| |
Historia de la Conquista del Perú
Capítulo XIII
Planes propuestos en el Consejo en España para terminar las revueltas
del Perú.- Es enviado a él Pedro de La Gasca.- Sus primeros actos.- Cartas del rey
a Gonzalo Pizarro.- Indecisión del gobernador.
Desde la salida de Núñez Vela el ministerio español
no había recibido ninguna noticia del Perú; ignoraba completamente los
acontecimientos que allí habían tenido lugar, y la insurrección por las
ordenanzas relativas a los indios producida. Sacole de la seguridad en que se
hallaba el arribo simultáneo de Álvarez Cueto y Francisco Maldonado, enviados
el uno del virrey, el otro de Pizarro, que se presentaron juntos en Valladolid,
donde residía entonces la corte. Los despachos que traían eran de naturaleza bastante
alarmante para excitar la solicitud de Felipe, que gobernaba en ausencia de su
padre, ocupado a la sazón en los asuntos de Alemania. El príncipe convocó a los
ministros, al Consejo de Indias y a muchos de los personajes más influyentes de
la corte, y sometió a su deliberación las graves cuestiones suscitadas por los
hechos que acababan de llegar a su noticia. Era en efecto evidente que el Perú
se hallaba en un estado completo de anarquía, y la habilidad con que el enviado
de Gonzalo procuraba paliar la conducta de su jefe, no pudo engañar al Consejo
sobre la verdadera situación de los asuntos, y sobre la ilegalidad del poder de
que se había apoderado Pizarro.
Escandalizáronse todos al saber que la autoridad
real había sido tan abiertamente despreciada, y la muerte de Núñez Vela inspiró
un sentimiento profundo de horror y de indignación. La rebelión había sido tan
osada que parecía que en circunstancias tales no había más remedio que acudir a
las medidas fuertes: así pues la mayor parte de los individuos propuso los medios
más violentos y más enérgicos. Era de absoluta necesidad poner coto a la
licencia que en el Perú reinaba, y no debía esperarse nada de entrar en
avenencias con aventureros, que habían dado sobradas pruebas de lo poco que
había que f iar en sus protestas. Sólo con la fuerza podía domarse a los
rebeldes e imponerles el castigo que merecían. Resolviose en su consecuencia
enviar una expedición al Perú. No había que perder tiempo. Desde el momento en
que Pizarro y los suyos fuesen declarados traidores y rebeldes a la corona, era
preciso proceder con vigor y actividad, y no dejar tiempo al jefe de la
rebelión para tomar la iniciativa y proclamarse soberano independiente. No
bastaba empero formar esta resolución; era preciso ejecutarla, y España no se
hallaba entonces en estado de obrar con la energía necesaria: las arcas del
tesoro estaban exhaustas, y los veteranos no podían abandonar a Alemania, donde
su presencia era indispensable. Para enviar gente al Perú era pues necesario
alistar reclutas, lo que ofrecía graves inconvenientes. Era de temer en efecto
que aquellos soldados bisoños, seducidos por la perspectiva de un rico botín y
por los atractivos de una vida más independiente, abandonaran sus banderas para
pasarse a los rebeldes; a más de que para transportar aquellas fuerzas necesitábase
una flota considerable, y la marina de Carlos V no ofrecía bastantes recursos.
Tales eran los obstáculos con que para la ejecución del plan se tropezaba; mas
aun dado caso que se hubieran podido reunir bastantes hombres y naves, ¡con
cuán graves y serias dificultades no hubiera sido preciso luchar al llegar al
Perú! Gonzalo podía ponerse en guardia contra los peligros de una invasión la
más poderosa: era dueño del mar del Sur; podía cerrar el paso por Nombre de
Dios y Panamá; y la experiencia había demostrado ya las dificultades inmensas
que se oponían a la marcha de una expedición a Quito. Más aún, y suponiendo
vencidos todos estos obstáculos, el ejército, lanzado de esta suerte a una
comarca extensísima y desconocida, tendría que combatir con hombres avezados a
los sufrimientos y a los peligros, endurecidos en las fatigas, mandados por
jefes distinguidos por su valor y por su experiencia en la guerra. Pizarro
había recorrido la mayor parte del país, y lo conocía perfectamente; lo que
debía darle una inmensa ventaja sobre el general que contra él se mandase. Por
último si la expedición fracasaba, sería un golpe mortal para España; Pizarro
se vería sólidamente establecido en su autoridad usurpada, dando un pernicioso
ejemplo a los jefes de las otras comarcas del Nuevo Mundo, que aprovecharían la
primera ocasión que se les ofreciese para hacerse independientes. Estas
reflexiones explanadas en el Consejo modificaron la opinión de los más
calurosos partidarios de las medidas extremas. Faltaba ensayar el camino de la
conciliación: un examen más detenido de los asuntos y algunas conferencias con
los enviados convencieron a todos que una marcha menos rigurosa traería mej
ores resultados. Era evidente, según la conducta observada por Gonzalo, que existía
aún en su corazón un sentimiento de respeto y temor a su monarca, puesto que a
no tenerlo no se hubiera dado tanta prisa en justificarse con él. Así pues,
todo bien considerado era más conveniente recurrir a los artificios de la política
que a la fuerza. Aprovechándose de las favorables disposiciones de Pizarro, y
concediéndole bastante para demostrarle que el gobierno era moderado e
indulgente con él, se podía volverle aún a su deber; o bien podían dispertarse
entre sus partidarios los sentimientos de fidelidad, tan naturales a los
españoles, y determinarlos a abandonar a un usurpador.
El éxito de esta negociación, tan importante como
delicada, dependía enteramente de la habilidad y destreza del que de ella se encargase.
El ejemplo de la administración de Núñez Vela era una prueba convincente de que
semej ante misión no debía confiarse a un hombre de carácter severo e
inflexible. Más que talentos militares y un rigor excesivo necesitábanse
maneras persuasivas, elocuencia suave, conocimiento de los hombres y una profunda
discreción. Después de muchas deliberaciones recayó la elección de los
ministros en un hombre que por su vida retirada y por su modesto mérito parecía
el menos a propósito para un puesto tan importante. Tal era Pedro de La Gasca,
eclesiástico que no tenía más título que el de consejero de la santa
Inquisición. El gobierno le había empleado ya en comisiones delicadas, que
había desempeñado siempre a satisfacción de todos. Aunque no estaba revestido
de ningún cargo público no por esto eran sus talentos menos conocidos y
apreciados. Distinguíase por una grande elocuencia y maneras afables; era de
carácter apacible sin ser débil, y estaba dotado de una probidad superior a
toda sospecha y de una prudencia consumada. La naturaleza empero no había sido
con él tan pródiga en las perfecciones del cuerpo, como en las dotes del
espíritu, ya que según Gomara, era de escasa estatura y tan mal constituido que
parecía de medio cuerpo abajo un gigante, y un enano de la cintura arriba, y
que su rostro era tan feo como desproporcionado su cuerpo.
La Gasca no retrocedió ante la honra que se le
dispensaba, pero no admitió el título de obispo que se le quiso dar,
contentándose con el de presidente de la Audiencia de Lima. He aquí las
condiciones que puso a su aceptación, según Garcilaso de la Vega: pidió que se
le diese en todo y por todo el mismo poder que tenía su Majestad en las Indias,
a fin de que teniendo su autoridad nadie se negase a proporcionarle, en un caso
dado, las tropas, caballos, dinero, armas y naves que necesitase; pidió además que
fuesen revocadas las ordenanzas; que se concediese una amnistía general para lo
pasado; que no se pudiese proceder contra nadie de oficio, ni a petición de
ninguna parte contraria, dejando que cada cual gozase en toda seguridad de sus
derechos y bienes; que le fuese permitido enviar a España el gobernador, si lo
juzgaba a propósito para la tranquilidad del reino; que se le autorizara para
sacar del real tesoro todo el dinero que necesitase para pacificar el país, y reducirle
a la obediencia por el buen gobierno y la recta administración de justicia; que
pudiese disponer, durante su permanencia en el Perú, y en favor de quien
quisiese, de todos los departamentos de los indios que estuviesen vacantes,
como también de todos los destinos del imperio, y del gobierno de las conquistas
hechas y por hacer. A todas estas peticiones añadió por conclusión, «que a él
no le habían de dar salario sino una persona, como contador y ministro de su
Majestad, que gastase lo que él le mandase y conviniese, y después diese cuenta
de ello a los ministros de la hacienda real.» Sin embargo, y como era el único
sostén de su familia, pidió que durante su ausencia fuese mantenida por el rey,
declarando solemnemente que no quería ni paga ni gratificación de ninguna clase
por llenar los deberes de su destino; limitó su acompañamiento al número de
criados absolutamente necesario, y partió, dice Robertson, «no llevando consigo
más que su sotana y su breviario.»
La Gasca desembarcó en Nombre de Dios el 27 de julio
de 1546. Fernando Mejía, que mandaba allí en nombre de Pizarro, estaba al
frente de fuerzas considerables, y tenía orden de oponerse a toda invasión
hostil; pero la vista de un simple eclesiástico, de edad avanzada, y que no
traía consigo ningún soldado no ofrecía ningún motivo de temor, y fuele permitido
que desembarcara tranquilamente. Su presencia excitó la burla y el desprecio de
los soldados, y hasta hubo, según Fernández, quienes se propasasen a faltarle
al respeto. Mas el venerable sacerdote no contestó sino con actos llenos de
dulzura y de humildad, lo que hizo que la multitud cambiase de conducta
respecto a su persona. En una entrevista secreta que tuvo con Mejía inclinó a
este caudillo a secundar las miras de su soberano, y a que le prometiese
declararse en su favor cuando fuese ocasión oportuna.
Desde allí trasladose a Panamá, donde se hallaba
Hinojosa con una fuerte guarnición, independientemente de la flota que tenía a
sus órdenes. Allí recibió una acogida de las más favorables, e Hinojosa se
condujo con él con la mayor atención y respeto. La Gasca se anunció como un
mensajero de paz, y toda su conducta tendía a probar que lo era. Dijo que
estaba encargado por su Majestad de ver cuál era el estado de las cosas en el Perú,
no para castigar y ejercer una autoridad hostil, sino para curar los males del
país, y tomar las medidas más oportunas para asegurar una pacificación general
y el olvido de lo pasado. Añadió que estaba autorizado para revocar las leyes,
causa primera de tantas turbulencias, y que el pueblo obtendría la reparación
de todos sus agravios y el perdón de todas sus faltas, con tal que volviese a
entrar en el orden y se sometiese a las leyes y a la autoridad legítima.
La edad respetable, el carácter oficial y las
benévolas maneras de La Gasca dieron gran peso a sus declaraciones, que fueron
favorablemente acogidas. Hinojosa y otros jefes distinguidos siguieron el
ejemplo de Mejía, de suerte que La Gasca tuvo a su disposición las guarniciones
de Nombre de Dios y de Panamá, y toda la flota. Alentado por este feliz
comienzo, despachó un enviado al virrey de México, requiriéndole que le prestase
su ayuda para el servicio de su Majestad, y envió correos por todo el país para
dar a conocer la naturaleza de las funciones que venía a desempeñar. Como
repugnaban a su carácter naturalmente bondadoso las medidas violentas, y le
horrorizaba la sola idea de derramar sangre quiso, antes de acudir a tan
terrible extremo, ensayar los medios de conciliación. Así pues escribió a
Pizarro para anunciarle su llegada, los sentimientos que le animaban y el deseo
que tenía de que pudiesen trabajar de consuno en secundar las miras de su
Majestad. Dentro de aquella carta iba otra escrita por el mismo rey a Pizarro,
concebida en los siguientes términos: «Gonzalo Pizarro, por vuestras letras y
por otras relaciones he entendido las alteraciones y cosas ocasionadas en esas
provincias del Perú después que a ellas llegó Blasco Núñez Vela, nuestro
visorrey y los oidores de la Audiencia real que con él fueron, a causa de haber
querido poner en ejecución las nuevas leyes y ordenanzas por Nos hechas para el
buen gobierno de esas partes y buen tratamiento de los naturales de ellas. Y
bien tengo por cierto que en ello vos ni los que os han seguido no habéis
tenido intención a nos de servir, sino a excusar la aspereza y el vigor que el
dicho visorrey quería usar, sin admitir suplicación alguna; y así estando bien
informado de todo, y habiendo oído a Francisco Maldonado lo que de vuestra
parte y de los vecinos de esas provincias nos quiso decir, habemos acordado
enviar a ellas por nuestro presidente al licenciado de La Gasca, del nuestro
consejo de la santa y general Inquisición, al cual habemos dado comisión y
poderes para que ponga sosiego y quietud en esa tierra, y provea y ordene en
ella lo que viere que conviene al servicio de Dios nuestro Señor y
ennoblecimiento de esas provincias, y al beneficio de los pobladores vasallos
nuestros que las han ido a poblar, y de los naturales de ellas; por ende yo os
encargo y mando que todo lo que de nuestra parte el licenciado os mandare, lo
hagáis y cumpláis como si por Nos os fuese mandado, y le dad todo el favor y
ayuda que os pidiere y menester hubiere para hacer y cumplir lo que por Nos le ha
sido sometido, según y por la orden y de la manera que él de nuestra parte os
lo mandare, y de vos confiamos, que yo tengo y tendré memoria de vuestros
servicios y de lo que el marqués D. Francisco de [215] Pizarro, vuestro
hermano, nos sirvió, para que sus hijos y hermanos reciban merced.
«De Venelo, a 26 días del mes febrero de 1546 años.-
YO EL REY.- Por mandado de su Majestad, FRANCISCO DE ERASO.»
En cuanto llegaron a manos de Gonzalo Pizarro las
dos cartas llamó a sus amigos, Carvajal y Cepeda, se las leyó y les pidió con
alguna inquietud su consejo; tal era la irresolución que en su ánimo habían
causado. Carvajal fue el primero en dar su parecer, y dijo que puesto que La
Gasca venía como mensajero de paz, que su Majestad le había conferido poderes
para revocar las odiosas leyes causantes de los anteriores disturbios, que iban
a entrar de nuevo en posesión de los privilegios y de los bienes que se les
debía por derecho de conquista, no veía motivo alguno para manifestar al
enviado del rey la más ligera muestra de hostilidad; y que opinaba por el
contrario que La Gasca debía ser recibido como portador de felices nuevas, y
acogido por demostraciones de alegría y de respeto; terminando por proponer que
se le saliese al encuentro y se le llevase en triunfo a Lima.
Cepeda, más conocedor de los hombres que su colega,
fue de dictamen diametralmente opuesto: hizo presente que era verdad que el
enviado hacía magníficas promesas; pero que como no había dado ninguna garantía
para su ejecución, podía violarlas a su gusto en cuanto se le ofreciese ocasión
de hacerlo; que sería una locura en Pizarro meter en su redil al lobo
únicamente porque se presentaba cubierto con piel de oveja; que siendo dueño de
todo el país no debía permitir que le impusiesen leyes; y por último que la
aparente dulzura de La Gasca no era más que una máscara para ocultar la doblez
de sus designios y llegar más fácilmente a su objeto.
Dos pareceres tan opuestos no podían menos de
aumentar las dudas de Pizarro, el cual se retiró sintiéndose sin valor para
tomar una decisión, si bien se inclinaba al dictamen de Cepeda. Poco tiempo
después reunió otro consejo, compuesto de los jefes más distinguidos y de los
principales habitantes, que componían juntas ochenta personas. Carvajal y
Cepeda expusieron de nuevo delante de aquella reunión las razones que dieran antes
a Pizarro; discutiose largo tiempo, y si bien no faltaron quienes se inclinasen
al parecer de Cepeda, la mayoría adoptó el de Carvajal, que en realidad era el
único que podía salvar a Pizarro. Mas éste no tuvo ni la fuerza de carácter, ni
la franqueza necesarias para seguirlo enteramente, y contestó a La Gasca ponderando
su fidelidad, los servicios que sus hermanos y él habían hecho al soberano, y
quejándose del modo injusto como habían sido recompensados por todos sus
trabajos; citando como prueba de ello la prisión de su hermano Fernando, y el
estado de indigencia a que se hallaban reducidos los hijos de don Francisco.
Esta mezcla de protestas de fidelidad y de quejas estaba combinada diestramente
y de tal suerte, que dejaba las cosas en el estado mismo en que se hallaban.
Mas a los que rodeaban a Pizarro no se les ocultaba que, a pesar de sus
incertidumbres, hallábase más inclinado a la guerra, y en efecto poco tiempo
después dio ya a conocer abiertamente los verdaderos sentimientos de que se
hallaba animado. No le movían motivos de interés público, puesto que no dudaba
de la sinceridad de La Gasca al prometer la revocación de las leyes que todos
odiaban, sino el temor de verse privado de su gobierno, de su autoridad, y
acaso de su fortuna. Hizo entonces lo que no había querido hacer un año antes,
y no dudó en romper los débiles lazos de dependencia que le unían todavía a la
corona de España. Reconocía cuán fundados eran los consejos de Carvajal, cuando
le amonestaba que se declarase independiente: y en efecto, en aquella época
hubiérase mandado contra él un ejército, a cuyo desembarco le hubiera sido
fácil oponerse, al paso que ahora iba a combatir, no contra soldados, sino
contra la traición que le envolvía ya por todas partes, y que hasta tomaba
asiento a su lado en el consejo.
 |
|