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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo XII
Dispersión de la partida de Centeno.- Carta de Carvajal a Pizarro brindándole
a que se proclamara rey del Perú.- Cepeda le aconseja en el mismo sentido.-
Negativa de Pizarro.- Su entrada triunfal en Lima
Libre de su más terrible enemigo, y terminada la
guerra civil en aquella parte del Perú, Pizarro aprovechó su permanencia en
Quito para ocuparse en todo lo que era necesario al restablecimiento del orden.
Como no se le ocultaba la ilegalidad de su conducta, deseaba conciliarse los
ánimos de todos tomando medidas justas y prudentes. La real Audiencia se
hallaba completamente desorganizada, y por lo tanto se creyó con derecho para
publicar las indispensables ordenanzas a fin de imprimir una marcha regular a
los negocios públicos. Consagró todo su tiempo al examen de la situación
interior del país, y auxiliado por Cepeda, su principal consejero y su
confidente, adoptó sabias medidas y cuales nadie hubiera podido esperar de un
soldado que había hasta entonces vivido en los campamentos.
Sin embargo de que por la parte del sur Carvajal
había obrado con actividad, no había podido dispersar las tropas de Centeno, ni
causarles una derrota decisiva. El joven caudillo del movimiento de la Plata
había dado muestras de grandes talentos en las evoluciones militares que tenía que
hacer todos los días, ya para burlar a su enemigo, ya para evitar su persecución,
en que se empeñó aquél por espacio de más de doscientas leguas. No le quedaban
ya más que ochenta hombres: el resto de su gente había sucumbido a las fatigas
y en las repetidas escaramuzas de Carvajal. Convencido de que no podría hallar
asilo seguro en tierra quiso buscar uno en el mar, y siguió la costa hasta
Arequipa, donde esperaba encontrar una nave; mas viose de tal suerte acosado
por su perseguidor, que, no pudiendo embarcarse, despidió a sus soldados y huyó
acompañado tan sólo de un oficial y un criado. Los fugitivos hallaron un asilo
en una caverna donde permanecieron ocultos por espacio de ocho meses. López de
Mendoza, uno de los capitanes de Centeno, que había logrado escaparse con
algunos hombres, se refugió en el gobierno de uno de sus amigos, donde su
reputación atrajo en torno de él ciento cincuenta hombres, con los cuales abrió
de nuevo la campaña. Una noche atacó el campo de Carvajal y pilló todos sus bagajes;
mas cuando estuvo a unas treinta leguas del campamento se detuvo para descansar
en un pueblo, creyendo que Carvajal no habría podido seguir sus huellas; pero
el anciano caudillo, activo e infatigable como un joven, y picado de haberse
dejado sorprender, había montado a caballo y perseguido con tanto afán a
Mendoza, que en la noche segunda de su marcha, al amanecer, llegó al pueblo
donde Mendoza descansaba. Acompañado de solos dos hombres penetró en el
aposento de su enemigo, y le prendió con todos los que con él estaban.
Siguiendo sus instintos crueles le hizo cortar inmediatamente la cabeza, que
envió a Arequipa para ser expuesta en una picota, por ser aquella ciudad donde
Mendoza y Centeno habían levantado el estandarte de la rebelión contra Pizarro.
Después de esto Carvajal se dirigió hacia la Plata, donde resolvió permanecer
algún tiempo, a fin de recoger cuanto pudiese de aquel rico metal en las
abundantes minas del Potosí.
Allí fue donde recibió los despachos de Pizarro
anunciándole la derrota y muerte del virrey, e invitándole a que pasara a Lima
para que juntos pudiesen concertar los planes que convenía adoptar. Hacía tiempo
que Carvajal instaba a su jefe a que sacudiese toda dependencia del gobierno
español, y se declarase dueño absoluto del país; al recibir las comunicaciones
de Pizarro, quiso tentar un nuevo esfuerzo en el ánimo de su amigo, y le
escribió en el mismo sentido. Empezaba por recordarle que se había comprometido
demasiado, empuñando las armas contra las tropas reales y matando al virrey,
para esperar encontrar jamás gracia en la corte de España y proseguía diciendo:
«No hay que f iar de promesas ni de palabras por certificadas que vengan, sino
que vuesa señoría se alce y se llame rey; y la gobernación y el mando que espera
de mano ajena se lo tome de la suya, y ponga corona sobre su cabeza y reparta
lo que hay vaco en la tierra, por sus amigos y valedores; y lo que el rey les
da temporal por dos vidas se lo dé vuesa señoría en mayorazgo perpetuo... que
por sustentar y defender ellos sus estados, defenderán el de vuesa señoría... Y
para atraer a los indios a su servicio y devoción, para que mueran por vuesa
señoría, con el amor que a sus reyes incas tenían, tome vuesa señoría por mujer
y esposa la infanta que entre ellos se hallare más propincua al árbol real, y
envíe sus embajadores a las montañas, donde está encerrado el inca heredero de
este imperio... Y no repare vuesa señoría en que le digan que hace tiranía al
rey de España, que no se la hace. Porque como el refrán lo dice, no hay rey
traidor.
«Esta tierra era de los incas, señores naturales de
ella, y no habiendo de restituírsela a ellos, más derecho tiene vuestra señoría
a ella que el rey de Castilla, porque la ganó por su persona, a su costa y riesgo,
juntamente con su hermano; y ahora en restituírsela al inca, hace lo que debe
en ley natural; y en quererla gobernar y mandar por sí, como ganador de ella, y
no como súbdito y vasallo de otro, también hace lo que debe a su reputación:
que quien puede ser rey por el valor de su brazo, no es razón que sea siervo
por flaqueza de ánimo. Todo está en dar el primer paso y la primera voz.»
Tales razones eran convincentes; y un hombre tan
ambicioso como Pizarro no podía menos de escucharlas favorablemente. A las
instancias del viejo soldado uníanse otras representaciones de no menos peso.
El antiguo presidente de la Audiencia, Cepeda, apoyaba sin descanso los
consejos que no cesaba de darle Carvajal. Pedro de Puelles, que de todos los
capitanes de Pizarro era el que más había contribuido a su elevación, y un gran
número de otros amigos del general, participaban de los mismos sent imientos.
Gonzalo Pizarro recibió con grandes muestras de
alegría estos consejos, y hasta se manifestó al principio dispuesto a dejarse
dirigir por el celo de sus amigos. «Mas afortunadamente para el reposo del género
humano, dice Robertson, pocos hombres están dotados de esa fuerza de espíritu y
de los talentos necesarios para concebir y ejecutar proyectos arriesgados, que
sólo pueden ser llevados a cabo trastornando el orden establecido en las
sociedades, y violando las máximas que se miran como sagradas.» Pizarro era
resuelto y ambicioso, pero carecía del genio y del talento necesarios para
desempeñar el papel con que se le brindaba. Intimidole sin duda la magnitud de
semejante empresa, y dio otro rumbo a sus ideas. Imaginose que la corte de
España no querría acudir a medidas violentas contra él y que consentiría en
dejarle gobernar el Perú. El inmenso poder que poseía ya y su influencia en el
país parecían que debían determinar a los ministros a confirmarle en su título,
más bien que lanzar al Nuevo Mundo en una nueva era de combates y de
calamidades. Pensó por fin que mostrándose sumiso y deferente con el emperador,
el brillo de sus triunfos y su actitud imponente harían olvidar lo que hubiese
de ilegal en su conducta pasada.
Dominado por este pensamiento envió a España a
Maldonado, otro de sus capitanes, con el encargo de dar cuenta a la corte de
todo lo que había pasado en el Perú, cuidando de presentar los hechos bajo el
punto de vista más favorable. Debía insistir principalmente sobre los servicios
prestados por Gonzalo, y sobre los que podría prestar aún en el caso de conservarle
en su gobierno; y por último debía protestar en nombre de su jefe de su
sumisión y obediencia a la autoridad real.
Gonzalo Pizarro pasó después de esto a Lima, donde
hizo su entrada con toda la pompa de un triunfo militar, acompañado de sus
bravos capitanes y de sus veteranos, todos a pie, montado él en un magnífico
caballo. El cabildo municipal salió de la ciudad para recibirle y felicitarle.
Pizarro se encaminó en derechura a la catedral para adorar al santísimo
Sacramento; en todas las calles por donde pasaba era saludado por las aclamaciones
del pueblo, que le llenaba de bendiciones y de acciones de gracias. Pizarro
fijó su morada en el palacio de su hermano, y desplegó en todos sus actos el
mayor fausto. Algunos escritores pretenden que su altanería llegó a hacerse
intolerable, y que manifestó una arrogancia tal, que empezó a enfriarse la
adhesión de no pocos de sus más antiguos partidarios. El hecho es que aquel
ignorante aventurero no había nacido para brillar en tan elevado puesto. Las
cualidades de que la naturaleza le dotara y que habían desarrollado el tiempo y
sus hábitos, eran enteramente distintas de las que la corte exige. Gonzalo
Pizarro era un soldado atrevido, un aventurero lleno de arrojo y firmeza; hasta
se había hecho un general experimentado y no falto de capacidad para dirigir
una guerra; pero no había recibido ni de la naturaleza, ni de la educación, las
cualidades propias para brillar en una sociedad culta. Sus maneras groseras,
disculpables en un soldado, repugnaban en un gobernador, y el lustre de sus
hazañas hacía resaltar todavía más su ignorancia, del todo incompatible con el
puesto que ocupaba.
En esto llegó a Lima Carvajal, a quien Gonzalo
acogió de la manera más lisonjera y brillante, yendo a su encuentro, seguido de
un numeroso acompañamiento, hasta larga distancia de la ciudad, para manifestar
su respeto y agradecimiento al viejo caudillo que tan señalados servicios le
prestara. El regreso de Carvajal no hizo más que estrechar los lazos que a Pizarro
le unían. Los trabajos que el anciano jefe había mandado hacer en las minas del
Potosí le habían valido un millón de pesos, que depuso en el tesoro del
gobernador. Renovó entonces sus instancias para que se declarase soberano del
Perú; mas éste se negó a seguir el consejo de su amigo, aguardando confiadamente
la vuelta de su enviado, y más que nunca persuadido de que el gobierno no
querría comprometer la tranquilidad de que gozaba el país, despojándole a él de
su autoridad.
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