V

El vértigo de la victoria

Alvaro Obregón

 

Porque dentro de la hueca corona que ciñe las mortales sienes del monarca, la muerte tiene su corte

Shakespeare, Ricardo II (ni, 2)

 

Fuegos fatuos

 

«En mi casa éramos tantos hermanos que, cuando había queso gruyere, a mí sólo me tocaban los agujeros.» Esta anécdota, una de las mil que solía contar, o inventar, el general Obregón, refleja con cierta precisión su origen. Alguna vez en la familia de Francisco Obregón y Cenobia Salido el queso gruyere había alcanzado para todos. Pero además de tener dieciocho bocas que alimentar, la política y la naturaleza no les habían sido propicias. En 1867 el gobierno liberal confiscó buena parte de las propiedades de la familia a causa de las simpatías que un socio de don Francisco había mostrado por el imperio de Maximiliano. Un año después, una terrible inundación se encargó de confiscar el resto. Para el año de 1880, cuando muere el padre y nace Alvaro, el último de los hijos, la hacienda de Siquisiva, reducto de la familia, estaba en plena decadencia.' Los primeros años de aquel benjamín transcurren en Siquisiva.

Además de la madre, lo crían tres hermanas, maestras de profesión, que nunca se separarían de él: Cenobia, María y Rosa. De niño aprende las faenas agrícolas y convive con los indios mayos. Uno de sus hermanos, José, dirige una escuela en Huatabampo. Alvaro cursa allí su educación elemental. Le atraen los libros y los poemas, pero la necesidad y una innata energía lo sacan de la escuela y lo arrojan a la vida.

A partir de la adolescencia, aquel muchacho se vuelve monedita de oro. Es bueno para todo y de todo aprende un poco. A los trece años es autoempleado: cultiva tabaco e instala una pequeña fábrica de cigarrillos llamada La América; forma con miembros de su familia una orquesta de la que es una especie de maestro de ceremonias; aprende fotografía y carpintería, pero pronto descubre su gran habilidad para la mecánica. En 1898 trabaja de tornero en un ingenio de Navolato.

Poco después es el mecánico as en el ingenio Tres Hermanos, propiedad de sus tíos Salido, prósperos hacendados de la región del Mayo, hermanos de su madre y muy cercanos a la triada «científica» que gobemaba Sonora: Izábal, Torres y Corral.2 Hacia 1904 prueba suerte como vendedor ambulante de calzado, y ese mismo año inicia, sin mucha fortuna, su carrera de agricultor. Después de algunos fracasos como aparcero debidos a las inoportunas inundaciones, en 1906, ya casado desde 1903 con Refugio Urrea, compra al gobierno federal una pequeña finca a la que le pone el nombre de La Quinta Chilla.3 En 1907, a los veintisiete años de edad, Alvaro Obregón empieza a ver claro su futuro económico. El garbanzo que cultiva en La Quinta Chilla lo va sacando poco a poco de la quinta chilla. Sin embargo la naturaleza es adversa en otro sentido, muy trágico: dos de sus cuatro hijos, entre ellos su primogénito, mueren a corta edad, y ese mismo año muere también su mujer.4 En 1909, viudo y con dos hijos pequeños —Humberto y Refugio, a quienes atienden las tres hermanas mayores que habían cuidado de él—, Alvaro Obregón da su primera gran campanada: inventa una máquina cosechadora de garbanzo que al poco tiempo se produce en serie y se vende a todos los agricultores de la región del Mayo. Cuando en 1910, con motivo de las fiestas del Centenario, Obregón hace su primer viaje a la ciudad de México, podía sentir el orgullo legítimo de su ya no tan modesta prosperidad.

El afán por levantar nuevamente la maltrecha economía de su familia fue sin duda la idea dominante en la vida temprana de Obregón, pero este esfuerzo no lo volvió un ser amargo. Al contrario: a una inteligencia creadora y despierta y una gran habilidad mecánica, se asociaba en Obregón un atributo genial: la memoria. Era capaz, por ejemplo, de recordar el orden completo de una baraja dispuesta al azar, con sólo ver las cartas una vez. En Navolato se había convertido en el más temible jugador de póquer, adivinador profesional de las mentes ajenas, a quien el dueño del ingenio le pagaba por no jugar.

Pero este hombre expansivo y trabajador, ingenioso e ingeniero por naturaleza, en quien todos reconocían prendas mentales extraordinarias, ocultaba una vertiente oscura, una estela de muerte.

Algo, quizá el fallecimiento de su padre cuando Alvaro contaba apenas unos meses, debió de impresionarlo hasta tal grado que llegó a la edad de cinco años sin hablar absolutamente nada, ni siquiera monosílabos. Aquel niño, que callaba y grababa todo en su memoria, reprimía una tensión que brotó por primera vez cuando una amiga de su madre lo llamó despectivamente «chango», a lo que el pequeño Alvaro respondió con humor y agresividad diciéndole «vieja loca». Los años pasaron con más alegrías que tristezas, pero, ya adolescente, Alvaro tuvo una nueva llamada dolorosa y extraña que lo marcó. Su hermana mayor. Rosa, la recordaba con una íntima tortura:

«Teniendo Alvaro como quince años, trabajaba en una hacienda de nuestro hermano Alejandro, situada como a treinta leguas de Siquisiva. Ambos dormían en una misma pieza, y una noche, estando ya dormidos, Alvaro despertó sobresaltado y quejándose en forma angustiosa. Alejandro despertó, y al darse cuenta de lo que le pasaba, se apresuró a preguntarle, azorado, la causa de aquello. Alvaro, ya vuelto en sí, le dijo que acababa de tener un horrible sueño en que había visto muerta a nuestra madre. La impresión de Alejandro fue terrible.

Con todo, trató de serenarse y de calmar a Alvaro, diciéndole que eso no pasaba de ser una pesadilla y que continuara durmiendo. Pero Alvaro ya no pudo dormir y el resto de la noche lo pasó en vigilia. Al amanecer, escucharon el galope de un caballo que se acercaba a la casa de la hacienda. ¿Pero qué sucedía? Era, nada menos, un enviado especial que llegaba a darles la triste noticia de que nuestra madre había fallecido en Huatabampo esa misma noche. Alvaro jamás olvidó esa pesadilla. Cada vez que la contaba se ponía sumamente nervioso y...».5 Rosa Obregón no agregó más, pero aquel «y...» hubiese confirmado, seguramente, la presencia obsesiva de la muerte en la vida y sueños de Alvaro Obregón.

El 23 de febrero de 1909 Obregón escribió un poema titulado «Fuegos fatuos», en el que se perciben ecos de las Coplas de Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / qu'es el morir; / allí van los señoríos / derechos a se acabar / e consumir. // Allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / e más chicos, / allegados, son iguales / los que viven por sus manos / e los ricos».

Si se deja a un lado todo juicio literario y se piensa en la tragedia familiar del hombre que lo escribía, «Fuegos fatuos» revela dos rasgos perdurables: un alma quebrada por la muerte y desdeñosa de la vida:

 

Cuando el alma del cuerpo se desprende.

y en el espacio asciende.

las bóvedas celestes escalando.

las almas de otros mundos interroga.

y con ellas dialoga.

para volver al cuerpo sollozando.

sí, sollozando al ver de la materia.

la asquerosa miseria.

con que la humanidad, en su quebranto.

arrastra tanta vanidad sin fruto.

olvidando el tributo.

que tiene que rendir al camposanto.

Allí donde «el monarca y el mendigo».

uno de otro es amigo.

donde se acaban vanidad y encono.

allí donde se junta al opulento.

el haraposo hambriento.

para dar a la tierra el mismo abono.

allí todo es igual; ya en el calvario.

es igual el osario.

y aunque distintos sus linajes sean.

de hombres, mujeres, viejos y criaturas.

en las noches obscuras.

los fuegos fatuos juntos se pasean.

 

La empresa militar "Estoy acostumbrado a luchar contra los elementos naturales: las heladas, el chahuixtle, la lluvia, los vientos, que llegan siempre inesperadamente. ¿Cómo va a ser difícil para mí vencer a los hombres, cuyas pasiones, inteligencia y debilidades conozco? Es sencillo transformarse de agricultor en soldado.»7 Estas palabras de Obregón a Juan de Dios Bojórquez describen con claridad su situación en 1912, al inicio de la rebelión orozquista, pero no en 1910, cuando estalla la revolución de Madero. No: no había sido tan sencillo transformarse de agricultor en soldado. Su experiencia de lidiar con la naturaleza lo ayudaba, pero su prosperidad reciente, sus pequeños hijos y hasta una no muy velada simpatía por don Porfirio lo disuadieron de incorporarse a la lucha inicial. Su sobrino Benjamín Hill, y como éste casi todos sus futuros compañeros de lucha, se lo reprocharían siempre acusándolo de advenedizo. Pero quien más se lo reclamaría sería él mismo. En 1917, en el prólogo a su apoteótico y no muy legible opus: Ocho mil kilómetros en campana, Obregón se atreve a confesar, con todas sus letras:

«Entonces el partido maderista o antirreeleccionista se dividió en dos clases: una compuesta de hombres sumisos al mandato del Deber, que abandonaban sus hogares y rompían toda liga de familia y de intereses para empuñar el fusil, la escopeta o la primera arma que encontraban; la otra, de hombres atentos al mandato del miedo, que no encontraban armas, que tenían hijos, los cuales quedarían en la orfandad, si perecían ellos en la lucha, y con mil ligas más. que el Deber no puede suprimir cuando el espectro del miedo se apodera de los hombres. A la segunda de esas clases tuve la pena de pertenecer yo».8 Se necesitaba valor para confesar, así fuera en plena victoria, su pretérita cobardía. El caso es que al triunfar el maderismo, y no antes, Alvaro Obregón se sube al carro de la Revolución. Su primera estación política fue la de presidente municipal de Huatabampo. Despues de perder las elecciones para una diputación suplente al congreso ocal, Obregón hace sus pinitos en política: su oponente tiene de su lado a la población urbana del distrito, pero Obregón pacta con vanos hacendados y con Chito Cruz, gobernador de los mayos, y logra que peones e indios voten por él. De toda formas, el resultado parecía incierto. Sólo el apoyo de Adolfo de la Huerta, para entonces ya maderista prominente, inclina la balanza a su favor.

Las pequeñas obras de riego y educación que intenta en 1911 apenas presagian su inminente ascenso. En abril de 1912, con la rebelión orozquista, llega su segunda oportunidad, la de ser más maderista que los maderistas originales. Esta vez no la dejaría escapar. En un santiamén reúne un cuerpo personal de trescientos hombres e integra el Cuarto Batallón Irregular de Sonora, bajo el mando del general Sanginés9 En unos cuantos días Obregón deja atónitos a sus jefes. Desobedeciendo órdenes -como Porfirio Díaz-, discurre maniobras de atracción, sorpresa y doble envolvimiento que le valen jugosos botines y ascensos automáticos. El mismísimo Victoriano Huerta, al conocerlo, dice: «Ojalá que este jefe sea una promesa para la patria». En un momento de la lucha, Obregón encuentra un cauce militar a su ingenio mecánico: desoyendo a sus superiores, que preferían el uso de trincheras colectivas, discurre, y en cierta medida inventa, que cada soldado cave su «lobera» individual, con ventajas de costo, tiempo y segundad. Dos años más tarde, en la primera guerra mundial, los ejércitos emplearían ese mismo método." El coronel Obregón había roto el tabú, había probado el fuego fatuo de la guerra que, a fin de cuentas, a sus ojos, se asemejaba al de la paz. La muerte había dejado de ser sombra o estela para volverse presencia cotidiana, casi compañera.

En diciembre de 1912,-el coronel Obregón pide su baja del ejército y vuelve a sus actividades agrícolas. La paz bucólica le dura dos meses. En febrero de 1913, un cuartelazo derriba al presidente Madero. Sin chistar, Obregón ofrece sus servicios al gobernador Maytorena, que por esos días pide licencia y viaja a Estados Unidos El gobernador interino, Ignacio Pesqueira, designa a Obregón jefe de la sección de Guerra y le permite entrar en campaña. El 6 de marzo de 1913, sale de Hermosillo con órdenes de apoderarse de los tres bastiones principales en la zona norte del estado: Nogales, Cananea y Naco Entre marzo de 1913 -cuando entabla sus primeras batallas fronterizas- y agosto de 1914 -en que entra a la ciudad de México al mando de un ejército invicto- Obregón despliega sus inmensas dotes naturales en una empresa más exigente que la cosecha de garbanzo. A cada paso lo sigue la fortuna, pero una fortuna escudada en el cálculo y la observación. En unos días doblega a los federales Kosterlitsky, Moreno y Ojeda. Su objetivo es avanzar hacia el sur y tomar Guaymas. Pero Obregón no es Villa: en vez de cargar, atrae, y, buscando alejar al adversario de su base de operaciones en aquel puerto, lo «obliga a distraer fuerzas en la protección de sus comunicaciones a retaguardia y lo hostiliza en combates parciales para causarle desgaste moral antes de presentarle batalla».

En mayo de 1913, después de una acción de doble envolvimiento concertado, derrota a Medina Barren en Santa Rosa. Días más tarde, tras realizar un estudio meticuloso del terreno y planear geométricamente cortes y bloqueos, hace trescientos prisioneros en Santa María y captura toda la artillería del enemigo. Sus lugartenientes más cercanos son Manuel Diéguez, Salvador Alvarado, Juan Cabral y Benjamín Hill. Todos habían sido maderistas de la primera hora, y algunos —como Diéguez— hasta precursores de la Revolución en Cananea, pero ahora se cuadraban, no siempre de buena gana, ante la autoridad legítima de Obregón.

Entonces, por primera vez, lo conoce el gran observador psicológico de la Revolución: Martín Luis Guzmán. Su estampa, como todas la suyas, aunque reticente, es memorable:

«La personalidad guerrera del jefe sonorense se destacaba como en perfil. Se le veía provisto, primeramente, de una actividad inagotable, de un temperamento sereno, de una memoria prodigiosa —memoria que le ensanchaba el campo de la atención y le coordinaba datos y hechos—, y muy pronto se percibía que estaba dotado de inteligencia multiforme, aunque particularmente activa bajo el aspecto de la astucia, y de cierta adivinación psicológica de la voluntad e intenciones de los demás, análoga a la que aplica el jugador de póquer. El arte bélico de Obregón consistía, más que todo, en atraer con maña al enemigo, en hacerlo atacar, en hacerle perder valentía y vigor, para dominarlo y acabarlo después echándosele encima cuando la superioridad material y moral excluyera el peligro de la derrota. Acaso Obregón no acometiera nunca ninguna de las brillantes hazañas que ya entonces habían hecho famoso a Villa: le faltaban la audacia y el genio; carecía de la irresistible inspiración del minuto, capaz de animar por anticipado posibilidades que apenas pueden creerse, y de realizarlas. Acaso tampoco aprendiera jamás a maniobrar, en el sentido en que esto se entiende en el verdadero arte de la guerra —como lo entendía Felipe Angeles—. Pero su modo de guerrear propio, fundado en resortes de materialismo muy concreto, lo conocía y manejaba a la perfección. Obregón sabía acumular elementos y esperar; sabía escoger el sitio en que al enemigo le quedaran por fuerza las posiciones desventajosas, y sabía dar el tiro de gracia a los ejércitos que se herían a sí mismos. Tomaba siempre la ofensiva; pero la tomaba con métodos defensivos. Santa Rosa y Santa María fueron batallas en que Obregón puso a los federales -contando con la impericia de los jefes de éstos- en el caso de derrotarse por sí solos. Lo cual, por supuesto, era ya signo evidente de indiscutible capacidad militar»." Con buena lógica, Obregón no ataca Guaymas: le pone sitio con una fracción de sus fuerzas y sigue su avance hacia el sur. El 20 de septiembre de 1913 Venustiano Carranza en persona lo designa comandante en jefe del cuerpo del Ejército del Noroeste, con jurisdicción sobre Sonora, Sinaloa, Durango, Chihuahua y Baja California.

Dos meses más tarde, en una acción ejemplar de mando, organización de fuerzas, apoyo de fuegos y aprovechamiento del terreno, secundado en forma sobresaliente por Ramón Iturbe, Obregón toma Culiacán. Durante la refriega lo hieren en una pierna, pero se burla de su lesión. Seguirían, a partir de entonces, casi cinco meses de inactividad bélica en su zona, tiempo que el Primer Jefe dedica a la organización política y militar de la Revolución, y que Obregón emplea, entre otras cosas, en apartar de Carranza al único militar que podía hacerle sombra: Felipe Angeles.

A Villa, sus Dorados lo seguían por convicción y apego a su persona, a su carisma, por el vértigo de «la bola» y, a veces también, por ver qué pescaban del río revuelto. A Obregón sus tropas no lo siguen por motivos mágicos, sino contantes y sonantes. La revolución sonorense es, más nítidamente que las otras, una empresa. Las tropas, en las cuales se destacan por su bravura los batallones de indios yaquis, dependen, para la subsistencia, más de un salario que de un botín.

Obregón, que conocía a los indios desde su infancia y había enganchado mayos para fines electorales en 1911, logró incorporar a su ejército varios miles de yaquis a cambio de un pacto: después de la victoria obtendrían satisfacción a su antiquísima demanda de tierras.

Obregón no sería el único jefe sonorense reclutador de yaquis, pero sí el principal, el más astuto y quien más provecho militar y psicológico les sacaría.

En abril de 1914 se reinicia la marcha. Mientras Villa deslumhra a la prensa nacional y extranjera con sus cargas anibalianas, en la costa del Pacífico Obregón avanza desplegando un arma de efectividad superior: el ingenio. En mayo de 1914, en la costa de Topolobampo, amenazada por el cañonero federal General Guerrero, ocurre un hecho notable. Por primera vez en la historia militar del mundo, el piloto Alberto Salinas, del ejército de Obregón, vuela en el biplano Sonora y ataca al cañonero adentrándose dieciocho kilómetros en el mar, a novecientos metros de altura.

En mayo de 1914, distanciado ya de Villa, Carranza ordena a Obregón apresurar su marcha hacia el sur. Obregón bloquea Mazatián, como lo había hecho con Guaymas, y sigue a Tepic, donde con ayuda de Lucio Blanco corta las vías del ferrocarril Guadalajara-Colima y aisla así a los sitiados en aquellos puertos. A principios de julio amaga simultáneamente posiciones al sur de Guadalajara y a la propia ciudad. En una batalla que conjuga sorpresas, flexibilidad y racionalidad, derrota a los federales en Orendáin, causándoles ocho mil bajas y apoderándose de 16 piezas de artillería, cinco mil fúsiles, 18 trenes y 40 locomotoras. Días después, con la aguililla de general de división concedida por Carranza, Obregón barre territorio rumbo a la capital. El 1.° de agosto llega a Teoloyucan, donde el día 13, sobre la salpicadera de un auto, firma los famosos tratados. Dos días más tarde, al mando de dieciocho mil hombres, entra a la ciudad de México.

Casi cuarenta años antes, los azorados catrines de la capital habían visto el desfile de los «torvos» y «siniestros» juchitecos del ejército personal de Porfirio Díaz. Ahora, no menos aterrados, contemplaban el desfile de los ejércitos norteños. Habían esperado la «invasión de cincuenta mil hombres vestidos con piel de tigre, feroces y hambrientos como lobos». La realidad fue un poco menos patética. Junto a los rancheros y mineros ataviados con su clásico sombrero de fieltro, sus pantalones caqui y polainas de vaqueta café, venían los yaquis, a «cuya bravura indudablemente se han debido los triunfos de los rebeldes de Sonora». Unos entraron tocando sus pequeños tambores; otros, escribe Jorge Aguilar Mora, «traían todavía la indumentaria con la que habían salido de Sonora: los mismos pantalones cortos de manta, los mismos huaraches, las mismas camisas bordadas, las mismas cintas de sujetarse el cabello.

Algunos se habían acostumbrado a las botas y otros habían aceptado el sombrero tejano, sin renunciar por supuesto a sus atuendos. Todos venían armados con carabinas Winchester 30/30 y aprovisionados con varias cananas de parque bien surtido; y ninguno había dejado su arco, su carcaj, su honda y su cerbatana, objetos pavorosos para el civilismo de los capitalinos».

 

Póquer a muerte

 

Aunque temblaba al ritmo de los tamborines yaquis, la ciudad de México temía mucho más la amenaza del «Atila del Sur»: Emiliano Zapata. De ahí que muchos viesen como una bendición relativa que un hombre «blanco», aunque no barbado, fuese el primero en «tomarla». No faltó, en efecto, quien comparara a Alvaro Obregón con Hernán Cortés. Pero las esperanzas de los catrines se esfumaron muy pronto. Obregón no venía como mensajero de paz sino de venganza.

¿Por qué? A diferencia de Villa, que tenía una relación puramente irracional con la muerte -la de los demás, más que la suya-, Obregón parecía haber concertado desde el principio un doloroso pacto con ella. No había abandonado «las delicias del hogar», como él decía, por el gusto festivo de incorporarse a «la bola», por convicciones democráticas o sociales profundas, ni siquiera por un cálculo pragmático. Un destino ineluctable lo había arrancado de aquellas «delicias».

Al tomar la decisión de incorporarse a la lucha como líder, había dispuesto con plena conciencia una suerte de cesión de su vida por adelantado. No jugaba con la muerte, pero la toreaba con indiferencia y desdén. En la campaña de occidente se había arriesgado varias veces hasta extremos de temeridad: no llevaba arma, no se inmutaba si una granada caía a unos cuantos metros de donde se encontraba, se aventuraba en travesías marinas, y cuando por fin, como en Culiacán, Ío herían, reaccionaba, según recuerda Martín Luis Guzmán, «burlándose de sí mismo porque las balas no parecían tomarlo demasiado en seno: "Me hirieron, sí; pero mi herida no pudo ser más ridicula: una bala de máuser rebotó en una piedra y me pegó en un muslo"».'9 Nada más significativo de ese pacto de Obregón con la muerte que las frases que solía emplear en sus manifiestos. Al iniciarse el movimiento constitucionalista, habla de los huertistas como de una «jauría» y agrega esta imagen: «Saciemos su sed de sangre hasta asfixiarlos con ella».

El 17 de noviembre de 1914, cuando el rompimiento entre Carranza y la Convención es definitivo y en el horizonte apunta ya la guerra civil, Obregón hace un llamado a «los verdaderos hijos de la patna, que despreciando de nuevo la vida» refrendaban, como él lo hacia, el pacto con la muerte. El 4 de diciembre, después de salir de k ciudad de México -que ocuparían por unos meses las fuerzas de la Convención-, vuelve a utilizar la palabra clave, tinta de todos los pactos mortales: «¡Siempre será poca la sangre que un pueblo derrame en defensa de sus libertades!».

Pero ¿quién era el culpable del pacto?, ¿a quién cobrárselo? «Todos los que andamos en este asunto», le había dicho alguna vez Obregón a Carranza, «lo hacemos por patriotismo y por vengar la muerte del señor Madero.» Al oírlo. Carranza debió de quedar desconcertado. Para él la contienda significaba mucho más que una vendetta y mucho más amplia que un «asunto de patriotismo»; era una causa histónca parecida a la de Juárez, que involucraba a la nación por entero: su soberanía, sus leyes, su orden interno, su destino. Tampoco Zapata peleaba por venganza y patriotismo vago, sino por «matnotismo»: el de la tierra. Muchos otros jefes revolucionarios tenían razones o justificaciones más o menos complejas: idealistas, sociales, morales, pragmáticas, festivas.

Para Obregón la cuestión era, en cierta forma, sencilla: la Revolución no era asunto de teorías sino de guerra. A los tres días de su llegada a la capital, Obregón acude al Panteón Francés paia rendir homenaje a Madero, el apóstol por el que su conciencia le reclamaba no haber luchado. Junto a la tumba, frente a los diputados del bloque renovador, que a sus ojos se habían portado cobardemente cuando el sacrificio de Madero, entrega su pistola a María Arias -mujer que protestó en público por los acontecimientos de febrero de 1913- con estas palabras desafiantes: «Entrego mi pistola a María Arias, el único hombre que hubo en la ciudad de México cuando el cuartelazo áe Huerta».2' Parecía que Obregón, al castigar la cobardía de la ciudad de México, castigara su propia duda inicial de 1910 y de ese modo lavara su error. Parecía que la ciudad hubiese sido la elegida para pagar el inmenso costo moral de aquel pacto suyo con la muerte. Por eso, ademas de las responsabilidades objetivas de la capital, que en efecto existían, Obregón había venido a castigar a «la tristemente célebre ciudad de México», y en ella sobre todo al clero, a la clase burguesa y a los extranjeros. Su memoria constituía la mejor aliada de su venganza:

en Tepic había sido objeto de un ataque del diario El Hogar Católico. Como muchos lugartenientes del constitucionalismo, Obregón estaba en la inexacta idea de que el clero fue apoyo importante para Huerta y un cáncer histórico en la vida nacional. Con esos antecedentes, su decisión es inmediata: primero impone al clero un pago de medio millón de pesos, destinados a-la Junta Revolucionaria de Auxilios al Pueblo; más tarde encarcela y expulsa de la capital al vicario general Paredes, junto con 167 curas.

A los ricos de la ciudad les fue peor. Obregón recordaba que empresarios como Pugibet —dueño de la cigarrera El Buen Tono— habían aplaudido a Huerta como el salvador de la patria. En respuesta, impuso una contribución extraordinaria, exigible a nacionales y extranjeros, sobre capitales, predios, hipotecas, profesiones, ejercicios lucrativos, derechos de patente, agua, pavimento, atarjeas, carruajes, automóviles de alquiler y particulares, bicicletas, etc. A los acaparadores los trató aún con mayor dureza: so pena de confiscación, les dio cuarenta y ocho horas para entregar el diez por ciento de sus mercancías de primerísima necesidad: maíz, haba, petróleo, manteca, velas de sebo y carbón.

No fue más blando con los extranjeros: recordaba que casas como la Wagner Levien y Sucs. habían aportado dinero a Manuel Mondragón. Al enterarse del impuesto extraordinario, varios negociantes se reúnen en el teatro Hidalgo. De pronto aparece el general Obregón y les advierte que no quedarán exentos de la observancia de las leyes mexicanas: «Así ya no tendremos que cuadramos ante cualquiera que fume opio o masque tabaco ... El hambre de nuestro pueblo no traspasará nuestras fronteras».

Afuera del recinto una triple valla de soldados, con cartucho cortado, escolta a Obregón, quien además de exigir medio millón de pesos en gravámenes, impone a los extranjeros un tributo moral: barrer las calles.

En medio de la tensión anticlerical y xenófoba, no faltó, por fortuna, un momento chusco. Se cuenta que en una de las juntas a las que citaba Obregón para forzar la circulación de los billetes carrancistas, un comerciante español tomó la palabra (la escena debió de ocurrir en febrero de 1915; la ciudad había sido ocupada ya por las tropas villistas y zapatistas):

«-Considere usté, señor general, que estos billetes hoy tienen un valor y mañana no lo tienen, porque entran unos y son buenos, pero entran otros y ya no valen los billetes de las tres cantas.

»E1 general Obregón escuchó la protesta con asombro y preguntó:

"-Óigame usted, ¿cómo que billetes de "tres caritas»? Dirá usted billetes de "dos caritas», el señor Madero y don Abraham González porque "tres caritas" no los hay.

"-Cómo no. señor general, ¡tres caritas! La del señor Madero la de don Abraham González y la carita que nosotros ponemos cuando los recibimos y cuando nos dicen que no valen. ¡Dígame usté si no son "tres caritas"!».

Obregón festejó la ocurrencia y dejó ir al gracioso, no sin advertirle que, de seguir hablando sobre los billetes de «tres caritas» mandaría aprenhenderlo por falsificador. En ningún momento fue más clara su valentía que al enfrentar a Villa en septiembre de 1914 Por voluntad propia se mete en la boca del lobo, y no una sino dos veces. Acude en plan de conciliación, pero también para ver de cerca a su potencial enemigo. Lo observa, lo estudia, lo mide. Villa despliega ante el su poderío militar y Obregón aprovecha para fotografiar ese despliegue en la memoria. Cuando sobreviene el primer conato de fusilamiento, Obregón juega póquer con su vida y manipula a su enemigo, pidiéndole, casi como un favor, que proceda a fusilarlo. Aquel póquer -más bien ruleta rusa- siguió por algunos días, sin que Obregón bajara sus cartas ni su vista. Cuando el cónsul norteamericano en Chihuahua le franquea una salida a El Paso, Obregón se niega por dignidad... y por temeridad. Villa lo deja irse, pero lo hace regresar.

Obregón solo le pide a su custodio, José Isabel Robles, que interceda ante Villa para evitar «que se me insulte y se me ultraje... [quierol que me fusile sin detalles humillantes».

Villa lo deja irse de nuevo, y otra vez intenta traerlo de regreso. Esta vez, sin duda, quiere «enfriar» al «compañerito». Obregón hubiese enfrentado con entereza su muerte durante el póquer, pero una vez concluido el juego, debió de pensar que aquel ir y venir era humillante. Cuando se entera de la orden, se baja del tren, y a la pregunta' «¿Que va usted a hacer, mi general?», responde: «Morir matando”. Con ayuda de la diosa Fortuna, y de Eugenio Aguirre Benavides y José Isabel Robles -ya entonces grandes admiradores de su hombríapor esta ocasión salva la vida sin «morir matando». La muerte seguía sin tomarlo en serio.

 

Hacia la victoria... y la desesperanza

 

Desde octubre de 1914, cuando asiste a las sesiones del Congreso de Aguascalientes, Obregón construye una sólida plataforma política y militar; pero no hay motivo para dudar de su afán conciliatorio.

Obregón no quiere precipitar la guerra civil. De ahí que, con astucia, sin definirse, navegue por más de un mes entre las dos corrientes de legitimidad: la Convención y el preconstitucionalismo carrancista. Cuando a mediados de noviembre de 1914 llega la hora de la verdad, ha hecho buenos amigos en las filas de la Convención (Cosío Róbelo, Robles), ha cautivado a algunos villistas y a no pocos zapatistas. Su indecisión aparente no revela, quizá, sino un gran sentido de la oportunidad. No ha perdido tiempo torturándose por ideas o convicciones: lo ha empleado en observar a los próximos enemigos y en adivinar sus pasos.

A la audacia personal y la claridad estratégica, Obregón aunó muy pronto un verdadero golpe de genio en el reclutamiento militar y político. Si en Sonora había reclutado a los yaquis ofreciéndoles tierras a cambio de colaboración, ¿por qué no intentar lo mismo con el grupo homólogo de los yaquis en el ámbito urbano: los obreros? Sin percatarse, quizá, de la enorme trascendencia histórica de su decisión, y pasando sobre la voluntad del Primer Jefe, que desconfiaba de la clase proletaria, Obregón buscó la ayuda administrativa de Alberto J.

Pañi y la flama oratoria de Gerardo Murillo, alias «doctor Atl», y en unos meses logró que la Casa del Obrero Mundial, en votación tal vez no mayoritaria pero efectiva, abjurara de sus evangelios anarcosindicalistas y pactase con el constitucionalismo para combatir la «reacción» villista y zapatista. Desde su llegada a la capital en agosto de 1914, Obregón había entregado a la Casa el convento de Santa Brígida y el Colegio Josefino, además de regalarle el oído con veladas, discursos, promesas y apoyo económico. El 17 de febrero, ya podía cantar victoria. Con la formación de los Batallones Rojos se agenciaba un apoyo militar considerable, pero proporcionaba a Carranza algo mucho más importante: el halo de legitimidad de la clase que, según la ideología socialista, heredaría el futuro: la clase proletaria.

A principios de 1915 Obregón vence con facilidad a los zapatistas en Puebla, pero no se hace ilusiones. Sabe que el enemigo principal señorea casi todo el territorio: Villa anda por Guadalajara y llegará al Bajío; Angeles ocupa Saltillo y desde allí domina el noreste; Calixto Contreras y Rodolfo Fierro permanecerán en occidente, mientras que «el Compadre» Urbina merodea por Tamaulipas y San Luis Potosí. Obregón aprecia la fuerza enemiga pero también aprecia su fragmentación.

Sabe que, si pelea en el Bajío, la fuente de aprovisionamiento villista estará a 1.0 kilómetros de distancia. Siempre ha pensado que a Villa hay que vencerlo en el centro. Angeles, que piensa del mismo modo, se cansa de persuadir a su jefe de no morder el cebo. A principios de abril de 1915, Fortunato Maycotte, lugarteniente de Obregón, ha reparado las vías del ferrocarril que cruzan la zona de los futuros combates. La vía de aprovisionamiento desde Veracruz permanece fluida y a salvo del acceso zapatista. Llega el momento del primer combate de Celaya.

Villa supera a Obregón en armamento, equipo y municiones. Su táctica, como siempre, será la carga brutal. Obregón busca economizar fuerza y material. Su táctica, como siempre, será la atracción y la resistencia. El 6 de abril se abre el fuego. La situación favorece en un principio a los villistas, tanto que a las once de la mañana del día 6 Obregón telegrafía al Primer Jefe, con su estilo habitual, en el que no podía faltar una incitación a la muerte:

«A esta hora habremos tenido dos mil bajas. Asaltos del enemigo son rapidísimos. Esté usted seguro de que mientras me quede un soldado y un cartucho, sabré cumplir con mi deber y consideraré como una ventura que la muerte me sorprenda abofeteando al crimen».

Una vez más toreaba a la muerte, pero la fortuna y la estrategia le favorecían. Hacia la una de la tarde del día 7, los villistas habían efectuado más de treinta cargas de caballería sin poder doblar las trincheras de Obregón, quien dos horas después informaba a Veracruz: «El enemigo hase replegado varios kilómetros, dejando el campo regado de cadáveres ... Hanse encontrado más de mil cadáveres y número considerable de heridos».

Las pérdidas de Villa en aquel primer combate alcanzarían los cinco mil hombres, entre muertos, heridos y prisioneros; pero la hecatombe vendría una semana después. Para la segunda batalla de Celaya, Obregón pudo contar con cinco mil hombres de refuerzo. Su táctica no varió: había que esperar el ataque de Villa en una posición defensiva que circunvalara la plaza de Celaya, y mantener una importante reserva fuera de la línea de circunvalación para tomar la ofensiva cuando el ejército atacante se hubiera desgastado material, física y moralmente en el grado justo para derrotarlo. En aquella ocasión decisiva, Obregón despliega todas sus cualidades: bravura, creatividad, energía, organización, fe y hasta humor. «Villa», comenta a sus soldados, «es como el Calendario de Galván: ofrece lumbre y echa agua».

El 15 de abril, un día después de iniciado el combate, Obregón rinde a Carranza el parte oficial de su victoria:

«Satisfáceme comunicar a usted que, en una extensión de más de doscientos kilómetros cuadrados, que ocupó el campo donde se libró la batalla y que están tintos en sangre de traidores, el ejército de operaciones que me honro en comandar acaba de izar el estandarte de la legalidad. Doroteo Arango (alias Francisco Villa), con 42 de sus llamados generales y con más de treinta mil hombres de las tres armas, tuvo la audacia de atacar esta plaza, defendida por nosotros ... El enemigo generalizó, desde luego, su ataque, extendiéndose en círculo de fuego, en una línea de veinte kilómetros. Los asaltos eran continuos y desesperados, entrando en actividad todas las unidades que traía a su mando Doroteo Arango; prolongándose así el combate por espacio de treinta y ocho horas, al cabo de las cuales ordené ... un movimiento envolvente [que] empezó a desorientar al enemigo por completo: las cargas de caballería que dábamos sobre su flanco, y el avance de la infantería, por su flanco y frente, comenzó a determinar su derrota, emprendiendo la fuga a la 1. p.m., cuando ya nuestros soldados estaban sobre sus trincheras ... Hasta estos momentos, estimo que las bajas del enemigo pasan de catorce mil, entre muertos, heridos, prisioneros y dispersos. Las bajas nuestras no llegan a doscientas ... En nombre de este ejército de operaciones, felicito a usted por este nuevo triunfo. Respetuosamente, "general en jefe "Alvaro Obregón».

 

Aunque los contrincantes vuelven a medirse en otros puntos del Bajío (Trinidad, León) y más tarde en Aguascalientes, el ejército villista está herido de muerte física y moral. Obregón lo sabe, pero, extrañamente, comparte la herida de su víctima. Acaso nunca sintiera de un modo tan agudo el vértigo de la victoria, la fatuidad de la vida. Una vez más toma la pluma para describir un fuego fatuo:

 

He corrido tras la Victoria

y la alcancé:

pero al hallarme junto a ella

desespere

Los rayos de su divisa

alumbraban en redor

de los muertos, la ceniza

de los vivos, el dolor.

En otro poema, tan defectuoso o más, si cabe, pero igualmente revelador, Obregón quiere evocar la claridad del alba, el vuelo de los pájaros, los colores del paisaje, las montañas que «meditan» y hasta el perfume de las flores -todos los tópicos de la naturaleza-, pero los contrasta con una imagen obsesiva:

 

Mas el hombre alelado ni tan siquiera advierte.

que está muy cerca el ojo del fusil de la muerte.

 

En la cresta triunfal de una ola de sangre, la propia y la ajena, Alvaro Obregón añora secretamente la muerte. Ningún triunfo lo reconcilia con la vida. Ahora más que nunca la desprecia. A principios de junio Obregón acampa en la hacienda de Santa Ana del Conde, en Guanajuato. Sin medir los riesgos, acompañado por el general Francisco Serrano, el coronel Pina, los tenientes coroneles Jesús M. Garza y Aarón Sáenz y los capitanes Ríos y Valdés, se dirige a las trincheras del frente. Una lluvia de granadas cae sobre ellos y una sorpresa aún más dolorosa... y esperada:

«Faltaban unos veinticinco metros para llegar a las trincheras, cuando, en los momentos en que atravesábamos un pequeño patio situado entre ellas y el casco de la hacienda, sentimos entre nosotros la súbita explosión de una granada, que a todos nos derribó por tierra.

Antes de darme exacta cuenta de lo ocurrido, me incorpore, y entonces pude ver que me faltaba el brazo derecho, y sentía dolores agudísimos en el costado, lo que me hacía suponerlo desgarrado también por la metralla. El desangramiento eran tan abundante que tuve desde luego la seguridad de que prolongar aquella situación en lo que a mí se refería era completamente inútil, y con ello sólo conseguiría una agonía prolongada y angustiosa, dando a mis compañeros un espectáculo doloroso. Impulsado por tales consideraciones, tomé con la mano que me quedaba la pequeña pistola Savage que llevaba al cinto, y la disparé sobre mi sien izquierda pretendiendo consumar la obra que la metralla no había terminado; pero mi propósito se frustró, debido a que el arma no tenía tiro en la recámara, pues mi ayudante, el capitán Valdés, [la había vaciado] el día anterior, al limpiar aquella pistola. En aquel mismo momento, el teniente coronel Garza, que ya se había levantado y que conservaba la serenidad, se dio cuenta de la intención de mis esfuerzos, y corrió hacia mí, arrebatándome la pistola, en seguida de lo cual, con ayuda del coronel Pina y del capitán Valdés, me retiró de aquel sitio, que seguía siendo batido vigorosamente por la artillería villista, llevándome a recargarme contra una de las paredes del patio, donde a mis oficiales les pareció que quedaría menos expuesto al fuego de los cañones enemigos. En aquellos momentos llegó el teniente Cecilio López, proveedor del cuartel general, quien sacó de su mochila una venda, y con ella me ligaron el muñón».

En suma, aquella mañana del 3 de junio de 1915 el general Obregón, saciado de valentía, presa del vértigo de la victoria y anegado, ahora sí, en su propia sangre, quiso poner fin a la fatuidad de vivir; no lo consiguió. El dedo índice disparó el gatillo, pero el azar le negó la bala.

 

La vida es broma

 

Al final de sus ocho mil kilómetros de campaña (85 contra Orozco, 3.8 contra Huerta y 3.4 contra Zapata, Villa y la Convención), lo sorprende otra cara, más dulce y adormecedora, de la fatuidad: la fama. De pronto comprendió que no muy lejos, casi al alcance de la mano, lo esperaba la silla presidencial. Ningún caudillo le hacía sombra, ni siquiera el Primer Jefe, a quien por lo pronto guardaría lealtad, pero a sabiendas de que podría separársele en cualquier momento sin afectar un ápice su prestigio. Era el hombre fuerte de México, el triunfador de la Revolución. En 1917 tenía sólo treinta y siete años, los mismos que Porfirio Díaz en 1867, al triunfo de la República. Y como Porfirio frente a Juárez, sintió que el triunfo era más suyo que de Carranza.

Para Obregón, el paralelismo con Díaz no era del todo inconsciente, pero como hombre práctico no solía guiarse por la conciencia histórica. A diferencia de Díaz, Obregón no abandonó de inmediato su puesto de mando ni hizo manifestación alguna de desinterés político. Como secretario de Guerra del gobierno preconstitucional de Carranza, continuó su labor de empresario militar: inició censos militares, reorganizó la administración y los servicios médicos, abrió la Academia del Estado Mayor, la Escuela de Medicina Militar, el Departamento de Aviación y una escuela de pilotos, y puso las fábricas de municiones bajo el control del ejército. Se proponía crear un ejército profesional, libre de caciques y caudillos.

A principios de 1917 se discute en Querétaro la nueva Constitución. Era el momento cumbre de Carranza, pero Obregón, con buen sentido político, decide robarle un poco de cámara. Aprovecha la oportunidad para separarse públicamente del carrancismo —todavía no de Carranza— y ceñirse un halo de temeridad ideológica. En los momentos culminantes del congreso, cuando se debate, por ejemplo, el artículo 3.° o el 27, Obregón se hospeda en Querétaro y recibe la visita de los legisladores radicales. Juan de Dios Bojórquez, Rafael Martínez de Escobar, Jesús Romero Flores y hasta don Andrés Molina Enríquez lo consultan. Invariablemente, Obregón apoya las medidas más extremas. Ningún riesgo lo arredra: ni Estados Unidos ni la guerra civil. A su aura de triunfador invicto y mártir se auna la del caudillo más radical de la Revolución.

Poco tiempo después de la jura de la Constitución, recién casado en segundas nupcias con María Tapia, Obregón dimite de la cartera de Guerra y se retira a La Quinta Chilla, que, por supuesto, ya no lo era tanto. Como Porfirio cultivaba cañas en su hacienda de La Noria, Obregón cultiva garbanzo en la suya; pero, a diferencia del caudillo oaxaqueño, nada lo impacienta. «Tengo tan buena vista», bromearía años después con sus amigos, «que desde Huatabampo alcancé a ver la silla presidencial.”. Los desórdenes fisiológicos que debió de causar su mutilación lo impelían a comer en exceso. Obregón engordó, encaneció, se abotagó. Jorge Aguilar Mora explica el proceso:

«Después de la amputación, comenzó a sufrir trastornos reales e imaginarios, y aprovechaba cualquier ocasión, que de preferencia coincidiera con alguna diligencia de sus negocios, para visitar hospitales norteamericanos. La preocupación por su salud se volvió obsesión y anotaba mentalmente todos los cambios que se producían día a día en su cuerpo. A medida que aumentaba la agudeza de su auscultación, iba confundiéndose más y más con la mirada escrutadora de los otros. A los cuarenta años, cinco después de su mutilación, era ya un hombre viejo».

Pero junto con él engordó su bolsillo. En unos años, La Quinta Chilla pasó de 180 a 3.0 hectáreas, sembradas en su mayor parte de garbanzo. En 1917 Obregón funda la Sociedad Agrícola Cooperativa, que pronto vincula a todos los garbanceros de Sonora y Sinaloa. Su objetivo era múltiple: facilitar el financiamiento, el almacenaje, la distribución y la venta del producto; crear estaciones experimentales para mejorarlo, evitar los costos de intermediación y presentar ante los mercados extranjeros un frente común para proteger el precio. Los resultados no se hicieron esperar. En 1918 el precio se duplicó y el general Obregón se hizo de buenos cincuenta mil dólares.

En La Noria, Porfirio Díaz fingía disfrutar la vida del campo. En Sonora, Obregón disfrutaba realmente su retomo a las labores agrícolas. Había integrado su vida con su trabajo personal e independiente y se sentía orgulloso de haber triunfado también en esa batalla: «El trabajo más penoso», solía decir, «está lleno de placer y de materiales para el mejoramiento propio ... el trabajo honrado es el mejor de los maestros y la escuela de las penalidades es la más noble escuela». En aquella espera de dos años, mirando de reojo desde su hacienda la silla presidencial, Obregón avanzó con celeridad en la construcción de un pequeño emporio: cría ganado, exporta cueros y carne, adquiere acciones mineras, abre una oficina comercial de importaciones y exportaciones y emplea a mil quinientos hombres.

Fue seguramente su época más feliz. Todo el mundo quería estar con el triunfador valiente y atractivo, el conversador ameno de clarísima inteligencia. Era natural que comenzase a mostrar signos de egolatría:

«Con frecuencia hablaba de él mismo, de su personalidad, de sus triunfos, de sus victorias, sin modestia ni recato algunos. Desde obrero de Navolato, pequeño agricultor y presidente municipal de Huatabampo, se había elevado por su propio esfuerzo hasta jefe de la nación mexicana. Sus éxitos nunca interrumpidos lo envanecieron extraordinariamente, al grado de pretender criticar las campañas de Poch, de Hindenburg y de Ludendorff que figuraron en la guerra europea, y con especialidad las operaciones militares que se desarrollaron frente a Verdún».

Se trataba, con todo, de una egolatría sin patetismo, sin solemnidad, porque Obregón, muy en el fondo, no se tomaba en serio. No había abandonado su convicción sobre la fatuidad de todo lo humano pero, bendecido por la fortuna, habitaba la ribera sonriente de esa convicción: el humor. Bromista, guasón, chocarrero, alegre, ingenioso, dicharachero, socarrón, chistoso, aun payaso. Pulsó todos los registros del humor, menos la ironía.

Vale la pena —es decir, vale la risa— recordar algunas de sus ocurrencias. Era, por ejemplo, experto en respuestas rápidas y juegos de palabras:

 

«A unas damitas, en una fiesta:.

»—Mi general, ¿gusta usted una copita?.

"—Gracias, no tomo.

»—Un cigarrito.

"—Gracias, no fumo.

»—Ay, mi general, usted no toma, no fuma, no nada.

»—No: nada sí».

 

Se sabía de memoria —¡qué chiste!— cuentos de todos sabores y colores. Creaba situaciones absurdas, festejaba, y memorizaba, los chistes ajenos y -cualidad suprema- sabía burlarse de sí mismo A Blasco Ibáñez, a quien le concede una entrevista en 1919, le refino esta anécdota:

«A usted le habrán dicho que soy algo ladrón. Sí, se lo habrán dicho indudablemente. Aquí todos somos un poco ladrones. Pero yo no tengo más que una mano. mientras que mis advérsanos tienen dos ¿Usted no sabe cómo encontraron la mano que me falta? Después de hacerme la primera cura, mis gentes se ocuparon en buscar el brazo por el suelo. Exploraron en todas direcciones, sin encontrar nada.

¿Dónde estaría mi mano con el brazo roto? "Yo la encontraré" dijo uno de mis ayudantes, que me conoce bien; "ella vendrá sola. Tengo un medio seguro." Y sacándose del bolsillo un azteca... lo levantó sobre su cabeza. Inmediatamente salió del suelo una especie de pajaro de cinco alas. Era mi mano que, al sentir la vecindad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para agarrarla con un impulso arrollador».

Con su memoria prodigiosa solía crear situaciones cómicas o inverosímiles. Las más sencillas consistían en repetir fielmente una secuencia de naipes, lo accidentado de una carretera o cualquier sucesión de objetos. Pero había otras más divertidas. Cuenta Miguel Alesio Robles que un buen día Obregón escuchó a José Rubén Romero recitar un soneto que acaba de componer:

«Al terminar José Rubén Romero de recitar sus versos, le dijo Obregón con su gracia natural:

"-Hace mucho tiempo que yo sabía de memoria esos versos -y comenzó a recitarle el mismo soneto que acababa de escuchar él por vez primera.

»A José Rubén Romero lo colocó en un predicamento tremendo.

Se puso de todos colores y no sabía cómo salir de esa situación.

»-¿Cómo va a ser posible que usted recite de memoria ese soneto, si nunca lo he dado a la publicidad? -interrogó el distinguido escritor, cohibido y un poco apenado.

»-No habrá dado usted a la publicidad ese soneto, pero su autor sí y la prueba de ello es que yo lo leí en una revista y me gustó tanto que me lo aprendí de memoria. -Y volvió el presidente de la República a recitarlo en medio del asombro del poeta.

»Al despedirse, Obregón le dijo:

 

»-No se marche.usted apenado• Es que yo tengo la facultad de retener en la memoria todo y al estar recitando usted su soneto, me lo aprendi».

Podría parecer extraño, a primera vista, que el mismo hombre que jugaba póquer con la muerte se solazara haciendo bromas hasta consigo mismo. En el fondo no había contradicción. El doctor Ramón Puente, ese fino observador de los caudillos, lo describió con acierto:

«... es alegre, bromista, desconcertante, porque nadie vislumbra la linea en que coincide en su alma la comedia con la tragedia. Cuando esta llega, viene inesperada', aplastante, y sin embargo, parece no dejarle rastros de amargura, obra con la inconsciencia del río que lo mismo descuaja los árboles en sus días de creciente, que refleja apacible el paisaje en sus días de quietud».

La broma y la muerte juntas, como en la sonrisa de una calaca mexicana, son dos formas de escapar a la tensión de la vida, de llenar su vacio, de resolver la fatuidad. Con la vida habría que hacer todo menos tomarla en seno Martín Luis Guzmán describió, en pocas palabras, el fondo de su alma. Su viñeta puede parecer cruel:

«Obregón no vivía sobre la tierra de las sinceridades cotidianas sino sobre un tablado; no era un hombre en funciones, sino un actor.

Sus ideas, sus creencias, sus sentimientos, eran como los del mundo del teatro, para brillar frente a un público: carecía de toda raíz personal de toda realidad interior con atributos propios. Era, en el sentido directo de la palabra, un farsante».

Lo que no comprendió Martín Luis Guzmán fue la raíz de esa actitud. Obregón no actuaba siguiendo un plan premeditado y maquiavélico Actuaba por convicción: él podía ser un farsante, pero la vida era solo el linde incierto entre la comedia y la tragedia Era, en el sentido directo de la palabra, una farsa.

 

Todos con el triunfador

 

A principios de 1919 Obregón comienza a cosechar un producto más importante que el garbanzo: la unánime popularidad que lo llevará a la presidencia. Carranza es el primer enemigo de su posible elección. A los ojos del «Viejo», a Obregón le falta comprensión de los grandes problemas nacionales, le falta un programa de gobierno y, lo que es peor, le faltan las virtudes del buen gobernante. Es un militar, y el designio del presidente es acabar, de una buena vez, con el militarismo. En enero. Carranza se manifiesta públicamente contra los «lanzamientos prematuros» y la «efervescencia política». En marzo, Luis Cabrera ataca en la prensa a Obregón. En abril, Obregón les responde con un seudónimo; a Cabrera le lanza un dardo: «Nunca creen lo que dices porque nunca dices lo que crees»; a Carranza, otro: «El país y yo creemos que de acuerdo a usted nada que lo halague es prematuro y nada que lo afecte es oportuno».

A mediados de 1919 Obregón creía que la presión popular haría ceder al «Viejo». No tardaría en desengañarse ni tampoco en tomar la ofensiva. En junio se autopostula candidato, lanzando un «Manifiesto a la nación». En agosto concierta un pacto secreto con la cúpula de la recién fundada CROM, denominada Grupo Acción, según el cual, de llegar a la presidencia, se comprometía entre otras cosas a crear un Departamento de Trabajo autónomo, designar un ministro de Industria y Comercio afín a esa organización y promulgar la Ley del Trabajo. Así, una vez más repetía la estrategia que le sirvió para formar los batallones yaquis y rojos.

En noviembre realiza una serie de giras triunfales. Gozaba de tal popularidad que hasta Palavicini, uno de sus archienemigos, lo consideraba el candidato más viable. El tono de su campaña era triunfalista, pero tenía razones para serlo. Si había triunfo contra la naturaleza, la lluvia, el chahuixtle, los vientos y sobre Orozco, Huerta, Zapata y Villa, ¿cómo no iba a desplazar, hasta por la buena, a su ex jefe Carranza?:

«... no descansó un solo momento. Observaba los planes de sus enemigos para desbaratarlos. Pronunciaba discursos, daba conferencias en las cámaras de comercio, publicaba declaraciones, movía a todos sus partidarios. Atrevido, valiente, hacía cabalmente todo lo contrario de lo que su adversario quería que hiciera. Era dueño absoluto de sus acciones ... Organizaba partidos y clubes. Recorría la nación entera de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad. Conversaba con todos. Muchas veces abandonaba el vagón de primera en que viajaba para ir a charlar con el pasaje de segunda y de tercera. Así crecía y avivaba más su popularidad, no solamente con sus discursos, en los cuales hablaba de rectitud y de moral; sino codeándose con las multitudes, con todos sus conciudadanos. El no tenía más afán que aparecer como un enemigo abierto del régimen del presidente Carranza. Todos sus partidanos lo secundaban abiertamente. En ese punto no había discrepancia alguna».

Ni en ese ni, aparentemente, en ningún otro. Todas las maniobras le resultaban: hasta las del enemigo. El Senado puso en entredicho su investidura militar, con lo cual, lejos de perjudicarlo, lo benefició.

Ahora podía presentarse como lo que había sido en el origen: un civil al que el destino convirtió en militar. Así conservó las ventajas del aura militar sin sus inconvenientes Por momentos, aquella sucesión presidencial debió de parecerle casi un juego. Una mañana, cuenta Alessio Robles, Obregón salió muy temprano de la casa en que se hospedaba:

«-No tardo -me dijo-, regreso a desayunarme con usted. Si vienen algunos amigos, que me esperen.

"Antes de una hora, ya estaba de regreso el general Obregón. Llegaba con los periódicos del día en su mano. Radiante de felicidad. Su rostro sanguíneo, la nariz chata, los grandes ojos verdes llenos de luz, con la frente ancha y despejada.

"Al instante comenzó a contarme que había llegado hasta la puerta de honor del Palacio Nacional, que el automóvil lo había dejado más lefos, y se fue a estacionar frente a la guardia del presidente Carranza.

Contó que todos los soldados se le habían cuadrado marcialmente y que llamó a un papelero para comprarle los periódicos de la mañanaEl Universal, Excéhior, El Monitor Republicano y El Heraldo de México y, que, como el muchacho no traía cambio de un peso -feria, como se dice en el norte, calderilla, como se dice en España- los soldados se apresuraron a pagar los veinte centavos que importaban los cuatro periódicos.

"—Le hubiera usted dejado el peso al muchacho —contesté yo apresuradamente.

»—No —dijo el general Obregón—, yo quería saber si la misma guardia del presidente Carranza me era hostil. Pero me convencí de lo contrarío».

En enero de 1920 el barco de la legalidad representado por el presidente Carranza hace agua por todas partes y, como sucede en esos casos, casi todos lo abandonan. Con Carranza estaban los principios; con Obregón y la dinastía sonorense, los intereses, la juventud y el poder. De nada sirve el cónclave de gobernadores que se orquesta para desacreditar a Obregón. En San Luis Potosí éste declara que ver a los gobernadores de Guanajuato o Querétaro —leales a Carranza— preparar un programa para garantizar el sufragio es como ver a los criminales en las Islas Marías estudiando un programa para garantizar la propiedad y prevenir el robo.

La tensión se convierte en represión. En abril el gobierno tiende a Obregón una celada. Lo cita a declarar en el juicio que se le sigue a un militar, de apellido Cejudo, a quien supuestamente se le han encontrado instrucciones de levantamiento que comprometen a Obregón. Este acude a la ciudad pero evade la celada. Disfrazado de ferrocarrilero y con la ayuda de uno de verdad —Margarita Ramírez— escapa en un tren hacia el sur. En Guerrero lo espera un gobierno «obregonista de hueso colorado» y dispuesto a romper el pacto federal. Al ver al jefe de Operaciones Militares, Fortunato Maycotte —su antiguo lugarteniente en la batalla de Celaya—, Obregón se cuadra y dice: «Soy su prisionero», pero Maycotte le responde: «No: usted es mi comandante» El 20 de abril Obregón lanza desde Chilpancingo un manifiesto en que acusa a Carranza de pretender imponer a un candidato impopular —Bonillas— y apoyar la campaña con dineros públicos. Desde ese momento se ponía a las órdenes de De la Huerta, «el ciudadano gobernador constitucional del estado libre y soberano de Sonora, para apoyar su decisión y cooperar con él hasta que sean depuestos los altos poderes». El 23 de abril los sonorenses lanzan el Plan de Agua Prieta. Cinco semanas más tarde el jefe supremo del ejército liberal constitucionalista, Adolfo de la Huerta, asumiría la presidencia interina de la República.

Al mismo tiempo que por la lucha militar, México había transitado por una revolución no menos profunda y quizá más trascendente: una revolución de ideas. Nuevas concepciones sobre la propiedad, el problema agrario, las relaciones obrero-patronales, el papel político de la Iglesia, el carácter del Estado en la economía, etc. Aunque inconforme con buena parte de la nueva legislación, Carranza sabía que la Constitución del 17 constituiría en la vida nacional un parteaguas semejante a las leyes de reforma. Por su parte, Obregón, que en Querétaro había defendido los artículos radicales, no hace mención de ellos, ni de la nueva Carta, en su manifiesto del 1.° de junio de 1919. A diferencia de Carranza y de los legisladores a los que había apoyado, Obregón no es un hombre sensible a las ideologías. Sus ideas sociales y políticas son eminentemente prácticas.

Para Obregón, según se desprende del manifiesto, no había sino un problema básico en el país: buscando el poder y la riqueza, los caudillos del partido liberal se habían vuelto vehículos de la reacción. Se corría el riesgo de que esos nuevos intereses materiales bloqueasen «los principios avanzados de la lucha, sobre todo el sufragio efectivo». Peligraban la paz y los logros de la Revolución por «no permitir al país librarse de sus libertadores».

La gran frase corrió como reguero de pólvora, pero el manifiesto iba más lejos. Para librar al país de sus libertadores, Obregón propone «un camino que rompe con todas las fórmulas y moldes». Emulando, sin saberlo, a Napoleón III, convoca una suerte de plebiscito nacional en tomo a él y se lanza al «tablado político» por sí mismo y sin compromisos: como un deber y un sacrificio sentidos auténticamente. Al hacerlo no ofrece un programa social, que a fin de cuentas no es sino «prosa rimada», sino un propósito moral y político: depurar el gobierno y defender la libertad de sufragio. Al referirse al problema económico del país, su interés primordial, como se sigue del texto, es dar garantías y confianza al inversionista extranjero. El manifiesto concluía con un llamado a la ciudadanía para integrar el Gran Partido Liberal.

En sus discursos de campaña Obregón reveló un pragmatismo similar. Para triunfar, el país y sus hombres sólo requerían la conjunción de tres factores: oportunidad, esfuerzo y técnica en el esfuerzo.

De esta actitud, típica de cualquier empresario moderno, se desprendía un ideario particularmente ayuno de ideología.

Tenía mala opinión de los latifundistas; pero no les achacaba abuso, injusticia o explotación, sino algo peor a su juicio: improductividad. Su atraso, su ánimo rutinario, su afán proteccionista les habían quitado toda posibilidad de competir en el extranjero. Eran, en suma, malos empresarios.

«Es indudable que la verdadera igualdad, como la anhelaríamos o la anhelamos, no podría realizarse en toda la amplitud del concepto de la palabra, porque en la lucha por la vida hay hombres más vigorosos, hay hombres más inteligentes, hay hombres más acondicionados, preparados física e intelectualmente mejor que los demás, y ésos, indudablemente, son los que tendrán que sacar mayores ventajas a sus esfuerzos en la lucha por la vida; pero sí es necesario, y eso sí lo podríamos realizar, que los de arriba sientan más cariño por los de abajo; que no los consideren como factores de esfuerzo a su servicio únicamente, sino como cooperadores y colaboradores en la lucha por la vida ...”.

El papel social del gobierno debía limitarse, pues, a «lograr el equilibrio entre los factores de la producción ... salvar al capital garantizando los derechos del obrero ... ser el fiel de la balanza». Frente a Estados Unidos, Obregón consideró necesario cambiar de actitud:

«... en lo sucesivo, México no será un problema para los demás pueblos de la Tierra, ni mucho menos para el gobierno vecino de los Estados Unidos; México, en lo futuro, no ejecutará un solo acto que esté en pugna con la moral y con el derecho; y ningún pueblo que se llame civilizado podrá exigimos que nos apartemos de esa línea de conducta ... Nosotros respetaremos los derechos de todos y cada uno de los ciudadanos nacionales y extranjeros que existan en nuestra República; y cuando nosotros probemos con hechos que sabemos seguir esa política, tendremos derecho a exigir para nosotros también el respeto de todos los demás pueblos de la Tierra».

Aunque -aquello sonaba un poco a mea culpa, en realidad era el anzuelo conciliador para que el inversionista norteamericano viniese a arriesgar su «capital honesto» junto a los mexicanos, sin buscar ventajas extralegales o monopolios.

Como se ve, Obregón no pronunció una palabra de radicalismo ideológico. Algunos malpensados comenzaron a identificar en sus ideas rasgos de otros tiempos. Su programa buscaba la pacificación definitiva del país y la modernización agrícola e industrial. ¿No había declarado Obregón que su gobierno haría más administración que política? ¿No le había confiado a Lucio Blanco en 1914 que ellos serían «los nuevos científicos»? ¿No había escrito sus Ocho mil kilómetros en campaña, como su oaxaqueño antecesor, extrayéndolos casi por entero de su memoria? Pero no hacía falta maliciar tanto. El propio Obregón lo pregonaba: «El único pecado de don Porfirio ... fue envejecer.

 

Reconstrucción educativa

 

El breve interinato de Adolfo de la Huerta fue un periodo más importante de lo que se ha creído. Entre otras cosas, el suave presidente logró la pacificación general por métodos civiles: Villa, Pablo González, los jefes zapatistas que quedaban, Félix Díaz, Manuel Peláez, Juan Andrew Almazán, Marcelo Caraveo..., uno a uno fueron deponiendo las armas por la buena. La Revolución no tenía enemigo al frente. Había llegado la hora de convertir en realidad el título de un libro notable escrito por Salvador Alvarado: La reconstrucción de México. El propio Alvarado viajó a Estados Unidos para anunciar el advenimiento de la paz. Otro signo de los tiempos lo constituyó el regreso de muchos exiliados por la Revolución. Uno de ellos fue la mejor contratación de De la Huerta y un legado inapreciable para el gobierno de Obregón: José Vasconcelos.

Vasconcelos era dos años menor que Obregón: en 1920, al llegar a México para encargarse de la rectoría de la universidad, tenía treinta y ocho años. En los últimos años del régimen porfiriano había formado parte de un grupo de filósofos, escritores y humanistas llamado el Ateneo de la Juventud, entre cuyos miembros se contaban personas que ya en 1920 gozaban de cierta notoriedad: los escritores Pedro Henriquez Ureña, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán, el filósofo Antonio Caso y el pintor Diego Rivera. Maderista de la primera hora, Vasconcelos se había rebelado contra Huerta y había ocupado en 1914 la cartera de Educación en el efímero gobierno de Eulalio Gutiérrez.

En 1915 salió a un largo destierro que lo llevó a Europa, Sudamérica y Estados Unidos. De pronto, al caer su odiado régimen «carranclán», José Vasconcelos regresa con un proyecto casi mesiánico para el país.

Como rector de la universidad durante el periodo de De la Huerta, Vasconcelos inventa el lema «Por mi raza hablará mi espíritu»; pero muy pocos advierten la implicación casi religiosa de sus palabras y la dimensión de su proyecto. Obregón lo escucha y lo apoya. Al hacerlo, y por ese solo hecho, marca su distancia histórica y moral con Porfirio Díaz, quien nunca confió en ningún intelectual ni siquiera, enteramente, en Justo Sierra. A los pocos días de inaugu^ rar su régimen, Obregón crea la Secretaría de Educación Pública y federaliza su ámbito de acción. Gracias a su simpatía e interés, Vasconcelos pudo realizar una obra educativa y cultural que aún ahora, de muchas formas, sigue presente.

Uno de los capítulos de aquella aurora educativa fue la creación de escuelas rurales, técnicas, elementales e indígenas. A guisa de soldados de moderna cruzada, la Secretaría envió a los sitios más apartados a vanos cientos de maestros misioneros. En Teotihuacán por ejemplo, el antropólogo Manuel Gamio inauguró una «escuela integral» que buscaba guiar la vida de los campesinos sin desarraigarlos