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JALDÚN IBN Al-Muqaddimah
Discurso Sobre la Historia Universal
Abd-ar Rahman Ibn Jaldún al Hadrani nació en Túnez en 1332, en medio de una familia andaluza. Más joven que sus contemporáneos Petrarca y Boccacio, murió en 1406, un año después del gran conquistador Tamerlán. Su vida corre paralela a la Guerra de Cien Años entre Francia e Inglaterra, y la peste negra que asola al Viejo Mundo se lleva a sus padres al mismo tiempo que despuebla las campiñas europeas.
Es la época de la fundación de Tenochtitlan, del reinado de Tezozómoc (1363 a 1427) y del año 1389, en que los turcos derrotan a los cristianos del príncipe serbio Lazar en Kósovo.
Ibn Jaldún tuvo una vida muy activa como político, que lo llevó desde Marruecos hasta Egipto, y también como diplomático,
si se piensa que fue embajador ante Pedro el Cruel de Castilla y que llevó su última misión ante Tamerlán, cerca de Damasco. Es
además, según Elías Trabulse,uno de los más grandes filósofos de la historia en
quien la acción y la contemplación lograron en ciertos instantes una síntesis
perfecta... fue asimismo un historiador de la aristocracia y un político
fracasado como Tucídides, con quien a menudo se le compara.
Filósofo de la decadencia de las culturas, su obra
es sin duda uno de los monumentos históricos más impresionantes de la historia
del pensamiento. En 1977 el Fondo de Cultura Económica y Elías
Trabulse realizaron la hazaña de publicar los Mugaddimah o Prolegómenos (la
introducción y el libro Primero de su Historia Universal).1 Esa obra, escrita
entre 1374 y 1382, antes de llegar a los cincuenta años, no se había publicado
de forma integral en castellano antes de la traducción realizada por Juan Feres
y rescatada por Elías Trabulse, quien realizó el estudio preliminar, la
revisión y los apéndices.
Gracias a la cortesía del Fondo de Cultura Económica
publicamos algunas páginas del gran “istor”, quien expone su concepción de la
historia.
ISTOR IBN JALDÚN Y SU VISIÓN DE LA HISTORIA
Prefacio del Autor
"¡En el nombre de Dios clemente y
misericordioso!"
Dice el siervo pobre del Altísimo, rico de Su bondad
infinita, Abderrahmán Ibn Mohammad Ibn Jaldún el Hadramí, que el Supremo le
favorezca.
Alabado sea el Todopoderoso, poseedor de la Gloria y
de la potestad, dueño del reino de los Cielos y de la Tierra. Suyos son los más
bellos nombres y epítetos; Omnisciente sobre lo manifiesto y lo oculto,
Omnipotente sobre lo celestial y lo terrenal. Quien del polvo nos hizo
espíritu, tenue soplo; diónos la Tierra por los siglos de los siglos, e hizo
que la tierra nos prodigara frutos y bienes, para nuestra subsistencia;
multiplicónos en grupos y pueblos protegidos por Su magnanimidad, desde el
claustro de nuestras madres, así como en el hogar; amparados con alimentos y
bienes. Mas los días y los tiempos nos consumen, nos abaten los términos de
nuestra existencia, prefijos en su libro cronometrado. Lo perdurable y
sempiterno ¡sólo a El pertenece! ¡El es eterno!
¡Las oraciones y la paz sean sobre nuestro señor
Mahoma!, el profeta árabe cuyo nombre es citado en la Biblia y el Evangelio, y
cuyo alumbramiento sacudió el universo, antes de que comenzara la sucesión de
los sábados y los domingos, antes de la existencia del espacio que separa a
Zohal de Yehemut.
La paz sea sobre su familia y sobre sus compañeros,
quienes por su celo en amarle y seguirle, han adquirido una gloria inmarcesible
y un amplio renombre por secundar sus esfuerzos, constituyendo una unidad
compacta, en tanto que la discordia dispersa a sus enemigos. Las oraciones y la
paz de Dios sean sobre aquél cuya veracidad ha sido atestiguada por la araña y
la paloma. ¡Que el Altísimo derrame sobre él y los suyos sus bendiciones, en
tanto que el Islamismo goce Su prosperidad! ¡Y que la infelicidad viera rotos
sus frágiles lazos de existencia!
LA
HISTORIA
Pasando a nuestro tema: la historia es una de las
técnicas que se transmiten de nación a nación, de pueblo a pueblo; que en pos
de ella van los estudiosos hasta países remotos, siendo esta ciencia anhelada
aun por el vulgo y la gente ociosa; compiten en su campo reyes y principales, y
es asimilada al propio tiempo por los instruidos como por los ignorantes.
Considerando a la historia en su aspecto exterior,
parece que no pasa de ser una serie de anales y acontecimientos que han marcado
el curso de épocas y Estados de Ia antigüedad, y que testimonian el paso de
generaciones anteriores. Es por tanto que en ella se cultivan diversos giros y
citas sentenciosas, que son motivo de solaz en reuniones y celebraciones
multitudinarias; es ella la que nos hace conocer la índole de la creación y sus
trastornos experimentados. Nos ofrece un vasto panorama en donde se observa a
los imperios promover su carrera; nos muestra cómo los diversos pueblos han
poblado el mundo hasta que la hora de la partida les fue anunciada, y que el
momento de su caso ya había llegado.
Mas la ciencia histórica tiene sus caracteres
intrínsecos, que son: el examen y la verificación de los hechos, la
investigación atenta de las causas que los han producido, el conocimiento
profundo de la naturaleza de los acontecimientos y sus causas originantes. La
historia, por tanto, forma una rama importante de la filosofía y merece ser
contada en el número de sus ciencias.
Desde la fundación del Islamismo, los historiadores
más distinguidos han abarcado en sus disquisiciones todos los acontecimientos
de los siglos pasados, con el fin de poderlos reunir en las páginas de los
volúmenes y registrarlos para las generaciones sucesivas; pero los improvisados
y charlatanes (de la literatura) los han adulterado, introduciéndoles
falsedades, producto de sus propias fantasías, y fábulas ornamentadas
confeccionadas al abrigo de deleznables tradiciones. Muchos de sus sucesores se
han limitado a seguir sus huellas y ejemplos. Nos transmiten sus relatos tal
como los recibieron, sin tomar la menor pena de indagar las causas de los
sucesos, ni reparar en consideraciones acerca de las circunstancias concomitantes
Tampoco desaprueban ni rechazan acerca de las circunstancias tan burdas
ficciones, porque el ingenio verificativo es en ellos casi nulo; el ojo
crítico, generalmente miope, el error y el descuido son afines y acompañan
siempre a las aprehensiones sofísticas; el espíritu de imitación es innato en
los hombres y permanece atado a su naturaleza; por ello las diversas
disciplinas del saber proporcionan una amplia carrera a los charlatanes; el
campo de la ignorancia ofrece siempre su pasturaje insalubre; pero la verdad es
una potencia cuyo imperio nadie puede resistir, en tanto la falacia es un poder
maligno que retrocede herido por los rayos de la razón. Al simple narrador
corresponde nacer referencias y dictar los hechos; mas a la crítica toca fijar
su penetrante mirada para descubrir lo que puede haber de auténtico; es, pues,
cuestión de saber depurar y bruñir, mediante la crítica, las facetas de la
verdad.
Memoirs of the Noble Prophetby Saifur Rahman al-Mubarakpuri |
Varios escritores han redactado numerosas crónicas
muy detalladas, habiendo compilado la historia general de pueblos y dinastías;
pero, de entre ellos, bien pocos gozaron de grande renombre, de alta autoridad,
y que, en sus obras, hayan reproducido por entero los datos suministrados por
sus antecesores. El número de esos sobresalientes autores apenas pasa del de
los dedos de la mano, o de las "mociones" que indican la influencia
de los regímenes gramaticales. Tales son: el compilador Mohammad Ibn Ishaq, AtTabari,
Al Kalbí, Mohammad Ibn Omar Al Waqidí, Saif Ibn Omar Al Asadí, Al Masudí, y
algunos otros, igualmente célebres. Es cierto que en los trabajos de Masudí y
de Waqidí hay muchos puntos reprensibles y censurables, cosa muy fácil de
verificar y generalmente admitida por los sabios versados en el estudio de las
tradiciones históricas y cuya opinión hace autoridad. Sin embargo ello no ha
impedido que la mayoría de los historiadores dieran preferencia a los relatos
de estos dos autores, siguiendo su método de composición y marchando sobre sus
huellas. Determinar la falsedad o la exactitud de los datos es obra del crítico
perspicaz, recurriendo siempre a la balanza de su propio juicio. Los sucesos
que operan en la sociedad humana ofrecen caracteres de una naturaleza
particular, caracteres que deben tomarse en consideración al emprender la
narración de los hechos o la reproducción de los relatos, así como de los datos
o documentos concernientes a los tiempos pasados.
La mayor parte de las crónicas dejadas por estos
autores, es redactada sobre un mismo plan y tiene por objeto la historia
general de los pueblos; circunstancia que hay que atribuir a la ocupación de
tantos países y reinos por las dos grandes dinastías musulmanas (la Omeya y la
Abbasida), que florecieron en las primeras centurias del Islamismo; dinastías
que habían poseído hasta el último límite la facultad de hacer conquistas o de
abstenerse. Algunos de estos escritores han abarcado en sus relatos a todos los
pueblos e imperios que existieron antes de la eclosión de la fe islámica, y
escribieron tratados de historia universal. Tales fueron Masudí y sus
imitadores. Entre sus sucesores cierto número abandonó esa universalidad para
reducirse a un círculo más estrecho; renunciando a extenderse hasta puntos
remotos en la exploración de un campo tan vasto, se limitaron a fijar por
escrito los acontecimientos dispersos que se relacionaban a hechos que marcaban
su época. Cada uno de ellos trataba a fondo la historia de su país o lugar de
su nacimiento, contentándose con narrar los sucesos concernientes a su ciudad y
a la dinastía en turno. Esto mismo hizo Ibn Hayan, historiógrafo de España y de
la dinastía Omeyada establecida en dicho país, así como Ibn ArRafiq,
historiador de Ifrikiya y de los soberanos de Qairauán (Qairuan).
Los que escribieron después de ellos, no fueron sino
simples imitadores de índole burda e inteligencia estrecha; gente sin criterio
propio, que se conforman con seguir, en todo punto, el mismo plan trazado por
sus antecesores, y normarse en su modelo, sin percatarse de las modificaciones
que el decurso del tiempo imprime a los sucesos, ni de las mutaciones que opera
en las costumbres y mentalidades de pueblos y naciones. Estos hombres sacan de
la historia de las dinastías y de los hechos de siglos pasados una serie de
relatos, que se antojan vanos simulacros desprovistos de substancia, cual una
vaina carente de contenido; relatos de los cuales el lector está en el derecho
de desconfiar, porque no puede saber si son antiguos (auténticos) o modernos
(inventados). Lo que ellos refieren es un hacinamiento de sucesos, sin idea de
las causas, especie de hechos, sin haber sabido apreciar su naturaleza ni
verificar los detalles. Reproducen en sus composiciones los relatos circulantes
entre el pueblo, con exactitud, siguiendo el modelo de sus predecesores en la
carrera; pero descuidan o ignoran la indicación del origen de los pueblos, su
desarrollo y sus modificaciones: causas decisivas de aquellos hechos, porque no
han sido personas capaces de suministrar esos datos; por ello, las páginas de
sus volúmenes quedan mudas a ese respecto. Cuando hacen referencia a la
historia de una dinastía, se conforman con narrar los sucesos de una manera
uniforme, conservando todos los relatos, verídicos y falsos; mas ellos no se
ocupan, en modo alguno, de examinar siquiera de qué origen era esa familia. No
señalan los factores que condujeron a dicha dinastía a desplegar sus pendones y
manifestar su poderío, ni tampoco las causas que le han forzado a detener su curso.
El lector queda, pues, insatisfecho, procurando en vano descubrir la
procedencia de tales acontecimientos, su importancia relativa y los móviles que
los han producido, sean simultáneos, sean sucesivamente, continúa indagando,
pero no logra descorrer el velo que oculta las diversas analogías que, dichos
acontecimientos pueden presentar. Esto es lo que expondremos íntegramente en
los primeros capítulos de esta obra.
Luego surgen otros, con tendencias a la excesiva
brevedad, limitándose a sólo mencionar los nombres de los reyes, sin referir
genealogías ni los anales respectivos; tan sólo añaden la cronología de sus
reinados, expresada mediante cifras llamadas "gobar". Tal como
hiciera Ibn Rashiq en su "Mizan-el-Aamal", así como algunos otros
escritores de poca monta.
Habiéndome enterado de diversos y numerosos
trabajos, realizados en el campo de la historia, y al cabo de sondear las
honduras del pretérito y del presente, logré despertar mi intelecto de su
somnolencia y pereza, y, aunque de corta riqueza en el sabor, inicié un regateo
conmigo mismo, a efecto de decidirme a componer una obra. Así, pues, he escrito
un libro sobre la historia, en el que descorrí el velo que cubría los orígenes
de los pueblos. Lo he dividido en capítulos, en unos se encierra la exposición
de los hechos, en otros las consideraciones generales. Señalo primero las
causas que condujeron a la organización social y al nacimiento de los reinos,
tomando por tema primario de mi trabajo la historia de dos razas que, al
presente, pueblan el Magreb llenando sus provincias y ciudades. Hablé de sus
dinastías de larga duración y de reinos efímeros que estos pueblos han fundado,
señalé a los príncipes y guerreros que habían producido en épocas pasadas.
Estas dos razas son los árabes y los bereberes, las dos naciones que ocupan el
Magreb, como es sabido. Ellas han habitado aquí durante tantos siglos, que cuya
permanencia apenas si permite imaginar a otros pueblos en su lugar. Excepto
estos dos pueblos, no se conoce ninguna otra raza de hombres que haya habitado
estepas.
He depurado y analizado cuidadosamente las
cuestiones que se relacionan al tema de esta obra; he puesto su contenido al
alcance de eruditos y de hombres de mundo; para cuya ordenación y distribución,
he seguido un plan original, he creado un método novedoso en el campo de la
historiografía, inventando un sistema al respecto sorprendente, y un
procedimiento enteramente mío. En tratando de lo relativo al progreso y la
civilización, he desarrollado explícitamente todo lo que se presenta a la
sociedad humana en materia de circunstancias características. De tal manera, he
hecho comprender las causas de los acontecimientos y dado a saber por qué vía
los fundadores, de imperios inician su carrera. El lector ya no se encontrará
en la obligación de aceptar a ciegas los relatos que se le presentan, podría ya
conocer debidamente la historia de las edades y de los pueblos que le han
precedido; sería capaz incluso de prever lo que podría surgir en el futuro.
He dividido mi obra en tres libros, precedidos de
varios capítulos preliminares (Moqadamat, es decir, prolegómenos) conteniendo
las consideraciones sobre la excelencia de la ciencia histórica, el
establecimiento) de los principios que deben servir de normas, y una
apreciación acerca de los errores en que los historiadores es tan expuestos a
incurrir.
El primer libro trata de la sociedad humana, de sus
desenvolvimientos y los resultantes característicos, tales como reinos,
soberanías, artes, ciencias, medios de subsistencia, lucros y riquezas,
indicando asimismo las causas a las que esas instituciones deben su origen.
El segundo contiene la historia de los árabes, de
sus diversos pueblos y de sus dinastías, desde la creación del mundo hasta
nuestros días. Incluye también referencias a otros pueblos notorios,
contemporáneos suyos, y a sus reinos. Tales como los nabateos, los asirios, los
persas, los israelitas, los coptos, los griegos, los turcos y los romanos.
Y el tercer libro encierra la historia de los
beréberes y de sus parientes, los Zanata, con indicaciones acerca de su origen,
sus distintas tribus, o imperios que han fundado, particularmente en el Magreb.
Habiendo en seguida hecho el viaje a Oriente a fin
de recoger sus luces, cumplir con el deber de la peregrinación y conformarse al
ejemplo del Profeta, en visitar La Meca y recorrer sus Santos Recintos, tuve la
ocasión de examinar los monumentos, los archivos y los libros de esa comarca.
Obtuve entonces lo que me faltaba de datos acerca de la historia de los
soberanos extranjeros, que habían dominado esa región, igualmente de las
dinastías turcas y de los países que habían sometido. Añadí esos documentos a
los que ya tenía escritos en las páginas correspondientes, intercalándolos en
la historia de las naciones (musulmanas) contemporáneas de dichos pueblos, y en
mis reseñas de los príncipes que han reinado sobre diversas partes del mundo.
Sujetándome a seguir un mismo sistema, el de condensación y abreviación, pude
evitar prolijidades, sacrificando a la vez lo profundo del lenguaje en aras de
la llaneza. Habiéndome introducido por la puerta de las causas generales, para
estudiar los hechos particulares, abarqué, en un relato comprensible, la
historia del género humano; por lo tanto, esta obra puede ser considerada como
la verdadera domeñadora de todo lo que hay de más indómito entre los principios
filosóficos que se escapan a la inteligencia; asigna a los sucesos políticos
sus factores y sus orígenes, y constituye una compilación filosófica y un
acervo histórico.
Como ella encierra la historia de los árabes y los
berberiscos, pueblos que unos habitan casas de material y otros tiendas de
vellón; trata igualmente de los grandes Imperios contemporáneos de dichos
pueblos; nos suministra instructivos ejemplos y referencias a las causas primarias
de los acontecimientos y los hechos resultantes, le he dado por título
“Kitabellbar, Wa Diuanel-mobtadawalJabar Fi AyamelArab WalAdjam
WalBarbar, Wa man aasarahom min dzauíesSultánelAkbar" (El Libro de
Instructivos ejemplos y Recopilación de Sujeto y Predicado, o bien de los
Orígenes y Crónicas de los pueblos, conteniendo la historia de los Árabes, de
Naciones extranjeras, de Bereberes y de las grandes Potencias contemporáneas
suyas).
He abarcado a cuanto atañe al nacimiento de los pueblos
y de los imperios, a los sincronismos de las naciones antiguas, las causas que
han estorbado los desenvolvimientos de generaciones pasadas o conducido a
mutaciones en el proceso de diferentes naciones y épocas, así como a las
eventualidades del desarrollo social como la soberanía, la religión, la
urbanización, la aldea, el dominio, la sumisión, e incremento de la población,
su disminución, las ciencias, las artes, los oficios, el lucro, la pérdida, los
cambios de condiciones comunes, los acontecimientos producidos por las
revoluciones de resonancia lejana, la vida nómada, la vida urbana, los hechos
acaecidos y los por devenir; todo he incluido, dilucidando sus pruebas y sus
móviles primarios. De esta suerte la obra viene a resultar una compilación singular,
debido a lo que comprende en numerosas nociones importantes y doctrinas
innovadas, hasta ayer ocultas y hoy ya fáciles al entendimiento.
Mas, con todo, estoy persuadido de que, entre los
hombres de distintas épocas, no ha habido otro más inepto que yo de recorrer un
campo tan vasto; rogando por ello a las personas de índole generosa y amplio
saber, examinar mi trabajo con atención y espíritu crítico, acogiendo las
faltas que encontraron con benevolencia, teniendo a bien de corregirlas. Los
productos, que ofrezco tendrán quizá poco valor a los ojos de los sabios, pero,
una confesión franca podría tal vez liberar del reproche, siendo de esperar
siempre la indulgencia de los colegas. Por último ruego al Todopoderoso
permitir que mis acciones sean acendradas ante El, "bastándome, en todo
caso. Su amparo, siendo el mejor protector". (Corán, sura lll, vers. 169.)
Ya concluida mi tarea, brindo este ejemplar a la
Biblioteca de nuestro señor, el Sultán, el Imam esforzado, al conquistador
pionero, el triunfador desde la adolescencia y la juventud, ornado con la
humildad del penitente, revestido con el manto de las límpidas virtudes y
nobles cualidades y dones, más bellas que collares de raras gemas en los
cuellos de gráciles doncellas, poseedor de potencia, brazo poderoso y fortuna
favorable y coadyuvante; con las glorias heredadas y ganadas, para corona de su
sólido imperio, de arraigadas bases; de noble ascendencia y exaltación,
poseedor de cuanta ciencia y saber, fuente de bondad y alteza, exponente de las
aleyas divinas, cual excelencias de las percepciones humanas... el Príncipe de
los Creyentes, Abi Fares Abdel Aziz, hijo de nuestro señor, el exaltado y
célebre mártir, el sultán Abi Salim Ibrahim; hijo de nuestro señor, el santo
sultán príncipe de los creyentes, Abil Hasan; hijo de la noble estirpe de
Banimerines, restauradores de la fe, orientadores de la recta trayectoria,
depuradores de cuánta corrupción... ¡Que Dios beneficie a la nación con la
benévola sombra de nuestro sultán, y la conduzca en pos de sus a helos por el
triunfo de la causa del Islam! Dicho ejemplar he enviado a las alacenas de su
Biblioteca real, consagrada al aspirante al saber, en la mezquita de Qairauán
(Kairuan), de la ciudad de Fez, capital del imperio y sede de su sultanato; en
donde reside la luz y florecen las ciencias, en umbrosos vergeles; donde los
misterios divinos disponen de campo anchuroso, bajo la diligente mirada del
noble y poderoso imamato de Abi Fares, quien fomenta su propagación en todos
los ámbitos del imperio, convirtiendo a éstos en prósperos centros para el
consumo de la producción del intelecto; a donde afluyen las pléyades del
pensamiento y de las ciencias. De tales centros dimanan los rayos luminosos,
que estimulan la producción de los ingenios.
Introducción
Del mérito de la ciencia histórica; verificación de
sus principios, que deben servir de reglas; alusión a los errores que se
presentan a los historiadores; indicación de algunas de sus causas.
La historia es una ciencia digna, que se distingue
por la nobleza de su objetivo, su gran utilidad y la importancia de sus
resultados. Es ella la que nos proporciona el conocimiento de las condiciones y
costumbres de los pueblos antiguos, los actos de los profetas y la
administración de los reyes. Asimismo, los que procuran instruirse en el manejo
de los asuntos sociales, tanto espirituales como de carácter temporal,
encontrarían en la historia útiles ejemplos y lecciones ilustrativas; mas,
desde luego, para conseguir tal objeto, se hace necesario apoyarse en fuentes
de diversa naturaleza y conocimientos muy varios. Son precisamente la
disquisición atenta y la aplicación sostenida las que conducen a descubrir la
verdad y resguardan contra el yerro y los tropiezos. En efecto, si se contenta
con la simple reproducción de los relatos por la vía de la tradición, sin
consultar las reglas proporcionadas por la experiencia, los principios
fundamentales del arte de gobernar, la naturaleza misma del desarrollo social y
las circunstancias que caracterizan a la sociedad humana; si no se juzga de lo
ausente por lo que se tiene a la vista, si no se compara el pasado con el
presente, quizá no se estaría seguro de los tropiezos, de la caída en el error
y del extravío de la senda de la veracidad. Con mucha frecuencia ha sucedido
que historiadores, comentadores y adalides en el conocimiento de las
tradiciones históricas, cometieran graves desatinos en sus narraciones de
acontecimientos del pretérito, debido precisamente a su limitación en referir
indistintamente toda especie de relatos "lo magro y lo enjundioso",
sin someterlos a principios generales, aplicables al caso, ni compararlos con
narraciones análogas, o sujetarlos a la prueba de las reglas que suministran la
filosofía y el conocimiento de la naturaleza de los propios seres, sin,
finalmente, someterlos a un análisis atento y una crítica inteligente; por los
mismo se han desviado de la verdad sobre todo, en materia de números, cuando,
en el curso de un relato, tratan de cantidades de dinero o de fuerzas
militares. En semejantes casos debe siempre prevenirse de los embustes y las
extravagancias; por tanto, es absolutamente preciso controlar a esos relatos
mediante los principios generales y las normas que dicta el buen sentido.
Es así que Masudí y varios otros historiadores nos
dicen, refiriéndose a los efectivos guerreros de Bani Israel, que Moisés al
hacer el empadronamiento, en el desierto, después de haber pasado revista a los
hombres en aptitud de portar las armas y de edad de veinte años en adelante,
encontró que había más de seiscientos mil hombres aptos. En tales
circunstancias, los autores se olvidaron preguntarse si la extensión de Egipto
y Siria era lo bastante vasta para proporcionar aquel número de guerreros y
mantenerlos. Cada reino del mundo mantiene para su defensa tantos soldados
cuanto sus medios permiten; esto es, lo que el reino soporta en gastos
relativos; pero no podría proveerlos si excediera el número a su capacidad.
Esto nos lo atestiguan las costumbres ordinarias y los hechos habituales. Por
otra parte, un ejército tan numeroso, no podría maniobrar o combatir en un
terreno tan estrecho: cada cuerpo de tropa, ordenado en batalla, se extendería
a dos o tres veces más allá el alcance de la vista, por lo menos. ¿Cómo
entonces esos dos grandes ejércitos podrían librar combate? ¿Cómo el uno de
ambos lograría la victoria, cuanto en la una de sus alas se ignora lo que ocurre
en la otra? Los hechos de que somos testigos cotidianos, bastarían para
confirmar nuestras observaciones; el pasado y el futuro se parecen como dos
gotas de agua.
Por lo demás, el imperio de los persas superaba con
mucho al reino de los judíos: prueba de ello la victoria de BajtaNassar
(Nabucodonosor), que se apoderó de su país, arrebatándoles toda autoridad y
destruyó Jerusalén, sede de su religión y de su poder. Ahora, ese caudillo no
era más que un simple gobernador de una de las provincias persas, un sátrapa
(marzebán) que mandaba en la frontera occidental de dicho imperio. Añádase a
ello que los dos Iraqes, el Jorasán, la Transoxián, las puertas del Caspio,
Berband, eran asimismo posesiones de ese imperio, presentando una extensión muy
superior a la del país de los israelitas; y sin embargo, jamás los ejércitos de
Persia alcanzaban la cifra citada, ni siquiera cosa próxima. El más grande
cuerpo de tropas que los persas reunieran en la batalla de Cadeciya, se
componía de ciento veinte mil combatientes, llevando cada uno su asistente.
Esto es lo que atestigua Saif (Ibn Omar Al Asdí), agregando: "Con sus
asistentes, pasaban la cifra de doscientos mil”. Según Aisha (viuda de Mahoma)
y AzZuhrí, el ejército con que combatió Rostum (el general persa) a Saad (el
general árabe) en las cercanías de Cadeciya se componía de sesenta mil hombres,
llevando cada uno su personal asistente.
Además, si el número de los guerreros de Bani Israel
hubiera alcanzado en realidad aquella cifra, su territorio hubiese adquirido
una gran extensión y su dominio abarcaría considerables dimensiones. Los reinos
y las posesiones suelen ser su importancia o pequeñez en relación directa con
el número de los efectivos militares y de la población que los mantiene, así
como lo veremos expuesto en el capítulo referente a los imperios, del libro
primero. Ahora bien, el territorio de los israelitas, como todo el mundo lo
sabe, nunca se ha dilatado, del lado de Siria, más allá del Jordán y la
Palestina, y del lado de Hidjaz sólo hasta las regiones de Yathrib (Medina) y
de Jaibar.
Por otra parte, conforme a lo asentado por los
investigadores, sólo cuatro generaciones separan a Moisés de Israel. En efecto,
Moisés era hijo de Amran, hijo de Yashor, hijo de Qahit (Aaath), hijo de Laui
(Levi), hijo de Yaaqub (Jacob), o sea Israel de Dios. Esta genealogía nos
suministra el Pentateuco (Éxodo VI). El espacio de tiempo que les separa nos lo
indica Masudí de la manera siguiente: "Israel, cuando fue a reuniese con
sus demás hijos, jefes de las doce tribus y los hijos de éstos que eran en
total setenta individuos. Su permanencia en Egipto, hasta el momento de su
salida conducidos por Moisés, hacia el desierto, fue de doscientos veinte años
durante los cuales padecieron la dominación de los faraones, reyes de los
Coptos " Así pues es inverosímil que, en un lapso de cuatro generaciones,
una familia pueda aumentarse a un tal grado.
Si se pretendiera que aquel numeroso contingente de
combatientes existía bajo el reinado de Salomón y de sus sucesores, la cosa no
sería menos absurda. Pues entre Salomón e Israel no median más que once
generaciones, Salomón fue hijo de Dawod (David), hijo de Yashasha (José), hijo
de Oufidz (Obed), hijo de Baaz (Booz), hijo de Salomón, hijo de Nashhun
(Nahason) hijo de Amínadab, hijo de Ram, hijo de Hasrun (Hesron), hijo de Bares
(Phares), hijo de Yahuda (Juda), hijo de Yaaqub (Jacob). Por consiguiente, no
es posible que en el lapso de once generaciones, la descendencia de un solo
hombre podría alcanzar una cifra tan elevada como se ha dicho. Que tal número
fuera unas dos centenas ascendidas a millares, pudiera ser; pero exceder la
cifra en varias decenas de veces, como dichos historiadores enuncian, es algo
difícil de creer. Si se juzgara todo eso a la luz del presente, y del pasado
próximo, visto y sabido por todo el mundo, se descubriría que tal aseveración
es falsa y que la relativa tradición es un embuste. Los datos comprobados que
nos proporciona la crónica israelita revelan que la guardia de Salomón se
formaba de doce mil infantes, y que su caballería consistía en mil
cuatrocientos caballos, amarrados delante de las puertas de su palacio, esto es
lo auténtico de sus anales; por tanto los cuentos del vulgo no deben merecer
ninguna atención. Luego, el reinado de Salomón fue la época en que el reino de
los judíos alcanzaba su mayor florecimiento y apogeo, cuyo territorio adquiría
su más vasta extensión.
Sentado ese punto, haremos la observación sobre la
inclinación de la mayoría de los hombres por la hipérbole; cuando se desbordan
platicando de las fuerzas de potencias e imperios, contemporáneos o poco
anteriores a su tiempo; cuando se explayan sobre el poder de los ejércitos,
sean musulmanes, sean cristianos; cuando hacen inventarios de las sumas
producidas por concepto de impuestos, de los gastos del gobierno, de los lujos
que derrochan los potentados, y de las preciosidades que acumulan los ricos;
pues en todos esos casos, se dan rienda suelta en sus cálculos, rebasando todos
los límites que la experiencia diaria nos muestra, dejándose llevar
irreflexivamente de las sugestiones de lo descomunal. De tal suerte, si se
consultara a los jefes de la administración militar acerca del número de sus
soldados, si se indagara sobre la situación real de los ricos y de los objetos
preciosos que poseen así como de los privilegios de que gozan, aclarando
igualmente los gastos ordinarios de los hombres que viven en la opulencia, no
se encontraría en concreto ni la décima parte de lo que enumeraban. Mas ello no
es sino la propensión del espíritu humano por las extravagancias, y la
facilidad con que ese sentir influye sobre la lengua, para expresar las
exageraciones, debido principalmente a la negligencia del historiador en
comprobar los resultados mediante un examen profundo. Es más, no intenta
descubrir los errores en que pueda caer, ya sea por inadvertencia o ya
intencionalmente; no procura guardar el justo medio en el relato, ni someterlo
a un análisis crítico; todo lo contrario, suelta la brida a su lengua,
dejándola libre en el campo de la mentira: "Se toman las aleyas de Dios
frívolamente, a fin de extraviar a los hombres de la senda de la verdad"
(Corán, sura XXXI, vers. 5) y es, lamentablemente, una operación desventajosa.
Se podría quizá objetar a lo que precede, por lo que
se refiere a los israelitas, arguyendo que, si normalmente la experiencia
habitual no admite el desarrollo tan rápido de una familia, ello no es lo mismo
tratándose de los hijos de Israel: entre éstos tal multiplicación era el efecto
de un milagro, Dios, habiendo revelado a sus padres, los profetas Abraham,
Isaac y Jacob, que Él multiplicaría su pueblo al punto que igualara en número a
las estrellas del cielo y los guijarros de la tierra. Pues Dios habrá cumplido
su promesa para con ellos, por el efecto de una gracia extraordinaria y un
prodigio sobrenatural. Por tanto, los acontecimientos ordinarios no se oponen
en nada a ese relato, ni nadie debería tacharlo de falso. Si se le quiere
atacar alegando el hecho de estar citado en el Pentateuco, y que este libro,
que es una comprobación, ha sido alterado por los judíos, se podría replicar
que esta opinión, aun cuando parezca de pronto plausible, no tiene ningún valor
a los ojos de los críticos más capaces; porque la experiencia demuestra que los
hombres de diversas religiones jamás han procedido de esa manera, en lo que se
relaciona a sus libros teológicos, tal como Al Bujarí lo declara en su Sahih.
Ahora bien, aquella multiplicación extraordinaria, que tuvo efecto entre los
hijos de Israel, fue un prodigio ajeno del curso natural, en tanto que
ordinariamente, la Naturaleza sigue su curso normal, oponiéndose a la
existencia de hechos análogos, tal como testimonia la realidad. En cuanto a la
imposibilidad de un combate entre semejantes ejércitos, es cosa real; pero tal
combate no ha tenido lugar, ni nada ha ocasionado su necesidad. Lo que sí es
perfectamente verídico es que cada reino dispone de un número de soldados
proporcional a sus medios; pero los israelitas, originalmente, no eran
guerreros, ni tampoco habían fundado imperio alguno. El aumento extraordinario
de su número tenía por meta la conquista de la tierra de Canaan, que Dios les
había prometido, y en cuyo favor El purificó a dicha tierra. Por tanto, todo
eso ha constituido una serie de milagros, y Dios siempre guía a los hombres
hacia la verdad.
Entre las narraciones inconsistentes, que los
historiadores han recogido, debe señalarse lo que refieren todos respecto a los
Tobbá (Tababiáa), soberanos del Yemen y de la península arábiga. Pues pretenden
que esos príncipes, partiendo del Yemen, sede de su reino, llevaban la guerra
hasta Ifrikiya, combatían a los beréberes en Occidente (Magreb), marchaban
contra los turcos e invadieron el país de Tibet en el lejano Oriente, que
Ifricos o Efriqish, hijo de Qais, hijo de Saif, uno de sus más poderosos y
antiguos monarcas, y que vivía en la época de Moisés o poco antes, emprendió
una expedición contra Ifrikiya e hizo una matanza de los bereberes. Fue él,
dicen, quien les dio ese nombre, exclamando, al oír su lenguaje barbar: "¿Qué
jerigonza es esa berber? De allí, añaden, vino el nombre que ese pueblo ha
llevado desde aquella época; que dicho monarca, al partir de Magreb, dejó en
este país varios cuerpos de tropas formados de tribus himyaritas; que se
establecieron aquí y mezcláronse con los aborígenes, descendiendo, agregan, de
aquella mescolanza los Sanhadja y los Kitama. De esta leyenda parte Tabrí,
Djordjaní, Al Masudí, Al Kalbí y Al Baihakí, aseverando que los Sanhadja y los
Kitama proceden de Himyar; pero esta hipótesis es rechazada, con razón, por los
genealogistas del pueblo berberisco. Según Masudí, Dzulldzaar, uno de los
reyes himyaritas, posterior a Ifricos, y que vivía en tiempos de Salomón, llevó
a su vez la guerra al propio Magreb, sometiéndolo a su dominación. Su hijo
--continúa Masudí--y sucesor, Yasir, realizó, asimismo, una expedición análoga,
penetró hasta wadirRimal (río de las arenas), en el país de Magreb, y, no
pudiéndolo atravesar, a causa de tanta arena, volvió sobre sus pasos. Refieren
igualmente que Assad Abu Kirab, último rey de los Tobbá y contemporáneo de
Yastásif, monarca persa de la dinastía Kianiya, apoderóse de Mosul y de
Azerbaidján; que atacó a los turcos en tres ocasiones, derrotándolos y
causándoles fuertes bajas, que en seguida envió a tres de sus hijos al frente
de una expedición contra Persia, en el país de Sagd, de los pueblos turcos que
habitan las tierras del Transoxián, y contra los Ruin (griegos del Asia Menor);
que el primero de esos príncipes conquistó todo el territorio que se extiende
hasta Samarkand; que habiendo atravesado el desierto y alcanzado el país de Sin
(China), encontróse con su segundo hermano, quien, después de haber invadido a
los sagdianos, había arribado a China antes que él; que entre ambos devastaron
a este último país y retornaron cargados de botín, pero dejando en el Tibet a
varias tribus himyaritas, en donde se encuentran todavía hasta la fecha.
El tercer hermano penetró hasta Constantinopla, puso
sitio a la ciudad, y regresó al cabo de haber sometido las provincias
pertenecientes a los Rum.
Pues bien, todas estas historias distan mucho de la
verdad; dignas tan sólo de la fantasía y del error, que más parecen fábulas de
cuentistas profesionales. En efecto, el reino de los Tobbá encerrábase dentro
de la península arábiga, y cuya capital, sede de su poder, era Sanaá, ciudad
del Yemen. Ahora, dicha península, como tal, está rodeada de sus tres lados por
los mares; al mediodía tiene el mar Índico; al oriente, el mar Pérsico, que
deriva del océano Índico y se extiende hacia Basora; al occidente el mar de
Suez, que sale del propio océano y se prolonga hasta Suez, uno de los distritos
de Egipto. Tal como puede verificarse en una carta geográfica. De suerte que,
para venir de Yemen a Magreb, no hay otra ruta que tomar más que la de Suez,
siendo la distancia entre el mar de esta ciudad y el de Sham (de Siria o el
Mediterráneo), de unas dos jornadas. Pues es inverosímil que un poderoso
monarca, a la cabeza de un numeroso ejército, pueda seguir semejante ruta, a
menos de que los países por atravesar pertenecieran a su imperio. Dentro de las
reglas ordinarias, un hecho de ese género no es posible. Se recuerda asimismo
que en aquella época los Amalecidas habitaban ese territorio, los Cananeos
ocupaban Siria, y los Coptos el Egipto. Más tarde, los Amalecidas se apoderaron
de Egipto, y los Bani Israel conquistaron la Siria. Ahora bien, ninguna
tradición nos dice que los Tobbá hayan hecho alguna vez la guerra a uno o a
otro de esos pueblos, ni que hayan poseído alguna porción de sus territorios.
Además, la distancia que media entre Yemen y Magreb es muy considerable, y se
precisaría, para las tropas, una cantidad enorme de víveres y forrajes. Cuando
se atraviesa un territorio ajeno, se ven los ejércitos obligados a saquear los
cereales y los ganados, a robar todas las localidades por donde pasarían; y
todavía, por lo regular, no logran lo suficiente de provisiones y forrajes. Si,
por otra parte, quisieran traer consigo, de su país, esos efectos esenciales,
no podrían conseguir las bestias de carga suficientes. Es indispensable, por
tanto, que su trayectoria toda se haga a través de países propios, de su
posesión, o ya sometidos, a efecto de proveerse de lo necesario por concepto de
tributos. Si, por último, se pretendiera que los ejércitos pudieran pasar en
medio de esos pueblos sin provocar su irritación, haciéndoles, por vías
pacíficas, proporcionar las provisiones, ciertamente semejante idea sería más
peregrina aún y más inverosímil. Todo esto demuestra que tales historias son
falsas leyendas, simples mitos confeccionados.
En cuanto a ese río de arena, que imposibilitaba el
paso, pues jamás se oyó hablar de él en el Magreb, pese a tanto tráfico de
caravanas y ejércitos que, en todos los tiempos y todas direcciones, han
recorrido el país y explorado sus caminos. He ahí. sin embargo, una leyenda
que, a pesar de su extravagancia, despierta bastante curiosidad para ser reproducida.
Por lo que respecta a las expediciones de los mismos yemenitas en las comarcas
del Oriente y las tierras de los turcos, aunque admitiéramos que el camino que
lleva allá es más ancho que el istmo de Suez, la distancia empero es mucho
mayor. Por lo demás, antes de llegar a la tierra de los turcos, se opondrían a
su paso los persas y los griegos; y nunca se supo que los Tobbá hayan
conquistado el territorio de Persia ni el de los griegos (de Asia Menor). Es
cierto que los Tobbá han efectuado combates contra los persas en las fronteras
de Iraq y de Arabia, entre Bahrein y el Hira, localidades situadas sobre los
límites de los dos territorios. Tales hostilidades tuvieron lugar entre el rey
del Yemen, Dzulldzaar y Kaikaous, uno de los monarcas de la dinastía Kianiya,
así como entre Tobbá el Chico, Abu Karib, y Yastasif, otro rey de la Kianiya;
asimismo, la propia dinastía Yemenita tuvo otras guerras como los gobernadores
de las provincias, que habían repartido el imperio de los Kianiya, luego con
los Sasanidas. Empero juzgando las cosas conforme al curso normal de los
acontecimientos, debe considerarse como imposible que los Tobbá hayan
atravesado Persia, con las armas al brazo, para ir a invadir el país de los
turcos y el Tíbet, sobre todo tomando en cuenta el número de las naciones que
se opondría en el trayecto, la necesidad de abastecerse de provisiones y
forrajes, y lo largo del recorrido. En resumen, los relatos de dichas
expediciones son improbables y simples ficticios, incluso en el caso que nos llegaren
de buena fuente; con más razón careciendo, como de hecho carecen, de ese apoyo.
La aserción de Ibn Ishaq, en su crónica respecto a Yathrib, Aus y Jazradj, que
el último Tobbá había llevado la guerra al Oriente, debe entenderse el Iraq y
la Persia. Mas su expedición contra los países de los turcos y el Tíbet no
tiene carácter alguno de certeza, así como acabamos de aclararlo. Por tanto, no
debe darse ningún crédito a narraciones de parecida naturaleza; antes bien todo
suceso debe ser reflexionado y sometido a minucioso análisis, confrontándolo
finalmente con los cánones veraces, que el buen sentido dicta, obteniendo así
la conclusión más cabal. En todo caso Dios orienta hacia la verdad.
Opúsculo
La narración que más dista aún de la verosimilitud y
que más se ahonda en la ficción es la que nos transmiten los hermeneutas del
Corán, y que se refiere al sura del Alba (Fadjr), relativo a estas palabras del
Altísimo: "¿No has visto de qué manera tu Señor trató a Aad
Iramdzatellmad?" Pues ellos suponen que la voz Iram es el nombre de una
ciudad ornada de imad, es decir, de columnas. Y según ellos, Aad, hijo de Aus,
hijo de Iram, tuvo dos hijos: Shadid y Shaddad, que le sucedieron en el trono.
Muerto Shadid, quedó en el poder absoluto Shaddad, al cual sometiéronse todos
los reyes de sus contornos. Este príncipe, habiendo oído la descripción del
paraíso, declaró: "he de erigir uno parecido". Y en efecto,
construyó, en el desierto de Aden, una ciudad cuya edificación requirió
trescientos años de trabajo: contando Shaddad a la sazón novecientos años de
vida. Era una urbe inmensa, grandiosa, cuyos palacios logrados en oro; las
columnas, de esmeralda y rubí; en cuyos ámbitos crecían árboles y arrayanes de
toda especie; los surtidores brotaban por todos lados, y los ríos y acequias
corrían en toda dirección. Concluidos los últimos detalles de la magna obra, el
rey dirigióse allí acompañado de sus súbditos, pero estando a la distancia de
un día y una noche de camino, un pavoroso y rugiente clamor desatóse desde lo
alto del cielo, e hizo perecer a todos. Tal nos cuentan Tabrí, Thaalibí,
Zamajsharí y otros exégetas. Citan igualmente que Abdallah Ibn Qallaba, uno de
los Compañeros del Profeta, al salir un día en busca de unos camellos suyos,
descubrió casualmente unas valiosas ruinas, de las cuales cargó con cuanto
pudo. Al llegar la noticia a oídos del califa Mohauia, hizo venir a Qallaba,
quien contóle lo que había visto. En seguida mandó a buscar a Kaabel-Ahbar, el
cual al ser interrogado sobre el particular, respondió: "Esa es Iram
dzatellmad; en la que ha de entrar, bajo vuestro reinado, un musulmán
rubicundo, de pequeña talla, teniendo como seña un lunar sobre la ceja y otro
en el cuello. Ese hombre irá en busca de sus camellos." Luego volteó la
cara, y viendo a Ibn Qallaba, exclamó: "Este es, ¡por Alá!, el hombre de
quien yo hablaba."
Desde aquella época jamás se volvió a oír palabra de
que una ciudad semejante existiera en algún punto del mundo. Los desiertos de
Aden, donde se ha pretendido que había sido construida, ocupan el centro de
Yemen. Luego, esa provincia ha estado constantemente habitada; cuyas rutas y
senderos continuamente transitados, en todas direcciones, por las caravanas y
los guías de viajeros, y sin embargo, nunca se ha sabido la menor noticia de
ese portento; ningún cronista o narrador, propio ni extraño, ha hecho, tampoco,
alguna mención al respecto. Si dijeran que dicha ciudad se había convertido en
ruinas y se ha desaparecido, como tantos otros monumentos del pasado, sería
quizá cosa aceptable; pero el relato hecho por los aludidos autores indica que
ella existe aún, que todavía está en pie. Según otros, la ciudad en cuestión es
Damasco, fundándose en la ocupación de esta capital por la tribu de Aad. En
fin, el delirio de algunos les induce hasta el punto de suponer que Iram
dzat-el-lmad está invisible, y no puede ser percibida sino por los hombres
habituados a los ejercicios de alta devoción, o de la magia. Suposiciones todas
que más parecen mitos y consejas de cuentistas.
El motivo que condujo a los hermeneutas a adoptar
este cuento, no es otro que el poder dar razón de la construcción gramatical
siguiente en la que los vocablos dzatellmad sirven de calificativo a la
palabra Iram, y, como ellos atribuyen al término Imad en sentido de columnas,
dedujeron que Iram era un edificio. Esta explicación fue inspirada en el
ejemplo que adopta Ibn Az-Zobair, y según el cual se pronuncia Aadi Iram, donde
el antecedente rige a su complemento al genitivo, sin llevar el
"tanuin". Tal fue la causa que les hizo adoptar la referida historia,
que parece más bien fábula confeccionada a placer, tisana de incluirse en el
número de las ficciones que sirven de entretenimiento. Por lo demás, la voz
imad designa los postes de las tiendas; pero si se quiere entender también, por
la misma voz, las columnas, no ha óbice, máxime que los Aaditas, en general,
siempre han tenido la reputación de haber sido grandes constructores y
realizadores de numerosas obras arquitectónicas con sus respectivas columnatas,
además de la fama de su prodigiosa fuerza física. Mas no es preciso suponer
que, en la frase citada, ese término fuera empleado como el nombre propio de
una determinada construcción situada en tal o cual ciudad. Luego, si se admite
que el primero de dos nombres rige al otro al genitivo, como en el ejemplo de
AzZobair, se observaría el mismo género de análoga anexión que tiene lugar
entre el nombre, de una tribu y el de una de sus ramas, como, verbigracia:
QoarishKinana, lliasMódar, Rabía-Nizar. De suerte, no había menester de
llevar la cosa tan lejos, ni de hacer conjeturas inverosímiles o sostenerla con
historietas quiméricas. ¡Cuán exento es el Libro de Dios de semejantes
interpretaciones, que desdicen diametralmente de la verdad!
HarúnArRashid.-Califa de la dinastía abasida.786-809. Bajo su trono Bagdag se elevó a la leyenda. El lujo de su corte procedía de su poder, bajo cuyos ejércitos estuvo sujeto el Oriente, siendo inspiración de primera linea para los Cuentos de las 1001 noches. Biografia |
Entre las consejas infundadas y admitidas por los historiadores puede incluirse ésta que todos refieren acerca del motivo que moviera al califa HarúnArRashid a derrumbar el poder de los Barmecidas; motivo que basan en un hipotética aventura de la Abbasa, hermana de ArRashid, con Djafar, hijo de Yahya Ibn Jalid, liberto del propio califa. Sostienen que ArRashid, teniendo por Djafar y la Abbasa un gran afecto, porque participaban de su afición al vino, les permitió contraer matrimonio el uno con la otra, a fin de poderlos así reunir en su círculo íntimo; pero les prohibió todo contacto a solas. Mas la Abbasa, apasionadamente enamorada de Djafar, recurrió a la astucia para verle en secreto. Y, en un momento de "embriaguez", el amor cobró sus fueros, concibiendo la princesa. El hecho no tardó en ser delatado al califa, desatando su extremada cólera. ¡Cuán repugnante idea el atribuir parecida acción a una princesa de tanta distinción y alteza por su religión, por la nobleza de su alcurnia, por su majestad como descendiente de Abdallah, hijo de Abbas! Apenas si la separaban de este ilustre ascendiente suyo cuatro personajes, que habían sido, después de él, los más nobles sostenes de la fe, y los más grandes adalides de la religión.
La Abbasa era hija de
Mohammad Al Mahdí, hijo de Abdallah Abu Djafar "Al Mansur", hijo de
Mohammad "As-Saddjad", hijo de Alí "Abil-Jolafá", hijo de
Abdallah "Intérprete del Corán", hijo de Abbas, tío del Profeta. Era,
pues, hija de califa y hermana de califa; rodeada de la magnificencia de un
trono augusto, el esplendor de la vicaría del Profeta, la gloria de los
Compañeros y tíos del Enviado de Dios, el imanato de la fe, la luz de la
revelación y el círculo frecuentado por ángeles. Cercana aún del ciclo
primitivo de su casta, en que reinaban todas las virtudes que caracterizan la
vida pastoril de los árabes, y toda la ingenuidad primaria de la religión,
alejada de los hábitos del lujo y de las tentaciones de la intemperancia. ¿En
dónde, pues, se buscaría el pudor y la castidad, si en la Abbasa faltaren? ¿En
dónde se hallaría la pureza y la virtud, si de su hogar desaparecieren? ¿Cómo
habría consentido en vincular su alto linaje al de Djafar, hijo de Yahya,
maculando su nobleza arábiga, uniéndose a un cliente extranjero, de abuelos
persas, que a título de esclavo, había pasado al poder de su abuelo, personaje
que fuera tío del Profeta y uno de los más preclaros de Qoraish? En conclusión.
La fortuna quiso que los Abbasidas tomaran de la mano a ese hombre y a su
padre, distinguiéndoles con su favor y elevándoles hasta la cúspide de los
honores. Por lo demás, ¿cómo es posible suponer que ArRashid, con lo elevado
de su ánimo y la altivez de su espíritu, hubiera permitido dar a su hermana en
matrimonio a un cliente persa? Todo observador ecuánime, que meditara sobre el
caso, juzgando a la Abbasa conforme a la conducta que debe guardar la hija del
más poderoso monarca de su tiempo, rechazaría ipso tacto la idea de que ella
hubiera podido abandonarse así a un simple cliente de su casa, un servidor de
su familia; y desecharía a semejante relato sin el menor titubeo, insistiendo
incluso en desmentirlo. Y justamente ¿qué son los demás príncipes en
comparación con la Abbasa y con ArRashid?
La verdadera causa de la desgracia de los barmecidas
no fue otra que la propia conducta que asumieron al apoderarse de toda la
autoridad del imperio, reservándose la disposición de la totalidad de las
rentas públicas, hasta el grado que el mismo califa se veía a veces reducido a
pedir pequeñas sumas, que no obtenía fácilmente. Pues prácticamente lo tenían
privado del ejercicio de sus derechos, participando decisivamente de su poder,
de suerte que él ya no era quien disponía de la administración de su imperio.
La influencia de los barmecidas ya habían invadido enorme campo, cuyo renombre
difundíase hasta remotos ámbitos. La dignidad del imperio, todos los puestos
administrativos, los cargos de visires, ministros, comandantes militares,
chambelanes, los principales puestos de la espada y de la pluma, todo estaba
ocupado por los altos funcionarios barmecidas, o bien por sus protegidos; todas
las demás personas permanecían al margen, sin injerencia alguna. Se cita que en
la corte de ArRashid había veinticinco grandes dignatarios, entre militares y
civiles, todos ellos eran hijos de Yahya Ibn Jalid el Barmecida, que
suplantaban en los cargos a los demás cortesanos, disputándoselos a empellones.
Todo eso era perfecto del valimiento de que su padre Yahya gozaba ante
ArRashid, a quien le había dirigido sus asuntos desde tiempo atrás, primero
como tutor suyo, cuando era aún príncipe heredero, y luego como califa.
ArRashid creció bajo la mirada de Yahya, alcanzando su juventud al cobijo de
sus alas; así Yahya ya había adquirido sobre él entera ascendencia, hasta el
punto de que el califa le llamaba "padre mío'!
Los miembros de la familia Barmecida recibían por
tanto el mejor trato y especiales favores, de parte de ArRashid; en cambio
ellos ostentaban una insolencia excesiva y ejercían una influencia ilimitada.
Por consiguiente, a ellos se dirigían todas las miradas; inclinábanse las
cervices en su presencia; en ellos se cifraban esperanzas y ambiciones; desde
las comarcas más lejanas, reyes y emires enviábanles magníficos presentes; de
todas partes fluían a sus arcas particulares las rentas del imperio, con la
mira de ganar su benevolencia y conquistar su favor. En tanto, ellos prodigaban
sus dones entre los partidarios de la dinastía abbasida, obligando así con sus
dádivas a los principales miembros de esta casa; aliviaban la penuria de los
pertenecientes a buena cuna; devolvían la libertad a los prisioneros,
recibiendo por ello los encomios y las alabanzas, que no recibía el propio
califa. Designaban premios y valimientos a los que invocaban su generación, y
al mismo tiempo apropiábanse, tanto en los suburbios de las ciudades como en
las provincias del imperio, de alquerías y aldeas.
Pues tal situación llegó al punto de ser ya
insufrible, desatando el descontento de los palaciegos. La ira de los allegados
al califa y el resentimiento de los grandes dignatarios del Estado; la envidia
y el celo libráronse ya de la máscara, y aun los escorpiones de la calumnia
deslizáronse hasta los muelles lechos de los Barmecidas, instalados bajo el
amparo del trono imperial. Entre los delatores más encarnizados, figuraban los
hijos de Qahtaba, tíos maternos de Djafar; el encono que roía sus corazones era
tan violento, que ni los lazos sanguíneos bastaban para aplacarlo. A todo
eso agregábase todavía, en el ánimo del soberano, los impulsos del celo, el
disgusto latente que experimentaba al verse virtualmente en tutela y, por
tanto, con el amor propio herido; a lo cual hay que añadir aún el rencor
disimulado que le habían excitado desde tiempo por ciertos actos de presunción
y familiaridad bastante ligeros, mas sobre todo, por la perseverancia de esos
hombres en mantener la misma conducta, que concluye finalmente en los hechos de
la más grave desobediencia. Un ejemplo al respecto constituye el caso relativo
a Yahya, hijo de Abdallah, hijo de Hasan, hijo de Alí Ibn Abi Talib, y hermano
de Mohammad Al Mahdí, sobrenombrado Annafsozzakiya (el alma pura), príncipe
alauita que se había rebelado contra Al Mansur. Según la relación de Tabari, Yahya
se dejó persuadir por el Fadl (hijo de Yahya el Barmecida), a abdicar a su
poder usurpado en el Dailam y retornar a Bagdad, mediante un documento de
salvaguardia, escrito de propia mano de ArRashid, además de un millón de
monedas de plata (dirhemes). ArRashid remitió el prisionero a Djafar (hermano
del Fadl), para retenerlo arrestado en su palacio y bajo su vigilancia. La
consigna fue cumplida durante algún tiempo; pero enseguida Djafar, dada su
valía con el soberano, restituyó la libertad al cautivo, de su propio arbitrio,
y lo dejó marchar: "Como demostración de respeto a la sangre de los
familiares del Profeta", mas la verdad era otra: Djafar quiso hacer ver
que él lo podía todo, merced a su posición ante el califa. ArRashid, a quien ya
se había denunciado ese acto, preguntó a Djafar, y éste, viendo que el califa
ya sabía todo, confesó que había dejado en libertad al prisionero. El califa
aparentó aprobación de su proceder, pero, no obstante, un profundo
resentimiento guardó en su secreto. Así, pues, con semejantes acciones, Djafar
allanaba el camino de su propia ruina y la de todos los suyos; de tal suerte
fue como, al fin, desmoronóse el trono de los Barmecidas, derrumbándose el
cielo de su gloria sobre ellos, hundiéndose la tierra debajo de sus pies,
arrastrándolos con todas sus pertenencias, convirtiéndose su caso en un ejemplo
instructivo para la posteridad.
Toda persona que examinara el curso del imperio
abasida y la conducta de los Barmecidas, hallaría nuestras observaciones bien
fundadas y reconocería que allí hubieron causas reales más que suficientes para
conducir a aquella conclusión. Véase lo que refiere Ibn Abd-Rabbih tocante a la
conversación que su tío abuelo paterno, Daowd Ibn Alí, tuvo con ArRashid,
acerca del colapso de los Barmecidas; conversación que el propio autor inserta
en su libro "Al Iqd". y capítulo de los poetas, incluyendo un diálogo
sostenido por el Asmaí con el mismo califa y el precitado Fadl, hijo de Yahya,
en un ambiente familiar. De allí se comprenderá que su perdición ha sido efecto
de la rivalidad y la envidia que se habían atraído, tanto de parte del califa
como de la de los cortesanos, como consecuencia de su acaparamiento de todo el
poder administrativo. Entre los factores que contribuyeron a su desplome fue la
argucia, que sus enemigos, de entre los palatinos, empleaban maliciosamente
contra ellos, en forma de poesía lírica, que deslizaban a los cantantes a
efecto de que llegara a oídos del califa, y suscitara en su corazón vivos
resentimientos contra los Barmecidas. Tales como el verso siguiente:
"¡Ojalá que Hind cumpliera su promesa y curara
nuestras almas afligidas! Que asumiera una vez el derecho del mando. Bien
impotente es aquel que no sabe ser amo."
Al caer estos términos en oídos de ArRashid,
exclamó: "Ciertamente. ¡por Dios!, soy un impotente." Y así, con
parecidos dardos, consiguieron excitar la cólera del califa y hacer caer sobre
los Barmecidas todo el peso de su venganza. ¡Dios nos preserve de la violencia
de los hombres y de los reveses de la adversidad!
Por último, para darle a esta novela un matiz
sugerente, se ha pretendido que ArRashid era dado al vino y que se embriagaba
con sus compañeros de placer. Pero, ¡Dios no quiera jamás que diéramos crédito
a semejantes imputaciones contra ese príncipe! ¿Cómo es posible que un hecho de
tal naturaleza pudiera conciliarse con la elevada índole, bien conocida, de
ArRashid, con su escrupuloso cumplimiento de todos los deberes que le imponía
el rango supremo del califato, tanto religioso como de justicia social;
añadiendo a ello su gusto predilecto por rodearse de los hombres ilustres,
distinguidos por su saber y su piedad. así como por los diálogos que entablaba
con Fodail Ibn Aayad, con Ibn Assammak y Al Omarí; por su correspondencia con
Sofián, y las lágrimas que sus exhortaciones y sugerencias le hacían derramar,
los ruegos que elevaba al cielo, en La Meca, durante la procesión que hacía en
torno de la Caaba; su devoción de creyente práctico, su puntualidad en efectuar
las oraciones, conforme a las horas canónicas, atisbando el alba, a fin de
estar presto cuando el momento de la plegaria haya llegado? AtTabarí y otros
historiadores indican: "diariamente, en sus oraciones, efectuaba ArRashid
cien rakaas como obra de supererogación, y que, todos los años, hacía
alternativamente una expedición contra los infieles, o la peregrinación a La
Meca. En una ocasión reprendió severamente a Ibn Maryam, bufón de su círculo
privado, cuando le interrumpió en su oración, mientras leía esta frase:
"¿Por qué no adoro a mi Creador?" (Corán,
sura XXXVI, vers. 21), a lo que el bufón respondió en son de gracejada:
"¡A fe mía!, yo ignoro el motivo". El
califa no pudo evitar la risa; mas volteándose hacia el importuno le increpó
muy disgustado:
"¡Qué es eso!, ¡hasta en la plegaria! Ten
cuidado, Ibn Abi Maryam, mucho cuidado de bromear con el Corán y la religión;
fuera de estas dos cosas, todo lo que tú quieras".
Por lo demás, este príncipe tenía sólida instrucción
y sencillas costumbres, dada su proximidad a la época en que sus predecesores
se engalanaban con esas dos cualidades. Pues el intervalo que le separaba de su
abuelo Abu Djafar (Al Mansur), no era considerable, Ar-Rashid ya era un
adolescente cuando ocurrió el deceso de aquel califa. Ahora, Abu Djafar, desde
antes de ascender al califato y después de su exaltación, distinguíase por su
saber y su piedad. Fue él quien dijera a Malik, aconsejándole escribir el
Mowatta: "No queda sobre la faz de la tierra nadie más sabio que tú. Abu
Abdallah, y yo; por mi parte, todo mi tiempo está absorbido por las
obligaciones del califato: por tanto, a ti te corresponde producir una obra
útil para las masas en la que evitarás, a la vez, el relajamiento de Ibn Abbas
y el rigorismo de Ibn Omar. Desarróllala con toda llaneza, cual un camino bien
expedito y de fácil acceso para todo el mundo." "En verdad--comentaba
Malik--, Abu Djafar me enseñó, en ese entonces, el arte de componer un
libro."
Al Mahdí, hijo de Al Mansur y padre de ArRashid,
pudo observar a su progenitor abstenerse de vestir a la gente de su casa con
ropa nueva, a expensas del erario público. Un día, al irle a visitar a su
residencia, lo encontró haciendo trato con los sastres, a efecto de que
remendaran los vestidos viejos de la familia (servidumbres). Apenado el Mahdí
de tamaña cicatería díjole a su padre:
"Oh, príncipe de los creyentes, deja que yo me
encargue, por este año, a costa de mis emolumentos, de vestir a los de tu
casa."
"¡Sea como tú quieras!"--respondió Al
Mansur, guardándose de no objetar el empeño de su hijo, así como de no permitir
que se hiciera aquel gasto a expensas de los musulmanes.
¿Cómo después de todas esas muestras de
escrupulosidad pudiera suponerse que ArRashid, que vivió a tan corto espacio
después de ese príncipe, y que había sido criado en medio de bellos ejemplos
ofrecidos por su familia, que debieron modelarle su propio carácter, cómo
suponer que él se permitiera darse al vicio del vino y aún manifestar
abiertamente esa pasión? Es bien sabido, además, que incluso en los tiempos del
paganismo, los árabes nobles se abstenían del uso del vino; la vid, por otra
parte, no era una planta de su suelo, y muchos de ellos consideraban como un
vicio el uso de dicho licor. Por lo demás, ArRashid y sus predecesores eran
muy celosos de su reputación moral y atentos siempre para evitar todo acto que
pudiera parecer censurable, tanto en el concepto religioso como en el mundano:
pugnaban constantemente por caracterizarse con todos los hábitos de la
honestidad, las cualidades encomiables y las condiciones de perfectibilidad,
conforme a los nobles impulsos del espíritu árabe
Examinemos ahora lo que nos cuentan Tabarí y Masudí,
respecto al médico, Gabriel Ibn Bajtayashú:
"En una ocasión se había servido en la mesa de
ArRashid un manjar de pescado; su médico Gabriel prohibióle comerlo, diciendo
al jefe de servicio, envía esto a mi casa. El califa, intrigado de lo que
pudiera ser, lo hizo seguir por un criado, a fin de acechar si el médico comería
dicho alimento. Ibn Bajtayashú, queriendo justificar su conducta, tomó tres
porciones del pescado y las puso cada una en un vaso diferente. A una de esas
porciones añadió carne mezclada con especias, legumbres, salsa picante confite;
sobre la segunda, vertió agua helada, y sobre la tercera porción, vino puro.
Luego, señalando el primero y el segundo vaso, dijo: He aquí el manjar del
príncipe de los creyentes: pescado mezclado con otros alimentos, o bien sin
mescolanza. Mostrando en seguida el tercer vaso, declaró: Y he aquí el manjar
de Bajtayashú; luego remitió los tres vasos al jefe de servicio. Ar-Rashid, al
percatarse, hizo llamar al médico para reprocharle su proceder. Entonces fueron
puestos ante el califa los tres vasos, descubriendo que la porción del pescado
rociada con vino estaba mezclada, al cabo de haberse disuelto, y amalgamada en
menudas migajas; en tanto, las otras dos se hallaban en estado de
descomposición y despedían mal olor. Tal resultado sirvió de excusa al
médico." De lo que precede se desprende claramente que el alejamiento de
ArRashid del vino era bien conocido de todos los que vivían en su intimidad y
asistían a su mesa.
Es cosa confirmada que este príncipe, al saber que
Abu Nuwas -poeta suyo-, se entregaba a las bebidas espirituosas; le hizo meter
en prisión, reteniéndolo encerrado hasta que hubo manifestado su
arrepentimiento y su renuncia a ese hábito. Lo que ArRashid realmente bebía,
no era sino el mosto (nabidz) del dátil, siguiendo en ello la doctrina admitida
por los legistas de Iraq (los hanafitas). Son bien conocidas las decisiones que
los casuistas de esta secta han emitido a este respecto. En cuanto al vino puro
extraído de la uva nunca podría ser materia de sospecha, de que este califa lo
haya tocado, cuya idea tampoco debe admitirse, pese a aquellas leyendas
apócrifas. Pues el califa ArRashid no era el hombre capaz de infringir la más
grave proscripción, para los doctores del Islamismo. Por otra parte, todos los
miembros de su casta estaban a buen recaudo de la corrupción, fruto de la
prodigalidad, evitando los lujos en su vestimenta, sus ornatos y en cuanto modo
del vivir; porque conservaban aún la rudeza del beduinismo, y no se apartaban
todavía de la Sencillez religiosa, proveniente de los albores del Islam. ¿Es
posible, con todo, creer que hubieran pretendido preferir lo lícito para
entregarse a lo prohibido? ¿O que hubiesen abandonado lo permitido por lo
proscrito? Acordes han estado Tabarí, Masudí y otros historiadores en que todos
los califas antecesores de Ar-Rashid, tanto Omeya das como Abbasidas, no
llevaban, cuando montaban a caballo, más que muy ligeros ornamentos de plata en
las cinchas, la espada, las bridas y los filetes de la silla; añadiendo que Al
Motazz, hijo de Al Motawakkil --octavo sucesor de ArRashid--, fue el primer
califa que introdujo las guarniciones de oro. Si tal era su condición en cuanto
a sus atavíos, fácil es suponer lo concerniente a sus bebidas. El asunto
resultaría aún más evidente si se tomara en consideración la índole de toda
dinastía, durante su primer periodo. Eso es lo que demostraremos, si Dios sea
servido, en el examen de las cuestiones que integran el tema de nuestro primer
libro.
Algo parecido a las leyendas que acabamos de
dilucidar, es lo que todos los autores nos cuentan de Yahya Ibn Aktham, cadí y
amigo de Al Mamún. Según ellos, Yahya tenía acceso a la mesa de este califa,
donde libaban vino, y que una noche, ya ebrio, sus compañeros de copas lo
enterraron bajo un montón de flores, hasta que se recobró de su embriaguez.
Refieren asimismo unos versos en que le hacen expresar así:
¡Oh, mi señor!, ¡soberano de todos los hombres!,
víctima he sido del tirano escanciador.
Descuidé de sus movimientos, y me ha privado, como
tú ves, de mi juicio y de mi religión.
El caso de Ibn Aktham y de Al Mamún es, en cierto
aspecto, como el de Ar-Rashid: lo que ellos bebían, repetimos, no era otra cosa
que "nabidz", bebida que, como dejamos aclarado, los hanafitas no
consideraban como prohibida; mas, por lo que respecta a la embriaguez, es una
cosa ajena de ellos. Las relaciones entre Ibn Aktham y Al Mamún, no eran
ciertamente más que una amistad fundada en una cualidad de la religión: se sabe
que ambos dormían en una misma alcoba. Entre los rasgos que atestiguan el buen
carácter y la complacencia de este califa se cita que una noche, despertándose
con sed y temeroso de interrumpir el sueño de su compañero, bajó sigilosamente
del lecho y buscó a tientas la garrafa del agua. Se sabe igualmente que juntos
practicaban la plegaria del alba. ¿Cómo, pues, conciliar esto con esa
pretendida corrupción del vino? Además, Yahya Ibn Aktham se cuenta entre los
eminentes doctores que nos han transmitido las Tradiciones; el imán Ahmad Ibn
Hanbal y el cadí Ismail lo han citado con elogios, y Al-Tormodzí, en su
compilación "Al Djámee", apoya sus referencias de Tradiciones en su
autoridad. El hafidh Al Moziní asevera que Al Bojarí, en otra obra suya, aparte
de su famosa compilación de Tradiciones, ha citado a Yahya entre sus garantes.
Por tanto, el atacar al carácter de éste, es atacar a la autoridad de todos
esos personajes. La actitud de los satíricos para con él atribuyéndole la
inclinación depravada por la pederastia, es algo imperdonable; ello es como
mentir al Ser Supremo una difamación dirigida contra los sabios. Apóyanse, para
tamaños infundios, en cuentos deleznables, que no pasan de ser simples
invenciones de sus enemigos; pues sus relevantes méritos y la amistad que el
califa le testimoniaba habíanse convertido en una poderosa motivación de celo y
envidia. Empero, el rango que Yahya ocupaba en el campo de la ciencia y la
región, bastaba para enaltecerle sobre tales calumnias. El precitado Ibn
Hanbal, al oír hablar de esas imputaciones, exclamó indignado:
"¡Gran Dios!, ¡gran Dios!, ¿quién ha podido
proferir tamaño embuste?" Luego impugnó la especie vehementemente
oponiendo un mentís formal y ampliando sus elogios para Yahya.
Parecida reacción fue la del cadí Ismail, al
enterarse de esa murmuración respecto al propio personaje, diciendo:
"¡Que el Supremo nos ampare de permitir que un
justo espíritu sea mancillado por la mendacidad de un malvado o un
envidioso!" Agregando luego: "Confieso ante Dios la inocencia de
Yahya Ibn Aktham de tan infame imputación, de que se le hace objeto. He podido
conocer sus más íntimos sentimientos, y siempre tuve la convicción de hallar en
él al hombre rigurosamente temeroso de Dios; mas, como era de un carácter
jovial y afable, quizá de allí partió la ocasión de la calumnia." Ibn
Hayan, por su parte, lo ha considerado en el número de los tradicionistas cuya
palabra significa autoridad.--"Las consejas que cuentan acerca de él
-dice-, no deben ocupar nuestra atención, porque no son sino una sarta de
mentiras."
Es de incluirse en el orden de este género de
cuentos lo que Ibn Abd Rabbih, autor de "Al Iqd" no refiere a
propósito de un cesto que había de ser la causa del matrimonio de Al Mamún con
Buran, hija de Al Hasan Ibn Sahl (el visir). Según la narración, Al Mamún
recorriendo una noche las calles de Bagdad, llamóle la atención un cesto que
pendía de la terraza de una residencia, con fuertes ataduras y cordones de
seda, esmeradamente torcidos. El califa, picado por la curiosidad, sentóse
dentro del cesto, y, al asirse de las cuerdas, púsose el cesto en movimiento
elevándole hasta un regio salón saturado de ensueños, tal como nos lo
describen: La suntuosidad de los tapices. La belleza de la decoración, el
delicado arreglo de una esplendorosa vajilla que ornamentaba el recinto, la
magnificencia del moblaje y la armonía del conjunto, encantaban la vista y
cautivaban el espíritu. Absorto estaba el príncipe de aquella inesperada
sorpresa, cuando la figura gentil de una joven, de beldad nítida y gracia
seductora, aparecía de entre los ricos cortinajes; y ya delante de él, saludóle
con exquisita cortesía, invitándole a tomar asiento. Entre la deleitosa charla
y la excelencia de los vinos, esfumóse para ambos la noción del tiempo. Bien
alboreado ya el día el califa volvió a donde permanecían esperándole sus
acompañantes. Apasionado intensamente por aquella joven, Al Mamún pidióla en
matrimonio a su padre Ibn Sahl, desposándose con ella. Ahora bien, ¿cómo sería
posible compaginar ese cuento con la realidad que conocemos de Al Mamún: en lo
que se relaciona a su piedad, su saber, su empeño por imitar la conducta de los
califas ortodoxos, sus ancestros, por seguir los buenos ejemplos trazados por
los cuatro primeros califas, sostenes de la fe, por conferenciar y polemizar
con los ulemas, por observar en sus prácticas y sus ordenanzas todos los
preceptos de la ley divina? ¿Cómo, pues, se pueda creer que un príncipe de tal
talla moral y social, se hubiere permitido cometer los actos de que nadie sería
capaz, excepto los libertinos despreocupados, que pasan las noches en las
calles, irrumpiendo en los hogares, mezclándose en conversaciones nocturnas,
como el caso de los enamorados árabes del desierto? Por otra parte, ¿cómo una
aventura tal pudiera conciliarse con el rango que ocupaba la hija de Al Hasan
Ibn Sahl, con su noble alcurnia, sus virtudes personales y la ejemplar
honestidad con que la rodeaban en casa de sus padres?
En resumen, cuentos por el estilo se encuentran muy
a menudo en los trabajos de los historiadores; el incentivo que les estimula a
su confección y divulgación radica en la afición de los hombres a las
voluptuosidades prohibidas, la violación de las normas de la decencia y la
vulneración a la intimidad del hogar. Se escudan con ejemplos de renombrados
autores, para servirse de excusa a su propio libertinaje; por ello los vemos
con tanto apego a las fábulas de ese tipo, hurgando cuanta recopilación en su
procura. Más les hubiera valido, ciertamente, tratar de imitar otras facetas de
aquellos grandes autores, dignas de ellos, otros rasgos que destacan su índole
cabal y cuya fama persiste aún, más les hubiera valido; ¡ah!, si ellos lo
supieran.
En una ocasión dirigí cierto reproche a un príncipe
real, acerca de la solicitud que él ponía por aprender la música vocal e
instrumental, diciéndole: "Eso no es oficio vuestro ni conviene a vuestro
rango. --¡Cómo!, me respondió él, ¿no os recordáis cómo Ibrahim, hijo de Al
Mahdí, descolló en este arte llegando a ser el primer cantante de su
tiempo?--¡Alabado sea Dios!, le repliqué, ¿por qué no tomáis mejor por modelo a
su padre o su hermano?' ¿No os advertís que esa pasión hizo descaecer a Ibrahim
del rango que ocupaba su familia?" El príncipe en cuestión, ya no
pronunció palabra, cerró sus oídos a mi objeción y siguió su camino. En todo
caso, Dios orienta a quien quisiera.
Entre los relatos que no podrían resistir un examen
crítico, hay que colocar a ese que la mayoría de los historiadores se placen en
contarnos a propósito de los obeiditas (fatimitas), califas establecidos por el
partido shiita en Kairauán y El Cairo. Pues pretenden excluir a esos príncipes
de la familia del Profeta, e impugnan su descendencia de Ismail el imán, hijo
de Djafar Assadiq. En sus aseveraciones, han tomado por base ciertas
referencias, de fabricación propia, para complacer a los débiles califas de la
posteridad de Al Abbas, referencias en las que denigran aquellos rivales de
esta dinastía, empleando contra ellos todos los recursos de la calumnia. Ya
señalaremos algunos de estos cuentos, cuando nos ocupemos de la historia de los
obeiditas. Estos autores no se han percatado en absoluto de los testimonios de
los hechos, ni de los acontecimientos que, demostrando la opinión contraria,
dan un mentís a sus aseveraciones y refutan terminantemente sus relajos.
He aquí lo que narran todos los historiadores sobre
la iniciación de la dinastía de los shiitas: Abu Abdallah Al Mohtasib reunía a
los Kotama (berberiscos) a favor de la causa de Rida, de la familia de Mahoma.
Los ecos de su campaña repercutieron en el gran público, advirtiéndose que la
intención final de sus actividades tendía a favorecer a Obeidellah Al Mahdí y a
su hijo, Abu Qasim. Informados de la situación y temerosos por sus propias
vidas, estos dos príncipes huyeron de Oriente, sede del califato, atravesaron
Egipto y salieron de Alejandría disfrazados de comerciantes. Enterado de su
evasión Isa Annausharí, gobernador de Egipto y Alejandría, envió en su
persecución un cuerpo de caballería; mas, favorecidos por su disfraz, burlaron
la vigilancia de sus adversarios y consiguieron llegar a Magreb. Nos dicen los
mismos historiadores, que entonces el califa abbasida, Al Motadhib, giró
instrucciones a los aglabidas que gobernaban la Ifrikiya, y a los Medrara, que
mandaban sobre Sidjilmasa, para que procuraren, por cuanto medio, capturar a
los fugitivos y detenerlos en su poder. El emir Lis ha, señor de Sidjilmasa,
habiendo descubierto el sitio en donde se escondían dentro de su ciudad, los
mandó apresar, con la mira de ganar la benevolencia del califa.
Tales acontecimientos tuvieron lugar antes que los
shiitas hubieran arrebatado a los aglabidas la ciudad de Kairuán. Más tarde, la
causa de los obaiditas triunfó en Ifrikiya y Magreb, luego en el Yemen y
Alejandría, en Egipto. Siria y Hidaz, compartiendo con los abbasidas el imperio
islámico, palmo por palmo. Inclusive estuvieron a punto de penetrar en el
propio territorio de esta dinastía, y sustituirla en el gobierno del imperio.
El emir Albasasirí, oriundo del Dailam, y uno de los clientes de la familia
Abbasida, había proclamado la causa de los obeiditas en la misma Bagdad y en la
parte del Iraq que le correspondía. Sostenido por sus compatriotas, acababa de
apropiarse el poder de los abbasidas, a consecuencia de una desavenencia que
habíase suscitado entre él y los emires persas. Durante un año entero, este
dailamita predicó desde los púlpitos de las mezquitas de todo el país, en
nombre de los obeiditas. En tanto, los abbasidas continuaban, a partir de
entonces, padeciendo los apuros más graves, tanto a causa de la posición que
los nuevos adversarios les habían restado, como del imperio que éstos acababan
de fundar. Por otra parte, desde allende el mar, los Omeya españoles les venían
lanzando amenazas de guerra y anatemas. ¿Cómo, pues, puede acontecer todo eso a
manos de hombres de humilde cuna, que se atribuyen, falsamente, un noble
linaje, valiéndose de embustes para llegar al poder? Ahí tenemos, por ejemplo,
el caso de el Qarmatí (Carmat), impostor que pretendía elevar su origen a la
alcurnia de Mahoma: la secta que había formado pronto se aniquiló, cuyos
partidarios fueron desbandados, descubriéndose inmediatamente su perversidad y
su fraude; las consecuencias de su temeraria aventura, les fueron muy duras,
paladeando rigurosos sinsabores. Por tanto, si los obeiditas hubieran sido de
análoga índole, su realidad hubiese sido descubierta, tarde o temprano:
"Por más hábil que el hombre fuere para
disimular su condición, concluye siempre por ser revelada su concreta
realidad."
La dinastía obeidita es mantenida durante el
transcurso de aproximadamente doscientos setenta años; entre tanto adueñóse de
la "estación de Abraham", de su oratorio, de la patria y sepulcro del
Profeta, de los lugares que constituyen la meta del peregrinaje, y del sitio de
descenso de los ángeles. Durante todo ese tiempo, los partidarios de esta
dinastía testimoniáronle el afecto más vivo y la obediencia más sincera, con la
convicción íntima que el origen de ella provenía del imán Ismail, hijo de
Djafar Assadiq. Aun después del ocaso de la potencia obeidita y de su completa
extinción, dichos partidarios han tomado las armas, en diversas ocasiones, para
sostener la causa y las opiniones religiosas de esa familia; proclamaban la
soberanía de sus vástagos; atribuíanles los derechos al califato, declarando
que tales derechos les asistían por disposiciones testamentarias de imanes
anteriores. De todo ello se infiere que, si los aludidos partidarios hubieran
tenido la menor duda acerca de la veracidad de su linaje, no hubiesen
ciertamente afrontado tan grandes peligros para sostener a esos pretendientes.
Por lo demás, todo innovador digno de fe, que anticipa los hechos en los que
nada es dudoso ni equívoco, jamás se contradice en sus declaraciones. Por
tanto, es sorprendente ver al cadí Abu Bakr Al-Baqilaní, jefe de los teólogos
especulativos (los motakallimun), acoger esos desvalorados como falsos rumores,
y a opiniones igualmente mal fundadas cuya refutación acabamos de presentar. La
detestación de los principios impíos que profesaban los shiitas, y su
ahondamiento en el abismo de la herejía, le habían inspirado el odio por ellos,
pero eso no debía impedirle reconocer la justicia de su causa; habría podido
considerar su genealogía como cierta, sin suponer que su descendencia de Mahoma
les garantizaba ante Dios contra los castigos debidos a su infidelidad. El
Altísimo, ¡cuyo nombre sea glorificado!, ha dicho, hablando a Noé respecto a su
hijo: "Este no es de tu familia; él ha cometido una impiedad; no preguntes
sobre lo que tú no has tenido ningún conocimiento" (Corán, sura XI, vers.
46). El Profeta, por su parte, ha dicho en una exhortación dirigida a Fátima:
"Hija mía, haz por ti misma; porque yo no seré de ninguna utilidad para ti
ante Dios”.
Cuando el hombre posee el conocimiento de un hecho,
o tiene la certeza de una idea, es deber suyo darlos a conocer. "Dios es
veraz y nos guía por el buen camino" (Corán, sura XXXIII, vers. 4); pues
hay que advertir que los partidarios de la familia de Alí han estado en
situación vulnerable, expuestos a las sospechas de los gobernantes abbasidas, viéndose
constantemente bajo la vigilancia de sus tiranos; debido al crecido número de
sus contingentes y el gran progreso que su causa había alcanzado, diseminándose
en las comarcas más lejanas, a efecto de propagar las doctrinas de su secta.
Repetidas veces se habían rebelado contra las autoridades establecidas; de tal
suerte, sus jefes se veían obligados a ocultarse, permaneciendo casi
desconocidos. De allí viene la aplicación del siguiente verso:
"Si tú preguntaras a la gente cuál es mi
nombre, no te sabrían decir; si tú les interrogaras acerca de mi domicilio,
tampoco acertarían."
Fue precisamente por esta razón que Mohammad, hijo
de Ismail el imán, y tatarabuelo de Obeidellah el Mahdí (fundador de la
dinastía obeidita o fatimita), recibiera el sobrenombre de Almaktum (el
oculto). Tal fue llamado por sus partidarios, los que, por consenso unánime,
trataban de ocultarlo, en previsión de ser descubierto por sus poderosos
enemigos; por lo mismo los adictos a la familia abbasida aprovecharon de esta
circunstancia para atacar a la genealogía de los obeiditas, cuando éstos
hubieron decidido a mostrarse osadamente a la faz del mundo. Recurrían a ese
indigno recurso para lisonjear a sus débiles califas, cuyos palaciegos y
generales encargados de combatir al enemigo, adoptaron diligente y gustosamente
a dichas calumnias en la esperanza de alejar de sí y de sus soberanos la
vergüenza de no haber podido defenderse y rechazar a quienes les habían
arrebatado la Siria, el Egipto y el Hidjaz; o sean los beréberes de Kotama,
secuaces de los obeiditas y sostenedores de su causa. Tal espíritu de calumnia
había ido tan lejos, que los cadíes de Bagdad estamparon sus nombres en un
documento en que negaban todo nexo de los obeiditas con la línea del Profeta;
y, para darle mayor validez al mismo, lo hicieron signar por un grupo de
personalidades distinguidas. Entre éstos figuraban: el sharif Ar-Radi, su
hermano. Al Mortadi. Ibn Al Bathauí, los jurisconsultos Abu Hamid Al
Isfarayini, Al Qadduri, AsSaimarí, Ibn Al Akfaní, Al Abiwardi. Abu Abdallah
Ibn AnNouman, faqih (jurisconsulto) de los shiitas de Bagdad, y varios otros
notables de la propia metrópoli. Este acto tuvo lugar en una sesión solemne, el
año 402 (1011 de J.C.) o. según otra fuente, el 460, bajo el reinado de Al Qadir.
Tal testimonio no tenía otro fundamento que "eloídecir" y la
opinión pública que imperaba en Bagdad, opinión sostenida, en su mayor parte,
por los servidores de la dinastía abbasida, interesados todos en repeler a
aquella estirpe. Los cronistas refieren esa declaración tal cual la oyeron o
entendieron, sin sospechar por un instante en que ella era totalmente
contradictoria a la verdad. Los despachos concernientes a Obeidellah, que el
califa Al Motadhid dirigiera al emir aglabita de Kairuán, y al príncipe
medrarita, y que mandaba en Sidjilmasa, constituyen un testimonio irrecusable,
una prueba evidente de que la genealogía de los obeiditas era perfectamente
auténtica.
Por lo demás, Al Motadhid era más inmediato que
nadie al tronco profetal. Por otra parte, el imperio y el organismo
gubernamental semejan un mercado universal, al que todo mundo converge,
aportando sus productos hechos ciencias y artes; arriban a él con la esperanza
de lograr algún favor del poder; llegan allí de todos lados los cúmulos de
leyendas y anécdotas, consumiendo el público lo que ha merecido la aceptación
en la esfera oficial. Si el gobierno procede con espíritu franco, libre de
pasiones y parcialidades, de despotismo y fraude; si marcha derecho sin
apartarse de la recta senda, cuyo mercado consumiría el oro puro y la plata
refinada (en materia de ciencias); mas, si se deja conducir por sus intereses
particulares, los rencores y prejuicios, entregándose a los elementos de la
intriga, corredores de la injusticia y la deslealtad, entonces sólo hallarían
curso en su mercado los abalorios y las producciones falsas (de la erudición).
En todo caso, para apreciar los valores, el juicio perspicaz ha de llevar en sí
su propia balanza del examen, la medida de la investigación y la indagación.
Otro relato del mismo género y aún más improbable es
aquel que sirve de tema a las gentes que atacan la genealogía de los edrisitas
(adrisitas). Niegan que Edris (Adris II ) sea hijo de Edris primero, hijo de
Abdallah, hijo de Hasan, hijo de Al Hassan, hijo de Alí Ibn Abi Talib (yerno
del Profeta) (¡que de la bendición de Dios gocen todos!); pues Edris II sucedió
a su padre como soberano del Magreb el Aqsa; pero esas gentes se empeñan, con
una obstinación extrema, en promover las dudas acerca de la legitimidad del
hijo que, a la muerte de Edris, no venía todavía al mundo; pretenden que
Rashid, liberto de la familia, había sido el progenitor; ¡que Dios los cubra de
oprobio y los repele, por infamadores! ¡Cómo son estúpidos! ¿No sabían, acaso,
que Edris I había contraído matrimonio con la hija de una familia bereber, y
que, desde su entrada en Magreb hasta su muerte, habíase reintegrado
completamente a la vida del desierto? Vida cuyas costumbres no permiten
encubrimientos. Pues entre los bereberes como entre todos los habitantes de
tiendas-, no existen sitios ocultos que puedan prestarse a sospechas; su
mujeres están enteramente expuestas a la vida de todas las vecinas y bien oídas
por los vecinos, porque sus hogares se tocan entre sí, con poca altura. y que
ningún espacio separa entre sus diversas habitaciones, además de lo tenue de
sus divisiones. El mencionado Rashid, era encargado del servicio de todas las
mujeres de la familia. y constantemente bajo la mirada y vigilancia de los
allegados y partidarios de los Edris. Por otra parte, todos los bereberes de
Magreb el Aqsa se han acordado, después de la muerte de Edris I, reconocer por
soberano suyo a su hijo Edris II. Por un movimiento espontáneo y unánime,
ofrecieron a este descendiente el homenaje de su obediencia, prestándole el
juramento relativo a defenderle a costa de sus vidas. Y, en efecto, por
sostener su causa, enfrentáronse a la muerte lanzándose al fragor de sus
guerras e incursiones.
Ahora bien, si la menor sospecha hubiera asaltado el
espíritu de estas gentes, acerca del origen de su caudillo; si un parecido
rumor, emanado incluso de un enemigo anónimo o de un falso amigo presto a la
murmuración, hubiera herido sus oídos, algunos de ellos, por lo menos, habrían
renunciado a la empresa y rechazado la causa que habíanse comprometido a
sostener.
Más nada de eso, ¡gracias al Supremo! La falacia
procedía, en realidad, de Bagdad, emanada del gobierno abbasida, cuyos jefes
veían como rival a la familia Edris, asimismo de los aglabidas, que administraban
Ifrikiya a nombre de los califas abbasidas. De hecho, cuando Edris I huyó hacia
el Occidente, al cabo de la batalla de Balj, el califa Al Hadí giró a los
aglabidas instrucciones terminantes para que establecieran puestos de
observación en todo su territorio y desplegaran la más estricta vigilancia, a
efecto de capturar al fugitivo. Todas esas precauciones fueron inútiles; Edris
pudo llegar al Magreb, en donde estableció su autoridad como soberano,
manifestando su pretensión al califato. Más tarde, el califa ArRashid descubre
que Wadheh, gobernador de Alejandría y cliente de la familia abbasida,
dejándose entusiasmar por la parcialidad de la familia de Alí, había cooperado
a la evasión de Idris I, ayudándole para llegar a Magreb. Condenado a muerte ese
servidor infiel, el califa envió secretamente a Ashshammaj, liberto de su
padre, con la consigna de valerse de cuanto ardid a fin de quitarle la vida a
Idris. El espía, llegado a África, manifestóse como ardiente partidario del
flamante caudillo, y desvinculado por completo de sus antiguos amos, los
abbasidas. El nuevo adepto, al cabo de recibir una magnífica acogida, fue
admitido en la intimidad de Idris; y, aprovechando de la primera ocasión,
mientras se encontraba solo con ese príncipe, hízole tomar un activo veneno,
cuyo efecto fue mortal. La noticia del suceso fue recibida con júbilo por los
abbasidas, que acariciaron la esperanza de haber abatido y desarraigado
definitivamente la causa de los descendientes de Alí en el Magreb; pero
ignoraban todavía que su víctima había dejado una mujer en estado de gravidez.
De tal suerte, cuando lo supieron, no tuvieron otra alternativa que la negación
obstinada; en tanto, el imperio de los idrisitas resurgía con mayor ímpetu en
el Magreb; los partidarios de esta casta manifestábanle abiertamente su
abnegación, restableciendo la dinastía con la proclamación de la soberanía de
Idris II. Este resultado fue para los abbasidas un golpe más doloroso que una
aguda saeta.
Por otra parte, la decadencia y la senectud ya habían
mellado al antiguo imperio, fundado por los Árabes; los arrestos necesarios
para llevar la guerra a puntos lejanos, ya le faltaban; el máximo poder de
ArRashid mismo, se reducía al recurso de la traición, a fin de acabar con
Idris I, que gozaba del apoyo de los bereberes en el extremo Magreb. De tal
manera, no les quedaba a los abbasidas otra solución que recurrir a sus
adictos, los aglabides de Ifrikiya, instruyéndolos para emplear cuanto medio
asequible, a efecto de obstruir, por su lado, tan peligrosa brecha; a atajar el
mal que amenazaba al imperio, con las consecuencias más graves, y a extirpar de
raíz a esa rebelión, antes de propagarse a mayores campos. Estas instrucciones
eran emitidas a la sazón por el califa Al Mamún y sus sucesores; pero los aglabides
se hallaban impotentes para empeñarse en una lucha contra los berberiscos del
Magreb el Aqsa; incluso se encontraban más dispuestos a imitar su ejemplo y
repudiar la autoridad de Bagdad; máxime que, en esa época, los mamelucos
extranjeros de la guardia del califa, ya se habían apoderado de la metrópoli
del imperio, usurpando la absoluta autoridad y disponiendo, conforme a sus
propios intereses, de todas las ramas administrativas: desde la militar hasta
la hacendística, haciendo y deshaciendo del gobierno y sus funcionarios, según
su capricho. Tal como los representa un poeta de la época:
Un califa en una jaula.
Entre Wasif y Bagá
Repitiendo lo que le dicen
Tal como lo hace el babgá.
Temerosos los emires aglabides, de las intrigas y
denuncias, optaron por las evasivas y excusas de todo jaez. A veces comunicaban
a la corte de Bastad su menosprecio del Magreb y de sus habitantes, otras
procuraban inspirarles pavor, presentando como muy temible la tentativa de
Idris, primer insurgente en este continente, así como la potencia que sus
descendientes y continuadores habían adquirido. Anunciaban al gobierno de los
califas que la autoridad de aquellos insurrectos ya rebasaba los límites de sus
estados. Y cuando hacían remesas a la corte, de presentes o sumas provenientes
de impuestos, introducían en ellos algunas monedas del cuño idrisita, con el
objeto de insinuar la magnitud alcanzada por estos adversarios y la pujanza de
su creciente y temible poder. Ponderaban al mismo tiempo su propio cometido y
los riesgos a que se expondrían si el gobierno abbasida les obligara a marchar
contra los rebeldes y empeñarse en una lucha con ellos.--"Si nos veremos
forzados a ello--decían--el imperio abbasida se verá expuesto a recibir un duro
golpe que pudiera herirle el corazón." Otras veces apelaban a la consabida
calumnia, con el aludido fin de desacreditar la estirpe de Idris y perjudicar
la influencia de este príncipe; todo ello sin importarles saber si sus aseveraciones
eran ciertas o falsas. Tal línea de conducta observaban, en vista de la grande
distancia que les separaba de Bastad y la endeble mentalidad mostrada por los
contemporáneos vástagos de la familia abbasida, que ocupaban el trono; contaban
igualmente con la credulidad de los mamelucos, que daban fe a todo lo que se
les decía y que prestaban oído a cuanto mal augurio. Así continuaron los
aglabides hasta el ocaso de su poder. Mientras tanto, la odiosa difamación (que
ellos habían divulgado en daño de los id risitas) ya había trascendido a la
multitud, y algunos amantes de la calumnia la reservaban cuidadosamente, con el
fin de servirse de ella en sus ufanías para denigrar a la descendencia de
Idris. ¿Cómo, pues, esos hombres, ¡que Dios los confunde!, han podido desviarse
así de los propósitos de la ley divina, cuyos preceptos no guardan punto de
oposición entre lo decidido y lo supuesto?
Idris II nació en el lecho de su padre; así, pues,
el niño pertenece al lecho. Además, es uno de los dogmas de la fe, que la
descendencia del Profeta es exenta y considerada al abrigo de semejante
sospecha, el Altísimo la ha Uverado de toda mácula y le ha otorgado la
purificación perfecta. Resulta, pues de esta declaración del Corán, que el
lecho de Idris estaba resguardado de toda profanación y exento de toda mácula.
Por tanto, quien sostuviera lo contrario cometería un pecado mortal e
incurriría en la infidelidad.
Hemos sido prolijos en estas refutaciones con el
objeto de desvanecer cuanto móvil de toda especie de dudas y de ahogar la
envidia en los propios pechos que la alientan; porque me ha tocado escuchar,
con mis propios oídos, imputaciones de esa naturaleza emitidas por un malévolo,
que hacía de ellas un arma para atacar a los descendientes de Idris y pretendía,
mediante embustes, desacreditar su genealogía. Intentaba relacionar esas
anécdotas al testimonio de algún historiador del Magreb que, probablemente,
habría olvidado el respeto debido a la familia del Profeta, y puesto en duda el
dogma relativo a todos los antepasados de esa casa. De lo contrario, nuestro
alegato no tendría objeto, puesto que (la familia que constituye) el tema del
mismo está al amparo de semejantes imputaciones; y el querer excusar una falta
que carece de existencia (por imposible), es una falta. He creído de justicia
defender su reputación en esta vida terrenal, y espero que ellos abogarán por
mí el día de la resurrección.
Sabed, asimismo, que la mayoría de los detractores
de la genealogía de los idrisitas son simples envidiosos, unos pertenecen a la
propia familia del Profeta, otros, intrusos. Los que se dan por descendencia de
este noble linaje pretenden, desde luego, un inmenso honor, imponente a los
ojos de naciones y pueblos, de cuanta latitud del globo, exponiéndose necesariamente
a las suspicacias. Ahora los idrisitas, señores de Fez y de la totalidad del
Magreb, al hallarse su linaje a un grado tal de la fama y la diafanidad, que
era, por decirlo así, inalcanzable e inambicionable para nadie, porque ello es
un hecho secular, tradicional, transmitido de nación en nación, de generación
en generación; pues al hallarse en tal posición la familia de Idris el grande,
fundador de Fez, cuya casa persiste aún, rodeada de las residencias de sus
descendientes, cuya mezquita toca al propio sector y sus calles, en donde se ve
todavía su espada desnuda suspendida del pináculo del gran alminar, en el
centro de la ciudad; además de otros hechos ligados a la vida de este prócer, a
los cuales la voz pública ha dado tanta certitud que los coloca casi ante
nuestros ojos, y que sobrepasan varios grados de la de las tradiciones más
auténticas. De tal suerte, debemos creer que los miembros de las demás ramas de
la misma familia, al considerar los favores con que Dios les había colmado a
los idrisitas, la manera de cómo había apoyado su nobleza profetal, con la
majestad del trono, que sus ancestros erigieran en el Magreb; debemos creer que
esas personas habrían adquirido la convicción de que tal gloria permanecería
siempre fuera de su alcance, y que jamás obtendrían ni siquiera la mitad de
aquel lustre que dichos príncipes han gozado; debemos creer que las personas
pertenecientes la noble familia del Profeta y que no poseen las ventajas que
testimonian a favor de los idrisitas, deberían conocer y respetar el honor de
esos príncipes pues de hecho la identidad de la gente es generalmente admitida,
y eso es tanto más cuando la declaración hecha por un hombre respecto a su
origen (cuanto que uno no habría de argüirle su genealogía de falsa). Una gran
diferencia media entre el saber y la suposición, entre la certeza corroborada
con el conocimiento y el juicio sumado a la opinión ajena. ¡Si (el calumniador)
supiera a conciencia que aquello es verídico, atragantaríase con su propia
Saliva
Muchos de aquellos miembros desearían, por el mismo
sentimiento de envidia, despojar a los idrisitas de su título a esa nobleza de
origen y rebajarlos a la condición de la plebe y de ínfima extracción. Tornan a
su perfidia insistentemente, propalando con mala fe y animosidad extremas sus
falsedades y embustes. Para justificar su conducta, dicen que dos opiniones
contrarias son de un valor igual, y que es lo mismo en cuanto a los juicios
fundados en las probabilidades. Pero ¡cuán lejos divagan con sus quiméricas
ilusiones! Conforme nuestras noticias, en el Magreb no hay ninguna rama de la
familia profetal que bajo el punto de vista de la autenticidad, y la evidencia
genealógica, pueda disputarle a la posteridad de Idris, que cuyo origen remonta
a Al Hasan (nieto de Profeta). En nuestro tiempo los miembros principales de
esta familia, que habitan Fez, son los Bani Imrán, cuyo abuelo, Yahya el Hutí,
fue hijo de Mohammad, hijo de Yahya el Aawam, hijo de Al Qasim, hijo de Idris,
hijo de Idris. Estos forman, en dicha ciudad, la representación de la casa
profetal y habitan todavía la residencia de su ancestro Idris. Gozan entre la
población de Magreb de una preeminencia señalada -como lo mencionaremos, si
Dios nos lo permite, más adelante, al referirnos de nuevo a los idrisitas.
Al
Mahdí
Podemos agregar aún a esa serie de infundios, de
criterios insostenibles, lo que algunos faqihes (jurisconsultos) del Magreb,
hombres de poco espíritu, de débil parecer, han enderezado contra el imán Al
Mahdí, fundador de la dinastía de los Almowahhidin (Almohades). Pues
calificándolo de charlatán, lo representan como un embaucador para mantener su
doctrina referente a la unicidad de Dios, y la denuncia de las perversidades de
los Alamoravides, los gobernantes en turno, malaugurándoles sus consecuencias.
Tachábanle de embustero en todas las declaraciones que había hecho, repudian
incluso la idea de sus partidarios, los Almohades, que le consideraban como
perteneciente a la familia del profeta. Una vez más la envidia cobra profundos
impulsos, ahora contra este reformador por los éxitos que había alcanzado.
Hubieran querido sustentar una controversia con él sobre los dogmas, el derecho
y otras cuestiones de la religión, tal como presumían, pero percatándose de las
ventajas que Al Mahdí les llevaba: en hacer prevalecer sus opiniones, y contar
con la obediencia de una multitud de partidarios, optaron por el arma
característica de todo impotente: tratar de menoscabar la reputación del
adversario, sus doctrinas y procurar desmentir todas sus pretensiones. Al
propio tiempo, contaban con ciertas deferencias de parte de los enemigos del
caudillo, los reyes lemtunitas (los Almoravides), que dispensaban a esos
doctores consideraciones y muestras de respeto, que ninguna otra dinastía les
acordado; miramientos debidos a la sencillez de espíritu y la devoción ingenua
que animaba a este pueblo. De tal suerte, en este reino, los legistas gozaban
alta estima y hacían parte del consejo administrativo en las localidades que
habitaban; y cuanta más influencia tenían cerca de sus conciudadanos, más
favores obtenían. De tal manera, habían devenido los partidarios más ferviente
del gobierno almoravide y los adversarios más encarnizados de sus enemigos y,
tanto amaban a la dinastía de los Lemtuna,cuanto detestaban a la de los
Almohades, jamás pudieron perdonar a Al Mahdí su oposición a la voluntad de sus
soberanos, los reproches que les enderazara y las hostilidades que había
desatado contra ellos. Ahora, la posición de este hombre era distinta de la
esos soberanos ocupaban, cuyo estado moral difería de sus principios y
creencias y cuyo carácter estaba por encima de su alcance. ¿Qué podemos su por
pues, de un hombre que aborrece justificadamente las actitudes de un gobierno,
que censura abiertamente sus faltas y ve sus propios esfuerzos repugnados por
los legistas del reino en cuestión? Nada anormal. Convoca a los suyos, apela a
la lucha armada, encabezando la guerra santa personalmente. Así fue como Al
Mahdí arrancó de cuajo a esa dinastía.
Las inmensas fuerzas del reino moravide y la gran
potencia que había adquirido por el número de sus contingentes y de sus
partidarios, todo a la vez fue destruido, convirtiéndose en un desastre. En esa
empresa las filas de Al Mahdí perdieron una multitud de combatientes, que se
habían empeñado en morir por la causa de su caudillo y merecer el favor de
Dios, sacrificando su vidas en aras del triunfo y mantenimiento de la doctrina
almohadita. Por consiguiente este sistema religioso pudo prevalecer sobre los
demás, reemplazando en ambos lados del estrecho (África septentrional y
España), las creencias de las anteriores dinastías. Durante todo ese tiempo, y
hasta el último instante de su vida, Al Mahdí distinguióse por la austeridad de
su vivir, por su templanza, la paciencia que siempre mostró ante las
adversidades y por su desprendimiento de las cosas mundanas. La riqueza, los
bienes temporales, carecían para él de atractivo; ni un hijo siquiera tenía,
por el cual casi todos los corazones se inclinan y anhelan a menudo en vano.
Quisiera yo saber qué otra finalidad perseguía este hombre de su proceder
aquél, que no fuere el valimiento divino y la benevolencia del Supremo, ya que
en el curso de esta vida transitoria, él ni siquiera se preocupaba por los
bienes inmediatos. Por lo demás, si sus intenciones no hubieran sido sanas,
jamás habría alcanzado la realización de su ideal; mas tal le ha acontecido
"conforme a la regla seguida por Dios para con sus siervos" (Corán,
sura XL, vers. 85).
En cuanto a la obstinación de sus enemigos en negar
sus vínculos a la estirpe del Profeta, no hay prueba alguna que la sostenga; en
tanto es un hecho concluyente que él se atribuía ese origen, sin que nadie se
presentara a demostrar la falsedad de sus aseveraciones; es, pues, un principio
reconocido que la declaración hecha por un hombre respecto a su propia
filiación, debe ser admitida. Si ellos aducen que el mando de un pueblo no debe
ser jamás ejercido sino por un hombre de la misma casta, anticipando así un
principio cuya veracidad demostraremos en el primer (segundo) libro de esta
obra, responderemos que en efecto Al Mahdí había ejercido el mando supremo
sobre todas las tribus Masámida; que consintieron en su régimen y obediencia,
así como a los miembros de la tribu de Harga, que formaban su partido. Sostenido
por estos pueblos, logró llevar a cabo el triunfo de su causa y cumplir así la
voluntad de Dios.
Además, es preciso saber que la genealogía por la
cual Al Mahdí hacía remontar su origen hasta Fátima, hija de Mahoma, no era el
único título que le daba derecho al mando ni el motivo que comprometía a la
multitud a seguirle. Esto se debía más bien a un sentimiento nacional de los
Harga y los Masámida, al espíritu de tribu y de coligación que distinguía a Al
Mahdí y al arraigo de su cepa en su séno. Su procedencia de Fátima era, en
realidad, ignorada, cuyo recuerdo, ya desvanecido para el público, sólo se
conservaba entre los parientes inmediatos, que lo transmitían unos a otros. Por
tanto, Al Mahdí, en la acepción general, estaba desligado de ese primer linaje
para revestirse con el carácter y aspecto de un verdadero masamidita. Aquello
no podía, desde luego, acarrear perjuicio alguno a su nacionalidad, en vista de
que era desconocido su antiguo abolengo entre sus compatriotas. Casos de esta
índole han habido con cierta frecuencia, en los que la nueva filiación adquiere
toda su validez, mientras que la primaria permanece oculta. Ejemplo de ello es
la anécdota de Arfadja y Djarir: Tratábase de dar un jefe a la tribu de Badjila
y Arfadja, que en realidad pertenecía a la tribu de Azd, se atribuye la calidad
de badjilita y disputa a Djarir (genuino líder), en presencia del califa Omar,
la jefatura de aquella tribu, tal como nos lo citan los historiadores. Este
ejemplo os servirá para comprender la equidad de nuestra observación y Dios, de
todas formas, orienta hacia la verdad.
Método
de la Historiografía
Casi nos hemos desviado del objetivo de esta obra,
extendiéndonos sobre ese género de errores; pero numerosos autores cuya palabra
hace autoridad, y compiladores de sucesos y crónicas, han tropezado a menudo
recogiendo opiniones y relatos del género de los que hemos señalado. Esos
falsos datos se graban en su mente; la mayoría de los lectores, que se compone
de gente de débil criterio y poca disposición para emplear las reglas de la
crítica, recibe dichos relatos y los adopta tal cual, sin el examen ni la
reflexión debidos. Todo ello, es incorporado al conjunto de conocimientos
adquiridos, haciendo de la ciencia histórica una fruslería y una mescolanza de
inverosimilitudes y errores que desconciertan el espíritu del lector y colocan
en un mismo nivel las fábulas y las informaciones históricas. Por tanto, es
indispensable que el historiador conozca los principios fundamentales de la
política, del arte de gobernar, la verdadera naturaleza de las entidades, el
carácter de los acontecimientos, las diversidades que ofrecen las naciones, los
países, la naturaleza geográfica y las épocas en lo que se refiere a
costumbres, usos, modalidades, conducta, opiniones, sentimientos religiosos y
todas las circunstancias que influyen en la sociedad humana y su evolución.
Debe tener plena conciencia de lo que, de todo esa, subsiste al presente, a
efecto de poder confrontar el presente con el pasado, discernir sus puntos
concordantes así como los contradictorios, señalar la causalidad de esas
analogías o de aquellas disimilitudes. Imponerse del origen de las dinastías y
de las religiones, de los puntos de su eclosión, las causas que suscitaron su
devenir, los hechos que han provocado su existencia, la posición e historia de
los que han contribuido a su fundación. En suma, debe conocer a fondo las
motivaciones de cada acontecer, y la fuente de todo dato; de un modo que
abarcare todas las naciones relativas a su actividad. Entonces estará en la
posibilidad de someter las narraciones que se le han transmitido al análisis
conforme a los principios y normas que ya tiene a su disposición; de suerte,
los hechos que concuerden con dichas normas y correspondan a todas sus
exigencias, podría considerarlos como auténticos; de lo contrario, deberá
mirarlos como apócrifos y rechazarlos.
Suponiendo el empleo de análogas atenciones
escrupulosas de parte de los historiadores, fue como los antiguos habían
concedido a la ciencia histórica una alta estima. Varios sabios, como
AtTabarí, Al Bujarí y su predecesor, Ibn Ishaq, han adoptado similar método,
mientras que otros, en considerable número, ni siquiera se han percatado de
ello; asimismo los posteriores, en sus trabajos, no hacen más que exhibir su
ignorancia del secreto que todo historiógrafo debe conocer. Aun los espíritus
vulgares y los carentes de entendimiento sólido sintiéronse capacitados para la
producción historiográfica, haciendo de ella un tema de divagación; por lo
consiguiente, se confundió lo enjundioso con lo fútil, la pulpa con la cáscara
y la verdad con la mentira. "Las consecuencias de todas las cosas dependen
de Dios." (Corán, sura XXXI, vers. 21.)
Los trabajos historiográficos encubren otro género
todavía de errores proveniente de la inadvertencia de los autores, que no
tienen en cuenta alguna las mutaciones que la variación de los tiempos y de las
épocas operan sobre el estado de las naciones y los pueblos. Esto es una
verdadera enfermedad, que podrá permanecer largo tiempo desconocida, ya que no
se suele manifestar sino al cabo de una serie de siglos, y que apenas un muy
corto número de hombres repara en ella. En efecto, el estado del mundo y de los
pueblos, sus costumbres, tendencias e ideas no persisten en un mismo ritmo ni en
un curso invariable. Es, todo lo contrario, una serie de vicisitudes que
perdura a través de la sucesión de los tiempos, una transición continua de un
estado a otro. Los mismos cambios que operan en los individuos, los días y las
ciudades, tienen lugar igualmente en los grandes países, las provincias, las
regiones, los largos periodos del tiempo y los imperios, "conforme a la
regla seguida por Dios para con sus siervos'. (Corán, sura XL, vers. 85.)
En el mundo de antaño, figuraron los primeros
persas, los asirios, los nabateos, los tobbá, los bani Israel y los coptos.
Dichas naciones tenían, cada una, sus propias características en lo que se
refiere a sus dinastías, sus imperios, su sistema gubernamental, sus artes, sus
lenguas, sus convencionalismos, sus relaciones de toda especie con sus
contemporáneos y la manera en que cada una desarrollaba su propia civilización
en su respectivo país. Los vestigios que aún subsisten de su existencia nos
atestiguan aquella realidad. En seguida aparece una nueva casta de persas,
asimismo los griegos, los romanos y los árabes; las circunstancias que
caracterizaban a las edades precedentes han experimentado los cambios
relativos, las antiguas costumbres fueron reemplazadas por otras, unas un tanto
similares a aquéllas, otras enteramente diferentes. Luego surge el Islam
llevando al reinado a los árabes descendientes de Módar; una nueva revolución
sufren todas esas circunstancias precitadas. Se introdujeron entonces usos y
costumbres que aún perduran en su mayor parte, transmitidos de padres a hijos.
A su turno, el imperio de los árabes, padece su
ocaso; desaparecen los días de su esplendor, y las antiguas generaciones, que
habían erigido el poderío y la gloria de su nación, cesan de existir. La
autoridad pasa a manos de pueblos extranjeros: los turcos en Oriente, los
bereberes en Occidente, los francos en el Norte. El colapso del dominio árabe,
habiendo arrastrado consigo a varios otros pueblos, ocasionó un nuevo estado de
cosas e hizo desaparecer ciertas costumbres, cuyas características y existencias
pasaron al olvido. Según la opinión generalizada, la causa originante de esas
modificaciones en situaciones y costumbres, estriba en el esmero de los pueblos
por imitar los hábitos de su sultán, tal como reza esta máxima proverbial:
"Las gentes siguen la religión de su rey”. Cuando un príncipe o jefe
poderoso se apodera de la autoridad suprema, indefectiblemente adopta casi
todos los usos de sus predecesores, sin omitir desde luego los de su generación
o su propio pueblo; de allí resulta que las costumbres de la nueva dinastía
difieren, en algunos aspectos, de las de la anterior. Al sobrevenir nuevos
cambios, la dinastía que se eleva en seguida hace a su vez una mescolanza de
costumbres establecidas con las suyas personales, resultando de ello una
alteración de las costumbres precedentes, y sobre todo de las de la primera
dinastía. Tal modificación va en aumento gradualmente concluyendo en una
completa desemejanza. Así, pues en tanto que los pueblos y las naciones se
sigan sucediendo en el ejercicio del poder y de la dominación, su modo de ser y
sus hábitos continuarán sufriendo las modificaciones concomitantes.
Se sabe que el hombre es llevado naturalmente a
fundar sus criterios en las analogías y similitudes. Ese proceder no está,
ciertamente, a salvo del yerro, pues la falta de reparo y de reflexión le
apartaría de la finalidad que se proponen, desviándole del objeto de sus
búsquedas. Es el caso del que escucha la narración de acontecimientos del
pasado y que, sin reparar en las modificaciones y cambios acontecidos en el
proceso de la sociedad humana, establece, de buenas a primeras, un paralelo
entre esos hechos y las cosas sabidas por él o le haya tocado observar. Ahora,
como esos dos términos de comparación pueden ofrecer diferencias considerables,
se expondría a corneter graves errores.
A este género de equívocos pertenece lo que los
historiadores nos cuentan acerca de Al Haddjadj. Su padre, dicen, era un
maestro de escuela. Pues bien, en nuestro tiempo, la enseñanza es uno de los
oficios que se ejercen para ganar el sustento y que no corresponde de modo
alguno a la categoría de personas cuya familia ejerce grande influencia en su
propia coligación. El maestro de escuela es un individuo humilde sin
trascendencia; ocupa en la sociedad una posición inferior y pasa por el mundo
desapercibido. Mucha gente pobre, que vive de oficios parecidos, puede
ilusamente aspirar a altas posiciones, inspiradas en el ejemplo de Al Haddjadj,
figurándolas asequibles, aunque carezcan de los merecimientos necesarios. Dejándose
llevar de las sugestiones de la ambición, procuran elevarse a los honores; pero
la cuerda a la que van asidas se les rompe, cayéndose en un precipicio donde la
muerte y la ruina les esperan, No comprenden que semejantes pretensiones son
absurdas para gentes de su clase, que practican artesanías u oficios para su
subsistencia. En realidad la cuestión de la enseñanza, en los albores del Islam
y bajo las dos primeras dinastías, tenía distinta acepción de la actual: En esa
época, la enseñanza nunca se consideró como un oficio; consistía más bien en
comunicar al pueblo los mandatos que se habían escuchado de boca del
Legislador, e instruirle en los principios religiosos que desconocía,
haciéndolo a título de comunicación gratuita. De tal forma, los que impartían
el Libro de Dios y la ley de Su enviado, eran los hombres de noble alcurnia y
los poderosos jefes de coligaciones, que habían luchado para establecer la fe;
era, pues, una simple comunicación de doctrinas, pero de ningún modo una
enseñanza profesional, porque se trataba netamente del Libro sacro que Dios
había descendido a Su Profeta, y cuyas prescripciones debían ser la norma de su
conducta. El Islamismo, por el que habían combatido hasta la muerte, era su
religión, que les distinguía y honraba entre todos los pueblos; por ello
solícitos se empeñaban en la divulgación de dichas doctrinas y hacerlas
comprender a su nación. En el cumplimiento de esa tarea, no se dejaban detener
por los reproches del orgullo ni por los impedimentos del amor propio; prueba de
ello es que el Profeta, al despedir a los delegados de las tribus árabes,
enviaba con ellos a sus principales compañeros, encargados de enseñar a esos
pueblos los preceptos de la ley divina que él había traído a los hombres. Tal
misión fue encomendada a su diez destacados Compañeros, seguidos luego por
otros de menor categoría. Ya establecido el Islam sólidamente y afirmadas las
raíces de la religión, los pueblos de remotas regiones lo recibieron de manos
de sus adherentes; mas, con el correr del tiempo, aquellas doctrinas iban
sufriendo ciertas modificaciones: numerosas máximas se habían extraído de los
textos sagrados, a efecto de aplicarlas a la solución de otros tantos casos que
se presentaban continuamente ante los tribunales, haciendo sensible la necesidad
de un código que preservara la justicia de los yerros. El conocimiento de la
ley, torno se entonces una ciencia, una facultad por adquirir, que exigía
estudios regulares, convirtiéndose bien pronto en uno de tantos oficios y
profesiones --tal como lo expondremos en el capítulo correspondiente a ciencias
y enseñanzas.
Los jefes de coligaciones, debiendo ocuparse en
mantener el poder del imperio y la autoridad del gobierno, abandonaron la
ciencia (de la ley) a quienes deseaban dedicarse a ella; por tanto, esa
enseñanza se volvió uno de tantos modos del vivir. Los acaudalados y los
dignatarios del Estado desdeñaban a esa actividad; quedando su práctica a cargo
de hombres de humilde condición, como simple oficio menospreciado por los
componentes de la dinastía y los palatinos. Por otra parte, el precitado Al
Haddjadj era hijo de Yusof, uno de los principales miembros de la tribu de
Thaqif. Su alta posición entre las coligaciones árabes es cosa bien sabida, y,
en cuanto respecta a la nobleza, la suya rivalizaba con la de los Qoraish. Por
consiguiente, su enseñanza del Corán, en aquel entonces, no tenía punto de
relación con la acepción de nuestros días: un oficio para ganar la vida; cuyo
sentido no ha experimentado variación alguna desde la iniciación del Islam.
Confusiones por el estilo sufren ciertas gentes al
formar sus ideas, cuando, hojeando los libros de historia, observan que en
tiempos pasados los cadíes se colocaban a la cabeza de las tropas y ejercían el
mando en las expediciones guerreras. Alucinados por la ambición, aspiran a
situaciones parecidas, imaginando que la función de cadí sigue siendo hoy día
lo que era en aquellos tiempos. Piensan en el chambelán Ibn Abi Amer (el
célebre Almanzor), que ejerciera la autoridad suprema a nombre del califa
Hisham (Hixem), y no olvidan a Ibn Atibad, de Sevilla, uno de los caudillos que
se repartieron las provincias de España (musulmana). Al darse cuenta, esas
gentes, de que estos dos personajes eran hijos de cadíes, se imaginan que los
cadíes de esa época eran como los de nuestros días, y no sospechan siquiera que
el oficio de cadí ha experimentado radical transformación; hecho al que daremos
explicación en el capítulo que trata de este cargo. Ahora, tanto Ibn Amer como
Ibn Atibad, pertenecían a aquellas tribus árabes que habían sostenido a la
potencia de los Omeya en España, y a la coligación que integraba su parcialidad
más devota. El elevado rango que ambos tenían entre los suyos, es cosa bien
conocida; mas las altas posiciones que habían alcanzado en el mando y la
soberanía, no eran, de modo alguno, por consecuencia de la función de cadí, tal
como la entendemos al presente. Antaño el cargo de cadí era encomendado a
hombres influyentes y pertenecientes, ya sea a tribus que se hallaban al
servicio del imperio, o a coligaciones de los clientes vinculados a la casa del
soberano. Los cadíes desempeñaban entonces las mismas funciones que hoy día se
confieren a los visires en el Magreb; salían a la cabeza de las tropas para
efectuar las campañas de verano, llevaban a la vez la dirección de los negocios
más importantes del Estado, negocios que no se confiaban más que a hombres
cuyas poderosas coligaciones le proporcionaban los medios de ejecución. De
suerte los que oyen hablar de esos hechos, sin tener antecedentes de la
realidad, caen a menudo en el error, porque conciben un orden de cosas
enteramente diferente.
Los que más incurren en equívocos de esta índole son
los españoles (musulmanes) de nuestros días, de pocas luces. Ello se debe a la
extinción del espíritu de coligación en sus ámbitos, hecho acontecido desde
varias centurias, como secuela de la ruina del imperio árabe en dicho país y de
la caída de la dinastía fundadora del mismo. Emancipados de la dominación de
los bereberes, pueblo en el que siempre existiera un vivo sentimiento
nacionalista, esos árabes han perdido, además del espíritu coligativo, la
virtud del auxilio mutuo, que conduce siempre al poder, conservando apenas su
genealogía. Reducidos a la condición de pueblos sometidos e indolentes, sin la
elemental virtud de socorrerse unos a otros, y sojuzgados por la fuerza, se han
avenido a la humillación, imaginando que con su simple origen y la colaboración
con los gobernantes, llegarían a la prevalencia y la supremacía. Es así como
vemos entre ellos a quienes, desde los artesanos hasta los profesionales, viven
soñando con el poder por ese solo concepto. Quien haya observado de cerca el
estado de las tribus en el Magreb, la coligación que les anima, las dinastías y
reinos que han fundado y la manera en que esos pueblos y tribus establecen su
dominio, no se dejaría caer en parecidos errores y raramente se equivocaría en
apreciaciones de estas materias.
El propio curso siguen los historiadores, cuando
tratan de una dinastía y de la serie de sus reyes. Su cuidado se limita a
señalar el nombre del príncipe, su genealogía, el nombre de su padre, el de su
madre, los de sus mujeres, su título, la inscripción grabada en su sello, el
nombre de su cadí, el de su hadjeb, y el de su visir. En todo ello se esfuerzan
por seguir el ejemplo de los historiadores de las dinastías omeyada y abbasida;
pero sin percatarse del punto de vista de esos autores. En aquellos tiempos, ya
remotos, los cronistas dedicaban sus trabajos a la familia reinante. Los
jóvenes príncipes anhelaban conocer la historia de sus mayores y los sucesos de
su reinado, a fin de continuar su trayectoria y normarse con sus ejemplos;
tenían interés especial en saber ganarse a los personajes que ocuparían los
importantes puestos cuando ellos sean ascendidos al trono, y confiar los cargos
y empleos a los protegidos de la casa real, a los antiguos servidores y su
descendencia. Los cadíes contábanse entre los sostenedores del imperio y, por
ende, en el número de los visires -como dejamos aclarado-. Los historiadores se
encontraban, por tanto, obligados a proporcionar esa clase de informaciones.
Mas, desde el momento en que los imperios son separados por distancias
considerables o grandes intervalos de tiempo, los lectores no buscarían otra
cosa que la historia de los soberanos mismos, los medios de establecer una
comparación entre las dinastías en lo que se refiera a su potencia y sus
conquistas, y la indicación de los pueblos que les han resistido o que habían
sucumbido bajo su impacto. ¿Qué ventaja habrá, pues, para el historiador, en
referirnos los nombres de los hijos de un viejo soberano, los nombres de sus
mujeres, la inscripción de su sello, etcétera, sobre todo cuando se desconoce
el origen, la genealogía y las acciones que pudieron distinguir a esos personajes?
A seguir este curso, los historiadores han sido
inducidos por el espíritu de imitación, sin advertir los propósitos que se
habían propuesto sus antiguos colegas en adoptarlo; tampoco se toman el trabajo
de indagar sobre la verdadera meta que persigue la propia historia. Yo convengo
en que se deba hacer mención de ciertos visires cuyos hechos constituyen
grandes hazañas, y cuyos renombres eclipsan a los de sus propios soberanos;
tales como, por ejemplo, Al Haddjadj, los hijos de Al Mohallab, los Barmecidas,
los hijos de Sahl Ibn Nubajt, Kafur el Ajshidi (ministro de los ajshditas), Ibn
Abi Amer, y otros más. Desde luego no es censurable el autor que deseare darnos
un esbozo de su historia, incluyendo algunas indicaciones alusivas a diversas
circunstancias de su vida, dado que estos personajes ocupaban el mismo nivel de
los soberanos.
Finalicemos este capítulo con una observación que
pueda quizá entrañar alguna utilidad. La historia es propiamente la narración
de hechos que se refieren a una época o a un pueblo; pero el historiador debe,
desde luego, proporcionarnos las noticias generales acerca de cada país, cada
pueblo y cada siglo, si él quisiera apoyar sobre base sólida las materias que
trata, y hacer inteligibles las noticias que suministra. Ya se había adoptado
un sistema parecido en la composición de algunas obras: Morudjazzahab, por
ejemplo, en la cual el autor, Masudí, describe el estado en que se encontraban
los pueblos de los países del Oriente y del Occidente en la época en que él
escribiera, o sea en el año 330 (941945 de J. C.). Este tratado nos hace
conocer las creencias de dichos pueblos, sus costumbres, sus reinos, dinastías,
la naturaleza de las comarcas que habitan, sus montañas, sus mares, la
ramificación de los pueblos árabes y la de las naciones extranjeras,
convirtiéndose en un adalid y modelo para los demás historiadores, resultando
la suya una obra fundamental sobre la que se apoyan para verificar la mayor
parte de sus trabajos.
A continuación aparece Al Bakrí, quien sigue un
método análogo en lo que concierne exclusivamente a direcciones y reinos,
dejando a un lado todas las circunstancias que no se relacionaban con esa
materia. Esa omisión es explicable cuando se recuerda que en la época en que
éste escribiera los diversos pueblos del mundo poco cambio habían tenido, y
cuya manera de ser no había experimentado grandes modificaciones. Pero hoy día,
es decir, a finales de la octava centuria, la situación del Magreb ha sufrido
una profunda revolución, tal como la contemplamos, y ha sido totalmente
trastornada; los pueblos bereberes, moradores de este país desde lejanas
edades, han sido reemplazados por las tribus árabes que, en el siglo v, habían
invadido estas comarcas, y que, por su gran número y su fuerza, subyugaron a la
población, arrebataron gran parte del territorio y compartieron con ella el
disfrute de las comarcas que aún conservaba en su poder. Añádase a ello el
terrible azote que, hacia la mitad del siglo una peste vino a desencadenar
sobre los pueblos de Oriente y Occidente; flagelando cruelmente a las naciones,
segó gran parte de las generaciones del siglo, devastó y desvaneció los más
esplendorosos resultados de la civilización. Tal desastre coincidió con la
senectud de los imperios y ya próximos al término de su existir; destrozó sus
fuerzas, extenuó su vigor, debilitó su potencia, a tal punto que se veían
amenazados de una ruina inminente y total. La cultura del mundo y su progreso
hicieron un alto, amagados de destrucción, faltándoles los hombres; las
ciudades quedaron despobladas, los edificios vinieron en tierra, los caminos se
borraron, derrumbáronse los monumentos, en tanto las casas y los poblados
quedaron sin habitantes; las naciones y las tribus perdieron su fortaleza,
operando un notable cambio en el aspecto de la sociedad humana.
Me parece que semejante infortunio ha de haber
padecido el Oriente, causándole este tremendo azote los estragos en proporción
a sus extendidos países y su desarrollo social. Se me figura como si la voz de
la Naturaleza hubiera dado al mundo la orden de abatirse y humillarse,
apresurándose el mundo a obedecer: "Dios es el heredero de la Tierra y de
lo que ella contiene”.
En el momento en que el mundo experimenta una
devastación tal, diríase que éste va a mudar de naturaleza a efecto de sufrir
una nueva creación y organizarse de nuevo cual una continuidad en el devenir.
Por tanto, necesario es, hoy día, un historiador que registre el estado actual
del mundo, de los países y pueblos y señale los cambios operados en costumbres
y creencias, tomando el camino que el Masudí había seguido al tratar los
asuntos de su tiempo. Así, a efecto de que sirviera de ejemplo y guía a los
historiadores y analistas futuros.
Por mi parte, proporcionaré en esta obra las
referencias relativas, conforme me lo permitieran mis posibilidades en estas
tierras de Magreb. Hablaré directamente, o bien las indicaré, ocasionalmente,
en el desarrollo de los relatos porque mi intención es limitarme a la historia
del Magreb, de sus tribus, pueblos, reinos, dinastías y situaciones. No pienso
ocuparme de otros países, debido a que me faltan los conocimientos necesarios
en lo que respecta a Oriente y sus pueblos, pues las informaciones transmitidas
de viva voz no me son suficientes. Al Masudí ha podido enfocar el tema en toda
su extensión, merced a sus frecuentes viajes por numerosos países, tal como él
mismo lo declara en su libro. Sin embargo, hay que añadir que este historiador
habla de un modo demasiado conciso de los asuntos de Magreb. "Por encima
de todos los sabios, existe un Ser sapientísimo" (Corán. sura XII, vers.
76); a Él, pues, corresponden todos los atributos de toda ciencia. El hombre es
una criatura débil, impotente, tanto para con el deber como para sus
menesteres, y la confesión de su incapacidad es una obligación suya. Quien goce
del amparo de Dios hallará siempre expeditos senderos delante de sí, y un éxito
completo coronará sus esfuerzos y sus afanes. Nosotros, confiados en ese amparo
del Supremo, vamos a emprender la realización del plan de nuestra obra,
esperanzados constantemente en el patrocinio del Señor.
Nos resta aún hacer algunas observaciones
preliminares concernientes a la manera en que hemos representado el sonido de
ciertas letras, ajenas a la lengua árabe, cuando ellas se presentan
eventualmente en nuestro trabajo.
Es de saber que, en la pronunciación, las letras
-como se explicará más adelante-, expresan la variedad de sonidos que salen de
la laringe y se producen por la incisión que experimenta la voz al golpear la
úvula, los extremos de la lengua, así como la garganta, el paladar, los
dientes, o bien por el batir de los labios resultando la variedad de sonidos de
esas diversas maneras de modificaciones. Las letras articuladas ofrecen al oído
diferencias sensibles, y sirven para formar las palabras que indican las ideas
contenidas en la mente. Los sonidos enunciados por un pueblo, no son siempre
idénticos a los de otro: una nación puede tener los signos que su vecina no
tenga. Los caracteres que los árabes emplean son veintiocho, como todos
sabemos; en tanto, hallamos en el alfabeto hebraico letras que no existen en el
nuestro, y viceversa. Igualmente ocurre respecto de los francos, los turcos,
los berberiscos y demás pueblos extranjeros.
Ahora, escribiendo, los árabes han convenido en
representar el sonido de las letras mediante signos que se distinguen por su
forma escrita. Es así como han sido inventados los caracteres alef, be, djim,
ra, ta, etc., hasta la última de las veintiocho letras. Pero, cuando se les
presenta un signo (articulado) extraño a su lengua, no suelen darle
representativo escrito, absteniéndose de indicarlo. A veces, no obstante, ha
habido escritores que, por figurar un sonido de esa índole, lo representan por
el signo de la letra que, en nuestra lengua, le precedería o le seguiría
inmediatamente. Mas este método está lejos de llenar la función de un sonido
extraño; esto es desviar la letra escrita de su verdadera función. Por tanto,
como nuestra obra deberá encerrar la historia de los bereberes y de algunos
otros pueblos extranjeros, y que, tanto en los nombres propios como en ciertos
términos de sus lenguas, se presentarán sonidos que carecen de representativos
en nuestro sistema de escritura, así como de correspondencia con los signos
convencionales, me vi en la necesidad de procurar el medio que cumpliera su
expresión. Considerando poco satisfactorio el método precitado, cuanto ineficaz
para indicar cabalmente el valor de un sonido extranjero, he adoptado por
regla, representar en este trabajo a cada sonido extraño por la combinación de
dos caracteres, cuya pronunciación pudiera aproximársele lo más posible, de
suerte que el lector podrá guiarse por el sonido medio de esos dos caracteres,
pronunciando la letra intermedia. He deducido esta idea de la manera que los
copistas del Corán emplean en trazar las letras que experimentan el ishmam.
Citemos, como ejemplo, la palabra assirat "el camino", donde, según
el método de la lectura coránica, enseñado por Jalaf, el signo sad (s) debe ser
pronunciado con un sonido medio, que se aproxima al de za (z), es decir,
zumbante. Por ello, escriben la sad, trazando en su interior la letra za; de
este modo, se cree haber indicado un sonido intermedio de las dos letras. Otro
tanto hago yo en los casos parecidos, tal cuando se trata de la gaf (g dura)
berberisca, que es intermedio entre la kaf (k) del árabe y la djim (j), como en
el nombre de Bologguín, escribo primero la letra kaf, luego le añado por debajo
el punto distintivo de la djim, o bien pongo arriba el punto, sea solo, sea
doble, que servirán para denotar la qaf gutural. De tal manera, indico que la
letra en cuestión lleva el fonema intermedio entre la gaf y la djim, o bien
entre la kaf y la qaf. La qaf se encuentra muy a menudo en la lengua
berberisca. En cuanto a las demás letras del mismo género, he seguido con ellas
un procedimiento análogo: para representar la letra intermedia entre dos letras
de nuestra lengua, combino estas dos conjuntamente, y, de este modo, hago
entender al lector que él debe adoptar en la pronunciación un fonema
intermedio. He ahí, pues, lo que he deseado advertir. Si me hubiera limitado a
designar cada sonido extranjero por una u otra letra que, en nuestro alfabeto,
más se le aproximan, habría convertido su función en la una de las propias,
alterando así las lenguas de esos pueblos. Tomadlo, pues, en consideración. Y
Dios orienta hacia la verdad, con su gracia y magnanimidad.
Libro Primero
DE LA SOCIEDAD HUMANA Y DE LOS FENÓMENOS QUE EN ELLA
SE PRESENTAN, TALES COMO LA VIDA NÓMADA, LA VIDA SEDENTARIA, LA DOMINACIÓN, LA
ADQUISICIÓN, LOS MEDIOS DE GANAR LA SUBSISTENCIA, LOS OFICIOS, LAS CIENCIAS Y
LAS ARTES. INDICACIÓN DE LAS CAUSAS QUE CONDUCEN A ESOS RESULTADOS
Sabed que la historia tiene por verdadera finalidad
hacernos conocer el estado social del hombre, en su dimensión humana, o sea la
urbanización y civilización del mundo, y de darnos a entender los fenómenos
concomitantes naturalmente a su índole tales como la vida salvaje, la
humanización, la coligación agnaticia, las diversas formas de supremacía que
los pueblos logran unos sobre otros y que originan los imperios y las
dinastías, las distinciones de rangos, las actividades que adoptan los hombres
y a las que dedican sus esfuerzos, tales como los oficios para subsistir, las
profesiones lucrativas, las ciencias, las artes; en fin, todo el devenir y
todas las mutaciones que la naturaleza de las cosas pueda operar en el carácter
de la sociedad.
Ahora, como la mentira se introduce naturalmente en
los relatos históricos convendría señalar aquí las causas que la determinan: 1º
La adhesión de los hombres a ciertas opiniones o ciertas doctrinas. En tanto
que el espíritu del individuo es de disposición moderada e imparcial, acoge al
relato que se le presenta con el análisis debido, y lo examina con toda la
atención que el caso requiere, hasta conseguir dilucidar la exactitud o la
falsedad de la noticia; pero, si ese espíritu es susceptible a dejarse influir
por su parcialidad de tal opinión o tal doctrina, aceptaría, sin titubeo, la
narración que convenga a su partido. Tal propensión y esa parcialidad cubren
cual un velo los ojos del intelecto, impidiéndole escudriñar las cosas y
analizarlas detenidamente, cayendo así en la aceptación del embuste y su
difusión.
La segunda causa que determina el embuste en los
relatos, es la confianza en la fuente transmisora. Para reconocer si es digna
de fe, se precisa recurrir a un examen análogo al que se designa con los
términos improbatio et justificatio.
Una tercera causa es la falta de reparo en la
finalidad que los actores en los grandes acontecimientos persiguen. La mayoría
de los narradores, ignoran el propósito con el cual las cosas que han
observado, o de las que se les ha hablado, han sido hechas; exponen por tanto
los acontecimientos conforme al modo de su entender, y, dejándose inducir por
sus conjeturas" caen en la mentira.
La cuarta causa consiste en suponer la verdad
erróneamente. Esto es un defecto bastante común; proviene, generalmente, de un
exceso de confianza en las personas que han transmitido los datos.
Como quinta causa, podemos señalar la ignorancia de
las relaciones que existen entre los sucesos y las circunstancias
concomitantes. Tal se advierte entre los historiadores, cuando los pormenores
de un relato han padecido retoques y alteraciones. Reproducen, por ende, los
acontecimientos tal cual los concibieron, menoscabando la exactitud y la verdad
misma.
La sexta causa estriba en la inclinación de los
hombres a ganar el favor de los personajes y figuras relevantes, a efecto de
elevarse en posición; se desbordan, por ello, en alabanzas y ponderaciones,
enalteciéndoles sus hechos. Los respectivos relatos, plagados de falacia, son
objeto de extensa divulgación. En efecto, los espíritus humanos encierran
pasión por los elogios; los hombres aspiran a los bienes mundanos de toda
especie, tales como el renombre, la riqueza y, por lo regular, muy poco
ambicionan destacarse por las nobles cualidades o por demostrar consideración a
la gente de verdaderos méritos.
Otra causa más, que aventaja a todas las ya
expuestas, es la ignorancia de la naturaleza del desarrollo social y sus
circunstancias concomitantes. Todo acontecer, sea espontáneo, o sea por el
efecto de una influencia exterior, tiene, ineludiblemente, su índole propia,
tanto en su esencia, como en la circunstancia concomitante; por ello, si el que
lo recoge conoce de antemano los caracteres que se presentan, en la realidad,
los acontecimientos y los hechos, así como sus causas, ello le ayudaría para analizar
y controlar toda especie de relatos y discernir la verdad del embuste, pues tal
recurso comprende mayor eficacia que otro alguno.
Muy a menudo ocurre que los hombres, con el simple
oídecir, aceptan leyendas absurdas, que comunican en seguida a los demás y se
divulgan basadas en su palabra. Por el estilo es la narración de Al Masudí
relativa a Alejandro Magno. Según esta leyenda, el macedonio, viendo que los
monstruos marinos le impedían fundar la ciudad de Alejandría, mandó fabricar un
cofre de cristal. Ya metido dentro del cofre se hizo descender al fondo del
mar, en donde pudo diseñar las figuras de dichos monstruos diabólicos, que se
ofrecían a su vista. De vuelta en tierra encargó la reproducción de aquellas
figuras en cierto metal. Hechas las cuales destacólas delante de los edificios
que se habían comenzado. Al salir los monstruos de nuevo y ver a aquellas
imágenes suyas, emprendieron la fuga dejando así llevar a cabo la construcción
de la referida ciudad. Lo anterior forma parte de una larga historia, plena de
cuentos fabulosos como absurdos. Por una parte, no era posible fabricar un
cofre de cristal capaz de resistir los violentos embates de las olas; por otra,
un rey no se expone fácilmente a semejante aventura, tan peligrosa como imprudente.
Luego, si él se arriesgaba en parecida temeridad, se exponía a perder su propia
vida: el pacto social se rompería y sus súbditos, se reunirían en torno de otro
príncipe, sin dejarle tiempo siquiera para regresar de su imprudente
expedición. Además, los genios no tienen una forma ni figura particular, sino
que ellos pueden tomarla a capricho. Cuando se refiere que estos poseen
numerosas cabezas, se tiene por finalidad, no el decir una certeza, sino
inspirar el horror y el espanto.
Todas estas extravagancias contribuyen al descrédito
de la narración de Masudí, pero hay todavía un hecho que demuestra, de una
manera más evidente, la absurdidad y la imposibilidad física de lo que nos
cuenta. El hombre sumergido en el agua, aunque fuere dentro de un cofre, bien
pronto sentiría una gran insuficiencia de respiración natural, dada la rareza
del aire, y su hálito no tardaría en calentarse. Privado del aire fresco, que
mantiene el equilibrio entre el pulmón y los espíritus cordiales, moriría en el
acto. Tal es la causa que ocasiona la muerte de las personas encerradas en la
pieza de un baño, en donde se suele evitar la penetración del aire fresco.
Igualmente es el motivo que hace perecer a los que descienden a un pozo o un
subterráneo de grande profundidad; donde el aire es caliente por los miasmas a
falta del viento para disipar esas emanaciones; por lo mismo, el que baje a esa
profundidad perece instantáneamente. De ahí la razón que el pez cesa de vivir
en el momento que se halla fuera del agua pues el aire no le es suficiente para
mantener el equilibrio en su pulmón, cuyo calor extremado requiere ser
temperado por el frescor del agua. La atmósfera a la que se le hace salir, es
demasiado cálida para él, cuyo efecto obra rigurosamente sobre su espíritu
animal, y el pez muere súbitamente. Se explica de la misma manera la muerte de
las personas tocadas por un rayo.
Otra leyenda del mismo género citada por el propio
Masudí, dice que en la ciudad de Roma se ve la estatua de un estornino, en
torno de la cual, en cierto día de cada año, grandes bandadas de pájaros de la
misma especie se juntan, portando en sus picos una aceituna cada uno. Los
frutos transportados de esa manera sirven -según este autor-, para suministrar
a los habitantes lo bastante para su consumo de aceite. ¡Ved, pues, qué modo
tan singular de obtener el aceite de oliva, y cuán remoto es del curso natural
de las cosas!
Del mismo tipo de cuentos es el que Al Bakrí nos
refiere acerca de la ciudad "DzatelAbuab" (un puerto del mar
Caspio, Darband), cuya circunferencia abarcaba --dice-- el equivalente de más
de treinta jornadas de marcha, comprendiendo diez mil puertas. Pues bien, la
edificación de las ciudades ha tenido siempre por finalidad primordial la
defensa y la seguridad, así como lo mencionaremos más adelante; sin embargo,
ésta resultaría de imposible control, sin probabilidad alguna de poderla dotar
de una fortaleza o un resguardo.
Un cuento más nos presenta el repetido Masudí,
respecto a la "Ciudad de Cobre" (madinatinNohas). Según dice, dicha
ciudad está construida enteramente de cobre y ocupa un sitio en el desierto de
Sidjilmasa. Musa Ibn An-Nosair dio con ella casualmente, en su expedición sobre
el Magreb.
Las puertas de la misma, se hallaban cerradas, y
todo individuo que osaba escalar las murallas, apenas llegaba a su extrema
altura batía las manos y se precipitaba al interior, para no volver a aparecer
jamás. Este cuento forma parte de un relato tan absurdo que merece incluirse a
las fábulas narradas por los cuentistas públicos. Pues el desierto de
Sidjilmasa ha sido recorrido, en toda dirección, por las caravanas y los guías,
sin que ninguno de esos viajeros haya vislumbrado nunca la menor noticia de una
ciudad de cobre.
En resumen, todas esas referencias no pasan de ser
una retahila de disparates y fantasías, contradictorias a cuanto orden natural,
conforme nos demuestra la experiencia cotidiana, sin el modo de conciliarlas
con los procedimientos de que se sirve cuando se trata de fundar una ciudad:
los metales en existencia, a lo más, alcanzarían para la fabricación de
recipientes y otros utensilios domésticos; por tanto, el decir que se ha
erigido toda una ciudad de ese material, es evidentemente una aserción
inverosímil y absurda. En fin, los relatos de esa especie son numerosos, mas, a
la vez, es fácil descubrir la falsedad conociendo las características
inherentes al desarrollo de la sociedad humana. Mediante esos conocimientos, se
comprueba fácilmente el valor de una narración discerniendo del mejor modo la
verdad del embuste, más examinando previamente la credibilidad de la fuente
transmisora. No debe emplearse, desde luego, este último método sino después de
haber estudiado la narración misma, a fin de reconocer si los hechos que ella
encierra son posibles, o no. Si la imposibilidad está demostrada, sería inútil
recurrir a ese procedimiento.
Los investigadores (de la verdad) consideran, en el
número de los puntos que hacen repeler la autenticidad de un relato, la
imposibilidad del hecho que el mismo enuncia, sea por lo que se refiere a la
significación normal de los vocablos, o sea porque se les dé una interpretación
que repugna a la razón. En cuanto a los datos que se refieren a la ley
(musulmana), éstos consisten, en su mayor parte, en prescripciones arbitrarias,
cuya observancia ordena el Legislador, y que deben aceptarse a condición de creerlas
auténticas. Ahora, para llegar a esa creencia, se precisa estar perfectamente
convencido de la credibilidad y de la exactitud de las personas que han
transmitido dichos datos. Por cuanto hace a lo relatos de acontecimientos, es
indispensable, antes de considerarlos como auténticos y verídicos, reconocer su
concordancia (con la realidad del mundo). Para conseguirlo, se precisa examinar
si el hecho es posible; esto es un medio más eficaz que el precedente de
justificación y que debe emplearse con antelación. La validez de las
prescripciones arbitrarias se establece por la justificación únicamente, en
tanto que el valor de una noticia histórica se obtiene por el empleo de ese
procedimiento juntamente con el examen de la concordancia que exista entre el relato
y lo que la realidad nos ofrece ordinariamente.
Al ser ello así, la norma por observar, para
discernir en los relatos lo verdadero de lo falso, se fundamenta en la
apreciación de lo posible y de imposible, y consiste en examinar la sociedad
humana, es decir, la civilización; distinguir, por un lado, lo que es inherente
a su esencia y a su naturaleza, y, por el otro, lo que es accidental y que no
debe tomarse en cuenta, reconociendo asimismo lo inadmisible. Procediendo así,
tendremos una regla segura para distinguir, en cuanto suceso y noticia, lo
verdadero de lo falso, valiéndonos de un método demostrativo, que dejará lugar
alguno a duda. Entonces, si oímos la noticia de algunos sucesos de los que
acontecen en la sociedad humana, sabremos formar nuestro juicio sobre lo que
debemos aceptar como verídico o rechazar como falso. Estaremos así provistos de
un positivo instrumento que nos permitiría enjuiciar los hechos a ciencia
cierta, y que serviría a los historiadores en el desarrollo de sus trabajos para
procurarse el sendero de la verdad.
''Tal es el objeto que nos hemos propuesto alcanzar
en este primer libro nuestra obra. Como que se trata de una ciencia sui
géneris, de un tema específico, que aborda la sociedad humana y su
desenvolvimiento, trata varias cuestiones que sirven para explicar
sucesivamente los hechos y fenómenos inherentes o vinculados a la esencia
misma de la sociedad. Tal es el término de todas las ciencias, tanto las
objetivas, como las racionales.
Las disertaciones en que vamos a tratar nuestro tema
integran una ciencia novedosa, que será notable por la originalidad de sus
miras así como por alcance de su utilidad. Nos condujo a descubrirla la
búsqueda insistente, consecuencia de profundas meditaciones. Esta ciencia no
tiene nada en común con la retórica, que es una rama de la lógica, y que se
limita al empleo de discursos persuasivos, propios para inducir a las
multitudes a una opinión, o en contra de ella. Tampoco tiene nexos con la
ciencia administrativa, que comprende por objeto el gobierno de una familia o
una ciudad, conforme a las exigencias de la moral y la prudencia, a efecto de
encauzar al pueblo por una senda que conduzca a la conservación y perduración
de la especie. Difiere, pues, de ambas ciencias aunque quizá pudiera ofrecer
algún rasgo de semejanza con ellas. Me parece la mía una ciencia de nueva
creación, sin precedente, producida espontáneamente; porque, a fe mía, nunca he
visto, ni he sabido de tratado alguno que se haya escrito especialmente sobre
esta materia. Ignoro si hay que atribuir a la negligencia de los autores el
olvido del tema, lo cual, desde luego, no debe lesionar su consideración. Tal
vez hayan escrito sobre el particular y tratado el tema a fondo, sin que su
producción haya llegado hasta nosotros. De hecho, las ciencias son numerosas,
asimismo los sabios de diversos pueblos de la especie humana: mas las
producciones científicas que no hemos conocido, sobrepasan en cantidad a las
que han llegado hasta nosotros. ¿Dónde están las ciencias de Persia, cuyos volúmenes,
en la época de la conquista, fueron destruidos por orden de Omar? ¿Dónde las de
los caldeos, de los asirios, de los babilonios? ¿Dónde quedaron las
manifestaciones, resultados y vestigios que ellas habían dejado en esos
pueblos? ¿Dónde están las ciencias que, en la antigüedad remota, florecieron
entre los coptos y otros pueblos anteriores?
Es una sola nación, la Grecia, de la que poseemos
exclusivamente las producciones científicas, gracias al amor y la solicitud de
Al Mamún, que encargó su traslado de la lengua original. La empresa de dicho
califa, pudo coronarse con el éxito, merced al gran número de traductores y a
la liberalidad de él mismo. Excepto estas ciencias, nada hemos conocido de los
demás pueblos.
Como toda verdad puede ser concebida por la
inteligencia, así como su concordancia con la naturaleza de las cosas, y que la
indagación de los accidentes que dependen de su esencia es cosa factible,
resulta que el análisis de cada verdad y de cada cosa concebida por el
intelecto hacen nacer una ciencia particular. Empero, los sabios que pudieron
haber considerado esas materias parece que no han tomado otro interés en ello
que el provecho que pudiera reportar. Ahora la ciencia que nos ocupa, no ofrece
otra ventaja que las investigaciones históricas, tal como el lector lo habrá
notado, y, si bien que las cuestiones que se ligan a su substancia y sus
circunstancias propias suministran un noble tema de estudio, es necesario
confesar que los resultados no ofrecen sino un débil aliciente, puesto que ello
se reduce a la simple verificación de las noticias. Quizá sea por esta razón
que los sabios le hayan pasado por alto. Lo demás Dios lo sabe. "Las
ciencias que habéis recibido en reparto se reducen a poca cosa." (Corán,
sura XVII, vers. 87.)
Esta rama del humano saber, que ha venido a ser,
para nosotros, un objeto de disquisición, nos presenta problemas que ya se han
ofrecido accidentalmente a los eruditos, sirviéndoles de argumento para apoyar
las ciencias que ellos cultivan; mas esas cuestiones, por su tema y objeto,
participan de la clase de las que nuestra disciplina se ocupa. Es así que los
sabios y los filósofos, queriendo demostrar la divina misión de los profetas,
alegan que los hombres, que deben ayudarse mutuamente a fin de poder existir, tienen
necesidad de un jefe para controlarlos. Asimismo, en los tratados sobre los
principios fundamentales de la jurisprudencia, se encuentra enunciado, en el
capítulo referente al lenguaje, que los hombres han menester de expresar su
pensamiento, a efecto de poder prestar el socorro recíproco y la colaboración
en su vida social, y que el lenguaje es el instrumento más fácil de emplear. Es
así que los faqihes (jurisconsultos) , deseando explicar los motivos que han
conducido a la promulgación de las disposiciones jurídicas, exponen que la
fornicación confunde a las generaciones y daña a la especie, que el homicidio
le perjudica igualmente, que la tiranía presagia la ruina de la sociedad, de
donde resulta necesariamente el estragamiento de la misma especie. Podríamos
citar todavía otros motivos y propósitos que han movido al Legislador a
promulgar ciertas leyes, y que todas descansan en la necesidad de conservar la
sociedad humana. De acuerdo con lo que acabamos de exponer, queda manifiesto
que esas cuestiones se relacionan a las circunstancias que afectan a la vida
social. Hallamos asimismo acá y acullá a que otra cuestión del mismo género,
que algunos sabios refieren someramente.
En la fábula del búho, tal como la refiere Al
Masudí, el Mubadzan e, entre otras cosas, a Bahram, hijo de Bahram: "Oh
rey, la grandeza y potencia del reino sólo se culminan con la observancia de la
ley, la sumisión a Dios y el cumplimiento de sus mandatos y proscripciones. La
ley sólo subsiste con el poder; la potencia del poder descansa en los soldados;
el mantenimiento de los soldados requiere dinero; el dinero sólo se tiene
mediante él desarrollo social, el desarrollo social sólo se consigue con la
justicia administrativa; la justicia es una balanza que el Señor alza entre los
hombres, a cuya vigilancia ha asignado un administrador, o sea el rey".
Anushiruán dice, por su parte: El reino se apoyó en el ejército; el ejército en
el dinero; el dinero en los impuestos; los impuestos en la prosperidad social;
la prosperidad en la justicia; la justicia en la rectitud administrativa;
rectitud en la integridad de los visires. El punto capital, estriba en la
diligencia del rey, por acercarse personalmente a los súbditos y observar sus
condiciones; resolver sus problemas y enderezar rigurosamente su conducta, el
fin de que él reine sobre ellos, y no ser dominado.
El tratado sobre la política, atribuido a
Aristóteles, y que circula entre el público, contiene varias y útiles
observaciones acerca de nuestro tema; o que carecen del carácter cabal y de las
pruebas suficientes que reclaman; más, se encuentran mezcladas a otras
materias. En la misma obra el autor señala también las máximas que acabamos de
citar, según Mubadzan y Anushiruán. Aristóteles las ha ordenado en un círculo,
y haciendo de ellas gran elogio las presenta de esta manera: "El mundo es
un jardín cuyo lado es el Estado; el Estado es una potencia que asegura la
vigencia de ley; la ley es una regla administrativa cuya ejecución vigila el
rey; la realeza es un régimen que apoya el ejército; el ejército es un cuerpo
auxiliar mantenido con dinero; el dinero es una contribución que suministran
los súbditos; los súbditos son siervos que la justicia protege; la justicia es
una entidad habitual, en la que se fundamenta la existencia del mundo. Así, el
mundo es un jardín, etc." Aristóteles repite así, su oración. Estas ocho
máximas comprenden igualmente la filosofía y la política; coherentes entre sí,
el final de la una se enlaza al comienzo de la otra, formando de esta suerte un
círculo sin fin. El Primer Maestro se ufanaba bastante de haber descubierto
esta combinación, ponderando pomposamente sus ventajas.
Si el lector reflexionara en el capítulo en que
tratamos sobre los gobiernos dinásticos y la monarquía, prestándole la atención
debida, encontrará el desarrollo de dichas máximas y una exposición cabal de su
contenido; exposición simple, detallada, sustentada por una dilucidación y las
pruebas más evidentes. Ello es gracias al favor del Supremo que hemos adquirido
esos conocimientos; independientemente de las enseñanzas aristotélicas y de la
lección de Mubadzan.
Encontramos asimismo en los escritos de Ibn Al
Mogaffaa,y sus epístolas, donde expone los principios de la política, un buen
número de cuestiones idénticas a las que constituyen el tema de nuestra obra;
pero, una vez más, carecen del apoyo probatorio, del que nosotros las hemos
rodeado. Este autor las injiere en sus disertaciones, empleando el estilo
retórico en escritos epistolares.
El cadí At-Tortushí ha revoloteado en torno del
tema, en su "Siradj-el-Moluk", obra que, en su distribución y
cuestiones, ofrece mucha analogía a la distribución y problemas que comprende
la nuestra. Empero, tampoco éste acierta el objetivo, ni atina siquiera el
flanco; las cuestiones quedan sin dilucidar, faltas de las pruebas pertinentes.
Se contenta con dedicar a cada cuestión un capítulo especial, luego amontona
digresiones, anécdotas y leyendas, refiere diversos dichos atribuidos a sabios
persas, tales como Bezradjamhar y el precitado Mubadzan, así como de filósofos
hindúes, añadiendo varias máximas atribuidas a Daniel, Hermes y otros grandes
hombres. Mas no llega de modo alguno a descorrer el velo que cubre la
veracidad, ni a disipar, con argumentos deductivos de la naturaleza de las
cosas, la oscuridad que rodeaba al tema. Su trabajo, pues, se reduce a
transcribir ideas ajenas, formando una serie de exhortaciones semejantes a
prédicas. En concreto, este autor ha girado en torno de la meta, sin haberla
podido descubrir; no ha logrado, por tanto, verificar su propósito, ni tampoco
ha tratado cuestión alguna de una manera completa.
En cuanto a mí, repito, eso fue una inspiración
celestial, que me condujo a esta empresa, haciéndome topar con una ciencia de
cuyo secreto hízome depositario así como de su fidelísima interpretación. Si he
logrado tratar a fondo las materias relacionadas a ella, si supe discernir y
reconocer los diversos aspectos y las tendencias de esta ciencia,
distinguiéndola así de las otras, ello sería el efecto del favor y de la dirección
divinos. Si, de lo contrario, algún punto se me ha escapado, en la enumeración
de sus caracteres distintivos, si alguna cuestión se halla confundida con otra,
el lector crítico sabrá rectificar mi error, pero yo tendré siempre el mérito
de haberle abierto ruta e indicado el camino; y "Dios dirige con su luz a
quien quisiere". Corán, sura XXIV, vers. 35.)
Vamos ahora a exponer en este primer libro todo lo
que acontece al género humano en su estado social: las diversas condiciones de
su desenvolvimiento, el dominio, el lucro, las ciencias, los oficios, las
artes, empleando ello los métodos demostrativos, que harán ver cómo se debe
proceder a la verificación de los conocimientos difundidos entre la alta y la
baja capa social, y que servirán para disipar muchas ilusiones y determinar
muchas certidumbres.
El hombre se distingue de todos los seres vivientes
por los atributos que son privativos; en cuyo número deben ordenarse:
1º Las ciencias y las artes, producto del
pensamiento, facultad que distingue al hombre de los irracionales, y le eleva
por encima de todas las demás criaturas.
2º El menester de una autoridad capaz de imponer el
orden, de un gobierno que tenga el poder de reprimirle sus descarríos. En todo
el género animal, el hombre es el único que no podría existir sin autoridad
coercitiva. Si, como se asegura, se halla algo parecido entre las abejas y las
langostas, eso sería, para dichos insectos, el resultado de un instinto, pero
no del pensamiento, ni de la meditación.
3º La lucha por la subsistencia y el trabajo, que
proporciona los diversos medios del vivir. En efecto, Dios, habiendo sometido
al hombre a la necesidad de la alimentación, a fin de conservar la vida y
mantener su existencia, Él mismo lo orienta hacia su búsqueda y logro. "El
Altísimo a dicho: Dios ha dotado a todos los seres, luego orientólos."
(Corán, sura X, vers. 52.)
4º La sociabilidad, o sea la convivencia colectiva,
ya en poblados, ya bajo tiendas. Los hombres son llevados a la vivencia en
sociedad naturalmente, bien por sus sentimientos de afinidad hacia sus
parientes y cercanos, o bien por las exigencias de sus menesteres, dada su
naturaleza congénita de la intercolaboración por la subsistencia, tal como lo
explicaremos más adelante.
5º y 6º El estado social. Comprende dos aspectos: la
vida nómada y la vida sedentaria. La primera es aquella que se desenvuelve en
las llanuras, sobre las montañas, o bajo las tiendas transitorias, que recorren
los puntos de pasturaje ubicados en los desiertos o en los confines de las
regiones arenosas. La segunda, es la que se desarrolla en las ciudades,
poblaciones, aldeas y caseríos; localidades que ofrecen al hombre seguridad y
protección con sus murallas y fortalezas. En todas estas circunstancias, el
estado social experimenta modificaciones esenciales en cuanto se refiere a la
reunión de individuos en sociedad. Por tanto, es necesario que este primer
libro, con las materias que trata, sea dividido en seis capítulos:
1° Sobre la sociedad en general, las variedades de
la raza humana los países que ocupa;
2° Sobre la sociedad entre los nómadas, las tribus y
los pueblos semisalvajes;
3º Sobre los gobiernos dinásticos, el califato, la
monarquía y las dignidades que existen necesariamente en un reino;
4° Sobre la sociedad sedentaria, las ciudades y las
provincias;
5º Sobre los oficios, la subsistencia, el lucro y
sus diversos medios;
6º Sobre las ciencias, los medios de su adquisición
e instrucción.
Hemos antepuesto la sociedad nómada a la sedentaria
por su antelación: (en el orden cronológico), a todas las formas que ésta ha
podido tomar: Este principio quedará demostrado enseguida. El mismo motivo nos
hizo anteponer la monarquía a las ciudades y poblaciones. La preferencia que
hemos dado, asimismo, a la subsistencia y sus medios, cuyo móvil es bien obvio,
puesto que se trata de una necesidad primaria y absoluta, exigida por la
Naturaleza, en tanto que el estudio de ciencias es superfluo, o complementario.
Lo naturalmente primario es, pues, anticipado siempre a lo complementario.
Hemos puesto en un mismo capítulo los oficios y los lucros, debido a ciertos
nexos que guardan entre sí, particularmente por lo que se refiere al desarrollo
social. Punto sobre el cual volveremos más tarde.
Tomado de: Ibn Jaldún. Introducción a la Historia
Universal. México, FCE, 1977. 1168 págs. pp. 90-150.
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