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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo XV
Situación de los dos partidos.- Batalla de Xaguixaguana.- Caída
definitiva de Pizarro y de los suyos.
Entretanto tenían lugar otros acontecimientos en
diferentes partes del Perú que compensaban, con no poca ventaja para La Gasca,
la brillante victoria de Pizarro en Huarina. Apenas hubo salido éste de Lima
para marchar contra Centeno, cuando los habitantes, hasta entonces contenidos por
el temor, manifestaron abiertamente sus sentimientos. Estalló un levantamiento,
fue enarbolado el estandarte real, y Lorenzo de Aldana tomó posesión de la
ciudad. Por el mismo tiempo La Gasca había desembarcado con quinientos hombres
en Túmbez. Alentados con su presencia habíanse declarado por el rey todos los
países de la costa, y la situación de los partidos había completamente cambiado.
Cuzco y las provincias adyacentes estaban en poder de Pizarro, mientras que
todo lo restante del imperio desde Quito al Sur reconocía la autoridad del
presidente.
La Gasca continuaba dando pruebas de ese espíritu de
dulzura y moderación a que tan buenos resultados había debido hasta entonces.
Procurando más bien que castigar volver a los extraviados al camino del deber;
con más deseos de persuadir que de vencer, parecía en todas las ocasiones poner
más confianza en su carácter de ministro de un Dios de paz, que en sus elevadas
funciones como delegado de un poderoso monarca. Manifestaba sobre todo un deseo
ardiente de terminar la querella sin efusión de sangre. Sin embargo y aunque en
toda su conducta demostrase esos sentimientos pacíficos, no descuidaba el tomar
sus medidas para hallarse preparado para la guerra, y esas medidas probaban que
poseía tantos talentos militares, como virtud y benevolencia. El pueblo empezó
a mirar al presidente, no sólo con cariño, sino con esa especie de veneración
profunda que todo hombre de un mérito eminente está seguro de inspirar, cuando
reúne a él la sencillez de costumbres y una modestia sin afectación. La pequeña
estatura de La Gasca, su exterior poco ventajoso, su desprecio por toda clase
de pompa fueron olvidados, y no pocos de los que habían intentado atraer el
ridículo y el desprecio sobre un magistrado humilde y sin apoyo, como le
consideraban a su llegada, cambiaron completamente de sentimientos y le
colmaron de manifestaciones de respeto y obediencia.
Viéndose sostenido por la opinión el presidente no
vaciló en avanzar hacia el interior del país, y púsose en marcha con dirección
al hermoso valle de Jauja, que señaló como punto de reunión de los realistas.
Este valle, situado en el camino de Cuzco, convenía admirablemente a sus proyectos,
a causa de su posición y su fertilidad. Determinose por muchas consideraciones
a permanecer en él largo tiempo: ocupábale constantemente su plan favorito de
terminarlo todo por medio de un convenio amistoso, y no perdía la esperanza de
lograrlo. Estaba resuelto a probar una nueva tentativa con Pizarro antes de
aventurar el éxito de una batalla; por otra parte, y aunque sus tropas
manifestaban estar animadas de un gran celo y de las más favorables
disposiciones, no podía menos de reconocer que no bastan la adhesión y el valor
para alcanzar la victoria, que se necesitaban además la disciplina y los
hábitos militares, y que su ejército carecía de estas cualidades. Compuesto en
su mayor parte de jóvenes voluntarios y de hombres poco avezados al oficio de
las armas, su hueste, aunque conducida por oficiales distinguidos, parecía muy
inferior a la de Gonzalo, que se componía de lo más escogido de los veteranos
del Perú. Así pues el primer cuidado del presidente fue ejercitar a sus soldados
en las maniobras militares, a cuyo efecto se detuvo dos meses en Jauja.
En cuanto Pedro de Valdivia, gobernador de Chile,
recibió la noticia de la llegada de La Gasca y de la rebelión de Pizarro,
apresurose a prestar su auxilio a la causa real, y llegó por aquellos días con
un refuerzo considerable. Su presencia en el campo fue utilísima, puesto que sirvió
para disipar los temores que habían nacido en el corazón de los soldados, y que
empezaba a desanimarlos, sobre todo después de la desastrosa batalla de
Huarina. Los que habían escapado a la matanza de aquella jornada pintaban con
tan exagerados colores el valor y la fortuna de Pizarro, y las hazañas de
Carvajal, que estos dos nombres habían llegado a ser un objeto de terror para
los soldados; mas la llegada de Valdivia logró prevenir los malos efectos que
semej ante impresión hubiera acabado por producir. La Gasca dio diferentes
fiestas militares con el objeto aparente de celebrar la llegada de aquel
caudillo, pero en realidad para ocupar a los suyos y no dejarlos en una fatal
inacción.
Orgulloso Gonzalo Pizarro con el resultado de la
batalla de Huarina, se hallaba poco dispuesto a dar oídos a proposiciones de
paz. Mirábase casi como invencible, y hasta tal punto le embriagaba esta
ilusión, que no cuidaba de escuchar los consejos de aquellos a quienes mostraba
antes más deferencia y respeto. Cepeda, que hasta allí ejerciera sobre él tan
grande influencia, no tenía ya ninguna: después de la victoria de Huarina mostrábase
tan celoso partidario de la paz, cual lo había sido de la resistencia. Según él
las circunstancias eran las más a propósito para entablar negociaciones: la
actitud de Pizarro, decía, no podía dar lugar a que se sospechase que cedía al
temor al pedir una avenencia, y como por otra parte La Gasca la deseaba
ardientemente, podría aquel obtener condiciones que pusiesen su honor a cubierto,
y le asegurasen el goce de su fortuna.
El gobernador no hizo el menor caso de las
observaciones de Cepeda. Tampoco fue Carvajal más afortunado en las suyas. Este
viejo guerrero hallábase también muy dispuesto a escuchar proposiciones de
acomodamiento. Esta opinión, que tan en oposición parecía estar con los hábitos
de toda su vida y con su carácter, puede explicarse fácilmente. Carvajal, partidario
al principio de las medidas más enérgicas, había acabado por reconocer que
Pizarro no era a propósito para dirigir la importante y difícil empresa en que
se hallaban empeñados. Al desembarcar La Gasca en el Perú había aconsejado la
sumisión, porque no veía en Pizarro los talentos y la resolución necesarios
para oponer la fuerza abierta a las voluntades de su soberano. Gonzalo, aunque
dotado de una intrepidez extraordinaria, carecía de valor político. En rebelión
abierta contra su rey, parecía que buscaba engañarse a sí mismo sobre la
magnitud de su crimen, y no tenía resolución bastante para arrepentirse de él,
ni suficiente fuerza de alma para despreciar sus remordimientos. Esta disposición
de espíritu era un manantial de inminentes peligros, y Carvajal, que lo
conocía, deseaba seguir la marcha más prudente. A pesar de la victoria de Huarina
el ojo previsor del veterano veía de lejos la tempestad que iba a estallar
sobre ellos y que era todavía posible desviar; mas viendo que Pizarro cerraba
los oídos a los consejos que sus amigos le daban, cesó de hacerle
observaciones, aunque con la firme resolución de permanecer fiel a su fortuna
hasta la muerte.
Desde entonces empleó toda su actividad en los
medios de hacer con buen éxito una guerra que hubiera querido evitar; aconsejó
a Pizarro que licenciase a todos los soldados que habían formado parte de la
hueste de Centeno, diciendo que no se podía confiar en hombres manchados con el
borrón de una derrota; y que en vez de ser útil a la causa, su presencia en el
ejército no podía menos de producir los más perniciosos efectos. A este consejo
añadía otro, terrible en verdad, pero cuyas consecuencias, si hubiese sido
adoptado, hubieran sido eficacísimas. Carvajal sabía que el ejército de La
Gasca se componía en su mayor parte de aventureros licenciados, de marinos y de
gente de la hez del pueblo. La mayor parte, aunque inflamados en apariencia de
un gran celo por la causa que defendían, estaban muy distantes de obrar de
buena fe, y tan sólo se habían alistado con la esperanza de un rico botín.
Marchaban hacia Cuzco con la esperanza de que el pillaje de esta ciudad les
proporcionaría tesoros inmensos. A fin de destruir las esperanzas del enemigo,
Carvajal aconsejaba a Pizarro que arruinase a Cuzco, que se sacaran todos los objetos
preciosos que se pudiesen, y que se quemase lo restante. Aconsejaba también
arrebatar todos los ganados y todos los víveres en los sitios por donde debía
pasar el enemigo, a fin de que aquellos hombres indisciplinados e incapaces de
soportar las privaciones abandonasen sus banderas.
Pizarro, lleno de confianza en su superioridad, no
pudo concebir la urgencia de esta medida y la necesidad de recurrir a tan
desastroso expediente. Alegó que abandonar a Cuzco, aunque fuese después de
haberlo destruido, y retirarse ante el enemigo, era una maniobra indigna de veteranos
acostumbrados a la victoria, y que esto sería demostrar una pusilanimidad
indigna de su reputación. Sabiendo que La Gasca había levantado su campo y se
dirigía hacia Cuzco, Pizarro encargó a Juan de Acosta que defendiese el paso de
Apurimal, río que debía aquél atravesar. Acosta llegó demasiado tarde, y
regresó a toda prisa; y entonces Gonzalo hizo marchar su ejército a tomar
posiciones en Xaquixaguana a cuatro leguas de aquella ciudad.
Esta resolución fue tomada contra el parecer de
Carvajal y de los jefes más experimentados que le hicieron presente, que era
mejor esperar tranquilamente al enemigo, que fatigar las tropas con una marcha
forzada. Pero Gonzalo y sus jóvenes oficiales, que tenían prisa por combatir, despreciaron
aquellos consejos, resultando de ello un descontento que no se había
desvanecido aun cuando se estaba ya en presencia del enemigo. Pizarro contaba
entre sus filas más de trescientos soldados de Centeno, de cuya fidelidad
empezaba él mismo a dudar: era empero demasiado tarde para aprovecharse de los
consejos de Carvajal.
Los dos ejércitos presentaban un aspecto singular.
En el de Pizarro, compuestos de hombres enriquecidos con los despojos del país
más opulento de América, todos los oficiales y hasta los soldados iban vestidos
de telas de seda y brocado y cubiertos de bordados de oro y de plata: sus caballos,
sus armas, sus banderas estaban adornadas con toda la magnificencia militar.
El ejército de La Gasca no era tan brillante, pero ofrecía
un golpe de vista no menos singular. Él mismo, acompañado del arzobispo de
Lima, de los obispos de Quito y de Cuzco y de un gran número de eclesiásticos,
recorría las filas bendiciendo a sus soldados y exhortándolos a que cumpliesen
valerosamente con su deber.
Todo hacía esperar al presidente un feliz remate.
Hacía algún tiempo que estaba en inteligencia con el astuto Cepeda, quien le
había hecho asegurar por su último emisario que si Pizarro se negaba a entrar
en acomodamientos, desertaría con una partida considerable de soldados y reconocería
su autoridad.
Por sugestión de Cepeda Gonzalo envió dos sacerdotes
al presidente para llevarle sus últimas proposiciones, y requerirle que le
manifestase la orden original firmada por el rey que le quitaba el gobierno del
Perú, diciendo que entonces se sometería pacíficamente; pero que de lo
contrario le hacía responsable de todos los desastres que ocasionara el combate
que se iba a dar. Los dos emisarios llevaban además una misión secreta: debían procurar
seducir algunos antiguos amigos de Pizarro. Instruido el presidente de esos
manejos, los hizo arrestar, manifestando sin embargo mucha blandura en su
conducta. Respondió a la intimación de Pizarro en los términos más moderados,
conjurándole por última vez que depusiese las armas y no se expusiese a ser
considerado como traidor y rebelde. Díjole que estaba facultado para conceder
el perdón de las pasadas faltas, y que se lo concedería gustoso a él y a todos
sus partidarios si prestaban juramento de fidelidad al rey. Añadió que no
quedaba a Pizarro el más ligero pretexto para persistir en la culpable conducta
que había seguido, puesto que la revocación de las leyes y de los reglamentos
había hecho desaparecer todo motivo de queja en el Perú; concluyendo por instar
a Gonzalo a que evitase las espantosas desgracias que iban a caer de una manera
tan desastrosa sobre una multitud de sus compañeros, que en vez de ponerse de
acuerdo para ayudarse y socorrerse, se disponían a destruirse los unos a los
otros.
Este lenguaje lleno de dulzura y de moderación fue
acogido por Pizarro con insultante desdén, siendo tal su ceguedad, que encontró
las palabras del presidente llenas de arrogancia y no quiso consentir en ningún
arreglo. Depúsose por consiguiente toda idea de paz, y los dos ejércitos se
prepararon para un combate, que debía ser el último de esta larga lucha.
El 9 de agosto de 1548 al amanecer, Pizarro empezó a
formar su hueste en batalla: Carvajal, disgustado de la obstinación del
gobernador resignó sus funciones, de cuyo desempeño se encargó Cepeda, y se
puso en las filas para combatir como simple oficial. La batalla comenzó por
descargas de artillería, que no produjeron ningún efecto. Entonces Cepeda,
fingiendo avanzar para hacer un reconocimiento, atravesó el campo de batalla y
se pasó al enemigo. La Gasca le esperaba, y le recibió con grandes demostraciones
de alegría. Este ejemplo fue tan rápidamente seguido por otros, que se
desvanecieron por fin las ilusiones de Gonzalo. Carvajal, que había previsto lo
que estaba pasando, repetía cantando en alta voz:
Estos míos cabellicos, madre,
dos a dos me los lleva el aire.
En poco tiempo ni rastro quedó de disciplina, y los
soldados empezaron a desbandarse a pesar de los esfuerzos de Pizarro, los unos lanzando
las armas, los otros huyendo, y pasándose al enemigo los más. En medio de este
contratiempo y viéndose sin esperanza, Pizarro se volvió a un grupo de
oficiales que le rodeaba: «¿Qué debemos hacer, señores? exclamó.-
Precipitémonos sobre el enemigo, respondió Juan de Acosta con resolución, y
muramos como los antiguos romanos.»
Pizarro no tuvo bastante fuerza de espíritu para
seguir el consejo de su antiguo compañero. «Puesto que mis soldados, replicó
tranquilamente, se pasan al estandarte real, yo seguiré su ejemplo»; y
acompañado de Juan de Acosta, de Maldonado y de Guevara, que le fueron fieles
hasta el último
momento, se entregó al primer oficial del presidente
que encontró, y fue inmediatamente conducido a su presencia. Garcilaso de la
Vega refiere en estos términos aquella memorable entrevista, cuyos detalles
conocía por testigos oculares: «Llegando Gonzalo Pizarro donde el presidente
estaba, que lo halló solo con el mariscal, que los demás magnates se habían retirado
lejos por no ver al que habían negado y vendido, le hizo su acatamiento a
caballo como iba, que no se apeó porque todos estaban en sus caballos, y el
presidente hizo lo mismo; y le dijo: si le parecía bien haberse alzado con la tierra
del emperador, y héchose gobernador de ella contra la voluntad de su Majestad,
y muerto en batalla campal a su visorrey. Respondiole: que él no se había hecho
gobernador, sino que los oidores, a pedimento de todas las ciudades de aquel
reino se lo habían mandado y dádole provisión para ello en confirmación de la
cédula que su Majestad había dado al marqués su hermano, para que nombrase
gobernador que lo fuese después de sus días; y que su hermano le había nombrado
a él como era público y notorio; y que no era mucho que fuera gobernador de la tierra
que ganó; y que lo del visorrey también se lo mandaron los oidores que lo
echase del reino, diciendo que así convenía a la paz y quietud de todo aquel
imperio y al servicio de su Majestad, y que él no lo había muerto, sino que los
agravios y muertes que hizo tan aceleradas y tan sin razón y causa, habían
forzado a que los parientes de los muertos las vengasen; y que si dejaran pasar
los mensajeros que él enviaba a su Majestad a darle cuenta de los sucesos pasados,
su Majestad se diera por muy servido, y proveyera de otra manera, porque todo
lo que entonces hizo y ordenó, había sido por persuasión y requerimiento de los
vecinos y procuradores de las ciudades de todo aquel reino, y con parecer y
consejo de los letrados que en él había.
«Entonces le dijo el presidente que se había
mostrado muy ingrato y desconocido a las mercedes que su Majestad había hecho
al marqués su hermano, con las cuales los había enriquecido a todos ellos,
siendo pobres como lo eran antes, y levantándolos del polvo de la tierra, y que
en el descubrimiento de la tierra él no había hecho nada. Gonzalo Pizarro dijo:
para descubrir la tierra bastó mi hermano solo, mas para ganarla como la ganamos
a nuestra costa y riesgo, fuimos menester todos los cuatro hermanos, y los
demás nuestros parientes y amigos. La merced que su Majestad hizo a mi hermano
fue solamente el título y nombre de marqués sin darle estado alguno, si no,
¿díganme cuál es? Y no nos levantó del polvo de la tierra, porque desde que los
godos entraron en España, somos caballeros hijosdalgo de solar conocido. A los
que no son, podrá su Majestad con cargos y oficios levantar del polvo en que
están, y si éramos pobres, por eso salimos por el mundo y ganamos este imperio
y se lo dimos a su Majestad pudiéndonos quedar con él, como lo han hecho otros
que han ganado nuevas tierras.
«Entonces ya enojado el presidente, dijo dos veces
en alta voz: quítenmelo de aquí, quítenmelo de aquí, que tan tirano está hoy
como ayer. Entonces se lo llevó consigo Diego Centeno, que como se ha dicho, se
lo había pedido al presidente.»
Entretanto Carvajal había procurado ponerse en salvo
porque sabía que no debía contar con el perdón; y si bien logró, aunque con
mucha dificultad, escaparse del campo de batalla, al atravesar un arroyo cuyas orillas
eran bastante elevadas, su caballo cayó encima de él. Carvajal, que era muy
anciano y gordo, no pudo levantarse, siendo hallado en este estado por varios
desertores que formaban parte de su compañía. Aquellos miserables, en vez de
socorrer a su jefe, se apoderaron de él con la esperanza de que llevándole al
presidente alcanzarían su perdón y una buena recompensa. *A la grita de que
llevaban preso a Carvajal se juntaron otros muchos de los del presidente, por
ver y conocer un hombre tan famoso como Francisco Carvajal; y en lugar de
consolarle en su aflicción, le pegaban las mechas encendidas en el pescuezo, y
procuraban meterlas entre la camisa y las carnes. Yendo así vio al capitán
Diego Centeno que habiendo puesto a buen recaudo en su tienda a Gonzalo
Pizarro, que le dejó encomendado a media docena de amigos suyos, soldados
principales que mirasen por él, se volvía al campo, y viendo Carvajal que
pasaba Diego Centeno, sin mirar en él le llamó en voz alta y le dijo: señor capitán
Diego Centeno, no tenga vuesa merced a pequeño servicio éste que le hago en
presentarme a vuesa merced... Diego Centeno volviendo el rostro a él le dijo:
que le pesaba mucho de verle en aquel trabajo. Carvajal respondió: yo creo a
vuesa merced, que siendo tan caballero y tan cristiano hará como quien es; y no
hablemos más en ello, sino que vuesa merced mande que estos gentiles hombres no
hagan lo que vienen haciendo, que era lo de las mechas. Viendo algo de ello
Diego Centeno, que aun en su presencia se desvergonzaban de hacerlo, porque les
parecía que siendo Carvajal tan su enemigo holgaría Diego Centeno de cualquiera
mal que le hiciesen, arremetió a ellos y les dio muchos cintarazos, porque todo
era gente vil y baja de los marineros y grumetes que iban en aquel ejército, pues
hacían obras y cosas tan viles a quien las merecía muy en contra.
Diego Centeno, habiendo apartado de Carvajal
aquella picardía, mandó a dos soldados de los que iban con él que le
acompañasen y no consintiesen que se le hiciese maltrato alguno. Yendo todos
así tropezaron con el gobernador Pedro de Valdivia, el cual sabiendo que traían
a Francisco Carvajal, quiso llevárselo a presentar al presidente por ir ante él
con tal prisionero, y se lo pidió a Diego Centeno, el cual se lo dio y le dijo:
que habiéndolo presentado se lo enviase a su tienda porque quería ser alcaide
de Francisco Carvajal: dijo esto Diego Centeno por parecerle que en cualquiera
otra parte que estuviese, no faltarían desvergonzados y descomedidos que le
maltratasen por vengarse de algunos agravios recibidos. Pedro de Valdivia lo
puso ante el presidente, el cual le reprendió sus tiranías y crueldades, y que
las hubiese hecho en deservicio de su rey; a todo lo cual Francisco de Carvajal
no respondió palabra, ni hizo semblante de humillarse, ni muestra de escuchar
lo que le decían, como que no hablasen con él, antes estuvo mirando a una parte
y a otra, con una mirada tan grave y varonil, como que fuera señor de cuantos
tenía delante; lo cual visto por el presidente, mandó que lo llevasen de allí,
y lo llevaron a la tienda de Diego Centeno, y le pusieron en un toldo de por sí,
aparte, donde no se vieron más él y Gonzalo Pizarro.
A los demás capitanes y oficiales prendieron todos
de ellos aquel día, y de ellos otros adelante, que no se escapó ninguno; sólo
el capitán Juan de la Torre estuvo escondido en el Cuzco cuatro meses en una
choza pajiza de un indio criado suyo, de tal manera, que en todo ese tiempo no se
supo de él cosa alguna, como si se le hubiera tragado la tierra, hasta que un
español lo descubrió por desgracia, no sabiendo [que era él, y lo ahorcaron
como a los demás, aunque tarde.»
La batalla de Xaquixaguana, si es que puede dársele
este nombre, fue de tan breve duración, que a las diez de la mañana
todo estaba tan tranquilo, cual si nada hubiese pasado; jamás acción más
decisiva había costado la vida a menos gente; sólo hubo diez hombres muertos
del partido de Pizarro, y uno sólo en el ejército del presidente, y aun ése fue
víctima de la imprudencia de uno de sus camaradas. La Gasca envió en seguida
dos de sus oficiales a Cuzco para llevar la noticia de su victoria e impedir
que los fugitivos pillasen la ciudad, como hubieran podido hacerlo; y luego
retirose a su tienda, rodeado de los venerables prelados que formaban su
consejo, a fin de resolver la conducta que debía seguirse después de aquella
memorable jornada.
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