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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo II
Apurada situación de los españoles.- Resolución heroica de Pizarro y
de trece de sus compañeros.- Pizarro aborda en la costa del Perú.- Su viaje a España:
es nombrado gobernador general.- Nueva expedición de Pizarro.- Ocupación de la
ciudad de Coaco.- Disensiones civiles que agitaban el Perú.
A las dificultades provenientes de la salud de los
soldados añadiéronse pronto otras de naturaleza más grave, por cuanto nacían
del desaliento causado por tantos trabajos y fatigas. La mayor parte de ellos quejábase
de su situación, no acertando a ver más término a sus sufrimientos que una
muerte inevitable. No se le ocultaba a Pizarro que si los descontentos lograban
hacer llegar a la colonia la expresión de sus quejas, la expedición fracasaría,
porque en este caso sería imposible a Almagro determinar a nuevos aventureros a
asociarse a una empresa que tan poco propicias esperanzas ofrecía. Así pues los
dos jefes tomaron precauciones imaginables para impedir que saliese ninguna
carta de la isla; pero a pesar de su vigilancia, un tal Sarabia se encargó de
hacer que fuesen conocidos en Panamá los sufrimientos de todos. Para lograrlo valióse
de un medio sumamente ingenioso: escribió la reseña de las desgracias de la
expedición, expresando el vivo deseo que tanto él como sus compañeros abrigaban
de substraerse a la especie de esclavitud en que se les retenía; e hizo con el
papel que contenía sus quejas un ovillo de hilo de algodón que envió a uno de
sus amigos, so pretexto de que le mandase hacer un par de medias. El escrito
terminaba con estos versos, citados por Gomara:
Pues, señor gobernador,
mírelo bien por entero;
que allá va el recogedor,
y acá queda el carnicero.
Llegado el escrito a su destino, fue entregado
inmediatamente a Pedro de los Ríos, que había sucedido a Pedrarias, y cuando
Almagro se presentó ante él, fue recibido con cierta frialdad y reserva. El
gobernador acabó finalmente por decirle que una expedición que ocasionaba la
pérdida de tantos hombres no podía menos de ser funesta a una colonia naciente
y débil. Instado por otro lado por los amigos de los que querían abandonar a Pizarro,
el gobernador no sólo prohibió hacer nuevos alistamientos, sino que envió un
buque a la isla de Gallo para que trajese a aquél y a sus compañeros.
Descontentos Almagro y Luque de esas medidas que no habían podido prevenir y a
las cuales no osaban oponerse, hallaron medio de hacer saber a Pizarro sus
sentimientos, exhortándole a que no abandonara una empresa en la cual tenían
puestas todas sus esperanzas, y que no destruyese el único recurso que para
reponer su fortuna les quedaba.
Con la inflexible obstinación que hacía el
fondo de su carácter, Pizarro no necesitaba que se le excitase a perseverar en
la ejecución de su proyecto. Negóse abiertamente a obedecer las órdenes del
gobernador, y empleó toda su habilidad y elocuencia en inducir a sus compañeros
a que no le abandonasen. Mas estaba tan reciente el recuerdo de los males
sufridos, y presentábase por otra parte de una manera tan seductora a su
espíritu la esperanza de volver a ver a sus familias y amigos después de una separación
tan larga, que no atendieron ni a los discursos ni a las promesas de Pizarro, y
dispusiéronse con afán a seguir al enviado del gobernador.
En aquel momento decisivo el comandante, que veía
desvanecerse de una sola vez sus sueños de gloria y de fortuna, recorrió a una
de esas resoluciones que, hiriendo la imaginación de los hombres, acaban muchas
veces por arrastrarlos. Pizarro reunió a sus soldados, y sacando su espada trazó
una línea en la arena, diciendo en tono firme y resuelto: «Españoles, esta línea
es el emblema de las fatigas, de los peligros, de los innumerables sufrimientos
que tenéis que arrostrar para cumplir vuestra gloriosa empresa. Que los que se
creen bastante animosos y magnánimos; que los que ambicionan la gloria de las
conquistas pasen esta línea. Que los que no quieren sacrificar el bienestar
presente al renombre y a la fortuna futura vuelvan a Panamá. Yo permaneceré
aquí, y con el auxilio de mis bravos compañeros, por pocos que sean, proseguiré
mi comenzada empresa, convencido de que con la ayuda de Dios y una perseverancia
infatigable, nuestros esfuerzos se verán coronados de un feliz resultado.»
Apenas hubo acabado de hablar cuando sus soldados,
aprovechando el permiso que se les daba corrieron a embarcarse al momento,
temerosos de que el comandante cambiase de resolución. Sólo trece de ellos
tuvieron el valor y noble energía de pasar la línea, protestando que unidos a
su jefe le seguirían hasta la muerte. Los historiadores nos han transmitido los
nombres de estos héroes. A ellos, a su invencible resolución debiéronse el descubrimiento
y la conquista del Perú. Pizarro manifestó con lágrimas en los ojos su
agradecimiento a tan generosos y fieles compañeros, y prometióles que serían
dignamente recompensados si salían bien de su empresa. Con sus trece amigos y
con el auxilio de una pequeña barca pasó a la isla de la Gorgona que, estando
desierta y apartada de la costa, le pareció un asilo cual le convenía. Allí
resolvió aguardar los refuerzos que no podían dejar sus asociados de enviarle
en cuanto tuviesen noticia de su heroica resolución.

En efecto, no anduvieron Almagro y Luque remisos en
servirle, y sus pretensiones fueron secundadas por la opinión de toda la
colonia; decíase que era vergonzoso dejar perecer como criminales en una isla
desierta a unos valientes empeñados en una empresa útil y gloriosa para la
nación, y a los cuales, si de algo podía acusárseles, era tan sólo de un exceso
de celo y de valor. Vencido por estas quejas e instancias el gobernador
consintió en enviar un pequeño buque a la Gorgona; pero a fin de que no pareciese
que alentaba a Pizarro a ninguna nueva empresa, no permitió que se embarcasen
en él más que el número de hombres de mar necesarios para la maniobra.
Durante este tiempo Pizarro y sus compañeros de fortuna
se consumían en aquella tierra inhospitalaria, conocida por el lugar más
insalubre de aquella parte de América, y de la cual dice Herrera, que por ser
tan desagradable su estancia en ella, a causa de lo malsano del clima, de sus
bosques impenetrables, de sus montañas escarpadas y de la multitud de sus insectos
y reptiles, se la daba el epíteto de infernal, añadiendo que raras veces se ve
el sol y que llueve en ella casi todo el año. Sin más abrigo que los bosques
que cubrían el suelo, sin más víveres que raíces y mariscos, cuando eran
bastante afortunados para procurárselos, los españoles pasaron cinco meses en
una situación horrible. Volvían continuamente los ojos hacia el lado de Panamá,
mas cada día que transcurría dejaba burlada su esperanza, y hasta el mismo
Pizarro dejó ver por vez primera síntomas de desaliento. Cansados en fin de
aguardar inútilmente resolvieron abandonarse en una balsa al Océano, antes que permanecer
por más tiempo en aquella horrible morada, donde no podían esperar más que
sufrimientos espantosos y la muerte; pero en el momento en que iban a tomar
este partido desesperado, mostróse a lo lejos el buque a su vista. En un
instante quedaron olvidadas todas las penas y renacieron todas las esperanzas.
Fuele fácil a Pizarro determinar, no tan sólo a sus propios compañeros, sino a
la tripulación del buque a que prosiguiesen con nuevo ardor su primer proyecto.
En vez de volver a Panamá dirigiéronse al sudeste, y más afortunados esta vez
que en sus tentativas anteriores, descubrieron la costa del Perú el vigésimo
día de su partida de la isla.
Limitáronse durante mucho tiempo a saltar en tierra
y entrar en las aldeas únicamente para proporcionarse mantenimientos. Su
existencia era difícil y precaria; pero los sufrimientos y las continuas
fatigas no hacían ya mella en los cuerpos de aquellos hombres intrépidos, cuyo
valor era sostenido y fortalecido por tan atrevidas esperanzas.
Pizarro llegó de esta suerte delante la rica
población de Túmbez, que encerraba un palacio y un gran templo. Allí se ofreció
por primera vez a los españoles el espectáculo de la opulencia y de la
civilización del imperio peruano, siendo lo que a sus ojos se presentaba más
que suficiente para enardecer su imaginación y su sed de riquezas. No tan sólo
eran de oro los adornos del templo, sino hasta los utensilios más comunes.
Pizarro se limitó a entablar relaciones amistosas con los naturales, procurando
sobre todo obtener informes útiles sobre el país. Proporcionóse muestras de los
productos, algunos llamas (animales domésticos de que los habitantes sacaban
mucho provecho), y sobre todo cierta cantidad de adornos de oro y plata, que
esperaba manifestar como prueba material de las riquezas acumuladas en la
comarca que acababa de descubrir; después de lo cual decidióse a partir para
Panamá. Quedaban todavía con él once de sus bravos compañeros, sin que nos sea
conocida la suerte de los otros dos. Cuando después de su larga ausencia
aquellos aventureros desembarcaron en Panamá a fines de 1528, fueron recibidos
con transportes de alegría por sus amigos, que los creían perdidos para
siempre.
Las pomposas descripciones que hizo Pizarro de la
opulencia casi increíble de los países que había descubierto, y las quejas amargas
que dejó oír sobre el llamamiento de sus soldados en una ocasión en que tan necesarios
le eran para formar una colonia, no pudieron hacer que el gobernador de Panamá
se separase de sus primeras resoluciones. Insistió siempre en que la colonia no
se hallaba en estado de invadir un imperio tan poderoso, y se negó a autorizar
una expedición que no podía menos de arruinar a la provincia confiada a sus
cuidados, obligándola a hacer esfuerzos que no estaban en proporción con los
recursos con que contaba. Mas su oposición sirvió tan sólo para exaltar más y
más el ardor de los tres asociados. Convencidos de que no podrían llevar
adelante la ejecución de su proyecto sin el apoyo de una autoridad superior,
resolvieron ir a solicitar del soberano el permiso que no podían alcanzar de su
delegado. A este fin enviaron a España a Pizarro, que se había encargado de sus
comunes intereses. Hallábase de tal suerte agotada la fortuna de los tres
socios por los gastos que llevaban hechos, que tuvieron no poca dificultad en
procurarse la suma que necesitaban para los de aquel viaje. Según Jerez,
Pizarro pidió prestados a sus amigos algo más de mil castellanos (unos cuarenta
mil reales).
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No desperdició éste el tiempo: presentóse ante el
emperador Carlos V sin turbarse y con una dignidad cual no debía esperarse de
él, atendidos su nacimiento y su educación, pero que justificaban el
sentimiento que tenía de su mérito y los servicios hasta entonces prestados. El
relato de sus padecimientos, y sus descripciones pomposas del Perú, confirmadas
por los presentes que traía, hicieron una impresión tal sobre el monarca y sus
ministros, que otorgaron sin vacilar su aprobación al nuevo proyecto del intrépido
aventurero.
Aprovechóse de esas buenas disposiciones para hacerse conceder
todos los títulos y toda la autoridad que podía hacerle desear la ambición más
insaciable: fue nombrado gobernador, capitán general y adelantado de todos los
territorios que pudiese descubrir y conquistar; diósele una autoridad absoluta
tanto en lo militar como en lo civil, con todos los privilegios concedidos
hasta entonces a los conquistadores del Nuevo Mundo. Su despacho llevaba la
fecha del 26 de julio de 1529. Pero mientras que Pizarro se ocupaba con tanta actividad
en sus propios intereses, y obtenía para Luque el título de obispo de los
países que pudiese conquistar, descuidaba completamente los de Almagro, cual si
temiera crearse un rival peligroso haciendo conferir funciones elevadas a un hombre
capaz de desempeñarlas. Contentóse pues con hacerlo nombrar gobernador del
fuerte que debía levantarse en Túmbez; siendo este insignificante favor lo
único que obtuvo el fiel asociado de Pizarro, quien merecía indudablemente
mucho más, así por la capacidad de que tenía dadas hartas pruebas, como por los
trabajos y sacrificios con que había tan eficazmente concurrido al nuevo
descubrimiento.
Pizarro se encontraba independiente del gobernador
de Panamá, y su propia jurisdicción se extendía a doscientas leguas de la costa
al sur del río de Santiago. En cambio de estas concesiones, que no obligaban a
la corte de España a ningún socorro pecuniario ni a ninguna especie de asistencia,
Pizarro se obligaba a reclutar doscientos cincuenta hombres y a procurarse las
naves, armas y municiones necesarias para posesionarse de su futura conquista.
Hernán Cortes (1485-1547) |
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Para cumplir estas condiciones necesitábase
encontrar dinero, y ésta fue la parte más difícil de su misión, y hasta es
probable que no hubiera salido adelante con su empeño sin el apoyo del célebre
Hernán Cortés, que se hallaba entonces en España, y que se hizo generosamente un
deber
de ayudar con su bolsillo a un bravo compañero de
armas, a quien había tenido ocasión de conocer y estimar.
Pizarro reunió a su
derredor algunos aventureros llenos de mérito y de talento, entre los cuales se
encontraban sus cuatro hermanos, destinados todos a desempeñar un papel
importante en los acontecimientos que nos hemos propuesto referir. Esos
hermanos eran Fernando, Juan, Gonzalo y Francisco Martín de Alcántara. Este
último lo era de Francisco Pizarro, pero tan sólo por parte de madre: tal es al
menos la opinión de Zárate y de Garcilaso de la Vega, mientras que otros historiadores,
y entre ellos Robertson, pretenden que Francisco de Alcántara era hermano de la
madre de Pizarro, lo que no estaría muy conforme con lo que se dice acerca el
bajo origen de la familia materna de nuestro héroe. Por lo demás, hallábanse
los cuatro en la flor de la edad, y su valor y sus talentos hacían que fuesen
los más aptos para secundar al jefe de la expedición en todo cuanto pudiese
emprender de difícil y grande.
A su llegada a Panamá (1530), Pizarro encontró a
Almagro altamente disgustado por el modo como habían sido conducidas las
negociaciones en la corte de España, llegando su resentimiento hasta a negarse
a obrar de concierto con un hombre cuyos poco leales manejos le habían apartado
del poder y de los honores a que tan legítimos derechos tenía. Hasta parece que
se ocupó en formar una nueva sociedad, a fin de obrar independientemente de
Pizarro. Tenía éste empero demasiada prudencia y habilidad para no evitar un
rompimiento que podía serle funesto, ya que Almagro contaba con numerosos
partidarios en Panamá, y tanto por su categoría como por sus cualidades hubiera
sido un rival peligroso. Interpusiéronse amigos comunes; secundólos
poderosamente el obispo Luque, y habiendo consentido Pizarro en ceder a su
antiguo socio el cargo de adelantado, Almagro, que a sus pasiones ardientes y
fuertes unía una gran franqueza, se dejó vencer al momento. Siguióse a esto una
reconciliación, y se renovó la alianza con las anteriores condiciones. Todos
los gastos debían hacerse en común, y observarse una igualdad perfecta en el
reparto de los provechos.
A pesar de esta unión y de que los asociados
hicieron todos los esfuerzos de que eran capaces, no pudieron reunir más que
ciento ochenta soldados y treinta y siete caballos, y fueron equipados tres
pequeños buques cargados de armas, de municiones y de vituallas, para
transportar a esos hombres tan poco numerosos, como resueltos. Tales eran los
menguados recursos con que contaba Pizarro; mas la experiencia de lo que había pasado
ya en América parecía autorizar los sueños más extravagantes, y los triunfos
por Cortés alcanzados justificaban hasta cierto punto las audaces esperanzas de
Pizarro.
Éste partió en febrero de 1531, y como la estación
era a propósito, hizo el viaje en trece días, a pesar de haber sido arrastrado
por los vientos y las corrientes a cien leguas al norte de Túmbez, y obligado a
desembarcar sus tropas en la bahía de San Mateo. No queriendo perder tiempo
empezó a avanzar por el sur sin desviarse de la orilla, tanto para que pudiese
reunírsele más fácilmente el refuerzo que esperaba de Panamá, como para
asegurarse una retirada a sus naves en caso de algún descalabro. Esta marcha no
fue ni fácil, ni venturosa. La costa del Perú es en diferentes puntos estéril,
malsana y poco poblada, y los españoles tenían además que atravesar los ríos
cerca de su desembocadero, donde su anchura hacía su paso más difícil. Pizarro
en vez de ganar la confianza de los naturales, los había imprudentemente
atacado y obligado a abandonar sus moradas: el hambre, el exceso de la fatiga y
enfermedades de diferentes géneros, redujeron a los españoles a tan duros
extremos como los que sufrieran en la primera expedición. Correspondía tan poco
lo que padecían a las descripciones seductoras que les hiciera Pizarro del país
a donde los conducía, que muchos de sus compañeros comenzaron a hacerle cargos,
y que soldados hubieran perdido toda confianza en él, si hasta en aquella parte
estéril del Perú, no hubiesen encontrado algunas huellas de riquezas y de
cultura, que parecían justificar los relatos de su jefe. Por otra parte Pizarro
persistía con tesón en su empresa, y a los acentos de las quejas oponía
palabras de gloria y de esperanza. Por fin el 14 de abril llegó a la provincia
de Coaco, y habiendo los españoles sorprendido a los habitantes de su principal
población, encontraron en ella vasos y adornos de oro y plata por valor de más
de treinta mil pesos, con otras riquezas que desvanecieron todas sus dudas y
reanimaron el valor hasta de los más descontentos, dispertando sus ambiciosas
esperanzas.
Transportado de gozo Pizarro a la vista de aquellos
ricos despojos, que consideraba como los primeros dones de una tierra
inagotable en tesoros, envió inmediatamente una nave a Almagro con una gran
parte del botín. Al propio tiempo hizo partir para Nicaragua otro buque con
sumas considerables, destinadas a personas influyentes de aquella colonia: medida
que tomó, según Zárate, para dar una alta idea de la riqueza del país, y con la
esperanza de despertar en un gran número de aventureros el deseo de ir a
reunírsele.
Púsose en seguida nuevamente en marcha; pero
faltábale ese carácter conciliador que tanto había secundado los planes del
animoso y prudente conquistador de México. Pizarro igual a este caudillo en
todas las cualidades que constituyen el hombre de guerra, carecía completamente
de esa política hábil y profunda que había formado uno de los principales rasgos
de la conducta de Cortés, y desdeñándose de emplear otros medios que la fuerza,
atacaba abiertamente a los naturales y les obligaba a someterse o a refugiarse
en las regiones del interior.
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Pizarro avanzó sin oposición hasta la isla de Puna
en la bahía de Guayaquil; pero los habitantes de dicha isla, más aguerridos y
animosos que los del continente, le opusieron una viva resistencia que duró
cerca de seis meses. Cuando por fin fueron sometidos, Pizarro se trasladó a Túmbez,
donde dio a sus soldados un reposo de tres meses, de que tenían absoluta
necesidad después de las fatigas que habían pasado, y sobre todo a consecuencia
de las enfermedades por muchos contraídas.
Durante este tiempo el general empezó a recoger los
frutos del cuidado que había puesto en esparcir por todas partes las noticias
de sus primeros triunfos. En 1532 le llegó un refuerzo de Nicaragua, y aunque
no se componía más que de sesenta hombres, fue recibido con tanta más alegría,
cuanto que los dos oficiales que los mandaban, Fernando de Soto y Sebastián
Benalcázar, gozaban de una gran reputación y eran tenidos por dos de los
mejores capitanes que había en América.
El 16 de mayo Pizarro volvió a emprender sus
operaciones dirigiéndose hacia la ribera del Piura, donde resolvió fundar un
establecimiento que pudiese servirle de plaza de depósito. Escogió un sitio a
propósito y echó en ella los cimientos de la población de San Miguel, que fue
la primera colonia española del Perú; y luego se adelantó atrevidamente hacia
el centro del vasto imperio que había invadido, sin temer y teniendo en muy poco
los peligros a que podía exponerle su temeridad.
Pizarro no dejaba perder ninguna ocasión de tomar
informes acerca el país, cuyo conocimiento le era indispensable para la
ejecución de sus planes; y aunque le era sumamente difícil hacerse comprender
de los naturales, puesto que no tenía intérprete, supo que se hallaba en las posesiones
de un monarca poderosísimo, dueño de un territorio extenso, rico y fértil, pero
que el país era presa de disensiones civiles, circunstancia que le pareció del
mejor agüero y a la cual debió en efecto el que fuesen tan rápidos sus
triunfos.
He aquí el cuadro trazado por Robertson de la
situación en que se hallaba entonces aquella comarca. «Cuando los españoles
abordaron por vez primera la costa del Perú en 1526, ocupaba el trono Huana
Capac, el duodécimo monarca desde la fundación de la monarquía, al cual nos representan
como un príncipe que reunía los talentos militares a las virtudes pacíficas que
distinguieran a sus antepasados. Había sometido el reino de Quito, conquista
que dobló casi la riqueza y la extensión del imperio. Quiso residir en esta
hermosa provincia, y contra la ley antigua y fundamental de la monarquía que
prohibía manchar la sangre real con ninguna alianza extranjera, se casó con la
hija del rey vencido. Tuvo de ella un hijo llamado Atahualpa, a quien legó el
reino de Quito a su muerte, acaecida hacia el año 1525, dejando sus demás estados
a otro hijo suyo llamado Huáscar, cuya madre era de sangre real. Por grande que
fuese el respeto que tuviesen los peruanos a la memoria de un monarca que había
reinado con más gloria que ninguno de sus predecesores, sus disposiciones
relativas a la sucesión de la corona excitaron en Cuzco un descontento general,
porque estaban en contradicción con una costumbre tan antigua como la
monarquía, y fundada sobre una autoridad mirada como sagrada. Alentado Huáscar
por la opinión de sus súbditos, quiso obligar a su hermano a que renunciase al
reino de Quito, y a que le reconociese por su soberano; pero lo primero que
había procurado Atahualpa había sido ganarse la voluntad de un gran cuerpo de
tropas que acompañara a su padre a Quito. Componíase de la flor de los
guerreros peruanos, y Huana Capac les debía todas sus victorias. Fuerte con semejante
apoyo, Atahualpa eludió primero la pretensión de su hermano, marchando luego
después contra él con un ejército formidable.
«No era difícil preveer en tal situación lo que
acontecer debía: Atahualpa quedó vencedor y abusó cruelmente de su victoria.
Convencido él mismo de la poca validez de sus derechos a la corona, propúsose
extinguir la raza real, haciendo perecer a todos los hijos del sol que cayesen
en sus manos. Conservó sin embargo la vida a su infortunado rival: Huáscar, hecho
prisionero en la batalla que había decidido de la suerte del imperio, fue
perdonado por un motivo de política, a fin de que Atahualpa, mandando en nombre
de su hermano, pudiese establecer más fácilmente su gobierno.»
La autoridad del usurpador parecía entonces
sólidamente establecida; pero su trono se hallaba cercado todavía de peligros.
El partido que sostenía a Huáscar, a pesar de los descalabros sufridos, no
estaba ni subyugado, ni completamente abatido, y era de presumir que empezara
pronto una nueva lucha en favor del soberano legítimo.

HISTORIA DE LOS INCAS
Historia de la etnia inca, a través de la vida y obra de sus gobernantes, los integrantes de la Capac Cuna
Cuando en 1528 llegó la
noticia al Cusco de las muertes de Huayna Capac y el príncipe Ninan Coyuchi, el
Willac Umu, máximo sacerdote del imperio, colocó la mascaipacha roja a Topa
Cusi Huallpa, llamado también: Huascar. El joven inca era hijo de Huayna Cápac
y Raura Ocllo, nació en Huascarpata, al sur del Cusco y tenía experiencia
administrativa por haber ejercido como Incap Rantin de su padre, mientras éste
residía en Tumibamba.
A pocos meses de asumir el gobierno,
Huáscar descubrió una vasta conspiración donde estaban implicados varios de sus
hermanos que querían encumbrar al Cusi Atauchi, muy estimado en el Cusco. La
furia del Inca fue implacable, mandó degollar a todos los conjurados entre los
que se encontraban prestigiosos orejones de importantes panacas, principalmente
de la saya Hanan Cusco. Para sentirse seguro Huascar se alejó de la nobleza
cusqueña y se rodeó de nobles advenedizos, lo que ofendió gravemente el orgullo
de los cusqueños.
La situación se agravó
cuando anunció que enterraría las mallquis o momias de los incas y confiscaría
las ricas propiedades de las panacas. El ambiente de descontento incrementaba
la posibilidad de una rebelión; Huascar tenía muchos hermanos en diversas
regiones y algunos eran sospechosos de haber apoyado a Cusi Atauchi o de
preparar una nueva sublevación. Para eliminar a los hermanos rivales Huáscar
los convocó a la capital para la gran ceremonia de recepción de la mallqui o
momia de su padre Huayna Cápac, que llegaba desde Quito.
El auqui o príncipe
Atahualpa, por consejo de nobles y generales de Tumibamaba no viajó al Cusco,
sólo envió una delegación con el argumento que estaba en campaña contra ciertas
tribus rebeldes del extremo norte. Huascar humilló y dio muerte a la embajada
de Atahualpa ordenando su inmediata presencia en el Cusco. Nuevamente su
hermano envió una grupo de nobles con regalos y mensajes de sometimiento a su
autoridad; el Inca enfurecido los mató y envió ropas y aromas femeninos para
Atahualpa, esto significaba una humillación y muerte segura. El cronista Juan
de Betanzos cuenta que Huáscar prometió ejecutar a su hermano por conspirador y
exigió que se le considere de la saya Hurin y nunca más de Hanan Cusco, bando
que apoyó a Cusi Atauchi y ahora a Atahualpa.
Atahualpa era medio hermano
de Huascar y uno de los hijos predilectos de Huayna Capac, desde niño vivió en
Quito y Tumibamba por lo que era muy apreciado por los orejones del norte, los
grandes generales y los señores cayambis y caranquis del Ecuador. Precisamente
fueron sus parientes y partidarios quienes le aconsejaron no viajar al Cusco y
más bien prepararse para la guerra y la toma del poder.
Una vez declarada la guerra
Huascar envió al general Ätoc quien avanzó rápidamente al norte y ganó la
batalla de Mocha , pero fue derrotado, capturado y decapitado en Ambato. Su
cráneo fue revestido de oro y utilizado como vaso trofeo por Atahualpa. El Inca
envió un nuevo ejército encabezado por Huanca Auqui quien fue derrotado en
Tumibamba y Mullituro. El príncipe rebelde, Atahualpa, contaba con decenas de
miles de soldados veteranos de las campañas del norte y con experimentados
generales que le permitieron avanzar hasta Huamachuco. Desde allí envió a Quisquis
y Calcuchimac para la campaña final en el centro y sur con el objetivo de
destruir a los huascaristas y tomar el Cusco.
Ante la grave emergencia el
mismo Huáscar dirigió sus tropas y logró victorias como las de Tahuaray y
Cotabambas, sin embargo perdió la decisiva batalla de Chontacaxas; más aún, fue
tumbado de su litera y tomado prisionero por el bravo general Quisquis. Los
vencedores ingresaron al Cusco y dieron horrible muerte los partidarios y
familiares de Huascar, principalmente a sus familiares, incluyendo mujeres
embarazadas y niños que fueron colgados desnudos y desviscerados en su
presencia.
Huáscar fue humillado,
torturado y llevado semidesnudo rumbo a Cajamarca, ciudad a la que no llegó
pues fue degollado en Andamarca (tierra de los lucanas, en Ayacucho) y sus
restos arrojados al río Negromayo.
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