JALDÚN IBN Al-Muqaddimah

 

Discurso Sobre la Historia Universal

 

 

CAPÍTULO VI

DE LAS CIENCIAS QUE TIENEN POR OBJETO LAS TRADICIONES

Abd-ar Rahman Ibn Jaldún al Hadrani nació en Túnez en 1332, en medio de una familia andaluza. Más joven que sus contemporáneos Petrarca y Boccacio, murió en 1406, un año después del gran conquistador Tamerlán. Su vida corre paralela a la Guerra de Cien Años entre Francia e Inglaterra, y la peste negra que asola al Viejo Mundo se lleva a sus padres al mismo tiempo que despuebla las campiñas europeas.

Es la época de la fundación de Tenochtitlan, del reinado de Tezozómoc (1363 a 1427) y del año 1389, en que los turcos derrotan a los cristianos del príncipe serbio Lazar en Kósovo.

Ibn Jaldún tuvo una vida muy activa como político, que lo llevó desde Marruecos hasta Egipto, y también como diplomático, si se piensa que fue embajador ante Pedro el Cruel de Castilla y que llevó su última misión ante Tamerlán, cerca de Damasco. Es además, según Elías Trabulse,uno de los más grandes filósofos de la historia en quien la acción y la contemplación lograron en ciertos instantes una síntesis perfecta... fue asimismo un historiador de la aristocracia y un político fracasado como Tucídides, con quien a menudo se le compara.

Filósofo de la decadencia de las culturas, su obra es sin duda uno de los monumentos históricos más impresionantes de la historia del pensamiento. En 1977 el Fondo de Cultura Económica y Elías Trabulse realizaron la hazaña de publicar los Mugaddimah o Prolegómenos (la introducción y el libro Primero de su Historia Universal).1 Esa obra, escrita entre 1374 y 1382, antes de llegar a los cincuenta años, no se había publicado de forma integral en castellano antes de la traducción realizada por Juan Feres y rescatada por Elías Trabulse, quien realizó el estudio preliminar, la revisión y los apéndices.

Gracias a la cortesía del Fondo de Cultura Económica publicamos algunas páginas del gran “istor”, quien expone su concepción de la historia.

ISTOR IBN JALDÚN Y SU VISIÓN DE LA HISTORIA

 


Prefacio del Autor

 

"¡En el nombre de Dios clemente y misericordioso!"

Dice el siervo pobre del Altísimo, rico de Su bondad infinita, Abderrahmán Ibn Mohammad Ibn Jaldún el Hadramí, que el Supremo le favorezca.

Alabado sea el Todopoderoso, poseedor de la Gloria y de la potestad, dueño del reino de los Cielos y de la Tierra. Suyos son los más bellos nombres y epítetos; Omnisciente sobre lo manifiesto y lo oculto, Omnipotente sobre lo celestial y lo terrenal. Quien del polvo nos hizo espíritu, tenue soplo; diónos la Tierra por los siglos de los siglos, e hizo que la tierra nos prodigara frutos y bienes, para nuestra subsistencia; multiplicónos en grupos y pueblos protegidos por Su magnanimidad, desde el claustro de nuestras madres, así como en el hogar; amparados con alimentos y bienes. Mas los días y los tiempos nos consumen, nos abaten los términos de nuestra existencia, prefijos en su libro cronometrado. Lo perdurable y sempiterno ¡sólo a El pertenece! ¡El es eterno!

¡Las oraciones y la paz sean sobre nuestro señor Mahoma!, el profeta árabe cuyo nombre es citado en la Biblia y el Evangelio, y cuyo alumbramiento sacudió el universo, antes de que comenzara la sucesión de los sábados y los domingos, antes de la existencia del espacio que separa a Zohal de Yehemut.

La paz sea sobre su familia y sobre sus compañeros, quienes por su celo en amarle y seguirle, han adquirido una gloria inmarcesible y un amplio renombre por secundar sus esfuerzos, constituyendo una unidad compacta, en tanto que la discordia dispersa a sus enemigos. Las oraciones y la paz de Dios sean sobre aquél cuya veracidad ha sido atestiguada por la araña y la paloma. ¡Que el Altísimo derrame sobre él y los suyos sus bendiciones, en tanto que el Islamismo goce Su prosperidad! ¡Y que la infelicidad viera rotos sus frágiles lazos de existencia!

 

LA HISTORIA

Pasando a nuestro tema: la historia es una de las técnicas que se transmiten de nación a nación, de pueblo a pueblo; que en pos de ella van los estudiosos hasta países remotos, siendo esta ciencia anhelada aun por el vulgo y la gente ociosa; compiten en su campo reyes y principales, y es asimilada al propio tiempo por los instruidos como por los ignorantes.

Considerando a la historia en su aspecto exterior, parece que no pasa de ser una serie de anales y acontecimientos que han marcado el curso de épocas y Estados de Ia antigüedad, y que testimonian el paso de generaciones anteriores. Es por tanto que en ella se cultivan diversos giros y citas sentenciosas, que son motivo de solaz en reuniones y celebraciones multitudinarias; es ella la que nos hace conocer la índole de la creación y sus trastornos experimentados. Nos ofrece un vasto panorama en donde se observa a los imperios promover su carrera; nos muestra cómo los diversos pueblos han poblado el mundo hasta que la hora de la partida les fue anunciada, y que el momento de su caso ya había llegado.

Mas la ciencia histórica tiene sus caracteres intrínsecos, que son: el examen y la verificación de los hechos, la investigación atenta de las causas que los han producido, el conocimiento profundo de la naturaleza de los acontecimientos y sus causas originantes. La historia, por tanto, forma una rama importante de la filosofía y merece ser contada en el número de sus ciencias.

Desde la fundación del Islamismo, los historiadores más distinguidos han abarcado en sus disquisiciones todos los acontecimientos de los siglos pasados, con el fin de poderlos reunir en las páginas de los volúmenes y registrarlos para las generaciones sucesivas; pero los improvisados y charlatanes (de la literatura) los han adulterado, introduciéndoles falsedades, producto de sus propias fantasías, y fábulas ornamentadas confeccionadas al abrigo de deleznables tradiciones. Muchos de sus sucesores se han limitado a seguir sus huellas y ejemplos. Nos transmiten sus relatos tal como los recibieron, sin tomar la menor pena de indagar las causas de los sucesos, ni reparar en consideraciones acerca de las circunstancias concomitantes Tampoco desaprueban ni rechazan acerca de las circunstancias tan burdas ficciones, porque el ingenio verificativo es en ellos casi nulo; el ojo crítico, generalmente miope, el error y el descuido son afines y acompañan siempre a las aprehensiones sofísticas; el espíritu de imitación es innato en los hombres y permanece atado a su naturaleza; por ello las diversas disciplinas del saber proporcionan una amplia carrera a los charlatanes; el campo de la ignorancia ofrece siempre su pasturaje insalubre; pero la verdad es una potencia cuyo imperio nadie puede resistir, en tanto la falacia es un poder maligno que retrocede herido por los rayos de la razón. Al simple narrador corresponde nacer referencias y dictar los hechos; mas a la crítica toca fijar su penetrante mirada para descubrir lo que puede haber de auténtico; es, pues, cuestión de saber depurar y bruñir, mediante la crítica, las facetas de la verdad.

The Book of Idols (Kitab Al-Asnam)

by Hisham Ibn Al-Kalbi

Memoirs of the Noble Prophet

by Saifur Rahman al-Mubarakpuri

Abul Hasan Ali Al-Masu'di (Masoudi) (ca. 895?-957 CE)

The Book of Golden Meadows, c. 940 CE

 

SHIISM IN SUNNISM
by Ayatollah Sayyid Muhammad

Varios escritores han redactado numerosas crónicas muy detalladas, habiendo compilado la historia general de pueblos y dinastías; pero, de entre ellos, bien pocos gozaron de grande renombre, de alta autoridad, y que, en sus obras, hayan reproducido por entero los datos suministrados por sus antecesores. El número de esos sobresalientes autores apenas pasa del de los dedos de la mano, o de las "mociones" que indican la influencia de los regímenes gramaticales. Tales son: el compilador Mohammad Ibn Ishaq, At­Tabari, Al Kalbí, Mohammad Ibn Omar Al Waqidí, Saif Ibn Omar Al Asadí, Al Masudí, y algunos otros, igualmente célebres. Es cierto que en los trabajos de Masudí y de Waqidí hay muchos puntos reprensibles y censurables, cosa muy fácil de verificar y generalmente admitida por los sabios versados en el estudio de las tradiciones históricas y cuya opinión hace autoridad. Sin embargo ello no ha impedido que la mayoría de los historiadores dieran preferencia a los relatos de estos dos autores, siguiendo su método de composición y marchando sobre sus huellas. Determinar la falsedad o la exactitud de los datos es obra del crítico perspicaz, recurriendo siempre a la balanza de su propio juicio. Los sucesos que operan en la sociedad humana ofrecen caracteres de una naturaleza particular, caracteres que deben tomarse en consideración al emprender la narración de los hechos o la reproducción de los relatos, así como de los datos o documentos concernientes a los tiempos pasados.

La mayor parte de las crónicas dejadas por estos autores, es redactada sobre un mismo plan y tiene por objeto la historia general de los pueblos; circunstancia que hay que atribuir a la ocupación de tantos países y reinos por las dos grandes dinastías musulmanas (la Omeya y la Abbasida), que florecieron en las primeras centurias del Islamismo; dinastías que habían poseído hasta el último límite la facultad de hacer conquistas o de abstenerse. Algunos de estos escritores han abarcado en sus relatos a todos los pueblos e imperios que existieron antes de la eclosión de la fe islámica, y escribieron tratados de historia universal. Tales fueron Masudí y sus imitadores. Entre sus sucesores cierto número abandonó esa universalidad para reducirse a un círculo más estrecho; renunciando a extenderse hasta puntos remotos en la exploración de un campo tan vasto, se limitaron a fijar por escrito los acontecimientos dispersos que se relacionaban a hechos que marcaban su época. Cada uno de ellos trataba a fondo la historia de su país o lugar de su nacimiento, contentándose con narrar los sucesos concernientes a su ciudad y a la dinastía en turno. Esto mismo hizo Ibn Hayan, historiógrafo de España y de la dinastía Omeyada establecida en dicho país, así como Ibn Ar­Rafiq, historiador de Ifrikiya y de los soberanos de Qairauán (Qairuan).

Los que escribieron después de ellos, no fueron sino simples imitadores de índole burda e inteligencia estrecha; gente sin criterio propio, que se conforman con seguir, en todo punto, el mismo plan trazado por sus antecesores, y normarse en su modelo, sin percatarse de las modificaciones que el decurso del tiempo imprime a los sucesos, ni de las mutaciones que opera en las costumbres y mentalidades de pueblos y naciones. Estos hombres sacan de la historia de las dinastías y de los hechos de siglos pasados una serie de relatos, que se antojan vanos simulacros desprovistos de substancia, cual una vaina carente de contenido; relatos de los cuales el lector está en el derecho de desconfiar, porque no puede saber si son antiguos (auténticos) o modernos (inventados). Lo que ellos refieren es un hacinamiento de sucesos, sin idea de las causas, especie de hechos, sin haber sabido apreciar su naturaleza ni verificar los detalles. Reproducen en sus composiciones los relatos circulantes entre el pueblo, con exactitud, siguiendo el modelo de sus predecesores en la carrera; pero descuidan o ignoran la indicación del origen de los pueblos, su desarrollo y sus modificaciones: causas decisivas de aquellos hechos, porque no han sido personas capaces de suministrar esos datos; por ello, las páginas de sus volúmenes quedan mudas a ese respecto. Cuando hacen referencia a la historia de una dinastía, se conforman con narrar los sucesos de una manera uniforme, conservando todos los relatos, verídicos y falsos; mas ellos no se ocupan, en modo alguno, de examinar siquiera de qué origen era esa familia. No señalan los factores que condujeron a dicha dinastía a desplegar sus pendones y manifestar su poderío, ni tampoco las causas que le han forzado a detener su curso. El lector queda, pues, insatisfecho, procurando en vano descubrir la procedencia de tales acontecimientos, su importancia relativa y los móviles que los han producido, sean simultáneos, sean sucesivamente, continúa indagando, pero no logra descorrer el velo que oculta las diversas analogías que, dichos acontecimientos pueden presentar. Esto es lo que expondremos íntegramente en los primeros capítulos de esta obra.

Luego surgen otros, con tendencias a la excesiva brevedad, limitándose a sólo mencionar los nombres de los reyes, sin referir genealogías ni los anales respectivos; tan sólo añaden la cronología de sus reinados, expresada mediante cifras llamadas "gobar". Tal como hiciera Ibn Rashiq en su "Mizan-el-Aamal", así como algunos otros escritores de poca monta.

Habiéndome enterado de diversos y numerosos trabajos, realizados en el campo de la historia, y al cabo de sondear las honduras del pretérito y del presente, logré despertar mi intelecto de su somnolencia y pereza, y, aunque de corta riqueza en el sabor, inicié un regateo conmigo mismo, a efecto de decidirme a componer una obra. Así, pues, he escrito un libro sobre la historia, en el que descorrí el velo que cubría los orígenes de los pueblos. Lo he dividido en capítulos, en unos se encierra la exposición de los hechos, en otros las consideraciones generales. Señalo primero las causas que condujeron a la organización social y al nacimiento de los reinos, tomando por tema primario de mi trabajo la historia de dos razas que, al presente, pueblan el Magreb llenando sus provincias y ciudades. Hablé de sus dinastías de larga duración y de reinos efímeros que estos pueblos han fundado, señalé a los príncipes y guerreros que habían producido en épocas pasadas. Estas dos razas son los árabes y los bereberes, las dos naciones que ocupan el Magreb, como es sabido. Ellas han habitado aquí durante tantos siglos, que cuya permanencia apenas si permite imaginar a otros pueblos en su lugar. Excepto estos dos pueblos, no se conoce ninguna otra raza de hombres que haya habitado estepas.

He depurado y analizado cuidadosamente las cuestiones que se relacionan al tema de esta obra; he puesto su contenido al alcance de eruditos y de hombres de mundo; para cuya ordenación y distribución, he seguido un plan original, he creado un método novedoso en el campo de la historiografía, inventando un sistema al respecto sorprendente, y un procedimiento enteramente mío. En tratando de lo relativo al progreso y la civilización, he desarrollado explícitamente todo lo que se presenta a la sociedad humana en materia de circunstancias características. De tal manera, he hecho comprender las causas de los acontecimientos y dado a saber por qué vía los fundadores, de imperios inician su carrera. El lector ya no se encontrará en la obligación de aceptar a ciegas los relatos que se le presentan, podría ya conocer debidamente la historia de las edades y de los pueblos que le han precedido; sería capaz incluso de prever lo que podría surgir en el futuro.

He dividido mi obra en tres libros, precedidos de varios capítulos preliminares (Moqadamat, es decir, prolegómenos) conteniendo las consideraciones sobre la excelencia de la ciencia histórica, el establecimiento) de los principios que deben servir de normas, y una apreciación acerca de los errores en que los historiadores es tan expuestos a incurrir.

El primer libro trata de la sociedad humana, de sus desenvolvimientos y los resultantes característicos, tales como reinos, soberanías, artes, ciencias, medios de subsistencia, lucros y riquezas, indicando asimismo las causas a las que esas instituciones deben su origen.

El segundo contiene la historia de los árabes, de sus diversos pueblos y de sus dinastías, desde la creación del mundo hasta nuestros días. Incluye también referencias a otros pueblos notorios, contemporáneos suyos, y a sus reinos. Tales como los nabateos, los asirios, los persas, los israelitas, los coptos, los griegos, los turcos y los romanos.

Y el tercer libro encierra la historia de los beréberes y de sus parientes, los Zanata, con indicaciones acerca de su origen, sus distintas tribus, o imperios que han fundado, particularmente en el Magreb.

Habiendo en seguida hecho el viaje a Oriente a fin de recoger sus luces, cumplir con el deber de la peregrinación y conformarse al ejemplo del Profeta, en visitar La Meca y recorrer sus Santos Recintos, tuve la ocasión de examinar los monumentos, los archivos y los libros de esa comarca. Obtuve entonces lo que me faltaba de datos acerca de la historia de los soberanos extranjeros, que habían dominado esa región, igualmente de las dinastías turcas y de los países que habían sometido. Añadí esos documentos a los que ya tenía escritos en las páginas correspondientes, intercalándolos en la historia de las naciones (musulmanas) contemporáneas de dichos pueblos, y en mis reseñas de los príncipes que han reinado sobre diversas partes del mundo. Sujetándome a seguir un mismo sistema, el de condensación y abreviación, pude evitar prolijidades, sacrificando a la vez lo profundo del lenguaje en aras de la llaneza. Habiéndome introducido por la puerta de las causas generales, para estudiar los hechos particulares, abarqué, en un relato comprensible, la historia del género humano; por lo tanto, esta obra puede ser considerada como la verdadera domeñadora de todo lo que hay de más indómito entre los principios filosóficos que se escapan a la inteligencia; asigna a los sucesos políticos sus factores y sus orígenes, y constituye una compilación filosófica y un acervo histórico.

Como ella encierra la historia de los árabes y los berberiscos, pueblos que unos habitan casas de material y otros tiendas de vellón; trata igualmente de los grandes Imperios contemporáneos de dichos pueblos; nos suministra instructivos ejemplos y referencias a las causas primarias de los acontecimientos y los hechos resultantes, le he dado por título “Kitab­el­lbar, Wa Diuan­el-mobtada­wal­Jabar Fi Ayam­el­Arab Wal­Adjam Wal­Barbar, Wa man aasarahom min dzauí­es­Sultán­el­Akbar" (El Libro de Instructivos ejemplos y Recopilación de Sujeto y Predicado, o bien de los Orígenes y Crónicas de los pueblos, conteniendo la historia de los Árabes, de Naciones extranjeras, de Bereberes y de las grandes Potencias contemporáneas suyas).

He abarcado a cuanto atañe al nacimiento de los pueblos y de los imperios, a los sincronismos de las naciones antiguas, las causas que han estorbado los desenvolvimientos de generaciones pasadas o conducido a mutaciones en el proceso de diferentes naciones y épocas, así como a las eventualidades del desarrollo social como la soberanía, la religión, la urbanización, la aldea, el dominio, la sumisión, e incremento de la población, su disminución, las ciencias, las artes, los oficios, el lucro, la pérdida, los cambios de condiciones comunes, los acontecimientos producidos por las revoluciones de resonancia lejana, la vida nómada, la vida urbana, los hechos acaecidos y los por devenir; todo he incluido, dilucidando sus pruebas y sus móviles primarios. De esta suerte la obra viene a resultar una compilación singular, debido a lo que comprende en numerosas nociones importantes y doctrinas innovadas, hasta ayer ocultas y hoy ya fáciles al entendimiento.

Mas, con todo, estoy persuadido de que, entre los hombres de distintas épocas, no ha habido otro más inepto que yo de recorrer un campo tan vasto; rogando por ello a las personas de índole generosa y amplio saber, examinar mi trabajo con atención y espíritu crítico, acogiendo las faltas que encontraron con benevolencia, teniendo a bien de corregirlas. Los productos, que ofrezco tendrán quizá poco valor a los ojos de los sabios, pero, una confesión franca podría tal vez liberar del reproche, siendo de esperar siempre la indulgencia de los colegas. Por último ruego al Todopoderoso permitir que mis acciones sean acendradas ante El, "bastándome, en todo caso. Su amparo, siendo el mejor protector". (Corán, sura lll, vers. 169.)

Ya concluida mi tarea, brindo este ejemplar a la Biblioteca de nuestro señor, el Sultán, el Imam esforzado, al conquistador pionero, el triunfador desde la adolescencia y la juventud, ornado con la humildad del penitente, revestido con el manto de las límpidas virtudes y nobles cualidades y dones, más bellas que collares de raras gemas en los cuellos de gráciles doncellas, poseedor de potencia, brazo poderoso y fortuna favorable y coadyuvante; con las glorias heredadas y ganadas, para corona de su sólido imperio, de arraigadas bases; de noble ascendencia y exaltación, poseedor de cuanta ciencia y saber, fuente de bondad y alteza, exponente de las aleyas divinas, cual excelencias de las percepciones humanas... el Príncipe de los Creyentes, Abi Fares Abdel Aziz, hijo de nuestro señor, el exaltado y célebre mártir, el sultán Abi Salim Ibrahim; hijo de nuestro señor, el santo sultán príncipe de los creyentes, Abil Hasan; hijo de la noble estirpe de Banimerines, restauradores de la fe, orientadores de la recta trayectoria, depuradores de cuánta corrupción... ¡Que Dios beneficie a la nación con la benévola sombra de nuestro sultán, y la conduzca en pos de sus a helos por el triunfo de la causa del Islam! Dicho ejemplar he enviado a las alacenas de su Biblioteca real, consagrada al aspirante al saber, en la mezquita de Qairauán (Kairuan), de la ciudad de Fez, capital del imperio y sede de su sultanato; en donde reside la luz y florecen las ciencias, en umbrosos vergeles; donde los misterios divinos disponen de campo anchuroso, bajo la diligente mirada del noble y poderoso imamato de Abi Fares, quien fomenta su propagación en todos los ámbitos del imperio, convirtiendo a éstos en prósperos centros para el consumo de la producción del intelecto; a donde afluyen las pléyades del pensamiento y de las ciencias. De tales centros dimanan los rayos luminosos, que estimulan la producción de los ingenios.

Introducción

Del mérito de la ciencia histórica; verificación de sus principios, que deben servir de reglas; alusión a los errores que se presentan a los historiadores; indicación de algunas de sus causas.

La historia es una ciencia digna, que se distingue por la nobleza de su objetivo, su gran utilidad y la importancia de sus resultados. Es ella la que nos proporciona el conocimiento de las condiciones y costumbres de los pueblos antiguos, los actos de los profetas y la administración de los reyes. Asimismo, los que procuran instruirse en el manejo de los asuntos sociales, tanto espirituales como de carácter temporal, encontrarían en la historia útiles ejemplos y lecciones ilustrativas; mas, desde luego, para conseguir tal objeto, se hace necesario apoyarse en fuentes de diversa naturaleza y conocimientos muy varios. Son precisamente la disquisición atenta y la aplicación sostenida las que conducen a descubrir la verdad y resguardan contra el yerro y los tropiezos. En efecto, si se contenta con la simple reproducción de los relatos por la vía de la tradición, sin consultar las reglas proporcionadas por la experiencia, los principios fundamentales del arte de gobernar, la naturaleza misma del desarrollo social y las circunstancias que caracterizan a la sociedad humana; si no se juzga de lo ausente por lo que se tiene a la vista, si no se compara el pasado con el presente, quizá no se estaría seguro de los tropiezos, de la caída en el error y del extravío de la senda de la veracidad. Con mucha frecuencia ha sucedido que historiadores, comentadores y adalides en el conocimiento de las tradiciones históricas, cometieran graves desatinos en sus narraciones de acontecimientos del pretérito, debido precisamente a su limitación en referir indistintamente toda especie de relatos "lo magro y lo enjundioso", sin someterlos a principios generales, aplicables al caso, ni compararlos con narraciones análogas, o sujetarlos a la prueba de las reglas que suministran la filosofía y el conocimiento de la naturaleza de los propios seres, sin, finalmente, someterlos a un análisis atento y una crítica inteligente; por los mismo se han desviado de la verdad sobre todo, en materia de números, cuando, en el curso de un relato, tratan de cantidades de dinero o de fuerzas militares. En semejantes casos debe siempre prevenirse de los embustes y las extravagancias; por tanto, es absolutamente preciso controlar a esos relatos mediante los principios generales y las normas que dicta el buen sentido.

Es así que Masudí y varios otros historiadores nos dicen, refiriéndose a los efectivos guerreros de Bani Israel, que Moisés al hacer el empadronamiento, en el desierto, después de haber pasado revista a los hombres en aptitud de portar las armas y de edad de veinte años en adelante, encontró que había más de seiscientos mil hombres aptos. En tales circunstancias, los autores se olvidaron preguntarse si la extensión de Egipto y Siria era lo bastante vasta para proporcionar aquel número de guerreros y mantenerlos. Cada reino del mundo mantiene para su defensa tantos soldados cuanto sus medios permiten; esto es, lo que el reino soporta en gastos relativos; pero no podría proveerlos si excediera el número a su capacidad. Esto nos lo atestiguan las costumbres ordinarias y los hechos habituales. Por otra parte, un ejército tan numeroso, no podría maniobrar o combatir en un terreno tan estrecho: cada cuerpo de tropa, ordenado en batalla, se extendería a dos o tres veces más allá el alcance de la vista, por lo menos. ¿Cómo entonces esos dos grandes ejércitos podrían librar combate? ¿Cómo el uno de ambos lograría la victoria, cuanto en la una de sus alas se ignora lo que ocurre en la otra? Los hechos de que somos testigos cotidianos, bastarían para confirmar nuestras observaciones; el pasado y el futuro se parecen como dos gotas de agua.

Por lo demás, el imperio de los persas superaba con mucho al reino de los judíos: prueba de ello la victoria de Bajta­Nassar (Nabucodonosor), que se apoderó de su país, arrebatándoles toda autoridad y destruyó Jerusalén, sede de su religión y de su poder. Ahora, ese caudillo no era más que un simple gobernador de una de las provincias persas, un sátrapa (marzebán) que mandaba en la frontera occidental de dicho imperio. Añádase a ello que los dos Iraqes, el Jorasán, la Transoxián, las puertas del Caspio, Berband, eran asimismo posesiones de ese imperio, presentando una extensión muy superior a la del país de los israelitas; y sin embargo, jamás los ejércitos de Persia alcanzaban la cifra citada, ni siquiera cosa próxima. El más grande cuerpo de tropas que los persas reunieran en la batalla de Cadeciya, se componía de ciento veinte mil combatientes, llevando cada uno su asistente. Esto es lo que atestigua Saif (Ibn Omar Al Asdí), agregando: "Con sus asistentes, pasaban la cifra de doscientos mil”. Según Aisha (viuda de Mahoma) y AzZuhrí, el ejército con que combatió Rostum (el general persa) a Saad (el general árabe) en las cercanías de Cadeciya se componía de sesenta mil hombres, llevando cada uno su personal asistente.

Además, si el número de los guerreros de Bani Israel hubiera alcanzado en realidad aquella cifra, su territorio hubiese adquirido una gran extensión y su dominio abarcaría considerables dimensiones. Los reinos y las posesiones suelen ser su importancia o pequeñez en relación directa con el número de los efectivos militares y de la población que los mantiene, así como lo veremos expuesto en el capítulo referente a los imperios, del libro primero. Ahora bien, el territorio de los israelitas, como todo el mundo lo sabe, nunca se ha dilatado, del lado de Siria, más allá del Jordán y la Palestina, y del lado de Hidjaz sólo hasta las regiones de Yathrib (Medina) y de Jaibar.

Por otra parte, conforme a lo asentado por los investigadores, sólo cuatro generaciones separan a Moisés de Israel. En efecto, Moisés era hijo de Amran, hijo de Yashor, hijo de Qahit (Aaath), hijo de Laui (Levi), hijo de Yaaqub (Jacob), o sea Israel de Dios. Esta genealogía nos suministra el Pentateuco (Éxodo VI). El espacio de tiempo que les separa nos lo indica Masudí de la manera siguiente: "Israel, cuando fue a reuniese con sus demás hijos, jefes de las doce tribus y los hijos de éstos que eran en total setenta individuos. Su permanencia en Egipto, hasta el momento de su salida conducidos por Moisés, hacia el desierto, fue de doscientos veinte años durante los cuales padecieron la dominación de los faraones, reyes de los Coptos " Así pues es inverosímil que, en un lapso de cuatro generaciones, una familia pueda aumentarse a un tal grado.

Si se pretendiera que aquel numeroso contingente de combatientes existía bajo el reinado de Salomón y de sus sucesores, la cosa no sería menos absurda. Pues entre Salomón e Israel no median más que once generaciones, Salomón fue hijo de Dawod (David), hijo de Yashasha (José), hijo de Oufidz (Obed), hijo de Baaz (Booz), hijo de Salomón, hijo de Nashhun (Nahason) hijo de Amínadab, hijo de Ram, hijo de Hasrun (Hesron), hijo de Bares (Phares), hijo de Yahuda (Juda), hijo de Yaaqub (Jacob). Por consiguiente, no es posible que en el lapso de once generaciones, la descendencia de un solo hombre podría alcanzar una cifra tan elevada como se ha dicho. Que tal número fuera unas dos centenas ascendidas a millares, pudiera ser; pero exceder la cifra en varias decenas de veces, como dichos historiadores enuncian, es algo difícil de creer. Si se juzgara todo eso a la luz del presente, y del pasado próximo, visto y sabido por todo el mundo, se descubriría que tal aseveración es falsa y que la relativa tradición es un embuste. Los datos comprobados que nos proporciona la crónica israelita revelan que la guardia de Salomón se formaba de doce mil infantes, y que su caballería consistía en mil cuatrocientos caballos, amarrados delante de las puertas de su palacio, esto es lo auténtico de sus anales; por tanto los cuentos del vulgo no deben merecer ninguna atención. Luego, el reinado de Salomón fue la época en que el reino de los judíos alcanzaba su mayor florecimiento y apogeo, cuyo territorio adquiría su más vasta extensión.

Sentado ese punto, haremos la observación sobre la inclinación de la mayoría de los hombres por la hipérbole; cuando se desbordan platicando de las fuerzas de potencias e imperios, contemporáneos o poco anteriores a su tiempo; cuando se explayan sobre el poder de los ejércitos, sean musulmanes, sean cristianos; cuando hacen inventarios de las sumas producidas por concepto de impuestos, de los gastos del gobierno, de los lujos que derrochan los potentados, y de las preciosidades que acumulan los ricos; pues en todos esos casos, se dan rienda suelta en sus cálculos, rebasando todos los límites que la experiencia diaria nos muestra, dejándose llevar irreflexivamente de las sugestiones de lo descomunal. De tal suerte, si se consultara a los jefes de la administración militar acerca del número de sus soldados, si se indagara sobre la situación real de los ricos y de los objetos preciosos que poseen así como de los privilegios de que gozan, aclarando igualmente los gastos ordinarios de los hombres que viven en la opulencia, no se encontraría en concreto ni la décima parte de lo que enumeraban. Mas ello no es sino la propensión del espíritu humano por las extravagancias, y la facilidad con que ese sentir influye sobre la lengua, para expresar las exageraciones, debido principalmente a la negligencia del historiador en comprobar los resultados mediante un examen profundo. Es más, no intenta descubrir los errores en que pueda caer, ya sea por inadvertencia o ya intencionalmente; no procura guardar el justo medio en el relato, ni someterlo a un análisis crítico; todo lo contrario, suelta la brida a su lengua, dejándola libre en el campo de la mentira: "Se toman las aleyas de Dios frívolamente, a fin de extraviar a los hombres de la senda de la verdad" (Corán, sura XXXI, vers. 5) y es, lamentablemente, una operación desventajosa.

Se podría quizá objetar a lo que precede, por lo que se refiere a los israelitas, arguyendo que, si normalmente la experiencia habitual no admite el desarrollo tan rápido de una familia, ello no es lo mismo tratándose de los hijos de Israel: entre éstos tal multiplicación era el efecto de un milagro, Dios, habiendo revelado a sus padres, los profetas Abraham, Isaac y Jacob, que Él multiplicaría su pueblo al punto que igualara en número a las estrellas del cielo y los guijarros de la tierra. Pues Dios habrá cumplido su promesa para con ellos, por el efecto de una gracia extraordinaria y un prodigio sobrenatural. Por tanto, los acontecimientos ordinarios no se oponen en nada a ese relato, ni nadie debería tacharlo de falso. Si se le quiere atacar alegando el hecho de estar citado en el Pentateuco, y que este libro, que es una comprobación, ha sido alterado por los judíos, se podría replicar que esta opinión, aun cuando parezca de pronto plausible, no tiene ningún valor a los ojos de los críticos más capaces; porque la experiencia demuestra que los hombres de diversas religiones jamás han procedido de esa manera, en lo que se relaciona a sus libros teológicos, tal como Al Bujarí lo declara en su Sahih. Ahora bien, aquella multiplicación extraordinaria, que tuvo efecto entre los hijos de Israel, fue un prodigio ajeno del curso natural, en tanto que ordinariamente, la Naturaleza sigue su curso normal, oponiéndose a la existencia de hechos análogos, tal como testimonia la realidad. En cuanto a la imposibilidad de un combate entre semejantes ejércitos, es cosa real; pero tal combate no ha tenido lugar, ni nada ha ocasionado su necesidad. Lo que sí es perfectamente verídico es que cada reino dispone de un número de soldados proporcional a sus medios; pero los israelitas, originalmente, no eran guerreros, ni tampoco habían fundado imperio alguno. El aumento extraordinario de su número tenía por meta la conquista de la tierra de Canaan, que Dios les había prometido, y en cuyo favor El purificó a dicha tierra. Por tanto, todo eso ha constituido una serie de milagros, y Dios siempre guía a los hombres hacia la verdad.

Entre las narraciones inconsistentes, que los historiadores han recogido, debe señalarse lo que refieren todos respecto a los Tobbá (Tababiáa), soberanos del Yemen y de la península arábiga. Pues pretenden que esos príncipes, partiendo del Yemen, sede de su reino, llevaban la guerra hasta Ifrikiya, combatían a los beréberes en Occidente (Magreb), marchaban contra los turcos e invadieron el país de Tibet en el lejano Oriente, que Ifricos o Efriqish, hijo de Qais, hijo de Saif, uno de sus más poderosos y antiguos monarcas, y que vivía en la época de Moisés o poco antes, emprendió una expedición contra Ifrikiya e hizo una matanza de los bereberes. Fue él, dicen, quien les dio ese nombre, exclamando, al oír su lenguaje barbar: "¿Qué jerigonza es esa ber­ber? De allí, añaden, vino el nombre que ese pueblo ha llevado desde aquella época; que dicho monarca, al partir de Magreb, dejó en este país varios cuerpos de tropas formados de tribus himyaritas; que se establecieron aquí y mezcláronse con los aborígenes, descendiendo, agregan, de aquella mescolanza los Sanhadja y los Kitama. De esta leyenda parte Tabrí, Djordjaní, Al Masudí, Al Kalbí y Al Baihakí, aseverando que los Sanhadja y los Kitama proceden de Himyar; pero esta hipótesis es rechazada, con razón, por los genealogistas del pueblo berberisco. Según Masudí, Dzul­ldzaar, uno de los reyes himyaritas, posterior a Ifricos, y que vivía en tiempos de Salomón, llevó a su vez la guerra al propio Magreb, sometiéndolo a su dominación. Su hijo --continúa Masudí--y sucesor, Yasir, realizó, asimismo, una expedición análoga, penetró hasta wadi­r­Rimal (río de las arenas), en el país de Magreb, y, no pudiéndolo atravesar, a causa de tanta arena, volvió sobre sus pasos. Refieren igualmente que Assad Abu Kirab, último rey de los Tobbá y contemporáneo de Yastásif, monarca persa de la dinastía Kianiya, apoderóse de Mosul y de Azerbaidján; que atacó a los turcos en tres ocasiones, derrotándolos y causándoles fuertes bajas, que en seguida envió a tres de sus hijos al frente de una expedición contra Persia, en el país de Sagd, de los pueblos turcos que habitan las tierras del Transoxián, y contra los Ruin (griegos del Asia Menor); que el primero de esos príncipes conquistó todo el territorio que se extiende hasta Samarkand; que habiendo atravesado el desierto y alcanzado el país de Sin (China), encontróse con su segundo hermano, quien, después de haber invadido a los sagdianos, había arribado a China antes que él; que entre ambos devastaron a este último país y retornaron cargados de botín, pero dejando en el Tibet a varias tribus himyaritas, en donde se encuentran todavía hasta la fecha.

El tercer hermano penetró hasta Constantinopla, puso sitio a la ciudad, y regresó al cabo de haber sometido las provincias pertenecientes a los Rum.

Pues bien, todas estas historias distan mucho de la verdad; dignas tan sólo de la fantasía y del error, que más parecen fábulas de cuentistas profesionales. En efecto, el reino de los Tobbá encerrábase dentro de la península arábiga, y cuya capital, sede de su poder, era Sanaá, ciudad del Yemen. Ahora, dicha península, como tal, está rodeada de sus tres lados por los mares; al mediodía tiene el mar Índico; al oriente, el mar Pérsico, que deriva del océano Índico y se extiende hacia Basora; al occidente el mar de Suez, que sale del propio océano y se prolonga hasta Suez, uno de los distritos de Egipto. Tal como puede verificarse en una carta geográfica. De suerte que, para venir de Yemen a Magreb, no hay otra ruta que tomar más que la de Suez, siendo la distancia entre el mar de esta ciudad y el de Sham (de Siria o el Mediterráneo), de unas dos jornadas. Pues es inverosímil que un poderoso monarca, a la cabeza de un numeroso ejército, pueda seguir semejante ruta, a menos de que los países por atravesar pertenecieran a su imperio. Dentro de las reglas ordinarias, un hecho de ese género no es posible. Se recuerda asimismo que en aquella época los Amalecidas habitaban ese territorio, los Cananeos ocupaban Siria, y los Coptos el Egipto. Más tarde, los Amalecidas se apoderaron de Egipto, y los Bani Israel conquistaron la Siria. Ahora bien, ninguna tradición nos dice que los Tobbá hayan hecho alguna vez la guerra a uno o a otro de esos pueblos, ni que hayan poseído alguna porción de sus territorios. Además, la distancia que media entre Yemen y Magreb es muy considerable, y se precisaría, para las tropas, una cantidad enorme de víveres y forrajes. Cuando se atraviesa un territorio ajeno, se ven los ejércitos obligados a saquear los cereales y los ganados, a robar todas las localidades por donde pasarían; y todavía, por lo regular, no logran lo suficiente de provisiones y forrajes. Si, por otra parte, quisieran traer consigo, de su país, esos efectos esenciales, no podrían conseguir las bestias de carga suficientes. Es indispensable, por tanto, que su trayectoria toda se haga a través de países propios, de su posesión, o ya sometidos, a efecto de proveerse de lo necesario por concepto de tributos. Si, por último, se pretendiera que los ejércitos pudieran pasar en medio de esos pueblos sin provocar su irritación, haciéndoles, por vías pacíficas, proporcionar las provisiones, ciertamente semejante idea sería más peregrina aún y más inverosímil. Todo esto demuestra que tales historias son falsas leyendas, simples mitos confeccionados.

En cuanto a ese río de arena, que imposibilitaba el paso, pues jamás se oyó hablar de él en el Magreb, pese a tanto tráfico de caravanas y ejércitos que, en todos los tiempos y todas direcciones, han recorrido el país y explorado sus caminos. He ahí. sin embargo, una leyenda que, a pesar de su extravagancia, despierta bastante curiosidad para ser reproducida. Por lo que respecta a las expediciones de los mismos yemenitas en las comarcas del Oriente y las tierras de los turcos, aunque admitiéramos que el camino que lleva allá es más ancho que el istmo de Suez, la distancia empero es mucho mayor. Por lo demás, antes de llegar a la tierra de los turcos, se opondrían a su paso los persas y los griegos; y nunca se supo que los Tobbá hayan conquistado el territorio de Persia ni el de los griegos (de Asia Menor). Es cierto que los Tobbá han efectuado combates contra los persas en las fronteras de Iraq y de Arabia, entre Bahrein y el Hira, localidades situadas sobre los límites de los dos territorios. Tales hostilidades tuvieron lugar entre el rey del Yemen, Dzul­ldzaar y Kaikaous, uno de los monarcas de la dinastía Kianiya, así como entre Tobbá el Chico, Abu Karib, y Yastasif, otro rey de la Kianiya; asimismo, la propia dinastía Yemenita tuvo otras guerras como los gobernadores de las provincias, que habían repartido el imperio de los Kianiya, luego con los Sasanidas. Empero juzgando las cosas conforme al curso normal de los acontecimientos, debe considerarse como imposible que los Tobbá hayan atravesado Persia, con las armas al brazo, para ir a invadir el país de los turcos y el Tíbet, sobre todo tomando en cuenta el número de las naciones que se opondría en el trayecto, la necesidad de abastecerse de provisiones y forrajes, y lo largo del recorrido. En resumen, los relatos de dichas expediciones son improbables y simples ficticios, incluso en el caso que nos llegaren de buena fuente; con más razón careciendo, como de hecho carecen, de ese apoyo. La aserción de Ibn Ishaq, en su crónica respecto a Yathrib, Aus y Jazradj, que el último Tobbá había llevado la guerra al Oriente, debe entenderse el Iraq y la Persia. Mas su expedición contra los países de los turcos y el Tíbet no tiene carácter alguno de certeza, así como acabamos de aclararlo. Por tanto, no debe darse ningún crédito a narraciones de parecida naturaleza; antes bien todo suceso debe ser reflexionado y sometido a minucioso análisis, confrontándolo finalmente con los cánones veraces, que el buen sentido dicta, obteniendo así la conclusión más cabal. En todo caso Dios orienta hacia la verdad.

Opúsculo

La narración que más dista aún de la verosimilitud y que más se ahonda en la ficción es la que nos transmiten los hermeneutas del Corán, y que se refiere al sura del Alba (Fadjr), relativo a estas palabras del Altísimo: "¿No has visto de qué manera tu Señor trató a Aad Iramdzat­el­lmad?" Pues ellos suponen que la voz Iram es el nombre de una ciudad ornada de imad, es decir, de columnas. Y según ellos, Aad, hijo de Aus, hijo de Iram, tuvo dos hijos: Shadid y Shaddad, que le sucedieron en el trono. Muerto Shadid, quedó en el poder absoluto Shaddad, al cual sometiéronse todos los reyes de sus contornos. Este príncipe, habiendo oído la descripción del paraíso, declaró: "he de erigir uno parecido". Y en efecto, construyó, en el desierto de Aden, una ciudad cuya edificación requirió trescientos años de trabajo: contando Shaddad a la sazón novecientos años de vida. Era una urbe inmensa, grandiosa, cuyos palacios logrados en oro; las columnas, de esmeralda y rubí; en cuyos ámbitos crecían árboles y arrayanes de toda especie; los surtidores brotaban por todos lados, y los ríos y acequias corrían en toda dirección. Concluidos los últimos detalles de la magna obra, el rey dirigióse allí acompañado de sus súbditos, pero estando a la distancia de un día y una noche de camino, un pavoroso y rugiente clamor desatóse desde lo alto del cielo, e hizo perecer a todos. Tal nos cuentan Tabrí, Thaalibí, Zamajsharí y otros exégetas. Citan igualmente que Abdallah Ibn Qal­laba, uno de los Compañeros del Profeta, al salir un día en busca de unos camellos suyos, descubrió casualmente unas valiosas ruinas, de las cuales cargó con cuanto pudo. Al llegar la noticia a oídos del califa Mohauia, hizo venir a Qal­laba, quien contóle lo que había visto. En seguida mandó a buscar a Kaabel-Ahbar, el cual al ser interrogado sobre el particular, respondió: "Esa es Iram dzat­el­lmad; en la que ha de entrar, bajo vuestro reinado, un musulmán rubicundo, de pequeña talla, teniendo como seña un lunar sobre la ceja y otro en el cuello. Ese hombre irá en busca de sus camellos." Luego volteó la cara, y viendo a Ibn Qal­laba, exclamó: "Este es, ¡por Alá!, el hombre de quien yo hablaba."

Desde aquella época jamás se volvió a oír palabra de que una ciudad semejante existiera en algún punto del mundo. Los desiertos de Aden, donde se ha pretendido que había sido construida, ocupan el centro de Yemen. Luego, esa provincia ha estado constantemente habitada; cuyas rutas y senderos continuamente transitados, en todas direcciones, por las caravanas y los guías de viajeros, y sin embargo, nunca se ha sabido la menor noticia de ese portento; ningún cronista o narrador, propio ni extraño, ha hecho, tampoco, alguna mención al respecto. Si dijeran que dicha ciudad se había convertido en ruinas y se ha desaparecido, como tantos otros monumentos del pasado, sería quizá cosa aceptable; pero el relato hecho por los aludidos autores indica que ella existe aún, que todavía está en pie. Según otros, la ciudad en cuestión es Damasco, fundándose en la ocupación de esta capital por la tribu de Aad. En fin, el delirio de algunos les induce hasta el punto de suponer que Iram dzat-el-lmad está invisible, y no puede ser percibida sino por los hombres habituados a los ejercicios de alta devoción, o de la magia. Suposiciones todas que más parecen mitos y consejas de cuentistas.

El motivo que condujo a los hermeneutas a adoptar este cuento, no es otro que el poder dar razón de la construcción gramatical siguiente en la que los vocablos dzat­el­lmad sirven de calificativo a la palabra Iram, y, como ellos atribuyen al término Imad en sentido de columnas, dedujeron que Iram era un edificio. Esta explicación fue inspirada en el ejemplo que adopta Ibn Az-Zobair, y según el cual se pronuncia Aadi Iram, donde el antecedente rige a su complemento al genitivo, sin llevar el "tanuin". Tal fue la causa que les hizo adoptar la referida historia, que parece más bien fábula confeccionada a placer, tisana de incluirse en el número de las ficciones que sirven de entretenimiento. Por lo demás, la voz imad designa los postes de las tiendas; pero si se quiere entender también, por la misma voz, las columnas, no ha óbice, máxime que los Aaditas, en general, siempre han tenido la reputación de haber sido grandes constructores y realizadores de numerosas obras arquitectónicas con sus respectivas columnatas, además de la fama de su prodigiosa fuerza física. Mas no es preciso suponer que, en la frase citada, ese término fuera empleado como el nombre propio de una determinada construcción situada en tal o cual ciudad. Luego, si se admite que el primero de dos nombres rige al otro al genitivo, como en el ejemplo de Az­Zobair, se observaría el mismo género de análoga anexión que tiene lugar entre el nombre, de una tribu y el de una de sus ramas, como, verbigracia: Qoarish­Kinana, llias­Módar, Rabía-Nizar. De suerte, no había menester de llevar la cosa tan lejos, ni de hacer conjeturas inverosímiles o sostenerla con historietas quiméricas. ¡Cuán exento es el Libro de Dios de semejantes interpretaciones, que desdicen diametralmente de la verdad!

Harún­Ar­Rashid.-Califa de la dinastía abasida.786-809. Bajo su trono Bagdag se elevó a la leyenda. El lujo de su corte procedía de su poder, bajo cuyos ejércitos estuvo sujeto el Oriente, siendo inspiración de primera linea para los Cuentos de las 1001 noches.

Biografia

766: Hijo del califa al-Mahdi y la esclava al-Khayzuran.
780: Harun dirige la expedicion militar contra Bizancio
782: Tras el tratado de paz con Bizancio es nombrador gobernador de Tunez, Egipto, Siria, Armenia y Azerbaijan.,
786 Septiembre: El hermano de Harun, al-Hadi, muere misteriosamente y se dice que la madre de Harun fue la culpable. Como consecuencia Harun deviene Califa y hace a Yahya bni Khali Barmakid su Gran Vizir
791: Nueva guerra con Bizancio
800: Harun nombra a brahim bni l-Aghlab gobernador de Tunez
807: Harun invade Chipre.
809: Muere. Le sucede al-Amin

Entre las consejas infundadas y admitidas por los historiadores puede incluirse ésta que todos refieren acerca del motivo que moviera al califa Harún­Ar­Rashid a derrumbar el poder de los Barmecidas; motivo que basan en un hipotética aventura de la Abbasa, hermana de Ar­Rashid, con Djafar, hijo de Yahya Ibn Jalid, liberto del propio califa. Sostienen que Ar­Rashid, teniendo por Djafar y la Abbasa un gran afecto, porque participaban de su afición al vino, les permitió contraer matrimonio el uno con la otra, a fin de poderlos así reunir en su círculo íntimo; pero les prohibió todo contacto a solas. Mas la Abbasa, apasionadamente enamorada de Djafar, recurrió a la astucia para verle en secreto. Y, en un momento de "embriaguez", el amor cobró sus fueros, concibiendo la princesa. El hecho no tardó en ser delatado al califa, desatando su extremada cólera. ¡Cuán repugnante idea el atribuir parecida acción a una princesa de tanta distinción y alteza por su religión, por la nobleza de su alcurnia, por su majestad como descendiente de Abdallah, hijo de Abbas! Apenas si la separaban de este ilustre ascendiente suyo cuatro personajes, que habían sido, después de él, los más nobles sostenes de la fe, y los más grandes adalides de la religión.

La Abbasa era hija de Mohammad Al Mahdí, hijo de Abdallah Abu Djafar "Al Mansur", hijo de Mohammad "As-Saddjad", hijo de Alí "Abil-Jolafá", hijo de Abdallah "Intérprete del Corán", hijo de Abbas, tío del Profeta. Era, pues, hija de califa y hermana de califa; rodeada de la magnificencia de un trono augusto, el esplendor de la vicaría del Profeta, la gloria de los Compañeros y tíos del Enviado de Dios, el imanato de la fe, la luz de la revelación y el círculo frecuentado por ángeles. Cercana aún del ciclo primitivo de su casta, en que reinaban todas las virtudes que caracterizan la vida pastoril de los árabes, y toda la ingenuidad primaria de la religión, alejada de los hábitos del lujo y de las tentaciones de la intemperancia. ¿En dónde, pues, se buscaría el pudor y la castidad, si en la Abbasa faltaren? ¿En dónde se hallaría la pureza y la virtud, si de su hogar desaparecieren? ¿Cómo habría consentido en vincular su alto linaje al de Djafar, hijo de Yahya, maculando su nobleza arábiga, uniéndose a un cliente extranjero, de abuelos persas, que a título de esclavo, había pasado al poder de su abuelo, personaje que fuera tío del Profeta y uno de los más preclaros de Qoraish? En conclusión. La fortuna quiso que los Abbasidas tomaran de la mano a ese hombre y a su padre, distinguiéndoles con su favor y elevándoles hasta la cúspide de los honores. Por lo demás, ¿cómo es posible suponer que Ar­Rashid, con lo elevado de su ánimo y la altivez de su espíritu, hubiera permitido dar a su hermana en matrimonio a un cliente persa? Todo observador ecuánime, que meditara sobre el caso, juzgando a la Abbasa conforme a la conducta que debe guardar la hija del más poderoso monarca de su tiempo, rechazaría ipso tacto la idea de que ella hubiera podido abandonarse así a un simple cliente de su casa, un servidor de su familia; y desecharía a semejante relato sin el menor titubeo, insistiendo incluso en desmentirlo. Y justamente ¿qué son los demás príncipes en comparación con la Abbasa y con Ar­Rashid?

La verdadera causa de la desgracia de los barmecidas no fue otra que la propia conducta que asumieron al apoderarse de toda la autoridad del imperio, reservándose la disposición de la totalidad de las rentas públicas, hasta el grado que el mismo califa se veía a veces reducido a pedir pequeñas sumas, que no obtenía fácilmente. Pues prácticamente lo tenían privado del ejercicio de sus derechos, participando decisivamente de su poder, de suerte que él ya no era quien disponía de la administración de su imperio. La influencia de los barmecidas ya habían invadido enorme campo, cuyo renombre difundíase hasta remotos ámbitos. La dignidad del imperio, todos los puestos administrativos, los cargos de visires, ministros, comandantes militares, chambelanes, los principales puestos de la espada y de la pluma, todo estaba ocupado por los altos funcionarios barmecidas, o bien por sus protegidos; todas las demás personas permanecían al margen, sin injerencia alguna. Se cita que en la corte de Ar­Rashid había veinticinco grandes dignatarios, entre militares y civiles, todos ellos eran hijos de Yahya Ibn Jalid el Barmecida, que suplantaban en los cargos a los demás cortesanos, disputándoselos a empellones. Todo eso era perfecto del valimiento de que su padre Yahya gozaba ante Ar­Rashid, a quien le había dirigido sus asuntos desde tiempo atrás, primero como tutor suyo, cuando era aún príncipe heredero, y luego como califa. Ar­Rashid creció bajo la mirada de Yahya, alcanzando su juventud al cobijo de sus alas; así Yahya ya había adquirido sobre él entera ascendencia, hasta el punto de que el califa le llamaba "padre mío'!

Los miembros de la familia Barmecida recibían por tanto el mejor trato y especiales favores, de parte de Ar­Rashid; en cambio ellos ostentaban una insolencia excesiva y ejercían una influencia ilimitada. Por consiguiente, a ellos se dirigían todas las miradas; inclinábanse las cervices en su presencia; en ellos se cifraban esperanzas y ambiciones; desde las comarcas más lejanas, reyes y emires enviábanles magníficos presentes; de todas partes fluían a sus arcas particulares las rentas del imperio, con la mira de ganar su benevolencia y conquistar su favor. En tanto, ellos prodigaban sus dones entre los partidarios de la dinastía abbasida, obligando así con sus dádivas a los principales miembros de esta casa; aliviaban la penuria de los pertenecientes a buena cuna; devolvían la libertad a los prisioneros, recibiendo por ello los encomios y las alabanzas, que no recibía el propio califa. Designaban premios y valimientos a los que invocaban su generación, y al mismo tiempo apropiábanse, tanto en los suburbios de las ciudades como en las provincias del imperio, de alquerías y aldeas.

Pues tal situación llegó al punto de ser ya insufrible, desatando el descontento de los palaciegos. La ira de los allegados al califa y el resentimiento de los grandes dignatarios del Estado; la envidia y el celo libráronse ya de la máscara, y aun los escorpiones de la calumnia deslizáronse hasta los muelles lechos de los Barmecidas, instalados bajo el amparo del trono imperial. Entre los delatores más encarnizados, figuraban los hijos de Qahtaba, tíos maternos de Djafar; el encono que roía sus corazones era tan violento, que ni los lazos sanguíneos bastaban para aplacarlo. A todo eso agregábase todavía, en el ánimo del soberano, los impulsos del celo, el disgusto latente que experimentaba al verse virtualmente en tutela y, por tanto, con el amor propio herido; a lo cual hay que añadir aún el rencor disimulado que le habían excitado desde tiempo por ciertos actos de presunción y familiaridad bastante ligeros, mas sobre todo, por la perseverancia de esos hombres en mantener la misma conducta, que concluye finalmente en los hechos de la más grave desobediencia. Un ejemplo al respecto constituye el caso relativo a Yahya, hijo de Abdallah, hijo de Hasan, hijo de Alí Ibn Abi Talib, y hermano de Mohammad Al Mahdí, sobrenombrado An­nafs­oz­zakiya (el alma pura), príncipe alauita que se había rebelado contra Al Mansur. Según la relación de Tabari, Yahya se dejó persuadir por el Fadl (hijo de Yahya el Barmecida), a abdicar a su poder usurpado en el Dailam y retornar a Bagdad, mediante un documento de salvaguardia, escrito de propia mano de Ar­Rashid, además de un millón de monedas de plata (dirhemes). Ar­Rashid remitió el prisionero a Djafar (hermano del Fadl), para retenerlo arrestado en su palacio y bajo su vigilancia. La consigna fue cumplida durante algún tiempo; pero enseguida Djafar, dada su valía con el soberano, restituyó la libertad al cautivo, de su propio arbitrio, y lo dejó marchar: "Como demostración de respeto a la sangre de los familiares del Profeta", mas la verdad era otra: Djafar quiso hacer ver que él lo podía todo, merced a su posición ante el califa. Ar­Rashid, a quien ya se había denunciado ese acto, preguntó a Djafar, y éste, viendo que el califa ya sabía todo, confesó que había dejado en libertad al prisionero. El califa aparentó aprobación de su proceder, pero, no obstante, un profundo resentimiento guardó en su secreto. Así, pues, con semejantes acciones, Djafar allanaba el camino de su propia ruina y la de todos los suyos; de tal suerte fue como, al fin, desmoronóse el trono de los Barmecidas, derrumbándose el cielo de su gloria sobre ellos, hundiéndose la tierra debajo de sus pies, arrastrándolos con todas sus pertenencias, convirtiéndose su caso en un ejemplo instructivo para la posteridad.

Toda persona que examinara el curso del imperio abasida y la conducta de los Barmecidas, hallaría nuestras observaciones bien fundadas y reconocería que allí hubieron causas reales más que suficientes para conducir a aquella conclusión. Véase lo que refiere Ibn Abd-Rabbih tocante a la conversación que su tío abuelo paterno, Daowd Ibn Alí, tuvo con Ar­Rashid, acerca del colapso de los Barmecidas; conversación que el propio autor inserta en su libro "Al Iqd". y capítulo de los poetas, incluyendo un diálogo sostenido por el Asmaí con el mismo califa y el precitado Fadl, hijo de Yahya, en un ambiente familiar. De allí se comprenderá que su perdición ha sido efecto de la rivalidad y la envidia que se habían atraído, tanto de parte del califa como de la de los cortesanos, como consecuencia de su acaparamiento de todo el poder administrativo. Entre los factores que contribuyeron a su desplome fue la argucia, que sus enemigos, de entre los palatinos, empleaban maliciosamente contra ellos, en forma de poesía lírica, que deslizaban a los cantantes a efecto de que llegara a oídos del califa, y suscitara en su corazón vivos resentimientos contra los Barmecidas. Tales como el verso siguiente:

"¡Ojalá que Hind cumpliera su promesa y curara nuestras almas afligidas! Que asumiera una vez el derecho del mando. Bien impotente es aquel que no sabe ser amo."

Al caer estos términos en oídos de Ar­Rashid, exclamó: "Ciertamente. ¡por Dios!, soy un impotente." Y así, con parecidos dardos, consiguieron excitar la cólera del califa y hacer caer sobre los Barmecidas todo el peso de su venganza. ¡Dios nos preserve de la violencia de los hombres y de los reveses de la adversidad!

Por último, para darle a esta novela un matiz sugerente, se ha pretendido que Ar­Rashid era dado al vino y que se embriagaba con sus compañeros de placer. Pero, ¡Dios no quiera jamás que diéramos crédito a semejantes imputaciones contra ese príncipe! ¿Cómo es posible que un hecho de tal naturaleza pudiera conciliarse con la elevada índole, bien conocida, de Ar­Rashid, con su escrupuloso cumplimiento de todos los deberes que le imponía el rango supremo del califato, tanto religioso como de justicia social; añadiendo a ello su gusto predilecto por rodearse de los hombres ilustres, distinguidos por su saber y su piedad. así como por los diálogos que entablaba con Fodail Ibn Aayad, con Ibn Assammak y Al Omarí; por su correspondencia con Sofián, y las lágrimas que sus exhortaciones y sugerencias le hacían derramar, los ruegos que elevaba al cielo, en La Meca, durante la procesión que hacía en torno de la Caaba; su devoción de creyente práctico, su puntualidad en efectuar las oraciones, conforme a las horas canónicas, atisbando el alba, a fin de estar presto cuando el momento de la plegaria haya llegado? At­Tabarí y otros historiadores indican: "diariamente, en sus oraciones, efectuaba Ar­Rashid cien rakaas como obra de supererogación, y que, todos los años, hacía alternativamente una expedición contra los infieles, o la peregrinación a La Meca. En una ocasión reprendió severamente a Ibn Maryam, bufón de su círculo privado, cuando le interrumpió en su oración, mientras leía esta frase:

"¿Por qué no adoro a mi Creador?" (Corán, sura XXXVI, vers. 21), a lo que el bufón respondió en son de gracejada:

"¡A fe mía!, yo ignoro el motivo". El califa no pudo evitar la risa; mas volteándose hacia el importuno le increpó muy disgustado:

"¡Qué es eso!, ¡hasta en la plegaria! Ten cuidado, Ibn Abi Maryam, mucho cuidado de bromear con el Corán y la religión; fuera de estas dos cosas, todo lo que tú quieras".

Por lo demás, este príncipe tenía sólida instrucción y sencillas costumbres, dada su proximidad a la época en que sus predecesores se engalanaban con esas dos cualidades. Pues el intervalo que le separaba de su abuelo Abu Djafar (Al Mansur), no era considerable, Ar-Rashid ya era un adolescente cuando ocurrió el deceso de aquel califa. Ahora, Abu Djafar, desde antes de ascender al califato y después de su exaltación, distinguíase por su saber y su piedad. Fue él quien dijera a Malik, aconsejándole escribir el Mowatta: "No queda sobre la faz de la tierra nadie más sabio que tú. Abu Abdallah, y yo; por mi parte, todo mi tiempo está absorbido por las obligaciones del califato: por tanto, a ti te corresponde producir una obra útil para las masas en la que evitarás, a la vez, el relajamiento de Ibn Abbas y el rigorismo de Ibn Omar. Desarróllala con toda llaneza, cual un camino bien expedito y de fácil acceso para todo el mundo." "En verdad--comentaba Malik--, Abu Djafar me enseñó, en ese entonces, el arte de componer un libro."

Al Mahdí, hijo de Al Mansur y padre de Ar­Rashid, pudo observar a su progenitor abstenerse de vestir a la gente de su casa con ropa nueva, a expensas del erario público. Un día, al irle a visitar a su residencia, lo encontró haciendo trato con los sastres, a efecto de que remendaran los vestidos viejos de la familia (servidumbres). Apenado el Mahdí de tamaña cicatería díjole a su padre:

"Oh, príncipe de los creyentes, deja que yo me encargue, por este año, a costa de mis emolumentos, de vestir a los de tu casa."

"¡Sea como tú quieras!"--respondió Al Mansur, guardándose de no objetar el empeño de su hijo, así como de no permitir que se hiciera aquel gasto a expensas de los musulmanes.

¿Cómo después de todas esas muestras de escrupulosidad pudiera suponerse que Ar­Rashid, que vivió a tan corto espacio después de ese príncipe, y que había sido criado en medio de bellos ejemplos ofrecidos por su familia, que debieron modelarle su propio carácter, cómo suponer que él se permitiera darse al vicio del vino y aún manifestar abiertamente esa pasión? Es bien sabido, además, que incluso en los tiempos del paganismo, los árabes nobles se abstenían del uso del vino; la vid, por otra parte, no era una planta de su suelo, y muchos de ellos consideraban como un vicio el uso de dicho licor. Por lo demás, Ar­Rashid y sus predecesores eran muy celosos de su reputación moral y atentos siempre para evitar todo acto que pudiera parecer censurable, tanto en el concepto religioso como en el mundano: pugnaban constantemente por caracterizarse con todos los hábitos de la honestidad, las cualidades encomiables y las condiciones de perfectibilidad, conforme a los nobles impulsos del espíritu árabe

Examinemos ahora lo que nos cuentan Tabarí y Masudí, respecto al médico, Gabriel Ibn Bajtayashú:

"En una ocasión se había servido en la mesa de Ar­Rashid un manjar de pescado; su médico Gabriel prohibióle comerlo, diciendo al jefe de servicio, envía esto a mi casa. El califa, intrigado de lo que pudiera ser, lo hizo seguir por un criado, a fin de acechar si el médico comería dicho alimento. Ibn Bajtayashú, queriendo justificar su conducta, tomó tres porciones del pescado y las puso cada una en un vaso diferente. A una de esas porciones añadió carne mezclada con especias, legumbres, salsa picante confite; sobre la segunda, vertió agua helada, y sobre la tercera porción, vino puro. Luego, señalando el primero y el segundo vaso, dijo: He aquí el manjar del príncipe de los creyentes: pescado mezclado con otros alimentos, o bien sin mescolanza. Mostrando en seguida el tercer vaso, declaró: Y he aquí el manjar de Bajtayashú; luego remitió los tres vasos al jefe de servicio. Ar-Rashid, al percatarse, hizo llamar al médico para reprocharle su proceder. Entonces fueron puestos ante el califa los tres vasos, descubriendo que la porción del pescado rociada con vino estaba mezclada, al cabo de haberse disuelto, y amalgamada en menudas migajas; en tanto, las otras dos se hallaban en estado de descomposición y despedían mal olor. Tal resultado sirvió de excusa al médico." De lo que precede se desprende claramente que el alejamiento de Ar­Rashid del vino era bien conocido de todos los que vivían en su intimidad y asistían a su mesa.

Es cosa confirmada que este príncipe, al saber que Abu Nuwas -poeta suyo-, se entregaba a las bebidas espirituosas; le hizo meter en prisión, reteniéndolo encerrado hasta que hubo manifestado su arrepentimiento y su renuncia a ese hábito. Lo que Ar­Rashid realmente bebía, no era sino el mosto (nabidz) del dátil, siguiendo en ello la doctrina admitida por los legistas de Iraq (los hanafitas). Son bien conocidas las decisiones que los casuistas de esta secta han emitido a este respecto. En cuanto al vino puro extraído de la uva nunca podría ser materia de sospecha, de que este califa lo haya tocado, cuya idea tampoco debe admitirse, pese a aquellas leyendas apócrifas. Pues el califa Ar­Rashid no era el hombre capaz de infringir la más grave proscripción, para los doctores del Islamismo. Por otra parte, todos los miembros de su casta estaban a buen recaudo de la corrupción, fruto de la prodigalidad, evitando los lujos en su vestimenta, sus ornatos y en cuanto modo del vivir; porque conservaban aún la rudeza del beduinismo, y no se apartaban todavía de la Sencillez religiosa, proveniente de los albores del Islam. ¿Es posible, con todo, creer que hubieran pretendido preferir lo lícito para entregarse a lo prohibido? ¿O que hubiesen abandonado lo permitido por lo proscrito? Acordes han estado Tabarí, Masudí y otros historiadores en que todos los califas antecesores de Ar-Rashid, tanto Omeya das como Abbasidas, no llevaban, cuando montaban a caballo, más que muy ligeros ornamentos de plata en las cinchas, la espada, las bridas y los filetes de la silla; añadiendo que Al Motazz, hijo de Al Motawakkil --octavo sucesor de Ar­Rashid--, fue el primer califa que introdujo las guarniciones de oro. Si tal era su condición en cuanto a sus atavíos, fácil es suponer lo concerniente a sus bebidas. El asunto resultaría aún más evidente si se tomara en consideración la índole de toda dinastía, durante su primer periodo. Eso es lo que demostraremos, si Dios sea servido, en el examen de las cuestiones que integran el tema de nuestro primer libro.

 

Algo parecido a las leyendas que acabamos de dilucidar, es lo que todos los autores nos cuentan de Yahya Ibn Aktham, cadí y amigo de Al Mamún. Según ellos, Yahya tenía acceso a la mesa de este califa, donde libaban vino, y que una noche, ya ebrio, sus compañeros de copas lo enterraron bajo un montón de flores, hasta que se recobró de su embriaguez. Refieren asimismo unos versos en que le hacen expresar así:

¡Oh, mi señor!, ¡soberano de todos los hombres!, víctima he sido del tirano escanciador.

Descuidé de sus movimientos, y me ha privado, como tú ves, de mi juicio y de mi religión.

El caso de Ibn Aktham y de Al Mamún es, en cierto aspecto, como el de Ar-Rashid: lo que ellos bebían, repetimos, no era otra cosa que "nabidz", bebida que, como dejamos aclarado, los hanafitas no consideraban como prohibida; mas, por lo que respecta a la embriaguez, es una cosa ajena de ellos. Las relaciones entre Ibn Aktham y Al Mamún, no eran ciertamente más que una amistad fundada en una cualidad de la religión: se sabe que ambos dormían en una misma alcoba. Entre los rasgos que atestiguan el buen carácter y la complacencia de este califa se cita que una noche, despertándose con sed y temeroso de interrumpir el sueño de su compañero, bajó sigilosamente del lecho y buscó a tientas la garrafa del agua. Se sabe igualmente que juntos practicaban la plegaria del alba. ¿Cómo, pues, conciliar esto con esa pretendida corrupción del vino? Además, Yahya Ibn Aktham se cuenta entre los eminentes doctores que nos han transmitido las Tradiciones; el imán Ahmad Ibn Hanbal y el cadí Ismail lo han citado con elogios, y Al-Tormodzí, en su compilación "Al Djámee", apoya sus referencias de Tradiciones en su autoridad. El hafidh Al Moziní asevera que Al Bojarí, en otra obra suya, aparte de su famosa compilación de Tradiciones, ha citado a Yahya entre sus garantes. Por tanto, el atacar al carácter de éste, es atacar a la autoridad de todos esos personajes. La actitud de los satíricos para con él atribuyéndole la inclinación depravada por la pederastia, es algo imperdonable; ello es como mentir al Ser Supremo una difamación dirigida contra los sabios. Apóyanse, para tamaños infundios, en cuentos deleznables, que no pasan de ser simples invenciones de sus enemigos; pues sus relevantes méritos y la amistad que el califa le testimoniaba habíanse convertido en una poderosa motivación de celo y envidia. Empero, el rango que Yahya ocupaba en el campo de la ciencia y la región, bastaba para enaltecerle sobre tales calumnias. El precitado Ibn Hanbal, al oír hablar de esas imputaciones, exclamó indignado:

"¡Gran Dios!, ¡gran Dios!, ¿quién ha podido proferir tamaño embuste?" Luego impugnó la especie vehementemente oponiendo un mentís formal y ampliando sus elogios para Yahya.

Parecida reacción fue la del cadí Ismail, al enterarse de esa murmuración respecto al propio personaje, diciendo:

"¡Que el Supremo nos ampare de permitir que un justo espíritu sea mancillado por la mendacidad de un malvado o un envidioso!" Agregando luego: "Confieso ante Dios la inocencia de Yahya Ibn Aktham de tan infame imputación, de que se le hace objeto. He podido conocer sus más íntimos sentimientos, y siempre tuve la convicción de hallar en él al hombre rigurosamente temeroso de Dios; mas, como era de un carácter jovial y afable, quizá de allí partió la ocasión de la calumnia." Ibn Hayan, por su parte, lo ha considerado en el número de los tradicionistas cuya palabra significa autoridad.--"Las consejas que cuentan acerca de él -dice-, no deben ocupar nuestra atención, porque no son sino una sarta de mentiras."

 

Es de incluirse en el orden de este género de cuentos lo que Ibn Abd Rabbih, autor de "Al Iqd" no refiere a propósito de un cesto que había de ser la causa del matrimonio de Al Mamún con Buran, hija de Al Hasan Ibn Sahl (el visir). Según la narración, Al Mamún recorriendo una noche las calles de Bagdad, llamóle la atención un cesto que pendía de la terraza de una residencia, con fuertes ataduras y cordones de seda, esmeradamente torcidos. El califa, picado por la curiosidad, sentóse dentro del cesto, y, al asirse de las cuerdas, púsose el cesto en movimiento elevándole hasta un regio salón saturado de ensueños, tal como nos lo describen: La suntuosidad de los tapices. La belleza de la decoración, el delicado arreglo de una esplendorosa vajilla que ornamentaba el recinto, la magnificencia del moblaje y la armonía del conjunto, encantaban la vista y cautivaban el espíritu. Absorto estaba el príncipe de aquella inesperada sorpresa, cuando la figura gentil de una joven, de beldad nítida y gracia seductora, aparecía de entre los ricos cortinajes; y ya delante de él, saludóle con exquisita cortesía, invitándole a tomar asiento. Entre la deleitosa charla y la excelencia de los vinos, esfumóse para ambos la noción del tiempo. Bien alboreado ya el día el califa volvió a donde permanecían esperándole sus acompañantes. Apasionado intensamente por aquella joven, Al Mamún pidióla en matrimonio a su padre Ibn Sahl, desposándose con ella. Ahora bien, ¿cómo sería posible compaginar ese cuento con la realidad que conocemos de Al Mamún: en lo que se relaciona a su piedad, su saber, su empeño por imitar la conducta de los califas ortodoxos, sus ancestros, por seguir los buenos ejemplos trazados por los cuatro primeros califas, sostenes de la fe, por conferenciar y polemizar con los ulemas, por observar en sus prácticas y sus ordenanzas todos los preceptos de la ley divina? ¿Cómo, pues, se pueda creer que un príncipe de tal talla moral y social, se hubiere permitido cometer los actos de que nadie sería capaz, excepto los libertinos despreocupados, que pasan las noches en las calles, irrumpiendo en los hogares, mezclándose en conversaciones nocturnas, como el caso de los enamorados árabes del desierto? Por otra parte, ¿cómo una aventura tal pudiera conciliarse con el rango que ocupaba la hija de Al Hasan Ibn Sahl, con su noble alcurnia, sus virtudes personales y la ejemplar honestidad con que la rodeaban en casa de sus padres?

En resumen, cuentos por el estilo se encuentran muy a menudo en los trabajos de los historiadores; el incentivo que les estimula a su confección y divulgación radica en la afición de los hombres a las voluptuosidades prohibidas, la violación de las normas de la decencia y la vulneración a la intimidad del hogar. Se escudan con ejemplos de renombrados autores, para servirse de excusa a su propio libertinaje; por ello los vemos con tanto apego a las fábulas de ese tipo, hurgando cuanta recopilación en su procura. Más les hubiera valido, ciertamente, tratar de imitar otras facetas de aquellos grandes autores, dignas de ellos, otros rasgos que destacan su índole cabal y cuya fama persiste aún, más les hubiera valido; ¡ah!, si ellos lo supieran.

En una ocasión dirigí cierto reproche a un príncipe real, acerca de la solicitud que él ponía por aprender la música vocal e instrumental, diciéndole: "Eso no es oficio vuestro ni conviene a vuestro rango. --¡Cómo!, me respondió él, ¿no os recordáis cómo Ibrahim, hijo de Al Mahdí, descolló en este arte llegando a ser el primer cantante de su tiempo?--¡Alabado sea Dios!, le repliqué, ¿por qué no tomáis mejor por modelo a su padre o su hermano?' ¿No os advertís que esa pasión hizo descaecer a Ibrahim del rango que ocupaba su familia?" El príncipe en cuestión, ya no pronunció palabra, cerró sus oídos a mi objeción y siguió su camino. En todo caso, Dios orienta a quien quisiera.

 

Entre los relatos que no podrían resistir un examen crítico, hay que colocar a ese que la mayoría de los historiadores se placen en contarnos a propósito de los obeiditas (fatimitas), califas establecidos por el partido shiita en Kairauán y El Cairo. Pues pretenden excluir a esos príncipes de la familia del Profeta, e impugnan su descendencia de Ismail el imán, hijo de Djafar As­sadiq. En sus aseveraciones, han tomado por base ciertas referencias, de fabricación propia, para complacer a los débiles califas de la posteridad de Al Abbas, referencias en las que denigran aquellos rivales de esta dinastía, empleando contra ellos todos los recursos de la calumnia. Ya señalaremos algunos de estos cuentos, cuando nos ocupemos de la historia de los obeiditas. Estos autores no se han percatado en absoluto de los testimonios de los hechos, ni de los acontecimientos que, demostrando la opinión contraria, dan un mentís a sus aseveraciones y refutan terminantemente sus relajos.

He aquí lo que narran todos los historiadores sobre la iniciación de la dinastía de los shiitas: Abu Abdallah Al Mohtasib reunía a los Kotama (berberiscos) a favor de la causa de Rida, de la familia de Mahoma. Los ecos de su campaña repercutieron en el gran público, advirtiéndose que la intención final de sus actividades tendía a favorecer a Obeidellah Al Mahdí y a su hijo, Abu Qasim. Informados de la situación y temerosos por sus propias vidas, estos dos príncipes huyeron de Oriente, sede del califato, atravesaron Egipto y salieron de Alejandría disfrazados de comerciantes. Enterado de su evasión Isa Annausharí, gobernador de Egipto y Alejandría, envió en su persecución un cuerpo de caballería; mas, favorecidos por su disfraz, burlaron la vigilancia de sus adversarios y consiguieron llegar a Magreb. Nos dicen los mismos historiadores, que entonces el califa abbasida, Al Motadhib, giró instrucciones a los aglabidas que gobernaban la Ifrikiya, y a los Medrara, que mandaban sobre Sidjilmasa, para que procuraren, por cuanto medio, capturar a los fugitivos y detenerlos en su poder. El emir Lis ha, señor de Sidjilmasa, habiendo descubierto el sitio en donde se escondían dentro de su ciudad, los mandó apresar, con la mira de ganar la benevolencia del califa.

Tales acontecimientos tuvieron lugar antes que los shiitas hubieran arrebatado a los aglabidas la ciudad de Kairuán. Más tarde, la causa de los obaiditas triunfó en Ifrikiya y Magreb, luego en el Yemen y Alejandría, en Egipto. Siria y Hidaz, compartiendo con los abbasidas el imperio islámico, palmo por palmo. Inclusive estuvieron a punto de penetrar en el propio territorio de esta dinastía, y sustituirla en el gobierno del imperio. El emir Albasasirí, oriundo del Dailam, y uno de los clientes de la familia Abbasida, había proclamado la causa de los obeiditas en la misma Bagdad y en la parte del Iraq que le correspondía. Sostenido por sus compatriotas, acababa de apropiarse el poder de los abbasidas, a consecuencia de una desavenencia que habíase suscitado entre él y los emires persas. Durante un año entero, este dailamita predicó desde los púlpitos de las mezquitas de todo el país, en nombre de los obeiditas. En tanto, los abbasidas continuaban, a partir de entonces, padeciendo los apuros más graves, tanto a causa de la posición que los nuevos adversarios les habían restado, como del imperio que éstos acababan de fundar. Por otra parte, desde allende el mar, los Omeya españoles les venían lanzando amenazas de guerra y anatemas. ¿Cómo, pues, puede acontecer todo eso a manos de hombres de humilde cuna, que se atribuyen, falsamente, un noble linaje, valiéndose de embustes para llegar al poder? Ahí tenemos, por ejemplo, el caso de el Qarmatí (Carmat), impostor que pretendía elevar su origen a la alcurnia de Mahoma: la secta que había formado pronto se aniquiló, cuyos partidarios fueron desbandados, descubriéndose inmediatamente su perversidad y su fraude; las consecuencias de su temeraria aventura, les fueron muy duras, paladeando rigurosos sinsabores. Por tanto, si los obeiditas hubieran sido de análoga índole, su realidad hubiese sido descubierta, tarde o temprano: