Enrique Krauze

 

BIOGRAFIA DEL PODER

 

Caudillos de la Revolucion Mexicana


 

 

 

CONTRAPORTADA.

 

Cierto momento de la historia de México pareció reconciliar pasado, presente y futuro: la Revolución mexicana (1910-1949); en realidad, expresaba la tensión de un país desgarrado entre su cultura tradicional (indígena, católica, española) y una apremiante vocación de modernidad.

A diferencia de otras revoluciones, la mexicana se organizó en torno a los carismáticos personajes que la guiaron: el espiritista Madero, prefiguración mexicana de Gandhi; el legendario Zapata, anarquista natural en busca de un paraíso mítico; el terrible Pancho Villa, sediento de sangre y justicia; el patriarca Carranza, que encauzó la lucha por vías constitucionales; el invicto general Obregón, enamorado de la muerte; el severo general Calles, reformista implacable, enemigo de la iglesia Católica, y el humanitario presidente Lázaro Cárdenas, militar con sayal de franciscano. A todos los impulsaba una similar vocación mesiánica, el deseo de liberar, educar, proteger, redimir al pueblo. Esta actitud, tan tentadora como peligrosa, no ha muerto. En México, la Revolución conserva todavía un prestigio mítico, un aura religiosa. El pasado no ha pasado; entenderlo es la única manera de superarlo.

 

Villa cabalga todavía en el norte, en canciones y corridos; Zapata muere en cada feria popular; Madero se asoma a los balcones agitando la bandera nacional; Carranza y Obregón viajan aún en aquellos trenes revolucionarios, en un ir y venir por todo el país, alborotando los gallineros femeninos y arrancando a los jóvenes de la casa paterna.

Todos los siguen: ¿adonde? Nadie lo sabe.

Es la Revolución, la palabra mágica, la palabra que va a cambiarlo todo y que nos va a dar una alegría inmensa y una muerte rápida. Por la Revolución el pueblo mexicano se adentra en sí mismo, en su pasado y en su sustancia, para extraer de su intimidad, de su entraña, su filiación.

Octavio Paz, El laberinto de la soledad: El paisaje mexicano huele a sangre.

 

Eulalio Gutiérrez

 

 

 

AGRADECIMIENTOS Biografía del poder fue escrita entre 1982 y 1986, y publicada originalmente en 1987. La actual versión, corregida, anotada y aumentada, se preparó en 1996. Fueron muchas las personas que contribuyeron a la obra en esos dos periodos. Margarita de Orellana, Cayetano Reyes, Javier García-Diego y Aurelio de los Reyes aportaron fuentes documentales e iconográficas invaluables para el trabajo original. Aurelio Asiáin, Víctor Kuri y Francisco Muñoz revisaron la primera edición; Femando García Ramírez, Alejandro Rosas y Rossana Reyes, la segunda. Entre las personas cercanas a los protagonistas que me facilitaron materiales de gran importancia quisiera destacar a doña Renée González, a don Rafael Carranza y, sobre todo, a doña Hortensia Calles, viuda de Torreblanca. Los historiadores Luis González y Moisés González Navarro aportaron valiosas observaciones y críticas, lo mismo que mis amigos Fausto Zerón Medina, Alejandro Rossi, Gabriel Zaid, Jean Meyer, José Manuel Valverde Garcés, Tulio Demichelli y Julio Derbez.

Los personajes centrales de mi biografía apoyaron esta biografía de mil modos: mi esposa Isabel y mis hijos León y Daniel.

No es una paradoja menor que fuera un futuro protagonista de la Biografía del poder, el entonces presidente Miguel de la Madrid, quien tuvo la idea original de este libro, si bien bajo la forma de una serie documental. Y es una bendición mayor el haber estado cerca, durante todos estos años y hasta ahora, del mayor escritor mexicano, el amigo a quien está dedicado este libro. Octavio Paz.

 

 


Prólogo a esta edición.

La Revolución mexicana: mito y realidad.

 

 

La Revolución —así, con mayúscula, como un mito de renovación histórica— ha perdido el prestigio de sus mejores tiempos: nació en 1789, alcanzó su cénit en 1917 y murió en 1989. Pero hubo un país que conservó intacta la mitología revolucionaria a todo lo largo de los siglos XIX y XX: México. Cada ciudad del país y casi cada pueblo tienen al menos una calle que conmemora la Revolución. La palabra se usa todavía con una carga de positividad casi religiosa, como sinónimo de progreso social. Lo bueno es revolucionario, lo revolucionario es bueno. El origen remoto de este prestigio está, por supuesto, en la Independencia: México nació, literalmente, de la revolución encabezada por el primer gran caudillo, el cura Hidalgo. Pero la consolidación definitiva del mito advino con la Revolución mexicana.

El movimiento armado duró diez años: desde 1910 hasta 1920. Durante las dos décadas siguientes el país vivió una profunda mutación política, económica, social y cultural inducida desde el Estado por los militares revolucionarios. Hacia 1940, la palabra «revolución» había adquirido su significación ideológica definitiva. Ya no era la revolución de un caudillo o de otro. La Revolución se había vuelto un movimiento único y envolvente. No abarcaba sólo la lucha armada de 1910 a 1920, sino la Constitución de 1917 y el proceso permanente de transformación y creación de insütuciones que derivaba de su programa.

Para quienes habían sido sus protagonistas o simpatizantes, la Revolución quedaría por siempre ligada a las imágenes épicas y anónimas de un pueblo en armas: el hombre que en el paredón, a punto de ser fusilado, fuma tranquilamente su cigarro; los cuerpos colgados de los postes -de ferrocarril, como macabras banderolas; la soldadera que sigue a su hombre («su Juan»), con el niño en la espalda envuelto en su rebozo. El pueblo recordaba la Revolución de manera distinta, no como un hecho perteneciente al orden humano sino al natural o divino, como los temblores de tierra y las sequías, un cataclismo de proporciones siderales y orígenes telúricos, algo que había estallado más allá de la Historia, más acá de la Historia, y que cambió, para bien y para mal, la vida de todos. En todo caso, en México, el «antes» y el «después» se medía a partir de la Revolución: el 20 de noviembre de 1910 se convirtió en el parteaguas de la nueva era.

Se había creado una cultura revolucionaria. En la memoria musical habían quedado grabados los famosos corridos como «La cucaracha» y «Jesusita en Chihuahua». La Revolución era el tema predominante del arte público. ¿Quién no había visto los murales alusivos a la epopeya de la Revolución que en los antiguos edificios públicos (la Secretaría de Educación, la Escuela Nacional Preparatoria) habían pintado desde los años veinte Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros? En el cine, estaban de moda películas cuyo tema violento y ranchero denotaba una fijación en torno al tema revolucionario. El género llamado «novela de la Revolución» era muy leído. Lejos de idealizar la «gesta revolucionaria», sus autores (José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela) tomaban en cuenta el punto de vista del pueblo que había sufrido la guerra, presentaban una imagen amarga y ambigua de la lucha armada, y mantenían una actitud crítica con respecto a los logros, reales o supuestos, de la Revolución. Sin embargo, por encima de los matices, la Revolución -guerra civil y proceso de transformación social- había adquirido un rango superior a todas las otras etapas de la historia mexicana.

Al panteón de la patria donde descansaban los aztecas, los insurgentes y los liberales, comenzarían a llegar, en tropel y a caballo, los nuevos santos laicos: los caudillos de la Revolución. El santoral cívico se ampliaría con sus fechas de nacimiento y muerte y la conmemoración de sus hazañas. Ciudades, pueblos, avenidas, barrios, escuelas, modificarían sus viejos nombres adoptando los de los nuevos héroes.

Los odios y rencillas que los habían separado en vida, hasta el extremo de matarse entre sí, parecían meros accidentes frente al mito fundador que los vinculaba: la Revolución, madre generosa, los reconciliaba a todos.

Más allá del inmenso poder de su mitología, la Revolución mexicana fue, en efecto, un vasto reajuste histórico en el cual la gravitación del pasado remoto de México -indígena y virreinal- corrigió el apremio liberal y porfirista hacia el porvenir.

En su etapa armada, el número de combatientes nunca fue considerable. Incluso en el periodo más intenso de las hostilidades (a mediados de 1915), los ejércitos jamás sumaron más de cien mil hombres. La abrumadora mayoría de la población nacional de quince millones perteneció a la categoría de los «pacíficos». La lucha nunca cubrió el país entero. Las etapas militares principales estuvieron bien localizadas. El estado de Morelos, cuna del zapatismo, y el territorio villista de Chihuahua fueron escenarios permanentes. Hubo acción en el centro del territorio, al oeste y -en grado algo menor- en la costa del golfo. La capital vivió en estado de continua aprensión, «con el Jesús en la boca», ocupada alternativamente por ejércitos enfrentados que la consideraban su premio mayor.

La Revolución comenzó con un movimiento democrático moderno acompañado de una añeja petición de tierras. Pese a su triunfo inicial, esta primera etapa desencadenó una reacción autoritaria. La respuesta a esta contrarrevolución generó fuerzas militares y sociales que, una vez triunfantes, no consiguieron alcanzar un acuerdo que condujese a la restauración del orden. La disensión llevó a la guerra y a una escisión centrífuga no muy diferente de la vivida por el país durante la guerra de Independencia y en la primera mitad del siglo XIX. El triunfo de una facción devolvió la corriente a su cauce. Las ideas y las políticas fueron sustituyendo gradualmente a las balas. Durante las últimas dos décadas del proceso, México fue un laboratorio de cambios revolucionarios bajo los auspicios del nuevo Estado. Al término del ciclo, en 1940, se había restablecido el orden en el país, en torno a un edificio político corporativo muy semejante al virreinal.

Una monarquía con ropajes republicanos y revolucionarios. El gobierno personal seguía siendo -como en tiempos de don Porfirio- un rasgo esencial de la vida política mexicana.

La revolución encabezada por Madero estalló el 20 de noviembre de 1910 y en cuestión de meses se extendió a varias zonas del país.

Los principales centros de insurrección fueron los estados de Chihuahua y Morelos. Francisco I. Madero dirigió en persona las operaciones en Chihuahua, auxiliado por hombres que se volverían legendarios, como Pascual Orozco y Francisco Villa. Los campesinos que siguieron a Emiliano Zapata combatieron en Morelos. A principios de mayo de 1911, Orozco y Villa ocuparon Ciudad Juárez, vecina a El Paso, Texas, y merced a esta ocupación obligaron al gobierno porfirista a negociaciones que, al terminar el mes, provocaron la renuncia del dictador. «Madero ha soltado el tigre», dijo Porfirio Díaz en Veracruz antes de embarcarse en el Ypiranga, que lo conduciría al exilio.

Madero sería derribado por un golpe militar debido al general Victonano Huerta. Fue entonces cuando despertó realmente el «tigre» tan temido por don Porfirio. Se organizó un movimiento militar de amplia base, destinado a oponerse al usurpador, en tomo a Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, patriarca de la Revolución Entre marzo de 1913 y julio de 1914, varios cuerpos del ejército constitucíonalista -así llamado porque el movimiento aspiraba a restaurar el orden constitucional violado por Huerta- reconocieron la autoridad de Carranza como comandante en jefe.

Mientras la guerra se concentró en derrotar a Huerta, Carranza mantuvo unidas las facciones, pero no bien el usurpador renunció y partió al destierro (el 15 de julio de 1914), la Revolución fue incapaz de administrar su propia victoria. Ateniéndose más o menos al libreto de la Revolución francesa, los jefes militares se reunieron en una convención (octubre de 1914) que se desarrolló en la ciudad de Aguascahentes. Tenía por propósito elegir el nuevo gobierno y definir la dirección futura de México. Para entonces era evidente el enfrentamiento entre Villa y Carranza. La convención produjo un gobierno que Carranza se negó a reconocer; inmediatamente estableció su propio gobierno en el puerto de Veracruz. Los dirigentes tuvieron que escoger si estaban con Villa o con Carranza. En aquel momento el movimiento zaparista rebasó su base en Morelos y unió sus fuerzas a las de Villa. Ambos otorgaron su apoyo a Eulalio González, el presidente designado por la convención. Alvaro Obregón y Francisco Villa, dos colosos militares, habrían de enfrentarse -en la primavera de 1915- en el Bajío, la meseta central de México. Con la aplastante victoria de Obregón, el gobierno de la convención se deshizo y el nacionalista Venustiano Carranza se convirtió en presidente.

Había pasado la hora de los tres dirigentes revolucionarios de aquellos caudillos cuyo propósito fue la «liberación» de México: Madero, «el Apóstol de la Democracia», con su Plan de San Luis proyectado para salvar a México de la dictadura; Zapata, «el Caudillo del Sur», cuyo Plan de Ayala intentaba devolver la tierra a los campesinos; y Villa, «el Centauro del Norte», una fuerza ciega que no se atenía propiamente a ningún programa sino a un afán implacable, y a menudo sangriento, de «justicia».

Llegó entonces la hora de los jefes, quienes procurarían encauzar el torrente de la Revolución. Uno de ellos. Carranza, deseaba un México civilizado, bajo gobernantes civiles. El otro, Obregón, quería un México civilizado bajo gobierno militar. Por un tiempo trabajaron juntos. Carranza convocó un congreso constituyente a principios de 1917, y en febrero del mismo año fue proclamada en Querétaro una nueva Constitución genuinamente revolucionaria, que otorgaba al Estado poderes políticos, responsabilidades sociales y jurisdicciones económicas similares a los ostentados por la antigua monarquía española.

Carranza ocupó la presidencia de 1917 a 1920. Cuando éste intentó hacer de un civil su sucesor, el poderoso Ejército del Noreste -bajo el mando .aparente de Adolfo de la Huerta (si bien el verdadero jefe era Alvaro Obregón)- se alzó contra él y lo derrotó. A finales de mayo de 1920 los dirigentes militares oriundos de Sonora asumirían el poder y lo conservarían quince años.

Alvaro Obregón fue presidente de 1920 a 1924. Su empeño por mantenerse en el poder, directa e indirectamente, desencadenaría una guerra civil entre los jefes sonorenses. A fin de cuentas lo sucederían dos generales, más bien estadistas que jefes o caudillos. Uno de ellos fue un austero maestro de escuela primaria, elevado por la Revolución al grado de general, presidente de 1924 a 1928 y después «Jefe Máximo» desde 1928 hasta 1934: Plutarco Elias Calles. El otro, que ocupó el cargo en 1934, fue Lázaro Cárdenas, uno de los generales más jóvenes de la Revolución. Al terminar su periodo, en 1940, el Estado mexicano había alcanzado una configuración sólida: un presidente omnipotente elegido cada seis años sin posibilidad de reelección pero con derecho de designar a su sucesor dentro de la «familia revolucionaria», más un partido único (o casi) que servía al monarca-presidente en múltiples funciones de control: social, electoral y político.

Se han organizado revoluciones en torno a ideas o ideales: libertad, igualdad, nacionalismo, socialismo. La Revolución mexicana constituye una excepción por haberse organizado, primordialmente, alrededor de personajes. Cada uno generaba un «ismo» específico a su zaga: maderismo, zapatismo, villismo, carrancismo, obregonismo, callismo, cardenismo. «¡Viva Madero!», proclamaba el lema pintado inacabablemente en los muros del país. «¡Vamonos con Pancho Villa!», gritaban los jinetes de la División del Norte, que seguían al «Centauro» impulsados por apego directo a su persona. «¡Por mi general Zapata!» luchaban y morían los campesinos de Morelos.

Este elemento carismático fue menos intenso en el caso de Carranza, comandante en jefe del ejército constitucionalista, o incluso en el del «invicto» general Obregón, pero en sus ejércitos reinaban una disciplina y obediencia absolutas. Con admiración y miedo, ambición y fe, los callistas eran leales a su Jefe Máximo, así como los cardenistas siguieron al más popular «señor presidente» que México haya visto jamás. Difícilmente podrá reducirse la Revolución mexicana a las biografías de siete personas, pero sin el conocimiento de las vidas específicas de estos personajes la Revolución mexicana se vuelve incomprensible. Habría de repetirse la experiencia del siglo xix: el poder encamado en figuras emblemáticas.

En estos hombres algo había de peculiar, original e incluso inocente. No se parecían a los conductores de otras revoluciones, que en nombre de la humanidad defendían principios abstractos, amplios sistemas ideológicos, prescripciones para la felicidad universal. Los caudillos, jefes y estadistas mexicanos actuaron de acuerdo con las modestas categorías que les eran propias. No tenían en cuenta la historia universal sino la historia de la patria. Exceptuando a Madero, no eran leídos ni instruidos, no habían viajado por el mundo y ni siquiera conocían por completo su propio país, sino apenas su propia región, su propio estado, su propio suelo natal. Al igual que los sacerdotes insurgentes, sus acciones estaban teñidas de actitud mesiánica: deseaban redimir, liberar, imponer justicia, presidir el advenimiento final del buen gobierno. Las historias locales de las cuales partieron, sus conflictos familiares, sus vidas antes de elevarse al poder, sus más íntimas pasiones, todos éstos son factores que podrían haber sido meramente anecdóticos de haberse encarnado en hombres sin trascendencia pública o en políticos que operaban en una democracia. Pero no pudieron serlo en México, donde la concentración del poder en una sola persona (tlatoani, monarca, virrey, emperador, presidente, caudillo, jefe o estadista) ha representado la norma histórica a lo largo de los siglos.

 

 


I

Místico de la libertad

Francisco I. Madero

 

 

Mejor cumplir lo propio malamente que hacer bien lo que toca a otra gente.

El que obra según su natural cumple consigo y no cae en el mal.

Baghavad Cita


Aurora espirita.

 

La saga de los Madero empezó con la vida y obras de Evaristo, hijo del agrimensor José Francisco Madero, descendiente de españoles nacido en 1775 que a raíz de la Independencia se había hecho de buenas propiedades como habilitador de tierras en la región de Coahuila y Texas. Al morir de cólera el padre en 1833, Evaristo tenía cinco años. Su infancia transcurre en su natal Río Grande, en Coahuila. Muy joven se inicia como ranchero y comerciante. A los diecinueve años se casa con Rafaela Hernández Lombraña, rica heredera de Monterrey, con quien procrearía siete hijos, el mayor de los cuales, nacido en 1849, se llamaría Francisco. En 1852 Evaristo muda su residencia a Monterrey, donde prospera su negocio de transportes. En los años sesenta aprovecha las carencias del mercado resultantes de la guerra de Secesión y exporta algodón. En la década siguiente, casado en segundas nupcias con la joven Manuela Parías -Rafaela había muerto en 1870-, Evaristo auna a sus empresas de transporte la hacienda El Rosario, la fábrica de telas La Estrella y la hacienda de San Lorenzo, en la que florecen antiguos viñedos. La vieja casa de Urdiñola, en Parras, erigida en 1593, se agrega también a su patrimonio.

En 1880, ya notablemente rico, Madero es elegido gobernador de su estado, Coahuila. Su gestión, que duró tres años -casi los mismos del entonces presidente Manuel González-, es memorable por varios hechos: impulsó la construcción de vías férreas y la educación, inauguró una nueva penitenciaría y un orfanatorio, combatió las alcabalas, abrió la zona carbonera de Monclova y. Río Grande. Aunque quiso fortalecer la institución del ayuntamiento, que en sus palabras era «baluarte de la soberanía popular ... libro rudimentario de la democracia», la nueva Constitución estatal que promulgó en 1882 tuvo rasgos centralistas. En 1883 se opone a la reelección de Porfirio Díaz y renuncia a su cargo, abriendo un periodo de inestabilidad en Coahuila que no concluiría parcialmente hasta fines de la década.

Separado de la política y distanciado del presidente, don Evaristo inicia otras empresas que con los años integrarían un auténtico emporio. Alrededor del núcleo principal de la Compañía de Parras —vitivinícola, algodonera, textil- y del negocio original de transportes, creó explotaciones mineras, molinos en Saltillo, el Golfo, Monterrey, Sonora y Yucatán; establecimientos ganaderos, el Banco de Nuevo León, la Compañía Carbonífera de Sabinas, la Guayulera de Coahuila, la fundidora de metales de Torreón y varias otras. A principios de siglo, en sus dominios no se ponía el sol.'"" Don Porfirio nunca vio con buenos ojos la hazaña de aquel norteño casi coetáneo suyo que sin apoyo del centro -y muchas veces en contra de él- había amasado una de las cinco mayores fortunas del país. Durante el trienio de su gobierno, Evaristo tuvo sobre sí la vigilancia permanente de agentes porfiristas, cuyo celo no menguó cuando aquél salió de la gubernatura. En 1893 estalla una rebelión de varios rancheros coahuilenses -entre ellos los hermanos de Venustiano Carranza, de Cuatro Ciénegas— contra la pretensión reeleccionista del gobernador Garza Galán.2 Don Porfirio -no sin razón- sospecha de Madero, por lo que escribe a su procónsul del noreste, Bernardo Reyes:

«Si encuentra usted datos bastantes de probar en juicio que Madero no es extraño a lo que está pasando, asegúrelo y hágalo conducir a Monterrey. Creo que éste es el motor de todo lo que pasa».

Aquella breve rebelión concluiría con la renuncia del gobernador a la reelección. Madero no fue conducido a Monterrey, pero don Porfirio y su procónsul lo tuvieron siempre en la mira. Al afirmarse José Ivés Limantour como mago de las finanzas porfirianas, estableció un vínculo natural con Madero que serviría a ambos para contrapesar la influencia de Reyes. Lo cierto es que al paso del tiempo el patriarca de los Madero se interesó cada vez menos en afectar la estabilidad del régimen de paz, orden y progreso que había permitido el progreso extraordinario de sus propias empresas.

En septiembre de 1908, rodeado de su vastísima familia —con su segunda mujer tuvo once hijos— y de sus empleados, obreros y peones, a los que había favorecido con obras tangibles, el patriarca celebró su octagésimo aniversario. En los brindis se habló de su aporte a la civilización, al trabajo y la caridad. Entre tanta felicidad, un solo pensamiento lo turbaba: bajo la mirada tutelar del espíritu de Benito Juárez, Francisco, su nieto mayor e hijo de su primogénito, escribía un libro contra el régimen de Porfirio Díaz. A don Evaristo aquella lucha le parecía más quimérica que la de David y Goliat. Era -según comentaría tiempo después- la batalla entre «un microbio y un elefante».3 Sin ver la continuidad de su propia biografía política en la de su nieto, el fundador de los Madero no acertaba a comprender cómo de su mismo tronco -robusto, viril y generoso- había nacido un hombre con vocación de redentor.

Francisco Ignacio Madero, hijo mayor del primogénito (Francisco Madero Hernández) de don Evaristo, nació el 30 de octubre de 1873 en la hacienda El Rosario, en Parras. Pequeño de estatura y frágil de salud, a los doce años ingresa en el colegio jesuita de San José, en Saltillo, del que le quedaría una profunda huella disciplinaria y moral, a despecho de los recuerdos contradictorios que asentaría en sus Memorias: «Me impresionaron fuertemente sus enseñanzas ... [pero] me hicieron conocer la religión con colores sombríos e irracionales» Hacia 1886, luego de un breve periodo de estudios en Baltimore, emprende una larga estadía en Francia. Durante un año asiste al Liceo Versalles y posteriormente a la Escuela de Altos Estudios Comerciales, donde permanece hasta su regreso a México, en 1892. En 1889 acude a la Exposición Universal en París. Tiempo después viaja por Bélgica, Holanda y Alemania. Sin embargo, no lo arroban el arte ni los países que visita, sino «el descubrimiento que más ha hecho por la trascendencia de [su] vida»: el espiritismo Esta doctrina, basada en la existencia, las manifestaciones y enseñanzas de los espíritus, había nacido a mediados del siglo xix en el estado de Nueva York, pero se propagó con vertiginosa rapidez en Francia gracias a su adopción por quien a la postre sería su principal profeta y fundador: Alian Kardec. Hacia 1854 había más de tres millones de espiritistas practicantes en el mundo y decenas de miles de médiums en Europa y América. Antes de morir, en 1868, Alian Kardec había escrito varios libros —entre otros, Le livre des esprits (1857), L'Evangile selon 1'espiritisme, Livre des médiums (1864)- y fundado la Revue Spirite y la Société Parisienne d'Etudes Spirites.

Cuando Francisco I. Madero hojea por primera vez la Revue Spirite -a la que su padre estaba suscrito-, la nueva fe, adoptada por hombres tan famosos como Flammarion y Víctor Hugo, se hallaba en plena expansión. Día a día cientos de peregrinos visitaban la tumba de Kardec o seguían a su discípulo León Denis. El joven Madero no tardó en apersonarse en las oficinas de la Société y adquirir la obra de Kardec. «No leí esos libros», escribe en sus Memorias: «los devoré, pues sus doctrinas tan racionales, tan bellas, tan nuevas, me sedujeron, y desde entonces me consideré espirita» Concurriendo a centros espiritas. Madero, inclinado desde sus años mozos en el colegio jesuíta al recogimiento espiritual, descubre su aptitud como «médium escribiente» (lazo de los espíritus con los seres humanos por medio de la escritura). Entre las obras que «devora» está El libro de los médiums de Kardec, donde aprende a desarrollar sus habilidades merced a arduas experimentaciones. Tras varios intentos infructuosos, un día su mano, autónoma y temblorosa, escribe: «Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo».

Más que la curiosidad por desentrañar fenómenos inexplicables como sillas que se mueven, teteras que silban o cuadros que cobran vida, y al margen también de todo eco literario —los espíritus que pueblan la realidad y los sueños de Shakespeare o los mundos astrales de Swedenborg—, a Madero lo incita la búsqueda moral de un vínculo entre el espiritismo y los Evangelios cristianos. «Fuera de la caridad no hay salvación», había escrito Kardec. Su discípulo mexicano solía resumir de modo parecido el fondo moral de la filosofía espirita: «Para mí no cabe duda de que la transformación moral que he sufrido la debo a la "mediumnimidad"».8 A pesar de que había realizado provechosamente estudios administrativos en París, su padre y su abuelo decidieron completar la educación de Francisco con un año de estancia en Berkeley, California.

Allí avanzó en su dominio del inglés y se instruyó en técnicas agrícolas, pero su aprendizaje fundamental se dio, de nueva cuenta, en el ámbito de lo moral y espiritual. A la sazón, en Berkeley se abría paso la «escuela progresivista», que buscaba aplicar los principios de la moralidad cristiana a los problemas sociales. No muy lejos, en Stanford, existía una iglesia abierta a todos los credos. Mientras que Anny Bessant revelaba entonces los misterios de la teosofía, los anarquistas de la IWW (International Workers of the Worid) propugnaban activa y violentamente un mundo sin opresión ni desigualdad. A sus veinte años. Madero no fue indiferente a esta conjunción de espiritualidad y moral pública. Vagamente coincidía con sus revelaciones parisienses.

En 1893 se encarga de la hacienda que la familia posee en San Pedro de las Colonias. Hacía tiempo que había dejado de ser un hombre frágil. Además de la incipiente mediumnimidad, en Europa había adquirido notable fuerza física, grandes aptitudes como nadador y bailarín, y medianas como flautista. Ahora era jovial, nervioso, hiperactivo. Muy pronto introduce con buen éxito el algodón estadounidense en la región del río Nazas, emprende obras de riego y convierte su coto en un modelo de pequeña propiedad. En 1899 da cuenta al papá (abuelo) Evaristo de diversos proyectos nuevos: entre otros, una compañía jabonera, una fábrica de hielo, un despepitador, compra de acciones, atención de terrenos en Cuatro Ciénegas, y arreglo de aguajes y cercas en Sierra Mojada para criar ganado cabrío. Ese mismo año promueve el establecimiento de un observatorio meteorológico cerca de la Laguna de Mayrán. Posteriormente escribiría un folleto sobre el aprovechamiento de las aguas del Nazas que le valdría la felicitación del mismísimo don Porfirio. Para entonces, su capital personal llegaba a la respetable suma de quinientos mil pesos Junto con una probada solvencia como administrador y empresario, desde su regreso del extranjero Francisco comenzó a desplegar una labor caritativa que, sin ser ajena a la tradición familiar —sobre todo la de los Madero-González—, lo alejaba de ésta debido a los extremos místicos a que él la llevaba. De su padre y su tío Catarino Benavides aprendió la homeopatía. Desde 1896 aquellos caminos vieron muchas veces a don Panchito, botiquín en mano, visitar a sus peones para recetarles nuez vómica, belladona, calcárea carbónica y mil otras medicinas que él mismo preparaba basándose en los tratados de homeopatía recomendados por don Catarino y los que él mismo se procuraba: en 1899 la compañía J. González Sucs., de la ciudad de México, recibe una carta del joven Madero ,en la que éste solicita tres libros: La salud de los niños. Medicina veterinaria y homeopática y Manual de la madre de familia.

Con todo, a fin de siglo Madero juzgó que su cuidado por la comunidad era insuficiente y comenzó a discurrir nuevas ideas y fundaciones. «En la ciudad», refiere uno de sus íntimos, «era de verse cómo lo asediaban los enfermos menesterosos a quienes proporcionaba alivio del dolor, consuelo de las penas y recursos pecuniarios.”.

En su propia casa de San Pedro, donde vivía con austeridad franciscana, Madero alimentaba a cerca de sesenta jóvenes. Allí fundó una especie de albergue en que ofrecía cama y comida a gente pobre. Sus trabajadores vivían en casas higiénicas, gozaban de buenos sálanos y eran examinados médicamente con regularidad. Junto a Sara Pérez, con quien se casaría en enero de 1903, Madero sostuvo a huérfanos, becó a estudiantes, creó escuelas elementales y comerciales, instituciones de caridad, hospitales y comedores populares." A principios de siglo, los negocios y la atención homeopática y social llenaban sus días pero no sus noches. En ellas estaba el secreto de su vocación. Hacía años que persistía en sus experimentos espiritistas cuando, en 1901, sintió o creyó sentir un cambio decisivo: la visita cotidiana del espíritu de su hermano Raúl, muerto en 1887 a la edad de cuatro años en un accidente dolorosísimo (sin querer, se había rociado sus ropas con el queroseno ardiente de una lámpara). Sobre lo verdadero o falso de la aparición de este y otros espíritus a Madero, el historiador —escéptico, en principio— no puede pronunciarse, aunque tampoco necesita hacerlo. Tanto si las revelaciones eran reales como si expresaban, más bien, una proyección inconsciente del poseído, el resultado es el mismo: conformaron el andamiaje de creencias que Madero desarrolló sobre sí mismo y que rigió su vida, independientemente de su origen astral o psicológico.

Al círculo espirita que organiza Francisco con otros cuatro amigos y parientes comienzan a acudir, según sus testimonios, además de «Raúl», almas de amigos desdichados, de tías muertas hacía años y aun de liberales legendarios recién fallecidos, como el general Mariano Escobedo. Aquellas arduas sesiones alrededor de la mesa circular de Francisco en San Pedro de las Colonias no eran excepcionales en Coahuila, tierra de sombras y desiertos en la que el paisaje tiene en sí mismo cualidades animistas. En tanto que entre el pueblo era común el saurianismo (de zahori) con su secuela de taumaturgia, miedos y visiones, las clases elevadas, de raíz criolla y católica pero por siglos alejadas geográfica y culturalmente del centro religioso del país, se abandonaban a nuevas vivencias místicas más acordes con la soledad física y social que las rodeaba.

A partir de aquel año de 1901, el «espíritu» de Raúl —llamémosle también así— inculca en Francisco hábitos extremos de disciplina, abnegación y pureza, tratando siempre de ayudarlo a «dominar la materia» en favor de las «cuestiones del espíritu». Bajo aquella férula intangible, Francisco se torna vegetariano y madrugador, deja de fumar y destruye sus cavas privadas. Pero los ritos de limpieza a que se somete no tienen sentido ascético sino activo. «Sólo practicando la caridad en la más amplia acepción de la palabra», escribe, a través suyo, «Raúl», «podrás tener en este mundo la única felicidad.» «Socorrer» a los demás debía ser su misión y la de su familia.

«Ustedes no son dueños de las riquezas y deben darle a éstas el mejor empleo que les ordene el verdadero dueño del cual ustedes son sirvientes [...] Las únicas riquezas que tienen son las buenas obras que hacen.» Francisco podía «hacer mucho bien» a los pobres «curándolos» con sonambulismo, magnetismo y homeopatía. El espiritismo constituía una «poderosa palanca» para evitar que tanta gente sufriera «los tormentos del hambre y del frío». Sin dilación. Francisco intensifica entonces su cruzada caritativa, invariablemente acompañada de la prevención de consultar al «espíritu» en solicitud no sólo de consejos específicos sobre la pertinencia de una cura o una medicina, sino de orientación sobre la veracidad de los sufrimientos y peticiones de los pobres que lo acosan como a un hombre-maná. El celoso «espíritu» de Raúl perfila en el alma de Francisco una ética del desprendimiento fundada en la culpa.

A sus inquietudes por la posibilidad de quedarse soltero, «Raúl» le responde: «No es la falta de matrimonio una misión sino una expiación». Si se quedaba soltero seria por castigo a las faltas cometidas en su vida o en encarnaciones anteriores. Hacia el mes de septiembre de 1901, en vísperas de un viaje, «Raúl» amonesta:

«Si vas a Monterrey, procura dejar a todos tus pobres con lo necesario para que vivan mientras estés ausente, pues es una crueldad que porque tú andes en Monterrey paseándote y divirtiéndote, vayan a sufrir algunos infelices de todos los horrores del hambre» A fines de 1902 «Raúl» sugiere la invocación de otras almas.

Mientras éstas llegan, el 2 de abril de 1903 el gobernador de Nuevo León, Bernardo Reyes, reprime con violencia una manifestación opositora. El joven Madero se impresiona con las noticias. Por la familia conocía ya la historia de las imposiciones políticas de Porfirio Díaz, sobre todo en el estado de Coahuila. Pero ahora la historia se hacía presente y tangible. Meses más tarde el evanescente «espíritu» de Raúl le indica otro rumbo:

«Aspira a hacer bien a tus conciudadanos, haciendo tal o cual obra útil, trabajando por algún ideal elevado que venga a elevar el nivel moral de la sociedad, que venga a sacarla de la opresión, de la esclavitud y el fanatismo» Aquélla fue, en sentido estricto, una iluminación. La vertiente más amplia de la caridad se llamaba política. «Los grandes hombres», señalaba premonitoriamente el «espíritu», «derraman su sangre por la salvación de su patria.» A medida que su recién descubierta vocación se perfilaba, Madero concentró sus energías en dar los primeros pasos dentro del nuevo «campo de combate». En 1904 entablaría cerrada batalla electoral en su municipio.

Un año más tarde, la espiral democrática se ensanchó, convirtiéndose en una dinamo política en las elecciones del estado de Coahuila.

Pero no por eso abandona sus actividades espiritistas. Devotamente recibe y lee La Aurora Espirita, mantiene correspondencia fervorosa con «correligionarios» de varias ciudades del país, y en medio de sus negocios y afanes políticos encuentra tiempo para escribir artículos sobre temas un tanto vastos -Dios y la creación- en La Grey Astral.

Significativamente, no firma estos artículos con su nombre sino con el de su alter ega, el dubitativo príncipe del Baghavad Cita a quien el dios Krishna revela los secretos de la vida: Arjuna.

 


Elegido por la Providencia.

 

 En los primeros meses de 1905 y con vistas a su tercera reelección como gobernador del estado de Coahuila, Miguel Cárdenas confiaba al sempiterno presidente Porfirio Díaz sus preocupaciones: «Si bien los señores Madero no sacan la mano, siguen gastando dinero en algunas maniobras políticas. No juzgo remoto que el señor Madero, animado por la pasión política que le ha acometido y por los recursos pecuniarios con que cuenta, pueda promover algunas dificultades y llegar hasta el escándalo» Tenía motivos para preocuparse. Había surgido un fuerte movimiento oposicionista. El joven Madero, a quien muy pronto comenzarían a tildar de «chiflado» y «desequilibrado», apoyaba la candidatura de Frumencio Fuentes mediante una activa organización de clubes políticos y con el financiamiento de El Demócrata y El Mosco, periódicos de opinión y sátira, respectivamente. El presidente consultó al general Reyes si convendría encarcelar a Madero, lo que el procónsul desaconsejó, sugiriendo en cambio estacionar en la región Lagunera un buen escuadrón de caballería y persuadir al viejo Francisco de la necesidad de aquietar a su hijo. Finalmente, las elecciones se llevaron a cabo con relativa paz a mediados de septiembre. El esperado resultado, por supuesto, fue favorable al candidato oficial Al sobrevenir este segundo fracaso electoral en su carrera política —el primero había sido en su propio municipio de San Pedro de las Colonias en 1904—, Madero no pierde la fe: publica un manifiesto en el cual declara que la soberanía del Estado ha sido siempre «un mito» y lamenta que «el esfuerzo hubiese sido nulificado en las juntas de escrutinio por las chicanas oficiales». La derrota no lo aquieta: lo alerta.

Presintiendo que la curva de su espiral democrática abarcará en unos años a la nación entera, decide no impugnar el resultado de los comicios estatales. Por esos días escribe a su hermano Evaristo pidiéndole que regrese de París para intervenir en «la gran lucha política que se está preparando para el futuro».

Una vez tocado por su misión, nace el apóstol. No es un maestro de la verdad o de la revelación, porque no tiene ni busca discípulos.

Tampoco es un sacerdote laico, porque no ejerce sedentaria y profesionalmente su credo. Menos aún es un profeta, porque no anuncia el futuro ni levanta su voz para anatematizar el orden presente. Es un «predicado?^ un médium de espiritualidad política que encarna y lleva un mensaje de cambio a todos los lugares a través de la palabra.

A su casa franciscana de San Pedro de las Colonias comienzan a llegar decenas de cartas de tema político que contesta con emoción y diligencia. Una de sus respuestas, escrita en plena batalla electoral (junio de 1905) a su «estimado amigo y correligionario» Espiridión Calderón, vale por todas. En ella está Madero de cuerpo —es decir, de alma— entero:

«Con personas que tienen su fe y su resolución nunca se pierde, pues aunque los ideales que uno persigue no se realicen tan pronto como uno deseara, cada esfuerzo nos acerca a su realización.

»Si (contra lo que espero) somos derrotados en esta lucha, nuestros esfuerzos no habrán sido vanos. Habremos depositado la semilla de la libertad y tendremos que cultivarla cuando germine hasta que llegue a ser el frondoso árbol que cubra con su sombra bienhechora.

»Hace veinte siglos Jesús depositó la semilla del amor: "Amaos los unos a los otros", y aún vemos guerras terribles. Las naciones se arruinan sosteniendo ejércitos inmensos, marinas formidables y en Extremo Oriente se han derramado torrentes de sangre sólo por el capricho de un hombre, de un déspota orgulloso y vano que no ha vacilado en sacrificar a su orgullo las riquezas, la sangre y la honra de los rusos.

»Sin embargo, aquella semilla ha germinado. La humanidad ha progresado. Los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad empiezan a regir en muchas partes del mundo y no está lejano el día en que dominen en el mundo entero ... poco a poco irán destruyéndose las tiranías, y la libertad, que traerá consigo más Justicia y más Amor, hará que se cumplan las palabras del Crucificado» La bondad de Madero se ha confundido siempre con cierta ingenuidad. Nada más remoto a esta inteligencia fervorosa y despejada que la inocencia. Desde 1905 traza, con precisión matemática, un plan para democratizar México. El primer paso es afianzar relaciones con los elementos independientes, como el tenaz periodista liberal Filomeno Mata, como Fernando Iglesias Calderón o Francisco P. Sentíes.

En 1906 apoya pecuniaria y moralmente a Ricardo Flores Magón, pero muy pronto rechaza su voluntarismo revolucionario no sólo en términos morales sino políticos. (Según Madero, «el pueblo vería favorablemente una campaña democrática» en 1909. La historia no lo desmintió.) A Paulino Martínez —encarcelado por el régimen— le envía dinero en 1906 y le aconseja desistir de sacrificios estériles, optar por una labor de crítica prudente y darle tiempo al tiempo.

La política no desplaza al espiritismo: nace de él. En abril de 1906 Madero acude, como delegado del Centro de Estudios Psicológicos de San Pedro de las Colonias, al Primer Congreso Nacional Espirita. Allí sostiene el argumento de que el espiritismo es síntesis suprema de religión y ciencia.

Hacia 1907 un espíritu más militante guiaba sus pasos: «José». Madero transcribe primero sus comunicaciones en hojas de papel, pero a medida que la tensión mística aumenta adquiere un cuaderno de pastas duras en el que vierte, con letra clara y segura, los dictados de «José». El sentido de su prédica es en el fondo similar al de «Raúl» en 1901. Pero los ejercicios espirituales a los que «somete» a Francisco y los objetivos de la misión política que le impone son mucho más amplios, precisos e intensos.

Al releer ese cuaderno, intacto después de casi ochenta años, resulta imposible no recordar a Ignacio de Loyola (en cuyo honor se dio a Madero su segundo nombre). Cada página es una lucha contra el «yugo de los instintos», un despliegue de «esfuerzos gigantescos por vencer la animalidad ... la naturaleza inferior ... el descenso a los más tenebrosos abismos». Para lograrlo, el espíritu «José» recurre, como «Raúl», a la culpa, e incluso a la abierta amenaza de abandonar a Francisco para siempre. Pero el mayor acicate no era el miedo sino la promesa de recompensa: si dominaba sus pasiones inferiores, le advertía, «podríamos hacer algo útil, eficaz y de verdadera trascendencia para el progreso de tu patria». Y no sólo México vería sus frutos, también el obediente Francisco y su esposa, que así podrían engendrar la descendencia que anhelaban.

Los métodos de aquella doma fueron terribles: «ardientes oraciones», «tristísimas reflexiones» y «propósitos firmísimos de purificación» seguían a cada pequeña caída en el fango del instinto. «José» le recomendaba «no dejar ni un momento la mente desocupada», «curar seguido», hacer emanaciones, rezar, «comunicarse cuando menos una vez al día con nosotros», «releer con frecuencia las comunicaciones», apartarse a un «solitario lugar» —probablemente un tapanco en su hacienda— donde podría absorber «fluidos purísimos»:

«Procura abstraerte completamente del mundo externo y encerrarte dentro de ti mismo en el mundo interno, en donde reina perfecta calma y un silencio profundo a la vez que majestuoso».

«Que una disciplina severa domine todos tus actos», le ordena de pronto, en apoyo de «José», otro espíritu, «que todas tus acciones respondan a un plan.»2" El plan se delinea con nitidez. Además de sostener -de acuerdo con los dictados del «espíritu»- una creciente prédica político-epistolar con correligionarios de Coahuila y el resto del país, en 1907 Madero escribe en diarios de oposición que a menudo también financia.

Conforme logra en 1907 la doma de su «naturaleza inferior» (que lo llevó probablemente a la abstinencia sexual), el «espíritu» revela al espirita su misión. En octubre de 1907, convencido ya del triunfo de su discípulo y «hermano» sobre la materia, en el solitario tapanco de aquella hacienda tiene lugar, en sentido estricto, una quijotesca ceremonia de ordenación:

«Póstrate ante tu Dios para que te arme caballero, para que te cubra con sus divinas emanaciones contra los dardos envenenados de tus enemigos ... [Ahora eres] miembro de la gran familia espiritual que rige los destinos de este planeta, soldado de la libertad y el progreso ... que milita bajo las generosas banderas de Jesús de Nazareth ...».

Ese mismo mes el espíritu le advierte la cercanía de la lucha y le ordena: «Lee historia de México ... a fin de que cuanto antes principies tu trabajo». Mediante el esfuerzo y la abnegación, «1908 será ...

la base de [tu] carrera política»: «el libro que vas a escribir va a ser el que dé la medida en que deben apreciarte tus conciudadanos».

Para preparar aquel libro, Madero entró desde fines de 1907 en un estado de creciente tensión mística. «Aconsejado» por el implacable «José», se levanta más temprano, se acuesta tarde, suprime con gran dificultad la religiosa siesta, come poco, no toma alcohol, esquiva el ocio y las personas, y traza un plan detallado de lecturas que incluye todo el México a través de los siglos. Mientras avanza, el espíritu lo anima: «No te das cuenta del poder que tienes». En noviembre de 1907 le susurra al oído por primera vez: «Estás llamado a prestar importantísimos servicios a la patria». En enero de 1908 utiliza palabras y un tono aún más sacramentales: «Estás predestinado para cumplir con una misión de gran importancia ... la corona la tendrás de todas maneras, pero tus actos en este año determinarán si será de laurel o de espinas». En junio, «José» no sólo le prescribe la vigilia sino el sueño:

«Hacer tus oraciones, tus emanaciones, tus inspiraciones y luego, bajo la influencia de las emanaciones, concentrar la vista en la bola de cristal por espacio de quince minutos, proponiéndote automagnetizarte y entrar en sueño lúcido durante veinte minutos. Antes de dormirte te formarás el propósito del asunto que quieres investigar durante tu sueño, entendido que ha de tener algún objeto elevado, armónico con tus más nobles aspiraciones».

Hacia agosto de 1908 Madero concluye su investigación. Para entonces habían cesado por completo las prédicas contra los instintos.

No las necesitaba: su reino ya no era de este mundo.

En septiembre y octubre de 1908 el libro va tomando forma. Casi siempre en español, pero a veces en francés, «José» alienta a Francisco con excelentes consejos de organización intelectual. Al faltar ya solamente los tres capítulos finales del libro, «José» le confirma los mejores augurios:

«Nuestros esfuerzos están dando resultados admirables en toda la República y en todas partes se nota cierto fermento, cierta ansiedad, que tu libro va a calmar, a orientar y que tus esfuerzos posteriores van a encauzar definitivamente. Cada día vemos más claro el brillante triunfo que va a coronar tus esfuerzos. Ahora sí podemos asegurarte, sin temor a incurrir en un error, que el triunfo de ustedes es seguro en la primera campaña».

En opinión de «José», el enemigo lo era cada vez menos. Mientras en el país se seguía creyendo, a despecho de sus reiteradas promesas incumplidas, en la omnipotencia de don Porfirio, Madero y sus espíritus disentían:

«Ya no tiene el vigor de antes y su energía ha decaído considerablemente, a la vez que las poderosas pasiones que lo movían se han ido amortiguando con los años. Ni los que lo rodean sienten el apego a su persona que sentían hace algunos años, pues con tanto tiempo de poder absoluto se ha hecho cada día más déspota con los que lo rodean, que le sirven por miedo o por interés, pero no por amor».

El 30 de octubre de 1908, al cumplir sus treinta y cinco años y casi concluido su trabajo, Madero apunta en su cuaderno de mediummmidad un mensaje de «José», decisivo e impecable no en términos ortográficos sino biográficos.

«Sobre tí pesa una responsabilidad enorme. Has visto ... el precipicio hacia donde se presipita [sic] tu Patria. Cobarde de tí si no la previenes ... tú has sido elejido [sic] por tu Padre Celestial para cumplir una gran misión en la Tierra ... es menester que a esa causa divina sacrifiques todo lo material, lo terrenal y dediques tus esfuerzos todos a su valorización».

A mediados de noviembre se registra una comunicación aún más importante:

«El triunfo de usted va a ser brillantísimo y de consecuencias incalculables para nuestro querido México. Su libro va a hacer furor por toda la República ... al G[eneral] D[Díaz] le va a ... infundir verdadero pánico ... Usted tiene que combatir un hombre astuto, falso, hipócrita. Pues ya sabe cuáles son las antítesis que debe proponerle:

contra astucia, lealtad; contra falsedad, sinceridad; contra hipocresía, franqueza».

Lo firmaban dos iniciales: «B.J.» Con el aval del espíritu «José» y con la bendición ultraterrena del mismísimo Benito Juárez, Madero ya sólo necesitaba el permiso de su padre, sin el cual no podía cortar con los «últimos eslabones de su naturaleza inferior». Antes de solicitarlo, concluye la obra que defendería «los intereses del pueblo desventurado» y vierte la última comunicación en el cuaderno. El espíritu le confirma una vez más el buen «desenlace del gran drama que se dará en el territorio nacional el año de 1910»; pero, al calce, «José» comete el error de firmar con un nombre distinto: Francisco I. Madero.

Luego de dar a las prensas su libro, Francisco se retira absolutamente solo por cuarenta días y sus noches al desierto contiguo a su rancho Australia." Al despuntar el nuevo año escribe a su padre una carta en que expone los motivos para publicar el libro, a más tardar, el de ese mes. Sus argumentos de fondo no son de índole política:

«Entre los espíritus que pueblan el espacio existe una porción que se preocupa grandemente por la evolución de la humanidad, por su progreso, y cada vez que se prepara algún acontecimiento de importancia en cualquier parte del globo, encarna gran número de ellos, a fin de llevarlo adelante, a fin de salvar a tal o cual pueblo del yugo de la tiranía, del fanatismo, y darle la libertad, que es el medio más poderoso de que los pueblos progresen» El era uno de esos espíritus. «He sido elegido por la Providencia», explicaba a su padre; «no me arredran la pobreza ni la prisión, ni la muerte.».

«Creo que sirviendo a mi patria en las actuales condiciones cumplo con un deber sagrado, obro de acuerdo con el plan divino que quiere la rápida evolución de todos los seres y, siendo guiado por un móvil tan elevado, no vacilo en exponer mi tranquilidad, mi fortuna, mi libertad y mi vida. Para mí, que creo firmemente en la inmortalidad del alma, la muerte no existe; para mí, que tengo gustos tan sencillos, la fortuna no me hace falta; para mí, que he llegado a identificar mi vida con una causa noble y elevada, no existe otra tranquilidad que la de la conciencia y sólo la obtengo cumpliendo con mi deber.».

Don Francisco vacila, pero el hijo insiste; el libro ya estaba escrito. El había sido «elegido por la Providencia» para escribirlo. A riesgo de «pagar con su vida por el fracaso», necesitaba el permiso que días después, por telegrama, finalmente obtuvo. El 23 de enero agradece al padre con estas palabras:

«Ahora sí ya no tengo la menor duda de que la Providencia guía mis pasos y me protege visiblemente, pues en el hecho de haber recibido su bendición veo su mano, en la circunstancia de haberlo presentido tan claramente distingo su influencia, percibo su modo de guiarme, de dirigirme y de alentarme, pues si el laconismo forzoso del telegrama sólo me trajo su resolución definitiva, la visión que tuve anoche me reveló que esa resolución era sin violencia, obedeciendo a sus más nobles sentimientos, y aunque hacían un sacrificio sublime, se quedaban llenos de confianza en el porvenir, aceptaban con noble serenidad las consecuencias de la nueva vida de actividad y de lucha que se inicia».

Al entrar en la liga de la política nacional. Madero no lanzaba un manifiesto, no emitía una proclama, no profería un grito. Realizaba algo mas convincente e insólito: publicaba el producto de aquellas sesiones fervorosas. La sucesión presidencial en 1910. La primera edición salió a la luz a principios de 1909 y se vendió como pan caliente.

Vale la pena recordar sus ideas principales, porque ha llovido tanta tinta sobre el maderismo que pocos se acuerdan ya de lo que dijo Madero. El libro -dedicado a los constituyentes del 57, a los periodistas independientes y a los «buenos mexicanos que muy pronto se revelaran al mundo por su entereza y su energía»- admite quizá ser resumido en dos fórmulas casi homeopáticas: diagnóstico del mal mexicano y receta para curarlo.

El mal mexicano, consecuencia natural del militarismo que asoló todo nuestro siglo xix, era para Madero el poder absoluto, el poder en manos de un solo hombre. No hay progreso real que lo resista ni hombre infalible que lo ejerza con equilibrio. El ejemplo -decía Madero- está a la vista: en 1905, el pequeño Japón, fortalecido por la democracia, humilla al enmohecido Imperio ruso. Madero desplegaba cierto conocimiento de cultura latina y familiaridad moral con los liberales de la Reforma y la República Restaurada, a los que había leído cuidadosamente. El libro aportaba varios ejemplos históricos pertinentes sobre el poder absoluto, pero ninguno tan efectivo como el del propio zar mexicano. Era veneno puro transcribir para la opinión pública en 1909 los planes porfiristas de La Noria (1871) y Tuxtepec (1876), y recordar que la bandera con que había llegado Díaz al poder era, justamente, la no reelección: «Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder», proclamaba el chinaco Díaz en 1871, «y ésta será la última revolución». Lo cierto -escribía Madero- es que al general Díaz -por lo demás hombre moderado honesto y patriota- lo obsesionaba desde entonces una idea fija- conquista el poder y retenerlo costara lo que costase. Sus paniaguados opinaban que era el hombre «necesario», «el buen dictador» pero el balance de sus treinta años de administración arrojaba -cuando menos en dos sentidos— números rojos.

En el frágil activo. Madero le reconocía, entre otras cosas, gran progreso material (aunque al precio de la libertad), algún auge agrícola (aunque no sin importación de cereales), industria boyante (aunque monopolica y subsidiaria), paz indudable (a costa de sacrificar la vida política). El pasivo, en cambio, era, en palabras de Madero, «aterrador»: la «fuerza bruta» en Tomochic, la esclavitud del pueblo yaqui la represión de obreros en Cananea y Río Blanco, analfabetismo concesiones excesivas a Estados Unidos y feroz centralización política Llagas sociales, económicas y políticas que se traducían en algo peorllagas morales. Según Madero, el poder absoluto había inoculado en el mexicano «... la corrupción del ánimo, el desinterés por la vida pública, un desdén por la ley y una tendencia al disimulo, al cinismo, al miedo.

En la sociedad que abdica de su libertad y renuncia a la responsabilidad de gobernarse a sí misma hay una mutilación, una degradación, un envilecimiento que pueden traducirse fácilmente en sumisión ante el extranjero ...».

«Estamos durmiendo», profetizaba Madero, «bajo la fresca pero dañosa sombra del árbol venenoso ... no hay que engañarnos, vamos a un precipicio.».

Si don Porfirio tenía su idea fija (el poder), don Pancho tenía la suya (poner límites al poder). Con buena lógica, y en un lenguaje que hasta sus detractores consideraron «virilmente franco y accesible a todas las inteligencias». Madero proponía el remedio: restaurar las prácticas democráticas y la libertad política que iguala a los hombres ante la ley; volver, en suma, a la Constitución del 57. Para ello había que organizar un Partido Nacional Democrático bajo el lema «Libertad de sufragio, no reelección». Díaz podía ser reelegido libremente, retirarse a la vida privada o, como transacción, podría seguir en la presidencia por un periodo más —hasta sus ochenta y seis años—, pero admitiendo la libertad de sufragio para la vicepresidencia y parte de las gubernaturas y cámaras. Lo que Madero proponía, en fin, era hacer efectivas las palabras del propio Díaz en la entrevista con Bulnes en 1903: «Usted no es capaz de encontrar un sucesor más digno ...

que la ley» El 2 de febrero de 1909, Madero envía su libro al «Gran Elector» con la pálida esperanza de volverlo, más bien, «el gran lector». Acompaña el libro de una carta firme, respetuosa, noble, en la que explícitamente le ofrece la inmortalidad histórica a cambio de la democracia:

«Para el desarrollo de su política, basada principalmente en la conservación de la paz, se ha visto usted precisado a revestirse de un poder absoluto que usted llama patriarcal ... La nación toda desea que el sucesor de usted sea la Ley, mientras que los ambiciosos que quieren ocultar sus miras personalistas y pretenden adular a usted dicen que "necesitamos un hombre que siga la hábil política del general Díaz" ... si por convicción, o por consecuentar con un grupo reducido de amigos, quiere usted perpetuar entre nosotros el régimen de poder absoluto, tendrá que constituirse en jefe de partido, y aunque no entre en su animo recurrir a medios ilegales y bajos para asegurar el triunfo de su candidatura, tendrá que aprobar o dejar sin castigo las faltas que cometan sus partidarios y cargar con la responsabilidad de ellas ante la historia y ante sus contemporáneos - " me he tomado la libertad de dirigirle la presente, es porque me creo con el deber de delinearle a grandes rasgos las ideas que he expuesto en mi libro y porque tengo la esperanza de obtener de usted alguna declaración que publicada y confirmada muy pronto por los hechos, haga comprender al pueblo mexicano que ya es tiempo de que haga uso de sus derechos cívicos y que, al entrar por esa nueva vía, no debe ver en usted una amenaza, sino un protector; no debe considerarlo como el poco escrupuloso jefe de un partido, sino como el severo guardián de la ley como la grandiosa encarnación de la patria» En algún lugar de la vía Láctea ‘Raúl’ y ‘José’ sonrieron satisfechos.

 


Los hechos del «Apóstol»

 

 En ese momento Madero inicia la mayor enseñanza práctica de democracia ejercida por un hombre en toda la historia mexicana. El secreto del «Apóstol de la Democracia», como empezaba ya a conocérsele, era claro y sencillo: desplegar frente a la mística de la autoridad, encarnada en Porfirio Díaz, una mística inversa: la mística de la libertad. «Soy ante todo», solía repetir, «un demócrata convencido.».

Posteriormente, del 27 de febrero a mediados de junio de 1909, encabeza en la ciudad de México los trabajos del Centro Antirreeleccionista que se funda en mayo. Al mes siguiente aparece el primer número de El Antirreeleccionista, dirigido por el joven filósofo y abogado José Vasconcelos y en cuyas páginas colaboran Luis Cabrera, Toribio Esquivel Obregón y Federico González Garza. En junio se expide también el primer manifiesto del Centro, que firman, entre otros, viejos personajes de la oposición, como Emilio Vázquez Gómez, Filomeno Mata y Paulino Martínez. Para entonces Madero ha vendido ya una porción considerable de sus bienes —castigando el precio- para obtener liquidez. Así pudo financiar buena parte de los trabajos antirreeleccionistas e iniciar una serie de largos recorridos por la República acompañado de una escasa comitiva La primera gira toca Veracruz (lo aclaman dos mil personas), Progreso (tres mil lo vitorean), Mérida, Campeche, Tampico, Monterrey (acuden tres mil personas) y concluye en San Pedro de las Colonias, En varios lugares, grandes y pequeños, por donde pasa, Madero funda un club antirreeleccionista. En septiembre viaja por su estado natal y recibe la buena nueva de que el general Reyes ha dejado plantados a sus partidarios aceptando del presidente una misión militar de segundo orden en Europa. En octubre, exhausto por la tensión política y espiritual, Madero enferma y se recluye cinco semanas en Tehuacán, desde donde mantieie correspondencia abundantísima con cientos de simpatizantes de toda la República.

En diciembre, acompañado del elocuente Roque Estrada, inicia su segunda gira. Recorre Querétaro, Guadalajara (seis mil personas). Colima (mil). Mazarían (dos mil en el Circo Atayde), Culiacán (donde declara: «Venimos a predicar la democracia»), Navojoa (lo recibe Benjamín Hill), Alamos, Guaymas (José María Maytorena encabeza a tres mil personas), Hermosillo, Nogales, Ciudad Juárez, Chihuahua (conoce a Pancho Villa), Parral (se le recibe con gran fiesta). Torreón, y vuelve a San Pedro de las Colonias.

El fervor político no le impide comunicarse con sus espíritus. Lo hace con infalible puntualidad. Tampoco desvanece en él al médico de almas. En aquel año de 1909, el gobernador de Coahuila -Jesús de Valle- y su hijo, Artemio de Valle Arizpe, lo vieron en una calle dando «pases curativos» a un borracho.

A principios de 1910, Madero funda el diario El Constitucional, que al poco tiempo encargaría a Heriberto Frías, y empieza una tercera gira por Durango (donde, desacertadamente, elogia la política de conciliación de Porfirio Díaz), Zacatecas, Aguascalientes (acuden ocho mil personas) y San Luis Potosí. En cada etapa, la comitiva es vitoreada, pero sufre las más variadas formas de obstrucción que le preparan las autoridades. Días antes de la convención nacional del partido, la obstrucción se intensifica. El gobierno central desarrolla una acción múltiple contra los intereses económicos de la familia Madero: interviene -sin éxito, porque el público sólo acepta su moneda- al Banco de Nuevo León, presiona al fundador de la dinastía, acusa penalmente a Madero de «robo de guayule» y dicta contra él orden de aprehensión, que no se hace efectiva, entre otros azares, por la intercesión de Limantour, cerebro financiero del régimen de Díaz y amigo de los Madero.

En abril de 1910 Madero preside por fin la convención del Partido Antirreeleccionista, que capitaliza, además del propio, el impulso del reyismo sin Reyes. En su discurso. Madero advierte contra el fraude electoral: «La fuerza será repelida por la fuerza». Lo cierto es que Madero no quería la revolución, sino un cambio pacífico, electoral, democrático. Pero el día anterior a la convención había'sostenido una entrevista con el propio presidente Díaz a raíz de la cual cambia, en definitiva, de parecer. Sintió que trataba con un «niño o un ranchero ignorante y desconfiado»: «No se puede hacer nada con él», pensó. Madero pidió garantías. Don Porfirio respondió que «tuviera confianza en la Suprema Corte», a lo cual Madero contestó no con un argumento sino con una «franca carcajada»: «Conmigo no dan resultado esas bromitas». A Adrián Aguirre Benavides le confió sus impresiones:

«Te aseguro que el general Díaz me causó el efecto de estar completamente decrépito; no le encontré ninguna de las cualidades que le encuentran quienes lo han entrevistado, pues ni me pareció imponente, ni hábil, ni nada. Por el contrario, tuve la oportunidad de "semblantearlo" por completo. Conocí todos sus proyectos, hasta los que tiene para dentro de unos dos o tres años, mientras que él no supo nada de los nuestros ... no me impresionó absolutamente la entrevista que tuve con él y [creo] que más bien él ha de haber estado convencido de que no logró imponérseme y que no le tengo miedo.

El general Díaz ha comprendido por fin que sí hay ciudadanos bastante viriles para ponerse frente a frente. Porfirio no es gallo, sin embargo habrá que iniciar una revolución para derrocarlo» En mayo Madero inicia su cuarta gira. El ascenso del antirreeleccionismo es vertiginoso, los mítines son más riesgosos e intensos. En Puebla lo aclaman treinta mil personas; en Jalapa, diez mil; en Veracruz sostiene que su programa busca recuperar los derechos de los individuos, las libertades de los municipios y la autonomía de los estados. En Orizaba, escenario de la matanza de Río Blanco, pronuncia frente a veinte mil obreros uno de sus discursos definitorios de política social, anclado en el liberalismo clásico:

«Vosotros deseáis libertad, deseáis que se os respeten vuestros derechos, que se os permita agruparos en sociedades poderosas, a fin de que, unidos, podáis defender vuestros derechos; vosotros deseáis que haya libertad de emitir el pensamiento, a fin de que todos los que aman al pueblo, todos los que se compadecen de vuestros sentimientos, puedan ilustraros, puedan enseñaros cuál es el camino que os llevará a vuestra felicidad; eso es lo que vosotros deseáis, señores, y es bueno que en este momento, que en esta reunión tan numerosa y netamente democrática, demostréis al mundo entero que vosotros no queréis pan, queréis únicamente libertad, porque la libertad os servirá para conquistar el pan».'3 De Veracruz siguió a Guanajuato, Jalisco y, otra vez, la capital de México. En cada lugar lo vitorean. Lo que Madero renueva es el ideal del liberalismo por el que muchos mexicanos habían luchado en las guerras de Reforma e Intervención. Hubo quien pensó que con él se acabarían los impuestos, los prefectos y las autoridades. «Lo inmenso de aquella arenga apostólica», recuerda su fiel amigo Roque Estrada, «era una tremenda sinceridad iluminada y una fe profundamente sentida por la causa.». «Oyéndolo decir tantas verdades», escribe Manuel Bonilla, «era evidente que encarnaba al verdadero apóstol.» No lo disuade la oposición familiar que encabeza el patriarca don Evaristo, quien, como prevención, lega casi todos sus bienes a la apolítica familia de su segunda mujer. Sin romper lazos con los parientes. Francisco acaba por convencer a los familiares más cercanos.

A principios de junio de 1910 emprende la que sería su quinta y última gira. En Saltillo y San Luis Potosí sufre serias hostilidades. Por fin, en Monterrey, el gobierno se decide a apresarlo. Además de iluminar aún más con ese hecho su aureola de apóstol, la acción —en la que quizá don Porfirio no tuvo injerencia directa, o si la tuvo demostró con ello la pérdida de sus facultades— era torpe, contraproducente y tardía. Madero había visitado ya 22 estados y fundado no menos de cien clubes. Era natural que encontrara los arrestos para escribir al presidente de modo abierto y usando palabras que debieron de herir las entrañas «paternales de Porfirio»:

«Con esa actitud se demuestra que usted y sus partidarios rehuyen la lucha en el campo democrático porque comprenden que perderían la partida. La nación no quiere ya que usted la gobierne paternalmente (como dice usted que pretende gobernarla)» Desde la prisión de San Luis Potosí, adonde se le traslada a fines de junio. Madero prosigue con un ritmo febril sus relaciones epistolares. A todos les infundía el mismo ánimo: «Pueden tener la seguridad todos ustedes de que no flaquearé ni un solo momento». Y no flaquea, en efecto, cuando los resultados electorales de los primeros días de julio le son adversos. Para no dejar expediente legal sin cubrir en el camino, su partido somete al Congreso un vasto y detallado memorial sobre el fraude en las elecciones que, por supuesto, no encuentra mayor eco. Para Madero, que escapa a San Antonio, Texas, el 6 de octubre, y para sus correligionarios en toda la República y en el exilio, el des