ABDERRAMAN I (756-788)
El califato omeya acaba con el sistema de elección del califa por un
consejo de notables y da paso a un sistema puramente hereditario,
convirtiéndose de este modo los omeyas en dinastía.
De cara al exterior, los omeyas prosiguieron las conquistas de la
época precedente. Es durante este periodo cuando se dan las últimas grandes
expansiones del imperio islámico: por el oeste se conquista el Magreb,
fundándose la ciudad de Cairuán, y la Península Ibérica; por el este se acaba
de someter Irán y se hacen incursiones más allá de sus límites, hacia
Afganistán y China, donde es detenida la conquista.
En un plano de política interior, los omeyas tienen muchos enemigos.
Los alíes o partidarios de Ali, así como la rama de los jariyíes, escindida de
los alíes en Siffin, siguen muy activos en varios lugares y especialmente en el
Iraq: Basora es un foco de disidencia jariyí, empeñada en combatir a los que
llaman califas ilegítimos, mientras que Kufa sigue siendo bastión de los alíes
(más tarde llamados chiíes). Muawiya logra apaciguar la situación sobornando a
Hasán, hijo mayor y sucesor de Alí, quien había muerto en el año 661, evitando
así una nueva guerra civil. La muerte de Muawiya marca el inicio de un nuevo
conflicto, pues se abre otra vez la cuestión sucesoria. Aunque había nombrado
heredero a su hijo Yazid, esta transmisión familiar del cargo es contestada y
muchos vuelven sus ojos hacia Husayn, hijo menor de Alí. Husayn y el pequeño
ejército que le acompañaba es masacrado por las tropas del nuevo califa en la
batalla de Kerbala (680), cuando se dirigía a Kufa a ponerse a la cabeza de una
rebelión. La muerte de Husayn, personaje respetado por todos los musulmanes,
causa gran conmoción y añade material a las acusaciones de impiedad y falta de
escrúpulos que desde el principio se esgrimieron contra los omeyas. Con la
muerte de Husayn queda establecida definitivamente la línea sucesoria, que será
reconocida por la mayoría de los musulmanes. Alíes y jariyíes seguirán sin
embargo su labor de oposición y a la larga contribuirán a la caíde de los
omeyas.
En términos generales, se podría decir que los omeyas emprendieron la
tarea de organizar administrativamente un territorio considerablemente mayor
que el que controlaron sus predecesores, y con una población mayoritariamente
no árabe, formada por no musulmanes o por personas recién convertidas al islam,
características que no tendrá cuando pase a manos de sus sucesores abbasíes un
siglo más tarde. Los califas omeyas tuvieron tendencia a actuar más como reyes,
es decir, a preocuparse de la administración, que como líderes religiosos. Las
conversiones al islam no fueron estimuladas, pues podían suponer una mengua en
los ingresos del Estado debido al mayor volumen de impuestos pagado por los
cristianos y judíos, e incluso se llegó a prohibir en algunas ocasiones. De ahí
la acusación de ser malos musulmanes que sus enemigos lanzaron contra ellos. A
pesar de los muchos problemas planteados por la complejidad social del
territorio que gobernaban y de la oposición incesante de alíes y jariyíes,
durante la época omeya no se registraron ni grandes problemas nacionales (entre las distintas etnias del imperio, y especialmente entre los árabes
y las demás) ni tampoco choques entre comunidades religiosas ni entre los no
musulmanes y el poder central.
Hacia el año 740 el califato omeya se hallaba debilitado debido, por
un lado, a las luchas intestinas en el seno de la propia familia omeya. Por
otro, a la presión constante de jariyíes y alíes. Fueron estos últimos quienes
iniciaron una revuelta en Irán que pretendía restituir el poder califal al clan
de los hashimíes (al que habían pertenecido Mahoma y Alí). A la cabeza de la
revuelta, en el último momento y sin que los historiadores hayan conseguido
explicar bien cómo, se puso Abul Abbas, jefe de los abbasíes, una rama
secundaria de los hashimíes. Su ejército de estandartes negros (los de los
omeyas eran blancos) entró en Kufa en el año 749. El califa omeya, Marwan II,
huyó a Egipto y Abul Abbas se convirtió en califa. Todos los omeyas fueron
asesinados; incluso se sacó a los muertos omeyas de sus tumbas, para borrar de
este modo los rastros de la familia. Sólo uno logró escapar a la matanza, y con
el tiempo reaparecerá en el otro extremo del mundo islámico, en Al Andalus.
El único sobreviviente de
los omeyas, Abderramán, consiguió escapar
dirigiéndose al Atlas norteafricano, zona por entonces refugio de todas las disidencias
debido a su alejamiento de las capitales califales. Los Nafzas (tribu de su
madre), le reciben y apoyan, y es allí, donde decide recuperar el poder Omeya,
al menos en Al-Andalus. Para
conseguirlo, envía a su lugarteniente Badr a España con el fin de captar
partidarios. Badr tiene éxito y consigue un elevado número de ellos mediante
los siguientes conductos:
1) Clientes o “Mawlas”:
Familia Omeya
(directos y asimilados), y
Chundíes (jinetes
sirios).
2) Badr fomenta el antagonismo tribal entre qaysíes y yemeníes, buscando el
apoyo de estos últimos ya que los qaysíes estaban en el poder.
3) Busca el apoyo de bereberes descontentos
En septiembre del año 755 Abderramán desembarca en Almuñécar.
Con
mawlas, yemeníes y bereberes, construye un partido fuerte que le permite derrotar a los gobernadores qaysíes en la
batalla de Al-Musara (756), en los alrededores de Córdoba e implanta un nuevo régimen "el Emirato Independiente".
Con el apoyo del yund o ejército sirio de Al-Andalus, Abderramán, llamado Al-Muhāyir («el emigrante»), gobernará a la defensiva, esto es, pendiente de las conspiraciones
de los partidarios de los abbasíes y otros grupos, particularmente los
bereberes y los yemeníes, que se rebelarán varias veces entre los años 766 y 776.
Para establecerse Abderramán se apoyó en el ejército, aumentado sus efectivos, y nombró
para los cargos de la administración a miembros de su clientela. Se rodeó
también de una guardia personal de mercenarios, y para financiar todo ello
aumentó los impuestos.
Al-Andalus se hizo así
políticamente independiente, aunque Abderramán evitará hacer explícito su no
reconocimiento del califa de Bagdad para mantener la apariencia de unidad en la umma o comunidad de musulmanes.
Bases del Nuevo Gobierno
Abderramán I va a tratar de consolidar su
autoridad personal mediante el robustecimiento de dos factores de apoyo,
la
Familia Omeya y el ejército.
La
Familia Omeya era
muy amplia. Tanto los que tenían lazos de consanguinidad como todos los unidos
por vínculos ficticios, son llamados por Abderramán I a Córdoba, donde les
promete premiar su apoyo situándolos en buenas condiciones.
Sobre
este grupo Abderramán I se va a apoyar para la administración de
Al-Andalus.
El
Ejército.
Abderrahmán
I va a organizar un ejército profesional de 40.000 hombres sobre el que va a
bascular su autoridad en territorio hispano. Este ejército estaba constituido
por tres elementos étnicos diferenciados:
Bereberes, Chundíes
y Eslavones o eslavos.
Estas
diferencias étnicas van a perdurar en el tiempo, y cuando se produzca la
quiebra de la unidad del Emirato, la base de esa quiebra estará en esas
etnias.
Los Bereberes vuelven a ser maltratados y marginados por los omeyas y
se produce un descontento que se empieza a mezclar con un “clima mesiánico” que
se extiende por Al-Andalus. Si un príncipe destronado había sido capaz de
montar un gobierno para él, ¿Por qué no habría de hacerlo un líder bereber?
Así,
van apareciendo una serie de dirigentes bereberes entre los que destaca un
maestro de Guadalajara, Shaquía de Santaver, que proclama la igualdad de todos
los creyentes ante la ley. Se revela contra Córdoba y desde un lugar de la
sierra de Guadalajara, mantiene en jaque al Emirato, hasta que en 776 es
derrotado.
Los Abbasíes estaban demasiado lejos para llevar a cabo operaciones
directas contra Abderrahmán, de manera que su oposición será a base de
acciones indirectas. Enviarán una serie de agentes para que se infiltren entre
la población de Al-Andalus e intenten provocar revueltas, especialmente entre
los yemeníes que nunca se sintieron bien pagados por su apoyo inicial.
Tuvieron
bastante éxito y hubo momentos en los que Abderramán estuvo a punto de
perderlo todo, llegando a estar acorralado en el castillo de la sierra de
Carmona.
Carlomagno: Rey de los francos, se siente incomodo ante la vecindad de
los musulmanes, por lo que pretende crear un país colchón situado entre los
Pirineos y el río Ebro. La ocupación de esa zona debía bascular en torno a la
ocupación de Pamplona, Zaragoza y Barcelona.
Reunido
Carlomagno en “dietas” con sus caballeros, en la ciudad de Padeborn, le llegan
unos representantes del gobernador de Zaragoza que, azuzado por los abbasíes,
le ofrece la ciudad. Carlomagno decide aceptarla y manda una expedición que
cruza Roncesvalles y saquea Pamplona, pero al llegar a Zaragoza, se le niega la
entrada a la ciudad. Como no estaban preparados para proceder a un asedio,
deciden volverse, vuelta que acaba con la derrota de Roncesvalles de 778.
La
derrota de Roncesvalles es un ejemplo típico de explotación de mitos. Al
parecer, las últimas teorías indican que al ejército de Carlomagno, le estaba
esperando un grupo de vasco-franceses que se oponían a él duramente.
Los anales de reinado de Abderramán I
El segundo fragmento en antigüedad es, para nosotros, el estudiado por
Sánchez Albornoz con el título del presente epígrafe y denominado por Chalmeta
"historia de los rebeldes" . Se inicia con la
muerte de al-Sumayl, concluye con la del propio soberano "a los treinta y
tres años y tres meses de su mando", y contiene el relato de las sucesivas
sublevaciones que el príncipe ahogó en sangre a lo largo de su reinado. En lo
que respecta a la fecha de su puesta por escrito, Sánchez Albornoz y Chalmeta
coinciden al ubicarla poco después de las campañas de `Abd Al-Rahmán II contra
Mérida (828-33) tesis que compartimos pero sólo en lo que atañe a la
redacción final, por considerar que, básicamente, es obra del autor de la
crónica siria.
Se ha repetido que este fragmento se diferencia claramente del
anterior por el tono, el estilo de la redacción y los contenidos. Para Sánchez
Albornoz es "una sombría y monótona historia de cadenas de rebeliones y de
crueles castigos" en la que "sólo se describen batallas, asesinatos,
incendios y saqueos" y "no se registran anécdotas devotas o actos de
generosidad, ni se localizan frases elogiosas del príncipe o que traten de su
piedad o talentos literarios".
En nuestra opinión, es una crónica realista, que dibuja el retrato de
un hombre cuya única preocupación es sostenerse en el trono a cualquier precio,
lo que le impide entretenerse con las esclavas del harén o en tertulias
literarias. Es la historia de la vida de un monarca carente de escrúpulos que,
una vez conseguido el poder, decide olvidarse de los favores recibidos de
antiguos aliados y, obsesionado por asegurar su futuro, no duda en matar a todo
aquél que, con o sin razón, considera un enemigo en potencia. En esta crónica
somos testigos de sucesivas rebeliones, aplastadas de la forma más cruel, y de
crímenes injustos. Si faltan pasajes que permitan esbozar una sonrisa es porque
se está reflejando un periodo histórico en el que no hubo cabida para el
divertimento o las elucubraciones del espíritu; en el que la idea de sobrevivir
acaparaban la mente, sin dejar un espacio para el fervor religioso, la práctica
de actos piadosos o el disfrute de placeres mundanos.
También se ha señalado que el estilo de la redacción es muy distinto y
las narraciones "no están aderezadas con anécdotas que sirvan de oasis, ni
con detalles pintorescos y diálogos expresivos. Es cierto que abundan los
relatos en los que, de manera escueta, se informa de determinadas sublevaciones
y del castigo recibido por los insurrectos, relatos que se inician con un
"después de rebeló", formando una lista interminable. Pero, de la
misma forma, no faltan las narraciones de carácter anecdótico y novelesco, que
en nada se distinguen de otras consignadas en la crónica siria, y en las que
contemplamos escenas de gran fuerza dramática o escuchamos diálogos expuestos
en un lenguaje vivo y lleno de sensibilidad e ingenio.
Entre otras podemos recordar la rebelión de al-Alá al Yahsubî, que concluye con el envío en unas alforjas de las cabezas de los
rebeldes, las cuales serán arrojadas por la noche en la plaza de Qayrawân; el
asesinato de Abû Sabbâh, aderezado de expresivas palabras y breves poemas y
donde se plasman los sucesivos movimientos y reacciones de los distintos
protagonistas; la descripción de la campaña de Toledo dirigida por
Badr y Tammâm b. 'Alqama con la pormenorizada exposición de los
incidentes que sobrevienen cuando los prisioneros son conducidos a Córdoba y
las palabras sarcásticas que se lanzan los condenados a muerte; la violenta
disputa entre Hafs b. Maymûn, que defendía la superioridad de los Masmûda sobre
los árabes, y Gâlib b. Tammâm que, en contestación, le asestó una cuchillada
produciéndole la muerte, "hecho que no desagradó al Emir",
así como la consecuencia de este suceso que costará también la vida al hermano
de la víctima. Nos referimos a cuando más tarde Wahb Allâh b. Maymûn amenaza al
príncipe, que se ha lavado las manos ante una afrenta hecha a un fiel cliente
beréber, y le dice: "Si los Qurayš no salen en nuestra defensa, setenta
mil espadas se alzarán en pro de nuestra causa". Relatos, éstos
y otros, plagados de detalles que sólo han podido ser conocidos por un testigo
presencial, o por alguien que vivía en contacto muy directo con los
protagonistas.
Los estudios realizados en torno al lenguaje revelan la presencia de
voces y expresiones localizadas en el fragmento anterior y de otras que
empiezan a utilizarse aquí y se repiten en páginas posteriores como si hubieran
intervenido dos manos, aspecto en el que no nos detenemos por haber sido
analizado en profundidad en otro artículo. Únicamente comentaremos un
detalle destacado por Sánchez Albornoz; el de distinguirse de la crónica
de las guerras civiles por carecer de narraciones introducida por un "me
contó', ausencia que a nosotros no nos ha sorprendido, porque no estamos ante
una "historia" que intenta ser lo más completa posible, sino ante
notas relativas a hechos que el autor conoce mejor que nadie. Si en la
"crónica siria" se ha visto precisado a acudir a compañeros para
poder informar de la vida de `Abd al-Rahmân antes de entrar en la Península, o
para explicar actos y reproducir conversaciones de los omeyas en las que no ha
participado; ahora y, si nuestra hipótesis es correcta, como ministro y qâ`id
no necesita preguntar a ningún "narrador" para conocer lo sucedido en
palacio o en un determinado conflicto bélico.
Finalmente, característica particular de este cuerpo es la no localización
de fecha alguna, aunque se señala el día en que ocurrió un determinado suceso e
incluso, en una narración, se precisan los movimientos del príncipe en diversos
días de la semana.
En lo que respecta a la personalidad de su autor,-Sánchez- Albornoz
cree ver en estas páginas "la pluma de un guerrero", pero no,
como pensaba Ribera, "la del mismo guerrero qurayší de la crónica de las
guerras civiles"; porque este segundo no pronuncia "ni una palabra
que descubra su devoción por los omeyas", añadiendo que es, además, un
hombre insensible a la muerte o al dolor y al que no le merecen simpatía los
rebeldes. Si bien coincidimos con él en apoyar que fue un guerrero y que en
nada se parece "al alfaquí o alfaquíes autores de la historia de los emires
cordobeses", discrepamos básicamente en lo que respecta al resto de sus
apreciaciones.
Para nosotros, su autor es un hombre de edad avanzada, desilusionado
por el comportamiento de ese monarca al que ha prestado su apoyo, de ese ser
cruel e injusto, que basa su poder en el terror. Sus sentimientos se traslucen
a lo largo de todo el fragmento y son, claramente, de pesar y rabia. No
olvidemos que se inicia con la muerte de al-Sumayl, de la que no parece querer
hablar, como si le embargara el dolor al pensar en ello, relato que termina con
unas palabras muy sentidas: "su hijo Muhammad quedó sólo y desamparado en
la tierra". Si, como sospechamos, es el autor de las guerras civiles,
éste ha tenido que sentirse afectado al ver cómo son aniquilados uno tras otro
sus antiguos compañeros yemeníes y beréberes que junto a él lucharon por la
causa del príncipe y que ahora reciben la muerte como pago; al constatar que
busca disculpas para asesinar al-Sumayl, a pesar de que una vez firmada la paz
le ha sido fiel y se ha negado a secundar a Yúsuf; que manda matar a los
yemeníes sevillanos que permanecen a su lado, cuando tiene lugar la sublevación
de otros contríbulos; que falta a su palabra con Abû Sabbâh a quién
engaña y mata, acción que mueve a `Abd Allâh b. Jâlid, que había actuado de
intermediario, a renunciar a su empleo ; que se comporta cruel e
injustamente con los beréberes, a los cuales ordena pasar a cuchillo, a pesar
de haber cumplido su promesa de emprender la huida en mitad del combate,
arrastrando al resto de las tropas para conseguir, de esa forma, que el
príncipe alcance la victoria. Desde luego el tono de esta parte es
muy distinto porque las circunstancias lo exigen, pero eso no significa que el
cronista sea otro o carezca de sentimientos, sino todo lo contrario. Ese hombre
joven y lleno de vitalidad, que escribe la historia de su grupo y que se siente
ilusionado con la idea de que sus esfuerzos permitan construir un mundo mejor,
se ha convertido en un ser triste y temeroso que mira al futuro sin esperanzas.
Por otro lado si, como dice Sánchez Albornoz, su autor
"no acertó a destacar la figura magnífica de `Abd al-Rahmân" ni
"a comprender la trascendencia de sus actos y cuánto le debió el Islam
hispanol", es precisamente porque, al ser testigo de los sucesos que narra
y sentirse afectado por ellos, el dolor le ha impedido juzgarlos con
objetividad o adquirir una visión de futuro. Sólo un cronista que escribe desde
la lejanía puede analizar fríamente los hechos históricos y calibrar hasta qué
punto los resultados alcanzados compensa o disculpan los medios utilizados.
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