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Historia de la Conquista del Perú
Introducción
El imperio del Perú, en tiempo de su invasión por
los españoles, abrazaba un territorio cuya extensión sorprende, puesto que no
bajaba de mil quinientas millas de norte a sur a lo largo del Océano Pacífico;
su anchura de Este a Oeste era mucho menos considerable, sirviéndole de límites
las grandes cordilleras de los Andes, que se prolongan del uno al otro de sus
extremos en toda su longitud. Como las demás comarcas del Nuevo Mundo, el Perú
estaba en su principio habitado por numerosas tribus errantes de groseros
salvajes, para quienes eran desconocidos los más sencillos procedimientos de la
industria. Sus primeros habitantes, si hemos de dar crédito a las tradiciones
que han llegado hasta nosotros, debieron haber sido uno de los pueblos más
bárbaros de América. Iban errantes en un estado de desnudez completa por los
bosques y selvas impenetrables que cubrían el suelo, puesto que no sabían servirse
de la producción del país sino para satisfacer sus necesidades del momento, y carecían
de toda noción de los principios que sirven para distinguir el bien del mal.
Los goces de la vida animal eran los únicos objetos de sus pensamientos, y su
mayor ambición consistía en procurarse los víveres que necesitaban.
Transcurrieron muchos siglos sin que cambiase en nada este deplorable estado;
ni los sufrimientos continuos, ni las privaciones extraordinarias a que estaban
sujetos pudieron hacer nacer en su espíritu la idea de mejorar su situación.
¿Cómo empezó pues a establecerse allí la
civilización? Ignórase completamente, debiendo atenernos para saberlo a los
datos por la tradición transmitidos. Según ella una de sus hordas errantes fue
visitada en las orillas del lago Titicaca por dos seres de distinto sexo, de majestuoso
continente y con decencia vestidos. Aquellos personajes singulares se
anunciaron como hijos del sol, encargados por el poder celestial de instruir y
civilizar a los hombres. Declararon que el grande astro del día veía con dolor
el estado miserable a que estaban los naturales por su ignorancia condenados, y
añadieron que si querían seguir exactamente sus lecciones, aumentarían
considerablemente los goces de su existencia. Los salvajes en su sencillez,
escucharon con profundo respeto las palabras de aquellos supuestos enviados del
sol, y prometieron fácilmente obedecer unos consejos que tan grandes ventajas
debían proporcionarles. Comenzaron a reunirse en gran número y pasaron con sus
guías a Cuzco, donde fundaron el primer establecimiento del país. La naciente
colonia, gracias a los esfuerzos de los nuevos legisladores, eficazmente
secundados por los habitantes que de buen grado se habían sometido a su
gobierno, empezó a tomar un aspecto próspero, y adquirió sucesivamente bastante
extensión e importancia para formar una gran ciudad. Según Garcilaso de la Vega
pasaban estos hechos unos cuatro siglos antes de la llegada de los españoles.
Manco Capac y Mama Ocollo (que así se llamaban
aquellos supuestos hijos del sol), alentados por el buen éxito obtenido,
prosiguieron en la tarea con tan buenos auspicios empezada. Llegaron nuevos
habitantes de todas partes, y como cada uno de ellos experimentaba las ventajas
de ese nuevo orden de cosas, no fue difícil persuadir a aquellos sencillos y confiados
salvajes que se sometiesen con una obediencia ciega a los que los instruían.
Manco Capac enseñó a los indios las artes útiles, y en especial la agricultura,
y Mama Ocollo adiestró a las mujeres en el arte de hilar y hacer tejidos.
Gracias al trabajo de los primeros la subsistencia fue menos precaria, al paso
que la industria de las últimas hacía más agradable la vida. Después de haber
atendido a los objetos de primera necesidad para una sociedad naciente, o lo
que es lo mismo, después de haber asegurado al pueblo grosero que tenía bajo su
dirección los medios de alimentarse, y de haberle proporcionado vestidos y
moradas, Manco Capac se ocupó en asegurar su felicidad estableciendo una
policía y leyes, de suerte que su colonia ofreció pronto la imagen de un estado
gobernado con regularidad. Multitud de tribus nómadas se reunieron a las que de
tal grado de prosperidad disfrutaban; no tardó en hacerse sentir la necesidad
de edificar nuevas ciudades, y viéronse levantar en poco tiempo hasta trece al
oriente y treinta al occidente de Cuzco.
Tal fue el origen del imperio de los incas o señores
del Perú. Manco Capac reinó de treinta a cuarenta años, constantemente respetado
y ciegamente obedecido por sus súbditos, que le miraban como un ser celestial.
Cuando vio acercarse su muerte, reunió en torno suyo a los principales
habitantes, y les hizo un largo razonamiento rogándoles que siguiesen con
escrupuloso esmero las instrucciones que les diera y las leyes que había
establecido para su bienestar y prosperidad. Mandó llamar a su hijo, que debía
sucederle, y le dio sabios y prudentes consejos sobre el modo como debía
conducirse para asegurar su propia felicidad y la de sus pueblos. El anciano
inca murió llorado de todo su pueblo, y tuvo por sucesor a su hijo Sinchi Roca,
príncipe de carácter belicoso, que extendió considerablemente el primitivo
territorio del imperio.
El reino fundado por Manco Capac continuó
prosperando bajo una serie de doce monarcas respetados no solamente como tales,
sino como divinidades: su sangre era mirada como sagrada, y no fue manchada
jamás por ninguna mezcla, pues estaba prohibido todo matrimonio entre los pueblos
y la raza de los incas. Los hijos de Manco Capac se casaban con sus propias
hermanas, y no podían subir al trono sin probar antes que no tenían más
antepasados que los hijos del sol. Tal era el título de todos los descendientes
del primer inca, y el pueblo estaba acostumbrado a mirarlos con la veneración
debida a seres de una jerarquía más elevada. Creíase que estaban bajo la
protección inmediata de la divinidad, de quien traían su origen y que todas las
voluntades del inca eran las de su padre el sol. Huana Capac, el duodécimo inca
después de la fundación del imperio, fue un príncipe de grande habilidad, y no
menos distinguido por sus virtudes en la paz, que por los talentos militares
que desplegó durante la guerra. Apoderose del vasto imperio de Quito; mas esta conquista,
si bien gloriosa, puede considerarse como la causa de la ruina del Perú, puesto
que la guerra civil que entre ambos países estalló después de su muerte,
facilitó no poco el triunfo de los españoles.
El carácter, la religión y las costumbres de los
peruanos ofrecían un contraste notable con las de los mexicanos. Mientras que
los primeros se distinguían por la dulzura y la bondad, mostrábanse los
segundos belicosos y sanguinarios. Desde el establecimiento de la monarquía de
los incas habíase verificado una revolución completa en aquellos lugares por
groseros salvajes habitados. Según el P. Valdera, los naturales de aquellas
comarcas eran, en su estado primitivo, tan crueles y bárbaros como los de las
demás partes del Nuevo Mundo. Su idolatría era tan absurda y grosera como la de
los mexicanos. Una roca o una montaña gigantesca, el mar o un río, animales
feroces, un árbol o una flor eran sucesivamente objetos de su adoración. Las
tribus de la costa adoraban el mar y la ballena, sin duda a causa de su enorme
grandor; al paso que las del interior tributaban culto a las fieras. Había
también en las fronteras del Perú algunas hordas que no tenían forma alguna de
culto, que parecían no conocer la influencia ni del temor, ni de la esperanza,
y que, en ese punto, vivían como brutos. La mitología empero de los peruanos,
aunque monstruosa, no tenía el carácter marcial que distinguía a la de los mexicanos;
y sin embargo manifestaban en sus sacrificios y en la elección de las víctimas
igual grado de ferocidad. Los sacrificios humanos eran frecuentes y el modo de
dar la muerte a la víctima era igualmente cruel y abominable. En las comarcas
de Panamá y de Darién, que Valdera supone haber sido pobladas y colonizadas por
tribus nómadas salidas de México, los habitantes eran tal vez, en lo relativo a
los sacrificios, los salvajes más bárbaros de América. Cuando tenían que
inmolar una víctima, la ataban completamente desnuda a un árbol, y luego los
individuos y los amigos de la familia que había hecho el prisionero, se reunían
en torno de él con sus hachas de piedra, cortaban las partes más carnosas de su
cuerpo y las comían con voracidad, mientras que el desgraciado contemplaba con sus
propios ojos aquel espantoso banquete, hasta que venía la muerte a poner fin a
sus tormentos. Las mujeres y los niños acostumbraban asistir a esos festines,
de suerte que contraían desde sus primeros años los más feroces instintos.
El modo como trataban los restos de las víctimas después
de terminado el sacrificio, merece fijar igualmente la atención. El que durante
su suplicio había lanzado gritos de dolor o dejado escapar alguna queja, era
entregado al desprecio: sus huesos eran sembrados por los campos o arrojados al
río. Mas si por el contrario había soportado sus sufrimientos con valor, sus
huesos eran llevados a un sitio elevado a fin de que el sol los secase siendo
después objeto de un culto especial. Tales prácticas estaban muy distantes de
merecer el nombre de religión, y puede decirse que bajo este punto de vista los
peruanos eran muy inferiores a los mexicanos, quienes en medio de su barbarie
observaban ceremonias y fiestas religiosas, y poseían un cuerpo de sacerdotes
de los falsos dioses.
Bajo el gobierno paternal de los incas los peruanos
se hicieron más humanos y más cultos: establecióse una forma de culto tan suave
y natural, como horribles habían sido las antiguas costumbres, trayendo para el
país los más felices resultados. Los incas fundaron desde el principio su gobierno
más bien sobre principios de bondad que sobre el miedo. Representaron al sol y
a la luna como divinidades bienhechoras, que deseaban la prosperidad de la raza
humana, y se alegraban de su felicidad; enseñaron que esas divinidades, lejos
de dejarse ganar por la efusión de sangre y los sacrificios bárbaros que los
naturales acostumbraban ofrecer a los objetos de su adoración, odiaban tan
repugnantes prácticas. Las ofrendas al sol debían estar en armonía con la
dulzura paternal de aquellos nuevos principios; así fue que se declaró que los
sacrificios más agradables a la divinidad eran los primeros frutos de la tierra
producidos por su vivificadora influencia: constituía la mayor parte de las
ofrendas plantas, frutos, leche y una bebida llamada anca, y si algunos seres
vivientes se sacrificaban, eran animales domésticos, notables por su
mansedumbre. Aboliose completamente el uso de los sacrificios humanos; si bien
muchos historiadores pretenden que subsistieron aun después del establecimiento
del imperio de los incas. Quizás continuaron tales abominaciones en los
distritos más apartados de la vista del soberano y donde no había penetrado la
civilización, mas, según observa Garcilaso de la Vega, no fueron jamás ni
sancionadas ni autorizadas por los incas.
El templo del sol en Cuzco era servido por un cuerpo
regular de sacerdotes, que debían ser todos de sangre real, y el gran sacerdote
tío o hermano del monarca. Al unir el poder civil al religioso, el legislador había
tenido por objeto aumentar la fuerza de la monarquía, y a fin de que los incas,
considerados como descendientes del sol y de la luna, tuviesen con esto un
doble derecho a la veneración religiosa y al respeto de sus súbditos. Los
sacerdotes no se distinguían ni por el traje, ni por ningún signo particular,
sino que vestían como el resto de la población. En las demás provincias del
imperio las personas consagradas al servicio de la divinidad no debían ser de
sangre real; bastaba que perteneciesen a las principales familias; pero su jefe
debía ser un inca. Todas las vírgenes de real prosapia estaban reunidas en un
edificio especial, y formaban una especie de comunidad consagrada al sol.
Extraños a las prácticas bárbaras que manchaban los
altares de las divinidades de los otros países de América, y a consecuencia de
la superstición llena de dulzura que habían adoptado, los peruanos llegaron a
ser el pueblo más pacífico del Nuevo Mundo. Hasta en las guerras los incas mostraban
un espíritu diferente del que reinaba en las demás comarcas: combatían, hacían
conquistas, mas no para destruir a sus enemigos, sino para civilizarlos. Los
vencidos no eran tratados como miserables esclavos destinados a ser
sacrificados y condenados a una innoble servidumbre, sino que eran admitidos a
participar de las mismas ventajas, y colocados, bajo todos los respetos, en la
misma categoría que los vencedores.
El carácter de los peruanos no era belicoso, y su
amor a la paz les fue fatal, en cuanto contribuyó a favorecer los triunfos de
los españoles. En casi todas las demás regiones del Nuevo Mundo los naturales opusieron
una tenaz resistencia a los extranjeros que invadían su país, y se defendieron
con valor y obstinación. Si Cortés logró someter a los mexicanos, debiolo a un
esfuerzo extraordinario de resolución y de perseverancia, mientras que en el
Perú, por el contrario, las armas españolas encontraron tan sólo una débil
resistencia. A pesar del escaso número de soldados de Pizarro y Almagro; a
pesar de la inmensa población que obedecía a Atahualpa, la conquista del Perú
se hizo con mucha facilidad; y fuese debilidad o temor, ni aun supieron
aprovecharse de las ocasiones favorables que para defender su independencia les
dieron con sus disensiones los españoles.
A pesar de la dulzura de su carácter los peruanos
conservaban todavía una costumbre bárbara que remontaba a una grande
antigüedad: tal era el inmolar sobre su tumba, a la muerte de un inca o de
algún otro personaje de distinción, un gran número de individuos, a fin de que
el ilustre finado hiciese su entrada en el otro mundo con el acompañamiento y
el esplendor correspondientes a su rango. Observábase esta costumbre con escrupulosa
exactitud, y se asegura que a la muerte de un inca poderoso no bajaban de mil
las víctimas que se inmolaban. Era esto ciertamente un resto de barbarie en
contradicción con las nuevas costumbres de los peruanos; mas no el único rasgo
que quedaba de su estado salvaje. Tenían otra costumbre, universalmente
rechazada hasta por pueblos que empiezan a civilizarse, a saber, el comer sin
cocerlos la carne y el pescado, sin embargo de que conocían el uso del fuego,
puesto que se servían de él para preparar las legumbres y el maíz.
El derecho de propiedad no estaba establecido con
tanta precisión en el Perú como en México. La tierra estaba allí dividida en
tres partes, la una consagrada a la divinidad, la otra reservada a los incas, y
la tercera perteneciente en común al pueblo. La primera servía para la
construcción de los templos, el culto y la manutención de los sacerdotes; los
incas empleaban la segunda para los gastos del gobierno, y la última, que era muy
considerable, se distribuía entre todo el pueblo. La posesión empero no era ni
hereditaria ni permanente, puesto que se verificaba una nueva división cada
año, haciéndose la distribución según la categoría y las necesidades de las
diferentes familias. Las tierras se cultivaban en común: había un empleado
encargado de llamar el pueblo al trabajo, y mientras que se ocupaba en él se le
recreaba con el sonido de instrumentos. Este sistema daba felices resultados.
La necesidad de ayudarse mutuamente y la comunidad de intereses engendraban
naturalmente sentimientos de amistad y de afecto, que estrechaban más y más los
lazos de la sociedad. Así pues los peruanos podían ser considerados como una
gran familia, obrando por los mismos intereses y trabajando de consuno para
llegar al mismo fin.
No debe deducirse de lo que antecede que existiera
una igualdad perfecta entre todos los miembros de la comunidad; la diferencia
de clases estaba por al contrario perfectamente marcada y se hallaba extendida
en todo el imperio. Un gran número de individuos, conocidos con el nombre de Jenoconas,
eran tenidos en estado de servidumbre; sus vestidos y habitaciones se
diferenciaban de los vestidos y habitaciones de los hombres libres; se les
empleaba en acarrear pesos y en todos los trabajos de fatiga. Superiores a
ellos eran los hombres libres que no poseían ningún empleo y ninguna dignidad
hereditaria. Seguían después los que los españoles llamaban Orejones, a causa
de los adornos que llevaban en las orejas. Éstos formaban lo que se podría
llamar el cuerpo de los nobles, y ejercían, tanto en tiempo de paz como en la
guerra, los empleos importantes o de más responsabilidad. Al frente de la
nación estaban los hijos del sol, los cuales por su nacimiento y sus
privilegios eran tan superiores a los orejones, como lo eran éstos a los demás
ciudadanos.
La agricultura era la ocupación preferente de los
peruanos, y habían hecho en ella grandes progresos. Ocupábanse en la misma con
mucho esmero, y daban más importancia a la cultura de la tierra que ningún otro
pueblo de América. Los trabajos agrícolas eran ejecutados por orden y bajo la vigilancia
del gobierno, el cual por medio de sus agentes determinaba la cantidad de
tierras que debían cultivarse, y el modo de hacerlo, sin dejar nada al capricho
o a la ignorancia de los particulares. A consecuencia de este sistema nunca se
experimentaban las desgracias que siguen a un año estéril, porque la porción
puesta aparte para el sol y los incas nunca se consumía del todo, y el
sobrante, que era depositado en almacenes públicos, formaba un repuesto para
los tiempos de carestía. Los peruanos no conocían el uso del arado, y en su
lugar se servían de una especie de azadas, con las cuales removían la tierra.
Este trabajo, aunque penoso y en apariencia servil, no era considerado como
degradante: ocupábanse igualmente en él los dos sexos, y hasta los incas, a fin
de alentar la agricultura y darle importancia, cultivaban un pedazo de tierra
por sus propias manos.
Si bien las faenas agrícolas eran las principales
ocupaciones de los peruanos, aplicábase igualmente su industria a otros
objetos. Estaban bastante adelantados en la arquitectura: en las provincias
situadas en climas calurosos, sus habitaciones estaban construidas en la forma
más ligera; al paso que en los distritos que no gozaban de las mismas ventajas,
eran sus casas más sólidas, de ladrillos cocidos al sol, de forma cuadrada, de
ocho pies de alto y sin ninguna ventana. Mas en las construcciones de los
templos del sol y de los palacios de los incas mostraban los peruanos de cuánto
eran capaces. Las ruinas que se encuentran aún en las diferentes provincias
prueban suficientemente que esos monumentos son obra de un pueblo que está muy
distante del estado salvaje. Aquellos edificios sin embargo eran más notables
por su solidez y su extensión que por su altura. El templo de Pachacamac, con
el palacio del inca y una fortaleza ocupaba más de media legua de terreno, sin
que su altura pasase de doce pies; mas nada tiene eso de extraño, puesto que no
teniendo ningún conocimiento en mecánica, los peruanos debían hallar mucha dificultad
en elevar grandes piedras más arriba de cierta altura.
Pero lo que sobre todo atestigua la industria de
este pueblo es la construcción de dos caminos de Cuzco a Quito, de más de
quinientas leguas de extensión cada uno, el mayor de los cuales pasaba por los
distritos montañosos y el otro por las llanuras inmediatas al mar. Los primeros
historiadores del Perú que vieron estos caminos hablan de ellos con tanta
admiración y entusiasmo, que se siente uno inclinado a comparar los trabajos de
los incas a las antiguas vías militares, que subsisten aún como monumentos del
poder romano. «Hemos quedado sorprendidos, dice el célebre viajero Humbold, al
encontrar en alturas que exceden de mucho a la de la cima del pico de Tenerife,
los restos magníficos de un camino construido por los incas del Perú. Aquella
calzada, bordada de grandes sillares, puede compararse a los más hermosos
caminos romanos que he visto en Italia, Francia y España: está perfectamente
trazada, y conserva la misma dirección en una longitud de seis u ocho
miriámetros.» El mismo autor dice en otra parte: «El gran camino del inca, una
de las obras más útiles a la vez que más gigantescas que los hombres hayan
ejecutado, está todavía muy bien conservado en varios puntos.»
Abriendo caminos los peruanos se vieron naturalmente
llevados a procurar a su país otra ventaja igualmente desconocida al resto de América.
El camino de los incas en su dirección del sur al norte se halla cortado por
torrentes que salen de los Andes para perderse en el océano occidental. Su
rapidez, unida a la frecuencia y a la violencia de las inundaciones que
ocasionan, hacía su navegación imposible: era preciso pues inventar algún
expediente para atravesarlos. Los peruanos, que ignoraban el arte de construir
arcos y no sabían trabajar la madera, no podían hacer puentes ni de esta
materia ni de piedra. La necesidad les sugirió un medio de suplir esta falta: hacían
cables de mucha resistencia, entrelazando juntos el mimbre y los bejucos de que
el país abunda; tendían de una a otra orilla seis cables paralelos entre sí y
fuertemente atados por cada extremo; sujetábanlos unos a otros con otras
cuerdas más pequeñas, bastante juntas para formar una especie de red que,
cubierta después con ramas de árboles y tierra formaba un puente por el cual se
podía pasar con bastante seguridad. Había en cada puente personas encargadas de
conservarlos y de ayudar a los viajeros. En los países llanos, donde los ríos
eran más hondos y más anchos, y tenían una corriente menos rápida, los pasaban
en balsas que construían y guiaban con una destreza que prueba su superioridad
sobre los demás pueblos de América. Toda la industria de éstos se limitaba al
uso del remo, al paso que los peruanos se habían atrevido a arbolar sus
pequeños buques y llevarlos a la vela, de suerte que no tan sólo sabían
aprovecharse del viento para navegar con más velocidad, sino que hasta podían
virar de bordo con una prontitud extremada.
La industria de los peruanos no estaba limitada a
los objetos de mera utilidad, sino que habían hecho algunos progresos en las
que se pueden llamar artes de lujo. Trabajaban los metales preciosos, que abundaban
en su país, con una habilidad igual, si no superior, a la que empleaban los
mexicanos para sus adornos; y si bien los españoles estaban acostumbrados a
admirar en México este género de industria, quedaron sorprendidos de lo que
vieron en el Perú, cuyos naturales fabricaban, con un arte admirable, espejos
por medio de una piedra brillante que les proporcionaba el suelo, vasos de
tierra de diferentes tamaños y forma, e instrumentos de muchas clases; siendo
más de admirar la destreza que en la fabricación de aquellos objetos
manifestaban, cuanto que carecían de medios mecánicos y no conocían el hierro.
A pesar de estas observaciones encaminadas a probar que los peruanos habían
dado algunos pasos en la civilización, fuerza es convenir que bajo otros
respetos no habían hecho grandes progresos en la vida social. El imperio de los
incas, aunque de una inmensa extensión y encerrando una población numerosísima,
carecía de grandes ciudades, indispensables para asegurar la prosperidad y la
cultura de un pueblo. En la época de la invasión de Pizarro, Cuzco era el solo lugar
que pudiese compararse a una ciudad; todo lo demás era un inmenso desierto en
el cual estaban diseminadas aldeas y habitaciones aisladas. La falta de esos
grandes centros de moradores era un obstáculo para que la población
pudiese desarrollarse. El perfeccionamiento de las costumbres y de las artes
debió ser tan lento y difícil, que, como observa con razón Robertson, «debe
extrañarse, no que los peruanos no hubiesen hecho más progresos en la civilización,
sino que hubiesen adelantado tanto.»
La distinción entre las profesiones y la variedad de
los trabajos no eran ni tan completos, ni tan marcados como en México; la única
clase separada de la masa general era la de los operarios que trabajaban en objetos
de adorno. Desconocíase también todo lo que se parecía a comercio, puesto que
las más simples operaciones de cambio sólo empiezan a establecerse cuando los
hombres se reúnen en gran número. No había en el Perú ni un solo mercado
público, y el trabajo en común hacía que hubiese pocas comunicaciones entre las
provincias, a no ser en tiempo de guerra, o cuando los incas visitaban su
inmenso imperio; en cuyo caso los príncipes y su acompañamiento hacían alto en
los tambos o almacenes colocados de distancia en distancia en todo el país,
para atender a las necesidades del soberano y de su numerosa comitiva.
Si se examina la legislación de los peruanos se ve
que debía ser tan sencilla como sus costumbres. En efecto el gobierno absoluto
de los incas estaba de tal suerte unido a sus dogmas religiosos, que todo
delito era considerado como una transgresión de las leyes humanas a la vez que como
una ofensa directa a la divinidad. Con tales ideas las reglas de legislación
eran sencillas y las penas severas. Dominaba en ellas el rigor: las faltas
ligeras y los más grandes crímenes recibían el mismo castigo, que en casi todos
los casos era la muerte. Pero al propio tiempo no se hacía recaer nunca en los
hijos la pena del crimen cometido por los padres, dejándoles que conservasen
sus bienes y sus dignidades. Por lo demás aquella severidad excesiva imponía a
los peruanos un terror respetuoso, siendo en extremo limitado el número de los
culpables.
La sumisión de este pueblo a sus soberanos era
ciega. Los más poderosos y elevados entre sus súbditos miraban a los incas como
seres de una naturaleza superior; y cuando eran admitidos a hablarles, se presentaban
ante ellos con un bulto en las espaldas, como emblema de su servidumbre y de su
disposición a someterse a las voluntades del príncipe. El monarca no tenía
necesidad de la fuerza para hacer ejecutar sus órdenes. Todo oficial encargado
de ellas era objeto del respeto de todos, y según Zárate, podía recorrer el
imperio en toda su extensión sin encontrar el menor obstáculo; puesto que con
sólo enseñar una franja del borla, adorno particular del inca reinante, era
dueño de la fortuna y de la vida de todos los ciudadanos.
Según la tradición peruana hacía cuatrocientos años
que el imperio subsistía; pero nadie ha podido probar la certeza de esta
antigüedad, porque ignorando este pueblo el arte de escribir, carecía del único
medio por el cual se puede conservar con alguna exactitud la memoria de los acontecimientos.
Algunos escritores han pretendido que los quibos o nudos de cordones de
diferentes colores usados en el Perú, fuesen los anales regulares del imperio;
mas como los nudos, de cualquier manera que estuviesen variados y combinados,
no podían representar ninguna idea abstracta, tampoco podían dar a conocer ni
las operaciones, ni las cualidades del espíritu. Eran de escasa utilidad para
conservar la memoria así de los antiguos acontecimientos como de las
instituciones políticas, y por otra parte, y esto es lo más importante, ninguno
de los que han tenido esos quibos entre las manos ha podido deducir de ellos el
menor dato: así pues es una cuestión de pura curiosidad.
Reasumiendo lo que antecede diremos, que el
principio dominante en las instituciones, costumbres y carácter de los peruanos
era la dulzura, y que causa extrañeza encontrar un pueblo cuyas disposiciones
fuesen tan poco belicosas entre las tribus salvajes que poblaban el Nuevo
Mundo. Salvo una circunstancia, no veremos en ninguna parte de esta historia a los
peruanos oponerse a la conquista de los españoles, ni asistiremos, como en
la conquista de México, a los esfuerzos desesperados de los naturales para
rechazar a los extranjeros que iban a reducirlos a la esclavitud. No nos
faltarán sin embargo escenas de combate y sucesos militares, pero en todos los
campos de batalla veremos españoles combatiendo contra españoles: sea cual
fuere el vencedor, sólo sangre castellana enrojecerá el suelo del Perú; y los
peruanos permanecerán espectadores impasibles de esas luchas desastrosas, cuyo
resultado será siempre el mismo para ellos: la pérdida de la libertad, los
trabajos excesivos, los malos tratamientos y la muerte.
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