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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo VIII
Es reconocido gobernador del Perú el joven Almagro.- Oposición que
encuentra.- Llegada de Vaca de Cabra.- Renuévase la guerra civil.- Batalla de
Chupas.- Proceso y suplicio de Almagro.
En cuanto Pizarro hubo exhalado el último aliento
los conspiradores se diseminaron por la ciudad, blandiendo sus espadas y
proclamando la caída del tirano. Mientras que los amigos de Pizarro y los
indiferentes, sobrecogidos de espanto, no sabían qué partido tomar, Herrada, aprovechándose
sin pérdida de tiempo de aquella primera ventaja, hizo montar a caballo al
joven Almagro y le hizo recorrer todas las calles, en medio de las aclamaciones
de sus amigos. Los conjurados convocaron acto continuo al cabildo o
ayuntamiento, y le obligaron a reconocer a Almagro gobernador del Perú, en
virtud de los derechos que tenía por su padre. Esta ceremonia, con tanta
violencia exigida, no encontró ninguna oposición, y en atención a que Almagro
era demasiado joven para encargarse él mismo del mando, Herrada fue investido
con las funciones de vicegobernador, objeto secreto de sus ambiciosas miras. Muchos
de los partidarios del antiguo caudillo fueron desterrados o presos por los más
fútiles pretextos, y otros, entre ellos el secretario Picado y el alcalde
Velázquez, que habían escapado a la matanza, fueron ajusticiados sin formación
de causa. El buen éxito de la conspiración arrastró a un buen número de
soldados de Pizarro a las banderas del nuevo gobernador, que se halló muy
pronto al frente de ochocientos hombres de las mej ores tropas del Perú.
A pesar de sus primeros logros, los conspiradores no
tardaron en apercibirse que los españoles de las otras colonias no aprobaban el
cambio brusco que acababa de verificarse. Es verdad que Pizarro era más temido que
amado; pero los que no tenían motivos personales para aborrecerle, llenáronse
de horror a la noticia de su asesinato, y olvidaron lo que pudo haber habido en
su conducta de reprensible, para no acordarse más que de sus anteriores
servicios. Cuando Almagro envió mensajeros para que su autoridad fuese
reconocida, muchos capitanes, mirándole como un usurpador, se negaron a
someterse a su jurisdicción, hasta que fuese por el emperador sancionada.
En Cuzco fue sobre todo donde se manifestó la
oposición más abiertamente. Nuño de Castro, Pedro Anzares y Garcilaso de la
Vega, capitanes todos de un mérito distinguido, y todos amigos de Pizarro y fieles
a su memoria, se declararon contra los rebeldes y preparáronse para la
resistencia.
Reuniéronse las autoridades, y después de haber oído
una misa solemne, procedieron al nombramiento de su comandante, que debía
ejercer el poder hasta la llegada del comisario real, Vaca de Castro. La
elección recayó en Álvarez de Holguín, que se había manifestado constantemente
hostil a la facción de Almagro. El primer acto de este jefe fue reclutar soldados,
a cuyo efecto publicó proclamas invitando a los buenos españoles a que se
agrupasen en torno del estandarte real para combatir a los traidores y
rebeldes. Este llamamiento a la lealtad castellana fue favorablemente acogido:
por respeto a la autoridad real, o por efecto tal vez de su genio turbulento,
muchos colonos renunciaron a su indolente tranquilidad y quisieron tomar parte
en la nueva lucha que se preparaba. Los dos partidos tenían una idea demasiado
elevada de sus respectivas fuerzas para que ni uno ni otro cediese, y en vez de
ocuparse en entablar negociaciones sin resultado, no pensaron más que en
aumentar los recursos con que para el triunfo contaban.
En medio de tan críticas circunstancias fue cuando
llegó al Perú Vaca de Castro, después de un largo y penoso viaje. Arrojado por
la tempestad a una pequeña ensenada de la provincia de Popayán, se trasladó por
tierra a Quito. En el camino supo el asesinato de Pizarro y los diversos acontecimientos
que acababan de tener lugar; publicó al momento el real decreto que le nombraba
gobernador del país y le confiaba iguales poderes a los que había gozado su
predecesor, siendo reconocido sin dificultad por Benalcázar, que mandaba en
Popayán, y por Pedro de Puelles, a quien Gonzalo había dejado encomendada su
autoridad al salir de Quito. Vaca de Castro dio muestras de que poseía
talentos, cual los requerían las difíciles circunstancias en que se hallaba.
Con su crédito y su habilidad reunió muy pronto un cuerpo de tropas suficientes
para hallarse en estado de hacer respetar su poder. Mandó jefes de su confianza
a las diversas colonias para hacer notificar legalmente en todas ellas su
llegada y misión, al propio tiempo que enviaba emisarios secretos que alentaban
a los oficiales descontentos de Almagro a mostrarse fieles a su soberano,
sosteniendo al nuevo jefe que le representaba. Estas medidas produjeron su efecto.
Animados por la presencia del nuevo gobernador, los súbditos fieles se
mantuvieron en sus principios y los confesaron más abiertamente. Los que
todavía vacilaban o se mantenían neutrales, apurados por la necesidad de tomar
un partido, comenzaron a ladearse hacia aquél que les pareció entonces el más
seguro a la par que el más justo.
El joven Almagro vio no sin alarmarse los progresos
de Vaca de Castro. El descontento y la apatía que se manifestaban ya en su
propio partido, justificaban sobradamente sus recelos, aumentados más y más por
las enérgicas y decisivas medidas de Vaca de Castro, y por la prisa que en ir a
ponerse a sus órdenes se habían dado sus principales capitanes. Sin embargo
lejos de ceder a sus temores, debía por el contrario ocultarlos a fin de no
desalentar a los que le permanecían todavía fieles. Así pues resolvió atacar a
Cuzco antes que llegara Vaca de Castro, y que se hallasen concentradas allí las
fuerzas enemigas.
Un acontecimiento inesperado vino a dar un golpe
fatal al partido de Almagro; tal fue la muerte de Herrada, alma y cabeza de
este partido. Desde aquel momento se dejó ver un cambio completo en la conducta
del joven caudillo. Eligió a Cristóbal Sotelo para reemplazar a Herrada; mas
este oficial, valiente y buen militar, no poseía las grandes cualidades que
distinguían a su predecesor. Almagro le mandó partir al momento para que tomase
posesión de Cuzco, lo que logró este capitán sin ninguna dificultad, porque
Holguín, creyendo que la división de las fuerzas reales podía ser fatal a la
causa que abrazara, había preferido abandonar la ciudad para unirse con
Alvarado. Almagro entró en la plaza y se apresuró a ponerla en estado de
defensa, desplegando en esta circunstancia todos los talentos que debía a su
instrucción. Con el auxilio de Pedro de Candía, hábil ingeniero y uno de los
trece que se habían quedado en la Gorgona con Pizarro, mandó fabricar una
cantidad considerable de pólvora, e hizo fundir muchas piezas de artillería.
A esta ventaja Almagro juntó muy pronto otra: el
inca Manco Capac, que se había retirado a las montañas, le hizo ofrecer su
amistad y su alianza, y en prueba de ser ésta sincera le envió escudos,
armaduras, espadas, mosquetes y otras armas que cayeron entre sus manos durante
el largo sitio de Cuzco. Los asuntos empezaban por consiguiente a tomar un aspecto
favorable a los designios de Almagro, cuando el espíritu de envidia y de
discordia, que tantos males causó a los españoles, vino a echar por el suelo
todas sus esperanzas.
Dos de sus principales jefes, Cristóbal de Sotelo y
Diego de Alvarado alimentaban tiempo hacía una enemistad secreta; y habiéndose
suscitado entre ellos una querella por un motivo de los más fútiles,
batiéronse, quedando Sotelo muerto. Los amigos de los dos adversarios tomaron
las armas unos contra otros, y se entregaron a actos de violencia que le costó a
Almagro no poco reprimir. Advirtiendo Diego de Alvarado que el comandante
sentía mucho la pérdida de Sotelo, y no creyéndose seguro, formó el proyecto de
asesinarle; mas prevenido Almagro por una indiscreción de su enemigo, tuvo
tiempo para prevenirse, y cuando Alvarado se presentó a su palacio para
invitarle a que fuese a comer a su casa, fingió aceptar; mas a una señal
convenida, cayeron sobre él algunos hombres apostados al efecto y le mataron.
En este intermedio había llegado a Quito Gonzalo
Pizarro. Allí supo los graves acontecimientos que habían tenido lugar durante
su ausencia, el asesinato de su hermano, la usurpación de Almagro, la llegada
de Vaca de Castro, y los diversos manejos de los dos partidos. Pizarro no podía
dudar un instante acerca la conducta que seguir debía; y aunque extenuado y
casi abatido por los sufrimientos físicos y morales que acababa de experimentar,
resolvió tomar una parte activa en la lucha que se preparaba; y en su
consecuencia ofreció a Vaca de Castro sus servicios y los de sus veteranos. El
gobernador respondió con la mayor atención y bondad, que su presencia en Quito
era necesaria para proteger esta importante plaza, y para reparar las fuerzas
de sus soldados, cuyos servicios debían serle pronto necesarios.
Esta especie de desaire a los ofrecimientos de
Pizarro era resultado de una sabia política. Aunque estaba preparado para la
guerra, Vaca de Castro no había perdido toda esperanza de venir a un arreglo, y
hasta se hallaba dispuesto a hacer concesiones y sacrificios para evitar una
nueva guerra, que no podía menos de ser perjudicial, cualquiera que fuese su resultado,
a las fuerzas españolas en el Perú. La presencia de Gonzalo en su ejército
hubiera sido un obstáculo para todo acomodamiento: este caudillo violento y
vengativo no hubiera transigido jamás con los matadores de su hermano, y los
partidarios de Almagro no podían dejar de exasperarse al verse en presencia de
su más enconado y constante enemigo. Quizás también Vaca de Castro temía al
célebre capitán, cuyos talentos y valor admiraba todo el ejército, y a quien
los soldados hubieran querido elevar acaso al mando supremo.
Almagro había adoptado un nuevo plan de campaña: en
vez de aguardar a Vaca de Castro, había resuelto ir atrevidamente a su
encuentro y ofrecerle el combate, y partió de Cuzco al frente de quinientos
hombres animados del mayor ardor. Distinguíanse en este cuerpo de ejército
muchos de los primeros conquistadores del Perú, que tenían que mantenerse a la altura
de su antigua reputación, y muchos de los que, habiendo tomado una parte más o
menos directa en el asesinato de Pizarro, se hallaban reducidos a la necesidad
de vencer o morir.
Los dos ejércitos se encontraron en la llanura de
Chupas, a doscientas millas de Cuzco. Antes sin embargo de llegar a las manos
Vaca de Castro quiso tentar un arreglo, y propuso a Almagro, que si consentía en
volver a su deber, olvidaría todo lo pasado y le daría un empleo capaz de
halagar su orgullo y su ambición. Poco satisfecho Almagro de unos ofrecimientos
que le parecían vagos, respondió que estaba dispuesto a deponer las armas, si
se le reconocía como gobernador de la Nueva Toledo y se le reponía en todas las
posesiones de su padre. Pedía además que fuese concedida una completa amnistía
a todos sus partidarios, cualquiera que hubiera sido su conducta anterior. Si
hubiese limitado sus pretensiones a estos dos puntos, es probable que el
gobernador hubiera aceptado; mas a estas demandas añadía una tercera del todo
inadmisible, tal era el que se obligase a Álvarez de Holguín, Garcilaso de la
Vega, Alonso de Alvarado y otros amigos de Pizarro a residir en diferentes
puntos apartados del país, atendido, decía, que tendría que temerlo todo para
su seguridad personal, mientras que Vaca de Castro estuviese rodeado de sus
declarados e implacables enemigos. Mas la fuerza del enviado real estribaba principalmente
en el apoyo de estos jefes, y separarse de ellos hubiera sido entregarse a
merced del partido opuesto. Imposible era tratar sobre semejantes bases, y una
vez destruida toda esperanza de acomodamiento, pensose tan sólo en venir a las
manos. Vaca de Castro arengó a su ejército, y después de haberle exhortado a
persistir en su deber, en virtud de los poderes reales de que se hallaba
revestido declaró a Almagro traidor y rebelde, y pronunció contra él la pena de
muerte y de confiscación de sus bienes.
Vaca de Castro dispuso su ejército con un arte que
admiró a sus veteranos, los cuales no podían comprender cómo un hombre, cuya
vida había sido consagrada al estudio, conocía tan bien la táctica militar.
Álvarez de Holguín y Garcilaso de la Vega mandaban las dos alas, Alonso de
Alvarado llevaba el estandarte real, Nuño de Castro conducía la vanguardia,
compuesta de una compañía de mosqueteros escogidos: el gobernador quiso al
principio ocupar este puesto, mas cediendo a las amonestaciones de sus
capitanes, se quedó en la reserva con treinta de sus mej ores jinetes: estaba
para ponerse el sol (16 de septiembre de 1542), cuando empezó el combate. Los
dos partidos combatieron con el encarnizamiento ordinario en las guerras
civiles, aumentado a la sazón con el furor de los odios particulares, el deseo
de la venganza y los últimos esfuerzos de la desesperación. La victoria fue
largo tiempo disputada; mas la traición de Pedro de Candía, que mandaba la
artillería de Almagro, y que dirigió los tiros por encima de las cabezas de los
enemigos, dio a éstos una gran ventaja. Almagro se apercibió de esta infame
maniobra, y él mismo atravesó al traidor con su espada; mas era ya tarde. Los
soldados se batían cuerpo a cuerpo; la lucha, terrible ya de por sí, parecíalo
más en medio de las tinieblas. Por último a eso de las nueve Vaca de Castro, dirigiendo
una carga de caballería al sitio donde combatía Almagro, decidió la suerte de
la jornada: la derrota de los partidarios de éste fue completa. De mil
quinientos hombres que tomaron parte en la acción, quedaron la tercera parte
muertos y otros tantos heridos. Almagro fue el que experimentó mayor pérdida,
porque muchos de sus soldados, no esperando cuartel, se precipitaron sobre las
espadas de sus enemigos, prefiriendo perecer a rendirse.
Almagro peleó con un valor digno de su padre. Cuando
vio la batalla perdida sin remedio, tomó la fuga con algunos amigos, y se metió
en Quito; pero fue inmediatamente preso por las autoridades nombradas poco
antes por él mismo, y encarcelado ínterin se aguardaban las órdenes del gobernador.
Vaca de Castro, que desplegó un gran valor y consumados talentos durante la
batalla, observó después de la victoria una conducta no menos digna de elogios.
Severo administrador de la justicia, estaba persuadido que eran necesarios
ejemplos de rigor para detener el espíritu de licencia que se había introducido
en las colonias americanas. Cuarenta de los prisioneros, conocidos por su carácter
turbulento y que se habían particularmente señalado en las últimas revueltas,
fueron procesados y condenados a muerte como traidores y rebeldes; algunos
menos culpables fueron arrojados del Perú, y otros alcanzaron completo perdón.
El proceso del desventurado Almagro fue corto:
tratábase únicamente de poner en ejecución la sentencia pronunciada contra él
en el campo de batalla de Chupas. Fue públicamente decapitado en Cuzco, en el
sitio mismo y por el mismo verdugo que cinco años antes había cortado la cabeza
de su padre. Almagro tenía entonces veinte y cuatro años: su muerte fue muy sentida,
porque había manifestado cualidades que le hubieran asegurado una carrera
brillante, a no haberse lanzado tan joven en una senda fatal. Con él se
extinguieron el nombre de Almagro y el espíritu de facción que había por tanto
tiempo desolado al Perú.
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