IV
Puente entre siglos
Venustiano Carranza
Los pueblos necesitan todavía de gobiernos fuertes, capaces de contener dentro del orden a poblaciones indisciplinadas, dispuestas a cada instante, y con el más fütil pretexto, a desbordarse, cometiendo toda clase de desmanes
Venustiano Carranza
Ser de Coahuila
Libertad
y soberanía nunca fueron términos abstractos para los hombres de Coahuila.
Durante la era de los Habsburgo, la Nueva Extremadura había dependido, a su
pesar, de Nueva Vizcaya y Nueva Galicia. Más tarde, en tiempo de los Borbones,
la provincia de Coahuila se sujetó con dificultad a los dictados de la
intendencia de San Luis Potosí. Gracias a la Independencia, el nuevo estado de
Coahuila y Texas disfrutaba por fin de su condición soberana; pasadas dos
décadas sufriría la dolorosa cercenadura de su región septentrional. Con la
independencia de Texas en 1836 y su posterior anexión a Estados Unidos, los
coahuilenses sufrieron dos agravios: el primero, de la potencia
intervencionista que les arrebataba sus territorios; el segundo, del gobierno
central, que había sido incapaz de defenderlos. Este doble trauma histórico
reforzó seguramente la vieja y recelosa vocación de autonomía de los
coahuilenses y fue factor clave de la resistencia que opusieron al acoso de que
los hizo víctima el vecino estado de Nuevo León durante la segunda mitad del
siglo XIX.
Junto
con el sentido de libertad y soberanía, el coahuilense perfiló una identidad de
frontera que se manifestaba no sólo en el arrojo físico y la voluntad casi
feudal de defensa ante los bárbaros, o en la conquista de tierras, sino también
en un rasgo más sutil: el resguardo de la cultura hispánica en formas tan
diversas como la tradición vitivinícola o las instituciones municipales.
Precisamente por vivir en la frontera, zona amenazada por definición, sentían
con mayor urgencia y profundidad los valores del centro.' Uno de esos hombres
de frontera fue Jesús Carranza Neira, descendiente de una antigua familia
española avecindada en Morelia y Cotija. Era nieto del fundador de la villa de
Cuatro Ciénegas, arriero y ganadero de profesión.2 Al estallar la guerra contra
el Imperio, Carranza, veterano ya de la lucha contra los indios bárbaros y la
guerra de Reforma, apoya activamente la causa republicana. A principios de
1865, cuando «México se refugió en el desierto», Benito Juárez le escribía al
general Mariano Escobedo desde la sede de su gobierno en la ciudad de
Chihuahua:
«Se
me ha asegurado que el señor don Jesús Carranza, vecino de Cuatro Ciénegas, es
persona que ha trabajado y trabaja decididamente por nuestra causa haciendo
algunos gastos de su bolsillo. Vea usted si él puede ejercer el mando y en
[ese] caso ... nombrar al señor Carranza por lo menos [para] la jefatura
política del distrito de Monclova».
Escobedo
comprobana muy pronto la lealtad de Carranza. El liberal coahuilense lo
proveería de armas, parque, monturas y caballos, y en reciprocidad sería
nombrado jefe político de Monclova.3 A lo largo de la Intervención, don Jesús
fue el conducto principal de información entre Juárez y los generales Escobedo,
Treviño y Naranjo.
En
aquellos años anteriores a la era del progreso. Carranza había comprado un par
de camellos para acortar el tránsito entre Ocampo y Chihuahua, pero, en vista
de la guerra, Juárez le encomendaba un esfuerzo mayor:
«Le
escribí a usted en días pasados diciéndole que me mandara sus presupuestos para
la apertura del camino. Se lo recuerdo porque es de suma importancia que se
abra la comunicación con ese estado y el de Chihuahua por el desierto sin dar
la vuelta por el Presidio del Norte».4 Además de esos informes, a mediados de
1866 el propio Juárez recibió de Carranza un préstamo personal sin réditos para
aliviar un poco la siempre apurada economía de su familia.
Al
restaurarse la República, el patriarca Carranza, primer jefe de una familia de
15 hijos, recibe una dotación de tierras que afianza su fortuna. Al proclamarse
el Plan de la Noria, permanece fiel a Juárez.
Aunque
su actitud frente a la rebelión de Tuxtepec es menos clara, su juarismo es
inflexible; en 1878 protege, con grave riesgo de su vida y patrimonio, a
Mariano Escobedo, entonces levantado en armas para defender el depuesto régimen
de Lerdo.
Pasado
el tiempo, todos los hijos de don Jesús conocerían la historia de aquel
zapoteca adusto, vestido siempre de levita negra, que llevaba la patria como
tabernáculo en su carruaje: Benito Juárez. Pero, entre todos, hubo uno que
guardó su ejemplo como tabernáculo en su memoria. Era el undécimo hijo de don
Jesús: Venustiano, nacido el 29 de diciembre de 1859.
Se
sabe poco de sus primeros años. Estudia en el Ateneo Fuente, afamado colegio
liberal de Saltillo, y en 1874 ingresa a la recién fundada Escuela Nacional
Preparatoria, dirigida por Gabino Barreda. En la ciudad de México es testigo de
sucesos importantes, como la caída del presidente Lerdo, la rebelión de
Tuxtepec y la entrada triunfante de los ejércitos de Porfirio Díaz. Frente a
San Ildefonso vive José Martí, a cuya hermana corteja. Un grave padecimiento de
la vista, que atiende el célebre doctor Carmena y Valle, trunca su carrera de
medicina. El joven Carranza opta por regresar a Coahuila y dedicarse a la ganadería.
En 1882 se casa con Virginia Salinas, con quien tiene dos hijas, Virginia y
Julia. En 1887, a los veintiocho años de edad, ocupa la presidencia municipal
de Cuatro Ciénegas: su primera estación política.5 El altivo individualismo
liberal —típico de los rancheros del norte, pero exacerbado en Coahuila— y la
filiación juarista de los Carranza fueron quizá los factores principales en su
resolución de intervenir en el temprano presagio revolucionario que vivió
Coahuila ese 1893.
Ante
la inminente imposición del gobernador José María Garza Galán, que pretendía
reelegirse, trescientos rancheros coahuilenses, entre ellos Emilio y Venustiano
Carranza —los varones mayores de don Jesús—, se arman y rebelan. No era la
primera vez que los coahuilenses reaccionaban con violencia ante las
arbitrariedades del poder federal o estatal. Lo habían hecho en 1873 contra la
reelección del general Cepeda, en 1883-1884 al finalizar la gubematura de don
Evaristo Madero y en 1891, cuando un grupo de coahuilenses se unió al «movimiento
catarinista» de Nuevo León y Tamaulipas que, adelantándose diecinueve años al
Plan de San Luis, bandera del maderismo, exigía la plena aplicación de la
Constitución del 57. Con todo, ninguna de estas revueltas había preocupado
tanto al poder central como la de 1893. El presidente Díaz reaccionó de
inmediato encomendando el problema a Bernardo Reyes, su confiable procónsul en
los estados de Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila. Varias veces le manifestó su
sospecha, no del todo injustificada, de que el instigador del movimiento era su
antiguo opositor Evaristo Madero, y sus instrumentos, los Carranza.
No
obstante sus sospechas, por intermedio de Reyes le concede audiencia a
Venustiano, quien le explica con detalle las raíces y justificaciones del
movimiento. Con sagacidad, Díaz comprende que ganaría más con la derrota de
Garza Galán que con su imposición. Sabe que Coahuila ha sido siempre una
entidad inestable y teme que el recién fundado Club Central Juan Antonio de la
Fuente expanda su influencia. Su solución no puede ser más salomónica: Garza
Galán retira su candidatura pero el candidato de la oposición y de Reyes,
Miguel Cárdenas, lo hace también. La elección recae en José María Múzquiz,
abogado de prestigio que ocuparía la gubematura por breve tiempo, hasta que en
1894 el propio Reyes impone a Cárdenas.6 La gubematura de Cárdenas apaciguaría
los ánimos un par de periodos, hasta que en 1904 su tercera reelección vuelve a
lastimar la sensibilidad política de los coahuilenses. Francisco I. Madero
funda entonces el Club Democrático Benito Juárez, con el que inicia su espiral
de oposición democrática al régimen central, espiral que, cumpliendo finalmente
los presagios de Díaz, encendería en el país la guerra civil.
Con
el triunfo del movimiento contra Garza Galán, Venustiano Carranza logra una
victoria más personal: consolida la amistad de Bernardo Reyes, a cuya política
había debido ya, desde 1887, su presidencia municipal en Cuatro Ciénegas. Al
doblar el siglo, cuando Reyes, ministro de Guerra, organiza la Segunda Reserva
del Ejército, Carranza presenta su examen de ingreso como oficial. Había pasado
del juarismo familiar al reyismo personal: dos manifestaciones, si no de
oposición, sí de distancia frente a don Porfirio.
Entre
1894 y 1898 Carranza vuelve a ocupar la presidencia municipal de Cuatro
Ciénegas. Más tarde es diputado de la legislatura local y diputado federal
suplente. En 1901 es senador suplente —de clara filiación reyista— por su
estado. En 1904 el gobernador Miguel Cárdenas lo recomienda al presidente Díaz
para senador propietario, invocando su «amor al orden» como garantía segura de
su adhesión.7 Sólo el reyismo empañaba, en el fondo, la «segura adhesión» del
silencioso senador Carranza al presidente Díaz. Aunque hasta 1909 el reyismo no
fue sinónimo de antiporfírismo, Carranza pertenecía a una generación recelosa y
un tanto frustrada que veía en Reyes el germen de una renovación bloqueada por
los «científicos» porfiristas. Pero su relativa distancia de don Porfirio no lo
llevaba al extremo de simpatizar con los proyectos libertarios de su paisano
Francisco I. Madero, a quien, para colmo, se vinculaba al grupo científico. Con
todo, su situación política debió de parecer ambigua. Quizá por eso escribió al
presidente Díaz en mayo de 1909:
«Con
mi carácter de representante de los intereses del estado de Coahuila en la
importante cuestión que ahora se ventila en el Ministerio de Fomento, sobre el
reparto de las aguas del río Nazas, y estando vivamente interesado en que este
delicado asunto no venga a interponer alguna dificultad entre el gobierno de su
digno cargo y los interesados en el reparto de dichas aguas, mayormente
encontrándose entre éstos la compañía extranjera de Tlahualillo, he arreglado
con el sindicato de ribereños se retire la representación que en él tiene el
señor Francisco I. Madero, quien pudiera aprovechar esta circunstancia para
agregar un nuevo elemento en la campaña que contra el gobierno de usted tiene
emprendida y que se ha hecho pública en su libro titulado La sucesión presidencial.
"Espero
que esta labor será de la respetable aprobación de usted, a la vez que servirá
de prueba de mi invariable adhesión a la buena marcha de su gobierno, hay
criticada por persona de ninguna significación política».
Aquella «invariable adhesión» varió muy pronto. A mediados de 1909 se llevarían a cabo las elecciones para gobernador. Con la venia inicial del presidente. Carranza lanzó su candidatura. Había sido ya, efímeramente, gobernador provisional. A pesar de la deserción de Reyes y la bancarrota del reyismo, contaba con múltiples apoyos que abarcaban todo el espectro político, desde el gobernador Cárdenas hasta el opositor Madero, quien recomendaba vivamente su postulación. Don Evaristo Madero, el magnate mayor del estado, lo consideraba «honrado y enérgico». Casi todos compartían la especial atención de su programa en la libertad municipal y la independencia del poder judicial. Sólo un apoyo le faltó: el del «Gran Elector». Porfirio Díaz, recordando quizá los sucesos de 1893, optó por apoyar al candidato opositor, de filiación científica, el ex jefe político Jesús de Valle. La toma de posesión se efectuó en diciembre de 1909. Entonces, resentido con el presidente. Carranza se acerca a aquella «persona de ninguna significación política»: Francisco I. Madero.
Lecciones de historia.
En
enero de 1911 Carranza se reúne con Madero en San Antonio, Texas. En febrero.
Madero lo designa gobernador provisional de Coahuila y comandante en jefe de la
Revolución en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. La celeridad no fue nunca
virtud de Carranza, y menos entonces, cuando había cumplido ya los cincuenta
años. La insurrección que debería acaudillar se retrasa. Algunos piensan que
Carranza permanece fiel a Reyes. Madero se impacienta pero no desconfía. El 3
de mayo de 1911, casi sin acciones militares que lo avalen, Carranza se
incorpora a las negociaciones de Ciudad Juárez y ocupa el ramo de Guerra en el
Consejo de Estado.
Su
primera intervención fue reveladora. Se discutía en una choza en las afueras de
Ciudad Juárez, que los revolucionarios llamaban su «palacio nacional». Los
delegados porfíristas regateaban la renuncia de Díaz y Corral. De pronto
intervino Venustiano Carranza. Siendo estudiante en México, había presenciado
la revolución de Tuxtepec. Conocía mejor que ninguno de los presentes la
naturaleza de las revoluciones en México. De ahí que adujera, además de sus
argumentos, una profecía:
«Nosotros,
los exponentes de la voluntad del pueblo mexicano, no podemos aceptar las
renuncias de los señores Díaz y Corral porque sería reconocer la legitimidad de
su gobierno y falsearíamos la base del Plan de San Luis.
»La
Revolución, señores, es de principios, no personalista. Y si sigue al señor
Madero, es porque él enarbola la enseña de nuestros derechos, y si mañana ese
lábaro santo cayera de sus manos, otras manos robustas se aprestarían a
recogerlo. Nosotros no queremos ministros ni gobernadores, sino que se cumpla
la soberana voluntad de la nación. Revolución que transa es revolución perdida.
Las grandes reformas sociales que exige nuestra patria sólo se llevarán a cabo
por medio de victorias decisivas.
»Las
revoluciones, para triunfar de un modo definitivo, necesitan ser implacables.
¿Qué ganamos con la retirada de los señores Díaz y Corral? Quedarán sus amigos
en el poder; quedará el sistema corrompido que hoy combatimos. El interinato
será una prolongación viciosa, anémica y estéril de la dictadura. Al lado de
esta rama podrida el elemento sano de la Revolución se contaminaría.
"Sobrevendrán
días de luto y de miseria para la República y el pueblo nos maldecirá porque,
por un humanitarismo enfermizo, habremos malogrado el fruto de tantos esfuerzos
y tantos sacrificios. Lo repito: revolución que transa se suicida».9 La
revolución maderista desoyó a Carranza y transó al conceder el interinato, pero
las consecuencias tardarían en revelarse. El 3 de junio de 1911, atento y
circunspecto, Carranza recibe a Madero en Piedras Negras. Por corto tiempo
ocupa la gubernatura provisional de Coahüila, puesto que De la Barra pretendía
escatimarle pero que Madero exigió, amagando al presidente interino con la
violencia. En agosto de 1911 renuncia para «llevar a la práctica la efectividad
del sufragio» y contender por la gubernatura que Díaz le había negado y que la
revolución maderista finalmente le reintegró.
La
gestión de Carranza duró año y medio. En su breve periodo inició la renovación
de la judicatura, los impuestos y los códigos; propuso leyes sobre accidentes
en minas, emprendió acciones contra las tiendas de raya, los monopolios
comerciales, el alcoholismo, el juego y la prostitución; invirtió 375.0 pesos
en nuevas escuelas, abrió nueve escuelas nocturnas, etc. Sus propósitos
educativos fueron más exitosos que sus proyectos de regimentación de la
propiedad minera y el trabajo. Desde entonces comprendió que los grandes
intereses extranjeros requerían contrapesos legales de alcance no municipal, ni
siquiera regional, sino nacional.
Carranza
acarició, aunque en la práctica no lo impulsó lo necesario, un viejo proyecto
de raíz hispánica y de larga tradición en el federalista estado de Coahuila: la
libertad municipal. Su larga experiencia en Cuatro Ciénegas lo había convencido
de que la redención moral de México sólo podía partir desde abajo, desde esa
«escuela de la democracia» que podía ser el municipio libre. Su fe en la bondad
de las pequeñas comunidades no era sólo política: frente a las grandes
haciendas y propiedades mineras, promovió la pequeña agricultura y la pequeña
minería. Tenía ya por entonces un concepto patriarcal de la política.
Conquistadas las libertades, había dicho a sus conciudadanos en 1911, «sólo nos
resta ilustrar al pueblo, enseñarlo con dedicación, con interés y con amor, a
hacer con cordura el uso legal de sus libertades y dirigirlo, hasta hacerlo comprender
el problema público».
Carranza
tenía ideas claras pero no era un idealista. Sabía que los tiempos no
propiciaban la reconstrucción pacífica y leía presagios oscuros en el
horizonte. Las fuerzas de seguridad que se empeñó en mantener, realistando a
veces a los antiguos rurales contra la voluntad de Madero, resultaron
particularmente útiles en la campaña contra el orozquista José Inés Salazar. Al
concluir esa rebelión. Carranza insiste en conservar tropas irregulares. «Bien
puede usted», escribe a Madero, «no apreciar los servicios que estas fuerzas
han prestado a su gobierno ... puedo asegurarle a usted que lo han salvado.» No
obstante. Madero piensa que «el viejo se quiere comer el mandado» y no lo
apoya.
En
septiembre de 1912 el distanciamiento entre ambos era público y notorio.
Carranza defendía ante todo la soberanía de su estado. Veía además, con inmensa
preocupación, el deterioro de la imagen presidencial, y presentía que aquellas
palabras suyas en Ciudad Juárez sobre la «revolución suicida» acabarían muy
pronto por cumplirse. Por su parte. Madero consideraba a Carranza,
textualmente, «vengativo, rencoroso y autoritario». Es, solía decir, «un viejo
pachorrudo que le pide permiso a un pie para adelantar el otro»." Mientras
el apóstol se dispone al martirio, el viejo Carranza, nada pachorrudo, lleno de
malicia y claridad, establece enlaces con los gobernadores de San Luis Potosí,
Aguascalientes y Chihuahua, asegura la lealtad de futuros astros de la
Revolución (Cesáreo Castro, Francisco Coss, Pablo González); aconseja a la
cantante Fanny Anitúa, de paso por Saltillo, que no regrese a la capital y, por
fin, en plena Decena Trágica, envía al joven Francisco J. Múgica a ofrecer a
Madero refugio en Coahuila. Nada lo sorprende. Más sabía el viejo por viejo...
Había vivido, escuchado y leído mucha historia.'2 Dos testimonios ilustres,
entre otros muchos, han señalado la peculiar afición de Carranza por la
historia y sus moralejas. Para Luis Cabrera, Carranza era una verdadera
«enciclopedia aplicada de historia de México». Su época dorada era la Reforma;
su personaje entrañable, Benito Juárez. «Juárez era para él», escribe con
cierta exageración José Vasconcelos, «toda la grandeza humana por encima de los
genios universales.”. Aunque Carranza apenas había viajado al extranjero,
suplía su inmovilidad Hsica con una respetable movilidad libresca. Entre
cuadros con la efigie de Juárez, Hidalgo, Jefferson y Napoleón, su biblioteca
ostentaba una buena colección de obras históricas.
Destacaban,
desde luego, las biografías: las Vidas paralelas de Plutarco, y otras vidas,
como las de Francisco de Miranda, Napoleón, Cromwell, Benito Juárez, Porfirio
Díaz, las memorias de Maximiliano... De la historia europea, su preferida era
la francesa, pero no sólo la política —que conocía en su versión conservadora y
clásica— sino la social: Historia de los salones de París y Memorias de la
duquesa de Erante.
Su
ventana a la historia de Roma era Tito Livio, y su mayor pasión, por supuesto,
la historia de México. La frecuentaba en los clásicos como el doctor Mora, en
las visiones de Justo Sierra o en el México a través de los siglos, y también
en el más prolijo y popular Zamacois.
A
fines de febrero de 1913, muerto Madero y consumado el cuartelazo, Carranza
creyó reconocer en los acontecimientos un capítulo de la historia mexicana. En
un día similar, el 11 de enero de 1858, el moderado presidente Comonfort,
incapaz de gobernar con la Constitución de 1857, había caído bajo la presión
del grupo conservador.
Mientras
Benito Juárez toma posesión de la presidencia provisional y parte hacia el
occidente del país, el bando de la reacción designa su propio presidente: Félix
Zuloaga. Daba comienzo la guerra de los Tres Años. Juárez encarna la legalidad
constitucional. Por año y medio se refugia en Veracruz. Allí expide las Leyes
de Reforma, que cambiarían profundamente la vida mexicana: nacionalización de
los bienes eclesiásticos, extinción de las órdenes monásticas, secularización
de cementerios, establecimiento del registro y el matrimonio civiles y
tolerancia de cultos. Luego de tres años exactos, Juárez regresa victorioso a
la ciudad de México. Había dado un nuevo sentido histórico a la lucha
constitucional encamando no sólo una autoridad que resiste sino una autoridad
que legisla. Muy pronto se vería sometido a un desafío mucho mayor, que se
prolongaría siete años: el enfrentamiento con España, Inglaterra y Francia, la
invasión por esta última y el imperio de Maximiliano. Su lección en esta
segunda etapa sería igualmente perdurable: la soberanía nacional como el valor
supremo.
Aunque
para entonces Carranza no tenía ya vínculos con Reyes, su antiguo líder, si
éste hubiese triunfado, la actitud posterior de Carranza habría también
variado. Pero tal como los acontecimientos se desarrollaron, para Carranza la
moraleja era evidente. Los nuevos reaccionarios, encabezados por Huerta, habían
derrocado al presidente constitucional. Se requería un nuevo Juárez investido
de poderes legítimos para defender la bandera del constitucionalismo y
proponer, en su momento, nuevas Leyes de Reforma. En el río revuelto hacia la
otra Reforma, las potencias extranjeras -en especial Estados Unidos, más
arrogante que en 1847— buscarían ganancia de pescadores. Como en 1867, habría
que luchar por la soberanía, pero esta vez sin aliados: contra Europa y contra
Estados Unidos. Una y otro habían dado la espalda al presidente Madero.
De
Juárez adoptó el libreto; de Díaz, en cierta medida, el método. No en balde
había sido senador tantos años. No podía, por definición, gobernar la Revolución
pacificándola, como Díaz había gobernado el país, pero podía conferirle una
autoridad visible e indiscutida, cumpliendo aquella sugerencia que Zayas
Enriquez propuso a Díaz en 1906: «Cuando la idea revolucionaria es tan avanzada
que frisa en un hecho, la única manera de dominarla es encabezarla».
También
de Madero había extraído lecciones prácticas, lecciones de todo lo que no debía
hacer. Sus propias palabras en Ciudad Juárez le resonaban, proféticas: la
Revolución no había sido implacable; el interinato resultó, en efecto, «una
prolongación viciosa, anémica y estéril de la dictadura»; un «humanismo
enfermizo» había «contaminado» la Revolución, «malogrando su fruto». La
revolución maderista había transado y «revolución que transa se suicida».
Por
contraste, ahora todo tendría que servir al principio de autoridad. Para ello
Carranza contaba no sólo con una peculiar sabiduría histórica, sino con
atributos naturales. Ante todo, la edad. En 1913 tenía cincuenta y tres años y
era, con mucho, el hombre viejo de una revolución que emprendían hombres a
quienes llevaba veinte, treinta y casi cuarenta años. Su estatura y porte lo
ayudaban también. Blasco Ibáñez lo describiría, años después, como hombre
«majestuosamente grande, membrudo y fuerte a pesar de sus años». John Reed, al
conocerlo, le atribuyó, con exageración, dos metros de estatura (medía en
realidad un metro noventa) y comparó aquel «cuerpo inmenso e inerte» con «una
estatua». Un tercer rasgo lo constituía la barba, que Isidro Fabela -no sin cursilería-
llamó «barba florida», pero que al escéptico Martín Luis Guzmán le provocó un
respeto instantáneo:
«El
modo como se peinaba las barbas con los dedos de la mano izquierda -la cual
metía por debajo de la nivea cascada, vuelta la palma hacia afuera y encorvados
los dedos, al tiempo que alzaba ligeramente el rostro- acusaba tranquilos
hábitos de reflexión ... de los que no podía esperarse -así lo supuse entonces-
nada violento, nada cruel».
Carranza
trataba de investir su imagen con la fuerza de Díaz y la legitimidad de Juárez,
esquivando todo asomo de debilidad maderista. Del primero había aprendido
Carranza la importancia de la imagen, pero su gusto por la fotografía lo llevó
a los extremos, según explica Martín Luis Guzmán:
«La
Historia no determina aún lo que había en el fondo de la afición de don
Venustiano a retratarse: si un sentimiento primario o un recurso político de
naturaleza oculta y trascendente. ¿Se complacía Carranza en su propia imagen,
conocedor tal vez del poder atractivo descubierto en sus rasgos por la oratoria
de la "barba florida"? ¡Tierno narcisismo de sesenta años! ¿O sería
más bien que el Primer Jefe, molesto de topar a cada paso con los retratos de
Madero, aspiraba a sustituirlos por otros? Posiblemente el biógrafo del
porvenir se detenga en la tesis intermedia y declare que a don Venustiano le
repugnaban los retratos del "presidente mártir" tanto cuanto le
deleitaban los suyos. De ser así, se invocará como testimonio, de una parte, la
frecuencia con que el Primer Jefe iba a colocarse frente al aparato de los
fotógrafos, y de la otra, el sufrimiento que le causaban los entusiasmos
maderistas a cuyo son era siempre recibido».
Junto
a este empeño casi publicitario de elaborar una imagen que, sin coerción,
infundiese obediencia y orden, una imagen de estampa histórica. Carranza
recurrió a un vasto repertorio de medios: descubrió, acaso por necesidad, la
inmensa utilidad estratégica de los lentes ahumados. (Huerta los había usado,
pero no como medio sino como refugio.) Blasco Ibáñez no fue el único azorado
interlocutor que vivió esta escena:
«Don
Venustiano, cuando recibe una visita, lo primero que hace instintivamente es
colocar su sillón de espaldas a la ventana más próxima. Así se queda en la
penumbra y su cuerpo no es más que una silueta negra en la que apenas se marca
el rostro como una vaga mancha blanca. El, en cambio, puede examinar a su gusto
el rostro del visitante, que permanece en plena luz frente a la ventana.
Además, si algo atrae su atención poderosamente, mira por encima de sus
anteojos azulados».
Decía
Jesús Reyes Heroles que «en política la forma es fondo». Pocos políticos
mexicanos, y desde luego poquísimos revolucionarios mexicanos, han cuidado
ciertas formas como Carranza. Un ejemplo entre miles: al lanzarse a la revolución
constitucionalista —segundo capítulo de la epopeya juarista—, cuidó que su
nombramiento de «Primer Jefe del ejército constitucionalista» coincidiese con
su atuendo. Si su condición era dual —civil y revolucionaria—, Carranza debía
serlo y parecerlo. De allí que usara «sombrero estilo norteño de fieltro gris
con alas anchas, chaquetín de gabardina sin insignias militares y con botones
dorados de general del ejército, pantalón de montar, botas de charol o melazas,
calzoneras abiertas de cuero de Saltillo».
Otra
característica suya era la lentitud. Había algo naturalmente pausado en
Carranza: su voz, sus ademanes y, según Luis Cabrera, hasta su comprensión. Sin
embargo,, la lentitud denotaba también un cálculo dilatorio. Carranza carecía
quizá del vertiginoso instinto político de Díaz, pero lo suplía dejando
respirar a los acontecimientos, filtrando los problemas y las personas. Era
casi imposible, por ejemplo, entrevistarse cara a cara con Carranza. A John
Reed, Isidro Fabela -uno de los hombres más cercanos al Primer Jefe- le censuró
un cuestionario escrito previo a la entrevista. La lentitud, la sabiduría y los
años lo habían vuelto obstinado.
Tras
aquella «gran máscara de hombre» (según Reed) empeñada en reencarnar la
autoridad juarista, se escondía una rústica y paternal inflexibilidad. A
diferencia de Juárez o Díaz, Carranza no era un místico del poder. Carecía de
los atributos divinos pero tenía en exceso los humanos para encarnar el
principio de autoridad en la Revolución. Era sobrio sin ser puritano («cortejaba
a las señoras con tacto finísimo, a las señoritas las protegía paternalmente»).
Era ecuánime, no inconmovible. Era tenaz, terco, obcecado, trabajador, tozudo,
astuto, paciente, estoico. Su tiempo psicológico y vital, distinto del de la
Revolución, era el tiempo campirano, el tiempo de los ranchos, hecho de ciclos
y fatalidad.
Su
pausado tiempo personal, sus recursos y tretas, su sentido de autoridad y su
lectura de la Reforma marcaron el fondo y la forma de la Revolución. Quiso
repetir a Juárez, imperar como don Porfirio y esquivar los errores de Madero.
En cierta medida lo consiguió. Y consiguió también algo distinto: encabezar y
encauzar -su palabra favorita- una Revolución de comentes mucho más complejas y
poderosas de lo que él mismo sospechaba. Nadie en nuestra historia vivió como
Carranza el tránsito entre nuestros siglos xix y xx. Fue el hombre puente. Como
los liberales de la Reforma, Madero había querido el imperio puro del derecho.
Antes y después de Madero, el militarismo había significado y significaría el
imperio casi puro del hecho. Carranza vivió la tensión entre los hechos y las
leyes: nuevos y antiguos hechos, nuevas y antiguas leyes. Su biografía es, sin
disputa, la más compleja de la Revolución.
Cuidando
todas las formas del caso, a fines de febrero de 1913 Carranza obtiene de la
legislatura de Coahuila el mandato de rebelarse contra la usurpación. El 4 de
marzo rompe abiertamente con Huerta, y días después sufre sus primeras derrotas
militares. En repliegue hacia Monclova —instalaría ahí el Palacio de Gobierno—,
pasa por la hacienda de Guadalupe, en donde el 26 de marzo de 1913, junto con
un grupo de jóvenes oficiales, lanza el célebre Plan que a la letra dice:
«Primero.
Se desconoce al general Victoriano Huerta como presidente de la República.
"Segundo.
Se desconoce también a los poderes legislativo y judicial de la federación.
«Tercero.
Se desconoce a los gobiernos de los estados que aún reconozcan a los poderes
federales que forman la actual administración ...
"Cuarto.
Para la organización del ejército encargado de hacer cumplir nuestros
propósitos, nombramos como Primer Jefe del ejército, que se denominará
«constitucionalista», al ciudadano Venustiano Carranza, gobernador del estado
de Coahuila.
"Quinto.
Al ocupar el ejército constitucionalista la ciudad de México, se encargará
interinamente del poder ejecutivo el ciudadano Venustiano Carranza, Primer Jefe
del ejército, o quien le hubiera sustituido en el mando.
"Sexto.
El presidente interino de la República convocará a elecciones generales tan
luego como se haya consolidado la paz, entregando el poder al ciudadano que
hubiese sido electo ...».
Los
firmantes —Francisco J. Múgica, Jacinto B. Treviño, Lucio Blanco, entre otros—
esperaban un nuevo Plan de San Luis y la inclusión de medidas sociales
revolucionarias. Pero Carranza busca emular a Juárez, no a Madero:
«No,
ya es tiempo que haya un hombre que hable con verdad y en quien el país tenga
confianza. Esta Revolución debe ser sólo, y debe saberlo todo el mundo, para
restaurar el orden constitucional, sin llevar al pueblo, con engaños, a una
lucha que ha de costar mucha sangre, para después, si no se cumple, dar lugar a
mayores movimientos revolucionarios. Las reformas sociales que exige el país
deben hacerse; pero no prometerse en este plan, que sólo debe ofrecer el
restablecimiento del orden constitucional y el imperio de la ley; pues de otra
manera aparecería con el objeto de hacerlo atractivo y conquistar adeptos, y no
se trata de eso. Si triunfamos, ya verán ustedes las reformas que por fuerza
tendrá que llevar adelante cualquier gobierno que se establezca en México, pero
sin promesas».
A
los pocos días, una delegación de Sonora que encabeza Adolfo de la Huerta
visita a Carranza en Monclova y se adhiere al Plan de Guadalupe. Desde un
principio. Sonora sería el principal bastión contra los federales, un estado
remoto y poderoso del que habían surgido varios líderes naturales provenientes
de la clase media: Alvaro Obregón. Benjamín HUÍ, Salvador Alvarado, Juan
Cabral, Plutarco Elias Calles. Con Sonora, se adhiere Chihuahua.
Pero
la lucha empezaba apenas. Siempre fiel al libreto de la historia, Carranza
tomaba las primeras medidas de guerra. «Hablarle a don Venustiano de hechos
históricos susceptibles de ponerse en práctica, si fueron de satisfactorios
resultados», recordaba un allegado, «era la forma más eficaz de convencerlo de
la necesidad de implantar alguna medida.» Así, un tal señor González Gante le
recordó el establecimiento de comisiones mixtas para las reclamaciones en la
guerra de Secesión norteamericana, y Carranza decretó, el 10 de mayo de 1913,
el derecho de nacionales y extranjeros a reclamar los «daños que hayan sufrido
o sigan sufriendo». Así también, y sin necesidad de consultar a nadie, consideró
pertinente poner en vigor la severísima Ley Juárez del 25 de enero de 1862, por
la cual serían juzgados Huerta, sus «cómplices en asonadas militares» y los
«sostenedores de su llamado gobierno». La ley decretaba la pena de muerte para,
entre otros, quienes se hubiesen rebelado contra las instituciones y
autoridades legítimas, o atentado contra la vida del supremo jefe de la nación:
lo que equivalía a la ejecución de prisioneros de guerra.
La
etapa preparatoria de la rebelión duró seis meses: de marzo a agosto de 1913.
Además de expedir los decretos sobre reclamaciones y pena de muerte. Carranza
dividió la República en siete zonas de operación, de las cuales sólo tres
funcionaban de modo efectivo: el noroeste, al mando de Pablo González; el
centro, con Panfilo Natera, y el noreste, bajo las órdenes de Alvaro Obregón.
En julio, Monclova cae en manos de los federales y los rebeldes intentan, sin
éxito, la toma de Torreón. En agosto, el Primer Jefe comprende la fragilidad de
su situación y decide viajar al bastión sonorense. De nuevo recuerda las largas
marchas de Juárez. Pudiendo abandonar el territorio mexicano y llegar a Sonora
por el sur de Estados Unidos, Carranza prefiere emprender una travesía de
trescientos kilómetros desde Piedras Negras hasta Hermosillo, pasando por
Torreón, Durango, el sur de Chihuahua, la Sierra Madre Occidental y el norte de
Sinaloa. Por ningún motivo pisaría suelo norteamericano: cuestión de
dignidad... y de formas.
El
14 de septiembre de 1913, en El Fuerte, Sinaloa, conoce a Alvaro Obregón, quien
al observarlo comenta: «Es un hombre de detalles». Al llegar a Hermosillo
establece su gobierno, con ocho dependencias paralelas a las de Huerta. El 24,
pronuncia en el Salón de Cabildos uno de los discursos más importantes de la Revolución.
Lo inicia con una dilatada reflexión histórica: había que revertir las
tendencias de cuatro siglos, «tres de opresión y uno de luchas intestinas que
nos han venido precipitando a un abismo». Durante la dictadura porfiriana,
época semejante a la de Augusto y Napoleón III, «en que todo se le atribuía a
un solo hombre», los periódicos engañaban al público hablándole de progreso
cuando lo que en verdad se robustecía era el sometimiento del alma nacional.
Carranza no menciona a Madero por su nombre y minimiza la originalidad del lema
maderista. A su juicio, la lucha rebasaba el ideal de «Sufragio efectivo, no
reelección», del mismo modo en que rebasaba al Plan de Guadalupe:
«El
Plan de Guadalupe no encierra ninguna utopía, ni ninguna cosa irrealizable, ni
promesas bastardas con intención de no cumplirlas; el Plan de Guadalupe es un
llamado patriótico a todas las clases sin ofertas ni demandas al mejor postor;
pero sepa el pueblo de México que, terminada la lucha armada a que convoca el
Plan de Guadalupe, tendrá que principiar formidable y majestuosa la lucha
social, la lucha de clases, queramos o no queramos nosotros mismos y opónganse
las fuerzas que se opongan. Las nuevas ideas sociales tendrán que imponerse en
nuestras masas, y no es sólo repartir tierras, no es el "sufragio
efectivo", no es abrir más escuelas, no es construir dorados edificios, no
es igualar y repartir las riquezas nacionales, es algo más grande y más
sagrado: es establecer la justicia, en buscar la igualdad, es la desaparición
de los poderosos para establecer el equilibrio de la conciencia nacional».
Carranza
no era un revolucionario social. Sólo así se entienden las palabras «queramos o
no queramos nosotros mismos». Sin embargo, con un sentido de la necesidad
histórica, entreveía ya que «la Revolución es la Revolución», un movimiento
casi telúrico que los hombres pueden en el mejor de los casos encauzar, pero no
segar. Así hay que leer los propósitos que agregó en aquel discurso, tan
personales como sus metáforas de agricultor: «El pueblo ha vivido
ficticiamente, famélico y desgraciado con un puñado de leyes que en nada le
favorecen; tendremos que removerlo todo, drenarlo y construirlo de verdad».
Para
esa inmensa labor rectificadora. Carranza anunció por primera vez el propósito
de elaborar una nueva Constitución. Otros pasos no menos decisivos serían la
fundación de un Banco del Estado y la promulgación de leyes que favorecieran al
campesino y al obrero, elaboradas por ellos mismos. Pero el mensaje fundamental
del discurso era el referente a la soberanía, valor número uno para cualquier
coahuilense:
«...
deben acabarse los exclusivismos y privilegios de las naciones grandes respecto
a las pequeñas; deben aprender que un ciudadano de cualquier nacionalidad que
radica en una nación extraña debe sujetarse estrictamente a las leyes de esa
nación ...».
A
los dones personales y políticos que avalaban la legitimidad de su jefatura,
Carranza añadió a aquel discurso uno más: el de ideólogo de la Revolución. Los
objetivos no podían estar más claros. A la victoria militar seguiría un periodo
de reformas sociales, una nueva Constitución, otras leyes e instituciones y una
actitud diferente que «sacudiría los prejuicios internacionales y el eterno
miedo al coloso del norte».
Carranza
permanece en Sonora hasta marzo de 1914. Allí se entera de las primeras,
centelleantes victorias de Villa, y de los avances de González y Obregón. Sin
salir nunca de territorio nacional, llega a Ciudad Juárez. En el estado de
Chihuahua residiría hasta el triunfo completo del constitucionalismo, en julio
de 1914.
Durante
la revolución constitucionalista, mientras Obregón y González se desplazan
hacia el sur y Villa triunfa en Ciudad Juárez, Tierra Blanca, Chihuahua,
Ojinaga, Torreón, Paredón y Zacatecas, Carranza juega un doble papel
particularmente difícil: además de ocuparse en la administración económica de
la guerra, debe conservar la cohesión del ejército constitucionalista bajo su
mando y lidiar con las naciones extranjeras, sobre todo con Estados Unidos. En
el primer tablero, su contrincante principal fue una fiera: Francisco Villa; en
el segundo, un moralista: Woodrow Wiison.
Aunque
en un principio sus relaciones fueron casi cordiales. Carranza y Villa nunca se
entendieron. El sentido de autoridad que reclamaba para sí el Primer Jefe era
incomprensible para el feroz guerrero.
Los
problemas causados por Villa a gobiernos extranjeros comenzaban a apilarse:
había arreado como ganado a los españoles de Chihuahua, confiscado sus bienes,
tolerado el asesinato del inglés Benton y el norteamericano Bauch. En abril de
1914 Villa apresa al gobernador de Chihuahua, Manuel Chao, hombre de Carranza.
Es la gota que derrama el vaso del Primer Jefe. Miguel Alessio Robles presenció
el enfrentamiento.
«El
señor Carranza, al ver a Villa que entraba en esos momentos a la sala principal
del Palacio de Gobierno, se levantó de su asiento y le dijo: "Sé que tiene
usted preso al gobernador de Chihuahua". Entonces quiso interrumpirle
Villa para entrar en explicaciones y decirle los motivos por los cuales lo
tenía preso. El señor Carranza le dijo en seguida: "No me interrumpa
usted; sé que tiene preso al gobernador de Chihuahua y eso no lo puedo permitir
yo, ni mucho menos que en mi presencia se cometa ese desacato. Después de haber
asesinado al subdito inglés Benton, hecho que estuvo a punto de hacer fracasar
la Revolución, no dejaré que cometa usted otro acto semejante. Una vez que haya
usted puesto en libertad al general Chao, entonces oiré todas las explicaciones
que usted quiera darme. Pero antes, no".
»El
general Villa salió en el acto. y mandó poner en libertad al general Chao.
»El
señor Carranza tenía en Chihuahua solamente la escolta del Cuarto Batallón de
Sonora. Estaba a merced de las fuerzas de Francisco Villa; y, sin embargo,
logró imponerse al tremendo y famoso guerrillero, que contaba en esos momentos
con un ejército fuerte y victorioso.» Por momentos, su sentido de la autoridad
lo llevaba al autoritarismo. Sin renunciar a la firmeza, con un poco menos de
celo y un poco más de simpatía, hubiese logrado quizá plegar a Villa. Pero
Carranza no estaba para sutilezas. También Juárez había sido criticado por su
celo autoritario. La lección, de nueva cuenta, le parecía clara:
más
valía pecar por exceso, como Juárez o Díaz, que por defecto, como Madero.
Mientras
los militares hacían lo suyo, Carranza emulaba a Juárez en la batalla
diplomática. Sabía que el resguardo absoluto de la soberanía nacional era
condición necesaria para el triunfo de la Revolución, y en su defensa empleó
toda su sabiduría heredada, innata o aprendida. Para Woodrow Wiison, su
homólogo norteamericano. Carranza fue siempre una caja de sorpresas, un
incomprensible saco de mañas, un hombre insensible a las buenas intenciones.
Pero de aquella larga y compleja relación que, con altas y bajas, se
prolongaría siete años, ambos saldrían razonablemente victoriosos.
Por
el lado norteamericano, todos los escarceos tuvieron un argumento similar al
que había empleado, puertas adentro, Porfirio Díaz:
pan
y palo. La táctica del Departamento de Estado era alternar la amenaza, el
amago, la violencia con la prédica moral, la conciliación, el apoyo. La táctica
de Carranza consistía en desconfiar tanto del pan como del palo y considerarlos
imposturas. Su premisa -esta vez más porfiriana que juarista— era muy simple:
así ocupe la Casa Blanca un apóstol bíblico, nada bueno puede esperar México de
Estados Unidos.
«El
peligro está en el yanqui que nos acecha», había dicho don Porfirio en París.
¿Y cómo olvidar el siniestro papel de Henry Lañe Wilson en el martirio de
Madero? Al primer representante oficioso de Wiison, que lo visita en noviembre
de 1913, Carranza lo hace esperar diez días, lo recibe con fría formalidad, no
se conmueve ante sus buenas intenciones de reconocimiento ni acepta transigir
con la reacción para crear un gobierno provisional. En febrero del año
siguiente, a raíz del asesinato del inglés Benton, rechaza la intermediación
norteamericana en favor de su subdito inglés, al tiempo que hace ver al cónsul
norteamericano, Simpich, la necesidad de que con él, y no con cualquier otro
jefe revolucionario, se ventilaran todas las querellas. En aquellos días
caldeados por el caso Benton, John Reed conoce a Carranza. Reed le ofrece la
buena voluntad del periódico que representa. Carranza lo agradece y aprovecha
la oportunidad para lanzar una catilinaria contra Estados Unidos y la pérfida
Albión. Reed recuerda sus palabras:
«¡Les
digo que si los Estados Unidos intervienen en México sobre la base de ese nimio
pretexto, la intervención no tendrá el efecto que piensa, sino que desatará una
guerra que, además de sus propias consecuencias, ahondará un profundo odio
entre los Estados Unidos y toda la América Latina, un odio que pondrá en
peligro todo el futuro político de los Estados Unidos!».
La
intervención no se hizo esperar, aunque por razones distintas.
El
21 de abril de 1914 los marines desembarcan en Veracruz. Con ese «palo», Wiison
se propone dar a los constitucionalistas el «pan» de un bloqueo definitivo
contra Huerta. Aunque Carranza lo comprende así, no admite las razones del
secretario de Estado, Bryan, exige el retiro inmediato de los marines y amaga
con una situación de guerra. El 25 de abril Argentina, Brasil y Chile ofrecen
sus buenos oficios de mediación, que Carranza acepta en principio pero al final
declina, aduciendo que las propuestas de convocar un armisticio beneficiaban a
Huerta e implicaban una intervención en los asuntos internos de México.
El
siguiente round ocurrió con posterioridad a la salida de Huerta.
El
23 de julio de 1914, Wiison —antiguo profesor de filosofía en Princeton— decide
dar una clase de política y moral al rudo ranchero de Coahuila. El
constitucionalismo triunfante debía respetar vidas y compromisos financieros,
otorgar una amplia amnistía, cuidarse de afectar al clero. Estados Unidos
actuaría como representante de otras potencias y su opinión sería decisiva en
los reconocimientos diplomáticos.
Por
toda respuesta, el encargado de las relaciones internacionales —Fabela, no
Carranza— evita mencionar las palabras de Wiison, refrenda el respeto a los
derechos y compromisos del país y concluye secamente que los hechos por venir
«se decidirán de acuerdo con los mejores criterios de justicia y de nuestro
interés nacional». Bryan, siempre más radical que Wiison, amenaza con no
reconocer al gobierno que emanase del constitucionalismo. Carranza ni siquiera
se molesta en contestar.
El
20 de agosto de 1914, cinco días después de que Obregón firmase los Tratados de
Teoloyucan —en los que Carranza no cedió una coma a los últimos representantes
del huertismo—, el Primer Jefe entra a la capital. «Carranza», explica Charles
Cumberland, el gran historiador del constitucionalismo, «nunca
"llegaba" simplemente a una ciudad; siempre hacía entradas a caballo
flanqueado por su estado mayor. En esta ocasión inició su marcha desde
Tlalnepantia, a unos once kilómetros del Palacio Nacional, lo cual le permitió
atravesar una gran parte de la ciudad y recibir la entusiasta bienvenida de
cerca de trescientas mil personas.» Debió de recordar a Juárez cuando, después
de Calpulalpan, entró a la capital el 11 de enero de 1861.
De
acuerdo con el Plan de Guadalupe, el derrocamiento de Victoriano Huerta debía
significar el triunfo del constitucionalismo y, al menos en teoría, el fin de
la Revolución. En realidad fue sólo el principio.
Venustiano
Carranza era el Primer Jefe de la Revolución, pero no el único. Dos caudillos
populares se negaban a plegarse a su autoridad: Pancho Villa y Emiliano Zapata.
De su difícil conciliación dependía la paz. Vista con perspectiva, la
desavenencia entre ellos parece natural. Nada salvo el atributo de su
mexicanidad los unía.
En
ambos casos Carranza buscó el acercamiento, si bien bajo sus férreas
condiciones. A los pocos días de entrar a la capital envió a tres emisarios, de
honradez y solvencia fuera de toda sospecha, a conferenciar con Zapata: Luis
Cabrera, Juan Sarabia y Antonio Villarreal.
«Con
una expresión inequívoca de reconcentrado furor», Zapata apenas habló con
ellos. Su condición fue que Carranza renunciase al poder ejecutivo y acatase
letra por letra el Plan de Ayala. En el fondo, como ha escrito John Womack, el
resultado estaba determinado de antemano:
«El
Primer Jefe Carranza no despertaba la menor simpatía entre los agricultores y
los trabajadores del campo de Morolos. Senador de los congresos porfirianos,
viejo corpulento e imperioso, de tez colorada, anteojos oscuros y barbas a la
Boulanger, montado en su caballo como si estuviese en un sillón. Carranza era
políticamente obsoleto.
Ahora
podía ser revolucionario y rebelde, pero en otro mundo, un mundo establecido y
civilizado de manteles limpios, bandejas de desayuno, alta política y cubos
para enfriar vino». Por su parte, siempre con la historia en mente. Carranza
creía que los zaparistas eran «hordas de bandidos» y Zapata el nuevo Manuel
Lozada, aquel temible «Tigre de Alica», el cacique indígena de la siena
nayarita que había asolado el occidente de México con sus «hordas de salvajes».
Recordando que Madero, con su bonhomía, no había logrado atemperar el radicalismo
del líder suriano. Carranza decidió agotar el expediente en unos días. El 5 de
septiembre rechazó las condiciones de Zapata.
De
Zapata lo separaban abismalmente la clase social, la cultura y hasta la
civilización; es el mismo conflicto entre el México antiguo y el México liberal
que recorre todo el siglo xix mexicano. Con Villa el problema tenía un tinte
más político. «Pleito de enamorados» lo llamó Alvaro Obregón, con evidente
exageración, pero refiriéndose a algo verdadero: era más querella de pasiones y
personalidades que de creencias o ideologías.
Villa
tenía una retahila de quejas contra el Primer Jefe. Después de las disputas en
Chihuahua y los ninguneos de Zacatecas, Carranza lo había bloqueado de varias
maneras: negándole carbón para sus trenes, negando a la División del Norte la
categoría de cuerpo del ejército, negándole a Villa, en lo personal, la gloria
de entrar a la ciudad de México y hasta el grado de general de división. Aunque
el 8 de julio villistas y carrancistas firman el Pacto de Torreón, en el que
ambas partes se reconocen y acuerdan convocar una convención de generales para
decidir el futuro político de México, Carranza sabe de antemano que el «pleito
de enamorados» terminará en divorcio. Ya en septiembre escribe al gobernador de
San Luis Potosí, Eulalio Gutiérrez: «Si somos incapaces de llegar a un acuerdo
pacífico y empieza la lucha armada —no porque lo deseemos sino por causa de las
circunstancias— queremos estar preparados».
Aquel
septiembre de 1914, el futuro político del país se jugaba en la lotería
personal de los caudillos. Todo parecía incierto. Si la lucha común contra
Huerta no había podido unirlos cabalmente, la victoria lo pudo aún menos. Se
vivían sensaciones contradictorias: por un lado una voluntad positiva y desinteresada
de pacificación, de acuerdos; por otro, una recelosa urgencia de establecer
vínculos y alianzas, una lucha subterránea por el poder. Obregón se acerca a
Villa, pero no tanto como para pactar con él, y, sin embargo, uno y otro
buscan, en cierto momento, la renuncia del Primer Jefe. Después de estar a
punto de fusilar al «compañerito» Obregón, Villa es el primero que explota: el
23 desconoce a Carranza. El 3 de octubre, una convención más o menos
carrancista reunida en la ciudad de México ratifica al Primer Jefe en su cargo,
pero no unifica el mando nacional. En ese momento, el poder no es de nadie y
casi nadie es leal sino a sí mismo.
El
5 de octubre abre sus sesiones la Convención de Aguascalientes. Hasta entonces
la querella había sido de personas y personalidades: Carranza contra Villa y,
oscilando entre ellos, una colmena de generales más o menos villistas, más o
menos carrancistas y más o menos independientes. Una vez instalada la
Convención, el conflicto seria, además de político, jurídico y moral: un
conflicto de legitimidades.
¿Quién
era el depositario legítimo del poder en México? ¿La soberana Convención de
Aguascalientes, representada por los 150 generales más connotados de la
Revolución -incluidos, al poco tiempo, representantes civiles de Zapata-, o el
Primer Jefe del ejército constitucionalista, encargado del poder ejecutivo de
acuerdo con el Plan de Guadalupe?.Sin participar directamente en las sesiones
de la Convención -no era general más que de sus libros-, José Vasconcelos
formuló entonces la defensa jurídica de la Convención de Aguascalientes. La
verdadera soberanía popular -escribió Vasconcelos- residía desde febrero de
1913 en los ciudadanos rebeldes a la usurpación, en el ejército
constitucionalista, «que es el ejército el pueblo soberano». El artículo 128 de
la Constitución vigente se refería al momento en que el pueblo recobrase su
libertad venciendo a un gobierno anticonstitucional. <Y quién era el
vehículo de ese restablecimiento avalado plenamente por la Constitución? El
ejército rebelde.
Carranza
podía argüir que él, en su carácter de Primer Jefe, encarnaba a la vez la
autoridad del ejército y la legalidad, como Juárez en 1858; pero el caso -decía
Vasconcelos- era muy distinto: «A don Benito Juárez nunca pudo removerlo una
junta de generales, ni una junta de soldados, ni una convención de ciudadanos,
porque a don Benito Juárez ... le correspondió sustituir al presidente electo
que había desaparecido». Si la Convención -proseguía, con cruel lucidez,
Vasconcelos- no podía reclamar en rigor el carácter de soberana, ya que sus
miembros no habían sido ungidos con el voto popular, sí cabía considerarla
«suprema» y, desde luego, superior a Carranza en jerarquía. Suprema, para
erigir un gobierno provisional que restablezca el orden constitucional, para
ordenar movilizaciones de ejércitos, para designar un presidente provisional y
gobernadores interinos, dictar leyes y reformas sujetas a la ratificación de
los congresos locales y convocar elecciones.
Hasta
ahí Vasconcelos pensaba haber demostrado la legitimidad constitucional de la
Convención. Pero ¿cómo olvidar que se vivían tiempos revolucionarios? ¿Cuál era
la legitimidad revolucionaria de la Convención? «... la revolución es antítesis
de Constitución. La Constitución condensa las prácticas, las leyes, los
convenios establecidos por los hombres para vivir en sociedad. La revolución se
dirige a reformar y construir de nuevo todas esas prácticas, convenios y
principios; por eso lo primero que hace es desligarse de todas las trabas
sociales, puesto que va a crear nuevas formas para el enlace de los individuos.
»...
las revoluciones comienzan por la rebelión, se colocan desde luego fuera de la
ley, son antilegalistas y por eso mismo soberanas y libres, sin más señor que
el ideal, el ideal que encuentran en las filosofías sociales, en las vagas
especulaciones de los precursores o en la acción viviente y el corazón generoso
de los apóstoles y caudillos, los Hidalgo y Madero, que despiertan la ternura y
el entusiasmo, la protesta y el perdón. Se desenvuelven después a través de las
peripecias y azares de la lucha y van a parar siempre a una nueva legalidad, a
una legalidad que significa un progreso sobre el estado social anterior. Si
esto no sucede, la revolución es un fracaso; para evitarlo debe concluir su
misión.”.
Era
pues misión de la soberana Convención de Aguascalientes -decía Vasconcelos-
llevar a buen fin los dos objetivos de la Revolución: el político y el
económico. Para el primero había que establecer en toda la República el imperio
de la Constitución de 1857, en la inteligencia de que «interesa más salvar los
propósitos fundamentales de la revolución actual que obedecer los preceptos del
Código del 57». Mas con un gran pero: «Distinguir la necesidad revolucionaria
del abuso de los gobiernos»: «No olvide la revolución, si quiere cumplir sus
fines, el respeto que debe a la personalidad humana, única entidad que suele
estar por encima aun de las mismas revoluciones».
Para
alcanzar la finalidad fundamental -la economía-, la Convención debería legislar
de modo inmediato aunque provisional. El problema agrario reclamaba atención
prioritaria: «Redáctense las resoluciones de la Convención a este respecto, y
pónganse en práctica desde luego, a fin de que todas las reformas así
producidas lleguen a la categoría de hechos consumados, antes de que los
congresos legalmente electos a los gobiernos constitucionales que sucedan a la
Convención puedan venir a trabajar en contra de los intereses nacionales».
En
suma, dos legitimidades requería la Convención, y para Vasconcelos dos
legitimidades poseía, las únicas posibles, las únicas necesarias: «La
Convención de Aguascalientes obrará y hablará para bien de todos los mexicanos,
y llevará adelante sus resoluciones, soberanamente, por los dos derechos: el de
ley y el de la revolución; el de la razón y el de la fuerza».
Frente
a este edificio jurídico que, acaso sin conocerlo, compartían instintivamente y
sin excepción todos los jefes reunidos en Aguascalientes, ¿cuáles eran las
razones de Carranza? En un mensaje que envía a la Convención el 23 de noviembre
de 1914, Carranza declina la invitación que se le hace para acudir a
Aguascalientes. Aunque se extraña de la premura con que la asamblea reclama su
renuncia y declara que su retiro no debe abrir paso a una restauración o a un
«régimen de apariencia constitucional», propone tres condiciones para hacerlo
efectivo y salir, en caso necesario, del país: 1) establecimiento de un régimen
preconstitucional «que se encargue de realizar las reformas sociales y
políticas que necesita el país antes de que se restablezca un gobierno
plenamente constitucional»; 2) renuncia y, en su caso, exilio de Villa, y 3)
renuncia y, en su caso, exilio de Zapata.
Una
semana después, las comisiones unidas de Guerra y Gobernación de la Convención
(que integran, entre otros, los generales Obregón, Angeles, Aguirre Benavides,
Chao, Gutiérrez y Madero) aceptan en principio las condiciones de Carranza,
pero en términos que a la postre no convencen al Primer Jefe. El 5 de
noviembre, una vez nombrado presidente provisional Eulalio Gutiérrez —aunque
sólo por veinte días, hasta su ratificación—, la Convención envía un ultimátum
de renuncia a Carranza a través de Antonio I. Villarreal, Obregón, Hay y
Aguirre Benavides. Cuatro días más tarde, desde Córdoba, Veracruz (adonde en
previsión de un atentado había trasladado su gobierno), Carranza responde con
un largo telegrama a los jefes y gobernadores reunidos en Aguascalientes. Su
razonamiento no es filosófico y jurídico, como el de Vasconcelos, sino práctico
y, en cierta manera, histórico. No aceptará las disposiciones de la Convención,
ni renunciará a su investidura, en tanto no se cumplan cabalmente las tres
condiciones que había propuesto. A la fecha, sostenía Carranza, Villa seguía
ostentando el puesto de jefe de la División del Norte y comenzaba a inmiscuirse
en el mando de otras divisiones; Zapata, lejos de ver menguado su poder, era
enaltecido por la Convención; en cuanto a su primera condición, sus razones,
aunque mas complejas, no eran menos claras. Por más legitimidad revolucionaria
que el presidente provisional tuviera ¿qué clase de gobierno podía ejercer, tal
y como se le eligió? «No puedo, en efecto, entregar el poder a un gobierno que
carezca en absoluto de bases constitutivas y que no tenga lincamientos de
ninguna clase ni atribuciones definidas ni facultades determinadas.
Dicho
gobierno sería: o enteramente personalista y dictatorial, puesto que el general
Gutiérrez tendría que obrar a su entero albedrío, o la Junta tendría que ser
realmente la que gobernara, siendo este último el caso que temo más; pues de
entregar el poder al general Gutiérrez en las condiciones y tiempo para que
fuera nombrado, el resultado final sería que la Convención continuaría
funcionando indefinidamente y bien sabemos cuáles son los inconvenientes de que
la jefatura de un ejército y poder ejecutivo de una nación queden en manos de
una asamblea por ilustrada, idónea y capaz que se le suponga.
»Como
cuerpo deliberativo, la Junta de Aguascalientes sería tal vez deficiente y de ello
ha dado pruebas; pero como cuerpo administrativo y ejecutivo, sería un
instrumento de tiranía desastroso para el país. Como jefe del ejército, como
encargado del poder ejecutivo, como caudillo de una revolución que aún no
termina, tengo muy serias responsabilidades ante la nación; y la Historia jamás
me perdonaría la debilidad de haber entregado el poder ejecutivo en manos de
una asamblea que no tiene las condiciones necesarias para realizar la inmensa
tarea que pesa sobre el ejército constitucionalista.”.
De
sus buenas lecturas de historia francesa -en las que prefería siempre la
versión clásica a la romántica- Carranza había aprendido a desconfiar del
asambleísmo. La experiencia de la República Restaurada en México confirmaba
también, en su opinión, la inhabilidad histórica de los órganos deliberativos.
De ahí que Carranza usara la frase «bien sabemos cuáles son los
inconvenientes». Es posible, por otra parte, que una lectura desapasionada del
texto de Vasconcelos hubiese contado con la aprobación de Carranza. En ambos
casos había una tácica admisión de supremacía de la legitimidad revolucionaria
sobre la constitucional, y aunque Vasconcelos no lo fraseaba de ese modo, su
referencia a la «nueva legalidad» y su insistencia en alcanzar «desde luego» la
«finalidad económica» de la lucha «antes de que los gobiernos constitucionales
... [pudiesen] trabajar en contra de los intereses nacionales» confluían, de
hecho, en el reformismo preconstitucional por el que pugnaba Carranza. Pero
además del escollo político y militar que representaban Villa y Zapata -cuyas
actitudes provocaron, no menos que las de Carranza, la escisión definitiva y la
guerra civil-, el problema para el Primer Jefe no era tanto de legitimidad
abstracta como de responsabilidad y eficacia concreta.
Sólo
él, y no la asamblea, podía, a su juicio, encauzar tutelarmente la «formidable
y majestuosa lucha social». Este acto de afirmación del «encargado del poder
ejecutivo» sobre la asamblea revolucionaria constituye un momento decisivo en
la historia mexicana y un presagio de los tiempos por venir. ¿Cuál habría sido
la estructura política de México si Carranza se hubiese plegado a la
Convención? Quizá más democrática, quizá más frágil. Nunca lo sabremos: el
triunfador fue Carranza. «Convencido como estaba», escribe Amaldo Córdova, «de
que él encamaba los verdaderos intereses de la nación, se concebía a sí mismo
como el principio del Estado en ciernes y actuaba en consecuencia.» En este
sentido cabe decir que el Estado nacido de la Revolución es, en parte, obra del
Primer Jefe. Parafraseando a Vasconcelos, Carranza hubiese podido decir: «El
Primer Jefe obrará y hablará para bien de todos los mexicanos, y llevará
adelante sus resoluciones soberanamente por dos derechos; el de su
responsabilidad y el de la Revolución; el de su razón y el de la fuerza».
A
su juicio, Juárez no había obrado de manera distinta. El argumento de que
Juárez era presidente y él sólo Primer Jefe le hacía lo que el viento a Juárez.
Urgía continuar el libreto, expedir las nuevas leyes de reforma, instalar el
gobierno en Veracruz.
La nueva Reforma
Después
de sostener un nuevo round victorioso contra Woodrow Wiison y lograr la
retirada incondicional de las fuerzas de ocupación, a fines de noviembre de
1914 Carranza establece, en efecto, su gobierno en Veracruz. En aquel puerto
residió hasta octubre de 1915, cuando la situación militar se definiría en su
favor. En un principio, el cuadro parecía adverso. Los carrancistas dominaban
la salida al Golfo, todo el sureste, buena parte de Tamaulipas y Veracruz, pero
la inestable alianza de la Convención, de Zapata y de Villa imperaba en todo el
territorio restante. En abril de 1915 Obregón vence a Villa en el Bajío; en
mayo, Murguía, Castro y Treviño triunfan en el noroeste, y Pablo González
inicia la campaña final contra Zapata; en julio se rinde Francisco Lagos
Cházaro, el último presidente de la Convención, y en agosto los
constitucionalistas ocupan definitivamente la capital. El reconocimiento
diplomático del gobierno de Carranza por parte de Estados Unidos en octubre de
1915 no es más que la aceptación del triunfo militar.
Pero
no sólo de acciones militares vivía la Revolución. También de acción política y
reforma social. Carranza integró su gabinete con civiles y militares de la
clase media profesional. Entre sus colaboradores están los licenciados Luis
Cabrera (Hacienda), Rafael Zubarán Capmany (Gobernación) y Félix F. Palavicini
(Instrucción Pública); los ingenieros Alberto J. Pañi (Ferrocarriles), Ignacio
Bonillas (Comunicaciones) y Pastor Rouaix (Fomento); los generales Alvaro
Obregón (jefe del Ejército de Operaciones), Ignacio L. Pesqueira (Guerra y
Marina) y Francisco J. Múgica (presidente del Tribunal Superior de Justicia
Militar).
A
fines de 1914, antes de iniciar la gran reforma. Carranza enfrenta un suceso
particularmente doloroso. A su hermano Jesús y su sobrino Abelardo los
secuestra el general Alfonso J. Santibáñez en Oaxaca, Carranza ordena una
movilización de rescate. Santibáñez busca un arreglo y ordena a Jesús, en
repetidas ocasiones, telegrafiar al Primer Jefe pidiéndole que suspenda la
orden de ataque y rescate.
Aunque
sabe el riesgo que corre su hermano, Carranza no cede.
El
2 de enero, el Primer Jefe pone a Jesús el telegrama definitivo; «Me despido de
ti y de las personas que están presas junto contigo, deseando salgan con
felicidad del trance en que se encuentran. Tu hermano», Once días después,
luego de una ardua caminata por la sierra de la región mixe, en un sitio
llamado Xambao, distrito de Villa Alta, Jesús Carranza, su hijo y su secretario
eran asesinados.
El
12 de diciembre Carranza había empezado a cumplir la palabra empeñada en
Hermosillo. Sus adiciones al Plan de Guadalupe iniciaban la «formidable y
majestuosa lucha social» que entonces había vaticinado. Hacia ese fin apuntaba
el artículo 2° de las «adiciones» de sus futuras Leyes de Reforma:
«Art.
2.°- El Primer Jefe de la Revolución y encargado del poder ejecutivo expedirá y
pondrá en vigor, durante la lucha, todas las leyes, disposiciones y medidas
encaminadas a dar satisfacción a las necesidades económicas, sociales y
políticas del país, efectuando las reformas que la opinión exige como
indispensables para restablecer el régimen que garantice la igualdad de los
mexicanos entre sí; leyes agrarias que favorezcan la formación de la pequeña
propiedad, disolviendo los latifundios y restituyendo a los pueblos las tierras
de que fueron injustamente privados; leyes fiscales encaminadas a obtener un
sistema equitativo de impuestos a la propiedad raíz; legislación para mejorar
la condición del peón rural, del obrero, del minero y, en general, de las
clases proletarias; establecimiento de la libertad municipal como institución
constitucional; bases para un nuevo sistema de organización del poder judicial
independiente, tanto en la federación como en los estados; revisión de las
leyes relativas al matrimonio y al estado civil de las personas; disposiciones
que garanticen el estricto cumplimiento de las leyes de reforma; revisión de
los códigos civil, penal y de comercio; reformas del procedimiento judicial,
con el proposito de hacer expedita y efectiva la administración de justicia;
revisión de las leyes relativas a la explotación de minas, petróleo, aguas,
bosques y demás recursos naturales del país, y evitar que se formen otros en lo
futuro; reformas políticas que garanticen la verdadera aplicación de la
Constitución de la República, y en general todas las demás leyes que se estimen
necesarias para asegurar a todos los habitantes del país la efectividad y el
pleno goce de sus derechos y la igualdad ante la ley».
Cuando
a principios de 1915 Carranza exclama: «Hoy comienza la revolución social», se
refiere a una revolución social a través de las leyes. Para subrayar la
simetría con Juárez, que en Veracruz había dictado la ley sobre el matrimonio
civil, Carranza decreta el divorcio legal el día de Navidad de 1914 —fecha
simbólica—. La redacción misma de aquel artículo 2.° revelaba cierto anclaje en
el liberalismo constitucional. Aunque habla de restitución de tierras y disolución
de latifundios, lo hace con un espíritu de justicia, no con el propósito de
crear un nuevo régimen de propiedad o abanderar un apostolado social. La
insistencia en temas como la libertad municipal, la independencia del poder
judicial o la igualdad ante la ley son también signos claros de esa
supervivencia liberal. Al calce de los documentos oficiales, junto a la firma
de Carranza, aparecía la leyenda «Constitución y reformas». Años después,
algunos regímenes usarían el lema «Salud y revolución social». Nadie mejor que
Félix F. Palavicini expresó el propósito de Venustiano Carranza en Veracruz:
«Constituir la Revolución».
Desde
la expedición de las primeras reformas a principios de 1915 hasta la jura de la
nueva Constitución en Querétaro el 5 de febrero de 1917, el gobierno
preconstitucional de Carranza libraría una batalla múltiple, tan compleja o más
que la militar (en la que, por cierto, no dejó de intervenir, dirigiendo sus
aspectos políticos, su administración, proveeduría y finanzas). «Tendremos que removerlo
todo», había dicho en Hermosillo, «drenarlo y construirlo de verdad.» Y así
ocurrió.
La
caja de Pandora se abrió en al menos siete vetas profundas de la vida mexicana:
el problema agrario, el problema obrero, la soberanía sobre los recursos naturales,
la relación entre la Iglesia y el Estado, el papel del Estado en la economía,
el problema de la educación y la estructura política. En algunos casos la
iniciativa de reforma partió del gobierno, en otros provino de la presión
social. Para los dirigentes y para la sociedad, aquellos dos años —1915 y 1916—
fueron tiempos de experimentación histórica. De la tensión entre ambos la
Revolución delineó su perfil.
Indirecta,
simbólicamente, la reforma agraria que se inicia con la Ley del 6 de Enero de
1915 es obra de Zapata. En tiempos porfirianos fue común escuchar que en México
no había problema de tierras.
El
profundo libro del antiguo juez de pueblo Andrés Molina Enríquez —Los grandes
problemas nacionales (1909)— había advertido la gravedad de la cuestión y
propuesto remedios; pero durante algunos años fue voz en el desierto. De
pronto, en los albores de la revolución maderista, el zapatismo desmentía a los
incrédulos: no sólo había problemas de tierras; existía todo un agravio
histórico pendiente, la vieja querella de los campesinos contra la era liberal
que había negado su cultura, cercado sus tierras, acosado su antiguo modo de
ser.
Por
un tiempo Carranza pensó también que el problema «se había exagerado», pero
poco a poco cedió a las evidencias y a la presión de sus lugartenientes. El 1.°
de septiembre de 1913, Lucio Blanco, con ayuda de Francisco J. Múgica, expropia
y fracciona la hacienda de Los Borregos en Tamaulipas. Aunque Carranza lo
reprende, no logra frenar el impulso: Alberto Carrera Torres y Pastor Rouaix
siguen el ejemplo de Blanco. Hacia el mes de septiembre de 1914, varios estados
de la República decretan la abolición de la servidumbre y reglamentan jornadas
y salarios. Ese mismo mes, al fracasar las pláticas con Zapata, Carranza
declara:
«Considero
innecesaria la sumisión al Plan de Ayala supuesto que ... estoy dispuesto a que
se lleven a cabo y se legalicen las reformas agrarias que pretende el Plan de
Ayala, no sólo en el estado de Morelos sino en todos los que necesiten esas
medidas».
En
Veracruz, Luis Cabrera, lugarteniente intelectual de Carranza, le da los
últimos toques a una nueva ley agraria. «El Primer Jefe ...creyó fortalecer su
situación militar y política enarbolando la bandera del agrarismo.» Pero más
allá de los resortes subjetivos, a partir del 6 de enero de 1915 el Plan de
Ayala tuvo un homólogo poderoso en aquella ley redactada por Cabrera e
inspirada por Molina Enríquez. La fecha de expedición la escogió Carranza:
pretendía dar un nuevo contenido social al día de Reyes.
La
Ley del 6 de Enero -explica Cumberland- concebía el ejido como reparación de
una injusticia, no como un nuevo sistema de tenencia. Se trataba de restablecer
el patrimonio territorial de los pueblos despojados y crear nuevas unidades con
terrenos colindantes a los pueblos que se expropiarían para el efecto. En el
papel, el mecanismo era sencillo. Los pueblos elevaban su solicitud a la
Comisión Agraria Local, que decidía sobre la justicia de la restitución o
dotación. En caso afirmativo, tornaba al comité particular ejecutivo la orden
de deslinde y entrega provisional. Una Comisión Nacional Agrícola dictaminaría
en definitiva sobre cada caso y el poder ejecutivo expediría los títulos
respectivos. Las personas afectadas tendrían derecho de apelación.
Si
en el papel parecía sencillo, en la práctica el mecanismo resultó limitante,
complicado y lento. Los beneficiarios de la ley eran «los pueblos», pero la ley
no los definía. El tejido social en el campo mexicano incluía a otros
personajes frente a quienes la ley era indiferente; medieros, arrendatarios,
peones agrícolas y acasillados. Carranza había deseado la pacífica sumisión de
la realidad a la ley, pero la violenta realidad, en muchas partes, la rebasaba.
Hubo invasiones, talas, conflictos, confiscaciones. El 11 de junio de 1915
Carranza se sintió obligado a expedir un «Manifiesto a la nación»:
«En
el arreglo del problema agrario no habrá confiscaciones. Dicho problema se
resolverá por la distribución equitativa de tierras que aún conserva el
gobierno; por la reivindicación de aquellos lotes de que hayan sido ilegalmente
despojados individuos o comunidades; por la compra y expropiación de grandes
lotes si fuera necesario; por los demás medios de adquisición que autoricen las
leyes del país. La Constitución de México prohibe los privilegios ... Toda
propiedad que se haya adquirido legítimamente de individuos o gobiernos
legales, y que no constituya privilegio o monopolio, será respetada».
La
Comisión Nacional Agrícola tardó más de un año en instalarse, y cuando lo hizo,
el 8 de marzo de 1916, trabajó con la velocidad de una tortuga. Mientras
Carranza, sobre la marcha, expide decretos que afinan o limitan aspectos de la
ley original, en el Palacio de Minería de la capital la comisión estudia
cientos de expedientes. El 19 de septiembre de 1916, para desesperación de
varios radicales y de muchos pueblos despojados o necesitados de tierra.
Carranza suspende las posesiones provisionales. Un mes después, con fundamento
en títulos exhibidos por el pueblo de Iztapalapa que databan de 1801, la
comisión expide su primera restitución definitiva. Antes de la promulgación de
la nueva Constitución, expediría únicamente dos más: en Xalostoc y Xochimilco.
Magra cosecha.
Con
el problema obrero, la trayectoria de acercamiento y distancia, de iniciativa
legal y freno práctico fue similar aunque más abrupta. Carranza recordaba las
reformas a la legislación laboral que iniciara su admirado Bernardo Reyes en
pleno porfiriato, y se proponía mejorarlas. El mismo había introducido una ley
sobre accidentes de trabajo durante su periodo como gobernador. Una de sus
primeras decisiones en Veracruz fue modificarla Constitución de 1857 para que
su gobierno pudiese legislar sobre el trabajo. Al mismo tiempo integró una
Comisión de Legislación Social con cuatro abogados: José Natividad Macías, Luis
Manuel Rojas, Félix F. Palavicini y Alfonso Cravioto. La encomienda era
estudiar las distintas legislaciones internacionales sobre el trabajo y
aclimatarlas en México. Para cumplirla, Macías viaja a Estados Unidos y Europa.
A su regreso redactaría un anteproyecto con varias disposiciones modernas:
jomada de ocho horas, salario mínimo, establecimiento de juntas de conciliación
y arbitraje, confirmación de derechos sindicales, accidentes de trabajo, etc.
Aunque el proyecto no alcanza el rango de decreto, servirá de molde inicial del
artículo 123 en la nueva Constitución.
Carranza
y sus lugartenientes habían pretendido atraer al campesinado con las sirenas de
la Ley del 6 de Enero. Con los obreros, emplearon una táctica más directa:
establecer un pacto político. La idea, en realidad, partió de Obregón, que una
vez más revelaba su genio, no sólo militar sino político. Secundado por la
oratoria de Gerardo Munllo —el «doctor Atl»— y la astucia no menos persuasiva
de Alberto J. Pañi, Obregón se acercó a la Casa del Obrero Mundial. Como
prenda, le había cedido ya, para instalar sus locales, el convento de Santa
Brígida y el Colegio Josefino. A pesar de su raigambre anarcosindicalista,
opuesta a toda relación con el poder, el 17 de febrero de 1915 la Casa firma en
la ciudad de Veracruz un pacto trascendental con el ejército
constitucionalista. A cambio de un futuro apoyo a las demandas de la clase
obrera, la Casa se comprometía a «tomar las armas, ya para guarnecer las poblaciones
que están en poder del gobierno constitucionalista, ya para combatir a la
reacción», es decir, a los villistas y zapatistas. Inmediatamente se integraron
seis batallones obreros denominados «rojos». En sus filas había más artesanos
que obreros industriales: carpinteros, tipógrafos, albañiles, sastres,
canteros... Cerca de tres mil hombres iniciaron su movilización hacia el
cuartel general de Orizaba. Entre ellos iba el pintor José Clemente Orozco.
Días más tarde los Batallones Rojos entrarían en acción.
Aún
antes de decidirse la contienda militar en favor de los constitucionalistas,
los gobernadores de Veracruz y Yucatán —Cándido Aguilar y Salvador Alvarado—
expidieron decretos avanzados en materia obrera. Al ocupar definitivamente la
capital en agosto de 1915, Pablo González cede a los obreros la Casa de los
Azulejos, símbolo del porfiriato, antigua sede del Jockey Club. Pero aquella
luna de miel era engañosa. Cuando a fines de 1915 los obreros intentan ejercer,
en vanas instancias, el derecho de huelga, el gobierno de Carranza reacciona
con dureza creciente.
El
20 de enero de 1916, en represalia por una huelga ferrocarrilera de solidaridad
con los obreros textiles de Orizaba, Carranza militariza a los trabajadores del
riel. A principios de 1916, bajo la presidencia del electricista Luis N.
Morones, se integra la Federación de Sindicatos Obreros del Distrito Federal
(FSODF), cuyo objetivo es volver a la tradición anarcosindicalista. El 13 de
enero se expide la orden de concentrar en la ciudad de México a los Batallones
Rojos para disolverlos. Días después. Carranza ordena a los gobernadores
impedir concentraciones obreras, recoger credenciales y aprehender a los
delegados cuya «labor tienda a trastornar el orden público».
Los
enormes problemas económicos del gobierno preconstitucional, el deterioro de la
moneda y el aumento constante de los precios trajeron consigo una ola de
huelgas en varias ciudades de la República. En mayo de 1916 estalla en la
capital una huelga que apoyan electricistas, tranviarios y telefonistas.
Benjamín Hill, entonces comandante militar, amenaza con «severos castigos» a
los huelguistas de la FSODF, pero retrasa el enfrentamiento mediante el pago en
una moneda nueva: «el infalsificabie». Muy pronto, el infalsificabie comienza a
devaluarse. Los obreros pretenden cobrar en oro y se oponen a los despidos, que
empezaban a volverse habituales. El diario El Pueblo, voz del gobierno
constitucionalista, da la versión oficial de los hechos:
«Cuando
las clases trabajadoras asumen actitudes exclusivistas, como hace el
capitalismo, entonces resulta que se borra toda diferencia entre el monopolio y
la huelga. Entonces resulta ser la huelga el monopolio del trabajo ... La
Confederación de Sindicatos está en el deber de marchar en sus procedimientos,
en perfecto acuerdo con la Revolución hecha gobierno, porque la Revolución, en
conjunto, tiene sobre los derechos del trabajo la supremacía del sacrificio y
el valor incotizable, por inmenso, de la sangre derramada ... Debe tener
presente los delicadísimos momentos actuales de nuestra política internacional
y la necesidad que el mismo gobierno tiene ... de la cooperación de todos los
ciudadanos ... La revolución constitucionalista abarca todos los intereses del
pueblo mexicano; no ha sido una revolución hecha exclusivamente para el obrero
...».