HABSBURGOS
Carlos Quinto de
Alemania (1519-1558) y Primero de España (1516-1556), hijo de Juana la Loca y
Felipe el Hermoso, nieto de Maximiliano I de Austria y de los Reyes Católicos,
le pasó la corona a su hijo Felipe II. Felipe II El Prudente fue rey de España
desde el 1556 hasta su muerte, en el 1598. Felipe III El
Piadoso, su hijo, le sucedió y reinó hasta su muerte, en el 1621. Felipe IV el
Rey Planeta, su hijo, le sucedió y reinó desde ese año hasta su propia muerte,
en el 1665. Carlos II el Hechizado, el hijo del muerto, cargó con la corona de
España desde el 1665 al 1700; y se murió sin descendencia.
BORBONES
Felipe V llamado el
Animoso sucedió al difunto y con los Borbones vino a España la guerra civil.
Tras imponer su dinastía en la Vieja Hispania a sangre y fuego, se murió en el
1746. Fernando VI el Justo le sucedió, y tuvo la dicha de vivir como un dios
hasta su muerte, en el 1758. Le sucedió Carlos III Borbón hasta el 1788, año en
el que se murió. Carlos IV Borbón recogió el testigo de la buena vida y,
asustado por la muerte, le pasó la pelota a su hijo Fernando VII el Deseado; quien, de tal
palo tal astilla, viendo a Napoleón le devolvió la pelota de los reyes a su
padre, quien, a la vez se la cedió a Napoleón, quien a su vez se la regaló a
José I Bonaparte, el famoso Pepe Botella. Es, con todo, este famoso personaje
de taberna, quien pone sobre la mesa de España la primera Constitución -tal
cual entendemos nosotros esto. Pues antes todo eran
Fueros y Cartas Magnas. Este sería EL ESTATUTO DE BAYONA de 1808.
José I Botella reinó
hasta que le dejaron, plazo que acabó en el 1813. Entre tanto los Españoles se
crearon una Constitución propia, la famosa PEPA del 1812. Y en eso vuelven los
Borbones en la persona de Fernando VII, que, como no podía ser de otra forma,
volvió al Absolutismo y dejó en papel mojado la famosa Pepa. Los Españoles
escriben entonces una Nueva Constitución Moderna, a la que llamaron el ESTATUTO
REAL del 1834 y que duró lo que tardó en producirse el cambio de guardia. Con
Isabel II llegó de vuelta -aunque la verdad es que sólo hizo un amago de irse-
la corrupción y la degeneración moral tan propia de los Borbones de todos los
tiempos, pero multiplicada por el paso de los siglos, y contra la que los
Franceses, siendo más tontos, se ahorraron las tragedias que no pudieron los
Españoles, siendo más listos, cortando las cabezas a tiempo. Isabel II la Caliente
-la siguiente en la Lista Real Española- se murió en el 1868 después de haber
devorado en la cama a sus hombres y en el campo de batalla a los hombres de las
demás. ¡Cosas de Borbones! Y fue en eso que vino a meterse en la guarida de los
caines borbones el célebre Amadeo I de Saboya. Galdós cuenta en el libro que le
inspirara este rey extranjero que las apuestas en el casino daban todas por
perdedor al nuevo Inquilino, que, curiosamente, y como ya hiciera el otro
Extranjero, el Pepe Botella, este nuevo Bárbaro puso sobre la mesa una Constitución
de Corte Moderno, que, en nombre del pueblo, se sobreentiende, los Poderes
Españoles Imperiales se negaron a aceptar, y mandaron, al tercer año de
reinado, al tal Amadeo de vuelta a su Saboya. Año del Señor 1873.
Pero los Españoles, el
mal de cuyo pueblo es no tener memoria y cuando la tiene no aprender jamás de
la experiencia de los otros, y olvidar las propias, creyeron que librándose de
un rey moderno y proclamando la Primera República ya habían ganado el reino de
los cielos. ¡Pobres de ellos! El Lobo Borbón acechaba en la oscuridad esperando
el momento. Y apenas nacida la Nueva Constitución Republicana el peor enemigo
de España, el Borbón, echó abajo las murallas de la Jericó Republicana y trajo
de vuelta del infierno el Absolutismo, tan desfasado ya al filo del Siglo XX
que, por fuerza, andando por ese camino se había de llegar a la Guerra Civil del
36.
Fue asi que entró en
la historia Alfonso XII el Pacificador, rey de España hasta el 1885, sucedido
por Alfonso XIII, hasta el 1931, la paz de cuyos Borbones le costó a los
españoles caerse del tren de la Historia Europea y perderse en la selva de
miseria que los últimos Borbones sembraron en el reino como modo de mantenerse
en el poder ad eternum.
La Guerra Civil estaba servida. La Segunda República
nació muerta.
La política de mantener hundido al pueblo en la miseria como
medio de garantizarse la permanencia en el trono había creado un abismo entre
el mundo y el reino que únicamemnte podía dejarse atrás mediante una conflicto
esquizoide de proporciones sangrientas absolutas, a la manera rusa. Sólo que si
en Rusia el salto hacia la victoria de las fuerzas revolucionarias se apoyaba
en muchísimos siglos de abismo por medio, en el caso Español el abismo no era
tan grande y la victoria sólo podría conducir a la derrota a las fuerzas
republicanas. Ahora bien, de no haberse producido esa derrota el conflicto
hubiera sido infinitamente más duro.
De haberse dejado la victoria en manos de los
republicanos, que la hubieran podido conseguir de haber esperado la
imposibilidad de Alemania e Italia para ayudar a España, y recibir en sus fronteras
a todos los huidos de la invasión hitleriana, la carnicería tipo estalinista hubiera
sido de la que, posiblemente, España ya no se hubiera recuperado jamás, y el
proceso de balcanización se hubiese consumado aprovechando las fuerzas
separatistas catalanas y vascas el proceso de la guerra mundial para declararse
independientes.
El acierto de la
Victoria de Franco tuvo su origen en la mediocridad intelectual de los
dirigentes republicanos, y en el carácter sangriento de los dirigentes
probolcheviques. Pues es del todo claro que cociéndose la Guerra Mundial en el
ambiente y el Conflicto de Supervivencia entre Stalin e Hitler cuestión de
tiempo, de haber tenido una mínima capacidad de inteligencia política los
republicanos hubieran debido aguantar las riendas de la República.
En lugar de
hacer Política Europea los republicanos se precipitaron en
los brazos de la la derrota al convertirse a la doctrina leninista de la guerra civil como condición sinequanon de victoria.
Esta Precipitación
del Socialismo fue la Verdadera Ruina de la Segunda República.
Mirando el movimiento de las fuerzas
internacionales en el escenario histórico se veía la Gran Guerra levantar
polvareda en el hozironte. No había que ser muy listo para entender que una vez
declarada la Gran Guerra la avalancha de gabachos sobre los Pirineos, huyendo
de Hitler, pondría en las manos de la Segunda República un ejército antifascista
dispuesto a ganar la Guerra Civil a toda costa.
Al mismo tiempo, ensarzadas
Alemania e Italia en su propia Guerra, España tendría que arreglarselas solas. Y
siendo un peligro la unión de un Franco Victorioso con un Eje en pleno auge, la Ayuda Internacional se
hubiese decantado hacia el lado de la República. Era sólo cuestión de tiempo,
de mantener las riendas fuertes en las manos unos cuantos años más.
Parece evidente que el Comunismo, aliado
circunstancial del Socialismo, perdería su
parte en la gloria de la victoria final si el esquema se dejaba en las manos de
los entonces directores de la República. El Anarquismo era el Caos. Y las fuerzas
independistas, ajenas al gran mundo, cegadas como los burros en el tajo, sólo
veían que la Guerra Civil sería la ocasión perfecta para proclamarse Independientes. De manera
que, si bien por causas distintas, coincidían en el mismo fin fuerzas antagónicas
que se habían olvidado por completo del verdadero enemigo de España, el Borbón,
y ansiosas por esa Guerra Civil pusieron
a los pies del enemigo común la llave de la precipitación. Porque si a la
República le interesaba la espera ¿a quién le perjudicaría esa misma espera y
sólo podría montar su regreso sobre las consecuencias de esa precipitación ya
en escena?
Al final, la
incompetencia de los Socialistas de Largo Caballero, el carácter sangriento de
los comunistas de Carrillo y el comportamiento payaso de los anarquista de Durruti,
mató la espera, entregó la República a la teoría leninista de la guerra civil
como medio revolucionario y, haciéndolo, escribió el epitafio antes siquiera de
empezar el enterrador a cavar la fosa.
Pero Franco fue uno de
los Generales del Borbón, que por el camino comprendió que el regreso del
Borbón para el día después de la victoria implicaría a España en la Gran
Guerra, en pago de los esfuerzos diplomáticos del Borbón delante de Hitler y de
Mussolini, y contrario a la Intervención española al lado de Hitler y Mussolini,
como vencedor Franco, contra el Borbón, impuso su ley. Y sería él quien diría
cuando tendría lugar el Regreso de España al Absolutimso de los Borbones.
Franco no fue un
General para la Historia a la manera de los grandes estrategas conquistadores.
Su victoria se montó sobre la incompetencia de los socialistas de Largo Caballero,
del caracter criminal de los comunistas de Carrillo y la inteligencia de burro
de los anarqistas de Durruti; fuerzas incómodas entre sí que las pasiones
separatistas catalanas y vascas agitaban, convencidas de la victoria
republicana, a fin de provocar la guerra civil que a los revolucionarios le
daría la Dictadura del Proletariado y a los Independistas una Patria.
Franco hizo su
victoria a la manera que un jugador espera el error del contrincante para sacar
su as y fundar su jake mate sobre la precipitación del rival. Fue brillante porque
supo mantener unido a su equipo de apoyo. Pero también porque al otro lado de
la mesa tuvo verdaderas mediocridades políticas incapaces de mantener las
riendas hasta que el Gran Conflicto se desencadenase, y con él romper ese
equipo de apoyo y quitarle a los Generales del Borbón su as vencedor.
La política de
supervivencia y regreso del Borbón dependía de ese único factor, la
precipitación. Y el catalizador que le permitía mantener al Borbón en el exilio
la vara de la victoria en la mano era el odio que hacia sí se tenían las
fuerzas firmantes de la Segunda República.
Para los comunistas de
Carrillo los socialistas de Largo Caballero eran lo que los mencheviques para los
bolcheviques, una facción a eliminar una vez obtenido el Poder. Y los
socialistas lo sabían.
Los anarquistas eran
enemigos de los comunistas en razón del credo y por el camino los comunistas de
Carrillo irían eliminando a sus aliados según se fuera acortando la distancia a
la victoria. Los anarquistas lo sabían.
Los anarquistas sabían
que los socialistas veían en los anarquistas unos enemigos del Estado y tarde o
temprano el gran lobo socialista se lanzaría contra el carnero anarquista y lo
despedazaría.Los anarquistas lo sabían.
Los socialistas sabían
que los comunistas buscaban la Dictadura del Proletariado y esto jamás lo
tolerarían, así que por el camino ya destrozaría a quien por su credo era
enemigo de la República, Carrillo.
Los independistas se
frotaban las manos viendo este panorama y, deleitándose en la visión final, se
olvidaban de apoyar a la República.
De manera que Carrillo
y Durruti tenían que forzar la Guerra Civil. Carrillo porque no podía permitir que
los socialistas de Largo Caballero se llevasen la gloria a su casa. Durruti no
podía permitirse la espera tampoco porque una cuota de poder no suficiente en
el reparto de la victoria final expondría a sus anarquistas a la masacre.
Pero pensando en la
victoria y en la eliminación de los aliados por el camino los unos como los
otros se olvidaron de la necesidad de mantener viva la República hasta que
estallase el Conflicto que ya se había desatado a nivel de Capital; el Capital
le había declarado ya la Guerra Mundial a Alemania. La crisis económica y
financiera que se derivaría tocaría la Economía Alemana, íntimamente ligada al
Capital Judío Internacional, aceleraría la Necesidad de Expansión y en
consecuencia el estallido del Gran Conflicto. No ver las consecuencias de una Expansión
forzada por el Capital Internacional contra Alemania, a las alturas del Siglo
XX, era demostrar ser un perdedor nato. Eso era lo que fueron los Carrillo,
Durrutis y Caballero, unos perdedores natos.
Franco sólo tenía que
dejar que la fruta cayera sola. El Borbón le servía de diplomacia ante Alemania
e Italia. El odio entre las fuerzas republicanas era tal que hacía imposible la
unidad necesaria para mantener viva la República hasta el día de la victoria.
Franco jugó su carta.
Y triunfó. Y por derecho de victoria impuso su ley. Su
decisión de posponer la Restauración fue propia de un conocedor perfecto del
Borbón y de cómo el Borbón arrastraría a España al Eje en pago de la ayuda que
le otorgaran Alemania e Italia. Este, mantener al Borbón lejos de España hasta muy pasada la Gran Guerra, fue el gran acierto de Franco para la Historia.
Su gran error: la restauración
Borbónica, de la mano de la cual vino la última Constitución, la del 1978, en la que el Absolutismo Democrático se
instaura por lógica natural a la genética borbónica y siembra el futuro con la
semilla propia de la Casa de los Borbones, la Guerra Civil, cuya Politica de
supervivencia es dividir a la Nación a fin de dominar sobre un conjunto de
fuerzas incapaces de unir sus esfuerzos e intelectos en pro de una
Meta y de un Fin Común.