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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo IX
Leyes y reglamentos promulgados por el emperador acerca de los asuntos
del Perú.- Es enviado a él Núñez Vela en calidad de virrey.- Mal efecto producido
por los nuevos reglamentos.- Violenta conducta del virrey con Vaca de Castro.
Mientras que ensangrentaban el Perú estas escenas de
violencia, el emperador y sus ministros preparaban leyes con las cuales creían restablecer
el orden y la tranquilidad en las colonias españolas del Nuevo Mundo. Las
numerosas revueltas que habían agitado al Perú, y que hubieran comprometido la
conquista a tener los naturales un carácter más belicoso, llamaban hacía
algunos años la atención de la corte de España. Todo el mundo sentía la
necesidad de poner término a esas envidias particulares, a esas facciones, a
esas tramas, origen de tantas calamidades. Mas el carácter especial de aquel
país, su distancia de la metrópoli, y el genio inquieto y violento de los
conquistadores hacían esta tarea difícil y delicada.
Desde que fue descubierta América hasta la época a
que se refiere nuestra historia, las diferentes conquistas llevadas a cabo en
aquellas regiones lo habían sido por simples particulares y a sus propias
expensas, y sin que la corona hubiese cooperado a ellas en nada. Los
importantes sucesos que tuvieran lugar en Europa durante los reinados de
Fernando y de Carlos, habían impedido a estos soberanos atender a los nuevos
intereses que debían resultar de tantos y tan notables descubrimientos y
conquistas. Aquellas expediciones tenían muchas veces lugar sin conocimiento
del gobierno, y los aventureros, sabiendo que únicamente podían hallar la justificación
de su conducta en el favorable resultado de sus tentativas, mostrábanse
infatigables en sus esfuerzos.
La corona sacaba un provecho inmenso de esas
empresas que nada le habían costado, porque la soberanía de los países
conquistados y el quinto del botín pertenecían de derecho al monarca. Mas este
sistema de guerra independiente ofrecía por otra parte muchos inconvenientes.
Los conquistadores de cada país se repartían el territorio entre sí como recompensa
de sus servicios, y estas distribuciones irregulares daban origen a numerosos
actos de violencia y de injusticia, que no estaba en manos del gobierno evitar.
Los aventureros, demasiado codiciosos e ignorantes para tener ideas de orden y
ocuparse en lo porvenir, no pensaban sino en acumular de prisa riquezas, sin
tener el menor escrúpulo acerca el modo de adquirirlas, y sin examinar si su
rapacidad podía traer en pos de sí la ruina de los países que acababan de
descubrir. Existía sobre todo un abuso, cuya pronta reforma reclamaban, no
menos que la política, la justicia y la humanidad: tal era el que los
aventureros consideraban como propiedad suya a los naturales del país que
descubrían, y se los repartían como rebaños, imponiéndoles trabajos excesivos,
que eran una fuente de riquezas para los crueles dominadores del Nuevo Mundo. Los
indios, naturalmente indolentes y poco a propósito por su constitución para
soportar semejantes trabajos, perecían en tan gran número, que el Consejo de
Indias llegó a temer seriamente ver llegar el momento en que el soberano en vez
de reinar sobre extensas y pobladas comarcas, no gobernaría más que en
estériles y áridos desiertos.
La deplorable situación de los indios de la Española
había excitado ya la compasión de un piadoso eclesiástico, cuyo nombre brilla
con un resplandor más vivo que el de ninguno de los conquistadores del Nuevo Mundo.
El venerable P. Bartolomé de las Casas había reclamado con todo el ardor de la
caridad cristiana en favor de los americanos. El interés personal de algunos
cortesanos influyentes había impedido al Consejo de Indias escuchar sus justas
reclamaciones; pero esto no había hecho sino enardecer más y más el celo del
religioso, que sólo aguardaba una ocasión propicia para renovar con mayor calor
sus cargos. Las Casas se encontraba de misión en Madrid, cuando recibió los
informes que llegaban del Perú, contestes todos en señalar la prodigiosa
mortandad de los indios. El momento le pareció favorable, y resolvió redoblar
sus esfuerzos y no dejarse detener por ningún obstáculo en el cumplimiento de sus
caritativos proyectos.
La penetrante elocuencia de que estaba este
religioso dotado sacaba mayores bríos de su carácter de testigo ocular de las
escenas de desolación, cuyo cuadro trazaba. Describía con irresistible
indignación los horribles tormentos con que había visto abrumados a los indios,
y hacía estremecer al demostrar que en menos de cincuenta años había
desaparecido casi por completo la población de las islas y que amenazaba igual
suerte a la del continente. En sus memoriales a la corte y en sus sermones no
cesaba de pedir la emancipación de los indios, como el único medio de impedir
la total extinción de su raza. Hacia la misma época publicó su obra titulada:
La destrucción de América, en la cual pinta con los más vivos colores la
influencia fatal de los españoles en el Nuevo Mundo, y el horrible destino de
sus naturales.
Inmensa fue la sensación que este libro produjo en
toda España. El virtuoso prelado, aprovechando un momento en que Carlos había
vuelto a Madrid después de una larga ausencia, presentose ante él, y con su vigorosa
elocuencia le hizo presente que era para él un deber de conciencia el mejorar
la suerte de los indios. Los ocios de la paz permitieron en fin al monarca
ocuparse en los asuntos del Nuevo Mundo. Prometió a Las Casas examinar su
petición; mas su intento no se reducía tan sólo a endulzar la desgraciada
situación de los indios; quiso, al tomar medidas legislativas en su favor,
aprovecharse de esta circunstancia para poner un freno a la licencia de los españoles,
formulando para sus nuevos estados un código de leyes, y nombrando funcionarios
encargados de hacerlas ejecutar, sin que hubiese necesidad de acudir al
gobierno de Madrid para recibir instrucciones en las circunstancias graves.
Habíase en efecto hecho necesaria una legislación
especial: el gobierno veía no sin recelo las inmensas riquezas adquiridas por
algunos aventureros, y que podían convertirse en sus manos en instrumentos peligrosos.
Carlos creyó necesario reformar este abuso, que excitaba ya la envidia y la
indignación de los grandes de su corte. Así pues reunió el Consejo de Indias y
con su asistencia redactó un código de leyes y de reglamentos que le parecieron
satisfacer las necesidades del momento. Este código fue firmado el 20 de
noviembre de 1542, dos meses después de la batalla de Chupas, y antes que fuese
ésta conocida en Europa. Estas leyes arreglaban la constitución y los poderes
del Consejo supremo de las Indias, la extensión de la jurisdicción y la
autoridad de las audiencias reales en las diferentes partes de América, y por
último todo lo que se refería a la administración de justicia y al gobierno eclesiástico
o civil. Dichas leyes fueron por lo general bien recibidas, mas añadiéronse a
ellas reglamentos que excitaron una alarma universal y causaron las más
violentas agitaciones. Como se creyó que las concesiones de terreno habían sido
hechas sin discreción, se autorizó a las Audiencias reales para reducirlas a
una extensión más moderada. A la muerte de su actual poseedor las tierras y los
indios que le habían sido concedidos no debían pasar a la viuda y a sus hijos,
sino volver a la corona. Los indios debían estar en adelante exentos del
servicio personal, y no se les podía obligar a llevar los equipajes en las marchas,
ni a trabajar en las minas, emplearlos como buzos en la pesca de las perlas:
fijábase el tributo que debían satisfacer a sus señores, y debía pagárseles
como sirvientes alquilados por todos los trabajos que hiciesen voluntariamente.
Toda persona que hubiese ejercido o ejerciese todavía destinos públicos, los
hospitales y monasterios debían ser despojados de las tierras y de los indios
que poseyesen, y ser aquéllas incorporadas a la corona. Por último todos los
habitantes del Perú implicados en la querella de Pizarro y de Almagro, debían
ser desposeídos también de sus tierras y de sus indios, en provecho del
monarca.
En vano los ministros representaron al rey que los
españoles establecidos en el Nuevo Mundo no podían convertir en valores los extensos
terrenos de que se habían apoderado, y que los indios naturalmente indolentes y
perezosos se negarían al trabajo desde el momento que no se los obligase a él;
en vano manifestaron el temor de ver secarse de esta suerte fuentes de
riquezas, que tan productivas empezaban a ser para la metrópoli; Carlos,
fuertemente aferrado a sus ideas, rehusó escuchar aquellos avisos, y eligió
para hacer ejecutar sus decretos hombres conocidos por su carácter firme y
despótico, nombrando gobernador del Perú, con el título de virrey, a Blasco
Núñez Vela. A fin de que su autoridad fuese más imponente de dar fuerzas a su
administración, estableció en Lima una audiencia real, donde debían funcionar
como jueces cuatro afamados jurisconsultos.
En cuanto fueron conocidos en el Perú los nuevos
reglamentos manifestose un profundo disgusto. Los conquistadores de ese país,
nacidos en su mayor parte en las clases inferiores y embriagados por sus inmensas
riquezas en poco tiempo adquiridas, se entregaban a una licencia sin límites,
licencia que favorecían la distancia de la metrópoli y su estado de anarquía y
de confusión, consecuencia precisa de tantas guerras civiles. Concíbese por
consiguiente el despecho y consternación que debió producir entre aquellos
turbulentos aventureros el anuncio de una legislación severa que iba a poner un
freno a sus pasiones, y arrebatarles una fortuna que miraban como justa
recompensa de sus trabajos y de sus sufrimientos. En cuanto los reglamentos
fueron conocidos, juntáronse todos, hombres y mujeres, éstas llorando, aquellos
declamando contra la injusticia y la ingratitud del soberano que les privaba de
sus bienes, sin siquiera haberles oído. «¿Es éste, decían, el premio de tantos
males como hemos sufrido, de tantos peligros como hemos arrostrado para servir
a la patria? ¿Cuál de nosotros hay, por grande que sea su mérito, por irreprochable
que haya sido su conducta, que no pueda ser condenado en virtud de alguna de
esas nuevas leyes, en términos tan vagos y generales concebidas, que al
redactarlas no parece sino que se ha tenido la intención de tendernos a todos
un lazo?»
Fue tal la exasperación pública, que los
descontentos se reunieron para concertar los medios de oponerse con la fuerza a
la entrada del virrey y a que la nueva legislación fuese promulgada; Vaca de
Castro, con la prudencia y la habilidad que le caracterizaban, esforzose en
conjurar la tormenta que amenazaba estallar. Había resuelto conformarse a las disposiciones
tomadas por el rey, pero sabía que era preciso desplegar una grande habilidad
para determinar a los españoles a someterse a los grandes sacrificios que se
les exigía. Convocó a los principales habitantes, y les prometió que en cuanto
llegasen el virrey y los individuos de la Audiencia les presentaría él mismo
las quejas de los colonos, y que les pediría que permitiesen llegar sus
humildes representaciones al soberano, para suplicarle que tuviese a bien
modificar las disposiciones que más lastimaban los intereses de los colonos.
Vaca de Castro esperaba aún que algunas ligeras concesiones podrían disipar
aquellos síntomas alarmantes que amenazaban al Perú; mas para alcanzar este
resultado hubiera sido preciso que el virrey juntase la moderación a la
firmeza, y poseyese una prudencia exquisita. Desgraciadamente Núñez Vela
carecía de todas estas cualidades. De áspero carácter y de una rígida
severidad, considerábase únicamente como encargado de hacer ejecutar las
órdenes de su soberano, y creía que debían emplearse, si preciso era, los
medios más violentos para llegar a este resultado.
En cuanto el virrey tomó tierra en Túmbez, el 4 de
marzo de 1544, comenzó a obrar de manera que quitaba toda esperanza de un acomodamiento.
Por todas partes a su paso puso a los indios en libertad, privó de sus tierras
y de sus trabaj adores a todos los que desempeñaban algún destino, y para dar
un ejemplo notable de la estricta observancia de las nuevas leyes, no quiso
permitir que su equipaje fuese llevado por los indígenas. Su marcha parecía más
bien una invasión hostil, que la entrada de un virrey que iba a tomar posesión
de su gobierno. Su llegada produjo en los pueblos una consternación que aumentó
todavía más al contestar a las primeras representaciones que le fueron
dirigidas que había venido, no para discutir el mérito de los reglamentos, sino
con la firme resolución de hacerlos ejecutar en todas sus partes. Esta
declaración severa iba acompañada de maneras altivas y arrogantes, que chocaron
grandemente a los veteranos del Nuevo Mundo, poco acostumbrados a respetar la
autoridad civil.
Desde entonces Vaca de Castro perdió toda esperanza;
mas estaba lejos de aguardar la suerte que le estaba reservada. Había partido
para salir al encuentro del virrey, y a fin de dar una prueba mayor de respeto
hacia el representante de su soberano, se había hecho
acompañar por un numeroso cortejo compuesto de los más distinguidos habitantes.
En el camino recibió un mensaje de Núñez Vela intimándole que depusiese su
autoridad. Vaca de Castro obedeció al momento, y continuó adelantándose
resuelto a obedecer al nuevo virrey; mas si él se resignó de buen grado, los
que le acompañaron no pudieron ver sin enojo el orgullo y la dureza de Núñez Vela.
Volviéronse a Cuzco indignados de su conducta, y llenos de terror al ver
puestos en tales manos la vida y los bienes de los españoles.
Sabedor Vaca de Castro de que habían informado al
virrey contra él, y que le habían dicho que venía al frente de un partido
armado, rogó a los amigos que le acompañaban que le dejasen, para no dar lugar
a que se sospechase de su conducta, y envió un mensajero al virrey para
asegurarle de su perfecta sumisión.
El ex gobernador encontró al virrey a tres leguas de
Lima y se presentó a él con las manifestaciones del más profundo respeto. Los diputados
de la ciudad de Lima dirigieron a Núñez Vela algunas observaciones llenas de
moderación sobre los reglamentos, mas éste manifestó en los términos más
precisos su determinación de cumplir rigurosamente sus funciones, y hasta
declaró que consideraría como un acto de traición y de rebeldía toda tentativa
que se hiciese para obligarle a desviarse de la línea de conducta que se había
propuesto seguir. A pesar de las penosas sensaciones causadas por esta respuesta,
Núñez Vela obtuvo una acogida digna de su rango; recorrió las calles rodeado de
una gran pompa, y luego pasó a la catedral, desde donde, después de haber
asistido al santo sacrificio de la misa, se dirigió al palacio de Pizarro, destinado
para su morada.
A pesar de haber aparentado que quedaba satisfecho
de la conducta por Vaca de Castro observada, no dejaba el virrey de desconfiar
de él, y como supiese al día siguiente que los jefes que habían regresado a
Cuzco habían promovido en esta ciudad una especie de asonada, atribuyó este
movimiento a la influencia de su predecesor.
En su consecuencia le hizo arrestar y se apoderó de
todos sus bienes. Sin embargo y a consecuencia de las observaciones que se le
hicieron, le mandó sacar de la cárcel pública y retenerle en un sitio más
decente, después de haber recibido de los principales habitantes de Lima una
fianza de cien mil escudos, que éstos consintieron en entregarle, a pesar de no
estar en perfecta armonía con Vaca de Castro.
No se limitó el virrey a este acto de rigor; muchos
ciudadanos distinguidos fueron presos, otros desterrados, y algunos condenados
a muerte por haberse resistido a sus disposiciones tiránicas. Mas esta severidad
intempestiva, lejos de producir el efecto que de ella esperaba, sólo sirvió
para arrastrar al país a un abismo de males. Agotose el sufrimiento de los
españoles, quienes resolvieron seriamente sacudir el yugo tiránico que los
abrumaba.
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