Capítulo I
Primeros proyectos de la conquista del Perú.- Asocíanse Pizarro,
Almagro y Luque.- Partida de Pizarro, y su navegación en el mar del Sur.-
Descubre el Perú.
Desde que Vasco Núñez de Balboa, descubriendo el mar
del Sur había adquirido algunas nociones, incompletas, acerca las ricas comarcas
cuyas costas baña, y adquirido algunas vagas noticias sobre el poderoso y rico
imperio del Perú, los ambiciosos pensamientos de los españoles establecidos en
las colonias de Darién y Panamá se dirigían hacia aquellos países
desconocidos. En aquel siglo en que el espíritu aventurero arrastraba a tantos
hombres emprendedores a exponer su fortuna y a despreciar los mayores peligros
para intentar descubrimientos, de cuya posibilidad no se estaba aún seguro, el
menor rayo de esperanza era acogido con ardor, y nunca faltaba quien por solos
vagos informes se lanzase temerariamente a las expediciones más peligrosas.
Balboa(1475-1519) |
 |
Balboa no había querido ceder a nadie el derecho de
conquistar un país que miraba como propiedad suya: había preparado él mismo una
armada para la cual no se habían perdonado afanes ni gastos, e iba a tomar el mando
de ella cuando sucumbió, víctima de la envidia de Pedrarias. Después de su
caída y su muerte otros aventureros quisieron realizar sus proyectos, y se
hicieron muchas expediciones a fin de apoderarse de los países situados al este
de Panamá. Mas estas empresas confiadas a jefes cuyos talentos y perseverancia
eran inferiores a las dificultades que ofrecía el vencimiento, no tuvieron ningún
resultado. Como aquellas excursiones no se extendían más allá de los límites de
la provincia llamada por los españoles Tierra firme, país montañoso, cubierto
de bosques, poco poblado y malsano, los aventureros a su regreso, hacían una pintura
desconsoladora de los males que habían sufrido y de las pocas esperanzas que
ofrecían los lugares que acababan de visitar. Esos relatos y los resultados
negativos de todas las tentativas calmaron un poco el ardor de los españoles, y
se empezó desde entonces a creer que Balboa se había dejado engañar por algún
indio ignorante, o que le había comprendido mal.
No bastaba sin embargo la opinión general que
reinaba a la sazón en Panamá para demostrar a ciertos genios perseverantes que
sus proyectos no eran más que quimeras; y lejos de dejarse abatir por el éxito
poco lisonjero de las primeras empresas, no faltaban intrépidos aventureros que
desplegaran toda la energía de que se sentían animados, para preparar el resultado
de las que debían seguirlas.
Entre esos hombres de resolución había tres que, o
porque tuviesen más confianza en sí mismos, o porque poseyesen más
conocimientos que sus compañeros, resolvieron tentar seriamente y por su propia
cuenta una expedición de descubrimientos y de conquistas, en el momento mismo
en que todo el mundo miraba como quiméricas las noticias dadas por Balboa. En
ese triunvirato fue donde nació la primera idea de la conquista del Perú. Hay algo
que en la actualidad nos parece increíble y contrario a lo que dicta la razón
en el hecho de tres simples particulares, establecidos en una colonia que data
apenas de algunos años, que deliberan tranquilamente y toman a sangre fría la
resolución de descubrir y subyugar vastos y poderosos imperios.
El jefe y la principal esperanza de esta extraña
confederación era un soldado aventurero llamado Francisco Pizarro, que va a
desempeñar un importante papel en esta historia. Pizarro era hijo ilegítimo de
un gentilhombre de buena familia y de una mujer del pueblo. Nació en Trujillo,
población importante de Extremadura, donde pasó sus primeros años,
completamente abandonado por sus padres, que ni siquiera le hicieron dar los
primeros principios de la educación más común.

Esta ignorancia fue para el
conquistador del Perú una causa siempre nueva de pesares y de mortificaciones.
Sin duda su padre le creía poco capaz de elevarse sobre la condición de su
madre, puesto que desde que tuvo fuerzas para ello, le empleó en guardar los
cerdos de sus haciendas. El joven Pizarro no pudo sobrellevar las molestias de
esta innoble ocupación, tan poco en armonía con los sentimientos de ambición
que llenaban su alma, y aprovechando la primera ocasión para substraerse a la
vigilancia paterna, se alistó en una compañía de infantería que pasaba a
Italia. Sirvió por espacio de algunos años, y llegó a ser un buen soldado; mas
hallándose sin apoyo, sin protección, sin fortuna, sin los conocimientos más precisos,
es probable que hubiera pasado toda su vida en aquel humilde empleo, si el descubrimiento
de América no hubiese venido a abrir un vasto campo a su espíritu emprendedor y
ambicioso.
Y en efecto, en aquel siglo, fecundo en fortunas
rápidas, no había aventurero que no desease pasar al Nuevo Mundo, donde podía
desplegar los talentos que de la naturaleza recibiera y adquirir fortuna y
renombre. Por otra parte el carácter novelesco de las expediciones a América se
hermanaba perfectamente con el genio impetuoso y la imaginación ardiente de un
aventurero. Así pues Pizarro siguió el ejemplo de un gran número de sus
hermanos de armas, y se embarcó para el Nuevo Mundo, donde pronto llamó la
atención de sus jefes por su carácter resuelto y por su inclinación a lanzarse
a las más arriesgadas empresas. Acompañó al gobernador Alfonso de Ojeda en la
conquista de Uraba, donde le dejaron al frente del establecimiento que allí se
formó. Más adelante siguió a Balboa en la famosa expedición que tuvo por
resultado el descubrimiento del mar del Sur, y hasta es probable que recogería
entonces informes especiales, que sirvieron para dirigir después su conducta.
Cuando Pedrarias resolvió sacrificar a Balboa,
Pizarro fue el encargado de prender a su antiguo comandante, y las
circunstancias que acompañaron la ejecución de este encargo, prueban que Vasco
Núñez había sabido apreciarle en lo que valía, lo propio que Pedrarias. Pizarro
fue también uno de los compañeros de Hernán Cortés, quien parece haberle tenido
en grande estima, distinguiéndose en muchas circunstancias, y en especial en la
lucha contra Narváez. En todas esas ocasiones dio notables pruebas de
intrepidez y de vigor: su cuerpo era insensible al dolor y a la fatiga, y su
ánimo ni decaía ante el riesgo, ni se dejaba abatir por los reveses. El primero
siempre en los peligros, mostrábase infatigable siempre y de una paciencia a
toda prueba. A pesar de ser ignorante hasta el punto de no saber leer, túvosele
pronto por un hombre nacido para el mando. Salió airoso en todas las
operaciones que se le confiaron, uniendo en su persona cualidades que se
encuentran raras veces juntas: la perseverancia y el ardor; la audacia en la
combinación de sus planes y la prudencia para ejecutarlos. Lanzado muy pronto
en medio de los campamentos y de los consejos, sin más recursos que sus
talentos y su habilidad, no podía contar más que consigo mismo para salir de la
oscuridad, y adquirir un conocimiento tan grande de los negocios y de los
hombres, que se halló pronto en disposición de dirigir los unos y gobernar a
los otros. Nada tiene pues de extraño que Pizarro alcanzase de sus
conciudadanos una consideración a la cual tantos derechos tenía, y que fuese
mirado como uno de los principales colonos de Panamá, donde se había retirado
con una fortuna considerable adquirida con sus servicios: «Teniendo, como dice Francisco
Jerez, su casa y hacienda y repartimiento de indios como uno de los principales
de la tierra, porque siempre lo fue y se señaló en la conquista y población en
las cosas de los servicios de su Majestad, estando en quietud y reposo, con
celo de conseguir su buen propósito y hacer otros muchos señalados servicios a
la corona real.»
Almagro (1475 - 1538) |
 |
Entonces fue cuando se asoció con dos hombres que
gozaban de grande influencia en la colonia, Diego de Almagro y Fernando de
Luque. El primero de origen todavía más oscuro que el de su colega, era un
huérfano nacido en Almagro, de donde tomó el nombre, que no había conocido
jamás el de su familia. Como Pizarro, era un soldado de fortuna, educado en los
campamentos, y avezado desde su infancia a las privaciones y a la miseria. No
cedía a su compañero en virtudes militares, pero le era muy inferior en las
cualidades del espíritu: como él tenía un valor intrépido, una actividad
infatigable y una constancia a toda prueba; mas Pizarro unía a estas cualidades
esa destreza y tino en hallar expedientes, tan necesarios para formar un hábil
político. Almagro sabía batirse, soportar la adversidad; pero no tenía el conocimiento
del mundo, ni ese talento de disimular sus designios, que hacía que Pizarro
supiese, cuando así convenía a sus intereses, descubrir los pensamientos de los
demás ocultando los suyos.
Fernando de Luque, el tercer asociado, era un
eclesiástico, a la vez cura párroco y maestro de escuela de la colonia; poseía
grandes riquezas y deseaba concurrir con su forma al descubrimiento de nuevos
países y al aumento de las posesiones de su soberano. Tales eran los tres
personajes que concibieron el proyecto de conquistar las ricas comarcas cuya existencia
había sido revelada por Balboa. Sometieron su plan a Pedrarias, gobernador de
Panamá, el cual lo aprobó, y obligáronse solemnemente a obrar de concierto para
el buen éxito de la empresa. Pizarro, el menos rico de los tres, que no podía
suministrar tantos recursos como los otros, tomó sobre sí la parte mayor de la
fatiga y del peligro, encargándose de mandar en persona la hueste destinada al
primer viaje y a las primeras tentativas de descubrimiento. Almagro debía
conducir los refuerzos de hombres y provisiones que Pizarro necesitara, y Luque
permanecer en Panamá para entenderse con el gobernador y ocuparse en los
intereses comunes.
Terminados estos arreglos preliminares, los tres
asociados, movidos por ese espíritu religioso que se aliaba en los
conquistadores del Nuevo Mundo a todas las empresas importantes, ratificaron
sus compromisos al pie de los altares.
En fin, según Herrera y Jerez, Pizarro partió el 14
de noviembre de 1524, o en 1525, según Zárate y Garcilaso de la Vega. No
llevaba más que un solo buque, tripulado por ciento doce o ciento catorce
soldados. Los españoles desconocían completamente el mar del Sur; así que el
tiempo elegido para la partida hallóse ser el menos favorable de todo el año,
pues los vientos periódicos que entonces reinaban eran contrarios al camino que
Pizarro debía seguir.
«Setenta días después que salieron de Panamá, dice
Francisco de Jerez que hacía parte de la expedición, saltaron en tierra en un
puerto que después se llamó de la Hambre; en muchos de los puertos que antes
hallaron habían tomado tierra, y por no hallar poblaciones los dejaban; y en
este puerto se quedó el capitán con ochenta hombres (que los demás ya eran muertos);
y porque los mantenimientos se habían acabado, y en aquella tierra no los
había, envió el navío con los marineros y un capitán a las islas de las Perlas,
que están en el término de Panamá, para que trajese mantenimientos, porque
pensó que en el término de diez o doce días sería socorrido; y como la fortuna
siempre o las más veces es adversa, el navío se detuvo en ir y volver cuarenta
y siete días, y en este tiempo se sustentaron el capitán y los que con él
estaban con un marisco que cogían de la costa del mar con gran trabajo, y
algunos por estar debilitados, cogiéndolo se morían.
 |
En este tiempo que el navío
tardó en ir y volver murieron más de veinte hombres; cuando el navío volvió con
el socorro del bastimento, dijeron el capitán y los marineros que, como no
habían llevado bastimentos, a la ida comieron un cuero de vaca curtido, que
llevaban para zurrones de la bomba, y cocido lo repartieron. Con el bastimento
que el navío trajo, que fue maíz y puercos, se reformó la gente que quedaba
viva; y de allí partió el capitán en seguimiento de su viaje, y llegó a un
pueblo situado sobre la mar, que está en una fuerza alta, cercado el pueblo de
palenque; allí fallaron harto mantenimiento, y el pueblo desamparado de los
naturales, y otro día vino mucha gente de guerra; y como eran belicosos y bien
armados, y los cristianos estaban extenuados por el hambre y trabajos pasados,
fueron desbaratados, y el capitán herido de siete heridas, la menor de ellas
peligrosa de muerte; y creyendo los indios que lo hirieron de muerte,
lo dejaron; fueron heridos con él otros diecisiete hombres, y cinco muertos;
visto por el capitán este descalabro, y el poco remedio que allí había para
curarse y reformar su gente, embarcóse y volvió a la tierra de Panamá, y
desembarcó en un pueblo de indios cerca de la isla de las Perlas, que se llama
Cuchama; de allí envió el navío a Panamá porque ya no se podía sostener en el
agua, de la mucha broma que había cogido. Y hizo saber a Pedrarias todo lo sucedido,
y quedose curando a sí y a sus compañeros. Cuando este navío llegó a Panamá,
pocos días antes había salido en seguimiento y busca del capitán Pizarro el
capitán Diego de Almagro, su compañero, con otro navío y con setenta hombres, y
navegó hasta llegar al pueblo donde el capitán Pizarro fue desbaratado; y el
capitán Almagro hubo otro reencuentro con los indios de aquel pueblo y le quebraron
un ojo, y hirieron muchos cristianos; con todo esto, hicieron a los indios
desamparar el pueblo y lo quemaron. De allí se embarcaron y siguieron la costa
hasta llegar a un gran río que llamaron de san Juan, porque en su día llegaron
allí.»
Obligados a abandonar aquella tierra inhospitalaria,
desalentados, abrumados de fatigas, sin noticias de la suerte de Pizarro y de
los suyos, los españoles navegaron durante algún tiempo sin dirección fija,
hasta que por una feliz casualidad llegaron en fin a Cuchama. Este encuentro inesperado
hizo olvidar los pesares comunes. Renacieron en unos y otros las esperanzas, y
juntos pensaron en los medios de obtener en lo sucesivo mejores resultados.
Después de muchas deliberaciones se decidió que Almagro volvería a Panamá para
reunir nuevos refuerzos. Era en efecto imposible continuar la expedición con el
escaso número de hombres que habían quedado, puesto que de los ciento ochenta y
dos soldados de Pizarro y Almagro habían sucumbido ciento treinta. Sólo
quedaban pues cincuenta españoles, y aun éstos estaban de tal suerte extenuados
por la fatiga, que eran incapaces de hacer un servicio activo.
El abandono empero de una empresa en la cual estaba
comprometida toda su fortuna, parecía a los jefes y a los más animosos de sus
compañeros un estreno más humillante y penoso que todas las dificultades que
reservarles pudiese su suerte. En su consecuencia Almagro regresó a Panamá, y
ayudado de su amigo Luque, hizo lo posible para reclutar soldados; mas las
cosas no marcharon según sus deseos, y pasó mucho tiempo antes que pudiera
reunir un centenar de hombres. Dióse por fin a la vela y fue a reunirse con
Pizarro en Cuchama.
«Los dos capitanes, dice Jerez, partieron en sus dos
navíos con ciento y setenta hombres, e iban costeando la tierra, y donde
pensaban que había poblado saltaban en tierra con tres canoas que llevaban, en
las cuales remaban sesenta hombres; y así iban a buscar mantenimientos. De esta
manera anduvieron tres años pasando grandes trabajos, hambres y fríos; y murió
de hambre la mayor parte de ellos; que no quedaron vivos cincuenta, sin
descubrir hasta el fin de los tres años buena tierra, que toda era ciénagas y
anegadizos inhabitables; y esta buena tierra que se descubrió fue desde el río
de san Juan, donde el capitán Pizarro se quedó con la poca gente que le quedó,
y envió un capitán con el más pequeño navío a descubrir alguna buena tierra la
costa adelante, y el otro navío envió con el capitán Almagro a Panamá para
traer más gente, porque yendo los dos navíos juntos y con la gente no podían
descubrir, y la gente se moría.»
Setenta días después el buque enviado a hacer
descubrimientos volvió trayendo noticias las más favorables para reanimar el
ardor de los aventureros. El capitán había reconocido comarcas riquísimas en
oro y plata, y los españoles habían sido bien recibidos en todas partes por una
población que parecía más culta que las conocidas hasta entonces. Así en cuanto
Almagro hubo juntado algunos hombres, las dos naves se dieron a la vela para
aquel país con tanto ardor deseado. Después de una serie de obstáculos y de
contrariedades desembarcaron en Tacamez en la costa de Quito, y hallóse que los
primeros exploradores no habían exagerado nada. El país era llano y fértil, y
sus habitantes iban vestidos de telas de lana y algodón, y llevaban adornos de
oro y plata. Sin embargo la actitud de los indígenas inspiró a los españoles
temores justamente fundados: reuníanse por doquiera en grandes partidas, bien
armados y dispuestos para la resistencia. Pizarro juzgó que sería tan
imprudente como peligroso medirse con enemigos tan formidables. En efecto los
pocos soldados que la muerte había perdonado hallábanse debilitados por el
cansancio y las enfermedades, y la prudencia ordenaba aplazar, por algún tiempo,
todo proyecto de conquista. En su consecuencia Pizarro hizo abastecer los
buques de vituallas y ganó la isla de Gallo, donde debía permanecer, en tanto
que Almagro iría a dar cuenta de su descubrimiento y solicitar refuerzos, que
más que nunca eran indispensables.
 |