VIDA DE DIEGO DE ALMAGRO

DESCUBRIDOR DE CHILE

Por

Miguel Luis Amuinátegui

 

CAPITULO PRIMERO

I

Contrato celebrado por Luque, Pizarro y Almagro para el descubrimiento y conquista del Perú.

El 10 de marzo de 1526, los vecinos de la ciudad de Panamá asistían en su iglesia parroquial a una ceremonia muy característica del lugar y época, pero que sin embargo despertó en la mayor parte de ellos un vivo sentimiento de compasión y tristeza. El párroco Fernando de Luque celebraba la santa misa. Estaban arrodillados al pie del altar, oyéndola con recogimiento, dos españoles llamados Francisco Pizarro y Diego de Almagro, mayores ya de cincuenta años, pero todavía vigorosos y alentados, aunque era evidente que las fatigas de la guerra, más que el rigor de la edad, habían causado estragos en sus personas. Llegado el momento de la consagración, el sacerdote partió la hostia en tres porciones, dió con dos de ellas la comunión a los dos personajes de que he hablado, y consumió enseguida él mismo la tercera.

Entre tanto, muchos de los concurrentes lloraban como si lo que estaban presenciando fuera, o una rogativa por la salvación de algún moribundo, o las exequias de algún difunto. Sin embargo, aquel acto, lejos de ser una oración desesperada o un entierro, era solo la ratificación solemne y religiosa de un contrato de compañía que el clérigo oficiante y los dos viejos españoles habían ajustado ese día mismo para llevar a cabo el descubrimiento, conquista y población de una comarca desconocida, que ningún europeo sabia aún a punto fijo ni dónde se encontraba, ni cómo era, ni quiénes la habitaban; pero que, según los indios referían vagamente, se prolongaba al sur del golfo de Panamá, en las costas de ese océano inmenso y todavia misterioso, hallado hacia poco por Vasco Núñez de Balboa.

Antes de entrar en la iglesia, Luque y sus dos socios, como si se tratara del laboreo de una mina, o de una especulación mercantil, habían extendido, ante escribano público y el competente número de testigos, una escritura en que habían consignado las bases de su sociedad. Los tres debían dividirse, cual si fuera la herencia de un padre común, los metales y piedras preciosas, los indios y las tierras, y en general todos los provechos que obtuviesen. Para formar la compañía, Luque ponía veinte mil pesos en barras de oro; y Pizarro y Almagro sus servicios personales y una licencia de descubrimiento, que les había sido otorgada por el gobernador de Panamá Pedro Arias de Avila, llamado vulgarmente Pedrarias.

Aunque Pizarro y Almagro juraron a Luque sobre los santos evangelios, haciendo con sus propios dedos la señal de la cruz, que cumplirían con toda fidelidad lo pactado, quisieron no obstante ligar con mayores vínculos sus palabras ya tan solemnemente empeñadas, prestándose a comulgar de la misma hostia con el clérigo, como en efecto acabamos de ver que lo hicieron. De seguro, jamás se habrá garantizado en el mundo con más formalidades la ejecución de un convenio, pues se invocó para su observancia el amparo de la ley, del honor y de Dios.

Los moradores de la ciudad de Panamá recibieron con lástima o con burlas la noticia de lo que dejo referido. ¡Cosa bien particular! Apenas principiado el siglo XVI y en una colonia americana, poblada por aventureros que habían presenciado tantos verdaderos prodigios en materia de descubrimientos, se tildaba, a individuos que proyectaban hacer uno nuevo, de visionarios que se precipitaban a una pérdida cierta. Sin embargo, los hechos que se habían ido sucediendo, unos tras otros en menos de medio siglo, no autorizaban la incredulidad en asuntos de esta clase.

Hacía entonces treinta y dos años, América entera era un sueño de Colón.

Hacía solo veintiocho, que la casualidad descubrió al mismo almirante la costa de Paria y Cumaná.

Solo veintiseis, que una tempestad arrojó a Alvarez Cabral sobre el Brasil.

Solo dieciocho, que la existencia de Yucatán era desconocida.

Solo catorce, que Florida habia sido descubierta.

Solo trece, que Balboa, a cuyas órdenes iba Francisco Pizarro, habia marchado por tierras jamás exploradas en busca del mar Pacífico.

Solo diez, que Solis habia encontrado el rio de la Plata.

Solo siete, desde que Hernán Cortés habia llegado al puerto que se llamó San Juan de Ulfia.

Solo siete también, que Magallanes habia pasado por el Estrecho, comunicación de dos océanos, a que dió su nombre.

A pesar de todo, los vecinos de una ciudad recién fundada en un mundo nuevo, la cual comenzaba a levantarse donde cinco años antes sólo existía el silencio de una soledad agreste, se atrevían a calificar de ilusos a los que intentaban rastrear el camino de reinos aún ocultos.

¿Cuál era la causa de semejante anomalía? ¿Por qué los habitantes de Panamá, en vez de estímulos y aplausos, daban a Luque y sus socios lágrimas o mofas? ¿De dónde nacía que en todas las conversaciones sobre ellos y sus proyectos, repitiesen a guisa de estribillo: ¡pobres locos!?

Algunas noticias sobre los tres personajes mencionados, las cuales son además necesarias para poder conocerlos bien, explicarán el juicio que acerca de sus planes de  descubrimientos habian formado los moradores de Panamá.

 

II

Noticias sobre los antecedentes de estos tres personajes

 

Francisco Pizarro era bastardo de un coronel español de cierta reputación en las guerras de Italia, que había dado escasamente a su hijo la vida y el nombre. Una tradición, no completamente desnuda de fundamento, puesto que se halla apoyada en la autoridad del cronista Gomara, se complace en referir que el niño Pizarro al nacer había sido arrojado en la puerta de una iglesia de Trujillo; que el abandono le había obligado a tener por alimento, no como los otros niños la leche de una mujer, sino la de una puerca; que recogido al fin por el desnaturalizado autor de su existencia, había sido destinado a servir de guardián a unas piaras; que el extravío de algunos de los animales inmundos puestos por el coronel Pizarro al cuidado de su hijo, había inducido a éste, por miedo al castigo, a fugarse. Lo que no admite duda es que después de aventuras y reveses que han quedado desconocidos, abandonó España, y se embarcó para América, adonde llegó, según el cronista Oviedo, que le trató personalmente, nada más que con su espada y su capa. En el nuevo mundo militó a las órdenes de Alonso de Ojeda, Vasco Núñez de Balboa y Pedrarias Dávila, sufrió muchas penalidades y alcanzó reputación bien sentada de valiente.

Después de diferentes alternativas, Pizarro trabó estrecha amistad en Tierra Firme con otro aventurero llamado Diego de Almagro, algo más entrado en años que él. Era este último natural de la villa del mismo nombre en España, hijo de un labrador y nieto de otros, todos ellos, según el cronista ya citado, cristianos viejos, sin ninguna mezcla de sangre mora o judía, que habían vivido siempre de su sudor y trabajo. El mozo Diego, no sintiendo afición a las labores campestres, y aspirando a mejor suerte que la de su familia, salió a correr el mundo, y fue a buscar servicio a casa de don Luis de Polanco, uno de los cuatro alcaldes de corte de los Reyes Católicos, a cuyo lado permaneció algún tiempo. Como era de índole arrebatada, hirió gravemente en una pendencia a otro joven; y no atreviéndose su amo, aunque alcalde, a ampararle en aquel lance, tuvo que procurar su salvación por la fuga. Después de haber andado vagando de aquí para allá, determinó pasar a las Indias, que eran entonces, como dice Cervantes, “refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos, y remedio particular de pocos”. En América se cmpleó en conquistar y pacificar la tierra bajo la bandera de diversos capitanes, como un pobre soldado, hasta que mediante su industria reunió algún dinero, y obtuvo un repartimiento de indios en la jurisdicción de la nueva ciudad de Panamá, uno de cuyos pobladores parece haber sido.

Hacia esta época, fue cuando Almagro trabó intimidad con Francisco Pizarro, también señor de indios en aquella comarca. Los dos congeniaron tanto, que poniendo en común cuanto poseían, formaron una compañía universal, en que no había distinción de mío y de tuyo. Eran un espejo de buenos camaradas, más que eso, un ejemplo de amantes hermanos. “Parecían un mismo hombre en dos cuerpos”, dice su amigo el cronista Oviedo.

Al cabo de algún tiempo, Pizarro y Almagro admitieron en su compañía a un tercer socio, al clérigo Fernando de Luque, que había sido maestre-escuela de la catedral de Darién, y que era actual párroco de Panamá, persona muy acepta al gobernador Pedrarias, a quien éste había señalado un repartimiento de indios de primera calidad.

Los negocios de la sociedad prosperaron rápidamente. El clérigo y los dos viejos soldados, sus compañeros, poseyeron luego minas de oro, un numeroso hato de vacas que pacía en las orillas del rio Chagre a cuatro leguas de la ciudad, otras granjerías que les daban buenas ganancias y una cantidad en efectivo que se hace subir hasta dieciocho mil pesos. Llegaron a ser los más acaudalados de aquella tierra, a lo que asegura Agustin de Zárate, que fue contemporáneo suyo.

El que contribuyó más de los tres a este acrecentamiento de bienes fue Diego de Almagro, quien desplegó para ello una extremada actividad.

 

III

Su primera expedición en busca del Perú.

 

La existencia tranquila y acomodada de estancieros pudientes de Panamá no satisfizo sin embargo las aspiraciones de los tres amigos.

Asi como año y medio antes de la solemne y singular escena de la comunión con que se ha abierto la presente historia, comenzaron a alimentar el ambicioso pensamiento de cambiar sus ganados, sus indios, sus tierras y sus minas de oro por un imperio como el que Hernán Cortés acababa de encontrar en Méjico. Tal idea era muy propia de la tierra y de la época en las cuales costaba tanto descubrir un reino, como actualmente una veta de plata o de cobre en las serranias de Copiapó.

Los salvajes habitantes del iIstmo habían contado a los españoles que existía hacia el sur una opulenta comarca donde se comía y se bebía en platos y vasos de oro, y donde este metal era tan abundante como el hierro en otras partes. Los aventureros castellanos habían hecho naturalmente muchos comentarios sobre tan importante noticia. No habían faltado aún quienes fueran a explorar por mar una extensión bastante considerable de las costas inmediatas; pero habían vuelto sin haber hallado, después de grandes penalidades, más que ciénagas y pantanos. Sin embargo, aunque no se hubiera podido llegar a aquel pais del oro, ni se supiera dónde estaba, se le había bautizado con el nombre de Perú.

Fue esta riquísima e ignorada región la que el cura y sus dos socios se propusieron descubrir y apropiarse en nombre del rey. ¿Y por qué no habían de lograrlo? ¿Cortés no había descubierto Méjico?

Los tres amigos no emplearon mucho tiempo en deliberaciones para tomar una resolución definitiva; y mucho menos para poner en ejecución el proyecto. Luque interpuso su influencia con el gobernador Pedrarias para obtener la licencia necesaria; y conseguida que fue, no vacilaron en gastar la mayor parte de su hacienda en los preparativos. ¿Qué importaban algunos miles para los futuros señores del Perú? Era cierto que no se sabía dónde estaba; pero ellos lo encontrarían. Pizarro y Almagro, que contaban cada uno más de medio siglo, se lanzaron como dos jóvenes inexpertos a un océano desconocido, en dos barcos pequeños, mal tripulados y peor equipados. Pizarro partió primero; Almagro le siguió. Anduvieron en la mar, cada uno por su lado, catorce meses poco más o menos, buscando el paraiso que habían soñado.

En estas correrías tuvieron que combatir contra las furias de las tempestades, contra los indios de la costa, contra la inclemencia del clima, contra los horrores del hambre; y no hallaron más que playas estériles, bosques impenetrables, pantanos incultos, poblaciones miserables de salvajes que comían carne humana, algunas joyuelas de oro, algunas presunciones vagas de la existencia de un imperio poderoso, que florecía no se sabía a cuántas leguas de distancia, en los confines del mundo. Cuando regresaron a Panamá, Almagro traía un ojo menos que había perdido combatiendo con los indios: muchos de los aventureros que habían seguido su bandera o la de Pizarro habian sucumbido a los rigores del temperamento y del hambre, o perecido en las peleas con los naturales, o sido devorados por los caimanes; los que habían tenido la fortuna de sobrevivir llegaban tan extenuados, que su flacura causaba miedo.

A pesar de todo, Pizarro y Almagro venían más esperanzados, más resueltos que nunca a llevar a  término su empresa; en medio de las penalidades que habían tenido que soportar, se había arraigado en sus ánimos la convicción de que la existencia del Perú no era un sueño. El párroco Luque prestó entero asenso a la opinión de sus dos compañeros, y creyó, como en cosa de fe, en la seguridad de que al fin había de arribarse a la tierra cuajada de oro, que codiciaban; aquel era solo un asunto de tiempo y de trabajo.

La gran mayoria de los vecinos de Panamá no se manifestó igualmente crédula. El mal resultado de la primera tentativa les persuadió que el Perú era sólo una ilusión. No era raro que dos soldados incultos como Pizarro y Almagro prestasen crédito a patrañas tan absurdas, a cuentos inverosímiles de indios; pero sí lo era que un hombre cuerdo como el cura incurriese en igual debilidad. Tal conducta dió origen a que sus feligreses le llamasen, haciendo un juego de palabras, no Fernando de Luque, sino Fernando Loco.

Importaron poco a los tres amigos las hablillas y murmuraciones del vecindario; pues sin dejarse doblegar ni por burlas ni por reflexiones, se mostraron resueltos a perseverar en lo comenzado. Per0 si la reprobación pública no produjo ningún efecto sobre el ánimo de Luque y sus compañeros, indispuso contra la empresa al gobernador. Eran tantas las lamentaciones de que a causa de la tenacidad de tres individuos, un centenar de colonos útiles para servir a Dios y al rey en otra parte fuesen a dejar sus huesos sin ningún provecho en las costas inhospitalarias de la mar del sur, que Pedrarias se manifestó determinado a no permitir que se repitiera una expedición que había sido tan costosa como estéril.

La resistencia del gobernador era un obstáculo más serio que la reprobación de los habitantes de Panamá. Sin embargo, no desanimó a los tres amigos. Luque conferenció con Pedrarias, interpuso sagazmente su valimiento, y consiguió que no se prohibiera la formación y salida de una nueva expedición. A este punto habían llegado las cosas, cuando Luque, Pizarro y Almagro celebraron el famoso convenio del 10 de marzo de 1526 y lo ratificaron comulgando los tres de la misma hostia, como ya lo he referido al principio.

Los habitantes de Panamá no sabían cómo calificar la locura de personas tan visionarias e inconsideradas que por correr tras una sombra habían malgastado todo su caudal, hasta el extremo que no habrían podido llevar adelante sus propósitos, si Luque no hubiera conseguido que el licenciado Gaspar de Espinosa proporcionara los veinte mil pesos de que habla el contrato, interesádole en las ganancias.

 

IV

Su segunda expedición

 

Pizarro y Almagro no perdieron tiempo. Habiendo conseguido alistar unos ciento sesenta hombres, y adquirido dos buques mayores, algunos caballos y un buen surtido de armas, pertrechos y provisiones, se hicieron de nuevo a la vela por esos mares desconocidos del sur que ningún bajel europeo habia surcado, para esa tierra maravillosa del Perú que ningún cristiano habia pisado. En este segundo viaje los osados navegantes tuvieron que continuar la misma lucha fatigosa y casi superior a las fuerzas humanas, contra la naturaleza del nuevo mundo, contra los riesgos del océano y de la tierra, que en el primero los había extenuado hasta semejarlos a cadáveres ambulantes. Mas ningún obstáculo, ninguna penalidad pudo detenerlos. Pasaron animosos y dejaron muy atrás el término de su primera expedición. Uno de sus buques, a las órdenes del piloto Bartolomé Ruiz, llegó aún hasta la misma línea equinoccial. Los indicios de la proximidad de una región opulenta fueron más numerosos; pero no eran más que indicios. El paraiso de la riqueza, cuya posesión los había estimulado a soportar tantas fatigas, parecía siempre huir delante de ellos como un espejismo.

Conociendo Pizarro y Almagro que necesitaban más gente para seguir adelante, resolvieron que el segundo volviese a traerla de Panamá. Así se ejecutó. Almagro, que había cuidado de llevar consigo a la colonia como un cebo todas las pepitas de or0 que se habían recojido en las habitaciones de los indios, vecinas a la costa, logró enganchar unos ochenta hombres recién venidos de Castilla, que, a causa de su inexperiencia de las cosas del pais, no sabían lo que importaba ir en busca del Perú. Cuando se vieron reforzados con estos nuevos reclutas, Pizarro y Almagro se apresuraron a continuar la exploración llenos de esperanzas; pero los contratiempos parecieron multiplicarse. Principiaron por levantarse tempestades más furiosas que nunca, como si el océano estuviera empeñado en impedirles el paso. Cuando la calma se restableció, los españoles se encontraron frente a las costas de Quito. Por todas partes observaban las señales de una civilización adelantada: veían tierras cultivadas; divisaban poblaciones que merecían el nombre de ciudades; pero juntamente percibían cuerpos de indios numerosísimos, armados y en aptitud imponentes, que se mostraban dispuestos a rechazar la invasión de los extranjeros. Los españoles se contaron; de los doscientos cuarenta, incluso el refuerzo de ochenta traido por Almagro, que habian venido a la expedición, sólo quedaban ochenta y cinco; los trabajos habían arrebatado la vida a los restantes.

Los más adelantados sintieron flaquear sus ánimos. Hablaron de regresar a Panamá para juntar más gente antes de proseguir el descubrimiento; era absolutamente imposible hacer nada con los recursos que tenían. El capitán Almagro se opus0 fuertemente a que se tomara sernejante determinación. “No conviene, dijo, que volvamos pobres para pedir limosna, o para morir en las cárceles los que tengan deudas; lo que debemos hacer es no abandonar esta tierra y perder lo trabajado, sino buscar un asilo abundante de vitualla y enviar los navíos por auxilios.”

Las contrariedades que aquellos temerarios aventureros habían tenido que sufrir eran tantas, que sus genios se habian puesto irritables. El mismo Francisco Pizarro, que nunca descubrió flaquezas ni antes ni después de esta época, manifestaba un humor sombrío. Asi fue que poniéndose de repente, y contra toda expectativa, de parte de los descontentos, respondió a Almagro: “que como él iba y venía en los buques, donde no le faltaba alimento, no padecía la miseria del hambre y las otras angustias que reducían a los que se quedaban a la última congoja, y los dejaban sin fuerzas para sufrir: y que si las hubiera padecido, no opinaría que no se volviesen a Panamá”.

Almagro replicó: “que estaba pronto a quedarse, y a que Francisco Pizarro fuese por el socorro”.

A estas palabras siguieron otras y otras, cada vez más acres, que fueron a parar a un altercado entre los dos capitanes, los Damon y Pitias de Panamá, como los llama Oviedo al hablar de los tiempos felices en que parecían un alma en dos cuerpos. Los dos asieron las espadas y embrazaron los escudos. Los que estaban presentes se interpusieron entre ellos, y procuraron apaciguarlos. Como era de esperarse, aquel acaloramiento producido por el disgust0 de su desesperada situación fue cosa de un momento. En lugar de arremeter uno contra otro, los dos amigos se echaron los brazos al cuello, olvidando los agravios que se habían inferido sin dañada intención, y sólo a impulsos de la desazón que les ocasionaba la tardanza en el cumplimiento de sus ilusiones.

Convinieron en que Pizarro se quedara con el grueso de la expedición en la isla del Gallo, y en que Almagro fuese a Panamá por socorros. Pero si este arreglo agradaba a los dos jefes y a unos pocos, no era del gusto del mayor número de los aventureros que los acompañaban, los cuales estaban ansiosos por abandonar una exploración que ofrecia muchos riesgos y ningún provecho. La subordinación que les imponían los caracteres dominantes de Pizarro y Almagro era lo único que les hacía no manifestar sin rebozo sus deseos, y no exijir que se les restituyera inmediatamente a Panamá.

Sin embargo, aquella disposición de los ánimos era pública y notoria. Pizarro y Almagro sospecharon o supieron que alguno de sus subalternos se preparaban a informar a los gobernantes de la colonia del Istmo sobre la lastimosa situación en que se hallaban. A fin de impedir los funestos efectos de semejante paso resolvieron interceptar la correspondencia para destruirla, y ahogar asi tan incómodas quejas, capaces de frustrar todas sus esperanzas. Per0 si los jefes habían sido suspicaces, los descontentos lo fueron también. Recelando que sucediera lo que sucedió, encerraron en un ovillo de algodón, que debía ser llevado a la esposa del gobernador como muestra de los productos del pais, un memorial firmado por varios en el que hacían la pintura más triste del estado en que se encontraban, maldiciendo la ambición de Pizarro y Almagro y demandando amparo. Ese memorial tenia a guisa de conclusión la siguiente cuarteta:

Pues señor gobernador,

mírelo bien por entero,

que allá va el recojedor,

y acá queda el carnicero.

 

V

Constancia heroica de Pizarro que le hace descubrir el Perú

 

Almagro arribó sin tropiezo a la colonia de Panamá; pero con él llegó también ese fatal ovillo de algodón, que debía hacer su viaje completamente inútil. Pedrarias había sido reemplazado en el gobierno por Don Pedro de los Ríos. Habiendo este leido el memorial encontrado dentro del ovillo, se indignó por una tenacidad que calificaba de criminal. Vanas fueron para calmarle las reflexiones y promesas de Almagro y Fernando de Luque. No sólo les negó permiso para alistar nuevos soldados y hacer los aprestos necesarios, sino que sin oir razones ordenó que el corregidor Don Juan Tafur pasase con dos buques a recoger a los infelices que se hallaban detenidos en la isla del Gallo, debiendo traerlos sin tardanza a Panamá.

Los dos socios de Pizarro, en vez de auxilios, sólo pudieron enviarle una carta en que literalmente le decían que “aunque supiese reventar”, se mantuviese firme en su puesto; que no malograra para siempre la empresa con su vuelta: que ellos le prometían prontos socorros.

Pizarro recibió al mismo tiempo la intidimación del gobernador Ríos y el mensaje de sus amigos. Felizmente para su gloria no tuvo un momento de vacilación. Conociendo que la mayor parte de sus compañeros estaban decididos a abandonarle, trazó con su espada una línea en la arena de Este a Oeste. Después volviéndose al sur, dijo: “Camaradas y amigos, por aquí se va al Perú a ser ricos: por acá se va a Panamá a ser pobres: escoja el que sea buen castellano lo que más le conviene”.

Dicho esto, pasó la raya. El piloto Bartolomé Ruiz imitó inmediatamente su ejemplo. Otros fueron haciendo lo mismo hasta completar el número de trece.  Por último resultado quedaron a la parte sur de la raya unos catorce, entre ellos Pizarro: a la parte norte todos los demás con Tafur al frente. El corregidor, irritado por la porfía de aquellos desobedientes no quiso consentir para nada en dejarles una sola embarcación: llevó su cólera hasta a tasarles las provisiones que les concedió para que no pereciesen de hambre. La única gracia que les otorgó fue la de permitir que pasara con él a Panamá el piloto Ruiz encargado de buscar auxilios a los pertinaces que, a despecho de todo, habían resuelto quedarse en la isla del Gallo.

Después de la partida de Tafur, Pizarro mandó construir un bote grosero o balsa y por este medio se trasladó con sus compañeros a una pequeña isla, a que pusieron por nombre la Gorgona, distante veinticinco leguas al norte de la del Gallo, y más defendible contra los salvajes. En este punto permanecieron siete largos meses, sujetos a privaciones de toda clase, con los ojos fijos en el horizonte, procurando descubrir la nave que debia venir a socorrerlos, sin divisar más que agua y cielo.

Al cab0 apareció el piloto Ruiz con un buque que traía armas, pertrechos y los individuos absolutamente precisos para la maniobra, pero sin ningún nuevo recluta. A pesar de las solicitudes de Luque y Almagro, el gobernador Ríos no habia querido consentir en que se remitiese a Pizarro un solo hombre más, y a duras penas había concedido que se le enviase un bajel para que continuara sus exploraciones en busca de un imperio que era tenido en Panamá por fabuloso. Aun esta concesión era condicional, pues Pizarro debía ir a darle cuenta, al término de seis meses, cualesquiera que fuesen los resultados.

La serie de los sucesos manifestó que el plazo era demasiado largo. A fines de 1527, Pizarro y su gente regresaron al puerto de Panamá. La esforzada constancia de estos intrépidos navegantes había alcanzado el premio que merecía. Habían penetrado en el golfo de Guayaquil, visitado la populosa Túmbez y llevado el reconocimiento hasta los nueve grados de latitud austral. Aquella región había ofrecido a su vista, no playas estériles, no ruines lugarejos de miserables ranchos, sino toda la brillante apariencia de un reino rico y floreciente. El Perú, ese paraiso del oro, motivo de tantas ilusiones para unos, de tantas burlas para otros, había sido encontrado. Pizarro había dado la vuelta, porque si era posible descubrir un gran imperio con un barquichuelo y dos docenas de individuos, era imposible conquistarlo con elementos tan pequeños. Así, venía a buscar los auxilios precisos, que creia hallar en Panamá; pero él y sus amigos Luque y Almagro experimentaron bien luego que, antes de poder dar principio a su temeraria empresa, tenían aún que vencer gravisimas dificultades.

 

VI

Su viaje a la corte de España para solicitar recursos.

 

El Gobernador Pedro de los Ríos recibió con suma frialdad la noticia del portentoso descubrimiento, y rehusó su protección a los tres socios, no queriendo, según decía, despoblar su gobernación para ir a poblar tierras que ya habian originado la muerte de un tan gran número de españoles. Pizarro, Almagro y Luque no eran hombres a quienes los obstáculos hicieran desistir de sus proyectos. Cuando se convencieron de que el gobernador no había de prestarles auxilios, determinaron  pedirselos al mismo emperador Carlos V.

Dispuestos a tocar este arbitrio, el único que les quedaba, entraron a resolver tres cuestión de suma importancia, a saber: Quién iría a España, cómo pagarían los costos del viaje, y qué mercedes pedirían al monarca.

Luque opinaba que fuese a la corte una persona  extraña a la compañía, suficientemente autorizada; pero Almagro combatió con fuerza tal idea, sosteniendo que el comisionado debía ser Francisco Pizarro, el único capaz de suministrar al soberano las noticias necesarias, y no paró hasta que su parecer fue adoptado.

Los futuros conquistadores del Perú estaban arruinados y sin crédito, Pizarro no habría podido moverse de Panamá si Luque no hubiera puesto generosamente a su disposición para los gastos del viaje la cantidad de mil quinientos pesos, que era tal vez a lo que se reducían todos sus ahorros. Arreglados estos dos primeros puntos, los tres socios entraron a acordar la sustancia de la solicitud que debía hacerse a la majestad del emperador.

Pizarro y Almagro porfiaron como buenos amigos sobre para cuál de los dos se pediría la gobernación del Perú; Pizarro decia que ese empleo tocaba a Almagro, éste que a Pizarro, pero fue tal la insistencia de Almagro, el cual siempre tuvo respeto a su compañero y deseó que fuese atendido y honrado, quien salió triunfante en esa lucha de amistad. Mas si cedieron el primer puesto a Pizarro, convinieron igualmente en que éste solicitaría para Almagro el título de Adelantado, y para Luque la dignidad de obispo.

El sagaz párroco, sin duda por el conocimiento que tenía del carácter de Pizarro, quedó muy receloso de la lealtad que éste mostraría en el desempeño de la comisión. Por este motivo exclamó al término de las conferencias: “¡Plugue a Dios, hijos, que no os hurteis el uno al otro la bendición, como Jacob a Esaú!”.

Pizarro partió para la corte en la primavera de 1528. Apenas hubo logrado ser bien acogido por el monarca, obró ni más ni menos como lo había temido Luque, olvidó todos los compromisos que había contraido con Almagro y acumuló en su persona cuantos honores y grados pudo, sin acordarse de lo que había pactado con su generoso amigo. Solicitó y obtuvo el derecho de descubrimiento y conquista de la región que se extiende hasta doscientas leguas al sur del río Santiago, región que recibió el nombre de Perú o Nueva Castilla, y los títulos de gobernador, capitán general, Adelantado y alguacil mayor para toda su vida. Sólo le faltó asumir la dignidad episcopal. No pudiendo cargar a un tiempo la espada y el báculo, cumplió a Luque la promesa que le había hecho de obtener para él la mitra del Perú. Todo lo que solicitó para Almagro, su compañero de negocios y de trabajos, su alter ego en la empresa, fue el mando de la fortaleza que debía levantarse en Túmbez.

 

VII

Desavenencias entre Pizarro y Almagro.

 

Luego que hubo concluido sus arreglos en la corte, Pizarro cuidó de enviar en un buque unos veinte hombres a Madre de Dios, a fin de que se supiera en Tierra Firme que él era el encargado por el emperador de la conquista del Perú, de temor que fuera algún otro a entrometerse en ello, antes de su llegada. Almagro supo por estos soldados, que arribaron al Istmo a fines de 1529, el modo, egoista y poco caballeroso, cómo su compañero había llevado el encargo que se le había confiado.

Fácil es de presumir la impresión que tal noticia debió de hacer en el ánimo de un castellano del temple de Almagro, tan pródigo de su hacienda, como codicioso de honra, y que habría dado un tesoro por una distinción de su rey. Sintiéndose débil para soportar una decepción tan amarga, se fue a las minas, como para buscar en el campo el olvido de la deslealtad de su amigo. Luque procuró calmarle con toda especie de razones, y le llegó a pedir hasta por Dios que no se separara de la compañia. Almagro pareció apaciguarse algo, prometió volver a Panamá, y como no tenía igual en lo desprendido, ordenó que entre tanto se tratara bien a los que habían llegado de Castilla.

Cuando a principios del siguiente año de 1530 arriFrancisco Pizarro a Madre de Dios con los buques y la gente que habia sacado de España, Luque y Almagro fueron a recibirle. El segundo, dándole amargas quejas por su comportamiento en la corte, le declaró que estaba resuelto a disolver la sociedad, y le exigió que tomase su parte, tanto en una cantidad de cerca de tres mil pesos que había juntado en las minas durante su ausencia, como en las vacas, esclavos, indios y demás hacienda que hasta entonces habían tenido en común.

Pizarro, que venía endeudado en tres o cuatro mil ducados, y que veía perfectamente la imposibilidad de continuar la empresa sin la cooperación de don Diego, dio explicaciones y disculpas, que satisficieron a medias al ofendido. Esta semi-reconciliación habria ido a parar luego en un completo avenimiento, porque Pizarro procuraba hacer olvidar su falta a fuerza de deferencia y aún de humildad, si no hubiera traido consigo cuatro hermanos, “tan soberbios como pobres, y tan sin hacienda como deseosos de alcanzarla”, según la expresión de Oviedo, los cuales creían que todo se les debía, y se enfadaban de que don Francisco guardara consideraciones a su antiguo compañero. Sin embargo, Pizarro contemplaba siempre a Almagro, que era el único que tenía dinero y crédito para atender a los gastos de la expedición, hasta el punto de que si no hubiera sido por él, los que habían venido de Castilla no habrían tenido que comer.

Almagro, que pecaba de franco, acudía a lo que se necesitaba; pero como estaba pesaroso, a causa de lo que había sucedido, de haber trabajado y de trabajar para que otros cosechasen, y como, a lo que observa muy bien el inca Garcilaso de la Vega, “las amistades reconciliadas siempre tienen algún olor del mal humor pasado”, no desplegaba el entusiasmo y diligencia que en otro tiempo. Ponía reparo a los gastos, y no se apresuraba a derramar todo el dinero de su bolsa. Este proceder irritaba a los hermanos de Pizarro, particularmente a Hernando, que era el más presuntuoso e hinchado de los cuatro. Los Pizarros mordían a Almagro en sus conversaciones, y le ponían mala cara; Almagro recordaba sus servicios pasados, y el agravio con que habían sido recompensados.

La unión de los futuros conquistadores del Perú volvió a alterarse; estuvo a punto de romperse para siempre. Almagro habló de hacer compañia con otros para emprender la expedición por su cuenta. En este extremo, Luque y otros amigos comunes intervinieron, y volvieron a avenirlos. Pizarro se comprometió a ceder su cargo de Adelantado a Almagro; a solicitar del rey que aprobase esta sustitución; a pedir a la corte, luego que estuviera en posesión de la suya, una gobernación separada para don Diego; y a no pretender nada para sus hermanos hasta que Almagro viera cumplidas todas estas estipulaciones. Ratificóse de nuevo el contrato del 10 de marzo de 1526, por el cual se había pactado que todas las riquezas que Pizarro y Almagro adquiriesen en aquella conquista serian divididas por terceras partes entre ellos y Luque. De esta manera volvieron a reconciliarse los dos viejos amigos, pero aparentemente, por interés, no por afecto; la amistad habia sido reemplazada en sus corazones por la desconfianza.

 

CAPITULO SEGUNDO

Situación del Perú cuando Pizarro desembarcó en él.- Marcha de los españoles al interior del país.- Mala opinión que formaron de los invasores el inca Atahualpa y sus cortesanos.-Llegada de los españoles a Cajamarca.- Prisión del inca.- Arribo de Almagro al Perú.-Suplicio de Atahualpa

 

I

 

En los primeros días de Enero de 1531, Pizarro emprendió su tercera y última expedición al Perú con tres buques, unos ciento ochenta hombres y veintisiete caballos. Almagro, como en las otras ocasiones, se quedó en Panamá a fin de reunir un refuerzo de gentes y provisiones.

Pizarro, antes de llegar a su destino, tuvo que soportar, como en los primeros viajes, peligros y fatigas de toda especie; tempestades, hambres enfermedades,  combates con los indios. Pero ninguno de estos obstáculos pudo detenerle, y al cabo de algunos meses de penalidades sin cuento, se encontraba sano y salvo en terreno peruano, donde principió por echar los  cimientos de una ciudad, la de San Miguel, con iglesia, almacén público, fortaleza y sala de justicia, “para tener pie fijo en la tierra”, como dice Herrera. Sin embargo, ese conquistador tan confiado de sí mismo, que junto con llegar a una comarca desconocida, edificaba una ciudad, estaba lleno de recelos de lo que dejaba a sus espaldas, y era informado de que el monarca a quien osaba venir a atacar con un puñado de hombres en su propio reino presentaba todas las apariencias de un poder formidable.

Un buque que llegó de Panamá precisamente en aquellos días, trajo la noticia de que Almagro quedaba reuniendo gente y disponiendo una expedición, no para auxiliar a su antiguo amigo, sino para conquistar y poblar por su cuenta. El resultado de los sucesos manifestó que éste no era más que un chisme; pero, como en el estado de la relaciones de los Damon y Pitias de Tierra Firme aquello era más que probable, Pizarro lo creyó, y ya se figuró que otro venía a arrebatarle la presa que tanto codiciaba.

Los informes que al mismo tiempo recibía sobre los recursos del imperio peruano eran tan alarmantes, como los que le venían de Panamá sobre los preparativos de un socio que se había convertido en su rival. La monarquía que proyectaba destruir contaba una existencia de cerca de cuatro siglos, y comprendía una extensión de setecientas leguas de costa de norte a sur. Debía su origen a un hombre y una mujer misteriosos, que habían aparecido en las orillas del gran lago Titicaca, y se habían dado por hijos del sol, cuya adoración predicaban. Aquel hombre y aquella mujer habian fundado la ciudad del Cuzco, y colocado en ella el asiento de su autoridad, que habían transmitido a sus descencientes, los Incas, cuya sangre se había conservado pura, pues se reproducían casándose los hermanos con las hermanas. En una sucesión de catorce príncipes, el imperio había ido siempre acrecentándose y aumentando su civilización y poder.

El antepenúltimo de estos monarcas, Huaina Cápac, muerto hacía pocos años, había sido un gran conquistador, que había agregado por la fuerza de las armas el reino de Quito a sus dominios hereditarios. Al tiempo de su fallecimiento, había introducido una innovación importantísima en la constitución del imperio. En vez de conformarse con la costumbre tradicional, seguida desde el Manco, el fundador de la Monarquía, de transmitir todo el reino al príncipe heredero, dividió sus estados para dejar el reno hereditario del Cuzco a su hijo legítimo Huáscar, habido de una princesa Inca, y el de Quito conquistado por él, a su hijo bastardo Atahualpa, habido de una princesa extraña a la familia del sol, hija del cacique principal de este último pais. Atahualpa, que tenía un caracter emprendedor y ambicioso, había atacado, al cabo de algún tiempo  a su hermano Huáscar para quitarle su patrimonio. Esta guerra había terminado recientemente. Atahualpa, habiendo obtenido una victoria completa, se había apoderado de la persona y reino de Huáscar, y estaba imperando a un tiempo sobre el Cuzco y Quito.

Pizarro tenía pues que haberselas, no con el jefe desvalido de una miserable tribu de salvajes, sino con el soberano de dos reinos, cuyas riquezas eran cuantosísimas, cuyos ejércitos eran numerosos y aguerridos y cuyo nombre era temido y respetado en centenares de leguas a la redonda. Pero el individuo a quien no habían asustado las borrascas del océano, los riesgos tan diversos de las florestas primitivas del nuevo mundo, al término misterioso de un viaje a una región desconocida, que no se sabía ni dónde estaba, ni por quiénes se hallaba poblada, no podía dejarse imponer por las dificultades o amenazas de los hombres. Así no vaciló un momento en dar cima a su empresa a pesar de todo y contra todos.

 

II

Pizarro escribió primero a Almagro que causaría un gran daño al Emperador si en vez de venir a traer auxilios a los camaradas que habían partido confiados en su ayuda, intentaba descubrir y poblar por su propia cuenta. En seguida, el 24 de setiembre de 1532, salió de San Miguel al frente de ciento setenta y siete hombres, de los cuales sesenta y siete eran de caballería, en busca del poderoso soberano de los reinos de Cuzco y Quito, que se hallaba en medio de un ejército victorioso de millares de soldados. ¿Qué propósito llevaba? Nada menos que el de someter al Inca de grado o por fuerza a la obediencia de Jesucristo y de Carlos V, esto es, hacerle cambiar de Dios y obligarle a reconocerse vasallo de un monarca extranjero. Ignoraba los medios de que tendría que valerse para conseguir su intento; pero iba dispuesto a obrar según las circunstancias y esperanzado en salir airoso.

Le animaban a lisonjearse así el ejemplo de Cortés y el recuerdo de las  hazañas extraordinarias con que sus compatriotas se habían ilustrado en otras partes de América. Fuera de esto, Pizarro sentía su corazón fortificado por la fe ardiente y ciega de un castellano del siglo XVI. Cristiano viejo como él era, marchaba adelante sin cuidado, porque creía que el día del peligro el arcángel San Miguel o el apóstol Santiago, esos lugartenientes del Señor de los ejércitos, acudirían a la cabeza de legiones de ángeles en auxilio de los fieles. Iba convencidísimo de que Dios había de entregarle los tesoros del Perú, por un prodigio, si era preciso, en recompensa del sin número de almas que él debía salvar de la condenación eterna y conquistar para el Cielo. Dios se hallaba interesado en el buen éxito de la empresa, ¿cómo había esta de fracasar? Poco importaba el corto número de los españoles, y el crecidísimo de los naturales; el Señor pelearía por los soldados de la religión verdadera, como tantas veces lo había hecho.

Pizarro cuidaba de trasmitir a sus compañeros la confianza en la protección divina, que daba fortaleza a su espíritu. Frecuentemente les recordaba los milagros que el Todopoderoso había operado para abatir la soberbia de los infieles y traerlos al conocimiento de la santa fe católica. En vez de dirigirles proclamas como un general, aquel aventurero, que llevaba la espada al cinto, les predicaba como un misionero. Les hablaba, no de la gloria militar, sino de la felicidad que les aguardaba en la otra vida, y de las riquezas inmensas que gozarían en ésta.

 Los castellanos que seguían la bandera de Pizarro eran tan creyentes como él, y esperaban como él la consecución de sus proyectos del  amparo del cielo,  antes que de la pujanza de sus brazos. Pero, sin embargo, eran hombres en quienes la carne hacía su oficio; la consideración de lo temerario de su empresa les imponía susto; más de uno flaqueaba al pensar en el término de la expedición; ¿qué sería lo que les aguardaba allí?

Pizarro, como hábil capitán, trató de quitar a sus soldados el derecho de murmurar sobre los riesgos del viaje. Hizo pregonar a son de trompeta que estando poco reforzada la guarnición de San Miguel, los que quisieran podían volverse a esta ciudad, donde gozarían las mismas ventajas de los demás vecinos; pero que él con los españoles que le quedasen, pocos o muchos, seguiría su camino para conquistar y pacificar la tierra. Sólo cinco de a caballo y cuatro de a pie aceptaron el partido de volverse a San Miguel. Los ciento sesenta y ocho restantes continuaron su marcha, sin derecho a quejarse de Pizarro, sucediera lo que sucediera, puesto que habían determinado seguir adelante por su gusto, sin ninguna coacción, teniendo aún un pretexto decoroso para desistir del empeño.

Los temores de los débiles resultaron infundados. La expedición se redujo a un paseo interesante a través de una comarca inexplorada, en el cual fueron entreteniendo la curiosidad de los españoles, ya un espectáculo magnífico de la naturaleza, ya una población de edificios extraños, ya la observación de las costumbres originales de los indios, ya la adquisición sucesiva de noticias relativas a la historia y civilización peruanas.

Ni un solo hombre trató de cerrarles el paso. Tuvieron que vadear ríos de márgenes escarpadas; tuvieron que trepar una cordillera por un sendero abierto a la orilla de un espantoso abismo, que sólo les permitía andar de uno en uno. Los españoles marchaban temiendo encontrar un cuerpo de guerreros indios a cada recodo del camino, en medio de cada bosquecillo, detrás de cada roca. Sus sospechas, a pesar de ser tan razonables, salían siempre vanas. Pasaron los llanos, pasaron las ciudades, pasaron los ríos, pasaron la encumbrada sierra; y no percibieron ni un solo enemigo, no vieron cortar el aire una sola flecha disparada contra ellos.

El poderoso Atahualpa, en vez de manifestárseles hostil, les envió mensajeros cargados de presentes para saludarlos e invitarlos a que fuesen a verle en su campamento, vecino a la ciudad de Cajamarca. Pizarro y los suyos veían en aquel recibimiento pacífico, tan inesperado, una prueba evidente de que Dios obraba por ellos.

 

III

El orgullo del triunfo había cegado al Inca y sus cortesanos para no dejarles ver la importancia de los extranjeros. El que había vencido al descendiente legítimo de los Incas, el que tenía bajo su dependencia los reinos de Cuzco y de Quito ¿podía temer a unos pocos advenedizos sólo porque sus figuras y costumbres eran extravagantes? Por mucho que fuera el asombro que habían causado a los súbditos de Atahualpa el aspecto de los castellanos, los caballos que montaban, los truenos y rayos lanzados por las armas que llevaban, la más común entre ellos era sin embargo la opinión de  que  una  pequeña parte de la hueste de su soberano bastaba para matar a todos los cristianos. La severidad cruel que Atahualpa había descargado frecuentemente sobre cuantos habían osado ofenderle en lo menor, había inspirado a sus vasallos tan alta idea de su poder, que ellos no concebían siquiera que un puñado de hombres como el de los españoles llegara a tratar de faltarle al respeto, sin recibir el correspondiente escarmiento.

Si tal era el concepto de la generalidad de los que habían contemplado por sus propios ojos a los invasores, ¿qué había de pensar el déspota que estaba habituado a ser acatado como un Dios, y a cuya voz temblaban millares de hombres? Tan pronto como Pizarro había desembarcado en las costas peruanas, Atahualpa lo había sabido, y había comisionado a uno de sus magnates para que fuera a examinar lo que eran aquellos extranjeros de rostro raro, y de maneras más raras todavía sobre los cuales se hablaba tanto entre los indios. El magnate, a fin de satisfacer la curiosidad de su señor, se introdujo de incógnito en el campamento de los cristianos con un cesto de frutas, y so pretesto de disculpar a un cacique que se había mostrado tibio para servir a los recién llegados; pero tuvo la desgracia de tener que entenderse con Hernando Pizarro, cuyo genio, como se sabe, no era nada suave, y que estaba particularmente enojado con el cacique a quien aquel espía de alta clase se había propuesto excusar. El soberbio castellano escuchó con enfado las explicaciones del indio, y terminó por despedirle “dándole de coces”, a lo que asegura testualmente un cronista.

 A pesar de que semejante tratamiento debía de haber enseñado por una experiencia propia y nada agradable al magnate indio lo que eran los españoles, no sucedió así, pues cuando volvió a la presencia del Inca, se limitó a referirle: “que los estranjeros eran pocos, ladrones, barbudos, echados de la mar, y que iban en ciertos carneros como los del Callao”. Hasta el uso de los caballos había servido para desacreditar a los castellanos entre los guerreros del soberano del Cuzco, según Gomara, pues no faltaban quienes dijesen que los “barbudos no tenían fuerza ni aliento para caminar a pie ni subir una cuesta sin ir encima o asidos de unas grandes pacos”. Engañados por estas noticias erróneas, las gentes del campamento vecino a Cajamarca aguardaban a los castellanos sin temor y sin preparativos. “Los barbudos son poquitos, decían; sus caballos no traen armas, ni comen hombres; los mataremos con nuestras lanzas”. El mal informado Atahualpa y sus demasiado crédulos cortesanos aguardaban a los castellanos como a seres curiosos de observar, pero no como a enemigos temibles. Los pobres peruanos tenían una fe demasiado candorosa en el poder de los Incas para imaginar, ni por un momento, que menos de doscientos aventureros habían de bastar para poner a todos ellos el yugo de la conquista. La intención de Atahualpa, dice uno de los compañeros de Pizarro, citado por Prescott, era, “después de holgádose con nosotros, tomarnos los caballos y las cosas que a él más le apiadan y sacrificar a los demás”.

 

IV

A estas falsas apreciaciones de su importancia debieron los españoles el llegar sin haber tenido que desenvainar una espada ni disparar un tiro a Cajamarca, a los cincuenta y un días de haber salido de San Miguel. La ciudad estaba completamente desierta. A una legua de distancia se divisaba en el declive de unas colinas el extensísimo campamento ocupado por el ejército del iInca. La suerte de los españoles iba a ser decidida en el espacio de unas pocas horas. Pizarro hizo que su hermano Hernando, seguido de una escolta de jinetes, fuera a anunciar su llegada a Atahualpa, y a pedirle que viniera a Cajamarca, donde los recién llegados quedaban aguardándole. El monarca del Perú recibió a los extranjeros con frialdad y sin manifestar el menor asombro. Inútilmente hicieron caracolear y correr a escape sus caballos; Atahualpa conservó una gravedad imperturbable. Después de haberles hecho algunos agasajos, el Inca despidió a los mensajeros con el encargo de que dijesen a Pizarro que al siguiente día pasaría a verle, y que entre tanto se aposentasen en las casas de la plaza absteniéndose de entrar en otras.

 Lo que Hernando y sus compañeros contaron del campamento peruano no era propio para aquietar los temores de los españoles. La relación que hacían estaba además muy conforme con lo que todos veían por sus propios ojos. La noche había venido; y los invasores contemplaban con espanto los fuegos del enemigo, tan numerosos, tan juntos unos de otros, que se asemejaban a un “cielo muy estrellado”, según la espresión de uno de ellos.  “Somos muy pocos, murmuraban, y estamos tan metidos en esta tierra, que nadie puede traernos socorro”. “Dios peleará por nosotros, replicaba Francisco Pizarro; tened confianza”.

 En medio de la inquietud general, este jefe permanecía sereno y animoso. Sin desalentarse por el aparato del poder de Atahualpa, pensó que el mejor arbitrio para salir de su apurada situación era prender al inca cuando al día siguiente viniese a visitarle a Cajamarca, como Hernán Cortés lo había ejecutado con Motezuma, y supo persuadir a los suyos que cooperasen al temerario proyecto de capturar a un monarca en medio de su ejército. “Tendréis que habérosla, dijo Pizarro, cada uno con quinientos indios: pero es menester que hagáis de vuestros corazones fortalezas, pues no tenéis otras, ni otro auxilio sino el de Dios, que socorre en las mayores necesidades a quien anda en su servicio”.

 La vista de los españoles y de sus caballos no hizo cambiar a Atahualpa y a sus cortesanos la opinión que por noticias habían formado acerca de ellos. Apenas se hubieron alejado Hernando Pizarro y su escolta, el monarca mandó matar a algunos de sus soldados a quienes había asustado la carrera de las ovejas, esto es, de los llamas de los extranjeros. Al mismo tiempo ordenó que se hicieran los preparativos necesarios para ir a apoderarse de los insolentes barbudos, y con este objeto hizo armar a un cuerpo de indios de lazos y correas.

 Los peruanos despreciaban a los españoles por su corto número; y estaban siempre muy persuadidos de que no servían para nada: los extranjeros no sabían andar a pie sin cansarse; no corrían tanto como los indios; no eran para llevar cargas, ni para tanto trabajo como éstos; ¿qué miedo podía tenérseles? Aquellos bárbaros presumidos estimaban tan en poco a los cristianos, que “los pensaban tomar a manos”, según la pintoresca expresión de un cronista.

 Era ya la mitad del sábado 16 de noviembre de 1532, cuando los centinelas colocados encima de los edificios de Cajamarca percibieron que el ejército del inca se ponía en camino. Los campos principiaron a cubrirse materialmente de gente. Aquella inmensa muchedumbre se movía con la solemnidad de una procesión más bien que con la actividad de una marcha militar. Efectivamente, los peruanos creían dirigirse, no a una batalla, sino a un espectáculo: iban a cazar con lazos y correas a los barbudos y a sus grandes ovejas. Aunque el campamento sólo distaba de Cajamarca una escasa legua, la cabeza de la comitiva empleó más de cuatro horas en llegar a cosa de una milla de la ciudad. En este punto se detuvo, “y todavía, dice Francisco de Jerez, secretario de Pizarro, que se hallaba allí, salía gente del real de los indios”.

 Atahualpa manifestó el designio de suspender su marcha, y de diferir la visita a los españoles todavía un día más. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Pero es evidente que el motivo de tal vacilación no fué un cambio de concepto acerca de la importancia de los españoles. Durante la marcha un indio espía había venido a anunciarle que los blancos se hallaban escondidos dentro de las casas, llenos de temor; y semejante noticia confirmaba plenamente la opinión que Atahualpa había formado de los invasores.

 Pizarro no habría consentido por nada en el mundo que se aplazara la decisión del negocio, aunque fuera una sola hora. Habiendo conocido que el Inca pensaba retardar su entrada a la ciudad, envió a rogarle que viniese luego, porque le esperaba a cenar, y no cenaría hasta que él llegase.

Atahualpa accedió a esta solicitud, continuando su interrumpida marcha. Cuando arribó a Cajamarca, el sol, ese dios del Perú, principiaba a ocultarse en el horizonte. Habiéndose conducido las andas en que era llevado en hombros por los principales señores de su imperio hasta el medio de la plaza, el indio se puso de pie sobre ellas, y buscó con la vista a los cristianos. Como no percibiese a ninguno, porque Pizarro los tenía a todos encubiertos para acertar una sorpresa, exclamó: “¿dónde están éstos, que no aparecen?”

Los que le rodeaban le respondieron: “Señor se han escondido de miedo”.

“Buscadlos, dijo Atahualpa, y mirad bien que no se os escape ninguno, porque todos deben hallarse ocultos por ahí”.

En este momento apareció uno de los capellanes de la expedición, fray Vicente de Valverde, fraile dominico, con un crucifijo en una mano y un breviario en la otra. Hizo al monarca una breve exposición de la  doctrina cristiana, y   del derecho de conquista, y concluyó pidiéndole que se sometiera a la religión de Jesucristo y se reconociera tributario del emperador Carlos V, que era rey de todas las Indias por la gracia del Dios y la disposición del Papa.

 Este discurso teológico-político fue dado a entender a Atahualpa con el auxilio del intérprete Felipillo, muchacho indio a quien los españoles habían educado para que les sirviese de órgano de comunicación con los indios, pero que, a lo que asegura Garcilaso, hablaba el castellano como un negro bozal, y aunque bautizado conocía la religión tanto como un pagano. Cuenta el mismo autor que tradujo la expresión “Dios trino y uno” por la de “Dios tres y uno son cuatro”, y por este estilo el resto del discurso de Valverde.

 Atahualpa comprendió, pues, muy oscuramente lo que se quería decirle; pero traslució sí muy bien que se le exijía que prestara obediencia a otro soberano. Semejante pretensión lo puso furioso. “Yo soy más que ningún príncipe de la tierra, dijo el Inca indignado, y si vuestro Dios ha muerto, el mío, (y mostraba con la mano el sol que se hundía detrás de las montañas) vive aún en los cielos, y desde allí vela sobre sus hijos. ¿Quién os ha dicho las cosas que acabáis de repetirme?”

Valverde respondió: “este libro”, presentándole su brevario.

 Atahualpa lo tomó, lo abrió, lo miró, lo hojeó, se lo puso en el oído; y como viese que a él no le decía nada, lo arrojó al suelo lejos de sí. “Yo bien sé, continuó, quienes sois vosotros y en lo que andáis; sé lo que habéis hecho en el camino, y como habéis tratado y robado a mis caciques: y no me moveré de aquí hasta que me devolváis todo lo que habéis tomado en mi tierra”. Hablando así, se puso de pie sobre las andas, y se volvió a uno y otro lado para exhortar a los suyos a que escarmentasen a los extranjeros.

El fraile recogió su breviario, y corrió a encontrar a Pizarro gritando: “Perdemos el tiempo con este perro lleno de soberbia. Salid a él, que yo os absuelvo”.

 “¡Santiago y a ellos!” exclamó Pizarro enarbolando en alto un lienzo blanco, que era la señal de ataque. Este grito de guerra fue repetido en diversos lados por ciento sesenta y ocho bocas. Inmediatamente se oyó un primer tiro de artillería. Todos los españoles se precipitaron sobre los indios con un ruido espantoso de trompetas, de cajas, de cascabeles atados con este objeto a los caballos, de armas, de pasos de hombres y de animales. El tropel, el estampido de los arcabuces y de los cañones, el olor de la pólvora aturdieron a los indios. Ninguno tuvo serenidad para pensar en hacer resistencia. Todos trataron sólo de huir. Los españoles mataban y mataban. Las entradas de la plaza eran estrechas para los muchos que procuraban escapar por ellas; bien pronto estuvieron obstruidas con un montón de cadáveres, de heridos, de fugitivos mezclados confusamente unos con otros. Entonces, acorralados los peruanos, fue tal su desesperación por libertarse de los golpes de los españoles, que abrieron con solo sus cuerpos un boquerón de mas de cien pasos en un muro de piedras y barro seco, y cayeron por allí los unos sobre los otros al campo abierto, perseguidos a rienda suelta por los jinetes castellanos, que habían salido por encima de ellos, hiriendo y matando a cuantos alcanzaban.

 Francisco Pizarro había cuidado desde el principio sólo de apoderarse de la persona del Inca, y de protejerle para tomarle vivo y sano. Si su primer grito había sido: “¡Santiago y a ellos!”, el segundo fué: “Nadie hiera al indio so pena de la vida”. Efectivamente lo logró a costa de una herida leve en la mano, que le hizo uno de los mismos españoles por arremeter contra Atahualpa.

 La matanza duró solo media hora a causa de que la noche impidió prolongarla. Ningún español, escepto Pizarro, salió siquiera herido. El gobernador, conforme a la invitación que había hecho a Atahualpa, se sentó a cenar con él aquella noche. El Inca se manifestó muy resignado. “Es uso de la guerra, dijo, vencer y ser vencido”. El prisionero fué desde luego tratado con la mayor consideración, con el respeto debido a un rey en desgracia. Tuvo en la prisión su familia, su corte, el gobierno de su reino, todo, menos la libertad; bien pronto tuvo aún la esperanza de recobrar esa misma libertad. Habiendo observado la codicia de los españoles, les ofreció por rescate una cantidad de oro suficiente para cubrir completamente el suelo del aposento que ocupaba. Como viese pintado el asombro en la cara de los castellanos, quiso asegurar el logro de su petición mejorando todavía la propuesta. Se empinó sobre los pies cuanto le fue posible, y señalando hasta el punto más alto que alcanzó su mano, “os llenaré de oro, dijo, no solo él suelo, sino hasta aquí”.

El aposento tenía diecisiete pies de ancho, y veintidos de largo, y la altura designada era de nueve pies (2 metros y medio aproximadamente). Atahualpa propuso a los españoles darles además una gran cantidad de plata, que debía medirse también por aposentos. Pizarro aceptó, sin creer mucho en la posibilidad del cumplimiento, sólo por lo que podía suceder.

 Atahualpa pidió dos meses de plazo, que le fueron concedidos. Tiróse una raya roja a la altura señalada por el dedo del Inca, y un escribano público legalizó con los requisitos de estilo aquel convenio celebrado entre el vencedor y el vencido. Atahualpa impartió órdenes a todas partes para que se trajese a Cajamarca el oro necesario, y para que se respetase a los españoles como a él mismo. Mientras tanto hizo matar a su hermano Huáscar, temeroso de que fuera a antojársele a Pizarro declararse en su favor. Los castellanos supieron este hecho; pero no le prestaron la menor atención.

 

VI

A fines de diciembre de 1532, Diego de Almagro arribó a San Miguel con ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos, lo que le hacía jefe de un cuerpo de tropas mucho más numeroso que el de Francisco Pizarro.

Inmediatamente hubo personas que manifestaron empeño en renovar las antiguas discordias de los dos amigos. Algunos vecinos de San Miguel dijeron sigilosamente a Almagro que desconfiara del gobernador, porque no le tenía buena voluntad. El secretario mismo de Almagro escribió en reserva a Pizarro que don Diego persistía en el pensamiento de conquistar y pacificar por su cuenta. Los dos viejos camaradas, sea cálculo de política, sea, lo que parece más probable, un renacimiento del afecto que en otro tiempo se habían profesado, no prestaron oídos a aquellas insinuaciones de la intriga. Pizarro se apresuró a dar la bienvenida a su compañero, y a invitarle a que se trasladase a Cajamarca; y Almagro acudió con presteza a este llamamiento, habiendo antes hecho ahorcar a su secretario, cuya maledicencia había descubierto. Los dos aventureros volvieron a verse con todas las manifestaciones de la más sincera alegría a mediados de febrero de 1533.

 Almagro traía la noticia del fallecimiento de Fernando de Luque, acaecido poco antes de su salida de Panamá. Es muy de temer que los dos conquistadores no consagraran muchas lágrimas a la memoria del pobre clérico Loco, que tanto les había servido. “El uno y el otro, dice el cronista Oviedo, se lo pagaron con ingratitud, según a mí me lo escribió el mismo Luque de su mano”.

Hernando Pizarro estuvo muy lejos de hacer a Almagro igual acogida que su hermano Francisco. Cuando don Diego llegó a Cajamarca, aquel soberbio conquistador había partido para una expedición. Al cabo de algunos días estuvo de vuelta. Todos los jefes, incluso Almagro, salieron a recibirle, pero Hernando no se dignó dirigir siquiera una palabra a un hombre a quien no podía sufrir por sus pretensiones a ser el igual del gobernador.

Francisco llevó muy a mal la descortesía de Hernando; se la reprendió fuertemente, y le obligó a que fuese en su compañía al alojamiento de don Diego, “donde se excusó mucho Hernando Pizarro, dice Herrera, del descuido que había tenido con él; y al parecer quedaron conformes”.

 La buena armonía continuó inalterable entre Pizarro y Almagro; parecía que hubiesen vuelto a los felices tiempos en que eran estancieros de  Panamá. Presentóse una cuestión que permitió probar la consistencia de esta unión. Encontrándose reunida la mayor parte de la cantidad de oro y plata que el Inca había prometido por su rescate, los conquistadores no tuvieron fuerzas para retardar la repartición del espléndido botín. Los soldados de Almagro pretendieron tener derecho a una porción igual a la de los que habían acompañado a Pizarro. Estos negaron con calor semejante derecho. La disputa habría podido ir a parar quién sabe adonde; pero Pizarro y Almagro, que marchaban en perfecto acuerdo, la arreglaron entre sí, y determinaron que los compañeros del último recibiesen sólo una pequeña parte para pagar sus deudas y suplir algunas de sus necesidades. Los dos se manifestaban dispuestos de corazón a evitar cualquiera desavenencia.

Pareciéndoles que Hernando Pizarro sería siempre una tea de discordia entre ellos, trataron de alejarle, para lo cual acordaron hacerle volver a España so pretexto de que fuese a anunciar a Carlos V el descubrimiento y conquista del Perú; y a fin de que no tuviera deseos de tornar a América, yéndose suficientemente rico, le dieron sesenta mil pesos, que era una cantidad mucho mayor de la que le correspondía en el rescate de Atahualpa. Hernando, ganoso de ir a lucir en la corte su riqueza y su gloria, aceptó la propuesta. Al tiempo de partir, tal vez por recomendación de Francisco, dijo a Almagro: “Pídoos, señor, perdón de lo pasado, y protesto serviros en lo porvenir, porque mi condición es mala en presencia, y buena en ausencia; y si algo mandáis que yo haga, encargádmelo a buen seguro, y dadme vuestro poder”.

 Almagro, por no mostrarse menos generoso, dio su poder a su declarado enemigo, con especial encargo de que obtuviera para él un gobierno independiente del de Francisco Pizarro, halagándole, según cuentan, con la oferta de más de veinte mil ducados, si lo lograba; pero como desconfiaba, y con razón, de la sinceridad de Hernando, recomendó secretamente a sus amigos Cristóbal de Mena y Juan de Sosa, que también volvían a la península, el cuidado de hacer valer su pretensión.

 

VII

El desgraciado Atahualpa continuaba no sólo prisionero en su propio reino, sino también expuesto a las vejaciones más amargas que puede soportar un hombre, aun cuando sea un bárbaro. “Los españoles, dice Oviedo, le habían tomado sus mujeres y repartídolas, y en su presencia viéndolo él, usaban de ellas en sus adulterios y en lo que les placía a aquellos a quien las dieron”.  Pero el pobre Inca no había apurado todavía hasta las heces la copa de la deshonra; le faltaba aún que el último, el más miserable de sus súbditos, imitando la insolencia de los extranjeros, osara inferir a su soberano el más grave de los insultos.

 En sus primeros viajes de exploración a las costas del mar del sur, Pizarro había tomado entre otros a un muchacho indio a quien llamaron Felipillo, y que acompañó a su señor hasta la corte de España. Felipillo había sido educado y destinado para intérprete. Ya le hemos visto aparecer desempeñando aquel oficio en la escena memorable de Valverde con Atahualpa. Felipillo había servido mucho a los españoles durante la conquista. Era gracioso, sabía ganarse las voluntades de cuantos le trataban; aparentaba mucho recato; así era sumamente apreciado de sus amos, que le tenían vestido de seda, y le prestaban sus caballos; pero bajo aquella apariencia modesta y su poca risa ocultaba un sinnúmero de mañas y de maulas, que hacían de él un indio hipócrita de la peor especie. Era un demonio, según la calificación que le da uno de los actores en la conquista del Perú.

Este Felipillo, que siempre ponía los puntos muy altos, se enamoró de una de las mujeres de Atahualpa, y la sedujo. Semejante atentado puso término a la paciencia del Inca, que se había visto obligado por su triste situación a devorar en silencio las ofensas de los españoles; pero que no pudo resignarse a dejarse envilecer por un criado despreciable. Aquello era ya demasiado. Así se quejó al gobernador. “Siento, le dijo, este desacato más que mi prisión, y que cuantos desastres me han venido, aunque deban ser acompañados de la muerte. Me es intolerable que un indio tan bajo me haya tenido en tan poco, y se haya atrevido a hacerme tan grande afrenta, sabiendo la ley que hay en esta tierra para semejante delito; pues al que se hace reo de él, y aun al que solamente lo intenta, se le quema vivo con la misma mujer, si tiene culpa, y se mata a sus padres, hijos y hermanos y a todos sus parientes cercanos y aun hasta las ovejas que tiene: además, se despuebla la tierra donde ha nacido, se la siembra de sal y se cortan sus árboles, y se derriban las casas de toda la población, y se hacen otros muy grandes castigos en memoria del delito”.

 Las crónicas de la conquista han olvidado referir la pena que Pizarro impuso a Felipillo, pero ciertamente no debió de ser la de la ley peruana, que invocaba el prisionero.

El dolor del infeliz Atahualpa, agraviado en lo más sensible, debió de ser objeto de mofa para los castellanos, a quienes el enamorado intérprete se había limitado a imitar en su calaverada galante. ¿Qué importaba la desesperación de los celos en un bárbaro polígamo, que tenía tantas mujeres, “el mayor carnicero y cruel que los hombres vieron”, según las palabras de Francisco de Jerez, uno de los que presenciaban estas escenas? Atahualpa perdió sus quejas, y se atrajo un enemigo temible. El intérprete, sumamente irritado por haber sido molestado en sus aventuras amorosas, se la juró al Inca; y el monarca del Cuzco y de Quito estaba tan abatido, que salió vencido en la lucha con el mozo indio sirviente de los españoles.

 Los conquistadores del Perú, por bravos que fuesen, conocían lo crítico de su situación. Se hallaban en una tierra extranjera y bien poblada, lejos, muy lejos de todo recurso, cada uno contra millares de enemigos. Dominados por la idea de los peligros misteriosos que podían correr, se llevaban haciendo averiguaciones sobre la posibilidad de ser atacados. El campamento estaba lleno de yanaconas (indios al servicio de los españoles), pertenecientes por lo común a la última clase de la sociedad peruana, degradados hasta la vileza, individuos de las tribus conquistadas por los Incas, sobre quienes había cargado con todo su peso el despotismo de Atahualpa, y que en consecuencia le malquerían a él y a todos sus allegados. Estos, viendo esas visiones mentirosas propias de la estupidez, y deseosos de buscar como congraciarse con sus nuevos amos y vengarse de los antiguos, principiaron a susurrar que se estaban levantando grandes ejércitos para venir a matar a los cristianos y volver la libertad a Atahualpa.

Los españoles prestaron oídos a aquellas voces alarmantes; entraron en indagaciones por medio del intérprete Felipillo, que tuvo buen cuidado de presentar las cosas, adulterando aún los testimonios, de modo que el Inca apareciese culpable de conspiración contra sus vencedores, el crimen más peligroso para un prisionero. Al cabo de pocos días, los castellanos, la mayor parte al menos, estaban persuadidísimos de que muy pronto iban a ser atacados por numerosas hordas de guerreros peruanos, que habían  sido convocadas secretamente por el monarca vencido. Había que tomar una resolución para evitar el golpe. Se comenzó a hablar de quitar la vida a Atahualpa, a fin de impedir la insurrección que amenazaba.

 Hubo españoles generosos que rechazaron con indignación aquel mal pensamiento; pero los soldados que habían venido con Almagro, que eran los más numerosos, y que temían no ser considerados en la misma condición que los de Pizarro, para la distribución del botín, mientras viviese el infeliz monarca, sostuvieron calorosamente que debía ser ajusticiado. Pizarro se adhirió a esta opinión manifestando hipócritamente que era obligado, a pesar suyo, a autorizar un acto que le repugnaba. Así pues, cuando Atahualpa, por haber pagado el rescate que se había estipulado, tenía derecho a exigir que se le devolviese una libertad cuya restitución se le había garantizado solemnemente ante escribano público, fue juzgado y condenado a muerte con las formas de una justicia ilusoria por los crímenes de usurpación de la corona del Cuzco, de asesinato en la persona de su hermano Huáscar, de disipación de las rentas públicas, de idolatría, de poligamia, y de conatos de sublevación contra los españoles.

 Atahualpa fue ejecutado en la plaza de Cajamarca la noche de 29 de agosto de 1533 a la luz de antorchas. Parecería que los conquistadores hubieran tenido vergüenza de cometer aquel crimen en presencia del sol. Al día siguiente se le hicieron magníficas exequias, a que asistieron vestidos de luto Francisco Pizarro y los principales caballeros de su ejército. Pocos días después, llegó al campamento Hernando de Soto, que con algunos otros había sido enviado, antes de que se hubiera formado causa al Inca, a cerciorarse de la existencia de esos cuerpos de indios que, a lo que se decía, se estaban reuniendo para precipitarse sobre los cristianos por orden del prisionero. Encontró al gobernador con un gran sombrero de fieltro calado hasta los ojos en señal de duelo, y muy triste. “Señor le dijo Soto, habríais hecho bien en aguardarnos para que antes de proceder, hubierais sabido la gran calumnia que se ha levantado a Atahualpa; no hemos hallado un solo hombre de guerra; todo está de paz; por donde quiera que hemos andado, hemos sido perfectamente tratados”. “Ya veo que me han engañado”, contestó Pizarro.

Felipillo concibió una alta idea de sí mismo.

 

CAPITULO TERCERO

Entrada de Pedro de Alvarado en el territorio peruano.-Desavenencias entre Pizarro y Almagro con motivo de la ciudad del Cuzco.- Determinación de Almagro para ir al descubrimiento y conquista de Chile.- Noticias que en esta época había de Chile en el Perú.- Grandes preparativos de Almagro para la expedidón.

 

I

Después del trágico fin de Atahualpa, Pizarro proclamó Inca a un hermano del difunto rey, fantasma coronado en cuyo nombre se proponía gobernar, y se encaminó con Almagro y los demás españoles al Cuzco, la opulenta metrópoli del imperio peruano. Los indios hicieron una resistencia vigorosa y desesperada; pero los conquistadores se abrieron paso por la fuerza, dejando en pos de sí una huella de sangre y penetrando en la disputada ciudad el 15 de noviembre de 1533.

El hermano de Atahualpa había muerto de enfermedad natural durante el viaje; mas fue reemplazado en su dignidad teatral por Manco, hermano de Huáscar, que a la entrada del Cuzco se pasó a los castellanos con un cuerpo de tropas, y que se mostraba dispuesto a servir de instrumento a los invasores.

En medio de esta prosperidad una noticia alarmante vino a amargar el regocijo de los conquistadores del Perú. Se supo que el gobernador de Guatemala, Pedro de Alvarado, uno de los oficiales que más laureles cosecharon en Méjico al lado de Cortés, había desembarcado en las costas peruanas al frente de quinientos españoles, cuya mitad eran jinetes, y muchos indios, y que venía con la determinación de apoderarse del reino de Quito. Alvarado había prometido a la corte aprestar una armada para hacer descubrimientos en la mar del sur y abrir nuevos rumbos en la navegación de las islas de la especería; pero la fama de las riquezas encontradas en el imperio de los incas, despertando su codicia, le había movido a dar distinto objeto a su expedición, y a dirigirse a una parte del Perú que, según los informes que había recogido, caía fuera de la gobernación señalada a Pizarro.

Luego que el gobernador y su compañero Almagro tuvieron conocimiento de suceso tan desagradable, el segundo que, como dice un cronista, “era hombre de ingenio pronto y resoluto”, determinó ir sin tardanza a impedir que un extraño se hiciera dueño de unas provincias que pasaban por ser muy abundantes de oro. Aquello era, sin embargo, mas fácil de decirse que de ejecutarse.

Almagro partió seguido de un solo jinete.  Por el camino fué recojiendo a varios individuos, y reuniendo diversos destacamentos que con diferentes motivos estaban situados en algunos puntos del país. Todos se prestaron gustosos a acompañarle, porque “como era capitán afable y liberal, según dice Herrera, todos le amaban, y mostraban voluntad de morir por él”. Sin embargo, cuando llegó a encontrarse a la vista de la tropa de Alvarado en la llanura de Riobamba, sólo tenía ciento ochenta hombres. Por fortuna de Almagro, la naturaleza áspera de la región por donde el gobernador de Guatemala había tenido que atravesar, había arrebatado la vida a una cuarta parte de su ejército, y dejado a la restante sumamente quebrantada de ánimo y cuerpo. Alvarado había comenzado también a reflexionar sobre las consecuencias de su intentona; recordó que el rey, al darle permiso para que procediese a nuevos descubrimientos en la mar del sur, le había expresamente ordenado que no entrase a ninguna parte descubierta por otros, o que estuviese dada en gobernación. Así, los soldados, a causa de los excesivos padecimientos, el caudillo, a causa de su flagrante desobediencia, se hallaban desalentados y muy pesarosos de la empresa en que se habían comprometido. Por estos motivos, Alvarado, en vez de apresurarse a dar batalla, trató de buscar avenimiento, para lo cual hizo decir a Almagro que “su intención nunca fuée de ocasionar escándalos, sino descubrir nuevas tierras para más servir al rey”.

 Don Diego le contestó cortésmente “que nunca había creído otra cosa de tan buen caballero; pero que debía constarle que la mayor parte de aquellos reinos había sido dada en gobernación a Francisco Pizarro; y que él mismo estaba aguardando por momentos los despachos de lo que caía fuera de este distrito, hacia el levante”.

 Estábase en estos tratos, a distancia los dos ejércitos de solo cinco leguas, cuando un día muy de mañana apareció en el campamento de Alvarado, Felipillo, aquel favorito mimado de los conquistadores del Perú, el cual había acompañado a Almagro en la expedición, sirviéndole de pies y manos, según la pintoresca expresión de un cronista para dar a conocer los servicios del intérprete. Llevado a la presencia del general, le estimuló a que se dirigiera sin tardanza contra su amo y fuera a sacarle el ojo que le quedaba; le dijo que los soldados de Almagro estaban acobardados por la desproporción que había entre las fuerzas de unos y otros, y que antes de escaparse la noche anterior, había oído al mayor número expresar la opinión de que debían volverse al Cuzco antes del cuarto de alba; y le aseguró que los curacas o caciques que se hallaban con don Diego estaban prontos a pasarse a Alvarado.

 Quien hubiera tenido ocasión de observar el regalo con que el indio intérprete, siempre vestido de seda, era atendido por Pizarro y Almagro, habría hallado dificultad para explicarse el objeto de su traición, a menos de que hubiera adivinado que obraba a impulsos de una desmesurada ambición. Felipillo aspiraba desde algunos meses a conquistarse un alto puesto entre sus compatriotas... ¡quién sabe!... a ocupar tal vez el trono envilecido de los Incas, como había logrado, a despecho de todo, arrebatar para su amor una de las mujeres sagradas de Atahualpa. Con este propósito había aconsejado a los indios de la tierra que estuviesen apercibidos aguardando que los españoles de Almagro y los de Alvarado se hubiesen despedazado entre sí para caer, cuando tal hubiera sucedido, sobre los que sobreviviesen, y matarlos a todos. Después de la victoria, que se estimaba segura, los vencedores debían proclamar soberano a Felipillo, quien les prometía que él sabría muy bien ser su capitán para destruir a los demás cristianos hasta no dejar uno solo en el país, y conseguir que ninguno otro osase presentarse en él, a no ser que quisiera buscar la muerte.

 El plan había sido aceptado. Diez mil guerreros estaban preparados para ponerlo en ejecución.

Habiendo amenazado los preliminares de conciliación entre Almagro y Alvarado desbaratar todo este proyecto, cuya base era la discordia de los castellanos, Felipillo había resuelto, no encontrando otro arbitrio, ir, so color de tránsfuga, a tentar a Alvarado a que diese batalla, y empujarle así con todos los españoles, amigos y enemigos, en un abismo común.

Solo Dios sabe hasta qué punto el ambicioso Alvarado habría podido dejarse seducir por una proposición tan halagüeña, y lo que aquel demonio de indio habría conseguido con su astucia, si precisamente en aquel mismo momento el gobernador de Guatemala no se hubiera hallado reducido a la impotencia de combatir, a causa de la viveza con que había obrado Almagro. Aprovechándose éste de la proximidad de los dos ejércitos, había hecho ponderar a los soldados enemigos los tesoros del Cuzco e insinuarles la ventaja que reportarían de ir a tener su parte en ellos, sin dar el mal ejemplo de cristianos peleando contra cristianos. Estas razones pudieron mucho en el ánimo de aventureros que habían tenido que soportar tantas fatigas, y a quienes se convidaba con el aliciente del oro, ganado a poca costa, y sin correr nuevos riesgos. La noche misma del día en que Felipillo se presentó en el campamento de Alvarado, más de cien hombres de éste se pasaron a Almagro; los que no se fueron estaban muy pocos ganosos de ir a dar muerte a sus paisanos, o a recibirla de ellos, cuando había tantos indios a quienes matar. “Si yo quisiera, dice el mismo Alvarado en una carta al emperador hablando del trastorno que habían producido en su tropa las dádivas y ofertas de Almagro, partirme a mi conquista, no hallara treinta hombres que me siguieran”. Conociendo que era un general sin soldados, se vio precisado a no dar oídos al plan de Felipillo y a activar la negociación con su adversario, y al fin convino en recibir cien mil pesos para volverse él solo a Guatemala, y dejar a los conquistadores del Perú los navios, pertrechos y gente que había traído.

 Por agradar a Alvarado, que se lo pedía, Almagro consintió en perdonar a Felipillo, cuya falta atribuía a liviandad de mozo, y volvió a tomarle de intérprete, “porque en toda la tierra, dice Oviedo, ningún otro había que también lo supiese hacer”. Es probado que la maquinación del lengua con los indios, no fuese entonces conocida en todos sus pormenores, y que permaneciese ignorada en su  mayor parte.

 Alvarado quedó tan corrido de un resultado tan poco glorioso que no se atrevía a levantar los ojos de la tierra, por no encontrar las miradas despreciativas de sus compañeros, que furiosos por haber contraído un gran número de deudas, y soportado penalidades de toda especie sin provecho, para ser entregados como ganado, no tenían reparo en señalarle con el dedo y en repetir en sus mismas orejas: “He ahí el que nos ha vendido”. Por el contrario, Almagro, que, según su costumbre, repartía a manos llenas cuanto poseía, principió a ganar en el concepto de sus nuevos soldados tanto como había perdido Alvarado. La popularidad de que era objeto engrió al momento a don Diego, que tomó unos humos antes desconocidos en él.

 

II

Hallábase Almagro en esta disposición de ánimo, cuando llegó al Perú la noticia de que el emperador le había concedido una gobernación independiente de la de Pizarro, al sur de la de éste. La noticia era vaga, no suministraba un conocimiento suficientemente cabal de la provisión real, pero sin embargo, como estando a lo que se anunciaba, todos, incluso Francisco Pizarro, creían que la importante ciudad del Cuzco iba a tocar a Almagro en la nueva demarcación, don Diego, sin querer aguardar más, empezó a ejercer jurisdicción de gobernador en la capital de los Incas. Pizarro y sus amigos, que sentían en el alma el que se les fuese aquella joya de las manos, se empeñaron en retenerla el mayor tiempo posible, alegando que no debía hacerse ninguna innovación hasta que viniesen los despachos del rey, pero tal razón no entraba a Almagro, quien decía que "hecha la merced por Su Majestad, no eran menester papeles".

La cuestión se habría debatido a lanzadas en las calles del Cuzco, si no se hubieran interpuesto personas oficiosas, que procuraron arreglar la diferencia.

 Distinguióse entre estas don Antonio Téllez de Guzmán, que había venido con el carácter de comisionado de la Audiencia de Santo Domingo para poner en paz a los dos conquistadores del Perú con Pedro de Alvarado cuya invasión en jurisdicción ajena se había sabido en la Española. Aunque las provisiones que traía Téllez de Guzmán no podían hablar una sola palabra sobre las contenciones ocurridas entre Pizarro y Almagro con motivo de la posesión del Cuzco, el comisionado se aprovechó, o de su sentido que era equívoco, o de la ignorancia de los dos capitanes, que eran incapaces de leerlas “por no haber aprendido, ni conocido letra, una ni ninguna”, según la frase de un cronista contemporáneo, para constituirse en juez de la querella, y llegar con el auxilio de algunos otros a concertar a aquellos dos viejos amigos, Pílades y Orestes del nuevo mundo, que tantas veces, sin embargo, habían estado a punto de reñir hasta querer matarse.

 Pizarro y Almagro ratificaron con juramento la compañía que tenían pactada desde Panamá, y se comprometieron del mismo modo, lo que les hace poco honor, a no calumniarse y dañarse, y a no escribir al rey por sí o interpósita persona, sino de común acuerdo. Para mayor garanta, oyeron misa juntos el 12 de junio de 1535, y partieron la hostia, como se decía entonces, esto es, comulgaron de una misma forma, ni más ni menos como algunos años antes lo habían hecho en Panamá, al organizar su sociedad, en unión del difunto Luque, de quien ya no se acordaban.

Don Antonio Téllez de Guzmán obtuvo, según se susurró, por su honorario en el avenimiento, diez o doce mil pesos de oro, que fue a gastar en España

 

III

A pesar de la reconciliación, Francisco Pizarro seguía temiendo que su compañero volviera a insistir en tomar para sí el Cuzco, y “lo temía tanto más, cuanto que siendo muy poco claras las noticias que habían llegado sobre la extensión y lindes de sus respectivas gobernaciones, él mismo se hallaba persuadido de que la ciudad codiciada y su distrito habían sido asignados por el monarca al feliz Almagro. En trance tan apurado, el único arbitrio que había para evitar, o por lo menos aplazar tan irreparable pérdida, era conseguir que don Diego consintiera en partir para alguna conquista lejana, donde pudiera entretenerse, y aun tal vez quedarse. Fue este precisamente el recurso a que apeló Pizarro. Llamó la atención del emprendedor Almagro sobre una comarca de allende las sierras (los Andes) que los peruanos llamaban Chile, y cuyas riquezas ponderaban; aquella región caía indudablemente dentro de los límites de la gobernación de don Diego; ¿por qué no iba a descubrirla y pacificarla?

“Pídoos, le dijo Pizarro, que me dejéis esta tierra del Perú, caso de que adelante encontréis otra mejor, o tan buena; siendo comunes nuestros intereses y ganancias, vuestra condescendencia no puede perjudicaros; pero si Chile no es lo que todos anuncian, volved y partiremos entre nosotros el Perú como hermanos”.

 Almagro, que a despecho de los años era aficionadísimo a las aventuras, convino en la propuesta. Estaba alborotado con el gusto de la gobernación que tanto había ambicionado: deseaba pasearse por ella, y someterla a la obediencia del emperador, que había tenido la bondad de concedérsela para que la conquistase. Además, como la necesidad de dar era en él tan imperiosa como en el avaro la de guardar, se hallaba impaciente por tener un país espacioso que poder distribuir a un gran número de hidalgos, restos del ejército de Alvarado, o recién llegados de Castilla, que estaban en la miseria, consumidos por la ociosidad, “ganosos e importunos de servir a Su Majestad e de buscar de comer”, y que vinculaban en Almagro el remedio de su pobreza y la esperanza de mejorar de fortuna.

El inca Manco y sus amigos, que, como veremos mas tarde tenan interés en impedir que los españoles continuasen reunidos en el Cuzco y las cercanías, fomentaban el pensamiento de la conquista de Chile, exagerando la abundancia de oro que había en aquella comarca. Así, las diestras y empeñosas excitaciones de Pizarro, las noticias mañosamente abultadas de los magnates peruanos, la afición desmedida de Almagro a las expedíciones riesgosas, la impaciencia de un gran número de castellanos que habían entrado en el Perú después de otros, y a quienes urgía poseer luego algo más que sus espadas, todas estas causas reunidas produjeron el mayor entusiasmo por el descubrimiento del nuevo país.

 Almagro pregonó solemnemente la jornada que proyectaba. No le faltaron soldados que quisieran acompañarle. Hubo aún individuos que se hallaban bien acomodados en el Perú, pero que sin embargo lo abandonaron todo por seguir la bandera de un conquistador tan generalmente estimado, a un país que se pintaba como favorecido con especialidad por Dios.

 

IV

Ha llegado el caso de referir lo que se sabía en el Cuzco acerca de la región que se extendía al occidente, entre los Andes y la mar del sur, y a cuya conquista marchaban tan esperanzados Almagro y sus compañeros.

 Hacía muchos años, un siglo quizá, más tal vez, que uno de los incas peruanos había sometido a su dominación, por medio de uno de sus generales, la parte septentrional de Chile. Habían necesitado para ello, a lo que refiere  Garcilaso un ejército de cincuenta mil  hombres  y más de seis años. Sin embargo, los peruanos, ayudados por las armas y las negociaciones, vencieron todas las dificultades, hasta que llegaron a encontrarse con los promaucaes, los cuales se manifestaron dispuestos a hacer un último esfuerzo para no ser subyugados. La pelea duró tres días consecutivos, habiendo combatido unos por la honra, y otros por la libertad con tanto denuedo, que al tercer día los peruanos se retiraron a su campamento, y los promaucaes al suyo; unos y otros permanecieron a la defensiva, porque, siempre según Garcilaso, la mitad de los combatientes habían perecido, y la mayor parte de los que habían quedado vivos estaban heridos. El resultado de aquella batalla indecisa fue que los peruanos pusieran término por aquel lado a sus conquistas, y que los promaucaes se abstuvieran de molestar a sus poderosos vecinos.

Los peruanos sabían poco o nada sobre lo que era el resto de Chile; pero, a la época de los sucesos que voy refiriendo, los españoles habían adquirido por sí mismos noticias, aunque bastante imperfectas, de la extremidad meridional de este país. Nadie ignora que el descubrimiento de América fue debido al deseo de encontrar un pasaje por mar a esa India cuyas inagotables riquezas codiciaban las naciones europeas. Los españoles no quedaron satisfechos con haber hallado un nuevo mundo perdido hasta entonces en medio de la inmensidad de las aguas. Continuaron agitados siempre por el pensamiento de abrirse, al occidente de la famosa línea de demarcación trazada en el mapa por el dedo de Alejandro VI, un camino que les permitiera disputar a los portugueses, sus rivales, los tesoros del Oriente. Cuando se habían hecho varias tentativas infructuosas o desgraciadas, apareció en la corte de Castilla, Fernando de Magallanes, ilustre marino y guerrero lusitano, que como pocos había dado a su patria gloria y riquezas en Asia, pero que resentido por una ingratitud de su soberano, se había desnaturalizado jurídicamente. Llamaban moradía los portugueses ciertos emolumentos o gajes de honor en la casa del rey, los cuales apreciaban, no por el interés material, sino por la distinción. Magallanes había solicitado en recompensa de sus servicios el que se aumentase la suya medio cruzado, “porque subir en ella cinco reales en dinero, dice Faria, autor portugués, es subir muchos grados en calidad”, mas habiendo sufrido el sonrojo de ser desairado, no solo salió de su patria, sino que renunció a ella ante escribano, y fué a ofrecer a España, nación rival, el descubrimiento de esa comunicación entre dos mares que los españoles tanto deseaban encontrar, y que tanto habían buscado. Sin embargo, a pesar de lo halagüeño de la proposición, necesitó superar grandes dificultades antes de que se le proporcionaran los cinco buques y los doscientos treinta y siete individuos con que se hizo a la vela para ir a cumplir su promesa. Sea que Magallanes, como lo pretende al parecer sin fundamento su compañero de viaje y cronista de su expedición, Antonio Pigafeta, hubiera visto en la cámara del rey de Portugal un mapa levantado por Martín Behem, hábil marino, en el cual aparecía marcado hacia el sur un estrecho pasaje de un mar a otro; sea, como parece más probable, que solo fuera guiado por los cálculos del ingenio, lo cierto fue que el 6 de noviembre de 1520 embocó por el Estrecho que ha inmortalizado su nombre. Llamó Tierra de los Patagones o Patagonia la que tenía a su derecha, y Tierra del fuego la que tenía a su izquierda.

La tradición ha cuidado de consignar el origen de tales denominaciones. El primer indio que los españoles vieron antes de descubrir el Estrecho, pero en la región adyacente, fue a lo que refirieron, un gigante a cuya cintura llegaban apenas. Aquel salvaje deforme iba cubierto con la piel de un animal, y llevaba los pies metidos en la extremidad de ella, como en pantuflos; así es que parecía tener grandes patas de bestia, lo que fué causa de que Magallanes dijese que era un patagón o patón. Después siguieron observando que los naturales de aquel país medían doce o trece palmos de alto, o hicieron extensivo a todos el apodo que su general había dado al primero. La Tierra del fuego debió su nombre a muchos fuegos que aquellos intrépidos navegantes percibieron en ella durante la noche.

Los individuos de la expedición no se detuvieron a examinar las costas del Estrecho, que vieron adornadas de bella verdura y pobladas de tupidos bosques en que había maderas aromáticas; pero hacía tanto frío, la naturaleza era tan agreste, el país se presentaba tan poco cultivado, que los descubridores, impacientes por entrar en el nuevo océano, no se detuvieron a explorar una comarca tan áspera.

El 28 de noviembre del mismo año navegaron a velas desplegadas por el espacioso mar del sur, que denominaron Pacífico porque el tiempo constantemente favorable les dejaba hacer singladuras de hasta setenta leguas. Fueron descubriendo varias islas, hasta que el 27 de abril de 1521, Fernando de Magallanes murió peleando esforzadamente y cubierto de muchas heridas en la de Mactán, una de las Filipinas. El 6 de setiembre de 1522, la nave Victoria, una de las cinco de Magallanes, y la primera que hubiese dado la vuelta al mundo, regresó a Sanlúcar al mando de Sebastián de Elcano, con diez y ocho personas, a los tres años menos catorce días de haber zarpado del mismo puerto a las órdenes del valiente e infortunado portugués. Lo lucrativo que, según se consideró, debía de ser el comercio con las islas de las especias descubiertas por Magallanes en los mares australes hizo que menos de tres años después del regreso de la nave Victoria, el emperador Carlos mandara salir por el mismo derrotero una segunda armada de siete buques, tripulada con cuatrocientos cincuenta individuos y dirigida por el comendador de la orden de Rodas don García Jofré de Loaísa. Cuando la expedición llegó a la boca oriental del Estrecho sufrió muchos y grandes desastres, inclusos naufragios y gruesas averías. El buque San Lesmes, capitán Francisco de Hoces, arrastrado por un viento recio, fue llevado hasta el grado 55 de latitud sur. Desde allí volvió a reunirse con las otras naves, diciendo los que iban en él que, a lo que parecía, el punto hasta donde habían alcanzado era acabamiento de tierra. Este fue el primer descubrimiento en enero de 1526 del que más tarde debía ser bautizado con el nombre de cabo de Hornos.

La expedición pudo entrar en el Estrecho, y seguir sin tropiezo su rumbo el 2 de abril del mismo año; se ocupó en examinarlo con alguna más detención que Magallanes, pero siempre a la ligera; y salió al Pacífico el 26 de mayo. Apenas había comenzado a navegar por este vasto mar, cuando un furioso temporal separó las naves unas de otras. A consecuencia de haber tenido que soportar trabajos espantosos, Loaísa falleció de muerte natural el 30 de julio, y tuvo por sepultura ese océano cuyo poder había osado arrostrar.

El primero de esta desastrada expedición que volvió a España a los doce años de haber salido, fué el capitán Andrés de Urdaneta; pero mucho tiempo antes otros de su compañeros habían ido a dar a Méjico, desde donde se había esparcido por todas las nuevas colonias americanas la relación de las aventuras que habían corrido, y de las fábulas más estupendas que la imaginación puede inventar, y a que la credulidad de los hombres puede dar asenso. Contábase que las tierras adyacentes al Estrecho estaban habitadas por un pueblo de gigantes a cuya cintura no alcanzaba a llegar con la mano un hombre alto. Referíase que aquellos monstruos humanos se comían de un bocado tres o cuatro libras o más de ballena hediente, y se bebían de un trago más de seis arrobas de agua. De este jaez eran las patrañas que se corrían sobre la parte austral de América.

Chile se presentaba, pues, a los españoles que proyectaban ir a someterlo como un país de oro en la extremidad norte, como un país de prodigios en la estremidad sur, doble aliciente para estimular juntamente su codicia insaciable de riquezas y su curiosidad nunca satisfecha de lo maravilloso.

 

V

Don Diego de Almagro, entusiasmadísimo con la proyectada expedición, redobló esta vez, para llevarla al cabo, la actividad y el desprendimiento que siempre le habían distinguido. Agentes suyos fueron por su encargo a alistar soldados en las ciudades de Nombre de Dios y Panamá, y en las de Lima y Piura, con instrucciones especiales para suministrar armas y caballos a los que quisieran seguir su bandera al descubrimiento del apartado y opulento Chile. Se había asegurado a Almagro que muchos castellanos habían perecido de hambre yde miseria, y todo su empeño era dar de comer a los que se encontrasen en tan apurada situación y proporcionarles oportunidad de servir a Dios y al rey.

Junto con disponer la tropa que debía acompañarle por tierra, nuestro conquistador se afanaba tabién en equipar algunos buques que después de haber ido reconociendo las costas de su gobernación, al mismo tiempo que él iría explorando y pacificando el interior, debían volver a España por el famoso Estrecho de Fernando de Magallanes. No escaseó el oro para conseguir que los pilotos más diestros y acreditados tomaran la dirección de estas naves.

Determinó también que fuera embarcado en ellas un hijo natural que tenía, todavía muchacho, a quien amaba con ternura, y cuyo engrandecimiento futuro era el objeto de las más halagüeñas ilusiones del anciano aventurero. Sus amigos le representaron que no convenía que alejara del Cuzco a aquel niño, pues ni tenía edad para soportar las fatigas que eran de aguardarse, ni era prudencia que privara de la educación correspondiente al único heredero de su nombre y de su hacienda. A todo esto respondió Almagro que ni él ni su hijo debían tener otro conato que la mayor honra y provecho de Dios y el emperador; que quería que aquel niño supiera desde temprano que había de servir lealmente a su rei y señor natural, que tal era la escuela en que deseaba que fuera educado.

Era lógico que el padre, que no tenía reparo en exponer a riesgos desconocidos a un hijo querido que principiaba apenas a vivir, prodigara sin tasa sus riquezas para llevar al cabo el pensamiento de descubrir una región ignota, que tal vez no debía realizar las expectativas que en ellas se fundaban. Las prodigalidades de que Almagro hizo entonces alarde en el Cuzco no habían tenido antes, ni han tenido después ejemplo. Don Diego hizo sacar de su casa más de ciento veinte cargas de plata, y hasta veinte de oro, para repartirlas a sus compañeros. Los que quisieron le firmaron simples obligaciones de pagarle con lo que ganasen en la tierra a donde los llevaba. Otros no le dieron en cambio de la parte que les cupo en la distribución de tan cuantioso tesoro ni siquiera papeles.

Para atender a los gastos de la expedición, y deducir el quinto del soberano, Almagro mandó hacer una gran fundición de oro y plata. Fué cosa maravillosa, dice un cronista, la cantidad de riqueza que pudo verse reunida en aquella ocasión; pero más extraordinario fue todavía, digo yo, el desprendimiento del dueño. Un tal Juan de Lepe pidió a Almagro que le diera un anillo de una carga de ellos que allí estaba. “Tomad cuantos os quepan en las dos manos”, le respondió don Diego al momento. Como supiera en seguida que Lepe era casado, ordenó que le obsequiaran cuatrocientos pesos para que se volviera con su mujer.

Continuó derrochando locamente de esta manera la plata. Compró en seiscientos pesos el primer gato castellano que se trajo al nuevo mundo; y correspondió el presente de una adarga con cuatrocientos pesos y con una olla de plata, que pesaba cuarenta marcos, y que tenía por asas dos bocas de leones de oro, que pesaron trescientos cuarenta pesos.

Uno de los cronistas primitivos calcula en mas de un millón y medio de pesos de oro lo que se gastó en los preparativos de esta expedición por Almagro y sus compañeros; y como según consta por el testimonio de los contemporáneos, aquel era el rico y estos en su mayor parte pobres hasta el extremo de no tener que comer, puede decirse que casi toda aquella enorme cantidad salió de la caja de don Diego. Pero si Almagro no hubiera derramado tanto dinero, no habría podido realizar su empresa, porque las mercancías valían un sentido a la sazón en el Cuzco,entre otras causas, por lo mismo que los metales preciosos eran tan abundantes. Un caballo importaba siete u ocho mil pesos de oro, una cota de malla, mil; una camisa, trescientos; un negro, que entonces era reputado como mercancía en las colonias españolas, como ahora en ciertos estados de la América del norte, dos mil pesos, lo que era menos que el precio de un caballo, pero sin embargo extremadamente caro. Aunque Almagro tenía acopiado un tesoro cuantiosísimo, su generosidad desmedida y la carestía, superior a toda ponderación, de los pertrechos y utensilios que necesitaba hicieron luego disminuir sus recursos, que eran muchos, pero no inagotables. Almagro, viéndose en apuros, no vaciló en arriesgar el engrandecimiento de su hijo, que era lo que constituía la idea favorita de su vejez. Estaba precisamente entonces negociando en España por mano del cardenal de Sigüenza el casamiento de este joven con la hija de uno de los consejeros de Indias, y aunque había menester no menos de cien mil castellanos para pagar a los agentes que intervenían en el arreglo de tan elevado enlace, y comprar en la corte una renta que asegurase a los esposos el debido lustre; lo olvidó todo por realizar su expedición a Chile, y sacó de su caja hasta el último grano de oro por armar soldados y equipar buques. Habría tenido, pues, que renunciar a su plan de injertar su nombre en una noble familia de Castilla, si no hubiera solicitado aquella cantidad de Pizarro, y si éste no se hubiera apresurado a dársela de la mejor voluntad.

El caso a que acabo de aludir dice más que una página de reflexiones sobre las larguezas y prodigalidades de Almagro en aquellas circunstancias.

 Para facilitar el viaje, don Diego pidió al Inca dos señores principales que debían ir interponiendo por los pueblos del tránsito la autoridad del soberano, a fin de que los naturales fueran haciendo a los españoles el acatamiento debido. Manco comisionó al efecto a su propio hermano Paullu Topa y al sumo sacerdote Villac Umu, a quienes Almagro hizo salir sin tardanza al desempeño de su encargo, acompañados de tres castellanos de a caballo, con orden de no detenerse hasta la distancia de doscientas leguas del Cuzco.  Los dos magnates indios, deseosos de complacer a los conquistadores, fueron recojiendo cuanto oro y plata pudieron en los lugares por donde pasaban, lo que, al decir de un autor anónimo que, según parece, ejerció funciones de capellán en la expedición, fue “gran principio de alterarse la tierra”. Así la tal comisión, en vez de favorecer a los españoles, los perjudicó, pues previno en su contra a los habitantes con motivo de las extorsiones que practicaron los enviados para satisfacer la codicia de aquellos extranjeros.

 Con el mismo objeto de facilitar la marcha, Almagro tomó a su  servicio  a los guías más diestros y a los intérpretes más acreditados, entre otros al famoso e intrigante Felipillo.

Terminados estos preparativos, despachó un primer cuerpo a las órdenes de Juan Saavedra, quien debía fundar un pueblo, que fue el de Paria, para señalar el principio de la gobernación de Almagro; reuniría mayor cantidad posible de ovejas y maíz para abastecer el ejército; y tener dispuesto el número competente de indios para reemplazar a los que vendrían sirviendo desde el Cuzco.

Muchos de los que estaban alistados para la expedición, hallándose ya bien apercibidos, fueron a juntarse con Saavedra. Mientras tanto, Pizarro estaba impaciente por ver partir a su compañero, pues temblaba de que volviera a ocurrírsele la idea de disputar la codiciada capital de los incas. Para alejar la posibilidad de que tal cosa sucediera, le hizo prevenir con cautela, y en forma de denuncio, que don Francisco Pizarro, queriendo aprovecharse de la poca gente con la que Almagro se había quedado, trataba de prenderle para castigarle por los disturbios que había causado en el Cuzco. Habiendo don Diego dado crédito al aviso, se apresuró a salir de esta ciudad el 3 de julio de 1535, después de haber dejado en ella a Rodrigo Orgóñez, para que le recogiese cuantos soldados pudiera, y de haber enviado a decir a sus ajentes en Lima que vinieran a alcanzarle con todos los que lograran reunir.

 

CAPITULO CUARTO

Viaje de Almagro hasta Topisa.- Id. hasta el pie de la cordillera.- Pasaje de los Andes.- Entrada de los españoles en los valles de Copiapó, Huasco y Coquimbo.- Primer español que se introdujo a Chile.- Traición de Felipillo.-Exploración del país.- Retirada de los conquistadores.

 

I

 

El aspecto de los cuerpos que formaban la expedición era bastante singular. Cada español iba equipado de armas y de herramientas, porque iba preparado a combatir con los hombres y con la naturaleza; y llevaba un número muy considerable de indios de servicio, cargados con los utensilios del equipo de que no hacía un uso inmediato, la ropa y los bastimentos o destinados a arrear los numerosos ganados que debían servir para la manutención de los conquistadores. Estos indios, que caminaban en su mayor parte forzados, eran custodiados por negros y yanaconas o indios de la más baja ralea adictos a los invasores, y conducidos aprisionados en cadenas o sogas atadas formando sartas de más o menos individuos. Como era muy fácil reemplazar a aquellos miserables por otros, los españoles no les prestaban ninguna atención; durante el día no cuidaban de suministrarles el suficiente alimento, y durante la noche los metían en ásperas prisiones. “Muchos, dice el cronista Herrera, perecían por el trabajo y mal tratamiento con gran cargo de los superiores, que no les movía al remedio la conciencia, o la obligación de ser aquellos, infelicísimos hombres, y no bestias”.

Los guerreros castellanos, por pasatiempo o comodidad, se hacían llevar en andas por los pobres indios, tirando del diestro a los caballos para que no se enflaquecieran con el peso del jinete. Habiendo aun parido algunas yeguas en el camino, hubo dueños de ellas que hicieron conducir del mismo modo en hamacas o en andas los potrillos. Y no era extraño, puesto que un caballo importaba siete u ocho mil pesos, mientras que un centenar de indios no costaba más que tomarlo. Los bárbaros idólatras perecían de fatiga, pero las cabalgaduras se salvaban. No había motivo de vacilación entre lo uno y lo otro.

Con este aparato atravesaron los españoles la provincia del Collao, que encontraron poblada de indios sumisos, quienes se prestaron con resignación a servirlos, y de numerosísimos ganados, en los cuales escogió cada soldado mas de lo que consideró suficiente para un viaje de quinientas leguas. Aquel parecía principio, no de una trabajosa conquista, sino de un agradable paseo. Cuando llegaron a Paria, vieron que Saavedra no había perdido el tiempo, pues tenía preparada una multitud de indios, y una cantidad asombrosa de bastimentos. Los guías hablaban de que más adelante habían de atravesar despoblados inmensos. ¿Qué importaba esto a los españoles, cuando tenían tantos indios sobre cuyos hombros podían ser llevados como príncipes, y tantas ovejas con cuyas carnes podían regalarse? Los prácticos de la tierra advirtieron que, a medida que se internaran en el país, irían experimentando un invierno más rigoroso. Habiendo infundido a los españoles mayor miedo las lluvias y el frío que los desiertos, Almagro determinó que sus compañeros descansaran un mes en Paria. En cuanto a él, impaciente por recorrer su gobernación, tomó con diez o doce de a caballo el camino de Topisa, donde le estaban aguardando Paullu Topa y Villac Umu.

 Apenas partido, le alcanzó un correo del Cuzco, que venía a decirle que se detuviera, porque había llegado al Perú un alto personaje con orden del rey para deslindar entre él y Pizarro las gobernaciones; pero Almagro, que iba soñando despierto con la grandeza de Chile, superior en su imaginación a toda la del imperio de los incas, y gozándose de antemano con las valiosas mercedes con que se proponía enriquecer a los caballeros de su expedición, no hizo caso del aviso y continuó adelante.

Entre Paria y Topisa tuvo que atravesar con gran fatiga un despoblado de cuarenta leguas; mas, cuando llegó al último de los puntos mencionados, dio por bien empleadas las incomodidades del desierto al recibir de Paullu Topa y Villac Umu noventa mil pesos en oro fino.

 Habiendo notado la ausencia de los tres jinetes españoles que habían venido acompañando a los dos magnates peruanos, supo que habían seguido su marcha resueltos a no detenerse hasta el mismo Chile. Almagro, no obstante su impaciencia por llegar al término de su viaje, tuvo que permanecer dos meses en Topisa, tanto por esperar a que estuviera junta su gente, que fue llegando sucesivamente dividida en varios cuerpos, como por dar tiempo a que se deshiciera la nieve en un puerto seco por donde había de atravesar una empinadísima cordillera, según las noticias que recogía. “Fuera cosa imposible, dice el cronista Oviedo, no haciéndolo así, dejar de perderse el ejército”.

Estos dos meses de espera fueron empleados en acopiar víveres, en fabricar herraduras de cobre, a falta de hierro, para los caballos, y en tomar datos sobre las comarcas que iban a recorrer. Las penalidades del desierto que acababan de atravesar habían principiado a hacer ver a los españoles que su expedición no sería hasta el fin, como había sido hasta entonces, solo un agradable pasatiempo. Los prácticos del país hicieron saber a los audaces aventureros que lo que les quedaba por superar eran tierras malditas de Dios, pobres de frutos y pobladas de tribus desalmadas y belicosas, las cuales no tenían ni sementeras, ni ganados, y se alimentaban de yerbas y raíces silvestres; y que sólo podían penetrar en Chile, o por un desierto de cuarenta jornadas, sin agua, excepto únicamente para partidas de cuatro o cinco jinetes, o por un puerto de cordillera donde caía nieve hasta en el rigor del verano.

 Los españoles, después de madura deliberación, prefirieron poder marchar en grandes cuerpos por el segundo de estos caminos, aunque fuera más peligroso, a tener que ir divididos en pequeños destacamentos por el primero, aunque fuera mas cómodo. “Adelante, dijeron, y venga lo que viniere; ¡Santiago y cierra España!; Dios nos ayudará”.

Hacía poco que la gente de Almagro estaba descansando en Topisa, cuando una noche el gran sacerdote Villac Umu tomó la fuga sin que nadie lo supiera, ni lo esperara. Salieron algunos jinetes en su persecución, pero inútilmente. En vez de la persona del fugitivo, trajeron al campamento la noticia de que el indio huía estimulando a los naturales a que se insurreccionaran contra los castellanos. Si la esperanza de ver declarado por un agente de la corona que la codiciada ciudad del Cuzco caía dentro de los límites de su jurisdicción, no había sido suficiente para hacer que don Diego se volviera, mucho menos lo fue el temor de dejar a sus espaldas una formidable sublevación. Sin ocuparse mucho en las consecuencias que podía tener la fuga sospechosa de Villac Umu, se limitó a dictar algunas precauciones para impedir que el inca Paullu Topa siguiera el mismo ejemplo, y sólo trató de llegar pronto y bien a ese Chile que, a lo que pensaba, había de compensar superabundantemente todas sus fatigas.

 

II

Bien preciso era que las más lisonjeras esperanzas alentasen a Almagro, pues los trabajos que le aguardaban en la continuación del viaje debían de ser ciertamente espantosos. Cuando los conquistadores penetraron en las tierras de Jujui y Chicoana, creyeron poder seguir observando impunemente como hasta allí el mismo comportamiento que habían tenido en lo que acababan de recorrer. Almagro, que halagado por sus ilusiones doradas sobre Chile, miraba con desprecio aquellas comarcas considerándolas como “poca cosa para tanta gente honrada”, y que, deseoso de tener contentos y alegres a sus soldados, los trataba con suma indulgencia, dejaba que talasen el país y cometiesen toda especie de fechorías. Los indios, dice el eclesiástico, cuyo manuscrito inédito he citado ya varias veces, huían a nuestra aproximación, temiendo sufrir la suerte de aquellos de sus compatriotas que venían ensartados en cadenas o sogas, y agobiados bajo el peso de los bagajes de sus duros señores. “Pero cuando los españoles, continúa, no tenían indios para cargas, ni mujeres para que les sirviesen, juntábanse en cada pueblo diez o veinte, o cuatro o cinco, los cuales parecían, y so color que aquellos indios de aquellas provincias estaban alzados los iban a buscar, y hallados los traían en cadenas, y los llevaban a ellos y a sus mujeres e hijos; y a las mujeres que tenían buen parecer tomaban para su servicio y más adelante, que por nuestros pecados muy poca cuenta tenían con si eran cristianas las indias o no, ni se trataba de tal cosa, y el que lo trataba fuera tenido por hipócrita, si metiera mucho la mano en ello”.

Los conquistadores, según el mismo testimonio, no sólo robaban las cosechas, los hijos y las mujeres aún a los indios que se manifestaban dispuestos a servirlos, sino que también si no les daban cuantas cosas se les antojaban, les destruían hasta las habitaciones para sacar leña. “Asimismo imponían los españoles a los indios de servicio que llevaban y a los negros que fuesen grandes rancheadores y robadores, el que era mayor rancheador era de más estima y valor y el que no lo usaba era apaleado cada día; y el que tenía compañero español que no era gran rancheador no le podía ver y huía de su compañía; y si en el real había algún español que era buen rancheador y cruel y mataba muchos indios, teníanle por buen hombre y en gran reputación; y el que era inclinado a hacer bien y a hacer buenos tratamientos a los naturales y los favorecía, no era tenido en tan buena estima. He apuntado esta que vi con mis ojos, y en que por mis pecados anduve, porque entiendan los que esto leyeren que de la manera que aquí digo, y con mayores crueldades harto, se hizo esta jornada y descubrimiento de Chile, y que de la misma manera se han hecho y se hacen todas las jornadas y descubrimientos destos reinos”.

Hasta llegar a Jujui y Chicoana, los castellanos ejecutaron todas estas atrocidades sin ningún inconveniente para ellos; pero los moradores de estas dos provincias eran más esforzados y supieron defenderse, o por lo menos hacer pagar cara su crueldad a los invasores. “Ni temen ni deben, dice hablando de estos indios el cronista Oviedo; porque uno de ellos acomete a un español de a caballo, y enclavado, pasado y cosido con la tierra con una lanza no quiere rendirse: antes allí está ejercitando su arco. Y en este estado ha habido tales que hirieron muchos caballos”. Ciertamente no presentaron batallas a los europeos; pero les hicieron guerra de recursos y de emboscadas. ¡Pobre del español o del yanacona que se apartaba del cuerpo a que pertenecía, porque sucumbía bajo los golpes de los bárbaros justamente irritados! Según el eclesiástico antes mencionado, causaron muchos daños a Almagro y le mataron un gran número de indios de servicio.

El mismo don Diego estuvo a punto de perecer a manos de estos naturales que en una correría lograron dejarle a pie, habiendo traspasado de un flechazo el corazón de su caballo. Es verdad que los invasores tomaron una terrible venganza de esta resistencia. «Será imposible, dice Oviedo hablando en una parte del castigo impuesto por la muerte de un español, olvidarlo los vivos, ni dejarlo sin acuerdo a los venideros”. “Los delincuentes, dice en otra refiriéndose a un caso análogo, quedaron castigados de suerte que no les quedó vida para mas ofender a nadie”.

 Pero la lucha con los indios, por dura que fuese, no era lo que más inquietaba a los conquistadores. Cuantos guías habían podido proporcionarse les anunciaban que antes de llegar a Chile tendrían que superar grandes obstáculos naturales. Había que atravesar despoblados de no menos de cincuenta jornadas; había que pasar un puerto de cordillera cuyo tránsito sería imposible en aquella estación, pues si lo intentaran, la nieve, en los parajes menos cubiertos de ella, les llegaría hasta la rodilla. Los españoles habían aprendido en el camino que llevaban ya recorrido lo que eran el hambre y la sed, lo que eran sobre todo las penalidades de los desiertos. Era mas difícil vencer a la naturaleza que matar indios. Así determinaron descansar dos meses en el pueblo de Chicoana para aguardar la venida del buen tiempo y la madurez de las sementeras, a fin de hacer una abundante provisión de víveres.

 Al cabo del término espresado, Almagro dio la señal de la partida. Llevaba doscientos jinetes y más de trescientos infantes y muchos indios de carga guardados por yanaconas y negros. Arreaba también un gran número de llamas, u ovejas del país, cargados de víveres.

Las tierras que comenzaron a recorrer eran salitrosas, tristes, estériles. Siguiendo la marcha, llegaron a un río por el cual se vieron forzados a andar un día entero sin salir del agua. Los llamas que iban flacos y cansados comenzaron a caerse y a morir. La mayor parte de los indios de servicio, aprovechándose de la confusión, pudieron escaparse. Las cargas de maíz, o fueron arrastradas por la corriente, o tuvieron que ser abandonadas a falta de medios de trasporte. Lo peor del caso fué que los guías anunciaron a los españoles que no les faltaban menos de treinta jornadas para arribar a Copiapó, la más cercana de las provincias de Chile. Aquellos hombres indomables, de quienes su compatriota el cronista Herrera ha podido escribir con justicia que “peleaban en un tiempo con los enemigos, con los elementos y con la hambre mostrando a todo invencibles corazones”, no se dejaron abatir. Siguieron su camino, sin mirar atrás, alimentándose de yerbas y raíces, como sus caballos, pues los pocos llamas que habían logrado salvar estaban tan flacos que era pestífero comerlos.

Con motivo de tales padecimientos aquellos españoles se extenuaron y desfiguraron tanto, que apenas eran una sombra de lo que habían sido. La debilidad humana hizo, sin embargo, en ellos a veces su oficio. Algunos no tenían ya absolutamente que comer. La desesperación comenzó a apoderarse de los ánimos. Almagro entonces como capitán experimentado procuró volver el vigor a los corazones. Para esto, después de haber reunido todo el maíz y los llamas que quedaban, sin atender a cuáles eran los dueños a que pertenecían, y de haber repartido todo aquel bastimento socorriendo a los más necesitados, rogó a sus compañeros que “se apercibiesen para vencer animosamente los trabajos, pues a más de ser propio de militares andar siempre en ellos, nunca se consiguió honra y provecho sin dificultades”.

Esta proclama hizo efecto en los soldados, los cuales contestaron alegres a su caudillo: “que le seguirían, y pasarían por todo lo que fuese preciso”. Bien pronto llegó el caso de experimentar la fuerza de su resolución.

 

III

Al salir de una quebrada, Almagro y sus compañeros percibieron una altísima sierra cuyas cúspides se veían cubiertas de un manto de nieve. Eran los Andes, colosal muralla de granito con que Dios mismo parecía haber querido defender la entrada del país que los audaces europeos se preparaban a invadir. Los españoles habían venido oyendo hablar mucho a los naturales sobre las dificultades de aquel tremendo pasaje pero a pesar de esto, el aspecto solo de la imponente cordillera les hizo comprender que las noticias de los indios estaban muy distantes de ser exageradas. A medida que fueron trepando a la altura, comenzaron a sentir un fuerte viento frío y penetrante que les entumecía los miembros. Particularmente los indios cuyos trajes eran sumamente ligeros, tiritaban hasta dar diente con diente. La senda que seguían era áspera y escabrosa. Todo el suelo estaba cubierto de fragmentitos filudos de roca que lastimaban, no solo los pies de los hombres, sino aún las patas de los caballos. Ningún rastro de vegetación venía a interrumpir la monotonía del paisaje. Por fuertes que fuesen aquellos guerreros, el cansancio de tener que ir siempre subiendo, en particular hallándose tan enflaquecidos y debilitados después de tantos padecimientos en las jornadas anteriores, los molestaba horriblemente. Las fatigas que soportaban eran dolorosísimas, pero no tardaron en experimentar que todavía podían ser mayores. Fueron asaltados de la pana, esa opresión abrumadora de pecho, acompañada de fuerte tos, que ataca a los que transitan por la cordillera. Los indios, menos fuertes que los españoles y mucho peor equipados que ellos, se pusieron a llorar como niños maldiciendo a los que los habían sacado de sus tierras para traerlos a tales desventuras, y comenzaron a dejar marcado con sus cadáveres el pasaje del ejército. Como para aumentar lo lúgubre de la escena, los cóndores, atraídos por el olor de la muerte, venían a colocarse de centinelas en las rocas vecinas al camino, o batiendo sus largas alas describían vastos círculos, y lentas espirales cuyo centro eran los conquistadores, esperando que los que sobrevivían se hubiesen alejado para ir a saciarse en los restos todavía calientes de los que acababan de sucumbir. Aquellos pájaros siniestros eran los únicos seres vivientes que turbaban la inmensa soledad de que se veían rodeados los españoles y los desventurados indios. Semejante situación era espantosa. Faltaba el agua; faltaba el alimento; no se encontraba ni una rama para hacer fuego.

En medio de tanta aflicción, Almagro nunca dejó de implorar el auxilio de Dios, y solicitar su misericordia para sí y sus compañeros. “Llorándole el corazón y mostrando un esfuerzo invencible, y una alegría constante”, como expresivamente dice Oviedo, ayudaba a unos con dulces palabras, a otros con cuantos socorros materiales podía. Al fin no tuvo corazón para presenciar por más tiempo tan doloroso espectáculo, y resolvió perecer o amparar a los suyos. Adelantóse con veinte jinetes de los mejor aderezados y de los más apuestos, para ir a buscar remedio a tantos males en el primer valle de Chile. Haciendo dobles jornadas, en tres días, sin probar bocado en dos de ellos, penetró en la provincia de Copiapó, desde donde sin tardanza envió  auxilios a su tropa.

 Mientras que el jefe llevaba al cabo esta resolución suprema, aquellos que dejaba atrás habían visto aumentarse sus padecimientos. Durante su marcha había caído sobre ellos una gran nevazón, lo que no es raro en tales lugares, aun durante el verano.

Había nevado horriblemente. Si los caminantes alzaban la vista a ver si divisaban a lo lejos el término de aquella cordillera maldita, el reflejo del campo nevado y de la mucha nieve que caía del cielo les quemaba los ojos. Si el cansancio los obligaba a pararse, se quedaban helados. Tenían que marchar y marchar siempre, a pesar de todo, con los ojos bajos, en medio de aquel diluvio de nieve.

 El hambre era extremada; los indios vivos se comían a los muertos, y los castellanos a los caballos helados; pero si se detenían mucho en saciar el hambre, sin caminar, el frío, según la enérgica expresión de un cronista, les hacía salir el alma.

En fin, los mejor librados perdieron sus ropas y sus caballos; otros, la mayor parte de sus negros e indios de servicio que murieron; otros, los dedos, las manos o los pies, que les consumió la nieve.

No tenían ya fuerzas, cuando pudieron dar gracias a Jesucristo por cuya fe combatían, y al glorioso apóstol Santiago, patrón de las Españas, al contemplar los verdes y amenos valles de Chile desde la cumbre de los Andes. Habían llegado.

Poco después recibieron las ovejas, corderos, maíz y otros comestibles que les enviaba Almagro. Las fatigas de la cordillera estaban concluidas; pero, sin embargo, como dice Oviedo, solo acordarse de lo que habían padecido les hacía temblar. Trabajos tales como aquellos habrían sido duros para hombres de hierro o de mármol; ¿cómo lo serían para individuos que venían ya molidos y extenuados con la travesía de centenares de leguas de desierto? El primer valle de Chile, denominado Copiapó, era productivo de maíz y abundante de ganado. En él estaba aguardando Almagro a sus compañeros con todos los socorros que había podido recoger. Los españoles bajaron de la cordillera enfermos y abatidos. Venían completamente desnudos, pues habían tenido que dejar su ropa en la nieve de los Andes, considerándose dichosos en haber escapado con las vidas. Para cubrir sus cuerpos, se vieron forzados a procurarse mantas y telas de las que usaban los naturales de la tierra, y hacer con ellas camisas, jubones, calzas y capas. Cuando estuvieron alimentados y vestidos, necesitaron además reposar algunos días para recobrar las fuerzas.

 

IV

Almagro principió la conquista o pacificación de Chile, como entonces se llamaba, con un acto de justicia, que por desgracia no debía ser seguido de otros semejantes. Era a la sazón señor de Copiapó un indio que había usurpado la tierra a un mancebo su pupilo, y que trataba de arrebatar a éste, no solo la herencia de sus padres, sino también la existencia. El mancebo nombrado Montriri andaba oculto. Habiendo sabido la llegada de los españoles, salió a pedirles favor. Almagro prestó oídos a su demanda, le encontró razón y le restableció en sus dominios. Agradecido el mozo, sirvió en cuanto pudo a sus bienhechores.

Al valle de Copiapó, seguían otros dos denominados Huasco y Coquimbo, Almagro supo que los caciques de estas comarcas se manifestaban adversos, y que habían ocultado la mayor parte de su gente y todos sus bastimentos para no ser obligados a servir a los extranjeros. No tardó en descubrir la causa de una actitud tan hostil.

Por todo el camino había venido indagando noticias de aquellos tres españoles salidos del Cuzco en compañía de Paullu Topa y de Villac Umu, y que por haber dejado a éstos en Topisa, habían continuado solos el viaje. Nadie había dado contestación a sus preguntas sobre el particular. Al fin, en Copiapó averiguó que habían sido muertos ellos y sus negros, sus indios de servicio y sus caballos, por los habitantes del Huasco y Coquimbo, seguramente en venganza de los agravios que habían inferido a los indios, pues, como dice el eclesiástico anónimo, “por codicia de ranchear se vinieron hasta que por sus malas obras y mal tratamiento que hacían a los indios, según se entendió, de los pueblos por donde pasaban, los mataron”. El temor que tenían de ser castigados por esta acción hacía que los moradores de los valles mencionados esperasen a los españoles con desconfianza. Mas Almagro, que deseaba no suscitarse enemigos, en vez de pedirles cuenta de la sangre de sus compatriotas, los convidó con la paz y la amistad por conducto del famoso intérprete Felipillo; pero este demonio de indio, enredoso como siempre, que aborrecía mas que nunca a su amo, y que no había abandonado sus proyectos de ambición, fue no mensajero de concordia, sino atizador de la insurrección.

 Almagro vio con asombro que su invitación, en lugar de calmar a los indios, había producido un efecto enteramente contrario. Sin embargo, no concibió ninguna sospecha del intérprete. Deseoso de poner término a semejante alzamiento, dejó en Copiapó a la parte de su gente que aún no se había recobrado de la fatiga de la cordillera, y avanzó con la que estaba sana. Encontró casi solitario los valles del Huasco y de Coquimbo. Se conocía que la tierra había producido frutos; pero las cosechas habían desaparecido. Sin querer emplear la fuerza, Almagro volvió a invitar a los naturales a que tornaran a sus hogares con sus familias y bastimento; les aconsejó que amasen a un solo Dios verdadero; que renunciaran a sus vicios e idolatría; que sirvieran a los cristianos, les diesen de comer, y los quisieran por amigos; y les aseguró que los recién llegados por su parte sabrían corresponderles y tratarlos bien. Todos sus razonamientos fueron inútiles. Sin duda Felipillo sabía obrar como era preciso para que fuesen desatendidos.

Entre tanto, los españoles que habían quedado en Copiapó vinieron a juntarse con su caudillo. Eran un grande alivio para los conquistadores los servicios de los indios que habían traído del Cuzco, y que habían escapado a los rigores de la cordillera. Bien pronto se vieron privados de la ayuda de estos infelices de que ellos habían hecho otras tantas bestias inteligentes. Sea que, como lo asegura un cronista, se asustasen con la noticia dada por los del Huasco y Coquimbo de que la tierra de adelante era mala y estéril; sea que, como parece más probable, se movieran a impulsos del intrigante Felipillo, lo cierto fue que todos los peruanos se huyeron de repente; y los españoles, según la pintoresca espresión de Oviedo, “quedaron sin tener quien les diese un jarro de agua”. “Y era cosa de lástima, continúa el mismo autor, ver que cada uno buscase de comer para sí y para su caballo, y lo guisase con sus manos el que no era acostumbrado a soplar tizones”.

Mientras que los conquistadores eran abandonados por los criados o piezas de servicio que traían de allende los Andes, los naturales, no solo persistían en su resistencia pasiva, sino que también intentaban dañar de un modo serio a los europeos, y al efecto señalaron una noche para incendiar el alojamiento de los extranjeros. Obraban así estimulados por Felipillo, quien les había aconsejado que principiaran por matar los caballos sin temor, pues no hacían más que correr, asegurándoles que muertos los caballos, los castellanos eran perdidos, pues no valían nada sin ellos. Habiéndose descubierto oportunamente la conspiración, pero no la complicidad del intérprete, que quedó oculta, Almagro, resuelto a hacer un escarmiento terrible, mandó quemar atados a sendos postes a treinta de los más principales entre quienes se contaban los acusados de haber muerto a los tres cristianos, y el tutor que había usurpado los dominio de Montriri, el cacique lejítimo de Copiapó.

Herrera acusa a Almagro de haber ordenado esta ejecución “sin oír ningún descargo: cosa muy injusta, y que a todos pareció crueldad extraordinaria”; pero Oviedo la aplaude diciendo: “que fue necesario este castigo, y aprovechó tanto que se aseguró la tierra, de tal forma que un indio de un español andaba por toda ella  sin  que le fuese hecho algún daño” .  

V

Llegaron a tiempo de presenciar tan bárbaro espectáculo ciertos mensajeros de la limítrofe provincia de Chile, que venían a ofrecer a Almagro la amistad de sus señores, y que contemplaron aterrados lo que veían. La venida de estos mensajeros había tenido su origen en una incidencia demasiado curiosa para que la historia la pase en silencio.

En el valle de Coquimbo había sabido con asombro Almagro que hacía un año residía en la comarca vecina un español, el primero de su nación que había entrado en el país. Era este un tal Pedro Calvo, alias Barrientos, a quien la justicia había hecho cortar las orejas en Lima por ladrón. Corrido de su afrenta, se metió tierra adentro determinado a no volver a presentarse entre cristianos. Había andado más de seiscientas leguas hasta llegar a la provincia de Chile, habiendo logrado que los indios le trasportasen en hamaca a hombros. Los naturales habían recibido con sumo respeto a aquel blanco barbudo. Barrientos se había aprovechado de la admiración que inspiraba para hacerse dar el mando de los guerreros de un cacique, a quien había asegurado la victoria sobre todos sus enemigos. Desde entonces era acatado casi como señor, no sólo por el vulgo de los habitantes, sino aun por los principales. Habiendo Almagro enviado a anunciarle su llegada, Barrientos que se creyó predestinado para derramar la fe de Jesucristo en aquel rincón del mundo, interpuso su crédito, que era grande con los indios, para que no imitasen el ejemplo de los habitantes de los valles del Huasco y Coquimbo, y recibiesen a Almagro y demás españoles como amigos, sin moverse de sus casas, ni ejecutar ninguna mudanza. Le costó poco conseguirlo. Este fue el origen de la venida de los mensajeros del valle de Chile que llegaron a tiempo de presenciar el espantoso suplicio de los principales del Huasco y Coquimbo. Semejante crueldad era propia para inspirar a bárbaros respetos más bien que indignación. Así fue que sumisos y complacientes señalaron a los invasores el camino de sus hogares.

 En la raya de la provincia de Chile, esperaban a Almagro dos caciques al frente de doscientos mocetones para ofrecerle en muestra de buena acogida, según las instrucciones de Barrientos, maíz y ovejas. Don Diego correspondió el obsequio con algunas joyas de las que traía, tanto, dice el cronista, para que perseverasen en la amistad, como para que los demás de adelante hicieran lo mismo. Habiendo salido también Barrientos al encuentro de sus compatriotas, fué muy honrado y agasajado, y se incorporó con ellos.

 

VI

Antes de llegar a Aconcagua, pueblo cabecera de la provincia, se presentó a los cristianos el día de la Ascensión del Señor de 1536 un compatriota suyo con la noticia de que en un puerto veinte leguas más adentro de dicho pueblo, había echado el ancla un pequeño buque de la expedición, llamado el Santiago, cargado de armas, hierro y ropa. Aquel buquecito estaba imposibilitado de moverse, a causa de gruesas averías que había experimentado. El mismo emisario hizo saber a Almagro que el navio donde venían su hijo y el capitán Rui Díaz había tenido que tornar al puerto de Lima desde la costa de Chincha al mando del piloto por la mucha agua que hacía, habiéndose encaminado a Chile por tierra los dos individuos mencionados y la tropa.

Todos recibieron grande alegría con el arribo del Santiago, que tan oportunamente venía a proveerlos de los vestidos que les faltaban. Hasta ahí todo parecía que había salido bien a los descubridores, pues si se habían presentado obstáculos, que siempre deben aguardarse en una empresa alta y arriesgada, habían sido felizmente vencidos. Lo pasado, pasado. Por grandes que hubieran sido los padecimientos sufridos, era mucho consuelo ver que el aspecto de la empresa  se mostraba tan propicio. Los indios, en vez de manifestarse hostiles, hacían a los europeos, gracias a las recomendaciones de Barrientos, la acogida más placentera. El día que los españoles entraron en Aconcagua fué una verdadera fiesta. El señor del valle de Chile con más de sesenta caciques y principales salió a recibirlos a la plaza del pueblo con todas las apariencias de la más perfecta cordialidad. Hubo cambio de regalos y de discursos afables. Almagro dijo a los naturales que destinaba el día siguiente para hablarles de Dios y del rey, y mostrarles el modo cámo su amistad podía ser duradera. Todos se separaron muy contentos, hacién­dose mutuos ofrecimientos.

Cuando era menos de aguardarse, después de lo que había sucedido en el día, a la madrugada inmediata se notó con asombro que todos los caciques y sus mocetones se habían ido alzados. Al saberlo el general quedó sumamente confuso. ¿Qué podía significar una determinación tan extraña? Sin pérdida de tiempo, Almagro montó a caballo, y seguido de algunos jinetes corrió siete leguas desde las tres de la mañana hasta el amanecer en persecución de los fugitivos, empeñado en tomar alguno que le diese esplicaciones sobre suceso tan inesperado. Habiendo sido infructuosa toda su diligencia, tuvo que volverse al campamento sin poderse dar razón de lo que había sucedido. ¿Qué había causado una desaparición tan misteriosa? Por más que pensaba, Almagro no podía descubrirlo.

Los españoles emplearon todo el día en hacer indagaciones. Era evidente que los indios habían tomado su resolución de pronto y sin ninguna premeditación, porque habían dejado una gran cantidad de maíz, y un gran número de ovejas. Si sus demostraciones de la víspera hubieran sido falsas, habrían cuidado de ocultar con tiempo los bastimentos, como lo habían practicado los de Copiapó y de Coquimbo. ¿Por qué, después de tantos agasajos, semejante huida? El día se concluyó sin que las dudas pudieran aclararse. Aquella noche se huyó del campo el intérprete Felipillo con los pocos indios de servicio que habían quedado. Apenas fué sentida su fuga, Almagro hizo salir en su seguimiento una partida de gente, que le alcanzó en una sierra nevada en el momento que estaba haciendo sus aprestos para dirijirse al Cuzco.  Traído a la presencia de su amo, este le hizo hacer, sin que las crónicas digan por qué medios, una confesión general de sus culpas no sabidas, a más de las que eran conocidas, y que le habían sido perdonadas en otras ocasiones. Había calumniado a Atahualpa por asegurar la posesión de una de sus mujeres. Había aconsejado a los habitantes del Huasco y Coquimbo que hicieran perecer a los españoles en medio de un incendio. Había dicho a los del valle de Chile que mirasen lo que hacían, porque Almagro los quería hacer quemar a todos, como a los del Huasco y Coquimbo; y les había asegurado que los cristianos eran perros descreídos, sin fe, ni ley, ni verdad, hasta que había logrado que los indios tomasen la resolución súbita de huir para escapar al furor de unos extranjeros que el intérprete les pintaba como extremadamente feroces. Por último, había determinado dirijirse al Cuzco, donde sabía que el inca Manco estaba rebelado, para decirle que todos los castellanos que habían venido a Chile, quedaban muertos, y estimularle a que matase a todos los que había en el Perú.

 Para castigo de tantas maldades e ingratitudes, Almagro mandó descuartizar a Felipillo y colocar sus miembros en los caminos. ¡Tal fué el triste fin del famoso intérprete, del indio mimado de los españoles, que ocultaba un odio de esclavo contra sus amos bajo la hipócrita apariencia de la grave compostura de su rostro, y que sentía latir fogoso detrás de la seda de su vestido un corazón apasionado, que ajitaba con violencia suma el amor o la ambición! Lo enorme de los crímenes a que le arrastró la impetuosidad de sus pasiones detiene la lágrima que podría arrancarnos la desgracia de su destino.

 Averiguada la causa del alzamiento de los indios, Almagro trató de calmarlo. Por medio de mensajeros, les dio a conocer la perfidia del intérprete, la sanidad de las intenciones de los españoles. Junto con las explicaciones de lo ocurrido, les envió regalos, los cuales sirven para endulzar el ánimo aun de los hombres civilizados, y mucho más el de los bárbaros. Los indios vinieron poco a poco, y como se vieron tratados con mucha consideración por los europeos, fueron desechando como quiméricos los temores que les había infundido Felipillo. La primitiva cordialidad se restableció completamente entre los extranjeros y los naturales.

 

VII

Almagro, por lo que había visto hasta allí de la tierra donde había soñado encontrar un segundo Perú, comenzó a perder sus ilusiones y a temer haberse engañado. Para saber a qué atenerse, interrogó con destreza a los indios sobre los recursos del país. Comprendió muy bien que las respuestas que le daban eran ingenuas, aunque habría deseado que no lo fueran, porque eran muy poco satisfactorias. Al decir de los indios, lo  que   Almagro  no había visto de aquella comarca era todavía mas pobre que lo que había visto. No había grandes poblaciones como las del Perú, sino miserables villorrios de a diez casas. Los habitantes de más adentro eran muy pobres; vivían en cuevas, andaban vestidos de pellejos de animales, y se alimentaban, no de maíz, sino de raíces, yerbas y granos silvestres. En toda la tierra de adelante no se hallaba una punta de oro.

 Aunque noticias de esta especie eran para enfriar el entusiasmo más ardiente, y aunque para mayor desaliento, Almagro creía que eran ciertas, sin embargo quiso cerciorarse por sí mismo, porque, dice Oviedo, “quien había pasado los trabajos que la historia ha contado, no podía temer otros mayores ni iguales que le hiciesen volver atrás en su propósito, obra e deseo de servir a su rey”. Mas al estar preparándose para continuar la marcha, recibió carta del capitán Rui Díaz en que le anunciaba haber llegado a Copiapó con el joven Almagro y ciento diez hombres de infantería y caballería, y que había sufrido grandes penalidades en el pasaje de la cordillera. Tanto por proporcionar oportunos auxilios a los recién llegados, como por los ruegos de los que le acompañaban, resolvió aguardar en Aconcagua a su hijo y a Rui Díaz y confiar entre tanto el descubrimiento que había proyectado hacer en persona al capitán Gómez de Alvarado, “persona valerosa y caballero experimentado en la militar disciplina”, dice Oviedo. Gómez de Alvarado partió a la cabeza de ochenta jinetes.

Como Almagro no podía estar ocioso, mientras llegaban su hijo y Rui Díaz, se puso a visitar la provincia de Chile y la inmediata, y habiendo encontrado averiado en la costa al buquecito Santiago, lo mandó reparar yi calafatear con ropa de indios y sebo de ovejas, hizo embarcar en él un capitán y sesenta hombres, y mandó que fuese hasta el Estrecho de Magallanes explorando las costas, y procurando mantener comunicaciones con Gómez de Alvarado; pero el Santiago no pudo hacer un viaje tan largo, pues el deplorable estado en que se hallaba solo le permitió andar seis leguas en veinte días.

 El resultado de su exploración lisonjeó muy poco a Almagro, y confirmó las noticias de los indios. La tierra era fértil en maíz y abundante de ganado, pero muy pobre de oro; la mejor batea no dio mas de doce granos, lo que ponía de manifiesto que los gastos de explotación excederían a los productos. El clima era notable por lo sano; a pesar de lo molidos y deshechos que los había dejado el tránsito de los Andes, sólo tres españoles murieron de enfermedad; pero en cambio, las mayores poblaciones que se encontraban en ella, tenían únicamente diez o doce casas fabricadas por el estilo de las chozas de los viñadores. ¡Qué comparación con el Perú! “¡Y para ver esto, decían los soldados, hemos vuelto las espaldas a los tesoros de los incas, y soportado tantas fatigas!”.

 En medio de este desengaño, llegó una carta del capitán Alvarado en que hacía una pintura tristísima de lo que había visto, y anunciaba su vuelta. No se necesita ponderar el disgusto que ella produjo en la tropa, y la impaciencia que despertó de volver a gozar las dulzuras del Perú.

A pesar de   tantas contrariedades, Almagro no se resolvió todavía a darse por vencido. Indagó prolijamente de los caciques si habría allende la cordillera hacia la mar, alguna tierra propia para ser poblada. Todos estuvieron acordes en asegurarle que sí tal cosa intentaran los cristianos, no saldría salvo uno solo, porque a mas de que la alta sierra no presentaba pasaje a causa de la copiosa nieve, la otra banda en parte estaba poblada por bárbaros que no cogían pan ni tenían ganado, y en parte era desierta y cenagosa. Sin embargo, el general envió un destacamento al puerto seco inmediato para que verificara la relación de los indios. La gente que fué comisionada al efecto, a la segunda jornada de los Andes, volvió espantada, pidiendo por Dios a Almagro que abandonara su proyecto, si no quería dejar el ganado, los caballos y los hombres que llevaba, sepultados en la nieve.

 En estas circunstancias regresó de su expedición Gómez de Alvarado, a los tres meses de haber salido, ponderando la pobreza y esterilidad de la tierra que había visitado. Aseguró que solo había encontrado algunos ruines villorrios de caribes (era este el nombre que los españoles acostumbraban dar a los indios más salvajes) en medio de ciénagas y tremedales; que en un solo día la lluvia y el frío le habían muerto cien indios de servicio; que habían pasado veinte y cinco días sin comer maíz ni ellos, ni sus caballos; y por último, que habiéndose informado sobre la rejión que se extendía todavía mas al sur, había averiguado que tocaba a los confines del mundo.

En vista de lo que oían, y de lo que veían, todos los españoles clamaban por volver al Cuzco; la tierra buena era la que habían dejado atrás; no había un segundo Perú. Mas Almagro, que toda su vida mostró ser muy constante en lo que concebía, no se conformaba con abandonar tan pronto el proyecto en cuya realización había cifrado tantas halagüeñas esperanzas, y deseaba no partir por lo menos hasta haber fundado siquiera dos poblaciones. La vacilación de Almagro debía de ser tanto más grande, cuanto que el desprecio que sus compañeros hacían de Chile era injusto y exagerado. Habían soñado encontrar en él una región tan opulenta, que la realidad no había podido ni con mucho corresponder a sus ilusiones; y porque no habían descubierto un reino igual al imperio de los Incas, o mas magnífico, se negaban a reconocer las ventajas que el nuevo país ofrecía. Hay en el manuscristo del eclesiástico anónimo una frase, arrojada en medio de su descosida narración, que revela perfectamente la disposición de ánimo a que aludo en los primeros descubridores de Chile. “Como no le pareció bien la tierra por no ser cuajada de oro, dice, refiriéndose a Gómez de Alvarado, no se contentó de ella”. Esto fué lo que hubo. Los compañeros de Almagro miraron a Chile con desdén, porque las riquezas no andaban desparramadas como guijarros por el suelo, según se lo habían figurado. Irritados por el desengaño tan amargo que habían sufrido, no tenían reparo en asentar que el país descubierto y andado era tan pequeño, tan distante, tan pobre de oro, tan despoblado de gente, que no bastaría para dar de comer a cuarenta españoles, si estuviera todo junto, y a muchos menos estando sus provincias, como estaban, tan divididas y remotas unas de otras, que era imposible poblarlas y abastecerlas

 

VIII

A fin de conseguir que Almagro diera pronto la señal de la partida, hicieron un llamamiento al tierno afecto que profesaba a su hijo, el cual acababa de llegar en compañía del capitán Rui Díaz. “Si aconteciera que murieseis aquí, le dijeron, vuestro hijo no quedaría mas que con el nombre de don Diego”. La reflexión debió de hacer fuerza a Almagro, porque era verdadera. Había gastado tanto para costear la expedición, que de rico poderoso había llegado a ser pobre hasta el punto de poderse decir con razón que casi no poseía más que su espada y el amor de sus soldados. Hallábase pues en la urgente necesidad de ir al Cuzco a rehacer su caudal. Almagro dio la orden de la vuelta, y de una vuelta pronta, porque advirtió que si no abandonaba pronto Chile, iba a verse apurado de víveres, por no haberse hecho sementeras aquel año, y haberse comido las del anterior.

 Pero lo que en estas circunstancias debió particularmente de influir sobre don Diego para dejar sin concluir la empresa comenzada fue el haber recibido cartas de dos de sus oficiales más estimados, Rodrigo de Orgóñez y Juan de Rada, que habían llegado a Copiapó con un refuerzo de cien hombres, y lo que era más importante, con los despachos en que el rey le concedía con el nombre de Nueva Toledo una gobernación de doscientas leguas, que debía  estenderse al sur de la que con el nombre de Nueva Castilla concedía a Francisco Pizarro de doscientas setenta leguas contadas desde el río Santiago, un grado y veinte minutos norte del Ecuador. Excusado es manifestar que Almagro, ignorante hasta del abecedario, y los rudos guerreros que le acompañaban, eran incapaces de formarse, ni aun aproximadamente, idea de las extensiones de territorio a que hacían referencia los reales despachos. No obstante,decidieron, convencidos sin duda por el deseo, que el Cuzco, la joya del Perú, caía en la Nueva Toledo. Desde aquel momento todos dijeron: “al Cuzco, al Cuzco! a defenderlo contra los Pizarros”.

 “Esta vuelta, dice el eclesiástico anónimo, no se pudo hacer sin gran destrucción de los naturales y tierra de Chile, porque, como se determinó de volver, Almagro dio licencia a todas su gentes que rancheasen la tierra, y tomasen todo el servicio que pudiesen e indios para cargas, y no quiero explicar lo que pasó en esto, ni que tal quedó la tierra, porque, por otras cosas que yo tengo apuntadas, lo podrán sentir”.

“Ningún español salió de Chile que no trajese indios atados, el que tenía cadena, en cadena, y otros hacían sogas fuertes de cuero de ovejas; y traían muchos cepos para aprisionarlos de noche, y tenían por costumbre caminando, porque no se huyesen los tristes indios, de llevarlos a la vela, y poníanlos todos en un llano y velándolos; y si alguno se movía, inferían que se quería huir, y dábanle los que velaban de palos; y estos que llevaban a la vela eran los que no tenían cepos y cadenas para echarlos; y por causa de los grandes despoblados traían en los indios toda su ropa cada uno, y las camas con que dormían, y mas todo  lo que habían de comer ellos y los caballos; y considerar lo que los indios que este trabajo traían comían, no se podrá creer; basta que de día trabajaban sin descansar ni comer sino un poco de maíz tostado y agua; de noche eran aprisionados bárbaramente”.

“Español hubo en este viaje que metió doce indios en una cadena, y se alababa que todos doce murieron en ella, y que cuando ya el indio había expirado, por espantar los otros, y por no desaherrojarlos le cortaba la cabeza por no abrir el candado de la cadena que llevaban con llave. Tenían por ordinaria costumbre, si un triste indio cansaba o adolecía, de no dejarle de la mano hasta que muriese del todo, porque decían que si dispensaban con uno, que los demás se harían dolientes o cansados porque los dejasen, y hallaban que era esta una singular razón. En este viaje y negra vuelta a la tierra del Cuzco, murieron mucha cantidad de indios e indias”.

He dejado la palabra a un testigo ocular para que algunos no digan que la narración de tales horrores es un tejido de embustes y exageraciones destinados a causar efecto y dar colorido al discurso.

En este viaje los pobres indios debieron quizá de recordar mas de una vez los pronósticos del Felipillo.

 

CAPÍTULO QUINTO

Noticias que Orgóñez y Rada dieron a Almagro en Copiapó de los procedimientos   de los Pizarros.- Sorprendente acto de generosidad de Almagro con sus compañeros.- Pasaje del desierto de  Atacama por los españoles.- Insurrección de Manco.- Negociaciones de Almagro con el inca.- Toma del Cuzco por Almagro.-Batalla de  las Salinas.- Suplicio de Diego de Almagro.-Expedición de Simón de Alcazaba,

 

I

 

Mucho gusto tuvo Almagro al apretar la mano en Copiapó a su capitán general Rodrigo de Orgóñez y a su mayordomo Juan de Rada. Orgóñez con su gente había atravesado la cordillera antes que Rada con la suya; pero los dos habían tenido que soportar padecimientos horribles. Quienes habían dejado consumidos por el frío en la maldita cordillera los dedos de las manos; quienes aun los pies. Orgóñez había salido sin uñas, y sin la piel de las manos, cosas que le había arrebatado la nieve.

Los sufrimientos de los soldados de Rada habían comenzado antes de subir los Andes. Durante cuarenta días no habían tenido mas ración para cada hombre, que diez algarrobas y un puñado de polvo de los huesos de los caballos que se les morían de flacos. En el tránsito de la cordillera, comían como cosa regalada los caballos que cinco meses antes se habían muerto a los que pasaron con Almagro, caballos que encontraron frescos y sin hedor, y hubo, a lo que cuenta Oviedo,quienes se acuchillasen disputando por los sesos y las lenguas, “porque quien los comía pensaba que tenía manjar blanco, u otro de más precioso y agradable sabor”.

Almagro conferenció largo con Orgóñez y Rada, quienes le impusieron minuciosamente de los procedimientos de los Pizarras. Encontrábase Rada en Lima, disponiéndose para venir a Chile con la gente que había reunido, cuando arribó el altivo Hernando Pizarro de Europa. Sabedor de que traía los despachos para su señor, se los había pedido con mucho comedimiento, apelando aun a la intervención de Francisco Pizarro; pero Hernando había diferido el entregárselos con diversos pretextos hasta que ambos estuvieran en la ciudad del Cuzco, a donde el último de los mencionados se dirigía para ser gobernador de ella, y Rada de tránsito para Chile.

Era el caso que don Francisco Pizarra había manifestado sentimiento a su hermano porque había consentido en que se diera a Almagro una gobernación en que estaban comprendidas la gran ciudad del Cuzco y tantas provincias cuya adquisición había costado tan caro. Hernando se excusó diciendo que con las setenta leguas que había conseguido que se agregaran a la primitiva concesión de doscientas, le parecía que la ciudad del Cuzco, y aun más, quedaba dentro de la jurisdicción de don Francisco, lo que debía calmarle sobre aquel punto; y que por otra parte, no había podido impedir que se diera un gobierno independiente a Almagro, porque el rey y el consejo estaban tan bien informados de los servicios que este conquistador había prestado, que aun aquella gratificación les parecía poca.

Habiendo buscado entonces los dos hermanos como ponerse en guardia contra los golpes que don Diego podía intentar para apoderarse del Cuzco, habían resuelto que Hernando fuese allá de gobernador, y que se retardara cuanto se pudiera la entrega de los despachos a su rival para que se empeñara más y más en la conquista de Chile, y si se le ocurría alguna vez regresar al Perú, encontrara las cosas tan bien arregladas en la tan codiciada ciudad que le fuera imposible entrar en ella.

Tales habían sido los motivos de los Pizarros para no acceder a la justa solicitud de Rada; pero las dilaciones habían debido necesariamente tener un término. Cuando Hernando Pizarro hubo tomado posesión del Cuzco, Rada le exijió con instancia que le diera los despachos de Almagro, y Hernando se vio obligado a entregarlos contra su gusto. El fiel servidor, tuvo, pues, la complacencia de poner en manos de Almagro la real provisión en que éste y sus amigos veían con los ojos del deseo la expresa y terminante asignación para ellos de la rica capital de los incas.

Juan de Rada agregó todavía que los indios de la provincia del Collao se habían insurreccionado, y que aún creía que el Cuzco mismo estaba de guerra. Esta relación inflamó el ánimo de Almagro y sus compañeros para ir a recuperar esta ciudad del poder de los Pizarros o de los indios, o de unos y otros, si preciso fuese. Lo que les aflijía era verse separados por una encumbradísima cordillera y extensos despoblados de la región de donde jamás habrían querido apartarse.

 

II

Los individuos de la expedición se manifestaban tristes y abatidos, viendo que tantos trabajos habían sido inútiles; que toda sus halagüeñas esperanzas habían salido frustradas; y que volvían al Perú pobres y endeudados. Habiéndolo notado Almagro, los convocó a todos, y les dirigió el siguiente razonamiento: "Señores, hijos, hermanos y compañeros míos, he observado vuestra pena por lo que debéis; y pues no ha sido la voluntad divina el que en esta jornada ni vosotros ni yo medrásemos, demos gracias a nuestro Señor por todo lo que hace, y conformémonos, pues ni vosotros ni yo hemos cesado de trabajar, ni tenemos que quejarnos de nosotros mismos. Yo vuelvo contento y rico con solo tener la seguridad de que todos vosotros conocéis que si hubiéramos hallado mucho oro y grandes tesoros, vuestro capitán gobernador con la mejor gana y entera voluntad os lo habría repartido todo, y que si hubiera guardado para sí alguna parte, habría sido para dárosla también: Ya que sabéis esto, Dios es testigo, y yo os lo digo por mi fe, que mi intención no fué nunca, no es, ni será, pediros lo que me debéis; que no he pensado obligaros a la paga de las obligaciones que me hicisteis; y que si he mandado guardarlas, ha sido para daros cuando fuerais ricos, a mas de lo que Dios os hubiera dado, las escrituras que acreditan lo que me adeudáis".

En seguida hizo traer allí mismo todas las escrituras, y tomándolas una por una, llamaba al respectvo deudor, y le decía: "Vos, fulano, me debéis por esta escritura tantos pesos (los que la escritura expre­saba)". El deudor respondía: "Señor, es cierto que os soy deudor de la cantidad que decís".Partiendo entonces Almagro en dos pedazos la escritura, la pasaba al deudor diciéndole: "Pues ahí tenéis vuestra obligación, que yo os la dispenso". Cuando las hubo roto todas de esta manera, dijo: "No creáis que por esto dejaré de daros a vosotros y a mis amigos lo que me queda, porque nunca deseé dinero y hacienda sino para darlo". Por conclusión, ordenó a los escribanos que cancelasen los registros, especificando que había sido paga­do de lo que se le adeudaba. En aquella ocasión dispensó Almagro a sus deudores ciento cincuenta mil pesos de oro. “Liberalidad de príncipe más que de soldado, dice Gomara hablando de este singular  acto de desprendimiento de Almagro; pero cuando murió no tuvo quien pusiese un paño en su degolladero” .

 

III

Determinada la vuelta al Perú, quedaba una gravísima dificultad por resolver, la del camino por donde habían de ejecutarla. Los conquistadores eran muy audaces, y habían dado pruebas de que pocas cosas les imponían susto, pero no se sentían con bríos para repasar la empinada cordillera, que para mayor terror divisaban blanca de nieve casi hasta media falda. Había otro camino, el de la costa; pero atravesaba un desierto de más de doscientas leguas, que solo tiene de distancia en distancia unas pequeñas aguadas suficientes apenas para saciar la sed de unos cuantos individuos.

 Los españoles atribulados pidieron con misas y oraciones a Dios que los alumbrase para hacer una acertada elección entre aquellos dos caminos que ofrecían peligros de distinto género. Al fin, temblándoles las carnes a la sola idea de exponerse otra vez a los rigores de los Andes, decidieron por unanimidad seguir el camino de la costa, que todavía no habían experimentado.

Almagro, como general prudente, tomó las mayores precauciones para evitar los riesgos de toda clase que amenazaban a su tropa. Envió por mar en un buque al capitán Francisco Noguerol con ochenta hombres a situarse en el pueblo de Atacama, a fin de que impidiera un asalto de los indios de la otra parte, que según había sido informado, estaban todos alzados, contra alguna de las diversas y pequeñas partidas en que por necesidad tenían los españoles que marchar divididos a causa de la escasez de agua.

Después hizo reunir cuantos bastimentos pudo, los cuales ordenó que fuesen trasportados en hombros de los pobres indios y a lomo de los llamas, habiéndose provisto de calzado a estos animales, a fin de que no se despeasen con las piedrecitas filudas que cubrían tanto el camino de la costa como el de la cordillera. Hechos estos preparativos, mandó salir un primer destacamento de cinco jinetes españoles con dobles cabalgaduras para que explorasen el terreno, y le enviasen una relación de lo que observasen cada día. Junto con ellos iba un cierto número de negros con azadones, destinados a ensanchar las aguadas, para que éstas pudiesen suministrar mayor cantidad de agua.

Luego que estos exploradores escribieron a don Diego que el camino era tal cual se lo habían pintado, comenzó a hacer salir partidas de seis o de ocho españoles con la competente dotación de indios de servicios, portadores de víveres y equipajes, con encargo de que cada una de ellas fuese a dormir al punto de donde hubiera salido la que iba delante. Las jornadas debían ser solo de tres o cuatro leguas para evitar que las cabalgaduras o los indios pereciesen bajo el peso de las cargas.

A pesar de tantas providencias, la travesía fué penosa, sobre todo por la escasez y mala calidad de las aguas, que eran gruesas y cenagosas. “Si los trabajos pasados, dice Oviedo, no los tuvieran convertidos e habituados a diversas fatigas, y fueran estos españoles gente nuevamente llegada de Castilla, dificultoso fuera no se corromper o inficionar con muertes o diversas enfermedades”. “Pero, por la misericordia de Dios, continúa el mismo cronista, ningún cristiano corrió riesgos, ni perdió la vida”. Murieron sí treinta caballos, y un gran número de indios de servicio, a lo que afirma el eclesiástico anónimo, que fué testigo ocular.

Don Diego de Almagro fué el último que salió de Copiapó, donde esperó hasta que hubo partido toda su gente, y uno de los primeros que llegaron al pueblo de Atacama; porque fué corriendo como en posta por el camino para poder ir socorriendo a sus soldados, y llegar a tiempo de atender a la satisfacción de las necesidades de ellos al salir del tremendo despoblado.

 

IV

A mediados del mes de octubre de 1536, Diego de Almagro pudo dar gracias a Dios encontrándose con su tropa en el territorio peruano. Nuevos y distintos peligros les aguardaban aquí, pues los españoles hallaron que toda la tierra estaba insurreccionada, por haberse levantado el inca Manco a la cabeza de sus súbditos contra los conquistadores. Almagro y sus compañeros habrían deseado conocer de un modo positivo la situación del país para arreglar la conducta que habían de seguir; pero todos los esfuerzos que hicieron para conseguirlo fueron infructuosos.  No tardaron en cerciorarse  de que los indios llevaban a sistema el suministrarles noticias vagas y contradictorias, y de que el fomentador de sus reticencias y exageraciones era el inca Paullu Topa, que marchaba entre los cristianos con todas las apariencias de amigo. Era el caso que la grande insurrección que había estallado, había sido combinada antes de la partida de Almagro para Chile, y que habían sido sabedores y cómplices con Manco de cuanto se había maquinado Villac Umu, el que había huido de Topisa; Paullu Topa, que se había quedado en el ejército sin duda para espiar los movimientos de aquellos a quienes aparentaba servir; y tal vez el mismo Felipillo, que se había mostrado tan porfiado en urdir la ruina de su señor. Los peruanos habían fundado muchas esperanzas de triunfo en separar a Almagro de Pizarro por regiones dilatadas y poco transitables. Habían pensando con razón que era mas fácil destruir primero a los españoles que habían quedado en el Perú, y después a los que habían ido a Chile, que a unos y otros reunidos. Almagro conoció la conducta hipócrita de Paullu, pero se vio obligado a disimular, porque deseaba aprovechar su mediación para ajustar paces con Manco.

Aunque nuestros españoles carecían de datos para formarse una idea clara de lo que había pasado durante su ausencia, sin embargo, encontraron por el camino señales espantosas que los convencían de que lo ocurrido debía de ser muy grave. Eran estas señales ropa, armas y aun cadáveres horriblemente mutilados de cristianos, que los bárbaros habían muerto, o más bien despedazado. En vano procuraron obligar de todas suertes a  los naturales  a que les hicieran una relación del estado actual del levantamiento; nada pudieron lograr.

La incertidumbre llegaba a ser insoportable.

No obstante la resolución que tenían Almagro y sus principales oficiales de disimular la conducta manifiestamente hostil de Paullu Topa con el objeto de poder emplear su intervención en caso necesario, determinaron hacer que hablase. La angustia de la ansiedad en que estaban era tanta, que no pudieron observar hasta el fin el plan de política que se habían propuesto seguir. Almagro exijió de Paullu que le descubriera la verdad de lo que había pasado y de lo que estaba pasando; le dijo que tomara informes seguros de los que supieran los sucesos de vista o de oídas, porque si descubría que algo de lo que le comunicara era falso, había de hacerle quemar vivo; y por último, le hizo presente que si le declaraba lo cierto, le trataría mejor que a su propio hijo.

 Hecha esta tremenda notificación, Almagro se retiró dejando a Paullu bien vigilado, y de modo que éste lo notara para que viese que la fuga era imposible. Paullu habló entonces, pero su revelación fué tristísima, pues aseguró que la cabeza del gobernador Francisco Pizarro y las de otros cien cristianos habían sido traídas a Manco; que todas las poblaciones españolas del Perú habían sido destruidas; y que sólo ochenta castellanos capitaneados por Hernando Pizarro resistían todavía en el Cuzco, estrechados de cerca por un numerosísimo ejército de peruanos. Semejante relación sumergió en la tristeza a Almagro y a todos sus compañeros, los cuales tenían que lamentar la pérdida no sólo de tantos compatriotas, sino también  del imperio de los incas, que parecía dificultosísimo recuperar. Don Diego, sobre todo, lloró amargamente la muerte desastrosa de Francisco Pizarro, el hombre a quien más había amado. Al saber una catástrofe tan horrorosa, olvidó al competidor, para no recordar más que al amigo.

Los españoles trataron de marchar sin tardanza al auxilio de sus compatriotas encerrados en el Cuzco. Con este objeto partieron de Arequipa el 12 de marzo de 1537. Cuando fueron acercándose al Cuzco, Almagro, que siempre había sido muy distinguido por el inca Manco, trató de ganárselo por bien. Habiendo sabido que tenía consigo prisioneros españoles que le servían de secretarios para mantener correspondencia con los sitiados, le hizo escribir en su nombre una carta en que le anunciaba que venía al frente de mil cristianos y setecientos caballos a castigar por orden del rey de España a los que habían injuriado al Inca, y en que le rogaba que suspendiera la guerra para dejar que Almagro diera cumplimiento a los mandatos que traía. “Informado soy, le decía, que tenéis en vuestro poder a Hernando Pizarro y otros españoles: ninguno de ellos mataréis por amor de mí, y dadle buen tratamiento, y especialmente a Hernando Pizarro, no tanto por él, como porque es criado del rey, y le quiere mucho”.

Junto con esta carta, le mandó una ropa de atorros para el frío, que, a lo que don Diego aseguraba a Manco, había sido enviada espresamente por Carlos V para que fuese dada al Inca.  Manco, sea afecto a Almagro, sea convencimiento de que sin la cooperación de otros españoles era difícil vencer completamente a los sitiados del Cuzco, quienes, aunque acorralados, se habían defendido, y seguían defendiéndose, con heroísmo, aceptó la amistad de don Diego a condición de que le vengara de los que le habían ofendido. “Para esta cruz, le decía entre otras cosas en su contestación escrita por algún prisionero español, si yo me alcé fue por los malos tractamientos que me hicieron más que por el oro que me tomaron, porque me llamaban Perro, y me dieron de bofetones, y me tomaron mis mujeres y tierras en que sembraba. Di a Juan Pizarro mil trescientos ladrillos de oro y dos mil piezas de oro de puñetes y vasos y otras piezas menudas; di a más siete cántaros de oro e plata. Di más a Hernando Pizarro, dos hombres de oro y siete cargas de oro y mucha plata. Decíanme: Perro, danos oro: si no, quemarte hemos. Y amenazábanme Mesa, Toro e Solares; y Maldonado tomóme la ropa; y Pizarro y Jiménez y Setiel todos estos me decían malas palabras, y decían que me querían quemar. Los otros cristianos del Cuzco son poco bellacos: estos son muy malos; y si me los entregas, o los castigas, yo te veré de paz”.

 Quién sabe qué resultado habría producido esta negociación, si Hernando Pizarro que había sabido entre tanto la aproximación de Almagro y su tropa, y las comunicaciones en que había entrado con el soberano de los indios rebeldes, no hubiera tratado de impedir que se arreglaran, temeroso de ser él la víctima de tal alianza. Al efecto escribió a Manco que desconfiara de don Diego.

El iInca al principio no dio asenso a estas insinuaciones; pero, sobre haberse ido despertando en él poco a poco la suspicacia natural del indio, la noticia que tuvo de que algunos sitiados habían  conferenciado sin recibir daño con los soldados de Almagro acabó de persuadirle de que éste trataba de engañarle. Así fué que cayó de sorpresa sobre el campamento, resuelto a exterminar al caudillo castellano y a su gente; mas fue rechazado con tanto vigor, y recibió tal escarmiento, que tuvo que retirarse lejos y ponerse a la defensiva.

 

VI

Viéndose libre de los indios, Almagro se dirigió al Cuzco, que creía de buena fe estar comprendido en los límites de su jurisdicción. “La línea de división, dice el laborioso y sabio Prescott, caía tan cerca del terreno disputado, que racionalmente podía dudarse del resultado del verdadero, no habiéndose hecho minuciosas investigaciones científicas para obtenerlo”. Almagro hizo saber a Hernando Pizarro que venía de Chile para socorrer a los cristianos que se hallaban cercados por los bárbaros; y para presentar al cabildo las provisiones reales que incluían la ciudad en su gobernación. La respuesta de Hernando fué tal cual debía aguardarse de su carácter altivo, y del antiguo odio que profesaba a don Diego. “Si Almagro viene en auxilio de sus compatriotas, bien venido sea; pero si pretende hacer valer provisiones, apriete los puños, porque doy al diablo mi alma, y desde luego se la ofrezco, si dejo entrar a don Diego en el Cuzco”.

Los españoles se prepararon entonces a pelear contra  españoles,  como si fuera contra moros o indios. Algunos amigos comunes, para evitar el escándalo de que sangre cristiana fuera derramada por manos cristianas, se interpusieron entre ambos bandos, y consiguieron una suspensión de armas para tentar si había un medio más decente de arreglar la diferencia. Almagro convino en ello, pero a condición de que Hernando Pizarro no procuraría entre tanto levantar fortificaciones ni cortar puentes. Mientras los mediadores se esforzaban en concertar un avenimiento, principió a llover tan copiosamente, que parecía que el cielo se deshacía en agua. Como el lugar donde se habían detenido para esperar el resultado de las negociaciones los de Almagro o los de Chile, como los llamaban, era un barrial cenagoso, fueron materialmente inundados, y se encontraron, según las palabras de un cronista, “con el lodo hasta la cincha de los caballos”.

Para salir de una posición tan incómoda, Almagro envió a rogar a Hernando Pizarro que le permitiera alojarse en la ciudad. El iracundo castellano, echando a la espalda la generosidad y la hidalguía, respondió “que se fueran a alojar a las casas del sol”.—“Dejadlos que vengan a hospedarse aquí, agregó a los que le rodeaban, que yo les daré buen descanso”. Un proceder tan incivil, y aun poco humano, irritó hasta el extremo contra Hernando los ánimos de los de Chile. A la noche del siguiente día les vino denuncia de que Pizarro estaba haciendo romper contra lo pactado algunos puentes del Cuzco. Habiendo destacado espías a indagar la efectividad del hecho, volvieron diciendo que era cierto. Almagro no pudo entonces contener a su tropa, que capitaneada por Rodrigo de Orgóñez se precipitó contra su gusto, sobre la ciudad, la cual tomaron sin mucho trabajo (8 de abril de 1537), haciendo juntamente prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro.

Si no hubiera sido por la intercesión de don Diego, los dos Pizarros habrían pagado con la vida los agravios que habían inferido a sus contrarios. Almagro hizo que el cabildole reconociera por gobernador del Cuzco como comprendido en el territorio de la Nueva Toledo.

 

VII

Sólo trascurrido algunos días de la ocupación que había hecho de la disputada ciudad, antes opulenta capital de los incas, y al presente arruinada e incendiada por los mismos naturales, Diego de Almagro supo que Francisco Pizarro vivía, y que los establecimientos españoles estaban en pie, pues, aunque habían sido fuertemente atacados, los peruanos habían salido rechazados; y lo supo porque recibió noticias de que un capitán de Pizarro venía al frente de quinientos hombres al socorro del Cuzco, que creían siempre amenazado por Manco. Sin pérdida de tiempo, intimó a dicho capitán que le reconociera por gobernador; y como lo rehusase, marchó a atacarle y le hizo prisionero.

La guerra quedaba, pues, declarada entre los dos viejos conquistadores que habían emprendido el descubrimiento y conquista del imperio peruano, como si fuera una especulación mercantil.

 Almagro atendía a defenderse, no sólo de sus compatriotas, sino también de los indios. No habiendo logrado ni por bien, ni por mal, hacer entrar en la obediencia al inca Manco, que seguía recorriendo alzado el campo en unión de Villac Umu, le depuso en un acto público de la dignidad de Inca, e invistió de ella a Paullu Topa, que, como se sabe, era hermano del desposeído y había cooperado en secreto a la insurrección, pero que se prestaba a obrar sometido a los invasores por llevar el nombre de soberano.

Mientras tanto, don Francisco Pizarro supo casi simultáneamente, y sin tener antecedentes que le tuvieran preparado para ello, del regreso de Almagro, de la ocupación del Cuzco, de la prisión de sus hermanos, de la derrota de su capitán. Desalentado por tantos reveses y muy temeroso de que Hernando, contra quien se dirijía la principal enemistad de los almagristas, perdiera la vida, trató de cortar la contienda por medio de negociaciones, y no por las armas. Diversos mediadores comenzaron a ir de uno a otro de los dos viejos amigos, representándoles los males que podían originarse de su discordia, e invitándolos a un acomodo. Almagro se manifestaba muy soberbio, y creía asegurado el triunfo de su causa.

Sin esperar a que la diferencia estuviera arreglada, salió del Cuzco para dirigirse al valle de Chincha, donde proyectaba fundar una población, cercana a la costa que llevara su nombre, como si hubiera querido levantar ciudad contra ciudad, y oponer la de Almagro a la de los Reyes, que Francisco Pizarro había edificado para capital de su gobernación. Condujo consigo a Hernando, temeroso sin duda de que pudiera sobrevenir a éste algún accidente desagradable, si no le amparaba con su presencia, pero dejó preso en el Cuzco a Gonzalo. Hallábase ocupado en fundar su ciudad, cuando recibió la nueva de que este último Pizarro se había escapado el 23 de setiembre de 1537; y con esto princiiaron las adversidades del infortunado don Diego.

 Sin embargo, las negociaciones no se suspendieron hasta que el astuto Francisco Pizarro obtuvo que Almagro consintiera en dar la libertad a Hernando a condición de que saliese del país, y de que don Diego conservase la gobernación del Cuzco, mientras que el monarca decidía la disputa. Hernando Pizarro, antes de salir de la prisión, afirmó por su honor y juró por Dios que cumpliría lo pactado. Esto de prometer y jurar costaba poco a los Pizarros. Durante las negociaciones, Francisco no había desperdiciado el tiempo y tenía reunido un cuerpo de tropas más numerosas y mejor equipadas que las de su rival. Apenas Hernando pudo juntarse con él, le dio el mando de ellas, y le encargó que fuera a recuperar el Cuzco, pues él se sentía muy viejo para hacer una nueva campaña. El pobre Almagro conoció, pero tarde, que había sido burlado. Se vio forzado a emprender la retirada a fin de proteger la ciudad, objeto de la contienda, y reunir todas sus fuerzas. Para colmo de desgracia, una sífilis espantosa le quitó el uso de su cuerpo, y lo afligió con dolores insoportables. Tuvo que entregar el mando de su pequeño ejército a Rodrigo de Orgóñez, y que ser conducido en andas.

El sábado 6 de abril de 1538, se acometieron en el llano de las Salinas, a una legua del Cuzco, setecientos soldados de Francisco Pizarro capitaneados por Hernando, y quinientos de Diego de Almagro dirigidos por Orgóñez. La pelea fue reñida y sangrienta, hasta que la victoria se decidió por los Pizarros. La animosidad de los vencedores era tal, que mataban aun a los rendidos, aun a los que habían subido en ancas de los mismos soldados de Hernando, que eran sus amigos, para salvarse. El valiente Orgóñez fué asesinado después de haber entregado la espada: y no se contentaron con matarle sino que además le cortaron la cabeza.

 

VIII

El desgraciado Diego de Almagro, aunque cubierto el cuerpo de bubas y atormentado por agudísimos dolores sifilíticos, se había hecho conducir, antes de principiar el combate, a un corral vecino a la posición que ocupaban sus soldados, desde el cual echado en unas andas, se proponía contemplar lo que iba a suceder. Paullu Topa, que desde que había sido elevado a la categoría de Inca, había manifestado siempre a Almagro la mayor fidelidad, se colocó a corta distancia con un cuerpo de indios para velar por la seguridad del anciano y moribundo conquistador, habiéndole éste dado orden expresa de que se mantuviera solo a la defensiva, pues sentía repugnancia de poner a los peruanos en situación de que conocieran que podían hacer frente a los españoles. Colocado así, Almagro pudo, primero divisar en lo alto de una cuesta a la gente de Hernando Pizarro, que se acercaba con las banderas desplegadas al viento, y en seguida ver a la suya dirigida, por el denodado Orgóñez, cargar contra el enemigo. Como hubiese riesgo de que las balas de la artillería, que había comenzado a tronar, llegasen hasta el corral donde Almagro se había situado, el médico que le asistía le obligó a volverse al Cuzco en un caballo sobre el cual tenían que sostenerle tres o cuatro hombres, porque solo no habría podido ir. Apenas se había alejado, cuando los indios que traía Hernando Pizarro, atacaron a los de Paullu Topa; pero el inca supo rechazarlos y guardar las espaldas a su amigo o señor, cumpliendo por lo demás las instrucciones que había recibido de no tomar en el combate sino una parte pasiva. Cuando la derrota de los almagristas se hizo general, todos, vencedores y vencidos, se precipitaron al Cuzco, y entre otros los indios de servicio que llevaban las andas de Almagro, las cuales no abandonaron, aunque fuesen vacías. Era tanto el odio de los partidarios de Pizarro contra el descubridor de Chile, que muchos que pasaban junto a ellos aunque iban a carrera abierta en persecución de los fugitivos, sin embargo, creyendo que don Diego era conducido en aquellas andas les daban de lanzadas, diciendo: “¡Muera el puto viejo!”

El Cuzco presentó entonces el aspecto de una ciudad entregada a saco. Todo era gritos, confusión y pelea. Quienes robaban, quienes mataban, quienes apellidaban “Pizarro, Pizarro” quienes indagaban el paradero de Almagro. Uno arrastraba por el suelo la bandera del vencido; otro señalaba, teniéndola asida de las barbas, la cabeza del infortunado Orgóñez. En medio de tal alboroto, la soldadesca y la chusma descubrieron que Almagro y su hijo se habían refugiado en la fortaleza. Junto con saberlo, un gran gentío se precipitó a ella, y rompiendo las puertas, se apoderó de las personas del anciano que concluía en tanta desgracia su carrera y del joven que la principiaba, y los despojó hasta de la camisa, y los habría despojado hasta de la vida, si no los hubieran amparado algunos capitanes que se presentaron allí oportunamente, uno de los cuales tomó en ancas a Diego de Almagro el viejo. Pero si aquellos generosos militares pudieron salvar a los prisioneros de la muerte, no los salvaron de las injurias. Un capitán Castro, que no había visto nunca a Almagro, se aproximó para conocerle; y encontrando que era feo y tuerto, “mirad, dijo, por quién han muerto a tantos caballeros”, y levantó el arcabuz para quitarle la vida, y aquella habría sido la última hora del anciano conquistador, si algunos de los que le rodeaban no hubieran podido contener, aunque con suma dificultad, a Castro.

Entre tanto, habiendo llegado a oídos de Hernando Pizarro que su aborrecido contrario era su prisionero, “dio a entender, dice un cronista, que holgara que le hubieran muerto”, y mandó que le encerraran con grillos y cadenas, aunque estaba casi moribundo,  en la misma prisión donde Almagro le había tenido antes a él. Ni siquiera dio al padre el alivio de que su hijo quedara a su lado; pues hizo colocar a éste en distinto calabozo. La noche de su aprehensión, los Almagros no habrían tenido ni cómo vestirse, ni dónde dormir, ni qué comer, si el médico de don Diego, el doctor Sepúlveda, no les hubiese proporcionado ropa, colchones y alimentos.

Hernando Pizarro se manifestó más generoso con el inca Paullu Topa, pues hecho prisionero, le perdnó, “aunque habiendo sido antes amigo suyo, dice un cronista, en aquella ocasión se le había mostrado contrario”. Inmediatamente el rencoroso Hernando ordenó que se encausara a Almagro por haber hecho la guerra a los mandatarios reales, ocasionado la muerte de muchos españoles, conspirado con los indios, usurpado la gobernación del Cuzco y cometido otros delitos semejantes. Por ganar los favores del vencedor, sobraron quienes se presentaran, y aun quienes se ofrecieran, a atestiguar los crímenes del vencido. ¡Miserable condición humana! El expediente contuvo en pocos días más de dos mil hojas, y los escribanos, a lo que cuenta Herrera, no alcanzaban a escribir las declaraciones de tantos testigos.

Hernando no tuvo reparo en constituirse juez de la causa. Habiendo Almagro protestado contra tal arbitrariedad, y exigido que por lo menos se asesorase con un letrado. Hernando dio por toda respuesta “que tenía en su cabeza leyes por las cuales sentenciaría”. Tales procedimientos convencieron a Almagro de que su enemigo no dejaría que los años y las enfermedades pusieran término a la corta vida que aun podía quedarle. Pensó entonces en asegurar la suerte futura de su hijo, que a la sazón había sido enviado a Francisco Pizarro. Hizo al efecto un testamento en que nombraba al joven Diego sucesor suyo en la Nueva Toledo, a virtud de expresa facultad que para ello le otorgaba la real provisión, y a Carlos V heredero de lo que le correspondía en un cuantioso entierro de oro y plata proveniente de lo ganado en Cajarnarca y en el Cuzco, que, según afirmaba, tenía oculto Francisco Pizarro. En seguida, para evitar que se extraviara esta expresión de su última voluntad, la dio a guardar cerrada a un español llamado Juan Baeza a quien por desgracia le robaron tan importante pliego por haber cometido la imprudencia de guardarlo junto con un dinero que poseía. Era esta una pérdida bastante difícil de reparar, porque, como Almagro estaba muy vigilado, no podía disponer de muchas ocasiones de renovar el testamento sustraído, ese testamento que, según el pobre padre, debía garantizar a su querido hijo una gobernación y el favor soberano.

 Hernando Pizarro pareció entre tanto ablandarse algo. Habiéndole pedido el prisionero una entrevista, se la concedió. Almagro, que estaba muy abatido de ánimo, se deshizo en llanto al verle. “A las personas valerosas les suceden lances como este, le dijo Hernando para consolarle; mostrad valor, y no lloréis, porque seréis bien tratado, y se os hará justicia”. “Estoy aguardando a mi hermano Francisco, continuó; y podéis arreglaros con él, y si éste tardara en venir, os enviaré a donde él estuviere”.

 Desde esta ocasión Hernando aparentó tratar a su prisionero con bastante consideración. Le remitió aun varios obsequios de cosas de comer para abrirle el apetito. Sin parar en esto, le hizo consultar “¿de qué manera iría mejor a ver a su hermano, en unas andas o en silla?”. Almagro le respondió que como iría mejor, sería sentado en una silla y que se la mandase hacer con unas varas. Sin embargo, a pretexto de que deseaba remitir luego a Almagro con el proceso a la ciudad de los Reyes para que se aviniese con el gobernador, Hernando se empeñaba en concluirlo sin guardar términos ni fórmulas legales. Fueron pocos los que se dejaron engañar con aquellas hipócritas demostraciones. Juan Baeza, aquel a quien le habían robado el testamento, solicitó de Hernando que, pues don Diego debía ser llevado a la presencia de Francisco Pizarro, dejase entrar  en la prisión un médico que le diese algunos remedios para ponerle en estado de emprender un viaje.

Habiendo Hernando accedido a la petición, el doctor Sepúlveda pudo ver a Almagro, a quien encontró muy decaído y macilento. “Estoy seguro dijo el prisionero a Sepúlveda, que una de estas noches me han de matar, y lo siento no por mí, sino porque dejo desvalidos al gran número de hidalgos que tanto han trabajado en mi compañía”. Le habló también largo de su hijo, cuyo destino le inquietaba mucho, pues temía por su vida. Habiendo sabido la pérdida del testamento, le suplicó que hiciera a Baeza escribir otro arreglado a puntos que le dio, igual al robado, que firmaría de la primera oportunidad. “Cuando esto decía, refiere Oviedo, quien le supo de boca del mismo Sepúlveda, lloraba tan reciamente que le puso mucha lástima al doctor”.

Entre tanto, la opinión comenzaba a pronunciarse fuertemente en favor de Almagro y en contra de los Pizarros. Los vencidos espiaban una ocasión de volver a sobreponerse. En cuanto a los vencedores, como sucede siempre en las luchas puramente personales, muchos se habían declarado por el prisionero, quejosos de que no se les hubiera premiado tanto como cada uno había esperado. Se criticaba acremente la severidad de Hernando; se conspiraba aun para poner en libertad al descubridor de Chile. Con el objeto de alejar del Cuzco a la gente ociosa, y descontenta, Hernando promovió expediciones para diversas comarcas; pero el arbitrio no surtió todo el efecto que deseaba, pues quedaron siempre en la ciudad bastantes desafectos para censurar su conducta y procurar la salvación de don Diego. Hernando redobló las guardias de su casa; persiguió y castigó a los sospechosos; sin embargo, continuaron siempre el sobresalto de sus amigos y la agitación del vecindario.

La noche del 7 de julio de 1538, a la hora en que la población estaba entregada al reposo, hubo en el Cuzco una grande alarma. Se tocó llamada, se ensillaron los caballos; se aprestaron los arcabuces y los falconetes. Se dijo que la tropa de Pedro de Candia, acaudillada por un capitán Mesa, venía alzada contra la ciudad para libertar a Diego de Almagro. Se llegó a asegurar aun que los amotinados no distaban ya más que dos leguas. Sin embargo, amaneció el día 8, sin que se hubiera presentado un solo enemigo. Apenas se había calmado el alboroto producido por la falsa alarma, cuando una noticia terrible, aunque no inesperada, volvió a causar por distinto motivo una grande ajitación en el vecindario. En un momento se esparció por todas partes la nueva de que Hernando Pizarro había condenado a muerte a Diego de Almagro y de que, habiendo apelado el reo para comparecer ante el soberano, no se le había concedido aquel recurso. Los partidarios de Hernando trataban de justificar providencia tan rigorosa, o mejor cruel, con la razón de que Hernando no se atrevía, ni a enviar el prisionero a la presencia de Francisco Pizarro por temor de que fuese arrebatado por los conjurados que al efecto estaban apostados en el camino, ni a salir fuera del Cuzco para castigar a éstos por el recelo de que algún cuerpo de revoltosos, aprovechándose de su ausencia, se enseñorease de la ciudad y libertase a Almagro. Este último, que estaba preparándose para ir a ver a su antiguo camarada, con quien se lisonjeaba de entenderse, y que, a pesar de que hubiera dicho lo contrario a su médico, no aguardaba una muerte violenta, pidió una entrevista a Hernando; no pudiendo convencerse de que había sido condenado seriamente. Hernando tuvo la poca generosidad de ir a contemplar la desesperación de su aborrecido contrario.

El prisionero no era ya aquel don Diego de Almagro de otros días, aquel indómito conquistador que había desafiado a los hombres y a la naturaleza, y que había logrado vencer a aquéllos y subyugar a ésta, sino un anciano miserable y moribundo, enflaquecido por la enfermedad y amilanado por la prisión, que lloraba como mujer porque iba a recibir en un suplicio esa muerte que tantas veces había despreciado en medio de los peligros del combate, de las tempestades del océano, de la soledad de los desiertos o ciénagas, de las nieves de los Andes.

“No me matéis por amor de Dios, dijo Almagro a Hernando; tened presente que jamás he derramado la sangre ni de vuestros amigos, ni de vuestros parientes, aunque los he tenido en mi poder, y habría podido hacerlo: recordad que he sido el principal escalón para que Francisco Pizarro, vuestro querido hermano, haya subido a la cumbre de honra y de riqueza en que se halla; mirad cuán viejo, flaco y gotoso me encuentro; dejadme vivir siquiera en la cárcel los pocos y tristes días que me quedan para llorar mis pecados”.

“Yo me holgara, respondió Pizarro, de que vuestra vejez no acabara con tal muerte, si estos reinos pudieran estar en paz dejándoos la vida. No sois el solo que ha muerto en este mundo, ni han de faltar otros que mueran de la misma manera que vos. En fin, convenceos de que ha llegado el último día de vuestra existencia; y ya que Dios os ha hecho la gracia de haceros cristiano, encomendadle vuestra alma, y pedid perdón por vuestras culpas”.

“Es imposible, replicó el acongojado Almagro, que tengáis ánimo para matarme, cargando con la eterna infamia de ingrato y cruel. Enviadme a vuestro hermano; y si de él me viene la muerte, la soportaré con paciencia resignándome a mi desdichada fortuna; y si me diera la vida, yo correspondería como debiera a nuestra vieja amistad. Remitidme por lo menos al rey para que me castigue, si he delinquido. ¿Qué bien se os puede seguir de mi muerte, y qué mal de mi vida? Mirad que mi cansada y aflijida vejez llega ya a su término”.

 “Sois caballero y tenéis un nombre ilustre, contestó el inflexible Hernando; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema la muerte”.

 “Si nuestro señor Jesucistro la temió, no es mucho que yo la tema, dijo Almagro. Considerad, continuó, que es imposible que el rey, recordando lo que le he servido y las provincias que le he descubierto, deje de castigar a los autores de mi muerte. Tened compasión de este pobre viejo, cuyo cuerpo está cubierto de cicatrices recibidas en servicio de su soberano y su patria: que ha perdido un ojo por la misma causa; que siempre ha usado de la mayor benignidad con todos; que tuvo piedad con vos mismo, cuando estuvisteis en su poder, aunque todos le rogaban que os quitase la vida, pronosticándole que por ser misericordioso con vos se había de ver en este duro trance”.

 “Confesaos, fue la única contestación de Hernando, porque vuestra muerte no tiene remedio”.

 Almagro rehusó desde luego confesarse con unos religiosos que entraron a auxiliarle; pero su médico Sepúlveda envió a rogarle que lo hiciera con el padre Vargas, comendador de la Merced. Almagro consintió entonces. Apenas el sacerdote y el penitente estuvieron solos, el primero le presentó un testamento igual al perdido, nuevo testamento que Juan Baeza había copiado. Almagro leyó con cuidado el documento que se le presentaba, y le hizo algunas correcciones. Cuando lo hubo firmado y entregado a Vargas, se sintió más tranquilo. El pobre anciano se lisonjeaba de haber asegurado a su hijo con aquella firma, el título de gobernador de la Nueva Toledo y la protección de Carlos V, a quien, para conseguirla, designaba por su heredero; pero como Francisco Pizarro rehusó dar a Diego de Almagro, el mozo, el respectivo territorio, y el emperador estaba muy lejos, se cumplió al pie de la letra lo que sus  compañeros anunciaban al padre cuando andaban por Chile, de que no había de tener que legar a su hijo más que su nombre, y habrían podido añadir, su desgracia.

 Luego que Almagro hubo acabado de confesarse, entró en la prisión el alguacil Toro, seguido de los ejecutores de la sentencia. "Ahora, Toro, le dijo mirándole el prisionero, os veréis harto de mis carnes". Fueron sus últimas palabras, pues le hicieron sufrir la pena de garrote inmediatamente y allí mismo, por temor de que estallara un alzamiento para ponerle en libertad.

El Cuzco entre tanto presentaba el aspecto de una ciudad sitiada. Un fuerte destacamento de tropas ocupaba la plaza mayor, y otros todas las bocacalles. Todas las guardias  se habían redoblado. Habiéndose dirijido algunas personas a interceder por Almagro, Hernando rehusó recibirlas, y les intimó aun que se retirasen pronto si no querían exponerse; y porque se detenían algo, los centinelas apuntaron sus armas contra ellas. La tristeza aparecía en los semblantes de españoles y de indios. “Le vengaremos”, decían los primeros; “nunca nos dio mal tratamiento”, decían los segundos.

En medio de esta aflicción general, el cadáver de Almagro fué sacado a la plaza, donde le cortaron la cabeza, a son de un pregón que declaraba los crímenes por que había sido castigado. Con motivo de esta circunstancia, a lo que cuenta Garcilaso, decían los maldicientes que los enemigos de don Diego, para mayor muestra de odio, y por vengarse de él, le habían muerto dos veces. “El verdugo, continúa el autor citado, por gozar de su preeminencia y despojo, le desnudó y dejó en camisa y aun esa le quitara, si no se lo estorbaran. Así estuvo en la plaza mucha parte del día, sin que hubiese enemigo ni amigo que de ella lo sacase; porque los amigos vencidos y rendidos no podían, y los enemigos, aunque muchos de ellos se dolieron del muerto, no osaron en público hacer nada por él, por no enemistarse con sus amigos. Porque se veía de qué manera paga el mundo a los que mayores hazañas hace en su servicio.

Ya bien cerca de la noche vino un negro que había sido esclavo del pobre difunto, y trajo una triste sábana, cual la pudo haber, o de su pobreza o de limosna, para enterrar a su amo, y envolviéndole en ella con ayuda de algunos indios que habían sido criados de don Diego, lo llevaron a la iglesia de nuestra señora de las Mercedes. Y los religiosos, usando de su caridad, con muchas lágrimas lo enterraron en una capilla que está debajo del altar mayor”.

 Garcilaso ha silenciado una circunstancia muy particular que refieren Oviedo y Herrera, y es la de que Hernando Pizarro, junto con todos los caballeros, clérigos y frailes de la ciudad, acompañó el entierro de su víctima, como su hermano Francisco había antes acompañado el de Atahualpa.

El mismo día, lunes 8 de julio de 1538, presenció la sentencia, el suplicio y los funerales de Almagro.

 El primer cuidado de Hernando, luego que se hubo desembarazado de su rival, fue salir a castigar a los conjurados que iban en la tropa de Pedro de Candía, lo que consiguió fácilmente haciendo ajusticiar al capitán Mesa, que era el caudillo, y perdonando la vida, aunque no otras penas, a los demás cómplices, para manifestarse benigno.

 Francisco y Hernando Pizarro se echaron mutuamente la culpa de la muerte del descubridor de Chile. Francisco decía que su hermano había obrado en aquello sin orden suya; Hernando que había cumplido solamente al pie de la letra las instrucciones del gobernador. Estas inculpaciones recíprocas ocasionaron aun serios altercados entre ellos. Lo cierto fue que ambos deben considerarse cómplices en aquel acto de ingratitud y de crueldad.

Hernando Pizarro partió a España poco antes de que trascurriera un año de aquel trágico suceso para defenderse de las acusaciones que habían entablado contra él los amigos de Almagro por la manera sanguinaria como había tratado a este ilustre conquistador. Aunque hizo valer como argumento en su favor las grandes riquezas que había acopiado en el Perú, no pudo evitar el que a poco de haber llegado a la corte se le encarcelase en la fortaleza de Medina del Campo, donde permaneció encerrado veinte años. Al fin, salió de la prisión, cuando no existía ya ninguno de sus hermanos, y cuando el poder de su familia estaba arruinado. Alcanzó a completar un siglo de vida; pero en los últimos años se vio solo en el mundo, sin amigos ni enemigos, pues unos y otros habían partido antes que él de la tierra.

 

IX

Hacia la época, poco más o menos en que el desventurado Diego de Almagro había emprendido su expedición a Chile para entrar en este país por la extremidad norte, otro conquistador había perecido lastimosamente en la meridional.  Habiendo Carlos V vendido a los portugueses las Molucas o islas de las especias, por falta de dinero con qué atender a los gastos de su coronación de emperador, sin saber el vendedor lo que vendía, ni los compradores lo que compraban, cesó el interés de hacer viajes al oriente por el estrecho de Magallanes, pero no el de ir a conquistar y poblar los países de América, vecinos a esta comunicación de los dos océanos mas grandes del mundo.

 En setiembre de 1534, salió del puerto de Sanlúcar con rumbo al estrecho, el caballero portugués al servicio de España, Simón de Alcazaba, no para ir a buscar gloria y riqueza, y encontrar la muerte como Magallanes y Loaísa en las islas o las aguas del Pacífico, sino para fundar un reino en las vastas comarcas que se extendían hasta el famoso pasaje a que dió su nombre el primero de los navegantes mencionados. Llevaba dos buques, unos doscientos cincuenta hombres, una provisión real que le hacía gobernador de doscientas leguas al sur de la Nueva Toledo asignada a Diego de Almagro y la esperanza de tener en breve tiempo tanta renta como el  condestable  de Castilla, y más joyas que los Velascos y Mendozas.

 La navegación fué extremadamente molesta, por no haber tenido agua para beber durante cincuenta días, de modo que hasta los perros y los gatos que iban a bordo tenían que saciar la sed con vino puro, y por haberse dado de ración a cada hombre solo diez onzas de bizcocho. A las privaciones del hambre y de la sed, se añadieron los disgustos de la discordia. Alcazaba tenía maneras descorteses y tono áspero, lo que le malquistó con la mayor parte de sus compañeros; “y no me maravillo que le culpasen, dice con este motivo Oviedo, porque ángel ha de ser el que pueda contentar a esa gente allegadiza y tan diversa”.

 El 18 de enero de 1535 entraron los dos buques de la expedición por el Estrecho de Magallanes; pero habiéndose internado hasta una tercera parte de él, la fuerza de los vientos y la dureza de la estación acobardaron a aquellos navegantes, obligándolos a deshacer lo andado, y a echar anclas en la bahía del cabo Santo Domingo, puerto de la costa patagónica. Alcazaba se hizo jurar aquí con mucha pompa por gobernador, y caminó tierra adentro para buscar poblado. Habría andado catorce leguas, cuando aquel capitán, que era, según dice un cronista, hombre cargado y doliente, conoció que no tenía resistencia para seguir adelante, y por ruego de los suyos se volvió al puerto con algunos otros que iban también cojos y enfermos.

Los restantes prosiguieron el viaje dirigidos por el piloto de una de las naves, quien los guiaba por aquellas vastas soledades, como si fuera por el mar, con aguja, astrolabio y carta de mares. En veintidos días anduvieron más de cien leguas soportando t