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Historia de la Conquista del Perú
Capítulo X
Gonzalo Pizarro es nombrado procurador general de los indios y comandante
en jefe del Perú.- Muerte del inca Manco Capac.- Odio general contra el virrey.-
Sus disidencias con los magistrados de la Audiencia real.- Es depuesto y preso
por ellos.
El arresto de Vaca de Castro había producido una
indignación general; es probable sin embargo que el virrey hubiera tenido
suficiente autoridad para impedir que estallase de una manera violenta, si los
descontentos no hubiesen encontrado un jefe capaz por su crédito y su rasgo de
reunir sus voluntades y de dirigir sus esfuerzos. Desde que eran conocidas en
el Perú las nuevas leyes, todos los españoles habían puesto los ojos en Gonzalo
Pizarro, como el único hombre capaz de evitar las
desgracias que amenazaban a la colonia.
Gonzalo Pizarro, inferior a sus hermanos en
talentos, los igualaba en resolución y firmeza; habíase además hecho querer de
la mayor parte de los aventureros por su franqueza y su generosidad, cualidades
que los soldados estiman, y de que carecían Francisco y Fernando. Los eminentes
servicios que prestara durante la conquista del Perú, y el renombre que
adquiriera en su extraordinaria expedición a la Canela, hacíanle aparecer como
el jefe más a propósito para dirigir una empresa difícil. De todas partes recibía
cartas y diputaciones invitándole a defender a los españoles contra las medidas
que los oprimían, prometiendo todos compartir con él su fortuna o morir en su
defensa.
Gonzalo Pizarro era ambicioso y resuelto, y sin
embargo permaneció algún tiempo indeciso acerca la marcha que debía seguir.
Pensaba, no sin temor, en una demostración que le obligaría sin duda a tomar
las armas contra las tropas reales; mas por otra parte no podía olvidar la ingratitud
del emperador para con su familia. Su hermano Fernando gemía en un calabozo;
los hijos de Francisco estaban bajo la vigilancia del virrey; él mismo se
hallaba reducido a la condición de un simple particular y expuesto además a ser
despoj ado del fruto de sus servicios, por la aplicación de los nuevos
reglamentos. Todas estas consideraciones le disponían a responder al
llamamiento de sus compañeros de armas, y le determinaron a salir de Chuquisaca
de la Plata, lugar de su residencia, para trasladarse a Cuzco, donde fue
acogido con transportes de alegría, y como en triunfo. Mirábasele como al
salvador de su país, y en el primer calor de su entusiasmo los habitantes le
nombraron procurador general de los españoles en el Perú, encargado de alcanzar
la reforma de los desastrosos reglamentos. Las demás ciudades se apresuraron a
imitar este ejemplo, y parecían competir entre sí sobre cuál le daría más
pruebas de confianza. Mientras que las municipalidades le concedían el poder,
los soldados, de común acuerdo, le proclamaban general en jefe de todas las fuerzas
del Perú, título que halagaba más al viejo capitán que todas las dignidades que
le concedían los cabildos.
Pizarro recibió con vivo agradecimiento estos
testimonios de la confianza pública; prestó solemnemente el juramento de
desempeñar con toda fidelidad los cargos que acababan de conferírsele, y
defender hasta la última gota de su sangre los derechos del pueblo. Juzgaba con
razón que la consecuencia necesaria de ese movimiento sería una guerra, y por
lo tanto tomó las medidas más enérgicas para intimidar a sus enemigos. Levantó
un cuerpo de cuatrocientos hombres, a quienes equipó completamente; apoderose
en seguida del tesoro real, y nombró los capitanes del ejército y los
funcionarios civiles, [170] impuso contribuciones, publicó decretos, y aunque
tomó en sus manos la autoridad absoluta, nadie se manifestó descontento.
Propagábase por el contrario el espíritu de hostilidad contra el virrey; varios
oficiales distinguidos fueron de diferentes partes del Perú a agruparse bajo el
estandarte de Pizarro, quien se encontró en estado de desafiar las fuerzas de
Núñez Vela. Entonces salió de Cuzco al frente de un ejército lleno de ardor y
entusiasmo, y se puso en marcha hacia Lima, aunque sin estar bien decidido
sobre el plan de conducta que debía adoptar.
El orden de los tiempos nos obliga a interrumpir la
relación de estos sucesos para referir la muerte del desgraciado Manco Capac,
que aconteció por esta época. Algunos españoles, entre los cuales se hallaba
uno llamado Gómez Pérez, habían huido de Cuzco para escapar de la tiranía de
los
Pizarros, y hallado al lado del inca protección y
seguridad. Para jugar con los españoles, este príncipe se había mandado hacer
un juego de bolos bajo la dirección de éstos, porque los indios no conocían
esta diversión, en la cual gustaba al inca ejercitarse. Gómez Pérez, tan
grosero como maleducado, suscitaba siempre disputas sobre las jugadas, y un día
entre otros contrarió con tanta insolencia y obstinación al inca, que éste le pegó
recordándole a quién hablaba. Furioso el español levanta en alto la bola que
tenía en la mano, y la arroja con tanta fuerza a la cabeza del príncipe, que el
desgraciado cae sin vida en el suelo. Al ver esto los indios se arrojan sobre
los españoles, que haciéndose fuertes en una cabaña, resistieron al principio a
sus ataques; mas habiendo aquéllos pegado fuego a la habitación que les servía
de refugio, quisieron huir, y sucumbieron todos bajo las flechas de los
salvajes. Tal fue el fin de aquel desgraciado inca, a quien su retiro en las
más escarpadas montañas de su reino no pudo librar de las manos de los
españoles, y que murió víctima de los mismos a quienes colmara de beneficios.
Entretanto la posición de Núñez Vela en Lima era de
cada día menos halagüeña. Su carácter violento le había enajenado la voluntad
de la mayor parte de sus oficiales, y afirmado a sus enemigos en sus proyectos hostiles.
Su administración era detestada por el pueblo, por los ciudadanos de todas
clases, y sobre todo por los oidores de la Audiencia real a quienes su altivez
indignaba. Ya durante la navegación habíanse manifestado entre ellos y el
virrey síntomas de frialdad y de desconfianza; esta falta de armonía había ido
en aumento desde su llegada, y éste fue un nuevo elemento de discordia que vino
a acrecentar los que existían ya en la comarca.
Instruido Núñez Vela de la marcha de Pizarro y de la
formidable actitud que tomara, comprendió que no debía perder un momento en
reunir fuerzas que pudiesen resistir a las de sus adversarios; mas viose flojamente
secundado por los funcionarios públicos que había nombrado. No fue éste sin
embargo el peor desengaño que tuvo que deplorar. Pronto echó de ver que no
podía fiarse de sus oficiales, y vio a muchos de ellos pasarse a las banderas
de Pizarro con los soldados que capitaneaban.
Pedro Puelles, jefe de distinción, que había sido
teniente de Gonzalo en Quito, apenas supo que su antiguo comandante marchaba
hacia Lima, cuando se apresuró a ir a reunírsele, llevando consigo más de cien hombres,
la mayor parte de ellos montados. La noticia de esta defección llenó de
despecho al virrey, el cual envió al momento a Gonzalo Díaz con fuerzas
suficientes para impedir la unión de Puelles con Gonzalo; mas en lugar de
desempeñar su misión, Díaz determinó a sus soldados a seguir el ejemplo de
Puelles, y fueron juntos a reunirse con el ejército de Pizarro en Guamanga.
Estas defecciones, que no fueron las únicas, dieron a conocer a Núñez Vela que
no debía fiarse en ninguno de sus capitanes, y en su consecuencia tomó la
resolución de dirigir él mismo todas las operaciones. Detestado del pueblo,
abandonado de sus soldados, en todo contrariado por los jueces, manifestóse más
que nunca severo, hasta que un acto de crueldad llenó la medida del odio de que
era objeto y apresuró su caída. Habiéndose pasado a Pizarro dos parientes del
comisario Illán Suárez, Núñez Vela sospechó que este hombre honrado había
favorecido su fuga, y mandó a un oficial que fuese de noche con algunos
soldados a la habitación de Suárez, y lo trajese al instante a su presencia.
Esta orden fue puntualmente ejecutada, intimose a Suárez, sorprendido en la
cama, que se levantara, y fue conducido ante el virrey. En cuanto tuvo delante
a Suárez, Núñez Vela le dijo con acento descompasado:
-¡Traidor! ¿conque has enviado a tus sobrinos al
servicio de Pizarro?
-No soy traidor, señor, respondió con calma Suárez.
El virrey replicó jurando:
-Eres traidor al rey.
- Señor, replicó el comisario, soy tan bueno y leal
servidor del rey como vos.
Núñez Vela, incapaz de moderar su furor, lanzóse
sobre él, y le hundió su puñal en el pecho; los soldados que estaban presentes
se arrojaron entonces sobre aquel desgraciado y le remataron sin que pudiese resistirse.
En cuanto este acto de crueldad fue conocido,
conmovióse toda la ciudad: sabíase que el comisario había sido siempre uno de
los más celosos partidarios del virrey, y si tal tratamiento reservaba para sus
amigos, ¿qué podía esperarse que haría con sus contrarios? Los jueces de la Audiencia
comenzaron una información, a consecuencia de la cual tuvo el virrey que jurar
que el crimen había sido cometido sin participación suya.
Otra medida causó también una gran sensación en
Lima: el virrey dio orden a Cueto que prendiese a los hijos de Francisco
Pizarro, y que los llevase a bordo de una nave, donde los tendría bajo su
custodia, con el licenciado Vaca de Castro. Con este motivo dio a Cueto el
mando de la flota, porque temía que Antonio de Ribera ocultase aquellos jóvenes
confiados a su vigilancia. Esta traslación hizo mucho ruido: el pueblo se
conmovió, y los oidores enviaron a uno de ellos, el licenciado Zárate, a suplicar
al virrey que no retuviese a la hija de Pizarro, doña Francisca, en un lugar
donde no podía permanecer sin desdoro suyo, entre marinos y soldados. No tan
sólo no pudo alcanzar nada acerca de esto, sino que el virrey le manifestó su
intención de retirarse a Trujillo. Respecto de esto los magistrados le
respondieron que habiéndoles su Majestad enviado para residir en Lima, estaban
resueltos a no salir de esta ciudad sino por una nueva orden del monarca. El
virrey formó entonces el designio de apoderarse del sello real y llevarlo
consigo a Trujillo, a fin de que si los oidores no querían seguirle, quedasen
en Lima como simples particulares, sin poder dar audiencia ni despachar ningún
negocio. Conocedores los magistrados de este designio, enviaron a llamar al canciller,
le quitaron el sello, y lo pusieron en manos del licenciado Cepeda, como el más
antiguo de todos. Redactaron en seguida una acta protestando contra toda
violencia que se les hiciese para obligarles a salir de Lima, e invitando a
todos los buenos ciudadanos a defenderlos. De esta suerte encontrose el pueblo
dividido en dos partidos: uno que sostenía al virrey, y otro que defendía a los
oidores. Éste era el más popular y más numeroso, si bien el primero se apoyaba
en la fuerza.
El virrey empezó por hacer levantar barricadas en
muchas calles y fortificar su palacio, rodeose de guardias y sus patrullas
recorrían continuamente la ciudad. Entre tanto reuniéronse en secreto los más fogosos
partidarios de los oidores; mas como hubiesen fracasado en su tentativa de
ganar la tropa del virrey, hallábanse en extremo indecisos, mirando su causa
como perdida. El peligro era urgente, cuando Francisco de Escobar, hombre
distinguido y que gozaba de gran crédito, propuso osadamente tomar las armas,
bajar a la calle y morir como valientes, antes que dejarse prender sin defensa.
Sus palabras electrizaron los ánimos, y todos los que asistieron a aquella
reunión salieron de ella para correr a la plaza pública, aunque sin saber
fijamente qué era lo que iban a hacer.
Era media noche, y el virrey fatigado de los
trabajos del día acababa de retirarse para entregarse al sueño. Hallábase el
palacio rodeado de fuertes destacamentos de soldados, que era imposible forzar.
En aquelmomento crítico y cuando los oidores y sus partidarios empezaban a
perder toda esperanza, vieron con tanta sorpresa como alegría a dos oficiales, Robles
y Ribera, que estaban de guardia en la puerta del palacio, abandonar su puesto
con sus soldados y venir a reunirse con ellos. Este ejemplo fue seguido por
otros, y la deserción se hizo en pocos instantes tan general, que sólo quedaron
para defender el palacio del virrey unos cien hombres apostados en el interior.
Este cambio inesperado puso a los oidores en estado
de tomar la ofensiva, y creyendo inútil disimular sus intenciones, hicieron
publicar una proclama que atrajo a una gran multitud del pueblo. En aquel
momento fueron disparados algunos tiros desde las ventanas del palacio, y los soldados,
irritados con aquel acto de hostilidad, declararon a gritos que iban a tomar el
palacio por asalto. No queriendo los jueces recurrir a la violencia hasta que
no les quedase otro recurso, emplearon todos sus esfuerzos para calmar la
exasperación de los soldados, lo que felizmente alcanzaron. Entonces enviaron
un oficial, Antonio de Robles y a fray Gaspar de Carvajal, superior de santo
Domingo, para entrar en tratos con el virrey. Invitáronle a que fuese a la
iglesia mayor para tener en ella una entrevista con los jefes del movimiento,
suplicándole que dejara de tentar una resistencia imprudente, que podría ser
fatal a él y a los suyos. Esta recomendación era inútil, porque al acercarse
los parlamentarios a doscientos hombres, que habían permanecido hasta entonces
en su puesto, lo abandonaron de repente. En esto soldados y populacho, a
quienes nada contenía ya, entraron en el palacio y lo saquearon. Alarmado por
este ataque repentino y temiendo por sus días, Núñez Vela tomó el único partido
que le quedaba, y fue salirse por una puerta secreta para ir a la catedral,
donde le aguardaban ya los oidores.
Pasaba esto el 28 de septiembre de 1544, y desde
aquel momento los magistrados miraron su triunfo como seguro. Núñez Vela era
tan generalmente odiado, que su caída no fue endulzada por la menor muestra de
compasión; sino que por el contrario todo el pueblo se entregaba por todas partes
a la alegría. Después de una corta deliberación, los oidores determinaron
enviar al virrey a España, y acto continuo fue conducido a la costa para ser
embarcado. Topose empero con un obstáculo inesperado. El almirante Cueto negose
a obedecer una orden que consideraba como ilegal, y hasta amenazó declararse
contra los que acababan de usurpar la autoridad. Los oidores contestaron a esto
que Núñez Vela respondería con su cabeza de la obediencia del almirante, quien
consintió por fin en lo que tan imperiosamente se le exigía, soltando a los
hijos de Pizarro y recibiendo al virrey a bordo. Sin embargo como las naves no
estaban en disposición de hacerse a la vela, el virrey fue enviado a una
pequeña isla ínterin se disponía su regreso a España, a donde se dispuso que le
acompañase el oidor Álvarez, a quien dieron sus colegas el encargo de apoyar
ante el emperador las acusaciones contra aquél dirigidas, y defender sus
propias acciones.
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