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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo IV
Recibe Pizarro refuerzos.- Apodérase de Cuzco.- Expedición de
Benalcázar a Quito.- Llegada de Alvarado.- Consiente en retirarse.- Fundación
de la ciudad de Lima.- Expedición de Almagro a Chile.- Levantamiento de los peruanos.
La muerte de Atahualpa aseguró la dominación de los
españoles. Los naturales, aterrados por los espantosos ejemplos que tenían a la
vista, y o sobrados indolentes o débiles para tentar de expulsar a los
extranjeros, lejos de hacer nuevos esfuerzos contra ellos, procuraban tan sólo
ganarse su buena voluntad. Encontrábanse con la muerte de los dos incas sin jefes,
sin bandera bajo la cual reunirse; y como si esto no fuese bastante, hallábanse
además divididos en dos partidos poderosos, el uno de los cuales sostenía los
derechos de Manco o Mango, hermano de Huáscar, al paso que el otro apoyaba las
pretensiones del hijo de Atahualpa. Este último era joven y carecía de
experiencia, y éste fue el que reconoció Pizarro, persuadido que estaría más
dispuesto a dejarse dirigir por él, que su competidor de más edad y
experiencia.
Los dos partidos hacían con actividad sus
preparativos de guerra, y durante este tiempo simples generales aspiraban en
otras provincias a la independencia y a la monarquía absoluta. El mismo
Atahualpa, sacrificando a su ambición a todos los descendientes de la raza
real, había enseñado a los peruanos a no respetar los privilegios de los hijos
del sol.
Los partidarios de aquel inca conservaban sin embargo
una grande veneración a su difunto monarca, y en cuanto Pizarro salió de
Cajamarca desenterraron su cuerpo para trasladarlo a Quito.

El gobernador de la
ciudad, llamado Ruminiani, tan notable por su ambición como por sus talentos y
su valor, apenas supiera la muerte de su soberano, resolvió hacerse
independiente. La traslación de los despojos mortales de Atahualpa a Quito
sirvió a sus proyectos. Bajo pretexto de celebrar los funerales de su señor con
la pompa y solemnidad dignas de su rango, invitó a la magnífica ceremonia que
preparaba a todos los parientes del inca y a los jefes que le habían sido
adictos, de suerte que se encontraron reunidos en Quito todos los personajes
del imperio. Ruminiani los invitó a un banquete, donde, según él decía, debía
tratarse de las medidas que convendría tomar para expulsar a los españoles.
Hizo servir a sus convidados una bebida embriagadora llamada sora, y cuando
hubo producido su efecto, Ruminiani cayó con sus partidarios sobre sus indefensos
convidados, y los degolló sin piedad.
Las revueltas que agitaban al país y que no podían
menos de ser provechosas a los españoles, animaron a Pizarro a marchar sobre
Cuzco, emprendiendo esta conquista con tanta mayor confianza cuanto que acababa
de recibir considerables refuerzos.
Los soldados a quienes había permitido acompañar a
su hermano Fernando, en cuanto llegaron a Panamá, hicieron ostentoso alarde
ante sus compatriotas de los tesoros que del Perú traían. Derramóse en poco
tiempo la noticia de sus victorias, y en especial de sus riquezas, por todas
las colonias del mar del Sur; los aventureros de Panamá, Guatemala y Nicaragua
sintiéronse todos inflamados del deseo de ir a reunirse con Pizarro, y tal fue
el número de ellos que, después de haber dejado en San Miguel una guarnición
imponente al mando de Benalcázar, el gobernador se encontró todavía al frente
de quinientos hombres. Parecióle esta hueste tan considerable, que hasta
descuidó tomar las precauciones necesarias contra la traición y la sorpresa.
Noticioso de ello Ben Quizquiz, general peruano, reunió un ejército numeroso y
convencido de que no podría resistir a los extranjeros en batalla campal, se
puso en emboscada cerca del camino por donde debían pasar los españoles, y
cayendo de repente sobre la retaguardia, mató diez y siete hombres e hizo ocho
prisioneros; después de lo cual marchó en retirada, burlando la vigilancia y
actividad de Pizarro. Afortunadamente para los prisioneros había entre ellos
dos de los oficiales que habían intentado salvar a Atahualpa, y por respeto a ellos
Quizquiz no sólo perdonó la vida a los cautivos, sino que los mandó poner en
libertad.
Después de muchos combates, en que obtuvo siempre la
ventaja, Pizarro entró en Cuzco, y los tesoros que allí encontró, resto de lo
que los habitantes habían sacado u ocultado, excedieron en valor al rescate de
Atahualpa. Herrera dice, que separado el quinto perteneciente al rey, quedaron
para repartirse 1.920,000 pesos de oro; y sin embargo los soldados no quedaban
todavía satisfechos, a pesar de haber recibido cada uno de ellos cuatro mil
pesos.
En esto murió el hijo de Atahualpa sin que Pizarro
pensase en darle sucesor. Mango Capac le inspiraba poco cuidado, por lo que
dejó que fuese reconocido como soberano legítimo por toda la nación.
Mientras que las tropas de Pizarro estaban de esta
suerte ocupadas, el bravo y emprendedor Benalcázar suportaba con disgusto la
inacción a que estaba condenado; así pues aprovechose de la llegada a San
Miguel de algunas tropas de refresco para satisfacer sus instintos aventureros.
Después de haber dejado suficientes fuerzas para la
seguridad del fuerte confiado a su custodia se puso al frente de las tropas que
quedaban disponibles, y que consistían, según Herrera, en ciento cuarenta
hombres, contando peones y caballos, y en doscientos, según Zárate, entre ellos
ochenta jinetes. Su intención era someter a Quito, donde según se decía había
reunido Atahualpa todos sus tesoros. Ni la distancia a que se hallaba aquella
ciudad, ni las dificultades del camino a través de las montañas, ni los
esfuerzos de Ruminiani, nada bastó a enfriar el ardor de Benalcázar y de sus
compañeros: triunfaron en muchos encuentros de sus enemigos, y Ruminiani,
obligado a abandonar a Quito, tuvo que refugiarse en las montañas. Los
vencedores sin embargo no sacaron de la toma de la ciudad las ganancias que se
prometieran, porque en su fuga los habitantes se habían llevado todas sus
riquezas.
Pedro Alvarado (1485-1541) |
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La alegría que experimentó Pizarro por estos fáciles
triunfos fue turbada por la noticia de un acontecimiento de la mayor
importancia, y que le hizo concebir las más vivas inquietudes; tal era la
llegada al Perú de un cuerpo numeroso de españoles, mandado por Pedro Alvarado.
Este capitán que se distinguiera particularmente en la conquista de México,
había sido nombrado gobernador de Guatemala y de toda la parte del Perú que
pudiera descubrir fuera de la jurisdicción de Pizarro. Vivía tranquilo y
aburrido en su gobierno, cuando la gloria y las riquezas adquiridas por los compañeros
de Pizarro, excitaron en él el deseo de lanzarse de nuevo a las agitaciones de
la vida militar. Creyendo o fingiendo creer que el reino de Quito estaba fuera
de la jurisdicción de Pizarro resolvió invadirlo.
Su grande reputación atrajo
de todas partes voluntarios que iban a ponerse a sus órdenes, y se embarcó con
quinientos hombres, de los cuales más de doscientos eran nobles y servían a
caballo. Desembarcó en Puertoviejo, y conociendo imperfectamente el país,
marchó sin guías en derechura hacia Quito, siguiendo el curso del Guayaquil y
atravesando los Andes hacia su nacimiento. Durante esta marcha por uno de los
sitios más agrestes de América, sus tropas debieron abrirse caminos por entre
bosques y pantanos: además de estas fatigas sufrieron de tal suerte a causa de
los rigores del frío en las alturas de las montañas, que antes de llegar al
llano de Quito habían perdido una quinta parte de la gente y la mitad de los caballos.
Los que quedaban estaban desalentados y fuera de estado de pelear.
Noticioso Pizarro de la marcha de Alvarado hizo
salir inmediatamente a Almagro con todos los soldados que no le eran
absolutamente necesarios, con orden de que fuese a oponerse a los progresos de
su rival, después de haberse reunido con las tropas de Benalcázar.
Almagro y Alvarado se encontraron en presencia el
uno del otro en la llanura de Riobamba, desplegaron uno y otro sus fuerzas;
pero los amigos de Pizarro no estaban muy dispuestos a venir a las manos,
porque veían delante de ellos una hueste mucho más numerosa que la suya, e
ignoraban el estado de debilidad a que se hallaba reducida. Alvarado se
adelantó arrojadamente para empezar el ataque, mas los soldados de los dos
bandos se negaron a combatir, y se mezclaron los unos con los otros,
conversando como antiguos camaradas. La mayor parte de ellos eran oriundos de Extremadura,
y los había en las dos huestes que estaban unidos por lazos de parentesco o de
amistad. El licenciado Coldera se apresuró a terminar una reconciliación tan
felizmente por la casualidad comenzada; sirvió de intermediario entre ambos
partidos, y después de algunas pláticas terminó con satisfacción de todos en
amistosas paces lo que amenazaba ser comienzo de una guerra civil.
A consecuencia del tratado que siguió a aquella
avenencia, Alvarado se obligaba a salir de la provincia de Quito y a dirigir
sus armas hacia el sur: convínose igualmente en que Alvarado, Pizarro y Almagro
obrarían de concierto y partirían entre sí las ganancias de sus conquistas
futuras. Tales eran las cláusulas públicas; mas existía un artículo secreto,
que no se creyó prudente divulgar por el temor de excitar el descontento de los
soldados de Alvarado, y era el que Almagro pagaría a este jefe cien mil pesos
en pago de su retirada.
Después de este arreglo Alvarado permitió a sus
soldados que quisieron hacerlo, el que pasasen al servicio de Pizarro, y además
manifestó deseos de tener una entrevista con el gobernador, tanto para felicitar
al que había sido su antiguo compañero de armas, como para conocer el país
sometido a los españoles. Pizarro sin embargo, aunque satisfecho de aquel
resultado, gracias al cual una expedición que parecía deber arruinarle había
contribuido por el contrario a aumentar sus fuerzas, veía no sin inquietud a un
rival tan temible prolongar su permanencia en el país. Temía que si Alvarado
entraba en Cuzco la vista de las riquezas que encerraba no le hiciese cambiar
de resolución; por lo que diose prisa en reunir la suma prometida, que Almagro
no había podido pagar, y dejando el mando de Cuzco a sus hermanos, se trasladó
a Pachacamac para aguardar allí a Alvarado, que llegó a los pocos días.
Ya fuese por política, o que en realidad estimase el
carácter del afamado capitán que había sido su compañero de armas, Pizarro no
empleó en aquella circunstancia la pérfida doblez de que había dado hasta
entonces tantas pruebas. Algunos amigos de su confianza le aconsejaban que
mandase prender a Alvarado y le enviase a España sin pagarle la suma convenida.
Lejos de seguir este parecer, el gobernador no tan sólo pagó a Alvarado los
cien mil pesos prometidos, sino que le dio veinte mil más para los gastos de su
viaje. Los dos caudillos pasaron juntos algunos días, como antiguos camaradas,
hablando de sus peligros pasados y de sus esperanzas para lo por venir, y
separáronse haciéndose las más vivas protestas de amistad. Alvarado regresó a
Guatemala, Pizarro se quedó en Pachacamac con la idea de establecer el asiento
del gobierno en aquella costa.
| 31 Km. al sur de Lima por la autopista panamericana sur; se levanta este antiguo oráculo precolombino. Construido enteramente con ladrillos de barro (adobe), era considerado, junto con el Cusco, el principal lugar de culto en el Perú prehispánico. Hasta este lugar llegaban peregrinos provenientes de los lugares más distantes para rendir tributo al Dios Pachacamac, (creador del mundo y de sus criaturas). La parte inca del complejo arqueológico (1440 – 1533) es la mejor conservada. El sitio arqueológico exhibe palacios, plazas y templos cuidadosamente restaurados y cuenta con un museo de sitio que alberga una interesante colección de piezas halladas en el lugar. |
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Cuzco en efecto, antigua residencia de los
incas, estaba situado en un rincón del imperio, a más de cuatrocientas millas
del mar, y a más distancia aun de Quito. Fuera de estas dos poblaciones no
había en el Perú ningún otro establecimiento que mereciera el nombre de ciudad
y que pudiese determinar a los españoles a fijar en él su morada.
Recorriendo el país quedó Pizarro prendado de la
belleza y fertilidad del valle de Rimac, y resolvió establecer en él la capital
de su gobierno, en las riberas de un pequeño río del mismo nombre del valle que
riega, a seis millas de Callao, ensenada la más cómoda delPacífico. Diole el nombre
de Ciudad de los Reyes, porque puso su primera piedra el día en que celebra la
Iglesia la fiesta de la Epifanía (enero de 1535). Mientras que el Perú
perteneció a España se conservó este nombre en los actos públicos; pero la
ciudad es más conocida por el de Lima, que será el que le daremos en el curso
de nuestra historia. Eleváronse con tanta rapidez los edificios de la nueva
ciudad, que tomó pronto un aspecto imponente: el palacio magnífico que Pizarro
había mandado construir para él y las soberbias casas destinadas a sus
principales oficiales, parecían anunciar desde entonces el alto puesto de
grandeza a que debía llegar un día aquella población.
Antes de esta época habíase recibido la noticia de
la llegada de Fernando Pizarro a España. La inmensa cantidad de oro y plata que
traía excitó aquí tanta admiración, cual la había causado en Panamá y demás colonias
españolas. Pizarro fue recibido por el emperador con las atenciones debidas a
quien le ofrecía un presente, cuyo valor excedía al concepto que se formaran
los españoles de las riquezas de sus adquisiciones en América, aun después de
haber transcurrido diez años de la conquista de México. El rey recibió 153,300
pesos de oro, 34,000 marcos de plata, con una gran cantidad de vasos y otros
adornos preciosos, independientemente de 499,000 pesos y 54,000 marcos de
plata, producto de diferentes regalos que le fueron hechos. Carlos no dudó en
colmar de honores a unos hombres que sometían a su imperio un país tan vasto y
tan rico. Confirmó todos los privilegios anteriormente concedidos a Pizarro y aumentó
su jurisdicción en 70 leguas de costa hacia el norte: toda la comarca debía
llamarse la Nueva Castilla. Concediose a Almagro, con el título de adelantado,
un territorio de 200 leguas de extensión con el nombre de Nueva Toledo.
Fernando Pizarro fue nombrado caballero de Santiago, la primera de las órdenes
militares españolas, y objeto en todos tiempos de las más nobles ambiciones.
Por último Francisco Pizarro fue elevado a la nobleza y recibió el título de
marqués. Satisfecho Fernando volvió al Perú, acompañado de muchos voluntarios
más distinguidos por su nacimiento que la mayor parte de los que habían hasta
entonces servido en América.
Hallábase Almagro en Cuzco cuando tuvo noticia de
los privilegios que acababan de concedérsele. En cuanto se vio dueño de un
gobierno propio creyó que era tiempo de sacudir la dependencia en que había
estado siempre con respecto a Pizarro. Pretendió al principio que Cuzco hacía parte
de su jurisdicción, y quiso ejercer en él una autoridad absoluta que dispertó
los recelos de los amigos de Pizarro. Sus dos hermanos, Juan y Gonzalo,
auxiliados por muchas personas de distinción, quisieron dirigir a Almagro
algunas quejas sobre la ilegalidad de su conducta, mas este jefe, excitado por
los que se habían declarado partidarios suyos, se negó a escucharlos. Tal fue
el principio de esas disensiones que debían agitar todo el país, y que tan
fatales fueron a los dos competidores. Suscitáronse disputas entre los amigos
de los dos jefes, y las luchas que fueron su consecuencia costaron la vida a no
pocos soldados. Informado Pizarro del triste estado en que se hallaban las
cosas, apresuróse a partir para Cuzco: hizo el viaje con una rapidez
sorprendente, y su presencia bastó, siquiera por el momento, para restablecer
el orden.
La reconciliación entre Pizarro y Almagro no había
sido sincera. Éste no podía olvidar la conducta de su consocio cuando su viaje
a España; y fuerza es confesar que habíase portado con él con perfidia e
ingratitud. La política y el interés común habían traído una reconciliación;
pero Almagro se acordaba siempre de que había sido engañado, y deseoso de vengarse,
aguardaba tan sólo la oportunidad de hacerlo. Cada uno de los dos jefes estaba
rodeado de subalternos interesados en lisonjearlos, quienes con el arte y la
maldad propias de esta clase de hombres, agriaban sus mutuos recelos, y hacían
que las más ligeras faltas fuesen tomadas como insultos los más graves. A pesar
de esto se temían el uno al otro, y ninguno de ellos se creía bastante fuerte
para llegar a un rompimiento. Pizarro, con una mezcla de dulzura y de firmeza,
insistiendo con energía en los funestos efectos que tendrían aquellas disputas
para el bien de todos y para su interés personal, y calmando el enojo de
Almagro con protestas y promesas, logró hacerle renunciar a sus proyectos de
ambición y de independencia. Así pues verificose una nueva reconciliación; pero
Pizarro, para quien Almagro era siempre un rival peligroso, quiso alejarle de
Cuzco, ocupándole en algo. Presentole la conquista de Chile como una empresa
digna de sus esfuerzos, y para más determinarle a intentarla, le prometió que
si esa conquista no correspondía a sus esperanzas, le indemnizaría cediéndole
una parte del Perú. Almagro se apresuró a aceptar esta propuesta, que
inflamando su ambición, caldeó su natural ardor por las expediciones y las
aventuras; y como para los españoles no tenía límites la idea que se habían
formado de las riquezas y la extensión de aquellas comarcas, Almagro se
lisonjeó de conquistar provincias muy superiores, bajo todos conceptos, a las
sometidas hasta entonces. Empezaron al momento los preparativos de la
expedición, y como el número de los aventureros había aumentado
considerablemente, Almagro reunió en poco tiempo hasta quinientos cincuenta
hombres. Además de esta hueste, fueron enviados en diferentes direcciones
destacamentos mandados por jefes escogidos a fin de reconocer y conquistar
otros territorios.
Almagro partió a principios de 1535. A pesar de la
amistad que parecía reinar entre él y Pizarro, tuvo cuidado, antes de su
partida, de tomar todas las precauciones que pudieran ponerle a cubierto de la
doblez de su colega. Al efecto dejó en Cuzco a Juan de Herrada, su amigo fiel,
que tenía a sus órdenes un gran número de hombres de lealtad probada, y que
debía informar a su jefe de todos los acontecimientos que tuviesen lugar.
Almagro llevó consigo un hermano del inca llamado
Pallu, el gran sacerdote, muchas personas de distinción y un cuerpo de tropas
de quince mil indios. Al frente de este considerable ejército púsose en marcha
para descubrir y subyugar el reino de Chile, que hacían igualmente famoso sus riquezas
y las disposiciones belicosas de sus habitantes.
La expedición llegó sin dificultad a Charloy; mas al
deliberar acerca el camino que debía seguirse, Almagro eligió el que ofrecía
más obstáculos y peligros, y a pesar del consejo de Pallu resolvió atravesar las
montañas en vez de marchar por el país que se extiende a lo largo de la costa.
Varios eran los motivos que para ello tenía: en primer lugar el camino elegido
era el más corto; por otra parte su genio emprendedor le hacía despreciar las
dificultades, y por último temía, siguiendo el camino indicado por Pallu, caer
en emboscadas concertadas de antemano entre los indios. Después de algunos días
de marcha pudo reconocer el yerro cometido: los españoles encontraron la nieve
acumulada en tan gran cantidad, que no podían abrirse camino sino a costa de
los más grandes esfuerzos. Empezaron a dejarse sentir los efectos del frío más
intenso; los días eran cortos, y después de haber permanecido expuestos por
espacio de tres crueles noches a todo el rigor del clima, un gran número de soldados
sucumbieron. Habíanse agotado los mantenimientos, y era imposible encontrar
víveres en aquellas agrestes regiones. El ejército disminuía sensiblemente bajo
el triple azote del frío, el hambre y la fatiga, y según G. de la Vega, no bajó
de cincuenta españoles y de diez mil indios el número de los que perecieron en
aquella marcha desastrosa.
Almagro llegó por fin a las llanuras de Chile, y
reconoció que no le habían engañado al ponderarle la fertilidad del suelo y las
riquezas del país. En los distritos sometidos al inca recibió la más favorable acogida,
porque los naturales le veían acompañado del hermano de su señor, pudiendo
hacerse de esta suerte con una gran cantidad de oro, que distribuyó
generosamente entre sus compañeros, para recompensarles por los servicios
prestados y alentarles a perseverar en su empresa.
A medida empero que fue internándose las cosas
cambiaron de aspecto: los chilenos, sorprendidos al principio por el singular
aspecto de los extranjeros, no tardaron en volver en sí de su admiración y
terror, y atacaron a los españoles con una resolución, de la cual no había
habido aún ejemplo en aquella parte de América. Por último, después de muchas fatigas
y peligros, Almagro tuvo que dejar su empresa sin terminar, llamado al Perú por
una revolución tan repentina como inesperada que estallara en el país y que
amenazaba anonadar el poder de los españoles.
Convencido Pizarro de que nada tenía que temer de
los peruanos mientras tuviese en su poder el inca, obligaba a Manco Capac a
residir en Cuzco, bajo pretexto de que esta ciudad era la residencia del
soberano, pero en realidad para que estuviere a la vista de Juan y de Gonzalo Pizarro,
a quienes su hermano recomendaba particularmente que le vigilasen cada vez que
él se ausentaba de Cuzco.
El inca había instado repetidas veces a Pizarro para
que le restableciese en todas las prerrogativas de su dignidad: habíase quejado
vivamente de los honores irrisorios que se le tributaban, afectando reconocerle
en público como soberano, mientras que en realidad era menos libre que el más
miserable de sus súbditos. Pizarro, que tenía poderosos motivos para querer
evitar un rompimiento, eludió al principio el satisfacer a estas quejas, y
luego para sustraerse a nuevas reclamaciones, pretextó ser necesaria su
presencia en Lima, y salió de Cuzco. El inca resolvió aprovecharse de su
ausencia para ejecutar un proyecto que meditaba tiempo hacía: había observado
que las fuerzas de los españoles estaban diseminadas, y que sólo había en Cuzco
un corto número de hombres. Por medio de inteligencias que mantenía con las
provincias, mandó hacer secretamente los preparativos de una sublevación
general, aguardando tan sólo una ocasión favorable para escaparse y ponerse al
frente de sus tropas, al propio tiempo que, a fin de no dispertar las sospechas
de sus guardadores, fingía una ciega sumisión a las órdenes de Pizarro.
Por esta época (1536) llegó Fernando Pizarro a
Cuzco: el inca se manifestó más que nunca resignado y sumiso, y cuando vio que
éste no abrigaba la menor desconfianza, pidióle permiso para ir a Jucay, donde tenía
sus jardines de recreo, y donde, según decía, debía celebrarse una gran fiesta
nacional, prometiendo además a Fernando traerle la estatua de oro macizo de su
padre Guaynacaba, que estaba en aquel sitio. Seducido por la esperanza de tan
gran regalo, Fernando Pizarro consintió en lo que le pedía el inca, y le dejó
salir de Cuzco acompañado tan sólo de algunos criados. Hallábanse reunidos ya
en Jucay los personajes principales del imperio, sin que su presencia excitase
la menor sospecha a causa de la fiesta anunciada. Todo este asunto había sido
conducido con tanto orden, y con tanta prontitud y sigilo, que los españoles no
tuvieron noticia de la explosión hasta que se hubo propagado en todo el país el
incendio.
Manco Capac arengó a los caciques, les conjuró que
exterminasen a toda la raza de sus enemigos, recomendóles que atacasen a los
pequeños destacamentos que recorrían el país degollando hasta el último
soldado, mientras que dos ejércitos formidables sitiarían a Cuzco y a Lima.
Las órdenes del inca fueron con religiosa puntualidad
ejecutadas: desplegóse en todas partes el estandarte de la guerra, y
dondequiera los peruanos tomaron las armas con una resolución igual a la apatía
que hasta entonces habían manifestado. Marchó sobre Lima un poderoso ejército, mientras
que una inmensa multitud, que hace subir Zárate a doscientos mil hombres,
mandada por el mismo inca, sitiaba a Cuzco. Al propio tiempo habían sido
sorprendidos y destrozados algunos destacamentos españoles, y estas primeras
ventajas habían inflamado a los indios, que ardían en deseos de librar al país
de la presencia de los extranjeros.
Advertidos los tres hermanos de Pizarro del peligro
que amenazaba a Cuzco, se apresuraron a enviar un mensajero al gobernador
pidiéndole socorros, en tanto que hacían los más vigorosos esfuerzos para
oponer al enemigo una resistencia digna del renombre de las armas españolas y
del valor que distinguía a su familia. Mas el gobernador no recibió el mensaje:
Lima estaba ya sitiada, y los peruanos impedían las comunicaciones entre las
dos ciudades, de suerte que los españoles que había en cada una de ellas
empezaban a temer que eran ellos los únicos europeos que en el Perú existían.
Proseguíase en especial el sitio de Cuzco con el mayor vigor: las fuerzas de
Pizarro, que consistían tan sólo en doscientos hombres, ochenta de los cuales
eran de a caballo, tenían que defenderse contra un ejército de más de
doscientos mil indios. Ni siquiera estaba compensada esta desigualdad por la
superioridad de las armas. Los americanos no se asustaban ya de las de fuego,
ni a la vista de los caballos. Los que habían cogido espadas y picas a los
españoles servíanse de ellas; otros, y el inca era de este número, montaron los
caballos de que se habían apoderado, y corrían con ellos al combate, cual si estuviesen
acostumbrados a manejarlos desde su infancia.
Durante los nueve meses que duró el sitio de Cuzco,
los peruanos desplegaron talentos superiores a los de los mexicanos y redujeron
a los españoles a un estado casi desesperado. No había para éstos ningún
momento de reposo, y mientras que el enemigo podía llevar todos los días tropas
de refresco al ataque, los sitiados, reducidos a un escaso número, desalentados
y rendidos de fatiga, se veían obligados a sobrellevar de continuo nuevas
penalidades. Sin embargo en este estado de desolación estaban más que
descorazonados rabiosos, y preparáronse a reunir sus postreros recursos,
dispuestos a perecer todos, haciendo contra sus enemigos un esfuerzo
desesperado, antes que rendirse. Su posición era cada vez más crítica, cuando
vino a salvarlos de repente un acontecimiento inesperado.
Almagro había llegado a las inmediaciones de la
ciudad. Detenido en sus proyectos de conquista, había sabido el levantamiento
de los peruanos y venido a Cuzco, sin determinación fija, si bien había
realmente concebido el proyecto de apoderarse de la ciudad. Cuando hubo
reconocido el estado de las cosas, vaciló acerca el plan de conducta que debía seguir.
Al ver el ejército formidable de los sitiadores comprendió que tendría que
combatir en los peruanos a enemigos poderosos, al paso que haciendo alianza con
ellos, le sería fácil vencer a Pizarro, cuya situación era desesperada. Sin
embargo su corazón de castellano se negaba a cometer este acto de felonía: por
grandes que fuesen sus motivos de odio contra Pizarro, repugnábale volver sus
armas contra sus compatriotas, y por otra parte era de temer, que en el caso de
tomar este partido violento, los indígenas, tranquilos espectadores de aquella
terrible lucha, fuesen los únicos en aprovecharse de ella.
El inca por su parte quería impedir la unión de los
dos ejércitos españoles, y acudiendo a la astucia, hizo pedir a Almagro una
entrevista a fin de fijar las bases de un tratado. Su objeto secreto era
hacerle asesinar; pero Almagro era sobrado prudente para entregarse ciegamente
a su enemigo, y fue a la entrevista escoltado por un número considerable de sus
mejores soldados, con lo que burló el plan tramado contra su existencia.
Mientras que el inca y Almagro se entregaban a inútiles negociaciones, Fernando
Pizarro resolvió valerse también de la astucia. Envió mensajeros a Juan de
Saavedra, que mandaba las tropas en ausencia de Almagro, que estaba entonces al
lado del inca, y le hizo los más seductores ofrecimientos si consentía en
abandonar el partido de su jefe. Mas Saavedra rechazó con desprecio todas las
proposiciones que se le hicieron. De esta suerte los tres partidos
permanecieron algún tiempo en la incertidumbre, observándose los unos a los
otros, y no atreviéndose a tomar ninguna resolución decisiva.
Por fin el inca atacó a Almagro y fue rechazado con
gran pérdida: desesperando entonces del triunfo, suspendió las hostilidades y
dispersó su ejército. La indomable resistencia que le habían opuesto los
españoles durante más de un año le había disgustado de una guerra que no le
ofrecía ya ninguna esperanza de buen éxito, y al ver a sus enemigos reunidos se
retiró del campo de batalla, dejando que los dos partidos se disputasen la victoria.
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