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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo V
Apodérase Almagro de Cuzco.- Hace prisionero a Fernando y Gonzalo Pizarro.-
Derrota a Alvarado.- Negociaciones con Francisco Pizarro.- Su rompimiento.-
Batalla de Salinas.- Prisión de Almagro.- Su proceso y muerte.- Retrato de este
caudillo.
No teniendo nada que temer ya de los naturales,
Almagro avanzó rápidamente hasta las puertas de Cuzco, y envió mensajeros a los
hermanos Pizarro para intimarles que evacuasen una ciudad donde sólo él tenía derecho
de mandar. Fernando contestó con dignidad y cordura que mandaba en Cuzco en
nombre del gobernador, y que no abandonaría su puesto sin sus órdenes expresas;
a más de que añadió, no era por la fuerza de las armas como debía hacer valer
sus pretendidos derechos, sino por medio de negociaciones leales tratar con el
gobernador.
Estos argumentos apoyados por la mediación de los
capitanes más distinguidos de los dos bandos que se veían con horror amenazados
de una guerra civil, movieron a Almagro a concluir una tregua. Convínose en que
Fernando enviaría un mensajero a Lima para dar cuenta a Pizarro de lo que había
pasado, y que hasta que llegase la respuesta los dos partidos se abstendrían de
todo acto de hostilidad. Esta tregua no fue de larga duración; los amigos de
Almagro le echaron en cara que llevaba hasta el exceso la debilidad y la
confianza; recordándole la conocida doblez de los Pizarros, le hicieron creer
que Fernando sólo se había propuesto ganar tiempo para recibir refuerzos que le
permitiesen continuar la guerra con ventaja, persuadiéndole por fin de que no
debía dejar escapar una ocasión tan propicia de apoderarse de Cuzco.
Almagro se dejó convencer por estas razones, y como
muchos de los soldados de Pizarro se habían pasado a sus banderas, creyó que
arrastraría fácilmente a los demás. Decidiose pues a sorprender la ciudad y
apoderarse de los jefes. Este plan le salió a medida de sus deseos: la
guarnición de Cuzco dormía descuidada, y cuando un soldado corrió a anunciar a
Fernando que las tropas de Almagro entraban en la ciudad, aquél le respondió
que debía equivocarse, puesto que un soldado y hombre de honor no podía faltar así
a su palabra. En esto Almagro habíase apoderado de la población: llegó sin
obstáculo a la morada de los dos hermanos y les intimó que se rindiesen; mas
éstos se negaron a ello, y atracando las puertas, preparáronse a una defensa
obstinada. Almagro mandó pegar fuego a la casa, y las llamas hicieron tan rápidos
progresos, que los Pizarros, no teniendo otro medio de evitar una muerte
horrible, se rindieron a discreción. Cargóseles de cadenas, lo mismo que a los
principales capitanes, y la autoridad de Almagro fue reconocida por todos.
A la primera noticia de la insurrección de los
peruanos, Francisco Pizarro había enviado a pedir socorros a todas las colonias
españolas, y mientras los aguardaba, había defendido a Lima con bravura. Cuando
llegaron refuerzos dispersó al momento al ejército enemigo, y se halló en estado
de enviar un cuerpo de tropas de quinientos hombres a las órdenes de Alfonso
Alvarado y de Garcilaso de la Vega, el padre del historiador, para socorrer a
Cuzco, si todavía era tiempo. Aquella pequeña hueste llegó a muy corta
distancia de la capital, antes de que pudiese sospechar que tuviese que
combatir otros enemigos que los indios; así que causó grande admiración a
Alvarado y a los suyos ver a sus compatriotas apostados en las orillas del
Abancay resueltos a disputarles el paso. Almagro sin embargo hallábase todavía
indeciso: temía empeñar una acción con tropas más numerosas que las suyas, con
tanta más razón, cuanto que teniendo en sus filas a algunos soldados de
Pizarro, podían éstos abandonarle en el momento del combate. Una circunstancia
del todo inesperada vino a sacarle de su irresolución.
Había en la hueste venida de Lima un oficial llamado
Pedro de Lerma, que quejoso de Pizarro, quería vengarse de él pasándose a
Almagro. Escribiole pues para darle a conocer sus intentos, y le aseguró que en
cuanto se acercase, se le reuniría con cien hombres. Almagro no despreció el
aviso; púsose de acuerdo con Lerma, y atacó por la noche a Alvarado que,
abandonado de parte de sus soldados, fue fácilmente vencido y hecho prisionero
con sus principales jefes.
Con esta ventaja hubiera quedado resuelta la
contienda para siempre, si Almagro, como sabía vencer, hubiese poseído el arte
de aprovecharse de su victoria. Rodrigo Orgoñez, oficial de gran talento, que
militando las órdenes del condestable de Borbón, en sus guerras en Italia, se
había acostumbrado a las resoluciones atrevidas y decisivas, le aconsejó que
hiciese morir a Fernando y Gonzalo Pizarro, a Alvarado y algunos otros a quienes
no podía prometerse ganar, y marchase en seguida sobre Lima con sus tropas
victoriosas, antes que el gobernador tuviese tiempo de prepararse para la
defensa. Almagro conocía todas las ventajas de este consejo y no carecía de la
resolución necesaria para seguirlo; pero cedió a sentimientos que no parecían
convenir a su posición, deteniéndose ante escrúpulos, honrosos sí, pero que
parecían extraños en un jefe de partido que había desenvainado la espada para
provocar una guerra civil. Su humanidad le impidió derramar la sangre de sus
adversarios, al paso que el temor de ser tenido por rebelde no le permitía
entrar espada en mano en una provincia que su soberano había dado a otro. Sabía
muy bien que la querella entre él y Pizarro sólo podía terminarse por medio de
las armas, y no rehusó este modo de resolverla; pero quería que su rival fuese considerado
como agresor, por cuya razón tomó tranquilamente el camino de Cuzco, para
aguardar que Pizarro fuese allí a buscarle (julio de 1537). Éste ignoraba aún
todo lo que había pasado: la vuelta de Almagro, la toma de Cuzco, la muerte de
uno de sus hermanos, el cautiverio de los otros dos y la derrota de Alvarado,
todas estas noticias llegaron a él al mismo tiempo, cual si la fortuna hubiese
querido abatir de una sola vez su ánimo altivo y resuelto. Fue aquello un golpe
terrible para el gobernador, quien a la par que deploraba la muerte de su
querido hermano y temía por la existencia de los otros dos, sentía atormentado
su espíritu por el orgullo, la humillación y la sed de venganza, y parecía
deber sucumbir bajo el peso de tantos infortunios. Mas su valor indomable le
dio fuerzas para resistir a este terrible golpe, y llamó en su auxilio toda su
energía para detener los progresos del mal. Como era dueño de la costa y
aguardaba considerables refuerzos en hombres y provisiones, importábale tanto ganar
tiempo y evitar una batalla, como conveniente hubiera sido para Almagro activar
sus operaciones y llegar pronto a una acción decisiva. En su consecuencia
Pizarro entabló negociaciones con su rival, y con tal habilidad las condujo,
que duraron muchos meses sin dar ningún resultado. Cansado de esas dilaciones
Almagro se adelantó con su ejército hasta las fronteras de la jurisdicción de
Lima, donde se detuvo para aguardar la respuesta definitiva de Pizarro. Al
salir de Cuzco se había hecho acompañar por Fernando, que sabía que era enemigo
suyo declarado, y de este modo tenía siempre en su poder un rehén importante.
Confió el mando de la ciudad a Gabriel Rojas, cuya adhesión y valor le eran
conocidos. Por más activa que fuese la vigilancia de este capitán, no pudo
burlar los esfuerzos que hacían Gonzalo Pizarro y Alvarado para recobrar su
libertad. Los dos presos ganaron a los soldados encargados de su custodia, los cuales
les proporcionaron en secreto armas y herramientas por medio de las cuales les
fue fácil romper sus cadenas. Una noche, en el momento en que Rojas había ido a
visitar a los presos, éstos le cercaron, apoderáronse de él y le amenazaron con
la muerte si gritaba. Rojas se sometió; Gonzalo y Alvarado salieron de la
ciudad con un centenar de hombres, y no tardaron en reunirse con el gobernador. Esta fuga causó grandísima alegría a Pizarro, pero el cautiverio de Fernando le
imponía la necesidad de continuar siguiendo la marcha política que le había
salido tan bien hasta entonces. Almagro por su parte desalentado por la fuga de
sus presos y la defección de sus soldados, y asustado de los grandes
preparativos que hacía Pizarro, parecía dispuesto a venir a un acomodamiento.
Esto era lo que Pizarro deseaba; así pues nombró cada uno de ellos dos
parlamentarios con plenos poderes para tratar. Los primeros artículos del
convenio establecían que Fernando sería puesto en seguida en libertad y que
pasaría a España, acompañado de un criado de Almagro para someter al rey la
causa de su contienda, y que entre tanto los dos rivales permanecerían en posesión
de los territorios que cada uno de ellos ocupaba. Almagro no vio el lazo que se
le tendía: firmó el convenio y puso al momento a Fernando en libertad. Desde el
instante en que Pizarro no tuvo que temer por la vida de su hermano, se quitó
la máscara y declaró que sólo con las armas en la mano debía decidirse quién de
los dos entre él y Almagro sería dueño del Perú. Hizo los preparativos con la
prontitud que resolución tan atrevida reclamaba y convenía a su carácter.
Pronto tuvo setecientos hombres en estado de marchar sobre Cuzco, y dio el
mando de ellos a sus dos hermanos, en quienes podía contar para la ejecución de
las medidas más violentas, puesto que, además de su ambición, se hallaban
animados por el reciente recuerdo de su prisión y de sus sufrimientos. Después
de haber intentado, aunque sin éxito, atravesar las montañas para llegar por un
camino directo a Cuzco, marcharon por la costa hasta Nasca, desde donde
torciendo a la izquierda, penetraron en los desiertos del ramal de los Andes
que los separaba de la capital. Almagro, en vez de seguir el consejo de los
capitanes que querían que procurase defender los pasos difíciles, aguardó a su
enemigo en la llanura de Cuzco. Dos razones habíanle determinado a tomar esta
resolución; no tenía más que quinientos hombres, y temía debilitarse más
enviando destacamentos a las montañas; y como por otra parte su caballería era
más numerosa que la de los Pizarros, no podía aprovecharse de esta ventaja sino
combatiendo en un país llano.
No tardaron los dos ejércitos en encontrarse,
mostrando igual impaciencia para poner fin a una querella que duraba tanto
tiempo hacía. Compatriotas y combatiendo poco antes bajo el mismo estandarte,
los españoles podían ver las montañas que rodeaban la llanura cubiertas de
numerosas partidas de indios, reunidos para gozar del placer de verlos degollarse
mutuamente, y dispuestos a atacar en seguida al partido que quedase vencedor.
Mas todas esas consideraciones de nada servían ante el cruel rencor de que se
hallaban animados; no se dio en uno y otro bando ningún consejo de paz; no se
dejó oír ninguna propuesta de arreglo. Desgraciadamente para Almagro su edad avanzada
no le permitía soportar largos trabajos, y extenuado en aquel momento crítico
por las fatigas y privado de su actividad ordinaria, se vio obligado a confiar
el mando a Orgoñez, el cual, aunque excelente capitán, no era tan amado de sus soldados
ni ejercía sobre ellos tanto ascendiente como el jefe, a quien estaban
acostumbrados a seguir y a respetar.
El 6 de abril de 1538 diose pues la sangrienta
batalla de Salinas, la cual empezó por una carga de caballería sostenida de una
y otra parte con indecible tesón. Fernando fue derribado de caballo con no poco
riesgo de su vida. El combate se hizo pronto general y terrible. Almagro tenía
mayor número de veteranos y de jinetes; mas estas ventajas estaban compensadas por
parte de los Pizarros, por dos compañías de mosqueteros bien disciplinadas, que
el emperador había enviado de España al saber el levantamiento de los indios.
En aquella época el uso de las armas de fuego estaba poco generalizado en
América entre los aventureros, que se equipaban sin regularidad y a sus
expensas; así pues aquella pequeña partida de mosqueteros fue la que decidió la
suerte de la jornada: dondequiera que llevaba su fuego, bien dirigido y
sostenido, derribaba todo cuanto tenía delante. Cuando el enemigo comenzó a
batirse en retirada, los Pizarros reunieron todos sus recursos para hacer un
último esfuerzo. En aquél momento Orgoñez fue herido y cayó de caballo: aquélla
fue la señal de la derrota: las tropas de Almagro se dispersaron en todas direcciones,
y los que escaparon a la matanza debieron tan sólo su salvación a la fuga.
Demasiado débil para tenerse a caballo y para tomar
una parte activa en el combate, Almagro, llevado en una litera, seguía desde lo
alto de una colina el movimiento de los dos ejércitos, y presenció la derrota
de los suyos con la indignación de un viejo capitán acostumbrado tiempo hacía a
la victoria. Viéndolo todo perdido intentó huir; mas Gonzalo y Alvarado lanzáronse
ellos mismos en su seguimiento, y lograron apoderarse de su persona.
Una de las circunstancias más notables de esta
desastrosa jornada, fue la inacción de los indios, que dejaron perder una
ocasión tan propicia para exterminar de un solo golpe a casi todos sus
enemigos. Habían muerto ciento cuarenta españoles, y hallábanse los demás tan
extenuados por sus heridas y el cansancio, que les hubiera sido imposible
defenderse contra la multitud de los peruanos. Nada en la historia del Nuevo
Mundo prueba quizás mejor que este hecho el admirable ascendiente que habían
tomado los españoles sobre los americanos. Éstos se contentaron con despojar a
todos los que encontraron en el campo de batalla, así a los muertos como a los
heridos.
Los Pizarros mancharon su victoria con actos de
atroz crueldad. Orgoñez, de Lerma y muchos otros partidarios de Almagro fueron
muertos a sangre fría, si no por orden de los jefes, al menos con su
aprobación. Cuzco fue entregado al pillaje, y los vencedores encontraron un
botín considerable formado en parte de lo que quedaba de los tesoros de los indios,
y en parte de las riquezas recogidas por sus adversarios tanto en el Perú como
en Chile.
Sólo faltaba entonces ocuparse en la suerte de
Almagro, la cual no parecía dudosa, puesto que desde los primeros momentos se
había resuelto su muerte. No atreviéndose sin embargo a hacerle perecer
secretamente, los Pizarros quisieron cubrir su venganza con un simulacro de
justicia, y resolvieron hacerle comparecer ante una comisión encargada de
juzgarlo. Temieron sin embargo que los antiguos partidarios del acusado, incorporados
a sus tropas, no verían a sangre fría a su intrépido e infortunado caudillo
conducido como un vil criminal a una muerte ignominiosa, después de los grandes
servicios que había prestado; por cuyo motivo Fernando Pizarro creyó deber
retardar el momento en que podría satisfacer el odio que contra Almagro
alimentaba. No tardó en presentarse la ocasión que deseaba. El botín recogido
en el saqueo de Cuzco no había correspondido a las esperanzas de los
vencedores, y murmuraban ya de la inacción en que se les tenía. Fernando
propuso en su consecuencia a varios capitanes que se pusiesen al frente de
algunos destacamentos a fin de recorrer el país. Esta proposición, tan conforme
con el carácter y el deseo de los aventureros, fue recibida con alegría; preparáronse
algunas expediciones, y Fernando tuvo buen cuidado de hacer que tomasen parte
en ellas todos los antiguos soldados de Almagro y aquellos de sus compañeros de
quienes no estaba enteramente seguro.
En cuanto hubieron partido los destacamentos,
Fernando se apresuró a llevar a cabo sus proyectos: nombró un tribunal
encargado de examinar la conducta de Almagro, procesado como culpable de
traición y rebeldía. Entre los cargos que se le hicieron, se le acusaba de
haber entrado a la fuerza en Cuzco, entablado negociaciones con el inca contra
los españoles, y hecho derramar la sangre de sus compatriotas en los combates
de Abancay y Salinas. Estos cargos fueron fácilmente probados y Almagro fue
condenado a muerte. La noticia de la sentencia pronunciada contra él fue para
el viejo caudillo un golpe terrible. Por grande que fuese la animosidad y el odio
de Fernando, Almagro no había pensado nunca que le hiciese morir, en el momento
sobre todo en que se hallaba imposibilitado de tentar el menor esfuerzo para
alcanzar de nuevo el poder: y entonces aquel anciano desafortunado, luchando a
la vez contra la enfermedad, el pesar, la debilidad y la vergüenza, faltó a su
carácter implorando la compasión de un hombre cuyo corazón no soñaba más que
con la venganza.
Fue para el ejército un doloroso y desgarrador
espectáculo ver a ese bravo veterano, a ese hombre que había pasado toda su
vida en el servicio de su patria, a ese caudillo a quien, después de Pizarro, debía
España la conquista del Perú, echarse a los pies de su venturoso rival, y
suplicarle con lágrimas en los ojos, que le dejase un resto de vida. Almagro
recordó a Fernando que también él había estado en su poder y que sin embargo
había respetado sus días; le hizo presente los servicios hechos a su patria, la
antigua amistad que le unía con el gobernador a cuya elevación y fortuna había
tan poderosamente contribuido. Fernando eludió el contestar a estas razones,
que no admitían réplica, y manifestó sorpresa y vergüenza de que un soldado
español, de un mérito tan señalado como Almagro, se mostrase tan apocado en
presencia de la muerte. Este sangriento insulto desgarró el corazón del anciano
y le devolvió toda su energía: dejó de suplicar y se dispuso a sufrir su suerte
con calma y firmeza. El único alivio que alcanzó en el rigor de su sentencia
fue que sería ahorcado en la cárcel y decapitado públicamente. Ejecutose la
sentencia, y Almagro recibió la muerte con una tranquilidad y valor dignos de
su renombre militar y de sus antiguas hazañas. Tenía entonces setenta y cinco
años de edad. Antes de morir nombró para sucederle en su gobierno, en virtud de
los poderes que tenía del emperador, a su hijo Diego, preso entonces en Lima.
Francisco Pizarro no dio la menor importancia a este testamento, que fue más
adelante un manantial fecundo de disensiones y calamidades.
Tal fue el deplorable fin de D. Diego de Almagro,
uno de los más distinguidos conquistadores del Nuevo Mundo. No era tan sólo un
soldado de un mérito superior; era además un hombre dotado de grandes talentos,
y que ofrecía bajo este punto de vista un singular contraste con Pizarro. La
conducta de Almagro iba acompañada de cierta franqueza y generosidad
caballeresca, mientras que en la de Pizarro se veía a menudo una doblez refinada,
y la determinación fija de sacrificarlo todo a sus miras políticas. La vida de
Almagro no está ciertamente al abrigo de justas acusaciones; pero si bien
cometió muchas faltas, no tuvo jamás que echarse en cara esos excesos de
crueldad que manchan la memoria de Pizarro. Independientemente de los
importantes servicios que prestó en la conquista del Perú, España le debe el
descubrimiento del reino de Chile, que fue con el tiempo una de sus más
productivas posesiones en América.
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