II
El amor a la
tierra
Emiliano Zapata
Propiedad
nuestra será la tierra, propiedad de gentes, la que fue de nuestros abuelos, la
que dedos de patas que machacan nos han arrebatado.
Manifiesto en
náhuatl de Emiliano Zapata (1918)
Cuatro siglos de resistencia
La
conquista de México fue uno de los encuentros más misteriosos en la historia
humana. Sus significados profundos, sus implicaciones culturales y hasta teológicas
escapan todavía a nuestra comprensión. Podemos imaginar la mente renacentista,
con su orgullosa fusión de la cruz y la espada, del espíritu y la empresa.
Mucho más difícil, quizá imposible, es comprender lo que en verdad pasaba por
la mente del pueblo indígena. Pero no todo es Babel. Hay actitudes universales.
Entre
ellas están tres que caracterizaron la respuesta de los indígenas a la
intrusión de aquellos hombres-dioses en su territorio natural: el agravio, el
repliegue, la resistencia.
Si
la Conquista y los tres siglos coloniales se hubiesen desplegado sólo bajo el
signo del interés material, ninguna de las tres actitudes hubiese persistido.
No sin enormes dificultades, los encomenderos y sus continuadores hubiesen
cercado por entero a la población indígena y ejercido sobre ella un dominio
creciente que habría conducido al desarraigo, la esclavitud o incluso al
exterminio. No ocurrió así.
Aunque
la vida indígena durante la Colonia tuvo sin duda momentos y lugares que se
aproximaron a los extremos característicos de la conquista anglosajona, su
sentido general fue muy distinto. La numerosa población nativa, con su inmenso
mosaico de culturas y creencias, constituía un tejido humano difícil de rasgar,
más aún cuando en su ayuda llegó la otra vertiente de la Conquista: el manto
protector de la Corona. Así, en vez de la brutal colisión de dos mundos
remotos, extraños y casi irreductibles entre sí, la Nueva España dispuso su
vida social siguiendo la forma de un triángulo: los intereses materiales al
acoso, los indígenas en la resistencia y la Corona protectora (no siempre con
éxito).
Concentrémonos
por un momento en el segundo vértice. Según explicaba el entrañable maestro
José Miranda, la intrusión en su territorio provocó en las comunidades
indígenas un doble repliegue: por un lado afianza aún más la unidad íntima y
sustancial del hombre y la tierra; por otro, favorece el particularismo y
exclusivismo de las unidades políticas llamadas «pueblos». Aunque la idea misma
de propiedad por la que pugnan los españoles —opuesta al sentido comunal de la
tierra, característico de los indígenas— actúa contra la supervivencia de los
pueblos y el arraigo de los hombres, otros muchos factores sirvieron a esa
misma supervivencia: la separación física entre asentamientos indios y
españoles; la permanencia de las autoridades políticas indígenas dentro de los
pueblos; la baja densidad demográfica de los españoles. Junto a estos factores
generales que trabajan en favor de su subsistencia, los indios ponían su parte
mediante diversas estrategias legales (amparos, mercedes), pacíficas,
extralegales (avanzadas, zonas de contención) y violentas (quemas, asaltos). La
conclusión de Miranda es idéntica a la que, cuantitativamente, llegó el
historiador norteamericano John Coatsworth: «El poder judicial relativamente
independiente, característico de la Colonia, ofrecía un margen de protección a
los derechos de propiedad individuales y corporativos de los pueblos
indígenas». Con todo, agrega Coatsworth -y Miranda no lo habría contradicho—
«ninguna otra región de América ... presenta, en sus querellas por la tierra,
una riqueza y diversidad semejantes». Al cabo de tres siglos de tensa
dominación, los tres vértices permanecían en su sitio. En 1810, solamente en la
zona central del país, cuatro mil pueblos indígenas habían sobrevivido.
La
Independencia disolvió el triángulo o, más exactamente, abatió uno de sus lados
hasta la convergencia de dos vértices: la autoridad política y el interés
material. Una nueva filosofía opuesta tanto al comunalismo indígena como al
neoto mismo sentaba sus reales: el liberalismo. En nombre de la igualdad de
todos los individuos, las nuevas legislaciones volteaban la espalda a las
formas de protección y tutela sin advertir que con ello propiciaban mayor
desigualdad. «El sistema comunal», escribía Francisco Pimentel, «ha hecho
perder al indio todo sentimiento de individualismo, de empresa individual.»'
Había que volverlo, según implicaba el razonamiento, a su estado natural. No
por otra cosa sancionaron la Ley de Desamortización de 1856 y la prohibición a
las corporaciones civiles de adquirir o administrar tierras, que validó la
Constitución de 1857.
No
sólo la filosofía política de la época cercaba a las comunidades indígenas
hasta el punto de su virtual extinción o asimilación. También el cuadro
político que siguió a la Independencia. En la medida en que el nuevo Estado
nació débil, pobre e incapaz de reintegrar la estructura del antiguo régimen,
los poderes locales y regionales se fortalecieron hasta convertirse en feudos
que actuaban con impunidad frente a los pueblos. Pero las verdaderas tensiones
comenzaron hacia 1840, ligadas a movimientos políticos más amplios, como fueron
las guerras civiles y con el extranjero. De pronto, en varios puntos del
territorio nacional, las antiguas comunidades -desprovistas ya de protección
legal, conscientes del desmoronamiento del poder centraloptan cada vez más por
la vía de la violencia. Joel Poinsett había escrito en los albores de la
Independencia: «Suspira el indio deseando el retorno del virrey que le
aseguraría garantías personales y contribuciones moderadas». Dos decenios más
tarde, desde Sonora hasta Yucatán, los indios habían trocado los suspiros por
las armas.
Aquella
geografía bélica fue impresionante. Sin tomar en cuenta las guerras apaches que
asolaron todo el septentrión novohispano y mexicano por más de dos siglos, y
cuya raíz y razón no distaban mucho, en el fondo, de las que animaron a muchas
rebeliones indígenas, los focos de violencia campesina brillaron en buena parte
del territorio nacional. En 1825 se inicia la guerra de los yaquis y mayos en
defensa del valle que «Dios les dio». Duraría un siglo sin solución de
continuidad. En 1833 hay levantamientos contra propietarios de haciendas en
Temascaltepec. Un año después, y esgrimiendo ya el lema «Tierra y agua para los
pueblos», estalla un movimiento reivindicador en Ecatzingo, Hidalgo. En 1843,
el clamor por la defensa de las tierras se escucha en Guerrero. En 1847, un
testigo describe la situación de las Huastecas: «[Hay] dos tendencias nefastas:
la magia y la posesión común de tierras». Mientras las tropas norteamericanas
invaden México, los indios mayas defienden otra nación: la de sus antepasados.
La guerra de Castas duraría más de medio siglo. Años más tarde, no muy lejos de
aquel escenario sagrado, los tzeltales, en Chiapas, vindican por la fuerza sus
tierras y sus valores religiosos. En otro polo del país, Nayarit, Manuel
Lozada, «el Tigre de Alica», intenta, por un lapso de casi veinte años,
recuperar las tierras de las comunidades y sueña con un ideal aún más
ambicioso: el renacimiento de un imperio indígena.2 No es casual que al
contemplar aquel vasto despliegue de resistencia Guillermo Prieto dijera: «Nos
hemos convertido en los gachupines de los indios».3 Tampoco se debe al azar que
Maximiliano se convirtiera en una especie de campeón de la causa indígena. «Los
indios», escribe un testigo, «le manifestaron en todas partes un fanático
entusiasmo.»4 Tanto Lozada como Tomás Mejía -cacique indio de Sierra Gorda-
lucharon del lado imperialista. Y Maximiliano no los defraudó. Conforme su
efímero reinado se acercaba a su fin, perfiló a tal grado sus ideas agraristas
e indigenistas que sus propios ministros lo acusaban de volver a las Leyes de
Indias. Y no estaban muy lejos de la realidad. En un primer decreto reconoce a
los pueblos personalidad jurídica para defender sus intereses y exigir a los
particulares la devolución de sus tierras y aguas. El 16 de septiembre de 1866
expide una ley agraria que habla de restitución y dotación de tierras y que, en
esencia, se adelanta cincuenta años a la Constitución de 1917.
Aquella
ley tendría la vigencia del Imperio. Durante la República Restaurada, en muchos
lugares volvería la zozobra. En 1877 estalla en Hidalgo un movimiento cuyo
origen es «el afán de los pueblos por traspasar los estrechos límites a que
está reducido su fundo». Entre 1879 y 1881, los indios de Tamazunchale pelean
por «recobrar ciertos terrenos que alegaban ser de su propiedad». Con el
ascenso del régimen porfiriano se introducen las famosas Leyes de Baldíos
(1883) que, a juicio de varios autores, provocaron aún más tensión en el campo'
No obstante, las pruebas cuantitativas de Coatsworth apuntan en otro sentido:
salvo la guerra del Yaqui en el noroeste y la de Castas en Yucatán, «no ocurrió
ningún levantamiento mayor en México después de la pacificación de la Huasteca
en 1883». Con la sola y notable excepción de Chihuahua -isla histórica y
geográfica siempre inquieta-, la era porfiriana transcurrió en una paz
construida sobre bases injustas, pero paz al fin. A pesar de sus raíces
liberales, el presidente Díaz había reinstaurado un poco -muy poco- el antiguo
triángulo colonial: si bien aplicaba con los hacendados el imperativo de
laissez faire, laissez passer, como buen heredero de la nobleza indígena y el
paternalismo colonial atendía, escuchaba y, por excepción, protegía a los
representantes indígenas o campesinos (siempre y cuando no le fueran hostiles,
como los yaquis o mayas).
En
1910 habían transcurrido casi cuatro siglos de resistencia desde la Conquista.
Virreyes, encomenderos, oidores, hacendados, misioneros, visitadores,
intendentes, corregidores, insurgentes, presidentes, emperadores, gobernadores
e invasores habían ido y venido con sus filosofías y sus idolatrías, sus
banderas y sus leyes. La tierra seguía allí:
También
seguían allí los indios, muchos de ellos amestizados, pero todavía en unión
íntima y sustancial con la tierra. Y también seguían allí los pueblos, celosos
de su identidad particular, recelosos de los pueblos vecinos. En aquel
parteaguas nacional, el 41 por ciento de ellos había logrado retener sus
tierras.
En
aquel mosaico indígena que resistió asido a la tierra y replegado en la atalaya
vital de sus pueblos, hay zonas de confrontación trágica, como Yucatán, Nayarit
o Sonora, y regiones en que el conflicto adoptó formas en apariencia menos
violentas, pero que en su misma persistencia, variedad e irresolución, en la
misma complejidad de elementos en juego, preparaban una reacción cataclísmica.
Es el caso de la región que desde 1869 comprendería al estado de Morelos.
El
primer dato de esa rica porción del Marquesado del Valle es su belleza. No hay
en aquel paisaje traza alguna de la «aristocrática esterilidad» que Alfonso
Reyes vio en otras zonas ariscas de Anáhuac. Algún emperador azteca hizo
cultivar un jardín botánico en Oaxtepec, pero pudo haberlo prolongado hacia
cualquiera de los puntos cardinales.
Aquel
jardín tenía, desde el inicio, una ventaja evidente: su cercanía con la
capital. Era natural que los conquistadores-empresarios comenzaran a solicitar
mercedes para explotar la riqueza de la zona, que no sólo ofrecía una
combinación perfecta de valles, ríos y climas sino una densa población indígena
que podía servir como mano de obra.
El
primer capitalista de la región —Hernán Cortés— introduce muy pronto el cultivo
de la caña, pero sus sucesores comprenderán que la densidad de pueblos
indígenas y su cohesión interna no son un apoyo para la gran empresa agrícola,
sino un obstáculo que cuenta, además, con la bendición de la Corona. La mejor
prueba de esta versión morelense del triángulo colonial está en una resolución
que el virrey De Mendoza tomó en 1535 en favor de los indios de Cuernavaca en
su querella con el marqués del Valle: «... les hiciedes volver y restituir
todas y cualesquier tierras ... tomadas y ocupadas». En 1573, la norma de
protección da un paso más: dotan a los pueblos de sus ejidos y de un fundo
legal de cien hectáreas. Estaba claro desde el siglo xvi que aquella zona privilegiada
por la naturaleza quería serlo también por la Corona. El paisaje denotó por
siglos esa condición: ninguna gran ciudad o villa española se asentó en la
región. El futuro estado de Morolos constituía, como Oaxaca, un vasto sistema
ecológico indígena, pero, a diferencia de ésta, era una región acosada por el
vértice materialista del triángulo colonial.
De
acuerdo con investigaciones de Alicia Hernández, el siglo xvn morelense
transcurrió en cierta aunque no santa paz. Como en toda la Nueva España, es un
siglo de depresión económica y demográfica.
Casi
todos los problemas -los «agravios»- de los pueblos se deben a razones
territoriales (mercedes otorgadas a españoles en detnmento de sus tierras) o
motivos políticos (defensa de su independencia como «cabecera» o frente a otras
«cabeceras»). También comienzan a aparecer las querellas contra los grandes
terratenientes de la época: las corporaciones religiosas. Muchos de los
«pedimentos» de los pueblos contienen fórmulas como «desde tiempo inmemorial» o
«herencia de nuestros antepasados». Aunque la suerte final de estos litigios es
variada, las autoridades protegen, en buena medida, la vida indígena.
El
panorama cambia drásticamente con el ascenso de los Borbones en el siglo xvm.
Los factores de resistencia de los pueblos van cediendo ante el auge económico
y demográfico que caracteriza al periodo y ante la consolidación de la hacienda
como unidad ecológica.
Muchos
comerciantes de la capital invierten sus excedentes en la compra de haciendas
cañeras en la zona. Por otra parte, el rechazo cultural indígena a los modos de
vida ajenos parece ceder poco a poco debido a la cercanía de la metrópoli y las
haciendas, y a que la vocación de los Borbones por la justicia es mucho menos
clara que la de sus antecesores, los Austrias. Pero se trata de una debilidad
aparente: con el avance del siglo, avanza la tensión. Cercadas hasta en su
fundo legal, las comunidades piden ya con impaciencia constancias de antiguas
mercedes. Hay pueblos que desaparecen por falta de títulos o que pierden sus
tierras por arrendarlas a una hacienda que termina por apropiárselas. Desde
entonces los títulos adquieren una imantación sagrada. A diferencia del siglo
xvn, en que los pueblos entablan sus litigios contra personas u órdenes, en el
siglo xvm el pleito típico es de restitución de tierras contra la hacienda.
«Nos dejan», dice un testimonio de la época, «las tierras montañosas o
pedregosas que no sirven e las mejores que son de pan llevar son las que
pretenden quitar.» Otro testimonio, no menos conmovedor, apunta:
«Están
tan estrechos que ha muchos de ellos, por no caber en el ámbito de lo que
llaman pueblo y sus barrios, les ha sido forzoso estar viviendo en las
haciendas e fabricar sus casas en las tierras que llaman de éstas, pagando a
los hacenderos el arriendo del sitio donde las tienen, que están tan reducidos
que las cercas de piedras de las dichas haciendas levantadas a forma de muralla
no distan diez varas de sus casas».
Algunos
pueblos situados en montes, bosques o tierras inconvenientes sobreviven. A
otros los invaden «los hacenderos» hasta en su fundo legal. El procedimiento
solía seguir una misma pauta: invasión, nuevo «amojonamiento» (cercado), amparo
del pueblo, suspensión de las diligencias, solicitud de títulos, búsqueda -a
veces trágicamente infructuosa, siempre onerosa y dilatada- de títulos,
diferición por decenios... o siglos. Muy pocos de los litigios que llegan al
año 1800 se resuelven. De los 24 casos que Alicia Hernández estudió, en 15 se
pierden las tierras de labor y en nueve la totalidad de las tierras. Su
conclusión para el periodo es clara: «La existencia de vías legales, aunque
limitadas, mantuvo viva la lucha».
Quizá
la animadversión del cura Morelos hacia las grandes haciendas y su idea de
mutilarlas provenía en parte de que aquella zona de tensión entre pueblos y
haciendas era uno de los escenarios primordiales de su lucha insurgente. En
todo caso, con la Independencia el futuro estado de Morelos vivió treinta años
de paz. En realidad fue un periodo de reacomodo. Con la expulsión de los
españoles, hubo un cambio constante en la propiedad de las haciendas. De
pronto, hacia los años cuarenta, la marea vuelve a subir y no sólo en sentido
figurado: una de las señales ominosas es la inundación deliberada de las
tierras del pueblo de Tequesquitengo por parte de la hacienda de Vista Hermosa.
Durante
la década que se inicia con la guerra contra Estados Unidos, varios pueblos de
la zona emprenden de nueva cuenta su antigua lucha por la restitución de las
tierras usurpadas por las haciendas, En 1848, los campesinos de Xicontepec, al
sur de Cuernavaca, ponen los linderos de su propiedad en el patio mismo de la
hacienda de Chiconcoac y poco más tarde ocupan la hacienda de San Vicente,
donde -según explica Leticia Reina- «levantaron nuevas mojoneras que señalaban
la recuperación de las tierras comunales». En octubre de 1850, los indígenas de
la municipalidad de Cuautia, cercana a la hacienda de Santa Inés, rompen el
tecorral (barda de piedra) construido por el hacendado. Aunque las tropas
acantonadas en Cuernavaca reciben órdenes de reprimir a los indios, los
soldados no las cumplen, argumentando que «el pueblo, exasperado de no tener
tierras donde vivir y convencidos de que el fundo está hace mucho tiempo
usurpado por las haciendas, había dirigido sus quejas al Supremo Gobierno ... y
que, lejos de que aquella queja fuera oída, se echó al olvido».5 Las
autoridades centrales vieron en estos movimientos el contagio de la revolución
social que acababa de estallar en Francia. En un informe fechado hacia 1850, el
prefecto político de Cuernavaca describe un elemento real del problema, el
agravio de la tierra: «La palabra tierra es aquí piedra de escándalos, el
aliciente para un trastorno y el recurso fácil del que quiere hacerse de la
multitud».6 Dos años más tarde, el comandante general de Cuernavaca apunta otro
elemento clave, el agravio de la raza: «Quieren dirigir la revolución ...
lanzándose contra las personas de los españoles y haciéndolos asesinap>.
Ambos
motivos están presentes en un suceso que impresionó a la opinión de la época.
En 1856 la sangre llega al río en las haciendas de Chiconcoac y San Vicente.
Los campesinos las asaltan, matan a machetazo limpio a los hacendados españoles
y se hacen de armas y caballos. En la capital, el bando conservador atribuye la
incitación al general liberal Francisco Leyva y al gran cacique liberal de
Guerrero que había iniciado la Revolución de Ayutia: Juan Alvarez. Por su
parte, «Tata [papá] Juan» responde con un Manifiesto a los pueblos cultos de Europa
y América, radiografía crítica del paraíso perdido:
«La
expropiación y el ultraje es el barómetro que aumenta y jamás disminuye la
insaciable codicia de algunos hacendados; porque ellos lentamente se
posesionan, ya de los terrenos de particulares, ya de los ejidos o de los de
comunidad, cuando existían éstos, y luego con el descaro más inaudito alegan
propiedad, sin presentar un título legal de adquisición, motivo bastante para
que los pueblos en general clamen justicia, protección, amparo; pero sordos los
tribunales a sus clamores y a sus pedidos, el desprecio, la persecución y el
encarcelamiento es lo que se da en premio a los que reclaman lo suyo ...
»Si
quisiera relatar la historia de las haciendas de los distritos de Cuautia y
Cuernavaca, lo haría con la mayor facilidad, y cada página iría acompañada de
quinientas pruebas; y entonces la luz pública, las naciones y los escritores
sin dignidad ni decencia verían el inicuo tráfico establecido entre los
ladrones famosos y muchos hacendados».
Al
terminar la guerra de Reforma un nuevo capítulo de violencia se abrió en la
zona: el imperio, un tanto romántico, de los bandidos que se hacían llamar «los
Plateados». Su jefe más connotado era Salomé Plasencia, cuyo rasgo específico
-además de la crueldad- era la elegancia: usaba camisas de Bretaña bordadas,
botas de campaña que escondían puñales, y grandes y hermosos sombreros. Era un
estupendo charro: banderilleaba y capeaba toros a pie o a caballo. Sus
Plateados no se quedaban atrás: todos vestían de riguroso traje charro, con
botonaduras de plata, un águila bordada en la espalda, moños o bufandas de
colores vivos, botas vaqueras y hasta espuelas de plata.
Desde
entonces, en los pueblos de la región comenzó a escucharse el estribillo:
Mucho
me gusta la plata.
y
también me gusta el lustre.
por
eso traigo mi reata.
pa'
la mujer que me guste.
Además
de lazar a las mujeres que les gustaban, los Plateados solían asaltar haciendas
y caminos. Ya en plena época del Segundo Imperio, un valiente del pueblo de
Villa de Ayala -Rafael Sánchez- decide poner fin a las tropelías de Plasencia.
Entre los hombres que recluta está Cristino Zapata, del pueblo vecino,
Anenecuilco. Plasencia, por su parte, toma también la ofensiva: dejando la
caballada escondida en Anenecuilco, por la noche cruza el río con sus hombres
para emboscar a Sánchez, quien advierte el peligro a tiempo, pero no evita la
balacera. Según cuenta la leyenda local, un milagro lo salva. Los Plateados
traían balas sagradas:
Qué
milagro tan patente
hizo
mi Padre Jesús
que
al mandar matar a Sánchez
trajeron
balas con cruz.
Al
poco tiempo, Sánchez aprehende a Plasencia y aplica la justicia directa: lo
fusila y lo cuelga en el zócalo de Jonacatepec.
Después
de aquel interludio romántico, en 1868 nació el estado de Morelos. Con él
renacieron también las disputas por la tierra. En 1871, el primer gobernador,
Francisco Leyva, informaba que se había ocupado sin cesar de la desamortización
de las tierras comunales:
«...
dictando cuantas medidas he creído conducentes para darle una solución
satisfactoria; pero aún se necesitan mayores esfuerzos. La desamortización
entre la clase indígena sólo se puede conseguir por medios indirectos,
interesando en ella a los que, siendo de su raza, ejercen sobre sus compañeros
algunas influencias; porque es tenaz la resistencia que oponen al reparto
equitativo que podía hacerse».
Hacia
el año de 1879 hubo conflictos en Jonacatepec, Cuautia y Cuahuixtla. Al
periódico socialista El Hijo del Trabajo llegó una significativa carta de los
vecinos de Cuautia que los editores glosaron de este modo:
«En
todo el estado, y con particularidad en los distritos de Jonacatepec y Morelos,
están ya los pueblos desesperados por las tropelías de los hacendados, los que,
no satisfechos con los terrenos que han usurpado a los pueblos, siguen
molestándolos, quitándoles los caminos que han tenido desde tiempo inmemorial,
las aguas con que regaban sus árboles y demás siembras, negándoles además las
tierras para la siembra de temporal y el pasto para el ganado de los pueblos,
no sin apostrofarlos hasta de ladrones, siendo al contrario. Por consiguiente,
a cada momento se ve insultada la clase infeliz, sin atreverse a hacer valer
sus derechos ante la justicia porque don Manuel Mendoza Cortina, dueño de la
hacienda de Cuagüistia, dice que aquí la justicia para los pobres ya se subió
al cielo, pues él tiene comprados al presidente y al gobernador, haciendo este
señor su voluntad».
Más
adelante, el periódico profetizaba «la proximidad de un levantamiento social».
Lo cierto es que, al menos en sus expresiones externas, la tensión amainó
durante la larga dictadura porfiriana. En 1881 cruza por Morelos el
ferrocarril, y tras él su estela de progreso y perplejidad. Con las nuevas vías
y las máquinas centrifugas, las apacibles haciendas adoptaron una ruidosa
fisonomía de fábricas. Al doblar el siglo, los 24 ingenios morelenses producían
la tercera parte del azúcar del país y alcanzaban el tercer lugar mundial
después de Hawai y Puerto Rico. Para su continua expansión, las haciendas
necesitaban tierras y mano de obra. Muchas explotaron con mayor intensidad sus
propias tierras, enganchando con métodos coercitivos mano de obra de los
pueblos. Otras procuraron acaparar de nueva cuenta las tierras comunales. Y
aunque en el estado gobernaban hombres hábiles y firmes como Alarcón, ex jefe
de rurales que conocía la región como la palma de su mano, el choque entre la
vertiginosa modernización y el reclamo de las tierras -contradictorios llamados
del futuro y el pasado- presagiaba, en verdad, «la proximidad de un
levantamiento social».
Faltaba
la oportunidad y ésta llegó a fines del porfiriato, cuando la compleja y
antigua querella entre pueblos y haciendas, exacerbada por la modernización, se
conjugó con un renacimiento político inusitado. Francisco I. Madero solía
decir, con plena razón, que el primer estado que ejerció su derecho a la
libertad fue Morelos. A la muerte del gobernador Alarcón, los hacendados
pensaron que lo más natural era imponer un gobernador hacendado, y promovieron
ante el Gran Elector (no el pueblo, sino el presidente) la candidatura de Pablo
Escanden. Pero la entrevista concedida Díaz a Creelman, en la que Díaz aseguró
que México estaba preparado para la democracia, que él se retiraría a la vida
privada y que vería con buenos ojos el surgimiento de algún partido de
oposición (promesas que jamás llegó a cumplir), no había pasado inadvertida. A
principios de 1909 persistía en varios pueblos el recuerdo de las viejas
banderas liberales de la Reforma y la Intervención. De pronto, tomando al pie
de la letra las palabras que Díaz dirigió a Creelman, se propuso en Morelos la
candidatura independiente de Patricio Leyva, hijo del general Francisco Leyva,
padre fundador del estado y, en sus años estelares, partidario de Lerdo contra
Porfirio Díaz. Hubo mítines, reclamos de «tierras y aguas», «mueras» a los
«gachupines», motines y represión. Un atribulado y profetice catrín escribía a
su amigo Francisco Bulnes:
«No
creo que la Revolución francesa haya sido preparada con más audacia y
materiales de destrucción que como se está preparando la mexicana. ¡Estoy
espantado! Los oradores de Leyva, sin empacho ni vergüenza, han enarbolado la
bandera santa de los pobres contra los ricos».
Renglones
adelante señalaba como cerebro intelectual del leyvismo a un profesor de Villa
de Ayala empeñado en redimir a los oprimidos y erigir en Tlaltizapán la
«capital del proletariado en México»: Otilio Montano.
Donde el agua se arremolina
El
pequeño pueblo de Anenecuilco, enclavado en el corazón del paraíso perdido,
aparece ya en el Códice Mendocino como tributario de los aztecas. Su traducción
del náhuatl es «lugar donde el agua se arremolina». Luego de la Conquista, en
1579 el pueblo se ve forzado a defender -y lo hace con éxito- su condición de
«cabecera de por si» frente al Marquesado del Valle, que pretende incorporarlo
a otras cabeceras o compelerlo a trabajar en obras ajenas a su jurisdicción. La
identidad del pueblo se ve amenazada de nueva cuenta en 1603 cuando las
autoridades buscan congregar a su población, junto a la de otros dos pueblos
vecinos, en la villa de Cuautla. Los dos pueblos Ahuahuepan y Olintepec, ceden
ante la presión y desaparecen. Anenecuilco sobrevive.8 En 1607, el virrey Luis
de Velasco le concede merced de tierras, pero ese mismo año se la quitan para
la constitución de la hacienda del Hospital.
Durante
el siglo xvil y parte del XVIII, el pueblo vivió de milagro En 1746 lo
componían 20 familias que defendían su fundo legal de un acoso triple: las
haciendas de Cuahuixtia, del Hospital y Mapaztlan En 1798 el pueblo pide
tierras y se opone al acuerdo de la Real Audiencia en favor del hacendado Abad,
de Cuahuixtla. Al final del siglo su población ha crecido: el censo de 1799
registra 32 familias indias «con todo y gobernador». Un testigo de la época
asienta en 1808 que los indios de Anenecuilco -entre los que aparece el
apellido Zapata- «arrendaban las haciendas del Hospital por no serles
suficientes las suyas». Ese mismo año se ventila una diligencia entre
Anenecuilco y la hacienda de Mapaztlán en la que los representantes de ésta
sostienen una declaración reveladora del rencoroso desdén hacia el pueblo:
«La
población verdadera de Anenecuilco había venido en decadencia, de muchos años a
esa fecha, de manera que no llegaban a treinta las familias de indios
originarios del lugar. Que por esa razón no tiénen utensilios ni paramentos
sagrados, por lo que cuando celebran misa los piden prestados al mayordomo del
señor del pueblo, don Fernando Medina, colector de la limosna, quien los ha
hecho con la ayuda de los rancheros de Mapaztlán y los presta y los guarda
según es necesario. Que las tierras que aún tienen los de Anenecuilco son muy
superabundantes en relación con las que gozan otros pueblos compuestos de cien
o más familias, y que por lo tanto las cultivan dejando muchas vacías y
arrendando otras. Que permitiéndoseles salir a los indios de la atarjea de cal
y canto para entrar en tierras de la hacienda, causarían un enormísimo daño
perjudicando las labores de caña, y robándosela según acostumbran, por lo que
se tiene que pagar un peón constantemente para ahuyentar los ganados y cerdos.
Que del corto pedazo de tierra que tomarían dentro de la hacienda apenas
podrían sacar diez o doce pesos de renta anual o dos fanegas de sembradura de
maíz, perjudicando en cambio a la hacienda grandemente.
Que
la atarjea de la hacienda es hecha a mucho costo y que no podría mudarse por no
permitirlo la situación de las aguas necesarias para las sementeras. Que la
mayor parte de las tierras de que goza Anenecuilco se las dio la hacienda
cuando se erigió este pueblo, en principios del siglo próximo pasado. Que en
aquel tiempo, quedaron deslindadas las tierras de la citada hacienda en la
conformidad en que se hallan, y según la cual se hizo la atarjea sin
contradicción de parte de los indios. Que por todo lo expuesto los indios no se
mueven ni se moverían si no mediara algún secreto impulso, puesto que no tienen
necesidad de pedir tierras, ya que gozan de grandes ventajas respecto de otros
infinitos pueblos, lo cual indica que los indios litigan por sugestión de algún
enemigo de la hacienda».
Por
su parte, los indios de Anenecuilco revelan que la querella con las haciendas
es tanto un asunto de tierras como de dignidad: quieren ver las resultas del
pleito «aunque tuvieran que ceder las tierras que debían reintegrarles las
haciendas del Hospital y Cuahuixtla».9La era colonial terminó sin que sucediera
ninguna de las dos cosas.
Anenecuilco
puso su grano de arena en la guerra de Independencia. En su pequeña iglesia
salvó la vida uno de los insurgentes más cercanos a Morelos: Francisco Ayala,
casado con una vecina de Anenecuilco apellidada Zapata. Como en toda la región,
los siguientes decenios hasta mediados de siglo constituyen un paréntesis, pero
la tregua se rompe en 1853: el pueblo vuelve a pedir su documentación al
Archivo General y reabre su pleito con Mapaztlán. En 1864 pide sus tierras a
Maximiliano. El emperador visita la zona de Cuernavaca con asiduidad. Lo atraen
el paraíso y su amante, la «India Bonita». Desarrolla una gran sensibilidad
para escuchar y entender los reclamos indígenas, y concede la merced a
Anenecuilco. Por desgracia para el pueblo, el Imperio se disuelve. Después del
episodio de los Plateados, que tiene en Anenecuilco uno de sus principales
escenarios, José Zapata —criollo de Mapaztlán— ejerce las funciones de
gobernador del pueblo. Es él quien escribe a Porfirio Díaz en junio de 1874:
«Los
ingenios azucareros son como una enfermedad maligna que se extiende y destruye,
y hace desaparecer todo para posesionarse de tierras y más tierras con una sed
insaciable.
"Cuando
usted nos visitó se dio cuenta de esto y, uniéndose a nosotros, prometió
luchar, y creemos, y más bien estamos seguros, de que así lo hará.
«Destruirá
usted ésta, pues no es aún tiempo de que se conozca el pacto, como usted dice.
Sólo es una recordatoria, para que esté este problema en su mente y no lo
olvide.
»"No
descansaremos hasta obtener lo que nos pertenece." Son sus propias
palabras, general.
«Fiamos
en la prudencia que le es a usted característica en que nos disimulará nuestro
rústico pero leal lenguaje»." Dos años después, apenas lanzado el Plan de
Tuxtepec, al amparo del cual derrocaría al gobierno de Sebastián Lerdo de
Tejada, Porfirio Díaz recibe una nueva carta, aún más esperanzada y firme, del
pueblo de Anenecuilco:
«Los
tan conocidos para usted, miembros de este club de hijos de Morelos, nos
dirigimos nuevamente a usted con el respeto debido para hacerle presentes
nuestros agradecimientos por la gran ayuda que hasta ahora nos ha prestado.
"Recibimos
su nota de comunicación y estamos satisfechos con los adelantos que ha
proporcionado a nuestra causa.
»Como
le hemos estado remitiendo constantemente cartas recordatorias, creemos que no
se ha olvidado de nosotros; aunque su última contestación fue del 13 de enero
del pasado, sabemos que esto se debe a sus muchas ocupaciones.
"General,
no tendremos con qué pagarle si podemos realizar nuestro anhelo y salimos
victoriosos en este trance tan difícil para nosotros.
»Nos
damos cuenta de que el problema es bien difícil, pero tenga usted en cuenta que
estamos decididos a luchar hasta el fin, junto con usted. Y hemos resuelto
todos, de común acuerdo, que es preferible que desaparezca la gran riqueza que
constituyen los ingenios azucareros (que luego podrá repararse), a que se sigan
apoderando de nuestras propiedades hasta hacerlas desaparecer.
"Tenemos
fe y confiamos en que algún día la justicia se haga cargo de nuestros
problemas, guardamos con celo los papeles que algún día demostrarán que somos
los únicos y verdaderos dueños de estas tierras.
"Las
miras de usted, general, hasta hoy siempre han sido justas y nosotros hemos
seguido fielmente sus pasos, no creemos ser dignos de olvido.
"No
estamos reprochando nada, pero queremos estar seguros de que no nos ha
olvidado.
»De
quien sí hemos recibido correspondencia es del licenciado don Justo Benítez,
que está con nosotros y también nos apoya en todos los puntos.
"Dispense
que distraigamos sus ocupaciones, pero el asunto no es para menos; estamos al
borde de la miseria unos y los otros han tenido que emigrar por no tener
alimentos para sus hijos. Los de los ingenios cada vez más déspotas y
desalmados. No queremos cometer con ellos algún acto de violencia, esperaremos
con paciencia hasta que usted nos dé la señal para iniciar nuestra lucha.
"Confiamos
en que usted tampoco ha dado nada a conocer, pues sería peligroso en estos
momentos.
"Con
gran pena le comunicamos el fallecimiento de nuestro querido presidente y a
quien considerábamos casi como padre. Mientras, me han nombrado a mí, pero es
seguro que no quede de fijo, pues hay otros que más lo merecen».
Por
toda respuesta, Porfirio —que evidentemente los conocía bien— marcó en el
margen: «Contestarles en los términos de siempre. Estoy con ellos y los ayudaré
hasta lo último. Siento la muerte del señor Zapata, pues era fiel servidor y
capaz amigo».
En
1878, el hacendado de Cuahuixtia, Manuel Mendoza Cortina, pronuncia su citada
frase «la justicia para los pobres ya se subió al cielo», y emprende un nuevo
despojo, ahora sobre las aguas del pueblo. Un mandatario del pueblo, Manuel
Mancilla, entabla con él pláticas conciliatorias aunque secretas. Al
descubrirlo, los vecinos degüellan a Mancilla. «Su cuerpo», escribe Jesús
Sotelo Inclán. el gran historiador de la genealogía zapatista del que provienen
todas estas noticias y documentos sobre Anenecuilco, «quedó tirado por el Cerro
de los Pedernales en el camino a Hospital, y lo enterraron fuera del pueblo por
traidor, al pie de unos cazahuates blancos, junto al río.» En el caso de
Anenecuilco, el porfiriato no significó una era de paz. En 1882, el hacendado
de Hospital se queja de que los animales del pueblo maltratan sus cañas. En
1883, los campesinos se las arreglan para comprar armas. En 1885, denuncian las
carencias y demasías de Cuahuixtla. En 1887, sufren la destrucción del barrio
oriental del pueblo, llamado Olaque, por el archienemigo Mendoza Cortina.
En
1895, Vicente Alonso Pinzón, español, nuevo dueño de Hospital y de la hacienda
cercana, Chinameca, ocupa tierras de pasto del pueblo, mata sus animales y
coloca cercas de alambre. Al inicio de siglo, Anenecuilco retoma, por enésima
vez, el camino legal: pide copias de sus títulos al Archivo General de la
Nación y busca el dictamen de un abogado célebre, Francisco Serralde. Después
de analizar los títulos, Serralde opina: «Los títulos amparan plenamente las
seiscientas varas de terreno que se concedieron a los naturales de Anenecuilco
por decreto y por ley». Con el dictamen en la mano, en 1906 los vecinos apelan
al gobernador, quien concierta una junta con los representantes de Hospital. Un
año más tarde, en vista de la total irresolución de sus antiquísimas demandas,
los de Anenecuilco visitan a Porfirio Díaz en la vecina hacienda de Tenextepango,
propiedad de su yerno, Ignacio de la Torre. Habían pasado cuarenta años desde
aquellas cartas esperanzadoras. Porfirio les promete -una vez más- interceder.
El gobernador los conmina a acreditar con títulos pertinentes «sus alegados
derechos». Nada se resuelve. En enero de 1909, el pueblo interpone un nuevo
recurso par recobrar sus documentos:
«Don
Vicente Alonso, propietario de la hacienda del Hospital, trató de despojar
nuestros ganados que allí pastaban y no nos permitía seguir haciendo uso de los
campos de sembradura que nosotros siempre habíamos cultivado, por decirse dueño
de esa posesión, que nosotros mantenemos y hemos mantenido por indeterminado
lapso de tiempo por ser exclusivamente de nuestra propiedad».
Aquel
año 1909 sería —según recordaba uno de los más activos representantes- «el más
pesado». En junio, el administrador de Hospital decidió dar un paso hacia el
abismo: ni siquiera en arrendamiento dio las tierras a Anenecuilco. En
septiembre, el nuevo presidente del pueblo, el joven Emiliano Zapata, estudia
cuidadosamente los papeles de la comunidad, muchos en náhuatl, su lengua
materna. En octubre, Zapata busca el patrocinio del licenciado Ramírez de Alba
y el consejo del escritor y luchador social Paulino Martínez. Todo sin éxito.
En
una frase trágicamente célebre, el administrador de Hospital responde así a sus
reclamos: «Si los de Anenecuilco quieren sembrar, que siembren en maceta,
porque ni en tlacolol [sitios pequeños y deslavados en las laderas de los
cerros] han de tener tierras».
En
abril de 1910 el tono de una carta dirigida al gobernador ya no es de combate
sino de súplica, casi de imploración:
«Que,
estando próximo el temporal de aguas pluviales, nosotros los labradores pobres
debemos comenzar a preparar los terrenos de nuestras siembras de maíz; en esta
virtud, a efecto de poder preparar los terrenos que tenemos manifestados
conforme a la Ley de Reavalúo General, ocurrimos al Superior Gobierno del
Estado, implorando su protección a fin de que, si a bien lo tiene, se sirva
concedernos su apoyo para sembrar los expresados terrenos sin temor de ser
despojados por los propietarios de la hacienda del Hospital. Nosotros estamos
dispuestos a reconocer al que resulte dueño de dichos terrenos, sea el pueblo
de San Miguel Anenecuilco o sea otra persona; pero deseamos sembrar los dichos
terrenos para no perjudicarnos, porque la siembra es la que nos da la vida, de
ella sacamos nuestro sustento y el de nuestras familias».
En
mayo, el pueblo se juega la última carta: escribe al presidente Díaz. Este les
contesta informando que ha vuelto a recomendar el asunto al gobernador interino
del estado, quien de inmediato los recibe en Cuernavaca y les solicita una
lista de las personas agraviadas.
A
los dos días el pueblo le envía el documento, precedido de un párrafo revelador
de la intacta memoria histórica del pueblo:
«Lista
de las personas que anualmente han verificado sus siembras de temporal en los
terrenos denominados Huajar, Chautia y La Canoa, que están comprendidos en la
merced de tierras concedidas a nuestro pueblo en 25 de septiembre de 1607, por
el virrey de Nueva España, hoy México, según consta en el mapa respectivo, y de
cuya propiedad nos ha despojado la hacienda del Hospital».
A
mediados de 1910, Emiliano Zapata advierte que el trance es de vida o muerte y
toma una resolución aplazada por siglos: ocupa y reparte por su cuenta y riesgo
las tierras. El jefe político de Cuautla, José A. Vivanco, se entera pero no
interviene. Poco tiempo después el presidente Díaz ordena a la sucesión del hacendado
Alonso devolver las tierras a Anenecuilco. En diciembre de 1910, Zapata derriba
tecorrales y realiza un segundo reparto de tierras, al que se unen los vecinos
de Moyotepec y Villa de Ayala. Previendo que las nubes del horizonte
presagiaban un cataclismo social, Vivanco abandona el distrito, no sin antes
festejar en un jaripeo con Zapata la reivindicación histórica de Anenecuilco.
Tres siglos después de su expedición, la merced del virrey Luis de Velasco
comenzaba a surtir efecto.
La memoria del charro
Para
el biógrafo, el método deductivo es terreno vedado. Puede legítimamente inducir
sus generalizaciones a partir de datos breves y particulares, pero el
procedimiento inverso es peligroso. Con todo, en el caso particular de Emiliano
Zapata hay verdades que pueden partir de generalizaciones previas y no tener
más demostración interna que los hechos a los cuales esas verdades dieron
lugar.
Cabe
afirmar, por ejemplo, sin que para ello existan documentos probatorios, que la
verdadera patria de Zapata no fue México ni el estado de Morolos, ni siquiera
el distrito de Villa de Ayala, sino la tierra que lo nutrió: el coto
particular, único, exclusivo, excluyente, que llevaba a cuestas su historia de
agravios; que atesoraba como el símbolo mismo de su identidad los títulos
virreinales; que en términos raciales, formales y lingüísticos, había dejado de
ser una comunidad indígena, pero seguía constituyéndola en zonas del ser más
profundas; que concebía aún el entorno como una amenaza; que insistía en reivindicar
el derecho a sus tierras no tanto por la necesidad económica como por el afán
de que el enemigo geográfico y fatal -las haciendas- reconociese su derecho a
existir tal como había ordenado la autoridad en el origen, sancionando derechos
aún más antiguos, arrancados quizá a los aztecas; que una y otra vez,
generación tras generación, con creciente indiferencia hacia los azares de
otras historias que no fueran la propia, acudía ante las autoridades con la
merced de Luis de Velasco en la mano, como si 1607 hubiese sido siempre el día
de ayer; que desconfiaba de todo y de todos, de las autoridades más que de
nadie, pero que no por eso perdía la esperanza de recobrar lo propio, lo
entrañable, lo que les había sido robado... Aquella comunidad, Anenecuilco, fue
la verdadera patria de Zapata. De aquel pequeño universo no sólo conocía toda
la historia:
la
encarnaba. Todo lo demás le era abstracto, ajeno.
Sus
padres se llamaron Cleofas Salazar y Gabriel Zapata. Tuvieron diez hijos.
Emiliano, nacido el 8 de agosto de 1879, fue el penúltimo.
Nació
con una manita grabada en el pecho. Su primer pantalón lo adornó con monedas de
a real, como el tío Cristino Zapata le contaba que adornaban sus prendas los
famosos Plateados, a los que había combatido. El otro hermano de su padre,
Chema Zapata, le regaló una reliquia: «un rifle de resorte y relámpago de los
tiempos de la plata».
Emiliano
estudió la instrucción primaria en la escuela de Anenecuilco, instrucción que
comprendía rudimentos de teneduría de libros.
La
mayoría de sus biógrafos —incluido Sotelo Inclán— toma por buena la anécdota de
que el pequeño Emiliano padeció en carne propia la invasión de las huertas y
casas del barrio de Olaque, perpetrada por el hacendado Manuel Mendoza Cortina
hacia 1887. Viendo llorar a su padre, habría preguntado:
«—Padre,
¿por qué llora?.
"—Porque
nos quitan las tierras.
"—¿Quiénes?.
»—Los
amos.
»—¿Y
por qué no pelean contra ellos?.
"—Porque
son poderosos.
"—Pues
cuando yo sea grande haré que las devuelvan».
A
los dieciséis años queda huérfano, pero no indefenso. Zapata no era ni
jornalero ni pobre. Dieciséis años después, en 1911, explicó:
«Tengo
mis tierras de labor y un establo, producto no de campañas políticas sino de
largos años de honrado trabajo y que me producen lo suficiente para vivir con
mi familia desahogadamente». Logró poseer un atajo de diez muías, y al frente
de ellas salía a los pueblos y ranchos a acarrear maíz. Por un tiempo acarreó
cal y ladrillos para la construcción de la cercana hacienda de Chinameca.
Además de esas labores de arriería, tuvo éxito en la agricultura. «Uno de los
días más felices de mi vida», confesó alguna vez, «fue aquel en que la cosecha
de sandía que obtuve con mi personal esfuerzo me produjo alrededor de
quinientos o seiscientos pesos.”. En 1910 su capital, nada despreciable,
ascendía a tres mil pesos. Zapata se sintió siempre orgulloso de ganarse la
vida sin depender de otros.
Este
ranchero independiente no era borracho (aunque le gustaba el coñac), ni
parrandero (aunque le encantaba la feria de San Miguelito cada 29 de
septiembre), ni jugador (aunque no se separaba de su «atado» de naipes), pero
sí «muy enamorado». Muchos años después de muerto, las ancianas de Morelos lo
recordaban suspirando: «Era muy valientote y muy chulo». Su hermana recordaba también:
«Miliano de por sí fue travieso y grato con las mujeres». Su orgullo eran sus
inmensos bigotes: lo diferenciaban de «los afeminados, los toreros y los
frailes». Por lo demás, «era delgado, sus ojos muy vivos, tenía un lunar en un
ojo y muy abusado, de a caballo, ranchero».
Lo
que más atraía en Zapata, no sólo a las mujeres sino a todo el que lo conocía,
era su carácter de «charro entre charros». Miliano se presentaba en las plazas
de toros montando los mejores caballos del rumbo, sobre las mejores sillas
vaqueras. Los jaripeos, las corridas de animales en el campo, las carreras de
caballos, el jineteo de toros, las peleas de gallos o el simple campear
constituían sus diversiones favoritas. Su impecable figura de charro, sin
afectaciones ni rebuscamientos, era clásica a su manera. Mucho en él recordaba
a los Plateados.
Así
lo describe su fiel secretario Serafín Robles, «Robledo», como el «Jefe» le
apodaba:
«Los
arreos de su caballo eran: silla vaquera, chaparreras bordadas, bozalillo,
cabresto, gargantón y riendas de seda con muchas motas, cabezadas con
chapetones de plata y cadenas del mismo metal, machete de los llamados
"costeños", colgada al puño la cuarta, reata de lazar y un buen
poncho en el anca del caballo. La indumentaria del general Zapata en el vestir,
hasta su muerte, fue de charro: pantalón ajustado de casimir negro con
botonadura de plata, sombrero charro, chaqueta o blusa de holanda, gasné al
cuello, zapatos de una pieza, espuelas de las llamadas amozoqueñas y pistola al
cinto».
El
propio Robles afirmaba que en todo el sur «no había otro charro» como don
Emiliano Zapata: «... desaparecía como un relámpago ... volaba sobre su caballo
... era montador de toros, lazador, amansador de caballos y travieso como el
que más en charrerías, pues ... picaba, ponía banderillas y toreaba a caballo y
también a pie». Era la viva reencarnación de un Plateado... bueno.
Estas
habilidades charras no sólo reportaron a Emiliano beneficios estéticos y
amorosos sino económicos. Nada menos que don Ignacio de la Torre —el yerno de
don Porfirio y «Nachito» para sus amigos— se fijaría en él y le pediría que le
arrendara sus finísimos caballos. De hecho esa profesión habrá de salvarlo
cuando en 1897 huye del pueblo por una riña y se refugia con Frumencio
Palacios, potrerero de la hacienda de Jaltepec.
Pero
antes que charro independiente, insumiso, travieso y enamorado, Zapata era la
memoria viviente de Anenecuilco. Entre 1902 y 1905 interviene silenciosamente
en un conflicto de Yautepec con la hacienda de Atlihuayán, propiedad de los
Escanden. En Yautepec vivían miembros de la familia Zapata y el pueblo tenía
terrenos colindantes con Anenecuilco. El caudillo de Yautepec, Jovito Serrano,
acudió al patrocinio del abogado Serralde, que había defendido legalmente a
casi toda la disidencia intelectual del porfiriato: Daniel Cabrera, Filomeno
Mata, los hermanos Flores Magón, Juan Sarabia...
Su
impresión del conflicto es clara y premonitoria. Escribe a Porfirio Díaz: «Si
la Suprema Corte no hace justicia a estos hombres, tenga usted la seguridad,
señor, que pronto habrá una revolución». El presidente lo recibe. Zapata forma
parte de la comitiva. Poco tiempo después se entera de que a Jovito Serrano lo
han deportado a Quintana Roo, donde nadie vuelve a saber de él. Zapata observa
y recuerda.
En
1906 ocurre en Anenecuilco un acontecimiento central en la educación
intelectual de Zapata. Se avecinda en el pueblo el profesor Pablo Torres
Burgos, que sin impartir -en apariencia- clases formales, se dedica a vender
legumbres y cigarros, y a comerciar con libros.
Sus
amigos -entre los que se encuentra Zapata- tienen acceso a su pequeña
biblioteca, a donde llegan puntualmente los mejores periódicos de oposición; El
Diario del Hogar y Regeneración. Al poco tiempo, en Villa de Ayala ocurre un
milagro intelectual similar. Se avecinda el profesor Otilio Montano, que sí
imparte clases formales y propaga con fervor una literatura aún más
incendiaria: las obras del príncipe Kropotkin. Emiliano Zapata lo aprecia al
grado de hacerlo su compadre.
En
1908, Emiliano Zapata se ausenta por segunda vez de su pueblo. La razón es
ahora de índole romántica. Rememorando quizá las hazañas de los Plateados, que
traían su reata «pa' la mujer que les guste», Zapata rapta a una dama de
Cuautia, Inés Alfaro, a quien le pone casa y con la que procrea un niño
-Nicolás- y dos mujercitas.
El
padre de doña Inés, Remigio Alfaro, denuncia el hecho ante las autoridades, que
incorporan a Emiliano en el 7.° Batallón del ejército, donde no dura mucho
tiempo, ya que un año después participa activamente en la campaña leyvista. Es
uno de los integrantes del Club Melchor Ocampo -creado por Torres Burgos en
Villa de Ayala- y del más numeroso Club Democrático Liberal de Morelos, con
sede en Cuernavaca.
En
septiembre de ese mismo año, los vecinos de Anenecuilco lo nombran presidente
del Comité de Defensa. Sotelo Inclán narra la escena:
«Terminada
la junta, los viejos llamaron aparte a Emiliano y le entregaron los papeles que
guardaban, y que son los mismos que han llegado hasta nosotros. Emiliano los
recibió y, junto con el secretario Franco, se puso a estudiarlos. Franco estuvo
con Emiliano durante ocho días en el coro de la iglesia leyendo los papeles y
tratando de desentrañar los derechos en ellos establecidos. Durante estos días
suspendieron todos sus trabajos y sólo bajaban para comer y dormir. Fue así
como el futuro caudillo bebió las profundas aguas del dolor de su pueblo y se
vinculó estrechamente al destino de sus remotos abuelos indios. Teniendo a la
vista el mapa tradicional y queriendo saber lo que decían sus leyendas en
idioma azteca, Emiliano mandó a Franco al pueblo de Tetelcingo, cercano a
Cuautia, donde se conserva aún el idioma náhuatl, lo mismo que muchas
costumbres indias. No fue fácil para Franco hallar quien supiera leer aquellas
palabras nahoas. Ni siquiera el maestro del pueblo supo traducir su significado
y Franco fue a ver al cura del lugar, que era un indio originario del Tepoztlán
tierra de grandes nahuatlatos. El cura pudo descifrar los nombres indígenas y
Franco regresó con el resultado al pueblo».
En
enero de 1910 Zapata es encarcelado e incomunicado por tres días. Las
autoridades afirmaron que se le había encontrado «vagando en estado de
ebriedad», pero el amparo que interpone en su favor su hermana María de Jesús
está seguramente más cerca de la verdad: se le había aprehendido para forzarlo
a dar «su cuota de sangre y humillación al servicio de las armas». Aunque en
febrero se le consigna en efecto al ejército, en marzo sale libre por
intercesión de don «Nachito» de la Torre. Zapata retribuiría el favor
arrendándole, como se ha dicho, sus caballos e interviniendo en una escena que,
muchos años después, recordaría la nieta de Porfirio Díaz: «... en la boda de
"Nachito" con Amada Díaz, un caballo de la procesión perdió el paso y
se desbocó. De pronto un tharro decidido se abalanzó sobre él para amansarlo y
evitar un desaguisado: era Emiliano Zapata».
A
mediados de 1910 Zapata cumple el destino de su pueblo y toma por la fuerza las
tierras de Anenecuilco. A fin de año siembra de nuevo sus sandías y en una de
tantas novilladas sufre una cornada en un muslo. Enterrados en un lugar secreto
del pueblo y dentro de una caja de hojalata, descansaban los títulos, los
mapas, los pedimentos, las copias, la merced, cuadernos enteros de litigios y
dictámenes.
Con
el tiempo, al lanzarse a la Revolución, Zapata los encomendó a su fiel
«Robledo» con estas palabras: «Si los pierdes, compadre, te secas colgado de un
cazahuate».
Revoluciones van, revoluciones vendrán
Sin
el vendaval maderista, la pequeña revolución de Anenecuilco hubiese pasado
inadvertida incluso para la historia local. Pero el artículo del Plan de San
Luis que prometía restituir a las comunidades las tierras que habían usurpado
las haciendas era música celestial para Zapata, Torres Burgos y Montano, sus
amigos intelectuales. Tan pronto estalla la Revolución, los vecinos de aquellos
pueblos deciden enviar como su representante en San Antonio, Texas, a Pablo
Torres Burgos.
Mientras
tanto, en Tlaquiltenango, un veterano de la guerra contra los franceses,
Gabriel Tepepa, se levanta en armas. En Huitzuco, Guerrero, hace lo propio el
cacique de la zona: Ambrosio Figueroa. En Yautepec, Otilio Montano exclama en
un discurso: «iAbajo las haciendas, que vivan los pueblos!». Es el momento en
que, montado en un caballo que le regala el cura de Axochiapan, Emiliano Zapata
inicia su revolución. Allí lo vio, extasiado, Octavio Paz Solórzano (padre del
escritor Octavio Paz), un abogado capitalino que fue de los primeros en sumarse
a «la bola»:
«El
día que [la Revolución del sur] abandonó [Jojutia], [Zapata] mandó reunir a su
gente en el zócalo, para emprender la marcha. El estaba montado en el caballo
retinto regalado por el cura, en el centro, rodeado de algunos de sus jefes, cuando
de repente se oyó una detonación. Al principio nadie se percató de lo que había
pasado, pues los soldados acostumbraban constantemente disparar sus armas, como
una diversión, y se creyó que el tiro que se había escuchado era uno de tantos
de los que disparaban los soldados al aire, pero Zapata había sentido que se le
ladeaba el sombrero; se lo quitó y vio que estaba clareado. Los jefes que
estaban cerca de él, al ver el agujero, comprendieron que el balazo había sido
dirigido en contra de Zapata:
vieron
que el que lo había disparado se encontraba en el edificio de la Jefatura
política y al dirigir la vista hacia dicho [inmueble] miraron a un hombre que
precipitadamente se retiraba de uno de los balcones. Esto pasó en menos de lo
que se cuenta. Los que estaban más cerca de Zapata se precipitaron hacia la
Jefatura política, pero Zapata gritó: "Nadie se mueva"; y sin
vacilación ninguna movió rápidamente el magnífico caballo que montaba hacia la
puerta de la Jefatura, y dándole un fuerte impulso lo hizo subir por las
escaleras del edificio, ante la mirada atónita de los que presenciaban esta
escena, quienes desde abajo pronto lo vieron aparecer detrás de los balcones,
recorriendo las piezas del Palacio Gubernamental, con la carabina en la mano.
Una vez que hubo revisado todas las oficinas, sin encontrar a nadie, jaló la
rienda al caballo, haciéndolo descender por las escaleras, y con toda
tranquilidad apareció nuevamente en la plaza, ante la admiración del numeroso
pueblo que lo contemplaba y de sus tropas, montando en el arrogante caballo
retinto, regalo de Prisciliano Espíritu, el cura de Axochiapan, y con el puro
en la boca, que nunca abandonaba, aún en lo más recio de los combates».
A
las pocas semanas Tepepa muere a traición a manos de Figueroa. A Torres Burgos
lo sorprenden los federales en una siesta de la que nunca despertaría. Zapata
se convierte de súbito en el jefe de la Revolución. Hasta sus oídos llega una
bravata del odiado administrador español, apellidado Carriles, de Chinameca:
«... que ya que usted es tan valiente y tan hombre, tiene para usted miles de
balas y las suficientes carabinas para recibirlos como se merecen». «Los ojos
de Zapata», recuerda Paz, «chispearon de cólera.» Decidió a atacar Chinameca
-su primera acción militar- no por seguir un plan preconcebido sino por
pundonor. El resultado, para las víctimas, fue una «carnicería espantosa», y
para los vivos un corrido:
Llegó
el terrible Zapata.
con
justicia y razón.
habló
con imperio, «vengan con una hacha.
y
tiren este portón».
Tembló
la tierra ese día.
Zapata
entró.
Los
juntó toditos, y les dio las onze.
y
hincados frente a una peña.
«besen
esta cruz y toquen clarines de bronze.
y
griten, ¡que muera España!».
Viva
el general Zapata.
viva
su fe, y su opinión.
porque
se ha propuesto morir por la patria.
como
yo, por la nación.
De
Chinameca, donde se hizo de buenos pertrechos, Zapata siguió a Jonacatepec.
Poco a poco su ejército se ensancha. ¿Por qué lo siguen? Una de las razones,
que se desprenden con claridad del corrido, es una especie de quiste histórico:
el odio a los españoles.
«Entré
por ese temor de los españoles», recordaba Constancio Quintero García, de
Chinameca; «ya iban a jerrarnos como animales.» Espiridión Rivera Morales, del
mismo sitio, explicaba: «Sembrábamos unos maicitos en los cerros, pues ya el
español cabrón nos había quitado todas las tierras». Otros se sumaban por un
ansia sencilla de libertad y justicia. «Teníamos más garantías en el monte a
caballo, libres, que estando allí, porque estaban los rurales tras nosotros,
cobrándonos por vivir, cobrándonos por las gallinas, cobrándonos por los
marranos; esa injusticia nos hizo más, y Zapata [al] damos garantías...
¡Teníamos que haberlo seguido! Esa es la causa. Ya no aguantaba la injusticia»,
Y otros aún, por simple y llana pobreza: «De mi pueblo se fueron dieciocho
conmigo, eran tlacohieros; los obreros de la mina nunca se fueron; ésos fueron
pendejos; no fueron porque estaban bien con los ... gringos porque les pagaban
buen sueldo». Muchos otros, además de los de la mina, no entraron:
«Unos
nunca se levantaron, por eso Felipe Neri, aquí en Cuahuixtla, había muchos [a
los] que les mochó la oreja. Porque venía y decía: "Vénganse a la
revolución, o dejen la hacienda", los agarraba por el campo, y le
contestaban: "Sí, mi general", pero al poco tiempo que los soltaban
se iban de nuevo a la hacienda a trabajar. Y pasaba Felipe Neri de repente
(porque era arrancado, aunque estuviera el gobierno aquí, ése pasaba por la
orilla del pueblo con su gente, porque era de por sí valiente) y los volvía a
agarrar, y decía: "A ustedes ya los agarré el otro día, ¿verdad?" y
zas, les mochaba la oreja, un pedazo, "Ándele, para que los conozca y otro
día que los vuelva a agarrar los fusilo".
»Pues
todos esos ... los polqueros, así les decían en ese tiempo, trabajaban con
yuntas de muía y los poicos. Por eso agarró Felipe Neri y les mochó la oreja.
Pero ni así se fueron, a'i estaban y así estuvieron de esclavos hasta que se
acabó la revolución».
Para
el mes de mayo de 1911 ya sólo quedaban en todo el estado de Morolos dos
baluartes federales: Cuautia y Cuernavaca. A la primera la resguardaba un
regimiento de caballería famoso: el Quinto de Oro. Zapata busca tomar la plaza
pacificamente, pero el jefe político se mega a rendirla. En la toma intervienen
muchos de los jefes que se harán célebres: Emigdio Marmolejo, Francisco
Mendoza, Amador Salazar, Eufemio Zapata -hermano del caudillo-, Lorenzo Vázquez
El cerco dura varios días:
«Hubo
ocasiones, durante el curso de esta lucha desesperada, en que al derrumbarse un
muro quedaran los combatientes de ambos lados frente a frente, y entonces podía
verse, caso muy común, que se disputaban unos y otros, con todo empeño, con
todo vigor esos montones de tierra y ladrillo que debían servirles luego como
defensa.
En
ocasiones no hacían uso de las armas, sino que se asestaban golpes con las
culatas o cañones de los fusiles».
El
17 de mayo, Felipe Neri toma a viva fuerza el convento de San Diego, donde le
sobreviene la desgracia que explica, quizá, su vocación de «mochaorejas»: «...
al arrojar una bomba sobre la pared de la iglesia, retachó, vino a estallar
cerca de él y lo hirió gravemente dejándolo sordo para toda la vida». Por fin,
el 19 de mayo cesa el fuego. Para entonces Marciano Silva, el viejo cantor del
sur incorporado al ejército de Zapata, tenía listo su corrido:
¡Pobres
pelones del Quinto de Oro.
a
otros cuenten que por aquí.
no
más tres piedras, porque la fama.
que
hay en Zapata no tiene fin!.
Adiós
Quinto de Oro afamado.
mi
pueblo llora tu proceder.
en
otras partes habrás triunfado.
pero
aquí, en Cuautia, no sé por qué.
nos
prometiste el ampararnos.
pero
corriste, ¡qué hemos de hacer!.
¡Los
calzonudos te corretean.
porque
Zapata tu padre es!.
En
la ciudad de México, el viejo dictador escuchó las noticias con verdadera
alarma. Sabía que «los chmacates del sur eran bravos» «Estuve tranquilo hasta
que se levantó el sur», comentaba en el exilio Seis días después de la toma de
Cuautia, renunció.
El
7 de junio de 1911, Emiliano Zapata es de los primeros revolucionarios en
entrevistarse con Madero. La comida a la que acude -llena de aduladores— le
deja mal sabor de boca. Días más tarde, Madero visita Morelos y Guerrero, zona
que había soslayado en sus campañas presidenciales. Su conducta, generosa por
igual con hacendados y revolucionarios, provoca en Zapata sentimientos de duda.
No comprende por qué presta oídos a quienes critican la violencia zapatista en
la toma de Cuautla. ¿Había sido o no una revolución? Muy pronto, los periódicos
de la capital, azuzados, claro, por los hacendados, inician una campaña de
desprestigio contra «el bandido» Zapata, de quien se espera en cualquier
momento una sublevación. El periódico Nueva Era de Juan Sánchez Azcona lo
defiende. Madero lo invita a México.
La
entrevista entre ambos caudillos tiene lugar el 21 de junio en la casa de
Madero, en la calle de Berlín. Gildardo Magaña recordaría la forma —a un tiempo
parabólica, cortés y terminante— en que Zapata expuso las razones de su
revolución. Había tensión en la atmósfera. Zapata la rompió acercándose a
Madero. Señaló la cadena de oro que éste traía en su chaleco y le dijo:
«-Mire,
señor Madero, si yo, aprovechándome de que estoy armado, le quito su reloj y me
lo guardo, y andando el tiempo nos llegamos a encontrar, los dos armados con
igual fuerza, ¿tendría derecho a exigirme su devolución? »-Sin duda —le dijo
Madero—; incluso le pediría una indemnización.
»—Pues
eso, justamente —terminó diciendo Zapata—, es lo que nos ha pasado en el estado
de Morelos, en donde unos cuantos hacendados se han apoderado por la fuerza de
las tierras de los pueblos. Mis soldados (los campesinos armados y los pueblos
todos) me exigen diga a usted, con todo respeto, que desean se proceda desde
luego a la restitución de sus tierras».
Al
día siguiente, Emiliano Zapata hizo unas declaraciones conciliatorias al diario
católico El País, que no antipatizaba con su causa:
«El
general Zapata [manifestó] que si él se afilió al partido revolucionario no fue
guiado por la idea del lucro, sino por patriotismo ... "El odio demostrado
hacia mí por los hacendados morelenses no me lo explico, como no sea porque
arrebaté a la explotación que por parte de ellos eran víctimas los obreros que
les enriquecían con el fruto de su sangre y de su sudor; comprenderán que, de
ser ciertas las acusaciones que se me dirigían, no hubiera venido como lo he
hecho a presentarme al señor Madero.
»"Ahora
voy a trabajar en el licénciamiento de los hombres que me ayudaron, para
después retirarme a la vida privada y volver a dedicarme al cultivo de mis
campos, pues lo único que anhelaba cuando me lancé a la Revolución era derrocar
al régimen dictatorial y esto se ha conseguido"».
Aparte
del endoso explícito a Madero, en las declaraciones de Zapata llama la atención
su insistencia en desmentir a los que dudaban de su desinterés. Es en ese
momento cuando habla de sus «tierras de labor», de su «establo», de sus «largos
años de honrado trabajo». Nada lo indigna más que la palabra «bandido».
Desea, en efecto, retirarse a la vida privada y disfrutar de su inminente matrimonio con la que seria su única mujer legítima: Josefa Espejo. Pero antes había que licenciar a las tropas y dejar Morelos bajo el mando de Raúl Madero (o de cualquiera, menos de Ambrosio Figueroa, o de los federales Blanquet y Huerta). El gobierno interino presiona para el primer objetivo. Zapata cede, pero no del todo. A mediados de agosto solicita al presidente De la Barra el redro de las fuerzas federales a cambio de la paz «en veinticuatro