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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo III
Marcha de Pizarro al interior.- Hace prisionero al inca Atahualpa.- Proceso
y muerte de este príncipe.
Atahualpa, desde sus aposentos en la llaqta de Cajamarca, celebraba los contundentes triunfos de sus tropas en el sur. Considerándose invencible, aquellos días de noviembre de 1532, permitió que unos extranjeros barbudos, que llegaron por las costas de Tumbes, ingresaran a la sierra norte y se entrevistaran con él: eran los españoles. En los Baños de Pultumarca, fue el primer encuentro entre hispanos y el nuevo Inca. Hernando Pizarro convenció a Atahualpa para asistir a una comida y entrevista con su hermano Francisco Pizarro, prometiendo devolver los bienes que habían tomado sin autorización. |
Gracias a esta disensión entre los dos hermanos, los
españoles llegaron hasta treinta leguas tierra adentro, sin que nadie intentase
detenerlos. Pizarro no sabía cómo explicarse la apatía de los indígenas, cuando
llegaron a él mensajeros enviados por Huáscar implorando la asistencia de los
extranjeros contra el usurpador. El general comprendió enseguida toda la
importancia de este paso, y previó las ventajas todas que podría sacar de la
guerra civil que destrozaba el país. Determinó en su consecuencia avanzar
mientras que la discordia ponía a los peruanos en la imposibilidad de atacarle
con todas sus fuerzas, esperando que tomando la defensa de uno o otro de los competidores,
según las circunstancias, lograría más fácilmente destruir a los dos.
No podía sin embargo disponer de toda su gente:
debía dejar en San Miguel una guarnición capaz de defender este puesto, tan
importante como plaza de retirada y como puerto, donde debían llegar los
refuerzos que aguardaba de Panamá. En su consecuencia dejó en él cincuenta y
cinco hombres, y partió el 24 de septiembre al frente de sesenta y dos caballos
y ciento dos peones, de los cuales había veinte armados de arcabuces y tres de
mosquetes, llevando además sus dos cañones.
Entretanto Atahualpa hallábase acampado en
Caxamalca, ciudad situada a unas doce jornadas de marcha de San Miguel. Aunque
sabía que el ejército enemigo era muy numeroso, Pizarro avanzó con el mayor
denuedo. Poco había andado aún, cuando se presentó a él un enviado del inca con
un rico presente de parte de este príncipe, convidándole con su amistad e invitándole
a pasar a Caxamalca. Acordándose entonces Pizarro de las medidas políticas
adoptadas por Cortés en iguales circunstancias, recibió al enviado con la mayor
benevolencia; diose él mismo por embajador de un príncipe poderoso, y declaró
que iba con la intención de ofrecer a Atahualpa su auxilio contra los facciosos
que le disputaban la corona.
Esta declaración logró disipar los recelos y temores
de los peruanos, los cuales, como los demás pueblos de la América, habían
concebido las más vivas inquietudes desde la primera aparición de los
extranjeros. ¿Debían considerarlos como seres celestiales o como formidables
enemigos?¿no era más prudente conciliarse su amistad con la sumisión, que
aumentar su enojo con la resistencia? Tales eran las dudas que venían a disipar
las palabras conciliadoras de Pizarro, y desvanecido todo recelo se permitió a los
extranjeros que marchasen hacia Caxamalca.
Antes de llegar allí tuvieron los españoles que
arrostrar todavía crueles sufrimientos: fue preciso atravesar un desierto
estéril que se extiende entre San Miguel y Motapé, en un espacio de unas veinte
y siete leguas, compuesto de llanuras arenosas, sin bosques ni agua. Los abrasadores
rayos del sol hacían la travesía sumamente penosa, y el menor esfuerzo de los
naturales hubiera podido ser fatal a la hueste de Pizarro. Enseguida tuvieron
que pasar por un desfiladero tan estrecho e inaccesible, que hubieran bastado
unos pocos hombres para defenderlo contra un ejército numeroso. La imprudente
credulidad de los peruanos no les permitió aprovecharse de estas ventajas, y
Pizarro entró tranquilamente en Caxamalca el 25 de noviembre de 1532.
Inmediatamente tomó posesión de un gran patio que fortificó para ponerse a
cubierto de un golpe de mano; y sabiendo que Atahualpa celebraba una gran
fiesta en su campamento a una legua de la ciudad, mandó allí a su hermano
Fernando y Fernando de Soto. Llevaban el encargo de confirmar las seguridades dadas
por Pizarro acerca de sus intenciones pacíficas y pedir para su jefe una
entrevista con el inca, a fin de explicarle las intenciones que habían movido a
los españoles a venir a su país. Engañado Atahualpa por estas protestas,
recibió a los enviados con respeto y amistad, y les hizo comprender que iría él
mismo al día siguiente a visitar al caudillo extranjero. El porte noble del
monarca, el orden que reinaba en su corte, el respeto con que se acercaban sus
súbditos a su persona y ejecutaban sus órdenes, admiraron a los españoles. Mas
sus codiciosas miradas fijáronse principalmente en las inmensas riquezas con
profusión amontonadas en el campo. Los adornos que llevaban sobre sus personas
el inca y los nobles de su séquito, los vasos de oro y plata en que fue servida
la comida, la multitud de utensilios de todas clases fabricados con aquellos
preciosos metales les ofrecieron un espectáculo que excedía a todas las ideas
de opulencia que había podido crearse su imaginación.
Por el relato que hicieron a Pizarro, éste fijó
todos sus pensamientos en las medidas que debían tomarse para llevar a cabo un proyecto
que desde su salida de San Miguel meditaba: llamó a su consejo a sus hermanos,
a Soto y a Benalcázar y les explicó el plan que había concebido. Después de
haberles demostrado cuánto les importaba tener al inca en su poder, y recordado
las ventajas que había traído en México el cautiverio de Moctezuma, acabó por
proponerles una medida semejante y que fue adoptada sin titubear.
En su consecuencia dividió sus sesenta jinetes en
tres pelotones al mando de Soto, Benalcázar y su hermano Fernando; formó una
sola masa de la infantería, excepto veinte hombres escogidos que debían ir con
él dondequiera que el peligro lo exigiese, y mandó colocar las dos piezas de artillería
delante del camino por donde debía llegar el inca.
Al día siguiente, 16 de noviembre, Atahualpa partió
de su campamento para ir a visitar a Pizarro; pero queriendo dar a los
extranjeros una alta idea de su poder y de sus riquezas, se puso en marcha con
toda la pompa que desplegaba en las más grandes solemnidades. Jerez, testigo
ocular, describe aquella escena en estos términos: «La gente que traía en la delantera
traían armas secretas debajo de las camisetas, que eran jubones de algodón
fuertes, y talegas de piedras y hondas; que parecía que traían ruin intención.
Luego la delantera de la gente comenzó a entrar en la plaza; venía delante un
escuadrón de indios vestidos de una librea de colores a manera de escaques;
éstos venían quitando las pajas del suelo y barriendo el camino. Tras éstos
venían otras tres escuadras vestidos de otra manera, todos cantando y bailando.
Luego venía mucha gente con armaduras, patenas y coronas de oro y plata. Entre
éstos venía Atahualpa en una litera aforrada de plumas de papagayos de muchos
colores, guarnecida de chapas de oro y plata. Traíanle muchos indios sobre los hombros
en alto, y tras de ésta venían otras dos literas y dos hamacas, en que venían
otras personas principales; luego venía mucha gente en escuadrones con coronas
de oro y plata.»
En cuanto Pizarro descubrió al inca envió a su
encuentro al padre Valverde, limosnero de la expedición. Según Jerez el padre
Valverde se adelantó llevando un crucifijo en una mano y la Biblia en la otra.
Llegado cerca del inca, le dijo por medio de su intérprete: «Yo soy un
sacerdote de Dios; yo enseño a los cristianos las cosas del Señor, y vengo a enseñároslas
a vosotros. Yo enseño lo que nos ha enseñado Dios y que está contenido en este
libro. En cualidad de tal te ruego de parte de Dios de los cristianos que seas
su amigo, porque Dios lo quiere, y será para tu bien: ve a hablar al gobernador
que te aguarda.»
Atahualpa pidió que se le permitiera ver el libro que tenía el
padre Valverde, y fuele entregado cerrado. Como no pudiese abrirlo, el
religioso alargó la mano para enseñarle cómo debía hacerlo; mas Atahualpa, no
queriendo recibir sus instrucciones, le dio con desprecio un golpe en el brazo,
y esforzándose en abrirlo, lo logró. No se admiró, como los otros indios, al ver
los caracteres en el papel; tiró el libro santo a cinco o seis pies de distancia,
y luego dijo con acento lleno de orgullo: «Estoy bien instruido de lo que
habéis hecho en el camino, y de cómo habéis tratado a mis caciques y pillado
las casas.»
«Los cristianos no han hecho esto, respondió el padre Valverde;
sino que habiéndose algunos indios llevado sus efectos sin que el gobernador lo
supiese, éste los ha despedido.
-¡Pues bien! -replicó Atahualpa, no me moveré de
aquí hasta que me sea todo devuelto.» El religioso se volvió al gobernador con
esta respuesta, mientras que el inca poniéndose de pie en su litera exhortaba a
los suyos a que estuviesen preparados para lo que acontecer pudiese.
Zárate refiere este hecho con circunstancias casi
semejantes, sólo que añade que cuando el padre Valverde vio las santas
Escrituras profanadas por el inca, que había arrojado el libro santo al suelo, exclamó
lleno de indignación: «¡A las armas, españoles! ¡a las armas!» Nos hacemos un
deber en hacer observar que el exacto y concienzudo G. de la Vega desmiente
formalmente este llamamiento a la fuerza, de que algunos historiadores han
acusado al padre Valverde con más pasión que justicia.
Sea de ello lo que fuere, Pizarro, que durante esta
conferencia había tenido no poco que hacer para contener a sus soldados,
impacientes por lanzarse sobre las riquezas que tenían a la vista, dio la señal
del combate. Dejáronse oír al instante los instrumentos guerreros de los
españoles, vomitaron fuego los mosquetes y los cañones, embistieron los caballos,
y la infantería cayó espada en mano sobre los peruanos. Los pobres indios,
admirados de un ataque tan brusco e inesperado, turbados por los terribles
efectos de las armas de fuego y por la irresistible arremetida de aquellos
monstruos, desconocidos para ellos, que llevaban los españoles, diéronse a huir
por todas partes, sin probar siquiera defenderse. Pizarro a la cabeza de su
tropa escogida, lanzóse en derechura sobre el inca, y si bien los grandes de su
acompañamiento, apiñándose en torno del monarca, le hacían un escudo con sus
cuerpos, sacrificándose en su defensa, llegó muy pronto hasta él, y cogiéndole
por el brazo, le hizo bajar de su litera y le llevó a su tienda. La prisión del
monarca aceleró la derrota de sus tropas. Los españoles las persiguieron por
todas partes, y continuaron degollando a sangre fría a los fugitivos que no
oponían la menor resistencia. La noche puso fin a la matanza en la que
perecieron más de cuatro mil peruanos. No murió ningún españo, y sólo Pizarro fue
ligeramente herido en la mano por uno de sus propios soldados, en la prisa que
se dio para apoderarse de la persona del inca.

Las riquezas recogidas en el pillaje del campamento
excedieron a la idea que se habían formado los españoles de la opulencia del
Perú; los vencedores se entregaron a los transportes de gozo que debían
experimentar unos miserables aventureros, que experimentaban en un solo día un
cambio tan extraordinario en su fortuna.
Atahualpa no podía sobrellevar con calma un
cautiverio tan inicuo como cruel. La terrible e imprevista calamidad que sufría
habíale de tal manera abatido, que durante algún tiempo le fue imposible pensar
en los medios de hacer menos miserable su suerte. Pizarro, temiendo perder las ventajas
que podía sacar de un preso de tal importancia, procuró disminuir el dolor del
vencido con algunas palabras consoladoras; pero viendo el inca que las acciones
del vencedor no estaban en armonía con sus manifestaciones de respeto, le
rechazó con desprecio. Estando entre los españoles no tardó en descubrir que la
sed de oro era su pasión dominante, y concibió la esperanza de obtener su
libertad satisfaciendo su avaricia. En su consecuencia ofreció un rescate tal,
que llenó de admiración la imaginación de Pizarro, a pesar de lo que conocía ya
de las riquezas de aquel reino. «Atahualpa, escribe Jerez, dijo que daría de
oro una sala que tiene veinte y dos pies en largo y diez y siete en ancho,
llena hasta una raya blanca que está a la mitad del altor de la sala, que será
lo que dijo de altura de estado y medio, y dijo que hasta allí henchiría la
sala de diversas piezas de oro, cántaros, ollas y tejuelas, y otras piezas, y que
de plata daría todo aquel bohío dos veces lleno, y que esto cumpliría dentro de
dos meses.»
Esta propuesta fue aceptada, y Atahualpa, no
cabiendo en sí de gozo a la idea de recobrar pronto su libertad, tomó las más
activas medidas para cumplir sus compromisos, y envió a todas las provincias
mensajeros encargados de reunir los prometidos tesoros. Fernando de Soto y
Pedro del Barco obtuvieron el permiso de acompañar a los enviados que iban a
Cuzco. Sabían que mientras que el inca estuviese en poder de Pizarro nada se
intentaría contra ellos, y en efecto por todas partes por donde pasaron fueron
recibidos con el más profundo respeto.
El buen éxito completo y rápido que acababan de
alcanzar, inspiró a los españoles tanta confianza como audacia, y daban ya por
terminada la conquista del Perú. Acabóles de confirmar en esta idea la noticia
que se recibió por entonces de que Almagro había desembarcado en San Miguel con
ciento cincuenta hombres y ochenta y cuatro caballos; refuerzo que doblaba de
un golpe el número de los combatientes. El monarca prisionero, ignorando de
dónde venían y con qué medios habían llegado al Perú aquellos nuevos
extranjeros, no podía preveer dónde se detendría aquella invasión y cuáles serían
sus consecuencias. Mientras que se hallaba agitado por estas inquietudes,
vinieron a turbarle por otro lado nuevos motivos de alarma. Supo que sus
opresores habían entrado en relaciones con Huáscar, su hermano. En efecto, al
llegar Fernando de Soto a la ciudad donde estaba el príncipe preso, pidió
verle. La visita del español reanimó las esperanzas del desgraciado príncipe,
el cual imploró la protección de los extranjeros contra Atahualpa, y sabiendo
la promesa hecha por éste para obtener su libertad, se obligó, si se le
restituía su trono, a llenar de oro hasta el techo el cuarto en que estaba
preso. Por seductor que fuese este ofrecimiento, superior en mucho al de
Atahualpa, Soto no pudo aceptarlo, pero prometió al príncipe que haría todos los
esfuerzos posibles para determinar a Pizarro a que escuchase sus proposiciones.
Los oficiales encargados de la custodia de Huáscar,
y que eran adictos a su rival, se apresuraron a informar a su monarca de la entrevista
de Huáscar y Soto, y esta noticia hizo nacer en su espíritu las más vivas
inquietudes. Estaba convencido de que los españoles no rehusarían tan
brillantes proposiciones, y de que aprovecharían de buena gana el menor
pretexto para dar una apariencia de justicia a sus miras interesadas. Por otra
parte, como su propia conducta para con su hermano podía bastar para justificar
la falta de fe de los españoles, pensó que su perdición era inevitable, si
Huáscar conservaba la vida. Impresionado por esta idea envió orden formal de
dar muerte a su hermano, orden que fue con toda puntualidad ejecutada; y luego
temiendo que sus vencedores no le hiciesen un cargo de este crimen, puesto que
les quitaba la esperanza de un nuevo rescate, afectó el mayor dolor, y sostuvo
que sus capitanes habían cometido aquel delito sin su consentimiento.
En esto llegó Almagro a Caxamalca, y sus soldados
exaltados a la vista del oro que de todas partes traían, pidieron la
repartición del botín; uniéronse a ellos los de Pizarro, y fundiose aquella
enorme masa de metal, después de haber separado algunos vasos, preciosos por su
trabajo, que fueron destinados al emperador.
El día de Santiago de 1533, Pizarro mandó celebrar
una misa solemne, y se procedió al reparto de aquellas inmensas riquezas.
«Hecha la cuenta, dice Jerez, reducido todo a buen oro, hubo en todo un cuento
y trescientos y veinte y seis mil y quinientos y treinta y nueve pesos de buen
oro, de lo cual perteneció a su Majestad su quinto, después de sacados los derechos
de fundidor, doscientos y sesenta y dos, y doscientos y cincuenta y nueve pesos
de buen oro. Y en plata hubo cincuenta y un mil y seiscientos y diez marcos, y
a su Majestad perteneció diez mil y ciento y veinte y un mil marcos de plata.
De todo lo demás, sacado el quinto y los derechos del fundidor, repartió el
gobernador entre los conquistadores que lo ganaron, y cupieron a los de caballo
a ocho mil y ochocientos y ochenta pesos de oro y a trescientos y sesenta dos
marcos de plata, y a los de a pie a cuatro mil y cuatrocientos y cuarenta pesos
y a ciento y ochenta y un marcos de plata, y a algunos más y a otros menos,
según pareció al gobernador que cada uno merecía, según la calidad de las
personas y trabajos que habían pasado.» Como el peso de aquella época equivalía
a 100 de nuestros reales, resulta que cada jinete recibió, aun sin contar los marcos
de plata, 888,000 reales. La parte de Pizarro y la de los oficiales fueron
proporcionadas a sus grados, y por consiguiente muy considerables.
La historia no ofrece otro ejemplo de semejante
fortuna adquirida en el servicio militar, y jamás fue repartido tan gran botín
entre tan escaso número de soldados. Muchos de ellos, viéndose más ricos de lo
que nunca se habían imaginado, pidieron a gritos su licencia a fin de ir a pasar
el resto de sus días en España. Pizarro, viendo que no podía esperar ya de ellos
ni arrojo en los combates, ni en los trabajos paciencia, y convencido que
dondequiera que fuesen la vista de sus riquezas movería a una multitud de
aventureros a ir a alistarse bajo sus banderas, permitió a más de sesenta de
ellos que acompañasen a España a su hermano Fernando, a quien enviaba para
llevar al emperador los tesoros que le correspondían, con el encargo de
relatarle lo sucedido.
Después del reparto de su rescate el inca requirió a
Pizarro para que le pusiese en libertad; pero el general estaba muy distante de
pensar en hacerlo. En su convenio con Atahualpa no había tenido más objeto que
apoderarse de todas las riquezas del reino, y una vez logrado su objeto, lejos
de cumplir lo prometido, había resuelto secretamente hacer perecer al
desgraciado monarca. Muchas fueron las circunstancias que le determinaron, al
parecer, a cometer este crimen, uno de los más atroces con que se mancharon los
españoles en la conquista de América.
Al imitar Pizarro la conducta observada por Cortés
con Moctezuma, carecía de los talentos necesarios para seguir con igual arte el
plan adoptado por el conquistador de México. No habían tardado a nacer las sospechas
y la desconfianza entre el inca y los españoles; el cuidado con que era preciso
guardar a un preso de tanta importancia aumentaba mucho las dificultades del
servicio militar, al paso que era poca la ventaja que el conservarle reportaba;
de suerte que pronto Pizarro no vio en el inca más que un estorbo del cual
deseaba librarse.
Sin embargo de que se había dado a los soldados de
Almagro en el reparto cien mil pesos, a los cuales ningún derecho tenían,
estaban todos descontentos: temían que mientras permaneciese Atahualpa cautivo,
los soldados de Pizarro considerasen los tesoros que se podrían recoger en lo sucesivo
como suplemento al rescate del príncipe, y que bajo este pretexto, quisieran
apropiárselo todo. Así pues pedían con instancia su muerte a fin de que todos
los soldados de la hueste corriesen los mismos azares y tuviesen iguales
derechos.
El mismo Pizarro empezaba a alarmarse por las
noticias que le llegaban de las provincias apartadas del imperio: reuníanse
tropas y sospechaba que el inca había expedido órdenes al efecto. Avivaban
estos temores y sospechas los artificios de Filipillo, indio que servía de intérprete.
Este hombre, a quien sus funciones daban también un título en la casa del
monarca cautivo, atrevióse, a pesar de lo bajo de su nacimiento, a poner sus
ojos en una de las parientas de Atahualpa, salida de sangre real, y no viendo
ninguna esperanza de obtenerla mientras viviese el monarca, excitó a los
españoles a que le quitasen la vida, alarmándolos con los designios secretos
del preso, de que pretendía tener conocimiento.
A estas diferentes causas que concurrían a perder al
desventurado Atahualpa, añadiose pronto otra, la más poderosa de todas, porque
tuvo su principio en el orgullo humillado de Pizarro. Entre las artes de
Europa, excitaba sobre todo la admiración del inca la de la lectura, y quería tiempo
hacía descubrir si era una habilidad natural o adquirida. Para aclarar sus
dudas pidió a uno de los soldados que le guardaban que escribiese en la uña de
su pulgar el nombre de Dios, y enseñó en seguida aquellos caracteres a
diferentes españoles, preguntándoles lo que significaban; y con grande
admiración suya, todos le dieron sin vacilar la misma respuesta. Un día como se
presentase Pizarro ante el príncipe, éste le alargó su pulgar, rogándole que
leyese lo que en él estaba escrito: el gobernador se puso colorado, y se vio
obligado a confesar lleno de confusión su ignorancia; desde aquel instante
Atahualpa lo miró como un hombre vulgar, menos instruido que sus soldados, y no
tuvo la habilidad de ocultar los sentimientos que aquel descubrimiento le había
inspirado. El general se sintió picado tan al vivo al verse objeto del
desprecio de un bárbaro, que se decidió a hacerle perecer.
Mas a fin de dar alguna apariencia de justicia a una
acción tan violenta y que podía ser severamente reprendida por el emperador,
Pizarro quiso que el inca fuese juzgado según las formas observadas en España
en las causas criminales. Él mismo, Almagro, y dos oficiales fueron los jueces;
un procurador general acusó en nombre del rey; fue encargado de la defensa un
abogado, y nombráronse secretarios para redactar las actas de aquel proceso
extraordinario.
Las deposiciones de los testigos, interpretadas por
el traidor Filipillo, fueron todas contrarias al monarca, y los jueces, cuya
opinión estaba ya fijada de antemano, le condenaron a ser quemado vivo.
Al llegar al lugar del suplicio Atahualpa declaró
que quería abrazar la religión cristiana: se hizo saber al gobernador, el cual
ordenó que se le bautizase, y el reverendo padre Vicente de Valverde, que
trabajaba en su conversión, le administró el sacramento del bautismo.
Conmutósele entonces la pena, y en vez de ser quemado, según disponía la
sentencia, fue ahorcado. Al día siguiente fue descolgado su cadáver de la horca
fatal, y los religiosos, el gobernador y los demás españoles le condujeron a la
iglesia para sepultarle en ella con los mayores honores.
«Felizmente para el honor de la nación española, dice
Robertson, había todavía hombres que conservaban sentimientos de honor y de
generosidad dignos del nombre castellano. Aunque Fernando Pizarro había salido
para España, y que Soto había sido alejado, este suplicio no se llevó a cabo
sin oposición. Muchos capitanes protestaron enérgicamente contra aquel proceso,
que miraban como deshonroso para su patria y contrario a todas las máximas de
equidad, como una violación de la fe pública y como una usurpación de
jurisdicción sobre un soberano independiente. Inútiles fueron sin embargo todos
sus esfuerzos: triunfó la opinión de los que consideraban como legítimo todo lo
que creían serles ventajoso. La historia empero se complace en conservar el
recuerdo de los generosos designios de los que trabajaron en librar a su patria
de la infamia de tan gran crimen.»
Fue el 26 de julio de 1533, en la Plaza de Cajamarca, cuando el Inca fue preparado para la hoguera. Antes de consumarse la condena, Atahualpa aceptó bautizarse para que le cambien la pena y no convertirse en cenizas, pues esto le imposibilitaba convertirse en mallqui, y significaba morir definitivamente. El fraile Valverde lo bautizó en el acto con el nombre de Francisco, en honor a su padrino, el jefe de los invasores. Luego de la ceremonia el Inca fue estrangulado y su cuerpo enterrado en la capilla de Cajamarca. Los españoles reconocieron como nuevo soberano a un joven noble huascarista llamado Túpac Huallpa, para avanzar junto a él rumbo a la capital del rico Tahuantinsuyo, el Cusco. |
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