V
El vértigo de la victoria
Porque
dentro de la hueca corona que ciñe las mortales sienes del monarca, la muerte
tiene su corte
Shakespeare,
Ricardo II (ni, 2)
Fuegos fatuos
«En
mi casa éramos tantos hermanos que, cuando había queso gruyere, a mí sólo me
tocaban los agujeros.» Esta anécdota, una de las mil que solía contar, o
inventar, el general Obregón, refleja con cierta precisión su origen. Alguna
vez en la familia de Francisco Obregón y Cenobia Salido el queso gruyere había
alcanzado para todos. Pero además de tener dieciocho bocas que alimentar, la
política y la naturaleza no les habían sido propicias. En 1867 el gobierno
liberal confiscó buena parte de las propiedades de la familia a causa de las
simpatías que un socio de don Francisco había mostrado por el imperio de
Maximiliano. Un año después, una terrible inundación se encargó de confiscar el
resto. Para el año de 1880, cuando muere el padre y nace Alvaro, el último de
los hijos, la hacienda de Siquisiva, reducto de la familia, estaba en plena
decadencia.' Los primeros años de aquel benjamín transcurren en Siquisiva.
Además
de la madre, lo crían tres hermanas, maestras de profesión, que nunca se
separarían de él: Cenobia, María y Rosa. De niño aprende las faenas agrícolas y
convive con los indios mayos. Uno de sus hermanos, José, dirige una escuela en
Huatabampo. Alvaro cursa allí su educación elemental. Le atraen los libros y
los poemas, pero la necesidad y una innata energía lo sacan de la escuela y lo
arrojan a la vida.
A
partir de la adolescencia, aquel muchacho se vuelve monedita de oro. Es bueno
para todo y de todo aprende un poco. A los trece años es autoempleado: cultiva
tabaco e instala una pequeña fábrica de cigarrillos llamada La América; forma con
miembros de su familia una orquesta de la que es una especie de maestro de
ceremonias; aprende fotografía y carpintería, pero pronto descubre su gran
habilidad para la mecánica. En 1898 trabaja de tornero en un ingenio de
Navolato.
Poco
después es el mecánico as en el ingenio Tres Hermanos, propiedad de sus tíos
Salido, prósperos hacendados de la región del Mayo, hermanos de su madre y muy
cercanos a la triada «científica» que gobemaba Sonora: Izábal, Torres y
Corral.2 Hacia 1904 prueba suerte como vendedor ambulante de calzado, y ese
mismo año inicia, sin mucha fortuna, su carrera de agricultor. Después de
algunos fracasos como aparcero debidos a las inoportunas inundaciones, en 1906,
ya casado desde 1903 con Refugio Urrea, compra al gobierno federal una pequeña
finca a la que le pone el nombre de La Quinta Chilla.3 En 1907, a los
veintisiete años de edad, Alvaro Obregón empieza a ver claro su futuro
económico. El garbanzo que cultiva en La Quinta Chilla lo va sacando poco a
poco de la quinta chilla. Sin embargo la naturaleza es adversa en otro sentido,
muy trágico: dos de sus cuatro hijos, entre ellos su primogénito, mueren a
corta edad, y ese mismo año muere también su mujer.4 En 1909, viudo y con dos
hijos pequeños —Humberto y Refugio, a quienes atienden las tres hermanas
mayores que habían cuidado de él—, Alvaro Obregón da su primera gran campanada:
inventa una máquina cosechadora de garbanzo que al poco tiempo se produce en
serie y se vende a todos los agricultores de la región del Mayo. Cuando en 1910,
con motivo de las fiestas del Centenario, Obregón hace su primer viaje a la
ciudad de México, podía sentir el orgullo legítimo de su ya no tan modesta
prosperidad.
El
afán por levantar nuevamente la maltrecha economía de su familia fue sin duda
la idea dominante en la vida temprana de Obregón, pero este esfuerzo no lo
volvió un ser amargo. Al contrario: a una inteligencia creadora y despierta y
una gran habilidad mecánica, se asociaba en Obregón un atributo genial: la
memoria. Era capaz, por ejemplo, de recordar el orden completo de una baraja
dispuesta al azar, con sólo ver las cartas una vez. En Navolato se había
convertido en el más temible jugador de póquer, adivinador profesional de las
mentes ajenas, a quien el dueño del ingenio le pagaba por no jugar.
Pero
este hombre expansivo y trabajador, ingenioso e ingeniero por naturaleza, en
quien todos reconocían prendas mentales extraordinarias, ocultaba una vertiente
oscura, una estela de muerte.
Algo,
quizá el fallecimiento de su padre cuando Alvaro contaba apenas unos meses,
debió de impresionarlo hasta tal grado que llegó a la edad de cinco años sin
hablar absolutamente nada, ni siquiera monosílabos. Aquel niño, que callaba y
grababa todo en su memoria, reprimía una tensión que brotó por primera vez cuando
una amiga de su madre lo llamó despectivamente «chango», a lo que el pequeño
Alvaro respondió con humor y agresividad diciéndole «vieja loca». Los años
pasaron con más alegrías que tristezas, pero, ya adolescente, Alvaro tuvo una
nueva llamada dolorosa y extraña que lo marcó. Su hermana mayor. Rosa, la
recordaba con una íntima tortura:
«Teniendo
Alvaro como quince años, trabajaba en una hacienda de nuestro hermano
Alejandro, situada como a treinta leguas de Siquisiva. Ambos dormían en una
misma pieza, y una noche, estando ya dormidos, Alvaro despertó sobresaltado y
quejándose en forma angustiosa. Alejandro despertó, y al darse cuenta de lo que
le pasaba, se apresuró a preguntarle, azorado, la causa de aquello. Alvaro, ya
vuelto en sí, le dijo que acababa de tener un horrible sueño en que había visto
muerta a nuestra madre. La impresión de Alejandro fue terrible.
Con
todo, trató de serenarse y de calmar a Alvaro, diciéndole que eso no pasaba de
ser una pesadilla y que continuara durmiendo. Pero Alvaro ya no pudo dormir y
el resto de la noche lo pasó en vigilia. Al amanecer, escucharon el galope de
un caballo que se acercaba a la casa de la hacienda. ¿Pero qué sucedía? Era,
nada menos, un enviado especial que llegaba a darles la triste noticia de que
nuestra madre había fallecido en Huatabampo esa misma noche. Alvaro jamás
olvidó esa pesadilla. Cada vez que la contaba se ponía sumamente nervioso
y...».5 Rosa Obregón no agregó más, pero aquel «y...» hubiese confirmado,
seguramente, la presencia obsesiva de la muerte en la vida y sueños de Alvaro
Obregón.
El
23 de febrero de 1909 Obregón escribió un poema titulado «Fuegos fatuos», en el
que se perciben ecos de las Coplas de Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los
ríos / que van a dar en la mar, / qu'es el morir; / allí van los señoríos /
derechos a se acabar / e consumir. // Allí los ríos caudales, / allí los otros
medianos / e más chicos, / allegados, son iguales / los que viven por sus manos
/ e los ricos».
Si
se deja a un lado todo juicio literario y se piensa en la tragedia familiar del
hombre que lo escribía, «Fuegos fatuos» revela dos rasgos perdurables: un alma
quebrada por la muerte y desdeñosa de la vida:
Cuando
el alma del cuerpo se desprende.
y
en el espacio asciende.
las
bóvedas celestes escalando.
las
almas de otros mundos interroga.
y
con ellas dialoga.
para
volver al cuerpo sollozando.
sí,
sollozando al ver de la materia.
la
asquerosa miseria.
con
que la humanidad, en su quebranto.
arrastra
tanta vanidad sin fruto.
olvidando
el tributo.
que
tiene que rendir al camposanto.
Allí
donde «el monarca y el mendigo».
uno
de otro es amigo.
donde
se acaban vanidad y encono.
allí
donde se junta al opulento.
el
haraposo hambriento.
para
dar a la tierra el mismo abono.
allí
todo es igual; ya en el calvario.
es
igual el osario.
y
aunque distintos sus linajes sean.
de
hombres, mujeres, viejos y criaturas.
en
las noches obscuras.
los
fuegos fatuos juntos se pasean.
La
empresa militar "Estoy acostumbrado a luchar contra los elementos
naturales: las heladas, el chahuixtle, la lluvia, los vientos, que llegan
siempre inesperadamente. ¿Cómo va a ser difícil para mí vencer a los hombres,
cuyas pasiones, inteligencia y debilidades conozco? Es sencillo transformarse
de agricultor en soldado.»7 Estas palabras de Obregón a Juan de Dios Bojórquez
describen con claridad su situación en 1912, al inicio de la rebelión
orozquista, pero no en 1910, cuando estalla la revolución de Madero. No: no
había sido tan sencillo transformarse de agricultor en soldado. Su experiencia
de lidiar con la naturaleza lo ayudaba, pero su prosperidad reciente, sus
pequeños hijos y hasta una no muy velada simpatía por don Porfirio lo
disuadieron de incorporarse a la lucha inicial. Su sobrino Benjamín Hill, y
como éste casi todos sus futuros compañeros de lucha, se lo reprocharían
siempre acusándolo de advenedizo. Pero quien más se lo reclamaría sería él
mismo. En 1917, en el prólogo a su apoteótico y no muy legible opus: Ocho mil
kilómetros en campana, Obregón se atreve a confesar, con todas sus letras:
«Entonces
el partido maderista o antirreeleccionista se dividió en dos clases: una
compuesta de hombres sumisos al mandato del Deber, que abandonaban sus hogares
y rompían toda liga de familia y de intereses para empuñar el fusil, la
escopeta o la primera arma que encontraban; la otra, de hombres atentos al
mandato del miedo, que no encontraban armas, que tenían hijos, los cuales
quedarían en la orfandad, si perecían ellos en la lucha, y con mil ligas más.
que el Deber no puede suprimir cuando el espectro del miedo se apodera de los
hombres. A la segunda de esas clases tuve la pena de pertenecer yo».8 Se
necesitaba valor para confesar, así fuera en plena victoria, su pretérita
cobardía. El caso es que al triunfar el maderismo, y no antes, Alvaro Obregón
se sube al carro de la Revolución. Su primera estación política fue la de
presidente municipal de Huatabampo. Despues de perder las elecciones para una
diputación suplente al congreso ocal, Obregón hace sus pinitos en política: su
oponente tiene de su lado a la población urbana del distrito, pero Obregón
pacta con vanos hacendados y con Chito Cruz, gobernador de los mayos, y logra
que peones e indios voten por él. De toda formas, el resultado parecía
incierto. Sólo el apoyo de Adolfo de la Huerta, para entonces ya maderista
prominente, inclina la balanza a su favor.
Las
pequeñas obras de riego y educación que intenta en 1911 apenas presagian su
inminente ascenso. En abril de 1912, con la rebelión orozquista, llega su
segunda oportunidad, la de ser más maderista que los maderistas originales.
Esta vez no la dejaría escapar. En un santiamén reúne un cuerpo personal de
trescientos hombres e integra el Cuarto Batallón Irregular de Sonora, bajo el
mando del general Sanginés9 En unos cuantos días Obregón deja atónitos a sus
jefes. Desobedeciendo órdenes -como Porfirio Díaz-, discurre maniobras de
atracción, sorpresa y doble envolvimiento que le valen jugosos botines y
ascensos automáticos. El mismísimo Victoriano Huerta, al conocerlo, dice:
«Ojalá que este jefe sea una promesa para la patria». En un momento de la
lucha, Obregón encuentra un cauce militar a su ingenio mecánico: desoyendo a
sus superiores, que preferían el uso de trincheras colectivas, discurre, y en
cierta medida inventa, que cada soldado cave su «lobera» individual, con
ventajas de costo, tiempo y segundad. Dos años más tarde, en la primera guerra
mundial, los ejércitos emplearían ese mismo método." El coronel Obregón
había roto el tabú, había probado el fuego fatuo de la guerra que, a fin de
cuentas, a sus ojos, se asemejaba al de la paz. La muerte había dejado de ser
sombra o estela para volverse presencia cotidiana, casi compañera.
En
diciembre de 1912,-el coronel Obregón pide su baja del ejército y vuelve a sus
actividades agrícolas. La paz bucólica le dura dos meses. En febrero de 1913,
un cuartelazo derriba al presidente Madero. Sin chistar, Obregón ofrece sus
servicios al gobernador Maytorena, que por esos días pide licencia y viaja a
Estados Unidos El gobernador interino, Ignacio Pesqueira, designa a Obregón
jefe de la sección de Guerra y le permite entrar en campaña. El 6 de marzo de
1913, sale de Hermosillo con órdenes de apoderarse de los tres bastiones
principales en la zona norte del estado: Nogales, Cananea y Naco Entre marzo de
1913 -cuando entabla sus primeras batallas fronterizas- y agosto de 1914 -en
que entra a la ciudad de México al mando de un ejército invicto- Obregón
despliega sus inmensas dotes naturales en una empresa más exigente que la
cosecha de garbanzo. A cada paso lo sigue la fortuna, pero una fortuna escudada
en el cálculo y la observación. En unos días doblega a los federales
Kosterlitsky, Moreno y Ojeda. Su objetivo es avanzar hacia el sur y tomar
Guaymas. Pero Obregón no es Villa: en vez de cargar, atrae, y, buscando alejar
al adversario de su base de operaciones en aquel puerto, lo «obliga a distraer
fuerzas en la protección de sus comunicaciones a retaguardia y lo hostiliza en
combates parciales para causarle desgaste moral antes de presentarle batalla».
En
mayo de 1913, después de una acción de doble envolvimiento concertado, derrota
a Medina Barren en Santa Rosa. Días más tarde, tras realizar un estudio
meticuloso del terreno y planear geométricamente cortes y bloqueos, hace
trescientos prisioneros en Santa María y captura toda la artillería del
enemigo. Sus lugartenientes más cercanos son Manuel Diéguez, Salvador Alvarado,
Juan Cabral y Benjamín Hill. Todos habían sido maderistas de la primera hora, y
algunos —como Diéguez— hasta precursores de la Revolución en Cananea, pero ahora
se cuadraban, no siempre de buena gana, ante la autoridad legítima de Obregón.
Entonces,
por primera vez, lo conoce el gran observador psicológico de la Revolución:
Martín Luis Guzmán. Su estampa, como todas la suyas, aunque reticente, es
memorable:
«La
personalidad guerrera del jefe sonorense se destacaba como en perfil. Se le
veía provisto, primeramente, de una actividad inagotable, de un temperamento
sereno, de una memoria prodigiosa —memoria que le ensanchaba el campo de la
atención y le coordinaba datos y hechos—, y muy pronto se percibía que estaba
dotado de inteligencia multiforme, aunque particularmente activa bajo el
aspecto de la astucia, y de cierta adivinación psicológica de la voluntad e
intenciones de los demás, análoga a la que aplica el jugador de póquer. El arte
bélico de Obregón consistía, más que todo, en atraer con maña al enemigo, en
hacerlo atacar, en hacerle perder valentía y vigor, para dominarlo y acabarlo
después echándosele encima cuando la superioridad material y moral excluyera el
peligro de la derrota. Acaso Obregón no acometiera nunca ninguna de las
brillantes hazañas que ya entonces habían hecho famoso a Villa: le faltaban la
audacia y el genio; carecía de la irresistible inspiración del minuto, capaz de
animar por anticipado posibilidades que apenas pueden creerse, y de
realizarlas. Acaso tampoco aprendiera jamás a maniobrar, en el sentido en que
esto se entiende en el verdadero arte de la guerra —como lo entendía Felipe
Angeles—. Pero su modo de guerrear propio, fundado en resortes de materialismo
muy concreto, lo conocía y manejaba a la perfección. Obregón sabía acumular
elementos y esperar; sabía escoger el sitio en que al enemigo le quedaran por
fuerza las posiciones desventajosas, y sabía dar el tiro de gracia a los ejércitos
que se herían a sí mismos. Tomaba siempre la ofensiva; pero la tomaba con
métodos defensivos. Santa Rosa y Santa María fueron batallas en que Obregón
puso a los federales -contando con la impericia de los jefes de éstos- en el
caso de derrotarse por sí solos. Lo cual, por supuesto, era ya signo evidente
de indiscutible capacidad militar»." Con buena lógica, Obregón no ataca
Guaymas: le pone sitio con una fracción de sus fuerzas y sigue su avance hacia
el sur. El 20 de septiembre de 1913 Venustiano Carranza en persona lo designa
comandante en jefe del cuerpo del Ejército del Noroeste, con jurisdicción sobre
Sonora, Sinaloa, Durango, Chihuahua y Baja California.
Dos
meses más tarde, en una acción ejemplar de mando, organización de fuerzas,
apoyo de fuegos y aprovechamiento del terreno, secundado en forma sobresaliente
por Ramón Iturbe, Obregón toma Culiacán. Durante la refriega lo hieren en una
pierna, pero se burla de su lesión. Seguirían, a partir de entonces, casi cinco
meses de inactividad bélica en su zona, tiempo que el Primer Jefe dedica a la
organización política y militar de la Revolución, y que Obregón emplea, entre
otras cosas, en apartar de Carranza al único militar que podía hacerle sombra:
Felipe Angeles.
A
Villa, sus Dorados lo seguían por convicción y apego a su persona, a su
carisma, por el vértigo de «la bola» y, a veces también, por ver qué pescaban
del río revuelto. A Obregón sus tropas no lo siguen por motivos mágicos, sino
contantes y sonantes. La revolución sonorense es, más nítidamente que las
otras, una empresa. Las tropas, en las cuales se destacan por su bravura los
batallones de indios yaquis, dependen, para la subsistencia, más de un salario
que de un botín.
Obregón,
que conocía a los indios desde su infancia y había enganchado mayos para fines
electorales en 1911, logró incorporar a su ejército varios miles de yaquis a
cambio de un pacto: después de la victoria obtendrían satisfacción a su
antiquísima demanda de tierras.
Obregón
no sería el único jefe sonorense reclutador de yaquis, pero sí el principal, el
más astuto y quien más provecho militar y psicológico les sacaría.
En
abril de 1914 se reinicia la marcha. Mientras Villa deslumhra a la prensa
nacional y extranjera con sus cargas anibalianas, en la costa del Pacífico
Obregón avanza desplegando un arma de efectividad superior: el ingenio. En mayo
de 1914, en la costa de Topolobampo, amenazada por el cañonero federal General
Guerrero, ocurre un hecho notable. Por primera vez en la historia militar del
mundo, el piloto Alberto Salinas, del ejército de Obregón, vuela en el biplano
Sonora y ataca al cañonero adentrándose dieciocho kilómetros en el mar, a
novecientos metros de altura.
En
mayo de 1914, distanciado ya de Villa, Carranza ordena a Obregón apresurar su
marcha hacia el sur. Obregón bloquea Mazatián, como lo había hecho con Guaymas,
y sigue a Tepic, donde con ayuda de Lucio Blanco corta las vías del ferrocarril
Guadalajara-Colima y aisla así a los sitiados en aquellos puertos. A principios
de julio amaga simultáneamente posiciones al sur de Guadalajara y a la propia
ciudad. En una batalla que conjuga sorpresas, flexibilidad y racionalidad,
derrota a los federales en Orendáin, causándoles ocho mil bajas y apoderándose
de 16 piezas de artillería, cinco mil fúsiles, 18 trenes y 40 locomotoras. Días
después, con la aguililla de general de división concedida por Carranza,
Obregón barre territorio rumbo a la capital. El 1.° de agosto llega a
Teoloyucan, donde el día 13, sobre la salpicadera de un auto, firma los famosos
tratados. Dos días más tarde, al mando de dieciocho mil hombres, entra a la
ciudad de México.
Casi
cuarenta años antes, los azorados catrines de la capital habían visto el
desfile de los «torvos» y «siniestros» juchitecos del ejército personal de
Porfirio Díaz. Ahora, no menos aterrados, contemplaban el desfile de los
ejércitos norteños. Habían esperado la «invasión de cincuenta mil hombres
vestidos con piel de tigre, feroces y hambrientos como lobos». La realidad fue
un poco menos patética. Junto a los rancheros y mineros ataviados con su
clásico sombrero de fieltro, sus pantalones caqui y polainas de vaqueta café,
venían los yaquis, a «cuya bravura indudablemente se han debido los triunfos de
los rebeldes de Sonora». Unos entraron tocando sus pequeños tambores; otros,
escribe Jorge Aguilar Mora, «traían todavía la indumentaria con la que habían
salido de Sonora: los mismos pantalones cortos de manta, los mismos huaraches,
las mismas camisas bordadas, las mismas cintas de sujetarse el cabello.
Algunos
se habían acostumbrado a las botas y otros habían aceptado el sombrero tejano,
sin renunciar por supuesto a sus atuendos. Todos venían armados con carabinas
Winchester 30/30 y aprovisionados con varias cananas de parque bien surtido; y
ninguno había dejado su arco, su carcaj, su honda y su cerbatana, objetos
pavorosos para el civilismo de los capitalinos».
Póquer a muerte
Aunque
temblaba al ritmo de los tamborines yaquis, la ciudad de México temía mucho más
la amenaza del «Atila del Sur»: Emiliano Zapata. De ahí que muchos viesen como
una bendición relativa que un hombre «blanco», aunque no barbado, fuese el
primero en «tomarla». No faltó, en efecto, quien comparara a Alvaro Obregón con
Hernán Cortés. Pero las esperanzas de los catrines se esfumaron muy pronto. Obregón
no venía como mensajero de paz sino de venganza.
¿Por
qué? A diferencia de Villa, que tenía una relación puramente irracional con la
muerte -la de los demás, más que la suya-, Obregón parecía haber concertado
desde el principio un doloroso pacto con ella. No había abandonado «las
delicias del hogar», como él decía, por el gusto festivo de incorporarse a «la
bola», por convicciones democráticas o sociales profundas, ni siquiera por un
cálculo pragmático. Un destino ineluctable lo había arrancado de aquellas
«delicias».
Al
tomar la decisión de incorporarse a la lucha como líder, había dispuesto con
plena conciencia una suerte de cesión de su vida por adelantado. No jugaba con
la muerte, pero la toreaba con indiferencia y desdén. En la campaña de
occidente se había arriesgado varias veces hasta extremos de temeridad: no
llevaba arma, no se inmutaba si una granada caía a unos cuantos metros de donde
se encontraba, se aventuraba en travesías marinas, y cuando por fin, como en
Culiacán, Ío herían, reaccionaba, según recuerda Martín Luis Guzmán,
«burlándose de sí mismo porque las balas no parecían tomarlo demasiado en seno:
"Me hirieron, sí; pero mi herida no pudo ser más ridicula: una bala de
máuser rebotó en una piedra y me pegó en un muslo"».'9 Nada más significativo
de ese pacto de Obregón con la muerte que las frases que solía emplear en sus
manifiestos. Al iniciarse el movimiento constitucionalista, habla de los
huertistas como de una «jauría» y agrega esta imagen: «Saciemos su sed de
sangre hasta asfixiarlos con ella».
El
17 de noviembre de 1914, cuando el rompimiento entre Carranza y la Convención
es definitivo y en el horizonte apunta ya la guerra civil, Obregón hace un
llamado a «los verdaderos hijos de la patna, que despreciando de nuevo la vida»
refrendaban, como él lo hacia, el pacto con la muerte. El 4 de diciembre,
después de salir de k ciudad de México -que ocuparían por unos meses las
fuerzas de la Convención-, vuelve a utilizar la palabra clave, tinta de todos
los pactos mortales: «¡Siempre será poca la sangre que un pueblo derrame en
defensa de sus libertades!».
Pero
¿quién era el culpable del pacto?, ¿a quién cobrárselo? «Todos los que andamos
en este asunto», le había dicho alguna vez Obregón a Carranza, «lo hacemos por
patriotismo y por vengar la muerte del señor Madero.» Al oírlo. Carranza debió
de quedar desconcertado. Para él la contienda significaba mucho más que una
vendetta y mucho más amplia que un «asunto de patriotismo»; era una causa
histónca parecida a la de Juárez, que involucraba a la nación por entero: su
soberanía, sus leyes, su orden interno, su destino. Tampoco Zapata peleaba por
venganza y patriotismo vago, sino por «matnotismo»: el de la tierra. Muchos
otros jefes revolucionarios tenían razones o justificaciones más o menos complejas:
idealistas, sociales, morales, pragmáticas, festivas.
Para
Obregón la cuestión era, en cierta forma, sencilla: la Revolución no era asunto
de teorías sino de guerra. A los tres días de su llegada a la capital, Obregón
acude al Panteón Francés paia rendir homenaje a Madero, el apóstol por el que
su conciencia le reclamaba no haber luchado. Junto a la tumba, frente a los
diputados del bloque renovador, que a sus ojos se habían portado cobardemente
cuando el sacrificio de Madero, entrega su pistola a María Arias -mujer que
protestó en público por los acontecimientos de febrero de 1913- con estas
palabras desafiantes: «Entrego mi pistola a María Arias, el único hombre que
hubo en la ciudad de México cuando el cuartelazo áe Huerta».2' Parecía que
Obregón, al castigar la cobardía de la ciudad de México, castigara su propia
duda inicial de 1910 y de ese modo lavara su error. Parecía que la ciudad
hubiese sido la elegida para pagar el inmenso costo moral de aquel pacto suyo
con la muerte. Por eso, ademas de las responsabilidades objetivas de la
capital, que en efecto existían, Obregón había venido a castigar a «la
tristemente célebre ciudad de México», y en ella sobre todo al clero, a la
clase burguesa y a los extranjeros. Su memoria constituía la mejor aliada de su
venganza:
en
Tepic había sido objeto de un ataque del diario El Hogar Católico. Como muchos
lugartenientes del constitucionalismo, Obregón estaba en la inexacta idea de
que el clero fue apoyo importante para Huerta y un cáncer histórico en la vida
nacional. Con esos antecedentes, su decisión es inmediata: primero impone al
clero un pago de medio millón de pesos, destinados a-la Junta Revolucionaria de
Auxilios al Pueblo; más tarde encarcela y expulsa de la capital al vicario
general Paredes, junto con 167 curas.
A
los ricos de la ciudad les fue peor. Obregón recordaba que empresarios como
Pugibet —dueño de la cigarrera El Buen Tono— habían aplaudido a Huerta como el
salvador de la patria. En respuesta, impuso una contribución extraordinaria,
exigible a nacionales y extranjeros, sobre capitales, predios, hipotecas,
profesiones, ejercicios lucrativos, derechos de patente, agua, pavimento,
atarjeas, carruajes, automóviles de alquiler y particulares, bicicletas, etc. A
los acaparadores los trató aún con mayor dureza: so pena de confiscación, les
dio cuarenta y ocho horas para entregar el diez por ciento de sus mercancías de
primerísima necesidad: maíz, haba, petróleo, manteca, velas de sebo y carbón.
No
fue más blando con los extranjeros: recordaba que casas como la Wagner Levien y
Sucs. habían aportado dinero a Manuel Mondragón. Al enterarse del impuesto
extraordinario, varios negociantes se reúnen en el teatro Hidalgo. De pronto
aparece el general Obregón y les advierte que no quedarán exentos de la observancia
de las leyes mexicanas: «Así ya no tendremos que cuadramos ante cualquiera que
fume opio o masque tabaco ... El hambre de nuestro pueblo no traspasará
nuestras fronteras».
Afuera
del recinto una triple valla de soldados, con cartucho cortado, escolta a
Obregón, quien además de exigir medio millón de pesos en gravámenes, impone a
los extranjeros un tributo moral: barrer las calles.
En
medio de la tensión anticlerical y xenófoba, no faltó, por fortuna, un momento
chusco. Se cuenta que en una de las juntas a las que citaba Obregón para forzar
la circulación de los billetes carrancistas, un comerciante español tomó la
palabra (la escena debió de ocurrir en febrero de 1915; la ciudad había sido
ocupada ya por las tropas villistas y zapatistas):
«-Considere
usté, señor general, que estos billetes hoy tienen un valor y mañana no lo
tienen, porque entran unos y son buenos, pero entran otros y ya no valen los
billetes de las tres cantas.
»E1
general Obregón escuchó la protesta con asombro y preguntó:
"-Óigame
usted, ¿cómo que billetes de "tres caritas»? Dirá usted billetes de
"dos caritas», el señor Madero y don Abraham González porque "tres
caritas" no los hay.
"-Cómo
no. señor general, ¡tres caritas! La del señor Madero la de don Abraham
González y la carita que nosotros ponemos cuando los recibimos y cuando nos
dicen que no valen. ¡Dígame usté si no son "tres caritas"!».
Obregón
festejó la ocurrencia y dejó ir al gracioso, no sin advertirle que, de seguir
hablando sobre los billetes de «tres caritas» mandaría aprenhenderlo por
falsificador. En ningún momento fue más clara su valentía que al enfrentar a
Villa en septiembre de 1914 Por voluntad propia se mete en la boca del lobo, y
no una sino dos veces. Acude en plan de conciliación, pero también para ver de
cerca a su potencial enemigo. Lo observa, lo estudia, lo mide. Villa despliega
ante el su poderío militar y Obregón aprovecha para fotografiar ese despliegue
en la memoria. Cuando sobreviene el primer conato de fusilamiento, Obregón
juega póquer con su vida y manipula a su enemigo, pidiéndole, casi como un
favor, que proceda a fusilarlo. Aquel póquer -más bien ruleta rusa- siguió por
algunos días, sin que Obregón bajara sus cartas ni su vista. Cuando el cónsul
norteamericano en Chihuahua le franquea una salida a El Paso, Obregón se niega
por dignidad... y por temeridad. Villa lo deja irse, pero lo hace regresar.
Obregón
solo le pide a su custodio, José Isabel Robles, que interceda ante Villa para
evitar «que se me insulte y se me ultraje... [quierol que me fusile sin
detalles humillantes».
Villa
lo deja irse de nuevo, y otra vez intenta traerlo de regreso. Esta vez, sin
duda, quiere «enfriar» al «compañerito». Obregón hubiese enfrentado con
entereza su muerte durante el póquer, pero una vez concluido el juego, debió de
pensar que aquel ir y venir era humillante. Cuando se entera de la orden, se
baja del tren, y a la pregunta' «¿Que va usted a hacer, mi general?», responde:
«Morir matando”. Con ayuda de la diosa Fortuna, y de Eugenio Aguirre Benavides
y José Isabel Robles -ya entonces grandes admiradores de su hombríapor esta
ocasión salva la vida sin «morir matando». La muerte seguía sin tomarlo en
serio.
Hacia la
victoria... y la desesperanza
Desde
octubre de 1914, cuando asiste a las sesiones del Congreso de Aguascalientes,
Obregón construye una sólida plataforma política y militar; pero no hay motivo
para dudar de su afán conciliatorio.
Obregón
no quiere precipitar la guerra civil. De ahí que, con astucia, sin definirse,
navegue por más de un mes entre las dos corrientes de legitimidad: la
Convención y el preconstitucionalismo carrancista. Cuando a mediados de
noviembre de 1914 llega la hora de la verdad, ha hecho buenos amigos en las
filas de la Convención (Cosío Róbelo, Robles), ha cautivado a algunos villistas
y a no pocos zapatistas. Su indecisión aparente no revela, quizá, sino un gran
sentido de la oportunidad. No ha perdido tiempo torturándose por ideas o
convicciones: lo ha empleado en observar a los próximos enemigos y en adivinar
sus pasos.
A
la audacia personal y la claridad estratégica, Obregón aunó muy pronto un
verdadero golpe de genio en el reclutamiento militar y político. Si en Sonora
había reclutado a los yaquis ofreciéndoles tierras a cambio de colaboración,
¿por qué no intentar lo mismo con el grupo homólogo de los yaquis en el ámbito
urbano: los obreros? Sin percatarse, quizá, de la enorme trascendencia
histórica de su decisión, y pasando sobre la voluntad del Primer Jefe, que
desconfiaba de la clase proletaria, Obregón buscó la ayuda administrativa de
Alberto J.
Pañi
y la flama oratoria de Gerardo Murillo, alias «doctor Atl», y en unos meses
logró que la Casa del Obrero Mundial, en votación tal vez no mayoritaria pero
efectiva, abjurara de sus evangelios anarcosindicalistas y pactase con el constitucionalismo
para combatir la «reacción» villista y zapatista. Desde su llegada a la capital
en agosto de 1914, Obregón había entregado a la Casa el convento de Santa
Brígida y el Colegio Josefino, además de regalarle el oído con veladas,
discursos, promesas y apoyo económico. El 17 de febrero, ya podía cantar
victoria. Con la formación de los Batallones Rojos se agenciaba un apoyo
militar considerable, pero proporcionaba a Carranza algo mucho más importante:
el halo de legitimidad de la clase que, según la ideología socialista,
heredaría el futuro: la clase proletaria.
A
principios de 1915 Obregón vence con facilidad a los zapatistas en Puebla, pero
no se hace ilusiones. Sabe que el enemigo principal señorea casi todo el
territorio: Villa anda por Guadalajara y llegará al Bajío; Angeles ocupa
Saltillo y desde allí domina el noreste; Calixto Contreras y Rodolfo Fierro
permanecerán en occidente, mientras que «el Compadre» Urbina merodea por
Tamaulipas y San Luis Potosí. Obregón aprecia la fuerza enemiga pero también
aprecia su fragmentación.
Sabe
que, si pelea en el Bajío, la fuente de aprovisionamiento villista estará a 1.0
kilómetros de distancia. Siempre ha pensado que a Villa hay que vencerlo en el
centro. Angeles, que piensa del mismo modo, se cansa de persuadir a su jefe de
no morder el cebo. A principios de abril de 1915, Fortunato Maycotte,
lugarteniente de Obregón, ha reparado las vías del ferrocarril que cruzan la
zona de los futuros combates. La vía de aprovisionamiento desde Veracruz
permanece fluida y a salvo del acceso zapatista. Llega el momento del primer
combate de Celaya.
Villa
supera a Obregón en armamento, equipo y municiones. Su táctica, como siempre,
será la carga brutal. Obregón busca economizar fuerza y material. Su táctica,
como siempre, será la atracción y la resistencia. El 6 de abril se abre el
fuego. La situación favorece en un principio a los villistas, tanto que a las
once de la mañana del día 6 Obregón telegrafía al Primer Jefe, con su estilo
habitual, en el que no podía faltar una incitación a la muerte:
«A
esta hora habremos tenido dos mil bajas. Asaltos del enemigo son rapidísimos.
Esté usted seguro de que mientras me quede un soldado y un cartucho, sabré
cumplir con mi deber y consideraré como una ventura que la muerte me sorprenda
abofeteando al crimen».
Una
vez más toreaba a la muerte, pero la fortuna y la estrategia le favorecían.
Hacia la una de la tarde del día 7, los villistas habían efectuado más de
treinta cargas de caballería sin poder doblar las trincheras de Obregón, quien
dos horas después informaba a Veracruz: «El enemigo hase replegado varios
kilómetros, dejando el campo regado de cadáveres ... Hanse encontrado más de
mil cadáveres y número considerable de heridos».
Las
pérdidas de Villa en aquel primer combate alcanzarían los cinco mil hombres,
entre muertos, heridos y prisioneros; pero la hecatombe vendría una semana
después. Para la segunda batalla de Celaya, Obregón pudo contar con cinco mil
hombres de refuerzo. Su táctica no varió: había que esperar el ataque de Villa
en una posición defensiva que circunvalara la plaza de Celaya, y mantener una
importante reserva fuera de la línea de circunvalación para tomar la ofensiva
cuando el ejército atacante se hubiera desgastado material, física y moralmente
en el grado justo para derrotarlo. En aquella ocasión decisiva, Obregón
despliega todas sus cualidades: bravura, creatividad, energía, organización, fe
y hasta humor. «Villa», comenta a sus soldados, «es como el Calendario de
Galván: ofrece lumbre y echa agua».
El
15 de abril, un día después de iniciado el combate, Obregón rinde a Carranza el
parte oficial de su victoria:
«Satisfáceme
comunicar a usted que, en una extensión de más de doscientos kilómetros
cuadrados, que ocupó el campo donde se libró la batalla y que están tintos en
sangre de traidores, el ejército de operaciones que me honro en comandar acaba
de izar el estandarte de la legalidad. Doroteo Arango (alias Francisco Villa),
con 42 de sus llamados generales y con más de treinta mil hombres de las tres armas,
tuvo la audacia de atacar esta plaza, defendida por nosotros ... El enemigo
generalizó, desde luego, su ataque, extendiéndose en círculo de fuego, en una
línea de veinte kilómetros. Los asaltos eran continuos y desesperados, entrando
en actividad todas las unidades que traía a su mando Doroteo Arango;
prolongándose así el combate por espacio de treinta y ocho horas, al cabo de
las cuales ordené ... un movimiento envolvente [que] empezó a desorientar al
enemigo por completo: las cargas de caballería que dábamos sobre su flanco, y
el avance de la infantería, por su flanco y frente, comenzó a determinar su
derrota, emprendiendo la fuga a la 1. p.m., cuando ya nuestros soldados estaban
sobre sus trincheras ... Hasta estos momentos, estimo que las bajas del enemigo
pasan de catorce mil, entre muertos, heridos, prisioneros y dispersos. Las
bajas nuestras no llegan a doscientas ... En nombre de este ejército de
operaciones, felicito a usted por este nuevo triunfo. Respetuosamente,
"general en jefe "Alvaro Obregón».
Aunque
los contrincantes vuelven a medirse en otros puntos del Bajío (Trinidad, León)
y más tarde en Aguascalientes, el ejército villista está herido de muerte
física y moral. Obregón lo sabe, pero, extrañamente, comparte la herida de su
víctima. Acaso nunca sintiera de un modo tan agudo el vértigo de la victoria,
la fatuidad de la vida. Una vez más toma la pluma para describir un fuego
fatuo:
He
corrido tras la Victoria
y
la alcancé:
pero
al hallarme junto a ella
desespere
Los
rayos de su divisa
alumbraban
en redor
de
los muertos, la ceniza
de
los vivos, el dolor.
En
otro poema, tan defectuoso o más, si cabe, pero igualmente revelador, Obregón
quiere evocar la claridad del alba, el vuelo de los pájaros, los colores del
paisaje, las montañas que «meditan» y hasta el perfume de las flores -todos los
tópicos de la naturaleza-, pero los contrasta con una imagen obsesiva:
Mas
el hombre alelado ni tan siquiera advierte.
que
está muy cerca el ojo del fusil de la muerte.
En
la cresta triunfal de una ola de sangre, la propia y la ajena, Alvaro Obregón
añora secretamente la muerte. Ningún triunfo lo reconcilia con la vida. Ahora
más que nunca la desprecia. A principios de junio Obregón acampa en la hacienda
de Santa Ana del Conde, en Guanajuato. Sin medir los riesgos, acompañado por el
general Francisco Serrano, el coronel Pina, los tenientes coroneles Jesús M.
Garza y Aarón Sáenz y los capitanes Ríos y Valdés, se dirige a las trincheras
del frente. Una lluvia de granadas cae sobre ellos y una sorpresa aún más dolorosa...
y esperada:
«Faltaban
unos veinticinco metros para llegar a las trincheras, cuando, en los momentos
en que atravesábamos un pequeño patio situado entre ellas y el casco de la
hacienda, sentimos entre nosotros la súbita explosión de una granada, que a
todos nos derribó por tierra.
Antes
de darme exacta cuenta de lo ocurrido, me incorpore, y entonces pude ver que me
faltaba el brazo derecho, y sentía dolores agudísimos en el costado, lo que me
hacía suponerlo desgarrado también por la metralla. El desangramiento eran tan
abundante que tuve desde luego la seguridad de que prolongar aquella situación
en lo que a mí se refería era completamente inútil, y con ello sólo conseguiría
una agonía prolongada y angustiosa, dando a mis compañeros un espectáculo
doloroso. Impulsado por tales consideraciones, tomé con la mano que me quedaba
la pequeña pistola Savage que llevaba al cinto, y la disparé sobre mi sien
izquierda pretendiendo consumar la obra que la metralla no había terminado;
pero mi propósito se frustró, debido a que el arma no tenía tiro en la
recámara, pues mi ayudante, el capitán Valdés, [la había vaciado] el día
anterior, al limpiar aquella pistola. En aquel mismo momento, el teniente
coronel Garza, que ya se había levantado y que conservaba la serenidad, se dio
cuenta de la intención de mis esfuerzos, y corrió hacia mí, arrebatándome la
pistola, en seguida de lo cual, con ayuda del coronel Pina y del capitán
Valdés, me retiró de aquel sitio, que seguía siendo batido vigorosamente por la
artillería villista, llevándome a recargarme contra una de las paredes del
patio, donde a mis oficiales les pareció que quedaría menos expuesto al fuego
de los cañones enemigos. En aquellos momentos llegó el teniente Cecilio López,
proveedor del cuartel general, quien sacó de su mochila una venda, y con ella
me ligaron el muñón».
En
suma, aquella mañana del 3 de junio de 1915 el general Obregón, saciado de
valentía, presa del vértigo de la victoria y anegado, ahora sí, en su propia
sangre, quiso poner fin a la fatuidad de vivir; no lo consiguió. El dedo índice
disparó el gatillo, pero el azar le negó la bala.
La vida es broma
Al
final de sus ocho mil kilómetros de campaña (85 contra Orozco, 3.8 contra
Huerta y 3.4 contra Zapata, Villa y la Convención), lo sorprende otra cara, más
dulce y adormecedora, de la fatuidad: la fama. De pronto comprendió que no muy
lejos, casi al alcance de la mano, lo esperaba la silla presidencial. Ningún
caudillo le hacía sombra, ni siquiera el Primer Jefe, a quien por lo pronto guardaría
lealtad, pero a sabiendas de que podría separársele en cualquier momento sin
afectar un ápice su prestigio. Era el hombre fuerte de México, el triunfador de
la Revolución. En 1917 tenía sólo treinta y siete años, los mismos que Porfirio
Díaz en 1867, al triunfo de la República. Y como Porfirio frente a Juárez,
sintió que el triunfo era más suyo que de Carranza.
Para
Obregón, el paralelismo con Díaz no era del todo inconsciente, pero como hombre
práctico no solía guiarse por la conciencia histórica. A diferencia de Díaz,
Obregón no abandonó de inmediato su puesto de mando ni hizo manifestación
alguna de desinterés político. Como secretario de Guerra del gobierno
preconstitucional de Carranza, continuó su labor de empresario militar: inició
censos militares, reorganizó la administración y los servicios médicos, abrió
la Academia del Estado Mayor, la Escuela de Medicina Militar, el Departamento
de Aviación y una escuela de pilotos, y puso las fábricas de municiones bajo el
control del ejército. Se proponía crear un ejército profesional, libre de
caciques y caudillos.
A
principios de 1917 se discute en Querétaro la nueva Constitución. Era el
momento cumbre de Carranza, pero Obregón, con buen sentido político, decide
robarle un poco de cámara. Aprovecha la oportunidad para separarse públicamente
del carrancismo —todavía no de Carranza— y ceñirse un halo de temeridad
ideológica. En los momentos culminantes del congreso, cuando se debate, por
ejemplo, el artículo 3.° o el 27, Obregón se hospeda en Querétaro y recibe la
visita de los legisladores radicales. Juan de Dios Bojórquez, Rafael Martínez
de Escobar, Jesús Romero Flores y hasta don Andrés Molina Enríquez lo
consultan. Invariablemente, Obregón apoya las medidas más extremas. Ningún
riesgo lo arredra: ni Estados Unidos ni la guerra civil. A su aura de
triunfador invicto y mártir se auna la del caudillo más radical de la
Revolución.
Poco
tiempo después de la jura de la Constitución, recién casado en segundas nupcias
con María Tapia, Obregón dimite de la cartera de Guerra y se retira a La Quinta
Chilla, que, por supuesto, ya no lo era tanto. Como Porfirio cultivaba cañas en
su hacienda de La Noria, Obregón cultiva garbanzo en la suya; pero, a
diferencia del caudillo oaxaqueño, nada lo impacienta. «Tengo tan buena vista»,
bromearía años después con sus amigos, «que desde Huatabampo alcancé a ver la
silla presidencial.”. Los desórdenes fisiológicos que debió de causar su
mutilación lo impelían a comer en exceso. Obregón engordó, encaneció, se
abotagó. Jorge Aguilar Mora explica el proceso:
«Después
de la amputación, comenzó a sufrir trastornos reales e imaginarios, y
aprovechaba cualquier ocasión, que de preferencia coincidiera con alguna
diligencia de sus negocios, para visitar hospitales norteamericanos. La preocupación
por su salud se volvió obsesión y anotaba mentalmente todos los cambios que se
producían día a día en su cuerpo. A medida que aumentaba la agudeza de su
auscultación, iba confundiéndose más y más con la mirada escrutadora de los
otros. A los cuarenta años, cinco después de su mutilación, era ya un hombre
viejo».
Pero
junto con él engordó su bolsillo. En unos años, La Quinta Chilla pasó de 180 a
3.0 hectáreas, sembradas en su mayor parte de garbanzo. En 1917 Obregón funda
la Sociedad Agrícola Cooperativa, que pronto vincula a todos los garbanceros de
Sonora y Sinaloa. Su objetivo era múltiple: facilitar el financiamiento, el
almacenaje, la distribución y la venta del producto; crear estaciones
experimentales para mejorarlo, evitar los costos de intermediación y presentar
ante los mercados extranjeros un frente común para proteger el precio. Los
resultados no se hicieron esperar. En 1918 el precio se duplicó y el general
Obregón se hizo de buenos cincuenta mil dólares.
En
La Noria, Porfirio Díaz fingía disfrutar la vida del campo. En Sonora, Obregón
disfrutaba realmente su retomo a las labores agrícolas. Había integrado su vida
con su trabajo personal e independiente y se sentía orgulloso de haber
triunfado también en esa batalla: «El trabajo más penoso», solía decir, «está
lleno de placer y de materiales para el mejoramiento propio ... el trabajo
honrado es el mejor de los maestros y la escuela de las penalidades es la más
noble escuela». En aquella espera de dos años, mirando de reojo desde su
hacienda la silla presidencial, Obregón avanzó con celeridad en la construcción
de un pequeño emporio: cría ganado, exporta cueros y carne, adquiere acciones
mineras, abre una oficina comercial de importaciones y exportaciones y emplea a
mil quinientos hombres.
Fue
seguramente su época más feliz. Todo el mundo quería estar con el triunfador
valiente y atractivo, el conversador ameno de clarísima inteligencia. Era
natural que comenzase a mostrar signos de egolatría:
«Con
frecuencia hablaba de él mismo, de su personalidad, de sus triunfos, de sus
victorias, sin modestia ni recato algunos. Desde obrero de Navolato, pequeño
agricultor y presidente municipal de Huatabampo, se había elevado por su propio
esfuerzo hasta jefe de la nación mexicana. Sus éxitos nunca interrumpidos lo
envanecieron extraordinariamente, al grado de pretender criticar las campañas
de Poch, de Hindenburg y de Ludendorff que figuraron en la guerra europea, y
con especialidad las operaciones militares que se desarrollaron frente a
Verdún».
Se
trataba, con todo, de una egolatría sin patetismo, sin solemnidad, porque
Obregón, muy en el fondo, no se tomaba en serio. No había abandonado su
convicción sobre la fatuidad de todo lo humano pero, bendecido por la fortuna,
habitaba la ribera sonriente de esa convicción: el humor. Bromista, guasón,
chocarrero, alegre, ingenioso, dicharachero, socarrón, chistoso, aun payaso.
Pulsó todos los registros del humor, menos la ironía.
Vale
la pena —es decir, vale la risa— recordar algunas de sus ocurrencias. Era, por
ejemplo, experto en respuestas rápidas y juegos de palabras:
«A
unas damitas, en una fiesta:.
»—Mi
general, ¿gusta usted una copita?.
"—Gracias,
no tomo.
»—Un
cigarrito.
"—Gracias,
no fumo.
»—Ay,
mi general, usted no toma, no fuma, no nada.
»—No:
nada sí».
Se
sabía de memoria —¡qué chiste!— cuentos de todos sabores y colores. Creaba
situaciones absurdas, festejaba, y memorizaba, los chistes ajenos y -cualidad
suprema- sabía burlarse de sí mismo A Blasco Ibáñez, a quien le concede una
entrevista en 1919, le refino esta anécdota:
«A
usted le habrán dicho que soy algo ladrón. Sí, se lo habrán dicho
indudablemente. Aquí todos somos un poco ladrones. Pero yo no tengo más que una
mano. mientras que mis advérsanos tienen dos ¿Usted no sabe cómo encontraron la
mano que me falta? Después de hacerme la primera cura, mis gentes se ocuparon
en buscar el brazo por el suelo. Exploraron en todas direcciones, sin encontrar
nada.
¿Dónde
estaría mi mano con el brazo roto? "Yo la encontraré" dijo uno de mis
ayudantes, que me conoce bien; "ella vendrá sola. Tengo un medio
seguro." Y sacándose del bolsillo un azteca... lo levantó sobre su cabeza.
Inmediatamente salió del suelo una especie de pajaro de cinco alas. Era mi mano
que, al sentir la vecindad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para
agarrarla con un impulso arrollador».
Con
su memoria prodigiosa solía crear situaciones cómicas o inverosímiles. Las más
sencillas consistían en repetir fielmente una secuencia de naipes, lo
accidentado de una carretera o cualquier sucesión de objetos. Pero había otras
más divertidas. Cuenta Miguel Alesio Robles que un buen día Obregón escuchó a
José Rubén Romero recitar un soneto que acaba de componer:
«Al
terminar José Rubén Romero de recitar sus versos, le dijo Obregón con su gracia
natural:
"-Hace
mucho tiempo que yo sabía de memoria esos versos -y comenzó a recitarle el
mismo soneto que acababa de escuchar él por vez primera.
»A
José Rubén Romero lo colocó en un predicamento tremendo.
Se
puso de todos colores y no sabía cómo salir de esa situación.
»-¿Cómo
va a ser posible que usted recite de memoria ese soneto, si nunca lo he dado a
la publicidad? -interrogó el distinguido escritor, cohibido y un poco apenado.
»-No
habrá dado usted a la publicidad ese soneto, pero su autor sí y la prueba de
ello es que yo lo leí en una revista y me gustó tanto que me lo aprendí de
memoria. -Y volvió el presidente de la República a recitarlo en medio del
asombro del poeta.
»Al
despedirse, Obregón le dijo:
»-No
se marche.usted apenado• Es que yo tengo la facultad de retener en la memoria
todo y al estar recitando usted su soneto, me lo aprendi».
Podría
parecer extraño, a primera vista, que el mismo hombre que jugaba póquer con la
muerte se solazara haciendo bromas hasta consigo mismo. En el fondo no había
contradicción. El doctor Ramón Puente, ese fino observador de los caudillos, lo
describió con acierto:
«...
es alegre, bromista, desconcertante, porque nadie vislumbra la linea en que
coincide en su alma la comedia con la tragedia. Cuando esta llega, viene
inesperada', aplastante, y sin embargo, parece no dejarle rastros de amargura,
obra con la inconsciencia del río que lo mismo descuaja los árboles en sus días
de creciente, que refleja apacible el paisaje en sus días de quietud».
La
broma y la muerte juntas, como en la sonrisa de una calaca mexicana, son dos
formas de escapar a la tensión de la vida, de llenar su vacio, de resolver la
fatuidad. Con la vida habría que hacer todo menos tomarla en seno Martín Luis
Guzmán describió, en pocas palabras, el fondo de su alma. Su viñeta puede
parecer cruel:
«Obregón
no vivía sobre la tierra de las sinceridades cotidianas sino sobre un tablado;
no era un hombre en funciones, sino un actor.
Sus
ideas, sus creencias, sus sentimientos, eran como los del mundo del teatro,
para brillar frente a un público: carecía de toda raíz personal de toda
realidad interior con atributos propios. Era, en el sentido directo de la
palabra, un farsante».
Lo
que no comprendió Martín Luis Guzmán fue la raíz de esa actitud. Obregón no
actuaba siguiendo un plan premeditado y maquiavélico Actuaba por convicción: él
podía ser un farsante, pero la vida era solo el linde incierto entre la comedia
y la tragedia Era, en el sentido directo de la palabra, una farsa.
Todos con el
triunfador
A
principios de 1919 Obregón comienza a cosechar un producto más importante que
el garbanzo: la unánime popularidad que lo llevará a la presidencia. Carranza
es el primer enemigo de su posible elección. A los ojos del «Viejo», a Obregón
le falta comprensión de los grandes problemas nacionales, le falta un programa
de gobierno y, lo que es peor, le faltan las virtudes del buen gobernante. Es
un militar, y el designio del presidente es acabar, de una buena vez, con el
militarismo. En enero. Carranza se manifiesta públicamente contra los
«lanzamientos prematuros» y la «efervescencia política». En marzo, Luis Cabrera
ataca en la prensa a Obregón. En abril, Obregón les responde con un seudónimo;
a Cabrera le lanza un dardo: «Nunca creen lo que dices porque nunca dices lo
que crees»; a Carranza, otro: «El país y yo creemos que de acuerdo a usted nada
que lo halague es prematuro y nada que lo afecte es oportuno».
A
mediados de 1919 Obregón creía que la presión popular haría ceder al «Viejo».
No tardaría en desengañarse ni tampoco en tomar la ofensiva. En junio se
autopostula candidato, lanzando un «Manifiesto a la nación». En agosto
concierta un pacto secreto con la cúpula de la recién fundada CROM, denominada
Grupo Acción, según el cual, de llegar a la presidencia, se comprometía entre
otras cosas a crear un Departamento de Trabajo autónomo, designar un ministro
de Industria y Comercio afín a esa organización y promulgar la Ley del Trabajo.
Así, una vez más repetía la estrategia que le sirvió para formar los batallones
yaquis y rojos.
En
noviembre realiza una serie de giras triunfales. Gozaba de tal popularidad que
hasta Palavicini, uno de sus archienemigos, lo consideraba el candidato más
viable. El tono de su campaña era triunfalista, pero tenía razones para serlo.
Si había triunfo contra la naturaleza, la lluvia, el chahuixtle, los vientos y
sobre Orozco, Huerta, Zapata y Villa, ¿cómo no iba a desplazar, hasta por la
buena, a su ex jefe Carranza?:
«...
no descansó un solo momento. Observaba los planes de sus enemigos para
desbaratarlos. Pronunciaba discursos, daba conferencias en las cámaras de
comercio, publicaba declaraciones, movía a todos sus partidarios. Atrevido,
valiente, hacía cabalmente todo lo contrario de lo que su adversario quería que
hiciera. Era dueño absoluto de sus acciones ... Organizaba partidos y clubes.
Recorría la nación entera de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad. Conversaba
con todos. Muchas veces abandonaba el vagón de primera en que viajaba para ir a
charlar con el pasaje de segunda y de tercera. Así crecía y avivaba más su
popularidad, no solamente con sus discursos, en los cuales hablaba de rectitud
y de moral; sino codeándose con las multitudes, con todos sus conciudadanos. El
no tenía más afán que aparecer como un enemigo abierto del régimen del
presidente Carranza. Todos sus partidanos lo secundaban abiertamente. En ese
punto no había discrepancia alguna».
Ni
en ese ni, aparentemente, en ningún otro. Todas las maniobras le resultaban:
hasta las del enemigo. El Senado puso en entredicho su investidura militar, con
lo cual, lejos de perjudicarlo, lo benefició.
Ahora
podía presentarse como lo que había sido en el origen: un civil al que el
destino convirtió en militar. Así conservó las ventajas del aura militar sin
sus inconvenientes Por momentos, aquella sucesión presidencial debió de
parecerle casi un juego. Una mañana, cuenta Alessio Robles, Obregón salió muy
temprano de la casa en que se hospedaba:
«-No
tardo -me dijo-, regreso a desayunarme con usted. Si vienen algunos amigos, que
me esperen.
"Antes
de una hora, ya estaba de regreso el general Obregón. Llegaba con los
periódicos del día en su mano. Radiante de felicidad. Su rostro sanguíneo, la
nariz chata, los grandes ojos verdes llenos de luz, con la frente ancha y
despejada.
"Al
instante comenzó a contarme que había llegado hasta la puerta de honor del
Palacio Nacional, que el automóvil lo había dejado más lefos, y se fue a
estacionar frente a la guardia del presidente Carranza.
Contó
que todos los soldados se le habían cuadrado marcialmente y que llamó a un
papelero para comprarle los periódicos de la mañanaEl Universal, Excéhior, El
Monitor Republicano y El Heraldo de México y, que, como el muchacho no traía
cambio de un peso -feria, como se dice en el norte, calderilla, como se dice en
España- los soldados se apresuraron a pagar los veinte centavos que importaban
los cuatro periódicos.
"—Le
hubiera usted dejado el peso al muchacho —contesté yo apresuradamente.
»—No
—dijo el general Obregón—, yo quería saber si la misma guardia del presidente
Carranza me era hostil. Pero me convencí de lo contrarío».
En
enero de 1920 el barco de la legalidad representado por el presidente Carranza
hace agua por todas partes y, como sucede en esos casos, casi todos lo
abandonan. Con Carranza estaban los principios; con Obregón y la dinastía
sonorense, los intereses, la juventud y el poder. De nada sirve el cónclave de
gobernadores que se orquesta para desacreditar a Obregón. En San Luis Potosí
éste declara que ver a los gobernadores de Guanajuato o Querétaro —leales a
Carranza— preparar un programa para garantizar el sufragio es como ver a los
criminales en las Islas Marías estudiando un programa para garantizar la
propiedad y prevenir el robo.
La
tensión se convierte en represión. En abril el gobierno tiende a Obregón una
celada. Lo cita a declarar en el juicio que se le sigue a un militar, de
apellido Cejudo, a quien supuestamente se le han encontrado instrucciones de
levantamiento que comprometen a Obregón. Este acude a la ciudad pero evade la
celada. Disfrazado de ferrocarrilero y con la ayuda de uno de verdad —Margarita
Ramírez— escapa en un tren hacia el sur. En Guerrero lo espera un gobierno
«obregonista de hueso colorado» y dispuesto a romper el pacto federal. Al ver
al jefe de Operaciones Militares, Fortunato Maycotte —su antiguo lugarteniente
en la batalla de Celaya—, Obregón se cuadra y dice: «Soy su prisionero», pero
Maycotte le responde: «No: usted es mi comandante» El 20 de abril Obregón lanza
desde Chilpancingo un manifiesto en que acusa a Carranza de pretender imponer a
un candidato impopular —Bonillas— y apoyar la campaña con dineros públicos.
Desde ese momento se ponía a las órdenes de De la Huerta, «el ciudadano
gobernador constitucional del estado libre y soberano de Sonora, para apoyar su
decisión y cooperar con él hasta que sean depuestos los altos poderes». El 23
de abril los sonorenses lanzan el Plan de Agua Prieta. Cinco semanas más tarde
el jefe supremo del ejército liberal constitucionalista, Adolfo de la Huerta,
asumiría la presidencia interina de la República.
Al
mismo tiempo que por la lucha militar, México había transitado por una
revolución no menos profunda y quizá más trascendente: una revolución de ideas.
Nuevas concepciones sobre la propiedad, el problema agrario, las relaciones
obrero-patronales, el papel político de la Iglesia, el carácter del Estado en
la economía, etc. Aunque inconforme con buena parte de la nueva legislación,
Carranza sabía que la Constitución del 17 constituiría en la vida nacional un
parteaguas semejante a las leyes de reforma. Por su parte, Obregón, que en
Querétaro había defendido los artículos radicales, no hace mención de ellos, ni
de la nueva Carta, en su manifiesto del 1.° de junio de 1919. A diferencia de
Carranza y de los legisladores a los que había apoyado, Obregón no es un hombre
sensible a las ideologías. Sus ideas sociales y políticas son eminentemente
prácticas.
Para
Obregón, según se desprende del manifiesto, no había sino un problema básico en
el país: buscando el poder y la riqueza, los caudillos del partido liberal se
habían vuelto vehículos de la reacción. Se corría el riesgo de que esos nuevos
intereses materiales bloqueasen «los principios avanzados de la lucha, sobre
todo el sufragio efectivo». Peligraban la paz y los logros de la Revolución por
«no permitir al país librarse de sus libertadores».
La
gran frase corrió como reguero de pólvora, pero el manifiesto iba más lejos.
Para librar al país de sus libertadores, Obregón propone «un camino que rompe
con todas las fórmulas y moldes». Emulando, sin saberlo, a Napoleón III,
convoca una suerte de plebiscito nacional en tomo a él y se lanza al «tablado
político» por sí mismo y sin compromisos: como un deber y un sacrificio
sentidos auténticamente. Al hacerlo no ofrece un programa social, que a fin de
cuentas no es sino «prosa rimada», sino un propósito moral y político: depurar
el gobierno y defender la libertad de sufragio. Al referirse al problema
económico del país, su interés primordial, como se sigue del texto, es dar
garantías y confianza al inversionista extranjero. El manifiesto concluía con
un llamado a la ciudadanía para integrar el Gran Partido Liberal.
En
sus discursos de campaña Obregón reveló un pragmatismo similar. Para triunfar,
el país y sus hombres sólo requerían la conjunción de tres factores:
oportunidad, esfuerzo y técnica en el esfuerzo.
De
esta actitud, típica de cualquier empresario moderno, se desprendía un ideario
particularmente ayuno de ideología.
Tenía
mala opinión de los latifundistas; pero no les achacaba abuso, injusticia o
explotación, sino algo peor a su juicio: improductividad. Su atraso, su ánimo
rutinario, su afán proteccionista les habían quitado toda posibilidad de
competir en el extranjero. Eran, en suma, malos empresarios.
«Es
indudable que la verdadera igualdad, como la anhelaríamos o la anhelamos, no
podría realizarse en toda la amplitud del concepto de la palabra, porque en la
lucha por la vida hay hombres más vigorosos, hay hombres más inteligentes, hay
hombres más acondicionados, preparados física e intelectualmente mejor que los
demás, y ésos, indudablemente, son los que tendrán que sacar mayores ventajas a
sus esfuerzos en la lucha por la vida; pero sí es necesario, y eso sí lo
podríamos realizar, que los de arriba sientan más cariño por los de abajo; que
no los consideren como factores de esfuerzo a su servicio únicamente, sino como
cooperadores y colaboradores en la lucha por la vida ...”.
El
papel social del gobierno debía limitarse, pues, a «lograr el equilibrio entre
los factores de la producción ... salvar al capital garantizando los derechos
del obrero ... ser el fiel de la balanza». Frente a Estados Unidos, Obregón
consideró necesario cambiar de actitud:
«...
en lo sucesivo, México no será un problema para los demás pueblos de la Tierra,
ni mucho menos para el gobierno vecino de los Estados Unidos; México, en lo
futuro, no ejecutará un solo acto que esté en pugna con la moral y con el
derecho; y ningún pueblo que se llame civilizado podrá exigimos que nos
apartemos de esa línea de conducta ... Nosotros respetaremos los derechos de
todos y cada uno de los ciudadanos nacionales y extranjeros que existan en
nuestra República; y cuando nosotros probemos con hechos que sabemos seguir esa
política, tendremos derecho a exigir para nosotros también el respeto de todos
los demás pueblos de la Tierra».
Aunque
-aquello sonaba un poco a mea culpa, en realidad era el anzuelo conciliador
para que el inversionista norteamericano viniese a arriesgar su «capital
honesto» junto a los mexicanos, sin buscar ventajas extralegales o monopolios.
Como
se ve, Obregón no pronunció una palabra de radicalismo ideológico. Algunos
malpensados comenzaron a identificar en sus ideas rasgos de otros tiempos. Su
programa buscaba la pacificación definitiva del país y la modernización
agrícola e industrial. ¿No había declarado Obregón que su gobierno haría más
administración que política? ¿No le había confiado a Lucio Blanco en 1914 que
ellos serían «los nuevos científicos»? ¿No había escrito sus Ocho mil
kilómetros en campaña, como su oaxaqueño antecesor, extrayéndolos casi por
entero de su memoria? Pero no hacía falta maliciar tanto. El propio Obregón lo
pregonaba: «El único pecado de don Porfirio ... fue envejecer.
Reconstrucción
educativa
El
breve interinato de Adolfo de la Huerta fue un periodo más importante de lo que
se ha creído. Entre otras cosas, el suave presidente logró la pacificación
general por métodos civiles: Villa, Pablo González, los jefes zapatistas que
quedaban, Félix Díaz, Manuel Peláez, Juan Andrew Almazán, Marcelo Caraveo...,
uno a uno fueron deponiendo las armas por la buena. La Revolución no tenía
enemigo al frente. Había llegado la hora de convertir en realidad el título de
un libro notable escrito por Salvador Alvarado: La reconstrucción de México. El
propio Alvarado viajó a Estados Unidos para anunciar el advenimiento de la paz.
Otro signo de los tiempos lo constituyó el regreso de muchos exiliados por la
Revolución. Uno de ellos fue la mejor contratación de De la Huerta y un legado
inapreciable para el gobierno de Obregón: José Vasconcelos.
Vasconcelos
era dos años menor que Obregón: en 1920, al llegar a México para encargarse de
la rectoría de la universidad, tenía treinta y ocho años. En los últimos años
del régimen porfiriano había formado parte de un grupo de filósofos, escritores
y humanistas llamado el Ateneo de la Juventud, entre cuyos miembros se contaban
personas que ya en 1920 gozaban de cierta notoriedad: los escritores Pedro
Henriquez Ureña, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán, el filósofo Antonio Caso y
el pintor Diego Rivera. Maderista de la primera hora, Vasconcelos se había
rebelado contra Huerta y había ocupado en 1914 la cartera de Educación en el
efímero gobierno de Eulalio Gutiérrez.
En
1915 salió a un largo destierro que lo llevó a Europa, Sudamérica y Estados
Unidos. De pronto, al caer su odiado régimen «carranclán», José Vasconcelos
regresa con un proyecto casi mesiánico para el país.
Como
rector de la universidad durante el periodo de De la Huerta, Vasconcelos
inventa el lema «Por mi raza hablará mi espíritu»; pero muy pocos advierten la
implicación casi religiosa de sus palabras y la dimensión de su proyecto.
Obregón lo escucha y lo apoya. Al hacerlo, y por ese solo hecho, marca su
distancia histórica y moral con Porfirio Díaz, quien nunca confió en ningún
intelectual ni siquiera, enteramente, en Justo Sierra. A los pocos días de
inaugu^ rar su régimen, Obregón crea la Secretaría de Educación Pública y
federaliza su ámbito de acción. Gracias a su simpatía e interés, Vasconcelos
pudo realizar una obra educativa y cultural que aún ahora, de muchas formas,
sigue presente.
Uno de los capítulos de aquella aurora educativa fue la creación de escuelas rurales, técnicas, elementales e indígenas. A guisa de soldados de moderna cruzada, la Secretaría envió a los sitios más apartados a vanos cientos de maestros misioneros. En Teotihuacán por ejemplo, el antropólogo Manuel Gamio inauguró una «escuela integral» que buscaba guiar la vida de los campesinos sin desarraigarlos