Enrique
Krauze
BIOGRAFIA
DEL PODER
Caudillos
de la Revolucion Mexicana
CONTRAPORTADA.
Cierto
momento de la historia de México pareció reconciliar pasado, presente y futuro:
la Revolución mexicana (1910-1949); en realidad, expresaba la tensión de un
país desgarrado entre su cultura tradicional (indígena, católica, española) y
una apremiante vocación de modernidad.
A
diferencia de otras revoluciones, la mexicana se organizó en torno a los
carismáticos personajes que la guiaron: el espiritista Madero, prefiguración
mexicana de Gandhi; el legendario Zapata, anarquista natural en busca de un
paraíso mítico; el terrible Pancho Villa, sediento de sangre y justicia; el
patriarca Carranza, que encauzó la lucha por vías constitucionales; el invicto
general Obregón, enamorado de la muerte; el severo general Calles, reformista
implacable, enemigo de la iglesia Católica, y el humanitario presidente Lázaro
Cárdenas, militar con sayal de franciscano. A todos los impulsaba una similar
vocación mesiánica, el deseo de liberar, educar, proteger, redimir al pueblo.
Esta actitud, tan tentadora como peligrosa, no ha muerto. En México, la
Revolución conserva todavía un prestigio mítico, un aura religiosa. El pasado
no ha pasado; entenderlo es la única manera de superarlo.
Villa
cabalga todavía en el norte, en canciones y corridos; Zapata muere en cada
feria popular; Madero se asoma a los balcones agitando la bandera nacional;
Carranza y Obregón viajan aún en aquellos trenes revolucionarios, en un ir y
venir por todo el país, alborotando los gallineros femeninos y arrancando a los
jóvenes de la casa paterna.
Todos
los siguen: ¿adonde? Nadie lo sabe.
Es
la Revolución, la palabra mágica, la palabra que va a cambiarlo todo y que nos
va a dar una alegría inmensa y una muerte rápida. Por la Revolución el pueblo
mexicano se adentra en sí mismo, en su pasado y en su sustancia, para extraer
de su intimidad, de su entraña, su filiación.
Octavio
Paz, El laberinto de la soledad: El paisaje mexicano huele a sangre.
Eulalio
Gutiérrez
AGRADECIMIENTOS
Biografía del poder fue escrita entre 1982 y 1986, y publicada originalmente en
1987. La actual versión, corregida, anotada y aumentada, se preparó en 1996.
Fueron muchas las personas que contribuyeron a la obra en esos dos periodos.
Margarita de Orellana, Cayetano Reyes, Javier García-Diego y Aurelio de los
Reyes aportaron fuentes documentales e iconográficas invaluables para el
trabajo original. Aurelio Asiáin, Víctor Kuri y Francisco Muñoz revisaron la
primera edición; Femando García Ramírez, Alejandro Rosas y Rossana Reyes, la
segunda. Entre las personas cercanas a los protagonistas que me facilitaron
materiales de gran importancia quisiera destacar a doña Renée González, a don
Rafael Carranza y, sobre todo, a doña Hortensia Calles, viuda de Torreblanca.
Los historiadores Luis González y Moisés González Navarro aportaron valiosas
observaciones y críticas, lo mismo que mis amigos Fausto Zerón Medina,
Alejandro Rossi, Gabriel Zaid, Jean Meyer, José Manuel Valverde Garcés, Tulio Demichelli
y Julio Derbez.
Los
personajes centrales de mi biografía apoyaron esta biografía de mil modos: mi
esposa Isabel y mis hijos León y Daniel.
No
es una paradoja menor que fuera un futuro protagonista de la Biografía del
poder, el entonces presidente Miguel de la Madrid, quien tuvo la idea original
de este libro, si bien bajo la forma de una serie documental. Y es una
bendición mayor el haber estado cerca, durante todos estos años y hasta ahora,
del mayor escritor mexicano, el amigo a quien está dedicado este libro. Octavio
Paz.
Prólogo a esta
edición.
La Revolución
mexicana: mito y realidad.
La
Revolución —así, con mayúscula, como un mito de renovación histórica— ha
perdido el prestigio de sus mejores tiempos: nació en 1789, alcanzó su cénit en
1917 y murió en 1989. Pero hubo un país que conservó intacta la mitología
revolucionaria a todo lo largo de los siglos XIX y XX: México. Cada ciudad del
país y casi cada pueblo tienen al menos una calle que conmemora la Revolución.
La palabra se usa todavía con una carga de positividad casi religiosa, como
sinónimo de progreso social. Lo bueno es revolucionario, lo revolucionario es
bueno. El origen remoto de este prestigio está, por supuesto, en la
Independencia: México nació, literalmente, de la revolución encabezada por el
primer gran caudillo, el cura Hidalgo. Pero la consolidación definitiva del
mito advino con la Revolución mexicana.
El
movimiento armado duró diez años: desde 1910 hasta 1920. Durante las dos
décadas siguientes el país vivió una profunda mutación política, económica,
social y cultural inducida desde el Estado por los militares revolucionarios.
Hacia 1940, la palabra «revolución» había adquirido su significación ideológica
definitiva. Ya no era la revolución de un caudillo o de otro. La Revolución se
había vuelto un movimiento único y envolvente. No abarcaba sólo la lucha armada
de 1910 a 1920, sino la Constitución de 1917 y el proceso permanente de
transformación y creación de insütuciones que derivaba de su programa.
Para
quienes habían sido sus protagonistas o simpatizantes, la Revolución quedaría
por siempre ligada a las imágenes épicas y anónimas de un pueblo en armas: el
hombre que en el paredón, a punto de ser fusilado, fuma tranquilamente su
cigarro; los cuerpos colgados de los postes -de ferrocarril, como macabras
banderolas; la soldadera que sigue a su hombre («su Juan»), con el niño en la
espalda envuelto en su rebozo. El pueblo recordaba la Revolución de manera
distinta, no como un hecho perteneciente al orden humano sino al natural o
divino, como los temblores de tierra y las sequías, un cataclismo de
proporciones siderales y orígenes telúricos, algo que había estallado más allá
de la Historia, más acá de la Historia, y que cambió, para bien y para mal, la
vida de todos. En todo caso, en México, el «antes» y el «después» se medía a
partir de la Revolución: el 20 de noviembre de 1910 se convirtió en el
parteaguas de la nueva era.
Se
había creado una cultura revolucionaria. En la memoria musical habían quedado
grabados los famosos corridos como «La cucaracha» y «Jesusita en Chihuahua». La
Revolución era el tema predominante del arte público. ¿Quién no había visto los
murales alusivos a la epopeya de la Revolución que en los antiguos edificios
públicos (la Secretaría de Educación, la Escuela Nacional Preparatoria) habían
pintado desde los años veinte Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro
Siqueiros? En el cine, estaban de moda películas cuyo tema violento y ranchero
denotaba una fijación en torno al tema revolucionario. El género llamado
«novela de la Revolución» era muy leído. Lejos de idealizar la «gesta
revolucionaria», sus autores (José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Mariano
Azuela) tomaban en cuenta el punto de vista del pueblo que había sufrido la
guerra, presentaban una imagen amarga y ambigua de la lucha armada, y mantenían
una actitud crítica con respecto a los logros, reales o supuestos, de la
Revolución. Sin embargo, por encima de los matices, la Revolución -guerra civil
y proceso de transformación social- había adquirido un rango superior a todas
las otras etapas de la historia mexicana.
Al
panteón de la patria donde descansaban los aztecas, los insurgentes y los
liberales, comenzarían a llegar, en tropel y a caballo, los nuevos santos
laicos: los caudillos de la Revolución. El santoral cívico se ampliaría con sus
fechas de nacimiento y muerte y la conmemoración de sus hazañas. Ciudades,
pueblos, avenidas, barrios, escuelas, modificarían sus viejos nombres adoptando
los de los nuevos héroes.
Los
odios y rencillas que los habían separado en vida, hasta el extremo de matarse
entre sí, parecían meros accidentes frente al mito fundador que los vinculaba:
la Revolución, madre generosa, los reconciliaba a todos.
Más
allá del inmenso poder de su mitología, la Revolución mexicana fue, en efecto,
un vasto reajuste histórico en el cual la gravitación del pasado remoto de
México -indígena y virreinal- corrigió el apremio liberal y porfirista hacia el
porvenir.
En
su etapa armada, el número de combatientes nunca fue considerable. Incluso en
el periodo más intenso de las hostilidades (a mediados de 1915), los ejércitos
jamás sumaron más de cien mil hombres. La abrumadora mayoría de la población
nacional de quince millones perteneció a la categoría de los «pacíficos». La
lucha nunca cubrió el país entero. Las etapas militares principales estuvieron
bien localizadas. El estado de Morelos, cuna del zapatismo, y el territorio
villista de Chihuahua fueron escenarios permanentes. Hubo acción en el centro
del territorio, al oeste y -en grado algo menor- en la costa del golfo. La
capital vivió en estado de continua aprensión, «con el Jesús en la boca»,
ocupada alternativamente por ejércitos enfrentados que la consideraban su
premio mayor.
La
Revolución comenzó con un movimiento democrático moderno acompañado de una
añeja petición de tierras. Pese a su triunfo inicial, esta primera etapa
desencadenó una reacción autoritaria. La respuesta a esta contrarrevolución
generó fuerzas militares y sociales que, una vez triunfantes, no consiguieron alcanzar
un acuerdo que condujese a la restauración del orden. La disensión llevó a la
guerra y a una escisión centrífuga no muy diferente de la vivida por el país
durante la guerra de Independencia y en la primera mitad del siglo XIX. El
triunfo de una facción devolvió la corriente a su cauce. Las ideas y las
políticas fueron sustituyendo gradualmente a las balas. Durante las últimas dos
décadas del proceso, México fue un laboratorio de cambios revolucionarios bajo
los auspicios del nuevo Estado. Al término del ciclo, en 1940, se había
restablecido el orden en el país, en torno a un edificio político corporativo
muy semejante al virreinal.
Una
monarquía con ropajes republicanos y revolucionarios. El gobierno personal
seguía siendo -como en tiempos de don Porfirio- un rasgo esencial de la vida
política mexicana.
La
revolución encabezada por Madero estalló el 20 de noviembre de 1910 y en
cuestión de meses se extendió a varias zonas del país.
Los
principales centros de insurrección fueron los estados de Chihuahua y Morelos.
Francisco I. Madero dirigió en persona las operaciones en Chihuahua, auxiliado
por hombres que se volverían legendarios, como Pascual Orozco y Francisco
Villa. Los campesinos que siguieron a Emiliano Zapata combatieron en Morelos. A
principios de mayo de 1911, Orozco y Villa ocuparon Ciudad Juárez, vecina a El
Paso, Texas, y merced a esta ocupación obligaron al gobierno porfirista a
negociaciones que, al terminar el mes, provocaron la renuncia del dictador.
«Madero ha soltado el tigre», dijo Porfirio Díaz en Veracruz antes de
embarcarse en el Ypiranga, que lo conduciría al exilio.
Madero
sería derribado por un golpe militar debido al general Victonano Huerta. Fue
entonces cuando despertó realmente el «tigre» tan temido por don Porfirio. Se
organizó un movimiento militar de amplia base, destinado a oponerse al
usurpador, en tomo a Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, patriarca de
la Revolución Entre marzo de 1913 y julio de 1914, varios cuerpos del ejército
constitucíonalista -así llamado porque el movimiento aspiraba a restaurar el
orden constitucional violado por Huerta- reconocieron la autoridad de Carranza
como comandante en jefe.
Mientras
la guerra se concentró en derrotar a Huerta, Carranza mantuvo unidas las
facciones, pero no bien el usurpador renunció y partió al destierro (el 15 de
julio de 1914), la Revolución fue incapaz de administrar su propia victoria.
Ateniéndose más o menos al libreto de la Revolución francesa, los jefes
militares se reunieron en una convención (octubre de 1914) que se desarrolló en
la ciudad de Aguascahentes. Tenía por propósito elegir el nuevo gobierno y
definir la dirección futura de México. Para entonces era evidente el
enfrentamiento entre Villa y Carranza. La convención produjo un gobierno que
Carranza se negó a reconocer; inmediatamente estableció su propio gobierno en
el puerto de Veracruz. Los dirigentes tuvieron que escoger si estaban con Villa
o con Carranza. En aquel momento el movimiento zaparista rebasó su base en
Morelos y unió sus fuerzas a las de Villa. Ambos otorgaron su apoyo a Eulalio
González, el presidente designado por la convención. Alvaro Obregón y Francisco
Villa, dos colosos militares, habrían de enfrentarse -en la primavera de 1915-
en el Bajío, la meseta central de México. Con la aplastante victoria de
Obregón, el gobierno de la convención se deshizo y el nacionalista Venustiano
Carranza se convirtió en presidente.
Había
pasado la hora de los tres dirigentes revolucionarios de aquellos caudillos
cuyo propósito fue la «liberación» de México: Madero, «el Apóstol de la
Democracia», con su Plan de San Luis proyectado para salvar a México de la
dictadura; Zapata, «el Caudillo del Sur», cuyo Plan de Ayala intentaba devolver
la tierra a los campesinos; y Villa, «el Centauro del Norte», una fuerza ciega
que no se atenía propiamente a ningún programa sino a un afán implacable, y a
menudo sangriento, de «justicia».
Llegó
entonces la hora de los jefes, quienes procurarían encauzar el torrente de la
Revolución. Uno de ellos. Carranza, deseaba un México civilizado, bajo
gobernantes civiles. El otro, Obregón, quería un México civilizado bajo
gobierno militar. Por un tiempo trabajaron juntos. Carranza convocó un congreso
constituyente a principios de 1917, y en febrero del mismo año fue proclamada
en Querétaro una nueva Constitución genuinamente revolucionaria, que otorgaba
al Estado poderes políticos, responsabilidades sociales y jurisdicciones
económicas similares a los ostentados por la antigua monarquía española.
Carranza
ocupó la presidencia de 1917 a 1920. Cuando éste intentó hacer de un civil su
sucesor, el poderoso Ejército del Noreste -bajo el mando .aparente de Adolfo de
la Huerta (si bien el verdadero jefe era Alvaro Obregón)- se alzó contra él y
lo derrotó. A finales de mayo de 1920 los dirigentes militares oriundos de
Sonora asumirían el poder y lo conservarían quince años.
Alvaro
Obregón fue presidente de 1920 a 1924. Su empeño por mantenerse en el poder,
directa e indirectamente, desencadenaría una guerra civil entre los jefes
sonorenses. A fin de cuentas lo sucederían dos generales, más bien estadistas
que jefes o caudillos. Uno de ellos fue un austero maestro de escuela primaria,
elevado por la Revolución al grado de general, presidente de 1924 a 1928 y
después «Jefe Máximo» desde 1928 hasta 1934: Plutarco Elias Calles. El otro,
que ocupó el cargo en 1934, fue Lázaro Cárdenas, uno de los generales más
jóvenes de la Revolución. Al terminar su periodo, en 1940, el Estado mexicano
había alcanzado una configuración sólida: un presidente omnipotente elegido
cada seis años sin posibilidad de reelección pero con derecho de designar a su
sucesor dentro de la «familia revolucionaria», más un partido único (o casi)
que servía al monarca-presidente en múltiples funciones de control: social,
electoral y político.
Se
han organizado revoluciones en torno a ideas o ideales: libertad, igualdad,
nacionalismo, socialismo. La Revolución mexicana constituye una excepción por
haberse organizado, primordialmente, alrededor de personajes. Cada uno generaba
un «ismo» específico a su zaga: maderismo, zapatismo, villismo, carrancismo,
obregonismo, callismo, cardenismo. «¡Viva Madero!», proclamaba el lema pintado
inacabablemente en los muros del país. «¡Vamonos con Pancho Villa!», gritaban
los jinetes de la División del Norte, que seguían al «Centauro» impulsados por
apego directo a su persona. «¡Por mi general Zapata!» luchaban y morían los
campesinos de Morelos.
Este
elemento carismático fue menos intenso en el caso de Carranza, comandante en
jefe del ejército constitucionalista, o incluso en el del «invicto» general
Obregón, pero en sus ejércitos reinaban una disciplina y obediencia absolutas.
Con admiración y miedo, ambición y fe, los callistas eran leales a su Jefe
Máximo, así como los cardenistas siguieron al más popular «señor presidente»
que México haya visto jamás. Difícilmente podrá reducirse la Revolución
mexicana a las biografías de siete personas, pero sin el conocimiento de las
vidas específicas de estos personajes la Revolución mexicana se vuelve
incomprensible. Habría de repetirse la experiencia del siglo xix: el poder
encamado en figuras emblemáticas.
En
estos hombres algo había de peculiar, original e incluso inocente. No se
parecían a los conductores de otras revoluciones, que en nombre de la humanidad
defendían principios abstractos, amplios sistemas ideológicos, prescripciones
para la felicidad universal. Los caudillos, jefes y estadistas mexicanos
actuaron de acuerdo con las modestas categorías que les eran propias. No tenían
en cuenta la historia universal sino la historia de la patria. Exceptuando a
Madero, no eran leídos ni instruidos, no habían viajado por el mundo y ni
siquiera conocían por completo su propio país, sino apenas su propia región, su
propio estado, su propio suelo natal. Al igual que los sacerdotes insurgentes,
sus acciones estaban teñidas de actitud mesiánica: deseaban redimir, liberar,
imponer justicia, presidir el advenimiento final del buen gobierno. Las
historias locales de las cuales partieron, sus conflictos familiares, sus vidas
antes de elevarse al poder, sus más íntimas pasiones, todos éstos son factores
que podrían haber sido meramente anecdóticos de haberse encarnado en hombres
sin trascendencia pública o en políticos que operaban en una democracia. Pero
no pudieron serlo en México, donde la concentración del poder en una sola
persona (tlatoani, monarca, virrey, emperador, presidente, caudillo, jefe o
estadista) ha representado la norma histórica a lo largo de los siglos.
I
Místico de la
libertad
Francisco I.
Madero
Mejor cumplir lo
propio malamente que hacer bien lo que toca a otra gente.
El que obra
según su natural cumple consigo y no cae en el mal.
Baghavad Cita
Aurora
espirita.
La
saga de los Madero empezó con la vida y obras de Evaristo, hijo del agrimensor
José Francisco Madero, descendiente de españoles nacido en 1775 que a raíz de
la Independencia se había hecho de buenas propiedades como habilitador de
tierras en la región de Coahuila y Texas. Al morir de cólera el padre en 1833,
Evaristo tenía cinco años. Su infancia transcurre en su natal Río Grande, en
Coahuila. Muy joven se inicia como ranchero y comerciante. A los diecinueve
años se casa con Rafaela Hernández Lombraña, rica heredera de Monterrey, con
quien procrearía siete hijos, el mayor de los cuales, nacido en 1849, se
llamaría Francisco. En 1852 Evaristo muda su residencia a Monterrey, donde
prospera su negocio de transportes. En los años sesenta aprovecha las carencias
del mercado resultantes de la guerra de Secesión y exporta algodón. En la
década siguiente, casado en segundas nupcias con la joven Manuela Parías
-Rafaela había muerto en 1870-, Evaristo auna a sus empresas de transporte la
hacienda El Rosario, la fábrica de telas La Estrella y la hacienda de San
Lorenzo, en la que florecen antiguos viñedos. La vieja casa de Urdiñola, en
Parras, erigida en 1593, se agrega también a su patrimonio.
En
1880, ya notablemente rico, Madero es elegido gobernador de su estado,
Coahuila. Su gestión, que duró tres años -casi los mismos del entonces presidente
Manuel González-, es memorable por varios hechos: impulsó la construcción de
vías férreas y la educación, inauguró una nueva penitenciaría y un orfanatorio,
combatió las alcabalas, abrió la zona carbonera de Monclova y. Río Grande.
Aunque quiso fortalecer la institución del ayuntamiento, que en sus palabras
era «baluarte de la soberanía popular ... libro rudimentario de la democracia»,
la nueva Constitución estatal que promulgó en 1882 tuvo rasgos centralistas. En
1883 se opone a la reelección de Porfirio Díaz y renuncia a su cargo, abriendo
un periodo de inestabilidad en Coahuila que no concluiría parcialmente hasta
fines de la década.
Separado
de la política y distanciado del presidente, don Evaristo inicia otras empresas
que con los años integrarían un auténtico emporio. Alrededor del núcleo
principal de la Compañía de Parras —vitivinícola, algodonera, textil- y del
negocio original de transportes, creó explotaciones mineras, molinos en
Saltillo, el Golfo, Monterrey, Sonora y Yucatán; establecimientos ganaderos, el
Banco de Nuevo León, la Compañía Carbonífera de Sabinas, la Guayulera de
Coahuila, la fundidora de metales de Torreón y varias otras. A principios de
siglo, en sus dominios no se ponía el sol.'"" Don Porfirio nunca vio
con buenos ojos la hazaña de aquel norteño casi coetáneo suyo que sin apoyo del
centro -y muchas veces en contra de él- había amasado una de las cinco mayores
fortunas del país. Durante el trienio de su gobierno, Evaristo tuvo sobre sí la
vigilancia permanente de agentes porfiristas, cuyo celo no menguó cuando aquél
salió de la gubernatura. En 1893 estalla una rebelión de varios rancheros
coahuilenses -entre ellos los hermanos de Venustiano Carranza, de Cuatro
Ciénegas— contra la pretensión reeleccionista del gobernador Garza Galán.2 Don
Porfirio -no sin razón- sospecha de Madero, por lo que escribe a su procónsul
del noreste, Bernardo Reyes:
«Si
encuentra usted datos bastantes de probar en juicio que Madero no es extraño a
lo que está pasando, asegúrelo y hágalo conducir a Monterrey. Creo que éste es
el motor de todo lo que pasa».
Aquella
breve rebelión concluiría con la renuncia del gobernador a la reelección.
Madero no fue conducido a Monterrey, pero don Porfirio y su procónsul lo
tuvieron siempre en la mira. Al afirmarse José Ivés Limantour como mago de las
finanzas porfirianas, estableció un vínculo natural con Madero que serviría a
ambos para contrapesar la influencia de Reyes. Lo cierto es que al paso del
tiempo el patriarca de los Madero se interesó cada vez menos en afectar la
estabilidad del régimen de paz, orden y progreso que había permitido el
progreso extraordinario de sus propias empresas.
En
septiembre de 1908, rodeado de su vastísima familia —con su segunda mujer tuvo
once hijos— y de sus empleados, obreros y peones, a los que había favorecido
con obras tangibles, el patriarca celebró su octagésimo aniversario. En los
brindis se habló de su aporte a la civilización, al trabajo y la caridad. Entre
tanta felicidad, un solo pensamiento lo turbaba: bajo la mirada tutelar del
espíritu de Benito Juárez, Francisco, su nieto mayor e hijo de su primogénito,
escribía un libro contra el régimen de Porfirio Díaz. A don Evaristo aquella
lucha le parecía más quimérica que la de David y Goliat. Era -según comentaría
tiempo después- la batalla entre «un microbio y un elefante».3 Sin ver la
continuidad de su propia biografía política en la de su nieto, el fundador de
los Madero no acertaba a comprender cómo de su mismo tronco -robusto, viril y
generoso- había nacido un hombre con vocación de redentor.
Francisco
Ignacio Madero, hijo mayor del primogénito (Francisco Madero Hernández) de don
Evaristo, nació el 30 de octubre de 1873 en la hacienda El Rosario, en Parras.
Pequeño de estatura y frágil de salud, a los doce años ingresa en el colegio
jesuita de San José, en Saltillo, del que le quedaría una profunda huella
disciplinaria y moral, a despecho de los recuerdos contradictorios que
asentaría en sus Memorias: «Me impresionaron fuertemente sus enseñanzas ...
[pero] me hicieron conocer la religión con colores sombríos e irracionales»
Hacia 1886, luego de un breve periodo de estudios en Baltimore, emprende una
larga estadía en Francia. Durante un año asiste al Liceo Versalles y
posteriormente a la Escuela de Altos Estudios Comerciales, donde permanece
hasta su regreso a México, en 1892. En 1889 acude a la Exposición Universal en
París. Tiempo después viaja por Bélgica, Holanda y Alemania. Sin embargo, no lo
arroban el arte ni los países que visita, sino «el descubrimiento que más ha hecho
por la trascendencia de [su] vida»: el espiritismo Esta doctrina, basada en la
existencia, las manifestaciones y enseñanzas de los espíritus, había nacido a
mediados del siglo xix en el estado de Nueva York, pero se propagó con
vertiginosa rapidez en Francia gracias a su adopción por quien a la postre
sería su principal profeta y fundador: Alian Kardec. Hacia 1854 había más de
tres millones de espiritistas practicantes en el mundo y decenas de miles de
médiums en Europa y América. Antes de morir, en 1868, Alian Kardec había
escrito varios libros —entre otros, Le livre des esprits (1857), L'Evangile
selon 1'espiritisme, Livre des médiums (1864)- y fundado la Revue Spirite y la
Société Parisienne d'Etudes Spirites.
Cuando
Francisco I. Madero hojea por primera vez la Revue Spirite -a la que su padre
estaba suscrito-, la nueva fe, adoptada por hombres tan famosos como Flammarion
y Víctor Hugo, se hallaba en plena expansión. Día a día cientos de peregrinos
visitaban la tumba de Kardec o seguían a su discípulo León Denis. El joven
Madero no tardó en apersonarse en las oficinas de la Société y adquirir la obra
de Kardec. «No leí esos libros», escribe en sus Memorias: «los devoré, pues sus
doctrinas tan racionales, tan bellas, tan nuevas, me sedujeron, y desde entonces
me consideré espirita» Concurriendo a centros espiritas. Madero, inclinado
desde sus años mozos en el colegio jesuíta al recogimiento espiritual, descubre
su aptitud como «médium escribiente» (lazo de los espíritus con los seres
humanos por medio de la escritura). Entre las obras que «devora» está El libro
de los médiums de Kardec, donde aprende a desarrollar sus habilidades merced a
arduas experimentaciones. Tras varios intentos infructuosos, un día su mano,
autónoma y temblorosa, escribe: «Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu
prójimo como a ti mismo».
Más
que la curiosidad por desentrañar fenómenos inexplicables como sillas que se
mueven, teteras que silban o cuadros que cobran vida, y al margen también de
todo eco literario —los espíritus que pueblan la realidad y los sueños de
Shakespeare o los mundos astrales de Swedenborg—, a Madero lo incita la
búsqueda moral de un vínculo entre el espiritismo y los Evangelios cristianos.
«Fuera de la caridad no hay salvación», había escrito Kardec. Su discípulo
mexicano solía resumir de modo parecido el fondo moral de la filosofía
espirita: «Para mí no cabe duda de que la transformación moral que he sufrido
la debo a la "mediumnimidad"».8 A pesar de que había realizado
provechosamente estudios administrativos en París, su padre y su abuelo
decidieron completar la educación de Francisco con un año de estancia en
Berkeley, California.
Allí
avanzó en su dominio del inglés y se instruyó en técnicas agrícolas, pero su
aprendizaje fundamental se dio, de nueva cuenta, en el ámbito de lo moral y
espiritual. A la sazón, en Berkeley se abría paso la «escuela progresivista»,
que buscaba aplicar los principios de la moralidad cristiana a los problemas
sociales. No muy lejos, en Stanford, existía una iglesia abierta a todos los
credos. Mientras que Anny Bessant revelaba entonces los misterios de la
teosofía, los anarquistas de la IWW (International Workers of the Worid)
propugnaban activa y violentamente un mundo sin opresión ni desigualdad. A sus
veinte años. Madero no fue indiferente a esta conjunción de espiritualidad y
moral pública. Vagamente coincidía con sus revelaciones parisienses.
En
1893 se encarga de la hacienda que la familia posee en San Pedro de las
Colonias. Hacía tiempo que había dejado de ser un hombre frágil. Además de la
incipiente mediumnimidad, en Europa había adquirido notable fuerza física,
grandes aptitudes como nadador y bailarín, y medianas como flautista. Ahora era
jovial, nervioso, hiperactivo. Muy pronto introduce con buen éxito el algodón
estadounidense en la región del río Nazas, emprende obras de riego y convierte
su coto en un modelo de pequeña propiedad. En 1899 da cuenta al papá (abuelo)
Evaristo de diversos proyectos nuevos: entre otros, una compañía jabonera, una
fábrica de hielo, un despepitador, compra de acciones, atención de terrenos en
Cuatro Ciénegas, y arreglo de aguajes y cercas en Sierra Mojada para criar
ganado cabrío. Ese mismo año promueve el establecimiento de un observatorio
meteorológico cerca de la Laguna de Mayrán. Posteriormente escribiría un
folleto sobre el aprovechamiento de las aguas del Nazas que le valdría la
felicitación del mismísimo don Porfirio. Para entonces, su capital personal
llegaba a la respetable suma de quinientos mil pesos Junto con una probada
solvencia como administrador y empresario, desde su regreso del extranjero
Francisco comenzó a desplegar una labor caritativa que, sin ser ajena a la
tradición familiar —sobre todo la de los Madero-González—, lo alejaba de ésta
debido a los extremos místicos a que él la llevaba. De su padre y su tío
Catarino Benavides aprendió la homeopatía. Desde 1896 aquellos caminos vieron
muchas veces a don Panchito, botiquín en mano, visitar a sus peones para
recetarles nuez vómica, belladona, calcárea carbónica y mil otras medicinas que
él mismo preparaba basándose en los tratados de homeopatía recomendados por don
Catarino y los que él mismo se procuraba: en 1899 la compañía J. González
Sucs., de la ciudad de México, recibe una carta del joven Madero ,en la que
éste solicita tres libros: La salud de los niños. Medicina veterinaria y
homeopática y Manual de la madre de familia.
Con
todo, a fin de siglo Madero juzgó que su cuidado por la comunidad era
insuficiente y comenzó a discurrir nuevas ideas y fundaciones. «En la ciudad»,
refiere uno de sus íntimos, «era de verse cómo lo asediaban los enfermos
menesterosos a quienes proporcionaba alivio del dolor, consuelo de las penas y
recursos pecuniarios.”.
En
su propia casa de San Pedro, donde vivía con austeridad franciscana, Madero
alimentaba a cerca de sesenta jóvenes. Allí fundó una especie de albergue en
que ofrecía cama y comida a gente pobre. Sus trabajadores vivían en casas
higiénicas, gozaban de buenos sálanos y eran examinados médicamente con
regularidad. Junto a Sara Pérez, con quien se casaría en enero de 1903, Madero
sostuvo a huérfanos, becó a estudiantes, creó escuelas elementales y
comerciales, instituciones de caridad, hospitales y comedores populares."
A principios de siglo, los negocios y la atención homeopática y social llenaban
sus días pero no sus noches. En ellas estaba el secreto de su vocación. Hacía
años que persistía en sus experimentos espiritistas cuando, en 1901, sintió o
creyó sentir un cambio decisivo: la visita cotidiana del espíritu de su hermano
Raúl, muerto en 1887 a la edad de cuatro años en un accidente dolorosísimo (sin
querer, se había rociado sus ropas con el queroseno ardiente de una lámpara).
Sobre lo verdadero o falso de la aparición de este y otros espíritus a Madero,
el historiador —escéptico, en principio— no puede pronunciarse, aunque tampoco
necesita hacerlo. Tanto si las revelaciones eran reales como si expresaban, más
bien, una proyección inconsciente del poseído, el resultado es el mismo:
conformaron el andamiaje de creencias que Madero desarrolló sobre sí mismo y
que rigió su vida, independientemente de su origen astral o psicológico.
Al
círculo espirita que organiza Francisco con otros cuatro amigos y parientes
comienzan a acudir, según sus testimonios, además de «Raúl», almas de amigos
desdichados, de tías muertas hacía años y aun de liberales legendarios recién
fallecidos, como el general Mariano Escobedo. Aquellas arduas sesiones
alrededor de la mesa circular de Francisco en San Pedro de las Colonias no eran
excepcionales en Coahuila, tierra de sombras y desiertos en la que el paisaje
tiene en sí mismo cualidades animistas. En tanto que entre el pueblo era común
el saurianismo (de zahori) con su secuela de taumaturgia, miedos y visiones,
las clases elevadas, de raíz criolla y católica pero por siglos alejadas
geográfica y culturalmente del centro religioso del país, se abandonaban a
nuevas vivencias místicas más acordes con la soledad física y social que las
rodeaba.
A
partir de aquel año de 1901, el «espíritu» de Raúl —llamémosle también así—
inculca en Francisco hábitos extremos de disciplina, abnegación y pureza,
tratando siempre de ayudarlo a «dominar la materia» en favor de las «cuestiones
del espíritu». Bajo aquella férula intangible, Francisco se torna vegetariano y
madrugador, deja de fumar y destruye sus cavas privadas. Pero los ritos de
limpieza a que se somete no tienen sentido ascético sino activo. «Sólo
practicando la caridad en la más amplia acepción de la palabra», escribe, a
través suyo, «Raúl», «podrás tener en este mundo la única felicidad.»
«Socorrer» a los demás debía ser su misión y la de su familia.
«Ustedes
no son dueños de las riquezas y deben darle a éstas el mejor empleo que les
ordene el verdadero dueño del cual ustedes son sirvientes [...] Las únicas
riquezas que tienen son las buenas obras que hacen.» Francisco podía «hacer
mucho bien» a los pobres «curándolos» con sonambulismo, magnetismo y
homeopatía. El espiritismo constituía una «poderosa palanca» para evitar que
tanta gente sufriera «los tormentos del hambre y del frío». Sin dilación.
Francisco intensifica entonces su cruzada caritativa, invariablemente
acompañada de la prevención de consultar al «espíritu» en solicitud no sólo de
consejos específicos sobre la pertinencia de una cura o una medicina, sino de
orientación sobre la veracidad de los sufrimientos y peticiones de los pobres
que lo acosan como a un hombre-maná. El celoso «espíritu» de Raúl perfila en el
alma de Francisco una ética del desprendimiento fundada en la culpa.
A
sus inquietudes por la posibilidad de quedarse soltero, «Raúl» le responde: «No
es la falta de matrimonio una misión sino una expiación». Si se quedaba soltero
seria por castigo a las faltas cometidas en su vida o en encarnaciones
anteriores. Hacia el mes de septiembre de 1901, en vísperas de un viaje, «Raúl»
amonesta:
«Si
vas a Monterrey, procura dejar a todos tus pobres con lo necesario para que
vivan mientras estés ausente, pues es una crueldad que porque tú andes en
Monterrey paseándote y divirtiéndote, vayan a sufrir algunos infelices de todos
los horrores del hambre» A fines de 1902 «Raúl» sugiere la invocación de otras
almas.
Mientras
éstas llegan, el 2 de abril de 1903 el gobernador de Nuevo León, Bernardo
Reyes, reprime con violencia una manifestación opositora. El joven Madero se impresiona
con las noticias. Por la familia conocía ya la historia de las imposiciones
políticas de Porfirio Díaz, sobre todo en el estado de Coahuila. Pero ahora la
historia se hacía presente y tangible. Meses más tarde el evanescente
«espíritu» de Raúl le indica otro rumbo:
«Aspira
a hacer bien a tus conciudadanos, haciendo tal o cual obra útil, trabajando por
algún ideal elevado que venga a elevar el nivel moral de la sociedad, que venga
a sacarla de la opresión, de la esclavitud y el fanatismo» Aquélla fue, en
sentido estricto, una iluminación. La vertiente más amplia de la caridad se
llamaba política. «Los grandes hombres», señalaba premonitoriamente el
«espíritu», «derraman su sangre por la salvación de su patria.» A medida que su
recién descubierta vocación se perfilaba, Madero concentró sus energías en dar
los primeros pasos dentro del nuevo «campo de combate». En 1904 entablaría
cerrada batalla electoral en su municipio.
Un
año más tarde, la espiral democrática se ensanchó, convirtiéndose en una dinamo
política en las elecciones del estado de Coahuila.
Pero
no por eso abandona sus actividades espiritistas. Devotamente recibe y lee La
Aurora Espirita, mantiene correspondencia fervorosa con «correligionarios» de
varias ciudades del país, y en medio de sus negocios y afanes políticos
encuentra tiempo para escribir artículos sobre temas un tanto vastos -Dios y la
creación- en La Grey Astral.
Significativamente,
no firma estos artículos con su nombre sino con el de su alter ega, el
dubitativo príncipe del Baghavad Cita a quien el dios Krishna revela los
secretos de la vida: Arjuna.
Elegido por la Providencia.
En los primeros meses de 1905 y con vistas a
su tercera reelección como gobernador del estado de Coahuila, Miguel Cárdenas
confiaba al sempiterno presidente Porfirio Díaz sus preocupaciones: «Si bien
los señores Madero no sacan la mano, siguen gastando dinero en algunas
maniobras políticas. No juzgo remoto que el señor Madero, animado por la pasión
política que le ha acometido y por los recursos pecuniarios con que cuenta,
pueda promover algunas dificultades y llegar hasta el escándalo» Tenía motivos
para preocuparse. Había surgido un fuerte movimiento oposicionista. El joven
Madero, a quien muy pronto comenzarían a tildar de «chiflado» y «desequilibrado»,
apoyaba la candidatura de Frumencio Fuentes mediante una activa organización de
clubes políticos y con el financiamiento de El Demócrata y El Mosco, periódicos
de opinión y sátira, respectivamente. El presidente consultó al general Reyes
si convendría encarcelar a Madero, lo que el procónsul desaconsejó, sugiriendo
en cambio estacionar en la región Lagunera un buen escuadrón de caballería y
persuadir al viejo Francisco de la necesidad de aquietar a su hijo. Finalmente,
las elecciones se llevaron a cabo con relativa paz a mediados de septiembre. El
esperado resultado, por supuesto, fue favorable al candidato oficial Al
sobrevenir este segundo fracaso electoral en su carrera política —el primero
había sido en su propio municipio de San Pedro de las Colonias en 1904—, Madero
no pierde la fe: publica un manifiesto en el cual declara que la soberanía del
Estado ha sido siempre «un mito» y lamenta que «el esfuerzo hubiese sido
nulificado en las juntas de escrutinio por las chicanas oficiales». La derrota
no lo aquieta: lo alerta.
Presintiendo
que la curva de su espiral democrática abarcará en unos años a la nación
entera, decide no impugnar el resultado de los comicios estatales. Por esos
días escribe a su hermano Evaristo pidiéndole que regrese de París para
intervenir en «la gran lucha política que se está preparando para el futuro».
Una
vez tocado por su misión, nace el apóstol. No es un maestro de la verdad o de
la revelación, porque no tiene ni busca discípulos.
Tampoco
es un sacerdote laico, porque no ejerce sedentaria y profesionalmente su credo.
Menos aún es un profeta, porque no anuncia el futuro ni levanta su voz para
anatematizar el orden presente. Es un «predicado?^ un médium de espiritualidad
política que encarna y lleva un mensaje de cambio a todos los lugares a través
de la palabra.
A
su casa franciscana de San Pedro de las Colonias comienzan a llegar decenas de
cartas de tema político que contesta con emoción y diligencia. Una de sus
respuestas, escrita en plena batalla electoral (junio de 1905) a su «estimado
amigo y correligionario» Espiridión Calderón, vale por todas. En ella está
Madero de cuerpo —es decir, de alma— entero:
«Con
personas que tienen su fe y su resolución nunca se pierde, pues aunque los
ideales que uno persigue no se realicen tan pronto como uno deseara, cada
esfuerzo nos acerca a su realización.
»Si
(contra lo que espero) somos derrotados en esta lucha, nuestros esfuerzos no
habrán sido vanos. Habremos depositado la semilla de la libertad y tendremos
que cultivarla cuando germine hasta que llegue a ser el frondoso árbol que
cubra con su sombra bienhechora.
»Hace
veinte siglos Jesús depositó la semilla del amor: "Amaos los unos a los
otros", y aún vemos guerras terribles. Las naciones se arruinan
sosteniendo ejércitos inmensos, marinas formidables y en Extremo Oriente se han
derramado torrentes de sangre sólo por el capricho de un hombre, de un déspota
orgulloso y vano que no ha vacilado en sacrificar a su orgullo las riquezas, la
sangre y la honra de los rusos.
»Sin
embargo, aquella semilla ha germinado. La humanidad ha progresado. Los
principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad empiezan a regir en muchas
partes del mundo y no está lejano el día en que dominen en el mundo entero ...
poco a poco irán destruyéndose las tiranías, y la libertad, que traerá consigo
más Justicia y más Amor, hará que se cumplan las palabras del Crucificado» La
bondad de Madero se ha confundido siempre con cierta ingenuidad. Nada más
remoto a esta inteligencia fervorosa y despejada que la inocencia. Desde 1905
traza, con precisión matemática, un plan para democratizar México. El primer
paso es afianzar relaciones con los elementos independientes, como el tenaz
periodista liberal Filomeno Mata, como Fernando Iglesias Calderón o Francisco
P. Sentíes.
En
1906 apoya pecuniaria y moralmente a Ricardo Flores Magón, pero muy pronto
rechaza su voluntarismo revolucionario no sólo en términos morales sino
políticos. (Según Madero, «el pueblo vería favorablemente una campaña
democrática» en 1909. La historia no lo desmintió.) A Paulino Martínez
—encarcelado por el régimen— le envía dinero en 1906 y le aconseja desistir de
sacrificios estériles, optar por una labor de crítica prudente y darle tiempo
al tiempo.
La
política no desplaza al espiritismo: nace de él. En abril de 1906 Madero acude,
como delegado del Centro de Estudios Psicológicos de San Pedro de las Colonias,
al Primer Congreso Nacional Espirita. Allí sostiene el argumento de que el
espiritismo es síntesis suprema de religión y ciencia.
Hacia
1907 un espíritu más militante guiaba sus pasos: «José». Madero transcribe
primero sus comunicaciones en hojas de papel, pero a medida que la tensión
mística aumenta adquiere un cuaderno de pastas duras en el que vierte, con
letra clara y segura, los dictados de «José». El sentido de su prédica es en el
fondo similar al de «Raúl» en 1901. Pero los ejercicios espirituales a los que
«somete» a Francisco y los objetivos de la misión política que le impone son
mucho más amplios, precisos e intensos.
Al
releer ese cuaderno, intacto después de casi ochenta años, resulta imposible no
recordar a Ignacio de Loyola (en cuyo honor se dio a Madero su segundo nombre).
Cada página es una lucha contra el «yugo de los instintos», un despliegue de
«esfuerzos gigantescos por vencer la animalidad ... la naturaleza inferior ...
el descenso a los más tenebrosos abismos». Para lograrlo, el espíritu «José»
recurre, como «Raúl», a la culpa, e incluso a la abierta amenaza de abandonar a
Francisco para siempre. Pero el mayor acicate no era el miedo sino la promesa
de recompensa: si dominaba sus pasiones inferiores, le advertía, «podríamos
hacer algo útil, eficaz y de verdadera trascendencia para el progreso de tu
patria». Y no sólo México vería sus frutos, también el obediente Francisco y su
esposa, que así podrían engendrar la descendencia que anhelaban.
Los
métodos de aquella doma fueron terribles: «ardientes oraciones», «tristísimas
reflexiones» y «propósitos firmísimos de purificación» seguían a cada pequeña
caída en el fango del instinto. «José» le recomendaba «no dejar ni un momento
la mente desocupada», «curar seguido», hacer emanaciones, rezar, «comunicarse
cuando menos una vez al día con nosotros», «releer con frecuencia las
comunicaciones», apartarse a un «solitario lugar» —probablemente un tapanco en
su hacienda— donde podría absorber «fluidos purísimos»:
«Procura
abstraerte completamente del mundo externo y encerrarte dentro de ti mismo en
el mundo interno, en donde reina perfecta calma y un silencio profundo a la vez
que majestuoso».
«Que
una disciplina severa domine todos tus actos», le ordena de pronto, en apoyo de
«José», otro espíritu, «que todas tus acciones respondan a un plan.»2" El
plan se delinea con nitidez. Además de sostener -de acuerdo con los dictados
del «espíritu»- una creciente prédica político-epistolar con correligionarios
de Coahuila y el resto del país, en 1907 Madero escribe en diarios de oposición
que a menudo también financia.
Conforme
logra en 1907 la doma de su «naturaleza inferior» (que lo llevó probablemente a
la abstinencia sexual), el «espíritu» revela al espirita su misión. En octubre
de 1907, convencido ya del triunfo de su discípulo y «hermano» sobre la
materia, en el solitario tapanco de aquella hacienda tiene lugar, en sentido
estricto, una quijotesca ceremonia de ordenación:
«Póstrate
ante tu Dios para que te arme caballero, para que te cubra con sus divinas
emanaciones contra los dardos envenenados de tus enemigos ... [Ahora eres]
miembro de la gran familia espiritual que rige los destinos de este planeta,
soldado de la libertad y el progreso ... que milita bajo las generosas banderas
de Jesús de Nazareth ...».
Ese
mismo mes el espíritu le advierte la cercanía de la lucha y le ordena: «Lee
historia de México ... a fin de que cuanto antes principies tu trabajo».
Mediante el esfuerzo y la abnegación, «1908 será ...
la
base de [tu] carrera política»: «el libro que vas a escribir va a ser el que dé
la medida en que deben apreciarte tus conciudadanos».
Para
preparar aquel libro, Madero entró desde fines de 1907 en un estado de
creciente tensión mística. «Aconsejado» por el implacable «José», se levanta
más temprano, se acuesta tarde, suprime con gran dificultad la religiosa
siesta, come poco, no toma alcohol, esquiva el ocio y las personas, y traza un
plan detallado de lecturas que incluye todo el México a través de los siglos.
Mientras avanza, el espíritu lo anima: «No te das cuenta del poder que tienes».
En noviembre de 1907 le susurra al oído por primera vez: «Estás llamado a
prestar importantísimos servicios a la patria». En enero de 1908 utiliza
palabras y un tono aún más sacramentales: «Estás predestinado para cumplir con
una misión de gran importancia ... la corona la tendrás de todas maneras, pero
tus actos en este año determinarán si será de laurel o de espinas». En junio,
«José» no sólo le prescribe la vigilia sino el sueño:
«Hacer
tus oraciones, tus emanaciones, tus inspiraciones y luego, bajo la influencia
de las emanaciones, concentrar la vista en la bola de cristal por espacio de
quince minutos, proponiéndote automagnetizarte y entrar en sueño lúcido durante
veinte minutos. Antes de dormirte te formarás el propósito del asunto que
quieres investigar durante tu sueño, entendido que ha de tener algún objeto
elevado, armónico con tus más nobles aspiraciones».
Hacia
agosto de 1908 Madero concluye su investigación. Para entonces habían cesado
por completo las prédicas contra los instintos.
No
las necesitaba: su reino ya no era de este mundo.
En
septiembre y octubre de 1908 el libro va tomando forma. Casi siempre en
español, pero a veces en francés, «José» alienta a Francisco con excelentes
consejos de organización intelectual. Al faltar ya solamente los tres capítulos
finales del libro, «José» le confirma los mejores augurios:
«Nuestros
esfuerzos están dando resultados admirables en toda la República y en todas
partes se nota cierto fermento, cierta ansiedad, que tu libro va a calmar, a
orientar y que tus esfuerzos posteriores van a encauzar definitivamente. Cada
día vemos más claro el brillante triunfo que va a coronar tus esfuerzos. Ahora
sí podemos asegurarte, sin temor a incurrir en un error, que el triunfo de
ustedes es seguro en la primera campaña».
En
opinión de «José», el enemigo lo era cada vez menos. Mientras en el país se
seguía creyendo, a despecho de sus reiteradas promesas incumplidas, en la
omnipotencia de don Porfirio, Madero y sus espíritus disentían:
«Ya
no tiene el vigor de antes y su energía ha decaído considerablemente, a la vez
que las poderosas pasiones que lo movían se han ido amortiguando con los años.
Ni los que lo rodean sienten el apego a su persona que sentían hace algunos
años, pues con tanto tiempo de poder absoluto se ha hecho cada día más déspota
con los que lo rodean, que le sirven por miedo o por interés, pero no por
amor».
El
30 de octubre de 1908, al cumplir sus treinta y cinco años y casi concluido su
trabajo, Madero apunta en su cuaderno de mediummmidad un mensaje de «José»,
decisivo e impecable no en términos ortográficos sino biográficos.
«Sobre
tí pesa una responsabilidad enorme. Has visto ... el precipicio hacia donde se
presipita [sic] tu Patria. Cobarde de tí si no la previenes ... tú has sido
elejido [sic] por tu Padre Celestial para cumplir una gran misión en la Tierra
... es menester que a esa causa divina sacrifiques todo lo material, lo
terrenal y dediques tus esfuerzos todos a su valorización».
A
mediados de noviembre se registra una comunicación aún más importante:
«El
triunfo de usted va a ser brillantísimo y de consecuencias incalculables para
nuestro querido México. Su libro va a hacer furor por toda la República ... al
G[eneral] D[Díaz] le va a ... infundir verdadero pánico ... Usted tiene que
combatir un hombre astuto, falso, hipócrita. Pues ya sabe cuáles son las
antítesis que debe proponerle:
contra
astucia, lealtad; contra falsedad, sinceridad; contra hipocresía, franqueza».
Lo
firmaban dos iniciales: «B.J.» Con el aval del espíritu «José» y con la
bendición ultraterrena del mismísimo Benito Juárez, Madero ya sólo necesitaba
el permiso de su padre, sin el cual no podía cortar con los «últimos eslabones
de su naturaleza inferior». Antes de solicitarlo, concluye la obra que
defendería «los intereses del pueblo desventurado» y vierte la última
comunicación en el cuaderno. El espíritu le confirma una vez más el buen
«desenlace del gran drama que se dará en el territorio nacional el año de
1910»; pero, al calce, «José» comete el error de firmar con un nombre distinto:
Francisco I. Madero.
Luego
de dar a las prensas su libro, Francisco se retira absolutamente solo por
cuarenta días y sus noches al desierto contiguo a su rancho Australia." Al
despuntar el nuevo año escribe a su padre una carta en que expone los motivos
para publicar el libro, a más tardar, el de ese mes. Sus argumentos de fondo no
son de índole política:
«Entre
los espíritus que pueblan el espacio existe una porción que se preocupa
grandemente por la evolución de la humanidad, por su progreso, y cada vez que
se prepara algún acontecimiento de importancia en cualquier parte del globo,
encarna gran número de ellos, a fin de llevarlo adelante, a fin de salvar a tal
o cual pueblo del yugo de la tiranía, del fanatismo, y darle la libertad, que
es el medio más poderoso de que los pueblos progresen» El era uno de esos
espíritus. «He sido elegido por la Providencia», explicaba a su padre; «no me
arredran la pobreza ni la prisión, ni la muerte.».
«Creo
que sirviendo a mi patria en las actuales condiciones cumplo con un deber
sagrado, obro de acuerdo con el plan divino que quiere la rápida evolución de
todos los seres y, siendo guiado por un móvil tan elevado, no vacilo en exponer
mi tranquilidad, mi fortuna, mi libertad y mi vida. Para mí, que creo
firmemente en la inmortalidad del alma, la muerte no existe; para mí, que tengo
gustos tan sencillos, la fortuna no me hace falta; para mí, que he llegado a
identificar mi vida con una causa noble y elevada, no existe otra tranquilidad
que la de la conciencia y sólo la obtengo cumpliendo con mi deber.».
Don
Francisco vacila, pero el hijo insiste; el libro ya estaba escrito. El había
sido «elegido por la Providencia» para escribirlo. A riesgo de «pagar con su
vida por el fracaso», necesitaba el permiso que días después, por telegrama,
finalmente obtuvo. El 23 de enero agradece al padre con estas palabras:
«Ahora
sí ya no tengo la menor duda de que la Providencia guía mis pasos y me protege
visiblemente, pues en el hecho de haber recibido su bendición veo su mano, en
la circunstancia de haberlo presentido tan claramente distingo su influencia,
percibo su modo de guiarme, de dirigirme y de alentarme, pues si el laconismo
forzoso del telegrama sólo me trajo su resolución definitiva, la visión que
tuve anoche me reveló que esa resolución era sin violencia, obedeciendo a sus
más nobles sentimientos, y aunque hacían un sacrificio sublime, se quedaban
llenos de confianza en el porvenir, aceptaban con noble serenidad las
consecuencias de la nueva vida de actividad y de lucha que se inicia».
Al
entrar en la liga de la política nacional. Madero no lanzaba un manifiesto, no
emitía una proclama, no profería un grito. Realizaba algo mas convincente e
insólito: publicaba el producto de aquellas sesiones fervorosas. La sucesión
presidencial en 1910. La primera edición salió a la luz a principios de 1909 y
se vendió como pan caliente.
Vale
la pena recordar sus ideas principales, porque ha llovido tanta tinta sobre el
maderismo que pocos se acuerdan ya de lo que dijo Madero. El libro -dedicado a
los constituyentes del 57, a los periodistas independientes y a los «buenos
mexicanos que muy pronto se revelaran al mundo por su entereza y su energía»-
admite quizá ser resumido en dos fórmulas casi homeopáticas: diagnóstico del
mal mexicano y receta para curarlo.
El
mal mexicano, consecuencia natural del militarismo que asoló todo nuestro siglo
xix, era para Madero el poder absoluto, el poder en manos de un solo hombre. No
hay progreso real que lo resista ni hombre infalible que lo ejerza con
equilibrio. El ejemplo -decía Madero- está a la vista: en 1905, el pequeño
Japón, fortalecido por la democracia, humilla al enmohecido Imperio ruso.
Madero desplegaba cierto conocimiento de cultura latina y familiaridad moral
con los liberales de la Reforma y la República Restaurada, a los que había
leído cuidadosamente. El libro aportaba varios ejemplos históricos pertinentes
sobre el poder absoluto, pero ninguno tan efectivo como el del propio zar
mexicano. Era veneno puro transcribir para la opinión pública en 1909 los
planes porfiristas de La Noria (1871) y Tuxtepec (1876), y recordar que la
bandera con que había llegado Díaz al poder era, justamente, la no reelección:
«Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder»,
proclamaba el chinaco Díaz en 1871, «y ésta será la última revolución». Lo
cierto -escribía Madero- es que al general Díaz -por lo demás hombre moderado
honesto y patriota- lo obsesionaba desde entonces una idea fija- conquista el
poder y retenerlo costara lo que costase. Sus paniaguados opinaban que era el
hombre «necesario», «el buen dictador» pero el balance de sus treinta años de
administración arrojaba -cuando menos en dos sentidos— números rojos.
En
el frágil activo. Madero le reconocía, entre otras cosas, gran progreso
material (aunque al precio de la libertad), algún auge agrícola (aunque no sin
importación de cereales), industria boyante (aunque monopolica y subsidiaria),
paz indudable (a costa de sacrificar la vida política). El pasivo, en cambio,
era, en palabras de Madero, «aterrador»: la «fuerza bruta» en Tomochic, la
esclavitud del pueblo yaqui la represión de obreros en Cananea y Río Blanco,
analfabetismo concesiones excesivas a Estados Unidos y feroz centralización
política Llagas sociales, económicas y políticas que se traducían en algo
peorllagas morales. Según Madero, el poder absoluto había inoculado en el mexicano
«... la corrupción del ánimo, el desinterés por la vida pública, un desdén por
la ley y una tendencia al disimulo, al cinismo, al miedo.
En
la sociedad que abdica de su libertad y renuncia a la responsabilidad de
gobernarse a sí misma hay una mutilación, una degradación, un envilecimiento
que pueden traducirse fácilmente en sumisión ante el extranjero ...».
«Estamos
durmiendo», profetizaba Madero, «bajo la fresca pero dañosa sombra del árbol
venenoso ... no hay que engañarnos, vamos a un precipicio.».
Si
don Porfirio tenía su idea fija (el poder), don Pancho tenía la suya (poner
límites al poder). Con buena lógica, y en un lenguaje que hasta sus detractores
consideraron «virilmente franco y accesible a todas las inteligencias». Madero
proponía el remedio: restaurar las prácticas democráticas y la libertad
política que iguala a los hombres ante la ley; volver, en suma, a la
Constitución del 57. Para ello había que organizar un Partido Nacional
Democrático bajo el lema «Libertad de sufragio, no reelección». Díaz podía ser
reelegido libremente, retirarse a la vida privada o, como transacción, podría
seguir en la presidencia por un periodo más —hasta sus ochenta y seis años—,
pero admitiendo la libertad de sufragio para la vicepresidencia y parte de las
gubernaturas y cámaras. Lo que Madero proponía, en fin, era hacer efectivas las
palabras del propio Díaz en la entrevista con Bulnes en 1903: «Usted no es
capaz de encontrar un sucesor más digno ...
que
la ley» El 2 de febrero de 1909, Madero envía su libro al «Gran Elector» con la
pálida esperanza de volverlo, más bien, «el gran lector». Acompaña el libro de
una carta firme, respetuosa, noble, en la que explícitamente le ofrece la
inmortalidad histórica a cambio de la democracia:
«Para
el desarrollo de su política, basada principalmente en la conservación de la
paz, se ha visto usted precisado a revestirse de un poder absoluto que usted
llama patriarcal ... La nación toda desea que el sucesor de usted sea la Ley,
mientras que los ambiciosos que quieren ocultar sus miras personalistas y
pretenden adular a usted dicen que "necesitamos un hombre que siga la
hábil política del general Díaz" ... si por convicción, o por consecuentar
con un grupo reducido de amigos, quiere usted perpetuar entre nosotros el régimen
de poder absoluto, tendrá que constituirse en jefe de partido, y aunque no
entre en su animo recurrir a medios ilegales y bajos para asegurar el triunfo
de su candidatura, tendrá que aprobar o dejar sin castigo las faltas que
cometan sus partidarios y cargar con la responsabilidad de ellas ante la
historia y ante sus contemporáneos - " me he tomado la libertad de
dirigirle la presente, es porque me creo con el deber de delinearle a grandes
rasgos las ideas que he expuesto en mi libro y porque tengo la esperanza de
obtener de usted alguna declaración que publicada y confirmada muy pronto por
los hechos, haga comprender al pueblo mexicano que ya es tiempo de que haga uso
de sus derechos cívicos y que, al entrar por esa nueva vía, no debe ver en
usted una amenaza, sino un protector; no debe considerarlo como el poco
escrupuloso jefe de un partido, sino como el severo guardián de la ley como la
grandiosa encarnación de la patria» En algún lugar de la vía Láctea ‘Raúl’ y
‘José’ sonrieron satisfechos.
Los hechos del «Apóstol»
En ese momento Madero inicia la mayor
enseñanza práctica de democracia ejercida por un hombre en toda la historia
mexicana. El secreto del «Apóstol de la Democracia», como empezaba ya a
conocérsele, era claro y sencillo: desplegar frente a la mística de la
autoridad, encarnada en Porfirio Díaz, una mística inversa: la mística de la
libertad. «Soy ante todo», solía repetir, «un demócrata convencido.».
Posteriormente,
del 27 de febrero a mediados de junio de 1909, encabeza en la ciudad de México
los trabajos del Centro Antirreeleccionista que se funda en mayo. Al mes
siguiente aparece el primer número de El Antirreeleccionista, dirigido por el
joven filósofo y abogado José Vasconcelos y en cuyas páginas colaboran Luis
Cabrera, Toribio Esquivel Obregón y Federico González Garza. En junio se expide
también el primer manifiesto del Centro, que firman, entre otros, viejos
personajes de la oposición, como Emilio Vázquez Gómez, Filomeno Mata y Paulino
Martínez. Para entonces Madero ha vendido ya una porción considerable de sus
bienes —castigando el precio- para obtener liquidez. Así pudo financiar buena
parte de los trabajos antirreeleccionistas e iniciar una serie de largos
recorridos por la República acompañado de una escasa comitiva La primera gira
toca Veracruz (lo aclaman dos mil personas), Progreso (tres mil lo vitorean),
Mérida, Campeche, Tampico, Monterrey (acuden tres mil personas) y concluye en
San Pedro de las Colonias, En varios lugares, grandes y pequeños, por donde
pasa, Madero funda un club antirreeleccionista. En septiembre viaja por su
estado natal y recibe la buena nueva de que el general Reyes ha dejado
plantados a sus partidarios aceptando del presidente una misión militar de
segundo orden en Europa. En octubre, exhausto por la tensión política y
espiritual, Madero enferma y se recluye cinco semanas en Tehuacán, desde donde
mantieie correspondencia abundantísima con cientos de simpatizantes de toda la
República.
En
diciembre, acompañado del elocuente Roque Estrada, inicia su segunda gira.
Recorre Querétaro, Guadalajara (seis mil personas). Colima (mil). Mazarían (dos
mil en el Circo Atayde), Culiacán (donde declara: «Venimos a predicar la
democracia»), Navojoa (lo recibe Benjamín Hill), Alamos, Guaymas (José María
Maytorena encabeza a tres mil personas), Hermosillo, Nogales, Ciudad Juárez,
Chihuahua (conoce a Pancho Villa), Parral (se le recibe con gran fiesta).
Torreón, y vuelve a San Pedro de las Colonias.
El
fervor político no le impide comunicarse con sus espíritus. Lo hace con infalible
puntualidad. Tampoco desvanece en él al médico de almas. En aquel año de 1909,
el gobernador de Coahuila -Jesús de Valle- y su hijo, Artemio de Valle Arizpe,
lo vieron en una calle dando «pases curativos» a un borracho.
A
principios de 1910, Madero funda el diario El Constitucional, que al poco
tiempo encargaría a Heriberto Frías, y empieza una tercera gira por Durango
(donde, desacertadamente, elogia la política de conciliación de Porfirio Díaz),
Zacatecas, Aguascalientes (acuden ocho mil personas) y San Luis Potosí. En cada
etapa, la comitiva es vitoreada, pero sufre las más variadas formas de
obstrucción que le preparan las autoridades. Días antes de la convención
nacional del partido, la obstrucción se intensifica. El gobierno central
desarrolla una acción múltiple contra los intereses económicos de la familia
Madero: interviene -sin éxito, porque el público sólo acepta su moneda- al
Banco de Nuevo León, presiona al fundador de la dinastía, acusa penalmente a
Madero de «robo de guayule» y dicta contra él orden de aprehensión, que no se
hace efectiva, entre otros azares, por la intercesión de Limantour, cerebro
financiero del régimen de Díaz y amigo de los Madero.
En
abril de 1910 Madero preside por fin la convención del Partido
Antirreeleccionista, que capitaliza, además del propio, el impulso del reyismo
sin Reyes. En su discurso. Madero advierte contra el fraude electoral: «La
fuerza será repelida por la fuerza». Lo cierto es que Madero no quería la
revolución, sino un cambio pacífico, electoral, democrático. Pero el día
anterior a la convención había'sostenido una entrevista con el propio
presidente Díaz a raíz de la cual cambia, en definitiva, de parecer. Sintió que
trataba con un «niño o un ranchero ignorante y desconfiado»: «No se puede hacer
nada con él», pensó. Madero pidió garantías. Don Porfirio respondió que
«tuviera confianza en la Suprema Corte», a lo cual Madero contestó no con un
argumento sino con una «franca carcajada»: «Conmigo no dan resultado esas
bromitas». A Adrián Aguirre Benavides le confió sus impresiones:
«Te
aseguro que el general Díaz me causó el efecto de estar completamente
decrépito; no le encontré ninguna de las cualidades que le encuentran quienes
lo han entrevistado, pues ni me pareció imponente, ni hábil, ni nada. Por el
contrario, tuve la oportunidad de "semblantearlo" por completo.
Conocí todos sus proyectos, hasta los que tiene para dentro de unos dos o tres
años, mientras que él no supo nada de los nuestros ... no me impresionó
absolutamente la entrevista que tuve con él y [creo] que más bien él ha de
haber estado convencido de que no logró imponérseme y que no le tengo miedo.
El
general Díaz ha comprendido por fin que sí hay ciudadanos bastante viriles para
ponerse frente a frente. Porfirio no es gallo, sin embargo habrá que iniciar
una revolución para derrocarlo» En mayo Madero inicia su cuarta gira. El
ascenso del antirreeleccionismo es vertiginoso, los mítines son más riesgosos e
intensos. En Puebla lo aclaman treinta mil personas; en Jalapa, diez mil; en
Veracruz sostiene que su programa busca recuperar los derechos de los
individuos, las libertades de los municipios y la autonomía de los estados. En
Orizaba, escenario de la matanza de Río Blanco, pronuncia frente a veinte mil
obreros uno de sus discursos definitorios de política social, anclado en el
liberalismo clásico:
«Vosotros
deseáis libertad, deseáis que se os respeten vuestros derechos, que se os
permita agruparos en sociedades poderosas, a fin de que, unidos, podáis
defender vuestros derechos; vosotros deseáis que haya libertad de emitir el
pensamiento, a fin de que todos los que aman al pueblo, todos los que se
compadecen de vuestros sentimientos, puedan ilustraros, puedan enseñaros cuál
es el camino que os llevará a vuestra felicidad; eso es lo que vosotros
deseáis, señores, y es bueno que en este momento, que en esta reunión tan
numerosa y netamente democrática, demostréis al mundo entero que vosotros no
queréis pan, queréis únicamente libertad, porque la libertad os servirá para
conquistar el pan».'3 De Veracruz siguió a Guanajuato, Jalisco y, otra vez, la
capital de México. En cada lugar lo vitorean. Lo que Madero renueva es el ideal
del liberalismo por el que muchos mexicanos habían luchado en las guerras de
Reforma e Intervención. Hubo quien pensó que con él se acabarían los impuestos,
los prefectos y las autoridades. «Lo inmenso de aquella arenga apostólica»,
recuerda su fiel amigo Roque Estrada, «era una tremenda sinceridad iluminada y
una fe profundamente sentida por la causa.». «Oyéndolo decir tantas verdades»,
escribe Manuel Bonilla, «era evidente que encarnaba al verdadero apóstol.» No
lo disuade la oposición familiar que encabeza el patriarca don Evaristo, quien,
como prevención, lega casi todos sus bienes a la apolítica familia de su
segunda mujer. Sin romper lazos con los parientes. Francisco acaba por
convencer a los familiares más cercanos.
A
principios de junio de 1910 emprende la que sería su quinta y última gira. En
Saltillo y San Luis Potosí sufre serias hostilidades. Por fin, en Monterrey, el
gobierno se decide a apresarlo. Además de iluminar aún más con ese hecho su
aureola de apóstol, la acción —en la que quizá don Porfirio no tuvo injerencia
directa, o si la tuvo demostró con ello la pérdida de sus facultades— era
torpe, contraproducente y tardía. Madero había visitado ya 22 estados y fundado
no menos de cien clubes. Era natural que encontrara los arrestos para escribir
al presidente de modo abierto y usando palabras que debieron de herir las
entrañas «paternales de Porfirio»:
«Con esa actitud se demuestra que usted y sus partidarios rehuyen la lucha en el campo democrático porque comprenden que perderían la partida. La nación no quiere ya que usted la gobierne paternalmente (como dice usted que pretende gobernarla)» Desde la prisión de San Luis Potosí, adonde se le traslada a fines de junio. Madero prosigue con un ritmo febril sus relaciones epistolares. A todos les infundía el mismo ánimo: «Pueden tener la seguridad todos ustedes de que no flaquearé ni un solo momento». Y no flaquea, en efecto, cuando los resultados electorales de los primeros días de julio le son adversos. Para no dejar expediente legal sin cubrir en el camino, su partido somete al Congreso un vasto y detallado memorial sobre el fraude en las elecciones que, por supuesto, no encuentra mayor eco. Para Madero, que escapa a San Antonio, Texas, el 6 de octubre, y para sus correligionarios en toda la República y en el exilio, el des