II

El amor a la tierra

Emiliano Zapata

 

Propiedad nuestra será la tierra, propiedad de gentes, la que fue de nuestros abuelos, la que dedos de patas que machacan nos han arrebatado.

Manifiesto en náhuatl de Emiliano Zapata (1918)


Cuatro siglos de resistencia

 

La conquista de México fue uno de los encuentros más misteriosos en la historia humana. Sus significados profundos, sus implicaciones culturales y hasta teológicas escapan todavía a nuestra comprensión. Podemos imaginar la mente renacentista, con su orgullosa fusión de la cruz y la espada, del espíritu y la empresa. Mucho más difícil, quizá imposible, es comprender lo que en verdad pasaba por la mente del pueblo indígena. Pero no todo es Babel. Hay actitudes universales.

Entre ellas están tres que caracterizaron la respuesta de los indígenas a la intrusión de aquellos hombres-dioses en su territorio natural: el agravio, el repliegue, la resistencia.

Si la Conquista y los tres siglos coloniales se hubiesen desplegado sólo bajo el signo del interés material, ninguna de las tres actitudes hubiese persistido. No sin enormes dificultades, los encomenderos y sus continuadores hubiesen cercado por entero a la población indígena y ejercido sobre ella un dominio creciente que habría conducido al desarraigo, la esclavitud o incluso al exterminio. No ocurrió así.

Aunque la vida indígena durante la Colonia tuvo sin duda momentos y lugares que se aproximaron a los extremos característicos de la conquista anglosajona, su sentido general fue muy distinto. La numerosa población nativa, con su inmenso mosaico de culturas y creencias, constituía un tejido humano difícil de rasgar, más aún cuando en su ayuda llegó la otra vertiente de la Conquista: el manto protector de la Corona. Así, en vez de la brutal colisión de dos mundos remotos, extraños y casi irreductibles entre sí, la Nueva España dispuso su vida social siguiendo la forma de un triángulo: los intereses materiales al acoso, los indígenas en la resistencia y la Corona protectora (no siempre con éxito).

Concentrémonos por un momento en el segundo vértice. Según explicaba el entrañable maestro José Miranda, la intrusión en su territorio provocó en las comunidades indígenas un doble repliegue: por un lado afianza aún más la unidad íntima y sustancial del hombre y la tierra; por otro, favorece el particularismo y exclusivismo de las unidades políticas llamadas «pueblos». Aunque la idea misma de propiedad por la que pugnan los españoles —opuesta al sentido comunal de la tierra, característico de los indígenas— actúa contra la supervivencia de los pueblos y el arraigo de los hombres, otros muchos factores sirvieron a esa misma supervivencia: la separación física entre asentamientos indios y españoles; la permanencia de las autoridades políticas indígenas dentro de los pueblos; la baja densidad demográfica de los españoles. Junto a estos factores generales que trabajan en favor de su subsistencia, los indios ponían su parte mediante diversas estrategias legales (amparos, mercedes), pacíficas, extralegales (avanzadas, zonas de contención) y violentas (quemas, asaltos). La conclusión de Miranda es idéntica a la que, cuantitativamente, llegó el historiador norteamericano John Coatsworth: «El poder judicial relativamente independiente, característico de la Colonia, ofrecía un margen de protección a los derechos de propiedad individuales y corporativos de los pueblos indígenas». Con todo, agrega Coatsworth -y Miranda no lo habría contradicho— «ninguna otra región de América ... presenta, en sus querellas por la tierra, una riqueza y diversidad semejantes». Al cabo de tres siglos de tensa dominación, los tres vértices permanecían en su sitio. En 1810, solamente en la zona central del país, cuatro mil pueblos indígenas habían sobrevivido.

La Independencia disolvió el triángulo o, más exactamente, abatió uno de sus lados hasta la convergencia de dos vértices: la autoridad política y el interés material. Una nueva filosofía opuesta tanto al comunalismo indígena como al neoto mismo sentaba sus reales: el liberalismo. En nombre de la igualdad de todos los individuos, las nuevas legislaciones volteaban la espalda a las formas de protección y tutela sin advertir que con ello propiciaban mayor desigualdad. «El sistema comunal», escribía Francisco Pimentel, «ha hecho perder al indio todo sentimiento de individualismo, de empresa individual.»' Había que volverlo, según implicaba el razonamiento, a su estado natural. No por otra cosa sancionaron la Ley de Desamortización de 1856 y la prohibición a las corporaciones civiles de adquirir o administrar tierras, que validó la Constitución de 1857.

No sólo la filosofía política de la época cercaba a las comunidades indígenas hasta el punto de su virtual extinción o asimilación. También el cuadro político que siguió a la Independencia. En la medida en que el nuevo Estado nació débil, pobre e incapaz de reintegrar la estructura del antiguo régimen, los poderes locales y regionales se fortalecieron hasta convertirse en feudos que actuaban con impunidad frente a los pueblos. Pero las verdaderas tensiones comenzaron hacia 1840, ligadas a movimientos políticos más amplios, como fueron las guerras civiles y con el extranjero. De pronto, en varios puntos del territorio nacional, las antiguas comunidades -desprovistas ya de protección legal, conscientes del desmoronamiento del poder centraloptan cada vez más por la vía de la violencia. Joel Poinsett había escrito en los albores de la Independencia: «Suspira el indio deseando el retorno del virrey que le aseguraría garantías personales y contribuciones moderadas». Dos decenios más tarde, desde Sonora hasta Yucatán, los indios habían trocado los suspiros por las armas.

Aquella geografía bélica fue impresionante. Sin tomar en cuenta las guerras apaches que asolaron todo el septentrión novohispano y mexicano por más de dos siglos, y cuya raíz y razón no distaban mucho, en el fondo, de las que animaron a muchas rebeliones indígenas, los focos de violencia campesina brillaron en buena parte del territorio nacional. En 1825 se inicia la guerra de los yaquis y mayos en defensa del valle que «Dios les dio». Duraría un siglo sin solución de continuidad. En 1833 hay levantamientos contra propietarios de haciendas en Temascaltepec. Un año después, y esgrimiendo ya el lema «Tierra y agua para los pueblos», estalla un movimiento reivindicador en Ecatzingo, Hidalgo. En 1843, el clamor por la defensa de las tierras se escucha en Guerrero. En 1847, un testigo describe la situación de las Huastecas: «[Hay] dos tendencias nefastas: la magia y la posesión común de tierras». Mientras las tropas norteamericanas invaden México, los indios mayas defienden otra nación: la de sus antepasados. La guerra de Castas duraría más de medio siglo. Años más tarde, no muy lejos de aquel escenario sagrado, los tzeltales, en Chiapas, vindican por la fuerza sus tierras y sus valores religiosos. En otro polo del país, Nayarit, Manuel Lozada, «el Tigre de Alica», intenta, por un lapso de casi veinte años, recuperar las tierras de las comunidades y sueña con un ideal aún más ambicioso: el renacimiento de un imperio indígena.2 No es casual que al contemplar aquel vasto despliegue de resistencia Guillermo Prieto dijera: «Nos hemos convertido en los gachupines de los indios».3 Tampoco se debe al azar que Maximiliano se convirtiera en una especie de campeón de la causa indígena. «Los indios», escribe un testigo, «le manifestaron en todas partes un fanático entusiasmo.»4 Tanto Lozada como Tomás Mejía -cacique indio de Sierra Gorda- lucharon del lado imperialista. Y Maximiliano no los defraudó. Conforme su efímero reinado se acercaba a su fin, perfiló a tal grado sus ideas agraristas e indigenistas que sus propios ministros lo acusaban de volver a las Leyes de Indias. Y no estaban muy lejos de la realidad. En un primer decreto reconoce a los pueblos personalidad jurídica para defender sus intereses y exigir a los particulares la devolución de sus tierras y aguas. El 16 de septiembre de 1866 expide una ley agraria que habla de restitución y dotación de tierras y que, en esencia, se adelanta cincuenta años a la Constitución de 1917.

Aquella ley tendría la vigencia del Imperio. Durante la República Restaurada, en muchos lugares volvería la zozobra. En 1877 estalla en Hidalgo un movimiento cuyo origen es «el afán de los pueblos por traspasar los estrechos límites a que está reducido su fundo». Entre 1879 y 1881, los indios de Tamazunchale pelean por «recobrar ciertos terrenos que alegaban ser de su propiedad». Con el ascenso del régimen porfiriano se introducen las famosas Leyes de Baldíos (1883) que, a juicio de varios autores, provocaron aún más tensión en el campo' No obstante, las pruebas cuantitativas de Coatsworth apuntan en otro sentido: salvo la guerra del Yaqui en el noroeste y la de Castas en Yucatán, «no ocurrió ningún levantamiento mayor en México después de la pacificación de la Huasteca en 1883». Con la sola y notable excepción de Chihuahua -isla histórica y geográfica siempre inquieta-, la era porfiriana transcurrió en una paz construida sobre bases injustas, pero paz al fin. A pesar de sus raíces liberales, el presidente Díaz había reinstaurado un poco -muy poco- el antiguo triángulo colonial: si bien aplicaba con los hacendados el imperativo de laissez faire, laissez passer, como buen heredero de la nobleza indígena y el paternalismo colonial atendía, escuchaba y, por excepción, protegía a los representantes indígenas o campesinos (siempre y cuando no le fueran hostiles, como los yaquis o mayas).

En 1910 habían transcurrido casi cuatro siglos de resistencia desde la Conquista. Virreyes, encomenderos, oidores, hacendados, misioneros, visitadores, intendentes, corregidores, insurgentes, presidentes, emperadores, gobernadores e invasores habían ido y venido con sus filosofías y sus idolatrías, sus banderas y sus leyes. La tierra seguía allí:

También seguían allí los indios, muchos de ellos amestizados, pero todavía en unión íntima y sustancial con la tierra. Y también seguían allí los pueblos, celosos de su identidad particular, recelosos de los pueblos vecinos. En aquel parteaguas nacional, el 41 por ciento de ellos había logrado retener sus tierras.

En aquel mosaico indígena que resistió asido a la tierra y replegado en la atalaya vital de sus pueblos, hay zonas de confrontación trágica, como Yucatán, Nayarit o Sonora, y regiones en que el conflicto adoptó formas en apariencia menos violentas, pero que en su misma persistencia, variedad e irresolución, en la misma complejidad de elementos en juego, preparaban una reacción cataclísmica. Es el caso de la región que desde 1869 comprendería al estado de Morelos.

El primer dato de esa rica porción del Marquesado del Valle es su belleza. No hay en aquel paisaje traza alguna de la «aristocrática esterilidad» que Alfonso Reyes vio en otras zonas ariscas de Anáhuac. Algún emperador azteca hizo cultivar un jardín botánico en Oaxtepec, pero pudo haberlo prolongado hacia cualquiera de los puntos cardinales.

Aquel jardín tenía, desde el inicio, una ventaja evidente: su cercanía con la capital. Era natural que los conquistadores-empresarios comenzaran a solicitar mercedes para explotar la riqueza de la zona, que no sólo ofrecía una combinación perfecta de valles, ríos y climas sino una densa población indígena que podía servir como mano de obra.

El primer capitalista de la región —Hernán Cortés— introduce muy pronto el cultivo de la caña, pero sus sucesores comprenderán que la densidad de pueblos indígenas y su cohesión interna no son un apoyo para la gran empresa agrícola, sino un obstáculo que cuenta, además, con la bendición de la Corona. La mejor prueba de esta versión morelense del triángulo colonial está en una resolución que el virrey De Mendoza tomó en 1535 en favor de los indios de Cuernavaca en su querella con el marqués del Valle: «... les hiciedes volver y restituir todas y cualesquier tierras ... tomadas y ocupadas». En 1573, la norma de protección da un paso más: dotan a los pueblos de sus ejidos y de un fundo legal de cien hectáreas. Estaba claro desde el siglo xvi que aquella zona privilegiada por la naturaleza quería serlo también por la Corona. El paisaje denotó por siglos esa condición: ninguna gran ciudad o villa española se asentó en la región. El futuro estado de Morolos constituía, como Oaxaca, un vasto sistema ecológico indígena, pero, a diferencia de ésta, era una región acosada por el vértice materialista del triángulo colonial.

De acuerdo con investigaciones de Alicia Hernández, el siglo xvn morelense transcurrió en cierta aunque no santa paz. Como en toda la Nueva España, es un siglo de depresión económica y demográfica.

Casi todos los problemas -los «agravios»- de los pueblos se deben a razones territoriales (mercedes otorgadas a españoles en detnmento de sus tierras) o motivos políticos (defensa de su independencia como «cabecera» o frente a otras «cabeceras»). También comienzan a aparecer las querellas contra los grandes terratenientes de la época: las corporaciones religiosas. Muchos de los «pedimentos» de los pueblos contienen fórmulas como «desde tiempo inmemorial» o «herencia de nuestros antepasados». Aunque la suerte final de estos litigios es variada, las autoridades protegen, en buena medida, la vida indígena.

El panorama cambia drásticamente con el ascenso de los Borbones en el siglo xvm. Los factores de resistencia de los pueblos van cediendo ante el auge económico y demográfico que caracteriza al periodo y ante la consolidación de la hacienda como unidad ecológica.

Muchos comerciantes de la capital invierten sus excedentes en la compra de haciendas cañeras en la zona. Por otra parte, el rechazo cultural indígena a los modos de vida ajenos parece ceder poco a poco debido a la cercanía de la metrópoli y las haciendas, y a que la vocación de los Borbones por la justicia es mucho menos clara que la de sus antecesores, los Austrias. Pero se trata de una debilidad aparente: con el avance del siglo, avanza la tensión. Cercadas hasta en su fundo legal, las comunidades piden ya con impaciencia constancias de antiguas mercedes. Hay pueblos que desaparecen por falta de títulos o que pierden sus tierras por arrendarlas a una hacienda que termina por apropiárselas. Desde entonces los títulos adquieren una imantación sagrada. A diferencia del siglo xvn, en que los pueblos entablan sus litigios contra personas u órdenes, en el siglo xvm el pleito típico es de restitución de tierras contra la hacienda. «Nos dejan», dice un testimonio de la época, «las tierras montañosas o pedregosas que no sirven e las mejores que son de pan llevar son las que pretenden quitar.» Otro testimonio, no menos conmovedor, apunta:

«Están tan estrechos que ha muchos de ellos, por no caber en el ámbito de lo que llaman pueblo y sus barrios, les ha sido forzoso estar viviendo en las haciendas e fabricar sus casas en las tierras que llaman de éstas, pagando a los hacenderos el arriendo del sitio donde las tienen, que están tan reducidos que las cercas de piedras de las dichas haciendas levantadas a forma de muralla no distan diez varas de sus casas».

Algunos pueblos situados en montes, bosques o tierras inconvenientes sobreviven. A otros los invaden «los hacenderos» hasta en su fundo legal. El procedimiento solía seguir una misma pauta: invasión, nuevo «amojonamiento» (cercado), amparo del pueblo, suspensión de las diligencias, solicitud de títulos, búsqueda -a veces trágicamente infructuosa, siempre onerosa y dilatada- de títulos, diferición por decenios... o siglos. Muy pocos de los litigios que llegan al año 1800 se resuelven. De los 24 casos que Alicia Hernández estudió, en 15 se pierden las tierras de labor y en nueve la totalidad de las tierras. Su conclusión para el periodo es clara: «La existencia de vías legales, aunque limitadas, mantuvo viva la lucha».

Quizá la animadversión del cura Morelos hacia las grandes haciendas y su idea de mutilarlas provenía en parte de que aquella zona de tensión entre pueblos y haciendas era uno de los escenarios primordiales de su lucha insurgente. En todo caso, con la Independencia el futuro estado de Morelos vivió treinta años de paz. En realidad fue un periodo de reacomodo. Con la expulsión de los españoles, hubo un cambio constante en la propiedad de las haciendas. De pronto, hacia los años cuarenta, la marea vuelve a subir y no sólo en sentido figurado: una de las señales ominosas es la inundación deliberada de las tierras del pueblo de Tequesquitengo por parte de la hacienda de Vista Hermosa.

Durante la década que se inicia con la guerra contra Estados Unidos, varios pueblos de la zona emprenden de nueva cuenta su antigua lucha por la restitución de las tierras usurpadas por las haciendas, En 1848, los campesinos de Xicontepec, al sur de Cuernavaca, ponen los linderos de su propiedad en el patio mismo de la hacienda de Chiconcoac y poco más tarde ocupan la hacienda de San Vicente, donde -según explica Leticia Reina- «levantaron nuevas mojoneras que señalaban la recuperación de las tierras comunales». En octubre de 1850, los indígenas de la municipalidad de Cuautia, cercana a la hacienda de Santa Inés, rompen el tecorral (barda de piedra) construido por el hacendado. Aunque las tropas acantonadas en Cuernavaca reciben órdenes de reprimir a los indios, los soldados no las cumplen, argumentando que «el pueblo, exasperado de no tener tierras donde vivir y convencidos de que el fundo está hace mucho tiempo usurpado por las haciendas, había dirigido sus quejas al Supremo Gobierno ... y que, lejos de que aquella queja fuera oída, se echó al olvido».5 Las autoridades centrales vieron en estos movimientos el contagio de la revolución social que acababa de estallar en Francia. En un informe fechado hacia 1850, el prefecto político de Cuernavaca describe un elemento real del problema, el agravio de la tierra: «La palabra tierra es aquí piedra de escándalos, el aliciente para un trastorno y el recurso fácil del que quiere hacerse de la multitud».6 Dos años más tarde, el comandante general de Cuernavaca apunta otro elemento clave, el agravio de la raza: «Quieren dirigir la revolución ... lanzándose contra las personas de los españoles y haciéndolos asesinap>.

Ambos motivos están presentes en un suceso que impresionó a la opinión de la época. En 1856 la sangre llega al río en las haciendas de Chiconcoac y San Vicente. Los campesinos las asaltan, matan a machetazo limpio a los hacendados españoles y se hacen de armas y caballos. En la capital, el bando conservador atribuye la incitación al general liberal Francisco Leyva y al gran cacique liberal de Guerrero que había iniciado la Revolución de Ayutia: Juan Alvarez. Por su parte, «Tata [papá] Juan» responde con un Manifiesto a los pueblos cultos de Europa y América, radiografía crítica del paraíso perdido:

«La expropiación y el ultraje es el barómetro que aumenta y jamás disminuye la insaciable codicia de algunos hacendados; porque ellos lentamente se posesionan, ya de los terrenos de particulares, ya de los ejidos o de los de comunidad, cuando existían éstos, y luego con el descaro más inaudito alegan propiedad, sin presentar un título legal de adquisición, motivo bastante para que los pueblos en general clamen justicia, protección, amparo; pero sordos los tribunales a sus clamores y a sus pedidos, el desprecio, la persecución y el encarcelamiento es lo que se da en premio a los que reclaman lo suyo ...

»Si quisiera relatar la historia de las haciendas de los distritos de Cuautia y Cuernavaca, lo haría con la mayor facilidad, y cada página iría acompañada de quinientas pruebas; y entonces la luz pública, las naciones y los escritores sin dignidad ni decencia verían el inicuo tráfico establecido entre los ladrones famosos y muchos hacendados».

Al terminar la guerra de Reforma un nuevo capítulo de violencia se abrió en la zona: el imperio, un tanto romántico, de los bandidos que se hacían llamar «los Plateados». Su jefe más connotado era Salomé Plasencia, cuyo rasgo específico -además de la crueldad- era la elegancia: usaba camisas de Bretaña bordadas, botas de campaña que escondían puñales, y grandes y hermosos sombreros. Era un estupendo charro: banderilleaba y capeaba toros a pie o a caballo. Sus Plateados no se quedaban atrás: todos vestían de riguroso traje charro, con botonaduras de plata, un águila bordada en la espalda, moños o bufandas de colores vivos, botas vaqueras y hasta espuelas de plata.

Desde entonces, en los pueblos de la región comenzó a escucharse el estribillo:

 

Mucho me gusta la plata.

y también me gusta el lustre.

por eso traigo mi reata.

pa' la mujer que me guste.

 

Además de lazar a las mujeres que les gustaban, los Plateados solían asaltar haciendas y caminos. Ya en plena época del Segundo Imperio, un valiente del pueblo de Villa de Ayala -Rafael Sánchez- decide poner fin a las tropelías de Plasencia. Entre los hombres que recluta está Cristino Zapata, del pueblo vecino, Anenecuilco. Plasencia, por su parte, toma también la ofensiva: dejando la caballada escondida en Anenecuilco, por la noche cruza el río con sus hombres para emboscar a Sánchez, quien advierte el peligro a tiempo, pero no evita la balacera. Según cuenta la leyenda local, un milagro lo salva. Los Plateados traían balas sagradas:

 

Qué milagro tan patente

hizo mi Padre Jesús

que al mandar matar a Sánchez

trajeron balas con cruz.

 

Al poco tiempo, Sánchez aprehende a Plasencia y aplica la justicia directa: lo fusila y lo cuelga en el zócalo de Jonacatepec.

Después de aquel interludio romántico, en 1868 nació el estado de Morelos. Con él renacieron también las disputas por la tierra. En 1871, el primer gobernador, Francisco Leyva, informaba que se había ocupado sin cesar de la desamortización de las tierras comunales:

«... dictando cuantas medidas he creído conducentes para darle una solución satisfactoria; pero aún se necesitan mayores esfuerzos. La desamortización entre la clase indígena sólo se puede conseguir por medios indirectos, interesando en ella a los que, siendo de su raza, ejercen sobre sus compañeros algunas influencias; porque es tenaz la resistencia que oponen al reparto equitativo que podía hacerse».

Hacia el año de 1879 hubo conflictos en Jonacatepec, Cuautia y Cuahuixtla. Al periódico socialista El Hijo del Trabajo llegó una significativa carta de los vecinos de Cuautia que los editores glosaron de este modo:

«En todo el estado, y con particularidad en los distritos de Jonacatepec y Morelos, están ya los pueblos desesperados por las tropelías de los hacendados, los que, no satisfechos con los terrenos que han usurpado a los pueblos, siguen molestándolos, quitándoles los caminos que han tenido desde tiempo inmemorial, las aguas con que regaban sus árboles y demás siembras, negándoles además las tierras para la siembra de temporal y el pasto para el ganado de los pueblos, no sin apostrofarlos hasta de ladrones, siendo al contrario. Por consiguiente, a cada momento se ve insultada la clase infeliz, sin atreverse a hacer valer sus derechos ante la justicia porque don Manuel Mendoza Cortina, dueño de la hacienda de Cuagüistia, dice que aquí la justicia para los pobres ya se subió al cielo, pues él tiene comprados al presidente y al gobernador, haciendo este señor su voluntad».

Más adelante, el periódico profetizaba «la proximidad de un levantamiento social». Lo cierto es que, al menos en sus expresiones externas, la tensión amainó durante la larga dictadura porfiriana. En 1881 cruza por Morelos el ferrocarril, y tras él su estela de progreso y perplejidad. Con las nuevas vías y las máquinas centrifugas, las apacibles haciendas adoptaron una ruidosa fisonomía de fábricas. Al doblar el siglo, los 24 ingenios morelenses producían la tercera parte del azúcar del país y alcanzaban el tercer lugar mundial después de Hawai y Puerto Rico. Para su continua expansión, las haciendas necesitaban tierras y mano de obra. Muchas explotaron con mayor intensidad sus propias tierras, enganchando con métodos coercitivos mano de obra de los pueblos. Otras procuraron acaparar de nueva cuenta las tierras comunales. Y aunque en el estado gobernaban hombres hábiles y firmes como Alarcón, ex jefe de rurales que conocía la región como la palma de su mano, el choque entre la vertiginosa modernización y el reclamo de las tierras -contradictorios llamados del futuro y el pasado- presagiaba, en verdad, «la proximidad de un levantamiento social».

Faltaba la oportunidad y ésta llegó a fines del porfiriato, cuando la compleja y antigua querella entre pueblos y haciendas, exacerbada por la modernización, se conjugó con un renacimiento político inusitado. Francisco I. Madero solía decir, con plena razón, que el primer estado que ejerció su derecho a la libertad fue Morelos. A la muerte del gobernador Alarcón, los hacendados pensaron que lo más natural era imponer un gobernador hacendado, y promovieron ante el Gran Elector (no el pueblo, sino el presidente) la candidatura de Pablo Escanden. Pero la entrevista concedida Díaz a Creelman, en la que Díaz aseguró que México estaba preparado para la democracia, que él se retiraría a la vida privada y que vería con buenos ojos el surgimiento de algún partido de oposición (promesas que jamás llegó a cumplir), no había pasado inadvertida. A principios de 1909 persistía en varios pueblos el recuerdo de las viejas banderas liberales de la Reforma y la Intervención. De pronto, tomando al pie de la letra las palabras que Díaz dirigió a Creelman, se propuso en Morelos la candidatura independiente de Patricio Leyva, hijo del general Francisco Leyva, padre fundador del estado y, en sus años estelares, partidario de Lerdo contra Porfirio Díaz. Hubo mítines, reclamos de «tierras y aguas», «mueras» a los «gachupines», motines y represión. Un atribulado y profetice catrín escribía a su amigo Francisco Bulnes:

«No creo que la Revolución francesa haya sido preparada con más audacia y materiales de destrucción que como se está preparando la mexicana. ¡Estoy espantado! Los oradores de Leyva, sin empacho ni vergüenza, han enarbolado la bandera santa de los pobres contra los ricos».

Renglones adelante señalaba como cerebro intelectual del leyvismo a un profesor de Villa de Ayala empeñado en redimir a los oprimidos y erigir en Tlaltizapán la «capital del proletariado en México»: Otilio Montano.


 

Donde el agua se arremolina

 

El pequeño pueblo de Anenecuilco, enclavado en el corazón del paraíso perdido, aparece ya en el Códice Mendocino como tributario de los aztecas. Su traducción del náhuatl es «lugar donde el agua se arremolina». Luego de la Conquista, en 1579 el pueblo se ve forzado a defender -y lo hace con éxito- su condición de «cabecera de por si» frente al Marquesado del Valle, que pretende incorporarlo a otras cabeceras o compelerlo a trabajar en obras ajenas a su jurisdicción. La identidad del pueblo se ve amenazada de nueva cuenta en 1603 cuando las autoridades buscan congregar a su población, junto a la de otros dos pueblos vecinos, en la villa de Cuautla. Los dos pueblos Ahuahuepan y Olintepec, ceden ante la presión y desaparecen. Anenecuilco sobrevive.8 En 1607, el virrey Luis de Velasco le concede merced de tierras, pero ese mismo año se la quitan para la constitución de la hacienda del Hospital.

Durante el siglo xvil y parte del XVIII, el pueblo vivió de milagro En 1746 lo componían 20 familias que defendían su fundo legal de un acoso triple: las haciendas de Cuahuixtia, del Hospital y Mapaztlan En 1798 el pueblo pide tierras y se opone al acuerdo de la Real Audiencia en favor del hacendado Abad, de Cuahuixtla. Al final del siglo su población ha crecido: el censo de 1799 registra 32 familias indias «con todo y gobernador». Un testigo de la época asienta en 1808 que los indios de Anenecuilco -entre los que aparece el apellido Zapata- «arrendaban las haciendas del Hospital por no serles suficientes las suyas». Ese mismo año se ventila una diligencia entre Anenecuilco y la hacienda de Mapaztlán en la que los representantes de ésta sostienen una declaración reveladora del rencoroso desdén hacia el pueblo:

«La población verdadera de Anenecuilco había venido en decadencia, de muchos años a esa fecha, de manera que no llegaban a treinta las familias de indios originarios del lugar. Que por esa razón no tiénen utensilios ni paramentos sagrados, por lo que cuando celebran misa los piden prestados al mayordomo del señor del pueblo, don Fernando Medina, colector de la limosna, quien los ha hecho con la ayuda de los rancheros de Mapaztlán y los presta y los guarda según es necesario. Que las tierras que aún tienen los de Anenecuilco son muy superabundantes en relación con las que gozan otros pueblos compuestos de cien o más familias, y que por lo tanto las cultivan dejando muchas vacías y arrendando otras. Que permitiéndoseles salir a los indios de la atarjea de cal y canto para entrar en tierras de la hacienda, causarían un enormísimo daño perjudicando las labores de caña, y robándosela según acostumbran, por lo que se tiene que pagar un peón constantemente para ahuyentar los ganados y cerdos. Que del corto pedazo de tierra que tomarían dentro de la hacienda apenas podrían sacar diez o doce pesos de renta anual o dos fanegas de sembradura de maíz, perjudicando en cambio a la hacienda grandemente.

Que la atarjea de la hacienda es hecha a mucho costo y que no podría mudarse por no permitirlo la situación de las aguas necesarias para las sementeras. Que la mayor parte de las tierras de que goza Anenecuilco se las dio la hacienda cuando se erigió este pueblo, en principios del siglo próximo pasado. Que en aquel tiempo, quedaron deslindadas las tierras de la citada hacienda en la conformidad en que se hallan, y según la cual se hizo la atarjea sin contradicción de parte de los indios. Que por todo lo expuesto los indios no se mueven ni se moverían si no mediara algún secreto impulso, puesto que no tienen necesidad de pedir tierras, ya que gozan de grandes ventajas respecto de otros infinitos pueblos, lo cual indica que los indios litigan por sugestión de algún enemigo de la hacienda».

Por su parte, los indios de Anenecuilco revelan que la querella con las haciendas es tanto un asunto de tierras como de dignidad: quieren ver las resultas del pleito «aunque tuvieran que ceder las tierras que debían reintegrarles las haciendas del Hospital y Cuahuixtla».9La era colonial terminó sin que sucediera ninguna de las dos cosas.

Anenecuilco puso su grano de arena en la guerra de Independencia. En su pequeña iglesia salvó la vida uno de los insurgentes más cercanos a Morelos: Francisco Ayala, casado con una vecina de Anenecuilco apellidada Zapata. Como en toda la región, los siguientes decenios hasta mediados de siglo constituyen un paréntesis, pero la tregua se rompe en 1853: el pueblo vuelve a pedir su documentación al Archivo General y reabre su pleito con Mapaztlán. En 1864 pide sus tierras a Maximiliano. El emperador visita la zona de Cuernavaca con asiduidad. Lo atraen el paraíso y su amante, la «India Bonita». Desarrolla una gran sensibilidad para escuchar y entender los reclamos indígenas, y concede la merced a Anenecuilco. Por desgracia para el pueblo, el Imperio se disuelve. Después del episodio de los Plateados, que tiene en Anenecuilco uno de sus principales escenarios, José Zapata —criollo de Mapaztlán— ejerce las funciones de gobernador del pueblo. Es él quien escribe a Porfirio Díaz en junio de 1874:

«Los ingenios azucareros son como una enfermedad maligna que se extiende y destruye, y hace desaparecer todo para posesionarse de tierras y más tierras con una sed insaciable.

"Cuando usted nos visitó se dio cuenta de esto y, uniéndose a nosotros, prometió luchar, y creemos, y más bien estamos seguros, de que así lo hará.

«Destruirá usted ésta, pues no es aún tiempo de que se conozca el pacto, como usted dice. Sólo es una recordatoria, para que esté este problema en su mente y no lo olvide.

»"No descansaremos hasta obtener lo que nos pertenece." Son sus propias palabras, general.

«Fiamos en la prudencia que le es a usted característica en que nos disimulará nuestro rústico pero leal lenguaje»." Dos años después, apenas lanzado el Plan de Tuxtepec, al amparo del cual derrocaría al gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, Porfirio Díaz recibe una nueva carta, aún más esperanzada y firme, del pueblo de Anenecuilco:

«Los tan conocidos para usted, miembros de este club de hijos de Morelos, nos dirigimos nuevamente a usted con el respeto debido para hacerle presentes nuestros agradecimientos por la gran ayuda que hasta ahora nos ha prestado.

"Recibimos su nota de comunicación y estamos satisfechos con los adelantos que ha proporcionado a nuestra causa.

»Como le hemos estado remitiendo constantemente cartas recordatorias, creemos que no se ha olvidado de nosotros; aunque su última contestación fue del 13 de enero del pasado, sabemos que esto se debe a sus muchas ocupaciones.

"General, no tendremos con qué pagarle si podemos realizar nuestro anhelo y salimos victoriosos en este trance tan difícil para nosotros.

»Nos damos cuenta de que el problema es bien difícil, pero tenga usted en cuenta que estamos decididos a luchar hasta el fin, junto con usted. Y hemos resuelto todos, de común acuerdo, que es preferible que desaparezca la gran riqueza que constituyen los ingenios azucareros (que luego podrá repararse), a que se sigan apoderando de nuestras propiedades hasta hacerlas desaparecer.

"Tenemos fe y confiamos en que algún día la justicia se haga cargo de nuestros problemas, guardamos con celo los papeles que algún día demostrarán que somos los únicos y verdaderos dueños de estas tierras.

"Las miras de usted, general, hasta hoy siempre han sido justas y nosotros hemos seguido fielmente sus pasos, no creemos ser dignos de olvido.

"No estamos reprochando nada, pero queremos estar seguros de que no nos ha olvidado.

»De quien sí hemos recibido correspondencia es del licenciado don Justo Benítez, que está con nosotros y también nos apoya en todos los puntos.

"Dispense que distraigamos sus ocupaciones, pero el asunto no es para menos; estamos al borde de la miseria unos y los otros han tenido que emigrar por no tener alimentos para sus hijos. Los de los ingenios cada vez más déspotas y desalmados. No queremos cometer con ellos algún acto de violencia, esperaremos con paciencia hasta que usted nos dé la señal para iniciar nuestra lucha.

"Confiamos en que usted tampoco ha dado nada a conocer, pues sería peligroso en estos momentos.

"Con gran pena le comunicamos el fallecimiento de nuestro querido presidente y a quien considerábamos casi como padre. Mientras, me han nombrado a mí, pero es seguro que no quede de fijo, pues hay otros que más lo merecen».

Por toda respuesta, Porfirio —que evidentemente los conocía bien— marcó en el margen: «Contestarles en los términos de siempre. Estoy con ellos y los ayudaré hasta lo último. Siento la muerte del señor Zapata, pues era fiel servidor y capaz amigo».

En 1878, el hacendado de Cuahuixtia, Manuel Mendoza Cortina, pronuncia su citada frase «la justicia para los pobres ya se subió al cielo», y emprende un nuevo despojo, ahora sobre las aguas del pueblo. Un mandatario del pueblo, Manuel Mancilla, entabla con él pláticas conciliatorias aunque secretas. Al descubrirlo, los vecinos degüellan a Mancilla. «Su cuerpo», escribe Jesús Sotelo Inclán. el gran historiador de la genealogía zapatista del que provienen todas estas noticias y documentos sobre Anenecuilco, «quedó tirado por el Cerro de los Pedernales en el camino a Hospital, y lo enterraron fuera del pueblo por traidor, al pie de unos cazahuates blancos, junto al río.» En el caso de Anenecuilco, el porfiriato no significó una era de paz. En 1882, el hacendado de Hospital se queja de que los animales del pueblo maltratan sus cañas. En 1883, los campesinos se las arreglan para comprar armas. En 1885, denuncian las carencias y demasías de Cuahuixtla. En 1887, sufren la destrucción del barrio oriental del pueblo, llamado Olaque, por el archienemigo Mendoza Cortina.

En 1895, Vicente Alonso Pinzón, español, nuevo dueño de Hospital y de la hacienda cercana, Chinameca, ocupa tierras de pasto del pueblo, mata sus animales y coloca cercas de alambre. Al inicio de siglo, Anenecuilco retoma, por enésima vez, el camino legal: pide copias de sus títulos al Archivo General de la Nación y busca el dictamen de un abogado célebre, Francisco Serralde. Después de analizar los títulos, Serralde opina: «Los títulos amparan plenamente las seiscientas varas de terreno que se concedieron a los naturales de Anenecuilco por decreto y por ley». Con el dictamen en la mano, en 1906 los vecinos apelan al gobernador, quien concierta una junta con los representantes de Hospital. Un año más tarde, en vista de la total irresolución de sus antiquísimas demandas, los de Anenecuilco visitan a Porfirio Díaz en la vecina hacienda de Tenextepango, propiedad de su yerno, Ignacio de la Torre. Habían pasado cuarenta años desde aquellas cartas esperanzadoras. Porfirio les promete -una vez más- interceder. El gobernador los conmina a acreditar con títulos pertinentes «sus alegados derechos». Nada se resuelve. En enero de 1909, el pueblo interpone un nuevo recurso par recobrar sus documentos:

«Don Vicente Alonso, propietario de la hacienda del Hospital, trató de despojar nuestros ganados que allí pastaban y no nos permitía seguir haciendo uso de los campos de sembradura que nosotros siempre habíamos cultivado, por decirse dueño de esa posesión, que nosotros mantenemos y hemos mantenido por indeterminado lapso de tiempo por ser exclusivamente de nuestra propiedad».

Aquel año 1909 sería —según recordaba uno de los más activos representantes- «el más pesado». En junio, el administrador de Hospital decidió dar un paso hacia el abismo: ni siquiera en arrendamiento dio las tierras a Anenecuilco. En septiembre, el nuevo presidente del pueblo, el joven Emiliano Zapata, estudia cuidadosamente los papeles de la comunidad, muchos en náhuatl, su lengua materna. En octubre, Zapata busca el patrocinio del licenciado Ramírez de Alba y el consejo del escritor y luchador social Paulino Martínez. Todo sin éxito.

En una frase trágicamente célebre, el administrador de Hospital responde así a sus reclamos: «Si los de Anenecuilco quieren sembrar, que siembren en maceta, porque ni en tlacolol [sitios pequeños y deslavados en las laderas de los cerros] han de tener tierras».

En abril de 1910 el tono de una carta dirigida al gobernador ya no es de combate sino de súplica, casi de imploración:

«Que, estando próximo el temporal de aguas pluviales, nosotros los labradores pobres debemos comenzar a preparar los terrenos de nuestras siembras de maíz; en esta virtud, a efecto de poder preparar los terrenos que tenemos manifestados conforme a la Ley de Reavalúo General, ocurrimos al Superior Gobierno del Estado, implorando su protección a fin de que, si a bien lo tiene, se sirva concedernos su apoyo para sembrar los expresados terrenos sin temor de ser despojados por los propietarios de la hacienda del Hospital. Nosotros estamos dispuestos a reconocer al que resulte dueño de dichos terrenos, sea el pueblo de San Miguel Anenecuilco o sea otra persona; pero deseamos sembrar los dichos terrenos para no perjudicarnos, porque la siembra es la que nos da la vida, de ella sacamos nuestro sustento y el de nuestras familias».

En mayo, el pueblo se juega la última carta: escribe al presidente Díaz. Este les contesta informando que ha vuelto a recomendar el asunto al gobernador interino del estado, quien de inmediato los recibe en Cuernavaca y les solicita una lista de las personas agraviadas.

A los dos días el pueblo le envía el documento, precedido de un párrafo revelador de la intacta memoria histórica del pueblo:

«Lista de las personas que anualmente han verificado sus siembras de temporal en los terrenos denominados Huajar, Chautia y La Canoa, que están comprendidos en la merced de tierras concedidas a nuestro pueblo en 25 de septiembre de 1607, por el virrey de Nueva España, hoy México, según consta en el mapa respectivo, y de cuya propiedad nos ha despojado la hacienda del Hospital».

A mediados de 1910, Emiliano Zapata advierte que el trance es de vida o muerte y toma una resolución aplazada por siglos: ocupa y reparte por su cuenta y riesgo las tierras. El jefe político de Cuautla, José A. Vivanco, se entera pero no interviene. Poco tiempo después el presidente Díaz ordena a la sucesión del hacendado Alonso devolver las tierras a Anenecuilco. En diciembre de 1910, Zapata derriba tecorrales y realiza un segundo reparto de tierras, al que se unen los vecinos de Moyotepec y Villa de Ayala. Previendo que las nubes del horizonte presagiaban un cataclismo social, Vivanco abandona el distrito, no sin antes festejar en un jaripeo con Zapata la reivindicación histórica de Anenecuilco. Tres siglos después de su expedición, la merced del virrey Luis de Velasco comenzaba a surtir efecto.

 


La memoria del charro

 

 

Para el biógrafo, el método deductivo es terreno vedado. Puede legítimamente inducir sus generalizaciones a partir de datos breves y particulares, pero el procedimiento inverso es peligroso. Con todo, en el caso particular de Emiliano Zapata hay verdades que pueden partir de generalizaciones previas y no tener más demostración interna que los hechos a los cuales esas verdades dieron lugar.

Cabe afirmar, por ejemplo, sin que para ello existan documentos probatorios, que la verdadera patria de Zapata no fue México ni el estado de Morolos, ni siquiera el distrito de Villa de Ayala, sino la tierra que lo nutrió: el coto particular, único, exclusivo, excluyente, que llevaba a cuestas su historia de agravios; que atesoraba como el símbolo mismo de su identidad los títulos virreinales; que en términos raciales, formales y lingüísticos, había dejado de ser una comunidad indígena, pero seguía constituyéndola en zonas del ser más profundas; que concebía aún el entorno como una amenaza; que insistía en reivindicar el derecho a sus tierras no tanto por la necesidad económica como por el afán de que el enemigo geográfico y fatal -las haciendas- reconociese su derecho a existir tal como había ordenado la autoridad en el origen, sancionando derechos aún más antiguos, arrancados quizá a los aztecas; que una y otra vez, generación tras generación, con creciente indiferencia hacia los azares de otras historias que no fueran la propia, acudía ante las autoridades con la merced de Luis de Velasco en la mano, como si 1607 hubiese sido siempre el día de ayer; que desconfiaba de todo y de todos, de las autoridades más que de nadie, pero que no por eso perdía la esperanza de recobrar lo propio, lo entrañable, lo que les había sido robado... Aquella comunidad, Anenecuilco, fue la verdadera patria de Zapata. De aquel pequeño universo no sólo conocía toda la historia:

la encarnaba. Todo lo demás le era abstracto, ajeno.

Sus padres se llamaron Cleofas Salazar y Gabriel Zapata. Tuvieron diez hijos. Emiliano, nacido el 8 de agosto de 1879, fue el penúltimo.

Nació con una manita grabada en el pecho. Su primer pantalón lo adornó con monedas de a real, como el tío Cristino Zapata le contaba que adornaban sus prendas los famosos Plateados, a los que había combatido. El otro hermano de su padre, Chema Zapata, le regaló una reliquia: «un rifle de resorte y relámpago de los tiempos de la plata».

Emiliano estudió la instrucción primaria en la escuela de Anenecuilco, instrucción que comprendía rudimentos de teneduría de libros.

La mayoría de sus biógrafos —incluido Sotelo Inclán— toma por buena la anécdota de que el pequeño Emiliano padeció en carne propia la invasión de las huertas y casas del barrio de Olaque, perpetrada por el hacendado Manuel Mendoza Cortina hacia 1887. Viendo llorar a su padre, habría preguntado:

«—Padre, ¿por qué llora?.

"—Porque nos quitan las tierras.

"—¿Quiénes?.

»—Los amos.

»—¿Y por qué no pelean contra ellos?.

"—Porque son poderosos.

"—Pues cuando yo sea grande haré que las devuelvan».

A los dieciséis años queda huérfano, pero no indefenso. Zapata no era ni jornalero ni pobre. Dieciséis años después, en 1911, explicó:

«Tengo mis tierras de labor y un establo, producto no de campañas políticas sino de largos años de honrado trabajo y que me producen lo suficiente para vivir con mi familia desahogadamente». Logró poseer un atajo de diez muías, y al frente de ellas salía a los pueblos y ranchos a acarrear maíz. Por un tiempo acarreó cal y ladrillos para la construcción de la cercana hacienda de Chinameca. Además de esas labores de arriería, tuvo éxito en la agricultura. «Uno de los días más felices de mi vida», confesó alguna vez, «fue aquel en que la cosecha de sandía que obtuve con mi personal esfuerzo me produjo alrededor de quinientos o seiscientos pesos.”. En 1910 su capital, nada despreciable, ascendía a tres mil pesos. Zapata se sintió siempre orgulloso de ganarse la vida sin depender de otros.

Este ranchero independiente no era borracho (aunque le gustaba el coñac), ni parrandero (aunque le encantaba la feria de San Miguelito cada 29 de septiembre), ni jugador (aunque no se separaba de su «atado» de naipes), pero sí «muy enamorado». Muchos años después de muerto, las ancianas de Morelos lo recordaban suspirando: «Era muy valientote y muy chulo». Su hermana recordaba también: «Miliano de por sí fue travieso y grato con las mujeres». Su orgullo eran sus inmensos bigotes: lo diferenciaban de «los afeminados, los toreros y los frailes». Por lo demás, «era delgado, sus ojos muy vivos, tenía un lunar en un ojo y muy abusado, de a caballo, ranchero».

Lo que más atraía en Zapata, no sólo a las mujeres sino a todo el que lo conocía, era su carácter de «charro entre charros». Miliano se presentaba en las plazas de toros montando los mejores caballos del rumbo, sobre las mejores sillas vaqueras. Los jaripeos, las corridas de animales en el campo, las carreras de caballos, el jineteo de toros, las peleas de gallos o el simple campear constituían sus diversiones favoritas. Su impecable figura de charro, sin afectaciones ni rebuscamientos, era clásica a su manera. Mucho en él recordaba a los Plateados.

Así lo describe su fiel secretario Serafín Robles, «Robledo», como el «Jefe» le apodaba:

«Los arreos de su caballo eran: silla vaquera, chaparreras bordadas, bozalillo, cabresto, gargantón y riendas de seda con muchas motas, cabezadas con chapetones de plata y cadenas del mismo metal, machete de los llamados "costeños", colgada al puño la cuarta, reata de lazar y un buen poncho en el anca del caballo. La indumentaria del general Zapata en el vestir, hasta su muerte, fue de charro: pantalón ajustado de casimir negro con botonadura de plata, sombrero charro, chaqueta o blusa de holanda, gasné al cuello, zapatos de una pieza, espuelas de las llamadas amozoqueñas y pistola al cinto».

El propio Robles afirmaba que en todo el sur «no había otro charro» como don Emiliano Zapata: «... desaparecía como un relámpago ... volaba sobre su caballo ... era montador de toros, lazador, amansador de caballos y travieso como el que más en charrerías, pues ... picaba, ponía banderillas y toreaba a caballo y también a pie». Era la viva reencarnación de un Plateado... bueno.

Estas habilidades charras no sólo reportaron a Emiliano beneficios estéticos y amorosos sino económicos. Nada menos que don Ignacio de la Torre —el yerno de don Porfirio y «Nachito» para sus amigos— se fijaría en él y le pediría que le arrendara sus finísimos caballos. De hecho esa profesión habrá de salvarlo cuando en 1897 huye del pueblo por una riña y se refugia con Frumencio Palacios, potrerero de la hacienda de Jaltepec.

Pero antes que charro independiente, insumiso, travieso y enamorado, Zapata era la memoria viviente de Anenecuilco. Entre 1902 y 1905 interviene silenciosamente en un conflicto de Yautepec con la hacienda de Atlihuayán, propiedad de los Escanden. En Yautepec vivían miembros de la familia Zapata y el pueblo tenía terrenos colindantes con Anenecuilco. El caudillo de Yautepec, Jovito Serrano, acudió al patrocinio del abogado Serralde, que había defendido legalmente a casi toda la disidencia intelectual del porfiriato: Daniel Cabrera, Filomeno Mata, los hermanos Flores Magón, Juan Sarabia...

Su impresión del conflicto es clara y premonitoria. Escribe a Porfirio Díaz: «Si la Suprema Corte no hace justicia a estos hombres, tenga usted la seguridad, señor, que pronto habrá una revolución». El presidente lo recibe. Zapata forma parte de la comitiva. Poco tiempo después se entera de que a Jovito Serrano lo han deportado a Quintana Roo, donde nadie vuelve a saber de él. Zapata observa y recuerda.

En 1906 ocurre en Anenecuilco un acontecimiento central en la educación intelectual de Zapata. Se avecinda en el pueblo el profesor Pablo Torres Burgos, que sin impartir -en apariencia- clases formales, se dedica a vender legumbres y cigarros, y a comerciar con libros.

Sus amigos -entre los que se encuentra Zapata- tienen acceso a su pequeña biblioteca, a donde llegan puntualmente los mejores periódicos de oposición; El Diario del Hogar y Regeneración. Al poco tiempo, en Villa de Ayala ocurre un milagro intelectual similar. Se avecinda el profesor Otilio Montano, que sí imparte clases formales y propaga con fervor una literatura aún más incendiaria: las obras del príncipe Kropotkin. Emiliano Zapata lo aprecia al grado de hacerlo su compadre.

En 1908, Emiliano Zapata se ausenta por segunda vez de su pueblo. La razón es ahora de índole romántica. Rememorando quizá las hazañas de los Plateados, que traían su reata «pa' la mujer que les guste», Zapata rapta a una dama de Cuautia, Inés Alfaro, a quien le pone casa y con la que procrea un niño -Nicolás- y dos mujercitas.

El padre de doña Inés, Remigio Alfaro, denuncia el hecho ante las autoridades, que incorporan a Emiliano en el 7.° Batallón del ejército, donde no dura mucho tiempo, ya que un año después participa activamente en la campaña leyvista. Es uno de los integrantes del Club Melchor Ocampo -creado por Torres Burgos en Villa de Ayala- y del más numeroso Club Democrático Liberal de Morelos, con sede en Cuernavaca.

En septiembre de ese mismo año, los vecinos de Anenecuilco lo nombran presidente del Comité de Defensa. Sotelo Inclán narra la escena:

«Terminada la junta, los viejos llamaron aparte a Emiliano y le entregaron los papeles que guardaban, y que son los mismos que han llegado hasta nosotros. Emiliano los recibió y, junto con el secretario Franco, se puso a estudiarlos. Franco estuvo con Emiliano durante ocho días en el coro de la iglesia leyendo los papeles y tratando de desentrañar los derechos en ellos establecidos. Durante estos días suspendieron todos sus trabajos y sólo bajaban para comer y dormir. Fue así como el futuro caudillo bebió las profundas aguas del dolor de su pueblo y se vinculó estrechamente al destino de sus remotos abuelos indios. Teniendo a la vista el mapa tradicional y queriendo saber lo que decían sus leyendas en idioma azteca, Emiliano mandó a Franco al pueblo de Tetelcingo, cercano a Cuautia, donde se conserva aún el idioma náhuatl, lo mismo que muchas costumbres indias. No fue fácil para Franco hallar quien supiera leer aquellas palabras nahoas. Ni siquiera el maestro del pueblo supo traducir su significado y Franco fue a ver al cura del lugar, que era un indio originario del Tepoztlán tierra de grandes nahuatlatos. El cura pudo descifrar los nombres indígenas y Franco regresó con el resultado al pueblo».

En enero de 1910 Zapata es encarcelado e incomunicado por tres días. Las autoridades afirmaron que se le había encontrado «vagando en estado de ebriedad», pero el amparo que interpone en su favor su hermana María de Jesús está seguramente más cerca de la verdad: se le había aprehendido para forzarlo a dar «su cuota de sangre y humillación al servicio de las armas». Aunque en febrero se le consigna en efecto al ejército, en marzo sale libre por intercesión de don «Nachito» de la Torre. Zapata retribuiría el favor arrendándole, como se ha dicho, sus caballos e interviniendo en una escena que, muchos años después, recordaría la nieta de Porfirio Díaz: «... en la boda de "Nachito" con Amada Díaz, un caballo de la procesión perdió el paso y se desbocó. De pronto un tharro decidido se abalanzó sobre él para amansarlo y evitar un desaguisado: era Emiliano Zapata».

A mediados de 1910 Zapata cumple el destino de su pueblo y toma por la fuerza las tierras de Anenecuilco. A fin de año siembra de nuevo sus sandías y en una de tantas novilladas sufre una cornada en un muslo. Enterrados en un lugar secreto del pueblo y dentro de una caja de hojalata, descansaban los títulos, los mapas, los pedimentos, las copias, la merced, cuadernos enteros de litigios y dictámenes.

Con el tiempo, al lanzarse a la Revolución, Zapata los encomendó a su fiel «Robledo» con estas palabras: «Si los pierdes, compadre, te secas colgado de un cazahuate».

 


Revoluciones van, revoluciones vendrán

 

Sin el vendaval maderista, la pequeña revolución de Anenecuilco hubiese pasado inadvertida incluso para la historia local. Pero el artículo del Plan de San Luis que prometía restituir a las comunidades las tierras que habían usurpado las haciendas era música celestial para Zapata, Torres Burgos y Montano, sus amigos intelectuales. Tan pronto estalla la Revolución, los vecinos de aquellos pueblos deciden enviar como su representante en San Antonio, Texas, a Pablo Torres Burgos.

Mientras tanto, en Tlaquiltenango, un veterano de la guerra contra los franceses, Gabriel Tepepa, se levanta en armas. En Huitzuco, Guerrero, hace lo propio el cacique de la zona: Ambrosio Figueroa. En Yautepec, Otilio Montano exclama en un discurso: «iAbajo las haciendas, que vivan los pueblos!». Es el momento en que, montado en un caballo que le regala el cura de Axochiapan, Emiliano Zapata inicia su revolución. Allí lo vio, extasiado, Octavio Paz Solórzano (padre del escritor Octavio Paz), un abogado capitalino que fue de los primeros en sumarse a «la bola»:

«El día que [la Revolución del sur] abandonó [Jojutia], [Zapata] mandó reunir a su gente en el zócalo, para emprender la marcha. El estaba montado en el caballo retinto regalado por el cura, en el centro, rodeado de algunos de sus jefes, cuando de repente se oyó una detonación. Al principio nadie se percató de lo que había pasado, pues los soldados acostumbraban constantemente disparar sus armas, como una diversión, y se creyó que el tiro que se había escuchado era uno de tantos de los que disparaban los soldados al aire, pero Zapata había sentido que se le ladeaba el sombrero; se lo quitó y vio que estaba clareado. Los jefes que estaban cerca de él, al ver el agujero, comprendieron que el balazo había sido dirigido en contra de Zapata:

vieron que el que lo había disparado se encontraba en el edificio de la Jefatura política y al dirigir la vista hacia dicho [inmueble] miraron a un hombre que precipitadamente se retiraba de uno de los balcones. Esto pasó en menos de lo que se cuenta. Los que estaban más cerca de Zapata se precipitaron hacia la Jefatura política, pero Zapata gritó: "Nadie se mueva"; y sin vacilación ninguna movió rápidamente el magnífico caballo que montaba hacia la puerta de la Jefatura, y dándole un fuerte impulso lo hizo subir por las escaleras del edificio, ante la mirada atónita de los que presenciaban esta escena, quienes desde abajo pronto lo vieron aparecer detrás de los balcones, recorriendo las piezas del Palacio Gubernamental, con la carabina en la mano. Una vez que hubo revisado todas las oficinas, sin encontrar a nadie, jaló la rienda al caballo, haciéndolo descender por las escaleras, y con toda tranquilidad apareció nuevamente en la plaza, ante la admiración del numeroso pueblo que lo contemplaba y de sus tropas, montando en el arrogante caballo retinto, regalo de Prisciliano Espíritu, el cura de Axochiapan, y con el puro en la boca, que nunca abandonaba, aún en lo más recio de los combates».

A las pocas semanas Tepepa muere a traición a manos de Figueroa. A Torres Burgos lo sorprenden los federales en una siesta de la que nunca despertaría. Zapata se convierte de súbito en el jefe de la Revolución. Hasta sus oídos llega una bravata del odiado administrador español, apellidado Carriles, de Chinameca: «... que ya que usted es tan valiente y tan hombre, tiene para usted miles de balas y las suficientes carabinas para recibirlos como se merecen». «Los ojos de Zapata», recuerda Paz, «chispearon de cólera.» Decidió a atacar Chinameca -su primera acción militar- no por seguir un plan preconcebido sino por pundonor. El resultado, para las víctimas, fue una «carnicería espantosa», y para los vivos un corrido:

 

Llegó el terrible Zapata.

con justicia y razón.

habló con imperio, «vengan con una hacha.

y tiren este portón».

Tembló la tierra ese día.

Zapata entró.

Los juntó toditos, y les dio las onze.

y hincados frente a una peña.

«besen esta cruz y toquen clarines de bronze.

y griten, ¡que muera España!».

Viva el general Zapata.

viva su fe, y su opinión.

porque se ha propuesto morir por la patria.

como yo, por la nación.

 

De Chinameca, donde se hizo de buenos pertrechos, Zapata siguió a Jonacatepec. Poco a poco su ejército se ensancha. ¿Por qué lo siguen? Una de las razones, que se desprenden con claridad del corrido, es una especie de quiste histórico: el odio a los españoles.

«Entré por ese temor de los españoles», recordaba Constancio Quintero García, de Chinameca; «ya iban a jerrarnos como animales.» Espiridión Rivera Morales, del mismo sitio, explicaba: «Sembrábamos unos maicitos en los cerros, pues ya el español cabrón nos había quitado todas las tierras». Otros se sumaban por un ansia sencilla de libertad y justicia. «Teníamos más garantías en el monte a caballo, libres, que estando allí, porque estaban los rurales tras nosotros, cobrándonos por vivir, cobrándonos por las gallinas, cobrándonos por los marranos; esa injusticia nos hizo más, y Zapata [al] damos garantías... ¡Teníamos que haberlo seguido! Esa es la causa. Ya no aguantaba la injusticia», Y otros aún, por simple y llana pobreza: «De mi pueblo se fueron dieciocho conmigo, eran tlacohieros; los obreros de la mina nunca se fueron; ésos fueron pendejos; no fueron porque estaban bien con los ... gringos porque les pagaban buen sueldo». Muchos otros, además de los de la mina, no entraron:

«Unos nunca se levantaron, por eso Felipe Neri, aquí en Cuahuixtla, había muchos [a los] que les mochó la oreja. Porque venía y decía: "Vénganse a la revolución, o dejen la hacienda", los agarraba por el campo, y le contestaban: "Sí, mi general", pero al poco tiempo que los soltaban se iban de nuevo a la hacienda a trabajar. Y pasaba Felipe Neri de repente (porque era arrancado, aunque estuviera el gobierno aquí, ése pasaba por la orilla del pueblo con su gente, porque era de por sí valiente) y los volvía a agarrar, y decía: "A ustedes ya los agarré el otro día, ¿verdad?" y zas, les mochaba la oreja, un pedazo, "Ándele, para que los conozca y otro día que los vuelva a agarrar los fusilo".

»Pues todos esos ... los polqueros, así les decían en ese tiempo, trabajaban con yuntas de muía y los poicos. Por eso agarró Felipe Neri y les mochó la oreja. Pero ni así se fueron, a'i estaban y así estuvieron de esclavos hasta que se acabó la revolución».

Para el mes de mayo de 1911 ya sólo quedaban en todo el estado de Morolos dos baluartes federales: Cuautia y Cuernavaca. A la primera la resguardaba un regimiento de caballería famoso: el Quinto de Oro. Zapata busca tomar la plaza pacificamente, pero el jefe político se mega a rendirla. En la toma intervienen muchos de los jefes que se harán célebres: Emigdio Marmolejo, Francisco Mendoza, Amador Salazar, Eufemio Zapata -hermano del caudillo-, Lorenzo Vázquez El cerco dura varios días:

«Hubo ocasiones, durante el curso de esta lucha desesperada, en que al derrumbarse un muro quedaran los combatientes de ambos lados frente a frente, y entonces podía verse, caso muy común, que se disputaban unos y otros, con todo empeño, con todo vigor esos montones de tierra y ladrillo que debían servirles luego como defensa.

En ocasiones no hacían uso de las armas, sino que se asestaban golpes con las culatas o cañones de los fusiles».

El 17 de mayo, Felipe Neri toma a viva fuerza el convento de San Diego, donde le sobreviene la desgracia que explica, quizá, su vocación de «mochaorejas»: «... al arrojar una bomba sobre la pared de la iglesia, retachó, vino a estallar cerca de él y lo hirió gravemente dejándolo sordo para toda la vida». Por fin, el 19 de mayo cesa el fuego. Para entonces Marciano Silva, el viejo cantor del sur incorporado al ejército de Zapata, tenía listo su corrido:

 

¡Pobres pelones del Quinto de Oro.

a otros cuenten que por aquí.

no más tres piedras, porque la fama.

que hay en Zapata no tiene fin!.

Adiós Quinto de Oro afamado.

mi pueblo llora tu proceder.

en otras partes habrás triunfado.

pero aquí, en Cuautia, no sé por qué.

nos prometiste el ampararnos.

pero corriste, ¡qué hemos de hacer!.

¡Los calzonudos te corretean.

porque Zapata tu padre es!.

 

En la ciudad de México, el viejo dictador escuchó las noticias con verdadera alarma. Sabía que «los chmacates del sur eran bravos» «Estuve tranquilo hasta que se levantó el sur», comentaba en el exilio Seis días después de la toma de Cuautia, renunció.

El 7 de junio de 1911, Emiliano Zapata es de los primeros revolucionarios en entrevistarse con Madero. La comida a la que acude -llena de aduladores— le deja mal sabor de boca. Días más tarde, Madero visita Morelos y Guerrero, zona que había soslayado en sus campañas presidenciales. Su conducta, generosa por igual con hacendados y revolucionarios, provoca en Zapata sentimientos de duda. No comprende por qué presta oídos a quienes critican la violencia zapatista en la toma de Cuautla. ¿Había sido o no una revolución? Muy pronto, los periódicos de la capital, azuzados, claro, por los hacendados, inician una campaña de desprestigio contra «el bandido» Zapata, de quien se espera en cualquier momento una sublevación. El periódico Nueva Era de Juan Sánchez Azcona lo defiende. Madero lo invita a México.

La entrevista entre ambos caudillos tiene lugar el 21 de junio en la casa de Madero, en la calle de Berlín. Gildardo Magaña recordaría la forma —a un tiempo parabólica, cortés y terminante— en que Zapata expuso las razones de su revolución. Había tensión en la atmósfera. Zapata la rompió acercándose a Madero. Señaló la cadena de oro que éste traía en su chaleco y le dijo:

«-Mire, señor Madero, si yo, aprovechándome de que estoy armado, le quito su reloj y me lo guardo, y andando el tiempo nos llegamos a encontrar, los dos armados con igual fuerza, ¿tendría derecho a exigirme su devolución? »-Sin duda —le dijo Madero—; incluso le pediría una indemnización.

»—Pues eso, justamente —terminó diciendo Zapata—, es lo que nos ha pasado en el estado de Morelos, en donde unos cuantos hacendados se han apoderado por la fuerza de las tierras de los pueblos. Mis soldados (los campesinos armados y los pueblos todos) me exigen diga a usted, con todo respeto, que desean se proceda desde luego a la restitución de sus tierras».

Al día siguiente, Emiliano Zapata hizo unas declaraciones conciliatorias al diario católico El País, que no antipatizaba con su causa:

«El general Zapata [manifestó] que si él se afilió al partido revolucionario no fue guiado por la idea del lucro, sino por patriotismo ... "El odio demostrado hacia mí por los hacendados morelenses no me lo explico, como no sea porque arrebaté a la explotación que por parte de ellos eran víctimas los obreros que les enriquecían con el fruto de su sangre y de su sudor; comprenderán que, de ser ciertas las acusaciones que se me dirigían, no hubiera venido como lo he hecho a presentarme al señor Madero.

»"Ahora voy a trabajar en el licénciamiento de los hombres que me ayudaron, para después retirarme a la vida privada y volver a dedicarme al cultivo de mis campos, pues lo único que anhelaba cuando me lancé a la Revolución era derrocar al régimen dictatorial y esto se ha conseguido"».

Aparte del endoso explícito a Madero, en las declaraciones de Zapata llama la atención su insistencia en desmentir a los que dudaban de su desinterés. Es en ese momento cuando habla de sus «tierras de labor», de su «establo», de sus «largos años de honrado trabajo». Nada lo indigna más que la palabra «bandido».

Desea, en efecto, retirarse a la vida privada y disfrutar de su inminente matrimonio con la que seria su única mujer legítima: Josefa Espejo. Pero antes había que licenciar a las tropas y dejar Morelos bajo el mando de Raúl Madero (o de cualquiera, menos de Ambrosio Figueroa, o de los federales Blanquet y Huerta). El gobierno interino presiona para el primer objetivo. Zapata cede, pero no del todo. A mediados de agosto solicita al presidente De la Barra el redro de las fuerzas federales a cambio de la paz «en veinticuatro