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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo VII
Descontento de los partidarios de Almagro.- Conspiración contra
Francisco Pizarro.- Es asesinado.- Carácter de este gran capitán.
Después de la muerte de Almagro, Francisco Pizarro,
dueño de un poder sin límites, había descuidado las medidas necesarias para
mantener la tranquilidad en un país que acababa de verse agitado por tantos disturbios.
Lejos de atraerse a los antiguos partidarios de su competidor, los había
alejado constantemente de sí; manifestaba por ellos el mayor desprecio y hasta
los creía tan poco peligrosos, que los dejaba conspirar a su gusto en reuniones
que tenían lugar en Lima en casa del joven Almagro. Su debilidad hacía la
seguridad de Pizarro, y esta seguridad le perdió.
La ciega parcialidad que manifestara el gobernador
en el reparto de las tierras, del cual excluyera a los partidarios de Almagro,
les había dado a conocer que no podían esperar de él ni amistad, ni olvido. Así
pues todos los que estaban libres pasaron a Lima, donde el hijo de aquel caudillo
les ofrecía un asilo y cuantos socorros podían necesitar. Estas pruebas de
gratitud y de generosidad movían poderosamente los ulcerados corazones de
aquellos viejos soldados, que, fieles a la memoria del padre, se adhirieron al
hijo, y resolvieron ensayar una tentativa arriesgada para hacer que pasase la
autoridad a sus manos.
El hijo de Almagro poseía las dotes necesarias para
hacerse querer y respetar. A un exterior el más agradable, a unas maneras
dulces y seductoras, a un carácter franco y abierto, reunía todas las
cualidades militares que habían adornado a su padre y las ventajas de una
educación mejor dirigida, puesto que el anciano capitán, conociendo lo mucho
que le faltaba en este punto, nada había olvidado para que no lo echase de
menos su hijo. Así pues cuando el joven llegó a la edad en que sus cualidades
naturales, cultivadas con esmero, pudieron desenvolverse, se manifestó muy superior
a todos sus compatriotas. No se le escapaba al gobernador la importancia,
siempre creciente, que iba adquiriendo Almagro, y sin embargo nada emprendió
para detener los progresos de su influencia. Verdad es que hizo algunas
proposiciones a sus partidarios ofreciéndoles destinos lucrativos; mas todos se
negaron a aceptar nada de su antiguo enemigo, cuya pérdida habían secretamente
jurado.
El contrario más temible de Pizarro era ese Juan de
Herrada en quien, como vimos, tenía puestas Almagro su amistad y su confianza.
Tutor del hijo de su amigo, habíase esmerado en perfeccionar su educación; mas
a la sazón todos sus esfuerzos se encaminaban a aumentar el número de sus partidarios.
Dotado de talentos superiores y gozando de grande influencia entre sus compatriotas,
Herrada había logrado reunir en Lima un tan crecido número de descontentos, que
era preciso estar tan ciego como Pizarro lo estaba para no alarmarse. Como los
amigos del gobernador le hubiesen hecho algunas observaciones acerca el
particular, contestoles: «Tranquilizaos, estaré seguro mientras haya en el Perú
quien sepa que puedo en un momento quitar la vida al que se atreviese a
concebir el proyecto de atentar a la mía.» Sin embargo tomó una medida
violenta, que sirvió únicamente para irritar a sus enemigos: privó al joven
Almagro del número de indios que le habían sido concedidos, y que trabajando
para él, constituían la fuente principal de sus rentas.
El gobernador creía que disminuyendo la fortuna del
jefe, obligaría a los que vivían a expensas suyas a salir de Lima para buscar
en otra parte medios de existencia; mas era un grande error. Los amigos de
Almagro prefirieron sufrir la más humillante pobreza, antes que dejar la
ciudad; y exasperados por esta nueva vejación, escribieron a todos sus nuevos amigos
que fuesen a juntárseles, y en poco tiempo encontráronse reunidos dentro de la
ciudad hasta doscientos conjurados.
Aquella multitud componíase en su mayor parte de
aventureros sin principios y sin medios de existencia, disolutos, jugadores,
dispuestos a meterse en todas las conspiraciones sin más objeto que restablecer
su perdida fortuna. Vivían en la mayor miseria sin más recursos que las sumas que
ganaban en el juego. Herrera nos ha dejado un cuadro lleno de vida de su
miseria en la pintura de aquellos doce individuos, que habiendo sido oficiales
de distinción a las órdenes de Almagro, vivían en un mismo aposento, y no
tenían más que una sola capa, que llevaban alternativamente cuando debían
presentarse en público, mientras que los demás se veían obligados a permanecer
en su casa. La pobreza había de tal suerte agriado el carácter de aquellos
desgraciados, que no miraban al gobernador sino con desprecio, y rehusaban
darle las muestras de deferencia debidas, ya que no al hombre, al menos a su
dignidad.
Hasta llevaron más allá su insolencia: una mañana
aparecieron en la plaza principal de la ciudad tres horcas en la dirección de
las habitaciones de Pizarro, de su secretario Picado, y del alcalde Velázquez. Los
amigos del gobernador le aconsejaron entonces que castigase a los culpables;
mas despreció sus avisos, contentándose con responderles que eran los vanos
esfuerzos de una rabia impotente, y que era preciso perdonar la irritación de
gentes vencidas y desgraciadas. Esta indulgencia no hizo más que envalentonar a
los conjurados, los cuales celebraron numerosas reuniones, y después de largos
debates resolvieron asesinar a Pizarro. Este crimen era muy fácil de cometer,
puesto que el gobernador no tomaba ninguna precaución para su seguridad
personal. Nunca había tenido más compañía que un solo paje. En vano sus amigos
le instaron para que tomase una escolta conveniente a su rango, pues se negó a
ello, diciendo que aguardaba de un día a otro la llegada de Vaca de Castro, y
que parecería que le temía si hacía algún cambio en su conducta.
Los conjurados fijaron por último el día en que
debía llevarse a cabo su criminal proyecto, y se comprometieron con juramento a
ejecutarlo con firmeza y resolución. Juan de Herrada, jefe de la trama, eligió
entre los conjurados diez y ocho de los más decididos para ejecutar aquel acto
de venganza. El secreto de aquella tenebrosa reunión no se guardó sin embargo tan
fielmente, que no llegase algo a los oídos del gobernador.
Un sacerdote diole parte del peligro que le
amenazaba, y si bien no pudo dar detalles positivos, dijo lo bastante para
dispertar por fin las sospechas de Pizarro, que saliendo de repente de su
apatía, resolvió obrar con prudencia. El día de la fiesta de san Juan se
abstuvo de ir a misa, con admiración de todos, porque el gobernador cumplía
siempre y en todos tiempos sus deberes religiosos, a menos de impedírselo
alguna grave circunstancia. Desconcertados los conspiradores creyeron al
principio que había sido descubierto el complot, mas viendo que se les dejaba tranquilos,
aplazaron la ejecución para el domingo siguiente. Aquel día Pizarro pretextó
una indisposición y tampoco fue a la iglesia; mas los conjurados, conociendo el
verdadero motivo de su ausencia, juzgaron que había llegado el momento de
obrar, y tomaron su partido con tanta prontitud como resolución.
El mismo domingo 26 de junio de 1541, hacia el medio
día, hora de la siesta en los países calurosos, Juan de Herrada, seguido de sus
diez y ocho cómplices, salió de la casa de Almagro, y dirigiéronse todos,
espada en mano y corriendo al palacio del gobernador, atronando la ciudad con
los gritos de: ¡Viva el rey! ¡Muera el tirano Pizarro!
Los demás conspiradores, advertidos por aquella
señal, acudieron a los puestos que les habían sido señalados. Pizarro, rodeado
por lo regular de un acompañamiento numeroso, no tenía entonces casi nadie a su
lado, porque acababa de levantarse de la mesa, y la mayor parte de los criados
se habían retirado a sus cuartos. Los conjurados atravesaron los dos primeros
patios sin obstáculo. Hallábanse ya al pie de la escalera, cuando un paje dio
la señal de alarma a su señor, que estaba conversando en un salón con algunos
amigos. El gobernador, que no se alteraba ante ningún peligro, mandó a
Francisco de Chaves, uno de sus oficiales, que fuese a barrear la puerta; mas
de Chaves, no conservando bastante presencia de espíritu para ejecutar una
orden tan prudente, se detuvo en lo alto de la escalera y preguntó a los
conjurados qué querían y adónde iban. En vez de responderle, uno de los que
marchaban delante le dio un golpe con la espada, y los demás se precipitaron
sobre él y le remataron en un momento.
Reinaba en palacio la mayor confusión; una gran
parte de la gente de la casa huyó, y Pizarro se encontró tan sólo con Francisco
de Alcántara, su hermano uterino, el alcalde Velázquez y doce o trece de sus
criados. El gobernador, sin asustarse por su situación, resolvió defenderse hasta
el último trance. Colocose con su hermano a la puerta del aposento, armado tan
sólo con su espada y escudo, y empeñose un combate terrible en aquel estrecho
espacio. Pizarro, lleno de indignación y de rabia, no cesaba de gritar:
«¡Ánimo, amigos, ánimo; somos todavía bastantes valientes para hacer arrepentir
de su traición a esos rebeldes!»
El gobernador y sus amigos defendieron vigorosamente
la puerta durante algún tiempo, mas aquél no tenía más que su escudo al paso
que sus enemigos se hallaban protegidos por sus armaduras. Por último Alcántara
cayó muerto a los pies de su hermano Pizarro, y éste herido, tuvo que meterse
en el aposento, donde continuó defendiéndose con valor; mas habiéndose quedado
solo, viose rodeado de todos sus enemigos, y las fuerzas le abandonaron.
Abrumado por el cansancio y debilitado por la pérdida de la sangre, podía
apenas sostener la espada. «Y así, dice Zárate, le acabaron de matar con una
estocada que le dieron por la garganta, y cuando cayó en el suelo pedía a voces
confesión; y perdiendo los alientos, hizo una cruz en el suelo y la besó, y así
dio el alma a Dios.»
Un grito bárbaro de triunfo dio a conocer la muerte
del gobernador, y la muchedumbre se precipitó al palacio, que fue entregado al
pillaje con las casas de los principales capitanes adictos a Pizarro. Nada
quedó de las inmensas riquezas que contenía. «Al Marqués, añade Zárate,
llevaron unos negros a la iglesia casi arrastrando, y nadie lo osaba enterrar, hasta
que Juan Barbarán, vecino de Trujillo (que había sido criado de Pizarro), y su
mujer sepultaron a él y a su hermano lo mejor que pudieron, habiendo tomado
primero licencia de D. Diego para ello. Y fue tanta la priesa que se dieron, que
apenas tuvieron lugar para vestirle el manto de la orden de Santiago, según el
estilo de los caballeros de la orden, porque fueron avisados que los de Chili
venían con gran priesa para cortar la cabeza del Marqués (Pizarro) y ponerla en
la picota.»
Francisco Pizarro tenía 65 años cuando fue de esta
suerte tan cobardemente asesinado. Su muerte correspondió a su existencia tempestuosa,
y en sus últimos momentos desplegó ese valor de que tantas pruebas había dado
en el curso de su vida. Al contemplar las diferentes fases de aquella
existencia tan fecunda en hechos, el ánimo se encuentra sobrecogido de espanto
a la vez que de admiración. Fue cruel y vengativo, mas los defectos de su
carácter desaparecen ante el brillo de algunas de sus virtudes. Habrá pocos, o
tal vez ningún hombre que haya hecho mayores servicios a su soberano: era
infatigable en la realización de sus proyectos, paciente en medio de las más
terribles calamidades, y parecía superior a los peligros y a los sufrimientos.
Pizarro tomó una parte considerable en todas las
empresas importantes que tuvieron lugar en América. Sucesivamente compañero de
Núñez, de Balboa y de Hernán Cortés, igualó en nombradía a estos célebres
capitanes. España le debe el descubrimiento y la conquista del Perú. En ninguna
página de la historia del Nuevo Mundo, ni aun en aquellas que cuentan las
hazañas novelescas y casi increíbles de los conquistadores de México, se
hallará un rasgo más grande y heroico, que la resolución tomada por Pizarro y
sus trece compañeros de permanecer en una isla desierta, aunque debilitados por
las fatigas, las enfermedades y la pérdida de sus esperanzas, antes que
renunciar a la empresa que habían comenzado.
Mas por notables que fuesen las cualidades militares
de Pizarro, por grandes que hayan sido sus servicios durante el curso de una
vida tan larga y laboriosamente empleada, los actos de rapacidad, de injusticia
y de crueldad que mancharon sus hazañas, le hicieron perder gran parte de sus
derechos a la admiración de la posteridad.
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