sociedad remota y poco poblada. Sin contacto real con el humanismo europeo o la Ilustración, muy lejos de las verdaderas corrientes literarias y espirituales del siglo, la pedagogía parecía en Sonora el principio y el fin del saber humano; suerte de religión laica —clara, disciplinaria, racional y metódica— en la que se vindicaba un cientismo abstracto y casi literario, ajeno a la práctica experimental, pero no exento de cierto rigor formatívo.5 Uno de los primeros productos de la nueva pedagogía sonorense es Plutarco Calles, inspector, en 1893, de las Juntas de Instrucción Pública en Hermosillo, profesor en la Escuela n.°l para Varones y ayudante de párvulos en el Colegio de Sonora un año después. En esa institución y en ese año conoce a Adolfo de la Huerta, originario de Guaymas, como él, y con quien sostiene este diálogo revelador:

«—Me dicen. Plutarco, que usted es de Guaymas.

»—SÍ, soy de Guaymas.

»—¿De qué familia?.

»—De la mía» En 1897, a los veinte años de edad, regresa precisamente a Guaymas, donde un año después imparte clases en el quinto año de la Escuela n.° 1, edita la Revista Escolar y dirige la escuela de la Sociedad de Artesanos «El Porvenin>. Ha vuelto a ver a su fantasmal padre y ha adoptado ya su verdadero apellido, pero sin renunciar al «Calles». Ese año, el padre lo saca de Guaymas —«porque el cabrón anda muy enamorisqueado»— y lo lleva a Arizpe. Al poco tiempo se regresa a Guaymas, desorientado y ya un poco alcohólico, como su padre. De entonces data un poema suyo, prescindible para la historia de la literatura guaymense pero revelador de un profundo conflicto de identidad. Su título es «Duda», y en alguna de sus estrofas se lee:

 

... las claridades.

de mi alma y mi conciencia.

en noche has convertido.

espectro aterrador.

 

Y dejas mi cerebro.

en caos convertido.

y dejas a mi alma.

en medio del dolor.

 

El caos y el dolor tenían doble origen: la ilegitimidad y el desorden, ambos causados por su padre. Plutarco Elias Calles era ilegítimo para la sociedad en la medida en que su padre jamás se casó, sin embargo lo era más aún ante la religión; de ahí, quizá, que su manera de disolver la ilegitimidad fuese negar la potestad religiosa.7 El otro factor, el desorden paterno, se había traducido en un permanente abandono, pero de sus consecuencias profundas el joven Elias Calles apenas comenzaba a percatarse.

En 1899 el caos empieza a disolverse. Plutarco toma un camino distinto del de su padre: se casa, por lo civil únicamente, con Natalia Chacón, y un año después comienza a procrear una extensa familia.

Por cerca de dos años se desempeña, sin fortuna, en varios empleos:

además de maestro es tesorero municipal del puerto de Guaymas (que deja de ser por un supuesto fallante), inspector general de educación (que deja de ser por otro supuesto fallante) y administrador del hotel México, propiedad de su medio hermano Arturo Malvido Elias (puesto que abandona al incendiarse el hotel). En 1902 decide hacerse labriego.

«Más tiene el rico cuando empobrece...», y a su padre le quedaban todavía unas nueve mil hectáreas en Santa Rosa, cerca de Fronteras.

En 1903, la Secretaría de Fomento le otorga los documentos de adjudicación correspondientes. Plutarco Elias Calles planta trigo, papa y maíz, buscando remolcar, a destiempo, la economía paterna y viendo, con afecto pero con una secreta envidia, la próspera estabilidad de sus tíos y primos.

La suerte no le sonrió. El labriego Calles —recuerda Jesús Cota Mazón, que lo conoció entonces— se encontraba muy pobre «por no saber sembrar y todos los años perdía». La maquinaria agrícola que empleaba «para el servicio del negocio tampoco servía». En 1906 le escribe a su cuñada:

«Tantas noches de no dormir bien no es para estar del todo contento, sin embargo soy muy testarudo y yo nunca paro de golpear hasta no salir con la mía. Este año tengo una siembra que si la logro, me repongo del todo, y si no, jamás le daremos de nuevo».

En la agricultura, jamás le dio de nuevo. En 1906 solicita, sin éxito, una concesión minera. Ese año lo visita en Santa Rosa su amigo Santiago Smithers y lo persuade de encargarse de la gerencia del molino harinero Excéisior que había adquirido en Fronteras. Calles acepta. Cuatro años más tarde, en 1910, el Banco de Sonora embarga el molino. Calles tiene la oportunidad de sembrar un «ejido» de once mil hectáreas vecino a Fronteras que el gobierno le había concedido un año antes, pero prefiere iniciar en Guaymas un nuevo negocio con Smithers: Elias, Smithers y Compañía, compra-venta de pasturas, semillas y harinas. En el almacén de aquel negocio se llevaron a cabo algunas reuniones del maderismo guaymense, con el que Calles simpatizaba. Tampoco faltaron allí las sesiones espiritistas a las que varios sonorenses eran aficionados. En abril de 1911 el negocio cierra. Por un momento, Elias Calles desfallece y vuelve al alcohol, pero «no deja de golpear hasta no salir con la suya». No tenía, en efecto, otra salida.

Para 1911 habían nacido ya sus hijos Rodolfo, Plutarco, Natalia, Hortensia y Ernestina. Sin embargo, algo más urgente lo llamaba: construir, con disciplina pedagógica, una vida opuesta a la de su padre.

 

El general fijo

 

En septiembre de 1911, en Agua Prieta, sin abandonar su nuevo comercio -pequeño almacén en el que había de todo: maquinaria, abarrotes, vinos-, el maestro Calles estrena profesión: el gobernador, José María Maytorena, lo nombra comisario.9 A su ya acumulada aunque no muy fructífera experiencia de empresario, maestro y labriego, se aunaba ahora un trabajo de control político y hasta policiaco, parecido al de los famosos sherijfs de Arizona. La responsabilidad principal del «Viejo», como sus amigos le decían, era mantener el orden y administrar la justicia y la aduana. Muy pronto comienza su labor de limpia: reorganiza la cárcel y la sede de la comisaría, crea un salón escolar y mantiene a raya a algunos rebeldes. Los cónsules del gobierno maderista en Douglas y Laredo lo acusan ante Maytorena de conspirar contra el régimen; pero Maytorena, que lo sabe enérgico, disciplinado y de una pieza, lo apoya. Su comportamiento durante la rebelión orozquista le da la razón.

Al sobrevenir la Decena Trágica, Calles no vacila. La indecisión nunca ha sido rasgo suyo. Después de poner un telegrama al gobernador Maytorena en el que lo llama a rebelarse, instala a su familia en Nogales y coordina cuanto antes el reclutamiento de volúntanos en Douglas. Tan temprano como el 5 de marzo de 1913, y al mando de un pequeño regimiento que le reconoce «su calidad de intelectual mejor preparado para organizar las fuerzas y dirigirlos a todos». Calles entra al país y proclama: «Son preferibles las tempestades que provoca la rebelión popular a las consecuencias de una paz sostenida por los fusiles de una dictadura militap>.

El mando general del ejército sonorense estaba a cargo de Alvaro Obregón. En el norte, el jefe de operaciones era Juan Cabral; en el centro, Salvador Alvarado, el buen amigo de Calles; en el sur. Benjamín Hill. Ya con el grado de teniente coronel, Calles ocupa Agua Prieta, y el 16 de marzo emprende su primera acción de guerra: la toma de Naco. Obregón había desautorizado la maniobra, pero su telegrama llegó tarde. La acción fracasa. Calles permanece en Nogales organizando el abastecimiento de armas mientras Obregón comenta«Calles no se acerca al peligro, va a pedirle chinche a Arnulfo Gómez para que lo ayude».

En agosto de 1913 el gobernador Maytorena regresa de su licencia y reclama el mando. Los jefes del movimiento que habían reaccionado de inmediato contra Huerta reprobaron desde el principio aquel exilio para el que Maytorena invocaba razones de salud, pero que ellos atribuían a la indecisión y aun a la cobardía. Con la llegada de Maytorena, Calles está a un paso de dejar el mando, pero lo salvan su tenacidad y la llegada de Venustiano Carranza a Sonora. En octubre apunta ya el distanciamiento entre Carranza y Maytorena y se ahonda más cuando el Primer Jefe nombra secretario de Guerra a Ignacio Pesqueira, gobernador interino. El 1.° de diciembre Calles recibe su ascenso a coronel. Se le ve muy cerca de Carranza. Entre ambos fluye una comente de simpatía mutua. No es casual: los dos son tenaces. reconcentrados, reflexivos, disciplinados, enérgicos " Mientras Maytorena se inclinaba cada vez más a aliarse con su compadre Pancho Villa y defender así la soberanía de su estado en marzo de 1914 el coronel Plutarco Elias Calles es designado comandante militar de la plaza de Hermosillo y jefe de las fuerzas fijas de Sonora. Todas las semillas de la guerra civil, o cuando menos las de la anarquía, estaban plantadas y ni uno ni otro lo ignoraban. Calles no pierde instante en minar el poder del rival: le cierra un diario le quita su guardia personal y escribe a Carranza: «Tenga usted confianza en mis actos y en mi adhesión». Maytorena, sin embargo no se cruza de brazos. Con apoyo de sus jefes yaquis -proletariado militar de la zona- hostiliza a Calles hasta provocar su repliegue al norte del estado.

En junio de 1914 Villa y Obregón, cada quien en su corredor se apuntan grandes victorias. Carranza sabe que el rompimiento con Villa -y seguramente con Maytorena- llegará tarde o temprano. De ahí que reciba con particular agrado las continuas muestras de adhesión ÍTS^' y atlenda la '•"gerencia q"e le hace Alvarado sobre la necesidad de mantenerlo fijo en el bastión sonorense. En el efímero acuerdo al que Maytorena y Obregón llegan en agosto de 1914 en presencia de Villa, Obregón accede a incorporar a sus fuerzas las de Calles y a trasladar a Chihuahua las de Maytorena. Al cabo de un mes Villa y Maytorena rompen definitivamente con Carranza, lo que vuelve a fortalecer a Calles, que de modo incidental visita al Primer Jete en la ciudad de México durante las fiestas patrias A fines de septiembre de 1914, Calles regresa a Sonora y pasa por Agua Prieta. De lejos, ve a su padre: sentado en una poltrona y entre tragos de mezcal, platica con un muchacho. Este, muchos años después, recordaba las palabras del viejo Plutarco:

«—... aquél es Plutarco... Se cree gran cosa porque es coronel. Chiflaron a don Porfirio y ahora creen que van a ganar la Revolución...

pero no van a ganar nada, les van a pegar —continuó después de echarse un pistito.

«Recuerdo que el coronel Calles iba muy apresurado. Pasó, vio a su padre sentado y lo saludó de lejos alzando el brazo derecho. Don Plutarco le correspondió y se fue levantando de su asiento lentamente, mirándolo alejarse. Noté que se emocionó... casi le rodaban las lágrimas al viejito mientras se sentaba de nuevo en su poltrona y volvía al pisto».

El viejo murió tres años después, en Agua Prieta. Había terminado viviendo entre un hotel y el hospital. Las enfermeras le sacaban las botellas de licor escondidas bajo las almohadas.

El 1.° de octubre se inicia en Naco el enfrentamiento definitivo entre callistas y maytorenistas. Estos, diez mil hombres y los imprescindibles yaquis, ponen cerco a Naco por el larguísimo lapso de 107 días. Calles y Benjamín Hill, con sólo ochocientos hombres, organizan ejemplarmente la resistencia. Hacen instalar todos los servicios bajo tierra, construyen alambrado y trincheras, prevén todos los detalles: provisiones, transportes, armas, teléfono, alumbrado, agua, etc. La ciudad queda inexpugnable por sur, este y oeste. Por el norte lindaba con la frontera norteamericana.

Después de resistir victoriosamente en Naco, el general brigadier Elias Calles permanece en Agua Prieta adiestrando brigadas y viendo acción intermitente contra fuerzas maytorenistas, durante el año 1915, en Fronteras, Moctezuma, Gallardo, Anivácachi y Paredes. El 4 de agosto de 1915 Carranza lo designa gobernador interino y comandante militar del estado de Sonora. Aunque de inmediato pone manos -e ideas- a la obra de gobierno, que es, ahora lo sabe, su auténtica vocación, todavía debe enfrentar un último problema, mucho más temible que los yaquis de Maytorena.

En 1.° de noviembre de 1915 un reportero norteamericano se acerca a Pancho Villa:

«—General Villa, ¿atacará usted Agua Prieta?.

»-Sí, y los Estados Unidos si es necesario ... Pancho Villa peleando, sí, peleando duro, tal vez más duro que nunca.

»—¿Y cuándo?.

»—Eso es cosa mía.

>'—¿Cuántos cañones trae?.

"—Cuéntelos cuando estén rugiendo» El parte oficial que Calles rinde el día 4 para informar a la superioridad de su victoria es un ejemplo de orden y claridad intelectual:

ideas generales, condiciones del enemigo, detalles topográficos, análisis de las condiciones propias, alternativas, ejecución del plan, órdenes mapas y resultados. En esencia, los dieciocho mil Dorados de Villa se habían estrellado contra el cuidadoso emplazamiento de minas, alambrados, fosas y atrincheramientos dispuestos por Calles, que resistió con menos de la cuarta parte de hombres; 223 villistas quedaron muertos en las afueras. Calles escribió a Obregón: «El jefe de las fuerzas asaltantes no llevó a la práctica sus altisonantes promesas de la víspera». Días después, en el pequeño pueblo de San José de la Cueva, Villa asesinaba a mansalva a todos los varones, incluido el cura'. Entre ellos había varios de apellido Calles. Aunque el sonorense no olvidó el agravio, para él lo de Agua Prieta se había sellado completamente. Para Calles era el fin de la Revolución armada y el comienzo de su revolución personal, de su dictadura pedagógica.


El maestro dicta

 

El mismísimo día en que tomó posesión de la gubernatura de Sonora, Calles dio a conocer su amplio programa de gobierno, prueba de que había aprovechado todos los resquicios de inactividad para pensar en la «revolución de ideales y las reformas hacia el progreso» que ahora presentaba al pueblo. Después de asegurar que respetaría las garantías individuales y las libertades políticas —guiño al Primer Jefe—, adelantaba sus proyectos. Como el buen profesor que en el fondo seguía siendo, reformaría antes que nada la instrucción publica, abriendo escuelas en todos los lugares de más de 500 habitantes, obligando a las compañías mineras o industriales a instalar escuelas e instaurando, por su parte, un sistema de becas, bibliotecas, gabinetes, escuelas normales y de adultos, etc. Como buen comisario que había sido, reformaría la justicia, promoviendo una nueva legislatura civil y penal.

Como no tan buen labriego que había sido, pero que sentimentalmente seguía siendo, reformaría la agricultura, principal elemento de riqueza nacional por «la abundancia de ríos y la bondad de las tierras»; promovería mejores sueldos, así como la subdivisión de las grandes propiedades, y crearía un banco agrícola oficial del estado de Sonora. Y su proyecto no quedaba allí: abriría caminos nuevos, conservaría los antiguos, favorecería la competencia comercial en beneficio del consumidor, propondría un nuevo régimen fiscal, crearía instituciones de beneficencia, inculcaría hábitos de aseo mediante conferencias públicas y además impulsaría el mutualismo entre los obreros Cuatro días después de tomar posesión, suelta la primera bomba:

un decreto que, de haberse cumplido al pie de la letra, hubiese llevado a su padre a la tumba dos años antes de tiempo. El decreto prohibía la importación, venta y fabricación de «cualquier cantidad» de bebidas embriagantes. La pena era de cinco años, pero a fin de demostrar que iba en serio, el gobernador Calles ordenó el fusilamiento de un infeliz borrachín en Cananea. En el alud de decretos, pronto se mezclaron otros de clara intención moralizante: suprime el usurario contrato de retroventa, prohibe los juegos en que medien apuestas y autoriza a la policía a aprehender no sólo a los tahúres sino a los mirones; concede amnistía a los seguidores del «felón Villa» y clausura las «planchas» (sitios de tortura) en las penitenciarias La moralización tenía que llegar a la política y la historia. En 1916, Calles priva de la ciudadanía a las «tribus errantes y las de los ríos Yaqui y Mayo entretanto conserven la organización anómala que hoy tienen sus rancherías y sus pueblos». En otro decreto, hace pasar al dominio público todos los bienes de quienes hubieran prestado apoyo moral o material a Orozco, a Huerta o al gobierno de la Convención. Para depurar el servicio público, en mayo de 1916 distribuye entre los empleados públicos un cuestionario con preguntas como ésta:

«¿Cuál fue la injerencia que usted tomó en la lucha política sostenida por el general Plutarco Elias Calles contra José María Maytorena cuando dicho militar estuvo en la capital del estado procurando combatir la traición maytorenista?» Todas las promesas de su programa de gobierno se tradujeron, casi de inmediato, en decretos. Se ordenaba una vasta creación de escuelas, se establecía el catastro, se publicaba una completísima Ley Orgánica de los Tribunales del Estado, se fijaba el sueldo mínimo para jornaleros y peones y, como gran novedad compulsiva, se declaraba de utilidad pública la explotación de todas las fuentes productivas del estado (minas, industrias, terrenos) que permaneciesen inactivas. Una cuidadosísima Ley de Ingresos para el año 1916 apareció el 31 de diciembre del año anterior. El rubro más atendido seria el de Instrucción Pública (el 22 por ciento). Cuando, en mayo de 1916, ocupa por unos meses la Jefatura de Operaciones Militares del estado, y Adolfo de la Huerta se convierte en gobernador interino. Calles tiene en su haber 56 decretos: había emitido casi seis por mes. Un año más tarde, el 25 de junio de 1917, toma posesión como gobernador constitucional, puesto que ocupa casi de modo permanente (con un breve paréntesis en 1918, cuando deja el poder a Cesáreo G. Soriano) hasta mayo de 1919, fecha en que Carranza lo designa secretario de Industria, Comercio y Trabajo. (En enero de 1920 renunciaría al cargo para incorporarse a la campaña política de Alvaro Obregón.) Si hubo quien dijera que del decreto al hecho había mucho trecho, muy pronto se tragó sus palabras. No sólo promulgó en su periodo cinco grandes leyes reglamentarias (la de Juntas de Conciliación y Arbitraje, la de Indemnizaciones, la de Administración Interior del Estado, la de Trabajo y Previsión Social, y la Ley Agraria), sino que sus hechos fueron tan firmes como sus dichos. Basten algunos ejemplos. Habiendo promulgado una Ley Obrera, combate férreamente toda agitación: expulsa del estado a varios simpatizantes de la organización anarquista IWW (International Workers of the Worid) y ordena el fusilamiento de un viejo luchador social: Lázaro Gutiérrez de Lara. A los yaquis, «remora fatal para el adelanto del estado», los combate sin tregua, pero lo mismo a las compañías norteamericanas Wheeler y Richardson, que acaparaban tierras inactivas. Una de sus medidas más radicales, de hecho sin precedentes en todo el país, fue expulsar de Sonora a todos los sacerdotes católicos, sin excepción.

Pero su obra más personal no es destructiva sino pedagógica: inaugura la Escuela Normal para Profesores (enero de 1916), organiza un congreso sobre pedagogía (junio de 1916), abre 127 escuelas primarias y, en el mismo periodo preconstitucional, concibe un proyecto que le es entrañable: las escuelas Cruz Gálvez de Artes y Oficios para los huérfanos de la Revolución. Hacia agosto de 1917 circuló en Sonora un manifiesto, «Por la redención de la raza», firmado por el general Calles, en el que explicaba el sentido de esa obra y solicitaba cooperación para ampliar su labor: se trataba de construir dos grandes edificios —uno para señoritas, otro para varones— por medio de suscripción pública:

«Hace menos de dos años, en 1915, fundé la Escuela de Artes y Oficios para Huérfanos, que hoy lleva el nombre de "Cruz Gálvez", impulsándome a ello las repetidas observaciones que al recorrer los distintos puntos del estado pude recoger en cuanto al número verdaderamente crecido de niños huérfanos o abandonados que encontré en casi todos los lugares. Todos esos niños, privados de todos los auxilios tanto morales como materiales, y entregados a una vida miserable y dolorosa, estaban necesariamente destinados a sufrir las eventualidades y vicisitudes consiguientes a su miseria y falta de educación, y probablemente también destinados, en gran parte, a engrosar el contingente ya demasiado numeroso proporcionado al crimen por el alcohol y tantos otros factores antisociales.

"Vivamente sentí desde luego la necesidad de contrarrestar tan grave peligro, no sólo como un sentimiento elemental de piedad, sino como un acto de defensa colectiva y como un deber sagrado de reparación de la misma sociedad, cuya imperfecta organización no en poca parte contribuye a producir semejantes males. Concebí así la idea de crear un asilo que, además de arrebatar a la indigencia y sin duda a la corrupción a aquellos seres infelices e inocentes, pudiera convertirlos en elementos de orden y de progreso devolviéndolos más tarde a la misma sociedad ya hombres, aptos para el trabajo y moralmente fuertes y sanos».

La raíz personal es evidente: funda las escuelas Cruz Gálvez —llamadas así en honor de un lugarteniente suyo, caído en campañapara prevenir y reparar en la sociedad el abandono que él mismo había sufrido. De ahí que en el decreto número 12, que anunciaba la creación de las escuelas, advirtiese que en ellas se protegería «a todos los huérfanos en general» y sin distinción de partidos políticos.

Hacia 1920, aquellas dos escuelas contaban ya con sendos edificios. El de varones albergaba a 468 alumnos, todos internos. El de señoritas, a 396 alumnas, entre ellas las propias hijas de Calles. Se cursaban seis años de primaria y enseñanza industrial. Los hombres aprendían oficios como la carpintería, la agricultura o la mecanografía.

En la primera se formó una banda de música; en la segunda, una orquesta. Al referirse al gobernador, todos, ellos y ellas, le decían «Papá Calles» Por su parte, «Papá Calles» —a diferencia siempre de su pobre padre que, aunque alcohólico y desobligado, había sido, según recuerda Hortensia Calles, simpático e inteligente— nunca desatendió a sus niños, empezando por los propios, incluido Manuelito Elias Calles Ruiz, nacido, como él, fuera de matrimonio a mediados de 1920. Repitiendo la historia del padre, la corregía. En cuanto a los huérfanos de las Cruz Gálvez, la prueba de su devoción está en una carta del 7 de noviembre de 1919, enviada desde la ciudad de México al director de sus escuelas:

 

«Muy estimado amigo y compañero:

»No puede usted imaginar el placer que me ha proporcionado con su apreciable de fecha 17 del próximo pasado de octubre, en la que me informa del triunfo obtenido por la orquesta de niñas de la escuela Cruz Gálvez, en la velada que tuvo verificativo en el teatro Noriega, la noche del 12 del mismo mes, con motivo de la celebración de la Fiesta de la Raza.

»Los éxitos y los fracasos que tengan en las escuelas Cruz Gálvez los considero como míos, y gozaré con los primeros y sufriré con los segundos; así es que su carta ha venido a proporcionarme un momentó de satisfacción en esta vida de lucha, y más he apreciado su noticia por ser la primera que me viene de Sonora, y que se relaciona con los trabajos de la escuela que tanto quiero.

"Tiene usted razón en asegurar que nuestra orquesta sinfónica es la primera en la República, pues no hay otra igual y ojalá llegue a ser la primera de la América, para orgullo de Sonora.

»Yo soy profano en materia de música, y tal vez por esto, o por el cariño que siento para mi escuela, la orquesta de la ópera me parece menos dulce, menos impresionante a la formada por nuestras niñas. Aplaudo sus entusiasmos; la obra de usted es meritoria, pues la música es un factor valiosísimo para formar almas buenas. Siga usted adelante sin desmayar; yo tengo la firme creencia que encontrará usted apoyo en el actual gobernador, nuestro amigo el señor De la Huerta. No hay día en que no esté mi pensamiento con ustedes, y me complace en tener sus noticias; así es que espero no se olvidarán de mí y estaré dispuesto a ayudarlos en todo lo que me sea posible ...

»Con recuerdos cariñosos para todas las niñas, quedo su amigo y compañero que lo aprecia.

"General Plutarco Elias Calles».

 

Se ha dicho, y con razón, que el gobierno de Calles en Sonora fue un laboratorio político que anticipaba su actitud como presidente.

Se ha dicho también, con menos razón, que el motivo profundo de Calles al emitir ese alud de leyes y decretos, y al forzar su cumplimiento, fue fundar otra vez la historia, como si el mundo recomenzara. Calles, es cierto, funda escuelas; pero su acción no tiene, como tendrá la de Vasconcelos, una raigambre apostólica. Calles no busca convertir ni salvar en el sentido trascendente de ambos términos. Es el maestro en el poder que, aprovechando toda la experiencia práctica acumulada —su ilegitimidad, su abandono, su vida de maestro, empresario, labriego, administrador, comerciante y comisario- busca re-formar, desde el origen, a la sociedad. Calles no funda de nuevo el mundo; no clausura su pasado, sino que lo integra racionalmente y lo devuelve, purificado e imperioso, a la sociedad.


Turco, severo y mental

Plutarco Elias Calles fue secretario de Gobernación durante casi todo el periodo presidencial de Alvaro Obregón. Su temperamento era casi el opuesto al de su jefe. Este es xpansivo, jovial, intuitivo, nervioso, sanguíneo, contradictorio; aquél, por el contrario, introvertido, seno, reflexivo, aplomado, racional, congruente. Su gruesa voz inspira respeto. Es y parece fuerte, ecuánime e inflexible. A veces sonríe, pero casi nunca ríe. Su cara, como la razón, es simétrica. Hasta el furibundo Bulnes se pliega ante su catadura: «El general Calles tiene buen físico de dictador ... su carácter es de dominador de fieras y pisoteador de sapos ...». El encargado de la legación francesa en México escribe: «Es realista y frío, de espíritu claro y voluntad firme». Por momentos su ceño adopta un aire casi siniestro. Uno de sus contemporáneos hace esta descripción:

«Es hombre corpulento, ancho de hombros y de actitud sombría.

Bien podría uno decir: he ahí un bloque de granito humano. Su cara es dura, ajada, de rasgos agresivos; máscara de bronce que raramente se relaja. Sus ojos son pequeños, hundidos y sin expresión. Su pelo negro ya tiene toques de gris y su bigote recortado parece fuera de lugar en una cara tan severa».

Una de sus mayores cualidades como político es el silencio, que dio origen a una conseja popular: «En el hablar es parco/Plutarco». El silencio y la mirada. Calles no ve: taladra. «Con una mirada», decía Indalecio Prieto, «le hace a uno su biografía.”.

En circunstancias distintas de las que el país vivió entre 1920 y 1928, Calles y Obregón hubiesen chocado. Pero la historia y la política, más que la simpatía o la amistad, los unieron. De nuevo Ramón Puente, el espléndido biógrafo de la Revolución, describe mejor que nadie la extraña dualidad:

«No hay manera de quebrantar esa dualidad. Calles comprende a fondo el espíritu de Obregón. Todo su instinto de psicólogo y toda su práctica pedagógica parece haberlos dedicado a sondear ese espíritu. Lo entiende y lo sobrelleva como a un niño; lo penetra y lo domina como a un hombre. Y todo ese conocimiento, oculto tras del más completo hermetismo; y todo ese poder, disimulado bajo la discreción más perfecta.

"Obregón no llega nunca a conocer a Calles. No es su especialidad sondear almas. Es astuto, desconfiado, memorista para no olvidar ningún detalle, de viva percepción y de acción decisiva, pero no es profundo. A veces se pone la máscara de un actor para conseguir despistar, pero no tiene máscara auténtica: es indiscreto con las pupilas y la boca. Por mucho que escudriña no traspasa el hermetismo de Calles. Toda su desconfianza se queda ante el dintel de un misterio, o ante la vacilación de una duda».

En el fondo, Obregón desprecia a Calles porque la vara con que mide a los hombres es puramente militar. Calles es para él «el general menos general entre los generales». En el fondo también, Calles tiene en menos a Obregón porque la vara con que mide a los hombres es ante todo mental. No se hubiese atrevido a emitir un juicio sobre Obregón, pero debió de pensar que carecía de programa. Con todo, siempre se necesitaron mutuamente y guardaron las formas y la cordialidad. En una sola cosa se parecían mucho: ambos eran devotos de la vida familiar.

A mediados de 1923 Calles se retira una temporada a la hacienda de Soledad de la Mota, en Nuevo León, propiedad de su hijo Plutarco. Allí se solaza inaugurando una escuela y dando la primera lección. Se sabe ya el elegido para suceder a Obregón y se aparta para reflexionar sobre lo que será su gobierno. (Esos repliegues pensativos serían una constante en años posteriores.) A pesar de las adhesiones que logró, su origen irregular sigue dándole —¡a sus cuarenta y seis años!— dolores de cabeza. Algunas personas le atribuyen origen musulmán, otras corren el rumor de que tiene sangre siria. Por eso en Sonora le llaman «el Turco». Para los mexicanos, todos los de levante son turcos. Sea cierto o no el rumor, Calles exhibe rasgos orientales. El rumor llegó a la difamación. Calles aparecía como «descendiente vergonzante de un camellero turco». ¿Por qué no respondió a los ataques con una declaración tajante y sobria? Quizá por no darle más importancia o por no caer en la provocación.

O porque no tenía él mismo una idea clara de su linaje más allá de su abuelo liberal. O, lo más probable, por negarse a revelar, a esas alturas, la ilegitimidad e irregularidad religiosa y social de su origen.

Antes de asumir la presidencia de la República, entre agosto y octubre de 1924 Calles viaja por Europa con parte de su familia. Uno de sus propósitos es internarse en el sanatorio Grunewaid para tratarse de los agudos dolores de una pierna heredados del largo sitio de Naco. Ya en 1921 había visitado las clínicas Mayo, en Rochester, para curar una «ataraxia locomotriz». Pero su objetivo político no es menos importante: estudiar la organización política, económica y social de Europa; en particular, de la Alemania socialdemócrata regida por Fnedrich Ebert. Hasta entonces se consideraba a sí mismo socialista. Había sido el gran apoyo y consejero del gobernador socialista de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto. Su viaje a Europa lo volvería más ingeniero social que socialista.

En Alemania se acercó a industrias y cooperativas y pidió copia de cada instrumento de trabajo. Al poco tiempo, en su escritorio hojeaba, debidamente traducidos, documentos como éstos: «El reajuste de fincas rústicas en Prusia para su mejor explotación», «Carreras domésticas para las campesinas de Prusia», «Cooperativas agrícolas y crédito rural en Europa», «La organización Raiffeisen» (cajas de ahorro).

Sobre trabajo y organización industrial pidió estatutos, libretas de trabajo, talonarios y vales de toda índole, además de obras de interés general. Leyó Los consejos obreros en las industrias, y estudios sobre sociedades de consumo. En Hamburgo, Calles aprovechó también su pedagógica visita para declarar que México abriría los brazos a los inmigrantes europeos, incluidos expresamente los judíos. Su mensaje traspasó las fronteras de Alemania y llegó hasta algunas pequeñas ciudades polacas.

De Alemania se dirigió a Francia, donde Edouard Herriot, primer ministro radical socialista, lo recibió con honores. Quizá hubiese querido viajar a la Inglaterra de J. Ramsay McDonaId, pero se conformó con enterarse detenidamente del movimiento laborista. Simpatizaría a tal grado con éste que, años más tarde, en ocasión de una gran huelga, les enviaría doscientos mil dólares a los mineros del carbón, por cuenta del gobierno mexicano. Hubiera querido visitar también la Italia de Mussolini; no lo hizo, pero tomó buena nota del ascenso político de las masas. Así explica José C. Valadés su empeño en tomar posesión en el Estadio Nacional.

De Europa pasó a Estados Unidos, donde visitó al presidente Coolidge y asistió a un banquete en su honor organizado por la AFL (American Federation of Labour), en el que habló el famoso líder Samuel Gompers. Seguramente en Estados Unidos adquirió una obra que devoró: Las utilidades de la religión, del autor norteamericano Upton Smclair. Sus primeras líneas eran elocuentes: «Este libro es un estudio del culto de lo sobrenatural, desde un nuevo punto de vista como una fuente de ingresos y un escudo para el privilegio».

«El Turco» tomó posesión el 1.° de diciembre de 1924. Guiado por su larga y difícil experiencia vital, y después de observar con detenimiento la organización social europea, estaba seguro de conocer su lección. Ahora buscaría aplicarla.


Fase constructiva

 

«A mi juicio, y lo digo con toda buena fe», explicó Calles días después de tomar posesión, «el movimiento revolucionario ha entrado en su fase constructiva.» En los dos primeros años de su gobierno (1925-1926) ése fue, en efecto, su rasgo característico: repetir en el ámbito nacional, pero ahora ampliada y enriquecida, la labor de su anterior gubematura sonorense. Uno de los primeros «frentes» de acción fue el bancario y fiscal. Lo comandaba el ministro de Hacienda, Alberto J. Pañi, con quien colaboraba muy de cerca un joven brillante que había sido ya, durante el gobierno de Obregón, subsecretario de Hacienda y agente financiero del gobierno mexicano en Nueva York:

Manuel Gómez Morín. El 7 de enero de 1925 se apuntan un primer logro: la nueva Ley General de Instituciones de Crédito, que reforma la antigua ley limantouriana de 1897. Cinco días más tarde, se funda la Comisión Nacional Ranearía. En agosto se reúne la primera Convención Nacional Fiscal. En ella, Gómez Morín explica la filosofía económica del régimen.

«Después de tantos años de depresión económica, después de haber sufrido las consecuencias de una economía manejada sin concierto, la República empieza a ver claro su porvenir económico. La estabilización de un régimen político, la posibilidad de que este régimen organice una economía que en siete meses es. ya más importante que la que el otro régimen organizara en treinta años, la eficacia con que esa economía se empleará en unos cuantos días más para fundar el crédito público en México, las indiscutibles ventajas que se seguirán en el desarrollo del mercado de los productos nacionales con el hecho de que haya una institución que organice y controle el crédito, todo esto nos autoriza para pensar que México está en una nueva era de prosperidad económica.» Y en efecto, días después, el 1.° de septiembre, se realiza uno de los viejos sueños acariciados por todos los gobiernos mexicanos desde ei de Porfirio Díaz: el banco único de emisión, el Banco de México.

Gómez Morín, coautor principal de su ley y organización, escribía arrobado a su escéptico amigo José Vasconcelos:

«El Banco ha sido un éxito completo y entró, como dicen, con el pie derecho. El consejo es absolutamente independiente ... ¿No le parece admirable que haya sido posible fundar el Banco con sólo diez meses de ahorro?».

A Vasconcelos, por supuesto, no le parecía admirable, pero el tiempo le daría la razón a Gómez Morín. El Banco de México comenzó a operar en medio de la suspicacia general, con muy pocos bancos asociados, acosado por el recelo de la mayoría de las instituciones bancarias de la República y por la plaga de los generales que acudían a sus oficinas a pedir préstamos directos. Gómez Morín, presidente del Consejo de Administración, sabía que los primeros años serían cruciales, y optó conscientemente por una política conservadora: emitió cantidades muy reducidas de billetes, admitió que el Banco operase por un tiempo como un banco comercial más, fortaleciendo su crédito y persuadiendo poco a poco a los otros bancos de las ventajas de la asociación; concedió algunos créditos personales y sobrepasó el límite de sus préstamos al gobierno, pero junto a estas desviaciones avanzó profundamente en su consolidación. En su informe anual de marzo de 1928, Gómez Morín le profetizaba, con razón, una existencia larga y fructífera.

El 1.° de febrero de 1926, el gobierno de Calles dio otro paso en el frente de reconstrucción crediticia: fundó el Banco Nacional de Crédito Agrícola. Su creador, Gómez Morín, consideraba el nuevo establecimiento «una de las cosas más grandes que se han hecho en toda la Revolución». En él, Calles veía reflejadas las ideas que había traído de Alemania sobre sociedades cooperativas y cajas de ahorro RaifFeisen. La institución debía funcionar, de hecho, como un banco que refaccionara a las sociedades regionales y locales de agricultores y promoviera una gran descentralización agrícola.

En 1927 se habían formado ya 378 sociedades locales que contaban con diecisiete mil miembros. El Banco Nacional de Crédito Agrícola funcionaba con dinamismo pero acosado por la misma plaga del Banco de México: los generales. Para su desgracia, no se defendió como aquél: abundaron los llamados «préstamos de favor» a varios generales, y a uno sobre todo: Alvaro Obregón. Años después, al reflexionar sobre el destino irregular de la institución que fundó, Gómez Morín seguía pensando que el régimen tutelar por el que había optado era el correcto, y que la falla había sido otra muy diferente:

«Fue demasiada confianza en los hombres y un olvido completo del servilismo, de la cobardía o de la simple fuerza de las circunstancias que obligan en México a la gente a callarse cuando debieran rebelarse, o decir sí cuando debieran decir no».

En otros frentes de la vida material, el régimen callista avanzó con igual celeridad: Pañi racionalizó los presupuestos, introdujo una enmienda al servicio de la deuda extema y mantuvo las inversiones productivas (bancos, irrigación, caminos) y sociales (educación, salubridad) en el nivel más alto que podía. Era una pena, sin duda, y Calles y Pañi lo entendían así, que el ejército se llevase el 33 por ciento del pastel cada año. Pero los tiempos parecían exigirlo.

Los transportes eran un frente decisivo. Se dividían en dos partes: los ferrocarriles heredados del pasado y las carreteras que había que heredar al futuro. Para resolver de un plumazo el complejo problema de los ferrocarriles, abrumados por una deuda inmensa. Pañi discurrió su devolución a manos privadas, con lo que restaba la deuda ferrocarrilera —cerca de cuatrocientos millones de dólares— a la deuda nacional. El problema, por desgracia, tenía otras ramificaciones. En el papel, la empresa había visto crecer desde 1910 su volumen de carga, sus ingresos y el número de pasajeros, pero estaba muy lejos de alcanzar el 65 por ciento con que —en el mismo periodo— se había incrementado su planta de obreros y el 225 por ciento de aumentos salariales.

El problema financiero consistía en el exceso de personal, pero cualquier intento por resolverlo supondría pérdidas no de dinero sino de vidas. La operación, tal como se planteó al principio, tuvo que cancelarse. Y sin embargo, en otro ámbito, el gobierno de Calles se apuntó un gran logro: la terminación del Ferrocarril Sudpacífico, que unía Nogales, Hermosillo, Guaymas, Mazatlán, Tepic y Guadalajara.

En el proyecto carretero casi todo fue miel sobre hojuelas. Al principio de su régimen. Calles convoca a una junta de gobernadores en la que se decide la construcción de diez mil kilómetros de carreteras en apenas cuatro años. En septiembre de 1925 se crea la Comisión Nacional de Caminos, que trabaja con eficacia. El 19 de septiembre del año siguiente se inaugura la carretera México-Puebla, de 135 kilómetros, que debía seguir hasta Veracruz. Ese mismo año se abre la de Pachuca, que en el futuro entroncaría con la Carretera Panamericana, cuyo punto de partida sería Nuevo Laredo. El 11 de noviembre de 1927 el turista capitalino puede ya ir a Acapulco recorriendo 462 kilómetros. La fiebre carretera se contagió a otros lugares.

En Veracruz, por ejemplo, se concluyó el camino de San Andrés Tuxtla a Catemaco. Al final de su periodo. Calles podía estar satisfecho. Aunque la meta de diez mil kilómetros había resultado más que utópica, se completaron cerca de setecientos kilómetros de carreteras varias y sin mucho costo para el erario: el impuesto sobre la gasolina autofinanciaba, en buena medida, los proyectos.

Otro de los frentes principales de reconstrucción fue la irrigación. En enero de 1926 Calles expide la Ley Federal de Irrigación; pretende, por supuesto, aumentar la superficie irrigada, pero con ella bus^a también favorecer la pequeña propiedad y la colonización. Se creó la Comisión Nacional de Irrigación y se invitó expresamente a colonos de Hungría, Italia y Polonia. Los colonos recibirían dirección y consejo de expertos encargados de las granjas experimentales que se establecerían en cada caso. Hacia 1928 el gobierno de Calles había invertido veintiocho millones de pesos en varias presas. No en todas tuvo éxito, pero nadie podía negarle, al menos, el mérito de ser el iniciador. Junto a los bancos, las carreteras y las presas, que deberían impulsar el campo hacia la modernidad. Calles promovió un cuarto elemento, entrañable para él: la escuela. La labor educativa tenía varios niveles. En el primero estaba la escuela rural, y el nuevo apóstol de ellas era Moisés Sáenz, pastor protestante educado primero en Jalapa y más tarde en la Universidad de Columbia, que soñaba con hacer de la escuela el motor vital de la comunidad. Los libros clásicos y las Bellas Artes, instrumentos educativos del proyecto de Vasconcelos, cedían paso a un concepto más práctico y útil: higiene, deportes,' oficios. Calles resumía así el nuevo espíritu de las cuatro mil escuelas rurales que estaban en operación:

«Para el plan de trabajo dictado para las escuelas rurales se ha querido conseguir que la escuela rural llegue a ser el centro y origen de actividades sociales benéficas a la comunidad, siempre del todo alejadas de la política electoral o personalista, y que los conocimientos que los alumnos adquieran ... les abran nuevos horizontes de una vida mqor para la adquisición de habilidades manuales y espirituales que se traduzcan en aumento de su capacidad económica».

Los resultados efectivos de las escuelas rurales no fueron tan satisfactorios como esperaban sus inspiradores. Faltaba quizá espíritu apostólico en los maestros, pero sobre todo faltaba pertinencia en la labor educativa. Era absurdo, por ejemplo, enseñar a bordar grecas a campesinos que por siglos habían practicado el arte multicolor del bordado. La modernización, por lo demás, parecía encontrar barreras casi infranqueables. El propio Sáenz lo admitía con honestidad: «La vida cuaja en moldes viejos. El débil reflejo de la escuela se pierde en la penumbra del subconsciente».

En la ciudad de México, el régimen callista introdujo varias novedades educacionales: se abrieron las primeras escuelas secundarias, se consolidó un Departamento de Enseñanza Técnica e Industrial, y, por primera vez, se difundieron por radio clases prácticas de toda índole.

En la capital se instituyó también la Casa del Estudiante Indígena, para lo que, en principio, se trasladaron a aquélla doscientos indígenas monolingües. «Lo que yo propongo», explicaba Calles, «es ofrecer al indio la oportunidad de que se convierta en hombre verdadero.» De aquellos estudiantes se esperaba que regresaran a su tierra para transmitir todo lo «verdadero» que aprendieran en la ciudad: español, geografía, historia, deportes, higiene... Para decepción del régimen, al terminar los cursos ninguno volvió al terruño, y la Casa cerró sus puertas en 1932 sin percatarse de que, monolingües o no, aquellos estudiantes habían sido siempre «hombres verdaderos».

Entre todos los proyectos educacionales. Calles tenía una «niña de sus ojos»: las escuelas centrales agrícolas. No era el único que fincaba en ellas una gran esperanza. El joven Daniel Cosío Villegas, estudiante de agronomía en Cornell, pensaba que de ellas habría que «esperar la salvación de la patria». Su creador era un ingeniero agrónomo costarricense avecindado en México desde tiempos de la Revolución:

Gonzalo Robles. Además de tener notable preparación teórica. Robles había viajado por el mundo entero —con excepción de África— tomando notas sobre el desarrollo agrícola: Carranza lo había mandado a observar ranchos al sur de Estados Unidos, y Obregón a tierras más lejanas: Europa, Asia y América Latina. En Bélgica estudió la integración de sistemas comunicantes entre escuelas, bancos y cooperativas agrícolas. En Argentina observó el funcionamiento de empresas agrícolas e industriales. Era natural que Calles le otorgara, a su regreso, «derecho de picaporte».

El 16 de marzo de 1926 se expide la Ley de Escuelas Centrales Agrícolas y Bancos Ejidales. Aunque la politización terminaría por mermar sus beneficios y desvirtuar su sentido original, en 1927 se habían abierto ya en Durango, Hidalgo, Guanajuato y Michoacán escuelas dotadas de edificios, quinientas hectáreas con huertas y viñedos, establos y radio. Ese mismo año había 675 alumnos inscritos. Los bancos asociados contaban ya con 19.8 miembros y se habían formado 276 cooperativas.

En cierta ocasión, al inaugurar una de estas escuelas centrales, el presidente Calles y un periodista norteamericano miraban bailar a una pareja de jóvenes. «He ahí la materia prima de la cual estamos modelando el nuevo México», le explicó, y señalando a unos peones que se escondían a lo lejos agregó: «Esa pareja representa la evolución de aquellos tipos primitivos que ves allá». Más tarde, al clavar los ojos en la guardia de honor formada por estudiantes vestidos de caqui, emocionado, el ex labriego y ex maestro terminó por resumir su filosofía agrícola-educacional:

«Esto es lo mejor que se puede contemplar en México, pues esos muchachos son hijos de peones que viven en chozas de paja duermen en el suelo y andan descalzos todo el año. Las nuevas instituciones agrícolas permitirán a la nueva generación que se libere de esa esclavitud. Los colegios agrícolas constituyen, pues, el frente en mi guerra contra el arado de madera y todo lo que representa».

La fase constructiva tuvo otros frentes: modernización del ejército, elaboración de los primeros contratos-ley en la industria textil, leyes y campañas de salud pública, proyectos de vivienda, exaltación del deporte, guerra al alcoholismo, depuración de la estadística nacional y de nuevo, como en Sonora, un alud de leyes como la petrolera, la forestal, la postal y las de extranjería, comunicaciones, colonización pensiones civiles, migración, etc. El cuerpo de leyes más importante para Calles se elaboró en su periodo, pero entraría en vigor tiempo después _Se trataba de un nuevo código civil, al que llegaría a nombrársele Código Calles. Su propósito, explicaba el presidente, consistía en; «Socializar en cuanto fuese posible el derecho civil preparando el camino para que se convierta en un derecho privado social ... extender la esfera del derecho del rico al pobre, del propietario al trabajador, del industrial al asalariado, del hombre a la mujer ... [derogar] todo cuanto favorece exclusivamente el interés particular con perjuicio de la colectividad ...».

En una de sus cláusulas, el código borraba definitivamente la diferencia entre hijos legítimos y naturales: reformaba desde el origen.

La gran novedad del periodo de Calles fue la ampliación del papel económico del Estado. El régimen profiriano había intervenido ya en la economía, pero no con un sentido social. «¿Quiénes podían tender la mano a la pobre gente?», preguntó Calles a aquel reportero, y él mismo contestó: «una sola agencia: el gobierno.» El más serio historiador del periodo callista, Jean Meyer, escribe:

«Principal instrumento de capitalización de los recursos financieros, poder regulador, principal interlocutor con los grupos internacionales, el Estado con Calles se presenta inevitablemente como único intérprete del interés público, y empieza a definirse en esos años como una institución sui generis, con responsabilidades económicas directas y muy amplias ...». A falta de una clase social que remolcara el país hacia el progreso material, el Estado tenía que tomar la iniciativa creando bancos, presas, caminos, escuelas, leyes e instituciones para la sociedad. En la práctica, el conflicto de fondo estaría en esa pequeña preposición: para.

La biografía de Calles no determinó estas tendencias, pero sí les dio un perfil peculiar. La fase constructiva de la acción estatal callista tuvo fe en la escuela práctica y el trabajo agrícola como motores del progreso, de la «evolución». Eran los mismos motores que, a juicio de Calles, habían impulsado su personal evolución. Cincuenta años después, al reflexionar sobre esa etapa, Gonzalo Robles decía:

«Todas aquellas iniciativas parecen un fracaso si se les ve con microscopio. Pero si alejamos la vista podemos ver que han dejado un sedimento que fructifica. El progreso avanza por aluviones».

En el frente extemo, sobre todo en la relación con Estados Unidos, Calles dio la espalda a los Tratados de Bucareli e intentó volver a las posiciones de Carranza, que no eran otras que el apego a la Constitución. En la Cámara se discuten varios proyectos reglamentarios sobre petróleo. El más radical se debe a Morones, zar de la CROM e influyentísimo ministro de Industria, Comercio y Trabajo; el más suave lo patrocinan Pañí, ministro de Hacienda, y Aarón Sáenz, secretario de Relaciones. Las compañías petroleras se oponen a cualquiera de ellos, pero temen que se expida el primero. El embajador norteamericano, un halcón apellidado Sheffield, se muestra aún más pesimista: cree que México será, o es ya, el segundo país bolchevique de la Tierra: Soviet México.

El 12 de junio de 1925, el secretario de Estado, Kellogg, lanza la primera amenaza del periodo:

«Este gobierno continuará apoyando al de México solamente mientras proteja las vidas y los intereses americanos y cumpla con sus compromisos y obligaciones internacionales. El gobierno de México está ahora a prueba ante el mundo» Un año después, rotas las relaciones entré el gobierno y las empresas, se expide el reglamento petrolero. De haber contado sólo la opinión de los petroleros, los colonos norteamericanos o Sheffield, Estados Unidos hubiese invadido México. Pero otras fuerzas presionaban en Washington, junto a los intelectuales, la prensa y los demócratas del Congreso: el comercio y los banqueros, que sin ser hermanas de la candad, favorecían un arreglo pacífico.

El 10 de noviembre de 1926 The New York Times anuncia que el momento de romper con México ha llegado. A la querella petrolera se agrega ahora un choque internacional: México y Estados Unidos apoyan fuerzas políticas opuestas en Nicaragua. Estados Unidos prefiere a Díaz, México se inclina por el liberal Sacasa, y no sólo con palabras, como recuerda el general mexicano Escamilla Garza:

«El general Calles mandó dos expediciones a Nicaragua, una por el Pacífico y otra por el Atlántico. Yo iba al mando de tres barcos, el Foam, La Carmelita y el Johnson. Nos fuimos costeando para eludir a los barcos gringos. Luego de Puerto Cabeza acabalé quinientos hombres, la mayoría mexicanos. La otra expedición la encabezaba el general Irías. Después de 56 combates y escaramuzas, llegamos a los arreglos de Tipitapa con los americanos cuando ya casi tenían sitiada a Managua. Eran mis segundos los alemanes Federico Messer y Adolfo Miller» Para colmar el plato de quienes temían el avance del «Soviet México», llega Alejandra Kolontai, primera embajadora soviética en México. Sus primeras palabras debieron de causar un síncope a Sheffield:

«No hay en todo el mundo dos países con más afinidad que el México moderno y la nueva Rusia» En enero de 1927 el gobierno cancela los permisos a las compañías petroleras remisas a cumplir con el nuevo reglamento. El presidente Coolidge sostiene que al Soviet México -sentado desde antes en «el banquillo de los acusados»- le puede suceder lo mismo que a Nicaragua. El editorial del New York Times comenta las palabras «acto poco amistoso», con las que el Departamento de Estado se ha referido a la actitud mexicana frente a Nicaragua:

«Estas son unas de las palabras más graves del vocabulario diplomático. Jamás se usan oficialmente si no es como fórmula de la más extrema advertencia oficial y generalmente como preludio de un ultimátum, un rompimiento de relaciones o la guerra misma» La diplomacia mexicana no reacciona con bravatas sino con malicia: propone el arbitraje internacional de La Haya y cosecha simpatías en el Congreso norteamericano, donde cuenta la opinión favorable a México de los senadores Borah y La Folíete.

Arturo M. Elias, el medio hermano del presidente y activísimo cónsul general en Nueva York, informa que, por consejo de los escritores amigos de México, Carlos y Ernesto (Carleton Beals y Ernest Gruening), México debería emitir una declaración en defensa del derecho que asiste a ambos países de favorecer en Nicaragua el gobierno que cada uno considere democrático. La declaración funciona. Sólo un norteamericano de cada 40 —comenta The Washington News— quiere la guerra con México. Kellogg deja de usar el término bolchevique para referirse a México. A mediados de enero de 1927, en sus telegramas a Calles, el cónsul Elias emplea una palabra prematura: triunfo. En marzo de ese mismo año, el embajador mexicano Manuel Téllez viaja alarmado de Washington a México; pero precisamente cuando la situación se creía perdida y Calles contraamenazaba con un «incendio que ilumine hasta Nueva Orleáns», la tensión se desvanece, gracias, en parte, a un estupenda maniobra de contraespionaje. Los hombres de Morones interceptan en la embajada norteamericana documentos en los que se menciona una futura intervención. A los pocos días, sometido en el interior a ruegos cruzados, el secretario Kellogg admite en público el robo de esos trecientos documentos y baja el tono. Las compañías siguen solas su desafio a Calles, que no duda en cerrar los pozos. Sheffield deja la embajada. Parecía el triunfo de México. Lo era, pero sólo parcialmente Calles comprendió que no podía, en esas circunstancias, aplicar estrictamente la Ley Petrolera: no habría retroactividad. La Corte concede amparo a varias compañías. Coolidge instruye al próximo embajador, Dwight Morrow: «Manténganos alejados de una guerra con México». El 29 de septiembre de 1927 Calles y Coolidge inauguran una línea telefónica directa. A fines de octubre llega Morrow. Sabe bien, porque su amigo el famoso periodista Walter Lippmann se lo ha advertido, que en México no hay bolchevismo. Sus ideas, su táctica y, sobre todo, su actitud serían opuestas a las de Sheffield. Conciliar racional y cortésmente, evitar la prepotencia e identificarse un poco con las gentes y la cultura del país. Astucia y respeto De golpe y porrazo, Morrow, miembro de la casa J.P. Morgan, se colocó en el centro de la vida económica y política de México. Trabajó cerca del nuevo ministro de Hacienda, Luis Montes de Oca. Estudió los presupuestos y concertó una total reestructuración de la deuda externa, a fin de que México pudiese capitalizarse y crecer. En el conflicto petrolero, medió con Calles para que los fallos favorables a las compañías sentasen jurisprudencia y para reformar los artículos más delicados de la Ley Petrolera. Y como gesto de buena voluntad, logró que visitara México Charles Lindbergh, el famoso piloto que, en su Spirit of Saint Louis, había cruzado por vez primera el Atlántico. Lindy, el «Embajador del Aire», llegó a la ciudad de México entre vítores y develó en el Parque México de la colonia Hipódromo una placa alusiva que aún se conserva.

¿Había perdido Calles la partida? Sí, si se le juzga anacrónicamente, desde la perspectiva, muy distinta, de 1938. No, si se advierte la dificultad de sus circunstancias. En 1927 México sufría la caída vertical de los precios internacionales de sus principales productos (petróleo, metales industriales, plata) y una gravísima crisis interna: el conflicto religioso. Calles debió de considerar que México corría el riesgo de perder territorio. Su contrincante no era un hombre con sentido social como lo sería Rooseveit, sino Coolidge, quien proclama que «el negocio de Norteamérica son los negocios». Sería distinto tratar con un gobierno posterior a la crisis del 29; el de ese momento estaba en el ápice de la prepotencia y la fuerza.

Pero Calles ganó acciones más importantes, quizá, que la batalla del petróleo. Hizo que frente a México, al menos. Estados Unidos retirara la amenazada de invasión; disolvió el espantajo del «Soviet México»; redujo la dureza y la histeria de la diplomacia norteamericana.

Ganó hasta donde podía ganar.

 

México bronco

 

No fue 1925 un año de paz en el frente religioso, que cumplía más de una década en continua agitación. El 21 de febrero, con el auspicio de la CROM, se crea la Iglesia Católica Apostólica Mexicana; la encabeza «el Patriarca» Pérez, quien por un tiempo oficia en el templo de la Soledad. No era nuevo el propósito de crear una Iglesia mexicana al margen de Roma. Ya Ocampo lo había pensado. Lo nuevo era intentarlo en ese momento, cuando los poderes de la Iglesia y el Estado se enfrentaban con tirantez sin precedentes en todos los ámbitos abiertos por la Constitución del 17. Había campesinos que rechazaban las tierras que se les repartían y agraristas que exigían la apostasía para entregar una parcela. El auge del sindicalismo católico choca violentamente con la CROM. Pero el mayor conflicto sigue residiendo, por supuesto, en los artículos 3.° y 130. La Iglesia no los admite ni olvida los actos que en contra suya y de sus símbolos se habían perpetrado durante la Revolución. El gobierno callista, por su parte, se propone reglamentar e imponer el cumplimiento estricto de la Constitución. En 1925 la tensión entre los dos poderes crece en muchos estados. En mayo, una mujer apellidada Jáuregui, a quien se atribuye fanatismo desequilibrado, atenta contra la vida del presidente. Con todo, pese a la creación de la Liga Nacional de Defensa Religiosa, nadie entrevé con claridad lo que vendría.

Es 1926 el año del rompimiento. Durante todo 1925 Calles había esperado que los gobernadores se apegasen al texto constitucional, pero la discrecionalidad que observó terminó por decidirlo a tomar medidas más severas. En enero, pide al Congreso poderes extraordinarios para reformar el código penal, e introduce en él disposiciones sobre el culto. El 4 de febrero aparecen en El Universal declaraciones del arzobispo Mora y del Río contrarias a los artículos 3.°, 50, 27 y 130 de la Constitución. La Liga lo aplaude, pero el presidente no: «¡Es un reto al gobierno y a la Revolución!», le comenta a Roberto Cruz.

«No estoy dispuesto a tolerarlo. Ya que los curas se ponen en ese plan, hay que aplicar la ley como está.» Aunque Mora y del Río desmiente al reportero de El Universal y sostiene que aquellas declaraciones habían sido anacrónicas, Calles no cede: ordena a todos los gobernadores la inmediata reglamentación del artículo 130, lo que provoca clausura de escuelas, expulsión de sacerdotes extranjeros, motines, manifestaciones, choques... Se llega otra vez a extremos patéticos: el general Eulogio Ortiz fusila a un soldado por descubrirle en el cuello un escapulario Lagarde, el representante diplomático francés, observa los hechos de cerca y comienza a informar a su gobierno:

«De febrero a mayo el presidente, sobreexcitado por la actitud antipatriótica que atribuye al clero y que relaciona con la política amenazadora de Washington, actúa con extremado rigor ... perdiendo toda moderación, no ve en la resistencia opuesta a la ley otra cosa que la obra de viejas beatas, de curas sediciosos ...» Mientras el Vaticano aconseja moderación, los obispos dividen sus opiniones entre la dureza y la pasividad. En una carta pastoral solicitan que el gobierno de Calles siga los pasos del de Carranza y se avenga a reformar los artículos 3.° y 130. Calles responde a Mora y del Rio: «Quiero que entienda usted, de una vez por todas, que la agitación que provocan no será capaz de variar el firme propósito del gobierno federal ... No hay otro camino ... que someterse a ... la ley» El 2 de julio, el Diario Oficial publica la Ley Calles que reforma el código penal e incluye en él delitos relativos a la enseñanza confesional y cultos. El artículo 19, el más delicado, volvía obligatoria la inscripción oficial de los sacerdotes para que pudieran ejercer su ministerio.

La respuesta es inmediata. La Liga organiza con eficacia un boicot económico en varios estados. Por su parte, los obispos emiten una pastoral colectiva que anuncia la suspensión de cultos a partir del momento en que la Ley Calles entre en vigor. El halcón Sheffield, alarmado, informa a Kellogg:

«El presidente se ha vuelto tan violento sobre la cuestión religiosa que ha perdido el dominio de sí mismo. Cuando se ha tratado el asunto en su presencia, su rostro se ha encendido y ha golpeado la mesa para expresar su odio y hostilidad profunda a la práctica religiosa» El conflicto iba en escalada. Calles declara que, «naturalmente», no piensa suavizar siquiera las reformas y adiciones al código penal. Confiaba —según le dijo entonces a Lagarde— en que «cada semana sin ejercicios religiosos haría perder a la religión católica el dos por ciento de sus fieles» «Creo», declaró por esos días, «que estamos en el momento en que los campos van a quedar deslindados para siempre; la hora se aproxima en la cual se va a librar la batalla definitiva; vamos a saber si la Revolución ha vencido a la reacción o si el triunfo de la Revolución ha sido efímero.”..

Lo creía de verdad. Para Lagarde, Calles abordaba «la cuestión religiosa con un espíritu apocalíptico y místico ... [como] una lucha entre la idea religiosa y la idea laica, entre la reacción y el progreso». El 31 de julio los fieles se arremolinan en las iglesias en toda la República. Era el último día de cultos.

El 21 de agosto. Calles sostiene una larga entrevista con Leopoldo Ruiz, obispo de Michoacán, y Pascual Díaz, obispo de Tabasco y secretario general del Episcopado mexicano. En ese momento, los obispos muestran una actitud de conciliación y aun de cierta humildad.

Calles es lacerante, áspero; sus breves respuestas son siempre imperativas. Su visión del papel del clero en la historia de México es absolutamente negra, sin resquicios, de ahí que no conceda un solo punto a los obispos ni les lance, como le pedían, «una tabla para salvarnos».

La entrevista se inició tocando, desde luego, el problema: la reglamentación de los artículos 3.° y 130, y en particular el espinoso tema del registro oficial de sacerdotes:

«CALLES: El gobierno de México por ningún motivo faltará al cumplimiento de las leyes y esas presiones que están buscando en nada nos importan ... estamos resueltos a mantener la dignidad nacional a costa de lo que venga ... ¿Qué menos puede exigir el representante legítimo del pueblo, como es el gobierno, que saber quiénes están administrando sus bienes? ... Irremisiblemente tendrán que sujetarse.

»RUIZ: Contra los dictados de nuestra conciencia.

»CALLES: Sobre los dictados de la conciencia está la ley.

»DIAZ: Yo entiendo por conciencia lo que nos dicta nuestro sentimiento y entiendo por ley un ordenamiento de la razón. Por consiguíente, cuando mi conciencia me dice que una ley está contra la razón tengo el derecho de seguir el dictado de mi conciencia y no sujetarme a esa ley.

"CALLES: Leyes son las que están consignadas en los códigos y tienen que ser respetadas, tienen que ser obedecidas ...

»DIAZ: La ley ... puede reformarse ... con su apoyo ...

»CALLES: No soy yo quien va a resolver el asunto; es de la competencia de las Cámaras y con toda sinceridad les digo que yo estoy perfectamente de acuerdo con lo que marca esa ley que ustedes tratan de reformar, puesto que satisface mis convicciones políticas y filosóficas» La dura conversación tomó otros derroteros. Calles dijo que, «con toda franqueza», creía que el clero mexicano había evidenciado estar siempre del lado del opresor, que los misioneros católicos, en siglos, no habían hecho nada por auxiliar a los pobres. Los obispos sostenían razonamientos contrarios que Calles desechaba en primera instancia. Aunque indicó que «los actos de conciencia se juzgan en el curato», su argumento para no conceder una suspensión temporal en la aplicación de la ley era un argumento de conciencia: «No está de acuerdo con mi carácter decir algo que yo no siento. No puedo engañar al pueblo». Pero su verdadera convicción era política:

«No se hagan ilusiones; les repito que están perdiendo a los campesinos. Todas las agrupaciones de campesinos de la Revolución han protestado su adhesión a mi gobierno con motivo del último conflicto religioso y considerado a los sacerdotes como sus enemigos».

Los obispos buscan que Calles disimule, a la manera porfiriana, la operación de la ley. Había presidentes municipales que se sentían ya con el derecho de nombrar o remover sacerdotes. «¿De dónde viene el poder del sacerdote?», preguntó Díaz, a lo que Calles respondió:

«Para el gobierno no tiene importancia el poder a que usted alude ni lo reconoce». Si las leyes iban contra la jerarquía de la Iglesia y los obispos pedían tolerancia. Calles «debía advertirles» que la ley no reconocía ninguna jerarquía y él «no podía tolerar nada». Sus palabras finales fueron un reto:

«Yo les voy a demostrar que no hay problema, pues el único que podrían crear es lanzarse a la rebelión y en este caso el gobierno está perfectamente preparado para vencerlos. Ya les he dicho a ustedes que no tienen más que dos caminos: sujetarse a la ley ... o lanzarse a la lucha armada y tratar de derrocar en esta forma