Siglo VIII- Sección Primera
711
Don Rodrigo, Don Julián y Tariq
En el 698 Musa ibn Nusair se convirtió en el virrey
del Norte de África, y fue el encargado de poner fin a una rebelión bereber.
Tuvo que combatir los ataques de la armada bizantina y construyó una fuerza
naval que conquistaría las islas de Ibiza, Mallorca y Menorca. En España los
visigodos se hallaban inmersos en una lucha interna de disputa por el trono,
que pretendían Agila II (el hijo del anterior rey, Witiza) y Rodrigo. Éste fue
elegido gracias al apoyo de la mayor parte de la aristocracia visigoda, por lo
que los partidarios de Agila solicitaron la ayuda de Musa a través de Don
Julián, el conde visigodo de Ceuta, gobernador y vasallo de Don Rodrigo pero
sujeto por lazos de fidelidad al anterior rey, Witiza.
Tariq era el subalterno de Musa, quien le nombró
gobernador de Tánger. En el 710 Tariq hizo una expedición de tanteo a las
costas andaluzas, y no halló problemas. El tanteo era preludio de una invasión
que se apoyaría en la justificación de la llamada para esconder su preparación
secreta de invasión de la Península, aprovechando la situación de guerra civil
que, de todos modos, vivían los Visigodos Hispanos. Al tanto por Tariq de la
puerta al éxito que se le presentaba al Islam, Musa le pidió su opinión a
Al-Walid, su superior, quien le ordenó que no cruzara el Estrecho. Pero el
anzuelo del tesoro real visigodo tentó a Musa, quien en el 711 ordenó a Tariq
que partiera hacia Hispania. El 30 de abril del 711, al frente de 7.000
hombres, Tariq desembarcó en Gibraltar. Tras desembarcar ordenó quemar las naves,
poniendo a sus hombres contra la espada y la pared -se dice.
El rey Rodrigo, ante la noticia, comenzó los
preparativos de guerra. Los nobles de la Bética favorables a Agila II
recibieron a Tariq contra las normas de los Concilios de Toledo, que prohibían
solicitar ayuda extranjera para ocupar el Poder. Rodrigo y Agila, viendo el
desarrollo de la invasión, acordaron una tregua para combatir juntos a los
invasores árabes. La situación de Tariq pasó a ser comprometida porque ninguno
de los dos partidos le reconocía como aliado, sino que al contrario, ahora
unían sus fuerzas, dejándole con el mar a la espalda y al frente un ejército de
tan sólo sólo 7.000 hombres -siguen diciendo.
Pero a juzgar por las prisas que no se daban sus
enemigos y dueños de la Península podemos creer que el miedo de Tariq fue tan
grande como el que sintiera Cortés cuando quemó sus naves. La división de los
Visigodos Hispanos jugaba a su favor y fue contando con esa enemistad que
planteó su invasión desde un principio. De hecho Agila seguía en Cartagena
mientras Rodrigo lo esperaría en Córdoba, para juntos expulsar al invasor de la
Península, punto del día infinitamente más importante que las cuestiones
internas que les dividían. ¿De qué les valdría triunfar el uno sobre el otro si
al final el vencedor quedaba bajo un invasor? Tariq aprovechó este tiempo,
juzgando correctamente que Agila confiaba en que el encuentro con Rodrigo le
debilitaría lo suficiente para serle imposible resistir el segundo asalto, el
suyo, precisamente el de él, Agila, que le había llamado a la Península. Tariq
se adelantó a la jugada del Visigodo Hispano y le pidió a su jefe refuerzos de
categoría. Musa le envió cinco mil hombres más. Entre el 19 y el 26 de julio de
711, en la Laguna de Janda, tuvo lugar la batalla conocida como Batalla de
Guadalete.
Batalla de Guadalete
Tariq planeó la invasión de Hispania desde su paseo
el año anterior,710, al del desembarco final,711 -punto que se demostrará
mirando las pruebas sobre la mesa puestas por los cronistas, si bien no
aceptadas como legales por los historiadores. Veamos-. Ciertamente el conde de
Ceuta Don Julián le facilitó el cruce del Estrecho de Gibraltar en la noche del
27 al 28 de abril del 711. El juicio contra este Conde Judas es severo por
muchas causas, pero la más importante procede de su oficio. Sujeto a la corona
de los Visigodos su deber militar hubiera debido ser oponerse a la invasión, y
en caso de no poder frenarla al menos prevenirla con la anticipación necesaria
para permitirle a sus compatriotas preparar la defensa de las costas hispanas.
Su traición se cebó en las propias condiciones de guerra civil visigoda que
vivía la Corona Hispana, justificando después la leyenda su beso en la venganza
por la violación de una de sus hijas, etcétera. El caso es que su deber era
hacia Hispania y la seducción de una hija, verdadera o falsa, frente a su deber
traicionado no iguala la balanza de la justicia. El cuerpo militar tiene por
hija la Patria, de aquí que los Romanos empleasen entre ellos el término Patres
a la hora de la defensa de la Patria. Pues volvemos al mismo punto, ¿sin Patria
qué será de la hija? Primero es la Patria y después es la hija. Así que la
leyenda no es buena historiadora. Y lo prueba el que las crónicas sean tan
difusas como una de esas nebulosas a miles de años luz de nosotros, algo
inexplicable cuando los cronistas, que estaban allí mismo para contarnos los
hechos, hubieran debido acertar más en la diana con la flecha que usaron por
pluma, por su culpa haciéndole a los historiadores la tarea casi imposible
cuando se trata de desanudar el nudo gordiano de aquélla Invasión Musulmana y
la Pérdida de la Libertad por la Patria Hispana. De aquí que se diga que:
"las antiguas crónicas sobrevaloran el número de efectivos de ambos bandos
que participaron en la batalla, llegando a contar 100.000 soldados en el lado
musulmán. Y es muy probable que Tariq desembarcase en Tarifa con tan sólo unos
7000 soldados de a pie, bereberes, tomando Carteya (Cádiz) y posteriormente
Algeciras, donde rechazó el ataque de Bancho o Sancho, sobrino de Rodrigo que
había salido a su encuentro. Mientras todo esto acontecía, el rey visigodo se
encontraba en el norte de la Península Ibérica combatiendo a los vascones en
Pamplona. La noticia le tarda en llegar dos o tres semanas. La crisis que
padecía el reino visigodo en aquellos fatídicos momentos, con continuas
confabulaciones y guerras fratricidas entre la nobleza para hacerse con el
trono, limitaron considerablemente el margen de maniobra de Rodrigo a la hora
de reclutar un ejército con que hacer frente a la invasión, viéndose obligado a
aceptar la interesada ayuda de los witizanos, cuya traición desconocía. Fuera
como fuere Rodrigo pudo organizar en Córdoba precipitadamente un ejército de
40.000 hombres y partir al encuentro de Tariq. De acuerdo a las crónicas, el
choque tuvo lugar en Wadi Lakkah, sitio que según algunos historiadores podría
situarse en Barbate o en la propia Medina Sidonia o, según otros, que coinciden
con la historiografía clásica, en el río Guadalete. Durante dos días ambos
bandos se tantean en sangrientas escaramuzas. Una vez dio comienzo la batalla,
los hijos de Witiza y sus partidarios siembran la discordia entre las filas de
Rodrigo, traicionándole al retirarse y dejando desprotegidos los flancos del
ejército, ante el asombro de los partidarios del monarca. El centro del
ejército de Rodrigo resistió cuanto pudo, pero al final cedió. Los seguidores
de Agila, en un momento determinado, abandonaron la batalla y provocaron,
directa o indirectamente, la derrota de Rodrigo. Murieron muchos nobles,
incluso el propio Rodrigo, aunque este dato no es completamente seguro. Tariq
completó esta victoria con una segunda en Écija, rematando a la nobleza goda.
Aunque antiguamente los reyes se llevaban sus tesoros a la batalla, no es
probable que Rodrigo llevara el tesoro real en su séquito. No obstante, Tariq
debía creer que el tesoro viajaba con ellos y que sería transportado a Toledo.
El mismo mes de julio del 711, Tariq dejó a sus lugartenientes en puntos estratégicos
(Málaga, Granada y Córdoba) y llegó a Toledo".
Leyendo esto uno se pregunta si uno no está leyendo
un chiste de pulgarcito. ¡¡7000 soldados de infantería contra 40.000, entre
éstos la caballería, y este ejército hispano compuesto de guerreros acostumbrados
a la guerra; más aún, dirigidos por semibárbaros nacidos en la tradición
guerrera más salvaje y pura, la Visigoda, contra 7000 soldados de a pie...y son
derrotados a campo abierto...porque alguien abandona el escenario!! Yo creo que
los cronistas antiguos, contrariando lo que dije antes, no mintieron, sino que
los historiadores no les creyeron, y como los invasores venían de misión divina
y querían fundar su victoria en el mandato de su divinidad, jugaron con los
favores celestiales para engrandeciendo el poder de su dios basar la
legitimidad de su victoria no en los 100.000 sino en el brazo del dios de los
invasores. Imponiendo ellos la ley impusieron el mito, negando a los cronistas
y confundiendo a los historiadores. Porque si 100.000 fueron, la Invasión venía
ya de la Cruzada del Islam que empezara en Arabia un siglo atrás y siguiendo su
lógica le tocaba asaltar Europa irrumpiendo por Hispania, cosa imposible hasta
entonces pero abierta a la oportunidad a causa de las Cosas de Palacio. Como esto
era mala propaganda que debilitaba su victoria por el favor de su dios y podía
unir a los vencidos en una batalla desesperada final, los cronistas fueron
aniquilados y los mitólogos entraron en acción para hacer de la Victoria un
designio de la Voluntad de Alá. El hecho militar en su más puro contexto no
admite la mitología y se alza contra los historiadores que hicieron del mito su
fuente en detrimento de los cronistas antiguos, que por antiguos estuvieron
presentes en el desarrollo de la Batalla de Guadalete. En las Pendencias que
siguen veremos la idiotez del historiador hispano del Posimperio y la siembra
de su antiespañolidad en la cátedra de Historia de Hispania Medieval como
puerta hacia la Academia. Y seguimos.
El Moro siguió hacia el Norte -se entiende que sin
perder un sólo hombre en la Batalla del Guadalete-, y camino de Toledo hicieron
su camino los Moros de Tariq sin comer ni beber ni despojar siquiera al
ejército vencido. Tal es la idiotez que se le supone al lector hispano. Cuando
milagrosamente sin caballería - pues Tariq no trajo caballos y sólo 7000
peatones en armas. y después de no haber perdido ni un sólo peatón en la
Batalla- Tariq alcanza Toledo, la ciudad, sin siquiera ofrecer un amago de
resistencia se entrega al que viene en nombre de su dios en misión de paz. Allí
-se cuenta el cuento- se encontró con Oppas, hermano del ex-rey Witiza, posible
señal de que Agila ya había sido proclamado en Toledo donde el clero le era
favorable, pero... ojo al parche... de donde el arzobispo Sindredo - que no
debía formar parte del clero, jejeje, partidario de Rodrigo, salió corriendo
hacia Roma. Y el malicioso que cuela esta crónica pendeja en la Red Hispanapero
firma el escándalo diciendo que si por causa de la toma de poder por parte de
los witicianos o de los musulmanes no se sabe, lo que sí se sabe es que el
arzobispo salió huyendo, abandonando su rebaño al lobo. Ya en Toledo, Tariq
reclamó su paga y decidiçó quedarse en la ciudad, aunque las autoridades no
llegaban a creyerse lo que estaba sucediendo. Y, según parece, cobardes de
naciiento los Castellanos en luygar de expuilsar de sus dominios a quien ya
había terminado su trabajo agacharon la cabeza, se bajaron los pantacas y se
sometieron al Invasor, pues tal era el designio de Alá. Y siendo tal, Tariq
decidió quedarse en la capital del reino y esperar instrucciones de Musa. Tenía
fuerzas suficientes como para no ser atacado dentro de la ciudad y los
witicianos no se atrevían a romper las relaciones ya que el poder de Agila no
estaba suficientemente consolidado y una ciudad amurallada era difícil de tomar
mediante un ataque del exterior -concluye esta parte de su crónica pendeja el
autor de esta memoria para un pueblo sin memoria, el Hispano Visigodo. O sea,
que la ciudad estaba amurallada y era de difìcol conqiista, y si embargo el
Moro la ocupa, se mete en el corazón del país enemigo, donde se supoine las
almas contaban más de un mill´`on de cristianos, y este millòn se queda
perplejo ante eun ejército de 7000 de a pie capaz de vencer a 40.000 con sus
caballos, no perder un sólo pie y hacer su camino desde el sur al centro sin
perder un sólo dedo en el trayecto, Hispania entera abri`´endole las pueras al
Moro Tariq, entregándole su grano y sus hembras sin siquiera abrir su boca para
decir, oiga, que esta boca es mía. Crónica que tiene su verdad si asumimos que
los moros de Tariq eran santos, no necesitaban despojar para comer, ni saquear
para sobrevivir, ni violar para fornica. Y además ni morían. Con 7 más 5 entró
en Hispani y con 5 más 7 se plantó en Toledo Tariq. Lo que viene es ya para
alobados de vocación intacta.
En el 712, Musa, acompañado de su hijo Abd al-Aziz y
un ejército de 18.000 hombres, cruzó el Estrecho, y ocupó Medina-Sidonia,
Carmona y Sevilla, para, seguidamente, atacar Mérida, que resisitió el sitio a
la ciudad un año, cayendo el 30 de junio del 713. Desde Mérida, Musa se dirigió
a Toledo, donde se reunió con Tariq. Musa no se detuvo y avanzó hacia Astorga y
Cantabria sin encontrar resistencia. En el 714 Musa y Tariq tomaron Zaragoza, y
avanzaron hacia Lérida, donde se separaron. Musa se dirigió a Asturias para
tomar León, Astorga, Zamora y continuar hasta Lugo. A su regreso a Sevilla,
Musa fue llamado a Damasco por el nuevo califa Solimán, para rendir cuentas.
Antes de partir, como si de bienes propios se tratasen, en vez de ser de la
Comunidad islámica, Musa repartió el gobierno de los diferentes territorios que
administraba entre sus hijos: Abd al-Aziz como gobernador de al-Andalus; Abd
al-Malik (también llamado Marwan), de Ceuta, y Abd Allah, que era el mayor, de
Ifriquiya. A finales del 714, Musa, acompañado de Tariq, partió para Damasco.
En Damasco, Solimán condenó a muerte a Musa por el delito reincidente de
malversación. La pena se le conmutó por el pago de una considerable suma, pero
no se le permitió regresar a al-Andalus. Poco después fue asesinado en una
mezquita de Damasco, hacia el año 716, algunas fuentes afirman que hacia el
718.
¿Estamos tontos? Un ejército se mueve por la
Península arrasándolo todo y no cuenta ninguna baja, ni aún cuando durante un
año tiene que sitiar una ciudad poderosa en armas, como Mérida. Y sigue sin
perder un sólo hombre desde Mérida a Toledo, desde Toledo a Zaragoza, y desde
Zaragoza hasta el mismo fin de la tierra. ¡Qué bonito!¿Seguimos leyenda el
cuento del Moro con botas de siete leguas en el País de Haz el Amor no la
Guerra?
714-716. Abd al-Aziz
Cuando en el 714 Musa marchó a Damasco designó a su
hijo Abd al-Aziz como gobernador de Al-Andalus. Éste se casó con Egilona, viuda
de Don Rodrigo, para intentar atraer a la nobleza visigoda. Su figura y
actuación, a pesar de su breve mandato, ha sido vista de forma muy diferente
por la historiografía. Para unos, fue un modelo de gobernante; para otros, todo
lo contrario, y lo acusan de apóstasta, con lo que justifican su asesinato.
Musa le había puesto como asesor a Habib al-Fihri,
una persona de gran prestigio entre el clan árabe que permaneció en Al-Andalus.
Como gobernante Abd al-Aziz trató de completar y consolidar la política
iniciada por su padre de afianzar el dominio musulmán en la Península Ibérica.
Para ello siempre se encontró con la dificultad de la escasez de efectivos
militares, por lo que tuvo que traer nuevos contingentes a los que prometió dar
tierras. Dicha política de reclutamiento tuvo como consecuencia diversas tensiones
económicas y sociales entre los primeros conquistadores que acompañaron a Musa
a la Península y que aquí se quedaron, pues debían repartir sus ganancias y
bienes con los recién llegados. En su mayoría, los nuevos efectivos eran
bereberes o mawali (clientes o libertos omeyas). Estos conflictos han sido
vistos como la causa del asesinato de Abd al-Aziz, promovido por el clan árabe
dirigido por Habib al-Fihri, su asesor.
Para conseguir más fácilmente el dominio musulmán en
la Península, Abd-al-Aziz siguió una política de pactos o tratados, mediante
capitulaciones, con los mandatarios visigodos. Esta política fue la más
frecuente y generalizada. Uno de los tratados mejor documentados -recogido por
diversos autores como al-Dabbi, al-Razi, al-'Udri y al-Himyari- fue el que hizo
(abril de 713) con Teodomiro, mandatario visigodo de la zona suroriental de la
Península -Orihuela, Mula, Lorca, Alicante, Elche, Balantala y Ello-. En él y
entre otras catorce importantes y significativas disposiciones, se le permitía
a Teodomiro poder seguir gobernando en dicha zona tras la conquista. A finales
del 714, al conocerse la renuncia a la corona del rey Agila II, los visigodos
aliados se rebelaron y proclamaron rey a Ardón. Abd al-Aziz intentó que
obedecieran al Califa en el 715, pero al no conseguirlo decidió conquistar
militarmente la Tarraconense nororiental y la Septimania. Pero antes de
conseguir reunir el ejército que tenía que marchar a la zona fue asesinado en
la primavera del 716. Fuentes cristianas achacan su muerte a una orden directa
del califa de Damasco, Solimán, al ser denunciado por haberse convertido al
cristianismo a instancias de su esposa. Tras su asesinato, fue sucedido
interinamente por Ayyub Habib. Éste era hijo de una hermana de Musa, y por
tanto primo hermano del asesinado. Al cabo de seis meses de interinidad, fue
sustituido por el nuevo valí.
716-719. Al-Hurr. Caída de Barcelona
Al-Hurr fijó la capital en Córdoba. En la primavera
del 717 inició la campaña anual, marchando contra la Tarraconense Oriental
donde algunos magnates godos se sometieron con rapidez. Remontó el Ebro y
sometió diversas ciudades, entre ellas Pamplona. Parece ser que en el 718
volvió a marchar contra los godos de la Tarraconense. El historiador Al Maqqari
afirma que Al-Hurr conquistó Barcelona y que también fue él quien atacó y
destruyó Tarragona, cosa que obligó a huir al obispo san Próspero a Italia.
Otros historiadores se inclinan por atribuir este hecho a Musa en el 713. Fuera
como fuese, los magnates godos leales al rey Ardón huyeron hacia Septimania o
hacia Ifrandj, nombre que los árabes daban al reino de los francos, donde
fueron conocidos como hispani. Los hispani tuvieron después un importante papel
en el establecimiento del dominio franco en sus regiones de origen al sur de
los Pirineos. En la primavera del 719 Al Hurr fue substituido y ocupó el cargo
Malik, enviado directo del califa.
720. Caída de Perpiñan y Narbona.
Ardón se retiró hacia Narbona para seguir la
resistencia contra los musulmanes y quizás restaurar el Reino Visigodo de
Oriente, cuyos cimientos había establecido años antes el duque Paulo, pues
justamente fueron las mismas ciudades que apoyaron a Paulo las que ahora
apoyaron a Ardón. Este duque Paulo fue enviado a Narbona por Wamba para sofocar
la rebelión del duque Ilderico, quen con el apoyo de algunos del clero de la
Septimania se declaró rey. Paulo lo depuso y se declaró a su vez rey. Wamba se
mosqueó y salió contra el duque Paulo, al que derrotó y arrastró por las calles
de Toledo coronado con una raspa de pescado, según los chismes de la corona.
Narbona recibe con los brazos abiertos al fugitivo rey Ardón y se organizan las
primeras partidas de guerreros dispuestas a hostigar intermitentemente a los
invasores musulmanes, pero el 720 Malik logró apoderarse de la ciudad y
establecer en ella un waliato islámico, sometiendo a los condes godos de la
Septimania y deponiendo a Ardón. A mediados del 719, Malik cruzó por vez
primera los Pirineos. Atacó Narbona, que resistió. Pasó ese invierno en la provincia.
Al año siguiente, continuó con el ataque y conquistó finalmente Narbona, donde
los defensores fueron pasados a cuchillo. Y estableció en la ciudad una
guarnición. Las ciudades vecinas de Beziers, Lodeve, Agde y Magalona se
sometieron o fueron tomadas en las siguientes semanas, aunque Nimes resistió.
Malik partió con destino a Carcasona. Las murallas de esta ciudad ofrecían la
perspectiva de una larga resistencia. Lo dejó y avanzó hacia Tolosa. Malik puso
asedio a la ciudad, por entonces la ciudad Aquitana más importante. El duque
Eudes de Aquitania se vio forzado a solicitar ayuda, y regresa tres meses más
tarde justo cuando la ciudad estaba a punto de rendirse y caer en manos de los
musulmanes, el 9 de junio del 721. Tras un sitio de al menos dos meses, justo
antes de la Caída de la ciudad llegaron las fuerzas reunidas por Odón, que le
derrotaron. Malik murió en combate el 10 de junio del 721, en la que ahora se
conoce como la Batalla de Tolosa. Los soldados proclamaron en el mismo lugar de
los hechos nuevo valí
721-722. Anbasa
"El Saqueador"-título con el que se le
conocía al nuevo Caudillo Musulmán- gozaba de una gran simpatía entre sus
soldados, pues siempre repartía el botín. Su primera decisión fue poner a
resguardo los restos del ejército de Narbona, cosa nada fácil ya que la
retirada estaba cortada por la fortaleza de Carcasona. Su superior, Bishr ibn
Safwan, una vez se enteró de los acontecimientos, ratificó su posición. Sin
embargo las mismas simpatías que le tenía el ejército le crearon numerosos
enemigos en la corte, y las envidias llevadas a la política le impidieron
rehacer el ejército para preparar un nuevo ataque contra Francia. Por estas
razones en agosto del 722 se nombró un nuevo valí, cargo que recayó en Anbasa.
Nombrado en agosto de 722 como sucesor del
Saqueador, los tres años siguientes Anbasa envió expediciones contra la
Septimania, algunas bajo la dirección del propio Saqueador, pero éste no
consiguió someter Carcasona ni Nimes dada el vicio que le tenían sus soldados
al botín; los sacrificios requeridos por un largo asedio no figuraban en orden
del día. Desde su nombramiento, Anbasa dobló los impuestos a los cristianos y
ordenó confiscaciones a los judíos, lo que provocó el descontento e incluso
algunas revueltas. En el 722, un noble que no quería pagar los impuestos -¡que
raro!- huyó a la montaña junto a un grupo de fieles. A la patrulla que le
mandaron para que le capturaran la atrapó en una emboscada y no dejó ni uno.
Enseguida se extendió el rumor de una gran victoria y de la intervención divina
en la batalla, lo que hizo que más montañeses se unieran a los sublevados,
extendiéndose la rebelión. El duque Pedro de Cantabria, que, seguramente,
gobernaba la región como vasallo, también se añadió a la revuelta; al año
siguiente, el 723, se sublevaron los vascos y en el 724 la región de Aragón.
722. Batalla de Covadonga
Gobernaba el norte peninsular desde León un bereber
llamado Munuza, cuya autoridad fue desafiada por los refigiados hispanos en los
montes astúres. Reunidos en Cangas de Onís, en el 718 bajo el liderazgo de
Pelayo, tomaron la decisión de rebelarse negándose a pagarle impuestos al Moro.
Tras algunas acciones de castigo a cargo de tropas árabes locales, Munuza
solicitó la intervención de Córdoba. Aunque se restó importancia a lo que
estaba sucediendo en el Norte, el emir Anbasa envió al mando de Al Qama un
cuerpo expedicionario sarraceno que en ningún caso alcanzaría ni remotamente la
fabulosa cifra de 180.000 hombres dada por las crónicas cristianas (resulta
claramente una cifra dada por la propaganda de guerra -y volvemos a lo mismo,
los historiadores negando a los cronistas-). En cuanto a las fuerzas de Pelayo,
la historiografía reciente no las cuantifica en más de 300 combatientes (¡El
Paso de las Termópilas Hispano!). Con ellas se aprestaron a esperar a los
musulmanes en un lugar militarmente estratégico, como lo es el angosto valle de
Cangas de los Picos de Europa, cuyo fondo tapona el monte Covadonga, donde un
atacante no dispone de espacio para maniobrar y pierde la eficacia que el
número y la organización podrían otorgarle. Allí, en el 722, se produjo la
batalla (para muchos, una simple escaramuza, sin embargo un ejército fue
aniquilado, obligando a Munuza a escapar de Gijón, donde se encontraba en ese
momento, cosa que no logró, dado que a él y sus tropas encontraron sepulcro
intentado escapar, posiblemente junto al río Trubia). La batalla enfrentó al
ejército de Al Qama contra la guerrilla hispana de Pelayo, un centenar de cuyos
hombres se había ocultado en la célebre cueva de Covadonga y pudo actuar por
sorpresa contra los desconcertados enemigos. Al Qama halló la muerte en este
lance, mientras que sus tropas sufrieron grandes pérdidas en su desordenada
huida al caer bajo el peso de un corrimiento de tierras cerca de Cosgaya en
Cantabria, según cuenta la leyenda. Escaramuza sin importanbcia, según quieren
hacer algunos creer, que, con todo, siendo sin importancia, hizo que pusiera
pies en polvorosa el Caudillo de la zona. Mucha escaramuza hubo de ser la que se
dio a los pes del Covadonga- digo yo.
722-730
En esa época había también conflictos políticos
derivados de la muerte del Califa Yazid o Yezid I y la sucesión de su hermano
Hisham I. Finalmente en el 725 Anbasa asumió personalmente el mando y partiendo
de Narbona se dirigió a Carcasona, consiguiendo rendirla. También se rindió
Nimes. Como consecuencia miles de refugiados hispanos pasaron al reino de los
francos. El 726 Anbasa volvió a atacar, pero murió en combate.
Le sucedió Abd al-Fihri, quien tras uno o dos meses
en el cargo fue sustituido por un gobernador nombrado por el valí de Francia.
Fue sucedido por Salama al-Kalbi, que permaneció en el cargo hasta el 728. Su
sucesor Hudhaifa al-Qaysi fue un visto y no visto, tanto que ni se sabe de qué
o dónde la palmó (728). Uthman ibn Abi, idem de idem. (728-729). Al-Haytham,
otro que no supo bailar el ultimo hit (729-730). Y del siguiente Muhammad Abd
Allah (730) nada de nada.
Y asi fue cómo volvió a la gloria el famoso general
del que todo el ejército era un fan apasionado por su desprendimiento a la hora
de repartir el botin, y hasta diría uno que el misterio de tanto reyezuelo tuvo
en la lógica de su vuelta su más íntimo secreto. Los hechos avalan la tesis.
Nada más ser nombrado jefazo Al Gafiki salió corriendo hacia Asturias y no paró
hasta saquear en el 732 el monasterio de San Martín de Tours. El rey perfecto.
Pero cometió un error, que le costaría la vida. Echarle un pulso a Carlos
Martel, contra el que murió en la batalla de Poitiers, octubre del 732.
732. La batalla de Poitiers
Recordemos que los musulmanes habían sometido
fácilmente Septimania, y establecido Narbona como su capital (denominándola
Arbuna). Viva aún la cuestión católico-arriana los musulmanes aprovecharon esta
división para otorgando condiciones honorables a los arrianos, usarlos como
plataforma desde donde preparar el asalto contra las Galias de los Francos
Católicos. Por algún tiempo esta política les dio sus resultados. Hasta que el
Duque Odón de Aquitania (también conocido como Eudes el Grande) derrotó a
corazón abierto un importante ejército musulmán en la Batalla de Tolosa. Fue un
golpe decisivo contra el poder creciente del Saqueador. Pero las razias
musulmanas continuaron, llegando en el 725 a alcanzar incluso la ciudad de
Autun, en Borgoña; tras lo cual el Moro regresó al sur. Amenazado por los dos
costados, los moros al sur y los francos al norte, el Conde Eudes se alió en el
730 con Uthman ibn Naissa, el emir de la que más tarde sería Cataluña. Eudes le
dio su hija Lampade en matrimonio para sellar la alianza, y las razias árabes a
través de los Pirineos (la frontera sur de Eudes) terminaron. Aun así, al año
siguiente Uthman se sublevó contra el Saqueador, obligando a éste a salir del Sur,
batir al rebelde y aprovechar la distancia para atacar al Conde Eudes. Punto en
el que nos encontramos siguiendo su paso por el no menos famoso y mítico Paso
de Roncesvalles. Según una fuente árabe no identificada, «el ejército del
Saqueador pasó por todas partes como una tormenta devastadora». El duque Eudes
reunió su ejército en Burdeos, pero fue derrotado y Burdeos saqueada. La
matanza de cristianos en el río Garona fue especialmente terrible. Según las
crónicas de Isidoro Pacense sólo Dios conoce el número de muertes. Las tropas
musulmanas procedieron entonces a devastar totalmente aquella parte de la
Galia, y sus propias crónicas afirmaron que:
«Los creyentes atravesaron las montañas, arrasaron
el terreno abrupto y el llano, saquearon hasta bien adentro el país de los
francos y lo castigaron todo con la espada, de forma que cuando Eudes trabó
batalla con ellos en el río Garona, huyó».
Eudes pidió ayuda a los francos, una ayuda que
Carlos Martel sólo le concedió después de que Eudes aceptara someterse a la
autoridad franca. La derrota de Eudes le dio a Carlos Martel una oportunidad
ideal para atacar . El Saqueador, para comprar el factor sorpresa, avanzó hacia
el norte en dirección al río Loira, el motivo, según la Crónica de Fredegar,
las riquezas de la Abadía de San Martín en Tours, la más prestigiosa y sagrada
de aquel tiempo al oeste de Europa. Carlos Martel que había congregado todo su
ejército, unos 15.000 a 75.000 veteranos, marchó hacia al sur.
Carlos situó su ejército en un lugar por donde debía
pasar el ejército invasor. Ya en el cara a cara durante seis días los dos
ejércitos se vigilaron y midieron sus fuerzas de hombre a hombre. La batalla
empezó al séptimo día. El Moro confió en la superioridad táctica de su
caballería, y la hizo cargar repetidamente. Sin embargo, esta vez la fe de los
musulmanes en la caballería que les había dado la victoria en batallas
anteriores, no estaba justificada. En una de las raras ocasiones en las que la
infantería medieval resistió cargas de caballo, los disciplinados soldados
francos resistieron los asaltos, pese a que, según fuentes árabes, la
caballería árabe consiguió romper varias veces el exterior del cuadro franco.
Según la fuente franca la batalla duró un día,según la fuentes árabe, dos.
Cuando se extendió entre el ejército árabe el rumor de que la caballería franca
amenazaba el botín que habían tomado en Burdeos, muchos de ellos volvieron a su
campamento. Esto le pareció al resto del ejército musulmán una retirada en toda
regla, y pronto lo fue. Mientras intentaba frenar la retirada el Saqueador fue
rodeado y cayó muerto. Al día siguiente, cuando los musulmanes no volvieron a
la batalla, los francos temieron una emboscada. Sólo tras un reconocimiento
exhaustivo del campamento musulmán por parte de los soldados francos se
descubrió que los musulmanes se habían retirado durante la noche. El ejército
árabe se retiró al sur, más allá de los Pirineos. Carlos se ganó su apodo
Martel (martillo) en esta batalla. Continuaría expulsando a los musulmanes de
Francia en los siguientes años y volvería a derrotarlos en las batallas del río
Berre y Narbona.
732-741. Al-Saluli
Abd al-Malik fue nombrado nuevo valí. La derrota de
Poitiers impedía proseguir las algaradas en el norte, pero sólo de manera
temporal. No ponía fin al poder musulmán, ni podía evitar futuros ataques.
Malik organizó una nueva expedición en el año 733 y las tropas árabes se
dirigieron desde Narbona hasta el Ródano y remontaron este río efectuando
saqueos en la región.
El 734 Malik intentó ocupar Pamplona, donde era
probable que se hubiera establecido un cuerpo de francos de apoyo, destinado a
prevenir nuevas incursiones hacia Aquitania como la del 732. El ataque a la
ciudad fracasó. Una parte del ejército árabe se ocupó del asedio y el resto
prosiguió su avance hacia el norte y pudieron atravesar los Pirineos y entrar
en Gascuña, dónde obtuvieron al menos una victoria, pero donde acabaron
completamente derrotados por una fuerza militar integrada exclusivamente por
vascones. Malik salvó la vida y pudo volver a Al-Andalus.
Dos años después fue destituido y sustituido por un
nuevo valí, Al-Saluli. Éste, musulmán recto y piadoso, ordenó el fisco andalusí
y consolidó la autoridad y el control sobre todo Al-Andalus. Tras obtener una
victoria en Asturias (735), la primavera del año siguiente se dirigió hacia la
Frontera Superior, la antigua provincia Tarraconense, y vía Zaragoza llegó a
Pamplona. Los líderes locales y los francos huyeron ante la entrada de los
árabes. Como tierra sometida por la espada, una quinta parte de las tierras de
la región pasaron al tesoro público y el resto se repartió entre los musulmanes
que habían tomado parte en la campaña. Se estableció una guarnición musulmana
en la ciudad, para la cual se designó un gobernador o valí, con autoridad sobre
toda la comarca. Pamplona permaneció en poder de los árabes hasta el 740.
Estando asediada Narbona por los francos, envió a esta ciudad un ejército que
la liberó del asedio. Más adelante, en el 737, fue derrotado por Carlos Martel.
En el 740 se trasladó al norte de África para intentar recuperar Tánger,
ocupada por los bereberes a quienes infligió grandes derrotas aunque sin
vencerlos completamente. Vuelto a Al-Andalus, en el 741, y sintiéndose cerca de
la muerte, designó (o fue obligado a designar), como sucesor al mismo a quien
él había sustituido como valí.
742-746. Malik y los Sirios
Malik volvió al cargo en el 741. En ese momento, la
sublevación bereber del Magreb se había extendido a Al-Andalus, y Malik la hizo
frente con la ayuda de las tropas sirias de Balch al-Qushayri; sofocada la
rebelión Balch al-Qushayri lo destituyó y se hizo proclamar valí por sus
propias tropas. Malik fue encarcelado en Córdoba y ajusticiado ese mismo año, a
raíz de un problema con unos rehenes sirios en Algeciras, por un sobrino de
Balch ibn Bishr. Éste, una vez eliminado Malik, se ganó la enemistad de los
árabes instalados en Al-Andalus desde los días de Musa y Tariq. La guerra civil
en el aire crió tormenta y ahogó en sangre los campos de Córdoba. A causa de las
heridas el vencedor sirio no pudo gozar la victoria y vivió como si anduviese
muriendo una derrota. Las tropas sirias nombraron por sucesor al colega sirio,
Salama al-Amili, quien apenas si le cogió gusto al trono, y hubo de pasárselo
frío a su sucesor.
743-745. Abul-Jattar
EL PROBLEMA TRIBAL: QAYSIES Y KALBIES FRENTE A
FRENTE
Aprovechando el descontento que causó la
confiscación de las tierras por los sirios a favor de los sirios, después de la
Batalla de Aqua Portora, Abul-Jattar se puso al frente y consiguió imponerse a
los sirios; si bien en lugar de expulsarlos prefirió establecerlos en
territorios del sur y sureste peninsular, según la siguiente distribución: el
clan de Qinnasrin, en Jaén; el de Egipto, en Beja y Todmir; el de Palestina, en
Sidona; el de Hims, en Sevilla; el del Jordán, en Rayya, y el de Damasco, en
Granada. Y dice el Cronista:
Los sucesos de orden socio-político y aun militar
que tuvieron lugar en al-Andalus entre las reformas de Abul-Jattar y la llegada
del marwaní Abderramán hay que contemplarlos, para su comprensión, dentro del
marco de las estructuras tribales y clánicas de los árabes, tanto baladíes como
samyyun. En el centro del conflicto, el intento fracasado de Yusuf al-Fihrí de
constituir un Estado propiamente andalusí apoyándose en el funcionamiento de la
asabiyya o espíritu de tribu, puso de manifiesto que este medio social pudo
actuar como caldo de cultivo.
La primera chispa de esta gran revuelta social iba a
estallar en el sur de al-Andalus cuando Abul-Jattar, motivado por la asabiyya
yemení, atizada a su vez por la hostilidad de un jefe qaysí, al-Sumayl, acabó
con unos comienzos tranquilos que tuvieron la virtud de apaciguar y disimular
las querellas entre baladíes y sirios.
Al Sumayl, llegado con el chund de Qinnnasrin y con
un rico patrimonio en la zona de Jaén, pasó a ser el jefe reconocido de los
árabes del norte, no dudando en sellar una alianza con algunos grupos
descontentos de yemeníes, con ayuda de los cuales combatió e hizo prisionero a
Abul-Jattar. Se nombró nuevo gobernador en la persona de Tuwaba Salam
(745-746), bajo la tutela de al-Sumayl, que lo era de hecho.
El gobierno pro-qaysí se vio prolongado a la muerte
de Tuwaba al proponer al-Sumayl como nuevo gobernador a Yusuf al-Fihrí
(746-756), descendiente del conquistador del Norte de Africa, Uqba ibn Nafi, y
aureolado de cierta fama, que fue el último walí dependiente de Damasco. Pero
liberado Abul-Jattar, consiguió formar una gran coalición yemení contra la
autoridad de Yusuf al-Fihrí y su cerebro gris, al-Sumayl, con la consiguiente
reagrupación de los clanes en torno a los dos grandes grupos tribales.
746-756. Yusuf al-Fihrí
Yusuf al-Fihri, último Valí del Al-Andalus omeya
(711-756), y segundo gobernador de la rama andalusí de la dinastía Fihri
magrebí (descendiente de Uqba al-Fihri, conquistador de la antigua provincia de
África del Imperio Bizantino) instaurada por su padre Abd al-Malik al-Fihri
(valí 732-[[734], 741]), y con ocasión de su refugio en Al-Andalus debido a la
rebelión bereber en el Magreb, después de las derrotas de los ejércitos árabes
(740 en el río Chelif y 742 en el río Sebu), se apoyó en los restos del clan
sirio encabezado por el liberto Baly al-Qusayr, y se hizo con el control de la
situación apoyado por los árabes yemeníes al morir el emir Al-Saluli (que lo
había designado sucesor), no siendo confirmado sin embargo por Handhala ibn
Safwan, valí de Qayrawan, que en el 743 envía al emir Abu al-Kalbi para
recontrolar Al-Andalus.
El enfrentamiento directo se produjo a las puertas
de Córdoba, cerca de la alquería de Saqunda (747), obteniendo el triunfo el
grupo pro-qaysí de Yusuf al-Fihrí y al-Sumayl y los yemeníes siendo puestos en
fuga. Quiso entonces el wallí desembarazarse de la influencia de Al-Sumayl y le
envió (750) a la Marca Superior, a Zaragoza, zona de población preferentemente
yemení, como gobernador, en un momento en que un grave problema de
subsistencias, la gran crisis de los años 746 al 753, causaba verdaderos
estragos entre la población del territorio. Al-Sumayl mostróse como un
excelente gobernante, acudiendo, con su propio peculio, en ayuda de todos los
musulmanes sin tener en cuenta su adscripción a uno u otro grupo. Sin embargo,
pasada la crisis, los yemeníes reaccionaron contra Al-Sumayl y el gobierno
central de Córdoba y, coaligados con los bereberes, le atacaron y sitiaron en
Zaragoza. Al-Sumayl vióse obligado a invocar de nuevo la asabiyya, a pedir
ayuda a los qaysíes de Jaén y Granada, quienes marcharon a levantar el bloqueo
de la ciudad. Es de notar que a este grupo se sumaron algunos clientes omeyas
con la intención de negociar con Al-Sumayl los derechos del príncipe
Abderramán, dispuesto a desembarcar en Al-Andalus y reconstruir aquí, para su
familia, el Estado perdido en Oriente.
Primeras Concluciones contra el Mito de la Conquista
Incruenta de Hispania Visigoda por el ejército de los Inmortales de Tariq
Aunque hemos visto un enjambre de batallas y miles
de kilómetros recorridos de arriba para abajo, de lado a lado, de abajo para
arriba, en círculos, en saltos y haciendo incluso piruetas, no hemos recorrido
sino cuatro escasas décadas. Muchas y grandes ciudades amuralladas cayeron,
grandes masacres tuvieron lugar. Y nos dicen los historiadores que este inmenso
cataclismo tuvo por protagonista un Sátrapa Moro con sus 10.000 Inmortales de a
pie, que hunden un Reino basado en la Fuerza Militar y todo esto sin perder un
sólo hombre, sin someter a un terrible saqueo y pillaje, con las
corespondientes matanzas y violaciones, a la población hispana. Sería la
primera vez en toda la Historia de la Humanidad que un ejército irrumpe en las
fronteras de un paìs y no somete a la población y sus recursos al pillaje, el
saqueo, la masacre y la destrucción de todos sus medios de subsistencia y
oposición. Y pues que esta primera vez jamás tuvo lugar tragarse la bola de los
historiadores y despreciar el pan de los cronistas, que situaron el ejército
invasor en una fuerza no inferior a 180.000 guerreros, equipados hasta los
ojos, con sus poderosos caballos de guerra sedientos de acción, no es de cajón,
es de tontos. Una ola invasora, ni más mala ni menos que las demás que se han
sucedido a lo largo y ancho del planeta durante los siglos de los siglos, pero
una ola de exterminio que venía a quedarse, y por tanto tenía que arrasar la
fuerza de la juventud guerrera del pais invadido, era la que dirigió Tariq. La imagen
para tarados que intenta comparar el asalto de Tariq con Cortés, cuando quema
sus barcos, es propaganda musulmana. Tariq ya había tanteado las costas, y
había tenido tiempo para formar un ejército abigarrado y extasiado con la
conquista de una Hispania que vivía en estado de guerra civil, y cuyos
ejércitos estaban ocupados en el Norte contra los Vascos, siempre tan
pendencieros y tan antihispanos como para unirse a los invasores, aún a costa
de cavarle a su propia libertad la fosa. Era la ola musul,ana que a finales del
siglo séptimo se avalanzó sobre Africa y Asia y por donde quiera que pasó
ningún aliento de vida podía respirar sin el permiso de Alá y su Profeta. El
historiador hispano antivisigodo le hizo creer a los Españoles del
Pos-Imperioque la Invasión de Hispania fue un hecho fortuito, realizado por una
banda de sin zapatos equinos que se encontró el boleto de la lotería y el
premio era la Península. Parece ser según los tales que el caballo árabe no es
árabe. Y que los árabes del siglo VII y VIII llegaron a la India descalzos y
sin derramar sangre. Siguiendo cuyo cuento de las mil y una noches para
alobados esa ola conquistó, exceptuando el Guadalete, haciendo el amor y no la
guerra. y la población de Hispania se bajó los pantacas y las faldas y se
entregó a la orgía musulmana de la Felicidad Coránica en nomnbre de la Paz
Universal, bla bla bla. ¡Una tropa de uos 10 ó 12 mill soldados de ésos que no
tienen nombre y son la carne de cañón de todas las guerras conquista Hispania y
hace temblar el Imperio d elos Francos! Es evidente que hay que ser un
verdadero imbécil, intelectualmente hablando, para afirmar este absurdo, máxime
conociendo a nuestros queridos vecinos los Fran cosde las Galias merovingias.
La primera conclusión final es que la Invasión fue una Invasión en toda regla y
no menos de 180.000 máquinas de guerra, aprovechando la situación de las Cosas
de Palacio, pisaron Hispania, asolaron, saquearon, masacraron y violaron la
juventud y las ciudades de la Península desde Andalucía a Cataluña y desde
Cataluña a Galicia. Y lo otro, el cuento de los historiadores de las Real
Academia Española, que se lo coman ellos con papas. Hasta
aquí esta Primera Sección de las Crónicas Pendencieras.