IV

Puente entre siglos

Venustiano Carranza

Los pueblos necesitan todavía de gobiernos fuertes, capaces de contener dentro del orden a poblaciones indisciplinadas, dispuestas a cada instante, y con el más fütil pretexto, a desbordarse, cometiendo toda clase de desmanes

Venustiano Carranza

 

Ser de Coahuila

 

Libertad y soberanía nunca fueron términos abstractos para los hombres de Coahuila. Durante la era de los Habsburgo, la Nueva Extremadura había dependido, a su pesar, de Nueva Vizcaya y Nueva Galicia. Más tarde, en tiempo de los Borbones, la provincia de Coahuila se sujetó con dificultad a los dictados de la intendencia de San Luis Potosí. Gracias a la Independencia, el nuevo estado de Coahuila y Texas disfrutaba por fin de su condición soberana; pasadas dos décadas sufriría la dolorosa cercenadura de su región septentrional. Con la independencia de Texas en 1836 y su posterior anexión a Estados Unidos, los coahuilenses sufrieron dos agravios: el primero, de la potencia intervencionista que les arrebataba sus territorios; el segundo, del gobierno central, que había sido incapaz de defenderlos. Este doble trauma histórico reforzó seguramente la vieja y recelosa vocación de autonomía de los coahuilenses y fue factor clave de la resistencia que opusieron al acoso de que los hizo víctima el vecino estado de Nuevo León durante la segunda mitad del siglo XIX.

Junto con el sentido de libertad y soberanía, el coahuilense perfiló una identidad de frontera que se manifestaba no sólo en el arrojo físico y la voluntad casi feudal de defensa ante los bárbaros, o en la conquista de tierras, sino también en un rasgo más sutil: el resguardo de la cultura hispánica en formas tan diversas como la tradición vitivinícola o las instituciones municipales. Precisamente por vivir en la frontera, zona amenazada por definición, sentían con mayor urgencia y profundidad los valores del centro.' Uno de esos hombres de frontera fue Jesús Carranza Neira, descendiente de una antigua familia española avecindada en Morelia y Cotija. Era nieto del fundador de la villa de Cuatro Ciénegas, arriero y ganadero de profesión.2 Al estallar la guerra contra el Imperio, Carranza, veterano ya de la lucha contra los indios bárbaros y la guerra de Reforma, apoya activamente la causa republicana. A principios de 1865, cuando «México se refugió en el desierto», Benito Juárez le escribía al general Mariano Escobedo desde la sede de su gobierno en la ciudad de Chihuahua:

«Se me ha asegurado que el señor don Jesús Carranza, vecino de Cuatro Ciénegas, es persona que ha trabajado y trabaja decididamente por nuestra causa haciendo algunos gastos de su bolsillo. Vea usted si él puede ejercer el mando y en [ese] caso ... nombrar al señor Carranza por lo menos [para] la jefatura política del distrito de Monclova».

Escobedo comprobana muy pronto la lealtad de Carranza. El liberal coahuilense lo proveería de armas, parque, monturas y caballos, y en reciprocidad sería nombrado jefe político de Monclova.3 A lo largo de la Intervención, don Jesús fue el conducto principal de información entre Juárez y los generales Escobedo, Treviño y Naranjo.

En aquellos años anteriores a la era del progreso. Carranza había comprado un par de camellos para acortar el tránsito entre Ocampo y Chihuahua, pero, en vista de la guerra, Juárez le encomendaba un esfuerzo mayor:

«Le escribí a usted en días pasados diciéndole que me mandara sus presupuestos para la apertura del camino. Se lo recuerdo porque es de suma importancia que se abra la comunicación con ese estado y el de Chihuahua por el desierto sin dar la vuelta por el Presidio del Norte».4 Además de esos informes, a mediados de 1866 el propio Juárez recibió de Carranza un préstamo personal sin réditos para aliviar un poco la siempre apurada economía de su familia.

Al restaurarse la República, el patriarca Carranza, primer jefe de una familia de 15 hijos, recibe una dotación de tierras que afianza su fortuna. Al proclamarse el Plan de la Noria, permanece fiel a Juárez.

Aunque su actitud frente a la rebelión de Tuxtepec es menos clara, su juarismo es inflexible; en 1878 protege, con grave riesgo de su vida y patrimonio, a Mariano Escobedo, entonces levantado en armas para defender el depuesto régimen de Lerdo.

Pasado el tiempo, todos los hijos de don Jesús conocerían la historia de aquel zapoteca adusto, vestido siempre de levita negra, que llevaba la patria como tabernáculo en su carruaje: Benito Juárez. Pero, entre todos, hubo uno que guardó su ejemplo como tabernáculo en su memoria. Era el undécimo hijo de don Jesús: Venustiano, nacido el 29 de diciembre de 1859.

Se sabe poco de sus primeros años. Estudia en el Ateneo Fuente, afamado colegio liberal de Saltillo, y en 1874 ingresa a la recién fundada Escuela Nacional Preparatoria, dirigida por Gabino Barreda. En la ciudad de México es testigo de sucesos importantes, como la caída del presidente Lerdo, la rebelión de Tuxtepec y la entrada triunfante de los ejércitos de Porfirio Díaz. Frente a San Ildefonso vive José Martí, a cuya hermana corteja. Un grave padecimiento de la vista, que atiende el célebre doctor Carmena y Valle, trunca su carrera de medicina. El joven Carranza opta por regresar a Coahuila y dedicarse a la ganadería. En 1882 se casa con Virginia Salinas, con quien tiene dos hijas, Virginia y Julia. En 1887, a los veintiocho años de edad, ocupa la presidencia municipal de Cuatro Ciénegas: su primera estación política.5 El altivo individualismo liberal —típico de los rancheros del norte, pero exacerbado en Coahuila— y la filiación juarista de los Carranza fueron quizá los factores principales en su resolución de intervenir en el temprano presagio revolucionario que vivió Coahuila ese 1893.

Ante la inminente imposición del gobernador José María Garza Galán, que pretendía reelegirse, trescientos rancheros coahuilenses, entre ellos Emilio y Venustiano Carranza —los varones mayores de don Jesús—, se arman y rebelan. No era la primera vez que los coahuilenses reaccionaban con violencia ante las arbitrariedades del poder federal o estatal. Lo habían hecho en 1873 contra la reelección del general Cepeda, en 1883-1884 al finalizar la gubematura de don Evaristo Madero y en 1891, cuando un grupo de coahuilenses se unió al «movimiento catarinista» de Nuevo León y Tamaulipas que, adelantándose diecinueve años al Plan de San Luis, bandera del maderismo, exigía la plena aplicación de la Constitución del 57. Con todo, ninguna de estas revueltas había preocupado tanto al poder central como la de 1893. El presidente Díaz reaccionó de inmediato encomendando el problema a Bernardo Reyes, su confiable procónsul en los estados de Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila. Varias veces le manifestó su sospecha, no del todo injustificada, de que el instigador del movimiento era su antiguo opositor Evaristo Madero, y sus instrumentos, los Carranza.

No obstante sus sospechas, por intermedio de Reyes le concede audiencia a Venustiano, quien le explica con detalle las raíces y justificaciones del movimiento. Con sagacidad, Díaz comprende que ganaría más con la derrota de Garza Galán que con su imposición. Sabe que Coahuila ha sido siempre una entidad inestable y teme que el recién fundado Club Central Juan Antonio de la Fuente expanda su influencia. Su solución no puede ser más salomónica: Garza Galán retira su candidatura pero el candidato de la oposición y de Reyes, Miguel Cárdenas, lo hace también. La elección recae en José María Múzquiz, abogado de prestigio que ocuparía la gubematura por breve tiempo, hasta que en 1894 el propio Reyes impone a Cárdenas.6 La gubematura de Cárdenas apaciguaría los ánimos un par de periodos, hasta que en 1904 su tercera reelección vuelve a lastimar la sensibilidad política de los coahuilenses. Francisco I. Madero funda entonces el Club Democrático Benito Juárez, con el que inicia su espiral de oposición democrática al régimen central, espiral que, cumpliendo finalmente los presagios de Díaz, encendería en el país la guerra civil.

Con el triunfo del movimiento contra Garza Galán, Venustiano Carranza logra una victoria más personal: consolida la amistad de Bernardo Reyes, a cuya política había debido ya, desde 1887, su presidencia municipal en Cuatro Ciénegas. Al doblar el siglo, cuando Reyes, ministro de Guerra, organiza la Segunda Reserva del Ejército, Carranza presenta su examen de ingreso como oficial. Había pasado del juarismo familiar al reyismo personal: dos manifestaciones, si no de oposición, sí de distancia frente a don Porfirio.

Entre 1894 y 1898 Carranza vuelve a ocupar la presidencia municipal de Cuatro Ciénegas. Más tarde es diputado de la legislatura local y diputado federal suplente. En 1901 es senador suplente —de clara filiación reyista— por su estado. En 1904 el gobernador Miguel Cárdenas lo recomienda al presidente Díaz para senador propietario, invocando su «amor al orden» como garantía segura de su adhesión.7 Sólo el reyismo empañaba, en el fondo, la «segura adhesión» del silencioso senador Carranza al presidente Díaz. Aunque hasta 1909 el reyismo no fue sinónimo de antiporfírismo, Carranza pertenecía a una generación recelosa y un tanto frustrada que veía en Reyes el germen de una renovación bloqueada por los «científicos» porfiristas. Pero su relativa distancia de don Porfirio no lo llevaba al extremo de simpatizar con los proyectos libertarios de su paisano Francisco I. Madero, a quien, para colmo, se vinculaba al grupo científico. Con todo, su situación política debió de parecer ambigua. Quizá por eso escribió al presidente Díaz en mayo de 1909:

«Con mi carácter de representante de los intereses del estado de Coahuila en la importante cuestión que ahora se ventila en el Ministerio de Fomento, sobre el reparto de las aguas del río Nazas, y estando vivamente interesado en que este delicado asunto no venga a interponer alguna dificultad entre el gobierno de su digno cargo y los interesados en el reparto de dichas aguas, mayormente encontrándose entre éstos la compañía extranjera de Tlahualillo, he arreglado con el sindicato de ribereños se retire la representación que en él tiene el señor Francisco I. Madero, quien pudiera aprovechar esta circunstancia para agregar un nuevo elemento en la campaña que contra el gobierno de usted tiene emprendida y que se ha hecho pública en su libro titulado La sucesión presidencial.

"Espero que esta labor será de la respetable aprobación de usted, a la vez que servirá de prueba de mi invariable adhesión a la buena marcha de su gobierno, hay criticada por persona de ninguna significación política».

Aquella «invariable adhesión» varió muy pronto. A mediados de 1909 se llevarían a cabo las elecciones para gobernador. Con la venia inicial del presidente. Carranza lanzó su candidatura. Había sido ya, efímeramente, gobernador provisional. A pesar de la deserción de Reyes y la bancarrota del reyismo, contaba con múltiples apoyos que abarcaban todo el espectro político, desde el gobernador Cárdenas hasta el opositor Madero, quien recomendaba vivamente su postulación. Don Evaristo Madero, el magnate mayor del estado, lo consideraba «honrado y enérgico». Casi todos compartían la especial atención de su programa en la libertad municipal y la independencia del poder judicial. Sólo un apoyo le faltó: el del «Gran Elector». Porfirio Díaz, recordando quizá los sucesos de 1893, optó por apoyar al candidato opositor, de filiación científica, el ex jefe político Jesús de Valle. La toma de posesión se efectuó en diciembre de 1909. Entonces, resentido con el presidente. Carranza se acerca a aquella «persona de ninguna significación política»: Francisco I. Madero.

 

Lecciones de historia.

 

En enero de 1911 Carranza se reúne con Madero en San Antonio, Texas. En febrero. Madero lo designa gobernador provisional de Coahuila y comandante en jefe de la Revolución en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. La celeridad no fue nunca virtud de Carranza, y menos entonces, cuando había cumplido ya los cincuenta años. La insurrección que debería acaudillar se retrasa. Algunos piensan que Carranza permanece fiel a Reyes. Madero se impacienta pero no desconfía. El 3 de mayo de 1911, casi sin acciones militares que lo avalen, Carranza se incorpora a las negociaciones de Ciudad Juárez y ocupa el ramo de Guerra en el Consejo de Estado.

Su primera intervención fue reveladora. Se discutía en una choza en las afueras de Ciudad Juárez, que los revolucionarios llamaban su «palacio nacional». Los delegados porfíristas regateaban la renuncia de Díaz y Corral. De pronto intervino Venustiano Carranza. Siendo estudiante en México, había presenciado la revolución de Tuxtepec. Conocía mejor que ninguno de los presentes la naturaleza de las revoluciones en México. De ahí que adujera, además de sus argumentos, una profecía:

«Nosotros, los exponentes de la voluntad del pueblo mexicano, no podemos aceptar las renuncias de los señores Díaz y Corral porque sería reconocer la legitimidad de su gobierno y falsearíamos la base del Plan de San Luis.

»La Revolución, señores, es de principios, no personalista. Y si sigue al señor Madero, es porque él enarbola la enseña de nuestros derechos, y si mañana ese lábaro santo cayera de sus manos, otras manos robustas se aprestarían a recogerlo. Nosotros no queremos ministros ni gobernadores, sino que se cumpla la soberana voluntad de la nación. Revolución que transa es revolución perdida. Las grandes reformas sociales que exige nuestra patria sólo se llevarán a cabo por medio de victorias decisivas.

»Las revoluciones, para triunfar de un modo definitivo, necesitan ser implacables. ¿Qué ganamos con la retirada de los señores Díaz y Corral? Quedarán sus amigos en el poder; quedará el sistema corrompido que hoy combatimos. El interinato será una prolongación viciosa, anémica y estéril de la dictadura. Al lado de esta rama podrida el elemento sano de la Revolución se contaminaría.

"Sobrevendrán días de luto y de miseria para la República y el pueblo nos maldecirá porque, por un humanitarismo enfermizo, habremos malogrado el fruto de tantos esfuerzos y tantos sacrificios. Lo repito: revolución que transa se suicida».9 La revolución maderista desoyó a Carranza y transó al conceder el interinato, pero las consecuencias tardarían en revelarse. El 3 de junio de 1911, atento y circunspecto, Carranza recibe a Madero en Piedras Negras. Por corto tiempo ocupa la gubernatura provisional de Coahüila, puesto que De la Barra pretendía escatimarle pero que Madero exigió, amagando al presidente interino con la violencia. En agosto de 1911 renuncia para «llevar a la práctica la efectividad del sufragio» y contender por la gubernatura que Díaz le había negado y que la revolución maderista finalmente le reintegró.

La gestión de Carranza duró año y medio. En su breve periodo inició la renovación de la judicatura, los impuestos y los códigos; propuso leyes sobre accidentes en minas, emprendió acciones contra las tiendas de raya, los monopolios comerciales, el alcoholismo, el juego y la prostitución; invirtió 375.0 pesos en nuevas escuelas, abrió nueve escuelas nocturnas, etc. Sus propósitos educativos fueron más exitosos que sus proyectos de regimentación de la propiedad minera y el trabajo. Desde entonces comprendió que los grandes intereses extranjeros requerían contrapesos legales de alcance no municipal, ni siquiera regional, sino nacional.

Carranza acarició, aunque en la práctica no lo impulsó lo necesario, un viejo proyecto de raíz hispánica y de larga tradición en el federalista estado de Coahuila: la libertad municipal. Su larga experiencia en Cuatro Ciénegas lo había convencido de que la redención moral de México sólo podía partir desde abajo, desde esa «escuela de la democracia» que podía ser el municipio libre. Su fe en la bondad de las pequeñas comunidades no era sólo política: frente a las grandes haciendas y propiedades mineras, promovió la pequeña agricultura y la pequeña minería. Tenía ya por entonces un concepto patriarcal de la política. Conquistadas las libertades, había dicho a sus conciudadanos en 1911, «sólo nos resta ilustrar al pueblo, enseñarlo con dedicación, con interés y con amor, a hacer con cordura el uso legal de sus libertades y dirigirlo, hasta hacerlo comprender el problema público».

Carranza tenía ideas claras pero no era un idealista. Sabía que los tiempos no propiciaban la reconstrucción pacífica y leía presagios oscuros en el horizonte. Las fuerzas de seguridad que se empeñó en mantener, realistando a veces a los antiguos rurales contra la voluntad de Madero, resultaron particularmente útiles en la campaña contra el orozquista José Inés Salazar. Al concluir esa rebelión. Carranza insiste en conservar tropas irregulares. «Bien puede usted», escribe a Madero, «no apreciar los servicios que estas fuerzas han prestado a su gobierno ... puedo asegurarle a usted que lo han salvado.» No obstante. Madero piensa que «el viejo se quiere comer el mandado» y no lo apoya.

En septiembre de 1912 el distanciamiento entre ambos era público y notorio. Carranza defendía ante todo la soberanía de su estado. Veía además, con inmensa preocupación, el deterioro de la imagen presidencial, y presentía que aquellas palabras suyas en Ciudad Juárez sobre la «revolución suicida» acabarían muy pronto por cumplirse. Por su parte. Madero consideraba a Carranza, textualmente, «vengativo, rencoroso y autoritario». Es, solía decir, «un viejo pachorrudo que le pide permiso a un pie para adelantar el otro»." Mientras el apóstol se dispone al martirio, el viejo Carranza, nada pachorrudo, lleno de malicia y claridad, establece enlaces con los gobernadores de San Luis Potosí, Aguascalientes y Chihuahua, asegura la lealtad de futuros astros de la Revolución (Cesáreo Castro, Francisco Coss, Pablo González); aconseja a la cantante Fanny Anitúa, de paso por Saltillo, que no regrese a la capital y, por fin, en plena Decena Trágica, envía al joven Francisco J. Múgica a ofrecer a Madero refugio en Coahuila. Nada lo sorprende. Más sabía el viejo por viejo... Había vivido, escuchado y leído mucha historia.'2 Dos testimonios ilustres, entre otros muchos, han señalado la peculiar afición de Carranza por la historia y sus moralejas. Para Luis Cabrera, Carranza era una verdadera «enciclopedia aplicada de historia de México». Su época dorada era la Reforma; su personaje entrañable, Benito Juárez. «Juárez era para él», escribe con cierta exageración José Vasconcelos, «toda la grandeza humana por encima de los genios universales.”. Aunque Carranza apenas había viajado al extranjero, suplía su inmovilidad Hsica con una respetable movilidad libresca. Entre cuadros con la efigie de Juárez, Hidalgo, Jefferson y Napoleón, su biblioteca ostentaba una buena colección de obras históricas.

Destacaban, desde luego, las biografías: las Vidas paralelas de Plutarco, y otras vidas, como las de Francisco de Miranda, Napoleón, Cromwell, Benito Juárez, Porfirio Díaz, las memorias de Maximiliano... De la historia europea, su preferida era la francesa, pero no sólo la política —que conocía en su versión conservadora y clásica— sino la social: Historia de los salones de París y Memorias de la duquesa de Erante.

Su ventana a la historia de Roma era Tito Livio, y su mayor pasión, por supuesto, la historia de México. La frecuentaba en los clásicos como el doctor Mora, en las visiones de Justo Sierra o en el México a través de los siglos, y también en el más prolijo y popular Zamacois.

A fines de febrero de 1913, muerto Madero y consumado el cuartelazo, Carranza creyó reconocer en los acontecimientos un capítulo de la historia mexicana. En un día similar, el 11 de enero de 1858, el moderado presidente Comonfort, incapaz de gobernar con la Constitución de 1857, había caído bajo la presión del grupo conservador.

Mientras Benito Juárez toma posesión de la presidencia provisional y parte hacia el occidente del país, el bando de la reacción designa su propio presidente: Félix Zuloaga. Daba comienzo la guerra de los Tres Años. Juárez encarna la legalidad constitucional. Por año y medio se refugia en Veracruz. Allí expide las Leyes de Reforma, que cambiarían profundamente la vida mexicana: nacionalización de los bienes eclesiásticos, extinción de las órdenes monásticas, secularización de cementerios, establecimiento del registro y el matrimonio civiles y tolerancia de cultos. Luego de tres años exactos, Juárez regresa victorioso a la ciudad de México. Había dado un nuevo sentido histórico a la lucha constitucional encamando no sólo una autoridad que resiste sino una autoridad que legisla. Muy pronto se vería sometido a un desafío mucho mayor, que se prolongaría siete años: el enfrentamiento con España, Inglaterra y Francia, la invasión por esta última y el imperio de Maximiliano. Su lección en esta segunda etapa sería igualmente perdurable: la soberanía nacional como el valor supremo.

Aunque para entonces Carranza no tenía ya vínculos con Reyes, su antiguo líder, si éste hubiese triunfado, la actitud posterior de Carranza habría también variado. Pero tal como los acontecimientos se desarrollaron, para Carranza la moraleja era evidente. Los nuevos reaccionarios, encabezados por Huerta, habían derrocado al presidente constitucional. Se requería un nuevo Juárez investido de poderes legítimos para defender la bandera del constitucionalismo y proponer, en su momento, nuevas Leyes de Reforma. En el río revuelto hacia la otra Reforma, las potencias extranjeras -en especial Estados Unidos, más arrogante que en 1847— buscarían ganancia de pescadores. Como en 1867, habría que luchar por la soberanía, pero esta vez sin aliados: contra Europa y contra Estados Unidos. Una y otro habían dado la espalda al presidente Madero.

De Juárez adoptó el libreto; de Díaz, en cierta medida, el método. No en balde había sido senador tantos años. No podía, por definición, gobernar la Revolución pacificándola, como Díaz había gobernado el país, pero podía conferirle una autoridad visible e indiscutida, cumpliendo aquella sugerencia que Zayas Enriquez propuso a Díaz en 1906: «Cuando la idea revolucionaria es tan avanzada que frisa en un hecho, la única manera de dominarla es encabezarla».

También de Madero había extraído lecciones prácticas, lecciones de todo lo que no debía hacer. Sus propias palabras en Ciudad Juárez le resonaban, proféticas: la Revolución no había sido implacable; el interinato resultó, en efecto, «una prolongación viciosa, anémica y estéril de la dictadura»; un «humanismo enfermizo» había «contaminado» la Revolución, «malogrando su fruto». La revolución maderista había transado y «revolución que transa se suicida».

Por contraste, ahora todo tendría que servir al principio de autoridad. Para ello Carranza contaba no sólo con una peculiar sabiduría histórica, sino con atributos naturales. Ante todo, la edad. En 1913 tenía cincuenta y tres años y era, con mucho, el hombre viejo de una revolución que emprendían hombres a quienes llevaba veinte, treinta y casi cuarenta años. Su estatura y porte lo ayudaban también. Blasco Ibáñez lo describiría, años después, como hombre «majestuosamente grande, membrudo y fuerte a pesar de sus años». John Reed, al conocerlo, le atribuyó, con exageración, dos metros de estatura (medía en realidad un metro noventa) y comparó aquel «cuerpo inmenso e inerte» con «una estatua». Un tercer rasgo lo constituía la barba, que Isidro Fabela -no sin cursilería- llamó «barba florida», pero que al escéptico Martín Luis Guzmán le provocó un respeto instantáneo:

«El modo como se peinaba las barbas con los dedos de la mano izquierda -la cual metía por debajo de la nivea cascada, vuelta la palma hacia afuera y encorvados los dedos, al tiempo que alzaba ligeramente el rostro- acusaba tranquilos hábitos de reflexión ... de los que no podía esperarse -así lo supuse entonces- nada violento, nada cruel».

Carranza trataba de investir su imagen con la fuerza de Díaz y la legitimidad de Juárez, esquivando todo asomo de debilidad maderista. Del primero había aprendido Carranza la importancia de la imagen, pero su gusto por la fotografía lo llevó a los extremos, según explica Martín Luis Guzmán:

«La Historia no determina aún lo que había en el fondo de la afición de don Venustiano a retratarse: si un sentimiento primario o un recurso político de naturaleza oculta y trascendente. ¿Se complacía Carranza en su propia imagen, conocedor tal vez del poder atractivo descubierto en sus rasgos por la oratoria de la "barba florida"? ¡Tierno narcisismo de sesenta años! ¿O sería más bien que el Primer Jefe, molesto de topar a cada paso con los retratos de Madero, aspiraba a sustituirlos por otros? Posiblemente el biógrafo del porvenir se detenga en la tesis intermedia y declare que a don Venustiano le repugnaban los retratos del "presidente mártir" tanto cuanto le deleitaban los suyos. De ser así, se invocará como testimonio, de una parte, la frecuencia con que el Primer Jefe iba a colocarse frente al aparato de los fotógrafos, y de la otra, el sufrimiento que le causaban los entusiasmos maderistas a cuyo son era siempre recibido».

Junto a este empeño casi publicitario de elaborar una imagen que, sin coerción, infundiese obediencia y orden, una imagen de estampa histórica. Carranza recurrió a un vasto repertorio de medios: descubrió, acaso por necesidad, la inmensa utilidad estratégica de los lentes ahumados. (Huerta los había usado, pero no como medio sino como refugio.) Blasco Ibáñez no fue el único azorado interlocutor que vivió esta escena:

«Don Venustiano, cuando recibe una visita, lo primero que hace instintivamente es colocar su sillón de espaldas a la ventana más próxima. Así se queda en la penumbra y su cuerpo no es más que una silueta negra en la que apenas se marca el rostro como una vaga mancha blanca. El, en cambio, puede examinar a su gusto el rostro del visitante, que permanece en plena luz frente a la ventana. Además, si algo atrae su atención poderosamente, mira por encima de sus anteojos azulados».

Decía Jesús Reyes Heroles que «en política la forma es fondo». Pocos políticos mexicanos, y desde luego poquísimos revolucionarios mexicanos, han cuidado ciertas formas como Carranza. Un ejemplo entre miles: al lanzarse a la revolución constitucionalista —segundo capítulo de la epopeya juarista—, cuidó que su nombramiento de «Primer Jefe del ejército constitucionalista» coincidiese con su atuendo. Si su condición era dual —civil y revolucionaria—, Carranza debía serlo y parecerlo. De allí que usara «sombrero estilo norteño de fieltro gris con alas anchas, chaquetín de gabardina sin insignias militares y con botones dorados de general del ejército, pantalón de montar, botas de charol o melazas, calzoneras abiertas de cuero de Saltillo».

Otra característica suya era la lentitud. Había algo naturalmente pausado en Carranza: su voz, sus ademanes y, según Luis Cabrera, hasta su comprensión. Sin embargo,, la lentitud denotaba también un cálculo dilatorio. Carranza carecía quizá del vertiginoso instinto político de Díaz, pero lo suplía dejando respirar a los acontecimientos, filtrando los problemas y las personas. Era casi imposible, por ejemplo, entrevistarse cara a cara con Carranza. A John Reed, Isidro Fabela -uno de los hombres más cercanos al Primer Jefe- le censuró un cuestionario escrito previo a la entrevista. La lentitud, la sabiduría y los años lo habían vuelto obstinado.

Tras aquella «gran máscara de hombre» (según Reed) empeñada en reencarnar la autoridad juarista, se escondía una rústica y paternal inflexibilidad. A diferencia de Juárez o Díaz, Carranza no era un místico del poder. Carecía de los atributos divinos pero tenía en exceso los humanos para encarnar el principio de autoridad en la Revolución. Era sobrio sin ser puritano («cortejaba a las señoras con tacto finísimo, a las señoritas las protegía paternalmente»). Era ecuánime, no inconmovible. Era tenaz, terco, obcecado, trabajador, tozudo, astuto, paciente, estoico. Su tiempo psicológico y vital, distinto del de la Revolución, era el tiempo campirano, el tiempo de los ranchos, hecho de ciclos y fatalidad.

Su pausado tiempo personal, sus recursos y tretas, su sentido de autoridad y su lectura de la Reforma marcaron el fondo y la forma de la Revolución. Quiso repetir a Juárez, imperar como don Porfirio y esquivar los errores de Madero. En cierta medida lo consiguió. Y consiguió también algo distinto: encabezar y encauzar -su palabra favorita- una Revolución de comentes mucho más complejas y poderosas de lo que él mismo sospechaba. Nadie en nuestra historia vivió como Carranza el tránsito entre nuestros siglos xix y xx. Fue el hombre puente. Como los liberales de la Reforma, Madero había querido el imperio puro del derecho. Antes y después de Madero, el militarismo había significado y significaría el imperio casi puro del hecho. Carranza vivió la tensión entre los hechos y las leyes: nuevos y antiguos hechos, nuevas y antiguas leyes. Su biografía es, sin disputa, la más compleja de la Revolución.

 

  La nueva reacción

 

Cuidando todas las formas del caso, a fines de febrero de 1913 Carranza obtiene de la legislatura de Coahuila el mandato de rebelarse contra la usurpación. El 4 de marzo rompe abiertamente con Huerta, y días después sufre sus primeras derrotas militares. En repliegue hacia Monclova —instalaría ahí el Palacio de Gobierno—, pasa por la hacienda de Guadalupe, en donde el 26 de marzo de 1913, junto con un grupo de jóvenes oficiales, lanza el célebre Plan que a la letra dice:

«Primero. Se desconoce al general Victoriano Huerta como presidente de la República.

"Segundo. Se desconoce también a los poderes legislativo y judicial de la federación.

«Tercero. Se desconoce a los gobiernos de los estados que aún reconozcan a los poderes federales que forman la actual administración ...

"Cuarto. Para la organización del ejército encargado de hacer cumplir nuestros propósitos, nombramos como Primer Jefe del ejército, que se denominará «constitucionalista», al ciudadano Venustiano Carranza, gobernador del estado de Coahuila.

"Quinto. Al ocupar el ejército constitucionalista la ciudad de México, se encargará interinamente del poder ejecutivo el ciudadano Venustiano Carranza, Primer Jefe del ejército, o quien le hubiera sustituido en el mando.

"Sexto. El presidente interino de la República convocará a elecciones generales tan luego como se haya consolidado la paz, entregando el poder al ciudadano que hubiese sido electo ...».

Los firmantes —Francisco J. Múgica, Jacinto B. Treviño, Lucio Blanco, entre otros— esperaban un nuevo Plan de San Luis y la inclusión de medidas sociales revolucionarias. Pero Carranza busca emular a Juárez, no a Madero:

«No, ya es tiempo que haya un hombre que hable con verdad y en quien el país tenga confianza. Esta Revolución debe ser sólo, y debe saberlo todo el mundo, para restaurar el orden constitucional, sin llevar al pueblo, con engaños, a una lucha que ha de costar mucha sangre, para después, si no se cumple, dar lugar a mayores movimientos revolucionarios. Las reformas sociales que exige el país deben hacerse; pero no prometerse en este plan, que sólo debe ofrecer el restablecimiento del orden constitucional y el imperio de la ley; pues de otra manera aparecería con el objeto de hacerlo atractivo y conquistar adeptos, y no se trata de eso. Si triunfamos, ya verán ustedes las reformas que por fuerza tendrá que llevar adelante cualquier gobierno que se establezca en México, pero sin promesas».

A los pocos días, una delegación de Sonora que encabeza Adolfo de la Huerta visita a Carranza en Monclova y se adhiere al Plan de Guadalupe. Desde un principio. Sonora sería el principal bastión contra los federales, un estado remoto y poderoso del que habían surgido varios líderes naturales provenientes de la clase media: Alvaro Obregón. Benjamín HUÍ, Salvador Alvarado, Juan Cabral, Plutarco Elias Calles. Con Sonora, se adhiere Chihuahua.

Pero la lucha empezaba apenas. Siempre fiel al libreto de la historia, Carranza tomaba las primeras medidas de guerra. «Hablarle a don Venustiano de hechos históricos susceptibles de ponerse en práctica, si fueron de satisfactorios resultados», recordaba un allegado, «era la forma más eficaz de convencerlo de la necesidad de implantar alguna medida.» Así, un tal señor González Gante le recordó el establecimiento de comisiones mixtas para las reclamaciones en la guerra de Secesión norteamericana, y Carranza decretó, el 10 de mayo de 1913, el derecho de nacionales y extranjeros a reclamar los «daños que hayan sufrido o sigan sufriendo». Así también, y sin necesidad de consultar a nadie, consideró pertinente poner en vigor la severísima Ley Juárez del 25 de enero de 1862, por la cual serían juzgados Huerta, sus «cómplices en asonadas militares» y los «sostenedores de su llamado gobierno». La ley decretaba la pena de muerte para, entre otros, quienes se hubiesen rebelado contra las instituciones y autoridades legítimas, o atentado contra la vida del supremo jefe de la nación: lo que equivalía a la ejecución de prisioneros de guerra.

La etapa preparatoria de la rebelión duró seis meses: de marzo a agosto de 1913. Además de expedir los decretos sobre reclamaciones y pena de muerte. Carranza dividió la República en siete zonas de operación, de las cuales sólo tres funcionaban de modo efectivo: el noroeste, al mando de Pablo González; el centro, con Panfilo Natera, y el noreste, bajo las órdenes de Alvaro Obregón. En julio, Monclova cae en manos de los federales y los rebeldes intentan, sin éxito, la toma de Torreón. En agosto, el Primer Jefe comprende la fragilidad de su situación y decide viajar al bastión sonorense. De nuevo recuerda las largas marchas de Juárez. Pudiendo abandonar el territorio mexicano y llegar a Sonora por el sur de Estados Unidos, Carranza prefiere emprender una travesía de trescientos kilómetros desde Piedras Negras hasta Hermosillo, pasando por Torreón, Durango, el sur de Chihuahua, la Sierra Madre Occidental y el norte de Sinaloa. Por ningún motivo pisaría suelo norteamericano: cuestión de dignidad... y de formas.

El 14 de septiembre de 1913, en El Fuerte, Sinaloa, conoce a Alvaro Obregón, quien al observarlo comenta: «Es un hombre de detalles». Al llegar a Hermosillo establece su gobierno, con ocho dependencias paralelas a las de Huerta. El 24, pronuncia en el Salón de Cabildos uno de los discursos más importantes de la Revolución. Lo inicia con una dilatada reflexión histórica: había que revertir las tendencias de cuatro siglos, «tres de opresión y uno de luchas intestinas que nos han venido precipitando a un abismo». Durante la dictadura porfiriana, época semejante a la de Augusto y Napoleón III, «en que todo se le atribuía a un solo hombre», los periódicos engañaban al público hablándole de progreso cuando lo que en verdad se robustecía era el sometimiento del alma nacional. Carranza no menciona a Madero por su nombre y minimiza la originalidad del lema maderista. A su juicio, la lucha rebasaba el ideal de «Sufragio efectivo, no reelección», del mismo modo en que rebasaba al Plan de Guadalupe:

«El Plan de Guadalupe no encierra ninguna utopía, ni ninguna cosa irrealizable, ni promesas bastardas con intención de no cumplirlas; el Plan de Guadalupe es un llamado patriótico a todas las clases sin ofertas ni demandas al mejor postor; pero sepa el pueblo de México que, terminada la lucha armada a que convoca el Plan de Guadalupe, tendrá que principiar formidable y majestuosa la lucha social, la lucha de clases, queramos o no queramos nosotros mismos y opónganse las fuerzas que se opongan. Las nuevas ideas sociales tendrán que imponerse en nuestras masas, y no es sólo repartir tierras, no es el "sufragio efectivo", no es abrir más escuelas, no es construir dorados edificios, no es igualar y repartir las riquezas nacionales, es algo más grande y más sagrado: es establecer la justicia, en buscar la igualdad, es la desaparición de los poderosos para establecer el equilibrio de la conciencia nacional».

Carranza no era un revolucionario social. Sólo así se entienden las palabras «queramos o no queramos nosotros mismos». Sin embargo, con un sentido de la necesidad histórica, entreveía ya que «la Revolución es la Revolución», un movimiento casi telúrico que los hombres pueden en el mejor de los casos encauzar, pero no segar. Así hay que leer los propósitos que agregó en aquel discurso, tan personales como sus metáforas de agricultor: «El pueblo ha vivido ficticiamente, famélico y desgraciado con un puñado de leyes que en nada le favorecen; tendremos que removerlo todo, drenarlo y construirlo de verdad».

Para esa inmensa labor rectificadora. Carranza anunció por primera vez el propósito de elaborar una nueva Constitución. Otros pasos no menos decisivos serían la fundación de un Banco del Estado y la promulgación de leyes que favorecieran al campesino y al obrero, elaboradas por ellos mismos. Pero el mensaje fundamental del discurso era el referente a la soberanía, valor número uno para cualquier coahuilense:

«... deben acabarse los exclusivismos y privilegios de las naciones grandes respecto a las pequeñas; deben aprender que un ciudadano de cualquier nacionalidad que radica en una nación extraña debe sujetarse estrictamente a las leyes de esa nación ...».

A los dones personales y políticos que avalaban la legitimidad de su jefatura, Carranza añadió a aquel discurso uno más: el de ideólogo de la Revolución. Los objetivos no podían estar más claros. A la victoria militar seguiría un periodo de reformas sociales, una nueva Constitución, otras leyes e instituciones y una actitud diferente que «sacudiría los prejuicios internacionales y el eterno miedo al coloso del norte».

Carranza permanece en Sonora hasta marzo de 1914. Allí se entera de las primeras, centelleantes victorias de Villa, y de los avances de González y Obregón. Sin salir nunca de territorio nacional, llega a Ciudad Juárez. En el estado de Chihuahua residiría hasta el triunfo completo del constitucionalismo, en julio de 1914.

Durante la revolución constitucionalista, mientras Obregón y González se desplazan hacia el sur y Villa triunfa en Ciudad Juárez, Tierra Blanca, Chihuahua, Ojinaga, Torreón, Paredón y Zacatecas, Carranza juega un doble papel particularmente difícil: además de ocuparse en la administración económica de la guerra, debe conservar la cohesión del ejército constitucionalista bajo su mando y lidiar con las naciones extranjeras, sobre todo con Estados Unidos. En el primer tablero, su contrincante principal fue una fiera: Francisco Villa; en el segundo, un moralista: Woodrow Wiison.

Aunque en un principio sus relaciones fueron casi cordiales. Carranza y Villa nunca se entendieron. El sentido de autoridad que reclamaba para sí el Primer Jefe era incomprensible para el feroz guerrero.

Los problemas causados por Villa a gobiernos extranjeros comenzaban a apilarse: había arreado como ganado a los españoles de Chihuahua, confiscado sus bienes, tolerado el asesinato del inglés Benton y el norteamericano Bauch. En abril de 1914 Villa apresa al gobernador de Chihuahua, Manuel Chao, hombre de Carranza. Es la gota que derrama el vaso del Primer Jefe. Miguel Alessio Robles presenció el enfrentamiento.

«El señor Carranza, al ver a Villa que entraba en esos momentos a la sala principal del Palacio de Gobierno, se levantó de su asiento y le dijo: "Sé que tiene usted preso al gobernador de Chihuahua". Entonces quiso interrumpirle Villa para entrar en explicaciones y decirle los motivos por los cuales lo tenía preso. El señor Carranza le dijo en seguida: "No me interrumpa usted; sé que tiene preso al gobernador de Chihuahua y eso no lo puedo permitir yo, ni mucho menos que en mi presencia se cometa ese desacato. Después de haber asesinado al subdito inglés Benton, hecho que estuvo a punto de hacer fracasar la Revolución, no dejaré que cometa usted otro acto semejante. Una vez que haya usted puesto en libertad al general Chao, entonces oiré todas las explicaciones que usted quiera darme. Pero antes, no".

»El general Villa salió en el acto. y mandó poner en libertad al general Chao.

»El señor Carranza tenía en Chihuahua solamente la escolta del Cuarto Batallón de Sonora. Estaba a merced de las fuerzas de Francisco Villa; y, sin embargo, logró imponerse al tremendo y famoso guerrillero, que contaba en esos momentos con un ejército fuerte y victorioso.» Por momentos, su sentido de la autoridad lo llevaba al autoritarismo. Sin renunciar a la firmeza, con un poco menos de celo y un poco más de simpatía, hubiese logrado quizá plegar a Villa. Pero Carranza no estaba para sutilezas. También Juárez había sido criticado por su celo autoritario. La lección, de nueva cuenta, le parecía clara:

más valía pecar por exceso, como Juárez o Díaz, que por defecto, como Madero.

Mientras los militares hacían lo suyo, Carranza emulaba a Juárez en la batalla diplomática. Sabía que el resguardo absoluto de la soberanía nacional era condición necesaria para el triunfo de la Revolución, y en su defensa empleó toda su sabiduría heredada, innata o aprendida. Para Woodrow Wiison, su homólogo norteamericano. Carranza fue siempre una caja de sorpresas, un incomprensible saco de mañas, un hombre insensible a las buenas intenciones. Pero de aquella larga y compleja relación que, con altas y bajas, se prolongaría siete años, ambos saldrían razonablemente victoriosos.

Por el lado norteamericano, todos los escarceos tuvieron un argumento similar al que había empleado, puertas adentro, Porfirio Díaz:

pan y palo. La táctica del Departamento de Estado era alternar la amenaza, el amago, la violencia con la prédica moral, la conciliación, el apoyo. La táctica de Carranza consistía en desconfiar tanto del pan como del palo y considerarlos imposturas. Su premisa -esta vez más porfiriana que juarista— era muy simple: así ocupe la Casa Blanca un apóstol bíblico, nada bueno puede esperar México de Estados Unidos.

«El peligro está en el yanqui que nos acecha», había dicho don Porfirio en París. ¿Y cómo olvidar el siniestro papel de Henry Lañe Wilson en el martirio de Madero? Al primer representante oficioso de Wiison, que lo visita en noviembre de 1913, Carranza lo hace esperar diez días, lo recibe con fría formalidad, no se conmueve ante sus buenas intenciones de reconocimiento ni acepta transigir con la reacción para crear un gobierno provisional. En febrero del año siguiente, a raíz del asesinato del inglés Benton, rechaza la intermediación norteamericana en favor de su subdito inglés, al tiempo que hace ver al cónsul norteamericano, Simpich, la necesidad de que con él, y no con cualquier otro jefe revolucionario, se ventilaran todas las querellas. En aquellos días caldeados por el caso Benton, John Reed conoce a Carranza. Reed le ofrece la buena voluntad del periódico que representa. Carranza lo agradece y aprovecha la oportunidad para lanzar una catilinaria contra Estados Unidos y la pérfida Albión. Reed recuerda sus palabras:

«¡Les digo que si los Estados Unidos intervienen en México sobre la base de ese nimio pretexto, la intervención no tendrá el efecto que piensa, sino que desatará una guerra que, además de sus propias consecuencias, ahondará un profundo odio entre los Estados Unidos y toda la América Latina, un odio que pondrá en peligro todo el futuro político de los Estados Unidos!».

La intervención no se hizo esperar, aunque por razones distintas.

El 21 de abril de 1914 los marines desembarcan en Veracruz. Con ese «palo», Wiison se propone dar a los constitucionalistas el «pan» de un bloqueo definitivo contra Huerta. Aunque Carranza lo comprende así, no admite las razones del secretario de Estado, Bryan, exige el retiro inmediato de los marines y amaga con una situación de guerra. El 25 de abril Argentina, Brasil y Chile ofrecen sus buenos oficios de mediación, que Carranza acepta en principio pero al final declina, aduciendo que las propuestas de convocar un armisticio beneficiaban a Huerta e implicaban una intervención en los asuntos internos de México.

El siguiente round ocurrió con posterioridad a la salida de Huerta.

El 23 de julio de 1914, Wiison —antiguo profesor de filosofía en Princeton— decide dar una clase de política y moral al rudo ranchero de Coahuila. El constitucionalismo triunfante debía respetar vidas y compromisos financieros, otorgar una amplia amnistía, cuidarse de afectar al clero. Estados Unidos actuaría como representante de otras potencias y su opinión sería decisiva en los reconocimientos diplomáticos.

Por toda respuesta, el encargado de las relaciones internacionales —Fabela, no Carranza— evita mencionar las palabras de Wiison, refrenda el respeto a los derechos y compromisos del país y concluye secamente que los hechos por venir «se decidirán de acuerdo con los mejores criterios de justicia y de nuestro interés nacional». Bryan, siempre más radical que Wiison, amenaza con no reconocer al gobierno que emanase del constitucionalismo. Carranza ni siquiera se molesta en contestar.

El 20 de agosto de 1914, cinco días después de que Obregón firmase los Tratados de Teoloyucan —en los que Carranza no cedió una coma a los últimos representantes del huertismo—, el Primer Jefe entra a la capital. «Carranza», explica Charles Cumberland, el gran historiador del constitucionalismo, «nunca "llegaba" simplemente a una ciudad; siempre hacía entradas a caballo flanqueado por su estado mayor. En esta ocasión inició su marcha desde Tlalnepantia, a unos once kilómetros del Palacio Nacional, lo cual le permitió atravesar una gran parte de la ciudad y recibir la entusiasta bienvenida de cerca de trescientas mil personas.» Debió de recordar a Juárez cuando, después de Calpulalpan, entró a la capital el 11 de enero de 1861.

 

De acuerdo con el Plan de Guadalupe, el derrocamiento de Victoriano Huerta debía significar el triunfo del constitucionalismo y, al menos en teoría, el fin de la Revolución. En realidad fue sólo el principio.

Venustiano Carranza era el Primer Jefe de la Revolución, pero no el único. Dos caudillos populares se negaban a plegarse a su autoridad: Pancho Villa y Emiliano Zapata. De su difícil conciliación dependía la paz. Vista con perspectiva, la desavenencia entre ellos parece natural. Nada salvo el atributo de su mexicanidad los unía.

En ambos casos Carranza buscó el acercamiento, si bien bajo sus férreas condiciones. A los pocos días de entrar a la capital envió a tres emisarios, de honradez y solvencia fuera de toda sospecha, a conferenciar con Zapata: Luis Cabrera, Juan Sarabia y Antonio Villarreal.

«Con una expresión inequívoca de reconcentrado furor», Zapata apenas habló con ellos. Su condición fue que Carranza renunciase al poder ejecutivo y acatase letra por letra el Plan de Ayala. En el fondo, como ha escrito John Womack, el resultado estaba determinado de antemano:

«El Primer Jefe Carranza no despertaba la menor simpatía entre los agricultores y los trabajadores del campo de Morolos. Senador de los congresos porfirianos, viejo corpulento e imperioso, de tez colorada, anteojos oscuros y barbas a la Boulanger, montado en su caballo como si estuviese en un sillón. Carranza era políticamente obsoleto.

Ahora podía ser revolucionario y rebelde, pero en otro mundo, un mundo establecido y civilizado de manteles limpios, bandejas de desayuno, alta política y cubos para enfriar vino». Por su parte, siempre con la historia en mente. Carranza creía que los zaparistas eran «hordas de bandidos» y Zapata el nuevo Manuel Lozada, aquel temible «Tigre de Alica», el cacique indígena de la siena nayarita que había asolado el occidente de México con sus «hordas de salvajes». Recordando que Madero, con su bonhomía, no había logrado atemperar el radicalismo del líder suriano. Carranza decidió agotar el expediente en unos días. El 5 de septiembre rechazó las condiciones de Zapata.

De Zapata lo separaban abismalmente la clase social, la cultura y hasta la civilización; es el mismo conflicto entre el México antiguo y el México liberal que recorre todo el siglo xix mexicano. Con Villa el problema tenía un tinte más político. «Pleito de enamorados» lo llamó Alvaro Obregón, con evidente exageración, pero refiriéndose a algo verdadero: era más querella de pasiones y personalidades que de creencias o ideologías.

Villa tenía una retahila de quejas contra el Primer Jefe. Después de las disputas en Chihuahua y los ninguneos de Zacatecas, Carranza lo había bloqueado de varias maneras: negándole carbón para sus trenes, negando a la División del Norte la categoría de cuerpo del ejército, negándole a Villa, en lo personal, la gloria de entrar a la ciudad de México y hasta el grado de general de división. Aunque el 8 de julio villistas y carrancistas firman el Pacto de Torreón, en el que ambas partes se reconocen y acuerdan convocar una convención de generales para decidir el futuro político de México, Carranza sabe de antemano que el «pleito de enamorados» terminará en divorcio. Ya en septiembre escribe al gobernador de San Luis Potosí, Eulalio Gutiérrez: «Si somos incapaces de llegar a un acuerdo pacífico y empieza la lucha armada —no porque lo deseemos sino por causa de las circunstancias— queremos estar preparados».

Aquel septiembre de 1914, el futuro político del país se jugaba en la lotería personal de los caudillos. Todo parecía incierto. Si la lucha común contra Huerta no había podido unirlos cabalmente, la victoria lo pudo aún menos. Se vivían sensaciones contradictorias: por un lado una voluntad positiva y desinteresada de pacificación, de acuerdos; por otro, una recelosa urgencia de establecer vínculos y alianzas, una lucha subterránea por el poder. Obregón se acerca a Villa, pero no tanto como para pactar con él, y, sin embargo, uno y otro buscan, en cierto momento, la renuncia del Primer Jefe. Después de estar a punto de fusilar al «compañerito» Obregón, Villa es el primero que explota: el 23 desconoce a Carranza. El 3 de octubre, una convención más o menos carrancista reunida en la ciudad de México ratifica al Primer Jefe en su cargo, pero no unifica el mando nacional. En ese momento, el poder no es de nadie y casi nadie es leal sino a sí mismo.

El 5 de octubre abre sus sesiones la Convención de Aguascalientes. Hasta entonces la querella había sido de personas y personalidades: Carranza contra Villa y, oscilando entre ellos, una colmena de generales más o menos villistas, más o menos carrancistas y más o menos independientes. Una vez instalada la Convención, el conflicto seria, además de político, jurídico y moral: un conflicto de legitimidades.

¿Quién era el depositario legítimo del poder en México? ¿La soberana Convención de Aguascalientes, representada por los 150 generales más connotados de la Revolución -incluidos, al poco tiempo, representantes civiles de Zapata-, o el Primer Jefe del ejército constitucionalista, encargado del poder ejecutivo de acuerdo con el Plan de Guadalupe?.Sin participar directamente en las sesiones de la Convención -no era general más que de sus libros-, José Vasconcelos formuló entonces la defensa jurídica de la Convención de Aguascalientes. La verdadera soberanía popular -escribió Vasconcelos- residía desde febrero de 1913 en los ciudadanos rebeldes a la usurpación, en el ejército constitucionalista, «que es el ejército el pueblo soberano». El artículo 128 de la Constitución vigente se refería al momento en que el pueblo recobrase su libertad venciendo a un gobierno anticonstitucional. <Y quién era el vehículo de ese restablecimiento avalado plenamente por la Constitución? El ejército rebelde.

Carranza podía argüir que él, en su carácter de Primer Jefe, encarnaba a la vez la autoridad del ejército y la legalidad, como Juárez en 1858; pero el caso -decía Vasconcelos- era muy distinto: «A don Benito Juárez nunca pudo removerlo una junta de generales, ni una junta de soldados, ni una convención de ciudadanos, porque a don Benito Juárez ... le correspondió sustituir al presidente electo que había desaparecido». Si la Convención -proseguía, con cruel lucidez, Vasconcelos- no podía reclamar en rigor el carácter de soberana, ya que sus miembros no habían sido ungidos con el voto popular, sí cabía considerarla «suprema» y, desde luego, superior a Carranza en jerarquía. Suprema, para erigir un gobierno provisional que restablezca el orden constitucional, para ordenar movilizaciones de ejércitos, para designar un presidente provisional y gobernadores interinos, dictar leyes y reformas sujetas a la ratificación de los congresos locales y convocar elecciones.

Hasta ahí Vasconcelos pensaba haber demostrado la legitimidad constitucional de la Convención. Pero ¿cómo olvidar que se vivían tiempos revolucionarios? ¿Cuál era la legitimidad revolucionaria de la Convención? «... la revolución es antítesis de Constitución. La Constitución condensa las prácticas, las leyes, los convenios establecidos por los hombres para vivir en sociedad. La revolución se dirige a reformar y construir de nuevo todas esas prácticas, convenios y principios; por eso lo primero que hace es desligarse de todas las trabas sociales, puesto que va a crear nuevas formas para el enlace de los individuos.

»... las revoluciones comienzan por la rebelión, se colocan desde luego fuera de la ley, son antilegalistas y por eso mismo soberanas y libres, sin más señor que el ideal, el ideal que encuentran en las filosofías sociales, en las vagas especulaciones de los precursores o en la acción viviente y el corazón generoso de los apóstoles y caudillos, los Hidalgo y Madero, que despiertan la ternura y el entusiasmo, la protesta y el perdón. Se desenvuelven después a través de las peripecias y azares de la lucha y van a parar siempre a una nueva legalidad, a una legalidad que significa un progreso sobre el estado social anterior. Si esto no sucede, la revolución es un fracaso; para evitarlo debe concluir su misión.”.

Era pues misión de la soberana Convención de Aguascalientes -decía Vasconcelos- llevar a buen fin los dos objetivos de la Revolución: el político y el económico. Para el primero había que establecer en toda la República el imperio de la Constitución de 1857, en la inteligencia de que «interesa más salvar los propósitos fundamentales de la revolución actual que obedecer los preceptos del Código del 57». Mas con un gran pero: «Distinguir la necesidad revolucionaria del abuso de los gobiernos»: «No olvide la revolución, si quiere cumplir sus fines, el respeto que debe a la personalidad humana, única entidad que suele estar por encima aun de las mismas revoluciones».

Para alcanzar la finalidad fundamental -la economía-, la Convención debería legislar de modo inmediato aunque provisional. El problema agrario reclamaba atención prioritaria: «Redáctense las resoluciones de la Convención a este respecto, y pónganse en práctica desde luego, a fin de que todas las reformas así producidas lleguen a la categoría de hechos consumados, antes de que los congresos legalmente electos a los gobiernos constitucionales que sucedan a la Convención puedan venir a trabajar en contra de los intereses nacionales».

En suma, dos legitimidades requería la Convención, y para Vasconcelos dos legitimidades poseía, las únicas posibles, las únicas necesarias: «La Convención de Aguascalientes obrará y hablará para bien de todos los mexicanos, y llevará adelante sus resoluciones, soberanamente, por los dos derechos: el de ley y el de la revolución; el de la razón y el de la fuerza».

Frente a este edificio jurídico que, acaso sin conocerlo, compartían instintivamente y sin excepción todos los jefes reunidos en Aguascalientes, ¿cuáles eran las razones de Carranza? En un mensaje que envía a la Convención el 23 de noviembre de 1914, Carranza declina la invitación que se le hace para acudir a Aguascalientes. Aunque se extraña de la premura con que la asamblea reclama su renuncia y declara que su retiro no debe abrir paso a una restauración o a un «régimen de apariencia constitucional», propone tres condiciones para hacerlo efectivo y salir, en caso necesario, del país: 1) establecimiento de un régimen preconstitucional «que se encargue de realizar las reformas sociales y políticas que necesita el país antes de que se restablezca un gobierno plenamente constitucional»; 2) renuncia y, en su caso, exilio de Villa, y 3) renuncia y, en su caso, exilio de Zapata.

Una semana después, las comisiones unidas de Guerra y Gobernación de la Convención (que integran, entre otros, los generales Obregón, Angeles, Aguirre Benavides, Chao, Gutiérrez y Madero) aceptan en principio las condiciones de Carranza, pero en términos que a la postre no convencen al Primer Jefe. El 5 de noviembre, una vez nombrado presidente provisional Eulalio Gutiérrez —aunque sólo por veinte días, hasta su ratificación—, la Convención envía un ultimátum de renuncia a Carranza a través de Antonio I. Villarreal, Obregón, Hay y Aguirre Benavides. Cuatro días más tarde, desde Córdoba, Veracruz (adonde en previsión de un atentado había trasladado su gobierno), Carranza responde con un largo telegrama a los jefes y gobernadores reunidos en Aguascalientes. Su razonamiento no es filosófico y jurídico, como el de Vasconcelos, sino práctico y, en cierta manera, histórico. No aceptará las disposiciones de la Convención, ni renunciará a su investidura, en tanto no se cumplan cabalmente las tres condiciones que había propuesto. A la fecha, sostenía Carranza, Villa seguía ostentando el puesto de jefe de la División del Norte y comenzaba a inmiscuirse en el mando de otras divisiones; Zapata, lejos de ver menguado su poder, era enaltecido por la Convención; en cuanto a su primera condición, sus razones, aunque mas complejas, no eran menos claras. Por más legitimidad revolucionaria que el presidente provisional tuviera ¿qué clase de gobierno podía ejercer, tal y como se le eligió? «No puedo, en efecto, entregar el poder a un gobierno que carezca en absoluto de bases constitutivas y que no tenga lincamientos de ninguna clase ni atribuciones definidas ni facultades determinadas.

Dicho gobierno sería: o enteramente personalista y dictatorial, puesto que el general Gutiérrez tendría que obrar a su entero albedrío, o la Junta tendría que ser realmente la que gobernara, siendo este último el caso que temo más; pues de entregar el poder al general Gutiérrez en las condiciones y tiempo para que fuera nombrado, el resultado final sería que la Convención continuaría funcionando indefinidamente y bien sabemos cuáles son los inconvenientes de que la jefatura de un ejército y poder ejecutivo de una nación queden en manos de una asamblea por ilustrada, idónea y capaz que se le suponga.

»Como cuerpo deliberativo, la Junta de Aguascalientes sería tal vez deficiente y de ello ha dado pruebas; pero como cuerpo administrativo y ejecutivo, sería un instrumento de tiranía desastroso para el país. Como jefe del ejército, como encargado del poder ejecutivo, como caudillo de una revolución que aún no termina, tengo muy serias responsabilidades ante la nación; y la Historia jamás me perdonaría la debilidad de haber entregado el poder ejecutivo en manos de una asamblea que no tiene las condiciones necesarias para realizar la inmensa tarea que pesa sobre el ejército constitucionalista.”.

De sus buenas lecturas de historia francesa -en las que prefería siempre la versión clásica a la romántica- Carranza había aprendido a desconfiar del asambleísmo. La experiencia de la República Restaurada en México confirmaba también, en su opinión, la inhabilidad histórica de los órganos deliberativos. De ahí que Carranza usara la frase «bien sabemos cuáles son los inconvenientes». Es posible, por otra parte, que una lectura desapasionada del texto de Vasconcelos hubiese contado con la aprobación de Carranza. En ambos casos había una tácica admisión de supremacía de la legitimidad revolucionaria sobre la constitucional, y aunque Vasconcelos no lo fraseaba de ese modo, su referencia a la «nueva legalidad» y su insistencia en alcanzar «desde luego» la «finalidad económica» de la lucha «antes de que los gobiernos constitucionales ... [pudiesen] trabajar en contra de los intereses nacionales» confluían, de hecho, en el reformismo preconstitucional por el que pugnaba Carranza. Pero además del escollo político y militar que representaban Villa y Zapata -cuyas actitudes provocaron, no menos que las de Carranza, la escisión definitiva y la guerra civil-, el problema para el Primer Jefe no era tanto de legitimidad abstracta como de responsabilidad y eficacia concreta.

Sólo él, y no la asamblea, podía, a su juicio, encauzar tutelarmente la «formidable y majestuosa lucha social». Este acto de afirmación del «encargado del poder ejecutivo» sobre la asamblea revolucionaria constituye un momento decisivo en la historia mexicana y un presagio de los tiempos por venir. ¿Cuál habría sido la estructura política de México si Carranza se hubiese plegado a la Convención? Quizá más democrática, quizá más frágil. Nunca lo sabremos: el triunfador fue Carranza. «Convencido como estaba», escribe Amaldo Córdova, «de que él encamaba los verdaderos intereses de la nación, se concebía a sí mismo como el principio del Estado en ciernes y actuaba en consecuencia.» En este sentido cabe decir que el Estado nacido de la Revolución es, en parte, obra del Primer Jefe. Parafraseando a Vasconcelos, Carranza hubiese podido decir: «El Primer Jefe obrará y hablará para bien de todos los mexicanos, y llevará adelante sus resoluciones soberanamente por dos derechos; el de su responsabilidad y el de la Revolución; el de su razón y el de la fuerza».

A su juicio, Juárez no había obrado de manera distinta. El argumento de que Juárez era presidente y él sólo Primer Jefe le hacía lo que el viento a Juárez. Urgía continuar el libreto, expedir las nuevas leyes de reforma, instalar el gobierno en Veracruz.

 

La nueva Reforma

 

Después de sostener un nuevo round victorioso contra Woodrow Wiison y lograr la retirada incondicional de las fuerzas de ocupación, a fines de noviembre de 1914 Carranza establece, en efecto, su gobierno en Veracruz. En aquel puerto residió hasta octubre de 1915, cuando la situación militar se definiría en su favor. En un principio, el cuadro parecía adverso. Los carrancistas dominaban la salida al Golfo, todo el sureste, buena parte de Tamaulipas y Veracruz, pero la inestable alianza de la Convención, de Zapata y de Villa imperaba en todo el territorio restante. En abril de 1915 Obregón vence a Villa en el Bajío; en mayo, Murguía, Castro y Treviño triunfan en el noroeste, y Pablo González inicia la campaña final contra Zapata; en julio se rinde Francisco Lagos Cházaro, el último presidente de la Convención, y en agosto los constitucionalistas ocupan definitivamente la capital. El reconocimiento diplomático del gobierno de Carranza por parte de Estados Unidos en octubre de 1915 no es más que la aceptación del triunfo militar.

Pero no sólo de acciones militares vivía la Revolución. También de acción política y reforma social. Carranza integró su gabinete con civiles y militares de la clase media profesional. Entre sus colaboradores están los licenciados Luis Cabrera (Hacienda), Rafael Zubarán Capmany (Gobernación) y Félix F. Palavicini (Instrucción Pública); los ingenieros Alberto J. Pañi (Ferrocarriles), Ignacio Bonillas (Comunicaciones) y Pastor Rouaix (Fomento); los generales Alvaro Obregón (jefe del Ejército de Operaciones), Ignacio L. Pesqueira (Guerra y Marina) y Francisco J. Múgica (presidente del Tribunal Superior de Justicia Militar).

A fines de 1914, antes de iniciar la gran reforma. Carranza enfrenta un suceso particularmente doloroso. A su hermano Jesús y su sobrino Abelardo los secuestra el general Alfonso J. Santibáñez en Oaxaca, Carranza ordena una movilización de rescate. Santibáñez busca un arreglo y ordena a Jesús, en repetidas ocasiones, telegrafiar al Primer Jefe pidiéndole que suspenda la orden de ataque y rescate.

Aunque sabe el riesgo que corre su hermano, Carranza no cede.

El 2 de enero, el Primer Jefe pone a Jesús el telegrama definitivo; «Me despido de ti y de las personas que están presas junto contigo, deseando salgan con felicidad del trance en que se encuentran. Tu hermano», Once días después, luego de una ardua caminata por la sierra de la región mixe, en un sitio llamado Xambao, distrito de Villa Alta, Jesús Carranza, su hijo y su secretario eran asesinados.

El 12 de diciembre Carranza había empezado a cumplir la palabra empeñada en Hermosillo. Sus adiciones al Plan de Guadalupe iniciaban la «formidable y majestuosa lucha social» que entonces había vaticinado. Hacia ese fin apuntaba el artículo 2° de las «adiciones» de sus futuras Leyes de Reforma:

«Art. 2.°- El Primer Jefe de la Revolución y encargado del poder ejecutivo expedirá y pondrá en vigor, durante la lucha, todas las leyes, disposiciones y medidas encaminadas a dar satisfacción a las necesidades económicas, sociales y políticas del país, efectuando las reformas que la opinión exige como indispensables para restablecer el régimen que garantice la igualdad de los mexicanos entre sí; leyes agrarias que favorezcan la formación de la pequeña propiedad, disolviendo los latifundios y restituyendo a los pueblos las tierras de que fueron injustamente privados; leyes fiscales encaminadas a obtener un sistema equitativo de impuestos a la propiedad raíz; legislación para mejorar la condición del peón rural, del obrero, del minero y, en general, de las clases proletarias; establecimiento de la libertad municipal como institución constitucional; bases para un nuevo sistema de organización del poder judicial independiente, tanto en la federación como en los estados; revisión de las leyes relativas al matrimonio y al estado civil de las personas; disposiciones que garanticen el estricto cumplimiento de las leyes de reforma; revisión de los códigos civil, penal y de comercio; reformas del procedimiento judicial, con el proposito de hacer expedita y efectiva la administración de justicia; revisión de las leyes relativas a la explotación de minas, petróleo, aguas, bosques y demás recursos naturales del país, y evitar que se formen otros en lo futuro; reformas políticas que garanticen la verdadera aplicación de la Constitución de la República, y en general todas las demás leyes que se estimen necesarias para asegurar a todos los habitantes del país la efectividad y el pleno goce de sus derechos y la igualdad ante la ley».

Cuando a principios de 1915 Carranza exclama: «Hoy comienza la revolución social», se refiere a una revolución social a través de las leyes. Para subrayar la simetría con Juárez, que en Veracruz había dictado la ley sobre el matrimonio civil, Carranza decreta el divorcio legal el día de Navidad de 1914 —fecha simbólica—. La redacción misma de aquel artículo 2.° revelaba cierto anclaje en el liberalismo constitucional. Aunque habla de restitución de tierras y disolución de latifundios, lo hace con un espíritu de justicia, no con el propósito de crear un nuevo régimen de propiedad o abanderar un apostolado social. La insistencia en temas como la libertad municipal, la independencia del poder judicial o la igualdad ante la ley son también signos claros de esa supervivencia liberal. Al calce de los documentos oficiales, junto a la firma de Carranza, aparecía la leyenda «Constitución y reformas». Años después, algunos regímenes usarían el lema «Salud y revolución social». Nadie mejor que Félix F. Palavicini expresó el propósito de Venustiano Carranza en Veracruz: «Constituir la Revolución».

Desde la expedición de las primeras reformas a principios de 1915 hasta la jura de la nueva Constitución en Querétaro el 5 de febrero de 1917, el gobierno preconstitucional de Carranza libraría una batalla múltiple, tan compleja o más que la militar (en la que, por cierto, no dejó de intervenir, dirigiendo sus aspectos políticos, su administración, proveeduría y finanzas). «Tendremos que removerlo todo», había dicho en Hermosillo, «drenarlo y construirlo de verdad.» Y así ocurrió.

La caja de Pandora se abrió en al menos siete vetas profundas de la vida mexicana: el problema agrario, el problema obrero, la soberanía sobre los recursos naturales, la relación entre la Iglesia y el Estado, el papel del Estado en la economía, el problema de la educación y la estructura política. En algunos casos la iniciativa de reforma partió del gobierno, en otros provino de la presión social. Para los dirigentes y para la sociedad, aquellos dos años —1915 y 1916— fueron tiempos de experimentación histórica. De la tensión entre ambos la Revolución delineó su perfil.

Indirecta, simbólicamente, la reforma agraria que se inicia con la Ley del 6 de Enero de 1915 es obra de Zapata. En tiempos porfirianos fue común escuchar que en México no había problema de tierras.

El profundo libro del antiguo juez de pueblo Andrés Molina Enríquez —Los grandes problemas nacionales (1909)— había advertido la gravedad de la cuestión y propuesto remedios; pero durante algunos años fue voz en el desierto. De pronto, en los albores de la revolución maderista, el zapatismo desmentía a los incrédulos: no sólo había problemas de tierras; existía todo un agravio histórico pendiente, la vieja querella de los campesinos contra la era liberal que había negado su cultura, cercado sus tierras, acosado su antiguo modo de ser.

Por un tiempo Carranza pensó también que el problema «se había exagerado», pero poco a poco cedió a las evidencias y a la presión de sus lugartenientes. El 1.° de septiembre de 1913, Lucio Blanco, con ayuda de Francisco J. Múgica, expropia y fracciona la hacienda de Los Borregos en Tamaulipas. Aunque Carranza lo reprende, no logra frenar el impulso: Alberto Carrera Torres y Pastor Rouaix siguen el ejemplo de Blanco. Hacia el mes de septiembre de 1914, varios estados de la República decretan la abolición de la servidumbre y reglamentan jornadas y salarios. Ese mismo mes, al fracasar las pláticas con Zapata, Carranza declara:

«Considero innecesaria la sumisión al Plan de Ayala supuesto que ... estoy dispuesto a que se lleven a cabo y se legalicen las reformas agrarias que pretende el Plan de Ayala, no sólo en el estado de Morelos sino en todos los que necesiten esas medidas».

En Veracruz, Luis Cabrera, lugarteniente intelectual de Carranza, le da los últimos toques a una nueva ley agraria. «El Primer Jefe ...creyó fortalecer su situación militar y política enarbolando la bandera del agrarismo.» Pero más allá de los resortes subjetivos, a partir del 6 de enero de 1915 el Plan de Ayala tuvo un homólogo poderoso en aquella ley redactada por Cabrera e inspirada por Molina Enríquez. La fecha de expedición la escogió Carranza: pretendía dar un nuevo contenido social al día de Reyes.

La Ley del 6 de Enero -explica Cumberland- concebía el ejido como reparación de una injusticia, no como un nuevo sistema de tenencia. Se trataba de restablecer el patrimonio territorial de los pueblos despojados y crear nuevas unidades con terrenos colindantes a los pueblos que se expropiarían para el efecto. En el papel, el mecanismo era sencillo. Los pueblos elevaban su solicitud a la Comisión Agraria Local, que decidía sobre la justicia de la restitución o dotación. En caso afirmativo, tornaba al comité particular ejecutivo la orden de deslinde y entrega provisional. Una Comisión Nacional Agrícola dictaminaría en definitiva sobre cada caso y el poder ejecutivo expediría los títulos respectivos. Las personas afectadas tendrían derecho de apelación.

Si en el papel parecía sencillo, en la práctica el mecanismo resultó limitante, complicado y lento. Los beneficiarios de la ley eran «los pueblos», pero la ley no los definía. El tejido social en el campo mexicano incluía a otros personajes frente a quienes la ley era indiferente; medieros, arrendatarios, peones agrícolas y acasillados. Carranza había deseado la pacífica sumisión de la realidad a la ley, pero la violenta realidad, en muchas partes, la rebasaba. Hubo invasiones, talas, conflictos, confiscaciones. El 11 de junio de 1915 Carranza se sintió obligado a expedir un «Manifiesto a la nación»:

«En el arreglo del problema agrario no habrá confiscaciones. Dicho problema se resolverá por la distribución equitativa de tierras que aún conserva el gobierno; por la reivindicación de aquellos lotes de que hayan sido ilegalmente despojados individuos o comunidades; por la compra y expropiación de grandes lotes si fuera necesario; por los demás medios de adquisición que autoricen las leyes del país. La Constitución de México prohibe los privilegios ... Toda propiedad que se haya adquirido legítimamente de individuos o gobiernos legales, y que no constituya privilegio o monopolio, será respetada».

La Comisión Nacional Agrícola tardó más de un año en instalarse, y cuando lo hizo, el 8 de marzo de 1916, trabajó con la velocidad de una tortuga. Mientras Carranza, sobre la marcha, expide decretos que afinan o limitan aspectos de la ley original, en el Palacio de Minería de la capital la comisión estudia cientos de expedientes. El 19 de septiembre de 1916, para desesperación de varios radicales y de muchos pueblos despojados o necesitados de tierra. Carranza suspende las posesiones provisionales. Un mes después, con fundamento en títulos exhibidos por el pueblo de Iztapalapa que databan de 1801, la comisión expide su primera restitución definitiva. Antes de la promulgación de la nueva Constitución, expediría únicamente dos más: en Xalostoc y Xochimilco. Magra cosecha.

Con el problema obrero, la trayectoria de acercamiento y distancia, de iniciativa legal y freno práctico fue similar aunque más abrupta. Carranza recordaba las reformas a la legislación laboral que iniciara su admirado Bernardo Reyes en pleno porfiriato, y se proponía mejorarlas. El mismo había introducido una ley sobre accidentes de trabajo durante su periodo como gobernador. Una de sus primeras decisiones en Veracruz fue modificarla Constitución de 1857 para que su gobierno pudiese legislar sobre el trabajo. Al mismo tiempo integró una Comisión de Legislación Social con cuatro abogados: José Natividad Macías, Luis Manuel Rojas, Félix F. Palavicini y Alfonso Cravioto. La encomienda era estudiar las distintas legislaciones internacionales sobre el trabajo y aclimatarlas en México. Para cumplirla, Macías viaja a Estados Unidos y Europa. A su regreso redactaría un anteproyecto con varias disposiciones modernas: jomada de ocho horas, salario mínimo, establecimiento de juntas de conciliación y arbitraje, confirmación de derechos sindicales, accidentes de trabajo, etc. Aunque el proyecto no alcanza el rango de decreto, servirá de molde inicial del artículo 123 en la nueva Constitución.

Carranza y sus lugartenientes habían pretendido atraer al campesinado con las sirenas de la Ley del 6 de Enero. Con los obreros, emplearon una táctica más directa: establecer un pacto político. La idea, en realidad, partió de Obregón, que una vez más revelaba su genio, no sólo militar sino político. Secundado por la oratoria de Gerardo Munllo —el «doctor Atl»— y la astucia no menos persuasiva de Alberto J. Pañi, Obregón se acercó a la Casa del Obrero Mundial. Como prenda, le había cedido ya, para instalar sus locales, el convento de Santa Brígida y el Colegio Josefino. A pesar de su raigambre anarcosindicalista, opuesta a toda relación con el poder, el 17 de febrero de 1915 la Casa firma en la ciudad de Veracruz un pacto trascendental con el ejército constitucionalista. A cambio de un futuro apoyo a las demandas de la clase obrera, la Casa se comprometía a «tomar las armas, ya para guarnecer las poblaciones que están en poder del gobierno constitucionalista, ya para combatir a la reacción», es decir, a los villistas y zapatistas. Inmediatamente se integraron seis batallones obreros denominados «rojos». En sus filas había más artesanos que obreros industriales: carpinteros, tipógrafos, albañiles, sastres, canteros... Cerca de tres mil hombres iniciaron su movilización hacia el cuartel general de Orizaba. Entre ellos iba el pintor José Clemente Orozco. Días más tarde los Batallones Rojos entrarían en acción.

Aún antes de decidirse la contienda militar en favor de los constitucionalistas, los gobernadores de Veracruz y Yucatán —Cándido Aguilar y Salvador Alvarado— expidieron decretos avanzados en materia obrera. Al ocupar definitivamente la capital en agosto de 1915, Pablo González cede a los obreros la Casa de los Azulejos, símbolo del porfiriato, antigua sede del Jockey Club. Pero aquella luna de miel era engañosa. Cuando a fines de 1915 los obreros intentan ejercer, en vanas instancias, el derecho de huelga, el gobierno de Carranza reacciona con dureza creciente.

El 20 de enero de 1916, en represalia por una huelga ferrocarrilera de solidaridad con los obreros textiles de Orizaba, Carranza militariza a los trabajadores del riel. A principios de 1916, bajo la presidencia del electricista Luis N. Morones, se integra la Federación de Sindicatos Obreros del Distrito Federal (FSODF), cuyo objetivo es volver a la tradición anarcosindicalista. El 13 de enero se expide la orden de concentrar en la ciudad de México a los Batallones Rojos para disolverlos. Días después. Carranza ordena a los gobernadores impedir concentraciones obreras, recoger credenciales y aprehender a los delegados cuya «labor tienda a trastornar el orden público».

Los enormes problemas económicos del gobierno preconstitucional, el deterioro de la moneda y el aumento constante de los precios trajeron consigo una ola de huelgas en varias ciudades de la República. En mayo de 1916 estalla en la capital una huelga que apoyan electricistas, tranviarios y telefonistas. Benjamín Hill, entonces comandante militar, amenaza con «severos castigos» a los huelguistas de la FSODF, pero retrasa el enfrentamiento mediante el pago en una moneda nueva: «el infalsificabie». Muy pronto, el infalsificabie comienza a devaluarse. Los obreros pretenden cobrar en oro y se oponen a los despidos, que empezaban a volverse habituales. El diario El Pueblo, voz del gobierno constitucionalista, da la versión oficial de los hechos:

«Cuando las clases trabajadoras asumen actitudes exclusivistas, como hace el capitalismo, entonces resulta que se borra toda diferencia entre el monopolio y la huelga. Entonces resulta ser la huelga el monopolio del trabajo ... La Confederación de Sindicatos está en el deber de marchar en sus procedimientos, en perfecto acuerdo con la Revolución hecha gobierno, porque la Revolución, en conjunto, tiene sobre los derechos del trabajo la supremacía del sacrificio y el valor incotizable, por inmenso, de la sangre derramada ... Debe tener presente los delicadísimos momentos actuales de nuestra política internacional y la necesidad que el mismo gobierno tiene ... de la cooperación de todos los ciudadanos ... La revolución constitucionalista abarca todos los intereses del pueblo mexicano; no ha sido una revolución hecha exclusivamente para el obrero ...».