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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo XIV
Preparativos de Pizarro y de La Gasca.- Sale de nuevo a campaña Diego Centeno.-
Es derrotado en la batalla de Huarina.- Hermoso rasgo de Carvajal.
En cuanto Pizarro hubo por fin tomado la resolución
de impedir por la fuerza de las armas que el presidente estableciese su
autoridad en el Perú, reunió a sus principales partidarios y les manifestó sus intenciones.
Carvajal declaró terminantemente que había aconsejado hasta entonces una
marcha distinta; pero que puesto que el gobernador juzgaba a propósito acudir a
las armas, hallábase dispuesto a apoyar a su jefe con su celo y su intrepidez
ordinarias. Todos los asistentes prometieron igualmente sus auxilios, y en su
consecuencia se expidió una orden a La Gasca para que saliese de Panamá y
volviese a España.
Gonzalo Pizarro abandonose entonces a su carácter
violento y tiránico, y tomó medidas que nada puede justificar. Envió a España
nuevos diputados encargados de disculparle y de pedir para él, en nombre de
todos los ayuntamientos del Perú, su gobierno para mientras viviese, como único
medio de establecer y conservar allí la tranquilidad. Los mismos diputados dieron
a conocer las intenciones de Pizarro al presidente, y le notificaron la orden
de salir del Perú. Eran igualmente portadores de instrucciones secretas para
Hinojosa, en las cuales Pizarro le autorizaba para que ofreciese a La Gasca un
presente de cincuenta mil pesos, si es que quería hacer de buen grado lo que se
le pedía, y le ordenaba que se desembarazase de él con el hierro o el veneno en
caso de que se resistiera.
El carácter pacífico del presidente y las
circunstancias todas relativas a su misión daban lugar a que Pizarro creyese,
que si el emperador había elegido a un ministro de paz para hacer una averiguación
sobre el estado de los asuntos, no era porque desease sinceramente adoptar
medidas de conciliación sino porque le era imposible enviar un ejército
suficiente para someter el país. En cuanto a él creíase entonces en la posición
más ventajosa: había a la sazón seis mil españoles al menos en el Perú, y todos
habían abrazado abiertamente su causa; así pues el ejército de La Gasca no
debía inspirarle el menor recelo, y el éxito desgraciado de la misión del
presidente debía ser un motivo más para que el gobierno español le concediese
lo que deseaba.
La actitud hostil que tomó Pizarro, sin haber sido
provocada por ninguna demostración de parte del enviado, perjudicó notablemente
su causa. Muchos de sus partidarios, indignados de verle tomar las armas contra
su soberano, declararon abiertamente su resolución de sostener la causa de
éste. Mejía, Hinojosa y otros muchos, que sólo aguardaban una ocasión oportuna,
aprovecharon la que se les ofrecía, y emplearon sus esfuerzos todos para
determinar a los que se mostraban aún indecisos a que siguieran su ejemplo.
Lorenzo de Aldana fue a reunirse con La Gasca, y habiendo pasado a Túmbez,
decidió al comandante de esta plaza y a su guarnición a que se pusiesen a las
órdenes del presidente. Otras defecciones hubo del mismo género, de suerte que
en el momento en que Gonzalo abrigaba la ilusión de que La Gasca estaba de
vuelta para España o había sucumbido víctima de su obstinación, hiriole como un
rayo la noticia de que el presidente era dueño de la flota, que se hallaba al
frente de las tropas que formaban las guarniciones de las ciudades de la costa,
y que se disponía a avanzar hacia el interior, donde el descontento que se
manifestaba en diferentes puntos, le brindaba con esperanzas favorables.
Por más que Pizarro no se hallase preparado a tan
desastrosas noticias, no se dejó acobardar por ellas, antes sintió rebosarle el
corazón de indignación y de despecho. Hizo al momento los mayores preparativos
para la guerra, hallose en poco tiempo al frente de mil hombres, todos
veteranos y bien equipados. A fin de alcanzar este resultado no retrocedió ante
ningún sacrificio, y Zárate pretende que aquel armamento le costó más de
quinientos mil escudos. Con tales fuerzas podía ponerse sin temor en campaña;
mas antes de dar principio a las hostilidades, quiso cubrir con un barniz de
justicia la violencia de su proceder. Estableció en Lima una audiencia, de la
cual nombró presidente a Cepeda, que a la sazón le era enteramente adicto. Este
tribunal debía fallar acerca la acusación formulada contra La Gasca, Hinojosa y
muchos otros, de haber quitado por traición la armada al gobernador y apartado
de su deber a sus soldados. Todos los acusados fueron declarados culpables y
condenados a muerte. Cepeda firmó la sentencia en seguida, pero los demás
jueces se negaron a hacerlo, alegando el carácter sagrado de La Gasca, y
temiendo incurrir en la excomunión poniendo su firma a la sentencia. Uno de los
individuos del tribunal hizo presente estas razones a Pizarro, y añadió que si
llegaba a publicarse aquella sentencia muchos de los comprendidos en ella se
hallarían imposibilitados de volver a ellos, si algún día se disgustaban de
servir al presidente. Pizarro no se ocupó más en aquel proceso, que no dejó de
producir algún resultado, puesto que los aventureros, viendo que habían sido
observadas las formas judiciales, se dieron por satisfechos con ello, y
creyeron realmente que reuniéndose con Pizarro iban a combatir contra traidores
y rebeldes. Concurrieron de todas partes a Lima con gran contentamiento de
Pizarro, que se halló al frente de una hueste, que por la numerosa y valiente
no había tenido aún igual en el Perú.
Pronto sin embargo empezaron a tomar las cosas un
aspecto muy distinto. Perdida por La Gasca toda esperanza de traer a Pizarro a
una avenencia, y convencido de la necesidad de emplear la fuerza para ejecutar su
comisión, ocupose en reunir un cuerpo de tropas, mandando venir soldados de
Nicaragua, Cartagena y otros establecimientos del continente. Reunidos todos
esos refuerzos, salió de Panamá para ir a Túmbez, mientras que Aldana, acampado
en el valle de Santa, espiaba los movimientos de Pizarro. El presidente veía
aumentar todos los días el número de soldados que iban a reunírsele, unos
huyendo de las violencias de Gonzalo, otros porque querían aprovecharse de las
condiciones ofrecidas en nombre del monarca por su representante. Mas los
recelos del gobernador aumentaron mucho más cuando supo que el intrépido Diego
Centeno se había puesto nuevamente en campaña. Dijimos más arriba de qué manera
este hombre animoso había burlado las persecuciones de Carvajal y refugiádose a
una caverna, aguardando la ocasión de prestar nuevos servicios a la causa por la
cual con tanto arrojo peleara. Aquella ocasión había llegado.
Un habitante de Arequipa se había levantado con
trece hombres en favor de La Gasca, y puesto al frente de esta pequeña partida
se fue al lugar donde se habían refugiado muchos de los compañeros de Centeno,
los cuales se le reunieron en seguida. El mismo Centeno, sabedor de este movimiento,
salió de su escondite y tomó el mando de una cincuentena de soldados mal
equipados, pero de un valor a toda prueba. Centeno les propuso marchar sobre
Cuzco y apoderarse de esta ciudad por sorpresa. Los soldados aceptaron con
entusiasmo este proyecto de ejecución tan difícil como peligroso.
Cuzco estaba defendido por Antonio de Robles, joven
e intrépido capitán, y por una guarnición de trescientos cincuenta hombres de
tropas regulares. A pesar de esta desigualdad numérica Centeno y sus bravos compañeros
se pusieron confiadamente en marcha, cual si fuesen a una victoria cierta. A
fin de aumentar sus esperanzas, Centeno dijo a los suyos que sabía de positivo
que los habitantes de aquella ciudad se declararían en su favor y que la
guarnición seguiría su ejemplo. A pesar de las seguridades que les daba, estaba
cierto que los habitantes no harían ninguna demostración en favor suyo hasta
haber salido bien con su empeño; y por lo tanto resolvió apoderarse de la plaza
por sorpresa y a favor de la noche. El escaso número de sus soldados le
permitió avanzar con el mayor secreto hasta las inmediaciones de Cuzco, y a la
entrada de la noche puso en planta el ardid que había concebido y fue el
siguiente: después de haber mandado quitar las riendas a sus caballos, hizo
atar a sus cabezadas y a los arzones de las sillas mechas encendidas, y dio
orden a los criados indios que los hicieren correr tanto como pudiesen, a fin
de abrirse paso en la ciudad. Antonio de Robles, sabiendo que debía ser atacado,
había formado su gente en batalla en la plaza, dando el frente a la única calle
por la cual creía que podía Centeno penetrar. En esto los indios se metieron en
la ciudad con tanta furia, que rompieron el batallón de Robles, sin que los
suyos pudiesen saber contra quiénes peleaban, extrañando no poco el ver los
caballos sin sus jinetes. En esto acudieron Centeno y sus soldados por otra
calle, y cargaron a Robles por la derecha, disparando sin cesar sus arcabuces y
dando fuertes gritos para hacer creer que eran muchos en número. Introdújose el
desorden en las filas, los soldados se dispersaron y Centeno se encontró dueño
de la ciudad sin derramamiento de sangre. Después de su victoria manifestó una gran
moderación, y hasta hubiera perdonado a Robles, que había sido hecho prisionero;
mas presentado a Centeno le habló con tanta insolencia, afeando su conducta,
que indignado éste le mandó cortar la cabeza. La guarnición de Cuzco se puso
casi toda a las órdenes de Centeno, quien se encontró de repente jefe de una
partida bastante numerosa para inspirar serias inquietudes a Pizarro.
Encontrábase éste estrechado por tierra y por mar,
puesto que Aldana habíase presentado con su flota en la bahía de Lima. Mas no
era Gonzalo hombre que se dejase acobardar fácilmente por las vicisitudes de la
fortuna. Había estado expuesto por espacio de diez años a tantos peligros,
había soportado calamidades tan extraordinarias, que nada era ya capaz de hacer
nacer en su alma intrépida el menor sentimiento de alarma o de postración. Como
el peligro con que le amenazaba Centeno era el que más convenía alejar, quiso
acelerar su marcha contra él a fin de dispersar sus tropas antes de que pudiese
reunirse con La Gasca. Por otra parte las deserciones diarias le ponían en la
necesidad de vencer a toda costa. Antes de partir exigió de los capitanes, y
después de los soldados, el juramento solemne de permanecer hasta la muerte
fieles a su estandarte. Los que más resueltos estaban ya a abandonarle fueron
los primeros en jurar lo que se les exigía, con cuyo motivo decía el viejo
Carvajal: «No se pasará mucho tiempo sin que veáis el caso que se hace de esas
promesas, y el cuidado que se tiene en respetar la santidad del juramento.»
Pizarro emprendió su marcha con una rapidez
extraordinaria; pero la defección era de cada vez más alarmante. Cada día
abandonaba sus filas o un jefe distinguido o una partida de soldados; y lo que
más aumentaba su despecho era verse abandonado por muchos de los que habían
recibido de él mayores pruebas de cariño. No tardó en encontrarse con Acosta, a
quien había mandado adelante. Desanimado y sin fuerzas Acosta se presentó a su comandante
en Arequipa, con el escaso número de los que le habían permanecido fieles.
Pizarro redobló su vigilancia, sobre todo durante la noche, mas a pesar de sus
infatigables esfuerzos, no pudo contener los progresos del mal, y cuando llegó
a la vista del enemigo, en las cercanías de Huarina, no tenía más que
cuatrocientos soldados. Verdad es que podía mirarles como hombres de lealtad
bien probada y contar enteramente con ellos. Eran los más audaces y resueltos
de sus partidarios, los cuales conociendo, como él mismo, toda la extensión de
su crimen, desesperaban de alcanzar su perdón, y tan sólo podían escapar del castigo
con el triunfo.
El enemigo estaba apostado cerca del lago de
Titicaca, y Centeno, confiado en la superioridad de sus tropas, dos veces más
numerosas que las de Gonzalo, resolvió presentarle la batalla. Antes sin
embargo de llegar a las manos, Pizarro quiso ensayar de venir a un
acomodamiento. Al hacerlo ni obraba por miedo, ni porque temiese la deserción,
puesto que sabía cuán adictos le eran los soldados que le quedaban; movíale tan
sólo la esperanza de que atraería a Centeno, por el recuerdo de su antigua amistad,
a hacer causa común con él. Escribiole pues recordándole ingeniosamente que
habían sido compañeros de armas en empresas tan importantes como gloriosas.
Invitole a que no olvidase su antigua amistad, los favores que le debía, el
desinterés con que le había en una circunstancia memorable salvado la vida, y
rogole por todos estos motivos que consintiese en un arreglo que pusiese
término a sus diferencias, sin fiarlas a la suerte de una batalla. Centeno
contestó en términos que daban a conocer su moderación y su política. Deseaba
tanto como Pizarro, decía, ver terminarse amigablemente la querella que a los
españoles dividía, y estaba dispuesto a concurrir a un resultado tan feliz por cuantos
medios estuviesen a su alcance; añadía que no había olvidado ni la amistad que
en otro tiempo los uniera, ni los favores que le debía; que su mayor deseo era
probarle su reconocimiento, y que por lo tanto nada había que no estuviera
dispuesto a hacer para servirle, sin menoscabar su honor o faltar a sus deberes
para con el rey. Invitábale en su consecuencia a que se pasase a su campo y
reconociera la autoridad real; el presidente La Gasca, echando el velo del
olvido sobre lo pasado, no se acordaría más que de los grandes servicios
prestados por Gonzalo Pizarro; aguardábale un destino honroso, y el mismo
Centeno no perdonaría medio alguno para acelerar la negociación.
Esta respuesta estaba muy distante de satisfacer al
gobernador: le era imposible aceptar tales condiciones sin empañar su glorioso
renombre; hubiérasele acusado de que había tenido miedo a su antagonista. Quedó
resuelto el que se diera la batalla; sus oficiales secundaron sus intentos, y
marchó hacia Huarina con decisión y valor. Centeno, contando con la victoria,
se adelantó a su encuentro; Carvajal, cuyos talentos militares y larga
experiencia inspiraban a Pizarro una entera confianza, recibió el encargo de
formar su reducida hueste en batalla. Juan de Acosta debía acosar al enemigo
con un pequeño destacamento; aquél se puso al frente de la caballería; Pizarro
tomó el mando de la infantería; sus principales capitanes, Cepeda, Bachicao y
Guevero, tuvo cada uno un puesto importante.
La batalla de Huarina tuvo lugar el 20 de octubre de
1547. Fue el combate más sangriento y decisivo que se había dado hasta entonces
en el Perú. Los dos ejércitos, después de haber avanzado el uno contra el otro en
el mayor orden, se detuvieron a alguna distancia, como en la incertidumbre de
quién debía empezar el ataque. En este momento Pizarro
envió al P. Herrera, capellán de su ejército, para
conferenciar con Centeno, y requerirle que no se opusiese a su paso, haciéndole
responsable de todas las calamidades que sobreviniesen si se obstinaba en
rehusarlo. Semejante proposición en aquel momento no podía menos de ser
rechazada; creyose que tan sólo el miedo había determinado a Pizarro a dar
aquel paso, y Centeno, confiando cada vez más en sus fuerzas, dio la señal del ataque.
Carvajal mandó entonces a Juan de Acosta que
comenzara el combate con treinta arcabuceros y que se retirase inmediatamente a
fin de que el enemigo le persiguiese. Pasose mucho tiempo antes que la acción
se hiciese general; Carvajal se valía de todos los medios imaginables para
retardar ese momento, su plan era fatigar al enemigo con repetidas escaramuzas,
a fin de agotar las fuerzas de los soldados de Centeno e introducir el desorden
en sus filas. Mas Centeno conocía bastante el arte de la guerra para adivinar
el objeto de su prudente antagonista, y sabía además cuánta ventaja le daban
sus fuerzas superiores en un terreno igual y tan favorable a sus evoluciones;
así pues dio orden a su caballería para que cargase con vigor el ala mandada
por Pizarro, mientras que la infantería la seguía para secundar sus esfuerzos.
Diose el ataque con un ímpetu extraordinario: la
carga fue tan rápida y terrible, que los soldados de Pizarro no pudieron sostener
el choque. Quedaron las filas aportilladas y desordenadas, y el general sólo
debió la vida al buen temple de su armadura, viéndose obligado a refugiarse en
el centro de su infantería. Cepeda fue derribado del caballo y gravemente
herido. Empezaban ya a resonar los gritos de victoria en el ejército de Centeno;
Pizarro, dando por perdida la jornada, quería lanzarse en medio de las filas
enemigas y buscar en ellas una muerte gloriosa; pero Carvajal, con la calma y
sangre fría de un veterano, mandó a sus soldados que permaneciesen firmes en su
puesto y que hiciesen fuego sin tregua a espaldas del enemigo mientras estaba
combatiendo con la otra ala del ejército. A consecuencia de esta hábil maniobra
cambió el aspecto del combate. Los arcabuceros, apuntando con un acierto
admirable, continuaron hostigando al enemigo, al cual cargó entonces Carvajal
con vigor al frente de la caballería. Alentado Pizarro por aquella venturosa
diversión hizo nuevos esfuerzos, y la victoria empezó a inclinarse en favor suyo.
Fue sin embargo disputada largo tiempo, puesto que los de uno y otro bando peleaban
con igual encarnizamiento; hasta que por fin el ejército de Centeno fue
derrotado después de haber sufrido una pérdida considerable. Quedaron sobre el
campo de batalla trescientos cincuenta de los suyos, entre ellos su segundo
comandante y la mayor parte de sus oficiales; el número de los que quedaron
fuera de combate fue igual al de los muertos, y de ellos sucumbieron más de
ciento a consecuencia de las heridas recibidas. Pizarro perdió también mucha
gente con relación al escaso número de sus soldados, pues tuvo cerca un
centenar de muertos y muchos heridos.
Los vencedores encontraron en el campo enemigo un
rico botín, cuyo valor hace subir Fernández a un millón cuatrocientos mil
pesos. Diego Centeno, que hacía algunos meses que estaba enfermo, no pudo tomar
parte activa en el combate, y se hizo llevar en una litera. Cuando vio que no
quedaba ninguna esperanza, montó en un caballo que llevaba siempre cerca, y
huyó a fin de evitar la persecución de Carvajal, cuya obstinación le era harto
conocida. No tomó el camino de Cuzco ni el de Arequipa, sino que atravesó los
desiertos acompañado de un sacerdote llamado el P. Biscoin, con el cual se
trasladó a Lima.
En el decurso de esta historia hemos tenido que
referir tantas crueldades con que se deshonraron muchas veces los vencedores,
que tenemos ahora un gusto en citar un hecho que hace honor a la generosidad y
al agradecimiento de Carvajal, cuyo relato copiamos de la historia de G. de la
Vega, quien en su sencillez nos ha dejado cuadros de costumbres sumamente
curiosos. «Atrás le dejamos, que iba camino de Arequipa en seguimiento de los
que había vencido. Los de aquella ciudad, así de los que escaparon de la
batalla de Huarina como de los pocos que en ella vivían, que por todos serían
hasta cuarenta hombres, sabiendo que Carvajal iba hacia ellos, huyeron de la
ciudad y tomaron el camino de los Reyes por la costa de la mar. Francisco de
Carvajal que supo la huida de ellos, luego que entró en la ciudad envió tras
ellos a un famoso soldado suyo, con otros veinte y cinco arcabuceros de los que
se tenían por discípulos de tal maestro; y él por excelencia los llamaba hijos...
y sin que alguno de ellos (los fugitivos) se escapase, los volvieron todos a Arequipa.
Entre ellos venía un hombre noble, conquistador de los primeros, y vecino de
aquella ciudad, llamado Miguel Cornejo. El cual en años pasados había hecho un
regalo y beneficio a Francisco de Carvajal, luego que entró en el Perú antes
que tuviera indios ni fama en la tierra. Y fue que caminando Francisco de
Carvajal con su mujer D.ª Catalina Leytón y una criada y dos criados que iban a
las Charcas llegaron a Arequipa; y como en aquellos tiempos y muchos años
después no hubiese mesones de hospedería en todo el Perú, sino que los
caminantes se iban a posar a casa de los vecinos naturales de su tierra o de su
provincia, que en aquellos tiempos había tanta generosidad en los señores de
vasallos de aquella tierra, que bastaba este título para recibirlos en sus
casas y hacerles todo buen hospedaje, no solamente días y semanas, sino también
meses y años, dándoles de comer y vestir hasta que se habilitaban a ganar de
comer por sus personas, ejercitándose en granjerías como todos hacían. Pues
como Francisco de Carvajal no tuviese en aquella ciudad pariente, ni amigo, ni conocido
donde ir a recogerse, se estuvo mucho espacio, que pasó de tres horas, en un
rincón de aquella plaza a caballo con toda su familia. Lo cual notado por
Miguel (que miró en ello yendo a la iglesia y volviendo segunda vez a la plaza)
se fue a él y le dijo: ¿qué hace vuesa merced aquí, que ha más de tres horas
que le vi como ahora está? Carvajal dijo: señor, como no usan mesones en esta
tierra, ni yo tengo pariente ni hombre conocido en esta ciudad, no sé dónde
irme a posar; y así me estoy aquí. Miguel Cornejo replicó: teniendo yo casa no
hay necesidad de mesón para vuesa merced, que mi posada será casa suya, donde
le serviremos con todas nuestras fuerzas, como lo verá. Diciendo esto los llevó
a su casa y les hizo todo buen hospedaje, y los tuvo en ella hasta que el
marqués D. Francisco Pizarro dio un repartimiento de indios a Francisco de
Carvajal en aquella ciudad.
«Sabiendo Francisco de Carvajal que entre los que
traían presos venía Miguel Cornejo mandó que se los llevasen todos donde él
estaba, y habiéndolos reconocido, se apartó con Miguel Cornejo en un aposento a
solas, y se le querelló tiernamente diciendo: señor Miguel Cornejo, ¿por tan
ingrato y desconocido me tiene vuesa merced, que habiéndome hecho la merced y
beneficios que en años pasados en esta misma ciudad me hizo, no esperase de mí
que se los había de agradecer y servir en cualquiera ocasión que me hubiese
menester?... ¿Tan de poco momento fueron los regalos que vuesa merced nos hizo
en su casa, que los había de olvidar en ningún tiempo? Pues para que vuesa merced
sepa cuán en la memoria los he traído y traigo siempre, le hago saber que tuve
muy larga y cierta noticia de dónde y cómo se escondió Diego Centeno en el
repartimiento de vuesa merced, y la quebrada y cueva donde estuvo encerrado, y
que los indios de vuesa merced le alimentaban.
«Todo lo cual disimulé por no dar pena a vuesa
merced, y por no enemistarle con el gobernador mi señor que le tenía consigo;
que bien pudiera yo enviar dos docenas de soldados que fueran divididos por
tres o cuatro partes y me trajeran a Diego Centeno, y por vuesa merced le hice aquel
beneficio con ser tan mi enemigo... Pues habiendo respetado por vuesa merced a
un enemigo tan grande como Diego Centeno, ¿cuánto más respetaré su persona y la
de sus amigos y conocidos y a toda esta ciudad por vivir vuesa merced en ella?
Cierto no perderé esta queja de vuesa merced mientras viviere; y para que se
certifique en lo que he dicho, le doy licencia para que se vaya a su casa y
mire por su salud con toda quietud, y asegure a esta ciudad y a todos los que
trajo consigo, que por vuesa merced quedan libres y exentos de todo el castigo
y pesadumbre que les pudiera hacer.»
La victoria de Huarina cambió por algún tiempo el
estado de las cosas; el partido del presidente experimentó a consecuencia de
ella un golpe terrible, al paso que se robusteció el de Pizarro. El lustre de
aquella hazaña era para imponer admiración e inspirar temores a los que habían
abandonado su causa. Muchos consideraron a Pizarro como invencible en el campo
de batalla, tanto más cuanto que tenía a su lado a Carvajal, el primer hombre
de guerra del Perú. Verificose por consiguiente una reacción en los ánimos, y
las filas del gobernador aumentaron con la misma rapidez con que algunos días
antes habían disminuido.
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