III
Entre el ángel y
el fierro
Francisco Villa
Dice don
Francisco Villa:
«De nuevo voy a
atacar, me han matado mucha gente, su sangre voy a vengar».
Corrido de la
batalla de Celaya
De bandido a redentor
De
todas las provincias del septentrión novohispano, ninguna sufrió tanto como la
Nueva Vizcaya la prolongada guerra contra los «indios bárbaros». Los tobosos y
los tarahumaras se rebelaron contra la cruz y la espada durante buena parte del
siglo xvil. Más tarde surgió en el horizonte la pesadilla que sobrevivió al
régimen colonial y asoló el norte de México hasta finales del siglo xix: los
apaches. Entre aquellos centauros nómadas y sus contrincantes mexicanos no sólo
se entabló una guerra a muerte sino una escalada macabra de métodos de muerte.
Este escenario desalmado y feroz, «siempre volante», como explican las
crónicas, fue la escuela vital del hombre cuya epopeya encarna una zona
profunda del alma mexicana, su más oscuro y vengativo coraje, su más inocente
aspiración de luz: Francisco Villa.
Verosímilmente,
Villa nació hacia 1878 en el municipio de San Juan del Río, Durango. Su padre,
el mediero Agustín Arango, hijo ilegítimo de Jesús Villa, muere joven y deja
sin amparo a su mujer y a cinco hijos. Doroteo, el mayor, quien nunca acudirá a
la escuela, es el sostén de la familia y trabaja en el rancho El Gorgojito,
propiedad de la familia López Negrete. Verosímilmente también, el patrón —o el
hijo del patrón, o el mayordomo— intenta ejercer el derecho de pernada con
Martina Arango. Su hermano Francisco la defiende a balazos y emprende la fuga
hacia cañadas de «nombres pavorosos»: Cañón del Diablo, Cañón de las Brujas,
Cañón del Infierno. Muy pronto lo apresan y encarcelan, pero evita la «ley
fuga» hiriendo a su carcelero con una mano de metate. Hacia 1891 se convierte
en bandido.' Según el doctor Ramón Puente -quien por un tiempo fue su
secretario y años después escribió sobre él una excelente biografía—, Villa
alternó los periodos de bandidaje con largos periodos de vida civilizada, como
si el sentido de su rebeldía hubiese sido siempre el empezar de nuevo a
salvarse. Concede Puente que aprendió a robar y matar con los bandidos Antonio
Parra y Refugio Alvarado («el Jorobado»), pero no admite que su cambio de
nombre por el de Francisco Villa haya sido un homenaje a un bandido homónimo,
sino una búsqueda de filiación, la vuelta al apellido legítimo, el del abuelo.
Mientras la conseja popular lo imagina en las minas de Arizona o los
ferrocarriles de Colorado, Puente lo describe instalando una carnicería en
Hidalgo del Parral. Se ha casado con Petra Espinosa (después de raptarla) y
goza de buen crédito. Hacia 1910 radica ya en la ciudad de Chihuahua, ocupado,
según Puente, en el mismo ramo comercial.
Vive
en paz, pero resiente un agravio de la sociedad, el gobierno y las leyes que
oprimen al pobre y lo orillan a delinquir.2 La versión antivillista omite los
periodos de tregua civilizada y niega valor o veracidad al episodio de la
hermana violada. Para sus malquerientes de entonces y ahora. Villa no es más
que un asesino.3 Quizá nunca lleguemos a conocer los hechos esenciales en la
vida prerrevolucionaria de Villa, pero hay un testimonio que ayuda a aclarar su
sentido interno: los primeros reportajes de John Reed, datos y conjeturas que
el propio Reed omitió en México insurgente.
Al
llegar a México en 1913, Reed se entrevistó con varios testigos de las
correrías de Villa entre 1900 y 1910: el secretario del ayuntamiento de Parral
y el jefe de policía de Chihuahua, entre otros. Completó su información
revisando cuidadosamente antiguos periódicos de la zona. En 1916, caído Villa y
en el momento de la Expedición Punitiva, Reed restó objetividad a sus
hallazgos, pero su naturaleza y magnitud son convincentes: «Sus fechorías»,
escribió Reed, «no tienen parangón con las de ningún otro personaje encumbrado
en el mundo».
Entre
1901 y 1909 Villa cometió cuando menos cuatro homicidios, uno de ellos por la
espalda. Participó fehacientemente en diez incendios premeditados, innumerables
robos y varios secuestros en ranchos y haciendas ganaderas. En 1909, cuando,
según Puente, Villa es un honrado carnicero, el verdadero Villa y su banda
queman'la casa del ayuntamiento y el archivo de Rosario, en el distrito de
Hidalgo. En esa acción. Villa salva el sello que luego utiliza para amparar su
propiedad de ganado. En mayo de 1910 se presenta en el rancho San Isidro
haciéndose pasar por «H. Castañeda, comprador de ganado». Tras saquear el
rancho, su banda mata al dueño y a su pequeño hijo. Todavía en octubre de 1910,
Villa y sus hombres -el compadre Urbina, entre ellos- roban en el rancho
Talamantes, del distrito de Jiménez, en Chihuahua. Desde principios de ese año
crucial, Villa había establecido contactos con Abraham González, jefe del
antirreeleccionismo chihuahuense. En julio, uno de sus compadres, Claro Reza,
lo delata a las autoridades. Al enterarse, según Reed, Villa lo acuchilla en el
corazón. Versiones distintas sitúan la escena frente a la cantina Las Quince
Letras: sin bajarse del caballo Villa saca su pistola, clarea a Claro y sale
tranquilamente de la ciudad. Otros recuerdan que el crimen ocurrió en el paseo
Bolívar: Reza camina con su novia, Villa lo espera tomando un helado, lo encara
y lo balacea, saliendo de la escena por su propio pie y sin que nadie se atreva
a seguirlo.4 Todo esto parece una película del Lejano Oeste: el torvo forajido
y su banda asolando polvosos ranchos; briosos jinetes, reses nerviosas,
pistolas rapidísimas y persecuciones interminables. Pero no olvidemos que se trata,
en todo caso, de una película mexicana. Las viejas colonias militares
establecidas desde el siglo XVIII en el norte mexicano para combatir a los
apaches -acrecentadas por el presidente Juárez en 1868— languidecían después de
la derrota de los indios en 1886, sin saber hacia dónde derivar la inercia de
muerte acumulada en siglos.
Por
otro lado, según explica Friedrich Katz -el distinguido historiador del
villismo—, durante el porfiriato aparece en el horizonte un nuevo depredador
que arrebata tierra y ganado a las colonias: la hacienda. Cuando, para
beneficio de la hacienda, se regula la venta de ganado, cunde el abigeato.
Resultado: una verdadera cultura de la violencia.
La
ley del revólver imperaba en ambos lados de la frontera, pero se trata de una
violencia de distinto signo. Norteamérica se construía agregando ambiciones
individuales como en una carrera de diligencias. No cabía la ambigüedad: había
rancheros y abigeos, galanes y villanos. En México, en cambio, la tradición
española podía anteponer cierto sentido social a los hechos individuales. La
propiedad privada, sobre todo la ganadera, no tenía un perfil definitivamente
claro y generalizado. En el norte, por ejemplo, algunos sectores populares y de
clase media rural resentían la expansión territorial y ganadera de la hacienda
como una injusticia global. ¿Quiénes eran los bandidos: el gobierno y la
hacienda, que promovían una especie de «cercado ganadero», o los rancheros, que
desde tiempos coloniales habían dispuesto con libertad del ganado?5 En Estados
Unidos, los héroes fueron cazadores de indios, como Buffalo Bill o el general
Custer, o sheriffs legendarios, como Wyatt Earp, terror de los abigeos.
Guardianes todos de la propiedad privada... del hombre blanco. En México, los
héroes roban a los ricos para dar a los pobres: es el caso de Chucho «el Roto»,
Heraclio Bernal -«el Rayo» de Sinaloa- y Pancho Villa. El propio Reed pudo
verificar la vertiente magnánima del bandido cuyas «leyendas cantan los
pastores en sus hogueras, por las noches, en las montañas, repitiendo versos
aprendidos de sus padres o improvisando otros nuevos».6 En aquellos artículos
Reed llamó a Villa «el Robin Hood mexicano».7 Nunca negó Villa su vida de
bandidaje, pero es probable que antes de la Revolución la haya ejercido con un
propósito distinto -o complementario, si se quiere- al del provecho individual.
Si hubiera sido un poeta, habría escrito, como Heraclio Bernal: «Nocivo sin
conocerla / he sido a la sociedad. / Pero yo siempre he querido / pertenecerle
en verdad. / Pero no lo he conseguido».8 Fue un bandido de película, pero de
una película inimaginable en Estados Unidos: un bandido justiciero. El adjetivo
no atenúa ni omite la ferocidad del sustantivo, pero le confiere un matiz
social y, en su momento, revolucionario.
El
momento llegó poco antes de la muerte de Reza. En el hotel Palacio de
Chihuahua, Francisco Villa conoce a Francisco Madero.
Entre
lágrimas le cuenta sus andanzas, le da razones, se confiesa. Madero le otorga
una confianza absoluta, justifica su pasado y lo absuelve. Villa, escribe
Puente, «ha pensado en la Revolución como algo que lo va a redimir, que va a
redimir a su clase», a su «pobre raza».
Aquellos
diecinueve años de bandidaje le daban un inmejorable conocimiento del terreno y
le habían enseñado «más de una treta».
Ahora
podía usar «esos conocimientos para la causa del pueblo».
La
revolución maderista comienza a revelar su genio. En Las Escobas, Villa engaña
a las tropas del general Navarro poniendo sombreros sobre estacas para simular
un contingente mayor. Con poca gente, pero propia y equipada, se distingue en
San Andrés, en Santa Rosalía y en la toma de Ciudad Juárez. Orozco lo considera
un «buen pelado». Juntos presionan a Madero para que fusile al general Navarro.
Según El Paso Morning News, Villa amenaza a Madero y lo encañona, a lo que
Madero responde: «Soy su jefe, atrévase a matarme, tire». Aunque Villa llora y
pide perdón, en el fondo piensa que Msdero debería «ahorcar a esos curritos»,
es decir, a los españoles. Por lo que pronto pone el ejemplo y mata a
quemarropa a José Félix Mestas, ex funcionario de Díaz, de sesenta años de
edad. A pesar de estos y otros incidentes violentos, cuando triunfa la
Revolución Madero lo indemniza con quince mil pesos, dinero que le servirá para
abrir una carnicería." La bondad de aquel hombre que le había perdonado
todo, hasta el amago contra su vida, lo marcó para siempre. Orozco lo incita a
rebelarse, pero sólo logra incorporarlo de nueva cuenta a las filas maderistas,
en ese momento federales. Al mando de una brigada de cuatrocientes jinetes se
pone a las órdenes del general Victoriano Huerta, quien le respeta la
investidura de brigadier honorario. Rápidamente aprende las artes de la guerra,
las formaciones, los simulacros. Huerta se admira de sus durísimas cargas y
comienza a temerle. En Jiménez aprovecha un pretexto baladí para atribuirle
insubordinación y formarle un consejo de guerra. Villa es condenado a muerte.
Ante el pelotón de fusilamiento que ya prepara sus armas, Villa se arroja al
suelo, llora, implora. Milagrosamente Raúl Madero llega a tiempo para salvarlo.
Un telegrama del presidente conmuta definitivamente la pena de muerte por
cárcel: una nueva deuda de Villa con su redentor.
En
la Penitenciaría conoce a Gildardo Magaña. El joven zapatista le enseña a leer
y escribir y lo pone al tanto del Plan de Ayala. En junio de 1912 ingresa a la
prisión de Santiago Tlatelolco, donde el general Bernardo Reyes le da
rudimentos de instrucción cívica e historia patria. En diciembre de 1912
convence al joven escribiente Carlos Jáuregui de colaborar en su fuga. Una
pequeña lima y una gran sagacidad hacen el trabajo. Villa y Jáuregui emprenden
un largo trayecto que en enero de 1913 los lleva a El Paso, Texas
Al
consumarse el asesinato de Madero y Pino Suárez, Villa se acerca en Tucson a
los sonorenses José María Maytorena y Adolfo de la Huerta. Ambos lo proveen
modestamente para la rebelión. En abril de 1913, con nueve hombres, unas
cuantas muías de carga, dos libras de azúcar, un poco de sal y café, entra a
México para vengar la muerte de su redentor. Toda su furia es justificada. «Los
soldados», recuerda Puente, «parece que lo esperan por legiones.»
El Centauro fílmico
A
mediados de 1913 nada presagiaba el triunfo de los ejércitos
constitucionalistas al mando del «Primer Jefe» Venustiano Carranza.
Pablo
González y Lucio Blanco actuaban alrededor de Monclova y Matamoros; Alvaro
Obregón, con mayores frutos, avanzaba en Sonora. Aunque en Chihuahua el jefe
designado por Carranza es Manuel Chao, Villa unifica el mando: en meses su
contingente ha crecido de ocho hombres a nueve mil. A fines de septiembre de
1913, cuando después de un acoso inútil a Torreón -corazón del sistema
ferroviario- Carranza peregrina hacia Sonora, Villa integra definitivamente su
División del Norte. En pocos días toma por primera vez la ciudad de Torreón y
se hace de los trenes que permitirán la rápida y racional circulación de sus
tropas. A mediados de noviembre intenta sin éxito tomar Chihuahua, pero sobre
la marcha concibe su primera acción deslumbrante: la toma de Ciudad Juárez. Es
su entrada no sólo a una aduana de Estados Unidos sino a un escenario mayor: la
historia mexicana y, por momentos, la celebridad mundial.
Acción
de película. Mientras una parte de los efectivos distrae al enemigo en las
afueras de Chihuahua, la otra, bajo el mando de Villa, intercepta y descarga
dos trenes de carbón en la estación Terrazas. Sus hombres abordan los vagones y
la caballada los sigue por fuera, rumbo a Ciudad Juárez. En cada estación a
partir de Terrazas, Villa apresa al telegrafista y pide instrucciones a la base
de Ciudad Juárez, fingiéndose el oficial federal a cargo de los convoyes. Una y
otra vez aduce imposibilidad de seguir su trayecto hacia el sur, y una y otra
vez se le ordena el repliegue al norte. La noche del 15 de noviembre de 1913,
mientras los federales dormían a pierna suelta o se solazaban en las ca' sas de
juego, una señal luminosa anuncia el asalto. En un santiamén las tropas
villistas toman el cuartel, la jefatura de armas, los puentes internacionales,
el hipódromo y las casas de juego. Los periódicos norteamericanos y la opinión
pública se sorprenden ante la increíble acción.
En
Fort Bliss, el general Scott la compara con la guerra de Troya." Pero no
sólo Troya estaba en el repertorio instintivo de Villa:
también
Cartago. «Me gustan aquellos llanos para una gran batalla», había comentado a
su fiel amigo Juan Dozal días antes del combate de Tierra Blanca, librado del
23 al 25 de noviembre. Cinco mil soldados federales de las tres armas detienen
sus trenes en plena llanura, rodeados de arenas blandas. Seis mil villistas los
vigilan desde los montes. Villa ha asegurado el suministro de agua, pan,
pastura, municiones y ametralladoras manteniendo fluida su comunicación
ferroviaria con Ciudad Juárez. Un carro-hospital atendería a los heridos.
Reed
describe el momento: «Villa abrió fuego desde la mesa con sus grandes cañones.
Sus salvajes y endurecidos voluntarios se lanzaron contra los soldados bien
entrenados». Villa mismo encabeza la carga general de caballería. Los federales
bajan infructuosamente su artillería. Villa les corta la retirada y los
federales quedan varados a merced de los revolucionarios. Aquellos blandos
arenales fueron el escenario de una carnicería: mil muertos y un botín inmenso.
Al poco tiempo, en las plazas de Chihuahua se escuchó la «Marcha de Tierra
Blanca».
En
Estados Unidos es noticia de ocho columnas: «PANCHO VILLA RIDES TO VICTORY».
Los
federales de Chihuahua evacúan la plaza rumbo a Ojmaga.
Hay
terror y saqueos. Villa entra a Chihuahua. El 8 de diciembre asume la
gubernatura del estado, puesto en el que permanecería un mes. El 10 de enero
reduce el último bastión federal del estado de Ojinaga.
El
17 de enero sostiene una conversación telegráfica con carranza en la que
predomina la cordialidad. «Después de saludar» a su «estimado jefe» con «el
respeto y cariño de siempre», le da una muestra palpable de lealtad:
«Como
usted sabe, soy hombre que obedece sus órdenes. La carta que usted me mandó
referente a que se quedará el general Chao como gobernador, aunque era una
carta iniciativa [sicj, comprendí que era una orden de usted».
Pero
no quedaban ahí las pruebas: «no sólo cientos sino millones de cartuchos» tenía
en su poder junto con 38 cañones, todo a disposición del jefe. «De faltarnos
usted», agregaba humildemente, «yo no sé qué haríamos.» Por su parte. Carranza
contestó con amabilidad anunciándole que en la próxima campaña del sur Villa
sería uno de sus «principales colaboradores».
Por
esos días ocurrió un hecho previsible: aquella figura de película atrajo la
atención de los productores de películas. El 3 de enero de 1914 «el Robin Hood
mexicano», el fiero jinete tan parecido a los del Lejano Oeste, el «futuro
pacificador de México» siempre respetuoso de las propiedades norteamericanas,
firma con la Mutual Film Corporation un contrato de exclusividad por 25.0
dólares para filmar las gestas de la División del Norte. Villa se comprometía a
desplegar sus batallas durante el día, prohibir la entrada a camarógrafos ajenos
a la Mutual y, en su caso, simular combates. Por su parte, la Mutual proveería
vituallas y uniformes. Así se rodaron miles de pies e incluso varias películas
de ficción. Raoul Waish, que actuó como el Villa joven en la película The life
ofgeneral Villa, recordaba en 1967:
«Pagamos
a Villa quinientos dólares en oro para filmar sus ejecuciones y batallas. Día
tras día intentamos filmar a Villa cabalgando hacia la cámara, pero golpeaba a
su caballo con el fuete y las espuelas con una fuerza tal que pasaba a noventa
millas por hora. No sé cuántas veces le repetimos: "Señor, despacio por
favor, despacio". En las mañanas logramos que pospusiera las ejecuciones
de las cinco a las siete para que hubiese buena luz».
El
9 de mayo de 1914 se exhibió en el Lyric Theater de Nueva York La vida del
general Villa, en la que Villa, en carne y hueso, aparecía en algunas escenas.
El libreto debió de conmoverlo: dos tenientes abusan de su hermana; él mata a
uno pero el otro escapa; Villa declara la guerra a la humanidad; en el norte
estalla la Revolución, Villa captura ciudad tras ciudad, llega a la capital,
encuentra al teniente, lo estrangula. Y -final feliz- llega a la presidencia.
Su leyenda recorre el mundo: Pancho Villa superstar.^ Su carrera militar fue
aún más exitosa que su carrera filmica. En marzo de 1914 emprende su marcha
hacia el sur. Cuenta con un ejército impresionante: un tren-hospital para mil
cuatrocientos heridos y dieciséis mil hombres perfectamente equipados. Para su
inmensa fortuna, además de sus fieles -Eugenio Aguirre Benavides, Toribio
Ortega, Orestes Pereyra, José Rodríguez- se le ha incorporado un hombre por el
que llegaría a sentir veneración: Felipe Angeles, el brillantísimo general y
maestro, experto en matemáticas y en balística pero sobre todo en comprensión
humana. A principios de abril, en una de las batallas más intensas de la
Revolución, el ejército villista toma Torreón a sangre y fuego. La toma no es
un ejemplo de precisión sino de empuje. Reed escribe:
«Villa
es la Revolución. Si muriera, estoy seguro de que los constitucionalistas no
avanzarían más allá de Torreón en todo un año».
En
abril cae San Pedro de las Colonias. En mayo se libra la batalla de Paredón.
Vito Alessio Robles la describe con asombro:
«Un
huracán de caballos pasa raudo por nuestros flancos. Es un espectáculo
grandioso. Seis mil caballos envueltos en una nube de polvo y sol ... el
combate ha terminado sin que nuestra artillería hubiera tenido ocasión de
quemar un solo cartucho».
En
Paredón, Angeles intercede ante Villa y salva la vida de dos mil prisioneros;
lo haría muchas veces más.
Para
el Army and Navy Journal, «Villa es un genio militar ... tiene una admirable
personalidad que atrae al soldado mexicano. Indudablemente bravo, es un tigre
cuando se exalta [pero sabe también ser] ordenado..., en caso de guerra con
Estados Unidos será el comandante en jefe ... Se cree que se convertirá en el
dictador del país entero». Los norteamericanos tomaban sus precauciones, pero
Villa no los atacaría, a pesar de la invasión a Veracruz en abril de 1914.
El
fervor villista alcanza -según Reed- niveles de idolatría. Rafael F. Muñoz
describió lo que debió de ser el sentimiento general en la División del Norte:
«Rodeaban
las ciudades por más grandes que fueran, inundaban las ciudades por más
extensas [que fueran éstas]. Se movía arrojando entre los borbotones de sangre
gritos de entusiasmo. Se caía viendo a los otros avanzar. Antes de nublarse
para siempre, los ojos quedaban deslumhrados por la victoria».
Entonces
sobrevienen las primeras fricciones serias entre Villa y Carranza. Su
entrevista personal en Chihuahua fue desastrosa. Había ocurrido ya el asesinato
de William Benton, ranchero inglés con quien Villa había tenido varios
enfrentamientos antes de que Rodolfo Fierro, su pistolero favorito, lo ultimara
a mansalva. Factores de toda índole los separaban. Carranza no soportaba la
arbitrariedad de Villa.
Lo
consideraba inmanejable. Villa resentía la ambiciosa frialdad del Primer Jefe,
su mirada oblicua detrás de sus antiparras. ¡Qué diferencia con Madero!, debió
de pensar. Carranza no era un amigo: era un rival.
Pero
el verdadero distanciamiento ocurre en vísperas de una batalia decisiva: la de
Zacatecas. Carranza ordena que las fuerzas de Natera y los Arriera ataquen la
plaza. Villa lo desobedece: «Nomás era meter gente al matadero», le informa
telegráficamente. La división estaba acostumbrada a vencer junta. Carranza
califica a Villa de indisciplinado y éste estalla: «¿Quién le manda a usted
meterse en terreno barrido?».
Aunque
Villa renuncia, «para no dar sospechas de ambición», y Carranza acepta su
renuncia «con sentimiento», es Villa quien se impone. Angeles redacta una
renuncia masiva. Todos los generales la apoyan. Carranza los ha cercado y al
cercarlos los libera. Sin autorización abierta de Carranza, confirman a Villa
como el comandante en jefe y marchan, más unidos que nunca, hacia Zacatecas. El
23 de junio, luego de once días de una batalla por nota, Felipe Angeles
escribe:
«Y
volví a ver la batalla condensada en un ataque de frente de las dos armas en
concierto armónico, la salida del sur tapada y la reserva al este, para dar el
golpe de maza al enemigo en derrota. Y sobre esa concepción teórica que resumía
en grandes lincamientos la batalla, veía yo acumularse los episodios que más gratamente
me impresionaron: la precisión de las fases; el ímpetu del ataque; el huracán
de acero y plomo; las detonaciones de las armas multiplicadas al infinito por
el eco que simulaba un cataclismo; el esfuerzo heroico de las almas débiles
para marchar encorvadas contra la tempestad de la muerte; las muertes súbitas y
trágicas tras las explosiones de las granadas; los heridos heroicos que, como
Rodolfo Fierro, andaban chorreando en sangre, olvidados de su persona, para
seguir colaborando eficazmente en el combate; o los heridos que de golpe
quedaban inhabilitados para continuar la lucha y que se alejaban tristemente
del combate, como el intrépido Trinidad Rodríguez, a quien la muerte sorprendió
cuando la vida le decía enamorada: "No te vayas, no es tiempo todavía".
Y tantas y tantas cosas hermosas. Y, finalmente, la serena caída de la tarde,
con la plena seguridad de la victoria que viene sonriente y cariñosa a
acariciar la frente de Francisco Villa, el glorioso y bravo soldado del
pueblo».
Ni
sus más enconados detractores han podido negar un hecho: sin el empuje de Villa
y su División del Norte, resulta impensable la derrota de Victoriano Huerta tal
como ocurrió. Era, en verdad, el «brazo armado de la Revolución».
¿Puede
hablarse de una utopía en Villa? La respuesta es ambigua.
No,
si se piensa en su falta de un plan orgánico como el de Ayala.
Sí,
si se atiende a su efímera gubernatura en el estado de Chihuahua.
Sobre
la marcha, Villa descubrió el perfil de su paraíso terrenal y lo puso en
práctica con la rapidez y decisión de una carga de caballería.
Toma
entonces su primera medida: confiscar los bienes de los potentados
chihuahuenses enemigos de la Revolución. Los Terrazas, Creel y Falomir debían
«rendir cuentas ante la vindicta pública». Mediante denuncias, amenazas y
torturas, los villistas acaparan tesoros visibles y desentierran invisibles.
Pero Villa no utiliza los fondos en su provecho personal: confisca los bienes
«para garantizar pensiones a viudas y huérfanos, defensores de la causa de la
justicia desde 1910». Los fondos se emplean también para crear el Banco del
Estado de Chihuahua. Su capital inicial de diez millones de pesos garantiza las
emisiones de papel moneda, cuya circulación es forzosa. Durante todo el año de
1914, por lo menos, el dinero villista se cotiza con regularidad. Su mayor
soporte no es el metálico en las arcas del banco sino la palabra y la fuerza de
Villa.
«El
socialismo... ¿es una cosa?», preguntó alguna vez Villa a Reed.
Aunque
ignorara esa «cosa», su utopía tenía leves rasgos socialistas. El propio Reed
calificó aquel gobierno como el «socialismo de un dictador»:
«Su
palabra puede ser la vida o la muerte. No hay derecho de babeas corpus. En la
medida en que conserve su gobierno y se abstenga él mismo de robar, sus planes
socialistas tendrán que ser útiles al pueblo».
Y
lo fueron, en cierta medida. Secundado por su hábil secretario, Silvestre
Terrazas, Villa se reveló como un férreo administrador. Logró abaratar los
productos de primera necesidad, organizó su racionamiento y distribución,
castigó con la muerte abusos y exacciones y puso a todo su ejército a trabajar
en la planta eléctrica, los tranvías, los teléfonos, los servicios de agua
potable y el matadero de reses.
Una
de las facetas más personales de su socialismo se manifestaba con los niños:
amaba a los propios y los ajenos; recogía, por centenares, a los desamparados y
costeaba su educación. Durante su breve gobierno contrató maestros jaliscienses
y abrió varias escuelas, a las que solía acudir —como un niño más— en tiempos
de fiesta o en certámenes. Sus planes educativos incluían una universidad
militar para cerca de cinco mil alumnos y una escuela elemental en cada
hacienda.
Villa
había descubierto una utopía personal, la proyección candorosa de su universo
mental y moral. Reed recogió en aquel momento palabras que equivalen a una
revelación:
«Quiero
establecer colonias militares por toda la República para que ahí vivan quienes
han peleado tan bien y tanto tiempo por la libertad. El Estado les dará tierras
cultivables ... trabajarán tres días a la semana y lo harán duramente, porque
el trabajo es más importante que pelear y sólo el trabajo honrado produce
buenos ciudadanos. Los tres días restantes recibirán instrucción militar que
luego impartirán a todo el pueblo para enseñarlo a pelear. Así, si la patria es
invadida, sólo tendríamos que llamar por teléfono a la ciudad de México y en
medio día todo el pueblo de México se levantaría para defender a sus hijos y
sus hogares. Cualquiera que en la República lo desee tendrá un pedazo de tierra
suyo. Deben desaparecer para siempre las grandes haciendas. Habrá escuelas para
cada niño mexicano. Primero deben existir los medios para que nuestro pueblo
viva, pero las escuelas son lo que está más cerca de mi corazón.
»Para
mí mismo, mi única ambición es retirarme a una de las colonias militares y ahí
cultivar maíz y criar ganado hasta que me muera entre mis compañeros, que han
sufrido tanto conmigo».
Su
principal preocupación son sus «muchachitos», los niños y su «pobre raza». Su
utopía habla vagamente de la tierra, pero no con el sentido religioso de los
zapatistas, sino de un patrimonio o una empresa individual. En la Arcadia de su
imaginación, la vida transcurría en el campo, rodeado de pupitres y fusiles.
México sería una inmensa y fértil academia militar.
Dualidad
A
fines de 1913 John Reed lo ve por primera vez: «Es el ser humano más natural
que he conocido, natural en el sentido de estar más cerca de un animal salvaje.
Casi no dice nada y parece callado... desconfiado... Si no sonríe da la
impresión de amabilidad en todo menos en sus ojos, inteligentes como el
infierno e igualmente inmisericordes.
Los
movimientos de sus piernas son torpes —siempre anduvo a caballo— pero los de
sus manos y brazos son sencillos, graciosos y directos... Es un hombre
aterrador».
La
palabra «fiera» o «felino» se encuentra en muchas descripciones de quienes lo
conocieron. Martín Luis Guzmán: «... su alma, más que de hombre, era de
jaguar»; Mariano Azuela: «... cabeza de pelo crespo como la de un león»;
Vasconcelos: «fiera que en vez de garras tuviese ametralladoras, cañones». De
aquella fiera lo más perturbador eran los ojos. Vasconcelos y Puente los
recuerdan «sanguinolentos»; para Rafael F. Muñoz, «desnudaban almas»; Mariano
Azuela los vio «brillar como brasas». Pero es Martín Luis Guzmán quien ve mejor
esa mirada:
«...
sus ojos siempre inquietos, móviles siempre, como si los sobrecogiera el
terror... constantemente en zozobra... [Villa es una] fiera en su cubil, pero
fiera que se defiende, no que ataca».
Esta
caracterización del Villa defensivo concuerda con su vida de bandido a salto de
mata, perseguido, acorralado, durmiendo a deshoras donde le viene en suerte,
caminando de noche, reposando de día, incontinente sexual, diestro, agazapado,
en espera siempre de dar el zarpazo, el albazo. Fiera acosada por su propia
desconfianza:
«Lo
he visto», recuerda Reed, «fusil en mano, echarse una manta sobre los hombros y
perderse en la oscuridad para dormir solo bajo las estrellas. Invariablemente,
en las mañanas reaparece viniendo de una dirección distinta, y durante la noche
se desliza silenciosamente de centinela en centinela, siempre alerta... si
descubría un centinela dormido, lo mataba inmediatamente con su revólver».
Dos
prótesis vitales armaban su naturaleza: el caballo y la pistola.
Imposible
«navegar», como solía decir, sin el caballo, imposible imaginar un Villa
sedentario o a pie. El caballo permitía la persecución o la huida, era el
capítulo anterior o posterior a la muerte. Y la muerte era la pistola. Martín
Luis Guzmán equiparó la pistola a su mirada:
«La
boca del cañón estaba a medio metro de mi cara. Veía yo brillar por sobre la
mira los resplandores felinos del ojo de Villa. Su iris era como de venturina:
con infinitos puntos de fuego microscópicos.
Las
estrias doradas partían de la pupila, se transformaban en el borde de lo blanco
en finísimas rayas sanguinolentas e iban desapareciendo bajo los párpados. La
evocación de la muerte salía más de aquel ojo que del circulito obscuro en que
terminaba el cañón. Y ni el uno ni el otro se movían en lo mínimo: estaban
fijos; eran de una pieza.
¿Apuntaba
el cañón para que disparara el ojo? ¿Apuntaba el ojo para que el cañón
disparase?».
No
era el ojo el que apuntaba, sino el ser completo de Villa:
«Este
hombre no existiría si no existiese la pistola ... La pistola no es sólo su
útil de acción. Es su instrumento fundamental; el centro de su obra y su juego;
la expresión constante de su personalidad íntima; su alma hecha forma. Entre la
concavidad carnosa de que es capaz su índice y la concavidad dirigida del
gatillo hay una relación que establece el contacto de ser a ser. Al hacer fuego
no ha de ser su pistola quien dispara, sino él mismo: de sus propias entrañas
ha de venir la bala cuando abandona el cañón siniestro. El y su pistola son una
sola cosa. Quien cuente con lo uno contará con lo otro y viceversa.
De
su pistola han nacido y nacerán sus amigos y sus enemigos».
Pero
aquella fiera era también un ser humano sentimental y plañidero, piadoso con el
débil, tierno con los niños, alegre, cantador, bailarín, abstemio absoluto,
imaginativo, hablantín. Aquella fiera no era siempre una fiera. Era, en el
sentido estricto, centauro. Según Puente, su biógrafo fiel, Villa padecía una
enfermedad: la epilepsia.
Rehuía,
en todo caso, una definición unívoca:
«Si
me pidiese una definición de Pancho Villa», escribió el cónsul inglés Patrick
0'Hea, un hombre muy crítico de Villa, «mi respuesta sería: ¿cuál de todos?
Porque el hombre mudaba al ritmo de sus éxitos o fracasos. Multipliqúense éstos
por su fiera reacción ante cualquier obstáculo; sus reprimendas salvajes contra
los enemigos; la vileza indecible de sus lugartenientes al lado de la excelente
calidad de algunos de sus consejeros civiles y militares; su magnanimidad con
los pobres, su eterna desconfianza, su candor ocasional ... y de ese modo,
quizá, podrá descubrirse al hombre como nunca pude yo».
0'Hea
vio multiplicidad donde había una forma de «dualidad».
«La
"dualidad" de Villa», explica Silvestre Terrazas, «se patentizaba
plenamente, quizá por su agitación belicosa, en un instinto destructor, como
iconoclasta de vidas y haciendas ... pero a la vez, en sus treguas, mostraba un
espíritu reconstructor moral y material que lo obsesionaba. [Tenía] una sed
insaciable en pro de la instrucción popular.» También Martín Luis Guzmán ve el
elemento casi mítico que fue la clave profunda de su inmenso arraigo popular,
la dualidad del héroe que encarna, a un tiempo, venganza y esperanza,
destrucción y piedad, violencia y luz:
«...
formidable impulso primitivo capaz de los extremos peores, aunque justiciero y
grande, y sólo iluminado por el tenue rayo de luz que se colaba en el alma a
través de un resquicio moral difícilmente perceptible».
Villa
era impulsivo, cruel, iracundo, salvaje, implacable, incapaz de «detener la
mano que ha tocado la cacha de la pistola». Pero también podía ser generoso,
pródigo, suave, piadoso. Su voz, al contrario que su imagen, era delgada.
Puente lo vio «estremecerse en presencia de los libros como si fuera algo
sagrado»,36 dar una orden injusta, desdecirse, arrepentirse, dudar, llorar:
sentir el desamparo propio de la ignorancia.
Esa
dualidad, sobre la que se han escrito cientos de páginas y podrían escribirse
más, se plasmaba en su actitud ante la mujer. Según Soledad Seáñez, una de sus
últimas y más bellas esposas, «Francisco era terrible cuando estaba enojado
pero tiemísimo cuando andaba de buenas». En muchos casos Villa respetó las
formas del amor, desde la conquista hasta la separación, de un modo casi
gallardo, caballeroso y paternal. Sus raptos no eran enteramente animales:
quería que lo quisieran, cortejaba con imaginación, y consintió decenas de
veces en casarse, aunque consumada la unión rompía los libros de actas.
En
muchos otros casos, se comportó de modo atroz. Alguna vez que interceptó una
carta quejumbrosa en la que su joven amada Juana Torres lo llamaba bandido y
otros calificativos semejantes, hizo que ella la leyera en su presencia,
castigándola, en cada epíteto, con un escupitajo en la cara. Por lo menos dos
de sus esposas terminaron sus días prematuramente en el destierro.
Pero
la prueba biográfica decisiva con respecto a su dualidad está en los dos
hombres más cercanos a Villa, prolongaciones equidistantes y extremas de su
naturaleza: Rodolfo Fierro y Felipe Angeles.
En
el reverso de una postal enviada a su mujer en 1912, momentos antes de lanzarse
a «la bola», Rodolfo Fierro -o Fíenos, como quizá se apellidaba- escribe las
pragmáticas razones de su decisión:
«Recibe
ésta como un recuerdo de quien se lanza al peligro únicamente para buscar
recursos y poder algún día evitar tus sufrimientos».
Fierro
era una fiera sin más. Todos coinciden en hablar de su «hermosura siniestra»
(era más alto que Villa). La tropa lo llamaba «el Carnicero». Reed describe así
al «hermoso animal»:
«En
las dos semanas que estuve en Chihuahua dio muerte a sangre fría a quince
ciudadanos indefensos. Sin embargo existía una curiosa relación entre Villa y
él. Fierro era su mejor amigo; y Villa lo quería como a un hijo y siempre lo
perdonaba».
Martín
Luis Guzmán dejó una aterradora estampa de Fierro en La fiesta de las balase
0'Hea recuerda el placer con que mataba a indefensos, a supuestos espías o
críticos del villismo. Fue Fierro quien mató a Benton por creer que el inglés
intentaba sacar su pistola, cuando en realidad quería sacar el pañuelo para
secarse el sudor de la frente: una «pura mala inteligencia», comentó Fierro.
Silvestre
Terrazas objetó siempre la confianza ciega de Villa en Fierro y su nombramiento
de superintendente general de los Ferrocarriles. A la salida de una fiesta en
honor de Fierro, Terrazas presenció esta escena:
«...
en una de esas fiestas, el general Fierro bebió más de lo regular,
despidiéndose a altas horas de la noche, y a pocos pasos se encontró con uno de
los más conocidos empleados del ferrocarril, que se dirigía a la reunión, a una
cuadra del Templo del Santo Niño, en plena obscuridad. Fierro, posiblemente por
la falta de luz y por el estado de ebriedad en que iba, ni siquiera supo de quién
se trataba, pero sin cruzarse una sola palabra, sacó su pistola y disparó tan
certeramente que la víctima pasó instantáneamente a mejor vida, quedando tirada
en plena calle, abandonada hasta que otros compañeros que salieron al aclarar,
pudieron distinguir el cuerpo yerto de aquél, al que muchos apreciaban por su
intachable conducta, por sus aptitudes y su cumplimiento en el trabajo».
Esta
«bestia hermosa, de maneras y gestos civilizados, de timbre suave que rehuye
tonos altisonantes», este asesino fisiológicamente puro era una de las facetas
de Villa, su instinto de muerte. «Yo sólo sé», escribió 0'Hea, «que este
hombre, con su mirada errante y su mano fría, es el mal.”.
Pero
Patrick 0'Hea admitió también otra vertiente en Villa: la que atraía a hombres puros,
a la que hombres puros atraían. La lista es larga: Díaz Lombardo, Iglesias
Calderón, Bonilla, Federico y Roque González Garza, Lagos Chazare, Luis Aguirre
Benavides, Raúl y Emiho Madero, Martín Luis Guzmán. Y tres médicos: Silva,
Palacios, Puente. ¿Cómo explicar aquel recíproco magnetismo? Cada facción
revolucionaria atrajo a un tipo distinto de intelectual. Los intelectuales
vinculados al zapatismo tenían raíces anarquistas o una vena de misticismo
cristiano. Antonio Díaz Soto y Gama, por ejemplo, abrevaba de ambas vertientes.
Al carrancismo se afilió un espectro muy amplio, que iba desde los liberales
puros, como José Natividad Macías, Luis Manuel Rojas o Alfonso Cravioto, hasta
un nuevo tipo de intelectual político que intentaba articular ideología y
praxis revolucionarias con un nuevo cuerpo legal e institucional- Luis Cabrera.
Alberto J. Pañi, Isidro Fabela, Félix F. Palavicini. Al villismo, en cambio, se
acercan los demócratas idealistas.
Como
Villa, los idealistas detestan a los metidos en «políticas», a los
«ambiciosos», a los «carranclanes». Son más realistas que los místicos del
zapatismo pero menos pragmáticos que los carrancistas Casi todos fueron fieles
a Madero y veían en el villismo encabezado por ellos el germen de continuidad
con un liberalismo ilustrado. Más que el reparto agrario o el problema obrero,
los idealistas se preocupan por la educación -otra coincidencia con Villa- y
por la democracia.
Se
acercan a Villa con la misma actitud de aquel médico ilustrado del siglo xviii
frente al enfant sauvage: para enseñarle lo que desde el principio de los
tiempos debe y no debe hacerse. Reed entendió esa tentación: «Toda la compleja
estructura de la civilización era nueva para él. Para explicarle algo había que
ser filósofo». Por su parte. Villa buscaba su apoyo, se aprendía de memoria
pasajes de la Constitución, y no perdía oportunidad de pregonar con tristeza,
con humildad, su indefensión intelectual: «Sería malo para México que un hombre
sin educación fuera su presidente».
Aunque
Villa nunca se plegó por entero a los dictados de sus preceptores, y los tildó
a veces de «engordadores di oquis», en cada uno de ellos debió de ver un Madero
potencial. Pero, muerto Madero, necesitaba creer en un hombre que aunara la
pureza y la autoridad. Lo encontró en la contraparte de Rodolfo Fierro: Felipe
Angeles.
A
los ojos de Villa, Felipe Angeles era un hombre pleno y cabal:
militar
y académico. Según Martín Luis Guzmán, Villa sentía por Angeles una «admiración
supersticiosa». Sabía de los terribles momentos que Angeles había vivido junto
a Madero y Pino Suárez; conocía la benevolencia de su trato con los zapatistas;
admiraba su amor por la música y los libros, su honradez, su sensibilidad a las
causas populares, su piedad. ¿Cuántas veces escucharía la prédica de Felipe
Angeles?:
«...
la Revolución se hizo para libramos de los amos, para que vuelva el gobierno a
manos del mismo pueblo y para que éste elija en cada región a los hombres
honrados, justos, sensatos y buenos que conozca personalmente y los obligue a
fungir como sirvientes de su voluntad expresada en las leyes, y no como sus
señores».
Era
la misma voz de Madero, pero en un hombre distinto: supremo artillero y técnico
de la guerra. Ángel armado, llevaba en una mano la espada y en la otra la
balanza. Villa lo estimaba tanto que -según Valadés— fue el padrino de bautizo
de un hijo de Angeles para así «tener la confianza de llamarlo compadre». No es
casual que Angeles fuese el candidato presidencial que Villa propondría, meses
después, a la Convención de Aguascalientes. Este Madero fuerte, este Madero
militar fue la otra posibilidad de Villa, su tregua luminosa.
Dualidad
sugiere esquizofrenia. Sería inexacto atribuirla a Francisco Villa. Aunque sus
dos facetas se alternaban, su rasgo íntimo no era la división sino la tensión.
Su instinto predominante lo llevaba a obedecer a sus impulsos, obedecerlos
instantáneamente y salvajemente. Pero por momentos algo lo impulsaba a
domarlos, a trascenderlos. Dualidad vertical. No eran dos hombres: era uno solo
buscando elevarse hacia una síntesis.
Una
palabra bastó para alcanzar esa síntesis: la palabra justicia. Villa «quiere
una justicia tan clara como la luz, una justicia que hasta el más ignorante
pueda aplicar». Una justicia convincente como la palabra de Madero. «Está
inconforme con el presente», escribe Reed, «con las leyes y costumbres, con la
repartición de la riqueza ... [con el] sistema.» «Sobre casi todos quisiera
ejercer su justicia tremenda, justicia de exterminio, de venganza implacable.»
Esta noción de justicia justifica a la fiera. Como los jinetes del Apocalipsis,
Villa no imparte justicia: la impone. No es el justo sino el justiciero:
vínculo efímero del fierro y el ángel.
Victoriano
Huerta salió del país en julio de 1914. El constitucionalismo triunfante tenía
frente a sí una difícil prioridad: reconciliar a Villa con Carranza. Desde
Zacatecas, Villa hubiese querido seguir hasta la capital, pero los planes de
Carranza eran distintos: bloqueó el envío de carbón para los trenes villistas y
cedió la entrada triunfal al Ejército del Noroeste. El 15 de agosto de 1914,
luego de firmar los tratados de Teoloyucan, Alvaro Obregón y sus tropas entran
a la ciudad de México.
Un
mes antes se había concertado en Torreón un pacto, a la postre infructuoso,
entre representantes de Carranza y Villa. En agosto se recrudece una vieja
pugna entre el gobernador de Sonora, José María Maytorena -compadre de Villa-,
y el comandante militar carrancista:
Plutarco
Elias Calles. Con el propósito de conciliar a los rijosos e intentar la
avenencia entre Villa y Carranza, Obregón visita Chihuahua.
Los
dos caudillos están frente a frente.
Villa
sólo conoce dos opciones: pelear o creer:
«Mira,
compañerito: si hubieras venido con tropa, nos hubiéramos dado muchos balazos;
pero como vienes solo no tienes por qué desconfiar; Francisco Villa no será un
traidor. Los destinos de la patria están en tus manos y las mías; unidos los
dos, en menos que la minuta [sk] domaremos al país, y como yo soy un hombre
oscuro, tú serás el presidente».
Obregón
sabe que el idioma universal de la política tiene más opciones. Esquiva con
prudencia a Villa, y lo escucha y observa en silencio: «Es un hombre que
controla muy poco sus nervios». Juntos viajan a Nogales y logran un acuerdo con
Maytorena. Juntos envían a Carranza un pliego de proposiciones para encauzar la
vida política del país. Carranza lo admite en parte, pero considera de tal
importancia su contenido que sólo una convención nacional con todos los
generales revolucionarios sería, a su juicio, la indicada para dictaminar.
Un
movimiento de Benjamín Hill, general carrancista, reaviva la crisis de Sonora.
Nuevo viaje de Obregón a Chihuahua. Más fierro que ángel, esta vez Villa lo
recibe con recelo. El 16 de septiembre de 1914, desde el balcón principal del
Palacio de Gobierno, ambos presencian el desfile militar. Obregón sabe que el
despliegue busca impresionarlo. Y lo impresiona: ha contado 5.0 hombres, 43
cañones y decenas de miles de «mauseritos». Sabe también que si Villa sospechara
de él, lo «borraría del catálogo de los vivos». Cualquier pretexto sería bueno.
Y este pretexto tan ansiado por fin llega.
«El
general Hill», exclama Villa a Obregón, «está creyendo que conmigo van a jugar
... es usted un traidor a quien voy a pasar por las armas en este momento.»
Obregón no accede, con claridad, a ordenar el retiro de Hill. Villa solicita
una escolta para fusilarlo. Es entonces cuando Obregón le inflige su primera
derrota: una derrota psicológica. Ante la excitación de Villa, responde con un
aplomo que lo desarma y con argumentos que lo confunden. No lo enfrenta, sino
que lo desarma con su propio impulso:
«Desde
que puse mi vida al servicio de la Revolución he considerado que sería una
fortuna para mí perderla... [fusilándome], personalmente, me hace un bien,
porque con esa muerte me van a dar una personalidad que no tengo, y el único
perjudicado en este caso será usted».
Villa
duda. Una hora después retira la escolta. Más ángel que fierro, rompe a llorar.
El palpito moral, no el cálculo político, lo mueve a decir:
«Francisco
Villa no es un traidor; Francisco Villa no mata hombres indefensos, y menos a
ti, compañerito, que por ahora eres huésped mío».
Obregón
respira pero no se conmueve. En circunstancias similares, ¿hubiera perdonado a
Villa? No sin temor permanece unas horas en Chihuahua, de donde sale escoltado
por los villistas José Isabel Robles y Eugenio Aguirre Benavides, con quienes
intima. El tren se detiene en la estación Ceballos. En respuesta a actos de
Carranza que considera hostiles, Villa ha ordenado su regreso. Obregón da
nuevas muestras de sangre fría. Regresa a Chihuahua donde, de nueva cuenta,
Villa está a punto de fusilarlo. Por fin le permite viajar hacia Torreón, con
el propósito de detenerlo en la estación Corralitos y pasarlo por las armas. La
suerte y la intervención de Robles y Aguirre Benavides evitan el desaguisado.
Obregón llega sano y salvo a Torreón, y más tarde a Aguascalientes, donde el 10
de octubre la Convención inicia sus trabajos.
Días
antes Villa publica un manifiesto en el que desconoce al Primer Jefe y lo acusa
de prácticas antidemocráticas. Argumento paradójico, en opinión del historiador
Charles Cumberland. ¿Qué autoridad democrática podría reclamar el hombre cuyos
poderes en Chihuahua habían sido casi dictatoriales? ¿Acaso había pensado
alguna vez en convocar elecciones? ¿Podía invocar las leyes el hombre que hacía
gala de su despego a la ley? La segunda victoria psicológica de Obregón sobre
Villa ocurre durante la Convención de Aguascalientes. Mientras Villa amenaza
con sus tropas fuera de la ciudad, y sólo acude para sellar los acuerdos con su
sangre sobre la bandera, Obregón participa en los debates y gana muchos
aliados, tanto en el campo villista como en el zapatista.
Cuando
la Convención desconoce a Carranza y designa presidente provisional, por veinte
días, a Eulalio Gutiérrez, Obregón —astutamente— no se inclina por Carranza.
Cabalga por encima de las corrientes, da tiempo al tiempo. El callejón no tiene
salida: Pancho Villa no se decide a renunciar hasta no ver caído al «árbol don
Venus».
Carranza
condiciona su renuncia a la integración de un gobierno firme que pueda encauzar
las demandas sociales de la Revolución.
Eulalio
Gutiérrez es quien se ve forzado a romper el equilibrio y convierte la
situación de difícil en imposible: nombra a Villa general en jefe del ejército
de la Convención. Varios militares —Pablo González y Lucio Blanco, entre otros—
intentan la conciliación que hubiera salvado centenares de millares de vidas.
En cierto momento. Villa propone una salida increíble: su suicidio y el de
Carranza. Las fuerzas se reacomodan en los dos bandos. Obregón se compromete en
forma definitiva con Carranza. En el horizonte apunta una guerra civil. Un
diario citadino publica una caricatura alusiva: la aterrada madre —Revolución—
ha parido cuates: uno con cara de Venustiano, otro con cara de Pancho. Desde la
puerta del cuarto de hospital, el pobre padre-pueblo exclama lleno de horror:
Si
ya con uno no puedo.
¿dónde
voy a dar con dos?.
La
guerra entre los cuates de la Revolución tarda algunos meses en estallar. El
gobierno de la Convención marcha a la ciudad de México. Aunque Carranza tiene,
entre otros, el apoyo de Francisco Coss (en Puebla), Cándido Aguilar (en
Veracruz), Francisco Munguía (en el estado de México) y de Pablo González y
Alvaro Obregón, la Convención cuenta con Zapata, Villa y varios otros generales
dueños del centro, el norte y el occidente de México. En este momento cumbre,
en Xochimilco se encuentran los dos caudillos populares de la Revolución: Villa
y Zapata. Aunque la versión taquigráfica de su conversación es conocida, hay en
ella muchos elementos reveladores. Zapata expresa con claridad su anarquismo
natural y su amor a la tierra. Villa, hablantín, refleja por entero su actitud
ante el poder y la guerra.
En
aquel pacto de Xochimilco, Zapata y Villa buscaron cimentar su triunfo, pero el
tema vehemente de su conversación es otro, el opuesto: su derrota.
«Con
estos hombres», dice Villa refiriéndose a los carrancistas, «no hubiéramos
tenido progreso ni bienestar ni reparto de tierras, sino una tiranía en el
país. Porque, usted sabe, cuando hay inteligencia, y se llega a una tiranía, y
si es inteligente la tiranía, pues tiene que gobernar. Pero la tiranía de estos
hombres era una tiranía taruga y eso sería la muerte para el país.” Con todas
sus letras, Villa declara que el poder es para los otros. El renuncia por falta
de méritos:
«Yo
no necesito puestos públicos porque no los sé "lidiar" ... Yo muy
bien comprendo que la guerra la hacemos nosotros, los hombres ignorantes, y la
tienen que aprovechar los gabinetes».
Su
función y la de Zapata se limitaría a «buscar gentes» para «aprovechar» esos
puestos, pero con la condición de que «ya no nos den quehacer»: «Este rancho
está muy grande para nosotros». Villa quería retirarse después de encarrilar
«al pueblo a la felicidad». Habla de su futuro y pacífico «ranchito», de sus
«jacalitos», pero confiesa que en el norte tiene todavía «mucho quehacer». No
le interesan demasiado los del gabinete. A sus ojos su misión consistía en
«pelear muy duro». La palabra «pelear» aparece nueve veces en la conversación.
«...
yo creo que les gano. Yo les aseguro que me encargo de la campaña del norte, y
yo creo que a cada plaza que lleguen también se las tomo, va a parar el asunto
de que, para los toros de tepehuanes, los caballos de allá mismo.”.
Concluida
la conversación, se pasó al comedor, donde se sirvió un banquete al estilo
mexicano. Al final Villa pronunció unas palabras de «hombre inculto»:
«Cuando
yo mire los destinos de mi país bien, seré el primero en retirarme, para que se
vea que somos honrados, que hemos trabajado como hombres de veras del pueblo,
que somos hombres de principios».
Aquellas
palabras, pronunciadas en la cúspide de su poder, son más que una revelación:
son un presagio, su tercera derrota psicológica. De antemano admite supeditarse
a «los gabinetes» si «no le dan quehacer», de antemano renuncia a ejercer, en
términos políticos, el poder. No lo mueve, como a Zapata, un «anarquismo natural»,
sino la autodescalificación, la ignorancia. La política es para los
deshonestos, los ambiciosos, los hombres sin principios. De esta visión se
sigue su destino: pelear, pelear ciegamente o hasta el advenimiento de un nuevo
Madero en el que pudiese creer. Una vez más la vida entre extremos: el ángel o
el fierro. Pero, frente a Alvaro Obregón, renunciar al terreno intermedio del
ejercicio político significaba renunciar a ganar en cualquier ámbito que no
fuese la guerra.
Dos
días después del Pacto de Xochimilco, las tropas de Zapata y Villa entran a la
capital. Bertha Ulloa describe la escena:
«La
ciudad se engalanó jubilosa el 6 de diciembre de 1914 para presenciar el
desfile victorioso del ejército convencionista. Algo más de cincuenta mil
hombres de las tres armas se concentraron en Chapultepec, y a las once de la
mañana empezaron a avanzar por el paseo de la Reforma. A la vanguardia iba un
pelotón de caballería compuesto por fuerzas de la División del Norte y el
Ejército Libertador del Sur, en seguida venían a caballo Villa y Zapata, el
primero "con flamante uniforme azul oscuro y gorra bordada" y el
segundo "de charro". Al llegar a Palacio Nacional subieron al balcón
central y se colocaron a los lados de Eulalio Gutiérrez para presenciar el
desfile.
En
primer término pasaron los jefes norteños, después, la infantería y la
caballería zapatistas con algunas secciones de ametralladoras, luego las tropas
del norte encabezadas por Felipe Angeles y su estado mayor, dos divisiones de
infantería y diez baterías de cañones. Las tropas del norte llevaban uniformes
en color caqui pardo y sombreros de fieltro; en contraste, las del sur vestían
"algodón blanco y gran sombrero de palma", pero todas marchaban bien
disciplinadas, y la población las estuvo aclamando hasta después de las cinco
de la tarde, hora en que concluyó el desfile. Entre los numerosos invitados que
acudieron gustosos a Palacio estuvieron los diplomáticos encabezados por su
decano, el ministro de Guatemala, Juan Ortega».
La
ciudad, el Palacio Nacional, la política, es lo otro, el mal. Ambos se sienten
extraños en el corazón político de México. Zapata siente un terror místico
frente a la silla presidencial. Entre carcajadas, Villa juega la broma de su
vida: se sienta en ella. Todos ríen porque todos saben que la escena es «di
oquis», para los fotógrafos, para ver cómo se ve, para ver cómo se siente. ¿Es
posible imaginar en Obregón o Carranza un desplante similar? Sin importarle la
suerte de «los gabinetes de la Convención» —deleznable cuestión de «política»—,
Villa pasa festivamente sus días en la capital: asiste a banquetes, enamora a
cajeras, flirtea con María Conesa, ordena a Fierro el asesinato del joven David
Berlanga porque se atrevió a criticarlo, envía niños menesterosos de la capital
para que estudien en Chihuahua, llora a mares frente a la tumba de Madero y
pone, ya por último, el nombre de su redentor a la antigua calle de Plateros.
Mientras
sus Dorados entonan «La cucaracha» y «Jesusita en Chihuahua», Villa planea la
campaña final contra el carrancismo. Ignora -ignorará siempre— el grado en que
sus derrotas psicológicas prepararon el terreno para las otras, definitivas.
Cuando
Villa expresaba su recelo hacia los «gabinetes» y las «políticas», no se
refería, por supuesto, sólo a los «gabinetes y políticas» carrancistas, sino a
sus propios «gabinetes» surgidos de la Convención de Aguascalientes. Nunca los
dejó gobernar ni desperdició oportunidad para humillarlos. A su propia
incompatibilidad con el ejercicio político se aunaba su diferencia con Zapata.
El guerrero Villa quería ver más agresivo militarmente al guerrillero Zapata.
Pero Zapata no peleaba fuera de su territorio morelense por pelear, sino por el
Plan de Ayala. Estas incompatibilidades se hicieron evidentes en todos los
ámbitos políticos opuestos al carrancismo: en los sucesivos e inestables
gabinetes de la Convención, en los debates de la Convención durante el año
1915, en los programas revolucionarios. Finalmente no pudieron conciliarse.
Política e ideológicamente, la Convención se escindió en tres —y hasta cuatro—
sectores, a veces opuestos, siempre independientes: el zapatismo, el villismo
militar y cívico, y el convencionismo de Eulalio Gutiérrez. El zapatismo siguió
fiel a su universo cerrado: el estado de Morelos y la doctrina, para ellos
infalible, del Plan de Ayala. Don Eulalio y sus intelectuales idealistas, como
su ministro de Educación, José Vasconcelos, peregrinaban hacia San Luis Potosí
llevando consigo un proyecto creativo para la Revolución: la redención
educativa y la democracia pura, maderista. Los Dorados del villismo militar
preparaban sus músculos para las grandes batallas del Bajío en marzo de 1915.
Por último, un grupo extraído también de las filas maderistas gobernaba en
nombre del villismo el territorio casi soberano de Chihuahua.
Un
juicio equilibrado sobre el villismo no puede dejar a un lado el desempeño de
aquel gobierno chihuahuense. El «rancho» del país era demasiado grande para
Villa, pero en lo que respecta al rancho chihuahuense, sus Dorados civiles
—Díaz Lombardo, Bonilla, Terrazas— lo gobernaron con algunos aciertos y no
pocos errores.
Aquélla
fue una curiosa mezcla de maderismo y villismo. En contraste con lo que ocurría
en los territorios carrancistas, en la patria de Villa había una libertad de
cultos casi total. Fue Villa quien decretó el 23 de febrero día de luto
nacional. Siguiendo las pautas del gobernador maderista Abraham González, se
desplegó una política agraria activa cuyo propósito final sería distribuir la
tierra creando pequeñas unidades familiares provistas de agua, crédito y
técnica. Aunque la reforma no culminó debidamente y Villa repartió muchas
haciendas como botín de guerra entre sus lugartenientes, aquel gobierno estaba
en vías de realizar una reforma agraria limitada, no muy distinta a la que, en
su momento, realizarían Calles y Obregón.
La
vertiente villista del experimento chihuahuense tuvo dos aspectos positivos —el
fomento económico y la política de caridad— y dos negativos —corrupción y
nepotismo—. Financiado, es verdad, por un déficit excesivo e inflacionario.
Silvestre Terrazas promovió fábricas de lana y uniformes, una empacadora de
carnes, una constructora de casas populares, caminos, obras hidráulicas... En
sus afanes, no olvidaba que los niños y los desamparados eran la verdadera
preocupación de su general. De ahí la creación de la Escuela de Artes y Oficios
de Chihuahua, otras escuelas primarias, rurales y la Casa de Asilo y Corrección
para huérfanos en la Misión de Chinarras. Pero no todo fue miel sobre hojuelas:
varios lugartenientes y burócratas se enriquecieron, entre ellos Félix
Summerfeid, Lázaro de la Garza, el propio Silvestre Terrazas, según varias
fuentes y, señaladamente, el hermanito de Villa: Hipólito. John Kenneth Tumer
-el gran critico del porfirismo, autor de México bárbaro— escribió
desilusionado: «Hipólito montó su empacadora de carnes. Se vanagloria de que
jamás ha pagado un dólar por materia prima, ni un solo peso a los ferrocarriles
por concepto de fletes. Hipólito es también juez especial en las aduanas de
Ciudad Juárez ... las murmuraciones en las casas de juego le atribuyen
depósitos por cuatro millones de dólares en bancos norteamericanos ...viste
como el duque de Venecia ... se llama "emperador de Juárez"».
En
abril de 1915, Turner emitía este juicio terrible: «Mi conclusión es que
Francisco Villa... es aún Doroteo Arango...alias Pancho Villa el bandido...
Villa no ha adquirido ni ideas sociales ni una conciencia social. Su sistema es
el mismo de Díaz elevado a la potencia: robo, terror... La teoría de Villa es
que el Estado existe para él y sus amigos».
Personalmente,
al parecer. Villa no robó ni tuvo tiempo o voluntad para atender de cerca el
gobierno de su inmenso territorio. A principios de 1915 cada uno de los 14
estados villistas tenía sus propios problemas. Con todo. Pancho Villa se
reservó el manejo de dos riendas: la relación con los norteamericanos y la
guerra contra el carrancismo.
En
vísperas de las grandes batallas del Bajío, Villa contaba con la abierta
simpatía del gobierno norteamericano. Wiison lo consideraba «el mexicano más
grande de su generación»; Villa, por su parte, no desperdiciaba oportunidad
para agradecer al «sabio» presidente Wiison su buena voluntad y su decisión de
evitar la guerra. Cualquiera que fuese la desavenencia. Villa accedió casi
siempre a las solicitudes del enviado de Washington, George Carothers. Muy
pocas veces afectó intereses norteamericanos, y siempre mantuvo una amistad
continua y funcional con el general Hugh Scott, comandante en la frontera. No
obstante, la cuestión crucial del reconocimiento no se dirimiría en los suaves
gabinetes de la diplomacia sino en los campos del Bajío. No con «políticas»,
diría Villa, sino «echando balazos» contra el «compañerito» Obregón.
Varios
factores ajenos a la psicología de Villa determinaron su derrota militar. Uno
fue la falta de colaboración de Zapata. Otro, la dispersión de sus fuerzas. Los
villistas combatían en tres frentes: una amplia faja del occidente y el
noroeste (desde Jalisco hasta Baja California); la zona norte y noroeste (desde
Coahuila hasta Tamaulipas) y la región huasteca de San Luis Potosí hasta
Tampico. A principios de 1915 la mitad del país era teatro de una guerra civil
que se hubiese prolongado de no mediar las batallas del Bajío, en las que
Obregón derrotó definitivamente a Villa: las dos batallas de Celaya y los
difíciles encuentros de Trinidad, Resplandor, Ñapóles, Silao, Santa Ana (donde
Obregón pierde su brazo) y León.
En
Celaya, Villa quiere emplear las mismas tácticas de agresividad abierta que
tanto éxito habían tenido en Tierra Blanca, Paredón o Torreón. Felipe Angeles
desaconseja la táctica, sobre todo por la topografía. Rodeada de acequias que
permitirían al enemigo atrincherarse, Celaya no era un escenario adecuado para
las cargas anibalianas de Villa; nada más remoto a aquellas blandas dunas de
Tierra Blanca. A juicio de Angeles, si la oportunidad de atacar Veracruz se
había perdido, había que marchar al norte. Pero Villa se impacienta y lo
desoye.
El
6 de abril lanza sus primeras cargas contra Celaya. Obregón corre grandes
riesgos. La situación parece perdida para los carrancistas.
«Asaltos
de enemigo son rudísimos», telegrafía Obregón a Carranza, «mientras quede un
soldado y un cartucho sabré cumplir con mi deber.» A la una de la tarde del día
siguiente, Villa había dado más de treinta cargas de caballería, todas
infructuosas. En un doble movimiento, Obregón ordena el ataque de las fuerzas
de caballería que mantenía en reserva. «Los villistas», reporta Obregón, «han
dejado el campo regado de cadáveres ... hanse encontrado más de mil muertos.»
Una semana después, Villa vuelve —literalmente— a la carga. «Conociendo el
carácter rudo e impulsivismos [sic] de Villa», Obregón despliega «dispositivos
de combate en una zona más amplia que la anterior» y con el mismo esquema:
resistir la andanada desde las trincheras, fingir abatimiento y, en el momento
justo, sorprender con el movimiento de las reservas. El saldo fue
impresionante: cuatro mil muertos, seis mil prisioneros y un inmenso botín de
32 cañones, cinco mil armas y mil caballos ensillados. Villa se repone
efímeramente, pero en León sigue el rosario de derrotas. Aunque Felipe Angeles
desaconseja de nueva cuenta el enclave. Villa insiste. Benjamín Hill le causa
dolorosas bajas. El último encuentro entre Obregón y Villa tiene lugar en
Aguascalientes. Diezmado y aturdido. Villa emprende su marcha al norte con la
idea de regresar por el occidente.
Atribuye
sus derrotas a la falta de parque y refuerzos. La verdad es distinta. Obregón
lo había vencido militarmente con la misma táctica de aquellas batallas
psicológicas de Chihuahua: no enfrentar impulso con impulso, carga con carga,
no provocar tampoco; dejarlo venir, dejarlo caer en la lógica de su propio
impulso, para luego, en el momento justo, dar el golpe de gracia. Táctica de
judo.
La
suerte militar de Villa se selló en esas batallas. El dinero villista se
desmorona vertiginosamente: de 50 centavos de dólar en 1914, pasa a cinco
centavos después de Celaya. En unos meses, las «dos caritas» y las sábanas
villistas serían billetes de colección. La escasez de alimentos y la inflación
azotan los territorios de Villa. En agosto de 1915 Carothers informa a su
gobierno: «Villa está en bancarrota y se apoderará de todo .„ para reunir
fondos». Todas las simpatías de los norteamericanos por Villa y toda su
diplomática condescendencia con ellos no ocultan su derrota militar y
financiera.
Más
dolorosa que la derrota y la bancarrota debió de ser la deserción. Hacía tiempo
que los Herrera se habían pasado al carrancismo y que José Isabel Robles y
Eugenio y Luis Aguirre Benavides lo habían abandonado. Seguirían Chao, Bueina,
Cabral, Rosalío Hernández, Raúl Madero. Angeles o fierros, uno a uno caen,
desertan, O traicionan. El compadre Urbina, su viejo compañero de fechorías,
amenaza con rebelarse. Urbina es tan carnicero como Fierro, pero de una maldad
más amplia e inteligente. Posee un verdadero imperio económico: en su hacienda
de Las Nieves, escribe Reed, «todo le pertenece: la gente, las casas, los
animales y las almas inmortales ... él sólo, y únicamente él, administra la
justicia alta y baja. La única tienda del pueblo está en su casa». Villa lo
asalta por sorpresa y, no sin vacilar, lo entrega a Fierro «para que disponga
de él a su voluntad». Angeles se le separa el 11 de septiembre. Por fin, el 14
de octubre de 1915, marchando hacia Sonora, Rodolfo Fierro encuentra una muerte
digna de su vida: montado en su caballo y abrazado por un pesado chaleco de
monedas de oro, se ahoga lentamente en el fango de la Laguna de Casas Grandes.M
El 19 de octubre de 1915, «desilusionado totalmente» de Villa, el gobierno
norteamericano reconoce al gobierno carrancista. Villa debió de sentir ésta
como la mayor de las traiciones. Había puesto todo su empeño durante casi cinco
años en respetar a Estados Unidos, había cedido muchas veces a las peticiones
de Scott, a los consejos de Carothers, a las iniciativas de Wiison o del
Departamento de Estado. A diferencia de Carranza, había dicho casi siempre que
sí. Pero ahora le retribuían con una puñalada. Su respuesta fue brutal y
amenazante:
«Yo
declaro enfáticamente que me queda mucho que agradecer a Mister Wiison, porque
me releva de la obligación de dar garantías alos extranjeros y especialmente a
los que alguna vez han sido ciudadanos libres y hoy son vasallos de un
evangelista profesor de filosofía, que atrepella la independencia permitiendo
que su suelo sea cruzado por las tropas constitucionalistas. [A pesar de todo],
por ningún motivo deseo conflictos entre mi patria y los Estados Unidos. Por lo
tanto ... declino toda responsabilidad en los sucesos del futuro».
La
última campaña guerrera de Villa fue el ataque a Sonora a fines de 1915. Quizá
por el carácter súbito de su repentina exaltación y caída, aún no se sentía
vencido. En Agua Prieta, del 1.° al 3 de noviembre, sus cargas de caballería se
estrellan contra las alambradas y los cañones del general Plutarco Elias
Calles. El 21 de noviembre, diez mil villistas cargan inútilmente sobre la
ciudad de Hermosillo, defendida y fortificada por el general Manuel Diéguez.
Maytorena le ha retirado todo su apoyo. Desertan Urbalejo y sus yaquis. Pereyra
es ejecutado. Sólo quedan tres mil hombres en la División del Norte.
Obregón
toma en sus manos, directamente, la ejecución de la puntilla: reduce los
últimos bastiones villistas en Sonora. Se rinden Ciudad Juárez y Chihuahua. A
principios de 1916, el guerrero se convierte en guerrillero.
A hierro muere
Mil
y una leyendas e interpretaciones corren sobre el asalto de Villa a la
población norteamericana de Columbus. Hay quien lo atribuye a maquinaciones
alemanas para enfrentar a México con Estados Unidos. En opinión de Friedrich
Katz, Villa lanza su ataque porque cree descubrir, fehacientemente, que
Carranza convertiría México en un protectorado yanqui. Todo es posible
tratándose de Villa, pero atribuirle una racionalidad de Realpoütik
internacional es ir quizá demasiado lejos. No. Bajo cualquier pretexto. Villa
ataca Columbus movido por una pasión humana, demasiado humana: la venganza.
Antes de atacar Agua Prieta, a fines de octubre de 1915, había declarado a un
reportero americano:
«Los Estados Unidos reconocieron a Carranza ... pagándome de esta manera la protección que les garanticé a sus ciudadanos ... he concluido co