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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo VI
Viaje de Fernando Pizarro a España.- Su prisión.- Medidas que tomó el gobierno.-
Expedición de Gonzalo Pizarro a la Canela.
La muerte de Almagro y la dispersión de sus
partidarios pusieron término por algún tiempo a las disensiones civiles de los
españoles. El gobernador, disfrutando por fin de una tranquilidad completa,
empleó aquellos momentos de reposo en organizar con regularidad las provincias
a que su jurisdicción se extendía. Sometió en poco tiempo el territorio de Callao,
y fue a Cuzco a fin de consultar con sus hermanos sobre las medidas que para lo
futuro convenía adoptar. El primer objeto en que se ocuparon fue en los medios
que emplearse debían para prevenir la impresión desfavorable que podía producir
en el ánimo del emperador la muerte de Almagro. Resolvióse que Fernando pasaría
inmediatamente a España para justificar su conducta y atribuir toda la falta a
la rebelión de aquel caudillo; y en su consecuencia partió en 1539, contra el
parecer de sus más fieles amigos, que hacían observar lo imprudente que era
enviar a España, precisamente aquél sobre quien en especial recaía la acusación
de la muerte de Almagro.
Fernando apareció en la corte con una pompa y
magnificencia que admiró al pueblo, mas a pesar de la audacia con que se
presentó ante el monarca, apercibióse pronto que no podía contar con el favor
imperial. En efecto, Diego de Alvarado y algunos amigos de Almagro, que
lograron escaparse después de la batalla de Salinas, habían pasado
inmediatamente a España, donde no habían dejado de instar a los ministros para
que se procesara a los Pizarros. Conocidos de todos eran los hechos que se alegaban,
habiendo logrado alarmar al gobierno sobre la tiranía que ejercían los tres hermanos.
Acusábaseles de haber establecido en América el más violento despotismo, no
sólo con los indios, sino hasta con los españoles: decíase que habían sido los
agresores en las contiendas con Almagro, en las cuales se habían conducido con
una crueldad y una perfidia inauditas. Nada en una palabra se había olvidado de
lo que podía hacerles parecer culpables. Estas acusaciones, con frecuencia
repetidas, produjeron su efecto, y el monarca indignado mandó que se abriese al
momento una información acerca los asuntos del Perú.
Fernando no era hombre para ceder ante las amenazas
y ante acusaciones que ningún testigo apoyaba: defendió su causa con una sangre
fría imperturbable, y rechazando sobre sus adversarios todo lo odioso de la
guerra civil, movió por fin a Carlos V a que escuchase sus recriminaciones. El
gobierno por otra parte temía exasperar a Francisco Pizarro, quien a tan larga
distancia y con los recursos de que disponía, podía muy bien declararse
independiente. El ministerio, completamente imparcial en esta ocasión, sacaba
de los relatos que uno y partido le hacían la consecuencia natural de que los
asuntos del Perú estaban sumamente embrollados, y que era más que probable que
los indios acabarían por aprovecharse de la desunión de los españoles para
sacudir su yugo. Era sin embargo más fácil conocer el mal que hallar el
remedio. Estaba tan distante el sitio donde aquellos hechos pasaban que era
poco menos que imposible señalar a un administrador la conducta que seguir
debía; y antes que pudiese seguirse en el Perú plan alguno aprobado en España,
su ejecución podía ser funestísima a causa del cambio de las circunstancias y de
la situación de los partidos. El único medio de averiguar la verdad era enviar
al Perú un hombre influyente que tomase informes exactos sobre el estado del
país.
No era fácil la elección de ese enviado: necesitábase un hombre de
elevada categoría para desempeñar aquella misión con la dignidad e importancia
convenientes; bastante imparcial para no ceder a las influencias locales, y que
estuviese dotado del talento necesario para llegar al conocimiento exacto de la
verdad en medio de los informes contradictorios que naturalmente debía recibir.
La elección del monarca recayó en D. Cristóbal Vaca de Castro, magistrado de la
cancillería de Valladolid, e igualmente recomendable por sus talentos, su integridad
y su energía. No se señaló a su misión ningún carácter particular; sino que
debía ejercer poderes diplomáticos, políticos, judiciales o absolutos, según
las circunstancias. Si a su llegada al Perú encontraba vivo a Francisco
Pizarro, debía desempeñar tan sólo las funciones de juez y obrar en apariencia
de concierto con el gobernador; mas en el caso de que éste no existiese Vaca de
Castro debía ejercer una autoridad ilimitada.
Veíase manifiestamente en estas instrucciones la
intención de no herir el orgullo de Pizarro, cuyo carácter y poder se temían:
distintos eran empero los sentimientos del gobierno con respecto a Fernando.
Las acusaciones dirigidas contra él en particular eran de tal naturaleza que no
se las podía mirar con indiferencia. Por otra parte, sacrificándole se daba una
satisfacción a los enemigos de Almagro, al público un ejemplo imponente de
justicia, y se impedía a un hombre peligroso el que fuese a reunirse con su
hermano. La política aconsejaba esta medida, y el rey, sin miramiento a los
derechos que a su indulgencia tuviese Fernando, y olvidando sus grandes
servicios pasados y sus largos infortunios, le mandó cargar de cadenas y
encerrarle en un calabozo. Tal es al menos la versión de Garcilaso de la Vega y
de Gomara; si bien otros historiadores dan a esa orden un motivo de muy
distinta naturaleza: pretenden que Fernando fue preso y aherrojado porque se
tuvieron vehementes sospechas de haber hecho envenenar a Diego de Alvarado, que
le había propuesto cinco días antes un combate singular; hecho que nos parece
de tal suerte contrario al carácter de Fernando, que lo trasladamos y sin darle
crédito. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que estuvo veinte y tres años preso,
y que cuando fue puesto en libertad tenía el cuerpo y el ánimo quebrantados por
la vejez y los sufrimientos. Quedó pobre y sin influencia, y pasó el resto de
sus días en el abandono, como casi todos los que, habiendo contribuido a la
conquista de América, no perecieron en los combates o en el cadalso.
Durante este tiempo Francisco Pizarro, que no tenía
que temer ya ni a la facción de Almagro, ni a los indios, empezaba a desconfiar
de sus propios soldados, descontentos de la manera como acababa de repartir las
tierras. Si hubiese hecho este reparto con imparcialidad, era bastante extensa
la comarca para proporcionarle con qué recompensar a sus partidarios y ganar a
sus enemigos; mas Pizarro se condujo con toda la injusticia de un jefe de
partido, y no con la equidad de un juez que aspira a recompensar el mérito.
Empezó por tomar para sí, o para sus hermanos y favoritos, grandes distritos en
los puntos mejor cultivados y más poblados. Los demás no recibieron en lotes
sino los terrenos menos fecundos o peor situados. Los soldados de Almagro,
entre los cuales se hallaban muchos de los primeros aventureros, a cuyo valor y
perseverancia debiera Pizarro la mayor parte de sus triunfos, fueron totalmente
excluidos de la propiedad de las tierras por ellos conquistadas. Como la vanidad
de cada cual le hacía dar un valor excesivo a sus servicios, todos los que se
creyeron burlados en sus esperanzas pusieron el grito en el cielo contra la
injusticia y la rapacidad del gobernador, mientras que los partidarios de
Almagro murmuraban en secreto y meditaban vengarse. A fin de apaciguarlos
Pizarro acudió al arbitrio que había sido ensayado ya otras veces con buen éxito:
tal fue el disponer diversas expediciones, que tuvo buen cuidado de formar en
gran parte con los descontentos.
De todas aquellas expediciones ninguna fue más
notable y tuvo más importantes resultados que la de Gonzalo Pizarro. Encargado
por su hermano de conquistar las provincias de Callao y Chanas, más de
doscientas leguas distantes de Cuzco, tuvo que luchar contra numerosas partidas
de indios que defendieron su país con valor y obstinación. En uno de los
combates que tuvo que sostener, Gonzalo se vio cercado por una multitud de
indios, y sólo debió la vida al arrojo de cuatro de sus caballeros. Por fin
después de un sin número de peligros, de combates y de sufrimientos, Gonzalo
logró someter aquellas provincias, donde echó los cimientos de una colonia que
fue llamada después la Plata, a causa de las minas que se descubrieron en el
territorio.
En este intermedio, Francisco Pizarro, ocupado
siempre en engrandecer su poder y aumentar sus riquezas, y que no cesaba de
tomar informes acerca los países situados fuera del imperio de los incas, supo
que más allá de las fronteras del reino de Quito existía un país rico y
extenso, conocido con el nombre de tierra de la Canela, a causa del inmenso
número de canelos que había en ella; en su consecuencia llamó a Gonzalo y le
propuso que ensayase una expedición a dicho país. Esta proposición fue aceptada
con gusto: Gonzalo, el más joven de los tres hermanos, igualaba a los otros dos
en valor, en audacia y en ambición. El deseo de crearse un gobierno extenso e
independiente le hizo olvidar los sufrimientos que acababa de experimentar en
su todavía reciente expedición, y su ardor guerrero no hizo más que exaltarse
con la idea de los nuevos peligros que iba a arrostrar. A fin de ayudarle cuanto
posible fuese, su hermano le dio el gobierno de Quito, donde debía encontrar
soldados y provisiones. Habiendo de esta suerte reunido trescientos cincuenta
hombres, la mitad de ellos jinetes, y cuatro mil indios, partió para su
arriesgada expedición a principios de 1539. Mientras que los españoles
marcharon por las provincias sometidas a los incas, fueron por todas partes
tratados con cordialidad y respeto por los indios; mas en cuanto pusieron los
pies en el territorio de los quizos, viéronse atacados con furor por los naturales.
Comprendieron desde entonces que debían esperar encontrar una obstinada
resistencia, y sin embargo los fenómenos físicos que presenciaron los asustaron
mucho más que los enemigos con quienes tenían que combatir: los terremotos, los
huracanes más terribles mezclados con truenos, llenaron de terror hasta a los
más animosos. Por espacio de dos meses que duró aquel espantoso temporal, no
pudieron hallar ningún abrigo, y ni siquiera podían hacer secar sus vestidos.
Para mayor desgracia empezaron entonces a subir los Andes, y el frío llegó a
ser pronto tan intenso, que arrebató a un gran número de indios, poco
acostumbrados a una temperatura tan baja.
Entraron en seguida en una llanura de una extensión
inmensa, que atravesaron con la mayor dificultad. En Cumaco, población situada
al extremo de aquella llanura, encontraron víveres, de que carecían tiempo
hacía, y los soldados, abrumados de fatiga, tomaron un descanso de que tenían
extrema necesidad. Gonzalo dejó allí la mayor parte de su gente, y al frente de
un escaso número de compañeros más vigorosos o más avezados a las fatigas que
los otros, partió para buscar un camino por el cual su reducida hueste pudiese
continuar con más facilidad su viaje. En esa marcha los españoles se vieron
obligados a alimentarse de frutos silvestres y de raíces, y no podían dar un
paso sin tener que abrirse camino por entre bosques o en medio de pantanos.
Trabajos tan continuos, en medio de tan grandes privaciones, parecen superiores
a la naturaleza humana; mas ¿qué no vencía la constancia de aquellos soldados
del siglo XVI?
Después de haber superado estas dificultades,
llegaron a la provincia de Cuca, y descubrieron el Cuca o Napo, uno de los
grandes ríos que desembocan en el Marañón. Gonzalo resolvió aguardar allí la
llegada de la gente que había quedado rezagada y que debía seguirle a cortas jornadas.
Pronto estuvieron todos reunidos, y después de muchos días de reposo,
descendieron a lo largo del río que siendo ancho y profundo, no podía ser atravesado:
cerca de cien leguas más abajo las orillas se aproximan gradualmente, y el río
pasa por una especie de canal abierto en la roca. El país que acababan de
recorrer era tan pobre, árido y desierto que Gonzalo se decidió a aprovecharse
de la ventaja que la naturaleza de los lugares le ofrecía para reconocer las
regiones situadas en la opuesta orilla. Sus capitanes reunidos en consejo
fueron de su mismo parecer, y resolviose echar un puente sobre el río.
Todos pusieron con ardor manos a la obra y fijose en
fin el puente con inmensas dificultades, aumentadas por la presencia de los
naturales, que desde la orilla opuesta lanzaban de continuo nubes de flechas
sobre los trabajadores. Dispersáronlos a tiros y pasaron el río, sin haber perdido
más que un solo hombre que cayó en el abismo, arrastrado por el vértigo por
haber cometido la imprudencia de mirar abajo desde aquella altura prodigiosa.
No por haber vencido este obstáculo mejoró la
situación de los españoles: el país era tan árido y tan desierto como el que
acababan de dejar. El hambre era más terrible que nunca, teniendo por único
alimento frutos y raíces silvestres; sucumbió un gran número de indios, y perecieron
de inanición muchos españoles. Reducidos al último extremo, y no hallándose ya
en estado de soportar nuevas fatigas, los soldados invocaban desesperados la
muerte para que pusiese término a sus males, cuando un nuevo proyecto del
comandante, dándoles una vislumbre de esperanza, volvió a reanimar su valor
abatido. Propúsoles construir una lancha con la cual bajaría un destacamento
por el río para reconocer el país y procurarse vituallas. Los esfuerzos
inauditos que en aquella ocasión hicieron los españoles pueden servir para dar
una idea de que nada hay imposible a la voluntad del hombre: fue preciso desde
luego construir una especie de fragua, en la cual costaba mucho conservar el
fuego a causa de la lluvia que caía sin cesar. Las herraduras de los caballos
fueron convertidas en clavos, las mantas viejas y los vestidos que se caían a pedazos
suplieron al cáñamo; en una palabra los españoles lo sacrificaron todo a la
ejecución de un plan, que les parecía el único medio de mejorar su situación, y
trabajaron con tanto afán, que hubieron construido en poco tiempo una barca de
bastante porte. Gonzalo eligió para tripularla a cincuenta de los más resueltos
entre los suyos, y les dio por comandante a Francisco de Orellana, su primer
capitán, oficial de gran mérito y justamente citado por su valor e intrepidez. Metieron
en la embarcación todo cuanto los soldados poseían, junto con todo el botín
hasta entonces recogido, que era considerable; Orellana costeaba el río sin perder
de vista a sus compañeros, y cada noche se reunían y la pasaban juntos. Los
españoles marcharon de esta suerte por espacio de dos meses, pasando algunas
veces el río, según el terreno les parecía más practicable o más fértil en una
orilla que en la otra. Al cabo de este tiempo nuevas circunstancias vinieron a
cambiar este plan de conducta, que parecía sin embargo el más prudente y el más
ventajoso.
Encontraron a algunos naturales de un carácter dulce
y pacífico, y Gonzalo supo por ellos que el río que hasta entonces siguieran
desembocaba en otro mayor, que atravesaba un país poblado, abundante en víveres
y rico en toda clase de productos. Pizarro mandó a Orellana que descendiese por
el río hasta que llegase a su confluente: allí debía descargar su barco, y volver
con víveres a buscar al resto de sus compañeros. Orellana se puso en el centro
del río y se abandonó a la corriente, que le arrastró con una velocidad tal,
que al cabo de tres días llegó al lugar señalado, distante más de cien leguas.
Mas viose cruelmente burlado en su esperanza de hallar un terreno fértil y
cultivado: reinaba en todas partes la misma esterilidad, la misma desolación.
Lejos de su comandante, joven y ambicioso, Orellana
empezó a considerarse como independiente, y deseoso de ilustrar su nombre con
algún notable descubrimiento, concibió el atrevido y pérfido proyecto de seguir
el curso del Marañón hasta el mar, reconociendo los vastos países que riega
este río. Este proyecto era atrevido, porque no tenía para ejecutarlo más que
su débil esquife, y pérfido, puesto que abandonando a su jefe y a sus compañeros
los entregaba a una muerte casi inevitable. Garcilaso de la Vega pretende que
no fue la ambición quien dirigió la conducta del joven oficial, al cual supone
movido por las siguientes razones: para el viaje que acababa de hacer en tres
días siguiendo el curso del río, necesitaba al menos un año teniendo que luchar
con su rápida corriente; su regreso pues no podía ser de ninguna utilidad a sus
compatriotas, aun cuando hubiese vuelto cargado de los víveres con que aquellos
contaban y que no había encontrado. Cualesquiera que fuesen los motivos que
tuviese Orellana, en cuanto hubo formado su proyecto lo participó a sus
compañeros, mas no fue por todos aprobado. Sánchez de las Vargas y el fraile
dominico Carvajal le dirigieron vivas recriminaciones sobre lo que semejante
acción tenía de cruel y de pérfida. Era sin embargo demasiado tarde para
retroceder: el joven capitán comprendía que la sola idea de haber querido
abandonar a su jefe sería mirada como un crimen; así pues persistió en su plan,
y a fin de castigar a Sánchez por su oposición, le abandonó cobardemente en
aquel país desierto; castigo que si no ejecutó en el fraile fue sólo por
respeto al carácter de su persona. «Orellana, dice Robertson, fue sin duda
culpable desobedeciendo a su jefe y abandonando a sus compañeros en aquellos
ignorados desiertos, donde no tenían otra esperanza de salvación que la que
fundaban en el barco que aquél les arrebataba. Mas su crimen se halla en algún
modo expiado por la osadía con que se aventuró a seguir una navegación de cerca
de dos mil leguas por entre naciones desconocidas, en un buque hecho de prisa,
de madera verde y mal construido, sin provisiones, sin brújula, sin piloto, supliendo
con su audacia y su ardor a todo lo que le faltaba.»
Abandonóse pues audazmente al curso del Napo, y fue
llevado al sur hasta su unión con el Marañón. Este viaje fue acompañado de
muchos peligros y fatigas. Los españoles se veían obligados a menudo a bajar a tierra
para procurarse provisiones, y cuando no las alcanzaban buenamente, tenían que
emplear la fuerza y combatir con enemigos numerosos y resueltos. En muchos
lugares, hasta las mujeres opusieron una viva resistencia, circunstancia que
dio lugar a las narraciones fabulosas, y que adquirieron crédito, sobre una
supuesta isla de amazonas. Después de muchos padecimientos y peligros, que
Orellana arrostró con una constancia inalterable, llegó por fin al Océano el 26
de agosto de 1541, habiendo empleado más de siete meses en hacer aquel viaje.
Trasladose inmediatamente a la Trinidad, donde se procuró un buque, dándose a
la vela para España con muchos de sus compañeros. En cuanto llegó quiso que el público
gozase del fruto de sus descubrimientos. Fuese por vanidad o por política
mezcló maravillosos relatos a la narración de su viaje, que más que historia
parece una novela y no de las menos extravagantes. Pretendió haber descubierto
naciones tan ricas, que los techos de los templos estaban cubiertos de planchas
de oro y las calles empedradas de este mismo metal; aun hizo más, y fue dar la
descripción detallada de una república de mujeres guerreras que no admitían a
ningún hombre entre ellas. Estos cuentos ridículos dieron origen a las fábulas
del país de El Dorado, en cuya busca se anduvo tanto tiempo. La inclinación
natural del hombre a lo maravilloso favoreció esas patrañas, y aunque muchos no
admitiesen la posibilidad de lo que contaba, la mayor parte, ya que no diesen
entero crédito a su relato, admitían como verdadero una gran parte. Sólo
después de mucho tiempo y de no escaso trabajo la razón y la experiencia
destruyeron aquellas fábulas. Aquella navegación sin embargo por el Marañón,
despojada de sus circunstancias novelescas, merece ser notada, no solamente
como una de las expediciones más memorables de aquel siglo, tan fecundo en
grandes empresas, sino como el primer viaje que diese un conocimiento cierto de
la existencia de esas inmensas regiones que se extienden al este, desde los
Andes hasta el Océano.
Orellana fue favorablemente acogido por el soberano,
que, a petición suya, le nombró gobernador de los países recientemente
descubiertos. El botín hecho por los soldados de Gonzalo y que, como dijimos,
había sido cargado en el barco, sirvió para los preparativos de una expedición
fuerte y poderosa. En poco tiempo Orellana se encontró al frente de quinientos
hombres resueltos y bien equipados; mas le sorprendió la muerte antes de hacerse
a la mar la flota, y sus compañeros se dispersaron.
Tiempo es ya que volvamos a ocuparnos en Gonzalo
Pizarro, a quien hemos dejado siguiendo la orilla del río para llegar a su
confluencia, donde esperaba encontrar la embarcación. Grande fue su sorpresa no
encontrándola en el lugar designado; sin embargo ni siquiera le pasó por la
mente la idea de que Orellana hubiese podido hacerle traición, sino que por el
contrario supuso que había acontecido a la tripulación algún incidente, o que
alguna circunstancia imprevista había obligado a su teniente a aguardarle en otra
parte. En esta convicción, púsose de nuevo en marcha siguiendo el Marañón,
creyendo a cada instante que iba a encontrar a sus compañeros. Cincuenta leguas
más abajo de la unión de los dos ríos halló al desgraciado Sánchez de Vargas,
por el cual supo la traición de Orellana. Esta noticia fue un golpe fatal para
los españoles. Privados del barco en que tenían fundadas todas sus esperanzas,
se abandonaron al más profundo y legítimo dolor: los unos se tiraban al suelo con
toda la indiferencia de la desesperación; los otros pedían volver a Quito; y
todos tenían la vista fija en su comandante, como para suplicarle que buscase
un remedio a tan largas y terribles calamidades.
Gonzalo Pizarro se condujo en esta crítica ocasión
con una prudencia superior a todo encarecimiento: olvidó sus temores como
hombre, para cumplir con sus deberes como comandante. Arengó a sus soldados con
calor y les dijo que estaba dispuesto a conducirlos de nuevo a Quito; pero al propio
tiempo les hizo observar que estaban a mil doscientas millas de esta ciudad, y
que para volver a ella tenían que experimentar los mismos males que habían ya
sufrido. Era pues indispensable que llamasen en su auxilio toda su energía para
ponerse en estado de luchar contra las fatigas y los sufrimientos, a fin de que
cuando se hallasen de nuevo entre sus conciudadanos, su gloria fuese proporcionada
a las calamidades de que habrían triunfado.
Los soldados escucharon con respeto las palabras de
un jefe en el cual tenían puesta una confianza sin límites. La experiencia les
había hecho ver que Gonzalo los aventajaba a todos en firmeza, en valor y perseverancia;
le habían visto poner la mano en los trabajos más penosos, y olvidar su
dignidad de comandante para ayudar los esfuerzos de los últimos de sus compañeros.
Su situación empero era en extremo crítica: habían visto perecer a un gran
número de sus amigos, y los que quedaban se hallaban debilitados, abrumados por
las enfermedades, extenuados por las fatigas y sumergidos en el desaliento.
Nada de lo que habían hasta entonces sufrido los españoles en América puede
compararse con los males horribles que abrumaron a Gonzalo y a su gente en su
largo viaje. El hambre los redujo a la horrible necesidad, no tan sólo de
alimentarse de raíces silvestres y malsanas, sino hasta de devorar los más
inmundos reptiles: las serpientes, los sapos, los gusanos, todo ser viviente,
por repugnante que fuese, era buscado con avidez. Se habían comido ya todos los
caballos, todos los perros, y algunos desgraciados royeron el cuero de las
sillas de montar y de los cinturones para sostener su miserable vida.
Una abstinencia tan prolongada debía producir
necesariamente enfermedades, que destruían prontamente unos cuerpos debilitados
ya por tantos sufrimientos. Cada día morían algunos de entre ellos: sus filas se
iban aclarando más y más. De los cuatro mil indios perecieron más de la mitad,
y gran parte de los restantes se dispersó por el país. No era menos deplorable
la suerte de los españoles, de trescientos cincuenta hombres, no quedaban más
que ochenta, cincuenta habían partido con Orellana. Así pues perecieron
doscientos veinte bravos en esta empresa desastrosa, que duró cerca de dos
años.
Cuando entraron de nuevo en Quito los que habían
sobrevivido, su primera diligencia fue ir a la iglesia, donde hicieron celebrar
una misa solemne para dar gracias a la divina Providencia por su milagrosa conservación.
Luego se derramaron por la ciudad, presentando un aspecto tan deplorable, que
les costaba a sus compatriotas trabajo reconocerlos. Estaban completamente
desnudos, llevaban las barbas en extremo largas, y tenían los cuerpos tan
sucios, que causaba repugnancia mirarlos.
Extenuados por el hambre y el cansancio parecían más
bien espectros que seres humanos.
De esta suerte terminó la expedición de Gonzalo
Pizarro. Mas cuando aguardaba este intrépido caudillo gozar de un reposo a
tanto precio comprado, viose obligado a hacer frente a los nuevos peligros que
le amenazaban, a consecuencia de la espantosa catástrofe que había cambiado el
aspecto de las cosas en el Perú.
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