AL-HAKAN I
Los
sucesores de Abderramán, Hisham I (788-796) y Al-Hakan I (796-882), van a
consolidar el Emirato, y lo van a hacer en base a esfuerzos realizados en dos
direcciones:
La
Política Exterior y La Política Interior:
La
Política Exterior destinada
a contener y controlar la resistencia cristiana.
En
722 se produce la batalla de Covadonga en la que D. Pelayo vence a una patrulla
árabe. Los musulmanes menosprecian a este grupo (“30 asnos salvajes”), pero
tras Favila, ya con Alfonso I, se va a consolidar la resistencia astur,
controlando una franja de territorio, desde Galicia al País Vasco. Esto sí que
preocupa ya a los musulmanes.
Los
musulmanes ponen en marcha una serie de medidas para controlar la resistencia
cristiana, fundamentalmente:
1. Consolidación de la frontera del norte: La organización del territorio
musulmán, estaba basada en una serie de provincias o “coras”. Algunas provincias
fronterizas, “marcas”, tenían una organización especial en que el poder militar
y civil estaban en las mismas manos. Se crean tres marcas:
Marca Superior:
Con capital en Zaragoza.
Marca Media: Con
capital en Toledo.
Marca Inferior:
con capital en Mérida.
Cada
marca dispone de una red de fortalezas con tropas acantonadas que constituyen
la primera línea de defensa. Estas defensas, no obstante, no solían ser ni muy
sólidas ni muy eficaces.
La
base de la defensa militar era el ejército de Córdoba, preparado para
desplazarse a los puntos de conflicto.
2. Expediciones de castigo o “Aceifas” (verano). Se llevaban a
cabo entre primavera y verano ya que en este tiempo había cosechas en el campo
para alimentar a la tropa o, si eran cristianas, para destruirlas.
Este
tipo de expediciones fueron iniciadas por Hisham I.
Las
aceifas tienen dos itinerarios: la costa atlántica y el valle del Duero. No
iban por la submeseta del Duero porque ese territorio se había despoblado.
La Política Interior,
también
dirigida en dos sentidos:
Consolidar la unidad religiosa y suprimir la disidencia de muladíes y mozárabes.
Dentro del mundo islámico tiene una
importancia vital la doctrina religiosa. El Corán y la Sunna son las fuentes de
doctrina religiosa y de derecho islámico. Controlar las creencias de los
súbditos era muy importante para los gobernantes. Hisham I trató de imponer una
doctrina oficial sólida.
Dentro
del Emirato habían surgido varias escuelas. Hisham I elige la llamada “escuela
malequí” que era la más tradicionalista de todas ellas. Defendían que
debía ser ley:
todo aquello que
estuviera expresamente revelado en los libros.
Los casos
similares a los anteriores.
Doctrinas sobre
las que hubiera unanimidad entre los juristas.
El
malequismo se impone rápidamente:
Por su simpleza.
Por ser un factor
diferenciador de los abbasíes.
Por el interés de
los doctores de la ley (“alfaquíes”) que así adquirían mucho protagonismo.
Con
esto, los emires consiguen mantener Al-Andalus alejada de las querellas
doctrinales que se daban en otros lugares y que provocaban conflictos.
Muladíes y mozárabes, a
pesar de ser dos núcleos de población muy organizados, habían quedado ajenos al
poder. En Córdoba y Toledo se van a producir una serie de choques.
Motín del arrabal de Córdoba:
La fisonomía urbana de Córdoba había cambiado notablemente desde el
gobierno de Abd-al-Rahman I. La que una vez fue un centro importante durante la
dominación visigoda, incrementaba ahora su población con la llegada de árabes
venidos de Oriente, de Ifrikiya y de los bereberes venidos del Magreb. Producto
de esto la ciudad experimentó transformaciones en su trazado urbano, además de
ampliaciones en los principales edificios. Así, en el 785 se comenzó la
reconstrucción de la mezquita, lo cual permitió dar cabida a una mayor cantidad
de fieles. Por otra parte, desde que Hisham I restituyó el puente romano sobre
el Guadalquivir, no existeron obstáculos para que la ciudad se extendiera a la
otra orilla. Fue ahí donde se formó un arrabal muy poblado, que se extendía
desde la ribera del río hasta los alrededores de una aldea vecina, Shaqunda -la
antigua Segunda-.
Este arrabal se encontraba muy próximo a la mezquita mayor y al
Palacio de los Emires -ambos a la orilla del Guadalquivir y separados por una
pequeña calle llamada Mahachcha 'uzma- por lo tanto, muchos cordobeses que
trabajaban en la sede de gobierno encontraban cómodo instalarse en aquel lugar.
También habitaban el arrabal una serie de grupos más pobres, los cuales
convivían con la aristocracia árabe. Esta situación provocó que con el tiempo
el arrabal se transformara en el centro de una oposición alimentada y avivada
por la poca flexibilidad, el carácter impulsivo y la justicia con frecuencia un
tanto sumaria del Soberano.
Existía, desde el comienzo del gobierno de al-Hakam I malestar en
todos los grupos sociales con respecto a la actitud despótica, violenta y
orgullosa que él mantenía. De ahí que un grupo de notables de Córdoba -entre
los cuales había varios alfaquíes- tramaron una conjura para derrocar al emir y
sustituirlo en el trono por Muhammad ibn al-Qasim, primo del soberano. Este
Umayya fingió aceptar y, en cambio, entregó una lista con todos los conjurados
a al-Hakam, quien el mismo día los hizo aprehender para condenarlos a morir
crucificados.
Al conocerse la sentencia, Córdoba reaccionó con gran temor, ya que
era sabida la existencia de grupos reaccionarios clandestinos, los cuales desde
ahora estarían bajo la atenta vigilancia de los espías de emir. Sin embargo,
este escarmiento no terminó con las protestas al interior del arrabal y, de
cuando en cuando, resurgían movimientos sediciosos que volvían a ser sofocados
por al-Hakam. Uno de estos se declaró en el 818, cuando una serie de alfaquíes
se mostraron insatisfechos por el poco crédito y limitación que se daba a su
poder en la corte. Ibn Jaldún establece que:" Al comienzo de su gobierno,
al-Hakam se había dedicado a los placeres, por lo que se concentraron en contra
suya las gentes cultas y pías de Córdoba, como Yahya ibn Yahya al-Layti, Talut
al-Faquh y otros más. Esta gente le negó obediencia y se le apartaron,
eligiendo como jefe a Muhammad ibn al-Qasim, que era uno de los tíos de
Hisham".
Sin embargo, los problemas no comenzaron en ese momento, sino cuando
un guardia del emir acabó con la vida de un espadero niño. Esto sucedió en el
instante en que al-Hakam I había salido a cazar. Cuando regresó encontró en
Córdoba una gran muchedumbre pidiendo su destitución y dirigiéndose armada al
Alcázar; ante esta situación decidió ordenar a sus jinetes que prendieran fuego
a los edificios de los arrabales. La estratagema tuvo éxito y la gente se retiró
cuando vio sus hogares en llamas. La guardia de al-Hakam persiguió a los
rebeldes y mató a más de 10.000.
Tres días duró aquella matanza, la que al-Hakam terminó por consejo de
sus secretarios, pues sus verdaderos deseos eran acabar con todo el arrabal. A
los pocos días dictó su sentencia: "Trescientos notables entre los
sobrevivientes del motín serían ejecutados y puestos en cruz; los demás
habitantes del Arrabal conservarían su vida con la condición de salir
inmediatamente de Córdoba, el Arrabal mismo sería arrasado, y su solar roturado
y sembrado".
El éxodo comenzó casi de inmediato, un grupo fue a buscar sitio a
Toledo y la mayoría decidió cruzar el mar, instalándose en las costas
mediterráneas de África, preferentemente en Fez (Marruecos). Esta ciudad era
ocupada en gran parte por beréberes, siendo la llegada de estos cordobeses un
gran aliciente para su príncipe regente -Idris II- ya que de esta forma la
ciudad se desberberizaría.
Jornada del “foso” en Toledo:
En lo que fuera antiguamente el barrio conocido como "Montichel",
por ser una de las siete colinas sobre las que se asienta Toledo, en el actual
Paseo de San Cristóbal, aconteció uno de los episodios más oscuros y sangrientos
de la historia Toledana, lo que se conoce como "Una noche toledana".
Nos situamos hacia el año 190 de la Hégira, hacia nuestro 812; gobernaba
Toledo un joven llamado Jusuf-ben-Amru, déspota y cruel con todos los
toledanos, múltiples fechorías cometía amparándose en su poder: raptaba
doncellas, y daba muerte a todo aquél que se oponía a sus terribles métodos.
Tanto era el descontento popular que un levantamiento no se hizo esperar y
los toledanos tomaron la ciudad. Una comisión de nobles advirtió al joven
gobernador de lo peligroso de la situación, pero éste, ignorando los sabios
consejos, continuó intentando defender la ciudad, enviando a su guardia
personal e intentando aplastar el levantamiento de su ciudad. Viendo los nobles
que Jusuf quedaba poco protegido, decidieron darle captura. El pueblo pidió la
cabeza del joven y éste fue ejecutado.
Los nobles enviaron noticias al Califa de la situación que Toledo había
vivido bajo el gobierno de Jusuf y de los sucesos recientes. El Califa hizo
llamar a su fiel servidor, padre de Jusuf a la sazón, y le contó el triste
final del que fuera su hijo. Amru, padre del gobernador ejecutado, pidió al
Califa que como pago a sus favores fuera enviado como nuevo gobernador a Toledo
para que, gobernando rectamente, pudiera enmendar los errores de su hijo y
recobrar el honor perdido por su familia.
El Califa confió en la palabra de Amru, y éste partió hacia Toledo. Los
toledanos lo recibieron con miedo y recelo, bien sabían que era el padre del
gobernador al que habían pedido ejecución.
Sus temores fueron infundados, ya que Amru gobernó de forma paternal y con
nobleza ante la aristocracia. Escuchaba a sus súbditos y respetaba sus
opiniones.
Pero Amru era orgulloso y ocultaba sus verdaderas intenciones. Necesitaba
ganarse la confianza de aquellos que asesinaron a su hijo. La ocasión para su
venganza se presentó un buen día que el hijo del Califa hizo una parada en
Toledo camino de Zaragoza. Amru agasajó a su invitado con un gran banquete al
que previamente invitó a todos los principales de la ciudad. El ágape se
preparó en una residencia que el gobernador se había hecho construir en la
actual zona de San Cristóbal, ya que jamás quiso residir en el Alcázar
Toledano, por los nefastos recuerdos que le traía.
Los nobles toledanos se prepararon con sus mejores galas para ir al
banquete en honor del futuro califa preparado por el gobernador. Las estrechas
calles de Toledo, apenas iluminadas por las antorchas, veían pasar el cortejo
de todos ellos acompañados de sirvientes y mujeres.
Al mismo tiempo que accedían a la residencia, la guardia personal del
gobernador, muchos de los cuáles habían servido fielmente a su hijo,
acompañaban a los invitados a un lugar apartado donde con afilados alfanjes
iban segando sus cabezas y sus cuerpos eran arrastrados a un subterráneo.
Cuenta la leyenda que, cuando Amru, padre de Jusuf y fiel servidor del
califa Al-Hakan I vió caer la última cabeza exclamó: "¡Hijo mío, ya puedes descansar
en paz, pues ya estás vengado!"
Con la llegada del alba, los toledanos pudieron contemplar con todo su
horror el espectáculo que había acontecido en la residencia del gobernador.
Cientos de cuerpos y cabezas se amontonaban con un rictus de espanto en el
patio, mientras que las de algunos, los más principales, colgaban cual pendones
de las almenas de palacio.
Una "noche toledana" significa, todavía hoy, para muchos hispano
hablantes, una noche de terror, desapacible, que infunde miedo en el alma..
Apoyado en este tipo de Politica Al-Hakan
I consiguió imponer un clima de terror adecuado para continuar con el Emirato Independiente de Al-Andalus.
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