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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo XI
Desavenencias de los oidores con Gonzalo Pizarro.- Entrada de éste en Lima.-
Se hace nombrar gobernador general.- Aparece de nuevo en escena Núñez Vela.-
Levantamiento de Diego Centeno.- Retirada del virrey.- Batalla de Quito.-
Muerte de Núñez Vela.
El primer cuidado de los oidores, en cuanto fue
reconocido en la ciudad su poder, fue ocuparse en los nuevos reglamentos, para
cuya ejecución proclamaron una prórroga. Movíales a obrar así un doble motivo, a
saber, dar una satisfacción al pueblo exasperado con aquellos reglamentos, y
encontrar un pretexto para alejar a Gonzalo Pizarro, cuya ambición y poder les
causaban no infundadas zozobras. Mas como por otra parte no podían esperar que
un hombre del carácter de Pizarro se aviniese a abandonar tranquilamente la
posición formidable en que se colocara, quisieron ante todo sondear sus
intenciones. Tomaron en su consecuencia el partido de enviarle un mensaje
oficial para darle a entender que, no existiendo ya el motivo que le había
impulsado a tomar las armas, licenciara su ejército y fuese sin tardanza a Lima
acompañado tan sólo de [180] veinte hombres. No era fácil encontrar personas
bastante resueltas para desempeñar una misión tan peligrosa con un jefe del
carácter de Gonzalo; mas Agustín de Zárate (el historiador del Perú) y Ribera consintieron
en encargarse de ella y partieron para el valle de Zanja, donde se hallaba
aquél acampado. Pizarro tenía ya noticia de la embajada que se le mandaba, y
temiendo que si los enviados de los oidores se presentaban ante el ejército y notificaban
públicamente la orden de los magistrados, se promoviese alguna asonada entre
sus soldados, que deseaban entrar en Lima en son de guerra, mandó al momento a
Villegas, uno de sus capitanes, con un fuerte destacamento para detener a los
mensajeros. Esta orden fue ejecutada sin dificultad, y Zárate, portador de los
despachos, fue preso y conducido a Pariacuca, para que aguardara allí al
general, que llegó a los diez días.
Pizarro estaba muy distante de querer someterse a lo
que mandaban los oidores: su ambición, excitada por las favorables
circunstancias que le rodeaban, le mostraba cercano el día en que podrían
realizarse todos sus sueños de gloria y de poder: creía que en medio de la
confusión que reinaba en el Perú, tocaba al momento en que podría llegar a la
autoridad absoluta. Parecíale en efecto que el prestigio de su nombre y su
propia celebridad debían ganarle todos los sufragios, y que el pueblo no podía dejar
de preferirle a unos magistrados recientemente llegados al país y sin ningún conocimiento
militar. Alentábale en estas ideas ambiciosas Francisco Carvajal, quien
habiendo pasado su vida en los campamentos estaba por las medidas osadas y
decisivas. «El simple título de procurador general, decía, no puede bastar a un
Pizarro; preciso es que se haga nombrar gobernador general y comandante en jefe
de los ejércitos del Perú.» Costole poco a Pizarro adherirse a unas ideas que
tan en consonancia estaban con las suyas, y que se hallaban robustecidas por el
apoyo que le prestó uno de los oidores.
Cepeda, presidente a la sazón de la Audiencia, y
consagrado en apariencia a los intereses de su partido, mantenía tiempo hacía
una correspondencia secreta con Pizarro. Hábil y astuto, había visto que el
poder de sus compañeros no descansaba en ninguna base sólida, y convencido de
que la fortuna brindaría con sus favores a Pizarro, había procurado conciliarse
las buenas gracias de este jefe, dándole seguridades de su activa cooperación.
Entretanto Gonzalo se había acercado hasta una milla
de Lima, e intimado a los oidores que le reconociesen como gobernador y capitán
general del Perú; mas como éstos vacilasen, Pizarro, impaciente, quiso poner
término de una vez a sus dudas.
Carvajal entró en la ciudad con un fuerte destacamento,
mandó prender a veinte y ocho habitantes de los más notables y conocidos como
enemigos de Pizarro, y al día siguiente hizo salir de sus calabozos a tres de
los presos, y sin formación de proceso mandó colgarlos de un árbol a la entrada
de la ciudad, amenazando tratar de la misma manera a todo el que se opusiese al
nombramiento de Pizarro. Aterrorizados los oidores y sabiendo que Carvajal era
hombre para realizar sus amenazas, consintieron en todo lo que se exigió de
ellos. Los habitantes, asustados, enviaron muchas diputaciones a Pizarro para
suplicarle que pusiese freno a la crueldad de su capitán; y el general, que no
había expedido tales órdenes, deploró vivamente aquel funesto acontecimiento,
que podía serle muy perjudicial, y mandó al momento a Carvajal que cesase en
sus rigurosas ejecuciones, que pusiese en libertad a todos los presos, y hasta
que se quitaran del árbol los cadáveres de los que habían sido ahorcados.
Pizarro ordenó después de esto su hueste, e hizo su entrada en Lima con gran
pompa el 28 de octubre de 1544. Dirigiose en seguida, acompañado de sus
principales jefes, a la habitación de Zárate, donde estaban los oidores, los
cuales le reconocieron como gobernador y capitán general del Perú. Recibidos
sus juramentos, Pizarro se trasladó a la municipalidad donde tuvo lugar la
misma ceremonia; y desde aquel momento fue reconocido su poder primero en la
ciudad, y luego en las provincias cercanas.
Viéndose ya Pizarro dueño de un poder que nadie le
disputaba, nombró para los principales empleos a sus más fieles partidarios.
Proveyó además, por el ministerio de los magistrados de la Audiencia, al
despacho de los negocios públicos y a la administración de justicia. Mas aunque
puso mucho cuidado en el puntual cumplimiento de sus deberes, no dejó de hacer descontentos.
Fue uno de ellos el capitán Diego Gumiel, apasionado servidor que había sido
hasta entonces de Pizarro, el cual le abandonó repentinamente porque no había
obtenido de él un departamento de indios que le pidiera para uno de sus amigos.
Empezó entonces a quejarse abiertamente del general y de los oidores, diciendo
que habían usurpado el gobierno que tocaba de derecho al hijo de Francisco
Pizarro, y que los buenos españoles debían reunir sus esfuerzos para hacer que
fuese dada la autoridad al legítimo heredero de su antiguo gobernador. Como
llegasen estos rumores a oídos de Gonzalo, encargó a Carvajal que tomase averiguaciones
e impusiese silencio al capitán. Daríale probablemente esta orden sin intención
de mandar una ejecución violenta; mas Carvajal, naturalmente inclinado a
emplear los medios extremos, fuese en derechura a casa de Gumiel, y sin más
forma de proceso, le mandó estrangular y exponer su cadáver en la plaza
pública. Tales actos de crueldad, con harta frecuencia repetidos con menoscabo
del buen nombre de Pizarro, que cerraba los ojos a los actos bárbaramente
atroces de su principal consejero, empezaron a suscitarle muchos descontentos.
Apenas estuvo Pizarro en el poder cuando vio que en
vez de gobernar pacíficamente una comarca feliz, se vería pronto obligado a
acudir a las armas para sostener su autoridad, mas de todos modos no creía que estuviese
tan cerca el momento de la lucha, así como estaba muy distante de pensar en el
enemigo formidable que contra él iba a levantarse.
Dejamos apuntado más arriba que el virrey había sido
puesto a bordo de una nave bajo la custodia de un individuo de la Audiencia,
que debía llevarlo a España. En cuanto estuvo el buque fuera del puerto,
Álvarez se acercó al virrey con los ojos bañados en llanto y, ora fuese que
sintiese en realidad remordimientos de haber tomado parte en un acto ilegal, o
que temiera las consecuencias de su conducta a su llegada a España, echose a
sus plantas, y manifestándole su sentimiento por la parte que tomara en todo lo
que acababa de pasar, declarole que desde aquel momento era libre, y que sólo
él tendría el mando del buque. Juntósele pronto otra nave tripulada por amigos
suyos, y el virrey aprovechándose de estas circunstancias favorables mandó
dirigir las dos embarcaciones hacia Túmbez.
En cuanto llegó a este puerto empezó a obrar con
tanta actividad como energía; hizo que fuese reconocida su jurisdicción sobre
esta colonia, y envió emisarios a todas las provincias para denunciar la
conducta ilegal de Pizarro, e intimar a las autoridades de los establecimientos
cercanos que viniesen a ponerse bajo sus banderas, amenazando con tratar como rebeldes
a los que no obedeciesen. Comprendiendo cuán necesario era reunir fuerzas
suficientes antes que pudiese Pizarro marchar contra él, nada descuidó para
juntar un ejército, y sus esfuerzos no fueron infructuosos. Reuniéronsele un
gran número de españoles, unos por inclinación, descontentos otros de la
conducta violenta de Pizarro. Núñez Vela se encontró pronto al frente de una
hueste, poco numerosa sin duda para arriesgar una batalla, pero bastante
considerable para servir de punto de reunión a los que se sintiesen inclinados
a abrazar su causa. No pudo sin embargo permanecer mucho tiempo en Túmbez: un
oficial de Pizarro llamado Bachicao, que se hallaba casualmente en esta comarca
con una misión particular, apoderose de las dos naves, y obligó al virrey a
retirarse al interior.
Habiendo llegado a noticia de Pizarro que Núñez
Vela, puesto en libertad, trabajaba para recobrar el poder, envió a todas
partes los oficiales que le eran más adictos, con el doble objeto de reclutar soldados
para él e impedir que el virrey recibiera refuerzos. Esperaba destruirle
fácilmente en cuanto lograse interceptar toda comunicación con la costa, puesto
que Núñez Vela carecía de medios para sostener largo tiempo la lucha en el
interior de las tierras.
Sobrevino por este tiempo un suceso que, dividiendo
las fuerzas de Pizarro, favoreció grandemente la causa del virrey. Francisco
Almandras, comandante por Gonzalo en la Plata, llevado de un celo indiscreto,
había hecho prender por meras sospechas a Gómez de Lema, uno de los habitantes más
distinguidos de la ciudad. Esta severidad exagerada descontentó a los demás
moradores, que dirigieron representaciones a Almandras rogándole que pusiese en
libertad al preso. Negose éste a escuchar sus reclamaciones, y como hubiese
oído a algunos amigos de Lema decir en tono amenazador que ellos sabrían libertarle,
dio orden para que el desgraciado fuese estrangulado durante la noche, y que su
cabeza fuese expuesta en la plaza pública. Este espectáculo llenó de
indignación y de sorpresa a los habitantes de la Plata, y convencidos de que
sus vidas no estarían seguras mientras estuviesen en poder de un hombre tan
cruel, reuniéronse muchos de ellos en secreto y trazaron una conspiración
contra Almandras. El más distinguido entre los conjurados por sus talentos y
categoría era Diego Centeno, antiguo partidario de Pizarro, y que le había
vuelto la espalda al verle arrogarse un poder arbitrario. Centeno excitó a los
más exaltados, y quedó resuelta la muerte del comandante. Los conjurados se reunieron
un domingo en casa de su víctima con la intención aparente de acompañarle a
misa, y lanzándose de repente sobre él le apuñalaron, aunque teniendo la
bárbara complacencia de no rematarlo, y arrastrándole hasta la plaza, le
hicieron decapitar como rebelde y traidor al rey de España.
Esta insurrección, pues realmente lo era, necesitaba
un jefe, y fue elegido Centeno. Envió al momento a López de Mendoza a Arequipa
para sorprender al jefe que mandaba allí en nombre de Pizarro; aquél huyó y
Mendoza se apoderó de todas las armas y provisiones que pudo encontrar, alistó
nuevos soldados y volvió a la Plata. Centeno se encontró con esto a la cabeza
de doscientos cincuenta hombres.
Al acaecer esta rebelión Pizarro no estaba ya en
Lima, sino que marchaba contra el virrey resuelto a presentarle un combate,
cuyo resultado no podía ser dudoso, atendida la diferencia numérica de los dos ejércitos.
En posesión de las rentas públicas, teniendo bajo su jurisdicción las
principales ciudades del Perú, y estando al frente de un ejército valiente,
numeroso y adicto, encontró desde luego tantos recursos como se presentaban al
virrey obstáculos. Decidido empero éste a no aceptar la batalla se retiró a
Quito para aguardar allí los refuerzos con que contaba.
Pizarro marchó en su seguimiento, y Carvajal, que
mandaba la vanguardia, hubiera más de una vez caído sobre los contrarios, a no estorbárselo
la vigilancia de Núñez Vela, que quería evitar un encuentro que le hubiera sido
funesto. De esta suerte los dos partidos recorrieron, el uno marchando en
retirada y el otro persiguiéndole, un espacio de más de mil leguas. Durante
esta marcha extraordinaria, de que hay pocos ejemplos en la historia, fueron
indecibles las fatigas y los padecimientos por una y otra parte: unos y otros
sufrieron los rigores del hambre y viéronse reducidos muchas veces a comerse
sus caballos. Las tropas de Pizarro eran sin embargo las que más padecían,
puesto que Núñez Vela nada dejaba en pos de sí, y Gonzalo vio renovarse todos
los desastres de su expedición a la Canela. Los soldados de uno y otro bando
manifestaron una constancia a toda prueba, y ninguno se quejó de un destino tan
cruel. El virrey invitó muchas veces a los que estaban extenuados a que
abandonasen su servicio, mas ninguno de ellos quiso aprovecharse de este
permiso, a pesar de la suerte que les amenazaba. Carvajal se apoderaba de los rezagados,
y ¡ay de ellos si eran de alguna categoría! pues eran muertos en el acto. El
ejército del virrey llegó por fin a Quito en el estado más deplorable.
Aquel mismo día la vanguardia de Carvajal apareció
bajo las murallas, y Núñez Vela tuvo que evacuar aquella plaza que le era
imposible defender; saliendo de ella con tanta precipitación, que su marcha más
que una retirada, parecía una derrota. Su ejército no experimentó ningún
alivio, porque Pizarro continuó persiguiéndole con la misma rapidez y perseverancia.
Núñez Vela pudo escapar por fin a su enemigo, metiéndose después de muchas
fatigas en la provincia de Popayán, y Gonzalo, perdida la esperanza de darle
alcance dejó de perseguirle y volvió a Quito, donde era necesaria su presencia
para hacer rostro a nuevos peligros.
Diego Centeno había sido después de su rebelión
infatigable en sus esfuerzos, y tomado una actitud temible: casi todas las
provincias del sur le eran adictas y disponía de considerables fuerzas. Pizarro
no perdió ni un solo instante para detener a tan peligroso enemigo, y envió al
sur al fiel Carvajal, mientras que él permanecía en Quito para observar los
movimientos del virrey, y dar a sus soldados el descanso de que tanto necesitaban.
Núñez Vela no permanecía entre tanto inactivo: en
cuanto tuvo un momento de respiro empleó toda su energía en aumentar sus medios
de resistencia. Benalcázar, capitán de grande influencia, cuyo nombre hemos
citado tantas veces, había ido a reunírsele y levantado con su activa cooperación
más de cuatrocientos hombres en la sola provincia de Popayán. El virrey mandó
entonces intimar a todas las autoridades civiles y militares de las ciudades
inmediatas que prestasen su apoyo a la causa legítima. Algunos de su bando, con
el objeto de evitar los desastres que son consiguientes en toda guerra civil,
le aconsejaban que entrase en negociaciones con Pizarro; mas Núñez Vela rechazó
este parecer con indignación, declarando que no transigiría jamás con traidores
y rebeldes, y que no habría entre él y ellos más árbitro que la espada.
Pizarro conocía la firme resolución de su
antagonista, y conveníale por otra parte poner fin a tan porfiada contienda.
Como veía claramente que el virrey no saldría de Popayán ínterin no se
encontrase al frente de fuerzas superiores o cuando menos iguales a las suyas,
Gonzalo resolvió valerse de la astucia para hacerle salir de su retiro y
atraerle al campo de batalla que él mismo eligiese. En su consecuencia hizo
correr la voz de que iba a marchar contra Centeno, y que Pedro Puelles se
quedaría en Quito con solos trescientos hombres. Fingió ponerse él mismo en
disposición de ejecutar este designio: señaló a los que debían formar parte de
la expedición y los que quedar debían con Puelles, y después de una revista
general salió de Quito, aunque deteniéndose a tres jornadas so pretexto de
enfermedad. Su plan hubiera fracasado completamente a haber tenido el virrey
noticia de estos hechos por un conducto menos sospechoso; y en esto la
casualidad sirvió a Pizarro a medida de sus deseos. Núñez Vela tenía en Quito
un espía encargado de seguir los pasos del enemigo; mas este espía, haciendo
traición al que le empleaba, descubriose a Gonzalo, y le dio a conocer las
cifras de que se servía en su correspondencia con el virrey. Pizarro le mandó
escribir todo lo que pasaba y entregó la carta al indio portador ordinario de
aquellas comunicaciones: además de esto y por consejo suyo Pedro de Puelles escribió
al ejército de Popayán que se había quedado en Quito con solos trescientos
hombres, y que si quería moverse hacia esta ciudad podía hacerlo sin temor
puesto que el país había quedado sin defensa con la ausencia de Pizarro.
Puelles encargó esta comisión a indios que habían sido testigos de la marcha
del ejército de Gonzalo para que pudiesen afirmarlo, y lo preparó todo de
suerte que las cartas fuesen fácilmente sorprendidas por los agentes del
virrey, como así sucedió en efecto.
Núñez Vela dio crédito a estas cartas, que le
parecían proceder de conductos tan diferentes, y figuróse que con sus
cuatrocientos hombres vencería fácilmente a Pedro de Puelles, y que la derrota
de éste llevaría en pos de sí la de Pizarro. Salió pues de Popayán y marchó
rápidamente sobre Quito. Conocedor Gonzalo de todos los movimientos del enemigo
y sabiendo que estaba a doce leguas de la ciudad, reuniose con Puelles, y se
adelantó al encuentro del virrey, aunque por un camino distinto del que éste
había seguido. Núñez Vela llegó delante de Quito sin sospechar siquiera la
estratagema empleada contra él, y firmemente convencido de que no tendría que
combatir más que con Pedro de Puelles, entró sin la menor oposición en la
ciudad, donde supo el lazo que le habían tendido y la reunión de los dos jefes.
Esta noticia era para él un golpe terrible, porque Gonzalo, con su último
movimiento acababa de cortarle la retirada, y no había más recurso que rendirse
o combatir. El virrey optó por este último partido.
Al día siguiente, 18 de enero de 1546, el virrey
reunió sus tropas, las arengó para alentarles a que se mantuvieran fieles a su
soberano, y dio en seguida la señal del combate. «Llegados los escuadrones a
vista uno de otro, dice Garcilaso de la Vega, salieron arcabuceros de una parte
y otra a trabar la escaramuza. Los de Pizarro hacían mucha ventaja a los del visorrey,
por la mucha y muy buena pólvora que llevaban, y los arcabuceros muy diestros
por el mucho ejercicio que habían tenido; y los del visorrey todo en contra.
Los escuadrones se acercaron tanto, que fue necesario recogerse los
sobresalientes a sus banderas. De parte de Gonzalo Pizarro salió a recoger los
suyos el capitán Juan de Acosta, y con él otro buen soldado llamado Páez de Sotomayor:
entonces mandó Gonzalo Pizarro al licenciado Carvajal, que con su compañía
acometiese por el lado diestro de los enemigos, y él se puso delante de su
gente de caballo; mas sus capitanes no lo consintieron, y lo pusieron a un lado
del escuadrón de la infantería, y con otros siete u ocho en su compañía, para
que de allí gobernase la batalla. La gente de caballo del visorrey, que serían
hasta ciento y cuarenta hombres, viendo que los del licenciado Carvajal iban a ellos,
les salieron al encuentro y arremetieron todos juntos de tropel, tan sin orden
y tan sin tiempo, que cuando llegaron a los enemigos iban ya casi desbaratados,
porque una manga de arcabuceros que los esperaba por un lado, les hizo mucho
daño, y el licenciado Carvajal y los suyos los maltrataron mucho, que aunque
eran pocos tenían ventaja a los del visorrey, porque ellos y sus caballos
estaban descansados y fuertes para pelear; y los del visorrey, por el
contrario, cansados y debilitados, y así cayeron muchos de los encuentros de
las lanzas; y juntándose todos pelearon con las espadas y estoques, hachas y
porras, y fue muy cruel la batalla. A esta sazón acometió el estandarte de
Gonzalo Pizarro con hasta cien hombres de caballo, y hallando los enemigos tan
mal parados, los acabó de desbaratar con mucha facilidad. Por otra parte era grande
la pelea de la infantería con tanta vocería y ruido, que parecía de mucha más
gente de la que era... El visorrey andaba peleando entre su gente de caballo,
había hecho muy buenas suertes, que del primer encuentro derribó a Alonso de
Montalvo, y hizo otros lances con mucho ánimo y esfuerzo; andaba disfrazado,
que sobre las armas traía una camiseta de indio, que fue causa de su muerte;
viendo los suyos ya perdidos quiso retirarse, mas no le dejaron, porque un
vecino de Arequipa, llamado Hernando de Torres, se encontró con él; y no le
conociendo, le dio a dos manos con una hacha de armas un golpe en la cabeza, de
que lo aturdió y dio con él en tierra... El licenciado Carvajal, viendo vencidos
los contrarios, anduvo con gran diligencia corriendo en el campo en busca del visorrey,
para satisfacer su ira y rencor sobre la muerte de su hermano: halló que el
capitán Pedro de Puelles le quería matar, aunque estaba ya casi muerto, así de
la caída, como de un arcabuzazo que le habían dado. A Pedro de Puelles dio a
conocer al visorrey un soldado de los suyos, que si no fuera por el aviso que
éste le dio, no le conociera según iba trocado el hábito... Entonces mandó el
licenciado a un negro suyo que le cortase la cabeza, y así se hizo y la
llevaron a Quitu (sic), y la pusieron en la picota, donde estuvo poco espacio
hasta que lo supo Gonzalo Pizarro, de que se enojó mucho, y la mandó quitar de
allí y juntarla con el cuerpo para enterrarlo... Algunos soldados hubo muy
desacatados que le pelaron parte de las barbas... y un capitán de los que yo
conocí trajo algunos días por pluma parte de las barbas, hasta que también se
las mandaron quitar. Así acabó este buen caballero, por querer porfiar tanto en
la ejecución de lo que ni a su rey ni a aquel reino convenía etc.»
Esta batalla costó la vida a cerca doscientos
hombres del partido del virrey, al paso que Pizarro, según el testimonio nada
sospechoso de Agustín de Zárate, no perdió más que siete.
La conducta de Gonzalo Pizarro después de la
victoria fue muy distinta de lo que de él se esperaba, puesto que no manchó su
triunfo con la muerte de ninguno de sus prisioneros, y mostró una clemencia
cual no podía esperarse de su carácter. Repuso al bravo Benalcázar en el empleo
de que gozaba antes, mostrando la misma inteligencia con otros capitanes que le
juraron obediencia. Mandó celebrar magníficos funerales en honor de Núñez Vela
y de otros personajes distinguidos que perecieron en el combate, asistiendo él
mismo de gran luto a la fúnebre ceremonia, con sus principales jefes. Aquellos
actos de clemencia, el perdón concedido al hermano de Núñez Vela y su conducta
en general eran a propósito para hacer nacer las más lisonjeras esperanzas, así
que la mayor parte de los españoles consideró aquella batalla como un
acontecimiento venturoso, que iba a volver en fin la tranquilidad al país.
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